Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta resurrección hijo de la viuda de naím. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta resurrección hijo de la viuda de naím. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de septiembre de 2019

Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado


Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado

1Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17
Dos comitivas que se encuentran en las puertas de la ciudad. Una con jolgorio normal de un grupo ajeno a mayores preocupaciones, que hablan, que comparten alegremente como lo hacen los amigos que van de camino, que se sienten a gusto porque van con el Maestro y que de alguna manera se ve cortada en seco al encuentro con la otra comitiva llena de dolor en la que solo se escuchan suspiros y lagrimas, palabras dichas como en un susurro y que respetan el silencio del dolor y la soledad de una madre que va a enterrar a su único hijo.
No median palabras ni explicaciones, no se escucha ningún clamor de súplica como en otras ocasiones otros pedían la curación de su criado enfermo, o que pusiera sus manos sobre su hija que está en las últimas; nadie pide compasión ni suplica nada especial. Como alguien ha dicho la misma madre que llora y nada dice es oración con su presencia dolorosa.
Pero Jesús al contemplar el cortejo, al ver aquella madre desconsolada y sola siente que se le conmueven las entrañas. Será quien se adelante en medio de los dos cortejos para detener a los que iban fuera. Será quien ordene al joven que cadáver yace sobre aquellas parihuelas que se levante y se lo entrega a su madre. La compasión y la misericordia se han adelantado a la confesión de fe. Pedía fe Jesús en otras ocasiones cuando venían a que los curase. La fe oculta y hundida en medio del dolor surgirá de nuevo aunque antes todo pareciera oscuro. Luego todo serán alabanzas y bendiciones porque Dios ha visitado a su pueblo.
Cuando el dolor atenaza el alma todo se vuelve oscuro y parece que no hay palabras que puedan abrir camino para el encuentro de nuevo con la luz. Aunque sintamos deseos de gritar desde la angustia algunas veces se hace silencio dentro de nosotros, un silencio impenetrable y lleno de oscuridad.
¿Qué necesitamos entonces? Quizás dejarse hacer, dejar que alguien llegue y nos toque en lo hondo de nuestras entrañas, pero que nosotros nos dejemos tocar, a pesar de que no veamos resquicios sin embargo dejemos la posibilidad de que llegue la luz por alguna parte. Como aquella mujer, su silencio y su amargura – el evangelio no nos deja palabras suyas – se hicieron oración para conmover las entrañas de Dios, para hacer que Jesús sintiera compasión de ella y la llenara de nuevo de vida y de luz.
Dejarnos mirar por Dios, así como estamos, con nuestro dolor, con nuestros silencios o nuestros gritos quizá desesperados, con el alma rota, con todas las miserias aflorando de golpe en nuestra vida cuando parecemos más hundidos, con nuestras oscuridades que nos impiden ver una salida, con nuestras lagrimas reprimidas pero que se nos escapan envolviéndonos en más dolor. Hemos de tener la certeza de que Dios no mira, que su corazón compasivo y misericordioso se va a acercar a nosotros, que no volverá su rostro para otro lado ni dará un rodeo, sino que vendrá directamente a sanar nuestro corazón. Pero tenemos que dejarnos mirar, dejarnos tocar por esa mirada de Dios que nos levanta, que nos pone de nuevo en camino, que nos va a hacer encontrar la vida.
Pero esta lección tiene una parte también para nuestras actitudes, para que no nos quedemos nunca insensibles ante las lagrimas de los demás, para que no miremos para otro lado como tan fácil nos es hacer en tantas ocasiones, para que no demos el rodeo para evitar el encuentro cuando sabemos que está allí en la acera, a la puerta, al lado de ese camino por el que vamos todos los días tan distraídos.
Nos quedaremos en silencio quizás tantas veces porque no sabemos qué decir, pero no hacen falta palabras; basta solo nuestra presencia, aunque no sepamos qué hacer; solo es necesaria nuestra mirada que se encuentre con los ojos del que allí vemos por los suelos. Lo demás surgirá casi espontáneamente si aun nos queda sensibilidad en el corazón, solo es necesario que nos demos cuenta que entonces somos nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y seremos signos de la misericordia de Dios para esas personas. También nosotros tenemos que dejar actuar a Dios a través nuestro porque así quiere llegar con su misericordia a tantos que encontramos sumidos en el dolor en el camino.

martes, 18 de septiembre de 2018

Sepamos detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón


Sepamos detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón

1Corintios 12,12-14.27-31ª; Sal 99;  Lucas 7,11-17

Cuántas veces parece que estamos esperando que llegue alguien a nuestro lado para sentirnos distintos, para que se nos levante el ánimo y nos sintamos como renovados. Hay ocasiones en que parece que vamos como muertos por la vida, se nos acaban las ganas, todo nos parece oscuro, perdemos la ilusión pero llegará alguien a nuestro lado que con una palabra nos despierta, algo así como que nos remueve para que despertemos de ese letargo en que nos hemos metido y del que parece que no queremos salir.
Siempre hay quien tiene esa palabra acertada, que nos anima con su presencia, que nos hace mirar las cosas con otros ojos y los densos nubarrones de las preocupaciones y las desesperanzas desaparecen llenando de luz nuestra vida. Parece como si volviéramos a renacer, es en cierto modo un resucitar.
Eso que quizá hemos experimentado nosotros cuando hemos tenido la suerte de tener ese buen amigo que sabe en el momento oportuno poner su mano sobre nuestro hombro, creo que tenemos que darnos cuenta que hemos de saber hacerlo con los demás.
Algunas veces vamos tan ensimismados en nosotros mismos, pensando quizás solo en nuestros problemas que no somos sensibles para ver el llanto de tantos a nuestro alrededor en sus soledades, en su abandono porque se abandonan a si mismos o porque se sienten abandonados de los demás. ¿No tendríamos que ser sensibles a esas lagrimas que calladamente surcan los rostros de tantos alrededor nuestro?
Hay muchos que están necesitando esa mano nuestra sobre el hombro, esa mirada que llegue al alma, esa sonrisa que suaviza la tensión de nuestros rostros, esa palabra que se puede convertir en luz, en despertador de nuestras conciencias. Hoy que tanto utilizamos las redes sociales para estar conectados sepamos aprovecharlas para lo bueno y siempre hay mensaje ilusionante que podemos trasmitir. Serán mensajes que hacemos llegar directamente a nuestros amigos pensando en ellos, pensado en su vida, o pueden ser mensajes que dejemos ahí en la red y que alguien puede en un momento determinado leer y puede ayudarle a salir de las sombras en que quizá se vea envuelto.
Me ha surgido toda esta reflexión a partir de lo que escuchamos en el evangelio de hoy. Llegó Jesús a Naim y en ese momento sacaban a enterrar a un muchacho hijo único de una madre que era viuda. El silencio roto por los llantos y lamentos de aquella madre desconsolada y que ahora tan abandonada se veía era lo que se palpaba en aquella comitiva de muerte. Jesús se detiene y hace detener el cortejo, se acerca junto al féretro mientras seguramente la mirada se posaba sobre el corazón atormentado de aquella madre. Pero allí no podían seguir reinando las sombras. Es la mano tendida hacia el cuerpo difunto de aquel muchacho y la palabra de Jesús que lo levanta. ‘Muchacho, a ti te lo digo, levántate’. Y el joven se levantó y se lo entregó a su madre.
Detenernos ante tantos cortejos que pasan junto a nosotros en los caminos de la vida. Detenernos y tender nuestra mano; detenernos y mirar al corazón para descubrir la pena y el dolor; detenernos para tener la palabra de vida, el gesto que nos acerca, la presencia que acompaña de una forma distinta. Pasamos tan rápido por los caminos de la vida y aun aceleramos el paso cuando sospechamos que puede haber un sufrimiento. No es lo que nos enseña Jesús. No tiene que ser ese nuestro estilo y nuestra manera de actuar. Dejemos de tener tantas prisas en la vida, que ni nos enteramos de quien está junto a nosotros.

martes, 19 de septiembre de 2017

Jesús que llega también a nuestra vida tan llena de sombras y tan llena de muerte quiere iluminarnos con su luz y hacernos resucitar con su vida

Jesús que llega también a nuestra vida tan llena de sombras y tan llena de muerte quiere iluminarnos con su luz y hacernos resucitar con su vida

1Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17
‘Al entrar en la ciudad se encontró con que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre…’
Sacaban a enterrar a un muerto. Cuántas cosas se enterraban… la ilusión y la esperanza de una vida, las alegrías de cuantos con él habían convivido, el futuro de una mujer viuda que se quedaba sin el sustento de un hijo, los proyectos que toda vida encierra y que se ven truncados con la muerte, la alegría que desaparecía de los corazones abrumados por el dolor y la pena. Era mucho el dolor de aquella comitiva que se hacia solidaria con el dolor de una madre en su aterradora soledad. Era mucha la oscuridad y las sombras de muerte que a todos envolvía.
¿No caminaremos algunas o muchas veces en la vida envueltos también en sombras de muerte? Muchas veces tenemos la tentación de perder la ilusión y parece que se nos acaban las fuerzas porque flaquean también nuestras esperanzas; los agobios y problemas de la vida en muchas ocasiones nos ciegan y nos hacen perder la paz del corazón; afloran en nosotros pasiones que nos dominan y nos hacen perder el control de nosotros mismos; el orgullo y las envidias enturbian nuestro corazón y nuestros ojos para no ver con mirada limpia a cuantos nos rodean; el egoísmo nos hace insolidarios porque no pensamos sino en nosotros mismos y no somos capaces de compartir lo bueno que hay en nosotros y nos incapacita para hacer nuestras las necesidades o los sufrimientos de los demás.
Sombras, oscuridades, muerte que va envolviendo nuestra vida y que sí tendríamos que saber enterrar para hacer brotar nuevas flores de vida y color en nosotros. Tenemos que reconocerlo; nos acostumbramos a las sombras y no somos capaces que hemos perdido la capacidad de ver la autentica claridad de la vida, como aquel que va perdiendo poco a poco la visión y aunque ve borroso le parece natural. ¿Quién nos puede hacer encontrarnos de nuevo con la luz? ¿Quién puede darnos vida de verdad?
Cuando la comitiva sacaba a aquel muerto para enterrarlo, llegaba Jesús a la ciudad. Fue un encuentro para la vida. Mucho nos puede decir este episodio del evangelio. Nos hace pensar enseguida en la compasión del corazón de Jesús hacia aquella mujer que había perdido a su hijo y se había quedado sola. No podía dejar Jesús que pasara de largo aquella comitiva de muerte si El era la vida. Ya conocemos los detalles del acontecimiento y cómo Jesús devuelvió vivo aquel muchacho a su madre. Todos se admiraban de las maravillas de Dios y lo reconocían, ‘un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros’.
Pero es Jesús que llega también a nuestra vida tan llena de sombras y quiere iluminarnos con su luz, tan llena de muerte y que quiere resucitar con su vida. Jesús nos hace resucitar con su vida, porque ya no es para que sigamos viviendo la misma vida, sino que el viene a transformar todas esas sombras en luz. Viene a nuestro encuentro con su luz y con su vida. ¿Aprenderemos nosotros también a ir al encuentro con los demás para llevarles luz, para ayudarles a salir de las sombras de muerte que les envuelven?

martes, 13 de septiembre de 2016

Es necesario volver a llenar nuestro corazón de misericordia y de compasión para que rebose, contagie, se desborde en nuestros gestos, con nuestra presencia, con nuestra cercanía, en nuestras palabras

Es necesario volver a llenar nuestro corazón de misericordia y de compasión para que rebose, contagie, se desborde en nuestros gestos, con nuestra presencia, con nuestra cercanía, en nuestras palabras

1Corintios 12,12-14.27-31ª; Sal 99; Lucas 7,11-17

‘Le dio lástima… No llores…’ se habían encontrado las dos comitivas a las puertas de la ciudad. Entraba Jesús con sus discípulos en su peregrinar en el anuncio de la vida por los caminos y las aldeas de Galilea; salía una triste comitiva de la ciudad llevando el cadáver de un joven que acababa de morir dejando sola a su madre viuda. Momentos de gran tristeza. Allí está el dolor de una madre y el consuelo que tratan de darle todos los vecinos que la acompañaban en tan triste momento. Y allí llega Jesús. ‘Sintió lástima…’ Unas palabras de Jesús para aquella madre desconsolada: ‘No llores’. Jesús se ha detenido en su camino ante aquella comitiva, ante aquel dolor.
Detenernos en el camino ante el dolor y el sufrimiento. No podemos pasar insensibles, como quizá tantas veces habremos hecho. Reconozcámoslo. ¿Nos enteramos del sufrimiento de las personas con las que nos cruzamos en la vida? muchos quizá lo ocultan y no nosotros no nos enteramos. Muchas veces no queremos enterarnos ante ese pobre que nos tiende la mano pidiendo una ayuda. A lo sumo quizá nos contentamos con meter la mano en el bolsillo para sacar una moneda, pero, sinceramente hemos de preguntarnos, ¿nos detenemos? ¿nos cruzamos las miradas? ¿tenemos una palabra para esa persona? ‘No llores…’ le dijo Jesús.
Casi no puedo seguir adelante en esta reflexión que me estoy haciendo viendo el gesto de Jesús que me recuerdan los gestos que tantas veces he dejado de hacer. Porque pasamos de largo, no nos queremos enterar, no queremos saber lo que hace sufrir a esa persona; para no implicarnos, para no comprometernos; no salimos de nosotros mismos y no damos lugar en nuestra vida al sufrimiento del otro; nos podría hacer sufrir, nos falta la verdadera empatía. Es necesario volver a llenar nuestro corazón de misericordia y de compasión para que rebose en nuestros gestos, para que contagie con nuestra presencia, se desborde con nuestra cercanía, se hace presente en nuestras palabras.
La presencia de Jesús fue presencia de vida. Jesús resucitaría al joven para devolvérselo a la madre, pero Jesús antes había llenado de vida el corazón de aquella mujer. El milagro no solo estuvo en la resurrección del muchacho; eso fue el signo de la resurrección de aquel corazón dolorido al que se había llenado de vida con la presencia de Jesús.
Así nosotros, nuestra presencia, nuestros gestos, nuestra cercanía, nuestras palabras cuando sea necesario, siempre nuestro amor tiene que llevar vida, tiene que llenar de vida a cuantos nos rodean, a los que sufren, a nuestro mundo. Un campo grande se abre ante nosotros.

domingo, 5 de junio de 2016

Jesús viene al encuentro de nuestra vida llena de sombras para llenarnos de luz y hacer que nosotros vayamos a los demás con nuestra solidaridad a despertar la esperanza

Jesús viene al encuentro de nuestra vida llena de sombras para llenarnos de luz y hacer que nosotros vayamos a los demás con nuestra solidaridad a despertar la esperanza

1Reyes 17,17-24; Sal. 29; Gálatas 1,11-19; Lucas 7,11-17
Dos gentíos se encuentran a las puertas de la ciudad; un grupo de gente que va con sus duelos y tristezas, con el dolor de la muerte y el sufrimiento de la soledad y del abandono que sale de la ciudad acompañando a una madre viuda que llora la muerte de su único hijo al que llevan a enterrar. Pero en el grupo que se acerca a la ciudad reina la paz y reina la vida, van llenos de esperanza porque han sido testigos de las obras de Jesús y han escuchado las palabras de vida que siembran una nueva esperanza en los corazones.
Es el encuentro de nuestra vida, nuestra vida humana tan llena de dolores y de sufrimientos, nuestra vida en la que se asientan tantas veces la desesperanza y la soledad, nuestra vida tan llena de sombras de muerte que muchas veces nos hace que todo parezca lúgubre y triste, con el que es la Vida que viene a nuestro encuentro con una Buena Nueva que nos habla de un Reino de vida, de paz, de amor que todo lo puede transformar.
Tenemos el peligro de ir tan metidos en nuestras tristezas y desesperanzas que no lleguemos a vislumbrar los rayos nuevos de luz que quieren iluminarnos de una manera nueva, como le sucedió a la Magdalena a la puerta del sepulcro donde habían puesto el cuerpo muerto de Jesús. Como entonces ahora también Jesús nos sale al encuentro con palabras de vida, pero con la vida misma que va a renovar nuestra vida. Es el amor y la compasión que viene a nuestro encuentro, es la misericordia divina que pone su corazón lleno de amor junto a nuestras miserias y tristezas, nuestros duelos y nuestras muertes.
Jesús se conmovió al contemplar el dolor de aquella madre. ‘No llores’, le dijo a la madre. No era solo la muerte del hijo, sino que el corazón de aquella madre estaba roto y muerto en sus nuevas soledades que le impedían quizá ver los rayos fulgurantes de luz que a ella estaban llegando. Las palabras de consuelo de Jesús podían resonar con ese sentido en sus oídos y en su corazón y eran de agradecer, pero ¿cómo no iba a llorar cuando las sombras de la muerte envolvían su vida? Ella necesitaba algo más y Jesús se lo iba a ofrecer. La comitiva se detuvo. La Palabra de Jesús resonó con fuerza: ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!’ Y el muchacho se levantó y Jesús se lo entregó a su madre.
Primero que nada escuchando esta Palabra de Jesús hemos de sentir cómo Jesús llega a nuestra vida. También tenemos nuestros sufrimientos, nuestras soledades, quizá angustias en nuestra alma, heridas en el corazón que algunas veces nos cuesta curar, dudas y oscuridades que nos ensombrecen el camino de la vida, desencuentros con los más cercanos a nosotros que nos pudieran llenar de sufrimiento el corazón, lágrimas que de una forma o de otra tantas veces nos aparecen en la vida.
Hoy el evangelio habla de un gentío que acompañaba a aquella mujer, de la misma manera que otros iban con Jesús. Ese gentío que acompañaba nos tendría que hacer ver, recordar, abrirnos los ojos para darnos cuenta de los que están a nuestro lado aunque nos parezca que andamos solos. Si nos encerramos demasiado en nuestro dolor no seremos capaces de reconocerlos ni de escuchar esas palabras de consuelo o descubrir esos gestos de solidaridad que tengan con nosotros. Creo que puede ser un mensaje que también podría dejarnos este pasaje del evangelio; saber ver y saber agradecer a tantos que quizá en silencio nos acompañan porque no saben encontrar la palabra oportuna que decirnos, pero que sin embargo ahí están.
Pero después de sentir como Jesús a nosotros también nos devuelve la vida, la ilusión, la esperanza porque también nos tiende su mano salvadora para levantarnos, quizá tendríamos que descubrir lo que nosotros tendríamos que saber hacer. Hablamos antes no solo de nuestra situación personal sino de esa situación de nuestro mundo tan lleno de sombras de muerte y de tristeza. Por una parte la solidaridad; que se nos conmueva el corazón, que sintamos como se nos revuelven nuestras entrañas y sale a flote toda nuestra ternura.
Ahí al lado de ese mundo que sufre tenemos que estar nosotros, tenemos que ser signos de ese amor de Dios. No podemos cruzarnos de brazos sino tenemos que ponernos en camino, silencioso quizá en algunas ocasiones, pero siempre tiene que gritar nuestra caridad, nuestro amor; gritos en nuestros gestos, en nuestra cercanía, en nuestro compartir, en ese ser capaces también de sensibilizar a los demás, porque esa es una de las negruras de nuestro mundo. No podemos decir que aquí tenemos problemas para cerrar los ojos ante los problemas que quizá nos puedan parecer más lejos. Nuestros gestos o nuestra presencia tienen que ser gritos que despierten a tantos dormidos en su insensibilidad.
También nosotros podemos tender nuestra mano para levantar, para animar, para dar esperanza, para consolar, para ayudar, para transformar. Que el Señor nos dé esa sensibilidad a nuestro corazón.

martes, 17 de septiembre de 2013

Despertando el amor podemos llenar nuevamente de vida nuestro mundo

1Tim. 3, 1-13; Sal. 100; Lc. 7, 11-17
‘Todos sobrecogidos daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’. Lo que acababan de contemplar y vivir había sido una experiencia inolvidable. Jesús había devuelto a la vida a aquel muchacho que sacaban a enterrar.
‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto para iluminar a los que están en tinieblas y en sombras de muerte…’ había anunciado proféticamente en su cántico el anciano Zacarías cuando el nacimiento del Bautista. Dios que viene al encuentro del hombre. Dios que viene a nuestro encuentro para llenarnos de luz y de vida. Nosotros podemos proclamar ya, después de la resurrección de Jesús, que la muerte ha sido vencida.
‘Jesús iba de camino a una ciudad llamada Naim, e iban con El sus discípulos y mucho gentío’ nos dice el evangelista. Jesús viene de camino y esa ciudad de Naim somos nosotros, es nuestro mundo. Las tinieblas de la muerte también nos envuelven y nos llenan de muerte. Pero viene la vida a nuestro encuentro. Viene el amor y allí donde hay amor verdadero renace la vida.
‘Sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba’. Desfile de dolor y de muerte, de lágrimas y de sufrimiento, de soledades y abandonos. Era el dolor de la madre por la muerte de su hijo, como la de todos los que la acompañaban. Pero era el dolor por la soledad, el abandono, el sufrimiento de aquella madre. Había tinieblas de dolor, pero se vislumbraban anuncios de luz en la solidaridad en el sufrimiento de todos aquellos que acompañaban y que estaban sufriendo sintiendo en su corazón lo que sentía aquella madre en su propio corazón.
Pero hasta ellos llegó la luz y llegó de nuevo la vida. ‘Al verla Jesús, sintió lástima’, apareció su corazón compasivo y misericordioso, apareció el Amor con mayúsculas. Sintió lástima Jesús uniéndose a aquella solidaridad común de todos aquellos que la acompañaban; pero sintió lástima Jesús y su amor no se quedó en lamentaciones y llantos. Su amor hizo brotar de nuevo la vida. Detuvo el cortejo, se acercó al ataúd, tendió la mano, lo tocó y dijo: ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate! Y el muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre’. El amor hizo brotar la luz y la vida.
Pero decíamos antes que Jesús no solo se estaba acercando a la ciudad de Naim, sino que se está acercando a nosotros. Y llega a nosotros con ese mismo corazón compasivo y misericordioso; ve cuanto de tinieblas y de muerte también hay en nosotros y querrá detenerse a nuestro lado para levantarnos. No podemos seguir en ese camino de muerte; Jesús a nosotros también nos tiende la mano para levantarnos.
Pero ya decíamos que con Jesús llegaba la luz, la vida, el amor. Había atisbos de luz y de vida a pesar de todo en aquel cortejo, porque en los que lo acompañaban estaba presente la solidaridad. Algo de eso también hay en nosotros a pesar de ser como somos, porque muchas veces también comienza a resplandecer algo de ese amor en nosotros, aunque tenemos el peligro de apagar esa pequeña llama con los ramalazos de egoísmo que algunas veces se  nos pueden meter en el alma.
Pero Jesús llega a nosotros para despertar el amor, para despertar esos buenos sentimientos y avivar esa llama de amor que como un rescoldo algunas veces sigue permaneciendo en nosotros. Si despertamos el amor se obrará el milagro. Es lo que Jesús quiere realizar en nosotros. Apareció allí en Naim el corazón misericordioso y compasivo de Jesús y comenzó a florecer de nuevo la vida. Es lo que tenemos que hacer nosotros, despertar ese amor que hay en nuestro corazón y aparecerá la vida; la vida no ya para nosotros, sino la vida que irá envolviendo nuestro mundo para resucitarlo a algo nuevo. Es la tarea que nosotros tenemos que realizar. Despertando el amor podemos llenar nuevamente de vida nuestro mundo.

Y esta noticia del amor y la vida resucitada para nuestro mundo ha de comenzarse a divulgar no solo por nuestra comarca sino que ha de darse a conocer a todos, porque eso es evangelizar, eso es anunciar a Jesús.

domingo, 9 de junio de 2013

El Emmanuel nos sale al encuentro en medio de un mundo de dolor

1Reyes, 17, 17-24; Sal. 29; Gál. 1, 11-19; Lc. 7, 11-17
Jesús es el Emmanuel anunciado por los profetas; Dios con nosotros que camina en medio de nosotros, que ha tomado nuestra misma vida y está a nuestro lado haciendo nuestro mismo camino. Cuando meditamos el misterio de la Encarnación de Dios muchas veces tenemos el peligro o la tentación de quedarnos en el hecho de la Navidad, y porque le vemos nacer niño en Belén en medio de aquella pobreza al pensar en el Dios encarnado fácilmente nos quedamos con esa imagen de Dios hecho niño en el portal de Belén.
Hemos de saberle ver en todas las situaciones de su vida, tal como nos lo narra el evangelio, pero verlo también en todas las situaciones de la vida por las que nosotros pasamos y donde tenemos que contemplarle también como el Emmanuel, el Dios que está con nosotros, a nuestro lado en cualquiera de esas situaciones que vivimos. Una lectura atenta del Evangelio nos hace ver y comprender cómo Jesús está en verdad en medio de los hombres, acercándose al hombre, cualquiera que sea la situación que vivamos. En todo momento El se acerca a nosotros como luz, como vida, como salvación, llenándonos de su gracia salvadora.
Es lo que hoy contemplamos en el evangelio. Jesús caminando de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, pasando de una a otra por todas las situaciones y circunstancias humanas. ‘Jesús de camino llega a una ciudad llamada Naim’ y ahí se va a encontrar con una situación bien dolorosa y donde se nos va a manifestar la vida que nos ofrece y todo su amor. Lo acompañaban los discípulos y mucho gentío, nos dice el evangelista. Se encuentra ‘cuando se acercaba a la entrada de la ciudad que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda; y un gentío considerable de la ciudad lo acompañaba’.
El impacto del encuentro de los que venían con Jesús con aquel cortejo y aquella multitud silenciosa que acompañaba al difunto que iban a enterrar y a su madre tenía que ser fuerte. Allí estaba el dolor y el sufrimiento que siempre se produce ante la muerte de alguien, en este caso joven; dolor y sufrimiento aumentado si cabe en aquella madre que ha perdido a su hijo único y se va a quedar sola y desamparada.
La situación de las viudas no era fácil en Israel en aquellos tiempos; veremos siempre que cuando se trata de socorrer a alguien que pasa necesidad se hablará de huérfanos y viudas. En este caso doblemente, podríamos decir, porque aquella madre viuda no tenía más hijo que el que había fallecido. Grande sería la soledad y el desamparo que la esperaba. Por eso podemos imaginar sin mucha equivocación el silencio impactante que envolvía a los que iban en aquel cortejo.
Y allí está Jesús. Jesús que nos sale al encuentro en la vida allí donde estamos con nuestros sufrimientos o  nuestra muerte. Sólo se oye el llanto doloroso de aquella madre a la que Jesús le dirá: ‘No llores’. Y Jesús que se acerca al ataúd haciendo detenerse a los que lo llevaban. ‘¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!... y el muerto se incorporó y comenzó a hablar, entregándoselo Jesús a su madre’.
Ahora el silencio se rompe y como a coro todos ‘sobrecogidos daban gloria a Dios diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo’. Aquella gente sencilla sabe descubrir las obras maravillosas del Señor. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, es el grito ahora y el clamor. Nos recuerda las bendiciones de Zacarías en el nacimiento de su hijo. ‘Bendito sea el Señor Dios de Israel porque ha visitado y ha redimido a su pueblo… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es Dios que se está haciendo presente allí. Lo reconocen en Jesús y en sus obras, aunque más tarde otros quieran negarlo. Pero allí están los pequeños y los sencillos que son los que saben descubrir las obras de Dios, que son a los que Dios quiere revelarse.
Si los filósofos quieren definir al ser humano como homo patiens, el ser que sufre, que tiene la capacidad del sufrimiento, ahora podemos descubrir el rostro del Dios compasivo, del Dios que sufriendo con nosotros nos manifiesta su amor acercándose a nuestra vida y a nuestro mundo en esa situación de dolor y sufrimiento que podamos padecer. Compasivo que es ‘padecer con’; el Señor es compasivo con nosotros porque nuestro sufrimiento no le es ajeno; ante nuestro sufrimiento El nos manifiesta su ternura y su amor acercándose a nosotros, padeciendo con nosotros, haciendo suyos nuestros sufrimientos, derramando su gracia y su amor sobre nuestra vida.
Ahí le vemos en verdad Emmanuel, Dios con nosotros, sufriendo con nosotros y amándonos y regalándonos la ternura de su amor y de su vida en nuestro propio sufrimiento. El Evangelio de Lucas que estamos siguiendo en este ciclo C nos habla continuamente de esa misericordia y de esa ternura de Jesús con los pobres, los enfermos, los pecadores.
‘No llores’, le dice de entrada a aquella mujer que está envuelta en el dolor y sufrimiento de la muerte de su hijo con todo lo que ello significaba para su vida y lo que podría ser su futuro. Y nos dice el evangelista que Jesús sintió lástima, se conmovió, se le revolvieron sus entrañas, podríamos decir, y se manifestó en verdad compasivo de aquella mujer. Allí estaba a su lado Jesús con sus entrañas conmovidas, como cuando le vemos sufrir ante la tumba de Lázaro, su amigo, en que le brotan lágrimas de sus ojos, o como cuando lo vemos sufrir por su ciudad querida, Jerusalén, sabiendo todo lo que la va a destruir, llorando también por ella.
‘Dios ha visitado a su pueblo’. Dios se sigue haciendo presente en medio del sufrimiento de nuestro mundo. Dios no es ajeno al sufrimiento que padecemos los hombres. Recordamos lo que le decía a Moisés, allá en medio de la zarza ardiente, que ha escuchado el clamor de su pueblo y va a enviarle a Libertador para que lo libere. Dios ha escuchado el clamor de la humanidad sufriente y nos envió a su Hijo único porque así tan grande era su amor que nos lo entregaba. Dios sigue escuchando el clamor de su pueblo, de toda la humanidad y en nuestras manos está el hacer presente a Dios en medio de los hombres.
¿No nos estará pidiendo el Señor que a través de nuestra solidaridad y de nuestro amor, a través de nuestro compromiso serio por hacer que nuestro mundo sea más justo y viva en paz se manifieste ese rostro compasivo de Dios para todos los hombres? Tenemos que ser sembradores de paz y de esperanza; tenemos que seguir repartiendo amor entre los que nos rodean; con nuestros gestos de solidaridad al compartir con los demás tenemos que despertar esos sentimientos en cuantos nos rodean; hemos da aprender a poner los verdaderos cimientos de un mundo mejor y más justo que entre todos construyamos.
Mucho sufrimiento hay en nuestro derredor con los problemas que vive la gente de hoy. Tenemos que aprender como Jesús a acercarnos al lado del que sufre; tenemos que buscar la manera de detener esa carrera de muerte en la que viven tantos con la falsedad de sus vidas, con su trato injusto para con los demás, con esa violencia de la que hemos llenado nuestra vida en palabras, en gestos y muchos hechos muy concretos; tenemos que tender la mano como lo hizo Jesús con aquel muchacho que llevaban a enterrar porque con nuestra mano de solidaridad tendida podemos levantar a tantos de su postración y de su sufrimiento. Mostrando con sinceridad nuestro rostro compasivo estaremos mostrando el rostro compasivo y misericordioso de Dios.
Dios sigue siendo el Emmanuel, pero mucho de nosotros depende que el mundo crea y descubra ese rostro compasivo de Dios. Es el mensaje que quiere dejarnos hoy el Señor en su Palabra. ¿Qué respuesta le vamos a dar?


martes, 18 de septiembre de 2012


En la encrucijada de los caminos tenemos que hacer brotar el fogonazo del amor
1Cor. 12, 12-14.27-31; Sal. 99; Lc. 7, 11-17

Las puertas de la ciudad de Naín es una encrucijada de caminos. Y ya no me refiero a los caminos que pudieran llegar desde otros lugares o atravesar estos parajes en diferentes direcciones sino que en este pasaje que nos ofrece hoy el evangelio vemos como allí se van a encontrar diferentes caminos. 

Un camino de vida se acerca a la ciudad, mientras una procesión de muerte, de dolor, soledad y sufrimiento va saliendo de ella. Pero va a surgir un fogonazo inmenso de luz y de amor que todo lo transformará para que desaparezcan las sombras de la muerte y comience a reinar la vida. El evangelio nos lo narra así: ‘iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín … y cuando estaba cerca de la ciudad resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda… al verla Jesús le dio lástima…’

Allí estaba Jesús que siempre va al encuentro del hombre, al encuentro de toda persona, sea cual sea su situación. Con Jesús siempre va la luz y va la vida. Por eso, aquel encuentro, como todos los encuentros con Jesús cuando nos dejamos encontrar por El va a ser un encuentro para la vida. Allí está el amor. Y donde hay amor no puede haber muerte ni dolor; donde hay amor todo se llena de luz y de vida; donde está el amor siempre renace la esperanza. Allí está Jesús. Dios es amor. Sintió lástima, dice el evangelista, se estremecieron las entrañas del amor.

Jesús viene a nuestro encuentro. Cuántas veces caminamos entre las lúgubres tristezas de las sombras de la muerte porque no dejamos entrar el amor en nuestra vida. Y pareciera en ocasiones que nos gusta andar entre esas tinieblas, porque sabemos donde está la luz y no vamos a su encuentro, sabemos como podemos iluminarnos y preferimos nuestros egoísmos, nuestras desganas para amar, o nuestros orgullos.

Los que iban saliendo de la ciudad se pararon cuando Jesús llegó hasta ellos. No podían seguir adelante en aquel camino de sombras si Jesús estaba allí. Se dejaron hacer por Jesús; se dejaron conducir y se acabó la muerte porque Jesús entregó aquel muchacho lleno  de vida a su madre. ‘Levántate’, le dice Jesús. ‘Levántate’ nos está diciendo tantas veces a nosotros, pero cuánto nos cuesta entrar en esa órbita del amor y de la vida.  Tenemos que aprender a abrir nuestros oídos, desentumecer nuestra vida tan aturdida en nuestros desamores. Tenemos que dejarnos resucitar.

Pero es que son caminos que nosotros hemos de saber hacer también; tenemos que aprender de Jesús a ir a esas ‘ciudades de Naín’ de nuestro tan lleno de desamor, de egoísmo y de insolidaridad. Los que creemos en Jesús tenemos que hacer su mismo camino y tenemos que ir llevando esa luz, despertando ese amor, suscitando esos deseos de solidaridad y justicia, resucitando a nuestro mundo muerto que nos rodea. Si no nos empeñamos seriamente en llevar esa vida, podríamos terminar nosotros envueltos en esas garras de muerte. Por eso quien cree en Jesús nunca se cruza de brazos o se queda estático simplemente viendo los problemas de nuestro mundo, o de nuestros hermanos, sin poner su mano para su solución.

Nos lamentamos continuamente con situaciones de crisis y de mal que envuelven nuestro mundo. Pero si cada uno de los que creemos en Jesús en lugar de contentarse con lamentaciones pusiera su granito de arena de amor, de más solidaridad, de más compartir generoso, de más responsabilidad ante los problemas de nuestra sociedad o en el cumplimiento de nuestros deberes, seguro que iríamos resucitando nuestro mundo, transformándolo y despertando mayor solidaridad y justicia en tantos que nos rodean. 

Es una responsabilidad que tenemos. Es una tarea en la que tenemos que empañarnos y haremos un mundo mejor. Es un camino que tenemos que recorrer. Es una luz que tenemos que hacer brillar.

martes, 13 de septiembre de 2011

El Señor sigue viniendo a nuestro encuentro con su gracia de vida


1Tim. 3, 1-13;

Sal. 100;

Lc. 7, 11-17

‘Todos sobrecogidos daban gloria a Dios, diciendo: Un gran profeta ha aparecido entre nosotros’. Es la admiración ante lo sucedido. Es el reconocimiento de la fe. ‘Daban gracias a Dios’. Es el reconocer el misterio de Dios que se les manifiesta: ‘un gran profeta ha aparecido entre nosotros’.

Pero ¿qué es lo que estamos viendo? Dios que viene al encuentro del hombre. El rostro misericordioso de Dios que se nos manifiesta en Jesús. En otras ocasiones será el enfermo o el que sufre, el que tiene el mal dentro de sí o el que se siente pecador el que acude a Jesús buscando la salvación, buscando la salud, buscando la vida. Claro que siempre hemos de saber ver una moción del Espíritu en el interior del hombre para buscar esa salvación, aunque no sepa bien cómo lo hace.

Pero en esta ocasión es Jesús el que viene al encuentro del hombre. Llega a la ciudad y se encuentra con el gentío de los que salen a enterrar al joven difunto, hijo único de una madre que era viuda. Y es Jesús el que se acerca, detiene la comitiva, se acerca hasta el féretro, levanta de la muerte al muchacho devolviéndoselo vivo a su madre. Se le movieron las entrañas a Jesús; allí estaba su corazón misericordioso. ‘Al verla – a la madre llena de dolor por la muerte de su hijo – le dio lástima, se acercó al ataúd, lo tocó – para que se detuvieran los que lo llevaban – y dijo: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!’.

Jesús sigue acercándose a nosotros, en nuestro sufrimiento, en nuestro dolor, en lo que es nuestra vida tan llena de muerte en ocasiones. Quiere levantarnos; quiere devolvernos la vida, quiere resucitarnos porque quiere darnos la vida verdadera. Toca nuestra vida, nos llama la atención, nos habla a través de signos y de acontecimientos, nos grita su palabra, pero algunas veces no nos detenemos, seguimos en nuestro camino de muerte, no reconocemos a Jesús, no aceptamos y recibimos su salvación.

La misma muerte de nuestro pecado que nos envuelve nos hace insensibles, sordos a la llamada de Jesús. Vemos las maravillas de Dios y no somos capaces de reconocerlas. Seguimos en nuestra rutina, en nuestra frialdad, en nuestra indiferencia, en nuestras sorderas y cegueras. Tenemos que escuchar muchas veces evangelios como éste que hoy se nos está proclamando para que vayamos despertándonos a esa acción de Dios. Tenemos que dejar que el Señor llegue a nuestra vida y escuchar su voz.

Todos esos milagros de Jesús que contemplamos en el evangelio están hechos para nosotros. Sí, no pensemos que eso es sólo cosa de otro tiempo, de los tiempos de Jesús en Palestina. Ya sabemos que la Palabra de Dios que escuchamos no es simplemente el relato de historias antiguas, de otro tiempo, o de las cosas que les sucedieron a otros. La Palabra de Dios que se nos proclama, se nos proclama para nosotros y en nosotros quiere realizar esa obra de salvación, en nosotros se han de hacer también esas maravillas de Dios.

Ahora que la estamos escuchando y nos está haciendo pensar, pidámosle al Señor que venga a nosotros y toque nuestros oídos, quite las escamas de nuestros ojos, toque nuestra vida y limpie la lepra de nuestros pecados, nos tienda la mano y nos levante de nuestra invalidez, de nuestra muerte; que no nos deje llegar al sepulcro sino que nos resucite; que su gracia transforme de verdad nuestra vida.

Y también sepamos reconocer y admirarnos por las maravillas que vemos que el Señor sigue haciendo en nosotros y en los que están a nuestro lado. Y sepamos darle gracias, cantar la alabanza, dar a conocer también a los demás las maravillas del Señor. El sigue viniendo a nuestra vida y saliéndonos a nuestro encuentro con su gracia.