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sábado, 7 de septiembre de 2024

Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

 


Busquemos el bien de la persona dejando fluir la misericordia y la compasión como suavizante que facilite las relaciones para una verdadera humanidad

1Corintios 4, 6b-15; Salmo 144; Lucas 6, 1-5

No dejamos que el agua corra montaña abajo buscando su propio camino porque todo lo arrasaría a su paso y de nada nos serviría la fuente de la que nace o la lluvia que nos la hace caer de las nubes; tratamos de encauzarla, buscarle cauces, para poder mejor aprovecharla y a todos nos beneficie; es cierto que la naturaleza en su mismo ha ido creando unos cauces, llamémoslos barrancos por las que circulan esos arroyos, o finalmente ríos que van fecundando con su humedad los campos por los que cruzan; luego nuestra inteligencia y nuestro buen hacer han ido creando esos cauces que nos la transporten para nuestro consumo humano y para todos los beneficios que pueda producir en la naturaleza.

Así ha sido también el transcurrir de la humanidad; nuestra convivencia ha ido creando unos cauces también, llamémosla normas de conducta o códigos éticos, que encauzan toda la actividad humana para lograr también entre la humanidad esa armonía de la que nos es ejemplo la propia naturaleza. Nos vamos imponiendo unas normas o unas leyes que vengan a facilitar ese entendimiento y esa buena convivencia queriendo basarnos en el respeto y la valoración de la persona, que será siempre lo importante. No es rigidez que nos imponemos desde el capricho sino desde un mutuo consentimiento buscando siempre por encima de todo el bien de la persona. Ninguna de esas normas que nos impongamos para nuestra mejor convivencia puede ir nunca en contra del bien de la persona.

Sin embargo, sabemos también que muchas veces nos volvemos exigentes y hasta tratamos de imponernos los unos a los otros, no porque pongamos el bien de la persona por encima de todo, sino que da la impresión que la norma es la que está por encima, dándole una sacralidad  que al final nos convierte en esclavos de esa norma o de esa ley. ¿Por qué hay que hacer esto? Quizás nos preguntamos y simplemente respondemos porque lo dice la ley. Pobre razonamiento que nos damos que le hace perder su sentido más genuino.

Y es una tentación que hemos tenido en todos los tiempos, pero que también podemos seguirla sufriendo hoy, cuando incluso tratamos de imponer una forma de ver la vida desde una ideología o desde una forma de pensamiento muy personal, que olvida cual es el verdadero sentido que siempre ha de tener toda norma de convivencia. Cuánto necesitamos suavizar los engranajes de nuestra vida para que no chirríen nuestros encuentros.

Y vemos en el evangelio que le plantean algunas cosas en este sentido. Está por una parte, por ejemplo del ayuno al que se sometían los discípulos de Juan o de los fariseos, mientras Jesús no es eso lo que le está pidiendo a sus discípulos. Pero viene también el otro planteamiento en torno a lo que era el descanso sabático; algo que se había de alguna manera impuesto en la ley de Moisés para que no olvidaran nunca el culto que debían de darle a Yahvé a quien habían de reconocer como el único Dios y Señor de sus vidas, y que también una forma de respetar y valorar la vida de las personas a las que también había de dársele un necesario descanso en medio de sus tareas.

¿Qué tenía que ser lo importante? Por una parte el reconocimiento del Señorío de Dios sobre todas las criaturas, es nuestro Hacedor y Creador, pero también el valor y el respeto de la dignidad de toda persona que merecía y necesitaba también su descanso. Pero aquello, olvidando su sentido más genuino, se había convertido en una norma implacable de extrema rigidez de manera que pareciera que ya no se pudiera ni ayudar a una persona que lo necesitara. Recordamos como los fariseos estaban muy atentos a ver si Jesús curaba en sábado, o como echaban en cara al paralítico que había sido curado un sábado porque cargara su camilla de regreso a su casa.

Jesús viene a recordarles que el bien de la persona estará siempre por encima de todo, y por el cumplimiento escrupuloso y riguroso de la ley no se podía dejar de ayudar a quien lo necesitara o dar de comer al hambriento aunque fueran los panes que estaban sobre el altar como ofrendas al Señor.

¿Buscaremos siempre el bien de la persona, dejando fluir la misericordia y la compasión, como el mejor suavizante que facilite las mutuas relaciones  y haga verdaderamente humano nuestro trato con los demás?

lunes, 15 de enero de 2024

Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

 


Que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos y de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49; Marcos 2, 18-22

Ya comenzaba a crear inquietud en algunos sectores aquel nuevo profeta que había aparecido por Galilea. Sus palabras despertaban fervor en algunos, mientras otros se sentían inquietos porque las señales que iba realizando de alguna manera iban ya anunciando y prefigurando como un nuevo estilo, como un nuevo sentido para muchas cosas.

Sorprendían los milagros que iba realizando, curaciones de enfermos, paralíticos que comenzaban a caminar, hombres poseídos por espíritus inmundos que eran liberados de su mal, pero además sorprendían también las circunstancias, la autoridad con que se manifestaba y lo que parecía que descuidara algunas costumbres y ritos a los que estaban acostumbrados y que parece que convertían en cosas fundamentales.

Los que comenzaban a escucharle y seguirle no parece que dieran señales del cumplimiento de esos ritos como eran los ayunos a los que estaban acostumbrados los fariseos y que parecía que aquel profeta del desierto había dado tanta importancia. Sin embargo, les hablaba de conversión, de un cambio radical de vida y de sentido, que les decía que era fundamental para poder creer y aceptar esa Buena Noticia que proclamaba con el anuncio de la llegada del Reino de Dios.

Es por lo que ahora vienen a reclamarle, de alguna manera, por qué sus discípulos no ayunan como lo hacen los fariseos o los discípulos del Bautista. Y Jesús para responder les habla de fiesta y de banquete de bodas, de la alegría del novio en su boda, pero de la alegría y la fiesta de los amigos del novio. ¿Cómo pueden estar tristes y cabizbajos si están participando de la boda de su amigo? Hablará Jesús muchas veces de un banquete de bodas al que todos están invitados; y estar de bodas es fiesta, es alegría, porque no se va a celebrar entre lágrimas, salvo que sean de alegría.

Jesús habla ahora, y lo hace claramente, de algo nuevo. No se puede andar con remiendos; habla de un vino nuevo que necesita de unas vasijas nuevas porque las que ya están cuarteadas lo que harán es romperse porque no pueden soportar el empuje y la fuerza de un vino nuevo. Y nosotros que queremos seguir andando con remiendos; es necesario un manto nuevo; es necesario saborear el vino nuevo, los vinos pasados pueden perder fuerza o agriarse. Pero nosotros parece que seguimos muy contentos conservando las cosas de antes, todavía nos gustan los oropeles y las campanillas que llamen la atención. ¿Qué es lo que tendría que brillar y qué es lo que tendría que llamar la atención?

Porque cuando hoy estamos comentando este texto del evangelio no es para hacer un juicio de la aceptación o no de aquella gente en el tiempo de Jesús de su mensaje de Evangelio. Somos nosotros los que tenemos que mirarnos, es nuestra iglesia de hoy la que tenemos que contemplar, son nuestras reticencias con las que tenemos que entrar en juicio, son esas cosas que resucitamos para quedarnos en apariencias las que tenemos que analizar, para ver si en verdad estamos entrando en la novedad del evangelio.

Somos nosotros los que tenemos que vestir el traje nuevo que Jesús nos ofrece en su evangelio y no andar con componendas y remiendos. Tenemos el peligro de cuidar mucho la suntuosidad de nuestros templos o nuestras celebraciones, pero pasamos de largo ante el que nos tiende la mano pidiendo una ayuda quizá porque su apariencia nos desagrada. Nos preocupamos de buscarnos ornamentos cada vez más suntuosos y brillantes y no tenemos una manta con que cubrir la desnudez de un pobre en la orilla del camino. Hablamos y decimos cosas muy bonitas y hermosas que nos encantan a los oídos, pero no tenemos una mirada a los ojos de aquel con quien nos cruzamos en el camino. Nos cuesta hacerlo, reconozcámoslo. Lo pensamos, y hasta estamos convencidos, pero no damos el paso.

Dejemos que el Espíritu del Señor nos dé una revolcadura por dentro a ver si un día despertamos para ver si de una vez por todas vestimos el vestido nuevo del evangelio.

lunes, 16 de enero de 2023

Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

 


Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

¿Qué es lo que necesito para pertenecer a esta sociedad o a este club? Es la pregunta que suelen hacer quienes quieren entrar a formar parte de algún tipo de sociedad o club por el que muestran interés. Estarán unas cuotas que habrá que pagar, unas características que hay que tener y unos ideales o unos protocolos que hay que cumplir. Cumplimos nuestros tramites y ya nos creemos con derecho a pertenecer a ese determinado grupo, asistiremos a alguna asamblea a la que se nos convoque y hasta según la implicación que queramos tener evitaremos compromisos y responsabilidades.

En la vida nos estamos acostumbrando a eso que ahora llamamos protocolos, a unos reglamentos que tenemos que cumplir y que siempre procuramos que sean los menos y así andamos sin complicarnos mucho. Eso que hacemos en nuestra vida social algunas veces también se nos convierte poco menos que en costumbre o en manera de actuar en lo que sean nuestras relaciones con Dios, nuestra pertenencia a la Iglesia, o lo que es nuestra vida religiosa o cristiana. Asistimos a algunas cosas, mantenemos algunas costumbres o tradiciones, pero implicamos poco la vida. Cumplimos, pero no nos comprometemos.

Algo así vemos que vienen planteándole a Jesús en el texto que hoy escuchamos en el evangelio. Ser de religión judía era la pertenencia a un pueblo, con unas exigencias de circuncisión para los varones, unas prácticas religiosas de los sábados en la sinagoga o de subida al templo de Jerusalén por la fiesta de la Pascua con la cena del cordero pascual, y algunos sacrificios o ayunos en determinados momentos.

Reciente había estado la figura de Juan el Bautista que al preparar los caminos del Señor en la inminente llegada del Mesías invitaba al ayuno y a la penitencia, junto con el rito del bautismo en el Jordán. Su figura austera vestido de piel de camello y alimentándose solo de saltamontes y miel silvestre, invitaba a sus seguidores a vivir también en ese estilo penitencial.

Es lo que ahora vienen a plantearle a Jesús, quienes no hacían tampoco mucho caso a lo que había dicho el Bautista, porque Jesús estaba ofreciendo algo nuevo y distinto cuando les hablaba del Reino de Dios. Su vida no iba en el camino de aquella austeridad y ayuno, más bien lo llamarían comelón porque se sentaba a comer con publicanos y pecadores. Por eso le plantean por qué sus discípulos no ayunan. ¿Podían los amigos del novio que con el participaban del banquete de bodas prescindir de comer?, les viene a responder Jesús.

Y es que Jesús lo que plantea es algo nuevo. Algo nuevo que no se soluciona con remiendos que como arreglitos hagamos a nuestra vida. Ya para aceptar el Reino de Dios que nos anunciaba nos pedía conversión para creer en esa Buena Noticia que era el Reino de Dios. Significaba una vestidura nueva igual que le había dicho a Nicodemo que había que nacer de nuevo. Los remiendos siempre terminan en rotos peores y no arreglan nada; por eso pide para ese vino nuevo del Evangelio unos odres nuevos; los viejos odres ya consumidos y demasiado curtidos por el paso de diversas cosechas no podría soportar la fuerza del vino nuevo y terminarían reventando.

Es lo que nos está pidiendo Jesús. Unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar, dejando atrás todo lo que significa el hombre viejo. Es novedad, es vida nueva, es camino nuevo que nos plantea Jesús y es por donde tenemos que caminar. No es cumplir unos protocolos o contentarnos con el cumplimiento externo y frío de unos mandamientos, sino que tienen que ser las actitudes nuevas del corazón.

¿Llegaremos en verdad a comprender el alcance del Evangelio? ¿Estaremos dispuestos a darle en serio esa vuelta a la vida para no quedarnos en el remiendo, en el odre viejo que al final no terminará aguantando toda la fuerza de la vida nueva que nos ofrece Jesús?

Algunas veces seguimos dando la impresión los cristianos que no nos hemos tomado en serio el evangelio y queremos seguir con nuestros apaños y nuestros remiendos; nos queremos quedar en cumplimientos sin poner esas actitudes nuevas, esos valores nuevos en nosotros para que haya nueva vida. Y tenemos que reconocer que algunas veces da la impresión que hasta la misma Iglesia tiene miedo a esa novedad del evangelio y estamos añorando viejas prácticas, viejos protocolos, viejas rutinas, quedándonos en el ropaje externo, en la solemnidad que nos puede adormecer, evitando lo que sea un compromiso de total renovación.

viernes, 2 de septiembre de 2022

Escuchemos de verdad abriendo no solo nuestros oídos sino sobre todo el corazón la Buena Nueva que Jesús nos anuncia para llegar a ser ese Hombre Nuevo del Evangelio

 


Escuchemos de verdad abriendo no solo nuestros oídos sino sobre todo el corazón la Buena Nueva que Jesús nos anuncia para llegar a ser ese Hombre Nuevo del Evangelio

1Corintios 4, 1-5; Sal 36;  Lucas 5, 33-39

Cuando Nicodemo fue de noche a ver a Jesús porque en su interior cuando le escuchaba surgían nuevos interrogantes y nuevas inquietudes Jesús le habla de un nuevo nacimiento. ¿Qué quería decirle Jesús? era una forma de decirle que cuando uno lo escucha y quiere seguirle significaba que había de comenzar una vida totalmente nueva. Ya sabemos que Nicodemo se aferra a la literalidad de las palabras – no en vano era un magistrado judío y que de alguna manera se sentía influenciado por los grupos dominantes como los fariseos – y Jesús le hablará de que ese nacimiento será posible por la acción del Espíritu, por el agua y el Espíritu, le dice en una referencia al Bautismo.

Será lo que más tarde san Pablo nos hablará de ser un hombre nuevo, porque el hombre viejo ha pasado. Con la pascua de Jesús se ha realizado ese paso del hombre viejo al hombre nuevo, se ha producido esa renovación, ese renacer de ese hombre nuevo del Espíritu.

Claro que tendríamos que recordar que el primer anuncio que hace Jesús ya desde el comienzo de su anuncio de la Buena Nueva del Reino, es que había que convertirse y creer en esa Buena Noticia. Nos tomamos a veces a la ligera la palabra conversión y le damos muchas vueltas para no enfrentarnos a la radicalidad de la palabra, pero convertir, conversión, es dar la vuelta, es tener otra perspectiva y otra mirada, es un dejar atrás y arrancar el hombre viejo que queda en nosotros, para poder ser ese hombre nuevo.

Tenemos que reconocer que también a nosotros nos cuesta entender y llegar a vivir todo esto. Les costaba a los contemporáneos de Jesús. Todo cambio es doloroso, porque es dejar atrás todo aquello que nos parecía que siempre nos había servido porque hay que comenzar con algo totalmente nuevo.

¿Cómo no les iba a costar a aquellos contemporáneos de Jesús que habían llegado a una religión de cumplimientos rituales, pero donde faltaba el espíritu que en verdad diera vida a todo aquello que vivían? Los maestros de la ley les enseñaban que había que cumplir a rajatabla el descanso sabático, que tenían que ir a la Sinagoga los sábados y en la Pascua subir a Jerusalén, que habían de realizar algunos ritos y sacrificios, y había unos días en que tenían que ayunar. Cumplían con aquello y ya se sentían satisfechos. Lo nuevo que ahora les enseñaba Jesús les desconcertaba.

En cierto modo, ¿no nos habremos hecho nosotros también una religión parecida aunque hayamos cambiado los viejos ritos de los sacrificios de animales por nuestras celebraciones de la misa o por nuestras procesiones? Vamos a la Iglesia los domingos, tratamos de cumplir con una serie de ritos religiosos, unos días en el año queremos vivir la religiosidad con un poco de más intensidad cuando llega la semana santa, recibimos los sacramentos porque bautizamos a nuestros hijos y queremos que hagan la primera comunión, hacemos alguna limosna cuando podemos o cuando tenemos suelto en el bolsillo, y poco más. Y ya nos decimos cristianos. ¿No nos estará sucediendo como aquellos que se quedaban solo con los ayunos rituales?

Pero cuando leemos o escuchamos un texto como el que hoy se nos ofrece, nos sentimos de alguna manera desconcertados, tratamos de hacernos nuestras personales interpretaciones, porque la cosa no es para tanto, pero que no nos pidan más, que ya pertenecemos a no sé qué cofradía o le llevo flores a la Virgen.


¿Nos podemos quedar tan tranquilos cuando escuchamos – y escuchamos de verdad porque no solo abrimos los oídos sino el corazón – el Evangelio que Jesús nos anuncia? ¿Dónde está ese hombre nuevo? ¿Cómo terminamos de interpretar lo de los odres nuevos? ¿Cómo nos arreglamos para hacer esa vestidura nueva en lugar de 
andar con nuestros remiendos y al final con nuestros harapos? Abramos con sinceridad nuestro corazón y escuchemos la Buena Nueva que nos anuncia Jesús.

 

viernes, 15 de julio de 2022

Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

 


Llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, valorar y descubrir toda la riqueza espiritual que podemos encontrar en el otro

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Sal.: Is. 38, 10-12; Mateo 12, 1-8

Algunas veces somos incongruentes y contradictorios. Según nos vaya o nos pueda ir, aceptamos o no aquello que nos parece que más nos conviene. Somos los más rebeldes del mundo a todo lo que signifique norma que para nosotros pueda representar imposición, pero nos llenamos de reglamentos, de protocolos, de reglas de todas clases con las que decimos que pretendemos tener todo muy asegurado y en orden para saber en todo momento lo que tenemos que hacer. Y entretenidos andamos con esos protocolos pero hacemos las cosas sin vida, sin hondura, sin encontrarle un hondo significado y valor. ¿De qué nos vale que andemos así?

Pero esto no es nuevo, esto es algo que siempre nos ha sucedido, pero no por eso debemos de contentarnos, relajarnos o no darle importancia. Creo que en nuestra madurez humana hemos de saber encontrar el sentido de las cosas, y darle valor a lo que realmente es primordial. No se trata de rechazar sin más aquello que no nos guste o muchas veces se pueda convertir en una rutina de nuestra vida, sino saberle encontrar el sentido y el valor a lo que hacemos. Siempre tenemos que buscar el valor de la persona, siempre busquemos el mejor trato que podamos tener con los que están a nuestro lado, siempre llenemos de nuestro corazón de compasión y misericordia para saber comprender, para saber valorar, para saber descubrir también la riqueza espiritual que podemos encontrar en la otra persona.

Algunos le preguntaban a Jesús si venía a abolir la ley porque quería hacer algo nuevo, pero otros se aferraban a sus costumbres y rituales, aunque algunas veces hubieran perdido su sentido al realizarlas. Ahora andaban muy preocupados por el tema de los ayunos y de las penitencias que habían de imponerse o por los cumplimientos escrupulosos del descanso sabático.

Estaban los estrictos en la ley y en sus normas como eran los fariseos que lo llevaban hasta el escrúpulo más opresivo; había escuchado a Juan, por otra parte, cuando preparaba los caminos del Señor que les invitaba a la conversión para entender y aceptar el mundo nuevo que llegaba, pero para muchos aquellas palabras de Juan parecía que se quedaban en una invitación al ayuno. ¿No pedía Juan la conversión de sus corazones para poder aceptar al Mesías? Aquel enderezar caminos iba con ese sentido de renovación profunda de los corazones, pero quizá con las influencias de los que parecían los mayores cumplidores de la sociedad, como eran los fariseos, todo se había quedado en recordar los ayunos, por aquella austeridad que Juan había vivido en el desierto.

Ahora reclaman a Jesús que sus discípulos no ayunaban o hacían lo que no estaba permitido el sábado cuando arrancaban espigas en el camino para estrujarlas en sus manos y echarse a la boca unos granos. Ante la terquedad y cerrazón de aquellos corazones Jesús les dice que si no recuerdan lo que también está escrito en los profetas, misericordia quiero y no sacrificios. Era difícil de entender para algunos a los que parecía que la ley estaba por encima de todo. ¿De qué me vale todos los sacrificios que yo pueda ofrecer al Señor si mi corazón está encerrado en mi mismo y no soy capaz de tener la mínima compasión con el hermano que sufre a mi lado? ¿De qué me vale ese estricto cumplimiento de la ley si no soy capaz de ser compasivo y misericordioso con los demás?

Miremos si eso nos sigue pasando a nosotros hoy. Yo soy el primero que me miro a mi mismo cuando os hago estas reflexiones y no es que yo brille con mucha luz. No podemos faltar a la Iglesia para ir a misa el domingo, pero no tengo compasión con el que me encuentro en el camino, no soy capaz de perdonar al vecino al que le sigo guardando rencor por algo que me hizo y yo no olvido y al que no le dirijo la palabra. ¿Dónde está esa misericordia en mi vida? ¿Dónde reflejo yo con mis actos la misericordia del Señor de la que tengo que ser signo?

sábado, 2 de julio de 2022

Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

 


Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17

A veces somos más conservadores de lo que queremos reconocer. En los muchos sentidos de la palabra. Queremos mantenernos en lo de siempre, si además siempre nos ha ido bien, para qué vamos a cambiar nos decimos; miramos para detrás en la vida y en la historia y a veces nos parece que fueron tiempos mejores, y ojalá pudiéramos volver a aquellas cosas que eran tan bonitas; aunque nos decimos modernos y queremos ser muy prácticos en lo que tenemos, en nuestra manera de vestir o de plantearnos la imagen de la vida, soñamos con suntuosidades, volvemos a fórmulas de antes porque nos parecen tan solemnes o tan fantasiosas, hasta cuando nos queremos divertir en nuestras fiestas somos capaces de resucitar viejos estilos y prendas que en verdad recuerdan otros tiempos pero que nos parecen tan suntuosas; y estamos hablando de generalidades, de las cosas comunes que tenemos o hacemos en la vida, pero no entremos en nuestros ritos y experiencias de religiosidad donde seguimos tan cargados de tradiciones y de expresiones solemnes que hasta nos hacen derramar alguna lágrima de emoción.

Cuánto nos cuesta una renovación; cuánto nos cuesta llegar a encontrar una autenticidad en aquello que hacemos o que vivimos y no quedarnos en la apariencia de lo suntuoso; cuánto nos cuesta llegar a dar una profunda vitalidad a lo que hacemos dejándonos en verdad conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu.

Fue lo que le costó a mucha gente de su tiempo el aceptar el mensaje de Jesús. Pero nos sigue sucediendo hoy como en todos los tiempos. Hoy vemos que van reclamándo a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan o los discípulos de los fariseos. Pero Jesús les responde que cómo van a andar vestidos de luto los amigos del novio cuando están participando en su boda; si están en la fiesta de la boda, todo tendrá que ser alegría, no tienen por qué estar tristes.

¿Qué nos quiere decir Jesús? El nos está enseñando el sentido nuevo que tiene la vida desde la vivencia del Reino de Dios que nos anuncia y que se ha de instaurar; la relación con Dios ha de tener un sentido nuevo; no podemos seguir viviendo bajo los temores que se manifestaban en la religión en el Antiguo Testamento, donde llegar a tener una experiencia de la visión de Dios parecía como que se tenía que morir. No era la relación de los hijos con el padre, sino era la relación desde el temor, por eso siempre había que estar haciendo cosas como para aplacar a Dios.

Pero ha venido quien nos ha redimido, quien ha derramado su sangre entregándose por nosotros para que tengamos vida y salvación. Derramará su sangre Jesús, la Sangre de la nueva Alianza, la Sangre de la Alianza nueva y eterna para que obtengamos el perdón de nuestros pecados. No estaremos ahora haciendo méritos, porque ya ha habido uno que nos ha merecido el perdón y la paz para nuestros corazones. ¿Por qué envolver con colgaduras de tristeza todo lo que significa religión, relación con Dios?

¿No andaremos todavía nosotros en nuestras expresiones religiosas con ese tipo de colgaduras? ¿Vivimos en verdad la alegría de la fiesta en nuestras celebraciones cristianas y en todo lo que es la vida del cristiano? ¿Seguiremos aun con las colgaduras negras de la tristeza y del llanto? Os confieso algo que me llegó a lo hondo del corazón y me llenó de satisfacción grande; fue tras la celebración de unas primeras comuniones cuando un señor, que había sido invitado por una familia a dicha celebración, se me acercó y me dijo para felicitarme, ‘la celebración de la primera comunión de estos niños fue una verdadera fiesta, así lo estaban viviendo los niños y así lo he estado viviendo yo’, me decía.


Tenemos que reavivar nuestra fe y la vivencia de nuestro ser cristiano para vivirla con alegría, para llenarnos de alegría y con ella contagiar a cuantos nos rodean. Tenemos que desterrar esas colgaduras con las que queremos a veces expresar nuestras suntuosidades, para darle auténtico sentido a aquello que vivimos y que celebramos.
 

Nos falta alegría en la Iglesia, nos falta alegría a los cristianos. Todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio, como termina diciéndonos hoy Jesús. ‘A vino nuevo, odres nuevos’. Por algo tenemos el Espíritu de Jesús con nosotros; dejémonos conducir por El.

lunes, 17 de enero de 2022

No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

 


No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49: Marcos 2, 18-22

Aquí vamos hoy de remiendos y de arreglos. Bueno, a los que ya somos mayores nos suena bien eso, porque en la escasez que vivíamos antes era normal que nuestras madres si había un roto en cualquier prenda de vestir hicieran sus apaños, sus arreglos, sus remiendos, porque por dignidad aunque fuéramos pobres no nos podíamos permitir llevar un roto en un pantalón, por ejemplo: claro que bien distinto a las modas de hoy, de las que no vamos a hablar, donde se compra la ropa hasta con esos rotos, pero por moda. Pero ya procuraban las costureras o nuestras madres que si ponían en el remiendo un trozo de tela que fuera nuevo, previamente se mojaba para evitar los tirones que la pieza luego pudiera dar causando un roto mayor.

Pero hoy nos viene a decir Jesús que de remiendos, nada; que no podemos seguir andando con el traje viejo, porque ahora ya somos hombres nuevos; que no podemos ir por su camino simplemente haciéndonos apaños, sino que tenemos que darnos cuenta que es algo nuevo lo que El nos anuncia y el camino que hemos de recorrer; y nos habla también de los odres que se utilizaban para el vino, no podemos seguir usando los viejos que ya están ajados y fácilmente no podrán soportar la presión de un vino nuevo y el final se va a perder lo viejo y lo nuevo.

Todo arranca del estilo nuevo, el tono nuevo que Jesús le va dando a la vida de sus discípulos. Vienen algunos quejándose que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos, o como lo hacían también los discípulos de Juan el Bautista. Había que seguir con las viejas costumbres, pero no unas viejas costumbres que se ciñeran a lo que era en verdad la ley del Señor, sino de todos aquellos añadidos que se habían ido introduciendo que al final casi se convertían en un tormento para quien quisiera ser fiel a todos esos nuevos protocolos que se habían añadido.

Pero por otra parte, viene a decirles Jesús, cómo van a ayunar los amigos del novio si están participando de su banquete de bodas, sería algo inconcebible. Los que querían seguir a Jesús estaban ya participando del banquete de bodas del Reino, no cabía la tristeza ni los agobios, sino que todo había de vivirse en un sentido de paz que venía a inundar los corazones. Había llegado el tiempo de la amnistía, el tiempo de la gracia y del perdón, como seguir viviendo con pesares en el corazón cuando se podía vivir en la alegría de la vida nueva al sentirse ya para siempre perdonados.

Pero cuidado que nos pongamos cómodamente a juzgar y hasta condenar a aquellos de los tiempos de Jesús que venían con esos planteamientos inamovibles y de rigidez, y vayamos nosotros a estar cayendo en semejantes planteamientos. Primero, porque eso de los remiendos seguimos muchas veces planteándonoslo. Pensemos, por ejemplo, cuales son los buenos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando hemos descubierto que nuestra vida cristiana tiene que tener otras andaduras; vamos a ver que es lo que corregimos por aquí, vamos a ver qué es lo que podemos mantener, porque tampoco son prácticas tan malas lo que estábamos haciendo, y así nos hacemos nuestros arreglitos, con lo que al final seguimos haciendo lo mismo.

Pensemos cuantos nos cuesta una renovación total de esas estructuras que nos hemos ido creando en nuestra vida eclesial, con lo que muchas veces la gente nos confunde con un partido político más, con una organización no gubernamental, como ahora las llaman, que se dedica a hacer cosas buenas llenas de mucho altruismo y algo de solidaridad.

¿Estaremos dando la verdadera imagen de lo que tenemos que ser los que en verdad queremos seguir el camino del Evangelio? ¿O estaremos prestándonos a una cierta confusión? Algunas veces hasta las normas que nos damos se parecen más a las exigencias que se nos puedan hacer desde los estamentos de la vida social o política, que lo que tendría que ser una Iglesia verdadera madre de misericordia para con todos. No todos sienten y experimentan en si mismos esa Iglesia madre de misericordia, por muchos años y jubileos de misericordia que se quieran proclamar.

Hablamos de renovación, de ser en verdad ese hombre nuevo del evangelio, y seguimos adornándonos con los mismos oropeles de siempre, seguimos en las mismas vanidades porque decimos que son cosas de la tradición de la Iglesia de lo que no nos podemos despojar. De cuantas cosas tendríamos que desprendernos en nuestra vida personal, de cuantas cosas llenas de apariencia y vanidad que siguen apareciendo en la vida de la Iglesia. Y mira que nos pueden llamar hasta herejes cuando nos empeñamos en esa renovación total y profunda que tendríamos que hacer para vivir de verdad el espíritu del Evangelio.

¿Seguiremos con los remiendos de siempre o nos convenceremos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos?

lunes, 18 de enero de 2021

Los momentos que vivimos pueden ser una señal de la renovación que el Espíritu nos pide cuando nos dice que no necesitamos remiendos sino odres nuevos

 


Los momentos que vivimos pueden ser una señal de la renovación que el Espíritu nos pide cuando nos dice que no necesitamos remiendos sino odres nuevos

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

Muchas veces nos aparecen ciertos resabios de conformismo y un cierto conservadurismo. ¿No habremos escuchado en alguna ocasión alguien que nos argumenta diciendo ‘esto siempre se ha hecho así’? Algunas veces nos cuesta cambiar, abrirnos a lo nuevo, descubrir que las cosas que se pueden hacer de otra manera y hacerlas mejor. No a todos les sucede, porque de lo contrario no habríamos avanzado nada en la vida y en la sociedad, pero es cierto que aparecen esas reticencias.

Por eso la presencia de Jesús con los planteamientos que hacía del Reino de Dios significó un gran choque en aquella sociedad judía. Aunque muchos descontentos querían abrirse a algo nuevo y en cierto modo se sentían iluminados por los profetas, sin embargo había un grado muy fuerte de inmovilismo muchas veces motivado por los intereses de los dirigentes de la sociedad que podían ver mermados sus privilegios y la relevancia que se daban con sus vidas con la influencia que podían ejercer sobre la sociedad. Qué fácil cuando nos llenamos de poder nos convertimos en manipuladores de los demás, porque nunca queremos ver mermada nuestra posible influencia con intereses e incluso ganancias materiales de por medio.

Es cierto que los profetas hablaban de la fidelidad a la Alianza y a Yahvé y los veremos en sus fuertes luchas contra los que pretendían introducir una cierta idolatría, pero ellos hablan de corazón nuevo, de arrancar el corazón de piedra, de una verdadera transformación de sus vidas. 

Y ahí está la Buena Noticia que Jesús nos ofrece, que exigirá una purificación interior para ir a una autenticidad en la vida. Lo que hacemos ha de tener su sentido y no es cuestión de dejarnos arrastrar por una rutina que le hará perder el sentido a las cosas. Cuando no sabemos encontrar un sentido lo que tratamos de hacer es imponer, llenar de normas y preceptos quedándonos en una vida de meros cumplimientos y superficialidad.

Hoy plantean a Jesús el tema del ayuno, porque ayunaban los discípulos de Juan, porque ayunan como una imposición los discípulos de los fariseos y ven que Jesús no va por esos caminos y estilos. Como les dirá Jesús ¿es que los amigos del novio cuando están en la boda de su amigo van a ayunar? En ese momento lo que hay que hacer es participar de la alegría y de la fiesta del novio; y es que el ayuno iba acompañado de tintes sombríos y en cierto modo lúgubres, como si fuera un peso que nos cayera encima del que no nos podemos librar.

Ya en otro momento Jesús nos dirá que cuando ayunemos nos lavemos la cara y perfumemos, porque nadie tiene que saber lo que hay en tu interior o lo que estás haciendo sino el Padre del cielo que nos dará la recompensa de lo bueno que hagamos; y es que en las costumbres de los fariseos estaba la ostentación y la vanidad de hacer las cosas para recibir las alabanzas de la gente.

Pensemos cuánto de todo esto nos queda aún en nuestra Iglesia, - sí, tenemos que reconocerlo – y en el estilo de nuestras comunidades cristianas que en cierto modo se han quedado envejecidas en rutinas, tradiciones, costumbres que pueden dar una bonita apariencia, pero que nada atractivo hacen el evangelio a los hombres y mujeres que vivimos en pleno siglo XXI. 

Cuando ahora nos hemos visto obligados por las circunstancias que vivimos a despojarnos de muchas cosas externas hay quien se siente defraudado en sus añoranzas porque no se pueden lucir las largas y ostentosas procesiones de semana santa, por ejemplo, y se dejan de lucir las mantillas, los uniformes de romanos o los hábitos de los nazarenos. Decimos esto como ejemplo pero podemos pensar en muchas más cosas. ¿No puede esto ser un signo de la renovación que el Espíritu nos estará pidiendo?


Por eso hoy Jesús terminará hablándonos de que no andemos con remiendos en nuestra vida, sino que a vino nuevo necesitamos odres nuevos. Es el hombre nuevo, del que nos hablará san Pablo, que tenemos que ser. No es, entonces, aquello de que esto siempre se ha hecho así, sino descubrir ese sentido nuevo que desde la Buena Nueva de Jesús encontraremos para nuestra vida. 

Y es que no nos ponemos un disfraz para aparentar lo que no somos, sino que nos hemos de revestir de Cristo para ser ese hombre nuevo; es un traje nuevo, es una vida nueva, porque ya no es vivir la vida a nuestra manera sino que será siempre vivir a Cristo.

viernes, 4 de septiembre de 2020

No son componendas de ritualidades sino un camino radical para beber y vivir el vino nuevo del Reino de Dios

 


No son componendas de ritualidades sino un camino radical para beber y vivir el vino nuevo del Reino de Dios

1Corintios 4, 1-5; Sal 36;  Lucas 5, 33-39

Somos muy fáciles para echar en cara a los demás aquellas cosas que no nos gustan, para estar fijándonos con un filtro muy fino cuanto hacen los demás pero ver por donde los podemos coger, los podemos atacar o echarle en cara aquello que consideramos que hacen mal. No digo que sea consecuencia de esa manera de actuar que tenemos en la política, que parece que siempre estamos en tensión, en que no somos capaces de admitir o aceptar lo bueno que puedan realizar los contrincantes, pero si hemos de reconocer que existe demasiado en nuestras relaciones esa forma de actuar. Al que no hace las cosas como a mí me parece que tendrían que ser buscamos la manera de destruirlo, estamos siempre atacando y queriendo desprestigiar.

Como decíamos eso se vive de una forma muy tensa en la sociedad y en la vida política, pero nos afecta a la paz y a la serenidad que tendríamos que llevar en el corazón para ayudarnos en verdad los unos a los otros a ser más felices y a hacer un mundo mejor. Eso puede afectar también a nuestras comunidades cristianas en que fácilmente nos contagiamos de los estilos del mundo que nos rodea, y donde incluso en esos aspectos de la vida religiosa muchas veces terminamos politizándolo todo, o haciéndolo a la manera de la política.

Eso se vivió en el entorno de Jesús. Por allá andaban siempre los fariseos y los maestros de la ley con ojo avizor atentos no solo a las palabras de Jesús, sino a su forma de actuar, pero terminaban también de alguna manera acosando a los que querían seguir el camino de Jesús. Y es que no habían terminado de entender, o no habían querido entender el mensaje de Jesús con toda la renovación profunda que Jesús nos pedía en el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios.  Si nos anunciaba el Reino de Dios que habíamos de constituir justo era que todos los vestigios del reino viejo del pecado tendrían que desaparecer. Signo de ello eran los milagros que Jesús realizaba, pero era también esa nueva forma de vivir donde tendría que brillar esa paz del espíritu.

De muchas cosas rituales habían llenado sus vidas convirtiéndolas en cosas esenciales en la relación con Dios, pero que era de lo que había que desprenderse para vivir ese nuevo sentido de vida que Jesús nos ofrecía cuando nos liberaba de todo cuanto nos pudiera atar y esclavizar. Y muchas veces esos ritos se convertían en cosas esclavizantes que impedían vivir esa paz y esa alegría del corazón. Claro que tenemos que preguntarnos si acaso nosotros que nos decimos seguidores de Jesús también nos habremos llenado de muchas ataduras en ritualidades vacías de contenido que hacemos sin un profundo sentido de Cristo en el estilo del evangelio.

Lo que le plantean hoy a Jesús es por qué sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan o los discípulos de los fariseos. ¿Era en verdad para ellos el ayuno un signo purificador de sus vidas y de sus corazones o simplemente un rito que había que realizar vaciándolo de su verdadero sentido?

Jesús pide una renovación total de la vida. Y por eso nos habla de que no nos valen los remiendos, porque lo nuevo tira de lo viejo y hace un roto peor, nos dice. O nos habla de los odres nuevos para el vino nuevo. Dos imágenes de profundo significado. Ya Jesús nos había dejado el signo del vino nuevo en aquel milagro de las bodas de Caná de Galilea. El vino que Jesús ofrecía era un vino mejor que habría que aprender a saborear. Es el vino nuevo del evangelio que Jesús nos ofrece pero que necesita unos odres nuevos. Es esa vida nueva que hemos de vivir cuando en verdad optamos por el camino de Jesús. Es la radicalidad con que hemos de seguir a Jesús.

Recordamos aquel otro pasaje del evangelio en que alguien se ofrece para seguir a Jesús o Jesús le invita a seguirle. Como nos dice entonces no vale poner la mano en el arado y volver la vista atrás. Para seguir la línea recta de la arada hay que ir con la vista bien hacia delante en el punto a donde queremos llegar, si nos distraemos porque volvemos la vista a otro lado o queremos mirar para detrás la arada no seguirá esa línea recta sino que se desviará.

Es lo que nos pasa tantas veces en el camino del seguimiento de Jesús; parece que nos cuesta mirar hacia delante, parece que estamos añorando tiempos pasados o cosas del pasado que tendríamos que haber dejado totalmente de lado; así vamos caminando con nuestras tibiezas, nuestra falta de compromiso, nuestra poca radicalidad en el seguimiento de Jesús. No vamos atentos a lo principal sino que iremos distrayéndonos en ese camino y es cuando comenzamos al mismo tiempo a tener actitudes no muy positivas con aquellos que van a nuestro lado haciendo también el camino, como decíamos al principio de esta reflexión.

sábado, 4 de julio de 2020

Dejemos ya de lado esa pobreza espiritual que se contenta con hacer cosas para cumplir y busquemos ese odre nuevo para el vino del evangelio



Dejemos ya de lado esa pobreza espiritual que se contenta con hacer cosas para cumplir y busquemos ese odre nuevo para el vino del evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17
La pregunta siempre ha estado más o menos presente de una forma u otra. ¿Qué tengo que hacer para ir al cielo, para poder decir que soy bueno, para ser un cristiano cumplidor? Ahí está la cuestión, en que muchas veces nos hemos querido hacer cristianos cumplidores; y por eso preguntamos qué tengo que hacer. Pero eso pregunta en el fondo está preguntando qué cosas, más o menos fáciles, tengo que hacer y ya con eso cumplo. Hasta dónde como mínimo tengo que llegar, claro porque cumpliendo al menos lo mínimo ya estoy salvado.
Era aquello de devociones de otros momentos, en que quizá surgieron porque había que buscar medios para que la gente se acercara más a la Iglesia y a los sacramentos, suponiendo que una vez entrado en el ritmo, ese ritmo se iba a mantener e incluso crecer; para algunos quizá lo fue, pero otros se quedaron en la materialidad de la promesa y cuando ya lo hicieron no pensaron en un paso más. Me refiero a aquella devoción de los primeros viernes de mes, en que cumplidos los nueve primeros viernes ya no era necesario nada más. Algún amigo ya mayor como yo me ha dicho en alguna ocasión, yo ya no necesito hoy ir a Misa, porque de chico hice muchas veces los primeros viernes.
Con esas componendas le vienen hoy a Jesús, en el texto que hemos escuchado en el evangelio. Los discípulos de Juan Bautista y los discípulos de los fariseos vienen poco menos que a quejarse a Jesús que ellos si ayunan puntualmente pero que sus discípulos – en referencia a los discípulos de Jesús – no ayunan. Ya cumplían, realizaban sus ayunos, sus oraciones eran públicas, estaban dando buen ejemplo, pero en los que seguían a Jesús parecía que no se les había impuesto esas cosas que cumplir. No lo entendían. Cualquier maestro señalaba a sus discípulos una disciplina que había que cumplir, unos ritos que realizar, pero Jesús no imponía esas penitencias a sus discípulos.
Cuánto les costaba entender la novedad del evangelio. El Reino de Dios que Jesús anunciaba y proclamaba no se podía quedar reducido a unos rituales, a unas rutinas, era algo nuevo y distinto, era una transformación que había que realizar desde el corazón, era un nuevo estilo y sentido de vida. ¿Cómo los amigos del novio que están participando con este en su boda van a ayunar? Tienen que estar viviendo la alegría de la fiesta de algo nuevo que comenzaba como era siempre un nuevo matrimonio, siguiendo el ejemplo que propone Jesús.
Por eso Jesús nos está diciendo que vivir el nuevo Reino de Dios no es cuestión de remiendos, porque con los remiendos al final no sabemos en lo que quedamos, con los remiendos puede producirse un roto mayor en el corazón. Por eso es necesario un paño nuevo, una nueva vestidura, un hombre nuevo, como nos dirá más tarde san Pablo. O habla también de los odres nuevos para el vino nuevo; el vino nuevo al fermentar tiene una fuerza grande que puede hacer reventar los odres viejos, y entonces ni odres, ni vino ni nada.
Es la transformación grande que tiene que realizarse en nuestra vida que no se queda en meros cumplimientos. Grande es la renovación que tiene que realizarse en nuestra vida que por eso Jesús nos pide que para creer en la Buena Noticia del Reino de Dios hemos de convertirnos, hemos de darle la vuelta totalmente a nuestra vida. No son unos remiendos, no es decir ahora tengo que cumplir unas cuantas cosas nuevas, pero todo lo demás puede seguir igual.
Así andamos con nuestra vida anquilosada; así andamos con nuestras componendas; así andamos con nuestra falta de compromiso; así andamos buscando algunas cositas que hacer para ya quedarnos contentos; así andamos con nuestras mezquindades y nuestra pobreza espiritual. Y eso no es vivir el Reino de Dios. Así me lo digo a mi mismo. Que la fuerza del Espíritu me haga ser en verdad ese hombre nuevo del Evangelio, ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo evangelio.