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lunes, 31 de marzo de 2025

No terminamos de creer en la Palabra de Jesús que habla de un mundo nuevo, el Reino de Dios, y no terminamos de comprometernos con ese Reino para hacer un mundo nuevo

 

No terminamos de creer en la Palabra de Jesús que habla de un mundo nuevo, el Reino de Dios, y no terminamos de comprometernos con ese Reino para hacer un mundo nuevo

Isaías 65, 17-21; Salmo 29; Juan 4, 43-54

Estamos tan escarmentados de que las promesas nos resulten inútiles y las palabras se queden vacías, porque pronto quizás se olvidan y aunque como dice el refrán ‘lo prometido es deuda’, sin embargo también nos encontramos con lo otro de ‘si te vi. No me acuerdo’ que al final no creemos en nada, desconfiamos de todo y desconfiamos de las palabras y terminamos con aquello otro de ‘si no lo veo, no lo creo’. Ya no nos creemos nada, tiene poco menos que producirse como un terremoto o como un volcán que lo palpamos y sentimos, que sean cosas extraordinarias y maravillosas para poder creer. Pero ¿eso es en verdad fe?

Sí, tenemos que preguntarnos por la fe, como la entendemos, cómo realmente creemos. Cuando estamos hablando de fe estamos entrando en el misterio, en el misterio de Dios que nos trasciende, hablamos de un confiar cuando parece que toda confianza se ha perdido, hablamos de aceptar fiándonos de aquel que nos habla, se nos revela o nos pide algo, hablamos de un dejarnos conducir porque nos abrimos a algo nuevo que nos va a transformar; no es porque tengamos unas pruebas, no es simplemente porque veamos cosas maravillosas o extraordinarias, no nos vamos a dejar influir por unas promesas, es algo misterioso que se produce allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque sentimos y porque vivimos, porque se nos da confianza y nosotros queremos confiar. Un misterio grande que no podremos explicar con palabras humanas, pero que es algo que vivimos, algo que además nos transforma desde lo más hondo.

El evangelio de hoy nos hace una preparación del terreno, hablándonos de la vuelta de Jesús a Galilea, de la admiración que se va suscitando en la gente, de su estancia de nuevo en lugares donde había estado antes y se habían realizado signos que despertaban la fe de los que le seguían, como fue lo de las bodas de Caná de Galilea y ahora nos habla de un hombre principal y poderoso, un funcionario real nos dice, que tiene un hijo enfermo y acude a Jesús. Solamente le pide que baje a Cafarnaún lo más pronto porque su hijo se muere.

No parece muy claramente que sea la fe en Jesús la que esté guiando a este hombre, quiere algo extraordinario para algo extraordinario para él como era que su hijo se  estaba muriendo. No es la fe del centurión romano que tiene su confianza puesta en la palabra de Jesús para que sea realice lo que Jesús diga, no es la fe de Jairo que está pidiendo el gesto de que Jesús imponga su mano como una bendición para que su hija se cure.

Por eso la reacción de Jesús. Si no ven cosas extraordinarias no creen, ‘si no veis signos y prodigios, no creéis’.  Y ante la insistencia del funcionario porque su hija se muere solamente le dice Jesús ‘anda, tu hija vive’. Y ahora el hombre se fió, se puso en camino hacia su casa hasta encontrarse con los que venían con la noticia de que su hija estaba viva. Coincidía la hora de su mejoría con la hora de la palabra de Jesús. Ahora creyó él y toda su familia.

¿Nos fiamos y creemos en la palabra de Jesús? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Solamente un prodigio que nos libere de aquella situación pero luego seguiremos como antes sin ningún cambio en nuestra vida? Nos contentamos y nos quedamos satisfechos si hacemos en aquel momento un regalo, pero luego ya todo pasó y seguimos como siempre. ¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo, estamos haciendo cuando venimos a Misa y quizás vivimos devotamente aquel momento pero luego en mi vida todo sigue igual? ¿Y esa fe que decíamos tener y que decimos que celebramos cuando venimos a la Iglesia en qué se nota luego en nuestra vida?

No terminamos de ver la acción de Dios en nuestra vida y seguimos con nuestros cumplimientos y rutinas pero no dejamos que nuestra vida se envuelva por esa fe, que nuestro mundo se vaya transformando con esa fe. No terminamos de creer en la Palabra de Jesús que nos anuncia un mundo nuevo al que El llama el Reino de Dios y no terminamos entonces de comprometernos con ese Reino de Dios para hacer un mundo nuevo. Algo tiene que cambiar en nuestra forma de concebir la fe.

lunes, 28 de marzo de 2022

Queremos ser buenos y avanzar en los caminos de la fe y una y otra vez nos llenamos de dudas, pero nos ponemos en camino fiándonos de la Palabra de Jesús

 


Queremos ser buenos y avanzar en los caminos de la fe y una y otra vez nos llenamos de dudas, pero nos ponemos en camino fiándonos de la Palabra de Jesús

 Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54

No me lo puedo creer; lo estábamos esperando con mucho ardor, lo pedíamos continuamente a quien tuviera posibilidad de que se nos concediera, pero cuando llegó el momento y alguien nos lo ofreció, no lo terminamos de creer, nos parecía imposible. Esto lo podemos referir a muchos aspectos o cosas de la vida, sea un premio, sea la consecución de un sueño, la meta alcanzada tras duros esfuerzos, en muchas cosas de la vida podemos leer esto que estamos hablando.

De alguna manera se quedó boquiabierto aquel funcionario que subió hasta Caná para pedirle que fuese a curar a su niño enfermo. El funcionario insiste ante los comentarios de Jesús de que solo creen si ven signos y prodigios. Si Jesús va a tardar mucho y se entretiene en cualquiera que le sale a su paso, piensa él, en lo que baja a Cafarnaún el muchacho se le muere; por eso insiste a Jesús: ‘Señor, baja antes de que se me muera mi niño’. Pero Jesús le dice que su hijo ya está curado, no hace falta que Jesús baje hasta Cafarnaún para esto. ‘Anda, le dice, tu hijo vive’. Aun no se lo cree porque cuando se encuentra en el camino a los criados que vienen desde Cafarnaún anunciándole que su hijo está curado, aun quiere hacer una comprobación más, preguntando por la hora en que lo dejó la fiebre. La misma hora en que Jesús le había anunciado que su hijo estaba vivo.

El hombre quiere creer, pero duda; el hombre viene con fe hasta Jesús, pero quiere de alguna manera palpar con sus manos, verlo con sus propios ojos, lo que Jesús hace para curar a su hijo; el hombre quiere creer todo lo que le anuncian pero aun no se lo puede creer y quiere hacer algunas comprobaciones más. Parece como si el amor que siente por su hijo le cegara para no terminar de creer en las palabras de Jesús, aunque le está pidiendo con la insistencia de la fe que vaya a curar a su hijo.

Nos pasa quizá tantas veces en los derroteros de nuestra fe. Pedimos pero dudamos; pedimos pero parece que no tuviéramos la certeza de que nos van a conceder lo que estamos pidiendo; pedimos pero queremos ver cosas extraordinarias y maravillosas y no parece que no nos valen las cosas pequeñas y sencillas.

Y queremos ser buenos y avanzar en los caminos de la fe y una y otra vez nos llenamos de dudas; nos dejamos arrastrar por las cantinelas que como cantos de sirena suenan alrededor; parece que nos puede mucho más el racionalismo imperante a nuestro alrededor; vivimos tan materializados en las cosas de cada día en las que luchamos por obtenerlas, pero se nos queda lejos el campo de lo espiritual, de lo sobrenatural.

No tenemos que dejarnos arrastrar por nuestras dudas y por nuestros miedos; no tenemos que acomplejarnos porque cuando vamos caminando este camino espiritual de la fe, los que caminan a nuestro lado no lo entienden y nos preguntan para qué nos sirve la fe; tenemos que aprender a caminar seguros en nuestras convicciones, con los pies bien firmes en ese camino de la fe para no tambalear ante cualquier corriente, ante cualquier vientecillo que quisiera apagarnos esa luz que nos puede parecer mortecina; tenemos que aprender a dejar de estar pidiendo tantas pruebas, para dejarnos conducir, para dejar que el Espíritu del Señor guíe en verdad nuestros corazones, nuestras decisiones, nuestros pasos.

Tenemos que creer en la palabra de Jesús y ponernos en camino. A donde quiera llevarnos el Espíritu. A dar nuestro testimonio valiente. A iluminar nuestro mundo con esa luz de la fe convencidos de verdad que en Jesús está la salvación.

lunes, 15 de marzo de 2021

Confianza o desconfianza, quedarnos estáticos o ponernos en camino, mirar con nuestra mirada o descubrir la hora de Dios, es la apertura a la fe que va a envolver toda nuestra vida

 


Confianza o desconfianza, quedarnos estáticos o ponernos en camino, mirar con nuestra mirada o descubrir la hora de Dios, es la apertura a la fe que va a envolver toda nuestra vida

Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54

Si no lo veo,  no lo creo. ¿Desconfiados? No siempre nos lo queremos tragar todo. Unos más confiados, pero otros desconfiados de siempre. Es que oímos tantas cosas, que no todo nos lo podemos creer. Y no se trata solamente en el orden de la fe como don sobrenatural, sino que es esa credibilidad que tenemos los unos en los otros; pero tenemos tantos motivos de desconfianza, que en muchas cosas queremos asegurarnos bien. Se trata de nuestras relaciones personales entre unos y otros y la credibilidad que nos damos, o se trata de cosas que nos cuentan, noticias que nos traen, cosas asombrosas que nos dicen que suceden aquí o allá, y andamos como gatos escarmentados de agua fría; todo queremos pasarlo por el tamiz muy particular que tenemos de valorar la credibilidad de quien nos cuenta cosas.

Pero se trata también en el orden religioso, sobrenatural, de nuestra relación con Dios, de lo que escuchamos y se nos dice Palabra de Dios, de lo que pudiera animar o no la fe que nosotros tengamos. También aparecen nuestras dudas y nuestras desconfianzas; también cuando pedimos, aunque decimos que lo hacemos con fe, sin embargo tenemos nuestras convicciones previas o ponemos nuestras condiciones. Algunas veces, yo también me lleno de dudas y temo juzgar de mala manera a los demás, pero me pregunto si todo lo que le decimos como Palabra de Dios la gente se lo cree; si, incluso, los milagros que escuchamos en el evangelio que Jesús realiza nosotros nos lo creemos o también tenemos nuestras reservas y nuestras explicaciones propias.

Hoy nos sorprende el evangelio. Nos hace un relato previo de la venida de Jesús desde Judea atravesando Samaría, y ha llegado a Galilea, en concreto a Caná de Galilea. Este pueblo es mencionado en varias ocasiones, por ahí andan las bodas de Caná con el agua convertida en vino, por ahí anda una viuda que cuando iban a enterrar a su hijo Jesús le sale al paso y se lo devuelve con vida, por ahí anda que es la patria chica de algunos de los apóstoles, Natanael, por ejemplo. Y cuando Jesús está ahora en Caná viene un hombre desde Cafarnaún porque tiene un hijo gravemente enfermo y al escuchar los milagros que Jesús realiza sube al encuentro de Jesús.

‘Si no veis milagros, signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús de entrada cuando aquel hombre se presenta rogándole por la salud de su hijo. El hombre, que era un funcionario real, insiste ‘Baja antes de que mi hijo muera’. Y la respuesta de Jesús es corta y es clara. ‘Tu hijo vive, anda ponte en camino’. Y el hombre creyó. Podía haber pedido pruebas, podría seguir insistiendo, podría haberse presentado con todas las humildades del mundo pero esperando una señal de Jesús. Pero bastaron esas palabras ‘anda, tu hijo vive’ para que aquel hombre se pusiera en camino.

Allí estaba su fe, pero no sabemos si sus dudas interiores persistían. Cuando en su camino de regreso se encuentra a sus criados que le traen la buena nueva de que su hijo está vivo, aun pregunta la hora en que lo abandonó la fiebre. Era la misma hora de la Palabra de Jesús. Y el hombre creyó totalmente, él y su familia.

Es necesario ponerse en camino; la fe no nos paraliza ni nos deja quietos. Aunque la fe sea débil es necesario salir, porque en el camino vamos a encontrar todas las certezas que necesitamos para nuestra fe. No nos podemos quedar estáticos a que vengan a traernos todas las pruebas. Tenemos que confiar en la Palabra, que es la hora de Jesús, que es la hora de Dios que tenemos que saber escuchar. Esa campana que nos hace sonar la hora de Dios algunas veces no terminamos de escucharla, porque estamos esperando otros sonidos, otros signos, otras campanas que suenen a nuestra manera. Y no es a nuestra manera sino a la manera de Dios.

Por eso tenemos que creer en su palabra, porque tenemos que darnos cuenta del momento en que hemos de ponernos en camino. La prueba y la señal no estarán en palpar a nuestra manera, o en ver solo con nuestros ojos que muchas veces siguen turbios. Que el colirio de la fe ilumine nuestros ojos, nos llene de claridad, despierte nuestra fe dormida, nos haga ponernos en camino, nos haga abrirnos a la hora de Dios.

lunes, 12 de marzo de 2018

Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir


Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54

‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.
En la vida continuamente tenemos que estar enfrentándonos a una multitud de problemas. Y no el menor de ellos el dolor y la enfermedad. No solo cuando personalmente nos vemos afectados por alguna enfermedad, por el dolor de algún miembro de nuestro cuerpo del que nos cuesta liberarnos, o cuando nos vemos sometidos a la invalidez y la discusión de algún miembro del cuerpo como consecuencia de un accidente que hayamos sufrido o alguna enfermedad grave que hayamos padecido, sino cuando esto tenemos que sufrirlo en un ser querido que está a nuestro cuidado ya sea por el paso de los años o los sufrimientos de la vida. ¿Cómo nos enfrentamos a ello? ¿Cuál es nuestra manera de reaccionar?
Tenemos el peligro de refugiarnos en la pasividad o como dicen algunos el destino porque esto me tocó a mi y pacientemente lo sufrimos aguantándonos como podamos; aparece en muchas ocasiones la desesperación, la pérdida de la esperanza que nos llena de amargura nuestro corazón y que no solo nos hará sufrir a nosotros sino que hará sufrir mucho más a los que están a nuestro lado. O tratamos de ser positivos en la vida para luchar y buscar por todos los medios la solución de esos problemas encontrando remedio de la forma que sea para nuestro dolor, nuestra enfermedad o nuestras discapacidad.
Siempre buscamos un sentido aunque algunas veces se nos haga tan oscuro que no seamos capaces de encontrarlo. Queremos no perder la esperanza y al mismo tiempo reconociendo la limitación que de alguna manera se nos impone tratamos de encontrar una fuerza, aunque también con humildad seremos capaces de pedir ayuda para lo que no podemos hacer por nosotros mismos. En esa misma debilidad podremos ser capaces de sentirnos fuertes o encontrar la fuerza para mantener el ánimo y darle un valor y sentido a lo que tenemos que vivir.
No es fácil todo esto que estamos diciendo. Aparece muchas veces la depresión y nos sentimos tentados a tirar la toalla. Necesitamos también encontrar a nuestro lado ejemplos que nos estimulen, palabras que nos den ánimos, metas por las que cada día luchar un poco para ir subiendo peldaños en ese camino de la vida que por el sufrimiento se nos puede hacer muy duro.
Allá en lo más profundo de nosotros mismos queremos mantenernos firmes, no perder la esperanza, y encontrar un sentido desde esa fe que tenemos.  Fe, es cierto, en nosotros mismos que somos capaces de levantar vuelo aunque sea difícil, pero también una fe sobrenatural que nos haga mirar a lo alto o a lo mas hondo de nosotros donde podemos encontrarnos con Dios. Tenemos que intentar buscarle y escucharle, sentir su presencia que nos da fuerza, pero al mismo tiempo mirar a su Hijo en la cruz también en medio de sufrimientos como nosotros que lo convirtieron en Redentor.
Hoy hemos visto en el evangelio a un hombre, que además era pagano, era un funcionario real, pero que en el problema de enfermedad que tiene en su casa, ha oído hablar de Jesús y acude a Jesús. Básicamente va pidiendo la curación del enfermo, pero en su encuentro con Jesús encontró algo más, porque su fe se vio fortalecida para confiar en la palabra de Jesús. No bajó Jesús a su casa para curar al enfermo, pero estuvo al lado de aquel hombre que sufría y le hizo creer y no perder la esperanza iluminando su vida a un sentido nuevo y a un valor nuevo. Su hijo se vería curado, pero quien realmente se curó fue él y toda su familia porque comenzaron a creer y confiar plenamente en Jesús.
¿No será algo así lo que nosotros necesitemos cuando nos veamos enfrentados al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad o a la discapacidad de nuestros miembros? Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir.




lunes, 16 de marzo de 2015

‘El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, hagamos lo mismo

‘El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, hagamos lo mismo

Isaías 65,17-21; Salmo 29; Juan 4,43-54
‘Un profeta no es estimado en su propia patria’, así comienza recordándonos el evangelista esta afirmación de Jesús. Ya proféticamente Simeón había anunciado que aquel Niño iba a ser signo de contradicción en medio de su pueblo. ‘Este niño va a ser motivo de que muchos caigan o se levanten en Israel’, había dicho. Y lo vemos a lo largo del evangelio. Muchos se entusiasmarán por El, mientras los principales entre el pueblo le rechazan. Aunque luego contemplamos también cómo surgen aquí y allá personajes que le aceptan, que le escuchan, que creen en El.
Ya los evangelistas nos resaltarán que serán los sencillos y humildes lo que principalmente le escuchen, pero también contemplaremos diversos episodios en que serán gentiles, no judíos, los que crean en El. Será el centurión romano el que pida con fe por la salud de su criado, será la mujer cananea la que llore y grite detrás de Jesús por su hija poseída por un espíritu inmundo, o será, como hoy hemos escuchado en el evangelio, un funcionario real el que suba hasta Caná pidiendo por su hijo enfermo en Cafarnaún. Son precisamente los que quizá nos dan mejores ejemplos de una fe confiada. Ya recordamos como en esas ocasiones Jesús alaba la fe de esas personas.
Es la fe que nos salva; es la fe que nos hace encontrarnos de verdad con Jesús y con su salvación. Que no nos falte esa fe. Pero creo que tendríamos que hacernos una consideración, porque muchas veces los que parece que estamos más cerca de Jesús no nos mostramos tan seguros y firmes en nuestra fe y confianza en el Señor. ¿Será para nosotros también un signo de contradicción?
Los que estamos como más metidos en la Iglesia, en las celebraciones y hasta en compromisos pastorales tenemos el peligro de hacer un poco como aquellos que en el evangelio se creían seguros de si mismos - no hace mucho en estos días pasados lo hemos escuchado - y nos creemos poseedores de la fe verdadera como si fuera algo nuestro y quizá hasta despreciamos la fe de la gente sencilla. Lejos de nosotros esas actitudes autocomplacientes de considerarnos mejores o con más fe que los demás.
También, por otra parte, nosotros tenemos nuestras dudas y nuestros altibajos en la fe y muchas veces aunque aparentamos mucha seguridad y nos mostramos muy religiosos estamos también pidiendo pruebas y razones una y otra vez y no tenemos la fe de la confianza, de ponernos en las manos del Señor que es donde tenemos que sentirnos seguros y dejarnos conducir por El. Como nos decía Jesús hoy en el evangelio ‘Como no veáis signos y prodigios, no creéis’.
Que no estemos siempre buscando el milagro o la prueba para creer. Que crezca nuestra fe; que aprendamos de la fe de los sencillos. Cuántos ejemplos podemos recibir de tantas personas que nos rodean si fuéramos capaces de mirar con unos ojos limpios y con un corazón libre de maldad la fe de esas personas. Que seamos capaces de poner con mucha humildad pero con mucho amor toda nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. ‘El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino’, nos dice el evangelio. Hagamos lo mismo.