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sábado, 9 de mayo de 2026

No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

 


No importa que resultemos incómodos, porque llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios, limpiemos bien la pantalla de nuestra vida para reflejar la verdadera luz

Hechos 16, 1-10; Salmo 99; Juan 15, 18-21

Ya lo decía el principio del evangelio de san Juan, la luz quiso brillar para disipar las tinieblas, pero las tinieblas no la quisieron recibir, querían prolongar el reino de la oscuridad y de la muerte. ¿Por qué los que aman y hacen el bien no son comprendidos, es más, muchas veces son rechazados y hasta perseguidos? El que hace el bien pone al descubierto lo que es obra del maligno y a nadie le gusta verse denunciado por las obras del mal que realiza, no solo trata de ocultarlas o disimularlas sino que muchas veces incluso nos las querrá presentar como buenas. Es la gran confusión en que vivimos en nuestra sociedad, es el rechazo de las obras de la luz, es el embrollo en que queremos meter todas las cosas porque siempre buscamos fallos y debilidades para quitar el brillo y el resplandor de lo bueno.

¿Nos tiene que desanimar todo esto? ¿Hará que temamos aparecer con nuestros resplandores de luz cuando queremos anunciar la buena nueva de Jesús? Podremos decir que somos débiles y también pecadores, pero no podemos ocultar el brillo de la bueno, no podemos dejar de anunciar la buena nueva de Jesús, no tienen por qué hacernos callar.

Jesús en aquella conversación de sobremesa después de la cena pascual, que sonaba a despedida, a ultimas recomendaciones, a hacerles sentir que su presencia nunca nos fallará, que nos prometerá la fuerza del Espíritu que nos lo enseñará y recordará todo pero que también va a ser nuestra fuerza interior para mantenernos en nuestra fidelidad y también para hacer anuncio del evangelio, les hace ver a los discípulos también las dificultades en que se van a encontrar. Si lo rechazaron a El, el discípulo no es mayor que su maestro y lo mismo también nos vamos a encontrar ese rechazo. Son las palabras que hoy le escuchamos a Jesús.

Palabras que sostuvieron el ánimo de los discípulos y de aquellos primeros momentos de la Iglesia que realmente no fueron fáciles, pero son las palabras que siguen sosteniéndonos a nosotros hoy que tampoco tenemos fácil hacer el anuncio del evangelio de Jesús. Palabras de Jesús que tienen que dar claridad a nuestra mente al tiempo que fortaleza al corazón para discernir en cada momento la situación en la que nos encontramos, lo que necesita ese mundo que nos rodea, y la fuerte voluntad por nuestra parte para seguir en nuestro compromiso como discípulos de Jesús que han sido enviados al mundo con una buena nueva que traería la verdadera alegría y paz a nuestro mundo.

Nos tenemos que sentir seguros en el Señor. No vamos desde nuestra valentía personal, no son solo las cualidades que nosotros podamos tener para hacer de la mejor manera posible nuestra acción pastoral, es la confianza que sentimos en el Señor porque El es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es la presencia del Espíritu del Señor que guía e inspira nuestras iniciativas y toda nuestra actividad.

Una tarea que comenzamos haciendo allí donde estamos, con nuestra familia y con la gente que nos rodea, que como nos anuncia hoy Jesús no siempre nos comprenderán ni nos aceptarán. No importa que en ocasiones resultemos incómodos, porque eso significa que llevamos la verdad en nuestra mano y en nuestros labios; no importa que nos digan que también nosotros somos pecadores, eso ya lo reconocemos, pero sentimos el amor de Dios en nuestra vida que ha sido misericordioso con nosotros y eso nos hace que con mayor coraje queramos dar nuestro testimonio. Pero la luz no se oculta debajo de la mesa sino que se pone en alto para que ilumine a todos.

Limpiemos, es cierto, la pantalla de nuestra vida, para que se refleje la luz verdadera. Es lo que tenemos que hacer. Es el compromiso de la fe que hemos puesto en Jesús.

martes, 9 de julio de 2024

Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

 


Dejémonos conducir como sordomudos que somos hasta Jesús para que ponga su mano sobre nosotros y nos sane abriendo nuestros oídos y nuestra vida

Oseas 8, 4-7. 11. 13; Salmo 113; Mateo 9, 32-38

Sordos, mudos, incomunicados; algunos por naturaleza, deficiencias que se convierten en dependencias, deficiencias que se van produciendo con el paso de los años que van produciendo también un aislamiento. Pero no siempre es la sordera o la incapacidad física, porque quizás muchas veces pudiera ser que seamos nosotros los que provocamos esa incomunicación.

El sordo y el mudo físico, vamos a decirlo así, tiene deseos de comunicarse, pero se le hace imposible porque no puede acceder a la forma de comunicación que tienen las personas que no tienen esa deficiencia. Bien sabemos la lucha que sostienen hoy en la sociedad para salir de esa incomunicación porque no se quieren sentir minusvalorados; sin embargo los oyentes, vamos a decirlo así, no siempre llegamos a comprenderlos y lo que hacemos es crear o mantener barreras. Pero tendríamos que pensar en esas otras formas de incomunicación que sin embargo muchos nos creamos en nuestro mundo.

El evangelio comienza hablándonos hoy de un endemoniado mudo que llevaron ante Jesús y Jesús lo curó causando admiración y alabanzas en la gente sencilla; algunos habrá, sin embargo que harán comentarios tergiversados queriendo romper el significado de aquel milagro realizado por Jesús. Jesus ha liberado a aquel hombre de un mal que había en su vida, su incomunicación porque es mudo y porque es sordo. La palabra endemoniado quiere expresar una posesión del mal, del maligno, del que Jesus quiere liberarlo, aunque no todos lo comprendan.

Pero puede ser una buena imagen para nuestras sorderas, para las incapacidades que nos creamos en la vida para comunicarnos con los demás. ‘Nos hacemos sordos’, es una expresión que muchas veces escuchamos refiriéndonos a quienes no quieren oír, no quieren escuchar. Oirán, porque lo sonidos de comunicación pueden llegar a sus oídos, pero no quieren escuchar, como se dice, se hacen sordos.

Y es algo que nos sucede más incluso de lo que pensamos; hay muchas maneras de no querer oír, no prestamos atención, no nos fijamos en quien nos habla, volvemos la espalda entretenidos en nuestras cosas cuando vemos que la situación podría complicarnos si nos llegamos a implicar, y mejor es no saber.

Pensemos en cuántas actitudes y posturas negativas mantenemos nosotros en nuestra relación y trato con los que nos rodean, las discriminaciones que hacemos de las personas, la autosuficiencia con que caminamos por la vida, porque nadie me va a enseñar a mi lo que tengo que hacer, la superioridad con que nos acercamos a los demás a los que consideramos unos pobres que nada nos pueden decir o enseñar… ¡cuánta cerrazón llevamos en el corazón!

¿Dejaremos que Jesús llegue a nosotros y toque nuestra vida para que comencemos un nuevo estilo y sentido de apertura hacia los demás? Claro que también tendríamos que pensar en qué medida estamos cerrando también nuestros oídos a Dios. Será la pasividad con que escuchamos la Palabra de Dios, será nuestra falta de humildad para dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que llega a nosotros, será nuestra mente ida y puesta en otros sintonías mientras se nos proclama la Palabra de Dios en nuestras celebraciones, será esa razón crítica con que analizamos y juzgamos desde nuestras ideas preconcebidas lo que nos dice el texto sagrado, pero también los comentarios y reflexiones que nos ofrecen los ministros de la Iglesia.

¿Quién y cómo podrá presentarnos a Jesus para que nos cure abriendo nuestros oídos y nuestra vida?


viernes, 13 de mayo de 2022

Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

 


Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

A veces parece que nos caen en tromba las noticias, los acontecimientos, los sucesos que nos pueden afectar de alguna manera a nuestra vida y terminamos quedándonos como descolocados porque nos cuesta asumir las diversas cosas que nos han contando, nos cuesta comprender porque están pasando las cosas que tanto daño nos hacen o nos podemos referir a los mismos acontecimientos de la sociedad en que parece que hay momentos que son especialmente negros.

Podemos pensar en lo que nos ha tocando enfrentar en estos últimos tiempos en nuestra sociedad, pandemias, crisis económicas, desorganización de la vida que os obligan a nuevos protocolos de forma de vivir, y para colmo nos encontramos en tiempos de guerra en las puertas de Europa que no está tan lejana de nosotros y que no terminamos de ver el rumbo que van a tomar las cosas. Nos cuesta tomar decisiones que nos puedan afectar en un futuro, algunas veces nos cuesta entender las cosas más elementales, porque no hacemos sino pensar en esas oscuridades y turbulencias de la vida, y nos cuesta hasta lanzarnos con arrojo a emprender cosas en la vida. Decimos que no queremos perder la paz, pero dentro de nosotros nos corroen el pensamiento muchas cosas.

Aquella noche de la cena de Pascua de los discípulos con Jesús fue de esos momentos en los que se van sucediendo tantas cosas, se tienen presentimientos de lo que va a suceder aunque no saben por donde va a salir todo, en que tenían que estar produciéndose en su corazón una fuerte revoltura de la que no sabían como salir. Eran las palabras de Jesús con sus anuncios, fueron aquellos gestos con los que Jesús quiso comenzar la cena, estaban aquellas palabras que para ellos resultaban enigmáticas que le había dirigido a Judas de que lo que tenia que hacer que lo hiciera pronto, estaba la desenvoltura de Pedro que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús, pero que éste le había hecho anuncio de negaciones y traiciones, ahora hablaba Jesús de vuelta al Padre, de preparar unas estancias, de una nueva venida para buscarles, pero todo se les hacía incomprensible.

Por allá sale uno diciendo que no entiende de caminos, que no saben cual es el camino y que definitivamente Jesús se los enseñe. No terminan de entender las Palabras de Jesús. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’, les señala tajantemente Jesús a ver si por fin comprenden. Viendo el estado de ánimo, en cierto modo revuelto, en que se encuentran Jesús ha comenzado invitándoles a no perder la paz, a sentirse seguros, a confiar en El y en su Palabra. Pero les resulta difícil. Son muchas las cosas que se están sucediendo y tenemos el peligro de perder la paz en el c corazón.


Es lo que necesitamos escuchar nosotros. En el mundo revuelto en que vivimos, en medio de tantas cosas que se van sucediendo, con la misma situación que vemos en la Iglesia, o el desánimo de tantos cristianos a nuestro alrededor que abandonan el barco, como se suele decir, que van dejando de lado valores religiosos, principios cristianos, dejándose influir por tantas cosas que vemos en nuestro entorno en la sociedad. Y podemos perder los ánimos, podemos perder la paz. Tenemos que aprender a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús.

Se nos abren caminos delante de nosotros y podemos tener la esperanza de una renovación de tantas cosas; tenemos delante a Jesús que nos está señalando el camino porque no nos está pidiendo otra cosa sino que hagamos como El, porque se puede despertar una esperanza, porque el final podemos ver luz si nos llenamos de la vida de Jesús, que para eso es el camino y la verdad y la vida.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’, nos dice Jesús. No nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

El tallo de la rosa tiene espinas pero esperamos alcanzar a contemplar e impregnarnos de la belleza y del aroma de la flor


El tallo de la rosa tiene espinas pero esperamos alcanzar a contemplar e impregnarnos de la belleza y del aroma de la flor

Daniel 5,1-28; Sal. Dn 3,62-67; Lucas 21,12-19
¿Quién te dijo que es un camino de rosas? Habremos escuchado que se nos dice cuando quizá nos quejamos de las dificultades que vamos encontrando en la vida y cómo nos cuesta alcanzar nuestras metas. De la rosa nos gusta el perfume y la belleza de los colores de la flor, pero bien sabemos que hemos de tomarlas con cuidado porque sus tallos están llenos de espinas y no nos queremos herir, pero no es fácil tomar un ramo de rosas en nuestras manos sin que alcancemos alguna pequeña herida.
¿Lo podemos aplicar al camino de nuestra vida cristiana y del seguimiento de Jesús? Nos quisiéramos quedar en la belleza de la flor y en su perfume. Y claro que seguir a Jesús nos conduce a esa belleza para nuestra vida; llegar a encontrarnos con El y vivirle es lo más hermoso que podamos encontrar, lo que mayor felicidad nos daría. Sin embargo vemos que el camino de ese seguimiento de Jesús a veces se nos hace duro, dificultoso. Como si fuéramos subiendo por el tallo de la rosa donde nos vamos a encontrar las espinas, pero queremos llegar al final, queremos alcanzar la meta.
Ya nos lo plantea Jesús a lo largo del todo el evangelio cuando desde el principio nos pide cambiar el corazón para poder creer en la Buena Noticia que nos anuncia. Cambiar el corazón que significará despojarnos de muchas cosas, de muchas ideas preconcebidas, de muchas posturas, de un estilo de vida. Y eso no es fácil. Nos hablará de un hombre nuevo desprendiéndonos de las viejas vestiduras que tan bien se habían amoldado a nuestra vida o nosotros nos habíamos amoldado a ellas; nos hablar de camino estrecho y nos hablará de cruz que hemos de cargar, de negarnos a nosotros mismos y de un nacer de nuevo.
Pero cuando tenemos una meta, cuando queremos alcanzar algo que es precioso y valioso para nosotros no nos importarán sacrificios, lo que sea necesario, porque lo que queremos es llegar a esa meta. Nos hablará de vender nuestros tesoros para poder conseguir la perla más preciosa, nos hablará de un tesoro guardado allí donde no nos lo puedan robar ni la polilla roer; nos hablará de vigilancia y de estar atentos sin dejarnos dormir. Pero todo merece la pena por poder entrar al banquete del Reino al que nos tiene convidados.
Hoy nos habla de otras dificultades que vamos a encontrar en el camino, como son la oposición que podamos encontrar en los demás que conduzca a la persecución, la cárcel e incluso la muerte. Bien conocemos que la historia de los cristianos y de la Iglesia ha estado siempre rodeada de persecución. Pero Jesús nos habla de cómo no podemos perder la paz en nuestro corazón, porque el Espíritu del Señor es nuestra fortaleza.
Oposición y persecución que nos puede llegar por diferentes caminos, nos habla Jesús que nos podrá venir hasta de los más cercanos a nosotros, en quienes no vamos a encontrar la comprensión para nuestro sentido de vida. Y eso lo vivimos muy fuerte en la sociedad en que nos ha tocado vivir, el aislamiento y la soledad, el crear en torno a quienes quieren proclamar valientemente con sus palabras y su vida el evangelio de Jesús, una barrera de silencio que quiere acallarnos, que busca desprestigiarnos aprovechándose de cualquier circunstancia e incluso de nuestra debilidad, o donde querrán quitar ese sentido religioso de la vida y por supuesto todo lo que suene o tenga sabor a cristiano.
No temamos, nos dice el Señor. Su Espíritu es nuestra fuerza, y nuestra perseverancia nos hará llegar en fidelidad a la meta final. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas, termina diciéndonos Jesús. No importa el buen olor de Cristo se desprenderá al final para darle un perfume nuevo a la vida y un sentido nuevo a nuestro mundo.

sábado, 21 de julio de 2018

En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús



En silencio quizá pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús

Miqueas 2,1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21
Los fariseos querían acabar con Jesús. Como dirá Jesús en otro momento, su hora no ha llegado. Se marcha Jesús a lugares descampados, pero allí lo sigue la gente y Jesús no deja de seguir realizando los signos del reino curando a los enfermos de todo tipo de mal. No es una huida, es el momento del silencio, por eso les dice a los que ha curado que no lo divulguen. Pero su silencio grita. Las señales del amor no se pueden ocultar. ¿Qué haríamos nosotros?
Queremos caminar en la vida con buena voluntad y con buenos deseos. En nuestra sangre, por así decirlo, llevamos la semilla de querer hacer siempre el bien. Nos cuesta. Es en nosotros que aparece la tentación del cansancio o del desánimo; rebrotan en nosotros en ocasiones ambiciones, orgullos, amor propio y un cierto egoísmo mal disimulado. Será por otra parte que nos encontramos con gente que no nos entiende, o gente que se opone a nuestros planteamientos. En ocasiones no solo se nos hace difícil seguir con nuestros planes y deseos de hacer el bien, sino que casi se nos hace imposible. Parece que nadamos contracorriente de cómo andan los caminos del mundo que nos rodea que no nos entiende o que va a lo suyo. ¿Será también el momento del silencio?
En nuestro nivel personal de nuestras luchas y nuestros deseos de superación o en la realización de unos compromisos concretos nacidos de la fe que tenemos en >Jesús y que sentimos que no nos podemos cruzar de brazos. Pero es también la tarea de la Iglesia que no siempre es entendida y comprendida. Muchas veces parece que es una voz que grita en el desierto de nuestro mundo y pocos quieren escuchar.
Uno mira a su alrededor y por un lado ve lo que la Iglesia quiere realizar, su compromiso con el evangelio que no solo es anunciarlo con palabras, sino también con los signos de sus obras, pero por otra parte ve a tanta gente indiferente que ni se entera de lo que hace la Iglesia y a quienes no termina de llegar su mensaje. Se puede sentir el desaliento, podemos tener la tentación de quedarnos en el silencio, pero no un silencio que grite.
Estos días hemos escuchado los momentos difíciles que esta pasando la Iglesia de Nicaragua por ponerse evangélicamente al lado del pueblo que sufre. Han sido agresiones a la gente sencilla pero que ha llegado también a agresiones a sacerdotes y obispos; pero han sido también insultos desde las mas altas instancias que quieren confundir al pueblo. Pero la Iglesia ahí está, ahí sigue, al lado de los que sufren, sufriendo también en silencio, pero no dejando de luchar y trabajar para que las cosas mejoren. No es entendido por muchos, se crea confusión en mucha gente. Pero ahí está la presencia de la Iglesia signo del amor de Dios a su pueblo.
‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi alnado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’. Nos ha recordado hoy el evangelista estas palabras de Isaías, ante el momento que vivía Jesús. Nos lo recuerda hoy la Palabra de Dios en el momento en que vivimos, en situaciones personales, o en las diversas situaciones que vive la Iglesia en su tarea a lo largo del mundo.
En silencio quizá, pero con un silencio que grita a través de los signos de nuestras obras de amor seguimos anunciando el nombre de Jesús.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los santos inocentes fueron coronados de gloria en virtud del misterio de la navidad

1Jn. 1, 5-2, 2; Sal. 123; Mt. 2, 13-18
‘A ti, oh Dios, te alabamos… te ensalza la brillante multitud de los mártires…’ aclamamos en esta fiesta de los Santos Inocentes que ‘proclaman la gloria de Dios en este día no de palabra sino con su muerte’, como decimos en la oración litúrgica de esta fiesta. Volvemos a repetir que no está lejos de Belén la Pascua, pues quien ha venido para ser nuestro salvador en su pasión y muerte nos va a redimir, y bien sabemos que es camino de vida para nosotros.
Hemos escuchado su relato en el evangelio. Pronto las tinieblas quieren rechazar la luz. La estrella brilló bien alta y unos magos de Oriente descubrieron las señales y vinieron siguiendo el rastro de la estrella, como escucharemos en la Epifanía del Señor y hoy en cierto modo nos sirve de adelanto. Buscaban al recién nacido rey de los judíos. Pero los poderosos de este mundo ahí ven un contrincante. Las tinieblas rondan en el corazón de Herodes que despechado porque los Magos no le señalan el sitio concreto donde está el recién nacido ‘al verse burlado manda matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores’. Las reacciones de un corazón lleno de orgullo y soberbia.
Es el martirio de los Inocentes que hoy celebramos. No fue su boca la confesó la fe en Jesús, pero su muerte fue como un anticipo de lo que sería la muerte inocente del que vino para entregarse por nosotros para que tengamos vida para siempre. ‘Fueron coronados de gloria en virtud del misterio de la Navidad’, como proclamaremos en otra de las oraciones de la celebración.
El martirio de los inocentes, hemos dicho,  que se prolonga en todos los que a través de los tiempos en la historia de la Iglesia han derramado y siguen derramando su sangre por el nombre de Jesús. Es una multitud ya innumerable los que la Iglesia les ha reconocido su martirio y su santidad. Pero hoy en tantos lugares del mundo hay cristianos que siguen sufriendo por el nombre de Jesús. Con un poco de atención podemos escuchar esas noticias, aunque no ocupen primeras planas en los medios de comunicación. Estos mismos días de la Navidad de este año en distintos lugares son muchos los cristianos que han sufrido atentados y muerte incluso en medio de la misma celebración de la navidad.
Pero no quizá de una forma tan cruenta, pero no menos dolorosa, también hay muchos que sufren calladamente incomprensiones, acosos, malos tratos de forma injusta porque quieren vivir rectamente en fidelidad a una fe y a un sentido de vivir desde esa fe, aunque con debilidades y pecados porque somos humanos y tantas veces erramos y quizás no somos tan buenos como tendríamos que ser. Es un sufrimiento padecido en silencio, pero que el creyente quiere darle un sentido y un valor desde la fuerza y la gracia del Señor. Pone el creyente toda su confianza en el Señor porque sabe que en El nunca se sentirá defraudado por malos que sean los momentos por los que tenga que pasar.
Eso nos ha querido expresar el salmo que hoy hemos recitado. ‘Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte, cuando nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos… nos habrían arrollado como las aguas del torrente que nos llegaba hasta el cuello, pero nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra’. Es la oración confiada que hace al Señor el que pone en Dios toda su fe y su confianza en medio de las dificultades y contratiempos que tiene que sufrir.

‘Dios es luz sin ninguna oscuridad’, nos decía san Juan en su carta en la primera lectura. Queremos vivir en la luz. Estos días de navidad está brillando continuamente ante nuestros ojos como un signo fuerte esa luz que es Jesús. Y aunque algunas veces nos dejamos seducir por las tinieblas del pecado, deseamos la luz, queremos la luz, acudimos a Jesús que por su sangre nos limpia de nuestros pecados. Como nos decía el apóstol Juan, ‘si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre, Jesucristo, el justo, porque El es víctima de propiciación por nuestros pecados’. Con qué confianza podemos y tenemos que acudir a Jesús. Cómo tendríamos que desear vivir siempre en santidad y sin pecado, vivir en la luz de Jesús.

miércoles, 23 de enero de 2013


Echando en torno una mirada dolido de su obstinación

Hebreos, 7, 1-3.15-17; Sal. 109; Mc. 3, 1-6
‘Echando en torno una mirada de ira y dolido de su obstinación…’ Jesús se siente dolido por la obstinación y la ceguera con que muchos lo reciben. ‘Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo’, dice el evangelista. No es sólo el aceptar o no aceptar el mensaje de Jesús. ‘Estaban al acecho’. Hay malicia en el corazón de aquella gente cuando Jesús llegaba con todo su amor buscando el bien del hombre, su salvación. Ya lo reflexionábamos ayer.
Es el dolor del corazón de Cristo cuando no se ve correspondido en su amor. Pero Jesús no nos deja de amar por eso. El amor de Cristo es un amor fiel. No nos ama porque nosotros seamos buenos y le amemos a El, sino para que seamos buenos y seamos capaces de experimentar su amor. Como más tarde nos dirá el apóstol en sus cartas, ‘nos ama aún siendo nosotros pecadores’. Esa es la grandeza del amor de Dios, del que nosotros también tenemos que aprender para amar de la misma manera. El amor de Dios es siempre un amor primero, porque antes de que nosotros le amemos ya El nos está mostrando su amor ya desde toda la eternidad que ha pensado en nosotros.
Esto que estamos viendo en ese dolor del corazón de Cristo ante esas posturas negativas que tantos tenían ante su mensaje y su actuar, nos sirve también para que nosotros analicemos nuestra vida y nuestras relaciones con los demás. Podemos ser sufridores de esas posturas de los otros, o podemos ser nosotros actores que de alguna manera actuemos también así. Por eso esta reflexión que nos hacemos desde lo que vemos en la Palabra de Dios tiene que ayudarnos para nuestra vida concreta.
Esa experiencia dolorosa de no ser correspondido en el amor es una experiencia por la que pasamos también en muchas ocasiones en la vida. Personas que no nos comprenden ni nos quieren comprender. Personas cuya mirada no es limpia y siempre enturbian todo lo que miran con la malicia que llevan en el corazón. Personas que no abren su corazón y no saben tener confianza en los demás sino que siempre estarán con la sospecha. Personas que tienen el corazón lleno de maldad y no serán capaces de ver lo bueno de los demás, no sabrán apreciar lo bueno que hay en los otros y siempre estarán poniendo la pega de los intereses torcidos o de la mala voluntad que ven siempre en lo que hace el otro. ‘Estaban al acecho’, que dice el evangelista. Las personas que se ponen a la distancia para observar siempre prontos al juicio, a la crítica dañina, a la murmuración.
Estamos constatando esa experiencia dolorosa por la que podemos pasar cuando nos encontramos personas en la vida con esas posturas negativas, pero también tenemos que examinarnos nosotros porque de una forma o de otra se nos pueden pegar al corazón esas desconfianzas y esos prejuicios en nuestra relación con los demás. Nos sería fácil fijarnos en los demás y condenar, pero estaríamos cayendo por la misma pendiente y cometiendo los mismos errores; por eso, todo esto ha de servirnos para nosotros examinarnos, para que no lleguemos a tener esas actitudes tan negativas en nuestra vida en la relación que mantenemos con los demás. Son tentaciones fáciles que nosotros también podemos tener.
Pero volviendo a la respuesta que nosotros hemos de dar al amor de Dios y viendo ese dolor que Jesús siente en su corazón ante la obstinación de aquellos que no le aceptaban cuando tantas pruebas nos estaba dando de su amor, tendríamos que preguntarnos si acaso Jesús también pudiera estar dolido por nuestra insuficiente respuesta. Esto es algo para pensarlo con serenidad siendo capaces de reconocer cuántos dones y cuántas gracias ha derramado el Señor en nuestra vida. Cada uno podría repensar lo que ha sido su historia personal con momentos de fidelidad y de amor, pero también con tantos momentos en que no hemos sabido ser fieles, o le hemos la vuelta la espalda a ese amor de Dios con nuestro pecado.
También en ocasiones nos ponemos a querer masticar el mensaje de Jesús que nos llega a través de la Iglesia y nos hacemos nuestros distingos, nuestras muy personales valoraciones y ponemos un filtro en lo que aceptamos o no aceptamos del mensaje y de la gracia de Jesús. Estamos también al acecho, como aquellos del evangelio. Vayamos a Jesús con un corazón abierto y sincero, con un corazón limpio de maldad, dejándonos conducir por su Espíritu, que sea quien nos ilumine interiormente y nos haga saborear la gracia del Señor. Que El sea nuestra fuerza y nuestra luz.