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lunes, 24 de mayo de 2021

Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

 


Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Cuando celebrábamos ayer Pentecostés llegábamos a la culminación del tiempo pascual. Hoy litúrgicamente retomamos el tiempo ordinario en su octava semana, sin embargo este lunes posterior a Pentecostés tiene una especial fiesta de María como Madre de la Iglesia.

Fue el Papa Pablo VI quien la proclamó así al finalizar una de las sesiones del Concilio y en muchas partes y en algunas congregaciones religiosas dedicadas a María tenían la fiesta de María, Madre de la Iglesia en este día. Ha sido el Papa Francisco el que ha instituido litúrgicamente esta fiesta en esta Advocación de María en este día, lunes siguiente a Pentecostés.

Justo en los Hechos de los Apóstoles, cuando los vemos reunidos en el Cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviar su Espíritu, vemos a los apóstoles reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús. María ha pasado en cierto modo desapercibida en el Evangelio; san Lucas en los relatos del nacimiento y de la infancia de Jesús es el que más ampliamente nos la presenta y será Juan el que de manera especial nos la hace presente, por una parte en las bodas de Caná como intercesora ante la carencia de vino para la boda y luego al pie de la cruz donde la recibirá como Madre.

El relato de la presencia de María junto a la cruz de Jesús es breve pero bien significativo. Primero se hace constancia de la firmeza de María en aquellos momentos de dolor al pie de la cruz de su Hijo, pero están también las palabras de Jesús. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús a María señalándole a Juan, ‘ahí tienes a tu madre’ le dice a Juan entregándole a su madre. ‘Y el discípulo desde aquella hora la recibió en su casa’.

Se nos está hablando de esta nueva maternidad de María; no solo es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios y por tanto la Madre de Dios, sino que desde ese momento al pie de la cruz se convierte en la madre de todos los creyentes, por eso con razón podemos decir, Madre de la Iglesia. En Juan, el discípulo amado, estábamos representados todos, porque todos somos los amados de Jesús. En Juan estamos viendo a la Iglesia que la acoge como Madre y la tendrá siempre junto a sí. Ya no podremos imaginar la presencia y el actuar evangelizador de Juan sin María a su lado; Éfeso guarda la tradición de que allí estuvo y predicó el Apóstol Juan y precisamente en sus montañas, en medio del bosque aparece la casa de María, como ese lugar donde María estaba junto a Juan; María estaba junto a la comunidad cristiana que se iba extendiendo por todas partes, junto a la Iglesia como madre.

Y así la ha tenido la Iglesia a lo largo de los tiempos; ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María; no hay un lugar donde se haya predicado el evangelio de Jesús y haya nacido la Iglesia donde no haya un templo dedicado a María, con sus distintas y variadas advocaciones según el lugar o según la devoción del pueblo cristiano, pero siempre presente María para conducirnos hasta Jesús.

María, Madre de la Iglesia; María, madre junto a nosotros en todo lo que hace una madre con sus hijos, camina a nuestro lado y es estimulo de amor y de santidad para sus hijos; camina a nuestro lado como el más amoroso paño de lágrimas porque es a la madre a la que siempre acudimos desde nuestras cuitas y nuestras penas, desde nuestros sufrimientos o nuestros problemas, desde los agobios o los cansancios de la vida porque en su regazo de madre como hijos podemos siempre reclinar nuestra cabeza y depositar en ella nuestras penas.

Es la madre que nos alienta, pero que también nos estimula en nuestra entrega, nos hace creer en nuestras posibilidades y nos hace sentir la gracia del Señor que nos fortalece para que sigamos haciendo el camino con valentía; es la madre de los que nos sentimos pobres pero con la confianza de que en ella y con ella nunca nos sentiremos abandonados; es la madre que nos pone en camino para que seamos en todo momento heraldos y testigos del evangelio despertándonos de nuestras rutinas y comodidades; es la madre que nos enseña a tener los ojos bien abiertos y con limpieza de espíritu en nuestro corazón para tengamos esa mirada nueva del amor para los hermanos que sufren en el camino a nuestro lado.

Que María como madre remueva y despierte nuestros corazones para con inquietud y valentía sepamos llegar a todos, hasta los más lejanos, para anunciar el nombre de Jesús que es nuestro único salvador.

sábado, 30 de enero de 2021

Una travesía difícil por la vida en la que no hemos de debilitarnos sino saber acudir con fe a quien sabemos que está a nuestro lado para ser nuestra fuerza

 


Una travesía difícil por la vida en la que no hemos de debilitarnos sino saber acudir con fe a quien sabemos que está a nuestro lado para ser nuestra fuerza

Hebreos 11,1-2.8-19; Sal.: Lc 1,69-75; Marcos 4,35-41

Alguna vez habremos recibido el reproche, medio en broma, medio en serio en que nos echaban a la cara que estamos como atolondrados, que no nos enteramos, que no terminamos de caer en la cuenta de los problemas que hay. Seguramente a nosotros nos pasa cuando vivimos la vida medio superficialmente o no queremos complicarnos demasiado y así aunque veamos hacemos que no vemos, no vayan a meternos en el lío y tengamos que apechugar buscando soluciones. Es que esa tendría que ser la alerta que vivamos en todo momento, atentos a lo que pasa, atentos a los problemas, dispuestos a arrimar el hombro para buscar salidas y soluciones intentando salir de ese caparazón en que nos metemos en ocasiones para no enterarnos.

En esta introducción que nos estamos haciendo incido en nuestras posturas, cómodas muchas veces, aunque no es el caso de lo que hoy se nos plantea en el evangelio aunque no sabemos bien lo que pasaba por la cabeza de aquellos avezados pescadores que se veían envueltos en aquella tormenta tan normal en el lago de Tiberíades, mientras Jesús que iba en la barca pareciera que se desentendía de todo mientras dormía ausente de todo lo que pasaba a su alrededor. Medio acostumbrados a que Jesús les sacara de apuros en más de una ocasión, y como actuaba El cuando apreciaba sufrimiento en los demás, ahora no saben que pensar y bruscamente le despiertan.

¿Es que no te enteras? ¿Cómo puedes dormir tan tranquilo en medio del fragor de esta tormenta? Es que casi nos hundimos. Jesús no dormía ausente de cuanto pasaba, ni era insensible ante el momento difícil que estaban pasando. Aquel dormir de Jesús ¿sería como una prueba para la fe de aquellos hombres? ¿No les estaba obligando a que se las ingeniaran y supieran salir adelante sin tener que buscar una ayuda fácil? ¿Sabrían ellos más tarde caminar por la vida enfrentándose a dificultades e incluso persecuciones cuando Jesús no estuviera físicamente entre ellos?

Es cierto que les prometerá que nunca los dejará y de una forma o de otra siempre estaría con ellos, pero en muchas ocasiones también iban a sentir, como lo sentimos nosotros también, el dolor y la angustia de la soledad porque nos pareciera que Jesús se haya desentendido de nosotros. Pero ellos tendrían que aprender la lección, tendrían que aprender a confiar, tendrían o tendríamos también nosotros que saber buscar esa ayuda y esa presencia de Jesús que nunca nos faltará.

Sí, porque este texto del evangelio no es solo la lección que aprendieron aquel día los discípulos que iban en la barca que casi se hundía, sino que es la lección que nos vale a los cristianos de todos los tiempos, que nos vale a nosotros hoy cuando con mil problemas algunas veces también nos llenamos de angustias en nuestras soledades. Siempre hemos dicho, quizá como recurso fácil, pero no menos cierto, que esta barca zarandeada por las olas en medio de la tormenta del mar de Galilea es imagen de la Iglesia, barca también zarandeada por miles de olas a través del paso de los tiempos.

Ahora podemos pensar en la situación de la Iglesia con todos los problemas en que se ve envuelta a lo largo y a lo ancho del mundo, pero podemos pensar en más cosas también. Es la situación que vive hoy nuestra sociedad con la pandemia donde también nos vemos tan embrollados que nos parece que nunca vamos a salir; y aquí no sé si habremos sabido acudir al Señor que nos parece que duerme sobre un cabezal de la barca para pedirle con fe que nos ayude a salir de esta.

Epidemias y pestes ha habido numerosas a lo largo de los siglos y con más difícil solución cuando los medios sanitarios no eran los que hoy tenemos; y a lo largo y a lo ancho de nuestras tierras tenemos muchos santuarios y ermitas en honor de los santos a los que se invocaron en aquellas ocasiones como especiales protectores en aquellas situaciones. Hoy nos valen para romerías y fiestas, pero hemos de ser conscientes de que son testigos de la fe de nuestra gente y la ayuda del cielo.

Era la fe del pueblo cristiano, valiéndose de la devoción a algún santo en particular – ¿cuántas iglesias de san Roque hay en nuestra tierra y cuántas imágenes de ese santo en nuestros templos? – estaban implorando del Señor su protección en aquellos momentos. ¿Habremos sabido hacerlo o nos parece que no es moderno que hoy en el siglo XXI hagamos esas rogativas al Señor?

Considero también una travesía por un mar tumultuoso el enfriamiento espiritual que se pueda estar produciendo en el pueblo cristiano con la disculpa de los aforos limitados que de alguna manera nos impiden la asistencia a los actos religiosos. ¿Cómo nos levantaremos de este debilitamiento espiritual en que podemos estar cayendo? Nos tendrá que gritar Jesús también a nosotros: ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’

 

sábado, 4 de julio de 2020

Dejemos ya de lado esa pobreza espiritual que se contenta con hacer cosas para cumplir y busquemos ese odre nuevo para el vino del evangelio



Dejemos ya de lado esa pobreza espiritual que se contenta con hacer cosas para cumplir y busquemos ese odre nuevo para el vino del evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17
La pregunta siempre ha estado más o menos presente de una forma u otra. ¿Qué tengo que hacer para ir al cielo, para poder decir que soy bueno, para ser un cristiano cumplidor? Ahí está la cuestión, en que muchas veces nos hemos querido hacer cristianos cumplidores; y por eso preguntamos qué tengo que hacer. Pero eso pregunta en el fondo está preguntando qué cosas, más o menos fáciles, tengo que hacer y ya con eso cumplo. Hasta dónde como mínimo tengo que llegar, claro porque cumpliendo al menos lo mínimo ya estoy salvado.
Era aquello de devociones de otros momentos, en que quizá surgieron porque había que buscar medios para que la gente se acercara más a la Iglesia y a los sacramentos, suponiendo que una vez entrado en el ritmo, ese ritmo se iba a mantener e incluso crecer; para algunos quizá lo fue, pero otros se quedaron en la materialidad de la promesa y cuando ya lo hicieron no pensaron en un paso más. Me refiero a aquella devoción de los primeros viernes de mes, en que cumplidos los nueve primeros viernes ya no era necesario nada más. Algún amigo ya mayor como yo me ha dicho en alguna ocasión, yo ya no necesito hoy ir a Misa, porque de chico hice muchas veces los primeros viernes.
Con esas componendas le vienen hoy a Jesús, en el texto que hemos escuchado en el evangelio. Los discípulos de Juan Bautista y los discípulos de los fariseos vienen poco menos que a quejarse a Jesús que ellos si ayunan puntualmente pero que sus discípulos – en referencia a los discípulos de Jesús – no ayunan. Ya cumplían, realizaban sus ayunos, sus oraciones eran públicas, estaban dando buen ejemplo, pero en los que seguían a Jesús parecía que no se les había impuesto esas cosas que cumplir. No lo entendían. Cualquier maestro señalaba a sus discípulos una disciplina que había que cumplir, unos ritos que realizar, pero Jesús no imponía esas penitencias a sus discípulos.
Cuánto les costaba entender la novedad del evangelio. El Reino de Dios que Jesús anunciaba y proclamaba no se podía quedar reducido a unos rituales, a unas rutinas, era algo nuevo y distinto, era una transformación que había que realizar desde el corazón, era un nuevo estilo y sentido de vida. ¿Cómo los amigos del novio que están participando con este en su boda van a ayunar? Tienen que estar viviendo la alegría de la fiesta de algo nuevo que comenzaba como era siempre un nuevo matrimonio, siguiendo el ejemplo que propone Jesús.
Por eso Jesús nos está diciendo que vivir el nuevo Reino de Dios no es cuestión de remiendos, porque con los remiendos al final no sabemos en lo que quedamos, con los remiendos puede producirse un roto mayor en el corazón. Por eso es necesario un paño nuevo, una nueva vestidura, un hombre nuevo, como nos dirá más tarde san Pablo. O habla también de los odres nuevos para el vino nuevo; el vino nuevo al fermentar tiene una fuerza grande que puede hacer reventar los odres viejos, y entonces ni odres, ni vino ni nada.
Es la transformación grande que tiene que realizarse en nuestra vida que no se queda en meros cumplimientos. Grande es la renovación que tiene que realizarse en nuestra vida que por eso Jesús nos pide que para creer en la Buena Noticia del Reino de Dios hemos de convertirnos, hemos de darle la vuelta totalmente a nuestra vida. No son unos remiendos, no es decir ahora tengo que cumplir unas cuantas cosas nuevas, pero todo lo demás puede seguir igual.
Así andamos con nuestra vida anquilosada; así andamos con nuestras componendas; así andamos con nuestra falta de compromiso; así andamos buscando algunas cositas que hacer para ya quedarnos contentos; así andamos con nuestras mezquindades y nuestra pobreza espiritual. Y eso no es vivir el Reino de Dios. Así me lo digo a mi mismo. Que la fuerza del Espíritu me haga ser en verdad ese hombre nuevo del Evangelio, ese odre nuevo que pueda contener el vino nuevo evangelio.

martes, 16 de julio de 2019

Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes


Nos queremos vestir de la librea de María con el escapulario del Carmen que es como meternos en el molde de María para vivir una vida resplandeciente de virtudes

 Zacarías, 2, 14-17; Mateo 12, 46-50
Al norte del territorio de Israel se alza la cordillera del Carmelo cuyas estribaciones en su lado occidental vienen a descansar casi en las aguas del Mediterráneo. Estas montañas del Carmelo tienen hondas resonancias bíblicas muy relacionadas con los profetas sobre todo con el adalid de su lucha contra los cultos paganos a los baales que entre los israelitas se querían introducir el profeta Elías y cuyos momentos más significativos se desarrollan precisamente en estas montañas.
Fueron luego en los tiempos de las cruzadas remanso de paz, y refugio de descanso y recogimiento para aquellos cruzados que no querían alejarse de la tierra del Señor. Pronto surge un grupo de anacoretas en estas montañas que se agrupan bajo la regla que como norma de vida el patriarca de Jerusalén elabora para ellos reuniéndose en torno al templo levantado en honor de María, naciendo así la Orden religiosa de la Virgen María del Monte Carmelo, a quien invocan como Madre protectora y a quien llamarán también estrella del mar, viviendo el espíritu de recogimiento y su mismo ardor misionero que viviera el profeta en aquellas montañas. Allí en lo alto de aquellas estribaciones del monte Carmelo se levanta María como luz y como guía que va a ser para todos los navegantes de la vida.
Más tarde entre los avatares que sufrió la Orden que se tuvo que venir a Europa la tradición habla de cómo María se la manifiesta a san Simón Stock entregándole como signo y como librea para su vestimenta y para sus vidas el Santo Escapulario que tan especial significación va a tener para el hábito de los Carmelitas pero también en la devoción del pueblo cristiano que ama a María como un querer vestirse también de María. Este tendría que ser su especial significado para quieren portar sobre sus hombros el escapulario del Carmen queriendo expresar así como queremos vestirnos de María, como queremos imitar a María llevando impresas en nuestra vida todas sus virtudes.
Vestir el escapulario tiene que ser un compromiso de santidad en nosotros, queriendo sentirnos seguros en ese navegar de la vida en medio de las tormentas de las tentaciones con la especial protección de María. Es nuestro compromiso pero es la gracia que a través de María recibimos para nuestra lucha contra el pecado, pero también para el resplandecer de nuestras virtudes, comprándolas intensamente de María. Es un vestirse de Maria no ya tanto como un ropaje externo o un disfraz, sino como querer meternos en el molde de María para así lograr esa vida perfecta resplandeciente de santidad.
La devoción a María en esta advocación del Monte Carmelo o como simplemente decimos la Virgen del Carmen está profundamente enraizada en el pueblo cristiano a lo largo de todo el mundo. Aunque en cada lugar la invoquemos con una advocación especial como reina y protectora de nuestros pueblos, sin embargo la Advocación del Carmen prevalece por todas partes y ya bien sabido es la devoción que tienen a la Virgen del Carmen los hombres y las mujeres del mar.
A la orilla de nuestras playas o acantilados sobre el mar aparecen repetidamente las ermitas y los templos dedicados a la Virgen del Carmen; marineros y pescadores la tienen como patrona y a ella la invocan como esa Estrella del Mar que siempre les guía y les protege en sus singladuras y en su honor sabemos cómo surgen fiestas en todos los pueblos. Somos muchos, hombres y mujeres, los que llevamos su nombre como nuestro nombre propio, queriendo expresar así como nos sentimos sus hijos y no nos falta nunca su protección de Madre en todos los peligros.
He querido hoy detenerme en esta página de la semilla de cada día en la figura de María y aunque aparentemente no hago ningún comentario del evangelio del día, podríamos decir, sin embargo, que mirando a María estamos mirando el Evangelio, porque ella es la portadora de esa Buena Noticia de salvación porque nos trae a Jesús y porque es el mejor ejemplo de cómo tenemos que ser los discípulos de Jesús. Su presencia siempre nos está diciendo que hagamos como El nos dice, su presencia siempre nos está llevando al Evangelio de Jesús, su presencia siempre está sembrando en nosotros los valores del Reino de Dios que nos anuncia Jesús.

miércoles, 31 de octubre de 2018

La puerta estrecha de la que nos habla Jesús pasa por nuestros esfuerzos de superación y crecimiento abriendo los oídos del corazón para escuchar lo que el Señor nos pide



La puerta estrecha de la que nos habla Jesús pasa por nuestros esfuerzos de superación y crecimiento abriendo los oídos del corazón para escuchar lo que el Señor nos pide

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

Hay quienes nos apuntamos siempre a los momentos buenos; somos amigos si el amigo es bueno conmigo, pero yo no soy capaz de dar el primer paso; con aquellos que me llevan a fiesta y a pasarlo bien yo siempre me apunto el primero, pero cuando vienen los momentos difíciles, cuando viene el momento de tener que echar una mano y comprometerme, de perder de lo mío o de mi tiempo, ya me lo pienso dos veces. Así somos tantas veces interesados en la vida.
Es lo mismo, soñamos con cosas grandes, vemos a quien le va todo bien y lo envidiamos, vemos quien tiene éxito y querríamos nosotros tenerlo también, pero no somos capaces de ver el esfuerzo que le ha costado el poder alcanzar ese éxito o conseguir esas cosas grandes. ¿Esforzarnos nosotros? Eso lo dejamos para otro porque yo quiero pasarlo bien y sin esfuerzo; nos cuesta sacrificarnos para llegar a alcanzar metas altas porque por el contrario hoy queremos que todo nos lo den gratis; hemos entrado en esa cultura de no querer poner nuestro esfuerzo sino que otros nos lo den. 
Muchas cosas podríamos comentar en este sentido, donde parece hoy en nuestra sociedad que todo son derechos que tenemos y que nos lo tienen que dar, pero nos olvidamos de las obligaciones, nos olvidamos de nuestro trabajo y de nuestro compromiso, nos olvidamos del esfuerzo que nosotros tenemos que hacer de superación para poder crecer de verdad como personas en la vida. Ya sé que no todos piensan así, y que hay mucha gente que se toma la vida con responsabilidad y son capaces de esforzarse y de sacrificarse para alcanzar sus metas. Pero algunas veces hemos de poner las cosas un poco crudas y verdes, para que las reflexionemos y seamos capaces de madurar.
Es de lo que nos habla hoy Jesús en el evangelio. Sus palabras nos valen para todas las situaciones de la vida donde hemos de tener siempre ese deseo de superación, de crecimiento en lo humano y en lo espiritual. Es la totalidad de la persona la que ha de ir madurando más y más y esos valores espirituales no los podemos olvidar, porque esa altura de metas que nos proponemos son el mejor cimiento, la mejor fortaleza para nuestro ser como personas.
Y esto en todo lo que atañe al seguimiento de Jesús. Jesús habla claro en el evangelio a aquellos que le siguen. Ya recordamos como no le recortó las exigencias a aquel joven rico que un día venia preguntándole que había de hacer para alcanzar la vida eterna. Hoy nos está diciendo que no nos vale decir, Señor, Señor, si luego de verdad no hacemos que sea el único Señor de nuestra vida. Muchas veces nuestra religiosidad y nuestra vida cristiana se nos queda coja en este sentido. Somos fáciles para grandes manifestaciones de religiosidad donde somos capaces de ir hasta el fin del mundo por un milagro pero luego en el día a día no seguimos el camino de Jesús, no realizamos ese esfuerzo de hacer que nuestra vida se guíe por esos valores que nos enseña el evangelio.
Tenemos que purificar muchas expresiones de nuestra religiosidad. Partimos de eso bueno que hay en nosotros en nuestro deseo de expresarnos religiosamente, de buscar la ayuda y la bendición del Señor, de manifestar nuestra devoción a la Virgen en la Advocación de nuestra especial devoción, pero  no nos podemos quedar ahí.
Hemos de abrir nuestro corazón al Señor, abrir los oídos de nuestra alma para escucharle allá en lo más profundo de nosotros, pero para llevar a la vida, para llevar a la práctica eso que nos enseña la Palabra de Dios, eso que nos pide el Señor. Podemos ser muy tiernos y devotos en nuestra devoción a la Virgen, por ejemplo, o emocionarnos ante una Imagen de la pasión del Señor, pero luego no sabemos expresar esa ternura al que está a nuestro lado; pedimos la misericordia del Señor porque decimos que nos sentimos pecadores, pero luego no somos capaces de ser comprensivos con el que está a nuestro lado al que siempre estamos juzgando y condenando, y no somos capaces de ofrecer nuestro generoso perdón al que nos haya molestado u ofendido.
Y esa es la puerta estrecha de la que nos habla Jesús, que nos cuesta atravesar pero que es el camino de superación y crecimiento interior que hemos de seguir.

viernes, 12 de octubre de 2018

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

María sea ese Pilar que nos fortalece en nuestra fe y nos alienta en la tarea de la Nueva Evangelización

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11,27-28

Una tradición casi legendaria nos habla de la presencia de María junto al apóstol Santiago en la tarea de la evangelización de nuestra tierra española. Allí en la antigua Cesareagusta, hoy Zaragoza, junto al río Ebro quedó como señal aquel Pilar de la fortaleza que por la fuerza del Espíritu y con la presencia de María a nuestro lado ha de anunciarse y mantenerse la fe cristiana en nuestra tierra y en el mundo.
Así nació desde los tiempos más inmemoriales la devoción a María, que como un signo en su pequeña imagen sobre el Pilar, nos ayuda a mantener con fortaleza nuestra fe, a proclamarla con perseverancia y a expresarla en los mejores signos del amor. Hoy 12 de octubre es para nosotros la fiesta de la Virgen del Pilar. Ha sido así a través de los siglos y hoy seguimos invocando con amor a nuestra Madre, porque ella como Madre ha estado y está siempre a nuestro lado ayudándonos a preservar nuestra fe frente a tantos peligros que la acechan y es un espejo en el que mirarnos para descubrir en todo momento cuales son los caminos de Jesús.
A través de los tiempos y con el paso de los siglos muchos han sido los momentos duros como nos refleja la historia en que nos hemos visto convulsionados en nuestra fe, momentos también de persecución y hasta de martirio, momentos oscuros en que nos hemos visto envueltos por la indiferencia de tantos en lo que atañe a la fe que a todos  nos debilita, igualmente que momentos floridos en que ha resplandecido la fe y la santidad de tantos que nos han precedido o también, por qué no pensarlo, están a nuestro lado y son un estimulo fuerte en ese camino de la vivencia de nuestra propia fe.
Y María ha estado ahí siempre como un faro de luz que nos guía en nuestro camino para que vayamos siempre hasta Jesús, para que no nos acobardemos en nuestra debilidad o en esos momentos difíciles en que se pueda poner a prueba nuestra fe. Sentir la presencia de María nos da fortaleza en nuestro camino, nos da seguridad frente a los peligros que tenemos que afrontar, sentimos su aliento de madre junto a nosotros que nos da esperanza.
Y eso hoy, en los tiempos en que vivimos que no son mejores ni peores que otros tiempos de la historia, queremos sentirlo una vez más con la presencia de María. A ella acudimos como a una Madre, porque así nos la dejó Jesús, en ella nos refugiamos, pero no para escondernos frente a aquellos que nos puedan hacer oposición sino para salir más fortalecidos en esa tarea de anuncio del evangelio que en estos nuevos tiempos con valentía tenemos que hacer.
Hoy la Iglesia, aparte de otras muchas cosas que la convulsionan, esté comprometida en la tarea de una nueva evangelización. Y no es solo pensando en lejanos lugares donde por primera vez haya de anunciarse el nombre de Jesús, sino que es en nuestra tierra, en aquellos que nos rodean y con quienes convivimos donde tenemos que realizar esa tarea.
Hay en muchos lugares momentos de un reflorecimiento del fervor religioso, nuestro pueblo a pesar de tantas cosas que tiene en contra se dice cristiano y religioso y en alguna cosa y en algunos momentos lo manifiesta, sobre todo cuando es en actos en torno a María, pero bien sabemos que nuestra sociedad está bien lejana en muchos aspectos del sentido del evangelio, aunque también aparecen buenos brotes de semillas que no están lejos del Reino de Dios.
Y es ahí donde tenemos que evangelizar; es ahí donde queremos sentir de manera especial esa presencia de María, que a través de sus distintas imágenes en la devoción sana de nuestros pueblos, aun hace que se mantenga un rescoldo de fe. Es lo que tenemos que avivar con la fuerza del Espíritu, con la presencia de María, para que en verdad nuestros corazones y nuestras gentes se abran de nuevo al mensaje del evangelio.
Que María sea ese Pilar que nos fortalezca en nuestra fe; hoy la invocamos en la Advocación del Pilar que une en torno a si a todas las naciones hispanas del Nuevo Mundo; hoy en nuestra tierra tinerfeña la contemplamos peregrina en su imagen bendita de Candelaria en los caminos de la nueva evangelización en esa visita que en estos momentos está haciendo a nuestra zona metropolitana; o Virgen de Guadalupe en otra de nuestras islas, La Gomera, en su bajada al encuentro con sus hijos realizada en estos días; y así en tantas y tantas otras advocaciones de nuestra devoción. Amemos a María y con ella vayamos siempre hasta Jesús.

 

lunes, 16 de julio de 2018

Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Vestirnos de María es mucho más que un escapulario o un hábito que nos vistamos sino que es un desprender de nosotros el perfume de las virtudes de María


Al norte de las llanuras de Galilea surge una cadena montañosa que se extiende en sus estribaciones hasta las orillas mismas del Mediterráneo. Son los montes del Carmelo de singular importancia en diferentes momentos de la antigua historia de Israel. Entre muchas cosas destaca la referencia que estos montes tuvieron para el profeta Elías pues allí se refugió en momentos difíciles de idolatría a los baales del reino del Norte, o reino de Israel. Como su mismo nombre indica en el significado de la palabra son montes de especial belleza, como un jardín florido que se levanta desde las llanuras del Esdrelón, y que nos pueden servir muy bien como una hermosa referencia a la belleza de la santidad de Maria.
Hacemos esta referencia histórica porque de ahí surgió el que en los tiempos de las Cruzadas, a finales del siglo XII muchos cruzados que habían ido hasta Palestina para liberar la tierra donde nació y vivió Jesús del dominio de los otomanos, al tiempo que también muchos peregrinos que iban a la tierra de Jesús optaron por quedarse para vivir como anacoretas escogiendo precisamente por su referencia Elías estos montes del Carmelo.
Poco a poco fueron surgiendo grupos y comunidades de vida eremitita en las laderas del Carmelo hasta que posteriormente se les diera una regla de vida que dio origen a lo que llamamos los monjes del Carmelo, los Carmelitas. Pronto en la devoción mariana de aquellos monjes colocaron una imagen de la Virgen en alguna de aquellas grutas que les servían de oratorios, y fue el origen por así decirlo de la Virgen del Monte Carmelo. El Carmelo, pues, se convirtió en el huerto florido de María, en el jardín donde íbamos a aprender de sus virtudes y de su santidad.
En su nombre más femenino pronto se le comenzaría a decir Carmen, mientras el nombre masculino de Carmelo era que el que se daba a los varones que querían llevar esta advocación mariana en su nombre. Devoción a María con esta advocación que pronto con la multiplicación de los monjes y su extensión por otros lugares hizo que también se propagara, siendo una de las advocaciones de María más queridas y más, por así decirlo, celebradas.
Esta devoción a la Virgen del Carmen tiene como una característica muy principal la imitación a María. Imitar a María es vestirse de María, significativamente en el hábito o en el escapulario, pero que bien entendemos que ha de tener una mayor profundidad al copiar las virtudes de María en nuestra vida. Es el hábito o el escapulario, porque aunque hoy se nos haya quedado reducido a un pequeño trozo de tela con la imagen de María que ponemos sobre nuestro pecho su origen era algo mucho más amplio.
El escapulario en su origen era como un sobrevestido que se ponía sobre la ropa habitual y que si en principio era como una prevención para no manchar los ropajes que se llevaban a causa de los trabajos que se realizasen, como ese era el escapulario, el delantal diríamos hoy, que se ponían los monjes del Carmelo en sus trabajos conventuales quienes querían vivir una vida semejante a la de aquellos monjes imitando a María lo imponían sobre sus vestimentas, convirtiéndose así en el hábito del Carmen.
Por eso como decíamos la devoción a la Virgen del Carmen es sobre todo de imitación de María. ¿A quien mejor podemos imitar en su fe y en su amor, en la escucha de la Palabra y en el amor a Dios como verdadero centro de su vida, en la generosidad y en el servicio, en el desprendimiento y vaciamiento interior y en la santidad? Vestidos de María, pues, queremos prevenirnos de las manchas que más dañan nuestra vida, los vicios y pecados.
Sí, nos queremos vestir de la belleza de María, de sus virtudes y de su santidad. Y es que quienes nos decimos sus hijos, llevamos al cuelo su medalla o su escapulario, o una imagen suya en nuestra cartera, tenemos que pensar que hemos de hacerlo con dignidad. No podemos mezclar esa imagen de María con nuestro vicio y nuestro pecado, sino que esa imagen tiene que ser para nosotros siempre un recuerdo y una exigencia de una vida más santa. Vestirnos de María es desprender el olor de María en sus virtudes en nosotros.
En la devoción a María se nos habla muchas veces de cómo María no va a permitir que quien lleve su escapulario pueda morir en pecado y ella le dará la gracia de arrepentirse antes de su muerte. Clásico es el cuadro de la Virgen del Carmen que está en nuestra Iglesias donde vemos a María queriendo sacar a las almas del purgatorio para llevarlas a la presencia de Dios en el cielo. Y es que quien con sinceridad de corazón lleva esa imagen de la virgen consigo de una forma o de otra, seguro que en su corazón sentirá el movimiento de la gracia que le impulsa a la conversión, a volver su vida a la gracia del Señor.
Escuchemos en nuestro corazón la palabra de María que siempre nos estará diciendo como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’; María siempre nos conducirá hasta Jesús para que le escuchemos, para que nos dejemos inundar por su gracia y su perdón. No nos hagamos sordos a la palabra de María, ‘haced lo que El os diga’. Desprendamos de nosotros ese perfume del jardín de María adornándonos con todas sus virtudes.


jueves, 3 de mayo de 2018

Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.


Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

Hoy en nuestra tierra, hablo al menos de mi tierra canaria aunque sé que por la mayoría de las naciones de tradición latina sucede de manera semejante, amanece el día con una profusión de altares rebosantes de flores en torno a la cruz; en cualquier rincón, en la orilla de los caminos, en la cresta de las montañas o en los bordes de nuestros barrancos, en el centro de nuestras plazas o en cualquier cruce de caminos o de nuestras calles, en los patios de nuestras casas, o en los rincones preferidos de nuestros hogares nos encontraremos una cruz adornada con profusión de flores.
Es la fiesta de la Cruz. Antaño litúrgicamente se celebraba en este día ‘la invención de la santa cruz’, que era la conmemoración del encuentro de la cruz de Cristo por santa Elena allá en el siglo IV junto al gólgota en el lugar de la crucifixión de Cristo.
Es cierto que litúrgicamente la Exaltación de la Santa Cruz la celebramos el 14 de setiembre que en general se convierte en la fiesta del Cristo Crucificado, pero en la devoción y tradición popular es en el 3 de Mayo cuando el pueblo celebra la fiesta de la Cruz en muchos lugares, además de los adornos mencionados, con gran solemnidad y grandes festejos.
En nuestra tierra canaria se recuerda el hecho histórico de la conquista de las islas y en especial en Tenerife y La Palma la fundación de las ciudades capitales de las islas con su propio nombre está relacionada con esta fecha. No en vano el conquistador al poner pie en nuestra tierra plantaba la Cruz allí en la misma playa como un signo de la protección divina que pedía para su conquista y como inicio de la cristianización de aquella tierra.
Más allá de esos recuerdos históricos sin embargo permanece esa devoción a la cruz entre nuestras gentes de manera que ante cualquier suceso extraordinario o doloroso que se pudiera vivir, allí se dejaba como una señal plantada la cruz. Por eso encontramos esa profusión de cruces en caminos, barrancos, montañas o acantilados, recuerdo de momentos duros quizá para familias o pueblos, pero también como signo de salvación que siempre es el significado de la cruz. No se recuerda quizá el origen de aquella cruz concreta al paso de los años, pero allí queda levantada como una señal que para nosotros los cristianos tiene tan hondo significado.
Es cierto que fácilmente se rodea de supersticiones y poco sentido cristiano de la misma manera que convertimos la cruz en un adorno de alguna manera ostentoso y superficial, lejano al verdadero sentido de la cruz. Y es ahí donde un verdadero cristiano ha de reflexionar hondamente para descubrir y resaltar su verdadero sentido. La cruz, podríamos pensar, es un signo de muerte, pero para nosotros los cristianos es un signo, el más hermoso signo, del amor y de la vida. porque ese fue el sentido de Cristo, por eso el pendió del madero de la cruz como señal de la mas profunda a la vez que cruenta entrega que nos habla del amor, que nos habla de perdón y que nos habla de vida.
La cruz para el cristiano es signo de reconciliación porque muriendo Cristo en la cruz derribó el muro que nos separaba para que viviéramos en la más hermosa reconciliación con Dios y con los hermanos. Ojalá esa cruz que contemplamos continuamente al borde de nuestros caminos y tan presente está en nuestra vida nos empuje siempre a la reconciliación y al encuentro; es lo que tendría que recordarnos y así fuera punto de encuentro cuando tenemos diferencias con el hermano, con el amigo o con el vecino para que así encontráramos la verdadera paz del corazón.
Démosle un verdadero sentido a esa cruz que hemos plantado en tantos rincones de nuestra tierra y que sea siempre un signo de reconciliación, de amor y de vida.

jueves, 8 de junio de 2017

El amor a Dios y al prójimo es algo muy profundo que nos inunda y nos transforma y que se convierte en identificativo de nuestra ser

El amor a Dios y al prójimo es algo muy profundo que nos inunda y nos transforma y que se convierte en identificativo de nuestra ser

Tobías 6,10-11; 7,1.9-17; 8,4-9ª; Sal 127; Marcos 12,28b-34
‘Amarás a Dios sobre todas las cosas’, nos enseña el primero de los mandamientos que hemos aprendido de toda la vida. Y lo damos por sentado. No nos preguntamos mucho por el amor que le tenemos a Dios, como le mostramos ese amor o como tendríamos que amarlo. ¿Será solo algo que tenemos que en la cabeza y damos por aprendido y por cumplido sin preocuparnos más?
Cuando hoy leemos el evangelio de este día quizá hasta nos pudiera parecer superfluo esa pregunta que viene a hacerle aquel escriba a Jesús. ‘Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’ Y decimos que aquel hombre lo que quería era poner a prueba a Jesús y nos entretenemos en reflexiones así.
Pero no es tan superfluo preguntarlo. Y es que muchas veces nos quedamos en hacer cosas pero que son en un momento determinado, o cosas que aunque sean nuestras pues hasta tenemos la generosidad de desprendernos de ellas, pero nos podemos quedar en lo externo, en lo superficial, pero el corazón esté bien lejos de lo que tiene que ser ese amor a Dios.
Tras las respuestas de uno y otro, de Jesús recordando literalmente lo que estaba escrito en la ley y que todo judío sabia muy bien de memoria y el escriba ratificándose en lo mismo, terminará diciendo éste, todo eso ‘vale más que todos los holocaustos y sacrificios’.
Podemos ofrecer muchos holocaustos, muchos sacrificios, llevar muchas flores a la imagen de la Virgen de nuestra devoción, encender muchas velas o luces en recuerdo de nuestros seres queridos, hacer muchos regales que embellezcan nuestros templos, incluso hasta en un momento hacer una limosna a una persona que vemos en necesidad, pero si no hemos llenado nuestro corazón de un autentico amor a Dios, sintiendo que El es el único Señor de nuestra vida y nada hay que está por encima de El, y al mismo tiempo tengamos un verdadero amor al prójimo porque le amamos al menos como nos amamos a nosotros mismos, nada hemos hecho.
Cuando decimos que amamos no lo convertimos en solo palabras, sino que será ese sentimiento que nace de lo más hondo de nosotros mismos, que nos inunda por dentro y nos llena de gozo y alegría en aquel a quien amamos, por quien nos entregamos, a quien queremos estar unidos de la forma más profunda, que queremos que sea lo único para nosotros. Es algo muy profundo que inunda y transforma nuestra vida. ¿Será así el amor que le tenemos a Dios? ¿Nos quedaremos solo en palabras?
Y cuando hoy nos recuerda el evangelio cual es ese principal y primer mandamiento Jesús nos une ese amor a Dios ‘sobre todas las cosas’ con el amor al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Lo que decimos del amor en esa referencia a Dios, lo decimos también en como ha de ser ese amor que le tengamos a los demás.
Amamos al prójimo y ya no es solo que le demos algo en un momento determinado, sino que es que tenemos que estar metiendo a ese hermano en nuestro corazón. Porque de la misma manera que nunca queremos nada malo para nosotros mismos, sino que siempre estaremos buscando lo mejor y lo que nos haga mas felices, de la misma manera ha de ser ese amor que le tenemos al prójimo, como nos dice el evangelio, como a nosotros mismos.
Cuantas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto para el día a día de nuestra vida, para vivir auténticamente esa actitud creyente que ha de marcar nuestra vida, pero para vivir en ese amor que ha de ser el caldo de cultivo que verdaderamente nos haga grandes.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

El Pilar de María sea signo de fortaleza en la fe, seguridad en la esperanza y constancia en el amor reflejos de nuestra vida cristiana

1Crónicas 15,3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11,27-28

Hoy celebramos el día de la Virgen del Pilar. Una fiesta muy entrañable para todos los españoles y para toda la hispanidad. Una fiesta que es un eco de aquel grito de la mujer anónima que bendecía a la madre de Jesús, cumplimiento de las palabras proféticas de María que en el Magnifica anunciaba que la felicitarían todas las generaciones, pero que se convierte en un reto para nosotros que seremos bendecidos si, como María, escuchamos la Palabra de Dios y la plantamos en nuestro corazón, como nos ha dicho Jesús en el evangelio.
La tradición, entre las penumbras de la leyenda, nos habla de la presencia de María haciéndose cercana al apóstol Santiago mientras anunciaba el Evangelio en nuestras tierras hispanas. Como un hito, como un signo grande allí quedó el Pilar sobre el que descansan los pies de la Virgen y a donde acuden millares y millares de devotos para sentir el amor y la protección de María que siempre nos conduce hasta Jesús.
Es la madre que se hizo presente junto al apóstol en momentos duros y difíciles de la predicación del Evangelio y que con su aliento llenó de esperanza aquel corazón en su entrega por la causa del evangelio. Es la madre que sigue haciéndose presente en la vida de sus hijos como consuelo y como esperanza, como fortaleza para su fe para que nunca se sienta debilitada por los avatares de la vida, como ánimo para la constancia en el amor de la entrega y de la búsqueda del encuentro con los demás, y como refugio maternal para los pecadores y consuelo de los afligidos que así sienten siempre la presencia de María.
Ese pilar sobre el que descansa la imagen bendita de María y que da nombre a esta advocación de todo esto nos habla. Que sintamos de verdad ese pilar de María en nuestro corazón, en nuestra vida para así sentirnos fortalecidos en nuestra fe y en nuestro amor con la gracia del Señor.
El Beato Pablo VI en la exhortación apostólica ‘Marialis Cultus’ entre otra cosas bellas nos dice: ‘La misión maternal de la Virgen empuja al Pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a Aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el Pueblo de Dios la invoca como Consoladora de los afligidos, Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque Ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y, hay que afirmarlo nuevamente, dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas…’  
Así queremos sentir la protección de María del Pilar cuando celebramos su fiesta y sentimos siempre a nuestro lado la presencia de la madre, la presencia de María. Quiero completar esta breve reflexión con el himno que nos ofrece la liturgia para la oración de Laudes de esta fiesta:
Santa María del Pilar, escucha
nuestra plegaria, al celebrar tu fiesta,
Madre de Dios y Madre de los hombres,
Reina y Señora.

Tú, la alegría y el honor del pueblo,
eres dulzura y esperanza nuestra;
desde tu trono, miras, guardas, velas,
Madre de España.

Árbol de vida, que nos diste a Cristo,
fruto bendito de tu seno virgen,
ven con nosotros hasta que lleguemos
contigo al puerto…