Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta puerta estrecha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta puerta estrecha. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

domingo, 26 de abril de 2026

Jesús, buen Pastor que nos conoce y nos llama por nuestro nombre, nos conduce por caminos de vida siendo la única puerta de nuestra salvación

 


Jesús, buen Pastor que nos conoce y nos llama por nuestro nombre, nos conduce por caminos de vida siendo la única puerta de nuestra salvación

Hechos 2, 14a. 36-41; Salmo 22; 1Pedro 2, 20-25; Juan 10, 1-10

Hoy escuchamos en el evangelio una de las imágenes más hermosas que nos ofrece Jesús de sí mismo, nos habla del pastor y de las ovejas, nos habla del aprisco y de la puerta para poder entrar, nos habla del pastor que conoce a sus ovejas y las conoce por su nombre, pero nos habla de las ovejas que conocen y escuchan la voz de su pastor.

Ya sé que es una imagen que en nuestros ambientes urbanos se habrá podido quedar en lo bucólico pero también por ese ambiente urbano tan alejada de la vida de nuestros campos muchos no llegarán a terminar de entender en todo su sentido. Pero la imagen está ahí con toda su riqueza y con su belleza y sigue hablándonos hoy de nuestra relación con Jesús pero sobre todo de cuanto significa Jesús para nosotros por la fe que hemos puesto en El.

No serán necesarias muchas explicaciones, sin embargo, porque simplemente contemplando el evangelio y todo lo que fue el camino de Jesús lo podremos comprender. Nos busca, nos llama, nos ofrece el mejor alimento para nuestra vida, Él mismo se hace alimento para nosotros. creo que bien puede ser una experiencia que hayamos experimentado en nuestra vida, a la manera de cómo Jesús se acercaba a todos en el evangelio, a todos escuchaba y alimentaba, por todos se daba como el pastor que tanto cuida a sus ovejas y no teme perder su vida por dar libertad y paz a sus ovejas. Son los caminos del evangelio, son los caminos de Jesús.

Podríamos detenernos en nuestra contemplación del evangelio de este día en la afirmación que hace Jesús diciéndonos que es la puerta para entrar y para salir; no nos valen otras puertas, no nos vale buscar otros atajos, no nos vale querer saltar por encima de las dificultades o los obstáculos para querer llegar más pronto, no nos vale hacernos nuestras puertas a nuestras medidas. Jesús en alguna ocasión nos hablará de la puerta estrecha por la que hemos de entrar.

Normalmente la puerta del redil no es una puerta ancha porque es la forma cómo el pastor controla que de verdad entran todas las ovejas; como nos dirá Jesús las conoce por su nombre, nos conoce por nuestro nombre. No somos un número más, un número indefinido, porque cada uno tenemos nuestras características, nuestros valores y nuestras riquezas humanas, como nuestras propias debilidades o tenemos nuestros personales tropiezos en el camino de la vida. Y así nos conoce Dios y así nos ama Dios.

Recuerdo significativamente que tanto para entrar en Belén a la Basílica de la Natividad, como para acercarnos al santo sepulcro en Jerusalén al lugar de la resurrección del Señor, hay que pasar por una puerta pequeña donde necesariamente tenemos que agacharnos para poder pasar. Y podemos recordar también aquello que en otro momento nos dice Jesús del camello que tiene que pasar por una aguja, que eran las puertas laterales de la gran puerta de las murallas que era una puerta estrecha, para señalarnos que cuando vamos recargados de muchas cosas tendremos dificultades para entrar. Humildad para poder pasar por la puerta que es Cristo, pero desprendimiento porque no son esos apegos buenas señales de lo que significa seguir a Jesús, porque su puerta será siempre un camino para el amor.

Jesús es, pues, el Buen Pastor, una imagen siempre muy presente en la vida de la Iglesia y de los cristianos, de manera que en la arqueología cristiana la primera imagen en figura que encontramos como referencia a Jesús es la del Buen Pastor, ya allá en las catacumbas de Roma. Es el pastor que nos alimenta y nos da vida, es el pastor que camina delante de nosotros y no nos deja nunca solos, es el pastor que siente lástima cuando contempla a aquellas muchedumbres que andaban como ovejas sin pastor, es el Pastor que se hace pan para alimentarnos dándonos a comer su carne porque al mismo tiempo es el Cordero sacrificado que arrancar la muerte de nuestro mundo, porque nos dirá hoy en el evangelio que Él ha venido para darnos vida y la tengamos en abundancia.

    Como nos decía el apóstol Pedro en su carta que hoy escuchamos ‘andábais errantes como ovejas (sin pastor), pero ahora os habéis convertido al Pastor y guardián de vuestras almas… porque con sus heridas fuisteis curados’. Así queremos seguir a Jesús, así queremos escucharle porque Él es nuestra única puerta de salvación, así queremos alimentarnos de Él porque solo comiéndole podremos tener vida eterna.

miércoles, 29 de octubre de 2025

Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan a Jesús si serán muchos o pocos los que logren salvarse, pero ¿qué significará ese salvarse o no?

 


Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan a Jesús si serán muchos o pocos los que logren salvarse, pero ¿qué significará ese salvarse o no?

Romanos 8,26-30; Salmo 12; Lucas 13,22-30

Siempre andamos buscándonos caminos fáciles. ¿Para ir a ese lugar no hay otro sendero que no sea tan exigente? Nos parece que son vueltas y revueltas innecesarias y que podríamos encontrar otras soluciones más fáciles; todos queremos ser ingenieros para trazar los caminos que nos faciliten el recorrido. ¿Y no hay otro camino que sea más cómodo o más fácil donde no tengamos que hacer tanto esfuerzo?,  nos preguntamos cuando el camino se  hace cuesta arriba, vemos las situaciones difíciles que tenemos que afrontar. Y queremos buscar otros senderos que no tengan tantas exigencias. Pero ya nuestra sabiduría popular tiene sus dichos y sentencias y nos dice que ‘quien deja el camino por el atajo…’

No es que queramos ser ingenieros de caminos para trazar buenas autopistas, sino que en ese recorrido que tenemos que hacer en la vida ya queremos ingeniarnos para pasarlo de la mejor manera posible y con el menor esfuerzo. Y no es solo el plan de vida cómoda en que nos estamos educando hoy en que todo está permitido y analicemos bien lo que estamos ofreciendo a las generaciones que vienen tras nosotros. Es que cuando se trata de nuestro crecimiento personal, de nuestra maduración como personas, de la seriedad y responsabilidad con que hemos de asumir la vida, enseguida comenzamos a decir que la vida es difícil, que tiene que haber otra cosa y otra manera de plantearnos ese camino de la vida. ¿No andaremos con una flojera crónica en la vida y ante la menor dificultad nos ahogamos?

Y esto nos pasa en el camino de nuestra vida cristiana. Si no, veamos en qué convertimos todo lo que tendría que ser la vivencia de nuestra fe. ¿Tendremos en verdad ansias de vida eterna? ¿No habremos convertido nuestra vida cristiana en unos parches que colocamos en algunos momentos como cartelitos que digan que aquello que vivimos es ser cristiano, pero realmente andamos muy lejos de los planteamientos y exigencias que nos propone el evangelio? Yo, ya cumplo, decimos, porque quizás vamos a Misa alguna vez o nos contentamos verla por la televisión mientras estamos quizás entretenidos en otras cosas; yo ya cumplo porque trato de no molestar a nadie y que cada uno viva su vida; yo ya cumplo porque bauticé a mis hijos y quise que hicieran la primera comunión, pero luego ellos que decidan y hagan lo que les parezca.

Yo ya cumplo, repetimos, pero ¿donde estamos manifestando un compromiso desde esa fe con la vida, con la mejora de nuestro mundo, con los problemas que afectan a la vida de tantos, con la construcción de una sociedad más justa? ¿Dónde estamos preocupándonos por vivir esos valores que nos enseña el evangelio y con los que construir el Reino de Dios en nuestro mundo? ¿Acaso eso nos suena a sueños de otros tiempos y que ya todo eso está pasado de moda?

Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan si serán muchos o pocos los que logren salvarse. Pero ¿qué significará ese salvarse o no? Y Jesús nos dice que nos afanemos por entrar por la puerta estrecha, porque es la que va a hacer verdadero camino. Porque puede ser que lleguemos y ya nos encontremos la puerta cerrada y no nos reconozcan, aunque nosotros digamos que hemos sido muy cumplidores. ‘No os conozco, no sé quienes sois’, terribles palabras que podríamos escuchar. Y podremos ver que otros a los que nosotros no considerábamos tan dignos van a entrar primero. ¡Ay de las distinciones entre unos y otros que nos hacemos tantas veces en la vida considerándonos que nosotros somos superiores o mejores!

Y nos habla Jesús de saber hacernos los últimos, porque tenemos que aprender a ser los servidores de todos. Claro que ceñirnos la toalla y ponernos a lavar los pies a los demás no es tarea del gusto de todos, no es tarea fácil. Pero a El lo contemplamos haciéndolo y nos dice que si El que es el Maestro y el Señor lo ha hecho, nosotros también debemos hacérnoslos los unos a otros. ¿Estaremos dispuestos? ¿Nos parece un camino difícil? ¿Habrá otro más fácil?

domingo, 24 de agosto de 2025

Cantidades o calidades, autenticidad o vanidad, remiendos o vestidura nueva, exigencia de radicalidad o quedarnos adormilados, con El o contra El

 


Cantidades o calidades, autenticidad o vanidad, remiendos o vestidura nueva, exigencia de radicalidad o quedarnos adormilados, con El o contra El

Isaías 66, 18-21; Salmo 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30

Seguramente que lo hemos escuchado, quizás también empleado, no sé si como una disculpa por no lograr lo que pretendíamos, el escaso eco que pueden tener nuestras palabras, pero fácilmente decimos aquello de que más vale la calidad que la cantidad. ¿Nos escudamos en eso para justificarnos de nuestro poco celo o nuestro deficiente esfuerzo para conseguir unos frutos? Pero es cierto que nos agrada mucho cuando vemos cantidades, nos entusiasmamos ante una multitud que responde a una convocatoria, sea de lo que sea, y nos sentimos frustrados cuando son pocos los que responden. ¿A qué tendríamos que darle verdadera importancia?

No podemos dejar de reconocer que nos gustaría ver las iglesias llenas como en otros tiempos, la multitudinaria asistencia de toda la gente a la convocatoria de nuestros actos religiosos o de piedad popular, nos lamentamos de tantos vacíos y tantas ausencias y nos hacemos preguntas de a donde vamos a llegar. ¿Es malo que tengamos esa preocupación y esa inquietud? ¿Debemos de dejar de hacernos preguntas de a donde vamos a parar por el camino que llevamos? Ahí están también la carencia de vocaciones, los seminarios vacíos, las casas de religiosos o religiosas que se cierran por falta de consagrados. A mi se me plantean tengo que reconocerlo continuamente estos interrogantes.

Pero no estoy tirando piedras sobre mi propio tejado al hacer comparación de todo esto que vengo diciendo con lo que hoy nos plantea el evangelio. Jesús, en su subida a Jerusalén, va pasando por distintos pueblos y como siempre va anunciando la buena nueva; hay gentes que se entusiasman por seguirle, como habrá otros que desde la orilla, por decirlo de alguna manera, lo ven o lo dejan pasar. Pero entre las inquietudes que van apareciendo en muchos corazones está la pregunta eje de este evangelio de hoy, Ante todo lo que va planteando Jesús, ante el anuncio que está haciendo, habrá gente a la que le inquieta la respuesta que han de dar. ¿Serán muchos los que creen y siguen a Jesús?

Pero la pregunta que realmente le plantean va más allá. Al final, ‘¿serán muchos o serán pocos los que se salven?’ En alguna ocasión, en la sinagoga de Cafarnaún algunos dirán que es dura la doctrina que plantea Jesús, y dice el evangelista, que ya no quisieron seguir con Jesús. De ahí la pregunta que Jesús le hacia a los mismos discípulos más cercanos, ‘¿tambien vosotros queréis marcharos?’

Pero Jesús no responde con números. Recordemos como los mismos evangelistas y los autores sagrados se regodean cuando pueden hablar de multitudes que siguen a Jesús, de los cinco mil hombres allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes, de las multitudes que se convertían ante la predicación de Pedro y los apóstoles en aquellos primeros momentos del comienzo de la Iglesia. Siempre nos interesan los números, queremos multitudes. Pero Jesús a eso no responde.

Jesús lo que nos pide es autenticidad, que Jesús no quiere que andemos nadando entre dos aguas, que nos contentemos con los remiendos, lo que nos pide es un paño nuevo, unos odres nuevos y auténticos para que no haya rotos, para que no se desperdicie el vino nuevo que se nos ofrece.

Hoy nos hablará de puerta estrecha, pero que no significa que todo sea dificultades para entender o para vivir los valores del Reino de Dios. Lo que Jesús nos está señalando que el camino pasa por El, porque El es la Vida y la Verdad; ya en otro momento nos dirá que es la puerta, porque la única que se puede entrar al redil, por la única que podrán entrar los que son dueños del rebaño, que no es la que buscarán los salteadores, la única por la que las ovejas entrarán en el redil.

No hay otra. Estamos con El o estamos contra El, por lo que será también para nosotros un signo de contradicción, un interrogante para nuestra vida que no nos deja dormidos y apelmazados. Tenemos que estar despiertos, tenemos que mantener nuestra luz encendida y para eso tenemos que cuidar que no nos falte el necesario aceite que alimente esas lámparas. Es el planteamiento serio de autenticidad que nos está haciendo Jesús.

Y bien tendríamos que escucharlo frente a todas las fantochadas en que nos envolvemos en la vida, disfraces o caretas para nuestros disimulos, o vanidades de las que nos revestimos para aparentar lo que no somos. Es serio y radical el planteamiento que nos está haciendo Jesús.

Es lo que tenemos que buscar para nosotros mismos como para nuestra iglesia, es lo que en verdad tiene que resplandecer en la vida de los cristianos porque por ahí anda la verdadera calidad de nuestra vida.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

 


Vigilancia, y junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, haya ese desprendimiento y generosidad, haya fidelidad

Efesios 6,1-9; Salmo 144; Lucas 13,22-30

‘La guagua se espera en la parada, y la misa en el altar’, me decían cuando era chico. La guagua, para los que no son canarios, es nuestra forma de llamar al transporte público, los autobuses. Con ese dicho se nos estaba enseñando en que no podíamos dormirnos. No podíamos dejar pasar la guagua – claro que en aquellos tiempos el transporte publico era más escaso y su frecuencia era menor – porque era perder la oportunidad. Había que estar en el momento oportuno, había que estar en lo que se estaba haciendo, era una forma de actuar con responsabilidad, asumir lo que en verdad era la vida.

Algo así nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Hay que aprovechar este momento, porque puede que no se vuelva a repetir; hay que estar atentos, aunque eso cueste esfuerzo y sacrificio. Nos habla Jesús de puertas estrechas; quizás era una imagen muy oportuna en que las ciudades estaban rodeadas de murallas y tenían sus puertas de entrada. Según fuera el momento, según fuera lo que iba a entrar a aquella ciudad se utilizarían determinadas puertas; no todas tenían la misma grandiosidad y amplitud para que todo pudiera entrar; las puertas más habituales de entradas y salidas eran más pequeñas y estrechas; cualquier cosa no podía entrar por ellas, recordemos aquello que en otro momento Jesús nos hablará del ojo de la aguja por el que es difícil el paso de un camello cargado, aunque le sea más fácil que a un rico.

Cuando nos habla hoy Jesús de puerta estrecha no está queriéndonos decir que El nos pone dificultades; quiere hablarnos de nuestro esfuerzo, quiere hablarnos de esa atención que hemos de prestar, de esa vigilancia para no dejarnos dormir; y eso cuesta, como nos costará controlarnos para no dejarnos arrastrar por nuestra rutinas, para no dejarnos arrastrar por lo que sea una vida cómoda y llena de vanidades, para no dejarnos arrastrar por la tentación al egoísmo y la insolidaridad de solo pensar en mí mismo, para no dejarnos cautivar por nuestras ambiciones, afanes de grandeza o de los orgullos que nos quieren hacer subirnos a los pedestales. No es fácil ese control y ese dominio de nosotros mismos, no es fácil arrancarnos de esos apegos, nos cuesta limpiar el cristal con que miramos a los demás para que nuestra mirada sea más luminosa. Por eso nos habla Jesús de la puerta estrecha.

Si nos dejamos dormir se nos pasa la guagua, y luego querremos viajar pero ya no tenemos forma de hacerlo. Aquellos doncellas de las que nos hablará en otro momento en el evangelio no fueron previsoras para tener el aceite suficiente para que sus lámparas se mantuvieran encendidas y cuando quisieron entrar al banquete de bodas la puerta estaba cerrada, y ya no las reconocieron.

Hoy nos dice Jesús que no nos vale decir que en otro momento fuimos buenos, si no hemos mantenido esa perseverancia en nuestras vidas. Es que yo de pequeño fui monaguillo, dicen algunos, e iba a misa todos los días, pero ahora ya me olvidé de todo y hasta donde está la puerta de la Iglesia para entrar, porque hace tiempo que no entro. Es que yo antes colaboraba en muchas cosas, pero no supimos mantener ese espíritu de generosidad y desprendimiento y ahora solo me preocupan mis ganancias o mis placeres. Cuántos ejemplos podríamos poner en este sentido.

Nos dice Jesús. ‘Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él os dirá: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir: Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas. Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad. Allí será el llanto y el rechinar de dientes…’

Y termina diciéndonos Jesús: ‘Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’. Se nos adelantarán otros en el Reino de Dios. Por eso, vigilancia, pero junto a ello perseverancia para permanecer hasta el final, para ser capaces de darlo todo, para que haya ese desprendimiento y generosidad en mi vida, fidelidad.

 

martes, 20 de agosto de 2024

Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

 


Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, sino que pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30 

En la lógica de lo humano que vivimos entra el que deseemos ver el fruto del trabajo de nuestras manos y que contribuya además a una vida digna y mejor cada día; justo es que con el rendimiento del fruto de lo que hacemos podamos ir agenciándonos unos medios que de alguna manera enriquezcan nuestra vida, porque nos dan posibilidades de algo mejor para nosotros pero el poder dedicar nuestra vida sin agobios a una tarea verdaderamente humana.

No está lejos de lo que nos enseña Jesús, pues el mensaje del evangelio no lo hemos de ver solo por partes sino hacer una mirada y una escucha en todo su conjunto; ya nos dirá Jesús que hemos de darle rendimiento a los talentos que poseemos y precisamente condena a quien no supo o no quiso hacerlo, o quizás por medio escondió aquel talento; no era cuestión solo de no perderlo sino de negociarlo, incluso con sus riesgos, para obtener un beneficio mayor.

Una cosa que realmente es necesaria es saber valorar en su punto esos medios materiales y darles un uso que no está lejos de la humanidad con que hemos de vivir la vida no solo en relación a nosotros mismos sino a los demás. Nunca pueden ser un apego de corazón que nos limite o nos esclavice, que cierre nuestra mente con unas ambiciones materiales, o nos haga actuar con avaricia pensando solo en tener por tener sin en verdad disfrutarlo y colaborar también al disfrute de los demás.

Sin embargo nos puede resultar fuerte el texto del evangelio de hoy, pero que sin embargo hemos de saber leer en su conjunto. Fue después del episodio del joven rico que venía con grandes aspiraciones en su corazón, pero que sin embargo su corazón no era totalmente libre porque se sentía muy apegado a lo que poseía. Contemplamos la tristeza de quien no fue capaz de dar el paso, pero contemplamos la mirada de Jesús ante la vuelta atrás de aquel joven que por sus apegos, pudiendo llegar muy lejos, sin embargo se alejaba de Jesús.

Y es la sentencia con que se abre, por así decirlo, el pasaje de hoy del evangelio. ‘En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos’.

¿Imposible? Se preguntan los discípulos. Difícilmente, es lo que dice Jesús. Las jorobas de nuestra vida cargadas de tantas riquezas materiales de las que no queremos desprendernos, no harán nada fácil el paso por la puerta estrecha de las murallas del Reino de los cielos. Ya sabemos que los pesos muertos no nos dejarán caminar, si queremos ascender ligeros a ese monte de Dios, ligeros tenemos que ir de alforjas que siempre lo que harán es entorpecernos el camino.

Es el desprendimiento del que nos habla Jesús; es el buscar el verdadero tesoro, porque el que seremos capaces de abandonar todas las otras riquezas; es ese encontrar el tesoro escondido y hacer todo lo posible por hacernos con El. Es el descubrir esa belleza del evangelio, esa belleza del mensaje de Jesús, aunque al mismo tiempo se nos presente exigente, pero lo que quiere Jesús es que caminemos caminos de plenitud, no caminos de raquitismo.

Ante todas estas consideraciones que les va haciendo Jesús, por allá andan los discípulos más cercanos a Jesús que un día lo dejaron todo por seguirle y estar con El también con sus ambiciones y deseos normales y muy humanos. A nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué nos tocará? Tengamos la confianza de que Jesús no se va a dejar ganar en generosidad, será siempre mucho más lo que El nos ofrezca y nos regale. Pongamos en El toda nuestra confianza, porque nunca nos sentiremos defraudados.

martes, 25 de junio de 2024

La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

 


La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Salmo 47; Mateo 7, 6. 12-14

Me vino a la mente una cosa que siempre escuché, ‘cria cuervos y te sacarán los ojos’. ¿Qué es lo que estamos criando? ¿Qué es lo que estamos plantando? Nos vale para todos los aspectos, para todas las situaciones de la vida. Ya sea en nuestra propia vida personal, la metas que nos proponemos, las cosas que nos gusta hacer, o aquellas cosas por las que nos dejamos arrastrar, cuando no sabemos tener la suficiente fortaleza para decirnos no en cosas que apetecemos y de las que finalmente nos convertimos en esclavos; cuantas malas costumbres que tenemos en la vida, que comenzaron porque simplemente nos dejamos llevar por la rutina, por la desgana, por la ley del mínimo esfuerzo, y al final caímos en sus redes, y nos convertimos en dependientes de esos malos hábitos, convirtiéndose en vicios o esclavitudes de la vida.

Es con lo que nos encontramos en el ámbito de la educación, sea quien sea a quien le corresponda; no forjamos el carácter de la personas, no fortalecemos la voluntad aprendiendo a discernir con claridad para tomar decisiones, en las que también tenemos que aprender a decir no; vamos por un camino de permisividad en todo, donde todo parece que es bueno y todo podemos permitírnoslo; permitimos hoy cosas que nos parecen de poca importancia, pero no hemos fortalecido las voluntades, no enseñamos que hemos de tener unas normas de conducta y de comportamiento, no solo desde un punto de vista moral, sino como ciudadanos y miembros de una sociedad en la que vivimos.

Nos quejamos de libertinajes y no se cuantas cosas, pero  hemos enseñado a cumplir unas reglas que vienen a facilitar la convivencia en la sociedad, y que nos vienen a enseñar a tener voluntad para saber escoger lo mejor, aunque no sea lo más fácil. ¿Qué sociedad estamos creando que al final nos sacarán los ojos?

Así podríamos pensar en muchas cosas, que tienen que darnos criterios claros y firmes para nuestro comportamiento, para vivir con mayor y mejor dignidad. Porque eso tenemos que saber buscar, en eso hemos de saber crecer, en esto tenemos que saber madurar.

‘No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros’, nos dice hoy Jesús en el texto del evangelio. Y hemos de saber interpretarlo bien y entenderlo. Y nos hace pensar en la dignidad de nuestra propia vida que hemos de cuidar, pero en lo que tenemos que saber crecer como personas. Es mi propia dignidad, pero es también la dignidad de los demás, que también tengo que saber apreciar, valor, tener en cuenta, respetar.

Por eso seguirá dándonos pautas Jesús de cómo hemos de saber tratarnos los unos a los otros, porque no vamos a exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar o de ofrecer a los demás. Para que respeten tu dignidad comienza tú respetando la dignidad de los demás. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’, termina diciéndonos Jesús.

¿Qué es lo que realmente nos están enseñando los mandamientos del Señor? Los vemos muchas veces como cargas pesadas, como si todo fueran prohibiciones que nos vinieran a coartar nuestra libertad – cuantas cosas en este sentido tenemos que escuchar – pero nos olvidamos que lo que nos están enseñando es a respetar a los demás, a valorar a las otras personas, porque así lograremos nuestro propio respeto y nuestra propia dignidad.

Como decimos tantas veces nos puede parecer puerta estrecha, porque queríamos la amplitud de hacer lo que nos apetezca – y ya veíamos en qué terminamos – pero no nos damos cuenta de que tiene el ancho suficiente para que pasemos por ella con dignidad; cuando nos recargamos de caprichos, de dependencias, de esclavitudes, por muy ancha que sea la puerta nunca podremos pasar, porque siempre queremos más. Tiene el ancho necesario para mantener la dignidad de toda persona, porque el amor suavizará tantas aristas de nuestra vida y facilitará el verdadero camino que hemos de tomar.

miércoles, 26 de octubre de 2022

A la pregunta si son muchos o pocos los que se salven Jesús nos dirá cómo vamos a ser reconocidos por El cuando pongamos amor en la vida

 


A la pregunta si son muchos o pocos los que se salven Jesús nos dirá cómo vamos a ser reconocidos por El cuando pongamos amor en la vida

Efesios 6,1-9; Sal 144; Lucas 13,22-30

‘¿Son pocos los que se salvan?’ siempre hemos tenido esa preocupación, pero de una forma concreta saber si yo me voy a salvar o no. Y por eso nos hacemos preguntas, ¿qué tenemos que hacer? ¿Qué mandamientos hay que cumplir? Repetidamente lo vemos en el evangelio; será el joven rico, o será el maestro de la ley que poco menos que viene a hacerle un examen a Jesús. La pregunta que está en la mente de todos, ¿cuál es el mandamiento principal? Y los discípulos que con El están también se preguntan qué es lo que les va a tocar a ellos que un día lo dejaron todo por seguirlo.

Pero Jesús no da cantidades de los que se salvan o no, tampoco ofrece recetas, está pidiendo generosidad en el corazón. Cuando uno vino a decirle que estaba dispuesto a seguirle a donde sea, le dice que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza, y que si entonces entiende eso de seguirle como una seguridades que nos lo van a dar todo hecho, no está entendiendo lo que es el Reino de Dios que El nos ofrece. Tiene que haber una nueva generosidad en el corazón, una disponibilidad grande sin estar esperando recompensas ni pagos, porque no son tantas cosas que hacer sino forma de vivir.

Por eso ahora habla de camino estrecho. ¿Significa que es una carrera de obstáculos la que hemos de correr? El camino es estrecho, la puerta es estrecha porque no podemos ir cargados con cosas innecesarias, que se van a convertir en un peso muerto que nos impedirá el poder actuar con total libertad, sin pesos que nos opriman. En otra ocasión hablará del camello que tiene que pasar por la puerta estrecha de la muralla, llamada aguja, pero que si va con excesivas cargas entre las jorobas y las angarillas por allí no podrá pasar.

Nos hablará de negarse a si mismo. ¿Qué significa ese negarse a si mismo? ¿Voy a negar mi identidad y mis valores? Significa escoger lo que son los verdaderos valores, lo que verdaderamente es importante, significa arrancarnos de tantas vanidades con que llenamos nuestra vida, no dejándonos encandilar por las apariencias, buscar lo que verdaderamente me hará grande; es dejar de pensar en mi yo que son mis brillos, que son mis ganancias, que con esas cosas con las que quiero relumbrar para que vean lo que valgo, lo que me encierra en mi mismo porque me lleva a pensar solo en mi mismo y me hace insolidario.

Será el cuidar que tenga suficiente aceite en la alcuza para que se puedan mantener encendida la luz de Cristo en mi vida. Entonces sí seremos reconocidos y podremos entrar al banquete de bodas, porque con esa luz de Cristo va a resplandecer el amor. Es lo que necesitamos. Porque Jesús nos va a reconocer porque un día compartimos nuestro pan con el hambriento, porque un día abrimos las puertas de nuestra casa y de nuestra vida para acoger al caminante, al peregrino, al que pasaba a nuestro lado aunque no lo reconociéramos, porque un día nos detuvimos junto a aquel que nos tendía la mano pidiéndonos una limosna y no paramos a hablar con él, a interesarnos por sus cosas y sus problemas, porque llevamos nuestra sonrisa a aquel que estaba triste en un rincón porque nadie se fijaba en él.

‘Cuando lo hicisteis con uno de esos, conmigo lo hicisteis, venid, benditos de mi Padre’, nos dirá Jesús. ¿Serán muchos o pocos los que se salven? Ya sabemos cual es el sentido de estas palabras o el sentido de nuestra vida.

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.

martes, 21 de junio de 2022

Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

 


Dios camina siempre con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta estrecha y hace con nosotros el camino respetando siempre nuestros pasos y nuestra respuesta

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14

Es de sana pedagogía el saber respetar el ritmo de las personas; nosotros podemos verlo todo claro, pero quizás el que está a nuestro lado no lo entiende; y algunas veces nos volvemos exigentes con nuestros ritmos; no es malo que seamos exigentes con nosotros mismos porque cada día deseemos lo mejor, tengamos deseos de superarnos y mejorar nuestra vida, pero lo que nos exigimos a nosotros mismos no lo podemos exigir de la misma manera a los demás. Si yo lo he hecho, él puede hacerlo, decimos; es cierto que si yo lo he hecho el otro puede hacerlo, pero en su tiempo, en su ritmo, en su momento dará la respuesta.

Decíamos al principio que es sana pedagogía, y nos vale en todo el tema educativo, o en lo que nosotros queremos ayudar a los demás a crecer y a madurar. Es cierto que podemos inculcar esa actitud en el otro, pero será el otro el que ha de responder. Es el respeto que mutuamente hemos de tenernos, porque cada uno tiene su dignidad y su grandeza, pero significa respetar el camino que va haciendo el otro que no sabemos lo que a él le cuesta, las dificultades que en su propio interior puede ir encontrando; él tiene su mundo.

Es la tarea que como testigos de un evangelio nosotros queremos hacer con los demás. Ofrecemos la luz, pero hay quien prefiere la tiniebla, o no ha llegado el momento en que haya aprendido a saborear esa luz que le ofrecemos; pero eso caminamos al paso de los otros, pero siguiendo su ritmo; es la muestra del respeto que le tenemos y de la valoración que hacemos de sus actos, de su vida. Pero eso en el momento oportuno daremos señales de esa luz que llevamos dentro, para que el otro la descubra y la desee, porque nunca nuestra tarea es imponer, sino ofrecer y regalar; todo es gracia que nos viene de Dios, todo es regalo de Dios para nuestra vida.

Me vengo haciendo esta reflexión desde la Palabra del Señor que hoy se nos ofrece pero desde ese respeto que tenemos hacia aquellas personas que están a nuestro lado y a los que queremos ofrecer la luz. Hay una frase un tanto enigmática que hoy Jesús nos dice sobre las perlas que son arrojadas a los cerdos; ¿qué saben los cerdos lo que es una perla? La hociquearán y la revolverán en la basura en la que se revuelcan. Esa perla preciosa de la Palabra de Dios hemos de saber ofrecerla a los que están a nuestro lado, para que descubran su valor y para que se dejen iluminar por ella, pero no vamos a imponer, vamos a ofrecer el regalo de un don de gracia.

Jesús en estas como sentencias que nos va dejando en el sermón del monte nos da unos criterios para la manera de actuar que hemos de tener con los demás. Hemos venido hablado de ese respeto que hemos de tener a los otros y a sus ritmos, pero eso se ha de traducir también en el trato que tengamos con los otros.

¿Cómo nos gustaría que nos tratasen a nosotros? ¿De una manera dura y exigente? Ya sabemos que la humildad y la sencillez de los otros nos gana el corazón. Pues esa ha de ser nuestra manera de actuar con los demás, desde esa dulzura, desde esa sencillez, desde esa humildad, desde esa sonrisa que a nosotros también nos gusta recibir. Actúa así con el otro y no te equivocarás nunca; pon amor en tu trato con los demás, y aunque quizás ahora no comprendan tus gestos de amistad, la semilla está sembrada y algún día resplandecerá también en sus vidas.

No es un camino fácil. Cuando no queremos ser exigencia para los demás sin embargo nos convertimos en exigencia para nosotros mismos; es la exigencia de nuestra paciencia, del dominio de nosotros mismos para no convertirnos en exigencia para los otros, de búsqueda de nuestro crecimiento interior porque será donde en verdad vamos a encontrar la fortaleza para nuestro darnos, para nuestra entrega.

Hoy nos contrapone Jesús la puerta amplia y espaciosa, con la puerta estrecha; el camino fácil donde simplemente lo que hacemos es dejarnos llevar por lo que salga en el momento, o el camino estrecho de exigencia, de superación de nosotros mismos, de negación de mí mismo para buscar siempre primero el bien de los demás. Puerta estrecha, camino angosto de exigencias, pero nunca camino imposible; nada hay imposible para Dios, y Dios camina con nosotros, atraviesa con nosotros esa puerta y hace con nosotros el camino. ¿Queremos mayor estímulo y ayuda?

miércoles, 27 de octubre de 2021

Busquemos siempre lo bueno, lo humanamente bueno, a la luz del Evangelio…, aunque cueste, y no sea valorado por los demás, no temamos nadar contra corriente

 


Busquemos siempre lo bueno, lo humanamente bueno, a la luz del Evangelio…, aunque cueste, y no sea valorado por los demás, no temamos nadar contra corriente

Romanos 8,26-30; Sal 12;  Lucas 13,22-30

¿A quién le gustan los fracasos en la vida? A todos nos gusta triunfar, que nos salgan las cosas bien, tener éxito en aquello que emprendemos, poder tener una vida apacible y tranquila disfrutando de lo que tenemos, de lo que hemos obtenido como fruto de nuestros trabajos y esfuerzos. Es algo bueno, es algo que nos da satisfacción, aunque también tenemos que sabernos enfrentar a los momentos duros y de dificultades donde las cosas no nos salen a nuestro gusto, o donde vamos a encontrar contrariedades. El saber actuar con madurez en una y en otra ocasión es una verdadera sabiduría.

Pero para algunos el alcanzar el triunfo en la vida significa llenarse de poder y cuando nos situamos en esos puestos de altura, que tendría que ser llenarse de más responsabilidad, algunas veces lo transforman en orgullo y en prepotencia. Así damos la impresión de que los que van avasallando por la vida a todo el que se encuentre en su camino son los que verdaderamente triunfan. Se trastocan de alguna manera los valores cuando el orgullo, la autosuficiencia, la soberbia y la vanidad de la vida se nos meten por medio. Las grandezas se transforman en vanidades y lo que queremos entonces es un camino ancho donde me deje arrastrar por esas pasiones que pueden enturbiar lo que hacemos y lo que vivimos. Y es algo con lo que realmente vamos enturbiando la vida.

Entonces aquellos que encuentran el sentido de su vida en la responsabilidad y en el servicio, en buscar los valores que van de verdad a engrandecer a la persona, algunas veces tendrán que ir como a contracorriente de lo que se ve tan normal y natural en el mundo. El camino da la impresión que se hace más estrecho y dificultoso, porque son muchas las corrientes que va a ir encontrando en contra en la vida porque parece que el modelo de vida tendría que ser el de la vanidad y el orgullo.

Nos puede parecer que se nos hace cuesta arriba el vivir en ese camino de sencillez, de humildad, de servicio donde el tendernos la mano los unos a los otros y el compartir lo hemos convertido en lema de nuestra vida. Son muchas las influencias en contra que recibiremos de nuestro entorno y muchas veces incluso del más cercano.

Es por lo que hoy Jesús nos habla de camino estrecho. No es que por masoquismo busquemos la dificultad o busquemos el dolor, sino porque entramos en un camino de exigencias dentro de nosotros mismos y de superación que algunas veces nos parece que se nos hace difícil mantener. Lo contemplamos en Jesús, su camino fue el del servicio y hacerse el último para entregarse y darnos todas las pruebas de lo que es un amor verdadero que es el que salva al mundo. Y ese camino para Jesús se convirtió en un camino de pasión y de cruz, no porque buscase el dolor y la muerte sino porque era capaz de hasta la mayor de las entregas.

He leído un comentario en este sentido que puede ayudarnos mucho a comprender las palabras de Jesús y no me resisto a compartir: ‘No se trata de buscar el dolor o el fracaso o la renuncia sin más a lo que nos gusta, sino saber que todo eso pertenece a nuestro vivir humano, a la realidad de lo que somos. Se trata de ser sinceros con la vida, la nuestra y la de los demás, no engañarnos. Se trata de buscar lo noble, aunque lo menos noble o innoble sería más fácil y compensatorio… de momento. Se trata de buscar lo bueno, lo humanamente bueno, a la luz del Evangelio…, aunque cueste, y no sea valorado por los demás; o sea nadar contra corriente. También para esto necesitamos el Espíritu Santo, que nos ilumine y dé energía para vivir en la verdad…’ (Fray Juan José de León Lastra O.P).

Escuchemos con corazón sincero y espíritu valiente directamente las palabras de Jesús: ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán… Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’.

martes, 22 de junio de 2021

Un camino de superación y de crecimiento que me planteará las exigencias del amor para tomar la iniciativa de hacer el bien aunque me cueste sacrificio

 


Un camino de superación y de crecimiento que me planteará las exigencias del amor para tomar la iniciativa de hacer el bien aunque me cueste sacrificio

Génesis 13, 2.5-18; Sal 14; Mateo 7,6.12-14

Tenemos carreteras, autovías, autopistas por donde podemos circular con comodidad pero aún nos quejamos y queremos todavía que sean mejores. Nos olvidamos de los caminos estrechos, de las veredas de las montañas, de las carreteras llenas de curvas que teníamos en otros tiempos. Pero es que en la vida queremos que todo sea cómodo, no queremos nada que sea un tropiezo ni tener nosotros que hacer el esfuerzo.

Pero creo que entendemos que no se trata de las vías de comunicación que tengamos que utilizar, sino que estamos hablando de la vida misma que nos exige un esfuerzo, se trata de nuestras relaciones con los demás que tenemos que cuidar, se trata de nuestro propio vivir donde siempre tiene que haber crecimiento como señal de que hay vida y eso nos obligará a ponernos en camino de superación, se trata de nuestras propias responsabilidades, familiares o en nuestra relación con la sociedad en la que vivimos, que tenemos que saber asumir.

Y el camino se nos puede volver angosto y estrecho porque parece que quisiéramos hacer siempre solamente lo que nos apetezca en el momento y el pensar que estamos rodeados de otras personas con las que convivimos o porque tenemos unas responsabilidades nos obligará a hacernos como una escala de valores para darnos cuenta lo que es más importante en cada momento y eso me puede exigir una renuncia a un capricho, un sacrificio de algo que nos gustaría placenteramente, o desprendernos de algo a lo que nos sentimos muy apegados.

Muchas veces nos confundimos y pensamos que el camino de la felicidad pasa por la satisfacción de esos caprichos personales o por la posesión de muchas cosas a las que finalmente nos sentimos tan apegados que nos convertimos en esclavos de ellas. Es hermosa la imagen que nos está proponiendo Jesús. Nos habla de una puerta estrecha, como las que había en las murallas que rodeaban las ciudades antiguas. Por esa puerta no podríamos pasar cargados con muchas pertenencias; necesitaríamos liberarnos de aquellas cosas que no nos son esenciales para poder pasar con lo justo, con lo que realmente es importante para nuestra vida.

Por eso tenemos que saber ir a lo esencial, quedarnos con lo esencial. Y claro desprendernos de muchas cosas en las que habíamos puesto toda nuestra vida como si fueran lo que nos daría la verdadera felicidad, cuesta, son desgarros del corazón, son caminos estrechos por los que en algún momento tenemos que transitar.

De eso nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos recuerda una regla importante para nuestra relación con los demás y para el trato que hemos de tener con los otros. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’. Pedimos, sí, y exigimos que nos traten bien como si fuera una obligación que tienen los otros de atendernos y de hacer por nosotros, pero, ¿qué somos capaces de hacer por los demás? El amor no se impone, pero quien ama de verdad tiene que saber ser el primero que toma la iniciativa del bien por aquel a quien ama.

Y nos habla de esa exigencia que hemos de tener con nosotros mismos, como hemos venido diciendo para buscar siempre lo que es lo fundamental. No nos podemos confundir pensando que por el camino ancho de nuestras vanidades y superficialidades, de nuestro endiosamiento y de nuestra búsqueda de pedestales, de nuestro encerrarnos para pensar solo en nosotros mismos, vamos a ser más felices. No se trata de buscar de forma masoquista lo que es lo más duro de la vida, sino de un camino de superación que nos llevará a la mayor plenitud de la persona.

‘Entrad por la puerta estrecha, nos dice. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos’. ¿Encontraremos el verdadero camino? ¿Sabremos pasar por esa puerta estrecha? ¿Seremos capaces de desprendernos de nuestros apegos y de la superficialidad con que a veces vivimos la vida?

 

martes, 23 de junio de 2020

Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un camino de exigencia y superación que nos hace crecer espiritualmente cada día más


Tratar a los demás como queremos que ellos nos traten es un camino de exigencia y superación que nos hace crecer espiritualmente cada día más

2Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Sal 47; Mateo 7, 6. 12-14
A nadie le gusta que lo traten mal. Eso está claro. Nos gusta ser bien tratados, que nos hablen con amabilidad, que no sean violentos con nosotros, que nadie quiera aprovecharse de nosotros y quizá de nuestra buena voluntad; no nos gusta que nos critiquen y menos que digan contra nosotros cosas que no son verdad; nos agrada la gente sincera y amable y que nos hagan sentir bien. Así podríamos seguir diciendo un montón de cosas que queremos en el trato que tengan con nosotros.
Pero es cierto también que aunque tenemos buena voluntad y desearíamos ser buenos con todo el mundo – bueno, algunos dicen que son buenos con sus amigos si sus amigos son buenos con ellos, lo cual significa estar poniendo una condición – pero reconocemos que algunas veces nos supera nuestro malhumor o nuestro mal carácter, que en ocasiones juzgamos a los demás y está el peligro que vaya por delante la condena antes que la comprensión, que nos volvemos exigentes y quizá les exigimos a los demás lo que no nos exigimos a nosotros mismos, y aquí también podríamos poner un montón de cosas en las que no sabemos tratar con la amabilidad debida a los que nos rodean.
Nos volvemos desconfiados y no somos sinceros, nos aparecen vientos de violencia en nuestras palabras o en nuestros gestos, hacemos desplantes a los demás y no los tratamos como queremos que ellos nos traten a nosotros. O sea, que para nosotros si, pero para los otros no sabemos superarnos lo suficiente para controlarnos y poner un poco de más amabilidad en la vida.
No nos está pidiendo Jesús nada extraordinario sino lo que en un trato verdaderamente humanitario tendría que ser nuestra relación habitual con los demás. Claro que no es una motivación egoísta la que nos tiene que llevar a este buen trato a los demás, sino que siempre nosotros vamos motivados por el amor, que es verdaderamente nuestro distintivo cristiano.
Claro que este camino de amor que hemos de vivir en nuestras mutuas relaciones para nosotros los seguidores de Jesús se convierte en una exigencia fuerte. Es una vigilancia continua de nuestras relaciones con los otros, de nuestros gestos y de nuestras palabras, de nuestras actitudes ante los otros y de la delicadeza que hemos de poner. Es un camino de superación y de esfuerzo; es un camino de crecimiento humano y de crecimiento espiritual; es un camino donde la vamos dando cada día una mayor profundidad a nuestra vida. Es un camino que algunas veces nos cuesta, porque por mucho amor que queramos poner pueden aparecer esas sombras de los demás que nos confunden, como pueden aparecer esas aristas en nuestra vida con la que podemos dañar a los demás.
Hoy nos habla Jesús de un camino estrecho que hemos de tomar porque es el que nos lleva a la vida. ¿Significa esto que es un camino que hacemos con amargura? De ninguna manera, es un camino en que nos sentimos los seres más felices del mundo aunque en cada momento tengamos que superarnos en muchas cosas, porque en nuestro amor nos sentimos felices cuando hacemos más felices a los demás.
Muchas veces se han malinterpretado estas palabras de Jesús como si el camino de Jesús fuera un camino de sacrificio duro y lleno de amarguras, un camino de negación constante como si todo fuera negativo. Es cierto que exige esfuerzo, pero es un camino que vivimos con amor y el amor nos hace sentirnos en paz, una paz interior muy grande.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Autenticidad, no apariencias, en una vida comprometida desde la fe que profesamos reflejada en nuestras obras


Autenticidad, no apariencias, en una vida comprometida desde la fe que profesamos reflejada en nuestras obras

Romanos 8,26-30; Sal 12; Lucas 13,22-30
Cómo andamos tan preocupados por los números y por las cantidades. En cualquiera de esas manifestaciones de las que hemos oído hablar en estos días en tantos lugares no hemos visto demasiada unanimidad en cuanto al número de asistentes, porque siempre hay quien los aumenta y también quien los rebaja, según sean sus intereses. Había mucha gente decimos, y enseguida echamos a volar la imaginación a ver cuanta gente se había reunido, y queremos contarlos, o al menos dar un numero, porque parece que las cosas tienen su importancia por el volumen.
Pero así en tantas cosas preocupados por la cantidad y quizá no nos damos cuenta de que todos los que estaban allí no lo estaban realmente convencidos del todo, sino que quizás había muchos de esos que se apuntan a todo con tal de hacer ruido. Por eso decimos tantas veces, aunque parece que de boca afuera, que lo importante no es la cantidad sino la calidad. Y eso es lo que realmente tendría que preocuparnos, lo que tendríamos que buscar. Y nos sucede también en lo que hacemos.
Hemos escuchado hoy en el evangelio que fueron algunos también a preguntarle a Jesús si serían muchos o pocos los que salvarían. Ahí vamos con las cantidades. Pero sin responder directamente a la pregunta Jesús quiera hablarnos de la necesaria autenticidad que hemos de tener en la vida. No valen las apariencias, sino lo profundo que llevamos en el corazón que será lo que en verdad ha de manifestarse en la vida.
Por eso Jesús nos dirá que para que mantengamos esa autenticidad tenemos que esforzarnos, poner empeño, luchar realmente por lo bueno aunque nos cueste; muchas veces nos es más fácil dejarnos arrastrar, pero incluso tenemos que saber nadar a contracorriente. Nos habla de puerta estrecha, que no significa que todo sean dificultades, pero es cierto que así como en aquellas puertas estrechas de las murallas de las ciudades, especialmente aquellas que llamaban agujas, no se podía pasar fácilmente con muchas cargas, porque sería un obstáculo, así en la vida tenemos que ir liberándonos de muchas cosas, quitando esos pesos muertos, esas rémoras, que no nos dejan avanzar; y por aquello de nuestras pasiones, nuestras rutinas y malas costumbres cuanto nos cuesta arrancarnos de todo eso.
Nos habla de la puerta que se cierra mientras nos quedamos fuera y ya no somos reconocidos lo que nos recuerda otros momentos del evangelio, como lo de la parábolas de las doncellas a las que se les acabó el aceite, y así otros muchos momentos y palabras de Jesús. No nos basta decir ‘¡Señor, Señor!’ nos dirá en otro momento sino que escuchemos su palabra y la plantemos de verdad en el corazón, en la vida.
Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, se nos dirá en otro momento de la Escritura; es la voluntad de Dios de salvación universal para todos los hombres, y por nosotros y por todos murió Jesús, pero nosotros hemos dar la respuesta. ‘Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios’.  Y nos da una clave importante que hemos de tener en cuenta para esas nuevas actitudes que hemos de tener en nuestra vida. ‘Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos’. Hacernos los últimos para ser los servidores, para vivir esa actitud profunda de amor.
Es lo que se nos está pidiendo hoy, esa autenticidad de nuestra vida, esa fe que no se queda en palabras sino que la llevamos enraizada en lo más profundo de nuestra vida.