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jueves, 2 de julio de 2026

Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 


Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

El evangelio de hoy habla de un paralítico, no se puede mover por sí mismo, no le escucharemos en el relato decir ni una palabra, lo traen en una camilla, pasivamente se deja hacer y se deja llevar por aquellas personas de buena voluntad que le ayudan, que en este caso lo traen ante jesús. 

Creo que el evangelio nos está provocando a que nos demos cuenta de otras parálisis que hay en la vida que van más allá de unos miembros del cuerpo inmovilizados, y que les hace sentirse inútiles a las personas. Esa inutilidad que sentimos en ocasiones que ya no es física es algo en lo que nos quiere hacer reflexionar hoy el evangelio. Cuántas veces nos quedamos paralizados en nuestra pasividad o nuestra impotencia, no sabemos qué hacer, por dónde empezar, nos dejamos llevar porque nos decimos que las cosas no pueden cambiar, que es imposible, que nos sobrepasan los problemas, que nos sentimos deprimidos, que no somos capaces de salir de nuestro círculo en búsqueda de nuevas salidas o nuevas soluciones, que nos acobardamos ante la multiplicidad de los males o problemas que se nos agolpan alrededor, que nos sentimos mudos sin saber qué responder ante lo que nos achacan o quieren culpabilizarnos… muchas parálisis de nuestro espíritu, mucha impotencia o pasividad, muchas camillas en las que anímicamente nos sentimos postrados.

A aquel paralítico que llevan ante Jesús lo primero que le dice es ‘¡Ánimo, hijo!, que tus pecados están perdonados’. Un revuelo de escándalo se levanta a su alrededor. Sorpresa quizás en aquellos que lo llevaban y que lo que deseaban era que Jesús lo levantara de la camilla y se pudiera valer por sí mismo. Pero es también la primera reacción que nosotros pudiéramos tener porque esperábamos otra cosa. La reacción de escándalo fue principalmente para los fariseos y maestros de la ley que por allí andaban que sienten que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. ‘Este blasfema’, se dice entre ellos.

Pero Jesus no blasfema. ¿Quién puede tener poder para curar a un paralítico? ¿No se está manifestando también ahí el poder de Dios como en el perdón de los pecados? Por eso dirá al paralítico ‘levántate, ponte en pie y vete a tu casa’.

Es importante sí esa parálisis de nuestros miembros pero son más importantes aún las parálisis que sentimos por dentro de nosotros. Jesus es el que ha venido a dar libertad a los oprimidos, y es lo que quiere hacer en lo más hondo de nosotros mismos. Las curaciones de nuestras enfermedades físicas son solo un signo de esa sanación que Jesus viene a traer a nuestro corazón. Quiere levantarnos también de esas postraciones que nos encierran, que nos inutilizan; quiere sanarnos de esas esclavitudes a las que nos hemos sometidos dentro de nosotros mismos con nuestros apegos, con nuestras rutinas, con nuestro encierro en la insolidaridad, con ese mal que corroe el corazón y nos llena de muerte. 

Cuando hemos preferido esas negatividades para nuestra vida le hemos estado dando la espalda a Dios, a lo que es el plan de vida y de redención que Dios nos ofrece, es nuestro pecado. Tenemos que dejarnos sanar, tenemos que dejar actuar a Dios en nuestra vida que con la fuerza de su Espíritu nos renueva y nos hace tener nueva vida. 

También Jesús nos dice que nos levantemos, que nos pongamos en pie, que vayamos allí donde está nuestra vida, pero no ya arrastrando una camilla o dejándonos arrastrar postrados en las camillas de nuestras depresiones, Jesús quiere darnos nueva vida, quiere inundarnos de su paz, quiere que andemos en la verdadera libertad. con Jesús ya todo será distinto, con Jesús ha llegado la luz a nuestra vida, con Jesús siempre encontraremos salidas y caminos a recorrer.


sábado, 8 de noviembre de 2025

Después de tantos esfuerzos que hacemos en la vida por lo material pensemos qué riqueza humana y espiritual quedará dentro de nosotros

 


Después de tantos esfuerzos que hacemos en la vida por lo material pensemos qué riqueza humana y espiritual quedará dentro de nosotros

 Romanos 16,3-9.16.22-27; Salmo 144; Lucas 16,9-15

No podemos andar distraídos por la vida y es que no podemos estar haciendo dos cosas al mismo tiempo y prestarle la misma atención. Te estoy oyendo, decimos mientras estamos entretenidos con el móvil; y luego nos preguntan, ¿y qué te estaba diciendo? Y ya no sabemos responder. Pongo este ejemplo que también nos vale como denuncia de cómo muchas veces le prestamos más atención a las cosas que a las personas, pero podríamos pensar en muchas más cosas.

¿Nos estaremos centrando en la vida de verdad en lo que vale la pena? Creo que es una pregunta muy importante, esencial me atrevo a decir, que tendríamos que hacernos muchas veces para no distraernos de nuestro camino, de nuestras metas, de lo que son los verdaderos ideales de nuestra vida. Muchas veces son cosas buenas también, o cosas que necesitamos utilizar en la vida en ese intercambio que hacemos entre unos y otros o en esas relaciones comerciales, digámoslo así, que hemos de mantener los unos con los otros. Pero no podemos convertir lo que realmente es secundario en lo fundamental, nos estaríamos creando dependencias, perderíamos el norte de la vida y de lo que hacemos. Tenemos que sabernos organizar, tenemos que saber buscar lo que es lo fundamental y poner las cosas en su sitio.

Hoy nos toca Jesús en el evangelio cosas que incluso nos duelen, que es nuestra relación con lo material, el lugar que ocupan en nuestra vida, y como estamos sabiendo utilizar esos medios materiales sin convertirlos en dios de nuestra vida. Sí, es tal la dependencia que nos creamos de esas cosas que las convertimos en nuestro dios. Miremos, si no, los afanes con que andamos por la vida, los afanes por nuestros trabajos o mejor aun por nuestras ganancias, porque con ello ya pensamos que conseguimos todo aquello que nos hace felices; pero quizás pronto nos daremos cuenta de que esas cosas que brillan pronto pasan y lo que dejan es un vacío en nuestro interior.

Eso no quita para en esas cosas, en esos medios materiales, obremos siempre con rectitud y seamos verdaderamente justos y responsables. Las palabras de Jesús que hoy escuchamos nos vienen en el evangelio inmediatamente después de la parábola del administrador injusto, en la que se alababa no su falta de honradez sino la habilidad que tuvo para corregir por un lago injusticias y por otra parte encontrar quien le quisiera acoger cuando a él le fueran las cosas mal.

Por eso nos dice hoy Jesús, ‘Ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’; y nos habla Jesús ser fiel en esas cosas que parece que tienen menor importancia, porque quien no sabe ser fiel y honrado en esas cosas tampoco lo será cuando tenga en su mano cosas importantes. ¿Seremos en verdad buenos administradores también de lo material que poseemos?

Aunque no podemos convertir en dioses de nuestra vida esas cosas materiales, nos viene a decir. ‘Ningún siervo puede servir a dos señores, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’.

Como decíamos al principio que el dinero no nos distraiga, que lo material no nos absorba, que no nos sintamos atados y dependientes haciéndonos esclavos de las cosas materiales, de las riquezas, como también nos hacemos esclavos de nuestros prestigios y del poder o dominio que podamos ejercer sobre los demás; que no nos hagamos esclavos de nuestras vanidades construyendo nuestra vida solo sobre apariencias; si no ponemos verdaderos cimientos a nuestra vida ese edificio se nos derrumbará, que será el vacío que al final sentiremos en nuestro interior. ¿Merecerá la pena a lo que dedicamos nuestro tiempo y todos nuestros esfuerzos? ¿Qué riqueza humana y espiritual nos va a quedar en nuestro interior?

miércoles, 9 de abril de 2025

¿Somos esclavos o libres? En Jesús encontraremos un sentido nuevo y distinto de la vida, la Verdad que nos hará realmente libres

 


¿Somos esclavos o libres? En Jesús encontraremos un sentido nuevo y distinto de la vida, la Verdad que nos hará realmente libres

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal.: Dn 3, 52-56; Juan 8, 31-42

Es difícil hablar de esclavitud y de libertad. Todos hoy nos sentimos libres, es un don bien apreciado, no queremos sentirnos esclavos de nadie y porque decimos que somos libres hablamos o decimos lo que se nos ocurre, hacemos solamente aquello que nos apetezca o nos parece que es un bien para nosotros. Esclavitud como sujeción a una persona es algo que no soportamos. No entendemos, decimos, las esclavitudes habidas en otros tiempos y que realmente en la historia no hace tanto tiempo que han sido abolidas del todo. Cuando vemos imágenes o leemos algo en la historia o la literatura de esto, nos cuesta quizás entender que alguien pudiera dominar a otra persona de la forma que lo hacia para hacerlo su esclavo. Pero cuidado que nos quedemos en una visión un tanto superficial.

Pero las esclavitudes y las libertades ¿solo van por esos caminos? ¿Eres capaz en un momento dado de decirte no a una cosa que apeteces o por lo que te sientes apasionado? ¿Estará faltando una libertad interior en ti mismo? Puede ser esto una manera de comenzar a pensar que esto es algo serio y no tan superficial.

Bueno algo así les estaba pasando a los judíos cuando escuchan las palabras de Jesús que hoy se nos ofrecen en el evangelio. Junto a Jesús había un pequeño grupo de los que comenzaban a creer en El a pesar de todo aquel movimiento en contra que se estaba desencadenando en Jerusalén y que terminarían en el prendimiento de Jesús. Y a aquellos que comienzan a creer en El Jesús viene a animarles y hacerlos comprender que con El iban a encontrar un verdadero sentido para sus vidas, iban a encontrarse con la Verdad y esa Verdad que Jesús les ofrecía les haría verdaderamente libres. ‘Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres’, les dice Jesús.

Es lo que ahora les cuesta entender y le replican que ellos nunca han sido esclavos de nadie. ¿Algo así como lo que decimos nosotros, seguimos diciendo hoy? ‘En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo’, les replica Jesús. Es lo que les cuesta entender, lo que a nosotros nos cuesta entender.

Pecado, decimos, es una negación de Dios, pecado es hacer que otra cosa que no sea Dios lo convirtamos en dios de nuestra vida; y partimos de nosotros mismos cuando nos endiosamos con nuestro egoísmo e insolidaridad, o con nuestro orgullo y vanidad. ¿Nos creemos los más bonitos del mundo? ¿Nos creemos los únicos y los que nos sentimos por encima de todo y de todos? Es el pensar solo en nosotros mismos y cuando pensamos solo en nosotros mismos estamos destruyendo el amor en nuestra vida, no es capaz de abrirse a los demás, no es capaz de darse a los demás, no es capaz de pensar en el otro. ¿No será esto realmente una idolatría? Estamos negando a Dios, como decíamos, estamos sustituyendo a Dios por nuestro ego, nuestro capricho, nuestro orgullo, nuestra vanidad.

Y detrás vendrá como en una cascada una cantidad inmensa de cosas que convertimos en insustituibles en nuestra vida, en ídolos que nos esclavizan y nos dominan; pensemos en el materialismo de la vida y el dinero y la riqueza, pensemos en nuestros deseos de poder para desde nuestra superioridad dominar a los que nos rodean, pensemos en las pasiones que no podemos controlar sino que ellas nos controlan a nosotros empezando por la violencia o por los deseos de placer y de pasarlo bien cueste lo que cueste, sea como sea; mientras yo sea feliz, mientras yo me dé satisfacción a mi mismo, me dejo llevar por aquello que tira de mi y me está dominando porque no soy capaz de controlar y poner en orden.

Jesús viene a darnos un sentido nuevo y distinto de la vida, de lo que somos y de lo que tenemos, de nuestras relaciones con los demás y de lo que podemos hacer para que nuestro mundo sea mejor y entonces sí todos podamos ser más felices. Es la verdad que Jesús nos ofrece cuando nos habla del Reino de Dios, una verdad, como nos dice Jesús hoy, que nos hará libres.

Y esto, ya lo sabemos, es algo que nos cuesta entender y llevar a cabo. ¿Por qué? Porque no somos libres de verdad, porque no hemos llegado a entender lo que verdaderamente nos hace libres. ¿Tendríamos que pensar en el camino del amor?

martes, 9 de julio de 2024

Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

 


Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Salmo 113; Mateo 9, 32-38

Sordos, mudos, incomunicados; algunos por naturaleza, deficiencias que se convierten en dependencias, deficiencias que se van produciendo con el paso de los años que van produciendo también un aislamiento. Pero no siempre es la sordera o la incapacidad física, porque quizás muchas veces pudiera ser que seamos nosotros los que provocamos esa incomunicación.

El sordo y el mudo físico, vamos a decirlo así, tiene deseos de comunicarse, pero se le hace imposible porque no puede acceder a la forma de comunicación que tienen las personas que no tienen esa deficiencia. Bien sabemos la lucha que sostienen hoy en la sociedad para salir de esa incomunicación porque no se quieren sentir minusvalorados; sin embargo los oyentes, vamos a decirlo así, no siempre llegamos a comprenderlos y lo que hacemos es crear o mantener barreras. Pero tendríamos que pensar en esas otras formas de incomunicación que sin embargo muchos nos creamos en nuestro mundo.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un endemoniado mudo que llevaron ante Jesús y Jesús lo curó causando admiración y alabanzas en la gente sencilla; algunos habrá, sin embargo que harán comentarios tergiversados queriendo romper el significado de aquel milagro realizado por Jesús. Jesus ha liberado a aquel hombre de un mal que había en su vida, su incomunicación porque es mudo y porque es sordo. La palabra endemoniado quiere expresar una posesión del mal, del maligno, del que Jesus quiere liberarlo, aunque no todos lo comprendan.

Pero puede ser una buena imagen para nuestras sorderas, para las incapacidades que nos creamos en la vida para comunicarnos con los demás. ‘Nos hacemos sordos’, es una expresión que muchas veces escuchamos refiriéndonos a quienes no quieren oír, no quieren escuchar. Oirán, porque lo sonidos de comunicación pueden llegar a sus oídos, pero no quieren escuchar, como se dice, se hacen sordos.

Y es algo que nos sucede más incluso de lo que pensamos; hay muchas maneras de no querer oír, no prestamos atención, no nos fijamos en quien nos habla, volvemos la espalda entretenidos en nuestras cosas cuando vemos que la situación podría complicarnos si nos llegamos a implicar, y mejor es no saber.

Pensemos en cuántas actitudes y posturas negativas mantenemos nosotros en nuestra relación y trato con los que nos rodean, las discriminaciones que hacemos de las personas, la autosuficiencia con que caminamos por la vida, porque nadie me va a enseñar a mi lo que tengo que hacer, la superioridad con que nos acercamos a los demás a los que consideramos unos pobres que nada nos pueden decir o enseñar… ¡cuánta cerrazón llevamos en el corazón!

¿Dejaremos que Jesús llegue a nosotros y toque nuestra vida para que comencemos un nuevo estilo y sentido de apertura hacia los demás? Claro que también tendríamos que pensar en qué medida estamos cerrando también nuestros oídos a Dios. Será la pasividad con que escuchamos la Palabra de Dios, será nuestra falta de humildad para dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que llega a nosotros, será nuestra mente ida y puesta en otros sintonías mientras se nos proclama la Palabra de Dios en nuestras celebraciones, será esa razón crítica con que analizamos y juzgamos desde nuestras ideas preconcebidas lo que nos dice el texto sagrado, pero también los comentarios y reflexiones que nos ofrecen los ministros de la Iglesia.

¿Quién y cómo podrá presentarnos a Jesus para que nos cure abriendo nuestros oídos y nuestra vida?


jueves, 4 de julio de 2024

Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

 


Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué es lo que nos paraliza en la vida? Al pensar en ello nuestra mirada se vuelve espontánea hacia esa persona que un día tuvo un accidente y quedó traumatizada de tal forma que sus miembros perdieron movilidad y no puede valerse totalmente por si misma, o pensamos en las consecuencias de alguna enfermedad que paralizó sus miembros, que debilitó y traumatizó su vida que le creo invalidez y dependencia, o quizá en quien ya nación con esas deficiencias físicas y le impiden desarrollar lo que llamamos una vida normal.

Pensamos habitualmente en esas deficiencias físicas o corporales, pero ¿solo hemos de referirnos a eso? En nuestro lenguaje coloquial incluso decimos que nos quedamos paralizados cuando algo nos impresiona, algo sucedido de improviso, algo extraordinario en su manifestación, algo que nos impresiona y nos asusta; o nos vemos paralizados por nuestros miedos, y aquí entrarían miedos de todo tipo, desde aquello que tememos que nos pueda suceder, o desde las presiones que de una forma o de otra recibamos en la vida.

Pero no nos podemos quedar ahí; porque hay cosas que desde dentro nos paralizan, nos coaccionan, los quitan libertad y nos atan; está desde nuestro carácter o manera de ser, pero están también las costumbres adquiridas de las que no nos podemos liberar, o están nuestras pasiones que se nos descontrolan y no tenemos el suficiente dominio de nosotros mismos y la necesario fuerza de voluntad para tomar las riendas de nuestra vida, o está la desgana y atonía en la que tantas veces caemos y nos quita voluntad y buenos deseos, y nos vamos como arrastrando por la vida. Son muchas las parálisis que podemos encontrar dentro de nosotros mismos y no es ya solo lo que desde el exterior podamos recibir.

¿Tenemos que seguir atados a la camilla de nuestras parálisis? ¿Qué o quién nos podrá liberar de verdad? El evangelio de hoy nos ilumina; nos habla de un hombre paralítico que traen, porque él no se puede valer y en este caso hemos de valorar la buena voluntad de aquellos portadores de la camilla, y lo presentan delante de Jesús. En los otros evangelistas se nos hablará de la imposibilidad de entrar por el gentío, de la audacia de levantar las tejas del techo para bajarlo por allí, y eso nos puede dar pie en otros momentos para otras consideraciones.

Nos quedamos hoy con el hecho escueto; un paralítico que portan hasta Jesús para que lo cure. Lo que esperan es poder ver cómo aquel hombre se levanta de la camilla y comienza a valerse por sí mismo. Pero Jesus quiere decirnos algo más; valerse por sí mismo no es tener el dominio de sus miembros para caminar y hacer las cosas, hay algo más que nos puede paralizar, y de hecho nos está paralizando continuamente en la vida.

No todos lo comprenderán, y veremos luego los comentarios, pero lo que Jesús le dice es que sus pecados están perdonados. Ya puede levantarse aquel hombre de su postración. Pero aquí son todos los que están alrededor - ¿quizás también el paralítico que esperaba otra cosa? – los que se quedan paralizados y comienzan los comentarios, ‘este hombre blasfema’. Qué fácil nos es condenar aunque esté viendo el bien delante de nuestros ojos, porque es fácil el juicio y ya desde nuestros prejuicios tenemos la condena hecha.

¿Quién puede liberarnos de la peor esclavitud que podamos sufrir? No es que estemos buscando el poder de Dios para que nuestros miembros retornen a la movilidad, sino que tenemos que buscar el poder de Dios para que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad. Y para eso hay que quitar el mal, que es el que nos paraliza, nos ata, nos esclaviza. Es el perdón que Jesus viene a ofrecernos, es la verdadera salvación que va a transformar de verdad nuestro mundo.

Queremos hacer muchas cosas para hacer que nuestro mundo sea mejor, nos queremos buscar las mejores leyes y normas para lograr esa mejoría de la humanidad. No hay más ley que la del amor que nos transforma. Son nuestros corazones los que tienen que sentirse transformados; es de nuestros corazones de donde tenemos que arrancar toda malicia, es un color nuevo el que tenemos que darle a nuestras mutuas relaciones con las que lograremos un mundo de hermandad, un mundo de armonía y de paz.

Quitemos la aridez con la que estamos llenando el mundo; desterremos esas violencias y desconfianzas que nos estamos haciendo los unos a los otros; no permitamos de ninguna manera que la acritud se establezca poco menos que como norma de nuestra vida, entremos en el camino de una nueva humanidad donde prevalezca la comprensión y la misericordia, coloreemos nuestro mundo con el bello y rico colorido del amor. 


martes, 25 de junio de 2024

La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

 


La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Salmo 47; Mateo 7, 6. 12-14

Me vino a la mente una cosa que siempre escuché, ‘cria cuervos y te sacarán los ojos’. ¿Qué es lo que estamos criando? ¿Qué es lo que estamos plantando? Nos vale para todos los aspectos, para todas las situaciones de la vida. Ya sea en nuestra propia vida personal, la metas que nos proponemos, las cosas que nos gusta hacer, o aquellas cosas por las que nos dejamos arrastrar, cuando no sabemos tener la suficiente fortaleza para decirnos no en cosas que apetecemos y de las que finalmente nos convertimos en esclavos; cuantas malas costumbres que tenemos en la vida, que comenzaron porque simplemente nos dejamos llevar por la rutina, por la desgana, por la ley del mínimo esfuerzo, y al final caímos en sus redes, y nos convertimos en dependientes de esos malos hábitos, convirtiéndose en vicios o esclavitudes de la vida.

Es con lo que nos encontramos en el ámbito de la educación, sea quien sea a quien le corresponda; no forjamos el carácter de la personas, no fortalecemos la voluntad aprendiendo a discernir con claridad para tomar decisiones, en las que también tenemos que aprender a decir no; vamos por un camino de permisividad en todo, donde todo parece que es bueno y todo podemos permitírnoslo; permitimos hoy cosas que nos parecen de poca importancia, pero no hemos fortalecido las voluntades, no enseñamos que hemos de tener unas normas de conducta y de comportamiento, no solo desde un punto de vista moral, sino como ciudadanos y miembros de una sociedad en la que vivimos.

Nos quejamos de libertinajes y no se cuantas cosas, pero  hemos enseñado a cumplir unas reglas que vienen a facilitar la convivencia en la sociedad, y que nos vienen a enseñar a tener voluntad para saber escoger lo mejor, aunque no sea lo más fácil. ¿Qué sociedad estamos creando que al final nos sacarán los ojos?

Así podríamos pensar en muchas cosas, que tienen que darnos criterios claros y firmes para nuestro comportamiento, para vivir con mayor y mejor dignidad. Porque eso tenemos que saber buscar, en eso hemos de saber crecer, en esto tenemos que saber madurar.

‘No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros’, nos dice hoy Jesús en el texto del evangelio. Y hemos de saber interpretarlo bien y entenderlo. Y nos hace pensar en la dignidad de nuestra propia vida que hemos de cuidar, pero en lo que tenemos que saber crecer como personas. Es mi propia dignidad, pero es también la dignidad de los demás, que también tengo que saber apreciar, valor, tener en cuenta, respetar.

Por eso seguirá dándonos pautas Jesús de cómo hemos de saber tratarnos los unos a los otros, porque no vamos a exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar o de ofrecer a los demás. Para que respeten tu dignidad comienza tú respetando la dignidad de los demás. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’, termina diciéndonos Jesús.

¿Qué es lo que realmente nos están enseñando los mandamientos del Señor? Los vemos muchas veces como cargas pesadas, como si todo fueran prohibiciones que nos vinieran a coartar nuestra libertad – cuantas cosas en este sentido tenemos que escuchar – pero nos olvidamos que lo que nos están enseñando es a respetar a los demás, a valorar a las otras personas, porque así lograremos nuestro propio respeto y nuestra propia dignidad.

Como decimos tantas veces nos puede parecer puerta estrecha, porque queríamos la amplitud de hacer lo que nos apetezca – y ya veíamos en qué terminamos – pero no nos damos cuenta de que tiene el ancho suficiente para que pasemos por ella con dignidad; cuando nos recargamos de caprichos, de dependencias, de esclavitudes, por muy ancha que sea la puerta nunca podremos pasar, porque siempre queremos más. Tiene el ancho necesario para mantener la dignidad de toda persona, porque el amor suavizará tantas aristas de nuestra vida y facilitará el verdadero camino que hemos de tomar.

lunes, 3 de febrero de 2020

Queremos ser libres, amamos la libertad, pero sin embargo hay muchas cosas que nos siguen atando, esclavizándonos y creándonos dependencias


Queremos ser libres, amamos la libertad, pero sin embargo hay muchas cosas que nos siguen atando, esclavizándonos y creándonos dependencias

2Samuel 15, 13-14. 30; 16, 5-13ª; Sal 3; Marcos 5, 1-20
Todos decimos que amamos la libertad, que queremos ser libres y que vivamos en un mundo donde brille la libertad para todos. Pero no sé si esto en muchas ocasiones se queda en buenas intenciones o sólo gritamos la palabra libertad cuando decimos que vemos opresión o dominio de aquellos que tildamos poderosos, o de las manipulaciones que desgraciadamente vemos que se realizan de muchas maneras desde aquellos que pretenden el control de la sociedad a su manera o al ritmo de sus ideologías. En muchas ocasiones según de donde procedan dichas manipulaciones o de la cercanía que se pueda tener a nuestras particulares ideas quizás nos hacemos ciegos y sordos y cerramos los ojos como para no enterarnos. ¿Habrá verdadera libertad en esas situaciones y momentos?
Pero quizá tendríamos que mirarnos a nosotros mismos y a nuestro interior para ver si realmente vivimos esa libertad o acaso también nosotros nos sintamos constreñidos porque hay apegos en nuestro corazón o en nuestra vida que también están limitándonos nuestra propia libertad. Son aquellas cosas de las que nos hemos creado una acuciante necesidad y que nos parece que sin ellas no podemos vivir ni podemos ser felices de verdad, pero que realmente nos hemos creado una dependencia que nos está limitando fuertemente desde nuestro propio interior. Son cosas de las que nos cuesta arrancarnos y aunque veamos un mundo más brillante sin esas dependencias parece como si quisiéramos seguir sujetos a esas cosas a las que de alguna manera nos hemos acostumbrado.
Es una lucha interior fuerte la que tenemos que mantener. Tenemos que aprender a gustar esa libertad honda que sentimos en nosotros cuando en verdad nos hemos dejado llenar por la vida de Jesús. El viene a nosotros para restaurar en verdad nuestra vida y que saboreemos la verdadera libertad que nos hace grandes. El con su presencia y con su gracia nos llena de dignidad y nos quiere hacer vivir mirando siempre a lo alto, para que tengamos metas altas en nuestra vida, para que busquemos siempre lo que nos dignifica y nos engrandece.
Hoy el evangelio nos habla de la presencia de Jesús en la otra orilla del lago, en la región de los gerasenos. No eran propiamente judíos los habitantes de aquella región. Y allí Jesús cura a aquel hombre poseído de un espíritu inmundo, como se nos dice en el lenguaje del evangelio. Su locura era tal que era temido por todos que incluso pretendían atarle con cadenas, pero él con su fuerza se desataba y causaba el terror de aquellas gentes. Y Jesús lo cura, le libera de esas ataduras que atenazaban su espíritu. Nos habla el evangelio de aquella legión de demonios que se metió en la piara de cerdos que se tiraron acantilado abajo para morir ahogados en el lago.
Cuando las gentes del lugar llegan y contemplan al que había sido endemoniado ya curado y pacífico sentado a un lado, sin embargo le piden a Jesús que se marche a otro lugar. Sus intereses económicos se habían venido abajo con los cerdos despeñados por el precipicio. Parece que querían más seguir con las locuras del endemoniado con tal de no perder en sus ganancias materiales. Se les ofrecía una vida nueva de libertad alejando temores y miedos pero preferían seguir con sus anteriores dependencias.
¿Se parecerá algo de todo esto con esas posturas nuestras donde seguimos con nuestras ataduras y dependencias en lugar de buscar la libertad verdadera que nos ofrece Jesús? Son cosas que nos darían que pensar.

jueves, 6 de junio de 2019

La clave de la unidad y comunión entre nosotros la tenemos en la comunión de amor que existe entre Jesús y el Padre


La clave de la unidad y comunión entre nosotros la tenemos en la comunión de amor que existe entre Jesús y el Padre

Hechos 22, 30; 23, 6-11; Sal 15; Juan 17, 20-26
Por naturaleza podríamos decir que estamos impulsados a la convivencia, porque no hemos sido creados para nosotros mismos sino que necesariamente necesitamos estar en relación con los demás. Pensemos que desde que nacemos hay una dependencia de los demás en nosotros, porque empezando necesitamos de nuestra madre que nos cuide y que nos alimente hasta que vayamos valiéndonos por nosotros mismos, pero es que siempre hemos de estar en relación con los demás.
Es cierto que pesa en nosotros una sombra de individualismo que pudiera encerrarnos en nuestro egoísmo, autocomplacencia o autosuficiencia. Somos individuos, es cierto, con nuestra propia naturaleza, nuestra propia personal manera de ser y de vivir, pero eso  no nos debería llevar a un individualismo egoísta; desarrollamos nuestro ser y nuestras capacidades como individuo pero también en medio de la sociedad y del mundo en que vivimos con esa interrelación y mutua dependencia.
Eso nos hace que tengamos que caminar juntos en la vida, unidos a los que están a nuestro lado, pero no siempre significa que lleguemos a vivir en comunión con los demás. Vivir en comunión con el otro es mucho más que estar al lado del otro, que tengamos que estar juntos o que de alguna manera dependamos los unos de los otros. La comunión entre las personas es algo mucho más profundo, porque afecto a lo más hondo de nuestro propio ser en una comunicación que es algo más que unas palabras que nos podamos decir.
Hablar de comunión es algo más excelso y más espiritual que necesita de otra hondura para conseguirla. No siempre es fácil, porque es de alguna manera dejar entrar en nuestro corazón o que el otro nos deje penetrar en su corazón. Entra en juego no solo un raciocinio sino también los sentimientos y una comunicación podríamos decir espiritual en la que estará además como base que lo aglutina todo el amor.
En el evangelio que nos ha ido proponiendo la liturgia en estos días hemos escuchado la frecuencia que en la oración sacerdotal Jesús pide por la unión de quienes le siguen. ‘Que todos sean uno’, repite una y otra vez Jesús. Es la señal de que en verdad le seguimos y cumplimos su mandamiento de amarnos los unos a los otros. No quiere Jesús una unidad formal, sino que entre todos los que le seguimos haya una comunión real y profunda. Muchas veces hemos reflexionado del anti-testimonio que damos los cristianos cuando no estamos unidos; enseguida pensamos en la división de las Iglesias, como todos teniendo una misma fe en Jesús sin embargo andamos divididos y tantas veces enfrentados haciéndonos la guerra los unos a los otros.
¿Por qué no logramos esa unidad y esa comunión? Las palabras de Jesús las conocemos, conocemos cual es su voluntad y el mandato que nos ha dejado, pero seguimos sin amarnos de verdad, seguimos divididos y no es solo ya al nivel de las Iglesias, sino en nuestras propias comunidades donde tendría que brillar esa comunión de hermanos, y en el testimonio que tendríamos que dar en medio del mundo.
Quizá no nos hayamos fijado lo suficiente en las palabras de Jesús y cual es el modelo y estilo de comunión que tendría que haber entre nosotros. No solo es estar juntos, sino vivir en comunión. ¿Y cuál es el modelo y sentido de esa comunión? Nos dice Jesús: ‘Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también lo sean en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado’. Ahí tenemos la clave, la unidad en el amor, la comunión viva y profunda entre Jesús y el Padre. ‘Como tú, Padre, en mi, y yo en ti’.
Es la meta, es el ideal, es el modelo, es el sentido de nuestra comunión de amor. No son ya raciocinios ni sentimientos humanos, que también hemos de tenerlos, sino el misterio de comunión que hay en Dios. Y ya eso nos es difícil expresarlo con palabras humanas. Se trata entonces de meternos en el misterio de Dios, meternos en el corazón de Dios, como El también ha querido habitar en nosotros. Y por esas sendas ha de ir entonces el amor a los hermanos, la comunión de amor que hemos de vivir entre nosotros.
Solo lo podremos comprender y llegar a vivir si nos dejamos inundar por el Espíritu de Dios. Es lo que con intensidad pedimos en estos días.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

Aprendamos a ver y descubrir cuanto cada día recibimos de los demás alejando orgullos innecesarios y reconociéndonos débiles y dependientes de cuanto recibimos de los otros


Aprendamos a ver y descubrir cuanto cada día recibimos de los demás alejando orgullos innecesarios y reconociéndonos débiles y dependientes de cuanto recibimos de los otros

Tito 3,1-7; Sal 22; Lucas 17,11-19

Ya nos dice la sabiduría popular que es de bien nacidos el ser agradecidos, pero cuidado que eso lo tengamos en cuenta más para lo que hagan o dejen de hacer los demás que para las actitudes y gestos de gratitud que nosotros podamos tener hacia los que nos hacen bien. Como se suele decir no cuesta nada decir ‘gracias’. Sin embargo en la vida podemos ir como aquellos que se lo merecen todo y nunca tienen un gesto de agradecimiento hacia los demás por lo que hacen con nosotros. Fácilmente olvidamos la palabra, pero más bien quizá olvidamos la actitud del corazón.
Es un gesto y una actitud que nos engrandece, es un gesto de nobleza y de humildad, es un gesto con el que sabemos valorar lo que hacen los demás por pequeño que sea aun cuando nosotros directamente no salgamos beneficiados, es un gesto que brota de la alegría serena de nuestro corazón que aun reconociendo sus propias debilidades o nuestra pobreza sabe apreciar la grandeza del corazón de los demás.
Un gesto que cuando lo olvidamos nos está indicando nuestra pobreza espiritual que es la peor, un gesto no realizado desde nuestro orgullo porque con una postura así parece como que nos sintiéramos humillados cuando alguien hace algo por nosotros, un gesto cuando no lo tenemos puede indicar nuestra mezquindad y un amor propio herido porque no queremos reconocer nuestras propias limitaciones y saber apreciar que nos necesitamos realmente los unos a los otros.
Me he venido haciendo toda esta reflexión contemplando la escena del evangelio de hoy. Un grupo de leprosos que sale al encuentro de Jesús en el camino, aunque desde la distancia para observar las normas sanitarias le piden que tenga compasión de ellos. Son diez leprosos. Jesús les manda a que vayan a presentarse a los sacerdotes para que una vez curados les permitan entrar de nuevo en los poblados y volver al encuentro con sus familiares. Al verse curados todos corren porque quieren volver pronto con los suyos, pero uno hacia donde corre es hacia Jesús. Viene a postrarse ante El reconociendo que le ha curado y agradecer lo que ha hecho con ellos. Pero es solo uno el que viene a Jesús. Y este que vienes es extranjero, que resalta Jesús. ‘Levántate, vete; tu fe te ha salvado’ le dice.
No solo se ha curado de su enfermedad sino que Jesús le dice que se ha salvado. En su vida ha habido una vuelta a Dios. Es el camino de la salvación. El reconocimiento de su nada y de su indignidad, pero al mismo tiempo el reconocimiento de que lo que ha recibido no es por sus merecimientos personales le eleva su espíritu para ir a Dios. Un camino que nosotros también hemos de saber hacer, quitando de nuestra vida orgullos y autosuficiencias.
Nos creemos merecedores, ponemos la salvación en nosotros mismos, nuestro amor propio nos ciega para no saber reconocer nuestras debilidades y limitaciones, nos encerramos en nuestra autosuficiencia, y todo eso nos impide ir a Dios. Es una lepra que tenemos que quitar de nuestra vida que permanece en nosotros de muchas maneras. Hemos de saber reconocer la obra de Dios en nuestra vida que se nos manifiesta de muchas formas y a través de muchas señales.
En el día a día de nuestra vida una nueva forma de relacionarnos con Dios reconociendo sus bondades en nuestra vida como también con los demás. Hace el Señor cosas grandes en nosotros. Y veamos esas acciones de Dios en los gestos y detalles que tantos tienen con nosotros. Por eso aprendamos a ver y descubrir cuanto cada día recibimos de los demás. Alejemos orgullos innecesarios y reconozcámonos débiles y dependientes también de cuanto recibimos de los otros. Y vayamos con una actitud generosa de gratitud hacia los que están a nuestro lado y manifestémoslo con nuestros gestos, con nuestras palabras y con nuestras actitudes.

lunes, 29 de octubre de 2018

No vayamos encorvados por la vida, vivamos nuestra dignidad y respetemos la dignidad de los que están a nuestro lado



No vayamos encorvados por la vida, vivamos nuestra dignidad y respetemos la dignidad de los que están a nuestro lado

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17

Amamos ser libres. Es algo esencial a nuestra condición humana. Es esencial para mantener nuestra dignidad. Algo que siempre se reivindica. La historia de los hombres y de los pueblos está llena de batallas por la libertad y por la dignidad de personas y pueblos. Nos rebelamos contra todo lo que signifique opresión o de dominio de unos sobre otros.
Normalmente nos fijamos en grandes situaciones que se viven en muchas ocasiones a través de la historia de opresión y de dominio de unos pueblos contra otros, o condenamos toda forma de gobierno de los pueblos donde desde el poder se controle o se manipule la vida de las personas que componen esa sociedad, nos rebelamos contra todo tipo de dictadura o de dominio que mermen libertades, y somos conscientes que eso no es solo cosa del pasado, sino que en el momento histórico en que vivimos sigue existiendo esa falta de libertad. Reclamamos leyes justas que hagan desaparecer todo tipo de desigualdad en lo social o de dominio y manipulación en lo político. Muchos ejemplos de esto se podrían poner.
Sin embargo quizá olvidamos o no tenemos tanto en cuenta otras situaciones que podemos vivir en lo personal donde casi de alguna manera hayamos vendido nuestra libertad. Decimos somos libres y queremos ser libres, pero luego vivimos en la vida atados a muchas dependencias y hasta esclavitudes que dominan y controlan nuestra propia voluntad.
No nos damos cuenta quizá pero en nuestra sociedad actual estamos cayendo en muchas dependencias y ya no es el dominio solo de unas personas sobre otras, sino que muchas veces dependemos de cosas, de instrumentos creados quizá para facilitarnos la vida en ese desarrollo que va adquiriendo nuestra sociedad, pero que nosotros convertimos en ataduras, que parece que sin esas cosas no podríamos vivir. Pensemos en tantos aparatos electrónicos, por ejemplo, sin los cuales parece que ya no podemos vivir.
¿No viviremos encorvados bajo esas dependencias que realmente nos merman la libertad? ¿Detrás de todo eso no puede haber una cierta manipulación desde quienes dirigen de alguna manera esos medios?
Hoy el evangelio nos habla de que Jesús llego a una sinagoga y allí había una mujer enferma desde hacia muchos años de tal manera que no podía ponerse derecha, porque andaba encorvada. No vamos ahora de momento a entrar en que lo estuvieran acechando porque era sábado a ver que es lo que hacia y la reacción del encargado de la sinagoga.
Fijémonos que Jesús se acerca a aquella mujer para liberarla de su enfermedad, del mal que aquejaba su vida. ‘Al verla, Jesús la llamó y le dijo: Mujer, quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos, y en seguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios’. Fijémonos en las palabras que le dirige Jesús. ‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’. Aquella limitación de la mujer no solo era lo físico, podríamos decir, sino que en su enfermedad había algo que le impedía vivir con toda dignidad. Andaba encorvada, y Jesús que aquella mujer se pudiera poner derecha. Es todo un signo para nuestra vida.
Hablábamos antes de nuestros deseos de libertad y dignidad. Pero hemos hablado de esas dependencias que nos vamos creando en la vida de las que tenemos que aprender también a liberarnos. No significa que no utilicemos los medios más modernos que nos ayuden en nuestra vida. Es algo distinto, es aprender a utilizar esos medios, para que nosotros no seamos los que dependemos de ellos. Es algo que se  nos va metiendo sutilmente en la vida y casi ni nos damos cuenta.
Pongo un ejemplo, los móviles, las redes sociales, y todos esos aparatos, por decirlo de alguna manera, que les acompañan que cada día son más modernos, que cada día queremos tener lo último que ha salido, que vamos utilizando por todas partes. Nos chocamos de narices en la calle con una farola por ir atendiendo al móvil. ¿No nos sucederá que estamos comunicados con el nuevo amigo que hemos conocido en el otro lado del mundo, pero luego no nos comunicamos con el que está al lado nuestro? Estamos sentados al lado de nuestro amigo, o nuestra familia y suena el característico sonido del WhatsApp y ya nos olvidamos del que está a nuestro lado que dejamos con la palabra en la boca y nos ponemos a atender al aparatito. ¿Entramos o no entramos en relaciones humanas? ¿Con el que está lejos? ¿Y el que está junto a nosotros lo dejamos a un lado? ¿Habrá unas dependencias que nos deshumanizan?
No vayamos encorvados por la vida. Vivamos nuestra dignidad pero respetemos la dignidad de los que están a nuestro lado. ¿No habrá aquí una llamada a que nos liberemos y nos podamos poner derechos, como nos dice hoy el evangelio?

sábado, 5 de noviembre de 2016

Que los bienes materiales nos valgan para establecer nuevos vínculos de amistad pero nunca nos hagamos tan dependientes de ellos que nos esclavicen

Que los bienes materiales nos valgan para establecer nuevos vínculos de amistad pero nunca nos hagamos tan dependientes de ellos que nos esclavicen

Filipenses 4,10-19; Sal 111; Lucas 16,9-15
Una cosa es la utilización de las cosas materiales que tenemos a nuestro alcance en lo que es el desarrollo de nuestra vida de cada día y otra cosa es que esas cosas nos dominen y nos convirtamos en esclavos de ellas. Es una tentación y un peligro. Parece que no supiéramos vivir ni hacer nada sin esos medios y poco a poco se nos va creando una dependencia que termina esclavizándonos.
Normalmente cuando hablamos de esto parece que nos refiriéramos únicamente al dinero o la riqueza con la tentación de la codicia y volvernos avariciosos de tener y de poseer cosas, de las que al final ni le sacamos utilidad para nuestra vida. Pero el campo de esas dependencias que nos creamos es amplio y se traduce en muchas cosas que tenemos o que queremos tener, que usamos y sin las cuales no nos podemos pasar.
Es cierto que la vida nos va ofreciendo cada día más medios que de alguna manera nos facilitan muchas cosas, una vida más cómoda, una mejor forma de relacionarnos con los demás, unos medios que nos facilitan el estar en contacto con los seres queridos. Pensemos en todos los medios electrónicos de los que disponemos para comunicarnos, para mantener una relación más fácil y fluida incluso con los que están lejos de nosotros. Ya sabemos todos muchos de las redes sociales.
Pero todo eso tendría que ser medio para facilitarnos el encuentro, la cercanía, la comunicación, el conocimiento de otras realidades y de otras personas. Eso está bien y es bueno que tengamos esos medios. Pero cuidado que se conviertan en refugios que quizá nos aíslen de los que están más cercanos a nosotros; cuidado que nos atemos a esos medios o a esas cosas y desatendamos lo que tenemos más cerca o lo que son nuestras obligaciones; cuidado se nos conviertan en una dependencia tal que nos ponemos inquietos en el momento en que nos falten o no los podamos usar porque nos pueda parecer que ya no somos nada sin ellos; cuidado los convirtamos en dioses de nuestras vidas.
Todos conocemos casos de quienes desatienden sus obligaciones y su trabajo por estar todo el día dependiendo del whatsApp; muchas imágenes vemos de personas que están juntas, porque están unas al lado de otras pero están muy distantes entre si porque cada uno solo está pendiente de su whatsApp; nos sucede que estamos en una conversación de amigos y de repente todo se detiene porque sonó el tic de un móvil y ya aquella persona se aisló y se desentendió de los que estaban a su lado. Así se podrían seguir poniendo muchos ejemplos.
Son las dependencias que nos vamos creando en la vida; son los nuevos ídolos de nuestra existencia; son esas nuevas esclavitudes que nos van apareciendo y que de alguna manera nos van subyugando.
Esta reflexión que me estoy haciendo sobre esas cosas concretas que nos pueden pasar cada día, me la hago partiendo de lo que hoy nos dice Jesús en el evangelio, de cómo hemos de saber sacar provecho positivo de las riquezas o de los bienes materiales que tenemos en la vida, pero que nunca pueden convertirse en nuestros dioses.
Que nada de todos esos medios que la vida de hoy nos ofrece nos alejen de Dios, sino que todo lo contrario con esas cosas podamos también cantar y proclamar la gloria del Señor. Que nada de esas cosas nos hagan olvidar nuestras responsabilidades, ni nos aparten de aquellos que tenemos a nuestro lado, aunque también nos valgan para contactar y comunicarnos con otras personas más lejanas creando nuevos vínculos de amistad y de fraternidad.