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martes, 30 de junio de 2026

Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere decirnos y despertar en nuestro corazón



 Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere  decirnos y despertar en nuestro corazón

Amós 3, 1-8; 4, 11-12;Salmo 5;Mateo 8, 23-27

Todos habremos pasado alguna vez por la dura experiencia de tormentas que envuelven nuestra vida y el miedo nos aborda y nos sobrecoge. Reciente tenemos porque aún se está viviendo la tragedia que está sufriendo el pueblo venezolano con los terremotos acaecidos en estos días con sus devastadoras consecuencias; intentamos ponernos en la piel de los que lo están sufriendo que se sienten indefensos y abandonados, con pérdida de esperanzas y sin saber cómo afrontar esos malos momentos y un día encontrar luz para su situación. Seguro que en sus corazones está también ese grito desgarrador elevado al cielo, como la de aquellos pescadores que se sintieron indefensos en medio de la tormenta y les parecía que Dios dormía.

Podemos unir una y otra cosa en esta reflexión que nos hacemos del evangelio que hoy se nos ofrece, porque también muchas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Aquellos pescadores avezados por otra parte a aquellos mares y tormentas se sentían sin embargo angustiados porque habían perdido la confianza. Les parecía que a Jesús no le preocupaba su situación. Sin embargo pedían ‘¡Señor, sálvanos que perecemos!’.

Por eso la reacción de Jesús cuando lo despiertan. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’. Por muy duras que sean las tormentas, por muy fuerte que sea la soledad e indefensión que sintamos, por muy oscura que se vuelva la noche de la vida, Dios está ahí. Y Dios se va a manifestar de alguna manera junto a nosotros para que se renueve otra vez nuestra fuerza interior, para que aprendamos de nuevo a confiar, para que sepamos leer las señales que Dios va poniendo a nuestro lado y sepamos entonces sentirnos arropados por su amor. 

Muchas veces quizás la prueba se alarga y no llegamos tan pronto a reconocer esas señales, pero en la prueba tenemos que aprender a confiar y no perder la esperanza; quizás después de que pase toda la tormenta nos daremos cuenta cómo Dios ha estado actuando en nuestra vida y por eso no hemos perdido la paz en el corazón, nos manteníamos firmes en nuestra lucha buscando caminos, buscando horizontes; detrás de muros que nos parecían infranqueables había quizás alguien que pensaba en nosotros y derramaba lágrimas con nosotros aunque no nos diéramos cuenta.

Siempre pueden surgir brotes de solidaridad donde pensábamos que todos eran insensibles, siempre habrá una mano llena de cariño que se pose sobre nuestro hombro para decirnos que están con nosotros aunque parezca que nada pueden hacer; siempre habrán buenos corazones llenos de ternura y compasión para sufrir con nosotros y ofrecernos el consuelo de su presencia. Detrás de esa tormenta también hay algo que el Señor quiere decirnos, quiere despertar en nuestro corazón. Sepamos leer esas señales de Dios.

Un día la tormenta desaparecerá y volverá la paz, y nos sentiremos nuevos y renovados y quizás también se mueven nuestros corazones para que desde la lección aprendida seamos capaces también de ser ese paño de lágrimas para quienes a nuestro lado están pasando esas situaciones difíciles.

Comenzábamos nuestra reflexión con una referencia a lo que sucede en estos momentos en Venezuela y todo esto que venimos reflexionando para esas nuestras tormentas personales lo podemos trasladar como un gesto solidario que el sufrimiento que en estos días los embarga. No somos insensibles ante lo que sucede porque podemos contemplar la solidaridad que por todas partes está aflorando. 

Pidamos a Dios que no les falte fortaleza en esta dura encrucijada y no pierdan la esperanza y de alguna manera vaya llegándoles los frutos de esa solidaridad en las ayudas que necesitan. Que no se sientan abandonados de Dios porque hay muchos corazones que les aman y les harán presente ese amor de Dios.


domingo, 23 de junio de 2024

Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

 


Tenemos también que embarcarnos para ir a la otra orilla porque hay una buena noticia que tenemos que anunciar

Job 38, 1. 8-11; Sal. 106; 2Corintios 5, 14-17; Marcos 4, 35-41

¿No podíamos decir también que en la vida andamos como en una travesía?  El sentido de la vida humana no es quedarse como anquilosado siempre en lo mismo sino que es búsqueda, es querer mirar más allá para ir también al encuentro de eso nuevo e incluso desconocido. 

Es la historia de la humanidad desde todos los tiempos; siempre en camino, siempre en búsqueda de algo más. Fueron los descubrimientos de nuevas tierras, las migraciones de un lado para otro, ha sido el camino del progreso y de la ciencia, de la filosofía y del conocimiento, porque siempre andamos en búsqueda; igual queremos hacer nuevos amigos, conocer nuevas personas, entrar en contacto con otras culturas  otras maneras de ver y de entender la vida y el mismo mundo.

No siempre fácil; muchas veces también con tropiezos y errores, era como probar algo nuevo, conocer algo nuevo sin saber lo que nos íbamos a encontrar. El mismo encuentro con otras personas algunas veces puede convertirse en tormenta, porque nos cuesta aceptarnos, descubrir la diferencia, pero encontrar también lo que nos acerca; y la tormenta puede venir de fuera, de los otros, de los imprevistos que encontremos, pero puede surgir también de lo más hondo de nosotros mismos, porque nos aparecen los resabios del egoísmo, porque nos hacemos insolidarios, porque brota el amor propio y el orgullo.

Una travesía que nos va tocando las fibras más íntimas de nuestro ser, una travesía que nos abre a nuevas transcendencias, nos ha descubrir nuevos horizontes, nos lleva a que podamos sentirnos iluminados por nuevas luces y a veces no sabemos por donde caminar, cual es la luz que mejor nos iluminará o el calor que nos pueda dar mejor vida. Y en medio de esas tormentas de la vida nos pueden surgir incertidumbres e interrogantes, que nos hagan tambalearnos en muchas cosas que nos parecían antes fundamentales. Y nos llenamos de miedos, y nos parece que nos sentimos solos, y nos parece que no hacemos pie y nos hundimos.

Hoy nos habla el evangelio de una travesía. ‘Vamos a la otra orilla’, les dice Jesús a los discípulos. Había que atravesar el lago tantas veces en calma y en principio parece que nada peligroso, pero en ocasiones los vientos bajados del Hermón en la hondura del lago en medio de aquellos valles producían inesperadas tormentas. La barca estaba en peligro; los discípulos aunque avezados pescadores se sienten indefensos frente a la tormenta y se llenan de miedo. Y Jesús está allí en medio de todo durmiendo sobre un cabezal en un rincón de la barca.

‘¿No te importa que nos hundamos?’, es la queja con que despiertan a Jesús. Podemos hundirnos cuando no nos sentimos seguros. Y en esa travesía de la vida hay muchos momentos en que no nos sentimos seguros. ¿Nos habrá faltado algo? ¿En la barca de nuestra vida llevamos lo suficiente para sentirnos seguros frente a toda esa avalancha de cosas que muchas veces se nos viene encima? Tenemos que llevar en la bodega de nuestra barca, de nuestra vida, lo necesario para tener esa seguridad.

Quizás a lo largo de la vida no nos hemos pertrechado lo suficiente en la búsqueda de unos valores permanentes, en un fortalecimiento de nuestro espíritu para hacer frente a todos los peligros que tenemos que arrostrar. ¿Nos habremos formado como personas y madurado lo suficiente a lo lago de nuestra vida? 

Muchos años hemos dejado pasar baldíos, en muchas ocasiones nos dejamos arrastrar por la superficialidad, habremos desperdiciado mucho tiempo de nuestra vida donde teníamos que habernos formado debidamente, pero lo dejábamos para más tarde, para otra ocasión, no hemos cuidado una profunda espiritualidad que nos haga sentirnos fuertes en nuestra fe.

Y claro, ahora le decimos a Jesús ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Pero Jesús nos dirá, ‘hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’. Jesús estaba allí, aunque les pareciera que dormía insensible a lo que estaba pasando. Jesús está aquí aunque muchas veces no hemos sabido contar con El lo suficiente. Jesús quiere avivar nuestra fe, quiere hacer que nos sintamos fuertes interiormente para esa travesía que tenemos que hacer. 

Esa travesía, como decíamos, que es la vida misma; esa travesía que es búsqueda, esa travesía que nos hace levantar nuestra mirada para buscar otros horizontes, esa travesía que tendría que hacernos crecer para sentirnos seguros, esa travesía, sí también, en la que nosotros tenemos que ir a ofrecer algo nuevo y distinto al mudo que nos rodea.

En esa travesía tenemos una misión; no nos podemos quedar enrollados en nuestros miedo, sino que con valentía tenemos que ir a ese mundo que nos rodea, porque hay una luz que tenemos que llevar, hay algo que tenemos que hacer para hacer un mundo nuevo, hay una esperanza que tenemos que sembrar, hay algo nuevo que tenemos que hacer descubrir a cuantos nos rodean. Es la buena noticia del evangelio que tenemos que anunciar. 

¿Estaremos dispuestos a embarcarnos con Jesús para ir a la otra orilla?

sábado, 27 de enero de 2024

Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

 


Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos, El está ahí y no nos deja solos, con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas

2 Samuel 12, 1-7a. 10-17; Sal 50; Marcos 4, 35-41

Seguramente que nos habrá sucedido alguna vez, que nos hemos visto con el agua al cuello, sin saber como salir de esa situación y donde lo vemos todo perdido. Problemas no nos faltan en la vida; quizás situaciones que ahora nos aparecen como consecuencia de algo que no hicimos bien; los mismos avatares de la vida que van y vienen y hay momentos de calma en que parece que todo va bien, pero de pronto se nos viene el mundo abajo; contratiempos y tropiezos con la gente con la que convivimos, situaciones inexplicables en que todo cambia a nuestro alrededor; mal entendidos que nos llenan de desconfianzas y se producen distanciamientos… muchas cosas podemos pensar.

Pero ¿cómo reaccionamos? ¿Nos dejamos morir porque no vemos solución y todo nos parece un fracaso? ¿Luchamos buscando medios, buscando ayudas, amarrándonos de lo que sea – un clavo ardiendo, decimos tantas veces – para ver como salimos, como nos levantamos, como las cosas vuelven a la calma de siempre? ¿Nos entra la desesperación, aparece la soledad que nos turba, nos llenamos de angustia? ¿Seremos capaces de mirar hacia lo alto buscando esa fortaleza que nos viene de arriba y tanto necesitamos?

La imagen que nos ofrece hoy el evangelio puede ser muy iluminadora para esas situaciones por las que pasamos. Jesús había estado predicando allí en la orilla del lago; cuando termina su predicación les dice a los discípulos más cercanos que ya comienzan a estar de una forma más estable con El de ir a la otra orilla.

Atravesar el lago, puede ser algo apacible y agradable, y bueno es hasta echarse una siesta por algún rincón de la barca. Pero también es frecuente, como consecuencia de las variaciones de los vientos que bajan de las montañas vecinas, estando el lago además en una depresión – está a un nivel más bajo que el nivel del mar Mediterráneo – que surjan sorpresivamente tormentas que puedan poner en peligro las barcas que se encuentren atravesando el lago.

Y es lo que sucedió. Y mientras los pescadores luchaban contra las inclemencias del tiempo, Jesús dormía plácidamente en un rincón de la barca. No saben qué hacer. Al final despertarán a Jesús, ‘¿no te importa que nos hundamos?’ Ellos habían hecho lo posible por salir de aquella situación. Ahora acuden a Jesús y con Jesús vuelve la calma. ‘Increpó al viento y al mar… y vino la calma’, nos narra el evangelista.

Pero es entonces cuando surge la pregunta. ‘¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?’ Habían ido conociendo a Jesús, escuchando sus enseñanzas, también comenzaban a ser testigos de los signos que realizaba cuando curaba a los enfermos e iban descubriendo también cómo los milagros no se quedaban reducidos a la curación de unas enfermedades, unas cegueras o unas parálisis, porque además se sentían transformados por dentro cuando de nuevo renacían en ellos las esperanzas. Pero ahora estaban contemplando algo nuevo. ‘¿Quién es este?’ se preguntaban.

¿Qué necesitamos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo nuevo que nos está ofreciendo para la vida? Decimos que Jesús es evangelio, es buena noticia para nuestra vida. ¿Cuál es esa buena noticia que nosotros necesitamos escuchar, descubrir en Jesús?

Pensemos en esas situaciones que describíamos antes en las que nos encontramos tantas veces en la vida. ¿Jesús tendrá algo que decirnos para todo eso por lo que pasamos? ¿La liberación que Jesús nos está ofreciendo responderá a esos momentos duros que pasamos tantas veces en la vida en que nos parece que andamos en un callejón oscuro y sin salida?

Jesús les recriminó a los que iban en la barca, ‘¿por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’ Pensemos que es lo que Jesús nos está diciendo también a nosotros ahora, mientras quizás escuchamos este trozo de evangelio y no sabemos cómo interpretarlo o qué lección sacar para nuestra vida. Nos lo está diciendo cuando en la vida tantas veces nos sentimos angustiados, amargados, agobiados por los problemas sin saber cómo salir adelante. ‘¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?’

 Con Jesús tienen que acabarse nuestros miedos. Sabemos que El está ahí y no nos deja solos porque con nosotros va en esa barca de la vida y en medio de esas tormentas de la vida. Sintamos la seguridad de su presencia, dejémonos envolver por la paz con la que quiere llenar nuestro espíritu.


martes, 28 de noviembre de 2023

Es difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta pero Jesús nos promete su paz y nos da seguridad para que no nos dejemos engañar

 


Es difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta pero Jesús nos promete su paz y nos da seguridad para que no nos dejemos engañar

Daniel 2,31-45; Sal.: Dn. 3,57-61; Lucas 21,5-11

Qué difícil mantener la calma y la serenidad en medio de una tormenta. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué va a suceder? ¿Hasta que punto llegará? Si podemos nos refugiamos, si estamos en casa no salimos, si nos coge en medio de nuestros trabajos, en los campos o de camino, buscaremos donde sea algún tipo de refugio que nos resguarde de las consecuencias de la tormenta. Nos las podemos encontrar con frecuencia.

Estamos hablando de las fuerzas de la naturaleza sobre las que no tenemos ningún tipo de dominio. Pero hay otras tormentas que también destrozan la vida y destrozan todo cuanto encuentran de camino; podemos hablar de las guerras, de la violencia desatada desde unas ambiciones, desde unas ínfulas de poder y dominio, desde las propias pasiones humanas que se desatan y no sabemos a donde pueden llegar.

¿Qué hacer? ¿Dónde refugiarnos? ¿A dónde podemos huir que encontremos la paz que necesitamos? Y son cosas que siguen sucediendo en nuestro mundo porque no terminamos de aprender la lección de otras situaciones semejantes que en la historia cercana también hemos ya vivido. Las tenemos ahí en las noticias de cada día y cuando vemos tanta destrucción y tanta muerte nos llenamos también de angustia y de amargura.

¿Dónde encontrar paz y serenidad? Son preguntas que nos rondan dentro del alma. Nos sentimos impotentes y nos volvemos rebeldes; hasta tenemos la tentación de responder a esa violencia también con violencia. ¿Es ese el camino?

De esto nos está hablando el evangelio hoy. El evangelista hace referencia a hechos y situaciones que incluso cuando se escribe el evangelio ya han sucedido, tras lo que Jesús había anunciado. Parte de una imagen preciosa que era lo que se contemplaba de la ciudad de Jerusalén y del templo en primer termino desde aquel bacón del monte de Los Olivos; y Jesús ante las consideraciones que se están haciendo, les dirá que no quedará piedra sobre piedra. Cuando se redacta el evangelio son hechos que ya han sucedido con la destrucción de la ciudad de Jerusalén en los años 70. En el relato del evangelista se recogen las preguntas que se hacen de cuando va a suceder todo lo que Jesús les anuncia.

Pero Jesús continuará hablando de otras situaciones que pueden producir momentos de inquietud e incluso de angustia. Es cierto que Jesús les ha hablado de su segunda venida, que será el final de los tiempos, pero Jesús les previene y nos previene frente a los agoreros de turnos, profetas de calamidades de todos los tiempos que continuamente nos estarán hablando de ese final de los tiempos para sembrar angustias e inquietudes. No son los caminos que nos pueden llevar a una verdadera conversión del corazón. Por eso Jesús les dice y nos dice que no nos inquietemos. ‘Mirad que nadie os engañe’, nos dice, ‘no tengáis pánico’.

Y nos habla Jesús de guerras y de revoluciones, de terremotos y grandes calamidades, nos hablará de fenómenos espantosos y de cosas que nos sorprenderán, pero Jesús nos está invitando a la serenidad y a la confianza, a no perder la paz del corazón. Tenemos la confianza puesta en el Padre del cielo que, como nos dirá en otra ocasión, no permitirá que se caiga un cabello de nuestra cabeza sin su consentimiento. Es el Padre bueno que nos cuida y nos regala su amor, que nos da fortaleza a nuestro espíritu y que nos ayuda a encontrar siempre caminos de paz. Esa paz que tanto necesitamos en nuestro corazón.

Porque todo esto de lo que nos ha estado hablando pueden significar también las tormentas de nuestro espíritu, esa inquietud que muchas veces nos revuelve por dentro y nos provoca hacernos muchas preguntas, esos contratiempos que vamos encontrando en la vida cuando parece que nuestros caminos se nos quiebran y nos agobian los problemas y las dificultades, esos momentos oscuros por los que todos pasamos en algún momento y que tanta inquietud siembran en nuestro corazón.

Por eso escuchamos eso que nos ha dicho Jesús ‘mirad que nadie os engañe’. Podrán venirnos son fáciles soluciones, podrán venirnos queriendo tener sueños que son irrealizables, podrán anunciarnos milagritos si hacemos esto o aquello que se convertiría en un talismán milagroso que todo lo soluciona. ‘Mirad que nadie os engañe’, nos dice Jesús, ‘no tengáis pánico’.

No es fácil en la tempestad mantener la calma, la serenidad, la paz. Pero Jesús nos dice también que El nos da la paz, que no es la paz como la da el mundo, pero que con su presencia en nosotros nuestro corazón se llenará de verdad de paz. Escuchemos la palabra de Jesús.

domingo, 13 de agosto de 2023

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

 


Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

¿Cómo nos sentiríamos si en un momento determinado nos confían una tarea que en sí misma es costosa y difícil y nos dejan solos para que salgamos adelante como podamos por nosotros mismos? Si con responsabilidad asumimos la tarea y queremos sacarla adelante pero nos vemos solos y diera la impresión que quien nos la confió se desentiende un tanto de nosotros mismos, seguro que no nos sentiríamos bien, aparecerían todas nuestras inseguridades, sentiríamos como que la tierra se hunde debajo de nuestros pies y casi desearíamos tirar la toalla y abandonar. La presencia más o menos cercana de quien nos confió la tarea nos anima y nos dan ganas de luchar, el sentir que están pendientes de nosotros avivará incluso nuestra responsabilidad y hasta nuestro ingenio para encontrar salidas.

Son cosas que nos pasan en la vida. Y no queremos sentirnos solos y abadonados como si nada importáramos; a la menor muestra de interés nos sentimos reconfortados y animados. Es cierto que en la tarea educadora el padre y la madre o quienes tienen responsabilidad sobre nuestro crecimiento humano, habrá  momentos en que parece que nos dejan solos para agudizar nuestro ingenio, nuestra fuerza de voluntad, el que creamos en nosotros mismos, para que nos esforcemos de sacar a flote todo lo que llevamos en nuestro interior y todas nuestras capacidades. Serán momentos de prueba de los que saldremos más fortalecidos si mantenemos un hilo de conexión que nos trasmita esa fuerza interior que necesitamos.

Hoy el evangelio nos presenta un episodio que puede ser bien significativo y en el que parecen darse algunas de esas características que hemos mencionado y de lo que hemos venido reflexionando. ‘Jesús apremia a los discípulos a que subieran a la barca y se les adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no va con ellos. Despidió también a la gente y El se fue a solas al monte para orar. Todo muy significativo. Todo que nos está hablando de nuestros caminos, de nuestras tareas, de lo que tenemos que realizar, de las dificultades incluso que vamos a encontrar.

La noche se les estaba haciendo larga a los que iban en la barca. No avanzaban, tenían el viento en contra, todo parecía que eran dificultades, hasta les pareció que los fantasmas los acompañaban. Y Jesús no estaba con ellos; aunque avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquellas aguas del lago, ahora todo les parecía más costoso y se sentían solos.

Nuestro camino y nuestras tareas, los mares embravecidos de la vida que nos vamos encontrando, las soledades que vamos sintiendo, las fuerzas que tantas veces nos flaquean, las tentaciones que nos agobian. Es nuestro camino personal de ese crecimiento interior que hemos de realizar, son nuestros compromisos que tenemos contraídos con la comunidad, son los momentos de nadar contra corriente en la vida, son momentos duros en que parece que nada ni nadie nos tiene en cuenta, que no valoran lo que hacemos.

Nos pasa en el día a día de la vida, en la familia, en el trabajo, en las tareas sociales con las que nos hemos comprometido; nos pasa también en las tareas que en la Iglesia vamos realizando, en nuestros grupos a los que pertenecemos y con los que queremos dar una respuesta en la vida a tantas cosas, a tantos gemidos de dolor que sentimos en derredor.

Hay una cosa que nunca nos tendría que fallar, la confianza de que, aunque se nos vuelva oscuro el camino muchos veces y no lo veamos, el Señor está ahí, a nuestro lado, nos tiene en cuenta y se convierte en nuestra fuerza que llegará a nosotros de la manera más insospechada. Pediríamos en ocasiones milagros que nos resuelvan las cosas, como Pedro que le pidió a Jesús que si era El pudiera ir también caminando sobre el agua a su encuentro. No busquemos actos portentosos para descubrir la presencia del Señor no nos dejemos confundir. No estaba Dios en la tormenta, no estaba Dios en el terremoto ni en el fuego, sino que Elías supo sentir a Dios en el susurro de la suave brisa.

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios. Ya Jesús nos lo ha enseñado que se ha marchado en la noche a solas a la montaña para orar. Es donde vamos a encontrar esa fortaleza interior, es cómo vamos a sentir la mano de Jesús que nos levanta cuando nos hundimos, es como vamos a sentir los suaves pasos de Dios que va caminando a nuestro lado y hablándonos al corazón. No estamos solos, Dios está siempre con nosotros.

lunes, 7 de agosto de 2023

Nos falta a nosotros encontrar esa seguridad de que Jesús está ahí y nos tiende su mano, sepamos irnos a solas con El en nuestra oración

 


Nos falta a nosotros encontrar esa seguridad de que Jesús está ahí y nos tiende su mano, sepamos irnos a solas con El en nuestra oración

Números 11, 4b-15; Sal 80; Mateo 14, 22-36

Nos sentimos muy seguros en nuestras convicciones, en aquellas cosas que hacemos, o al menos así queremos manifestarnos ante los demás; no queremos dejar al descubierto ese lado de nuestras debilidades, por eso algunas veces en aquello que queremos aparentar parece que nos comemos el mundo. Pero allá en lo secreto de nosotros mismos no siempre nos sentimos tan seguros de nosotros mismos, y buscamos ese amigo de confianza a quien mostrarle nuestras dudas y nuestros miedos; queremos sentir su brazo de apoyo aunque sea allá en lo secreto para que no se note nuestra flaqueza y nuestra debilidad.

Esa falta de confianza que nos impide dar todo lo que podemos de nosotros mismos; esos miedos que nos impiden avanzar; esos momentos oscuros en que parece que el mundo se nos viene encima; esos disimulos con los que andamos revistiéndonos de lo que no somos pero que a la larga dentro de nosotros mismos nos damos cuenta de esa falta de seguridad. Tendríamos que ser lo suficientemente maduros para mostrar nuestra seguridad, para tener confianza primero que nada en nosotros mismos; tendríamos que tener la lucidez de reconocer lo que nos falta y buscarlo donde lo podamos encontrar. Así andamos en la vida como zarandeados por un mar embravecido.

Nos sucede en el desempeño de nuestras responsabilidades, en las cosas que nos confían y que tendríamos que desempeñar, pero nos sucede en el interior de nosotros mismos porque ahí es donde están esos miedos e inseguridades que no queremos reconocer; nos sucede en ese compromiso de la vida y ese compromiso de nuestra fe que tendría que hacer que fuéramos más valientes, más decididos, más apóstoles en medio de nuestro mundo. ¿Y por dónde andamos? Quejándonos porque nos parece que el barco hace aguas.

Después del episodio de la multiplicación de los panes Jesús apremia a los discípulos a que suban a la barca que les llevaría de nuevo a Cafarnaún, mientras el despide a la gente; pero Jesús se va solo a la montaña a orar. Mientras el grupo de los discípulos en la barca que parece que no avanza, tienen el viento en contra y van sacudidos por las olas. Aunque avezados pescadores no saben cómo hacer avanzar la barca en medio del lago.

De pronto Jesús aparece andando sobre el agua, pero ellos se llenan de miedo; a las dificultades con que se están enfrentando se añade ahora esto que parecía ser un fantasma; aumenta su temor aunque escuchan la voz del maestro que les dice que no tengan miedo, que es El. Pero cuando las sombras revolotean sobre nuestras cabezas nada creemos, aunque nos parezca escuchar la voz del maestro. Pedro quiere cerciorarse y pide el que pueda ir también andando sobre el agua al encuentro con Jesús. Aunque Jesús le dice que se acerque el miedo sigue jugándole una mala pasada y una ola que se levanta le hace dudar y comienza a hundirse.

‘Hombre de poca fe, le dice Jesús, ¿por qué has dudado?’ ¿Por qué dudamos nosotros también tantas veces? Nos falta confianza, nos parece no tener en quien o en donde encontrar seguridad, nos dejamos envolver por las nubes de las dudas y de los miedos. Allí, sin embargo, está Jesús, que le tiende su mano para que en El se apoye y no se hunda.

¿Nos faltará a nosotros encontrar esa seguridad de que Jesús está ahí y nos tiende su mano? No es solo la seguridad que podamos tener en nosotros mismos, necesitamos otra fuerza, otra luz que nos viene de lo alto. Tenemos que saber reconocer nuestra pobreza. ¿Nos estará queriendo decir algo este pasaje que estamos comentando y los gestos que hemos visto realizar a Jesús?

Jesús se había marchado a solas al monte para orar después de despedir a la gente y enviar a sus discípulos a cruzar el lago. ¿Sabremos encontrar ese tiempo para estar con Jesús? ¿Sabremos encontrar ese tiempo para nuestra oración? Ese tiempo de oración es descubrir esa mano tendida de Jesús que no nos deja hundirnos como no dejó hundirse a Pedro. Es nuestra fortaleza, nuestra seguridad, es nuestra confianza.

martes, 4 de julio de 2023

Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

 


Hay miedos y cobardías que nos paralizan en noches oscuras, no nos dejan ver salidas y nos incapacitan para solucionar las cosas, pero Jesús está ahí aunque nos parezca que duerma

Génesis 19,15-29; Sal 25; Mateo 8,23-27

Una tormenta en medio de la oscuridad de la noche no es plato apetecible para nadie, y menos aún en una barca entre los embates de un mar embravecido. Acudimos a santa Bárbara cuando truena y todos los santos del cielo, como solemos decir, para vernos libres de esos malos momentos. Ahora en la sociedad en que vivimos en que al menos para algunas cosas todo son precauciones estamos saturados de las alertas que continuamente nos están avisando de cualquier borrasca que se nos acerque y nos pueda traer malos tiempos. No queremos vernos sometidos a ningún peligro.

No sé si en todo en la vida andaremos con esas precauciones, no sé cómo afrontaremos tantas borrascas que en la vida tenemos y que no son de orden climatológico. Pasamos en la vida también por malos momentos, las dificultades de la vida misma, pero los problemas que van surgiendo, unas veces desde decisiones llenas de error que nos conducen a unas situaciones difíciles de las que no queremos salir, otras veces con los encontronazos que tenemos en esos vaivenes de la vida y de nuestras relaciones con los demás, también aunque no siempre sabemos reconocerlo desde nuestro mundo interior que se llena de dudas y de interrogantes, que se encuentra con esas situaciones desafiantes y que nos hacen dudar hasta del sentido de nuestra vida; de muchas maneras y en muchas ocasiones nos encontramos atravesando un callejón oscuro en la vida que nos deprime, que parece que nos hunde, que hasta pone en peligro nuestra fe.

¿Qué hacemos? ¿A quién acudimos? ¿A quien podemos sentir a nuestro lado que nos de fe y confianza, en quien encontrar fuerzas para salir de ese pozo? ¿Nos encerramos en nosotros mismos y nos llenamos de amarguras? ¿Tratamos quizás de olvidarlo todo y queremos seguir la vida como si nada pasara, o dedicándonos a ‘vivir la vida’ para olvidarnos de todo? ¿Dónde encontramos esas anclas que nos den seguridad para comprender que el barco no se hunde por muchas que sean las tormentas?

El evangelio hoy nos da luz. Atravesaban el lago los discípulos con Jesús. Eran frecuentes las tormentas que levantaban en el lago, la depresión que en si mismo constituía el lago, las altas montañas del Hermón por una parte, las corrientes de aire del desierto y demás circunstancias hacían propicias esas tormentas inesperadas. Como pescadores de aquel lago tendrían sus conocimientos, pero no querían verse envueltos en medio del lago en una de esas tormentas. Pero es lo que ahora sucede. Jesús va con ellos, pero aun en el fragor de la tormenta Jesús duerme plácidamente en un rincón.

¿Qué hacer? porque aquello parece que se hunde. Y despiertan al Maestro porque no pueden comprender como les deja solos en una situación así. ‘¿No te importa que nos hundamos? Señor, sálvanos, que perecemos’. Es el grito, es la súplica. Quién curaba a los enfermos, expulsaba a los demonios y resucitaba a los muertos, ¿no podía hacer algo para liberarles de aquella situación? Es la súplica y es la duda, son los miedos y son las cobardías que nos paralizan, que no nos dejan ver salidas, que parece que nos incapacitan para hacer algo por solucionar las cosas. Cuántas veces nos vemos en la vida así.

Y Jesús se levantó, increpó al viento y al mar y la tempestad cesó. Un silencio intenso se hizo al acabar el fragor de la tormenta; un silencio al contemplar la autoridad de Jesús; un silencio que surgía de su interior reconociendo miedos que no nos gusta reconocer y cobardías que tratamos de disimular. Así se quedaron frente a Jesús. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’ fue el reproche de Jesús. No sé si podrían manifestar exteriormente algún signo de alegría después de pasar lo que pasaron, pero sobre todo después del reproche de Jesús que les hacía reconocer sus miedos y cobardías. Pero algo seguramente comenzaba a cambiar en su corazón.

¿Escucharemos también ese reproche que nos hace reconocer nuestros miedos y cobardías? Rumiemos en nuestro interior la lección de Jesús.


lunes, 5 de junio de 2023

El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

 


El Evangelio es palabra de Dios para nosotros hoy y en el hoy de nuestra vida seamos capaces de reconocer las maravillas que hace en nosotros

Tobías 1,3; 2,1b-8; Sal 111; Marcos 12,1-12

Comienza hoy diciéndonos el evangelio que  ‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos’ y al final del texto termina diciéndonos el evangelista que ‘intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente, y, dejándolo allí, se marcharon’.

Comprendemos fácilmente cuál fue la intención de Jesús entonces y desde ahí hacemos toda la interpretación. Pero tengo que decir que pobre se quedaría para nosotros esta escucha de la Palabra de Dios si solamente nos quedamos con esa interpretación que de alguna manera vemos fuera de nosotros. Si hoy se nos proclama este evangelio no es a la manera erudita de simplemente saber lo que Jesús hacia entonces y la respuesta negativa que estaban dando precisamente los dirigentes del pueblo judío.

Hoy se nos proclamado este texto y a nosotros, los de hoy, los cristianos del siglo XXI, los que la escuchamos en este día en la celebración litúrgica y los que quizás por nuestra cuenta hemos leído este texto del evangelio, a nosotros se nos ha dicho hoy, ‘Palabra de Dios’, o sea que es para nosotros la Palabra que Dios nos dirige. Es importante esto, porque tenemos que llegar a comprender lo que hoy a nosotros de una forma muy concreta, nos quiere decir el Señor con su Palabra.

Es la maravilla de la Palabra de Dios que siempre tiene algo que decirnos. Que tampoco podemos quedarnos en la interpretación de siempre, o la interpretación que hicimos en un momento determinado con un mensaje que en aquel momento el Señor quería dirigirnos. Y ahora en estas circunstancias concretas que vivimos de nuestra vida es lo que tenemos que saber escuchar que el Señor quiere decirnos. No se trata de forzar el texto para hacerle decir lo que no dice, o para ajustarlo a lo que puedan ser nuestros deseos o intereses. Es algo más, es lo que el Señor nos dice, nos pide.

‘¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros’ se preguntaba Jesús al final del relato de la parábola, que realmente no era una pregunta retórica, sino de alguna manera una denuncia de la respuesta negativa que había dado el pueblo judío a las maravillas que Dios había obrado en ellos. Pero ¿esa pregunta no se volverá contra nosotros? Es aquí donde tenemos que ver en concreto lo que hoy el Señor nos quiere decir. Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros ¿y cuál es nuestra respuesta?

No queremos ser negativos porque siempre hemos de saber ver aquellas respuestas que hayamos dado, aunque nos parezcan mínimas, pero creo que la balanza no se inclinará fácilmente a favor nuestro. Sin embargo quiero invitaros a que hagamos como un inventario de cuántas maravillas ha hecho el Señor con nosotros a lo largo de la vida. Si queremos quedarnos en lo más inmediato veamos tantos momentos de paz que hemos sentido a pesar de los momentos tumultuosos que hayamos tenido que pasar. Muchas angustias quizás hemos tenido y hemos acudido al Señor, y casi sin darnos cuenta incluso de lo que le habíamos pedido al Señor, aquellas tormentas pasaron y aquí estamos queriendo tener el corazón en paz. ¿No habría que reconocerlo? Y así cuantas cosas más.

Pero siguiendo con los inventarios continúa recordando tantos momentos de paz que has tenido en tu corazón, o esos pequeños gestos que en más de una ocasión habremos tenido de bondad con los que están a nuestro lado, o esa sonrisa que hemos mantenido en nuestro semblante, a pesar de la angustia que llevábamos por dentro, pero la mantuvimos porque sabíamos que con ellos podíamos hacer el bien a los que estaban a nuestro lado y necesitaban esa sonrisa que también a ellos les llenará de ánimo. Seamos capaces también de reconocer cuántas cosas buenas llevamos en el corazón, no para llenarnos de orgullo o vanidad, sino para saber también dar gracias al Señor. Es una manera de presentar nuestros frutos, los frutos de las cosechas de nuestra vida al Señor.

Será también un impulso que sintamos en el corazón que nos sigue empujando para que demos frutos de obras buenas que podamos seguir presentando al Señor.


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Aprendamos de José a ir a nuestro interior para escuchar ese susurro de Dios y aunque muchos sean los vientos de la vida, la luz permanecerá encendida

 


Aprendamos de José a ir a nuestro interior para escuchar ese susurro de Dios y aunque muchos sean los vientos de la vida, la luz permanecerá encendida

1Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Por muchos que sean los vientos la luz permanece encendida. Hemos pasado por vientos fuertes quizás, en algunos lugares por huracanes que todo lo destruyen; si tras el paso por una situación así, nos encontramos con una luz encendida nos podría parecer un milagro. ¿Cómo fue posible que se mantuviera encendida después de tanta destrucción?

Es el milagro que nosotros hemos de contemplar. En nuestra vida, en nuestra sociedad, en ese mundo nuestro tan complejo en el que vivimos, pueden venir fuertes vientos y tempestades, pueden venir momentos difíciles, puede parecernos que todo está tan convulso que no hay quien entienda nada y parece que no tenemos ninguna salida. Ahí está el milagro. Ahí está precisamente lo que es nuestra esperanza. Ahí está lo que estamos celebrando en estos días.

¿No contemplamos, en un determinado momento del evangelio, a Jesús y sus discípulos atravesando el lago en medio de un fuerte huracán cuando incluso parecía que Jesús se desentendía de todo y dormía plácidamente incluso en medio de aquella tormenta? Allí estaba Jesús y se levantó la calma. La luz se mantenía encendida.

Es la esperanza que nos anima desde la fe que hemos puesto en Jesús. La luz se puede mantener encendida. ¿Tenemos esperanza? ¿Hemos puesto nuestra confianza en Jesús? ¿Hemos asumido el evangelio y sus valores como nuestro sentido de vivir? La luz se mantendrá encendida. Pueden venir los temporales y los vientos de todos lados, pero sabemos de quien nos fiamos y quien mantiene encendida nuestra luz. Hemos de saber encontrar caminos.

Hoy el evangelio nos ha hablado de un acontecimiento trágico, ya en el inicio de la vida de aquel niño recién nacido en Belén. Herodes se ha sentido burlado por los Magos de Oriente que no le han hecho caso ni le han avisado de lo que él quería, y su orgullo y sus ansias de poder que podrían estar en peligro con un nuevo rey recién nacido – él sabía incluso que aquella corona que ceñía realmente no le correspondía – y se lanza por el camino de la violencia.

Cuántas veces hacemos lo mismo cuando nos parece que nos sentimos burlados, cuando no conseguimos lo que son nuestras apetencias, cuando descubrimos que hay otra verdad que no queremos aceptar, y nuestro orgullo y nuestra soberbia nos lleva a querer destruir cuanto haya a nuestro alrededor y nos suene a oposición. Cuánto de eso vemos incluso en los que detectan el poder en nuestra sociedad como quieren arrasar con todo lo que no sean sus ideas.

Nos habla el evangelio de aquella matanza de niños inocentes, porque a quien quería Herodes realmente hacer desaparecer era aquel niño recién nacido en Belén. Pero en medio de aquella crueldad hubo un camino. José en sueños recibe el aviso del ángel del Señor. Es la huida a Egipto que también tanto puede significar como testimonio para nuestra vida.

En medio de esas tormentas de la vida, ¿tenemos que saber soñar? Quizás. Pero creo que se nos quiere decir algo más. Ese sueño de José nos está hablando de su vida interior, de ese silencio que él sabía hacer en su corazón para escuchar la voz y la presencia de Dios y no sentirse solo en las situaciones difíciles por las que tenía que pasar. 

Cuánto tenemos que aprender a hacer ese silencio interior; cuánto tenemos que aprender a saber escuchar en nuestro interior. Muchas veces oímos el susurro de esa voz de Dios pero no la escuchamos, seguimos con lo nuestro, nuestras preocupaciones o nuestros intereses, o las cosas que nos entretienen y nos distraen.

Busquemos de verdad en el interior de nuestro corazón y por mucho que sean los vientos la luz permanecerá encendida. Es nuestra esperanza.

sábado, 31 de julio de 2021

Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

 


Nos cuesta rehacernos y nos vemos metidos en una espiral que no sabemos por donde romper pero Dios va poniendo señales en lo que nos sucede cada día

Levítico 25,1.8-17; Sal 66; Mateo 14,1-12

Hay momentos que podríamos que son de gracia para nosotros, aunque no siempre sabemos leer el mensaje que pudiera llegarnos tras ese momento, esas palabras que escuchamos, ese hecho que ha sucedido en nuestra presencia, esa persona que ha aparecido en nuestra vida. algo viene a nuestra memoria que nos impacta en su recuerdo aunque muchas veces queramos hacer oídos sordos ante aquello que vemos tan palpable delante de nosotros; podemos echarlo en el olvido, o podemos detenernos en la vida y reflexionar, aunque prefiramos en ocasiones seguir como si nada hubiera pasado y busquemos miles de justificaciones.

¿Le sucedería algo así al tetrarca Herodes cuando tiene noticias de Jesús? Ya en alguna ocasión vinieron a decirle a Jesús que Herodes andaba buscándolo. En esta ocasión se despiertan muchos recuerdos en su conciencia. ‘Ese es Juan que ha resucitado al que yo mandé matar’, se dice cuando le hablan de Jesús. Y el evangelio nos da detalles de cómo fue la muerte del Bautista, como tantas veces habremos reflexionado cuando nos hemos encontrado con este evangelio.

Algún evangelista dirá que Herodes tenia aprecio al Bautista y lo escuchaba con gusto, pero en la espiral de inmoralidad en la que metió su vida hizo que en lugar de escucharlo lo metiera en la cárcel a instigaciones de Herodías la mujer con la que vivía y que Juan le decía que no le era lícito vivir con la mujer de su hermano. Será con motivo de una fiesta como hemos escuchado y repito muchas veces meditado, al bailar Salomé la hija de Herodías, el tetrarca se juramenta con ofrecimientos hasta de su reino para complacer a quien le ha deleitado en el baile; es el momento de Herodías para quitar de en medio al Bautista.

Aunque pareciera que Herodes se quedó con una conciencia insensible después de la muerte de Juan, algo pesaba en su interior, que cuando oye noticias de Jesús piensa en aquel a quien había mandado matar. Era el momento de gracia, de llamada del Señor que Herodes no quiso escuchar, como tantas veces nos sucede a nosotros.

Tendrá oportunidad de otros encuentros con Jesús, como sería en medio de la pasión y entrega de Jesús. Pilatos envió a Jesús a Herodes, porque era de su jurisdicción ya que Jesús había comenzado a predicar en Galilea, territorio que le correspondía gobernar al tetrarca. Podíamos decir que es otro momento de gracia, pero cuando estamos en la pendiente la pendiente se hace resbaladiza y nos costará volver atrás. Aprovecharía para querer hacer fiesta con Jesús. 

Creo que estos aspectos que hemos resaltado podrían ser también ayuda para nuestra reflexión. Cuántas veces nos cuesta rehacer nuestra vida. Parece también que nos hemos metido en una espiral que cada vez se va haciendo más grande y no sabemos por donde romper para salirnos de esa trayectoria que parece que nos empuja. Dios sin embargo va poniendo señales en nuestra vida en aquellas mismas cosas que nos suceden cada día. Hay momentos que lo pasamos mal, momentos que se nos hacen difíciles, momentos en que parece que nos sentimos zarandeados por la vida y no sabemos cómo hacer pie ni donde apoyarnos.

En medio de esas turbulencias sepamos encontrar, descubrir ese momento en que aparece una luz, donde podemos encontrar un apoyo, sintamos la mano del Señor que siempre está tendida hacia nosotros buscando que nos agarremos a ella. El Señor pone señales de su presencia que hemos de saber descubrir.

No tengamos miedo a esas turbulencias de nuestro espíritu, porque sabemos que en medio de la tormenta también está el Señor, aunque nos parezca que está dormido sobre un almohadón como aquella vez en medio de la tormenta del lago. Que se despierte nuestra fe, nos apoyemos en el Señor y demos los pasos que necesitamos para rehacer nuestra vida. Su gracia no nos faltará.

martes, 29 de junio de 2021

Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

 


Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos

Hechos de los apóstoles 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19

Son momentos de una mayor intimidad. En ocasiones Jesús se los llevaba a lugares apartados donde pudieran estar solos para poder hablarles con una mayor cercanía. En ocasiones lo había intentado y se había encontrado con una multitud que estaba allá esperándole. Ahora caminaban casi a los límites de Palestina, allá por donde nacía el Jordán. Y llega el momento de preguntas y de confidencias.

‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Una pregunta que puede parecer genérica y que admitía también una respuesta genérica. Las gentes se manifestaban cuando veían las obras y los signos de Jesús o cuando escuchaban sus palabras. ‘Nadie ha hablado igual, decían… un gran profeta ha aparecido entre nosotros… Dios ha visitado a su pueblo’. Lo consideraban un profeta, un hombre de Dios. Si Dios no estaba con El no podía hacer las obras que El  hacía, como reconocería incluso Nicodemo. Un profeta muy grande, como Elías, como los antiguos profetas, como Juan el Bautista a quien todos habían conocido y también escuchado.

Pero Jesús quería algo más. Como diríamos nosotros, que se mojaran, que expresaran su propia opinión, que dijeran realmente lo que para ellos significaba Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Cuando las preguntas son directas así suele reinar el silencio, nadie quiere romper para comenzar a hablar. Pero allí estaba Pedro. El era decidido. El salía siempre el primero ya sea para expresar su pensamiento, para expresar dificultades ante lo que Jesús pide – ‘hemos estado toda la noche bregando y no hemos cogido nada’ - o también para tratar de disuadir a Jesús de que nada le podía pasar de todo aquello que anunciaba que le sucedería en Jerusalén.

Reticente, quizá al principio, ante el anuncio de su hermano Andrés, sin embargo se había dejado llevar por su hermano y había ido a conocer a Jesús. La sorpresa entonces sería que ya Jesús le cambiaría de nombre. Por eso cuando Jesús pasa a la orilla del lago y los invita a seguirle allí está pronto para dejar redes y barca y para irse con Jesús. Su casa en Cafarnaún se había convertido de alguna manera en la casa de Jesús, de donde partiría para todas sus correrías apostólicas. Sería, sin embargo, el que aunque veía la dificultad de la pesca, cuando Jesús le pide que reme mar adentro y eche las redes, estará pronto para hacerlo por la fe en la palabra de Jesús, ‘en tu nombre echaré las redes’. Se sentirá pequeño entonces ante las maravillas de Dios y no se considera digno de estar en la presencia de Jesús, ‘apartate de mi que soy un hombre pecador’, pero Jesús le quiere para ser pescador de hombres. Con Jesús haría aquellos caminos de Galilea y que un día le conducirán también a Jerusalén.

Pero eso ahora será el primero en tomar la palabra para dar respuesta a Jesús. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo, el Ungido de Dios, el Hijo del Dios vivo’. ¿Qué está diciendo Pedro? Con lo que está diciendo está expresando mucho más de lo que le gente se preguntaba si acaso Jesús no sería el Mesías. Pedro afirma con toda rotundidad que es el Ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¿Lo dirá por sí mismo? ¿Lo habrá ido aprendiendo en aquel contacto tan cercano con Jesús que mantenían aquellos discípulos escogidos? Sin embargo ninguno se había atrevido a afirmarlo. Por eso le dirá Jesús que no lo ha aprendido por sí mismo, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón.

Pero Jesús le dice más. ‘Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos’.

Un día le había cambiado de nombre y ahora viene a encontrar su significado. Es la piedra sobre la que se edificará la Iglesia. Cristo es la piedra angular, la que nos trae la salvación, es el único Salvador y Mesías. Pero aquella comunidad que va a nacer, todos los que van a confesar de la misma manera la fe en Jesús como el Hijo de Dios y nuestra salvación va a estar congregada en una unidad en torno a Pedro; Pedro va a ser esa piedra sobre la que se edificará la Iglesia, el que nos va a mantener en esa comunión y en esa unidad, el que nos va a mantener firmes en esa fe en Jesús. ‘Mantente firme para que alientes la fe de tus hermanos’, le dirá Jesús en otra ocasión.

‘El poder del infierno no la derrotará’. Podrán venir temporales, como la imagen de aquellas tormentas en medio del lago donde parecía que la barca se hundía. Allí está Jesús. Podrán venir momentos de duda, de tentación, de desaliento, de tener la impresión de que está todo perdido y hasta nos podrán nuestros miedos y aparecerán debilidades y cobardías, pero más allá de todo eso está la mirada de Jesús. Pedro lo pasó en el comienzo de la pasión, pero Jesús pasó a su lado en silencio, solo le habló con la mirada, y fue suficiente para su arrepentimiento. Más tarde porfiará una y tres veces que ama a Jesús, que Jesús bien lo sabe que está dispuesto a dar la vida por El, y Jesús seguirá confiando en él, ‘apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’.

Hoy que celebramos la fiesta de san Pedro y san Pablo – aunque en nuestro comentario nos hemos centrado más en la figura de Pedro -  es un momento muy especial para expresar y confesar nuestra fe en Jesús. Un momento de especial resonancia eclesial, cuando sentimos que Pedro es esa piedra sobre la que se fundamenta la Iglesia. Un momento para levantarnos con ánimo y con esperanza, porque a pesar de que sean muchas nuestras debilidades y negaciones, a pesar de las tormentas que en medio del mundo nos toca sortear, tenemos la certeza de la Palabra de Jesús. ‘El poder del infierno no la derrotará’, porque con nosotros está Jesús, nos ha dejado su Espíritu y poder sentir de manera especial su presencia en la Iglesia.

Y es que Cristo sigue confiando en nosotros, sigue confiando en su Iglesia, se sigue haciendo presente en el mundo a través de la Iglesia y de la vida de los cristianos. Hagámonos dignos de esa confianza de Jesús.

martes, 24 de noviembre de 2020

Nos da mucha esperanza y nos anima saber que, a pesar de los momentos tormentosos, hay muchas personas en nuestro entorno que están haciendo mucho bueno por los demás

 


Nos da mucha esperanza y nos anima saber que, a pesar de los momentos tormentosos, hay muchas personas en nuestro entorno que están haciendo mucho bueno por los demás

Apocalipsis 14,14-19; Sal 95; Lucas 21,5-11

Por supuesto que necesitamos soñar; en nuestros sueños la imaginación se vuelve creativa y desde ahí pueden ir surgiendo las ideas y el pensamiento con el que deseamos un mundo mejor y más lleno de felicidad. Nuestros sueños pueden ir forjando ese mundo mejor cuando pasamos del sueño a la realidad y aunque la realidad muchas veces es más cruda que los sueños sin embargo nos pueden dar la pauta de por donde mejor podemos caminar. Pero bien sabemos que no nos podemos quedar en fuegos fatuos, en sueños en los que no veamos la posibilidad de hacer realidad todo eso que soñamos y que anhelamos. Y ahí está el peligro. Porque también habrá quien alimente esos sueños vanos y sin fundamento y nos hagan creer que todo lo podemos conseguir a la mayor perfección y prontitud.

Y hay en la vida quienes nos alimentan esos sueños vacíos y sin fundamento haciéndonos creer que simplemente desde el poder o el dinero podamos alcanzar ya ese paraíso en la tierra; cuántos nos hablan de una sociedad del bienestar, y no es que no la deseemos y luchemos por un mayor bienestar en la vida, pero si tenemos que discernir muy bien cual es el mejor bienestar para la persona y lo que tendríamos que construir para nuestra sociedad. Cuantas promesas fatuos escuchamos en este sentido que nos encandilan y nos encantan de tal manera que nos parece que ya lo tenemos todo conseguido. Pero quizás no nos hemos preocupado de darle una hondura a la vida, de buscar los verdaderos valores que nos pueden hacer más felices sabiendo también que para luchar por esos valores algunas veces tendremos que hacer caminos difíciles de compromiso y sacrificio.

De esto no nos quieren hablar cuando nos hacen tantas promesas. Luego vendrán los desencantos, las frustraciones, cuando las cosas cambian y parece que el mundo se nos viene abajo. Cuántas angustias y cuánta desesperación cuando vemos que todo aquello con lo que habíamos soñado como una cosa muy fácil ahora a la menor dificultad se nos ha venido abajo como un castillo de naipes. No habíamos puesto quizá aquellos valores que amasasen bien la vida para darle fortaleza y estabilidad. Lo que nos está sucediendo con los momentos que ahora nos ha tocado vivir.

Creo que las palabras que hoy escuchamos a Jesús en el evangelio y más dichas en los momentos y circunstancias que Jesús les anunciaba nos pueden venir bien también a nosotros hoy. Está en el templo rodeado de sus discípulos y de mucha gente. Era un gozo y placer para todo judío encontrarse en el templo de Jerusalén y fácilmente se quedaban también extasiados ante tanta belleza y esplendor con que el templo resplandecía. Estaba, por otra parte, lo que en el orden religioso significaba para ellos el templo de Jerusalén que venía a ser como el centro de toda su vida pues allí se sentían en la morada de Dios.


Y es entonces cuando les dice que todo aquel esplendor que ahora están contemplando un día va a ser destruido. Está anunciándoles proféticamente lo que sucedería años treinta o cuarenta años más tarde con la destrucción de Jerusalén y de su templo. Aquello para el alma de un judío era un mazazo muy fuerte y algo que no se podían creer que les sucediera. Pero Jesús les dice que no pierdan la calma. Y les habla de catástrofes y de guerras, de destrucción y de exterminio… un poco se mezclan en las palabras de Jesús la destrucción del templo pero también los últimos tiempos que era algo que también estaba muy metido en el alma del pueblo judío sobre todo después de los grandes últimos profetas.

Ellos preguntan cuando va a suceder todo esto, pero Jesús sobre ello no da señales, pero si les habla de la serenidad del espíritu que han de mantener en esos tiempos difíciles. ‘No os dejéis engañar’, les dice, porque esos tiempos difíciles son los propicios para anuncios de apariciones y de cosas milagrosas. Bien lo sabemos por la historia y como cada cierto tiempo aparecen esas manifestaciones que llamamos milagrosas. ‘No tengáis pánico’ cuando todas esas cosas vayan sucediendo.

¿No será lo que también necesitamos escuchar hoy? Ante los problemas que se acumulan, la situación no solo sanitaria sino social que estamos viviendo es fácil que nos entren las angustias y los agobios, que perdamos la serenidad. Bien sabemos por otra parte que son momentos muy aprovechados desde diversos intereses que siempre los hay en la sociedad y hay gente que además siembra esa inquietud. Solo con serenidad y paz podemos afrontar la situación, por eso hemos de mantener la esperanza en el corazón, sentir la fuerza del Señor que nunca nos abandonará por muy oscura que nos parezca la noche, y hemos de saber rescatar todos esos valores que nos ayuden a crecer como personas y que dan verdadera fortaleza a nuestro espíritu.

Es el momento de la solidaridad, pero también de la cercanía que hemos de mantener con las personas aunque ahora por la situación parezca que lo que tenemos que hacer es alejarnos, pero hay muchas maneras de poder acercarnos hoy a los demás para que no se sienta tanto la soledad; es el momento del buen ánimo que también dé ilusión y alegría a los que están cerca de nosotros, porque siempre hay cosas hermosas de las que podemos disfrutar, siempre pueden haber buenos gestos que llenan de un perfume nuevo la vida. Miremos que hay muchas personas buenas en nuestro entorno que están queriendo hacer mucho por los demás, y esto nos tiene que dar esperanza y animarnos.