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jueves, 30 de julio de 2026

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

 

Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Salmo 68; Mateo 13, 54-58

¿Qué me va a enseñar ese a mí?, habremos oído en alguna ocasión a alguien que con su prepotencia trataba de descalificar a alguien que quizás le estaba dando la solución a un problema, estaba planteando algo nuevo que bien podría valer para su vida, o simplemente le estaba dando un consejo en alguna situación compleja en que se encontrase. Quizás nosotros también en más de una ocasión habremos actuado así, porque aquel que nos está queriendo decir algo decimos que lo conocemos de siempre y que sabemos de dónde viene o por donde anda. Es la rebaja que siempre queremos hacerle a lo que nos puedan ofrecer otros porque nosotros sí sabemos y no necesitamos que nadie nos enseñe o nos diga nada. Es la respuesta que damos cuando nos dicen algo para hacernos caer en la cuenta en algo que no pensábamos, pero que enseguida decimos, ‘yo lo sé, ¿qué me vas a decir?’.

Estamos hablando de ámbitos meramente humanos, de nuestras relaciones de los unos con los otros, pero que cosas así adquieren unas tonalidades especiales cuando entrabamos en ámbito de lo espiritual o de la práctica y vivencia de nuestro ser cristiano. ¿Nos dejamos enseñar? ¿Nos dejamos acompañar? ¿Escuchamos lo que el otro pueda ofrecernos desde su propia experiencia espiritual y de vida cristiana? Es que yo soy cristiano de siempre, es que mi familia, mi madre… estaban mucho en la Iglesia; es que yo hice la primera comunión y recibí todos los sacramentos… y así seguimos argumentando que parece más bien que estamos cerrando puertas a lo que de los demás podamos recibir.

Es lo que estamos viendo hoy en el relato del evangelio de la visita de Jesús a su pueblo, Nazaret, donde se había criado. Como enseguida comenzarán a decir cuando le escuchan en la sinagoga, es que es el hijo del carpintero, ahí están sus hermanas y su familia, ¿dónde ha aprendido todo eso?, porque siempre le habían visto allí en Nazaret como un niño o como un joven cualquiera. Y como comenta el evangelista Jesús se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro; en otro momento se nos dirá que estaban esperando que allí realizara los signos y milagros que ellos sabían que hacía en otros lugares; claro, era su pueblo, su familia, sus amigos, allí tenía que manifestar que con ellos tenía alguna preferencia.

¿Por qué hacemos las cosas o qué es lo que buscamos? Nos mueven muchas veces los intereses, y unos intereses egoístas y muy llenos de orgullo. Cuando no hay disponibilidad no puede aparecer la fe; cuando no hay humildad que nos lleve a una apertura del corazón no seremos capaces de ver lo bueno que se nos ofrece; cuando no hay deseo de abrir el corazón a una nueva sintonía seguirán prevaleciendo los ecos de nuestro egoísmo y orgullo que ahogarán lo que de verdad podría llenar de paz nuestro corazón.

Malos acompañantes de camino son el orgullo y la vanidad porque nos desfigurarán haciéndonos perder lo mejor de nosotros mismos y lo que tendría que ser nuestra verdadera identidad. Entraremos en un camino de ramplonería, donde simplemente o nos dejamos arrastrar por luces que nos encandilan y confunden o nos deslizamos por las pendientes de las rutinas que nos impedirán darle nuevos rumbos a nuestra vida.

Mucho tendríamos que analizar para comenzar a corregir rumbos y dejarnos enseñar y conducir. El Señor va poniendo señales a nuestro lado, muchos signos de lo que es la voluntad de Dios podríamos descubrir en nuestro entorno si fuéramos capaces de salirnos de esa ceguera que nos encierra en nosotros mismos. Hagamos un alto en el camino, comencemos a quitar esos filtros en que nos hemos envuelto para iluminarnos con la verdadera luz, para aprender la verdadera sabiduría del Evangelio que de muchas maneras se nos puede manifestar. Ya estamos haciendo demasiado a la manera de la gente de Nazaret, rompamos esa espiral y entremos en la nueva órbita a la que nos lleva el evangelio de Jesús.


martes, 14 de julio de 2026

Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

 


Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

Isaías 7, 1-9; Salmo 47; Mateo 11, 20-24

La falta de confianza nos hace incrédulos, cerrados de mente y corazón y crea en torno nuestro una costra que nos hace duros e intratables. Nos sucede en muchos aspectos de nuestras relaciones con los demás, lo que es nuestra vida misma en ese crecimiento y maduración como personas, en aquello que pretendemos emprender que al final por falta de confianza incluso en nosotros mismos no llegaremos a realizar pero que en el mal estado de ánimo que se nos crea en nuestro interior estaremos como a la defensiva de todo llevándonos a culpabilizar incluso a los demás de lo que son nuestros fracasos.

Tenemos confianza con el amigo y lo escucharemos y nos sentiremos a gusto con él, confiamos en los demás y nos volvemos colaboradores, comenzamos a tener confianza en nosotros mismos y comenzaremos a avanzar por la vida. Hemos unido de alguna manera la confianza y la fe, en un plano humano, de nuestras relaciones con los demás o de nuestra participación en esa sociedad en la que vivimos y con la que nos ponemos a colaborar, pero en ese sentido tenemos que ir en nuestra vida espiritual y todo lo que atañe a lo que ha de ser nuestra vida cristiana.

Nos puede suceder incluso que vivimos y participamos incluso en celebraciones de nuestra comunidad cristiana, y sin embargo no vemos que vayamos avanzando en lo que tendría que ser nuestra vida cristiana sino que nos quedamos en unos cumplimientos, en unos ritos, en las mismas rutinas de siempre. ¿Qué nos puede estar sucediendo? ¿Por qué nos quedamos en esa frialdad y en esa atonía espiritual? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por el Señor y por esa Palabra que escuchamos en cada celebración? ¿Tendremos en verdad confianza en la Palabra que se nos anuncia para llegar a dejarnos inundar por esa riqueza de vida que se nos quiere trasmitir?

Pudiera ser que ya viniéramos predispuestos, porque decimos que vamos a escuchar lo mismo una y otra vez, porque decimos que en fin de cuentas son siempre los mismos textos del evangelio; podríamos estar interiormente poniendo distancias en lo que se nos trasmite porque al final decimos son interpretaciones personales de quien nos habla y nosotros también tenemos nuestras interpretaciones particulares. Estamos poniendo una barrera de desconfianza, que nos llevará a que allí no encontremos un alimento para nuestra fe. Estamos escuchando pero no confiamos, no se despierta la fe en nosotros.

En el evangelio de hoy escuchamos las recriminaciones que Jesús les hace a aquellas ciudades donde ha realizado muchos signos y donde se ha hecho un trabajo intenso de anuncio de la buena noticia de Reino de Dios. En varias ocasiones escuchamos al evangelista decirnos que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea anunciando el Reino de Dios y realizando muchos signos entre ellos. Hoy nos habla de aquellos lugares cercanos al lago que fueron de especial predilección de Jesús para su predicación, Betsaida, Corozaín y la misma Cafarnaún. Si en otros lugares se hubieran realizado tantos signos como allí se realizaron seguro que habrían creído, y les compara con Sodoma y Gomorra, o con las ciudades paganas Tiro y Sidón, ya en las márgenes de Galilea.

Pero no queremos quedarnos en la reacción y respuesta de aquellos lugares sino que hemos de sentir las palabras de Jesús como dichas a nosotros hoy. Cuánto de gracia nos ha ofrecido el Señor, cada uno tendría que revisar su historia pero sobre todo la historia de amor de Dios en su vida. A nuestro alcance tenemos la Iglesia a la que pertenecemos, con sus parroquias y con sus templos, con su catequesis y su predicación, con sus celebraciones y con toda la celebración del misterio de Cristo a través de todo el año. ¿Cómo sentimos que en verdad nuestra vida espiritual está creciendo, nuestro compromiso cristiano desde nuestra fe es cada vez más intenso? ¿Qué nos recriminaría el Señor por nuestra respuesta o por nuestra falta de respuesta?

Tendríamos que pensar también en la confianza que ponemos en el Señor. ¿Cómo nos sentimos en ese sentido cuando pasamos por momentos de dificultad, cuando nos vienen las noches oscuras a nuestro espíritu? Despertemos nuestra confianza en el Señor para que pueda en verdad resplandecer nuestra fe.

martes, 7 de julio de 2026

Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

 


Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos del Reino de Dios en medio del mundo?

Oseas, 8, 4-13; Sal. 113; Mateo 9, 32-38

Vemos a alguien caminando a nuestro lado, como suele decirse, con la lengua fuera por el cansancio ante el esfuerzo que tiene que realizar o la intensidad de lo que está haciendo, y más en días como los que estamos pasado por nuestros lares de intenso calor, nos hace sentir compasión y lástima y si de nuestra parte estuviera les ayudaríamos en lo que fuéramos capaces. Normalmente nuestro corazón se conmueve cuando vemos el sufrimiento de los demás, salvo que fuéramos unos desalmados.

Es la imagen que quiere ofrecérsenos en el texto del evangelio que hoy escuchamos. Jesús recorre pueblos y aldeas en aquellos caminos de Galilea siempre con el mismo anuncio del Reino de Dios que llega y para el que hemos de estar preparados; las gentes escuchando las palabras de Jesús y contemplando los signos que realiza le siguen, sienten como se enardecer sus corazones y parece que renace en ellos la esperanza; se sienten desorientados porque los mensajes que han venido recibiendo no siempre les llegan al corazón ni parece que responden a sus expectativas; parece como si fueran llevados de un lado para otro en medio de un mar embravecido o unas corrientes que no les llevan a ninguna parte. Es lo que Jesús les quiere hacer constatar. Parecen ovejas sin pastor que a ninguna parte son conducidas.

No todos, como suele suceder siempre saben leer el mensaje que Jesús quiere transmitirles, algunos se harán sus propias interpretaciones interesadas, porque están sintiendo que lo que jesús les anuncia y les propone va a exigir un cambio en sus vidas; recordemos que siempre Jesús comienza su predicación invitando a la conversión, a abrirnos a ese cambio y transformación total que tienen que darle a su existencia. 

Que un hombre poseído por el mal y encima con tantas limitaciones en su vida como la sordera o el no poder hablar sea curado de su mal viene a significar cómo nuestros oídos están sordos por tantas cosas o tantos apegos o intereses y tenemos que abrirnos a algo nuevo que se nos está ofreciendo; son los signos del Reino de Dios que nos están pidiendo la vivencia de otros nuevos valores, el desgarro de nuestro interior de todas esas malas voluntades, la apertura para poder encontrarnos con esa luz nueva que quiere iluminar nuestras vidas, pero para muchos eso puede significar perder los papeles, perder las influencias, tener que comenzar de nuevo al recorrido, y eso cuesta y es difícil; por eso querrán atribuir las obras de Jesús al espíritu del mal para crear confusión en los demás.

¿No andaremos nosotros también con esas sorderas que nos hacen escuchar lo que nos interesa? ¿No nos sentiremos en muchas ocasiones confundidos y desorientados por esa lucha interior que sostenemos cuando vemos donde está la luz pero preferimos las luces opacas de nuestras rutinas de siempre?

Jesús nos dice que la mies es abundante pero que los operarios son pocos; está contemplando esas multitudes ansiosas de algo nuevo pero a quienes no siempre llega ese mensaje de salvación. ¿Cómo es ese mundo que nos rodea? ¿Seguirá habiendo en el fondo el deseo de algo y mejor, algo que eleva nuestros espíritus y nos traiga metas de gran altura? A pesar del gran vacío que podríamos contemplar en muchos a nuestro alrededor, sin embargo hay ansia de algo mejor aunque muchas veces no se sepa definir bien lo que queremos. 

Ahí tendríamos que estar nosotros para decir la palabra oportuna, para ofrecer una novedosa orientación para la vida de los que nos rodean, para convertirnos nosotros también en una señal para los que están a nuestro lado y puedan discernir a dónde se tienen que dirigir, para despertar deseos de querer escuchar esa buena nueva del Evangelio. Con nuestra manera de vivir y comprometernos ¿seremos signos o contra signos en medio del mundo?


lunes, 20 de abril de 2026

¿Hasta dónde llega nuestra fe en disponibilidad total para creer en Jesús dejando a un lado intereses o conveniencias?

 


¿Hasta dónde llega nuestra fe en disponibilidad total para creer en Jesús dejando a un lado intereses o conveniencias?

Hechos 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

¿Alguna vez habremos escuchado que alguien nos dice muy seriamente que tenemos que creer en él? Eso de que alguien nos dice que tenemos que creer en él es algo serio y que implica muchas cosas; más o menos tenemos confianza en las personas y desde esa confianza aceptamos un consejo, una orientación, pero siempre con nuestra libertad de creer o no creer, de aceptar lo que nos dice o pasarlo por alto y olvidarlo, porque decimos que también nosotros tenemos nuestros criterios, nuestra manera de ver las cosas, cada uno está en el ajo de su vida y más o menos saber por donde ir, cómo actuar. Pero cuando nos dicen que tenemos que creer en él, parece que nos están hablando de una fe ciega y que hasta podría anular nuestros pensamientos o nuestra propia manera de actuar. Por eso digo es algo muy serio.

El evangelio de hoy parte haciéndonos un poco de resumen de lo anterior, pues habla de la multiplicación de los panes de la tarde anterior en el descampado, la marcha de los discípulos en barca con sus dificultades, y cómo la gente a la mañana siguiente busca a Jesús, saben que no se ha ido en la barca con el grupo de los discípulos, y aprovechando la llegada de unas barcas de Tiberíades embarcan para Cafarnaún.

Allí inmediatamente se encuentran con Jesús y surge la pregunta más normal. ‘¿Cómo has venido aquí? ¿Cuando has venido aquí?’  No responde Jesús porque ve más allá de lo que son las apariencias. Ayer comieron pan en abundancia en el desierto y ahora buscan a Jesús. ¿Para darle las gracias? ¿O porque quieren que Jesús siga alimentándolos de esa manera milagrosa y gratuita? El amor de Dios si es un don gratuito para nosotros, porque nos ama incluso, podríamos decir, sin merecerlo. Pero aquí se trata de algo más ¿cuál es el interés que en verdad sienten por Jesús? ¿Habrán llegado a descubrir el sentido de lo que Jesús hace y que esos milagros son signo de algo mucho más hermoso que Jesús quiere darnos y también nos lo dará por gracia, o sea gratuito?

‘En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios’.

Demasiado en la vida vamos actuando por interés. ‘Porque comisteis pan hasta saciaros’, les dice Jesús. Muchos intereses de pan nos van moviendo en la vida. ¿Cuánto me van a pagar?, es la pregunta que pronto hacemos cuando nos piden una colaboración; no somos capaces de verlo como un servicio sino como una posibilidad de una ganancia; ganancias que nos pueden sonar a monedas en nuestros bolsillos, pero ganancias que transformamos en prestigios que hagan que nos sintamos bien considerados, influencias para poder tener muchas cosas en nuestras manos y así ejercer nuestro dominio o nuestro poder, amistades que buscamos para presumir, vanidades que vamos buscando para aparecer como soles, como los mejores, como los poderosos… larga sería la lista de esas ambiciones que llevamos por dentro cuando buscamos algo, tantas dependencias que finalmente nos creamos pero que realmente no nos dejan ser nosotros mismos para actuar con autenticidad y con generosidad.

Jesús quiere hacerles reflexionar, que encuentren de verdad lo que da sentido y profundidad a sus vidas, para no quedarnos en la superficialidad de la apariencia. Jesús viene a anunciarnos el Reino de Dios y darnos las pautas de cómo hemos de aceptarlo y construirlo en nuestras vidas. Son otras las obras que hemos de realizar.

Es lo que ahora le preguntan. ‘Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?’ Y Jesús es claro y tajante, han de comenzar por creer en El. ‘La obra de Dios es esta: que creáis en el que Él ha enviado’. No va a ser fácil, a todos nos cuesta, porque Jesús les está pidiendo toda su fe y para eso es necesaria una disponibilidad total. En otro momento nos dirá que tenemos que negarnos a nosotros mismos para poder seguirle; al comienzo de su predicación pedía conversión, cambio profundo de corazón para poder creer en la Buena Noticia que Jesús venía a ofrecerles.

Decimos fácilmente que tenemos fe, pero lo reducimos a unos conceptos básicos o a unas prácticas religiosas a las que ya les ponemos también nuestra medida. Pero la fe es algo mucho más profundo porque implica toda la vida. Cuando nos ponemos en el camino de la fe con toda seriedad le tenemos que estar dando toda una vuelta a la vida. Por eso Jesús nos pide conversión. ¿Hasta dónde llega nuestra fe? ¿Qué es lo que en verdad nos motiva el querer llamarnos cristianos, seguidores de Jesús?

 

miércoles, 8 de abril de 2026

Dios nos sale al encuentro en las distintas situaciones de la vida, pero por nuestros gestos hemos de ser signos para los demás de esa presencia del Señor

 


Dios nos sale al encuentro en las distintas situaciones de la vida, pero por nuestros gestos hemos de ser signos para los demás de esa presencia del Señor

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Caminantes de la desolación nos podemos encontrar fácilmente todos los días, si acaso no nos sucede a nosotros también que en medio de nuestras frustraciones nos encontramos alguna vez haciendo también ese camino de desolación. Creo que es una dura experiencia por la que podemos haber pasado quizás más de una vez y cuánto hubiéramos deseado en momentos así encontrar a alguien que se detuviera junto a nosotros al menos para escucharnos, aunque aparentemente no nos diera ningún remedio para esa desolación. Que hay a nuestro lado muchas personas que caminan de esa manera es una realidad que no podemos negar, aunque no siempre seamos capaces de reconocer nuestras negruras o dejarnos ayudar.

Así iban aquella tarde aquellos dos discípulos camino de su pueblo; parecía que el mundo se les había venido abajo, y cuando estamos en un estado de depresión así no hacemos sino darle vueltas y más vueltas a lo mismo porque no nos cabe en la cabeza lo sucedido y ya hasta nos cegamos para no ver a los que caminan a nuestro lado. Marchaban de Jerusalén después de lo sucedido en aquellos días de pascua que para ellos había sido bien amarga, se habían derrumbado todas las ilusiones que habían puesto en el Maestro de Galilea y podía dar la impresión de que todo sonaba a fracaso; se habían mantenido hasta última hora por lo que Él había prometido, pero aunque el sepulcro lo habían encontrado vacío a Él no le habían visto resucitado; era cierto que algunas mujeres venían contando de apariciones de ángeles y más cosas misteriosas pero no las habían creído. Ahora marchaban entristecidos a su pueblo que no distaba mucho de Jerusalén.

Así había llegado al mismo tiempo que las sombras de la noche aquel caminante que se había interesado por su estado de ánimo. Y ellos se lo habían explicado, habían desahogado su corazón, y Él les escuchaba atenta y pacientemente. Pero también pacientemente había comenzado a dar respuesta, les recordaba lo anunciado en las Escrituras y se sentían embebecidos con sus palabras. Por eso al llegar a su destino Él quería seguir haciendo camino a pesar de la noche - ¿sería que aún no había llegado del todo la luz a aquellos corazones? – pero ellos generosamente le habían ofrecido su hospitalidad, para evitar quizás que se viera en peligro en aquellos caminos que les parecían azarosos, o quizás también porque no quería separarse de Él y querían seguir disfrutando de su conversación que les había hecho sentirse distintos en su interior.

‘¡Quédate con nosotros, porque atardece!’, le dijeron. Y se sentaron a la mesa en ese sentido de hospitalidad tan hermoso en aquellos lugares. Y entonces sucedió lo que verdaderamente les sorprendió. Entre las penumbras normales en aquellas casas cuando entraba la noche a la hora de partir el pan fueron sus vidas las que se iluminaron, porque lo reconocieron. Era el Señor. Cómo ardía su corazón mientras les hablaba por el camino comienzan a reconocer ahora. Y aunque ya no le veían tenían la certeza de que allí había estado con ellos. Y corrieron de nuevo a Jerusalén y ahora la noche no importaba porque ellos llevaban una nueva luz en sus corazones para ir a contar a los discípulos lo que les había sucedido por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan.

Dios nos sale al encuentro cuando menos lo esperamos, Dios nos sale al encuentro en esos momentos también de turbación y desaliento en el que podamos vivir. Solamente dejémonos conducir que llegará el momento en el que le reconozcamos. Puede venir como aquel caminante que se interesó por su estado de ánimo, puede llegarnos en una buena palabra que escuchamos en labios de alguien y nos despierta de nuestros aturdimientos, puede llegarnos en ese gesto que no esperábamos pero que alguien tuvo con nosotros de detenerse a la vera de nuestro camino, puede llegarnos en esa sonrisa de alguien que nos cautiva y nos hace pensar en algo nuevo y distinto; puede llegarnos el Señor de muchas maneras, pero pensemos también cómo nosotros podemos hacer llegar esa presencia del Señor junto a ese que sufre a nuestro lado, que va frustrado por la vida y contra todo se rebela, que llora la pérdida de un ser querido o no sabe afrontar una grave enfermedad que ha visitado su vida; ahí tiene que estar nuestra palabra, nuestra presencia y cercanía, nuestra mirada llena de cariño y el interés que mostremos por su estado de ánimo… son tantos los signos y los gestos con los que podemos estar haciendo presente a Jesús en la vida de los demás.

Salgamos y pongámonos en camino.


lunes, 16 de febrero de 2026

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

 


Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Siempre queremos una prueba más. ¿Es inconformismo o es ceguera? Cierto inconformismo nos es necesario para salir de nuestras rutinas, para buscar algo nuevo y mejor, para ir avanzando por la vida, para no quedarnos satisfechos con lo que ya hacemos si podemos hacer algo más, para no caer bajo el peso del derrotismo cuando las cosas se nos ponen difíciles, para descubrir que hay más, que puede haber otros caminos y otras perspectivas, para crecer. Es que yo soy así, decimos cuando no queremos cambiar; es que las cosas son así, cuando no queremos poner esfuerzo y sacrificio; de eso nos sobra en la vida.

Me ha surgido esta primera reflexión preguntándome cual era realmente la actitud de aquellos fariseos y maestros de la ley que siempre le estaban pidiendo nuevos signos a Jesús para poder creer en El. Por eso me preguntaba si era simplemente el inconformismo con que hemos de andar en la vida, pero en este caso creo que era algo distinto, era ceguera. Muchos eran los signos que Jesús iba realizando y que manifestaban que Dios estaba con El, que expresaban su misión mesiánica, que nos ofrecían el camino de algo nuevo para nuestras vidas. Muchos eran los milagros tal como nos va relatando el evangelio, señales de esa transformación que Dios quería realizar en nuestros corazones, señales verdaderas del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba.

Pero no querían ver la obra de Dios en la presencia de Jesús y lo que realizaba. Por eso siempre estaban pidiendo nuevos signos, nuevas señales, y todo eran discusiones con Jesús y acusaciones porque llegaron a decir que si Jesús realizaba aquellos milagros era por obra y por el poder de Satanás. Incongruencias de la ceguera en que vivían. Como en alguna ocasión Jesús les dice es que Satanás va a luchar contra sí mismo; un reino dividido no puede subsistir, les dice Jesús.

En esta ocasión Jesús se niega ya a darle más signos y como nos dice el evangelista se montó de nuevo en la barca y se fue para otro lado. No hay peor sordo que el que no quiere oír, es lo que estaba sucediendo.

Pero no nos quedamos en el hecho que nos narra el evangelio y lo que entonces sucedía, sino que cuando escuchamos la Palabra de Dios siempre tenemos que escucharla leyéndola en nuestra vida. Es fácil decir de los otros pero nos cuesta verlo reflejado en nuestra vida. Ahí andamos nosotros también con nuestros vaivenes, con nuestros altos y bajos, con nuestras reincidencias, con nuestros tropiezos en la misma piedra porque no aprendemos la lección. Es la realidad llena de rutina de nuestras vidas, es la tibieza espiritual con que vivimos tantas veces, es la pendiente por la que nos dejamos resbalar.

Creo que cada uno de nosotros analizando bien su propia vida tiene bellos momentos de fe y de espiritualidad que en alguna ocasión hemos vivido; recordamos cuantos propósitos nos hemos hecho cuando hemos hecho un buen examen de conciencia y con humildad nos hemos acercado al sacramento de la Penitencia. No volveremos a tropezar en la misma piedra, no volveremos hacer las mismas cosas, cuantas veces nos hemos prometido. Pero qué pronto lo hemos olvidado, qué pronto nos hemos enfriado y caído en una tibieza espiritual que nos ha precipitado de nuevo en el mismo pecado.

Y tenemos con nosotros la gracia que el Señor nos ofrece continuamente en los sacramentos, tenemos el alimento de la Eucaristía en que comemos al mismo Cristo que se hace alimento y vida nuestra, tenemos ante nuestros ojos el milagro de la Eucaristía cada vez que vamos a misa, pero no despertamos de nuestro letargo, seguimos con nuestra frialdad, seguimos quizás pidiendo milagros para nuestra vida que nos hagan ver con claridad y decimos que entonces sí cambiaríamos. Esperemos que el Señor no nos abandone por su infinita misericordia y nos llegue ese momento de gracia que nos haga despertar.

Necesitamos un inconformismo que nos haga crecer, que nos impulse a salir de ese estancamiento espiritual, que nos haga salir de nuestras cegueras para descubrir de una vez para siempre la Luz que Jesús nos ofrece.

miércoles, 7 de enero de 2026

El evangelio del Reino de Dios sigue siendo una buena noticia hoy para nosotros y para nuestro mundo para despertar una esperanza que a veces tenemos perdida

 

El evangelio del Reino de Dios sigue siendo una buena noticia hoy para nosotros y para nuestro mundo para despertar una esperanza que a veces tenemos perdida

1Juan 3, 22 – 4, 6; Salmo 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

Las malas noticias nos aterran, aparecen los miedos y todo se nos vuelve turbio, nos sentimos envueltos por temores y de alguna manera nos encierran en nosotros mismos; no queremos que a nosotros nos suceda lo que escuchamos, nos sentimos defraudados y hundidos ante eso sucedido que no es bueno y nos hace perder ilusiones y esperanzas. Pero las malas noticias están ahí, porque ahí están cuantas cosas nos suceden que no son buenas o alguien pudiera estar dañando. Con malas noticias nos es difícil caminar, porque todo nos resulta un peso demoledor y al final lo que hacemos es ir arrastrándonos sin mucha esperanza.

Pero las buenas noticias nos alientan  y despiertan esperanza; en eso positivo que nos está llegando como noticia vemos que es posible alcanzar aquello que soñamos, que podemos avanzar, que podemos hacer algo distinto, nuevo y bueno; las buenas noticias ponen alegría en el corazón y dan ligereza a nuestros pasos y a cuanto queremos emprender, porque sabemos que ahí cerca está lo que nos prometen o con lo que soñamos.

La aparición de Jesús por Galilea fue en si misma una buena noticia para aquellas gentes tan acostumbradas a rutinas y a sombras, algo nuevo se despertaba en sus corazones porque veían que las promesas mesiánicas de los profetas estaban más cerca de cumplirse. Es lo que Jesús proclama, una buena noticia del Reino de Dios que está cerca, y es en lo que se convierte la misma presencia de Jesús con los signos de ese nuevo Reino de Dios que El va realizando.

Nos dice hoy el evangelista que dejó Nazaret y se estableció en Cafarnaún; era como el centro de Galilea, una ciudad importante en todos los sentidos y su misma situación la convertía en una encrucijada de caminos; entrada a Palestina por el norte conectaba con el camino de Damasco y con todo lo que se llamaba la media luna que conectaba con los pueblos más orientales. Es importante y significativo el lugar escogido.

Aunque establecido en Cafarnaún recorre sin embargo los pueblos y aldeas de toda Galilea y todos los lugares va haciendo el mismo anuncio, la buena nueva de que el Reino de Dios estaba cerca; una buena noticia, evangelio que diremos tomando la palabras más griega, que no eran solo palabras, los anuncios que Jesús hacía sino las señales que realizaba, los signos de ese reino nuevo donde había de desaparecer el mal; las múltiples curaciones que Jesús iba realizando en todos aquellos enfermos que le traían era el signo de ese mundo nuevo.

Y con esa buena noticia a la gente se le abrían las puertas de la esperanza. Acudían de todas partes, nos dice el evangelista; Jesús quería llegar a todos y de ahí sus recorridos y cómo lo veremos siempre en la cercanía de la gente sobre todo de los que sufren, pero también era alguien con los brazos abiertos, con el corazón abierto para acoger a cuantos llegaran hasta El fuera cual fuera su situación. Enfermos en sus cuerpos y enfermos en su espíritu, quienes se sentían solos y abandonados o quienes se sentían discriminados y apartados incluso de la vida de la sociedad, atormentados quizás por el mal de sus vidas o confundidos por lo que contemplaban sentían perdida toda ilusión y toda esperanza.

La presencia de Jesús era una brisa fresca que daba ansias y deseos de caminar, era un faro de luz que iluminaba para ayudar a encontrar un sentido y un valor a cuanto sucediera, por eso el evangelista recuerda al profeta. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande, una luz nueva y grande les brilló’. Y cuando hay luz dan más deseos de caminar, cuando hay luz encontramos el sentido y el valor de todas las cosas incluso de aquellas que nos desconciertan y nos hacen sufrir. Ese evangelio, esa buena noticia del Reino de Dios que Jesús proclamaba es ese rayo de luz y de esperanza que se enciende en medio del pueblo.

Y nosotros ¿sentimos estas palabras como realizadas también en nosotros? ¿Seguiremos sintiendo que el evangelio del Reino es también una buena noticia para nosotros y para el  hombre de hoy?

sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

sábado, 6 de diciembre de 2025

Estamos adormilados los cristianos y tenemos que despertar, tenemos que dar las señales del Reino de Dios que vivimos y tenemos que ponernos en camino para curar

 


Estamos adormilados los cristianos y tenemos que despertar, tenemos que dar las señales del Reino de Dios que vivimos y tenemos que ponernos en camino para curar

Isaías 30, 19-21. 23-26; Salmo 146; Mateo 9, 35 — 10, 1. 5a. 6-8

Todos vamos haciendo camino todos los días por las calles  y senderos del mundo que nos rodea; son nuestras salidas a nuestros trabajos o a nuestra convivencia social, la búsqueda o compra de lo que vamos necesitando, o las visitas que hacemos a aquellos que queremos y apreciamos, pero ¿qué seremos capaces de contemplar? En las redes sociales vemos la reacción de tantos porque las cosas no están como desearíamos y protestamos porque las calles están llenas de basura o porque ha habido algo por donde todos pasamos que se ha estropeado y nadie la ha arreglado, y hablamos de la pasividad de nuestra sociedad o la falta de vitalidad del pueblo donde vivimos, si los servicios que necesitamos para la vida de nuestro pueblo funcionan o no, por ejemplo. Nos preocupamos de esas cosas materiales porque deseamos que todo sea más fácil para la convivencia o para la vida sana de nuestras gentes.

Pero ¿nuestra mirada se queda ahí? ¿Contemplaremos de verdad las personas que nos rodean y tratamos de comprender la situación por la que estarían pasando? Son cosas particulares de las personas y parece que sentir preocupación por ellos no es cosa nuestra. Pero ¿sabemos cuanto sufrimiento puede haber tras esos rostros con los que  nos cruzamos cada día? Pueden ser enfermedades, soledades, angustias en sus necesidades y tantas otras cosas que se ocultan tras unos rostros que nos parezcan quizás inexpresivos pero que pueden ser un grito que despierte nuestras conciencias ¿cuáles son las expectativas de la gente y en qué cosas quizá se sienten fracasados? ¿Cuáles son sus esperanzas o el sentido que le dan a sus vidas?

Hoy nos habla el evangelio de que Jesús iba atravesando todos aquellos pueblos y aldeas de Galilea, se iba encontrando con la gente y en todas partes quería dejar un mensaje de esperanza, hablaba del Reino de Dios que llegaba, que estaba cerca, que habían de sentir dentro de ellos. Y Jesús iba dejando signos y señales de esa llegada del Reino curando a los enfermos y expulsando demonios.

Y dice el evangelista que Jesús sentía compasión de aquellas muchedumbres ‘porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor’. Allí quiere dejar Jesús esas señales que despierten la esperanza; por eso, como nos dice, cura a los enfermos que le traen. Pero Jesús se hace una consideración en voz alta para aquellos discípulos que de cerca le siguen. ‘La mies es abundante, los obreros pocos, hay que pedirle al dueño de la mies que mande más obreros para poder atender a su mies’.

Pero no son solo deseos; es el impulso que Jesús quiere dar a sus discípulos porque ellos también han de ir a dar señales de la llegada del Reino, a hacer el anuncio del Reino de Dios. Y a ellos también les da poder y autoridad para que también vayan sanando ese mundo con el que se van a encontrar. Y habla de las ovejas descarriadas, de las ovejas perdidas que hay que ir a buscar. ¿No nos hablaría en otro momento de que El es el Buen Pastor que va a buscar a sus ovejas allá donde estén? El Reino de Dios no solo como anuncio, como Palabra, sino como vida traducida en hechos concretos tiene que llegar también a esas ovejas extraviadas, a esas ovejas que andan como perdidas sin rumbo ni sentido.

Como Jesús tenemos también nosotros que recorrer esos senderos, no para fijarnos en las cosas que están mal, sino para curar, para sanar, para llevar ese mensaje de salvación. Tenemos que abrir los ojos para darnos cuenta de esa realidad, mirar a nuestro alrededor, mirar a nuestros vecinos o a nuestros familiares, mirar esa gente con la que convivimos o con la que trabajamos, con las que nos vamos cruzando cada día en nuestro caminar ¿cuál es la señal de salud, de vida, de salvación que les podemos ofrecer? ¿Podrán llegar a descubrir en nosotros esos signos del Reino de Dios?

Estamos demasiado adormilados los cristianos, vivimos de las rentas pero las rentas se pueden acabar, no estamos curando a nuestro mundo como Jesús nos ha encomendado, no hemos terminado de ver y comprender esa muchedumbre que nos rodea y que tenemos que saber contemplar, tenemos que despertar un mundo nuevo, tenemos que volver a anunciar el evangelio como algo verdaderamente creíble que despierte la fe y la esperanza a nuestro alrededor.

martes, 18 de noviembre de 2025

Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

 


Atentos a los gestos y detalles que nos pueden llegar de la manera más insospechada y que son evangelio, buena noticia de Jesús para nuestra vida

2Macabeos 6,18-31; Salmo 3; Lucas 19, 1-10

Habremos escuchado a alguien que nos ha contado su experiencia. Se considera a si mismo una persona sencilla, por así decirlo, de esas personas que pasan desapercibidas porque no les gusta estar en primeras filas, pero en aquella ocasión se sintió sorprendida, porque alguien que llegaba a su pueblo y además con cierta expectación por parte de muchos que les hubiera gustado estar con ese personaje, por así decirlo, hacerse una foto con él, sin embargo a su paso por la calle, y donde se encontraba quien nos lo cuenta, y, como decíamos tratando de pasar desapercibido, sin embargo esta persona se detuvo con él para interesarse por sus cosas e invitarle a tomar un café juntos.

Esta persona llena de sorpresa se seguía preguntando por qué precisamente con él se detuvo a hablar y tratar de pasar un rato de manera amigable. Detalles y gestos que no se olvidan, que se valoran, a los que se les da mucha importancia porque quizá levantaron nuestra autoestima al ser tenidos en cuenta, e incluso pueda suceder que muchas cosas puedan cambiar.

¿Sería lo que se estaría luego preguntando Zaqueo cuando Jesús se detiene ante la higuera tras cuyas hojas él está queriendo simplemente ver pasar a aquel profeta de Nazaret que tanto revuelo armaba entre las gentes? Era simplemente lo que había buscado, conocer a Jesús, verlo al menos pasar, que por la aglomeración de la gente por una parte, su corta estatura por otro lado, pero también por el vacío que encontraba entre los que le rodeaban porque era un publicano, había terminado por subirse a la higuera para verlo tranquilamente pasar escondido tras sus ramas y hojas. Pero Jesús se había detenido y se había puesto a hablar con él.

La cortesía y la hospitalidad tan propia de aquellos lugares le hicieron bajarse rápidamente del árbol para recibir en su casa a Jesús, que se había auto invitado a hospedarse en su casa. Sorpresa, admiración, un despertarse su autoestima al sentirse valorado con esos detalles, un torbellino de cosas tenía que estar pasando por su cabeza. Además él no era bien considerado por sus convencinos a causa de su oficio que por una parte lo había colaboracionista con los que los dominaban, y además la mala fama que se habían ganado con sus manipulaciones dinerarias que los había prestamista aprovechados y usureros. Tenía ciertamente conciencia de su situación y de lo que era su vida pero aquel gesto sorpresivo de Jesús de querer ir precisamente a su casa, que era la menos considerada y valorada por las gentes del lugar quizás le había hecho comenzar a plantearse muchas cosas.

Pero en su corazón se estaba produciendo un terremoto que no le podría dejar tranquilo, una revolución que le haría cambiar muchas cosas. Terminará diciendo Jesús al final del episodio que hoy había llegado la salvación a aquella casa. Ya escuchamos en el relato del evangelio las decisiones que tomaba Zaqueo, no solo de restituir lo que con malas artes había robado y ganado, sino además compartir su inmensa fortuna con los demás, especialmente con los pobres. Un evangelio se estaba produciendo en el corazón de Zaqueo, porque a partir de entonces este episodio iba a ser evangelio para todos, buena noticia de salvación para todos  como una invitación también a dejarnos invitar por Jesús.

Por una parte cuando escuchamos nosotros este evangelio aprendamos a dejarnos sorprender por Jesús. En nuestro camino nos podemos encontrar muchas veces el paso de Jesús, pero un paso que no quiere ser pasar de largo sino que también estará auto invitándose a hospedarse en nuestro corazón. No nos vale refugiarnos detrás de unas cortinas o de unos ramajes para que nadie se fije en nosotros  y podamos sin ninguna contraindicación de compromiso ser simplemente espectadores. Apaguemos esas músicas que nos aturden cuando andamos preocupados por nuestros prestigios o nuestros bien aparentar delante de los demás, y dejémonos interpelar por Jesús. Cuidado nos pasen desapercibidos esos gestos y detalles que va a tener con nosotros y que nos llegarán en el momento que menos esperamos, en el lugar donde no pensamos encontrarlo, o desde aquellas personas que están a nuestro lado y quizás tampoco nosotros tenemos en buena consideración. Aprendamos a valorar esos detalles y esas llamadas y tratemos de dar respuesta.

También nos queda preguntarnos qué gestos y detalles tenemos con los demás, con los que quizás son menos apreciados, que puedan ser signos de algo nuevo para sus vidas. ¿Llegaremos a ser evangelio, buena noticia con nuestras vidas para los demás?

lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

viernes, 10 de octubre de 2025

La vida está llena de signos y señales, con mirada de esperanza descubramos las señales del Reino de Dios en tanto bueno que podemos contemplar a nuestro alrededor

 


La vida está llena de signos y señales, con mirada de esperanza descubramos las señales del Reino de Dios en tanto bueno que podemos contemplar a nuestro alrededor

Joel 1,13-15; 2,1-2; Salmo 9; Lucas 11,15-26

La vida de cada día está rodeada de signos y de señales que nos indican caminos, que nos señalan sendas de vida, que amplían horizontes, que nos hacen comprender cuanto nos sucede o que nos plantean interrogantes.

Cuando hablamos de signos o de señales pensamos, por ejemplo, en nuestras carreteras; tenemos que conocer las señales que vamos encontrando que nos señalan direcciones o que nos indican cómo hemos de conducir por esas vías; tenemos que saber leerlas a tiempo e interpretarlas porque de eso va a depender nuestra manera de circular, de evitar los peligros que podamos encontrar, o de darnos pista para que hagamos más agradable nuestro viaje.

Pero los signos no son solo las señales de tráfico de nuestras carreteras, calles o caminos; son los signos que encontramos en la vida, desde lo que podamos leer e interpretar de la manera de actuar de los que caminan a nuestro lado, o desde los acontecimientos de todo tipo que suceden en el mundo en que vivimos, ya sea nuestro entorno cercano, o ya sea acontecimientos de carácter más universal. Signos y señales que nos indicarán el sentido del vivir de tantos o los derroteros por donde anda nuestro mundo.

Tenemos la tendencia de fijarnos en lo que suene a catastrófico, de resaltar aspectos negativos que encontremos en nuestra sociedad que nos lleva a hacer unas determinadas lecturas de cuanto sucede, de dejarnos envolver muchas veces por el pesimismo porque no puede parecer todo tan negativo; es cierto que no todo son luces, pero también podemos encontrar luces y buen colorido en muchas cosas que nos manifiestan un despertar de la solidaridad, de búsqueda del bien común, de deseos de paz y de señales aunque en ocasiones nos puedan parecer imperceptibles de una paz que poco a poco se va construyendo.

¿Detrás de cuanto sucede no podemos encontrar alguna luz de algo nuevo y esperanzador? Creo que tendría que ser por donde tendría que ir nuestra lectura de la vida y la interpretación que hemos de hacer de los acontecimientos que se suceden. Siempre podemos encontrar esa luz, siempre tenemos que saber encontrar esa luz, dejando a un lado la tendencia a los catastrofismos y a las lecturas negativas y pesimistas. Nosotros los cristianos tenemos que ser los hombres y mujeres de la esperanza, y desde esa esperanza confiamos en la presencia del Señor en cuanto nos sucede y cómo Él quiere hablarnos también desde cuanto nos sucede.

Nos choca hoy en el texto del Evangelio que se nos propone aquella interpretación que hacían algunos de los signos y milagros que Jesús realizaba cuando se los atribuyen al poder de Satanás. Jesús nos habla de un reino dividido que no puede subsistir para señalarnos la incongruencia de los que así pensaban. Querían pedir después de lo que estaban viendo un nuevo signo del actuar de Dios cuando estaban tan ciegos que no sabían ver e interpretar las obras de Jesús.

Pero ¿no será lo que de alguna manera nos sucede a nosotros cuando andamos tan pesimistas en la vida y no somos capaces de ver esas señales de Dios que se van manifestando? Y todavía queremos seguir pidiendo milagros, o corremos de un lado para otro cuando sucede algo extraordinario. Seamos capaces de ver esas señales de Dios que se nos manifiestan en lo pequeño y en lo sencillo.

Como decíamos antes aun con todas las negruras que podamos apreciar hay bonitos signos en muchos donde se manifiesta la solidaridad, hay un despertar de las conciencias buscando mayor justicia, hay mucha gente intranquila con tanta violencia y acritud en nuestras relaciones y están buscando formas nuevas de construir esa paz y esa armonía entre todos, hay un deseo de salvaguardar la naturaleza y de cuidar nuestro entorno.

¿No podemos ver ahí señales de algo nuevo que va surgiendo en nuestro mundo? ¿No tenemos que estar ahí también los cristianos y poner también nuestra propia nota de humanidad y de amor, porque nos sentimos llenos del amor de Dios? ¿No tendríamos que convertir todo eso y ver en ello señales del Reino de Dios por el que nosotros hemos de luchar?


sábado, 4 de octubre de 2025

Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores y abrir los ojos para ver las maravillas de Dios en los demás

 


Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores y abrir los ojos para ver las maravillas de Dios en los demás

Baruc 4, 5-12. 27-29; Salmo 68; Lucas 10, 17-24

Quizás nos encomendaron una tarea que casi nos parecía una misión imposible, no nos creíamos capaces de llevarla a cabo, por la novedad de lo que se nos encomendaba, por lo poco acostumbrados que estábamos a situaciones así, porque quizás nos veíamos pequeños e incapaces de realizarla; pero a la vuelta de esa experiencia nos sentíamos contentos, porque vimos que fuimos capaces, que las cosas salieron mejor de lo que habíamos imaginado, pero es que además a la vuelta quien nos había confiado aquella misión se alegraba con nosotros por el éxito logrado, nos valoraba y felicitaba por lo que habíamos hecho. Seguramente que nos sentiremos llenos de orgullo y satisfechos en nuestro interior, porque la experiencia había sido para nosotros maravillosa.

He querido comenzar mi reflexión de hoy con esta experiencia, y ojalá fuéramos más valientes para emprender tantas cosas que son necesarias aunque las veamos difíciles, pero también ojalá sepamos valorar lo que nos pueda parecer insignificante pero que sin embargo ha llenado de satisfacción a quien lo ha realizado, demasiadas veces nos falta esa visión optimista y esa valoración que hagamos de las cosas sencillas, digo que he querido traer esta experiencia, porque en el texto del evangelio que hoy se nos propone es lo que realmente estamos viendo.

Los discípulos que habían sido enviados a hacer un preanuncio del Reino de Dios allí por donde había de ir luego Jesús, regresan contentos porque han visto como la semilla ha ido prendiendo en aquellos corazones y eran muchos los signos que lo manifestaban. Hablan de curaciones y de expulsión de demonios, pero sabemos que es como un signo de lo que se iba realizando en aquellos corazones.

Pero se encuentran con la acogida de Jesús, la valoración que hace de la obra realizada. ‘Veía a Satanás caer como un rayo del cielo…’ les dice. Pero lo importante es que ‘vuestros nombres están inscritos en el cielo’. Palabras ciertamente de valoración que hace Jesús de lo que han realizado sus discípulos; pero aun más, da gracias al Padre por las maravillas que Jesús ve realizándose a través de los pequeños y de los sencillos.

Es una acción de gracias al Padre, es cierto, que se revela a los pequeños y los sencillos, pero podemos decir también que es una acción de gracias porque en aquellos que se consideraban pequeños, sus discípulos, incapaces quizás de poder hacer ese anuncio del Reino de Dios, se están realizando las obras maravillosas del Señor. ‘El Señor hizo en mi obras grandes’, que diría María, que es también lo que de alguna manera Jesús les está invitando a reconocer a aquellos sus discípulos, a través de ellos también Dios realiza obras grandes.

Nos dice mucho para nuestra vida este texto del evangelio. Reconocer lo que Dios va realizando en nosotros aunque nos consideremos pequeños y pecadores; nos motiva a descubrir esas maravillas de Dios en nosotros, nos motiva a ser humildes pero también agradecidos porque Dios así se manifiesta en nosotros. Pero también nos abre los ojos para ver esas maravillas de Dios en los demás; cuántos signos de la presencia y del actuar de Dios hemos de saber descubrir en los demás; con ellos nosotros nos alegramos, con ellos y por ellos nosotros también damos gracias, de ellos también nosotros aprendemos. Son los signos y señales claras de que el Reino de Dios se está realizando en nosotros, de lo que además tenemos que contagiar a nuestro mundo.

En ese mundo nuestro tan lleno de recelos y de envidias, con tantas desconfianzas y también con tantas descalificaciones a lo que hacen los demás, nosotros tenemos que ser signos de algo nuevo, dar las señales de que vivimos en verdad el sentido del Reino de Dios.  ¿Aprenderemos de una vez por todas a saber valorar a los demás?