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lunes, 31 de marzo de 2025

No terminamos de creer en la Palabra de Jesús que habla de un mundo nuevo, el Reino de Dios, y no terminamos de comprometernos con ese Reino para hacer un mundo nuevo

 

No terminamos de creer en la Palabra de Jesús que habla de un mundo nuevo, el Reino de Dios, y no terminamos de comprometernos con ese Reino para hacer un mundo nuevo

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

Estamos tan escarmentados de que las promesas nos resulten inútiles y las palabras se queden vacías, porque pronto quizás se olvidan y aunque como dice el refrán ‘lo prometido es deuda’, sin embargo también nos encontramos con lo otro de ‘si te vi. No me acuerdo’ que al final no creemos en nada, desconfiamos de todo y desconfiamos de las palabras y terminamos con aquello otro de ‘si no lo veo, no lo creo’. Ya no nos creemos nada, tiene poco menos que producirse como un terremoto o como un volcán que lo palpamos y sentimos, que sean cosas extraordinarias y maravillosas para poder creer. Pero ¿eso es en verdad fe?

Sí, tenemos que preguntarnos por la fe, como la entendemos, cómo realmente creemos. Cuando estamos hablando de fe estamos entrando en el misterio, en el misterio de Dios que nos trasciende, hablamos de un confiar cuando parece que toda confianza se ha perdido, hablamos de aceptar fiándonos de aquel que nos habla, se nos revela o nos pide algo, hablamos de un dejarnos conducir porque nos abrimos a algo nuevo que nos va a transformar; no es porque tengamos unas pruebas, no es simplemente porque veamos cosas maravillosas o extraordinarias, no nos vamos a dejar influir por unas promesas, es algo misterioso que se produce allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque sentimos y porque vivimos, porque se nos da confianza y nosotros queremos confiar. Un misterio grande que no podremos explicar con palabras humanas, pero que es algo que vivimos, algo que además nos transforma desde lo más hondo.

El evangelio de hoy nos hace una preparación del terreno, hablándonos de la vuelta de Jesús a Galilea, de la admiración que se va suscitando en la gente, de su estancia de nuevo en lugares donde había estado antes y se habían realizado signos que despertaban la fe de los que le seguían, como fue lo de las bodas de Caná de Galilea y ahora nos habla de un hombre principal y poderoso, un funcionario real nos dice, que tiene un hijo enfermo y acude a Jesús. Solamente le pide que baje a Cafarnaún lo más pronto porque su hijo se muere.

No parece muy claramente que sea la fe en Jesús la que esté guiando a este hombre, quiere algo extraordinario para algo extraordinario para él como era que su hijo se  estaba muriendo. No es la fe del centurión romano que tiene su confianza puesta en la palabra de Jesús para que sea realice lo que Jesús diga, no es la fe de Jairo que está pidiendo el gesto de que Jesús imponga su mano como una bendición para que su hija se cure.

Por eso la reacción de Jesús. Si no ven cosas extraordinarias no creen, ‘si no veis signos y prodigios, no creéis’.  Y ante la insistencia del funcionario porque su hija se muere solamente le dice Jesús ‘anda, tu hija vive’. Y ahora el hombre se fió, se puso en camino hacia su casa hasta encontrarse con los que venían con la noticia de que su hija estaba viva. Coincidía la hora de su mejoría con la hora de la palabra de Jesús. Ahora creyó él y toda su familia.

¿Nos fiamos y creemos en la palabra de Jesús? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Solamente un prodigio que nos libere de aquella situación pero luego seguiremos como antes sin ningún cambio en nuestra vida? Nos contentamos y nos quedamos satisfechos si hacemos en aquel momento un regalo, pero luego ya todo pasó y seguimos como siempre. ¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo, estamos haciendo cuando venimos a Misa y quizás vivimos devotamente aquel momento pero luego en mi vida todo sigue igual? ¿Y esa fe que decíamos tener y que decimos que celebramos cuando venimos a la Iglesia en qué se nota luego en nuestra vida?

No terminamos de ver la acción de Dios en nuestra vida y seguimos con nuestros cumplimientos y rutinas pero no dejamos que nuestra vida se envuelva por esa fe, que nuestro mundo se vaya transformando con esa fe. No terminamos de creer en la Palabra de Jesús que nos anuncia un mundo nuevo al que El llama el Reino de Dios y no terminamos entonces de comprometernos con ese Reino de Dios para hacer un mundo nuevo. Algo tiene que cambiar en nuestra forma de concebir la fe.

lunes, 6 de febrero de 2023

Con Jesús aprendemos a sentirnos valorados, aprendemos cómo podemos hacer las cosas por nosotros mismos liberándonos de tantas dependencias que nos anulan

 


Con Jesús aprendemos a sentirnos valorados, aprendemos cómo podemos hacer las cosas por nosotros mismos liberándonos de tantas dependencias que nos anulan

Génesis 1,1-19; Sal 103; Marcos 6,53-56

Si en Gerasa no quisieron recibirlo, cuando había liberado a aquel hombre del espíritu del mal y le pidieron que se fuera a otra parte, como escuchábamos el pasado sábado, ahora cuando desembarcan en Genesaret, otra parte de las orillas del lago de Tiberíades, sí que le reciben. La fama de Jesús se había extendido por todas partes; de todos los lugares le traían enfermos para que los curase. Era la fama de taumaturgo la que se adelantaba a su llegada a cualquiera de aquellos rincones de Galilea.

Eran muchas las angustias y las penas que la gente vivía en su pobreza; las enfermedades que les debilitaban aumentaban su pobreza y sus angustias; cuando encontramos modo de liberarnos de algún mal es normal que comencemos por aquello que nos parece más perentorio y que de alguna manera veían como causa de los muchos males que sufrían.

Normal parecía que los ciegos que en su ceguera se veían imposibilitados para cualquier tipo de trabajo estuvieran al borde de los caminos por donde pasara mucha gente para moverlos a compasión y alcanzar alguna limosna que remediara en parte su pobreza. Nos fijamos en el evangelio son muchos los ciegos que nos aparecen por todas partes en sus diversas situaciones y buscan la luz para sus ojos en Jesús. Toda su fe se quedaba reducida en la mayoría de las situaciones en poder verse liberados de su pobreza, al verse liberados de sus limitaciones y enfermedades.

Pero bien sabemos que el hombre allá en lo más interior de si mismo puede ser consciente de que hay otros males, otras limitaciones y dependencia, otras discapacidades que no solo afectan a los miembros o los órganos de nuestro cuerpo, sino que nos atan allá en lo más hondo de nosotros mismos.

Hay una pérdida de dignidad que acompaña todas estas limitaciones y más en un mundo donde parece que lo único válido es que seamos productivos en cosas que nos puedan generar unos bienes o unas riquezas materiales que nos pueden parecer la solución de todos los males. Pero esa dignidad y grandeza de la persona no está en las cosas que poseamos, sino en el valor que nos demos a nosotros mismos, en ese camino que seamos capaces de emprender hacia una rectitud de la vida, en esa valoración que hagamos de lo que somos y ese camino de respeto y valoración con que contemplemos la vida de los demás.

Y es ahí donde Jesús quiere levantarnos; es ahí donde Jesús quiere recordarnos la grandeza y dignidad de toda persona. Es la forma cómo Jesús se acerca a todos y pone su mano sobre todo sobre los que sufren para levantarlos y ponerlos en camino. Ni podemos quedarnos postrados en nuestra camilla para siempre, ni podemos pretender que sean siempre otros los que tengan que cargar con nuestra camilla. Ponte en pie, toma tu camilla y echa a andar, le dice Jesús a los enfermos y a los que se han hundido en su postración.

Con Jesús aprendemos a sentirnos valorados, con Jesús aprendemos como podemos hacer las cosas por nosotros mismos sin estar siempre dependiendo de los demás, con Jesús aprenderemos también tender la mano para que el otro se sienta también dignificado porque se puede ver liberado de todos sus males. Tratemos de descubrir con claridad cuál es la salvación que Jesús nos está ofreciendo y la nueva dignidad con que siempre hemos de vivir.

 

jueves, 24 de marzo de 2022

Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

 


Tenemos que convencernos que como cristianos tenemos que ser sembradores de paz y de comunión, buscando siempre el encuentro para recorrer caminos de colaboración entre todos

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23

¿Por qué seremos así? Siempre hay alguien que tras cada cosa, por muy buena que sea, siempre estará viendo una segunda intención, siempre andará en desconfianza o queriéndonos poner en desconfianza, siempre tratará de decirnos que hay algo turbio, siempre hay una mala intención, siempre hay una razón oculta. Desconfiados terminamos por destruirnos; desconfiados contagiamos a los demás de nuestra desconfianza, y luego terminaremos sin tener en qué apoyarnos.

Nunca se será capaz de aceptar lo bueno que pueda haber en la actuación de los demás sobre todo si los consideramos adversarios. Parece que siempre tenemos que estar enfrentándonos como enemigos que llevan el odio por bandera. Y esa forma de actuar nos destruye en lo más hondo de nosotros mismos. Lo contemplamos en el día a día de nuestra sociedad, donde siempre se irá echando abajo – hasta en el sentido más material de la palabra – lo que hayan podido hacer otros.

Cuando alguien tiende la mano para el diálogo y para construir unidos, siempre andamos con desconfianza hacia esa mano tendida. Vamos por la vida en un diálogo de sordos porque solo nos oímos y nos queremos ver a nosotros mismos como los únicos salvadores. Y así surge una crispación en la sociedad que termina por llenarnos de violencia. Siento en verdad tristeza en el corazón cuando veo esa manera de actuar sobre todo en quienes tienen la responsabilidad de dirigir nuestra sociedad y ser constructores de una sociedad mejor que tendría que ser contando con la colaboración de todos. Tenemos que tener cuidado de no contagiarnos con esa mala levadura, o diría peor, de esa cizaña sembrada de mala manera en nuestros corazones.

‘Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa’, les responde Jesús cuando andan acusándolo con la incongruencia de que los milagros que realiza los hace con el poder del espíritu del mal. ¿En qué cabeza cabe? Pero esta frase de Jesús no solo hemos de verla en esa apología contra la incongruencia de quienes no aceptan las obras de bien que realiza, sino que además puede ser un toque de atención para esa división que hay entre nosotros cuando no somos capaces de aceptarnos, cuando nos hacemos la guerra entre nosotros mismos.

Nos tendría que dar que pensar para esas relaciones enfrentadas y llenas de violencia que hay entre nosotros en el pan nuestro de cada día, pero que algunas veces descubrimos entre quienes más unidos tendríamos que estar en torno a Jesús. No siempre los creyentes vivimos esa necesaria comunión entre nosotros. Es, sí, la ruptura de la falta de unidad de los cristianos y miramos la iglesia en su globalidad, pero tendríamos que mirar en la cercanía a donde estamos para ver que no siempre resplandece esa comunión entre los mismos que participamos en la misma Eucaristía cada semana, el día del Señor.

Nuestras comunidades muchas veces están rotas, porque ni entre nosotros mismos nos conocemos; no somos capaces de ver y reconocer lo que está haciendo el hermano que está dos bancos más atrás de nosotros en el templo, porque no nos conocemos, porque no hay cercanía entre nosotros. Muchas tendrían que ser las cosas que tendríamos que revisar, muchas las actitudes y posturas nuevas que tenemos que hacer surgir de nuestro corazón, muchas las cosas de las que tendríamos que desprendernos porque a la larga pueden ser sombras que llevamos en nuestra vida.

Mucha tendría que ser la apertura que como cristianos tenemos que hacer a esa sociedad en la que vivimos y donde tendríamos que ser siempre sembradores de paz y de comunión, buscando el encuentro, trabajando para que sepamos encontrar esos caminos de colaboración entre todos y dejemos ya de una vez de ponernos tantas zancadillas.

Es el camino de conversión que vamos realizando en este tiempo cuaresmal buscando que haya verdadera pascua en nosotros.

lunes, 7 de febrero de 2022

Necesitamos un mundo de humanidad, hecho de gestos sencillos, de cosas insignificantes pero que nos hacen valorar la dignidad de las personas

 


Necesitamos un mundo de humanidad, hecho de gestos sencillos, de cosas insignificantes pero que nos hacen valorar la dignidad de las personas

1Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56

Muchas veces la cuestión no es solo que me hagan las cosas o me resuelvan los problemas, sino la forma en que me lo hacen. Tenemos que reconocer que muchas veces nos encontramos personas que lo que podríamos llamar técnicamente son buenos profesionales, saben lo que tienen entre manos, pero sin embargo son personas inaccesibles; personas que te miran a la distancia – como se suele decir algunas veces, por encima de las gafas -, no entran en ningún gesto de humanidad con los que están tratando y parece que todo fuera una máquina  que mecánicamente hace su trabajo, pero que por no tener no tienen ni siquiera una sonrisa con quien están hablando. Algunas veces nos deshumanizamos.

Todo lo contrario de lo que hoy vemos en el evangelio con Jesús. El sí será accesible a las personas que le rodeaban, porque El se acercaba a la gente, estaba donde la gente estaba, escuchaba, se dejaba incluso tocar la orla de su manto, si ese era el deseo de los que se acercaban a El.

Hoy hemos escuchado cómo cuando llegan después de su travesía, al desembarcar la gente acude corriendo en torno a El; pero recorres caminos, pueblos, aldeas, enseñando, curando; se detiene junto al ciego que pide limosna al borde del camino, o acude allá donde está aquel solitario que nadie atiende y nadie le presta ayuda, como un día veremos en el paralítico de la piscina; no teme tomar con su mano al leproso o meter sus dedos en los oídos del sordomudo y tocar su lengua, poner barro echo con su propia saliva en los ojos del ciego, o dejarse tocar la orla de su manto por cualquiera que anónimamente quisiera acercarse a El; acude a la casa de Jairo para tomar la niña de la mano y levantarla, como un día había tendido la mano a la suegra de Simón que estaba en cama con fiebre, igual que está dispuesto a ir también a la casa del centurión romano.

Es bueno detenerse con detalle en estos gestos de Jesús. El evangelio que hoy se nos propone hace como un breve resumen de sus andanzas y de las curaciones que va haciendo. Pero, como decíamos, es bueno detenerse en los detalles porque así podemos admirar más la humanidad de Jesús, su cercanía, su dejarse encontrar. Y es que en el mundo en el que vivimos necesitamos mucho de esto.

Habremos avanzado mucho en técnicas y ciencias, pero tenemos el peligro de convertirnos en máquinas; podemos hacer maravillas con los avances de las ciencias, pero el enfermo necesita que el médico se siente con él en su cama y converse de muchas cosas porque su enfermedad no son solo sus dolores; necesitamos esos encuentros personales, ese mirarnos a los ojos, ese estar con oído atento para escuchar no dando por sabidas las cosas antes de que nos las digan, saber dejar que el anciano quizá nos cuente una y otra vez sus batallitas de la historia de su vida aunque nos las sepamos de memoria.

La gente necesita ser escuchada, las personas necesitan que se detengan a su lado, no les importa las preguntas que les podamos hacer, porque ellos están deseando encontrar alguien con quien hablar. Vamos más atentos a nuestras redes sociales para hablar con quien está al otro lado del mundo, pero no nos detenemos a hablar con el abuelo, con el vecino, con el muchacho que está allá aburrido al lado de la calle.

El mensaje que hoy Jesús quiere trasmitirnos es ese mundo de humanidad que tenemos que construir día a día y que está hecho de gestos sencillos, de cosas que nos pueden parecer insignificantes pero que nos hacen valorar la dignidad de la persona. ¿Aprenderemos un día a detenernos un poco más con ese con quien nos entramos por la calle y aunque no lo conozcamos dedicarle una sonrisa?

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón


 

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber qué hacer pero si con disponibilidad para el encuentro y la escucha y poniendo generosidad en el corazón

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

¿Qué es lo que pasa ahí hay tanta gente? Quizás alguien pregunta cuando ve que mucha gente acude a una casa determinada o quizás a un salón que se ha habilitado al efecto. Es que vino un familiar que hacía años que emigró y a su venida los familiares y amigos han querido darle una sorpresa y se han reunido todos para una comida. Aquella comida era algo más que el tomar unos alimentos para satisfacer unas necesidades primarias como es la alimentación de nuestros cuerpos.

Algo más se está alimentando en aquel encuentro, porque es la alegría de los parientes que se reúnen, los amigos que se reencuentran, la sorpresa como señal de alegría y afecto que se quiere dar al familiar o amigo con quien tantos años no hemos podido convivir. Son muchas las cosas que se alimentan con un encuentro así. Es algo que hacemos bastante habitualmente sin que sea necesario algo extraordinario como lo que nos ha servido de base para el inicio de esta reflexión. Algo que tiene un significado hondo en el camino de la vida que vamos haciendo.

Nos puede valer esta imagen y comparación también para hablarnos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia; en muchas ocasiones en el evangelio lo vemos comparándolo con un banquete, o aparecerá la imagen del banquete como culminación de lo que va a ser esa vida nueva que en Cristo vamos a encontrar. Son por una parte las parábolas que nos ofrece Jesús – banquete de bodas o banquete que prepara el padre para el pródigo a la vuelta -, o serán los signos que va realizando como el que hoy nos ofrece el evangelio, pero será el gran signo final de la Eucaristía donde Cristo mismo se nos dará en su Cuerpo y en su Sangre para que le comamos y nos alimentemos de El. Ya lo había anunciado el profeta tal como escuchamos hoy a Isaías en la primera lectura. ‘Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera…’

Hoy nos dice el evangelio que ‘Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él…’ Pero ya a continuación el evangelista nos dice que acudió mucha gente que quería escucharle, pero que le traía también a sus enfermos para que El los curase. Jesús siente compasión y los cura, pero Jesús ve algo más allá en aquella multitud hambrienta de su Palabra y de la salvación que El pueda ofrecerles que le sigue.

Por eso, como una imagen, como un signo de lo nuevo que Jesús quiere ofrecernos siente compasión porque aquella gente está sin comer desde hace días que le siguen. ‘No quiero despedirlos en ayunas para que no desfallezcan por el camino’, les dice Jesús a sus discípulos más cercanos que ya se andan preguntando ‘¿de dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?’

Pero Jesús quiere contar con ellos, con lo que son y con lo que tienen, con su nada y con su pobreza, con sus interrogantes y con sus búsquedas aunque ahora parezca que son solo búsquedas de lo material. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ Vaya pregunta, si solo tienen siete panes y algunos peces. Para Jesús es suficiente que pongan a disposición aquello poco que son, aquello poco que tienen. El amor, se suele decir, hace milagros. Y si allí había amor, y no podemos dudar que en Jesús lo había que sentía compasión por aquella gente, el milagro se realizará.

¿Cuál sería el milagro más importante de aquella tarde? Normalmente decimos la multiplicación de los panes y de los peces, porque incluso llegó a sobrar. ¿Pero aquello no era signo de algo más? ¿Qué podía significar aquella comida que ahora si, casi de forma imprevista, tuvo toda aquella multitud aquella tarde en el descampado? Es lo que tiene que hacernos pensar. ¿Qué es lo que significa nuestro encuentro con Jesús y el escuchar la buena nueva de su evangelio? Esa comida y ese banquete que Jesús nos está ofreciendo ¿no será signo de algo más profundo que se tiene que realizar en nosotros, pero también en nosotros en relación con los demás?

Ante Jesús venimos con nuestros pobres siete panes sin saber que hacer porque quizá ni nosotros mismos tenemos claro en nuestro corazón lo que deseamos o lo que podemos hacer. Pero si venimos con esa disponibilidad para el encuentro y para la escucha, si venimos poniendo algo de generosidad en nuestro corazón, si venimos incluso reconocimiento nuestras limitaciones o esas enfermedades que están afectando a nuestro espíritu, en Jesús vamos a encontrar un banquete nuevo, una nueva comida, un nuevo sentido de vida, un nuevo camino que se va a abrir delante de nosotros. Dejemos actuar a Jesús con esos pocos panes de nuestra vida y veremos las maravillas de Dios.

jueves, 11 de marzo de 2021

Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

 


Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

Jeremías 7,23-28, Sal 94, Lucas 11,14-23

En la vida social y política de un pueblo nos vamos encontrando con diversas manifestaciones u opiniones de cual es el concepto que nosotros tenemos de sociedad y conforme a ello cual sería el sentido que le quisiéramos dar a esa sociedad. Queremos crear una asociación, por ejemplo, y hemos de tener claro que es lo que pretendemos, cuales son sus fines y sus objetivos, que queremos aportar con esa asociación a la sociedad en la que vivimos y nos sentimos integrados; y quienes pertenecen a esa asociación tienen que estar bien imbuidos en esos principios con que la hemos constituido.

Decimos de una asociación, como decimos de la sociedad en su conjunto, y vienen las ideas, las proposiciones cada uno según aquello desde lo que cree que se debe constituir la sociedad; movimientos de opinión, partidos políticos que desde sus principios tienen una idea del estado, opiniones desde la vida cultural, o cada uno según sus propias ideas. Y es bueno que tengamos claras las ideas en este sentido, aunque nos parezca que estamos hablando de política, pero estamos hablando mejor de lo que consideramos lo mejor para nuestra sociedad.

Pero esta previa reflexión que quizá se necesitaría ahondar en muchas cosas muy concretas, sin embargo la expreso ahora casi como un ejemplo para que lleguemos a entender bien lo que ha de significar el evangelio para el cristiano. Hablamos mucho de evangelio, de valores evangélicos, del Reino de Dios y no sé si siempre los cristianos lo tenemos claro. Al hablar del Reino de Dios no sé cual es la idea que podamos tener en la cabeza, porque se nos puede quedar como en una institución o una idea que poco tiene que ver luego con lo que es la vida nuestra de cada día. Y de ello nos está hablando Jesús continuamente en el evangelio.

¿Qué significará decir Reino de Dios? ¿Qué significará nuestra pertenencia al Reino de Dios? ¿Algo así como a una asociación a la que nos apuntamos como podemos apuntarnos a otras cosas? En cuantas cosas nos apuntamos simplemente para figurar en una lista pero sin ninguna repercusión en la vida. Pues hablar del Reino de Dios no lo podemos mirar así, una lista a la que nos apuntamos y que acaso nos obligue a asistir en alguna ocasión a algún acto. De ninguna manera, podemos pensar así.

La palabra misma nos lo dice, Reino de Dios. ¿Qué significa? ¿Tendrá que ser un reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida? aquí hay algo muy importante que tenemos que tener muy claro.

Hoy Jesús en el evangelio curó a un hombre que era mudo, y en la expresión muy propia del evangelio de aquellos tiempos, nos habla de la expulsión de un demonio de un hombre que era mudo. Era como decir que el maligno se había apoderado de aquel hombre y el mal se estaba manifestando en que no podía hablar, en la limitación de no poder hablar, de ser mudo. Y Jesús lo libera de aquel mal.

Ya decimos muchas veces que los milagros de Jesús son signos, signos de la liberación profunda que quiere realizar en nosotros y no es solo el mal de una limitación física o una enfermedad lo que Jesús quiere realizar en nosotros sino una transformación total de nuestra vida viéndonos liberados del mal más profundo que puede afectar a la persona.

Al escuchar el evangelio vemos que se originó una controversia con aquellos que no reconocían el poder de Jesús y que le achacan lo que hace al poder del príncipe de los demonios. No entramos demasiado en ello ahora en estos momentos. Pero Jesús termina aclarándonos que sin con dedo de Dios, el poder de Dios El está liberándonos del maligno, es señal de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

Queremos vivir el Reino de Dios, queremos vernos liberados del mal, queremos que el mal nunca se enseñoree de nuestra vida; de cuantas cosas nos sentimos atados, cuantas cosas nos oprimen y nos quitan la libertad, cuantas cosas dejamos meter en nuestra vida enseñoreándose de nosotros y no dejando que sea Dios en verdad el único Señor de nuestra vida.

Pero cuando decimos que Dios es el Señor de nuestra vida significa que esa vida que vamos construyendo la hacemos desde un sentido, desde unos valores; es lo que decimos que nos trasmite el evangelio, es lo que llamamos el sentido cristiano de nuestra vida, porque es el sentido de Cristo, el sentido de Jesús. Significará entonces cómo tenemos que parecernos a Jesús, hacer las cosas según su sentido y su estilo, dejarnos impregnar de su amor.

Era lo que tanto les costaba a los discípulos cuando seguían obsesionados en los primeros puestos, cuando no habían entendido el sentido del servicio en la vida, cuando les era tan difícil aceptar aquella entrega de amor que Jesús les anunciaba que iba a realizar con su subida a Jerusalén. Si somos seguidores de Jesús no son otros los valores que tengamos que vivir, si nos decimos miembros del Reino de Dios es el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Ojala escuchemos la voz del Señor.

lunes, 15 de febrero de 2021

Buscamos pruebas y seguridades que tenemos muy cerca porque las tenemos en nosotros mismos y en la experiencia de Dios que hemos vivido

 


Buscamos pruebas y seguridades que tenemos muy cerca porque las tenemos en nosotros mismos y en la experiencia de Dios que hemos vivido

Génesis 4,1-15.25; Sal 49; Marcos 8, 11-13

Aunque a veces nos digamos progresistas y que queremos avanzar, que queremos lo nuevo, haciendo no se cuantas transformaciones ya sea en nuestra sociedad o ya sea en nuestro trabajo de cada día, sin embargo en el fondo siempre buscamos seguridades; aquello nuevo que se nos ofrece, aquello que vamos a probar, aquello que se nos presenta como una mejora queremos tener la certeza de que se puede realizar, que es efectivo, en una palabra, buscamos seguridades. Y eso como decimos tantas veces en muchos aspectos de nuestra vida, desde lo más pequeño y sencillo que nos parece más ordinario o también cuando se nos presentan grandes proyectos del tipo que sean.

Ha aparecido un profeta por los caminos y pueblos de Galilea, ofrece algo nuevo que llama el Reino de Dios, su presencia y sus palabras despiertan esperanzas porque ofrece la realización de un mundo nuevo, parece que las promesas anunciadas desde antiguo y que han repetido una y otra vez los profetas llega el tiempo en que se van a realizar. Pero ¿será eso cierto? ¿Tiene algún futuro ese profeta que así se está presentando? ¿Se puede poner toda la esperanza en El? Está pidiendo una transformación muy grande en la que muchas de las cosas que se venían haciendo desde siempre tienen que cambiar, exige una autenticidad que no siempre somos capaces de ver en aquellos que nos hablan, ¿Podremos creer en ese profeta? ¿No necesitaremos pruebas que nos confirmen todo eso que está anunciando?

Podríamos ver en una cierta lógica humana, desde esas seguridades y certezas que pedimos ante lo que se nos ofrece que se nos den algunas pruebas de que lo anunciado por este nuevo profeta se va a hacer realidad, que en verdad llegan esos tiempos nuevos. Por eso le piden signos.

Jesús ha ido acompañando sus palabras con muchos signos que va realizando, los milagros en los que cura a los enfermos, sana a los leprosos, hace hablar a los sordomudos o caminar a los inválidos son los signos que nos manifiestan la veracidad y la autenticidad de las palabras de Jesús. Pero sobre todo aquellos que tendrían que cambiar muchas cosas en su vida, que hasta este momento se han considerado dirigentes del pueblo porque sus palabras y sus enseñanzas han ido marcando época, no quieren cambiar. Perderían prestigio quizá o cuotas de poder, por eso serán los que más fuertemente se van a oponer a Jesús pidiendo una y otra vez señales. No les bastan los milagros que Jesús ha ido realizando.


Y eso de pedir signos y señales, pruebas de la autenticidad de las palabras de Jesús se va a repetir muchas veces y va a ser motivo de fuertes diatribas entre Jesús y los fariseos, los letrados o los saduceos, pero ahora Jesús no les da respuesta, no les quiere dar nuevos signos, sino que sepan leer los signos que en aquella misma gente que escucha y que sigue a Jesús les pueden dar.

¿Seguiremos nosotros con la misma cerrazón? ¿Seguiremos también pidiendo signos y señales, pidiendo pruebas para poder creer y darnos por entero a Jesús? Tendríamos que comenzar por nuestra propia vida y reconocer cuántas señales ha puesto Dios en nosotros mismos de lo que es su amor por nosotros. Cuántas pruebas de que Dios nos ama, cuántos regalos de amor recibimos cada día, cuántas veces nos ha ofrecido y regalado su perdón, cuántas veces hemos sido capaces de levantarnos después de malos momentos, de pruebas por las que hemos pasado y si lo hemos hecho es porque no nos ha faltado la gracia del Señor.

Mira tu vida, mira lo que sientes en tu corazón, mira los horizontes que se te han abierto tantas veces en la vida cuando todo parecía oscuro, mira cómo pudiste mantenerte fuerte en aquellas ocasiones y momentos difíciles por los que has pasado. Mira toda esa experiencia de fe, todas esas vivencias religiosas que has tenido a lo largo de tu vida y cómo entonces te sentiste bien, te sentiste feliz porque te sentías lleno de Dios.

Y de la misma manera puedes contemplarlo en los demás, en los que se entregan, en los que trabajan por los demás, en los que viven un compromiso fuerte a favor de los pobres en medio de la comunidad, en tantos a los que ves caminar con ilusión y esperanza a tu lado a pesar de los nubarrones de la vida. Ahí tenemos las pruebas, las seguridades para que totalmente nos entreguemos a Jesús y a caminar los caminos del evangelio.

lunes, 25 de febrero de 2019

Creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor que nunca nos fallará


Creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor que nunca nos fallará

Eclesiástico 1,1-10; Sal 92; Marcos 9,14-29

Hay ocasiones en que el camino de la vida se nos hace duro y difícil; un accidente, una enfermedad, unos problemas que surgen en el trabajo o en el negocio y parece que todo se viene abajo, dificultades en las relaciones familiares que entorpecen la convivencia o que pudieran hasta poner en peligro la estabilidad del matrimonio o de la familia… nos vemos llenos de sombras, no sabemos cómo salir adelante, tenemos el peligro de desmoronarnos y hasta perder la confianza en nosotros mismos, parece que perdemos la esperanza.
Pero queremos luchar, queremos salir adelante, buscamos remedios y soluciones, dialogamos todo lo que sea necesario y aun así nos cuesta encontrar la luz. Pero hemos de tener confianza aunque se nos tambalee el mundo a nuestros pies, tenemos que buscar razones y motivaciones dentro de nosotros mismos para levantar el ánimo. El camino se hace difícil pero queremos perseverar.
Hoy contemplamos en el evangelio la angustia de un padre que tiene a un hijo enfermo, poseído por un espíritu maligno como era la manera de pensar de aquel tiempo. Había acudido a Jesús que no estaba en aquellos momentos con el grupo de los discípulos – había subido a la montaña con tres de ellos donde había sido la transfiguración – y aquel padre había pedido a los discípulos de Jesús que hicieran algo por su hijo. Recordamos como en un momento del evangelio Jesús había enviado a los discípulos con su poder y con su misión al anuncio del Reino dándoles la potestad de expulsar los demonios. Ahora no habían podido hacer nada por aquel muchacho y crecía la angustia de aquel padre.
Llega Jesús y se encuentra con el alboroto, pregunta qué ha pasado y le cuentan lo sucedido; los discípulos no habían podido curar a aquel muchacho. Se queja Jesús de la falta de fe de sus discípulos y entra en diálogo con aquel padre angustiado. ‘Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’, le pide aquel buen hombre. ‘Todo es posible para el que tiene fe’, es la respuesta de Jesús. ‘Tengo fe, pero dudo; ayúdame’ es el grito que sale del corazón de aquel padre al que le costaba mantener la esperanza.
Cuántas veces en nuestras luchas nos sucede así, queremos tener esperanza, pero parece que la esperanza se acaba. Queremos luchar, pero nos sentimos sin fuerzas. Queremos seguir caminando en la vida, dispuestos a recomenzar una y otra vez, pero parece que todos los caminos se nos cierran. Es entonces cuando tenemos que mantenernos firmes, cuando tenemos que mantener la fe y la esperanza. No sabemos cómo pero sabemos que el Señor está con nosotros y nos ayuda. Luego nos daremos cuenta que en aquellos momentos de zozobra parecía que había una mano que nos sostenía. El Señor no nos abandona.
Esa tiene que ser también nuestra suplica esperanzada pero al mismo tiempo con humildad. Reconocemos que algunas veces parece que la fe hace aguas, pero pedimos al Señor que nos ayude, que nos dé esa fortaleza que necesita nuestra fe. Es un don de Dios, un don sobrenatural, porque creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor. Por eso no nos podemos cansar de pedir la fe. Con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas, como nos dirá en otro lugar la Escritura santa.

sábado, 30 de junio de 2018

Una fe que nos abre a la trascendencia del misterio de Dios que obra en nosotros maravillas envolviéndonos en su amor


Una fe que nos abre a la trascendencia del misterio de Dios que obra en nosotros maravillas envolviéndonos en su amor

Lamentaciones 2,2.10-14.18-19; Sal. 73; Mateo 8, 5-17

‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Es la petición que le hace aquel hombre que se presenta ante Jesús. Pero aquel hombre no es cualquiera, aquel hombre es un centurión romano; un gentil, un pagano, jefe de aquellas tropas de ocupación que dominaban sobre Israel. 
¿Qué pide? ¿A quien acude? ¿Acude a un médico que con sus remedios podía devolverle la salud al criado enfermo? ¿Acude a un taumaturgo porque ha oído hablar de las cosas maravillosas que realiza Jesús que va curando enfermos y sanando endemoniados allá por donde camina? Va con una angustia en su corazón, porque para él era muy valioso aquel criado que ahora está gravemente enfermo, pero también va con una certeza.
El es un militar con mando y está acostumbrado que sus órdenes se obedezcan. Es la disciplina. Y si Jesús tiene esos poderes taumatúrgicos sus ordenes su cumplirán, su palabra se realizará. Por eso va con esa certeza. Solo expone su necesidad. Lo demás quedaría por cuenta de Jesús.
¿Cuál es la fe de aquel hombre? ¿Pensará que eso de curar a su criado es como utilizar una máquina que automáticamente realiza aquello para lo que está programado? ¿Querrá ver con sus propios ojos cómo Jesús realiza la curación para asegurarse que su criado es curado? ¿Necesitará contemplar cómo Jesús llega y con su mano lo levanta? Jesús dice ‘voy yo a curarlo’. Florece entonces en el corazón de aquel hombre la fe. Es lo que Jesús quiere siempre despertar en nosotros. No simplemente buscar hechos portentosos, que se realicen o sucedan cosas maravillosas, que veamos el poder de Dios solamente como algo taumatúrgico, sino que ahondemos más en el corazón.
Algunas veces te dicen que si crees verdaderamente que una cosa sucederá ya es suficiente porque esa cosa se realizará. Algunos hablan del poder de la mente, de energías positivas que hay en ti o en la naturaleza y tú las aprovechas, como si solo fuera una fuerza que ya hay en ti; que las cosas sucederán por si mismas y que entonces no necesitamos acudir a Dios. Vemos muchas confusiones en estas cosas, se nos crean algunas veces verdaderos conflictos en nuestro interior; pareciera que estamos luchando con unas fuerzas negativas que no sabemos de donde aparecen pero que se pueden apoderar de ti. Es algo más allá de lo natural, pero no termina de entrar en lo sobrenatural en relación con Dios.
Aquel hombre cree con toda la fuerza de su corazón, pero no es él quien va a realizar el milagro por las fuerzas positivas que pudiera haber en él. En el fondo de todo lo que sucede, de lo que pide y de lo que dice hay algo trascendente que le hace ir más allá del ahora y de lo natural; ante todo ese misterio que vislumbra él, poderoso en la tierra, se siente pequeño e indigno. ‘No soy digno de que entres en mi casa’. No es una indignidad que pueda sentir ante otra persona, sino ante el misterio sobrenatural que en su fe él está vislumbrando en Jesús.
Es cierto que Jesús le dirá que por su fe el criado se ha curado, pero en la fe que él ha puesto en el misterio de Dios que para él se manifiesta en Jesús. Es necesario tener fe para abrir el corazón a Dios, vislumbrar su misterio, hacer trascender su vida, y sentirse envuelto en esa inmensidad del amor de Dios que nos transforma.  No es fe para que las cosas se realicen, por así decirlo, de una forma automática, como quien toda un botón y hace brotar el café que está contenido en aquella máquina.
Es la fe que nos abre al misterio de Dios; es la fe que nos hace sentirnos envueltos por su presencia; es la fe que va transformando nuestro corazón por la fuerza de la gracia de Dios que nos inunda con su Espíritu; es la fe que nos va a dar un sentido y un valor nuevo a nuestra vida; es la fe que inspira confianza en Dios, pero que nos enseña a saber tener confianza en los demás, en su amor y su bondad, y en lo bueno que nos pueden transmitir. Muchos tenemos que reflexionar sobre este misterio de la fe para hacer crecer esa fe en nuestra vida.

sábado, 10 de febrero de 2018

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

No sigamos diciendo ‘¿qué es esto para tantos?’ cuando vemos las necesidades a nuestro lado y lo que somos o tenemos, sino seamos capaces de realizar el milagro del amor

1Reyes 12,26-32; 13,33-34; Sal 105; Marcos 8,1-10

¿Qué hacemos cuando vemos personas o familias en nuestro entorno que pasan necesidad, que tienen problemas, que están agobiados porque no pueden salir adelante en la solución de sus problemas personales o de su familia? Vamos a decir que sentimos preocupación y si podemos ocasionalmente les echamos una mano, pero también nos sucede que cuando los problemas no se solucionan nos sentimos impotentes y enseguida reclamamos que las instituciones públicas resuelvan esos problemas, les decimos que acudan a las diversas organizaciones sociales que podamos conocer para que les ayuden a resolver esos problemas que a nosotros nos desbordan.
Son reacciones normales que cuando hay algo de sensibilidad podemos tener ante situaciones así, aunque bien sabemos también que podamos sentir la tentación de cerrar los ojos, mirar para otro lado, no querer enterarnos de lo que pasa, y les pasamos el problema a los otros.
Mucha gente insensible en este sentido nos encontramos en demasiadas ocasiones, porque solo piensan en si mismos, o que con aquello que tienen primero tienen que resolver sus problemas, tratar de vivir bien y de alguna manera se desentienden de esas situaciones. Con lo poquito que tenemos, decimos,  no nos da para resolver todos los problemas que podamos encontrar. Cuantas veces en los caminos de la vida damos rodeos para no encontrarnos con aquel que nos tiende la mano desde su necesidad.
Hoy el evangelio nos ayuda en ese sentido. Que aprendamos a abrir los ojos para ver la necesidad, que nos impliquemos, y que seamos capaces de compartir hasta esos pocos panes y peces que tengamos en nuestras alforjas. Una muchedumbre se había reunido en torno a Jesús y habían marchado con El por aquellos caminos de Galilea. Ahora estaban en descampado, llevaban días con Jesús, las pocas provisiones que llevaban se les habrían agotado y Jesús siente lástima de toda aquella gente. Hay que hacer algo; así lo manifiesta a sus discípulos más cercanos.
‘¿Y de dónde se puede sacar pan, hache, en despoblado, para que se queden satisfechos?’, le responden sus discípulos. Es cierto que es una realidad que se puede constatar. Pero Jesús insiste. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ los discípulos le hablan de siete; otro evangelista narrándonos este mismo hecho habla de un muchacho que tiene unos pocos panes y paces que pone a disposición.
Y Jesús quiere que compartan aquello poco que tienen y les manda sentarse por donde puedan. ‘¿Qué es esto para tantos?’ es el pensamiento que surge entonces como sigue surgiendo  hoy cuando vemos los problemas. ¿No llegamos a decir que ya el mundo no puede producir lo suficiente para la creciente población mundial que se multiplica día a día? Sin embargo cuantos sobrantes tiramos todos los días.
Aquello poco va a dar para que coman todos hasta hartarse. Es el milagro del amor. Es el milagro que nosotros también podríamos hacer cada día si en verdad llenáramos de amor nuestro corazón. Hubo alguien que supo compartir lo poco que tenia y todos pudieron comer.
¿Dónde está nuestra sensibilidad y nuestra disponibilidad? ¿Seguiremos encerrándonos en nuestro círculo y en nuestros propios intereses nada más? ¿No tendrían que ser otras nuestras actitudes, la apertura de amor de nuestro corazón? Creo que no hace falta decir mucho más, sino detenernos a pensar, a reflexionar, a despertar la sensibilidad de nuestro corazón. ¿Seguiremos diciendo hoy como entonces ‘qué es esto para tantos’?

lunes, 11 de diciembre de 2017

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘¿Qué estáis pesando en vuestros corazones?’ pregunta Jesús, aunque El bien conocía el corazón del hombre y todo cuanto nos sucede o pensamos en nuestro interior. Pero quizá sea una buena pregunta que nos hagamos a nosotros mismos. ¿Qué es lo que realmente estamos pensando en nuestro interior?
Claramente no siempre lo manifestamos con palabras, pero sí se nos refleja en ocasiones sin querer en nuestras posturas y actitudes. Sospechamos tantas veces en nuestro interior y vienen las desconfianzas, las posturas distantes, distanciamientos o también enfrentamientos, encerrarnos en nosotros mismos o comenzar a hacer la guerra. Cuántas veces por eso sospecha que tenemos en nuestro interior ya calificamos o descalificamos a la otra persona, lo que dice o lo que hace, lo que nosotros sospechamos son sus intenciones sin saber lo que verdaderamente piensa, sino solo quizás desde nuestra malicia.
Qué bueno sería que hubiera sinceridad en nuestra vida y no estuviéramos con esas sospechas y desconfianzas. Pero quizás haya mucha malicia en nuestro corazón que tratamos de disimular endulzándole esa malicia a la otra persona. Y nosotros queremos aparecer como los buenos o los que poseemos toda la verdad.
Muchas mas cosas podríamos seguir analizando desde esa pregunta que nos hagamos si la hacemos y queremos responder a ella con sinceridad. Tratemos de quitar todos esos pensamientos turbios que  nos empequeñecen, que nos llenan de negatividad; tratemos de ser positivos, de ver las cosas con claridad y tratando de llenar de luz la vida, nuestra vida y la manera de mirar a los demás para ser capaces de pensar y de ver siempre cosas buenos en los otros. Es una manera de aceptarlos, de facilitar la relación y la convivencia, de crear armonía entre todos, de hacer de verdad un mundo mejor con sinceridad, con espíritu de colaboración, con búsqueda siempre de la paz.
Jesús quiere poner paz en nuestros corazones. Un signo de ello es el milagro que hoy contemplamos en el evangelio, que tan mal interpretado fue por aquellos fariseos llenos de desconfianzas y sospechas. Quiere Jesús valorar todo lo bueno de los demás y por eso alaba la fe y el espíritu solidario de aquellos hombres que traen el paralítico hasta Jesús y hacen todo lo posible porque llegue a sus pies a pesar de las dificultades que encuentran.
No quiere Jesús, por otra parte, que nunca nosotros seamos obstáculos para los demás, sino todo lo contrario, siempre cauces de amor y de cosas buenas, puertas abiertas para que todos por otra parte puedan llegar siempre hasta él. Qué terrible que seamos puertas cerradas para los demás que no solo no les dejemos llegar a nuestra vida, sino que seamos obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús.
Jesús no solo cura de su invalidez corporal al hombre que llevan hasta El sino que le ofrece la salud más hondo y que todos tendríamos que desear. Los milagros de Jesús son siempre un signo de esa salvación que El nos ofrece, de ese perdón que nos regala, de ese amor con que envuelve nuestra vida. Acojamos su perdón queriendo ofrecérselo a los demás; dejémonos regalar por su amor y empapemos nuestra vida en el amor de Dios, y todo será paz, armonía, buena convivencia alejando de todos tantas esas cosas turbias que nos invalidan y nos hacen morir por dentro.

jueves, 23 de marzo de 2017

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Tengamos una mirada limpia porque hay en nosotros un corazón muy lleno de amor y seremos capaces de ver la bondad que resplandece en tantos a nuestro alrededor

Jeremías 7,23-28; Sal 94; Lucas 11,14-23
Parece que siempre tiene que haber alguien detrás que ande con sospechas, con segundas intenciones, desconfiando de todo, hasta de lo mas bueno que podamos hacer. En ocasiones somos especialistas para las sospechas, no creemos en nada ni en nadie porque siempre estamos viendo intenciones turbias; será quizás por anda turbio nuestro corazón y eso se convierte en un velo o un cristal con muchas manchas oscuras a través del cual miramos.
Desconfiamos de todo, de los vecinos, de los que desarrollan alguna responsabilidad y quizás los vemos actuar con éxito, de los políticos, de los que nos enseñan, o simplemente de los compañeros de camino en la vida, donde siempre estamos viendo unos intereses o unos deseos de ganancias. Pudiera ser cierto que en ocasiones pudiera haber personas que actúan mal y que no es oro todo lo que reluce, porque escondido en sus vidas pueda haber mucha maldad y hasta corrupción, pero eso no nos tiene por que llevar a desconfiar de todo el mundo. Es necesario que demos más votos de confianza en la vida, creyendo en las personas y descubriendo la bondad que hay en sus corazones.
De Jesús también desconfiaban; ya sabemos como andan sembrando cizaña los letrados y los fariseos queriendo crear desconfianza en torno a Jesús, a sus palabras y a las obras que realiza. Es lo que hoy vemos en el evangelio. Jesús había curado a un mudo, liberándolo de sus ataduras para que pudiera hablar. Ya sabemos como consideraban cualquier enfermedad o cualquier limitación como una posesión del maligno; por eso nos dice el evangelio que Jesús echo al demonio de aquel mudo para que pudiera hablar.
Pero allá andan los que siembran las semillas de la discordia y de la desconfianza, los que están viendo siempre dobles intenciones en lo que haga Jesús y no quiere ni reconocer su autoridad y su poder, ni ser capaces de ver la gracia de Dios que se manifiesta en Jesús. Lo que hace, piensan y dicen, es por obra del poder de los demonios. Vemos claro el contrasentido, un reino dividido no puede subsistir y si es por el poder del demonio por el que es arrojado de aquellos poseídos, mal le va a ir.
Una cosa que tenemos que ver clara aquí es la maldad del corazón de aquellas personas. Todas las cosas se ven según el color del cristal con que se mira. Como aquella mujer de la anécdota que criticaba siempre a su vecina porque decía que tendía la ropa a secar dejándole todas las manchas, hasta que un día el marido le dijo que lavara los cristales de la cocina desde donde veía el patio de la vecina, porque estaban muy llenos de suciedad y era la suciedad a través de la cual veía manchada la ropa de su vecina.
La maldad de nuestro corazón no hace mirar con desconfianza, nos impide creer en las personas, porque cree el ladrón que todos son de su condición, como dice el refrán. Limpiemos la suciedad de nuestro espíritu, miremos con mirada clara y limpia porque en nosotros no haya esa malicia y esa mala intención y seremos capaces de ver entonces la bondad de las personas, todo lo bueno que los otros realizan también.
Jesús curo a aquel mudo del evangelio liberándole de su mal; que el Señor nos sane, purifique nuestro corazón y seamos capaces de llenarlo de muchas  virtudes, de muchos valores, de muchas cosas buenas, de mucho amor y veremos entonces el amor de los demás, las cosas buenas que hacen tantos a nuestro alrededor.

lunes, 24 de octubre de 2016

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Son muchas las ataduras de las que necesitamos que el Señor nos libere convirtiéndolo luego en un mensaje de misericordia para los demás

Efesios 4,32–5,8; Sal 1; Lucas 13,10-17
‘Mujer, quedas libre de tu enfermedad’, le dijo Jesús a aquella mujer encorvada por su enfermedad que se encontró un sábado en la sinagoga mientras enseñaba a la gente.
No todos entienden el signo de Jesús. Había anunciado en la sinagoga de Nazaret que estaba lleno del Espíritu y venia a anunciar la Buena Nueva a los pobres y a liberar a los oprimidos por el diablo. Era el año de gracia del Señor, el año de la gran liberación. Jesús estaba actuando un sábado. Y ya lo estaban acechando algunos a ver qué es lo que hacía. Por eso cuando Jesús cura a aquella mujer liberándola del mal de su enfermedad algunos comienzan a murmurar.
¿Serían ellos los que también necesitarían que Jesús los liberara? Sus vidas estaban llenas de muchas ataduras y las ataduras siempre esclavizan porque hacen que estemos sometidos a algo. Se había llenado de muchas normas y preceptos que en lugar de liberar al hombre considerando por encima de todo su dignidad lo ataban al cumplimiento estricto de esas normas e interpretaciones que se hacían los hombres aunque fuese en normas y preceptos muy relacionados con la religión. Nunca la religión, nuestra relación con Dios, tendría que esclavizar al hombre sino más bien liberarlo.
En sus estrictos preceptos para el cumplimiento del sábado como día dedicado al Señor valoraban de forma distinta lo que se podía o no se podía hacer en relación con la atención y cuidado de los animales, que lo que tuviese relación con la dignidad de la persona.
En verdad Jesús viene a liberarnos, porque son muchas las cosas que nos imponemos y a las que nos sentimos atados incluso a lo que pueda hacer referencia a la religión. Dios quiere siempre la salvación del hombre y así se manifiesta en todo su esplendor lo que es la misericordia del Señor.
Y aunque lo proclamamos de veinte mil maneras lo que es esa misericordia de Dios que nos libera y que nos enriquece, todavía quizá sigamos considerando cosas en las que no tenemos en cuenta esa misericordia; para algunos aspectos quizá todavía seguimos siendo duros de corazón, inmisericordes con los demás.  ¿Será que seguimos aun demasiado atados al concepto de la justicia humana que aplicándola se quiere hacer de manera tan estricta que no se deja entrar en ella lo que pueda significar perdón y misericordia?
Hablamos los creyentes en Jesús, los cristianos y en la misma Iglesia de cómo no podemos permitir discriminaciones, hacer cargar con la culpa a nadie para siempre porque cuando el Señor es misericordioso y perdona olvidará para siempre nuestro pecado restituyéndonos la dignidad de la gracia como hijos de Dios, pero quizá en muchas actitudes y posturas seguimos marcando a la gente y ese perdón y misericordia que ofrecemos no es tan generoso como lo que decimos que nos ofrece el Señor.
No siempre las personas de iglesia muestran esa cercanía del amor y de la misericordia para todos aquellos que consideran pecadores por alguna situación que hayan podido vivir en su vida. Muchas amarguras y soledades pueden sentir muchas personas por hechos y situaciones así y para quienes no tenemos siempre la adecuada palabra y actitud de consuelo y cercanía. No podemos olvidar que por nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestros actos hemos de convertirnos en signos de la misericordia de Dios para con todos.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

Job 38,1.12-21; 40,3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

‘¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza’. Siempre me ha parecido un texto bastante inquietante, esta queja de Jesús contra aquellas ciudades donde tantos signos había realizado para que se convirtieran al Señor – a continuación menciona también a Cafarnaún -, y ha sido fuertemente interpelante para mi vida. Creo que es una lectura que hemos de hacer de este texto en clave de lo que el Señor ha hecho y sigue haciendo en mi vida y la respuesta que doy a tanto amor del Señor.
La predicación de Jesús anunciando el Reino con palabras y signos se había extendido principalmente por toda la región de Galilea; había establecido como su centro Cafarnaún y probablemente en la casa de Simón Pedro; cercanas estaban Betsaida, la patria de Simón y de Andrés y de alguno de los otros discípulos, y también Corozaín; muchos milagros había realizado en su entorno curando a los enfermos, dando vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos; en las cercanías, en las orillas del lago había realizado el milagro de la multiplicación de los panes, y por allí estaba aquella montaña con su llanura a sus pies donde había desgranado el sermón de las Bienaventuranzas con todo lo que era el ideal de vida a vivir en el Reino nuevo de Dios que anunciaba. Pero también se había encontrado con la indiferencia de muchos que no daban los pasos necesarios de conversión que eran necesarios. De alguna manera Jesús se siente dolido; igual que en Nazaret, su pueblo, donde no había realizado milagros porque no le habían aceptado.
Pero como decíamos ya desde el principio este mensaje del evangelio hemos de escucharlo en clave de nuestra vida. También hemos de saber reconocer cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros. Cada uno de nosotros tiene su historia, una historia que está llena de momentos enriquecidos con el amor del Señor. También nosotros hemos escuchado una y otra vez el mensaje de las bienaventuranzas, el anuncio del Reino y todo lo que es la Buena Nueva de Jesús; testigos somos, aunque nos cueste reconocerlo, de esa presencia de Dios en nuestra vida que nos ha liberado tantas veces de tantos males en nosotros.
A esto tendríamos que añadir los sacramentos que hemos celebrado y recibido. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en la vida derramándose el amor y la misericordia del Señor sobre nosotros? ¿En cuántas Eucaristías hemos participado y recibido la comunión sacramental? Y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Damos sinceros frutos de conversión en nuestra vida dejándonos transformar por la gracia del Señor?
El evangelio nos interpela, nos hace preguntas, nos plantea una renovación de nuestra vida. No lo podemos escuchar solo como una cosa bonita que nos acuna y adormece, sino que tiene que ser ese espolón que nos pincha allá donde más nos duela y nos quiere hacer despertar. No tengamos miedo a enfrentarnos con sinceridad y valentía al Evangelio dejándonos interpelar por él.


viernes, 23 de septiembre de 2016

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

‘Tú, ¿quién dices que soy yo?’ es una pregunta de Jesús a la que hemos de saber dar una respuesta personal con lo que es el sentido de mi vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143;  Lucas 9,18-22

‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Es la pregunta directa que Jesús le hace al grupo de los Doce. Antes les ha pregunta cuál es la opinión de la gente, ¿qué se dice de él? ¿Qué piensan todos aquellos que le rodean, que alguna vez se han tropezado con Jesús, que han escuchado sus palabras o contemplado sus milagros?
Pero se puede transformar y de hecho se transforma cuando hoy escuchamos su Palabra, ‘tú, ¿quién dices que soy yo?’ Es nuestra opinión la que nos está pidiendo Jesús, es lo que nosotros sentimos, yo siento en su presencia, es lo que El significa para mí, lo que Jesús ahora nos está, me está planteando.
Las gentes en la época de Jesús que nos narran los evangelios, aparte de aquellos que se oponían a Jesús y le rechazaban o se sentían incómodos con su presencia, sus signos y su Palabra, se admiraban de sus enseñanzas, reconocían que a nadie habían escuchado hablar como hablaba él con su autoridad, sentían cómo Dios caminaba en medio de ellos porque nadie podía hacer las cosas que Jesús hacía, y terminaban reconociendo que era un gran profeta como aquellos antiguos profetas de la historia de Israel y para algunos era como si el cercano Juan Bautista hubiera vuelto a la vida.
¿Y las gentes de nuestro tiempo qué piensan, qué opinan de Jesús? Muchos pasaran indiferentes ante su figura y de la misma manera que a través de todos los tiempos le rechazarán como rechazarán su doctrina y a quien hoy quiere presentar su mensaje en el rechazo que se hace a la Iglesia de mil maneras y a los cristianos; para muchos quizá seguirá siendo un gran personaje de la historia, reconociendo que de alguna manera habrá influido en la historia de los hombres a través de los siglos, pero quizá sigan viéndolo así como un personaje lejano en el horizonte de los tiempos; muchos quizá lo sentirán más cercano y le llamarán un amigo o le tendrán como un líder que aun sigue diciéndonos cosas a los hombres de nuestro tiempo pues en sus palabras hay un mensaje que nos pueda plantear altos y nobles ideales.
Pero, ¿nos quedamos ahí? ¿No terminamos de vislumbrar tras todo eso un misterio trascendente que nos haga ver de otra manera a Jesús? Es la pregunta que tú y yo tenemos que hacernos, para ver en verdad qué es lo que significa para mi, cómo implica mi vida en algo nuevo, cómo me puede llevar a un compromiso distinto, cómo puede darle una trascendencia más grande a mi vida, cómo puede hacerme levantar la mirada hacia lo alto para descubrir a Dios, para sentir a Dios, para vivir a Dios.
Pedro, que fue el que se adelantó a dar una respuesta personal, dijo de Jesús en aquel momento ‘el Mesías de Dios’. Era mucho lo que Pedro estaba diciendo con estas breves palabras que otro evangelista nos trascribe como reconociéndolo como el Hijo del Dios vivo. Era mucho lo que estaba diciendo Pedro aunque no sé si era consciente del todo del alcance de sus palabras. Pero allí había una hermosa confesión de fe. Aunque Jesús luego le hará comprender que ese Mesías de Dios había de padecer y sufrir hasta una muerte de cruz.
Queremos hacer también nosotros una certera confesión de fe en Jesús porque en verdad lo sintamos como el Mesías de Dios en nuestra vida; porque sintamos en verdad que El lo es todo para nosotros y sin el cual nuestra vida no tendría ningún sentido ni valor. Queremos en verdad reconocerle como nuestro Salvador porque pasó por una muerte de cruz derramando su sangre para el perdón, para perdonarme de mis pecados, pero que en verdad me ha llenado de una vida nueva para vivir para siempre en la gracia y en el amor.
Quisiera expresar y no sé qué palabras emplear que El es la verdadera luz de mi vida, la razón de mis luchas y la fuerza de mi amor; que en Él veo las cosas de forma distinta y aprendo también a tener una mirada nueva hacia aquellos que me rodean con los que voy haciendo el viaje de la vida, sintiendo que somos unos hermanos que caminamos juntos, también con nuestras flaquezas y debilidades, pero sintiendo la fuerza de Jesús.
Busquemos allá en lo más hondo de nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que vivimos, en lo que son nuestros pensamientos y nuestras esperanzas para descubrir y también para compartir con los demás todo lo que Jesús significa para mí, significa para cada uno de nosotros.