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domingo, 22 de diciembre de 2024

Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

 


Pongámonos en camino, hay una buena noticia que tenemos que llevar, hay un interrogante que tenemos que provocar, hay un servicio que tenemos que realizar

Miqueas 5, 1-4ª; Salmo 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

Vamos a ver qué sucedió, qué pasó es lo primero que se nos ocurre hacer cuando nos llega noticia de algo acaecido en nuestro entorno. ¿Curiosidad? Algo de eso puede haber de entrada, queremos saber, pero también está la disponibilidad de ver qué podemos hacer; no nos quedamos quizás con los brazos cruzados, sin que nos digan nada quizá ya estamos disponiendo lo que habría que hacer, o le preguntamos a los interesados directamente en qué podemos ayudar. Es algo que nos surge espontáneo en un deseo de servicio, en una sensibilidad que llevamos en nuestro interior y que ojalá nunca perdamos.

A María le llegaron noticias, en este caso a través del ángel al mismo tiempo que ella también recibía una misión, de lo que estaba sucediendo allá en las lejanas montañas de Judea con su prima Isabel, que siendo ya mayor y después de mucho desearlo, estaba esperando un hijo. Y el evangelio nos dice sencillamente que María se puso en camino lo más rápido que pudo para ir a casa de Zacarías e Isabel.

Muchas veces hemos escuchado y meditado este pasaje evangélico. En la liturgia de en medio de semana ayer mismo lo escuchamos. No resta eso por repetido para que sigamos sintiendo ese evangelio, sintiendo, escuchando esa buena noticia – evangelio – que Dios tiene para nosotros hoy. La insistencia de un mismo texto en que contemplamos a María ponerse en camino ¿no será un signo, una llamada especial que Dios ahora, en el momento en que vivimos nos está transmitiendo?

No es en este caso la curiosidad, pero sí puede ser una invitación a una mirada con ojos distintos ese mundo en el que vivimos al que tenemos que servir como lo hizo María con aquellos ancianos en esas circunstancias concretas que estaban viviendo. Y esta llamada nos llega en estos momentos en que vamos a celebrar la Navidad, como una indicación, una dirección hacia donde tenemos que dirigir nuestros pasos. Fue presencia de Dios de una manera especial en aquel hogar de las montañas de Judea con la presencia de María.

Ya hemos meditado muchas veces toda la reacción que se produjo con la llegada de María, en la propia Isabel, en la criatura que llevaba en sus entrañas, posteriormente veremos también a Zacarías, el que en principio había dudado a pesar de ser un hombre de fe, pero que prorrumpirá en cánticos de alabanza a Dios consciente ya de todo el misterio de Dios que allí se estaba manifestando; fue finalmente la misma reacción de las gentes del lugar que se admiraban por todo lo que estaba sucediendo y les hacía preguntarse por el significado de todo ello.

Cuando por nuestra fe nos disponemos a celebrar Navidad ¿no tendríamos también que ponernos en camino con disposición en nuestro espíritu para abrirnos a algo nuevo que el Señor quiera manifestarnos? Podría estar pidiéndonos una nueva actitud de servicio, una nueva salida de nuestras rutinas de siempre para encontrarnos con alguien que esté necesitando algo de nosotros, de nuestra fe, de nuestro amor. Allí estaban unos ancianos que estaban solos y necesitados de ayuda en la montaña y María fue hasta ellos. ¿Habrá alguna soledad que podemos mitigar y consolar haciéndonos presente en la vida de alguien?

Todo aquel camino de María despertó la fe de aquella familia, primero Isabel llega a reconocer esa especial presencia de Dios porque se deja guiar por el Espíritu para reconocer la grandeza de María – la madre de mi Señor – para bendecirla por su fe, lo mismo que hará finalmente Zacarías. Nuestras actitudes, nuestra manera de celebrar la navidad y de vivir nuestra fe tendría que ser un rayo de luz, una llamada o un toque de atención a quienes están a nuestro lado para descubrir un nuevo sentido de la navidad.

¿Seremos capaces de despertar la fe de los que están a nuestro lado? Como aquellos vecinos de las montañas se preguntaban sobre el significado de todo lo que sucedía, ¿seremos también nosotros interrogante para alguien que les lleve a descubrir a Dios? Nos quejamos tantas veces de ese mundo que nos rodea que ha perdido la sensibilidad de la fe, a quienes nada les dice ya ni la religión ni el evangelio, y que nos miran a la Iglesia de una forma en que no nos sentimos a gusto, ¿en qué medida estamos siendo evangelio en medio de nuestro mundo? ¿En qué medida estamos siendo anuncio de esa buena noticia de salvación para el mundo de hoy?

Tenemos que decidirnos ya de una vez por todas a ponernos en camino. Es mucho lo que tenemos que llevar al mundo que nos rodea. Es hermoso el anuncio que tenemos que hacer y que no podemos ocultar. Hagamos que brille un poquito más esa luz de Jesús, esa luz del evangelio. Pongámonos en camino de evangelio.

martes, 21 de diciembre de 2021

Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

 


Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Solemos hacer analogías y comparaciones entre el camino y la vida; y señal de esa vida es el ponerse en camino, el estar en camino. La vida no se detiene, avanza, queremos que camine hacia delante, no nos gustan los retrocesos; queremos salir e ir al encuentro de la vida misma, al encuentro del mundo que nos rodea, atravesar esos senderos haciendo camino y sabiendo ir también al encuentro con los demás.

Nos ponemos en camino porque buscamos, nos ponemos en camino porque queremos ir al encuentro del otro, nos ponemos en camino porque también tenemos algo que comunicar, una alegría que compartir, o un pesar del alma para el que queremos encontrar consuelo. Ojalá nuestros caminos sean siempre de alegría, no nos falte la esperanza, nos sintamos siempre fuertes y seguros en el rumbo que tomamos, o también seamos humildes para pedir ayuda en ese camino; no nos queremos quedar pasivamente al borde del camino.

¿Nos estará enseñando algo de todo eso María de Nazaret a quien vemos hoy que se pone en camino para ir al encuentro de Isabel en la montaña? Era un camino en que no se detuvo, fue aprisa dice el evangelio, la alegría que llevaba en su corazón le daba alas porque quería ir allí donde ella sabía que debía de estar en aquel momento. Era la alegría de la fe que resplandecía en su corazón de manera que merece la alabanza de su prima desde el primer momento que llegue a su encuentro, era la alegría de lo que llevaba en sí misma porque llevaba a Dios, era la agraciada del Señor, y era la alegría del amor y del servicio que podía prestar a su prima en las circunstancias de la maternidad en que se encontraba.

No olvidaba María lo que llevaba en su corazón porque su vida era un puro cántico de alabanza al Poderoso que en ella estaba realizando cosas admirables. Era consciente del misterio de Dios en que se veía implicada, y por eso mismo ya comenzaba a realizar su misión cuando con su presencia va derramando gracias, porque solo por el sonido de su voz reconocería el niño que se gestaba en las entrañas de Isabel quien llegaba hasta aquel hogar y con sus brincos en el seno de su madre se unía a la fiesta y al cántico de alabanza al Creador.

María, sí, nos está enseñando a ponernos en camino porque también son muchas las cosas que nosotros podemos llevar a los demás. Aprendamos a ir siempre con la alegría de María, porque no nos falte esperanza, porque seamos conscientes de la misión que nosotros también tenemos con nuestro mundo donde siempre tenemos que ser portadores de evangelio.

Como María hagámonos nosotros también buena noticia, evangelio para los que están a nuestro lado porque de igual manera resplandezca en nosotros la fe, porque vayamos con el testimonio de nuestra esperanza aunque el mundo y los caminos del mundo se nos llenen tantas veces de sombras, porque vayamos con el testimonio del amor y del servicio porque siempre tenemos alguien a quien servir, alguien a quien mostrarle toda la ternura de nuestro corazón.

Es el testimonio de luz que tenemos que dar en medio de nuestro mundo; son demasiadas las oscuridades pero en nosotros siempre hay una esperanza. Y podemos levantarnos, y podemos ayudar a los demás a levantarse también y a ponerse en camino de algo nuevo, de algo bueno que siempre puede suceder en sus vidas. Como creyentes en Jesús somos los caminantes optimistas que siempre seremos capaces de ver la luz, siempre estaremos comprometidos a llevar la luz, siempre tenemos que ser sembradores de ilusión y de esperanza en aquellos que caminan, algunas veces arrastrándose, a nuestro lado en los caminos de la vida. Seamos siempre con nuestras palabras y con nuestro testimonio sembradores de vida y portadores de luz.

lunes, 31 de mayo de 2021

Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 


Las prisas del amor lleno de mil gestos de delicadeza para ir al encuentro con los demás con la certeza de que en ese amor está presente Dios

 Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is. 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

El amor siempre tiene prisa pero está hecho de infinitos gestos y detalles de delicadeza. Quien ama de veras no va de pasivo por la vida; quien ama de veras no espera que otro empiece sino que buscará siempre la manera de ser el primero en servir. Pero la prisa en el amor no le hace descuidado sino delicado, buscando los mil detalles en los que puede servir.

Hoy ha comenzado el evangelio diciéndonos que ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’. No se puso a pensar en las distancias, que largo era el camino de Nazaret hasta las montañas de Judá; no se puso a pensar en si misma, en cuyo cuerpo comenzaba a gestarse el hijo de Dios que en ella se encarnaba; no se puso a pensar en las consecuencias que aquella marcha tan precipitada podía tener para sus relaciones con José con quien estaba prometida. La llamó el amor y se puso en camino de prisa. Sintió el impulso del amor y allí estaba ella para servir a su prima Isabel que también esperaba un hijo siendo ya muy mayor.

En este último día de Mayo, en un mes mariano por excelencia en la devoción del pueblo cristiano, la liturgia nos invita a contemplar la visita de María a su prima Isabel. Muchas pueden ser las cosas objeto de nuestro comentario, en los saludos de ambas mujeres, en la reacción de Juan en el seno de Isabel al escuchar el saludo de María, en las alabanzas de Isabel a la fe de María o en el cántico de alabanza y acción de gracias en que María prorrumpe inspirada por el Espíritu. En muchas ocasiones hemos comentado este texto del evangelio y nos hemos hecho muchas reflexiones.

Yo quería fijarme en las prisas del amor, como ya hemos comenzado comentando. ‘María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña’, resaltamos. Nos cuesta levantarnos, nos cuesta reaccionar en tantas ocasiones. Le damos vueltas y vueltas a la respuesta que tendríamos que dar ante las situaciones que se nos presentan y pensamos primero en nosotros mismos o en nuestras cosas y sopesamos excesivamente las consecuencias que nuestros actos podrían acarrearnos. Pero el amor, si es verdadero, tiene prisa siempre por manifestarse.

La primera lectura de la carta de san Pablo nos da unas pistas concretas para que se manifieste la autenticidad de nuestro amor. Ni hacemos las cosas por vanidad ni las hacemos como un fingimiento para aparentar; será siempre algo que salga de lo más profundo del corazón, ponemos corazón en lo que hacemos, ponemos toda nuestra ternura y nuestra delicadeza; por eso el amor no humilla ni al que ama ni al que es amado, porque quien ama sabe ponerse delicadamente a la altura de aquel a quien sirve y sabrá hacerle sentir el gozo de la valoración que hacemos siempre de la persona, de toda persona.

El amor llena de alegría a aquel que ama lo mismo que al que se siente amado; el amor es paciente pero sabe también encontrar el momento oportuno pero dándose prisa por servir con nuestro amor a quien se encuentra en la necesidad; el amor verdadero abre las puertas de los corazones porque primero que nada hemos sabido poner en nuestro corazón a aquel a quien vamos a servir y quien se siente amado al verse enaltecido se siente también movido a la generosidad. El amor verdadero elimina barreras y distancias porque quien ama se sabe poner al lado del amado tendiendo los puentes del amor y de la ternura. El amor se hace delicadeza porque nuestra preocupación no es de dar cosas sino que principalmente nos damos a nosotros mismos.

Hoy lo contemplamos en María en la visita que hace a la casa de su prima Isabel. Es la María que veremos en otro lugar del evangelio con los ojos atentos para descubrir donde hay una necesidad o un problema como lo hizo en las bodas de Caná de Galilea. Hoy nosotros como María queremos tener también esa misma prisa del amor, sabiendo además que con nuestro amor estamos llevando como María a Dios con nosotros pero reconociendo también que en aquel a quien vamos a amar nos vamos a encontrar a Dios.

domingo, 20 de diciembre de 2015

La visita de María a su prima Isabel en las montañas de Judá nos señala el camino de la visita de Dios a los hombres y cómo hoy Dios cuenta con nosotros

La visita de María a su prima Isabel en las montañas de Judá nos señala el camino de la visita de Dios a los hombres y cómo hoy Dios cuenta con nosotros

Miqueas 5, 2-5ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45
La visita de María a su prima Isabel en las montañas de Judá nos señala el camino de la visita de Dios a los hombres. Así me atrevo a afirmar cuando en este cuarto domingo de Adviento, en las vísperas casi de la celebración de la Navidad, el evangelio nos presenta este sencillo a la vez que profundo relato de la visita de María a su prima Isabel. Fue el ángel de la anunciación el que dio la buena noticia a María de que su prima a pesar de su vejez esperaba un hijo. Y el evangelio inmediatamente nos dice ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña a un pueblo de Judá’, donde vivían Zacarías e Isabel.
María, la que estaba llena de Dios, ‘la llena de gracia’ como la llama el ángel, se pone en camino para ir a visitar a su prima que esperaba un hijo en su vejez. Nos dirá luego el evangelista que María se quedó con Isabel unos tres meses; con toda probabilidad hasta el nacimiento de Juan, pues serían momentos donde especialmente va a prestar sus servicios. El camino de María es el camino del servicio, es el camino del amor. ¿Cómo no iba a ser camino de amor si llevaba a Dios en sus entrañas? El hijo que de ella iba a nacer, como le había dicho el ángel, era el hijo del Altísimo ‘se llamará el Hijo de Dios’.
Llevaba María a Dios en ella, porque era la que había encontrado gracia ante Dios y era la llena de Dios, pero porque ya en su seno llevaba al Hijo de Dios que sería Emmanuel, que sería Dios con nosotros. Por eso podemos decir, sí, que la visita de María era la visita de Dios, era la señal de cómo Dios venía a estar con nosotros, era el Emmanuel que se paseaba entre nosotros. Por eso, podemos decir, sí, que la visita de María a Isabel se convierte en signo, en signo viviente, en signo vivo de la visita de Dios.
‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ exclamará Isabel  con la llegada de María. Y es que la presencia de María llenaba de Dios cuanto tocara, podríamos decir, allí donde estuviera se hacía presente de Dios. ‘Isabel se llenó del Espíritu Santo’ y ahora todo son bendiciones y alabanzas. La presencia de María llenó de una manera especial de Dios aquel hogar de la montaña. Si ya aquellos ancianos eran temerosos de Dios que vivían queriendo siempre cumplir el mandamiento del Señor ahora llenos del Espíritu divino se hacen profetas para descubrir los misterios de Dios y para alabar y para bendecir, como lo hará más tarde también Zacarías después del nacimiento de Juan.
Era la visita del amor de Dios que se estaba manifestando y haciéndose carne en María la que despertaría de forma profunda la fe de aquellos ancianos para saber discernir los misterios de Dios que ante ellos se estaban realizando. De ahí ese reconocimiento, sin que ningún humano lo haya manifestado, que allí está la madre del Señor, porque quien lleva en sus entrañas María es el Hijo de Dios. De ahí esa alabanza a la fe de María - nadie le había revelado el diálogo entre el Ángel y María allá en Nazaret - y por eso, porque estaba llena ya del Espíritu Santo también, podría proclamar ‘¡bendita entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’ alabando también la fe de María, ‘dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’.
Aquel camino de María y aquella visita a su prima allá en la montaña había sido el camino del amor, el amor que nacía de la fe, el amor que se desbordaba en su corazón con la presencia de Dios en ella, y era la visita de Dios para aquel hogar de la montaña, signo de la visita del Emmanuel, del Dios con nosotros para siempre, que nos traería la salvación. En María estaba llegando Dios a los pobres y los que tenían necesidad - eran unos ancianos y cuántas no serían sus carencias y necesidad de ayuda en aquellas circunstancias - como un signo de esa visita de Dios, de esa presencia salvadora de Dios para toda la humanidad y de todos los tiempos. María fue el signo y la mediación.
Nos acercamos a la Navidad; estamos iniciando ya la última semana del Adviento que desembocará en la fiesta de la Natividad del Señor. Para nosotros no es solo un recuerdo, sino que para nosotros es sacramento porque es vivir en el signo de la celebración esa venida de Dios a nosotros hoy. Recogiendo esta imagen con la que venimos reflexionando celebrar la navidad hoy es celebrar esa visita, esa venida de Dios hoy a nosotros y a nuestro mundo.
¿Cómo se hace presente hoy Dios en medio de nosotros? ¿Cómo podemos reconocer esa presencia de Dios? ¿Cómo puede reconocerlo nuestro mundo? ¿Cómo hacer que no se quede todo en una alegría ocasional y que se pueda quedar también en lo superficial? Tendríamos que decir que no habría autentica Navidad si no vemos y sentimos esa presencia de Dios. Y hemos de reconocer tristemente que muchos celebran navidad sin Dios, que nosotros podemos celebrar navidad sin Dios, que entonces no sería auténtica navidad.
Esa es la tarea de los verdaderos creyentes que queremos celebrar una auténtica navidad. Es tarea y es compromiso. Como quiso contar entonces con María, como estamos viendo hoy en el evangelio, quiere Dios contar con nosotros. Sí, tenemos que ser sacramento de Dios para nuestro mundo, signos verdaderos que hagan presente a Dios en medio de los hombres del mundo de hoy. Esto es serio. Decíamos antes que muchos celebran navidad sin Dios y acaso tendremos que preguntarnos si no será culpa de nosotros los creyentes que no damos verdadera señales a nuestro mundo de esa visita de Dios. Y cuando falta esto caemos en superficialidades y en alegrías ocasionales que se quedan en la fiesta de unos días que pronto pasan.
Decíamos antes que el camino de María fue un camino de amor porque iba llena de Dios. Pensemos que por ahí tiene que ir nuestro camino, por ahí tiene que ir nuestro compromiso por el signo de un verdadero amor, de una auténtica solidaridad con los hombres y mujeres que a nuestro lado sufren en sus carencias y necesidades.
Pensemos en que en la medida en que crezcamos en nuestra capacidad de amar, de acoger al que está a nuestro lado sea quien sea, en el deseo y compromiso de hacer cada día más felices a los demás, en nuestro trabajo comprometido por hacer un mundo mejor y más humano, en luchar auténticamente por la paz empezando por los que están cercanos a nosotros en nuestras propias familias o en los círculos en los que nos movemos habitualmente, estaremos dando señales de que Dios nos visita, de que Dios está con nosotros, de que es verdaderamente el Emmanuel.
La visita de María a su prima Isabel nos está enseñando  hoy a hacer presente la visita de Dios a este mundo que sufre en nuestro entorno. De nosotros depende, porque Dios quiere contar con nosotros.

sábado, 31 de mayo de 2014

Caminos de fe y de amor que como en María son visita salvadora de Dios para todos los hombres



Caminos de fe y de amor que como en María son visita salvadora de Dios para todos los hombres

Sof. 3, 14-18; Sal.:Is. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
Tras la escucha de este evangelio muchos nombres podríamos darle a María: nuestra Señora de la Visitación, nuestra Señora del Servicio, nuestra Señora del Magnificat, nuestra Señora de la misericordia y del amor  nuestra Señora la humilde esclava del Señor como la Madre protectora y defensora de los hambrientos y de los humildes. Es la Madre del Señor cantada y alabada por todas las generaciones porque es también nuestra Madre la que nos enseña las virtudes más hermosas para que nos parezcamos más a Dios.
Son muchas las cosas que nos sugiere este texto del Evangelio y esta visita de María a Isabel y aquel hogar de la montaña, porque la presencia de María suscitó muchas cosas hermosas y muchos cánticos de alabanza al Señor que con María se hacía presente santificando incluso a Juan Bautista que saltaba de alegría en el seno de su madre Isabel. Es la visita de María, pero era realmente la visita de Dios. ‘Dios ha visitado a su pueblo’ aclamaban las gentes la presencia y la acción de Jesús y María hacía posible esa presencia de Dios encarnado en su seno que seria camino de salvación para nosotros. Dios estaba visitando con María aquel hogar de la montaña.
‘Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte’, cantaría más tarde Zacarías que bendecía ‘al Señor, Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo’. Y Zacarías que había escuchado al ángel en su aparición en el templo anunciándole el nacimiento de aquel ‘que venía delante del Señor con el espíritu y poder de Elías, para reconciliar a los padres con los hijos, para inculcar a los rebeldes la sabiduría de los justos y para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’, ahora estaba experimentando esa presencia del Señor que visitaba a su pueblo con su salvación. Por eso sus cánticos de alabanza y bendición al Señor.
Llegó María a casa de Zacarías e Isabel e irrumpió el Espíritu divino como un viento impetuoso que todo lo envuelve y lo inspira para hacer que Isabel se llenara del Espíritu Santo y en su corazón se le revelasen cosas que nadie sabía si no era por esa inspiración del Espíritu y se sentiría dichosa y feliz por recibir a su prima María en quien ella estaba reconociendo ya la Madre del Señor. ‘¡Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’; bendice a María en quien reconoce a la Madre del Señor, pero sus bendiciones son por encima de todo para Dios a quien María lleva encarnado en su seno.
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Así está reconociendo Isabel, ‘llena del Espíritu Santo’, que allí está Dios. La visita no es solo la visita de María que viene pronta en su actitud de servicio, sino que es visita de la Salvación de Dios. Siente que también Juan en su seno percibe esa presencia de Dios ‘porque en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y termina Isabel alabando la fe de María que hace posible esa presencia de Dios y de la salvación.
¿Qué había hecho María? Creer en Dios y en su Palabra y ponerse en el camino del servicio y del amor. Un camino que iniciaba unos tiempos nuevos donde se manifestaría de manera especial la misericordia de Dios. Ahí tenemos nuestros caminos. Caminos de fe y de amor que nos harán sentir también en nuestra vida la presencia de Dios que nos visita con su gracia y con su salvación. Así hemos de abrirnos a Dios, escucharle, decirle sí como María, confiar en su Palabra plantándola en nuestro corazón y en nuestra vida.
Pero hemos de hacer algo más; esos caminos nos hacen ponernos en camino, ponernos en camino con nuestra fe y con nuestro amor. Como María nosotros también hemos de hacer posible esa visita de Dios para nuestro mundo, para aquellos que nos rodean; con nuestra fe y con nuestro amor tenemos que llevar a Dios con su salvación a los demás. María no se cruzó de brazos y se quedó pensando solo en si mismo allá en Nazaret, sino que se fue a la montaña donde sabia que se necesitaba de su servicio y de su amor. Y así llegó la visita de Dios - ¡y de qué manera! - a aquella casa de la montaña.
Que María de la Visitación nos haga gozar de esa visita de Dios a nuestra vida, como ella lo experimentó; que María de la Visitación nos ponga en camino porque nosotros podemos y tenemos que ser camino para esa visita de Dios a nuestro mundo proclamando nuestra fe y manifestando nuestro amor. ¿Podrán apreciar aquellos con los que nos encontramos que con nosotros Dios visita sus vidas, llega con su salvación a sus vidas? Algo que nos tendría que hacer pensar.

martes, 25 de marzo de 2014

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria



La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria

Is. 7,10-14; Sal.39; Hb. 10, 5-10; Lc. 1 ,26-38
‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria’, es la aclamación que la liturgia nos invita a hacer antes  del Evangelio. Es precisamente el misterio de la Encarnación de Dios en las entrañas de María del que nos habla el Evangelio. Es el Misterio de la Encarnación de Dios que hoy estamos celebrando.
No nos hemos detenido lo suficiente ante este misterio de Dios que hoy estamos celebrando. No es cualquier cosa. No es simplemente que Dios venga a visitarnos como se visita a un familiar o a un amigo, que vamos, lo visitamos y luego nos vamos. Dios viene a visitarnos, como repetidamente se nos dice en la Escritura y en la liturgia, pero viene a quedarse: ‘acampó entre nosotros’. Así lo escuchamos en los cánticos de Zacarías y del anciano Simeón - ‘bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto…’ -, pero esa visita de Dios será un estar Dios para siempre con nosotros, porque ya para siempre, desde que se encarnó en el seno de la Virgen será para siempre Emmanuel.
Lo hemos escuchado en el profeta en la primera lectura - ‘la virgen concebirá y dará a luz un hijo al que se le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’ - pero es el cumplimiento de las antiguas promesas al pueblo de Israel, como reconoceremos en el prefacio, pero es al mismo tiempo la esperanza de todos los pueblos que en todas las expresiones religiosas siempre han manifestado ese deseo de vivir a Dios, o de estar en Dios.
Bellamente y con altura teológica nos lo ha presentado así el evangelio de Juan en lo que llamamos su prólogo o su primer capítulo. Es la luz que viene a iluminarnos, es la verdad que nos viene a dar plenitud, es la vida que nos va a llenar de Dios plenamente, es el Verbo de Dios, el Hijo de Dios que planta su tienda entre nosotros para ser para siempre nuestra salvación. ‘Y hemos visto su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre lleno de gracia y de verdad’.
No nos cansemos de considerar esta maravilla del misterio de Dios, de contemplar la gloria de Dios que así se nos manifiesta. Tendríamos que rumiarlo una y otra vez en nuestra cabeza y en nuestro corazón contemplando la hermosa escena de Nazaret. Allí se estaba realizando ese misterio de Dios; allí se estaba derramando el amor de Dios pero en una medida infinita como es siempre el amor que Dios nos tiene y nos entrega a su Hijo único para que realice esa ofrenda de amor de su vida que nos dará la salvación para siempre.
Es el grito que escuchamos en la entrada del Hijo de Dios en el mundo, nuestra carne humana, al hacerse carne como nosotros. Grito de obediencia que va precedido o acompañado por el susurro de amor que salía del corazón de María cuando recibe la embajada angélica. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’ nos narraba la carta a los Hebreos que fue la exclamación y la aclamación de Cristo al entrar en el mundo. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra’, escuchamos a María como un eco de la ofrenda de amor de Cristo. Cuánto nos enseña esta actitud de María, este ‘sí’ de María.
Demos gracias a Dios por el misterio que se nos revela. El amor de Dios supera todas las expectativas que pudiera tener el hombre. Nos desborda en su inmensidad y nos sentimos envueltos en ese amor que será ya para siempre nuestro amor. Si uno se parara lo suficiente a considerar este misterio del amor de Dios que es su Encarnación se quedaría como ensimismado sin saber qué decir o qué hacer ante tanta maravilla. Decimos ‘sí’ con nuestra fe; nos lo repetimos una y otra vez en nuestro interior y brota generosa y como espontánea la ofrenda que nosotros queremos hacer también de nuestro amor.
‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’, repetimos embelesados porque parece que ya no sabemos decir otra cosa. No son unos holocaustos cualesquiera los que le vamos a ofrecer al Señor; no es la sangre de los animales ni el sacrificio de las cosas, sino que va a ser nuestra voluntad, nuestro yo, nuestra vida, todo nuestro amor. ‘Todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo - su sacrificio en la cruz - hecho de una vez  para siempre’. El sacrificio de Cristo nos va enseñar ya para siempre cuál es el verdadero sacrificio que es agradable al Señor.
Y es lo que queremos repetir; cada vez que celebramos la Eucaristía celebramos la pascua, celebramos el misterio pascual,  hacemos presente ese sacrificio y esa ofrenda de Cristo, pero donde también nosotros queremos ponernos, donde también ya nosotros queremos hacer nuestra ofrenda de amor. Es la maravilla de lo que es cada Eucaristía que celebramos y de lo que va a ser la celebración del misterio pascual en la ya cercana Pascua, y para la que nos vamos preparando. Es lo que ahora de forma intensa también queremos vivir cuando estamos hoy contemplando y celebrando el Misterio de la Encarnación de Dios.
Adoremos el Misterio de Dios, el Misterio de su Encarnación poniendo todo nuestro yo, toda nuestra vida postrada delante del Señor para hacer siempre su voluntad.

sábado, 21 de diciembre de 2013

María va esparciendo el perfume de Dios con su fe y con su amor

Cantar de los Cantares, 2, 8-14; Sal. 32; Lc. 1, 39-45
María va esparciendo el perfume de Dios allá por donde va. Ella es la llena de gracia, la inundada por el Espíritu de Dios y allí donde se hace presente hace presente a Dios y va llenando todo de Dios.
El ángel le había dado la alegre noticia de que ‘su prima Isabel, la que llamaban estéril ha concebido un hijo y ya está de seis meses’. Las maravillas de Dios que hacen posible las cosas que a los ojos de los hombres nos parecen imposibles. El mismo Zacarías había dicho que su mujer era estéril y los dos de edad avanzada, y he aquí que el Señor los llenó de bendiciones y esperaban un hijo. ‘Para Dios nada hay imposible’, le había dicho el ángel.
María no puede quedarse quieta  en su casa sabiendo que allá en las montañas de Judea algo grande está sucediendo, porque se están manifestando las maravillas de Dios, y allí hay un servicio que prestar. Quien está lleno de Dios nunca será insensible ante la necesidad de los demás y siempre está disponible para repartir amor. Llena de Dios ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel’.
El amor siempre tiene prisa, porque no puede encerrarse en sí mismo; el amor nos pone siempre en camino porque siempre hay algo que trasmitir y contagiar a los demás y siempre será humilde y generoso para estar en permanente actitud de servicio; el amor verdadero  nos lleva en las alas de Dios, porque Dios es amor y todo nuestro amor no es sino una participación en el amor divino; el amor auténtico nos hace saborear a Dios y ayuda a saborear a Dios a cuantos nos rodean.
Llega María a casa de Isabel e Isabel se llena del Espíritu Santo; se escuchan las palabras de María en su saludo y hasta la criatura que hay en el seno de Isabel salta de alegría porque siente la presencia de Dios. ‘Se llenará del Espíritu Santo ya en el vientre materno’, le había dicho el ángel a Zacarías en el templo, y el que iba a ser el precursor del Mesías ya era justificado y santificado en el seno materno, como señal de la misión que se le iba a confiar.
‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo’ y comenzaron las alabanzas. El perfume de Dios que desprendía Maria envolvía a todos con la presencia de Dios y el Espíritu divino se apoderaba de los corazones. ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’. Pronto comienzan las alabanzas a María. Más tarde ella anunciaría proféticamente en su cántico también inspirado por el Espíritu que ‘la felicitarán todas las generaciones’,  pero Isabel se adelanta.
Reconoce que aquella muchachita venida de Nazaret está inundada de Dios porque Dios mora en sus entrañas y de qué manera. Es la madre del Señor que merece toda alabanza, porque así Dios ha querido hacerla grande aunque ella se considere a sí misma la humilde esclava del Señor. ‘¿De donde a mí, quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’. Maravillas del actuar de Dios, porque cuando nos abrimos de corazón a Dios con toda sinceridad dejándole actuar en nuestra vida, Dios mismo se nos revela y nos hace conocer más hondamente su misterio. Es lo que le sucedió a Isabel, también abrió su corazón a Dios y el Espíritu divino llenó su corazón inspirándole y revelándole la verdad del misterio de Dios que en María se estaba realizando.
‘¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Qué contraste entre las dudas y la desconfianza de Zacarías y la fe de María. Pero la palabra del Señor siempre tendrá su cumplimiento. Zacarías terminará reconociendo ese actuar de Dios y dando gracias, como escucharemos y meditaremos en el día inmediato al nacimiento de Jesús, y María humilde y pequeña siempre reconoció que el Señor hacia obras grandes en ellas y para todos se iba a derramar la misericordia del Señor.

¡Cuánto tenemos que aprender! Abramos nuestro corazón a Dios que también a nosotros quiere inundarnos con la fuerza de su Espíritu. Llenemos nuestro corazón de amor y también con nuestra generosidad y espíritu de servicio haremos presente a Dios entre los que nos rodean. Que también vayamos exhalando ese perfume de Dios con las obras de nuestro amor.

domingo, 9 de junio de 2013

El Emmanuel nos sale al encuentro en medio de un mundo de dolor

1Reyes, 17, 17-24; Sal. 29; Gál. 1, 11-19; Lc. 7, 11-17
Jesús es el Emmanuel anunciado por los profetas; Dios con nosotros que camina en medio de nosotros, que ha tomado nuestra misma vida y está a nuestro lado haciendo nuestro mismo camino. Cuando meditamos el misterio de la Encarnación de Dios muchas veces tenemos el peligro o la tentación de quedarnos en el hecho de la Navidad, y porque le vemos nacer niño en Belén en medio de aquella pobreza al pensar en el Dios encarnado fácilmente nos quedamos con esa imagen de Dios hecho niño en el portal de Belén.
Hemos de saberle ver en todas las situaciones de su vida, tal como nos lo narra el evangelio, pero verlo también en todas las situaciones de la vida por las que nosotros pasamos y donde tenemos que contemplarle también como el Emmanuel, el Dios que está con nosotros, a nuestro lado en cualquiera de esas situaciones que vivimos. Una lectura atenta del Evangelio nos hace ver y comprender cómo Jesús está en verdad en medio de los hombres, acercándose al hombre, cualquiera que sea la situación que vivamos. En todo momento El se acerca a nosotros como luz, como vida, como salvación, llenándonos de su gracia salvadora.
Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. Jesús caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, pasando de una a otra por todas las situaciones y circunstancias humanas. ‘Jesús de camino llega a una ciudad llamada Naim’ y ahí se va a encontrar con una situación bien dolorosa y donde se nos va a manifestar la vida que nos ofrece y todo su amor. Lo acompañaban los discípulos y mucho gentío, nos dice el evangelista. Se encuentra ‘cuando se acercaba a la entrada de la ciudad que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda; y un gentío considerable de la ciudad lo acompañaba’.
El impacto del encuentro de los que venían con Jesús con aquel cortejo y aquella multitud silenciosa que acompañaba al difunto que iban a enterrar y a su madre tenía que ser fuerte. Allí estaba el dolor y el sufrimiento que siempre se produce ante la muerte de alguien, en este caso joven; dolor y sufrimiento aumentado si cabe en aquella madre que ha perdido a su hijo único y se va a quedar sola y desamparada.
La situación de las viudas no era fácil en Israel en aquellos tiempos; veremos siempre que cuando se trata de socorrer a alguien que pasa necesidad se hablará de huérfanos y viudas. En este caso doblemente, podríamos decir, porque aquella madre viuda no tenía más hijo que el que había fallecido. Grande sería la soledad y el desamparo que la esperaba. Por eso podemos imaginar sin mucha equivocación el silencio impactante que envolvía a los que iban en aquel cortejo.
Y allí está Jesús. Jesús que nos sale al encuentro en la vida allí donde estamos con nuestros sufrimientos o  nuestra muerte. Sólo se oye el llanto doloroso de aquella madre a la que Jesús le dirá: ‘No llores’. Y Jesús que se acerca al ataúd haciendo detenerse a los que lo llevaban. ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!... y el muerto se incorporó y comenzó a hablar, entregándoselo Jesús a su madre’.
Ahora el silencio se rompe y como a coro todos ‘sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’. Aquella gente sencilla sabe descubrir las obras maravillosas del Señor. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, es el grito ahora y el clamor. Nos recuerda las bendiciones de Zacarías en el nacimiento de su hijo. ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y ha redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es Dios que se está haciendo presente allí. Lo reconocen en Jesús y en sus obras, aunque más tarde otros quieran negarlo. Pero allí están los pequeños y los sencillos que son los que saben descubrir las obras de Dios, que son a los que Dios quiere revelarse.
Si los filósofos quieren definir al ser humano como homo patiens, el ser que sufre, que tiene la capacidad del sufrimiento, ahora podemos descubrir el rostro del Dios compasivo, del Dios que sufriendo con nosotros nos manifiesta su amor acercándose a nuestra vida y a nuestro mundo en esa situación de dolor y sufrimiento que podamos padecer. Compasivo que es ‘padecer con’; el Señor es compasivo con nosotros porque nuestro sufrimiento no le es ajeno; ante nuestro sufrimiento El nos manifiesta su ternura y su amor acercándose a nosotros, padeciendo con nosotros, haciendo suyos nuestros sufrimientos, derramando su gracia y su amor sobre nuestra vida.
Ahí le vemos en verdad Emmanuel, Dios con nosotros, sufriendo con nosotros y amándonos y regalándonos la ternura de su amor y de su vida en nuestro propio sufrimiento. El Evangelio de Lucas que estamos siguiendo en este ciclo C nos habla continuamente de esa misericordia y de esa ternura de Jesús con los pobres, los enfermos, los pecadores.
‘No llores’, le dice de entrada a aquella mujer que está envuelta en el dolor y sufrimiento de la muerte de su hijo con todo lo que ello significaba para su vida y lo que podría ser su futuro. Y nos dice el evangelista que Jesús sintió lástima, se conmovió, se le revolvieron sus entrañas, podríamos decir, y se manifestó en verdad compasivo de aquella mujer. Allí estaba a su lado Jesús con sus entrañas conmovidas, como cuando le vemos sufrir ante la tumba de Lázaro, su amigo, en que le brotan lágrimas de sus ojos, o como cuando lo vemos sufrir por su ciudad querida, Jerusalén, sabiendo todo lo que la va a destruir, llorando también por ella.
‘Dios ha visitado a su pueblo’. Dios se sigue haciendo presente en medio del sufrimiento de nuestro mundo. Dios no es ajeno al sufrimiento que padecemos los hombres. Recordamos lo que le decía a Moisés, allá en medio de la zarza ardiente, que ha escuchado el clamor de su pueblo y va a enviarle a Libertador para que lo libere. Dios ha escuchado el clamor de la humanidad sufriente y nos envió a su Hijo único porque así tan grande era su amor que nos lo entregaba. Dios sigue escuchando el clamor de su pueblo, de toda la humanidad y en nuestras manos está el hacer presente a Dios en medio de los hombres.
¿No nos estará pidiendo el Señor que a través de nuestra solidaridad y de nuestro amor, a través de nuestro compromiso serio por hacer que nuestro mundo sea más justo y viva en paz se manifieste ese rostro compasivo de Dios para todos los hombres? Tenemos que ser sembradores de paz y de esperanza; tenemos que seguir repartiendo amor entre los que nos rodean; con nuestros gestos de solidaridad al compartir con los demás tenemos que despertar esos sentimientos en cuantos nos rodean; hemos da aprender a poner los verdaderos cimientos de un mundo mejor y más justo que entre todos construyamos.
Mucho sufrimiento hay en nuestro derredor con los problemas que vive la gente de hoy. Tenemos que aprender como Jesús a acercarnos al lado del que sufre; tenemos que buscar la manera de detener esa carrera de muerte en la que viven tantos con la falsedad de sus vidas, con su trato injusto para con los demás, con esa violencia de la que hemos llenado nuestra vida en palabras, en gestos y muchos hechos muy concretos; tenemos que tender la mano como lo hizo Jesús con aquel muchacho que llevaban a enterrar porque con nuestra mano de solidaridad tendida podemos levantar a tantos de su postración y de su sufrimiento. Mostrando con sinceridad nuestro rostro compasivo estaremos mostrando el rostro compasivo y misericordioso de Dios.
Dios sigue siendo el Emmanuel, pero mucho de nosotros depende que el mundo crea y descubra ese rostro compasivo de Dios. Es el mensaje que quiere dejarnos hoy el Señor en su Palabra. ¿Qué respuesta le vamos a dar?


viernes, 31 de mayo de 2013

La visita de María, la madre del Señor, a Isabel es la visita de Dios que nos trae la salvación

Sof. 3, 14-18; Sal. Is. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Allí ha llegado María desde Nazaret en la lejana Galilea. El ángel del Señor le había anunciado, un poco como para corroborar las palabras que antes le había dicho de que iba a ser la madre del Señor, que su prima Isabel estaba en cinta e iba a dar un hijo a pesar de su vejez.
Allá había corrido la que estaba llena del Espíritu divino, la que llevaba a Dios en sus entrañas para servir, para ayudar, para mostrar su amor. Nadie le podía haber dicho, porque era algo que nadie conocía, del misterio de Dios que se estaba realizando en María, pero Isabel prorrumpe en alabanzas y ese es su saludo: ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Y todo son bendiciones para María ‘¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!’
Más tarde también Zacarías bendecirá al Señor que ‘ha visitado y redimido a su pueblo’, cuando nazca Juan que va a ser el precursor del que había de venir, del Mesías de Dios. Reconocerá Zacarías cómo están llenos de las bendiciones de Dios que ha querido hacerse presente entre los hombres para traernos su redención y salvación.
Todo nos habla de visitas en este día, porque celebramos la visita de María a su prima Isabel allá en la montaña cuando está a punto de nacer Juan. Pero no es simplemente la visita de aquella jovencita llena y rebosante de amor que viene hasta la montaña con deseos de amar y de servir.
Es algo más lo que está sucediendo entonces, porque aquella jovencita venida de Nazaret es la Madre del Señor como reconocerá Isabel; pero es que en las entrañas de María va Dios, que visita y redime a su pueblo. Es la visita de Dios con su salvación; es el paso salvador de Dios por la historia humana para traernos gracia y redención.
Signo de esa presencia y de esa visita de Dios para aquel hogar de la montaña es que el niño que lleva también en sus entrañas queda santificado, porque ha sido elegido por Dios para una misión muy especial, cual era el preparar los caminos del Señor. Como una unción que lo marca y lo señala la presencia de Dios encarnado en el seno de María viene a ser como un derramarse también el Espíritu del Señor sobre aquella criatura que ha sido elegida con la maravillosa misión de ser el precursor del Mesías preparando los caminos del Señor.
Todo esto nos está diciendo muchas cosas. Dios sigue visitando y haciéndose presente en medio de su pueblo, porque Dios sigue derramando su amor y los dones de su Espíritu sobre la Iglesia y sobre todos los elegidos de Dios. Igual que Isabel con humildad y amor supo abrir no solo las puertas de su casa sino sobre todo de su corazón a la visita de María con todo lo que ello significaba, es la manera como nosotros hemos de abrir nuestro espíritu al Señor que sigue derramando su gracia sobre nosotros y que viene a nuestra vida para poner también su morada en nuestro corazón.
Son las actitudes de acogida de Isabel, como es todo el actuar de amor de María las que hemos de copiar en nuestra vida abriéndonos a la visita de gracia de Dios a nosotros. Es un amor como el de María del que tenemos que llenar nuestro corazón siempre con actitud de servicio para hacer el bien y para que a través de nuestro amor seamos capaces de llevar a Dios a los demás. Una misión y una tarea hermosa que hemos de saber realizar como lo hizo María. Nuestro mundo necesita de la presencia de Dios y nosotros podemos hacer presente a Dios en nuestro mundo. Hemos de ser signos y testigos del amor de Dios; hemos de ser portadores de Dios para que los demás alcancen también la santificación.
Creo que cuando hoy estamos celebrando la visita de María a su prima Isabel, cronológicamente estamos también a pocos días de la celebración del nacimiento del Bautista, este puede ser un hermoso mensaje que llegue a nuestro corazón y un serio compromiso para nuestra vida.
Como Isabel, como María, dejémonos inundar por el Espíritu de Dios y cantemos la alabanza al Señor.

lunes, 24 de diciembre de 2012


El Señor ha visitado a su pueblo

2Samuel 7, 1-5.8-11.16; Sal. 88; Lc. 1, 67-79
‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos ha visitado el sol que nace de lo alto…’ Es el cántico de Zacarías tras el nacimiento de su hijo Juan. Había quedado mudo por sus dudas cuando la aparición del ángel. Pero en su corazón se había ido agrandando la fe y ahora cuando se le suelta la lengua prorrumpe en alabanzas al Señor.
Fijémonos en el sentido hermoso de este cántico de Zacarías que además nos puede ayudar a nosotros en este momento en que ya esta noche vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. ‘Dios ha visitado y redimido a su pueblo’, nos lo repite por dos veces. Viene el Señor a visitar a su pueblo para liberarlo de todo temor, para llenar los corazones de paz. Nada ya tendría que separarnos del amor de Dios que se nos manifiesta. Los enemigos serán derrotados, las tinieblas disipadas, el temor alejado de nuestros corazones, la paz ha de brillar para siempre en nuestra vida y para todos los hombres. Va a comenzar un tiempo nuevo porque viene el Señor con su salvación.
Teniendo a su hijo recién nacido en sus brazos - era el momento ritual de la circuncisión en que se le imponía el nombre - al niño van dedicadas pocas palabras como diciéndole cuál es la misión para la que ha venido. Será el profeta del Altísimo, el precursor, el que va delante preparando los caminos, siendo pre-evangelio porque irá dando la noticia de que viene Dios a visitar a su pueblo. Es lo que hemos venido considerando a lo largo de este tiempo de Adviento y las palabras que le hemos ido escuchando a Juan nos invitaba a la conversión porque se nos anunciaba a quien venía a traernos el perdón de los pecados.
Para eso nos hemos venido preparando. Llega el momento de la venida pero por nuestra parte de la acogida. Cuando alguien viene llamando a la puerta de nuestra casa lo hacemos pasar y le ofrecemos nuestra hospitalidad. Nuestras puertas no se pueden cerrar. Esta noche vamos a ver que en Belén algunas puertas se cerraron porque siempre está la disculpa de que no hay sitio, de las incomodidades que nos pueden provocar los que nos llegan a nuestra puerta, como siempre que estamos poniendo disculpas para Dios. Pero tras este camino que hemos ido realizando de preparación si lo hemos hecho con toda seriedad llega el momento de abrir nuestras puertas.
Estos días hemos escuchado en los salmos ‘portones alzad vuestros dinteles’, que se ensanche, que se agranden, ‘que se alcen las antiguas compuertas porque va a entrar el rey de la gloria’. Que se ensanche nuestro corazón, que lo tengamos siempre bien abierto para recibir al Señor. Hemos ido queriendo quitar todos los obstáculos como hemos querido enderezar nuestros caminos quitando todo lo abrupto que hubiera en nuestra vida a causa del pecado.
Ahora tiene que estar bien abierto nuestro corazón. ‘Ya se cumple el tiempo en el que Dios envió a su Hijo a la tierra’, como decíamos en la antífona del comienzo de la celebración. Veremos la gloria del Señor, contemplaremos el resplandor de su luz. Ya vamos a sentir su luz para siempre porque tenemos la certeza de que Dios está con nosotros. Ha venido y ha redimido a su pueblo. Comienza el tiempo de la salvación.
Como hemos pedido en la oración litúrgica del día ‘ven, Señor, y no tardes, para que tu venida consuele y fortalezca a los que esperan todo de tu amor’. Viene el Señor con su paz. Escucharemos cantar a los ángeles esta noche anunciándonos la paz que con la venida del Señor llega a nosotros. Que vivamos en esa paz en nuestros corazones, que construyamos esa paz en nuestras mutuas relaciones, que trabajemos para que haya en el mundo verdadera paz. Si sentimos de verdad la presencia del Señor podremos lograrlo.

domingo, 23 de diciembre de 2012


¿Quién soy yo para que me visite el Señor con su salvación?

Miqueas, 5, 1-4; Sal. 79; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 39-45
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’, exclamó Isabel al saludo de María que venía de la lejana Galilea. Hemos tenido ocasión de reflexionar en estos últimos días sobre esta escena de la visita de María a su prima Isabel. Cuando nos encontramos en el cuarto domingo de Adviento, ya a las puertas de la nochebuena, la fiesta del nacimiento del Señor, queremos de mano de María y - ¿por qué no? - contemplando la fe de Isabel que está llena también del Espíritu Santo completar nuestra preparación para celebrar con toda hondura el Misterio de la Navidad.
También nosotros podemos preguntarnos en este momento, ¿quién soy yo para que venga a mi encuentro el Señor con su salvación? Necesitamos de una dosis grande de humildad, como hemos venido reflexionando a lo largo de todo el Adviento, para reconocer cuán necesitados - valga la redundancia - estamos de la salvación que el Señor viene a ofrecernos. Es una gracia del Señor que no merecemos, un don, un regalo del Señor. Pero es que solo Cristo puede ofrecernos la salvación. No hay ningún otro nombre, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda darnos la salvación.
Necesitamos de esa humildad y necesitamos fortalecer nuestra fe. Para ello, como María y como Isabel, hemos de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios. Isabel, llena del Espíritu Santo, tuvo ojos de fe para reconocer quien venía hasta ella, para reconocer movida por ese mismo Espíritu que María era la madre del Señor. Con María estaba llegando Dios de manera especial a aquel hogar de la montaña; María estaba llena de Dios, llena de gracia, llevaba en sus entrañas al Hijo de Dios que se encarnaba para ser nuestro Emmanuel, para ser para siempre Dios con nosotros. Isabel tuvo ojos de fe para descubrir lo que ningún humano le podía manifestar, porque supo escuchar en su corazón la voz del Espíritu que le revelaba aquel misterio de salvación.
¿Quién soy yo…? seguimos preguntándonos para merecer esa visita del Señor a nuestra vida. Pero Dios quiere llegar hasta nosotros, quiere hacerse presente en nuestra vida - ese es el estilo de su amor - y hemos de saber descubrir las señales de su presencia dejándonos conducir por el Espíritu. De muchas maneras, en muchos acontecimientos, en tantas personas que de una forma u otra llegan a nuestro lado o pasan junto a nosotros está llegando Dios en estos días a nuestra vida. Hemos de saber descubrirlo. Hemos de abrir los ojos de la fe.
¿Quién podía imaginar que en aquella muchachita jovencita llegaba Dios a la casa de Isabel y Zacarías en la montaña? ¿quién podría imaginar más tarde - y esto nos vale mucho a nosotros en estas vísperas de la navidad - que en aquel matrimonio joven que venía desde el lejano Nazaret y pasaba por la posada o por las puertas de Belén buscando donde cobijarse llegaba Dios para ser Emmanuel en medio de nosotros los hombres? Algunos cerraron las puertas o no tenían sitio para ellos, pero dichoso quien compasivo quizá les dirigió a aquel establo de los alrededores de Belén para que allí pudieran cobijarse. Y allí nació Dios hecho hombre.
Alguien puede llegar a nuestra puerta en estos días, algún acontecimiento puede suceder a nuestro lado o en nuestro mundo, alguna señal querrá poner el Señor junto a nosotros de su presencia; quizá en un problema, un dolor, un sufrimiento, una alegría… pero sepamos abrir los ojos para sintonizar con esas señales de Dios y no cerremos las puertas a Jesús que viene porque quiere nacer en nuestro corazón, quiere nacer y reinar en nuestra vida. Ya sabemos bien, Jesús nos lo enseña en el evangelio, en quienes quiere Jesús que le veamos a El y le acojamos.
Podemos fijarnos en la actitud de María que como buena mujer y madre lo normal hubiera sido que tras el anuncio del ángel de su divina maternidad hubiera comenzado a cuidarse y a preparar la llegada del hijo que iba a nacer de sus entrañas. Cuántas cosas preparan las madres para el nacimiento de su hijo y cómo se preparan ellas también. Pero ¿qué hizo María? ¿cuál, podríamos decir, fue la preparación que realizó? Marchar presurosa hasta la montaña porque allí estaba quien necesitaba su ayuda, a quien ella podía servir y fue desde el amor y en el amor cómo ella supo acoger al Dios que llevaba en sus entrañas para hacerse hombre y esas fueron las pautas de su preparación.
‘Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’, fue la alabanza de su prima Isabel. Dichosa María por su fe, esa fe que ella plantaba en lo hondo de su corazón pero envolvía y empapaba totalmente su vida. Dichosa María por su fe, porque se cumplían las promesas del Señor. Dichosa porque con el sí de su fe ella colaboró desinteresada y generosamente con el plan de Dios, que eran planes de amor y de salvación. Dios quiso contar con ella y allí está la disponibilidad y la generosidad de su fe que se transforma en obras de amor. Se puso en camino, fue aprisa allí donde ella podía manifestar su amor, y así llevó a Dios también hasta aquel hogar de la montaña.
Dichosos tenemos que sentirnos nosotros, sí, por nuestra fe. También queremos hacer el obsequio de nuestra fe y de nuestro amor. Dichosos porque tenemos la certeza del Señor que viene a nosotros con su salvación. Se cumplen todas las promesas de Dios. Lo anunciado ya en aquella primera página de la historia allá en el jardín del Edén tras el pecado de Adán ahora tiene su cumplimiento. Va a nacer de la mujer, de la nueva Eva, aquel que va a escachar la cabeza del maligno porque con su vida y con su muerte se va a realizar la obra de la redención.
Dichosos nosotros si ponemos toda nuestra fe en el Señor que viene a nuestra vida y con su salvación va a hacer un mundo nuevo. Dichosos nosotros si poniendo toda nuestra fe en el Señor nos dejamos conducir, prestamos nuestra generosa disponibilidad y colaboración para que se cumplan las promesas del Señor y podamos hacer más presente el Reino de Dios en nuestra vida y nuestro mundo. Creemos, sí, en Jesús que es nuestro salvador, y creemos en su victoria sobre el mal, y creemos en ese mundo de justicia y de verdad, de paz y de amor que podemos realizar con la fuerza del Señor.
Dichosos cuantos llenan de sentido y de valor sus vidas con la fe. Dichosos si con fe y con nos acercamos al misterio de la Navidad y sabemos descubrir a Dios que nos sale al encuentro en nuestra vida. Llenos de dicha y de alegría honda nos acercamos al misterio; llenos de dicha y de alegría abrimos los ojos de nuestro amor para descubrir, para reconocer y para acoger al Señor que llega a nosotros. Estemos atentos, tengamos prontitud en el corazón y diligencia con las obras de nuestro amor para acoger al Señor que llega y que encuentre sitio en la posada de nuestro corazón.
Que desde lo hondo del corazón con fe seamos capaces de decir: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Esa obediencia de la fe, esa generosidad que pone la fe en nuestro corazón sea la cuna en que recibamos a Jesús.

jueves, 31 de mayo de 2012

La visita de María a Isabel es la visita de Dios que nos ofrece su salvación

Sofonías, 3, 14-18; Sal.: Os. 12, 2-6; Lc. 1, 39-56
‘Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos…’
Palabras llenas de júbilo del profeta que anuncian la llegada de la salvación para el pueblo de Israel. Palabras de júbilo que nos ofrece la liturgia en esta fiesta de la visitación de María a su prima Isabel, signo y señal al mismo tiempo que imagen de la presencia del Dios que llega con su salvación para todos los hombres.
María visita a su prima Isabel, tras haber escuchado el anuncio que el ángel le hizo a María de su maternidad divina; como una señal de la veracidad de la Palabra que llega de parte del Señor a María se le anuncia que también su prima Isabel va a ser madre. Ante la noticia, y movida por el amor del corazón de María, corre hasta la montaña para ir a visitar a su prima Isabel.
Pero podemos decir que no es sólo la visita de María, sino la visita de Dios, del Dios que viene a nuestro encuentro para ofrecernos vida y salvación y que ya se está realizando en el seno de María donde se ha encarnado el Hijo de Dios y se está gestando el nacimiento de Jesús. Pero con María llega a Dios a aquella casa de la montaña y con ella llega la gracia y la salvación.
‘En cuanto Isabel oyó el saludo de María saltó la criatura en su vientre’, como cuenta el evangelista que se verá corroborado por las palabras de Isabel. Llega la gracia de Dios que santifica en primer lugar a Juan, aún en el seno de Isabel, y que va a ser el varón más grande de los nacidos de mujer, como diría un día Jesús de él. Pero es Isabel también la que se llena de Dios, del Espíritu divino. ‘Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’
María es la llena de gracia que va derramando gracia allá por donde vaya. Está llena de Dios, como le había dicho el ángel en la anunciación, y es a Dios a quien María lleva allá donde se encuentra. ‘El Señor está contigo’, le dijo el ángel, y allá donde vaya María ella llevará a Dios. Por eso a María la podemos contemplar como trasmisora de Dios y como camino hacia la salvación; por eso María siempre nos estará conduciendo a Dios para que hagamos en todo lo que Dios nos diga, lo que Dios nos pida. ‘Haced lo que Él os diga’, les dijo a los sirvientes de Caná. Es lo que siempre escucharemos a María.
María reconoce humilde y agradecida las maravillas que Dios hace en ella que se siente pequeña, pero que sabe que Dios la está haciendo grande cuando la hace su madre. Su vida es todo un cántico de alabanza y de acción de gracias por las maravillas que en ella Dios realiza. ‘Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava… el Poderoso ha hecho obras grandes en mí y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’ Sabe y reconoce María las maravillas que Dios en ella realiza, pero sabe María que a través de ella, en el hijo que lleva en sus entrañas que es el Hijo de Dios, se va a manifestar la misericordia y el amor del Señor para todos los hombres.
María se siente transformada por Dios; es la pequeña que Dios hace grande, pero es la señal de la transformación que Dios quiere realizar en todos los hombres con el Reino de Dios que en Jesús se va a constituir y realizar. Es la exaltación de los humildes, es la transformación de los corazones, es el mundo nuevo que va a comenzar  donde ‘los poderosos serán derribados de sus tronos y a los hambrientos se les colmará de bienes’.
Es el signo, es la señal que contemplamos en la visita de María a Isabel que es la visita de Dios a la humanidad para ofrecerle la salvación. Es lo que hoy nosotros celebramos pero es lo que queremos vivir. Celebrar la visita de María a Isabel es recibir también nosotros esa visita de Dios a través de la contemplación de María. Es comenzar nosotros a sentir también en nuestra vida esa gracia y esa salvación que llega a nosotros, dejando que nuestro corazón también se transforme y se llene de vida y de gracia.
‘Llevaste el gozo y la salvación, con la visita de María, a la casa de Isabel, concédenos ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu para poder llevar a Cristo a los hermanos, proclamar las grandezas del Señor con nuestra alabanza y llevar por los caminos de santidad a todos los hombres’. Así pedimos en la oración litúrgica de esta celebración. Nosotros también hemos de saber ir a los demás llevando a Dios como lo hacía María. Nosotros hemos de aprender de la misma manera a llenarnos de Dios, a llenarnos de su gracia para vivir una vida santa y nuestro encuentro con los demás sea siempre una visita de Dios.