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martes, 5 de mayo de 2026

La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

 


La paz no es tópico del que echamos manos para ir en contra de los que piensan o actúan distinto, es un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás

Hechos 14, 19-28; Salmo 144; Juan 14, 27-31a

¿Seremos capaces de mantenernos en paz a pesar de tantas guerras que nos rodean y hasta nos envuelven? Hablar de la paz y del no a la guerra casi se ha convertido en un tópico que alimenta nuestras conversaciones de cada día y de lo que no dejamos de hablar. Pero fijémonos en una cosa, utilizamos el tema de la paz para ir siempre en contra de alguien a quien culpamos de todas esas guerras. Es cierto que la situación de nuestro mundo y nuestra sociedad es convulsa pero la convertimos en grandes temas que se pueden convertir hasta en eslóganes de vida, pero ¿buscamos esa paz dentro de nosotros mismos? Yo me pregunto si esa tremenda convulsión que vive nuestro mundo y nuestra sociedad y entonces pensamos en esa cercanía a nosotros de la sociedad en la que vivimos, no será debido a que no hemos sabido encontrar esa paz en nuestro interior. Porque es que lo que llevamos en el corazón es lo que se va a reflejar en esa situación que se vive en el mundo.

Fijémonos en el momento que viven los discípulos de Jesús cuando le escuchamos estas palabras que hoy nos trasmite el evangelio. No están viviendo un buen momento, en la incertidumbre incluso en que están ante lo que va a suceder según lo que Jesús les ha ido anunciando. Estaban inquietos y tristes, porque además todo les sonaba a despedida. Varias veces les dice Jesús que no se acobarden ni se sientan agobiados en lo que está sucediendo y Jesús de la mejor manera les dice que El siempre estará con ellos aunque llegue el momento de su vuelta al padre.

Me recuerda esos momentos de despedida cuando llega el momento, por ejemplo, de que un familiar o una persona querida para nosotros tiene que marchar y ya no va a estar con nosotros, esos momentos previos suelen ser muy dolorosos; me vienen a la memoria momentos de mi niñez cuando los familiares, padres o hermanos, tenían que emigrar a otro país. Aunque aun estuvieran con nosotros y nos prometieran de mil maneras que no nos iban a olvidar, llorábamos como niños en la angustia de la despedida. ¿No serían algo así los momentos que estaban viviendo en aquellas circunstancias los discípulos?

‘Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, les dice Jesús. Pero Jesús promete algo más, no les puede faltar la paz. No era ya solo decirnos el saludo de paz que entre los judíos era decirse ‘shalom’ (paz) sino que tenía que ser algo que se mantuviera en nuestro corazón. Por eso les decía Jesús: ‘La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo’. No es la paz que se logra con la imposición, no es la paz fruto de un orden exterior, no es la paz que se gana con la guerra, no es la paz del dominio de uno sobre otros, del más fuerte frente al más débil, no es la paz del silencio impuesto. ‘No os la doy yo como la da el mundo’. Miremos lo que se está queriendo hacer en los grandes conflictos que hoy vivimos; es lo que algunas veces también intentamos los unos sobre los otros donde en nuestra prepotencia buscamos dominio y manipulación.

Jesús nos ha ido dejando las bases de esa paz que El quiere para nosotros cuando nos ha ido hablando del Reino de Dios y de sus características; Jesús nos ha puesto el cimiento verdadero a partir del amor; un amor que no se queda en palabras bonitas, un amor que construimos en unas relaciones sinceras y humildes de los unos con los otros, un amor que se sobrealimenta en la comprensión y en el perdón, un amor que porque saber perdonar de verdad sabe también olvidar  y que se convierte en restaurador de unas relaciones estables y duraderas, un amor de corazón abierto haciendo hueco para que en él quepamos todos sin diferencia ni distinción, un amor que no deja de darse a pesar de las incomprensiones que encuentre en su derredor, un amor que siempre es respetuoso al mismo tiempo que generoso, que es ofrecimiento pero que se convierte en regalo de cada día.

¿Buscaremos así la paz que Jesús quiere ofrecernos? Ya no es un tópico sino un compromiso de justicia que con amor ofrecemos a los demás.

 

jueves, 3 de octubre de 2024

Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

 


Constructores y signos de paz allí donde estamos con nuestra manera de ser y estar, sintiéndonos acogidos pero ofreciendo la solidaridad de nuestro corazón

Job 19, 21-27; Salmo 26; Lucas 10, 1-12

Seguramente que todos andamos con la misma preocupación en estos días; se oyen muchos tambores de guerra que nos aceleran el corazón. Las noticias que continuamente vamos escuchando no son nada alentadoras y sentimos cómo la paz se está resquebrajando más y más. Nos sentimos quizás impotentes porque nos parece que no está en nuestras manos detener esa carrera loca, pero al mismo tiempo nos sentimos con la responsabilidad, porque realmente el mundo está en nuestras manos, de que algo tenemos y podemos hacer.

Como creyentes elevamos nuestra mirada y nuestra oración al cielo para pedir por la paz, es lo menos que podemos hacer, para que se muevan los corazones de quienes tienen en sus manos detener esta loca carrera, y que el Señor mueva los corazones en búsqueda de esa paz. Pedimos por esos lugares en guerra o que se ven amenazados y por tanto sufrimiento que se ve generando en derredor de esas situaciones.

Pero creo que no es solo eso lo que podemos hacer; son también nuestros corazones los que no sólo tienen que conmoverse, sino moverse para que seamos capaces también de dar nosotros pasos en la construcción de esa paz. Alguno podrá decirme y ¿qué puedo hacer yo, una insignificante persona escondida en el último rincón del mundo – vamos a decirlo así – para lograr esa paz para nuestro mundo que tanto necesitamos?

Un edificio, pongo un ejemplo, lo vemos en su conjunto, como podemos ver el mundo en su conjunto, y nos fijamos en las cosas más llamativas, como nos puede suceder ahora en la situación en que nos encontramos. Pero ese edificio está hecho de muchas, de múltiples y quizás pequeñas cosas y detalles que harán que ese conjunto tenga su fortaleza y su belleza; como solemos decir son los pequeños granos de arena que han ido construyéndolo, estarán sus cimientos, sus paredes y portales, sus herrajes y sus forjados, su puertas y ventanas, y así en pensemos, por ejemplo en nuestra propia casa, cuántas cosas ha necesitado para su construcción e incluso luego su mantenimiento; cada una de esas cosas, en su lugar, han sido importantes, porque son una parte de ese conjunto y sin las cuales no lo tendríamos.

Así nuestro mundo y nuestra vida, así el conjunto de la sociedad de la que somos parte y, aunque parezcamos pequeños, parte importante e insustituible, como aquel lugar donde convivimos o realizamos nuestras tareas, donde hacemos nuestra vida al lado de los que también caminan a nuestro lado. Pues, es lo que te quiero decir, ahí donde estás tienes que ser constructor de esa paz. Esa paz que tú construyas ahí donde estás va a ser raíz importante de la paz de ese mundo en el que vivimos. Ese tiene que ser nuestro compromiso. Ahí donde estamos no dejemos que suenen nunca tambores de guerra con nuestras violencias o nuestros malos modos. ¡Cuánto podemos hacer!

Y no me estoy alejando del evangelio que hoy se nos proclama, porque es a eso a lo que nos envía Jesús cuando nos envía a anunciar el Reino de Dios. Hemos escuchado que Jesús ha escogido a sus discípulos y apóstoles y los pone en camino para anunciar el Reino de Dios. Fijémonos en lo que les dice, en el encargo que les hace. En alguna ocasión nos hemos fijado como Jesús los envía sin nada, que no busquen esos apoyos materiales para hacer el anuncio, porque el anuncio que tenemos que hacer trasciende esos medios materiales.

¿Qué nos está diciendo Jesús? ‘Cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz… Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Un anuncio de paz, unos gestos de paz, dejándonos ser acogidos, compartiendo lo que nos ofrezcan, queriendo dejar siempre un gesto de paz en lo que ofrecemos o en la manera de estar; nuestra presencia, nuestra manera de estar tiene que ser ya en si mismo un anuncio de paz, un anuncio del reino de Dios. Es lo que tiene que reflejar nuestra vida, nuestras actitudes, nuestra acogida y nuestro dejarnos querer que es también importante, porque significa la humildad y la sencillez con que nos presentamos. Nada de arrogancias ni de orgullos, nada de vanidad ni autosuficiencia para poder sentirnos pobres con los pobres y cercanos y verdaderamente solidarios con todos los que sufren.

¿Será esa en verdad la señal que damos con nuestra vida los cristianos? ¿Será esa la imagen que da la Iglesia en medio de nuestro mundo? Muchas actitudes, muchas posturas, muchas cosas tenemos que revisar y transformar para que seamos en verdad señales del Reino de Dios en medio del mundo.

martes, 28 de noviembre de 2023

Es difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta pero Jesús nos promete su paz y nos da seguridad para que no nos dejemos engañar

 


Es difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta pero Jesús nos promete su paz y nos da seguridad para que no nos dejemos engañar

Daniel 2,31-45; Sal.: Dn. 3,57-61; Lucas 21,5-11

Qué difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué va a suceder? ¿Hasta que punto llegará? Si podemos nos refugiamos, si estamos en casa no salimos, si nos coge en medio de nuestros trabajos, en los campos o de camino, buscaremos donde sea algún tipo de refugio que nos resguarde de las consecuencias de la tormenta. Nos las podemos encontrar con frecuencia.

Estamos hablando de las fuerzas de la naturaleza sobre las que no tenemos ningún tipo de dominio. Pero hay otras tormentas que también destrozan la vida y destrozan todo cuanto encuentran de camino; podemos hablar de las guerras, de la violencia desatada desde unas ambiciones, desde unas ínfulas de poder y dominio, desde las propias pasiones humanas que se desatan y no sabemos a donde pueden llegar.

¿Qué hacer? ¿Dónde refugiarnos? ¿A dónde podemos huir que encontremos la paz que necesitamos? Y son cosas que siguen sucediendo en nuestro mundo porque no terminamos de aprender la lección de otras situaciones semejantes que en la historia cercana también hemos ya vivido. Las tenemos ahí en las noticias de cada día y cuando vemos tanta destrucción y tanta muerte nos llenamos también de angustia y de amargura.

¿Dónde encontrar paz y serenidad? Son preguntas que nos rondan dentro del alma. Nos sentimos impotentes y nos volvemos rebeldes; hasta tenemos la tentación de responder a esa violencia también con violencia. ¿Es ese el camino?

De esto nos está hablando el evangelio hoy. El evangelista hace referencia a hechos y situaciones que incluso cuando se escribe el evangelio ya han sucedido, tras lo que Jesús había anunciado. Parte de una imagen preciosa que era lo que se contemplaba de la ciudad de Jerusalén y del templo en primer termino desde aquel bacón del monte de Los Olivos; y Jesús ante las consideraciones que se están haciendo, les dirá que no quedará piedra sobre piedra. Cuando se redacta el evangelio son hechos que ya han sucedido con la destrucción de la ciudad de Jerusalén en los años 70. En el relato del evangelista se recogen las preguntas que se hacen de cuando va a suceder todo lo que Jesús les anuncia.

Pero Jesús continuará hablando de otras situaciones que pueden producir momentos de inquietud e incluso de angustia. Es cierto que Jesús les ha hablado de su segunda venida, que será el final de los tiempos, pero Jesús les previene y nos previene frente a los agoreros de turnos, profetas de calamidades de todos los tiempos que continuamente nos estarán hablando de ese final de los tiempos para sembrar angustias e inquietudes. No son los caminos que nos pueden llevar a una verdadera conversión del corazón. Por eso Jesús les dice y nos dice que no nos inquietemos. ‘Mirad que nadie os engañe’, nos dice, ‘no tengáis pánico’.

Y nos habla Jesús de guerras y de revoluciones, de terremotos y grandes calamidades, nos hablará de fenómenos espantosos y de cosas que nos sorprenderán, pero Jesús nos está invitando a la serenidad y a la confianza, a no perder la paz del corazón. Tenemos la confianza puesta en el Padre del cielo que, como nos dirá en otra ocasión, no permitirá que se caiga un cabello de nuestra cabeza sin su consentimiento. Es el Padre bueno que nos cuida y nos regala su amor, que nos da fortaleza a nuestro espíritu y que nos ayuda a encontrar siempre caminos de paz. Esa paz que tanto necesitamos en nuestro corazón.

Porque todo esto de lo que nos ha estado hablando pueden significar también las tormentas de nuestro espíritu, esa inquietud que muchas veces nos revuelve por dentro y nos provoca hacernos muchas preguntas, esos contratiempos que vamos encontrando en la vida cuando parece que nuestros caminos se nos quiebran y nos agobian los problemas y las dificultades, esos momentos oscuros por los que todos pasamos en algún momento y que tanta inquietud siembran en nuestro corazón.

Por eso escuchamos eso que nos ha dicho Jesús ‘mirad que nadie os engañe’. Podrán venirnos son fáciles soluciones, podrán venirnos queriendo tener sueños que son irrealizables, podrán anunciarnos milagritos si hacemos esto o aquello que se convertiría en un talismán milagroso que todo lo soluciona. ‘Mirad que nadie os engañe’, nos dice Jesús, ‘no tengáis pánico’.

No es fácil en la tempestad mantener la calma, la serenidad, la paz. Pero Jesús nos dice también que El nos da la paz, que no es la paz como la da el mundo, pero que con su presencia en nosotros nuestro corazón se llenará de verdad de paz. Escuchemos la palabra de Jesús.

jueves, 19 de octubre de 2023

Ojalá escuchemos más el evangelio de Jesús y comencemos transformando nuestros corazones para transformar también nuestro mundo, hacen falta profetas

 


Ojalá escuchemos más el evangelio de Jesús y comencemos transformando nuestros corazones para transformar también nuestro mundo, hacen falta profetas

 Romanos 3,21-30ª; Sal 129; Lucas 11,47-54

Parece que no hay un día en que no nos despertemos con alguna noticia desagradable; son tantas las cosas que se van sucediendo por una parte y otra que tenemos incluso el peligro de acostumbrarnos. De algunas guerras parece que ya no nos acordamos, cuando se han sucedido detrás otras calamidades de todo tipo; vuelven a sonar los tambores de la guerra y aunque decimos que estamos sensibilizados todo se nos va en echarnos en cara unos a otros que si unos son los malos, que si los otros unos pobrecitos, según sean las tendencias o simpatías que sintamos por unos y por otros y parece que no queremos hacer en serio mención a los sufrimientos que tantos están padeciendo, sean del lado que sean; nos despertamos con accidentes, con desapariciones, con muertes inexplicables, con violencias de todo tipo. Tenemos miedo de anestesiarnos frente a todas esas calamidades, pero nosotros seguimos nuestra vida, ¿y qué es lo que hacemos? Algunas veces apagamos la televisión para no oír noticias y no enterarnos.

La vida sigue su curso, nos desentendemos y qué cada uno se lo resuelva como pueda. Y cuando oímos alguna voz que se levanta también queremos cerrar nuestros oídos y nos disculpamos diciendo que son los profetas de calamidades de siempre. ¿Podemos, sin embargo, dormir tranquilos? ¿Nos seguiremos dejando manipular por los interesados de siempre? ¿Es posible que nosotros no lancemos también nuestro grito para despertarnos nosotros mismos y para despertar a muchos a nuestro lado? ¿Seguiremos buscando justificaciones? La verdad que algunas veces no sabemos ni qué hacer.

Cuando hoy escuchamos el evangelio quizás nos puedan parecer bien aquellas palabras duras de Jesús para las gentes de su tiempo, diciéndoles de alguna manera que con sus actitudes y sus posturas ellos están siendo responsables también de lo que sus antepasados habían hecho con los profetas. Y lo pensamos y lo justificamos porque decimos que en aquel momento ellos están haciendo lo mismo con el rechazo que están haciendo de Jesús. Les echa en cara, por ejemplo a ‘los maestros de la ley, porque os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido’.

Pero, ¿y no es lo mismo que está sucediendo en nuestro tiempo, lo mismo que nosotros también estamos haciendo? Tendríamos en verdad que sentir que esas palabras de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio también van por nosotros, también van por los hombres de nuestro tiempo.

‘Por eso dijo la Sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles: a algunos de ellos los matarán y perseguirán; y así a esta generación se le pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas derramada desde la creación del mundo; desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario. Sí, os digo: se le pedirá cuenta a esta generación’. Lo dijo entonces Jesús para la gente de su tiempo, pero nos lo está diciendo hoy también a nosotros.

Sepamos escuchar lo que Jesús nos dice. Sintamos también esa palabra profética que se pronuncia sobre nosotros. Despertemos de ese letargo y no dejemos que nuestro se nos destruya. Lo estamos destruyendo de mil maneras. ¿Dónde está nuestra conciencia de cristianos? ¿No tendremos que sentirnos todos responsables de nuestro mundo y hacer que las cosas cambien?

Ojalá escuchemos más el evangelio de Jesús y comencemos transformando nuestros corazones para transformar también nuestro mundo. Hacen falta profetas.

viernes, 13 de mayo de 2022

Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

 


Aprendamos a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús, no nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos

Hechos de los apóstoles 13, 26-33; Sal 2; Juan 14, 1-6

A veces parece que nos caen en tromba las noticias, los acontecimientos, los sucesos que nos pueden afectar de alguna manera a nuestra vida y terminamos quedándonos como descolocados porque nos cuesta asumir las diversas cosas que nos han contando, nos cuesta comprender porque están pasando las cosas que tanto daño nos hacen o nos podemos referir a los mismos acontecimientos de la sociedad en que parece que hay momentos que son especialmente negros.

Podemos pensar en lo que nos ha tocando enfrentar en estos últimos tiempos en nuestra sociedad, pandemias, crisis económicas, desorganización de la vida que os obligan a nuevos protocolos de forma de vivir, y para colmo nos encontramos en tiempos de guerra en las puertas de Europa que no está tan lejana de nosotros y que no terminamos de ver el rumbo que van a tomar las cosas. Nos cuesta tomar decisiones que nos puedan afectar en un futuro, algunas veces nos cuesta entender las cosas más elementales, porque no hacemos sino pensar en esas oscuridades y turbulencias de la vida, y nos cuesta hasta lanzarnos con arrojo a emprender cosas en la vida. Decimos que no queremos perder la paz, pero dentro de nosotros nos corroen el pensamiento muchas cosas.

Aquella noche de la cena de Pascua de los discípulos con Jesús fue de esos momentos en los que se van sucediendo tantas cosas, se tienen presentimientos de lo que va a suceder aunque no saben por donde va a salir todo, en que tenían que estar produciéndose en su corazón una fuerte revoltura de la que no sabían como salir. Eran las palabras de Jesús con sus anuncios, fueron aquellos gestos con los que Jesús quiso comenzar la cena, estaban aquellas palabras que para ellos resultaban enigmáticas que le había dirigido a Judas de que lo que tenia que hacer que lo hiciera pronto, estaba la desenvoltura de Pedro que decía que estaba dispuesto a todo por Jesús, pero que éste le había hecho anuncio de negaciones y traiciones, ahora hablaba Jesús de vuelta al Padre, de preparar unas estancias, de una nueva venida para buscarles, pero todo se les hacía incomprensible.

Por allá sale uno diciendo que no entiende de caminos, que no saben cual es el camino y que definitivamente Jesús se los enseñe. No terminan de entender las Palabras de Jesús. ‘Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’, les señala tajantemente Jesús a ver si por fin comprenden. Viendo el estado de ánimo, en cierto modo revuelto, en que se encuentran Jesús ha comenzado invitándoles a no perder la paz, a sentirse seguros, a confiar en El y en su Palabra. Pero les resulta difícil. Son muchas las cosas que se están sucediendo y tenemos el peligro de perder la paz en el c corazón.


Es lo que necesitamos escuchar nosotros. En el mundo revuelto en que vivimos, en medio de tantas cosas que se van sucediendo, con la misma situación que vemos en la Iglesia, o el desánimo de tantos cristianos a nuestro alrededor que abandonan el barco, como se suele decir, que van dejando de lado valores religiosos, principios cristianos, dejándose influir por tantas cosas que vemos en nuestro entorno en la sociedad. Y podemos perder los ánimos, podemos perder la paz. Tenemos que aprender a confiar, a poner de verdad toda nuestra fe en Jesús.

Se nos abren caminos delante de nosotros y podemos tener la esperanza de una renovación de tantas cosas; tenemos delante a Jesús que nos está señalando el camino porque no nos está pidiendo otra cosa sino que hagamos como El, porque se puede despertar una esperanza, porque el final podemos ver luz si nos llenamos de la vida de Jesús, que para eso es el camino y la verdad y la vida.

‘No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí’, nos dice Jesús. No nos falte la paz en nuestro espíritu, es como podremos descubrir caminos nuevos.

domingo, 6 de marzo de 2022

Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

 


Dejemos que la Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve a que Dios sea el único Señor de nuestra vida

Deuteronomio 26, 4–10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Hemos emprendido el camino de la Cuaresma un año más. Pero así de entrada me atrevo a decir que no es pensar en un año más que vamos a hacer este camino, sino que tiene que ser el camino que aquí y ahora, este año concreto, tenemos que emprender. Aunque nos parezca repetición, no la hay; aunque se nos ofrezcan unos mismos textos litúrgicos bien sabemos que la Palabra de Dios llega en el hoy concreto de la vida que vivimos y es por lo que para nosotros es Evangelio, es Buena Noticia, porque es noticia que de Dios nos llega hoy a nuestra vida. Por eso no vamos a decir un año más, sino el camino que hoy, este año hemos de realizar con sus circunstancias concretas.

Un camino que nos obliga a hacernos preguntas, porque lo que ahora vivimos nos llena de incertidumbres y de angustias, nos puede hacer perder las esperanzas, o nos hace entrar en una dinámica de cansancio ante tanto que tenemos que luchar. Esas contradicciones de nuestro mundo que se llena de violencias algunas veces nos hace dudar, o nos puede llenar también de pesimismo; pero están también tantas influencias que recibimos de un lado y de otro que nos desestabilizan, no hacen que no sepamos por donde salir, o nos tientan para vivir dejándonos arrastrar por lo que nos rodea.

Si difíciles fueron las condiciones que vivimos en otros momentos recientes de nuestra historia y que arrastraron a nuestra sociedad a nuevos planteamientos o a una nueva visión de la misma realidad de la vida, ahora no es menos difícil lo que vivimos que de nuevo nos llevará también a nuevos planteamientos, a un nuevo sentido o estilo de vivir, a nuevas búsquedas. La humanidad siempre ha sentido deseos de paz pero nos vemos envueltos por las ambiciones que se transforman en violencias y que nos llenan de dolor y de muerte. Una guerra es una grave crisis para la humanidad. Y las crisis nos pueden hacer perder el pie, no sabiendo a veces donde apoyarnos para que nos sintamos seguros, nos hacen buscar nuevas seguridades, o nos pueden arrastrar a angustias de las que no sabemos cómo salir.

Tradicionalmente en este primer domingo de Cuaresma en el Evangelio se nos presentan las tentaciones de Jesús en el desierto. Diciéndolo de una manera fácil fueron momentos de crisis para Jesús. Era el momento del comienzo de su misión y ante él se abría aquel mundo al que había que anuncia una buena nueva, la buena nueva del Reino de Dios. ¿Cómo realizar aquella misión?

Se podían ofrecer caminos fáciles, pero que serían caminos muy lejanos de los valores nuevos que con el Reino de Dios se quería para la vida y para el mundo. No podían ser caminos de manipulación de nada ni de nadie; no podían ser caminos que encandilaran sino que tenían que ser caminos que llevaran al encuentro con la verdadera luz que diera sentido a la vida de las personas. Si Jesús había de presentarse como el camino y la verdad y la vida, no lo podía hacer por caminos del engaño, de vanidad, de mentira. Y era por donde lo estaba tentando el diablo.

Tienes el poder porque eres el Hijo de Dios, venía a decirle Satanás, manifiéstate con esas aureolas realizando milagros y cosas extraordinarias y la gente confiará en ti. Era el milagro de convertir las piedras en pan, porque si tenia hambre allí tenía la solución fácil, o era el ser aclamado porque si caía desde el pináculo del templo y no le pasaba nada, todos los que lo verían creerían en el. ‘No tentarás al Señor, tu Dios’, le responde Jesús. ¿Qué no damos nosotros por ser aclamados o ser tenidos en aprecio por todos llenando nuestro corazón de vanidad?

Ya veremos luego en el evangelio como Jesús estará evitando todo eso con lo que va realizando. Les prohibía a los que eran beneficiados por los milagros de su amor que hablaran de ello a los demás, porque no era ese el camino por el cual quería ser aceptado. Y nosotros seguimos pidiendo milagros para creer. Los milagros solo tenían que ser signos del nuevo reino de Dios, de cómo cuando pusiéramos a Dios en nuestra vida el mundo se iría transformando y el mal se iría venciendo.

¿Quieres en verdad un reino nuevo en que tú seas el señor de todo?, viene a decirle Satanás cuando le presenta todos los reinos del mundo desde una montaña alta. ‘Todo eso te daré si me adoras’. Los afanes de grandeza y de poder, sea como sea, a que nos vemos tan fácilmente tentados; parece que no importa cómo lo logremos, los apegos que tengamos en el corazón o los ídolos que nos busquemos, o no importa que haya destrucción y muerte por medio, como estamos viendo en la realidad de nuestro mundo. No es ese el camino de Jesús. ‘Apártate de mi, Satanás, solo al Señor, tu Dios, darás culto’.

Pero esto que estamos escuchando hoy en el evangelio tiene que traernos una buena noticia para nosotros y para nuestro mundo en esta hora concreta que estamos viviendo. ¿Nos estará abriendo a que busquemos nuevos caminos para la paz? ¿Nos estará haciendo planteamientos en lo hondo del corazón para que analicemos seriamente esas posturas y actitudes con las que actuamos habitualmente en la vida?

Esto que estamos viendo a lo grande en el momento presente de nuestra historia que ha desencadenado la situación presente tan dura que estamos viviendo, tenemos que verlo en el día a día de nuestro interior, de lo que hacemos cada día, de lo que son nuestras relaciones con los que están cerca de nosotros, de las ambiciones y vanidades que seguimos manteniendo en muchas actitudes y posturas de la vida. ¿No tendremos muchas de esas cosas en el día a día con los que están cercanos a nosotros, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo? ¡Cuántas guerras nos hacemos!

Como se nos dice el evangelio no solo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios. Dejemos que esa Palabra llegue a nuestro corazón, alimente nuestra vida, encienda nueva luz en nuestro corazón, nos lleve de verdad a que Dios sea el único Señor de nuestra vida. Tiene que ser algo muy concreto en el hoy de nuestra vida.

jueves, 3 de octubre de 2019

No es solo el camino que nosotros buenamente hagamos sino que Jesús nos pone en camino para ser instrumentos de paz como anuncio del Reino de Dios


No es solo el camino que nosotros buenamente hagamos sino que Jesús nos pone en camino para ser instrumentos de paz como anuncio del Reino de Dios

Nehemías 8, 1-4ª. 5-6. 7b-12; Sal 18; Lucas 10, 1-12
En camino vamos por la vida. En camino hacia algo, hacia vivir la propia vida con todo lo que nos sucede o con todo lo que nos vamos encontrando. No queremos quedarnos estancados en lo mismo y vamos en búsqueda, aun con la incertidumbre de lo que vamos a encontrar sin embargo con la curiosidad de lo nuevo que puede ir apareciendo ante nosotros.
Aunque siempre nos encontremos quizá en un mismo lugar o rodeados de las mismas personas sin embargo algo nuevo nos va saliendo a nuestro encuentro en esa convivencia con los demás, en el trabajo que realizamos, en el hogar en que vivimos, o también en cosas insospechadas que se van presentando ante nosotros. En nuestros deseos está el ir hacia algo nuevo, hacia otros lugares, hacia mundo distintos, y si podemos viajamos porque queremos conocer otros mundos, otras culturas, otro paisaje de la vida porque no queremos quedarnos en lo mismo.
En ese camino o en ese viaje de la vida deseamos que no nos falte paz y armonía, aunque ya sabemos que nos vamos a encontrar un mundo en guerra, un mundo en violencia porque en muchas ocasiones se hace difícil ese encuentro o esa convivencia entre personas y pueblos. Si en nuestro corazón hay buenos sentimientos nuestro deseo es la paz; y no pensamos solo en los grandes conflictos y guerras que asolan nuestro mundo en tantos sitios, sino que pensamos ahí en ese lugar cercano donde realizamos nuestra convivencia de cada día y fácilmente afloran también los conflictos y los desencuentros en los que quisiéramos también poner paz. El hombre, todo hombre, toda persona creo que a pesar de los pesares tiene sentimientos y deseos de paz en su corazón y tendría que ser siempre un instrumento de paz.
Y eso que estamos viendo y sintiendo que es algo que tendría que como connatural a la vida de toda persona, vemos que para nosotros los cristianos es una misión especial. Es lo que escuchamos hoy en el evangelio del envío que Jesús hace de sus discípulos. Los llamó, los eligió y los escogió y los envió con la misión de la paz. Y porque lo importante que han de realizar ese anuncio de la paz, quiere Jesús que vayan desprendidos de todo, ni alforjas, ni dineros, ni previsiones sino abiertos a ese mundo, que no siempre va a ser fácil, pero en el que tienen que ser constructores de paz.
Es el saludo, es la primera palabra que han de pronunciar, es el gesto y actitud que han de llevar en sus vidas, es la disponibilidad de su corazón para llevar la paz y también para sentirse acogidos por aquellos con los que se van a encontrar. No llevan contratado por adelantado el hotel donde se van a hospedar, diríamos en lenguaje y rutinas de nuestros tiempos modernos, sino que simplemente se quedarán en la casa donde sean acogidos. Porque eso va a ser un signo también; si se sienten acogidos dirán ‘está cerca de vosotros el Reino de Dios’. En la actitud pacifica y de disponibilidad en la que van han de despertar los buenos sentimientos en aquellos con los que se encuentren y aflorará entonces la hospitalidad y la acogida, señales que son del Reino de Dios.
Si algún poder les concede Jesús es el de sanar y curar. Cuando se habla de sanar y curar es normal que pensemos en enfermos o en personas con discapacidades como pueda ser una invalidez, una ceguera o el ser sordomudo, pero cuando Jesús habla de sanar nos está enviando a algo más que curar uno cuerpos enfermos de sus discapacidades. En ese mundo lleno de conflictos y violencias con que nos encontramos, donde quizá se haga difícil la convivencia y falte la paz mucho hay que sanar en los corazones de los hombres para lograr ese mundo de paz.
Es la misión del discípulo, es la misión del cristiano también y especialmente hoy tendríamos que decir. Es la misión que tenemos en el mundo de ser, como decíamos antes, siempre unos instrumentos de paz, unos constructores de la paz. Ingente es la tarea. Es para lo que hoy Jesús nos pone en camino también a nosotros. No es ya solo el camino que nosotros buenamente hagamos, sino el camino nuevo que Jesús abre delante de nosotros para que nos pongamos en camino para ser constructores de paz en nuestro mundo hoy.

martes, 1 de mayo de 2018

Ansiamos y buscamos la paz, pero le pedimos al Señor que nos inunde siempre de su verdadera paz


Ansiamos y buscamos la paz, pero le pedimos al Señor que nos inunde siempre de su verdadera paz

Hechos de los apóstoles 14, 19-28; Sal 144; Juan 14, 27-31a

La paz es un ansia grande que todos llevamos en el corazón. Todos queremos la paz; todos buscamos la paz. Todos sentimos en lo más hondo de nosotros mismos la amargura de la falta de paz cuando nos sucede algo que nos inquieta o nos perturba.
Todos somos sensibles, no sé si algunas quizá lo disimulamos, ante los problemas del mundo que carece de paz; y pensamos en las guerras, en la violencia que florece como mala hierba por tantos lados en nuestro mundo. Y esas guerras y violencias las contemplamos en esas imágenes que hoy casi en directo nos ofrecen los medios de comunicación; naciones que se enfrentan unas contra otras; enfrentamientos entre pueblos hermanos y que siempre habían convivido; atentados violentos donde mueren tantos inocentes. Andamos muy divididos en nuestro mundo y en consecuencia con mucho sufrimiento y con mucho dolor. Son noticias que nos llegan casi a diario – ayer mismo escuchábamos de violentos atentados -, y lo malo que terminemos acostumbrándonos y perdiendo la sensibilidad.
Pero nos duele la falta de paz cuando en nuestra cercanía, a nuestro lado contemplamos también rivalidades y enfrentamientos, violencias de todo tipo en que nos hacemos daño los unos a los otros, familias rotas y divididas por falta de entendimiento y armonía, amistades que se rompen y cuesta reconstruir, resentimientos en el corazón que se hacen difíciles de curar, y así podríamos pensar en tantas cosas que anidamos en el corazón y tanto daño nos hacen por dentro.
Pero ya no son solo las rupturas que podamos tener con los demás que se manifiestan de tantas formas violentas, sino que pensamos en nuestro interior tan lleno de sufrimientos tantas veces que no nos dejan dormir en paz, como se suele decir. Nos sentimos muchas veces divididos en nuestro interior; sentimos quizá el mal que hayamos podido hacer consciente o inconscientemente muchas veces y que luego no sabemos cómo reparar; nos sentimos turbados por cosas que nos suceden, por ambiciones que podamos tener dentro de nosotros y donde no sabemos discernir suficientemente qué es lo bueno que hemos de buscar; muchas veces la paz la perdemos en nuestro interior por un mal entendido con alguien, por una falta de comprensión, porque no nos sentimos valorados lo suficiente en aquello que nosotros aspiramos y nuestro orgullo se resiente, y así tantas cosas. ¿Tenemos que vivir siempre con ese desequilibrio, con esa falta de paz?
Hoy Jesús nos dice que nos quiere dar la paz. Recordamos que ese fue su saludo pascual cuando se manifestaba resucitado a los discípulos. Fue también el anuncio del ángel a los pastores a la hora de su nacimiento. Hoy nos dice que nos quiere dar la paz, pero que tenemos que buscar la verdadera paz, la paz que nos da autentico sentido y valor.  No es a la manera del mundo, nos dice, por medio de conquistas quizá contra los demás; es la paz que tenemos que sabernos ganar en nuestro interior, es la paz que fundamentamos en el amor verdadero, es la paz que nos hace descubrir el verdadero valor y sentido de todo hombre, de toda persona.
Tenemos que buscar esa paz que nos da el Señor; tenemos que buscar una paz a la manera de la paz que El nos da. Es la paz llena de comprensión y que es capaz de perdonar; es la paz que busca siempre el bien del otro; es la paz que nos hace sentir en una armonía interior porque nunca queremos herir a los demás y somos incluso capaces de disimular las heridas que nos puedan causar los demás; es la paz que nos hace actuar desde la sinceridad, la autenticidad de la vida; es la paz que buscamos trabajando también por la justicia fundamento de una paz autentica.
Señor, danos siempre de tu paz.

jueves, 28 de diciembre de 2017

La sangre de aquellos niños inocentes que hoy celebramos nos ha de comprometer a hacer un mundo nuevo y mejor donde toda vida sea siempre respetada y valorada


La sangre de aquellos niños inocentes que hoy celebramos nos ha de comprometer a hacer un mundo nuevo y mejor donde toda vida sea siempre respetada y valorada

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18

‘Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo, porque ya no viven’. Es lo que evoca el evangelista recordando al profeta Jeremías. Nos lo ha descrito con todo detalle. Herodes se vio burlado por los Magos de Oriente; no volvieron estos a Jerusalén a dar parte donde habían encontrado el  niño, recién nacido rey de los judíos que venían a adorar; se volvieron por otro camino.
Y como sucede tantas veces, y más cuanto tienen el poder en sus manos, montó en cólera para destruir cuanto pudiera tener referencia a aquello en lo que se había visto burlado. Muerte para todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores; muerte para los inocentes como sucede tantas veces. Y aquellos niños se convirtieron en testigos por su sangre derramada; son los primeros mártires por el nombre de quien venía para ser salvador de todos los hombres.
‘Es Raquel que llora por sus hijos…’ recordamos evocando también hechos antiguos. ‘Es Raquel que llora por sus hijos…’ pero podríamos evocar también el llanto por tantos inocentes que siguen muriendo en nuestro mundo. Serán las guerras siempre crueles y siempre injustas, y en la retina de nuestros ojos tenemos imágenes de tantas guerras de hoy, de tanta destrucción y de tanta muerte.
Rivalidades, fanatismos incluso religiosos, odio y enfrentamientos entre pueblos y naciones, luchas tribales en lo que simplemente por ser de otra tribu o de otro grupo destruyen a su paso cuanto encuentran. Pensamos en Irak y Siria por tenerlos muy cercanos o recordamos tantos pueblos de Afrecha que se destruyen unos a otros, o pensamos en no hace tanto tiempo muchos lugares latinoamericanos con guerrillas o ejércitos de liberación (?), o más allá en extremo oriente con fanatismos de razas y religiones. Pero es interminable la fila de inocentes en la que entran multitud de niños también.
‘Es Raquel que llora por sus hijos…’ pero será también aquí donde nos decimos que estamos en nuestra civilizada sociedad donde siguen muriendo tantos y tantos niños inocentes; seguimos viendo quizá niños abandonados a su suerte por nuestras calles o con madres que se aprovechan de su imagen mísera para implorarnos compasión en sus angustias y necesidades; seguimos viendo quizá niños maltratados, o por el contrario niños tan mimados a los que no se les prepara para una vida futura que puede ser dura y que luego creará tremendos dramas en la vida. Pero quizá no oigamos el llanto de las madres que se desprenden de sus hijos aun por nacer invocando no se cuantas razones o sinrazones, pero que quizá llevarán el drama en su interior pero sin querer reconocerlo por haberlos aniquilado con el terrible aborto.
No quiero ponerme trágico en esta reflexión que nos hacemos incluso en este entorno de navidad, pero son algunas de las imágenes que me evoca esta fiesta de los santos inocentes de Belén. Esa sangre inocentemente derramada tendría, sin embargo, que hacernos reflexionar mucho para caer en la cuenta de qué es lo que estamos haciendo de nuestras vidas y de nuestro mundo. Detrás, en el fondo, porque tenemos que contemplar a Jesús, tendríamos que descubrir un mensaje de vida, de esperanza, de compromiso en el amor que el Niño nacido en Belén – hoy lo contemplamos también desplazado, desterrado en tierra extraña que nos evocaría también tantas otras imágenes de nuestro tiempo – nos quiere transmitir.
¿No sentiremos en nosotros el compromiso por construir un mundo mejor, por hacer que todos tengamos una vida más digna, para que valoremos siempre toda vida que es muy importante porque es un don de Dios?