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martes, 14 de julio de 2026

Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

 


Sintamos como dichas a nosotros las palabras de Jesús que nos recrimina por nuestra falta de confianza que nos lleva a un enfriamiento de nuestra fe

Isaías 7, 1-9; Salmo 47; Mateo 11, 20-24

La falta de confianza nos hace incrédulos, cerrados de mente y corazón y crea en torno nuestro una costra que nos hace duros e intratables. Nos sucede en muchos aspectos de nuestras relaciones con los demás, lo que es nuestra vida misma en ese crecimiento y maduración como personas, en aquello que pretendemos emprender que al final por falta de confianza incluso en nosotros mismos no llegaremos a realizar pero que en el mal estado de ánimo que se nos crea en nuestro interior estaremos como a la defensiva de todo llevándonos a culpabilizar incluso a los demás de lo que son nuestros fracasos.

Tenemos confianza con el amigo y lo escucharemos y nos sentiremos a gusto con él, confiamos en los demás y nos volvemos colaboradores, comenzamos a tener confianza en nosotros mismos y comenzaremos a avanzar por la vida. Hemos unido de alguna manera la confianza y la fe, en un plano humano, de nuestras relaciones con los demás o de nuestra participación en esa sociedad en la que vivimos y con la que nos ponemos a colaborar, pero en ese sentido tenemos que ir en nuestra vida espiritual y todo lo que atañe a lo que ha de ser nuestra vida cristiana.

Nos puede suceder incluso que vivimos y participamos incluso en celebraciones de nuestra comunidad cristiana, y sin embargo no vemos que vayamos avanzando en lo que tendría que ser nuestra vida cristiana sino que nos quedamos en unos cumplimientos, en unos ritos, en las mismas rutinas de siempre. ¿Qué nos puede estar sucediendo? ¿Por qué nos quedamos en esa frialdad y en esa atonía espiritual? ¿Estaremos en verdad dejándonos conducir por el Señor y por esa Palabra que escuchamos en cada celebración? ¿Tendremos en verdad confianza en la Palabra que se nos anuncia para llegar a dejarnos inundar por esa riqueza de vida que se nos quiere trasmitir?

Pudiera ser que ya viniéramos predispuestos, porque decimos que vamos a escuchar lo mismo una y otra vez, porque decimos que en fin de cuentas son siempre los mismos textos del evangelio; podríamos estar interiormente poniendo distancias en lo que se nos trasmite porque al final decimos son interpretaciones personales de quien nos habla y nosotros también tenemos nuestras interpretaciones particulares. Estamos poniendo una barrera de desconfianza, que nos llevará a que allí no encontremos un alimento para nuestra fe. Estamos escuchando pero no confiamos, no se despierta la fe en nosotros.

En el evangelio de hoy escuchamos las recriminaciones que Jesús les hace a aquellas ciudades donde ha realizado muchos signos y donde se ha hecho un trabajo intenso de anuncio de la buena noticia de Reino de Dios. En varias ocasiones escuchamos al evangelista decirnos que Jesús recorría los pueblos y ciudades de Galilea anunciando el Reino de Dios y realizando muchos signos entre ellos. Hoy nos habla de aquellos lugares cercanos al lago que fueron de especial predilección de Jesús para su predicación, Betsaida, Corozaín y la misma Cafarnaún. Si en otros lugares se hubieran realizado tantos signos como allí se realizaron seguro que habrían creído, y les compara con Sodoma y Gomorra, o con las ciudades paganas Tiro y Sidón, ya en las márgenes de Galilea.

Pero no queremos quedarnos en la reacción y respuesta de aquellos lugares sino que hemos de sentir las palabras de Jesús como dichas a nosotros hoy. Cuánto de gracia nos ha ofrecido el Señor, cada uno tendría que revisar su historia pero sobre todo la historia de amor de Dios en su vida. A nuestro alcance tenemos la Iglesia a la que pertenecemos, con sus parroquias y con sus templos, con su catequesis y su predicación, con sus celebraciones y con toda la celebración del misterio de Cristo a través de todo el año. ¿Cómo sentimos que en verdad nuestra vida espiritual está creciendo, nuestro compromiso cristiano desde nuestra fe es cada vez más intenso? ¿Qué nos recriminaría el Señor por nuestra respuesta o por nuestra falta de respuesta?

Tendríamos que pensar también en la confianza que ponemos en el Señor. ¿Cómo nos sentimos en ese sentido cuando pasamos por momentos de dificultad, cuando nos vienen las noches oscuras a nuestro espíritu? Despertemos nuestra confianza en el Señor para que pueda en verdad resplandecer nuestra fe.

viernes, 3 de octubre de 2025

Escuchemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros, Palabra de Dios que nos está hablando hoy a nuestra vida concreta

 


Escuchemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros, Palabra de Dios que nos está hablando hoy a nuestra vida concreta

Baruc 1,15-22; Salmo 78; Lucas 10,13-16

Es como si me lo hicieras a mí. Es la reacción que solemos tener cuando sentimos que se ofrende, por ejemplo, a alguien a quien nosotros queremos mucho; son las reacciones que tenemos cuando nos ‘tocan’ a nuestra madre, por decirlo de alguna manera, y salimos en su defensa, porque es nuestra madre, y lo sentimos como algo que nos hacen a nosotros mismos; es también una reacción cuando hay una amistad profunda entre dos personas que se sienten muy unidas de manera que casi las cosas de uno son como si fueran de los dos. ‘Me estás ofendiendo a mi’, les decimos y eso no lo puedo aguantar. Por extensión así nos afectan las cosas de nuestro pueblo y son las reacciones que tenemos muchas veces entre pueblos vecinos, donde defendemos lo nuestro, las cosas de nuestro pueblo como si tocaran cosas nuestras personales.

Es lo que nos está expresando Jesús de la recepción o no que se haga de sus palabras, pero sobre todo de aquellos que como enviados suyos nos traen la buena nueva del Evangelio. De ahí nace también la valoración y el respeto que los cristianos tenemos por nuestros pastores, porque los vemos como enviados de Jesús para ofrecernos la gracia de la salvación.

Este texto intercalado aquí en el evangelio en la valoración que se está haciendo de la acogida al evangelio que se tiene en algunos lugares de Galilea, tiene también esa amplitud más abierta y universal en referencia a los que son los enviados de Jesús para el anuncio del evangelio; cosa que, por supuesto, tendría que hacernos pensar en la acogida que hacemos del mensaje de Jesús en nuestras vidas, la importancia que le damos a la Palabra de Dios y cómo hacemos que sea semilla plantada en la buena tierra de nuestro corazón para hacerle dar fruto.

Como decíamos, en este texto se parte de la respuesta que están dando al anuncio del Reino de Dios en algunos lugares de Galilea. Hemos visto cómo la gente acogía la palabra y la enseñanza de Jesús, cómo se entusiasmaban por escucharle y por estar con El, cómo cuando contemplaban los milagros que Jesús hacia curando a los enfermos o expulsando a los demonios ellos sabían ver un signo de la presencia de Dios en medio de ellos. ‘Dios ha visitado a su pueblo’, exclamaban en muchas ocasiones.

Pero bien contemplamos en algunas ocasiones que esos entusiasmos eran pasajeros; ya Jesús nos había señalado en la parábola del Sembrador, como no siempre la tierra estaba preparada para recibir la semilla, y la caída en el borde del camino se la comían las aves del cielo y lo daba fruto, la caída entre pedregales o zarzales pronto se secaba por falta de buena tierra donde enraizarse esa nueva planta del Reino de Dios que iba brotando en los corazones de quienes la escuchaban. No siempre se recogía el fruto al ciento por uno.

Es lo que ahora detectamos en este texto en relación a aquellos pueblos de Corozaín y Betsaida, en los alrededores del lago de Tiberíades o en el propio Cafarnaún. Muchos milagros había realizado Jesús en aquellos lugares, mucha había sido su presencia cuando caminaba aquellos caminos de Galilea, pero no siempre dan fruto; pronto se secaba aquella planta del Reino de Dios, porque pronto olvidaban las acciones de Dios en medio de ellos.

Es la queja de Jesús, es la nueva invitación que está haciendo Jesús, es la persistencia de la presencia y predicación de Jesús en aquellos lugares. Pero no lo podemos mirar como hechos acaecidos en la lejanía de los tiempos y lugares. Somos nosotros hoy los que escuchamos esa Palabra de Dios, en medio de nosotros también se están realizando esos signos de Dios que no siempre sabemos descubrir; también nosotros muchas veces nos ponemos críticos ante el anuncio que nos hace la Iglesia o ante la invitación que nos hacen nuestros pastores; tantas veces damos la vuelta, no queremos escuchar, no nos dejamos interpelar, ponemos nuestros ‘peros’ y nuestras pegas, nos hacemos oídos sordos.

¿Escucharemos esa Palabra que se nos anuncia como en verdad lo tiene que ser para nosotros Palabra de Dios que nos está hablando hoy?

martes, 15 de julio de 2025

Hagámonos eco de tantos signos y señales que Dios pone a nuestra vera en el camino de la vida para dar respuestas de vida y amor y no nos encerremos en nosotros mismos

 


Hagámonos eco de tantos signos y señales que Dios pone a nuestra vera en el camino de la vida para dar respuestas de vida y amor y no nos encerremos en nosotros mismos

Éxodo 2,1-15ª; Salmo 68; Mateo 11,20-24

Te lo he dicho tantas veces y no me haces caso. Seguramente algo así hemos dicho más de una vez al amigo a quien advertíamos de las consecuencias de algo que estaba haciendo y que no era bueno, son las recomendaciones de los padres a los hijos o entre los miembros de la familia ante situaciones en las que habríamos de tener cuidado, pero a lo que tantas veces nos hacemos oídos sordos para no querer escuchar, para no actuar en un momento determinado, para tomar una decisión que podía ser importante, para hacer un cambio en costumbres o en manera de actuar. Digo que le hemos dicho a los demás, pero hay que reconocer que nosotros también somos así muchas veces y nos hacemos oídos sordos para seguir con nuestro  punto de vista o con nuestras rutinas.

Le estaba pasando a Jesús con muchos de aquellos pueblos en los que una y otra vez había anunciado el Reino de Dios y había realizado multitud de signos y milagros, pero no todos daban el brazo a torcer, no todos aceptaban su mensaje para hacerse sus discípulos. Jesús se siente dolido, pero lo hace con un inmenso amor y derramando una y otra vez su misericordia sobre ellos para que cambien la actitud de sus corazones. Siente lástima y pena porque aquellas ciudades del entorno del lago de Tiberíades que tantas veces había recorrido se estaban pareciendo a aquellas ciudades antiguas tal como aparecía en las Escrituras que había merecido el castigo divino. Es una llamada más, como solemos decir la última llamada, pero en el corazón de Dios nunca será la última porque El será siempre el Divino Pastor que busca por montes y barrancos a la oveja perdida.

Pero no nos vamos a quedar en una mirada en la lejanía lamentando lo que entonces aquellas ciudades hacían. Siempre la Palabra de Dios que escuchamos es una Palabra de vida para nosotros hoy, que no pretende simplemente recordar historias, sino que quiere llegar a nuestro corazón para revisar actitudes y respuestas que nosotros hoy damos o no damos a ese regalo de Dios.

¿No habremos sentido muchas veces esos signos de Dios en nosotros, esas señales que Dios va poniendo en nuestro camino, esa Palabra que quiere llegar a nuestro corazón para moverlo de verdad a la conversión? Tenemos la tentación de dejarlo siempre para más tarde, para otro momento; tendremos tiempo, nos decimos, y seguimos enfrascados en nuestras rutinas o en nuestras malas costumbres, en esa cerrazón del corazón pensando que ya tendremos tiempo de responder, de dar ese cambio que necesitamos en nuestra vida. No damos las señales de conversión que Dios nos está siempre pidiendo. Sepamos también escucharnos mutuamente los unos a los otros que también tenemos algo que decirnos.

El tiempo se nos puede acabar, el final de la vida nos puede llegar en el momento más inesperado, nos puede suceder algo tras lo cual ya no tendremos tiempo de reaccionar. Reavivemos ese amor de Dios en nuestros corazones, no nos hagamos oídos sordos, escuchemos esa palabra que nos habla y llega a nosotros de mil maneras, estemos atentos a esas recomendaciones que puedan darnos muchas personas buenas a nuestro lado, sepamos descubrir tantas señales del amor de Dios que se nos pueden manifestar en el testimonio de otras personas. Son llamadas de Dios, invitaciones al amor, a la conversión, al arrepentimiento, a volver a retomar esos caminos de vida nueva que nunca debíamos de haber abandonado.

¿Cuándo nos vamos a decir a dar esa respuesta que nos está pidiendo el Señor?

viernes, 4 de octubre de 2024

Tenemos que seguir poniéndonos en camino porque la tarea es grande, no cejemos en el empeño aunque sea mucha la dificultad, siempre brilla la luz de la esperanza

 


Tenemos que seguir poniéndonos en camino porque la tarea es grande, no cejemos en el empeño aunque sea mucha la dificultad, siempre brilla la luz de la esperanza

Job 38,1.12-21; 40, 3-5; Salmo 138; Lucas 10,13-16

Hay ocasiones en que nos sentimos frustrados y poco menos que derrotados en aquello que estamos haciendo, a lo que dedicamos todo nuestro esfuerzo, con lo que queremos hacer algo que pueda beneficiar a los que están a nuestro lado, pero parece que no nos escuchan o nos escuchan según sean sus intereses, pasan de nosotros o nos ignoran, nos dejan a un lado y no nos tienen en cuenta después de todo lo hicimos; nos sentimos mal, en ocasiones nos dan ganas de tirar la toalla, de abandonar, de dejar a los otros a su suerte y que se busquen la vida, como suele decirse.

Nos pasa en el trabajo profesional que realizamos, nos pasa en cosas que hacemos de forma voluntaria porque queremos que las cosas en nuestro ambiente sean de otra manera pero nadie nos hace casa, nos puede pasar en el terreno familiar, ya sea en lo que hacemos por los hijos y la familia, e incluso en nuestras relaciones conyugales, donde en momentos no nos sentimos valorados.  ¿Qué hacemos? ¿Abandonamos? ¿Andamos lloriqueando queriendo mover a la gente a la compasión al menos? ¿Nos encerramos en nosotros mismos? ¿Seremos conscientes de verdad de la misión que tenemos en la vida y seguimos fieles a nuestro empeño? Muchas cosas nos pueden pasar por la cabeza.

¿Será la situación en la que se encuentra Jesús en este pasaje del evangelio que hoy se nos presenta? Jesús había ido recorriendo todas aquellas aldeas y ciudades de Galilea, había recorrido sus caminos y atravesado numerosas veces el lago para llegar a todos en el anuncio del Reino de Dios. Es cierto que las gentes le salen entusiasmadas al encuentro, le traen sus enfermos, vienen con sus dolencias y sufrimientos, algunos le aclaman porque no han visto cosa igual. Ya es consciente también que no todos lo aceptan y sabe muy bien quienes están al acecho a lo que hace o a lo que dice.

Pero hay algunos lugares que son como piedra atravesada en el camino. Se ha desvivido Jesús de manera especial en algunos, pero la respuesta parece poca o nula. Le está sucediendo en algunas poblaciones de los alrededores del lago y de Cafarnaúm. ¿Se sentirá fracasado Jesús o seguirá haciendo llamamiento para que den una respuesta? Ya premonitoriamente les había anunciado a los discípulos escogidos como apóstoles cuando los envío que habían de llevar el mensaje de paz y se quedaran en aquellos lugares donde los acogían; pero les anuncia también que habrá otros lugares donde se les cerrarán las puertas, y Jesús simplemente les dice que se vayan a otro lado. Siempre itinerantes como lo había manifestado desde el principio. Vamos a otros lugares que allí también tenemos que hacer el anuncio del Reino de Dios.

Creo que este evangelio tendría que hacernos pensar, pero no para hundirnos porque nosotros seamos también conscientes de las dificultades y rechazados, sino para sentir esa palabra de ánimo y de esperanza que Jesús siempre tiene para nosotros. Sigamos haciendo el anuncio, sigamos dejando nuestras huellas de paz y de amor, aunque las bombas sigan resonando o aunque sigamos viendo muy furibundo el odio en muchos corazones.

Una piedra que vayamos quitando del camino será siempre una señal de algo nuevo que vamos dejando a nuestro paso; podemos hacer desaparecer esas piedras de odios y de violencias, podemos ir quitando esos ropajes de la vanidad y del orgullo, podemos ir dejando con la ilusión de un vestido nuevo para la vida a tantos desnudos que tratamos de vestir con nuestro amor, una luz nueva puede ir iluminando con un nuevo color esos caminos de la vida tantas veces oscurecidos y hacer surgir una nueva alegría para la humanidad.

Tenemos, si, que seguir poniéndonos en camino; la tarea es grande, la mies es mucha, los operarios somos pocos, pero un pequeño grano de mostaza puede hacer brotar un arbusto grande donde se aniden los pájaros, un pequeño puñado de levadura puede hacer fermentar la masa de nuestro mundo para darnos un pan nuevo y más sabroso. No cejemos en nuestro empeño. Nunca tenemos que sentirnos derrotados, porque siempre para nosotros brilla la luz de la esperanza.

martes, 16 de julio de 2024

Pensemos en la huella o no que los cristianos hoy estamos dejando en la sociedad y en la cultura en la que vivimos

 


Pensemos en la huella o no que los cristianos hoy estamos dejando en la sociedad y en la cultura en la que vivimos

Isaías 7, 1-9; Salmo 47; Mateo 11, 20-24

Si somos observadores y reflexionamos sobre la vida y las costumbres de los pueblos, o incluso podemos pensarlo también simplemente en el ámbito de las familias nos daremos cuenta donde hubo alguien que supo dejar huella en aquella comunidad o en aquel grupo humano. Un personaje que fue verdaderamente líder y supo ir sembrando valores en aquel grupo humano, o en aquella sociedad y veremos como en aquel grupo se siguen manteniendo unos valores que de alguna manera marcan el sentir y el vivir de aquellas gentes.

Pensemos en el ámbito de las familias uno se da cuenta, porque ha quedado la huella, de aquel padre de familias, de aquel abuelo que supo imponer no solo un respeto sino unos valores que ahora destacan en aquellas familias. Qué importante que haya esas personas, que no tienen que haber hecho cosas extraordinarias, sino que han sabido arrastrar, o más bien han sabido mover desde lo más hondo para marcar nuestro carácter como personas y como pueblo.

Era, podíamos decir de alguna manera, lo que significaba la presencia de Jesús en medio de aquellos pueblos de Galilea donde principalmente desarrollaba su labor; de ahí cómo van surgiendo los discípulos que le siguen, que quieren estar con él, que son capaces de dejarlo todo por seguirle. Era la huella que Jesús iba dejando en sus corazones, era la transformación que se iba realizando en aquellas gentes, aunque bien sabemos que no todos respondían de la misma manera.

El relato del evangelio nos va describiendo ese camino que iba realizando en medio de aquellos pueblos; la gente estaba con Jesús, se iba tras Jesus; lo vemos cómo incluso son capaces de estar días y día siguiéndole en ese camino itinerante que Jesús iba realizando hasta olvidarse de llevar suficientes provisiones como les veremos en determinados momentos. El evangelio nos habla de diferentes momentos en que Jesús multiplica los pocos panes que tienen para repartir entre todos, también como un signo de cómo El se parte y se reparte para ser esa luz y ese alimento de nuestras vidas.

Sin embargo hoy nos encontramos con un episodio en que se manifiesta ese dolor del Corazón de Jesús porque no todos dan la necesaria y suficiente respuesta. Nos habla el evangelista de aquellas poblaciones de los alrededores del lago de Tiberíades donde Jesus tanto ha enseñado y tantos signos ha realizado, pero donde no encuentra la suficiente respuesta. Es la queja de Jesus. Si en otros lugares se hubieran realizado los signos que allí realizó – y menciona Jesús ciudades paganas – otra habría sido la respuesta. Sus corazones estaban endurecidos de manera que en ellos el paso de Jesús parecía que no podía dejar huella. Son duras las palabras de Jesús. ‘Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras’.

Pero no nos quedamos nosotros en hacer un juicio sobre la respuesta de aquellas ciudades. Son un signo y una señal para nosotros. Es donde tenemos que preguntarnos ¿qué huella ha dejado en nuestra vida todo lo que ha sido lo que llamamos nuestra vida cristiana, todo lo que en la Iglesia de una forma o de otra hemos vivido a lo largo de los años de nuestra vida? Es una pregunta seria, una pregunta que de verdad tiene que interpelarnos por dentro. ¿Nos hemos sentido realmente tocados por la gracia de Dios? ¿Dónde están nuestros frutos?

Si además nos decimos cristianos, seguidores de Jesús, decimos que creemos en El y que somos sus seguidores ¿cuál es la huella que dejamos en nuestro entorno? 

¿De qué manera estamos nosotros contagiando a los que están en derredor nuestro de nuestra fe y de nuestra vida cristiana? 

¿Se nota que cada día florecen más los valores cristianos en nuestro entorno porque es lo que sabemos inculcar en nuestras familias, en nuestros hijos, en nuestros convecinos? 

¿Se nota la levadura del evangelio en nuestra sociedad? 

¿Qué estamos haciendo realmente para influir en nuestra sociedad? 

¿O andaremos vergonzosos jugando al escondite para que no se note que nosotros somos cristianos?


viernes, 6 de octubre de 2023

Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

 


Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros

Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Qué fáciles somos para hacer juicio sobre la conducta de los demás y para nuestras condenas. No nos miramos a nosotros mismos. Como nos dice en otro lugar el evangelio somos fáciles para ver la paja en el ojo ajeno pero no nos damos cuenta de la viga que hay en el nuestro. Y esos juicios crean desconfianzas, distanciamientos, marcamos con un sambenito a personas o lugares con mucha facilidad y ya siempre los estaremos viendo desde ese prisma turbio que nos hemos creado; nos encerramos por otra parte en nosotros mismos, porque claro con cualquiera no nos vamos a mezclar.

Y nos sucede hasta en las interpretaciones que nos podamos hacer del texto sagrado de la Palabra de Dios. Además parece más fácil aplicárselo a los demás que aplicárnoslo a nosotros mismos. Es una tentación que podemos tener con el evangelio que hoy se nos ofrece. Son las imprecaciones de Jesús a Corozaín, Betsaida y el propio Cafarnaúm, por la poca respuesta que están dando a la acción de Jesús en aquellos lugares. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotros, ya hay tiempo que se hubieran convertido…’ les dice. Y lo mismo le dice a Cafarnaúm.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos en nuestra reflexión. Parece que nos contentamos con estas imprecaciones que Jesús hace a aquellas ciudades, y de ahí no pasamos. Es donde tenemos que hacernos una lectura de nosotros, de nuestra vida, de nuestra respuesta. Cuando hoy el evangelio nos está narrando este hecho no es solo para que veamos lo malas que eran aquellas ciudades, sino para que nos miremos a nosotros mismos.

Cuántas maravillas ha realizado el Señor en nosotros, en nuestra vida. Si quisiéramos hacer un listado de las veces que hemos escuchado el Evangelio a lo largo de nuestra vida, y con la escucha del evangelio tantas reflexiones que se nos han ofrecido en homilías, en charlas, en encuentros, la lista sería interminable. Si nos detuviéramos a pensar en cuántas ocasiones hemos visto la acción de Dios en nuestra vida, por ejemplo, que nos ha ayudado cuando hemos acudido con nuestros problemas y necesidades, ¿hasta donde llegaría esa lista? Y así podríamos seguir haciéndonos muchas más consideraciones, de las veces que hemos recibido el perdón en el Sacramento de la Penitencia, de las veces que hemos comulgado al participar en la Eucaristía… tendríamos que preguntarnos ¿y hasta donde llega nuestra respuesta?

Bien sabemos, y lo reconocemos, que somos pecadores que hemos vuelto a caer una y otra vez en las mismas cosas de las que nos habíamos arrepentido, bien sabemos cómo nos enfriamos espiritualmente con tanta facilidad y caemos en tibiezas y rutinas una y otra vez, bien sabemos las veces que le hemos dado la espalda y no hemos querido escuchar, hemos querido silenciar nuestra conciencia y buscamos mil justificaciones que de nada nos sirven porque nos falta sinceridad. ¿Quiénes somos para juzgar y para condenar a los demás?

Tenemos que ser más congruentes en la vida, obrar en consecuencia a esa fe que decimos que tenemos, aprender a superarnos de una vez por todas para recomenzar de una vez por todas esos caminos de rectitud y buena conciencia que tendríamos que tener. Abramos nuestros oídos para escuchar lo que el Señor ahora nos está pidiendo y demos respuesta a esa llamada del Señor, abramos nuestro corazón para que en verdad Dios reine en nosotros.


martes, 18 de julio de 2023

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 

Con sinceridad tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido

 Éxodo 2,1-15a; Sal 68;  Mateo 11,20-24

Mira qué desagradecido, nos atrevemos a pensar en más de una ocasión cuando no somos correspondidos por alguien al que quizás en muchas ocasiones habíamos ayudado de alguna manera pero que ahora parece que se desentiende de todo y todo parece darlo por olvidado. No es que hagamos las cosas para que nos las agradezcan, eso al menos decimos no sé si por quedar bien, pero nos gusta que esas personas correspondan de alguna manera, se acuerden de lo que un día hicimos por ellas y de alguna manera den una respuesta.

Claro que eso nos es fácil pensarlo de los demás y quizás somos nosotros en muchas cosas de la vida los que de alguna manera estamos actuando así. En fin de cuentas en la vida todo nos relaciona a los unos con los otros y siempre directa o indirectamente siempre estamos recibiendo algo de los demás. Son cosas que hemos de saber valorar, tener en cuenta, corresponder de alguna manera, es como iremos haciendo crecer también nuestras relaciones de amistad y todo lo que es el aprecio que nos hemos de tener los unos a los otros. Mucho tenemos en la vida que aprender en este sentido.

El evangelio de hoy nos está hablando de una queja de Jesús, por llamarlo de alguna manera; una queja hacia algunos pueblos y ciudades de aquel entorno de Galilea donde Jesús se prodigó más en su predicación y en sus milagros.  Se nos está refiriendo a algunos pueblos de aquel entorno del lago de Tiberíades, como eran Betsaida, precisamente la patria de Simón y de Andrés, y otras ciudades como Corozaín. Mucho había predicado Jesús allí y muchos milagros habría realizado y sin embargo no daban señales de conversión, no daban señales de creer en El.

‘Se puso Jesús a recriminar a las ciudades donde había hecho la mayor parte de sus milagros, porque no se habían convertido: ¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Y Jesús les hace la comparación con Sodoma y Gomorra, aquellas ciudades destruidas por la increencia y la maldad con fuego del cielo, y también compara con Tiro y con Sidón, dos ciudades de gentiles, en las tierras de Fenicia junto al mar, dedicadas al comercio sobre todo pero que eran famosas por su increencia.

Y Jesús ahora les dice que si en esos sitios se hubieran hecho los milagros que en Corozaín y Betsaida se han realizado, seguro que hubieran dado señales de conversión. ‘Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, cubiertas de sayal y ceniza. Pues os digo que el día del juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras… Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que en ti, - y está haciendo referencia ahora a Cafarnaún - habría durado hasta hoy’.

Pero releamos este pasaje del evangelio no solo pensando en aquellas ciudades y aquel entorno donde Jesús realizaba el anuncio del Reino de Dios, sino haciendo referencia a nosotros mismos. Hablábamos al principio de esa actitud desagradecida con que muchas veces caminos en la vida en nuestras relaciones entre unos y otros, hagamos ahora referencia a nuestra relación personal con Dios. ¿Cuál es nuestra respuesta? ¿Seremos en verdad conscientes de cuanto recibimos cada día de Dios en la misma vida que vivimos y en cuanto nos rodea que tendríamos que saber descubrir la mano de Dios?

Pensemos en nuestra vida personal, con nuestra historia, con nuestras luces y con nuestras sombras, todo lo que ha sido el camino en nuestra vida en lo religioso y en nuestra fe, en los sacramentos que hemos recibido o la Palabra de Dios que tantas veces hemos escuchado, en los problemas con que nos hemos ido encontrando en la vida y cómo tantas veces hemos pedido la ayuda de Dios, en tantos que Dios ha puesto a nuestro lado y que con su palabra, con su testimonio y su ejemplo han sido voz de Dios para nuestra vida, en las veces que nos hemos sentido pecadores y hemos implorado el perdón del Señor, y así podríamos según pensando en muchas cosas más. ¿Cuál ha sido nuestra respuesta? ¿Qué frutos de vida cristiana estamos manifestando en nuestra vida? ¿Hasta donde llega nuestro compromiso con la Iglesia?

Mira qué desagradecido, decíamos al principio pensando en las cosas que vemos en nuestro entorno en otras persona, pero ¿no tendríamos que decirnos a nosotros mismos, mira qué desagradecido con Dios con tanto que de Dios ha recibido?

 


viernes, 30 de septiembre de 2022

Detengámonos en la loca carrera y sepamos leer las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, serán las que nos llevarán a la verdadera plenitud de vida

 


Detengámonos en la loca carrera y sepamos leer las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, serán las que nos llevarán a la verdadera plenitud de vida

Job 38,1.12-21; 40, 3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

En los caminos encontramos señales que nos indican la dirección, a donde vamos o donde nos encontramos en cada momento, el tráfico en nuestras carreteras se rige también por unas señales que nos indican los peligros, nos hacen tomar precauciones para evitar accidentes, y nos indican como hemos de ir atentos por esa carretera si queremos llegar hasta la meta que nos hayamos propuesto; en la vida también vamos encontrando señales, unas convencionales en nuestros comportamientos o que nos pueden indicar como hemos de encontrarnos con las personas, o también podemos ir encontrando unas señales, más misteriosas podemos decir, que nos abren a otras dimensiones, que son como llamadas que hemos de atender también para poder entender la vida.

Pero cuando hemos venido hablando de todas estas señales convencionales que dirigen nuestra vida, en el fondo estamos pensando en algo más, unos como signos que nos va poniendo Dios en el camino de la vida, aunque no siempre sepamos interpretarle desde este sentido, que también quieren decirnos algo para nuestra vida en una transcendencia y en un nivel, podríamos decir, superior. Y es como creyentes hemos de saber reconocer que Dios nos va hablando, Dios nos va poniendo señales en el camino de la vida con las que podríamos darle una mayor profundidad a la vida o elevarnos a lo espiritual porque de alguna manera van siendo un encuentro con Dios. Sin embargo, no siempre sabemos leer esas señales, esos signos que Dios pone en nuestro camino.

Muchas veces nos suceden cosas de alguna manera inesperadas y que muchas veces nos trastruecan nuestra vida, nos obligan a cambios, nos pueden producir sufrimientos en el corazón, nos producen unos contratiempos que nos cuesta aceptar y nos hacen hacernos muchas preguntas en nuestro interior, cuando no nos llevan también a una cierta rebeldía espiritual. Creo que con serenidad tenemos, sí, que hacernos preguntas, pero no es necesario buscar culpabilidades que eso es algo que sabemos hacer muy fácilmente, sino qué es lo que querrá decirnos Dios con estas cosas, qué nos estará pidiendo y también, por qué no, qué nos estará ofreciendo.

Es difícil muchas veces en esos momentos tener la serenidad suficiente para hacernos esas preguntas y encontrar respuestas, pero tenemos que intentarlo, poner mucha fe en lo que hacemos, para no llenarnos de amarguras innecesarias y ver lo nuevo y lo bueno que Dios pudiera estar ofreciéndonos. Tendremos que pasar en cierto modo por momentos de desierto y de soledad, pero sepamos mantenernos firmes para en esos momentos saber escuchar la voz de Dios en nuestro corazón. Es una forma de escuchar a Dios.

Hoy en el evangelio vemos que Jesús recrimina a Corozaín y Betsaida por la poca respuesta que están dando a la acción de Jesús en aquellos lugares. Si en Tiro y en Sidón – ciudades fenicias y en consecuencia de gentiles – se hubieran hecho los signos y prodigios que se habían hecho en aquellas ciudades, seguro que hubieran dado otra respuesta. Y lo mismo le dice a Cafarnaún que se consideraba muy grande e importante por su prosperidad económica pero que no sabia sin embargo descubrir la señal de Dios que en medio de ellos estaba.

¿Nos habremos parado a pensar en las señales que Dios ha ido poniendo en nuestro camino a lo largo de la vida y que no hemos sabido leer? Si nos detenemos un poquito a pensar creo que tendríamos que reconocer muchas señales del amor que Dios nos tiene, pero que no hemos sabido hacer caso. Estamos a tiempo. Sepamos detenernos. Sepamos abrir los ojos y el corazón, sepamos dejarnos dirigir por las señales de Dios, oigamos en verdad lo que el Señor nos dice en el corazón.

martes, 12 de julio de 2022

Decir bonitas palabras y hacer promesas es fácil, realizarlo cada día, ya es otra cosa, pronto volvemos a la rutina, dejémonos envolver por la gracia del Señor

 


Decir bonitas palabras y hacer promesas es fácil, realizarlo cada día, ya es otra cosa, pronto volvemos a la rutina, dejémonos envolver por la gracia del Señor

Isaías 7, 1-9; Sal 47; Mateo 11, 20-24

A veces no somos lo suficientemente agradecidos; diera la impresión de que nos creemos que lo merecemos todo; y ya no es solo que en el momento en que recibimos algo de los demás nos surja o no la palabra de gratitud, sino que el agradecimiento se ha de manifestar en la actitud que tenemos hacia esas personas que han sido buenas con nosotros. No es que le vayamos a pagar lo que generosamente han hecho, porque no nos lo aceptarían, pero si es necesario tener unas buenas actitudes hacia esas personas que manifiesten que en verdad estamos agradecidos. Es algo muy sutil muchas veces, pero es necesaria esa delicadeza que no siempre tenemos. Pronto olvidamos lo que hemos recibido sin merecimiento. Algunas veces, cuando uno se da cuenta, no sabe como corregir esos olvidos de muestra de nuestra ingratitud y nuestra falta de delicadeza.

Esto que tiene una referencia muy clara a lo que son nuestras relaciones humanas con las personas con las que convivimos nos puede servir también para que recapacitemos y veamos lo que es nuestra relación con Dios y las muestras de agradecimiento que tenemos ante su amor.

¿Nos sucederá a nosotros algo semejante a lo de los leprosos que nos cuenta en una ocasión el evangelio? Habían suplicado al Maestro que les curara y Jesús les envió a que se presentaran a los sacerdotes para cumplir con todos los requisitos de la ley para una vez curados poder ser admitidos de nuevo en la comunidad. Pero uno de aquellos leprosos antes de acudir a cumplir con aquellos requisitos legales, se vino a los pies de Jesús para darle gracias porque lo había curado. ‘¿Los otros nueve dónde están?’ se pregunta Jesús. Nos preguntará que dónde estamos nosotros tras tanto que hemos recibido de sus manos.

Es la recriminación que hoy le vemos a hacer a aquellas ciudades de Galilea donde había anunciado la Buena Noticia del Reino de Dios y tantos signos había realizado, Corozaín, Betsaida y la misma Cafarnaún. Y las compara Jesús con otras ciudades que no habían recibido los beneficios de la presencia de Jesús, pero que si en ellas se hubieran realizado los milagros y signos que allí había realizado, seguro que hubieran emprendido el camino de la conversión.

Quizá en el momento en que Jesús había obrado milagros en aquellos lugares, muchos saldrían alabando a Dios que realiza tales cosas. Como tantos que cuando contemplaban las obras de Jesús se deshacían en alabanzas y bendiciones; son los momentos de fervor, que pronto se apagan, pronto nos enfriamos; son los momentos de los buenos propósitos, que cuando pasan unos días y volvemos a la rutina de siempre pronto olvidamos. Nos pasa tantas veces. Son tantas nuestras promesas y propósitos; son tantas las ocasiones en que nos decimos ahora sí voy a cambiar y desde ahora las cosas serán distintas, pero a la vuelta de la esquina volvimos con nuestras rutinas y nuestras malas costumbres.

Decir bonitas palabras es fácil, realizarlo en la vida de cada día, ya es otra cosa; qué pronto volvemos a la rutina, qué pronto volvemos a encerrarnos en nosotros, que pronto nuestra mirada se vuelve turbia otra vez, qué pronto dejamos de ver la presencia del Señor en aquel que nos sale al encuentro en el camino. Qué débiles e inconstantes somos.

Dejémonos envolver por la gracia del Señor que sea la que nos guíe y la que nos de fuerza, la que sea nuestra inspiración y la que nos impulse a actuar sin ningún temor y siempre con corazón agradecido. Cuánto tenemos que orar al Señor para lograrlo.

viernes, 1 de octubre de 2021

Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 


Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Algunas veces nos creemos merecedores de todo. No solo no somos agradecidos, sino que de alguna manera nos volvemos exigentes; hoy vivimos en un ‘mundo de derechos’ y todos nos creemos con derecho a todo; exigimos a la sociedad, exigimos a los que nos dirigen, exigimos a cualquiera que se nos presente por delante, porque, como decimos, tenemos derecho. Y hasta cuando alguien gratuita y generosamente nos ofrece algo, simplemente porque le apetece o porque esa es su manera de ser generosa y altruista, nos llegamos a creer incluso que aquello que nos ofrecen es un derecho que nosotros tenemos.

Con lo que estoy diciendo, no se me entienda mal, no estoy en contra de los derechos que todos como persona tenemos; hay una declaración de derechos humanos que ha costado siglos no solo conseguirlos sino el poder llegar incluso a elaborar esa llamada carta de derechos humanos. A lo que me estoy refiriendo en el párrafo anterior son a esas exigencias con las que vamos con la vida donde no sabemos reconocer lo que alguien generosamente nos ofrece o nos regala. Por eso decíamos que es cuestión de agradecimiento, de reconocimiento de la generosidad de los demás y saberla valorar y tener en cuenta, para nosotros también dar una respuesta. Es necesario también tener la humildad de reconocer que no somos merecedores de lo que nos ofrecen, y desde esa humildad nacerá el agradecimiento verdadero.

Pocas veces vemos en el evangelio a Jesús quejarse de la respuesta negativa de la gente a su predicación. Se quejó, es cierto, en Nazaret de la falta de fe de sus conciudadanos y por eso incluso nos dirá el evangelista que allí no hizo ningún milagro; pero ante el rechazo de la gente que incluso querían despeñarlo por un barranco se abrió paso en medio de ellos y se alejó del lugar. Se marchará de la región de los gerasenos cuando las gentes de aquel lugar le piden que se marche a otra parte y no quieren escuchar su mensaje de salvación significado incluso en la curación de aquel endemoniado.

Le veremos, es cierto, en diatribas con los fariseos, los maestros de la ley, los sacerdotes de Jerusalén, pero porque era grande la cerrazón de sus mentes que no querían abrirlas al mensaje del Reino que Jesús les proponía. Pero hoy en el evangelio lo veremos en contra de las ciudades de Betsaida y Corozaín, aquellos lugares cercanos a Cafarnaún, y que formaba parte de aquellas aldeas y lugares por donde predicaba habitualmente recorriendo Galilea; ha realizado allí muchos milagros, pero de nada ha servido porque no han querido reconocer los signos de salvación que Jesús les ha ofrecido.

‘Pues si en Tiro y en Sidón, les dice, se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’.

Pero también contra Cafarnaún, el lugar que ha convertido en algo así como el centro de su predicación, también tiene palabras de juicio y condena de Jesús porque no ha dado la respuesta que de ellos se esperaba. ‘¿Piensas escalar el cielo?’, le dice, porque en su engreimiento por ser una ciudad importante en Galilea, incluso con gran importancia comercial por ser cruce de caminos para los que venían de Siria y se dirigían a Jerusalén, se habían creído quizás superiores a los demás pero también, como le dice, ‘bajarás al abismo’ de la destrucción. ¿Qué queda hoy de Cafarnaún? Unas ruinas que nos recuerdan que fue lugar importante, pero que casi había desaparecido bajo sus propias ruinas de las que hoy día los arqueólogos la están rescatando.

Pero hemos escuchado este evangelio como buena nueva para nosotros hoy. ¿Podríamos sentir también ese reproche de Jesús en nuestro corazón después de cuanto hemos recibido por la gracia del Señor? Cada uno puede pensar en su historia personal, historia de la gracia de Dios en su vida; cuantas cosas tenemos que recordar, cuántas cosas tenemos que agradecer. Lo que decíamos al principio. No nos creamos merecedores, sepamos reconocer el don de Dios en nuestra vida. Lo llamamos gracia, y eso significa gratuito. Así gratuito ha sido el amor de Dios en nosotros que tanto nos ha regalado.

Y lo pensamos en nuestro nivel personal e individual, pero tenemos que pensarlo también como pueblo, como comunidad que se ha ido construyendo a lo largo de su propia historia también desde la acción gratuita del Señor. Cada uno tiene que recordar, cada comunidad tendría que hacer relación de esas gracias del Señor en quienes ha puesto a nuestro lado para ayudarnos a caminar esos caminos del Señor. Cuantos testimonios podríamos recoger, recordando personas que han destacado en nuestras comunidades, pero que incluso hoy hemos olvidado con corazón desagradecido.

¿Cuál es nuestra respuesta personal o nuestra respuesta como comunidad cristiana? Si esas maravillas que el Señor ha derramado sobre nuestra vida la hubieran recibido otros, ¿cuál sería su respuesta?

 

 

martes, 13 de julio de 2021

Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 


Pensemos si no tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también como a aquellas ciudades de Galilea por la poca respuesta que damos

 Éxodo 2,1-15ª; Sal 68; Mateo 11,20-24

Hay quienes no se dejan ayudar. Lo vemos con frecuencia en el devenir de la vida. Estamos queriendo ayudar a alguien que sabemos que lo está pasando mal, que está en una situación desastrosa en la vida, y allí queremos estar a su lado con buenas palabras y con buenos consejos, más de una vez quizás nos hemos sacrificado en nuestras cosas por tratar de ayudar a mejorar la situación de esa persona, ponemos mucho empeño desde muchos caminos, pero no hay manera; aquella persona sigue igual, no da pasos que signifiquen que quiere salir de aquella situación, pareciera que se aferra a esos problemas y no conseguimos nada. Nos sentimos desalentados, nos dan ganas de tirar la toalla, como quien dice, y que esa persona se las arregle por sí sola ya que no quiere dejarse ayudar, pero seguimos quizás con aquella inquietud en nuestro corazón pensando qué más podríamos hacer, qué más podríamos haber hecho y no hicimos.

¿Sería algo así cómo se sentiría Jesús después de aquellas correrías que había hecho por toda Galilea y lo más que cosechaba es que algunos en unos primeros momentos se sintieran entusiasmados con sus milagros o con sus mismas palabras, pero luego pronto lo olvidaban todo?

Algo así estaba sucediendo. Momentos de multitudes que se arremolinaban a su puerta con sus enfermos para que los curase, o que se las encontraba incluso allá en lugares apartados donde en alguna ocasión se había querido retirar; momentos en que las gentes se multiplicaban en alabanzas y entusiasmo, pero pronto parecía que no hacía mella aquella buena noticia que El les anunciaba. Parecía, en ocasiones, que solo buscaran al taumaturgo, o en otras ocasiones sus palabras podían despertar aquel sentimiento nacionalista al que vivían tan apegados algunos con sus deseos de revolución. Pero entender lo que era el nuevo Reino de Dios que El anunciaba, eso de ninguna manera.

Hoy le escuchamos recriminar a Corozaín y a Betsaida, pero también a la misma Cafarnaún donde tanto se había prodigado. Y compara cuál hubiera sido la respuesta en ciudades paganas como las cercanas Tiro y Sidón, o lo que le hubiera sucedido a Sodoma que no hubiera sido destruida. Pero en esos sitios no se había anunciado la Buena Noticia del Reino como se había hecho a lo largo y ancho de Galilea. ¿Merecerían el castigo divino? Bien nos ha dicho que El es como el Buen Pastor que va a buscar la oveja perdida, por barrancos o despeñaderos, donde pueda encontrarla. Por eso la Palabra de Jesús se sigue pronunciando esperando que la semilla abundantemente esparcida por todos los terrenos un día pueda dar fruto.

Pero bien sabemos que cuando a nosotros hoy se nos anuncia también esa Buena Noticia del Evangelio no es para que entremos en juicios y condenaciones de hechos o de gentes de otro momento. Esos hechos que nos narra el evangelio vienen a ser signos para nosotros que tratan de despertarnos de la modorra espiritual que también vivimos y no terminamos dar el fruto que el Señor nos pide. No maldice Jesús la higuera improductiva de nuestra vida, sino que como buen labrador seguirá abonando nuestra tierra y regándola con la gracia para que un día también dé fruto.

¿No tendrá el Señor que recriminarnos a nosotros también por la poca respuesta que damos? Pensemos a lo largo de nuestra vida cuántas veces hemos escuchado la Palabra de Dios; pensemos todo ese caudal de ese río de gracia que hemos recibido a lo largo de la vida en cuantas Eucaristías hemos participado, en cuantos sacramentos hemos recibido, en cuantos momentos de intensidad espiritual se nos han ofrecido. ¿Hemos dado respuesta en consonancia con todo eso que hemos recibido? Pero el Señor sigue esperando.

 

miércoles, 20 de febrero de 2019

Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor


Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor

Génesis 8,6-13.20-22; Sal 115; Marcos 8,22-26
Betsaida era donde habían nacido Simón Pedro y Andrés, probablemente también Felipe y quizá alguno más de los apóstoles, aunque ahora estuvieran establecidos más en Cafarnaún por ser pescadores. Era una de aquellas aldeas que iba recorriendo Jesús por toda Galilea anunciando el Reino de Dios. Ahora le traen a un ciego para que le imponga las manos y lo cure.
Es muy significativo este episodio situado precisamente en Betsaida, un hombre ciego. Es cierto que era algo muy habitual en la antigüedad y más en aquellas regiones tan soleadas y de tan resplandeciente luz. Pensemos hoy en la cantidad de personas que tenemos que utilizar lentes o gafas para poder ver, gracias a los adelantos médicos y de oftalmología; cuando no se tenia, como entonces, este remedio era muy normal que la gente se quedara sin visión con mucha facilidad; si hoy no tuviéramos estos recursos muchos seriamos los que sin visión camináramos por la vida.
Caminar sin visión por la vida es, sin embargo, algo muy frecuente también hoy y ya no me refiero solamente a los ojos corporales como podemos entender. Desorientación anímica y espiritual, desorientación en un caminar sin sentido en la vida, desorientación y confusión ante tantas cosas que se nos ofrecen desde las distintas ideologías o maneras de pensar, desorientación ante la misma confusión que es la vida misma con sus luchas y violencias, con los orgullos ambiciosos de tantos y las envidias y resentimientos que nos corroen por dentro, desorientación y ceguera que nos imponemos muchas veces por la superficialidad y ligereza con que nos tomamos la vida, son algunos aspectos que nos podemos encontrar en nuestro caminar o en lo que nosotros mismos podemos caer.
Tan ciegos vamos que no sabemos encontrar la verdad, no sabemos descubrir los signos que nos llevan a lo bueno y nos dejamos contagiar por tantas cosas de nuestro mundo confuso; y el materialismo y la sensualidad nos pueden y nos dominan, y perdemos el sentido espiritual y trascendente de la vida, y en nuestra confusión no sabemos mirar a los que están a nuestro lado y lo bueno que en ellos podemos descubrir y surgen los enfrentamientos y violencias desde nuestras ambiciones o desde nuestra insolidaridad egoísta.
Tan encerrados en nosotros mismos vivimos tantas veces que no sabemos ver la mano que se nos tiende con buena voluntad en deseo de ayudarnos a encontrar la luz y preferimos en tantas ocasiones caminar solos y desentendiéndonos de los demás. Quien va ciego por el camino de la vida y rehúsa la mano que le ofrece ayuda pronto va a tropezar en la primera piedra u obstáculo que encuentro y se irá de narices en la vida. Pero obcecados en nuestro egoísmo persistimos en ese encerrarnos en nuestro yo creyendo falsamente que solos lo podremos lograr.
El evangelio sin embargo hoy nos habla de que aquel ciego se dejó guiar. Hubo unas buenas personas que lo trajeron hasta Jesús; luego se dejará conducir por Jesús a un lugar apartado del bullicio de la gente para que pudiera encontrar la luz; poco a poco se le van abriendo los ojos y Jesús lo va guiando, llevando de la mano podríamos decir, hasta que encontrará la claridad para sus ojos y descubriera toda la verdad.
Todo un proceso que nosotros también tenemos que hacer, dejándonos guiar para encontrar a Jesús y dejándonos luego guiar por Jesús y su Palabra que nos hará encontrar la Verdad. Todo un proceso que también nosotros tenemos que realizar para ayudar a los demás para que se encuentren con Jesús, para que se encuentren con la Verdad, con quien puede darles el verdadero sentido de su vida. Porque igual que podemos tener actitudes cerradas en que no nos dejemos guiar, también podemos tener actitudes insolidarias en que no seamos capaces de ofrecer nuestra ayuda a tantos que ciegos caminan a nuestro lado por la vida.
Jesús quiere abrirnos los ojos para que encontremos la fe pero quiere también abrirnos el corazón para que vivamos en el amor.

viernes, 30 de septiembre de 2016

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

La queja de Jesús ante la respuesta de aquellas ciudades de Galilea que no daban respuesta es también una interpelación a la respuesta de nuestra vida

Job 38,1.12-21; 40,3-5; Sal 138; Lucas 10,13-16

‘¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza’. Siempre me ha parecido un texto bastante inquietante, esta queja de Jesús contra aquellas ciudades donde tantos signos había realizado para que se convirtieran al Señor – a continuación menciona también a Cafarnaún -, y ha sido fuertemente interpelante para mi vida. Creo que es una lectura que hemos de hacer de este texto en clave de lo que el Señor ha hecho y sigue haciendo en mi vida y la respuesta que doy a tanto amor del Señor.
La predicación de Jesús anunciando el Reino con palabras y signos se había extendido principalmente por toda la región de Galilea; había establecido como su centro Cafarnaún y probablemente en la casa de Simón Pedro; cercanas estaban Betsaida, la patria de Simón y de Andrés y de alguno de los otros discípulos, y también Corozaín; muchos milagros había realizado en su entorno curando a los enfermos, dando vista a los ciegos, haciendo caminar a los cojos; en las cercanías, en las orillas del lago había realizado el milagro de la multiplicación de los panes, y por allí estaba aquella montaña con su llanura a sus pies donde había desgranado el sermón de las Bienaventuranzas con todo lo que era el ideal de vida a vivir en el Reino nuevo de Dios que anunciaba. Pero también se había encontrado con la indiferencia de muchos que no daban los pasos necesarios de conversión que eran necesarios. De alguna manera Jesús se siente dolido; igual que en Nazaret, su pueblo, donde no había realizado milagros porque no le habían aceptado.
Pero como decíamos ya desde el principio este mensaje del evangelio hemos de escucharlo en clave de nuestra vida. También hemos de saber reconocer cuantas maravillas ha hecho el Señor en nosotros. Cada uno de nosotros tiene su historia, una historia que está llena de momentos enriquecidos con el amor del Señor. También nosotros hemos escuchado una y otra vez el mensaje de las bienaventuranzas, el anuncio del Reino y todo lo que es la Buena Nueva de Jesús; testigos somos, aunque nos cueste reconocerlo, de esa presencia de Dios en nuestra vida que nos ha liberado tantas veces de tantos males en nosotros.
A esto tendríamos que añadir los sacramentos que hemos celebrado y recibido. ¿Cuántas veces nos hemos confesado en la vida derramándose el amor y la misericordia del Señor sobre nosotros? ¿En cuántas Eucaristías hemos participado y recibido la comunión sacramental? Y ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Damos sinceros frutos de conversión en nuestra vida dejándonos transformar por la gracia del Señor?
El evangelio nos interpela, nos hace preguntas, nos plantea una renovación de nuestra vida. No lo podemos escuchar solo como una cosa bonita que nos acuna y adormece, sino que tiene que ser ese espolón que nos pincha allá donde más nos duela y nos quiere hacer despertar. No tengamos miedo a enfrentarnos con sinceridad y valentía al Evangelio dejándonos interpelar por él.


martes, 14 de julio de 2015

No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida


No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida

Éxodo 2,1-15; Sal 68; Mateo 11,20-24
Nos cuesta ver las señales de Dios en nuestra vida. Nos hacemos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales y las llamadas Dios. Luego nos quejamos de que Dios no nos escucha ni atiende a lo que le pedimos, pero es que algunas veces parece que lo que queremos es que Dios obedezca nuestras ordenes, nuestras peticiones nos pudiera parecer que son ordenes que le damos a Dios para que El haga lo que nosotros queremos.
Queremos ver las señales pero a nuestro gusto, pero tenemos que abrir bien los ojos de nuestra fe para descubrir lo que son los designios de Dios en cada momento. Quizá nosotros queremos que nuestra vida marche en un sentido, pero Dios nos está pidiendo otras cosas. Muchas veces nos sucede así y no terminamos de descubrir cómo se manifiesta ese amor de Dios en nuestra vida. Siempre hemos de tener la seguridad de que Dios nos ama, somos los amados de Dios.
En nuestros apuros y necesidades acudimos al Señor para que nos atienda en aquello que necesitamos, el Señor nos escucha y su respuesta, aunque nos parezca que no nos concede aquello que le pedimos, va quizá a abrirnos caminos nuevos en nuestra vida. Nos hace falta constancia en nuestra oración, pero también espíritu de humildad para en silencio abrirnos a Dios, aun en medio de lo incomprensible, y terminar de descubrir lo que es el designio de Dios para nuestra vida. La respuesta pudiera tardarnos, pero hemos de tener esperanza y confianza en el designio amoroso de Dios para nuestra vida.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús recrimina a las ciudades de Betsaida y Corozaín, pueblos allí cercanos al lago de Tiberíades donde Jesús estaba realizando su labor y que podían haber sido testigos de muchos milagros, de muchos signos que Jesús realizaba y escuchado sus palabras, su predicación, pero que no terminaban de dar señales de conversión. Y lo mismo se queja de Cafarnaún que se había convertido como en el centro desde el que Jesús luego partía hacia las otras aldeas, los otros lugares.
Cuantas cosas buenas se realizan en nuestro entorno, cuántas señales nos está poniendo Dios de su presencia. Hemos de aprender a descubrir eso bueno que hay en los demás, hemos de aprender a leer los acontecimientos que suceden en nuestro entorno para sacar la lección, para descubrir lo que Dios nos va pidiendo, nos va diciendo y que todo eso nos valga para mejorar nuestra vida, para unas nuevas actitudes, para una nueva manera de actuar. Quizá Dios nos está pidiendo que intervengamos en esos asuntos, en esos acontecimientos, que pongamos también nuestro esfuerzo, nuestro granito de arena para ir haciendo que nuestro mundo sea mejor.
No nos hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor.

viernes, 3 de octubre de 2014

La semilla caía en la tierra de Corozaín y Betsaida y no daba fruto, ¿sucederá lo mismo en nuestro corazón?

La semilla caía en la tierra de Corozaín y Betsaida y no daba fruto, ¿sucederá lo mismo en nuestro corazón?

Job, 38, 1.12-21; 39, 33-35; Sal. 138; Lc. 10, 13-16
Los evangelios al describirnos la actividad de Jesús, su predicación y sus milagros, nos destacan de manera especial, sobre todo los sinópticos, su dedicación a los pueblos y aldeas de Galilea en todo el entorno del lago de Tiberíades o llegando más allá por una parte hasta las fronteras del Líbano o por el otro lado atravesando el lago para llegar incluso a la región de los Gerasenos.
Allí, como el sembrador que nos describe en la parábola recorre sus caminos de un lado para otro esparciendo la semilla de la Palabra de Dios, acompañada de los signos del Reino en sus milagros, para ir anunciando por todas partes ese Reino de Dios al que habíamos de convertirnos.
Pero igual que sucede en la parábola del sembrador o en cualquiera de las otras parábolas la semilla no siempre da el fruto del ciento por uno, porque no todos acogen su predicación y anuncio del Reino de la misma manera. Muchas veces surgiría en medio de la buena semilla plantada la cizaña que venía a entorpecer o malear la cosecha.
En algunos lugares, quizá donde menos se lo esperaba podría aparecer una cananea que impetrase su auxilio, aunque en otros era rechazado como lo fue en la región de los Gerasenos incluso después de liberar al endemoniado de su mal; en otros la resistencia no sería quizá tan abierta, pero no terminaban de dar frutos de conversión a pesar de las múltiples maravillas que el Señor iba realizando en medio de ellos.
Es lo que está sucediendo en aquellas ciudades mas cercanas al lago y donde quizá más presente se hecho Jesús. Son las quejas y recriminaciones que escuchamos en labios de Jesús contra Corozaín, Betsaida y hasta el mismo Cafarnaún donde se había establecido en casa de Simón Pedro. ‘¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!’ Eran la patria de gran número de los discípulos y apóstoles. En Betsaida vivían y trabajaban Pedro, Andrés, Felipe, Santiago, Juan, entre otros muchos que oyeron a Jesús y le siguieron. Pero otros muchos escucharon la misma Palabra que escucharon éstos y sin embargo no quisieron seguir a Jesús.
Les dirá Jesús que si en otros lugares se hubieran realizado los mismos signos que allí se habían realizado con toda seguridad se habrían convertido. Por eso, les dice,  ‘el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón’. Y en el mismo sentido le habla a Cafarnaún ciudad testigo excepcional de la predicación y de los milagros de Jesús, en su sinagoga, junto al lago, en la casa de Simón, por todas partes donde la gente se encontrara con Jesús. Pero andaban más afanados en sus negocios y quehaceres y la semilla caía como en tierra dura o llena de abrojos y zarzales. ‘Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo?’
La ceguera por la posesión de bienes materiales nos insensibiliza para lo noble y lo espiritual y los hacía incapaces de dar respuesta agradecida a tanto regalo del Señor. Cafarnaún era ciudad de tráfico comercial importante porque se convertía en cruce de caminos de todo el norte de Palestina.
¿Nos sucederá a nosotros de forma parecida? Hemos de comenzar por reconocer la riqueza de gracia con la que el Señor cada día riega nuestro espíritu. Pensemos cuántas oportunidades tenemos; pensemos en la Palabra del Señor que cada día se nos ofrece; pensemos en la inmensa y maravillosa gracia que es el poder participar cada día en la celebración de la Eucaristía y alimentarnos del Cuerpo y Sangre de Cristo que por nosotros se nos da y se nos entrega.
Y así podemos pensar en tantas gracias y tantas llamadas del Señor. ¿Somos agradecidos a cuanto el Señor nos regala cada día? Como tierra buena, ¿acogemos esa semilla que se siembra en nosotros y de la que tenemos que dar fruto? ¿cuáles son nuestras obras buenas con las que estamos dando señales de que acogemos y querer vivir el Reino de Dios? ¿Hay frutos de verdadera conversión en nuestro corazón?