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jueves, 25 de junio de 2026

Dejémonos sorprender y también interrogar por las palabras de Jesús que nos abren a nuevos caminos de vida

 


Dejémonos sorprender y también interrogar por las palabras de Jesús que nos abren a nuevos caminos de vida

2 Reyes 24, 8-17; Salmo 78; Mateo 7, 21-29

La vida nos sorprende a cada paso y tendríamos que reconocer que ahí precisamente está su riqueza, pero quizás esas sorpresas que nos vamos encontrando producen estupor o inquietud, porque nos hacen que tengamos nuevos planteamientos, una nueva visión de la cosas o de lo que sucede, nos haga interrogarnos interiormente por aquello que hacemos y su sentido y valor, nos haga corregir posturas, pero siempre quizás detrás se nos abre una nueva esperanza porque nos hace ver nuevos horizontes. 

No siempre quizás nos consideremos preparados para esa novedad que se nos plantea, porque quizás nos sentimos cómodos con lo que hacemos, nos deja en nuestras rutinas y nos parece que con lo de siempre no necesitamos tanto esfuerzo, que no siempre nos gusta. Si nos ponemos a reflexionar seriamente nos damos cuenta que eso nos sucede en muchos aspectos de la vida.

Así nos sucede con el Evangelio; lo escuchamos pero no siempre quizás dejamos que penetre dentro de nosotros produciéndose revoltura interior porque nos es más cómodo seguir en lo de siempre. Lo escuchamos pero quizás sean palabras que se lleva el viento, no nos detenemos lo suficiente a rumiar, a plantarlo en el corazón. pero tenemos que darnos cuenta de que tenemos que tomárselo en serio.

Hoy al final de este texto que hemos escuchado, vemos que nos dice el evangelista que  ‘la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como sus escribas’. ¿Quienes son los que sienten admiración? Como en otros lugares del evangelio se nos dice serán los pobres, los humildes, los sencillos los que sentían renacer la esperanza en sus corazones cuando escuchaban a Jesús.

Porque las palabras de Jesús en ese diálogo que sostiene con la gente siembran inquietud, son sorprendentes y están planteando actitudes y posturas nuevas. No nos vale estar diciendo todo el día ‘¡Señor! ¡Señor!’ Es cierto que es un grito de fe y con ello estamos proclamando que Dios es el Señor de nuestra vida a quien acudimos, pero también nos está diciendo Jesús que no solo hemos de decir eso sino que necesitamos ponernos en camino. A Dios lo agradaremos no porque gritemos que creemos en Él, sino porque queremos escucharle y hacer su voluntad. ¿Será esa nuestra manera de hacer nuestra oración a Dios? Pensemos que muchas veces vamos más con nuestra lista de peticiones preparada para despachar con Dios, que con los oídos del corazón abiertos para sentirle y para escucharle. ¿De verdad cuando salimos de nuestra oración salimos llenos de Dios porque nos hemos dejado inundar por su presencia?

Es que nosotros hacemos tantas cosas buenas, nos decimos, porque damos nuestras limosnas, porque vamos a la Iglesia de vez en cuando, porque cumplimos nuestras promesas, porque le llevamos flores a la Virgen… y así nos hacemos muchas consideraciones donde pensamos que ya hacemos lo suficiente.

‘Aquel día muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?. Entonces yo les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obran la iniquidad’.

Son fuertes las palabras de Jesús. por eso a continuación nos habla de la casa edificada sobre roca o sobre arena; ¿cuál será la que soportará firme los embates de los temporales? El que escucha las palabras de Jesús y las pone en práctica; no deja que se las lleve el viento, ni se las coman los pajarillos del cielo o se sientan ahogadas por los abrojos, como nos enseñará en otra parábola del evangelio. 

¿Cuál es el camino que nosotros estamos haciendo? ¿Nos dejamos sorprender pero también interrogar por las palabras de Jesús para abrirnos a nuevos caminos? 


sábado, 21 de marzo de 2026

Tomemos posiciones valientes y dejémonos inquietar sin miedo por la Palabra de Dios que nos hace buscar algo nuevo y distinto que se haga vida en nosotros

 


Tomemos posiciones valientes y dejémonos inquietar sin miedo por la Palabra de Dios que nos hace buscar algo nuevo y distinto que se haga vida en nosotros

Jeremías 11, 18-20; Salmo 7; Juan 7, 40-53

Es necesario tomar posición en la vida, definirnos, decir claramente lo que pensamos o lo que queremos, aunque sepamos que nuestras posturas van a resultar incómodas para muchos. Creo que es algo que los cristianos de hoy también tendríamos que tener muy claro y en consecuencia ser valientes. Nos encontraremos con gente que se posesiona de distinta manera, respetar a esas personas no significa que tengamos que comulgar con sus ideas abandonando nuestros principios, ni podemos tener miedo de la situación de preponderancia que puedan tener quienes opinan distinto en la sociedad en la que vivimos, pero nuestra verdad no la podemos callar.

Hoy el evangelio nos presenta un momento un tanto complejo en la relación o en la reacción que muchos puedan tener ante Jesús. Nos irá apareciendo ahora en estos últimos días de la cuaresma, en nuestra preparación para la celebración de la pascua esos momentos en que aquellos que no aceptan a Jesús comenzarán a maquinar contra El. Pero nos vamos encontrando también quienes van descubriendo en Jesús algo distinto. Unos decían que en verdad eran un profeta, sintiéndose interrogados interiormente por su palabra pero también por los signos que Jesús va realizando. Otros dirán que eso es imposible, porque de Galilea nunca había surgido un profeta, y además sabían que Jesús no se había instruido en aquellas rabínicas de Jerusalén. Sin embargo sentían que su palabra los interrogaba por dentro.

Cuando los dirigentes de Jerusalén quieren apresar incluso a Jesús y mandan a unos guardias que ejecuten esa orden se encontrarán que vuelven con las manos vacías, no se habían atrevido a realizar aquel prendimiento por temor al pueblo que escuchaba y reverenciaba a Jesús. La respuesta de aquellos guardias a la pregunta de por qué no lo habían apresado era que nadie había hablado nunca como lo hacía Jesús. Y ya escuchamos la respuesta dura de los fariseos. ‘¿También vosotros os habéis dejado embaucar? ¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en él? Esa gente que no entiende de la ley son unos malditos’.

Pero aquellos guardias habían sido valientes y se habían arriesgado a no hacer lo que les pedían. Escuchaban algo nuevo en las palabras de Jesús. Habían tomado también posición, como la estaba tomando también Nicodemo, aquel magistrado que una noche había ido a hablar con Jesús, que les dice que no se puede condenar a nadie sin escucharlo. Pero recibirá los improperios de sus compañeros por esta palabra de defensa de Jesús que había pronunciado.

Cuando ahora en nuestro camino cuaresmal estamos nosotros reflexionando sobre el evangelio en esta preparación que hemos de hacer de nuestro espíritu para poder vivir la pascua quizá tendríamos que preguntarnos en qué medida en el mundo en el que vivimos hoy nosotros como cristianos nos estamos posicionando. Podríamos estar queriendo nadar y guardar la ropa al mismo tiempo, como dice el refrán, o podíamos estar queriendo nadar entre dos aguas. Necesitamos posicionarnos, necesitamos ese coraje que nos da el espíritu del Señor para dar ese testimonio.

No nos podemos quedar en unos actos que pudieran ser o muy solemnes, o muy llenos de artificio, o simplemente en un sentimentalismo provocado por unas imágenes que vemos pasar pero que no dejamos que penetren profundamente dentro de nosotros. Tenemos el peligro de la superficialidad religiosa en quedarnos en ostentaciones en cierto modo vanidosas, pero sin dejar que la Pascua cale hondamente en nuestra vida para dejarnos transformar por el evangelio de Jesús. Tendríamos que hacer una revisión profunda de la manera como entendemos y vivimos nuestra religiosidad porque aunque plasmemos plásticamente unas escenas del evangelio, sin embargo el evangelio pudiera estar muy lejos de todo eso, y entonces no calar en nuestra vida.

La Palabra de Dios tiene que inquietarnos y no hemos de tener miedo a esa inquietud que nos hace buscar algo más, que nos hace profundizar en el mensaje del evangelio para darle ese sentido profundo que necesita nuestra vida.

sábado, 31 de enero de 2026

Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

 


Tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús, aunque hayan borrascas y oscuridades, porque hoy también tenemos que hacer el anuncio del evangelio

2Samuel 12, 1-7a. 10-17; Salmo 50; Marcos 4, 35-41

¿Le tenemos miedo a la oscuridad o a un lugar tenebroso? Quiero de antemano decir que en los lugares donde me muevo nuestros caminos están alumbrados; pero bien pronto nos quejamos si por cualquier razón falta un día la iluminación de esos lugares por donde transitamos. No están tan lejos para nosotros pero quizás muy presente en muchos lugares esa oscuridad que no ayuda a caminar con tranquilidad, más otros temores que nos llenan de temores por tantos otros peligros que pudieran aparecer; no iríamos solos por esos lugares, buscaríamos la compañía de quien nos diera confianza y seguridad para poder hacerlo con tranquilidad.

Aunque no son solo esas las oscuridades que nos llenan de temores en la vida; lo incierto del futuro, el lanzarnos a otros horizontes de la vida, el tener que asumir nuestras responsabilidades, el emprender tareas nuevas con todas las incertidumbres que acompañan, el embarcarnos en algo nuevo y distinto a lo que estábamos acostumbrados a realizar, y no digamos quienes tienen que dejar atrás sus lugares habituales para ir en búsquedas de un futuro mejor, y ahí estoy pensando en todo ese mundo de la inmigración, que a algunos nos inquieta el que nos lleguen personas nuevas, pero no podemos olvidar lo que pasa por las mentes de quienes tienen que abandonar su tierra y no siempre en las mejores condiciones para buscar un futuro mejor. Nuestra tierra canaria se ve envuelta en ese problema de la inmigración, cosa que nos preocupa, pero nos olvidamos que en otro tiempo nosotros o nuestros mayores fueron también inmigrantes.

Me vienen estos pensamientos y reflexiones desde la página del evangelio que hoy se nos ofrece. Es ya el atardecer y Jesús les dice a los discípulos de ir a la otra orilla. Atravesar en la noche el lago no era cosa muy agradable sobre todo con las tormentas que en él se solían levantar. Es lo que sucede, la barca poco menos que hace agua; aquellos pescadores avezados a esas tormentas luchan por mantener la deriva de la barca, pero parece que la tormenta se hace cada vez peor.

Y Jesús, ¿dónde está? Durmiendo a pesar de la tormenta en un rincón de la barca. No pueden más. Lo despiertan. ‘¿No te importa que nos hundamos?’ es el grito, es la súplica, es la amargura con que se dirigen a Jesús. ‘¡Hombres de poca fe! ¿por qué dudáis?’ A pesar de estar Jesús en la barca se sentían solos, como si a Jesús no le importara.

Son significativos los detalles que se convierten en signo de muchas cosas para nosotros, para nuestra vida. Hay que ir a la otra orilla, nos está diciendo Jesús también. Y el hecho de que pensemos que tenemos que embarcarnos en algo distinto ya nos hace aparecer los temores, las preguntas sobre esa otra orilla a la que nos quiere embarcar Jesús. Preferimos quedarnos en nuestra comodidad o en nuestra rutina; siempre se ha hecho así, nos decimos ¿por qué tenemos que intentar otras cosas, otros métodos quizás, otras tareas más evangelizadoras? Se nos pone todo turbio delante de nosotros, no sabemos qué hacer o como emprender esas nuevas tareas.

Pero hoy la Iglesia necesita ir a la otra orilla, salir de esas aguas tranquilas donde nos hemos acostumbrado a navegar, y no queremos darnos cuenta que son otros tiempos, que son otras exigencias, que son otros planteamientos lo que tenemos que hacernos. Y nos contentamos con guardar el ganado que tenemos pero no nos damos cuenta que hay muchas otras ovejas a las que tenemos que ir a buscar. En esa dejadez en la que vivimos con tan poca inquietud misionera vemos los derroteros de nuestra sociedad, vemos como se va perdiendo el sentido cristiano de la vida en nuestra sociedad. Es que los tiempos cambian, nos dicen algunos, pero en este nuevo tiempo también tenemos que anunciar el evangelio, también tenemos que dar a conocer el nombre de Jesús. Tiempos de borrascas y de oscuridades, de temores y de dudas, nos van apareciendo. Como los discípulos aquella noche en la barca. Pero tenemos que ir a la otra orilla, como nos invita Jesús.

Y no digamos que nos sentimos solos, porque Jesús con la fuerza de su Espíritu está a nuestro lado, aunque algunas veces nos desentendemos de tal manera que no nos damos cuenta de la presencia de Jesús; y así nos vienen nuestros miedos y nuestras cobardías.

‘Hombres de poca fe, ¿por qué dudáis?’, nos dice también a nosotros Jesús. Con El siempre tenemos que sentirnos seguros.

martes, 23 de diciembre de 2025

Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

 


Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Salmo 24; Lucas 1, 57-66

Alegría y regocijo como siempre es el nacimiento de un niño, sorpresa y admiración, preguntas e interrogantes eran las emociones y sentimientos que corrían en las montañas de Judea ante lo que estaba sucediendo en aquella pequeña aldea. Se gozaban con la madre que daba a luz un niño porque siempre era considerado una bendición de Dios y más aún en las circunstancias donde parecía que no podía ser madre pero ahora había logrado ese don de Dios; esto además les causaba gran sorpresa y conmoción por un hecho tan inusual, lo que le llevaba a interrogantes y preguntarse qué les quería decir Dios con tales hechos; lo acontecido en su circuncisión y la imposición del nombre aun les había dejado más descolocados, por el deseo de Isabel y la corroboración por parte de Zacarías de que su nombre sería Juan. Eran un pueblo creyente que en todo quería leer el actuar de Dios. ‘¿Qué va a ser de este niño?’ se preguntaban.

Hoy nosotros también nos hacemos una lectura creyente y con la tradición de la Iglesia desde siempre encontramos en Juan el cumplimiento de las profecías. Era aquel mensajero de la alianza, que cual otro Elías era como fuego de fundidor o lejía de lavandero que venía a preparar los caminos del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías.

Son los sentimientos y es la apertura de nuestro corazón con la que escuchamos en la inmediatez ya de la celebración de la Navidad estos textos de la Palabra de Señor. Aunque hoy estamos escuchando el relato de su nacimiento y circuncisión ya hemos venido escuchando a lo largo del Adviento esa predicación de Juan allá en el desierto, junto al río del Jordán que nos ayudaba también a nosotros a preparar los caminos del Señor.

Su voz sigue resonando en nuestro corazón. La figura del Bautista está muy presente en el camino de la Iglesia, no solo por todo lo que lo escuchamos y meditamos en el camino de nuestro Adviento sino porque también a lo largo del año litúrgico nos aparece en ocasiones para que en verdad nos vayamos centrando en el evangelio de Jesús. Son palabras fuertes las que le escuchamos al profeta que tendrían que despertarnos de cierta atonía espiritual que tantas veces nos envuelve. Nos vamos dejando arrastrar por las rutinas y la tibieza espiritual en las que hemos envuelto tantas veces nuestra vida de fe y necesitamos esa voz y ese grito que nos despierte.

Esa tibieza en la que vivimos dejando a un lado tantas veces la radicalidad del evangelio nos lleva por una pendiente peligrosa que se convierte a veces en un sincretismo que nos lleva a no saber dónde estamos o dónde deberíamos estar;  todo nos parece bien, nos conformamos fácilmente con lo que otros hacen o dicen, la altura de nuestras metas cada vez las rebajamos más para entrar en aquello de la ley del mínimo esfuerzo, andamos en ocasiones tan confundidos que no nos damos cuenta que desde fuera nos están imponiendo hasta la manera de celebrar nuestras fiestas cristianas, a las que incluso se les despoja de su verdadero nombre.

Muchas veces vamos a escuchar estos días ‘felices fiestas’, pero no feliz navidad, se le dará más importancia a celebrar el nuevo año y no importa que sea a medianoche, pero a la misa del gallo de medianoche la hemos trasladado por nuestras comunidades hasta convertirla en una simple misa vespertina, la importancia se la damos a los regalos que nos trae papá Noel y a eso llamamos fiestas de navidad.

¿No necesitaremos una voz como la del Bautista que nos despierte? ¿No seguiremos necesitando su figura austera vestida de piel de camello que se contraponga a las vaporosas pieles de nuestras vanidades y lujos para celebrar a un Niño que nace pobre en un portal porque ni siquiera en la posada había sitio para El? ¿Llegaremos a fijarnos a quienes viven en semejantes condiciones a nuestro alrededor en el frío de la noche de Navidad?

¿No serán interrogantes que también tendrían que plantearse en nuestro corazón a la hora de la celebración de la Navidad?


jueves, 9 de octubre de 2025

Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

 


Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Salmo 1; Lucas 11,5-13

¿A dónde voy a llamar si parece que nadie me va a responder? Quizás en alguna ocasión habrá tenido la experiencia de llamar y al final desistir porque nadie le respondía tan pronto como hacía su llamada. ¿Le faltaría insistencia, quizás?

Alguna vez nos habremos encontrado a alguien que venía buscando una determinada persona, le habían dicho que por aquel lugar vivía, pero ahora no sabía donde ir a llamar porque todas las puertas estaban cerradas y podría parecer que allí no había nadie. Demasiadas puertas y ventanas cerradas nos vamos encontrando hoy a nuestro paso por calles y caminos; quizás los mayores añoramos aquellos tiempos en que las cancelas y las puertas siempre estaban abiertas o podíamos abrirlas sin necesidad de llamar mucho. ¿Nos habrán invadido los miedos y las desconfianzas? Pero quizá aquella persona que buscaba se encontró con alguien que la animó a llamar sin miedo e insistir en la llamada, asegurándole que alguien le iba a responder.

La invitación hoy del evangelio es a que perseveremos en nuestras búsquedas y llamadas, que no temamos pedir aquello que necesitamos porque vamos a tener respuesta, vamos a encontrar lo que buscamos, van a responder a nuestra llamada. Aunque este pasaje del evangelio muchas en nuestros comentarios hagamos alusión a la oración, a nuestra relación con Dios, creo que está queriéndonos decir mucho de esas búsquedas profundas que tenemos que hacernos en la vida, de ese deseos de conocer y de saber, de ese deseo de crecer, de ese deseo de buscar hondamente sentido a la vida o de búsqueda de respuestas a muchos interrogantes que tenemos en nuestro interior.

El que quiere crecer tiene que buscar, tiene que llamar. Muchas veces somos nosotros mismos los que nos estamos cerrando puertas en nuestro conformismo o con nuestros miedos; nos contentamos con lo que somos o con el estado en que estamos y no buscamos algo nuevo, algo mejor, algo que de verdad nos haga crecer. Esas búsquedas muchas veces son costosas y son arriesgadas; si las vamos haciendo con sinceridad abiertos a lo que nos vamos a encontrar, podría ser que se volvieran exigentes con nosotros mismos porque nos obligan a salir de nuestras rutinas, o arrancar las hierbas que nos parezcan externamente bonitas de nuestras malas costumbres que nos encierran en nosotros mismos.

Hay que ser valiente para ponerse en camino de búsqueda, porque el que se pone en camino no se refugia en lo que ya tiene ni se contenta con ello, y para poder ponerse en camino a buscar seguramente tendrá que desprenderse de muchas cosas que podrían ralentizar su avance por el camino nuevo. Se volverá una exigencia para nosotros. Necesitaremos abrir puertas en nosotros mismos.

Apertura de puertas para salir nosotros, pero también para dejar entrar. Alguien a nuestro lado podría estar queriendo llamar, pero, como decíamos antes, le parece que porque las puertas y ventanas están cerradas no hay nadie que les pueda responder. Nos toca, pues, a nosotros abrir puertas para que sepan que pueden contar con nosotros porque estamos dispuestos a responder.

Nos toca quitar miedos y desconfianzas, porque seguimos con muchos miedos y desconfianzas ante quienes nos parecen desconocidos, nos parecen extraños porque no son los que hemos visto siempre, porque somos muy prontos a poner etiquetas y hacer discriminaciones solo dejándonos llevar por apariencias que puedan ser distintas. Pensemos cuál es la acogida que hacemos a quienes emigrantes llegan a nuestras costas o a nuestras tierras. Creo que hay que pensar y decir en este sentido.

Estamos aplicando estas palabras de Jesús a este lado humano de la vida para el cual son también buena noticia de salvación, porque es un invitación a unas actitudes nuevas y a unos valores nuevos en los que tenemos que profundizar, pero no olvidemos cuanto nos quiere decir en lo que es nuestra relación con Dios, esa oración en la que necesitamos ser tan perseverantes, porque aquí no puede haber desconfianzas porque sabemos que estamos queriendo relacionarnos con un Dios que es nuestro padre y nos ama. No olvidemos sin embargo que Jesús nos habla de esa acogida de Dios, en la medida en que nosotros sepamos ser acogedores con nuestros hermanos, sean quienes sean.

domingo, 14 de septiembre de 2025

Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

 


Un regalo de amor que Dios nos hace, una luz para nuestras oscuridades, un sentido para nuestra cruz de dolor y sufrimiento, una puerta de salvación

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17

Dos pensamientos como interrogantes me vienen a la mente ante la celebración de este día. Por una parte ¿a quién le gusta la cruz? Sé que muchos fácilmente me responden hablando de su significado religioso conforme a una tradición que hemos seguido desde siglos, podríamos decir; pero hagámonos la pregunta de una forma cruda, ¿a quien le gusta el sufrimiento, la muerte, el dolor, y todas las consecuencias de ignominia incluso que trae consigo una cruz?

Todos rehuimos el sufrimiento, le tememos a la muerte, no nos gusta vernos condenados porque seamos ignorados por los demás o porque tengamos que cargar con el sambenito de algo que echan sobre nosotros. Sabemos que para algunos incluso pudiera sonar a una incongruencia el hablar tanto de la muerte y de la cruz, y sé que en ciertos ambientes incluso se rehuye el hablar del tema, se evita a los niños, los jóvenes lo ignoran, etc., etc.…

La otra cuestión que me viene a la mente está en preguntar sobre quien es capaz después de haber recibido el rechazo de alguien además quizás hasta de una forma violenta, luego es capaz de hacer los mejores regalos a esa persona que tanta ignominia, por ejemplo, ha cargado sobre ella. ¿Qué pensaríamos de una persona que tuviera esa forma de actuar? Algunos dirían, incluso, que eso es una locura, a quien me hizo daño o me rechazó hacerle los mejores regalos. Con lo fáciles que somos para tener reacciones de rencor y resentimiento, para dejar de hablar de forma fulminante con quien creemos que nos ha hecho daño, de cómo ignoramos inmediatamente a esas personas y las alejamos de nuestra vida. Estamos viendo continuamente esa acritud y resentimientos que se manifiestan de tantas maneras en nuestra sociedad.

¿Podríamos, entonces, llegar a entender en toda profundidad lo que hoy se nos dice en la Palabra de Dios? Rechazamos a Dios y Dios viene en nuestra búsqueda con los mejores regalos de amor. Rechazamos a Dios, sí, en esa negación de Dios que hacemos en la práctica de nuestra vida; está ese rechazo de Dios, de todo lo que tenga un sentido religioso que contemplamos hoy en nuestra sociedad; rechazo de Dios es esa inhumanidad con la que vivimos que no solo es el olvido, la forma con que nos ignoramos los unos a los otros, que de alguna forma es un alejarnos del principios del evangelio que de alguna manera a través de los siglos habíamos querido que fuera el fundamento de nuestra sociedad, que por eso mismo la llamábamos cristiana; claro que pensamos también en todos los que luchan directamente contra todo lo que tenga un sabor cristiano o religioso queriendo imponer una sociedad pagana en el hoy de nuestro mundo. Estamos haciendo desaparecer de nuestras calles incluso todo lo que sea un signo religioso o tenga un sabor cristiano. Es una realidad que tenemos ahí ante nosotros.

Pero aquí es donde tenemos que escuchar el mensaje de la cruz y el mensaje que hoy quiere transmitirnos la Palabra de Dios. El amor de Dios no nos falla, Dios sigue amando al hombre y al mundo a pesar de nuestro rechazo; Dios sigue ofreciéndonos el mejor regalo que es su amor y que se nos manifiesta precisamente en Jesús y en su muerte en la cruz.

Esa cruz que por una parte nos puede representar todo lo que es el dolor del hombre, de una humanidad rota y destrozada; una cruz que nos manifiesta y nos recuerda sufrimientos y muerte, nos recuerda la inhumanidad con que vivimos y nos seguimos matando los unos a los otros con nuestras guerras y nuestra destrucción, que muchas veces concretamos demasiado fácilmente en estos focos calientes de muerte y destrucción de los que con tanta intensidad nos hablan los medios de comunicación, pero que es también esa violencia con que nos tratamos los unos a los otros, con esa violencia con la que algunas veces nos queremos manifestar en contra de la violencia de la guerras - ¿en qué nos diferenciamos? -, esa violencia de gestos y palabras con las que nos queremos desprestigiarnos los unos a los otros y hasta destruirnos.

Pero la cruz quiere decirnos algo más, porque a nosotros nos habla de amor y de grano de trigo enterrado para hacer germinar la planta de una vida nueva. Por eso cuando hoy nosotros contemplamos la cruz al mismo tiempo recordamos ese regalo de amor que Dios quiere hacernos, a pesar de nuestros rechazos, o a pesar de tanta búsqueda de muerte en la que estamos andando en nuestra vida.

Hoy nos lo ha dicho el evangelio cuando nos narra ese episodio de aquel hombre que desde su noche acudió a Jesús y en Él descubrió lo que era el germen de verdad de una vida nueva. Había que nacer de nuevo le decía Jesús a Nicodemo, aunque a este en principio le costará entenderlo. Pero ahí está la Palabra que nos habla de ese amor de Dios, que tanto ama a ese mundo oscuro que ha preferido las tinieblas a la luz que le envía el mejor regalo de amor, porque nos entregó a su Hijo.

Y esto es lo que tenemos que contemplar en la cruz, esto es lo que hace que hoy la celebramos en esta fiesta de la Exaltación de la santa Cruz. Por en esa cruz está un nombre sobre todo nombre, como decía el Apóstol San Pablo. Y como continuaba diciéndonos ‘al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre’. Así nos diría el evangelio, ‘porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por Él’.

Encontramos así respuesta a aquellos interrogantes que nos hacíamos al principio. No es muerte, sino que es vida; no es condenación sino salvación. Es el regalo que Dios sigue haciéndonos y que así se nos manifiesta. Es el recuerdo permanente que ante nuestros ojos tenemos, no de una forma mágica, sino como un camino exigente que nos hace entrar en una senda nueva y que nos lleva a una vida nueva.

Es una luz para nuestras cruces y sufrimientos, que levanta las oscuridades que nos aparecen de una forma o de otra en nuestra vida y nos hacen encontrar un sentido incluso al sufrimiento y a la muerte. Nos detenemos quizás con temblor ante esa cruz que se nos presenta en la vida y que no siempre entendemos, pero en Jesús encontramos respuesta, en Jesús nos llenaremos de nuevo de paz.


lunes, 18 de agosto de 2025

Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

 


Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

Jueces 2,11-19; Salmo 105; Mateo 19,16-22

Andamos por la vida en una carrera loca queriendo ser más, queriendo tener unos medios en nuestras manos que nos ayuden a vivir bien, en nuestra locura nos afanamos por tener más y ansiamos tener los medios que sean para vivir mejor, tener de todo, lo que llamamos disfrutar de la vida, buscamos mejores puestos, que nos consideren alguien importante en la vida, buscar las mejores satisfacciones, pero quizás en un momento nos detenemos, paramos esa carrera, porque aunque tengamos de todo, poder e influencia incluso, sin embargo quizás nos sentimos insatisfechos, como si estuviéramos vacíos y nos preguntamos quizás qué más podemos hacer, que tendríamos que hacer para sentirnos llenos de verdad.

¿Nos habrá pasado a nosotros? ¿Alguna vez habremos sentido un revulsivo por dentro que nos hacía hacernos preguntas sobre nuestra vida, lo que hacemos y lo que somos, o las metas que tendríamos que tener? ¿Vivimos quizá en la inconsciencia de solamente dejarnos arrastrar por la vida, lo que palpamos en nuestro ambiente, lo que son las aspiraciones de la mayoría? ¿Nos habremos encontrado en alguna ocasión con personas que se hacen esos planteamientos porque se sienten vacías? Alguna confidencia de un amigo o de alguien que encontró confianza en nosotros hayamos podido quizás encontrar. ¿Habremos sabido darle respuesta? No es fácil.

En el evangelio hoy nos encontramos con un caso así. Un joven que se acerca a Jesús para hacerle una pregunta que para él considera importante y no sabe cómo darle respuesta. Ya nos dirá luego el evangelista al continuar el relato que era rico. Habrá escuchado en alguna ocasión hablar a Jesús o visto su forma de actuar que le hizo sentir interrogantes en su corazón. No se siente satisfecho con su vida a pesar que tiene de todo e incluso por lo que luego vamos viendo también una buena educación. Pero sabe que le falta algo. ¿Qué tiene que hacer? ¿Será algo que de alguna manera pueda comprar con los medios y riquezas que posee?

También nosotros muchas veces pretendemos solucionarlo todo comprando cosas que hacer. Algunos regalos que hacemos ¿en cierto modo no tienen en el fondo esa finalidad? Pasa en nuestras mutuas relaciones, pero pasa en algo más hondo en nuestra relación con la Iglesia y con las cosas de Dios; con dinero parece que lo solucionamos todo, hasta la vida eterna de nuestros difuntos, cuántas más misas paguemos parece que nuestros dineros sirven de llave para que se abran las puertas del cielo.

Pero las medidas de Jesús son otras. Hay cosas que no se pueden comprar con dinero. Lo que viene planteando este joven rico tiene otros caminos de solución. Es una vida que hay que vivir, por eso le dice Jesús que cumpla los mandamientos. Los mandamientos no son simplemente unas reglas o unos protocolos que hay que seguir, los mandamientos nos dan un sentido de la vida que va a ser la base de ese crecimiento como personas y de ese crecimiento humano y espiritual. No son cosas para rellenar una casilla.

Claro que este joven era bueno, en eso había sido educado y como dice él los ha cumplido desde su niñez. Entonces Jesús mirándole a los ojos con cariño le dice que ha de dar un paso más en su vida, ha de saber despojarse de las cosas para llenar su vida de lo que verdad vale. Por eso le pide que se desprenda de lo que tiene, que comparta todo con los que nada tienen, aunque él se quede desnudo externamente de esas riquezas y de esas vanidades externas que parece que eran lo que le hacía poderoso, se verá en verdad lleno por dentro, como le dice Jesús, tendrá un tesoro en el cielo.

Podía parecerle fácil la solución que él pedía, que era algo así como comprar la vida eterna haciendo algunas cosas, pero Jesús le está diciendo que encontrar el camino de la vida eterna es vivir ahora en ese sentido de vida. No podrá dar ese paso, porque aun su corazón no está preparado para desprenderse de todo y se marchó triste.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar nosotros? Son preguntas que tenemos que hacernos, son procesos de nuestra vida  para encontrar lo que de verdad nos llene, lo que dé sentido de plenitud a nuestra vida. El evangelio nos va señalando los pasos que cada día hemos de ir dando. Jesús nos está mirando a los ojos y esperando nuestra respuesta.


domingo, 22 de diciembre de 2024

Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

 


Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

Vamos a ver qué sucedió, qué pasó es lo primero que se nos ocurre hacer cuando nos llega noticia de algo acaecido en nuestro entorno. ¿Curiosidad? Algo de eso puede haber de entrada, queremos saber, pero también está la disponibilidad de ver qué podemos hacer; no nos quedamos quizás con los brazos cruzados, sin que nos digan nada quizá ya estamos disponiendo lo que habría que hacer, o le preguntamos a los interesados directamente en qué podemos ayudar. Es algo que nos surge espontáneo en un deseo de servicio, en una sensibilidad que llevamos en nuestro interior y que ojalá nunca perdamos.

A María le llegaron noticias, en este caso a través del ángel al mismo tiempo que ella también recibía una misión, de lo que estaba sucediendo allá en las lejanas montañas de Judea con su prima Isabel, que siendo ya mayor y después de mucho desearlo, estaba esperando un hijo. Y el evangelio nos dice sencillamente que María se puso en camino lo más rápido que pudo para ir a casa de Zacarías e Isabel.

Muchas veces hemos escuchado y meditado este pasaje evangélico. En la liturgia de en medio de semana ayer mismo lo escuchamos. No resta eso por repetido para que sigamos sintiendo ese evangelio, sintiendo, escuchando esa buena noticia – evangelio – que Dios tiene para nosotros hoy. La insistencia de un mismo texto en que contemplamos a María ponerse en camino ¿no será un signo, una llamada especial que Dios ahora, en el momento en que vivimos nos está transmitiendo?

No es en este caso la curiosidad, pero sí puede ser una invitación a una mirada con ojos distintos ese mundo en el que vivimos al que tenemos que servir como lo hizo María con aquellos ancianos en esas circunstancias concretas que estaban viviendo. Y esta llamada nos llega en estos momentos en que vamos a celebrar la Navidad, como una indicación, una dirección hacia donde tenemos que dirigir nuestros pasos. Fue presencia de Dios de una manera especial en aquel hogar de las montañas de Judea con la presencia de María.

Ya hemos meditado muchas veces toda la reacción que se produjo con la llegada de María, en la propia Isabel, en la criatura que llevaba en sus entrañas, posteriormente veremos también a Zacarías, el que en principio había dudado a pesar de ser un hombre de fe, pero que prorrumpirá en cánticos de alabanza a Dios consciente ya de todo el misterio de Dios que allí se estaba manifestando; fue finalmente la misma reacción de las gentes del lugar que se admiraban por todo lo que estaba sucediendo y les hacía preguntarse por el significado de todo ello.

Cuando por nuestra fe nos disponemos a celebrar Navidad ¿no tendríamos también que ponernos en camino con disposición en nuestro espíritu para abrirnos a algo nuevo que el Señor quiera manifestarnos? Podría estar pidiéndonos una nueva actitud de servicio, una nueva salida de nuestras rutinas de siempre para encontrarnos con alguien que esté necesitando algo de nosotros, de nuestra fe, de nuestro amor. Allí estaban unos ancianos que estaban solos y necesitados de ayuda en la montaña y María fue hasta ellos. ¿Habrá alguna soledad que podemos mitigar y consolar haciéndonos presente en la vida de alguien?

Todo aquel camino de María despertó la fe de aquella familia, primero Isabel llega a reconocer esa especial presencia de Dios porque se deja guiar por el Espíritu para reconocer la grandeza de María – la madre de mi Señor – para bendecirla por su fe, lo mismo que hará finalmente Zacarías. Nuestras actitudes, nuestra manera de celebrar la navidad y de vivir nuestra fe tendría que ser un rayo de luz, una llamada o un toque de atención a quienes están a nuestro lado para descubrir un nuevo sentido de la navidad.

¿Seremos capaces de despertar la fe de los que están a nuestro lado? Como aquellos vecinos de las montañas se preguntaban sobre el significado de todo lo que sucedía, ¿seremos también nosotros interrogante para alguien que les lleve a descubrir a Dios? Nos quejamos tantas veces de ese mundo que nos rodea que ha perdido la sensibilidad de la fe, a quienes nada les dice ya ni la religión ni el evangelio, y que nos miran a la Iglesia de una forma en que no nos sentimos a gusto, ¿en qué medida estamos siendo evangelio en medio de nuestro mundo? ¿En qué medida estamos siendo anuncio de esa buena noticia de salvación para el mundo de hoy?

Tenemos que decidirnos ya de una vez por todas a ponernos en camino. Es mucho lo que tenemos que llevar al mundo que nos rodea. Es hermoso el anuncio que tenemos que hacer y que no podemos ocultar. Hagamos que brille un poquito más esa luz de Jesús, esa luz del evangelio. Pongámonos en camino de evangelio.

sábado, 2 de noviembre de 2024

Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

 


Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni será un vacío, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Todos habremos pasado en algún momento de nuestra existencia por esa ruptura del alma que ha significado la muerte del padre o de la madre, o de algún ser querido, por esos vacíos que quedan en el alma por la ausencia de los seres queridos, y aunque hayamos querido remendar esos rotos del alma sustituyéndolos con otros cariños, o de alguna manera olvidar esas ausencias, sin embargo no podemos quedarnos en el estoicismos de la indiferencia ante ese hecho de la muerte. Muchas preguntas quedan siempre pendientes, muchos interrogantes que lanzamos al cielo o que nos remuerden en nuestro interior para los que queremos una respuesta, que muchas veces se nos hace difícil encontrar.

En nosotros hay un ansia de vida y de vida en plenitud, todo eso bueno de lo que ahora podemos disfrutar tenemos el deseo de vivirlo sin sombras que lo palidezcan, porque queremos encontrar un sentido, saber de donde venimos y a donde vamos, qué valor tienen los pasos que vamos dando aquí en la tierra, y tenemos los deseos de una continuidad que no queremos ver rota con la muerte. Nuestra fe en Jesús nos ayuda a encontrar esa respuesta y ese sentido.

En el evangelio que habitualmente se nos proclama en esta conmemoración de los fieles difuntos que hoy celebramos se nos habla de una familia rota también por la muerte de uno de sus miembros, aparecen las quejas del alma de quienes no entienden esa ruptura de la vida y quejas que van dirigidas a Jesús, porque según aquellas mujeres, no supo estar a tiempo en aquellos momentos. Cuando llegó, ya Lázaro llevaba cuatro días enterrado, y ellas pensaban que si Jesús hubiera estado allí eso no habría sucedido.

Pero tenemos que leer y escuchar con atención este evangelio; sí, es evangelio, sigue siendo buena noticia para nosotros hoy, sigue siendo buena noticia para aquellos que sufren la ruptura y el vacío de la muerte; es anuncio de vida para nosotros hoy, como lo fue para aquella familia de Betania que a pesar de todo seguía creyendo en Jesús, poniendo su confianza en Jesús y en su Palabra.

‘Tu hermano resucitará’, les dice Jesús. En ellas estaba su fe y su esperanza en la trascendencia final de la vida, pero Jesús quiere ayudarles a descubrir algo más. No solo es cuestión de restitución de la vida mortal lo que Jesús les está ofreciendo. Les habla de quien cree en El tendrá vida para siempre. La vida no se queda reducida a los pasos inseguros que podamos dar por los caminos de esta tierra, Jesús nos habla de otra vida más hondo que dará valor a esos pasos, que nos dará fuerza para esos pasos en los que muchas veces nos podamos sentir inseguros y vacilantes, nos habla del valor nuevo que va a tener nuestra vida cuando dejemos que sea la vida de Jesús la que llene nuestra vida. Y todo eso con valor de eternidad.

¿Qué es lo que le va a dar valor a esos pasos, nos va a dar fuerza para nuestro camino, hará que no sintamos que nuestra vida sea un vacío? Sigamos a Jesús, vivamos lo que Jesús nos ofrece, llenemos desde el amor de sentido nuestra vida, la responsabilidad con que vivimos la vida de cada día la hará fecunda y comenzarán a florecer los frutos del amor, de la amistad verdadera, de la paz y armonía en la convivencia, de unas relaciones justas entre unos y otros, de la verdad que dará autenticidad a nuestra existencia. Será una huella hermosa la que iremos dejando, será un oloroso perfume con que hagamos más agradable nuestro mundo, aparecerá la fecundidad de una vida que se prolonga en quienes vienen tras nosotros en ese camino y en cuantos nos rodean.

Hoy Jesús nos dice que creamos en El y tendremos vida eterna. Pongamos nuestra fe en Jesús y no se nos romperá la vida ni nos llenaremos de vacíos, nuestra vida tendrá un sentido de plenitud distinta, no temeremos la muerte porque sabemos que en Dios tendremos vida en plenitud.

jueves, 26 de septiembre de 2024

Que no pesen en nosotros los miedos y las cobardías, que seamos capaces de dejarnos interrogar por Jesús y el evangelio para hacernos nuevos planteamientos

 


Que no pesen en nosotros los miedos y las cobardías, que seamos capaces de dejarnos interrogar por Jesús y el evangelio para hacernos nuevos planteamientos

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

Puede pasarnos alguna vez que algún acontecimiento que se produce en nuestro entorno nos produce una cierta inquietud, porque quizás no calibramos bien las consecuencias que tendrá y lo que nosotros pudiéramos vernos implicados, o quizás es una palabra que escuchamos, la actitud o la postura de una persona ante determinadas situaciones, los que nos pueden producir esa inquietud, plantearnos interrogantes sobre la vida, sobre lo que hacemos o sobre lo que va a suceder.

¿A quien no le inquietan los momentos que vivimos, ya sea en nuestra sociedad cercana donde no terminamos de entender por ejemplo a nuestros dirigentes ni a dónde nos llevan, o lo que esta sucediendo en nuestro mundo con tantos tambores de guerra que están sonando? Pero, como decíamos, quizás alguna vez simplemente es una persona que vemos actuar cerca de nosotros que nos hace preguntarnos de qué manera nosotros nos estamos implicando con la marcha de nuestra sociedad. Inquietudes de todo tipo pueden aparecernos muchas veces en la vida. ¿Cómo reaccionamos?

Me hace pensar en todas estas cosas y mucho más que podríamos seguir deduciendo en nuestra reflexión, lo que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando escuchamos el evangelio no nos quedamos reducidos a aquel momento que en él se nos relatan, sino que pueden ser en verdad imagen donde veamos reflejada nuestra vida y nuestras problemáticas de hoy. Es la forma cómo tenemos que hacer que en el evangelio encontremos esa respuesta y esa luz para nuestra vida.

Herodes estaba oyendo hablar de aquel profeta de Galilea que allá por su territorio realizaba sus andanzas; a él llegan noticias de Jesús de Nazaret, claro que tendría sus medios de información como todo dirigente o todo político, porque cuanto sucediera en su reina a él le afectaba también. Y como nos dice el evangelista Herodes se pregunta quien es ese Jesús del que tanto oye hablar. Llegan diferentes versiones según también lo que eran las distintas opiniones que tenía la gente sobre Jesús. Ya sabemos que había quien lo rechazaba, no estaba de acuerdo con lo que hacía Jesús, pero mucha gente sencilla lo aclamaba.

¿Sería Juan el bautista que había vuelto a la vida? Y Herodes andaría inquieto puesto que había sido él quien lo había mandado matar. Pero le hablaban también de un profeta del que se decía que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego y que un día antes de la venida del Mesías haría de nuevo su aparición sobre la tierra; otros pensaban que Jesús era como alguno de aquellos grandes profetas de la antigüedad; no había concordancia y eso le hacía también estar inquieto a Herodes preguntándose por Jesús y queriendo conocerlo.

¿No se atrevería ahora porque podría echarle en cara, lo mismo que había hecho Juan Bautista a quien él también le gustaba escuchar, sobre la vida que llevaba? Algunas veces parece que queremos algo, pero mejor no menearlo por si acaso nos salga el tiro por la culata, como se suele decir, se vuelve en contra nuestra.

Toda esta reflexión también nos llevaría a nosotros a hacernos algunas preguntas. ¿Tendremos en verdad inquietud y verdaderos deseos de conocer a Jesús porque hay cosas que nos dice el evangelio que nos hace hacernos nuevos y distintos planteamientos? ¿O quizá andemos nosotros también reculando, no atreviéndonos a enfrentarnos con ese conocimiento y escucha de Jesús porque eso nos tendría que hacer tomar decisiones drásticas para nuestra vida? Muchas veces reculamos, muchas veces no queremos saber para no complicarnos, muchas veces quisiéramos cerrar ojos y oídos para no enterarnos. ¿Será que no nos tomamos tan en serio el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús? Muchas veces pesan en nosotros los miedos y las cobardías.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

 


Preguntas que nos hace Jesús hoy y preguntas que nos hacemos sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida sin temor y con corazón abierto

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Todos nos hacemos preguntas, algunas veces parece que nos vienen en cadena, otras surgen en un momento determinado casi por sorpresa, o no las hace la vida misma; preguntas sobre nosotros mismos, preguntas sobre aquellos que nos rodean, preguntas sobre esas personas que nos parecen importantes para nosotros; preguntas cuyas respuestas pueden tener sus consecuencias para nosotros, para lo que va a suceder y que quizás nos cuesta asumir; preguntas que nos dan miedo o que nos sorprenden, preguntas que pueden darle una vuelta a nuestra vida,  preguntas en fin sobre las que queremos encontrar una respuesta.

Hoy en el evangelio es Jesús el que hace unas preguntas, que en principio podrían parece inocentes, porque era recoger aparentemente las opiniones de los que les rodeaban; pero pregunta que poco a poco va comprometiendo, porque hay que dar una respuesta personal, pero respuestas que van a tener sus consecuencias, porque al final estará haciendo que los que se hagan las preguntas de donde están son los propios discípulos, o aquellos que quieren seguir a Jesús. Que todo puede ser al mismo tiempo un itinerario que nosotros también hemos de recorrer.

Primero pregunta Jesús sobre lo que piensa la gente del Hijo del Hombre; las respuestas son variadas según la percepción que la gente va teniendo de lo que hace Jesús, por eso le ven como un profeta, como un gran profeta como los grandes profetas antiguos, o como el recientemente martirizado Juan Bautista, con lo que también esas respuestas pueden tener algo de profecía.

Pero Jesús da un paso más, porque ahora pide una respuesta personal de aquellos que en este momento le rodean, sus discípulos más cercanos. Les impacta la pregunta ‘y vosotros, ‘¿quién decís que soy yo?’ La respuesta no pueden ser generalizaciones sino que tiene algo más personal y será Pedro el que se adelante a responder. ‘Tú eres el Mesías, el Cristo’, el Hijo del Dios vivo. Otros evangelistas nos dejarán el comentario que hizo Jesús a esta respuesta de Pedro, que no la da por si mismo sino porque se lo ha revelado el Padre del cielo.

Pero Marcos, en el evangelio de hoy, hace que en esa pregunta y en esa respuesta veamos todo lo que tienen que ser sus consecuencias. El sentido del Mesías en Jesús es distinto. Por eso Jesús irá sacando consecuencias que ahora irán haciendo que sean los discípulos los que se interroguen por dentro y en cierto modo hagan una opción. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días’. No era esa la imagen que ellos tenían del Mesías a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado y anunciado.

Aquello les impacta y les deja descolocados y como siempre será Pedro el que comience a hablar y actuar. Son interrogantes en el interior que no nos pueden dejar paralizados. Eso no puede suceder, eso no le puede pasar a Jesús con todo lo que la gente piensa de El y le busca y quiere seguirle. Pedro trata de convencer a Jesús, que no sé si será tratar de convencerse a si mismo de lo que Jesús les está planteando. Pero Jesús le rechaza, le aparta de su lado ‘¡Quítate de en medio!’, poco menos que le dice porque ‘eres una tentación para mí’.

Pero Jesús, ya dirigiéndose a todos, ¿dirigiéndose a nosotros quizás también?, nos vendrá a aclarar lo que va significar la fe que tengamos en El. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?’ No son solo palabras bonitas o aprendidas de memoria las que nos definen la fe que tenemos en Jesús sino que tienen que ser unas actitudes nuevas que hemos de tener en nuestro corazón.

¿Será así cómo nosotros queremos ser en verdad discípulos de Jesús? ¿Hasta dónde llega nuestra fe en El? Porque quizás estaremos muy entusiasmados cuando parece que son los buenos momentos, las grandes aclamaciones y los momentos de fervor, cuando quizás nos metemos en medio de una multitud entusiasta porque parece que todo es como una fiesta.

Cuando tenemos que ver la realidad que hay a nuestro lado, cuando descubrimos el sufrimiento de tantos, o cuando nos salen las cosas mal, cuando nos vemos envueltos en problemas que no parece que tengan solución, enfermedades que nos hacen sufrir en nuestros seres queridos o en nosotros mismos, cuando se nos hace difícil porque no todos nos entienden y parece que nadamos a contracorriente, cuando tenemos que comenzar a desprendernos de muchas cosas que llevamos demasiado apegadas en nuestra vida porque nos damos cuenta de que están muy lejos de los valores del evangelio, cuando tenemos que comenzar a compartir olvidándonos de nosotros porque vemos que hay otra gente con mayor necesidad, cuando tenemos que aceptar incluso a aquellos que no nos caen bien, ¿cómo reaccionamos? ¿Escuchamos y asumimos esas palabras que nos ha dicho Jesús de negarnos, de perder la vida, de tomar y cargar con nuestra cruz?

Preguntas, decíamos al principio, que algunas al final podrían sernos molestas. Preguntas que nos hace Jesús hoy y que nos hacen hacernos preguntas sobre el sentido que le estamos dando a nuestra vida. ¿Tememos las preguntas que nos hace el evangelio cuando lo escuchamos con corazón abierto?

martes, 16 de abril de 2024

Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

 


Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

El camino de la vida no lo podemos hacer sin alimento. Sí, necesitamos alimentar nuestro cuerpo, que en cierto modo es alimentar nuestra vida; sin esos nutrientes el organismo muere, y no vamos ahora a explicar toda una lección sobre la alimentación humana; es el ansia de todo ser vivo, poder seguir viviendo, y por eso buscamos el alimento; tristes son las imágenes que podemos contemplar de gente desnutrida por el hambre, o por la escasez del necesario alimento; una de las grandes preocupaciones de la humanidad que se pregunta si tenemos los recursos necesarios y suficientes en la tierra para alimentar a una población que cada vez crece más. Cuantos planteamientos se hacen sobre todo esto, cuantas soluciones se buscan, cuantas culpas muchas veces nos echamos los unos a los otros.

Es algo claro y urgente, es cierto, pero la persona necesita algo más para su subsistencia. Alimentar la vida no es solo alimentar el cuerpo, porque la persona es mucho más que un cuerpo que alimentar y mantener aunque haya que hacerlo. Hay algo que tiene que llegar más hondo en el ser humano, que tiene que alimentarle como persona; podemos pensar en los valores sobre los que queremos fundamentar la vida y que nos dan sentido y valor a lo que vivimos y a lo que hacemos. La persona ha de tener otros interrogantes y otros planteamientos que le ayuden a dar profundidad a la vida. Todos, en fin de cuentas, de una forma o de otra, en un momento o en otro, nos interrogamos sobre el sentido de la vida, y cuando tenemos claras unas metas, unos objetivos, una razón de ser nos sentimos más vivos, nos sentimos con mayor intensidad de vida.

Creo que en el fondo es lo que nos está planteando hoy Jesús en este pasaje del evangelio. Ayer les decía Jesús que no se preocuparan solo por un alimento que perece y buscaran un alimento que perdura. Les cuesta entender, porque fácilmente nos quedamos en lo material de la vida y nos cuesta ir más allá, aunque sea algo que de una forma o de otra como decíamos siempre está detrás del pensamiento humano. Ya nos recordaba Jesús, allá en el monte de la cuarentena, cuando las tentaciones, que ‘no solo de pan vive el hombre…’

Cuando aquella muchedumbre hambrienta, llena de problemas y de sufrimientos, con sus enfermos a cuestas incluso, caminan tras Jesús incluso hasta lugares desérticos como hemos visto estos días, era algo más que pan o una salud corporal lo que iban buscando. Claro que sí que esperan y desean sus milagros, pero lo que querían era escuchar a Jesús. Su Palabra les daba vida, sus palabras ponían esperanzas en su corazón, su enseñanza les ponía en camino de algo distinto en sus vidas aunque tanto les costara comprenderlo y vivirlo. Por eso vemos que ante los planteamientos de Jesús se siguen preguntando, y se preguntan en el fondo que es lo que Dios quiere de ellos.

Les costará entender y seguirán pidiendo un pan que les alimente. ‘Danos siempre de ese pan’, le dicen cuando Jesús les habla de un pan que comiéndolo no volverán a tener más hambre. Y al hablarles de un pan que viene del cielo, recuerdan a sus antepasados en el desierto y el pan bajado del cielo que Moisés les daba, el Maná. Pero Jesús quiere hacerles entender el significado verdadero de aquel pan y del pan que ahora Jesús les ofrece.

El maná que comieron en el desierto era algo más que saciarlos del hambre que tenían, cuando ya les acababan todo tipo de suministros. Aquello era todo un signo del Dios que les acompañaba en aquel camino. Era el camino en búsqueda de la libertad, era el camino que les estaba haciendo como pueblo, era el camino que les estaba haciendo crecer como personas que sabían que tenían que caminar juntos, era el camino más allá de una tierra prometida, de una nueva vida que habían de vivir en aquella tierra, y Dios estaba con ellos.

Ahora entraban en una etapa distinta. La presencia de Jesús tenia que hacerles ahondar de verdad en el autentico sentido de la vida. Esa es la Buena Nueva que nos ofrece Jesús, ese es el sentido del Reino de Dios del que les habla Jesús. Y eso lo podemos realizar con Jesús. Nos ofrece su Palabra, esa Palabra de Dios que sí alimenta al hombre de verdad. Recordamos, no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que sale de la boca de Dios. Es todo lo que nos va enseñando Jesús para que en verdad tengamos nueva vida. Por eso tenemos que comer ese Pan bajado del cielo, ese Pan de vida que es Cristo mismo.

¿Cuál es el verdadero alimento que tendríamos que buscar para tener vida y tener vida en plenitud? Es lo que nos está ofreciendo Jesús. ‘Danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.