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martes, 29 de septiembre de 2026

Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

 




Tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, ese lugar a solas y con tranquilidad porque nos sintamos llenos de la gracia de Dios

Daniel 7,9-10.13-14; Salmo 137; Juan 1,47-51

Nos habremos quedado ‘moscas’, como suele decirse, cuando quizás nos han presentado a alguien de quien pensábamos que no le pudiéramos conocer de nada o él tampoco nos pudiera conocer a nosotros, cuando de repente nos dice que él ya nos conocíamos. ¿De qué me conoces?, seguramente la preguntamos y esperamos que nos dé razones de ese conocimiento. Y quizás podía haber buenas razones y motivos para que hubiera ese conocimiento, aunque no cueste comprender por qué.

Es lo que sucede en este pasaje del evangelio que hoy se nos propone en esta fiesta de los Santos Arcángeles; luego podremos ver la razón por la que se nos propone en la liturgia este evangelio. En este caso lo que sucede es que Natanael es llevado a la presencia de Jesús por su amigo Felipe que ya es seguidor de Jesús y cuando le es presentado a Jesús éste comienza a hablar maravillas de Natanael, ‘un israelita de verdad, en quien no hay engaño’. Realmente Jesús hace una gran alabanza de aquel a quien ahora le están presentando. A cualquiera que le hicieran una alabanza así se le subirían los colores a la cara.

Es entonces cuando surge la pregunta, ‘¿y de qué me conoces tú a mi?’ Hay que tener un buen conocimiento de la persona para hacer una alabanza así, y quiera que no el que así es alabado sentirá mucho orgullo y satisfacción en su corazón. Sin embargo se preguntará, ¿por qué esta alabanza? ¿Yo qué he hecho para merecer una alabanza así? Pero ahí está la respuesta de Jesús. ‘Cuando estabas debajo de la higuera, yo te vi’. Muchas elucubraciones nos hemos hecho a lo largo de los siglos sobre el sentido de estas palabras de Jesús. ¿Por qué no darle un sentido positivo?

Alguien en sus comentarios sobre este texto piensa en ese lugar secreto de Natanael donde él quizás buscaba el silencio interior y la reflexión. Todos tenemos un lugar, donde nos gusta retirarnos, donde aun en soledad nos sentimos muy a gusto porque nos ayuda a buscar esa paz interior que en las carreras de la vida no llegamos a alcanzar, un lugar para el silencio y para escucharnos a nosotros mismos, un lugar donde nos abrimos a la trascendencia y nos gusta comenzar a mirar más allá, a tratar de descubrir algo distinto, un lugar para rumiar una y otra vez cuanto nos sucede, lo que nos dicen y escuchamos, lo que sutilmente sentimos dentro de nosotros mismos muchas veces sin saber de dónde viene.

Un lugar de oración donde vamos más allá de la repetición de unas palabras dichas o pensadas por otros por muy bonitas que sean, un lugar para la escucha o para detectar aquello que eleva nuestro espíritu, un lugar donde al rumiar esos impulsos interiores se nos abren nuevos caminos, nos aparecen nuevas sugerencias. La oración no son esos rezos en que repetimos siempre las mismas palabras que se convierten en una rutina para nosotros; oración es entrar en otra sintonía en la vida cuando entramos en la honda de Dios; es la apertura del corazón para ver, para contemplar, para comprender algo nuevo y distinto pero también para entrar en diálogo con la mente y el corazón. abiertos a la escucha del mensaje que Dios quiere transmitirnos.

Aquellas palabras un tanto enigmáticas que se cruzaron entre Jesús y Natanael fueron una auténtica oración, porque quizás a Natanael le hizo recordar aquel lugar y aquellos momentos que quizás debajo de la higuera tantas veces se había pasado con tantos interrogantes de su vida. Algo especial y sobrenatural lo había envuelto en aquellos momentos aunque él no supiera bien lo que le estaba sucediendo; era la presencia de Dios en su vida que elevaba su corazón.; esa presencia de Dios que como tantas veces vemos en la Biblia se manifiesta a través de sus ángeles.

Con la presencia del ángel Gabriel en Nazaret María había sentido cómo Dios le envolvía haciendo que el Espíritu de Dios la inundará para convertirla en la Madre de Dios; con la presencia del arcángel san Rafael Tobías había sentido la gracia de Dios que le devolvía la luz a sus ojos y a su vida. Así le había manifestado el arcángel que era Él quien presentaba ante Dios las súplicas y oraciones que Tobías hacía y por eso había acompañado al joven Tobías en su camino. Es esa fuerza interior que sentimos en nuestras luchas contra la tentación y contra el mal como una presencia del Arcángel san Miguel en nosotros para vencer todo mal en nuestra vida.

Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos arcángeles. Es lo que Jesús terminará diciendo a Natanael y a los discípulos ante el asombro que los embargaba ante el misterio de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre’. ¿No nos estará diciendo Jesús que es lo que experimentamos en una verdadera y auténtica oración que va más allá de pedir a Dios que nos solucione nuestros problemas? Es el ángel del Señor que está con nosotros y nos envuelve de esa presencia de Dios.

Pero tenemos que cambiar el estilo de nuestra oración, buscando esa higuera bajo la que recogernos, como nos dirá Jesús en otro lugar que cuando vayamos a orar busquemos ese lugar a solas y con tranquilidad, ese momento en que sintamos esa paz interior porque ciertamente nos sintamos llenos de Dios, como María, la llena de gracia porque el Señor estaba con ella. Será así cómo vivimos de forma auténtica nuestra oración.


domingo, 5 de julio de 2026

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón




 ‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón

Zacarías 9, 9-10; Salmo 144; Romanos 8, 9. 11-13;Mateo 11, 25-30

Problemas en lo personal o familiar que nunca faltan, una sociedad en la que entre tantos conflictos, tensiones, manipulaciones de todo tipo de los que se creen poderosos no sabemos en qué vamos a terminar, violencias y guerras que generan enfrentamientos de todo tipo y una sensación de falta de paz entre grupos o entre pueblos que se van convirtiendo en una espiral que cada vez se agranda más, y nos preguntamos cuándo va a acabar todo esto, qué podemos hacer, quisiéramos ir quitando de en medio a quienes provocan todos estos conflictos metiéndonos nosotros también en esa misma espiral, cuando cambiará nuestro mundo para que podamos tener paz de verdad.

Son inquietudes, conflictos interiores, interrogantes que nos planteamos a los que quisiéramos dar solución; ¿unas leyes que impongan un nuevo orden social? ¿Solamente desde fuera, desde una reformas que llamaríamos estructurales es como vamos a hacer que nuestro mundo sea mejor? Y todo eso lo metemos también en nuestra oración, en nuestra petición a Dios que todo esto se acabe, que nos libere de esos conflictos y tensiones, y hasta nos preguntamos ¿dónde está Dios que permite todas estas cosas? Pero, como sabemos, los caminos de Dios son distintos. Es el cambio de nuestro corazón lo que hará posible ese mundo nuevo que tanto deseamos.

Hoy nos habla el profeta de unos tiempos nuevos, de un nuevo rey que aparecerá sobre la tierra, pero que viene montado en un asno, en la humildad de un burrito. Es el Mesías que llega desarmado,  no viene montado en un caballo de guerra, no viene rodeado de ejércitos ni exhibe los símbolos del poder humano, sino que su fuerza es la humildad y su autoridad es la paz. Así se nos manifiesta Jesús y no es solo imagen de lo que va a ser su entrada en Jerusalén sino en ese día a día del Jesús cercano que incluso se mezcla con publicanos y pecadores, de su corazón misericordioso que va siempre derramando paz y perdón.

Jesus bendice al Padre porque ha revelado sus secretos a los pequeños, y pequeños son los que tienen un corazón abierto, los que saben recibir, los que se dejan enseñar, corregir y acompañar, los que tienen siempre sus oídos disponibles para escuchar. Por eso dice que los que se creen sabios y poderosos, que ya no necesitan que nadie les enseñe ni nadie pueda hacer algo por ellos porque se sienten autosuficientes son apartados de esa revelación de Dios. ¿Quiénes eran los que escuchaban y seguían a Jesús reconociendo la mano de Dios en El? Lo vemos repetido a lo largo de todo el evangelio.

Por eso Jesús nos invita a ir a El; no nos va a enseñar una doctrina ni nos va imponer unas nuevas leyes. Simplemente Jesús ofrece su corazón porque en él sí vamos a encontrar nuestro descanso. No nos dice Jesús que ya no vamos a tener problemas porque todo se nos resuelve ni van a dejar de haber conflictos en nuestro alrededor, pero sí Jesús va a llenarnos de su mansedumbre y de la sencillez de su humildad para que afrontemos de una manera nueva todo cuanto nos pueda suceder. 

Nuestra oración será pedirle al Señor que nos quite ese problema, que nos curemos de esa enfermedad, que desaparezcan de nuestro entorno todos esos que nos crean conflictos o nos están haciendo daño, pero el Señor nos está diciendo que pongamos una mansedumbre como la suya en nuestro corazón para que aun en medio de todo eso que nos sucede no nos falte la serenidad y la paz en nuestro corazón. Nos cuesta entenderlo a veces porque parece que Dios no nos escucha aquello tan prioritario para nosotros que le pedimos, pero El nos está dando algo mejor que es esa paz que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos.

‘Venid a mí’, nos dice, encontraréis vuestro descanso, aprended de mí, llenad de mansedumbre y de paz vuestro corazón. Su yugo es llevadero, nos dice, porque su yugo, lo que nos une es el amor y el amor nunca nos esclaviza, el amor nos hace sentir las personas más libres del mundo, porque nos sentimos amados y en consecuencia perdonados, pero nos empapa de un amor que se va a derramar por todos los poros de nuestra vida para envolver en el perfume de ese amor a cuanto nos rodea.

El descanso del alma no es la ausencia de problemas o conflictos, dificultades o incluso tropiezos, sino es sentir que nos sentimos abandonados en Dios, envueltos de su amor ya nada nos puede separar de Él porque nos sentimos inundados de su Espíritu que nos transforma y nos hace vivir una nueva vida y aun en medio de las tormentas de la vida el corazón encuentra una morada firme en la que permanecer y desde la que amar.


jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

viernes, 29 de mayo de 2026

Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

 


Una mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, desde una mirada interior para dar verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos

1 Pedro 4,7-13; Salmo 95; Marcos 11, 11-26

Dos días de la vida de Jesús, en este caso en su estancia en Jerusalén y sus alrededores que tienen una aparente normalidad pero en donde se van dejando algunas señales de algo nuevo que Jesús quiere para ese mundo nuevo del Reino de Dios que anuncia.

Una mañana o un día de observación a su llegada a la ciudad santa que terminará en una tarde de paz y de descanso al recogerse en Betania. Ya sabemos cuanto significaba Betania para Jesús con aquella familia que le acogía y de qué manera en su hogar. Una búsqueda de frutos en una higuera solo llena de hojas, porque aun parece no es el tiempo de dar fruto pero que nos estará enseñando esa búsqueda de fruto o de crecimiento de nuestra vida que nunca podemos dejar de lado.

Si en el día anterior había estado observando cuanto sucedía en su entorno en el templo y en Jerusalén ahora será el momento de ordenar lo que estaba desordenado, de darle sentido a lo que había caído en una rutina, de rehacer lo que se había embrollado y necesitaba una restauración. Gestos y detalles que no siempre son comprendidos, gestos y detalles que nos tienen que hacer que tengamos una mirada más profunda que será lo que nos llevará a una mayor autenticidad de cuanto hacemos.

Y Jesús nos hablará de la fe que será capaz de mover montañas, y del valor de la oración que cuando es humilde y confiada siempre tendrá la certeza de que va a ser escuchada. Fe y oración que no es solo para un gozo o disfrute personal, que también hemos de saborearlo, sino que nos tiene que hacer estar siempre en una postura de apertura al otro, para aceptar y para comprender, para perdonar y para dar siempre una nueva oportunidad.

Qué importante es esa premisa para una verdadera oración, si no hay esa apertura al otro tampoco lograremos la apertura de nuestro corazón a Dios. Por eso nos dice que ‘cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’. ¿No será eso también lo que nos está enseñando cuando nos da como modelo de nuestra oración el padrenuestro?

Sacando consecuencias de lo que nos muestran hoy las palabras del evangelio tenemos que plantearnos cómo en medio de nuestras actividades, por muchas que sean, siempre hemos de sacar ese tiempo para el descanso espiritual. No podemos decir que no tenemos tiempo porque eso significaría que hemos hecho una verdadera valoración del sentido de nuestra vida.

Es necesario ese tiempo de crecimiento interior, ese tiempo en que buscamos, ¿por qué no?, donde tenemos asentadas las raíces de nuestra vida; y para eso necesitamos un sosiego interior para poder mirar con atención, para poder analizar lo que hacemos o los caminos que estamos haciendo, para contemplar de verdad lo que es la realidad no lo que imaginamos o soñamos, para poder trazarnos planes de crecimiento y maduración de nuestra vida. No seremos fecundos por ser solamente una higuera llena de hojas, sino por esos brotes de vida que surgen de nosotros y que van a hacer florecer nuestro mundo como promesa de mejores frutos.

Cuántas veces pasamos por los caminos de la vida y no terminamos de contemplar cuanto en ellos se nos ofrece; vamos a lo nuestro, a nuestras carreras o a nuestros compromisos, a salir del paso o apresurados porque queremos llegar a todo y no podemos. Algunas veces ni nos damos cuenta de las personas que caminan a nuestro lado. Para tener esa mirada nueva de auténtica contemplación de lo que nos rodea, hemos de saber tener una mirada interior que será la que dará verdadera perspectiva y profundidad a cuanto hacemos.

sábado, 16 de mayo de 2026

El Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama y escuchará siempre nuestra oración


 

El Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama y escuchará siempre nuestra oración

Hechos 18, 23-28; Salmo 46; Juan 16, 23b-28

Qué hermoso cuando se manifiesta la lealtad, pero una lealtad sin medida, en nuestras relaciones humanas creando vínculos de amistad, pero de una amistad fiel y leal, que se mantiene en pie a pesar de cuanto suceda, de cuantas cosas nos pueden atacar por esa lealtad, o incluso descubriendo la debilidad de las otras personas. Permanecemos leales, porque ya hay algo que nos une, se van estableciendo un vínculo de amor que entrañará confianza y que hará crecer esos buenos sentimientos que nos podamos tener los unos a los otros. Algunas veces no es fácil, pero ese valor de la lealtad lo consideramos esencial dándole una mayor riqueza y solidez a nuestra vida.

Es lo que estamos viendo que Jesús quiere hacernos entender en lo que han de ser nuestras relaciones con Dios, que tendrán que ser imagen de lo que han de ser nuestras mutuas relaciones. No podemos andar cambiándonos de chaqueta según sean las circunstancias de nuestra vida; y eso es algo que vemos demasiado extendido en nuestro entorno, a la gente le cuesta mucho la fidelidad, ser leales a esas personas con las que nos relacionamos y convivimos, no podemos dejar las romper. Pero hoy vemos que se ve mismamente ajado ya lo descartamos y no somos capaces de reconstruir en nombre de esa fidelidad y lealtad. Cuantas puñaladas por la espalda recibimos de aquellos que tenían que ser o con los que nos teníamos que manifestar con mayor lealtad. Y serán heridas difíciles de curar.

Hoy entre otras cosas y para decirnos mucho más de lo que son aparentemente sus primeras palabras, nos habla de cómo El pide al Padre por nosotros, pero también de la confianza con que nosotros hemos de pedir. Y no es ya sólo porque tengamos a Jesús como Mediador e intermediario ante el Padre, que lo es, sino que como nos dice podemos pedirle directamente al Padre porque El nos ama, porque sabe como nosotros amamos a Jesús y queremos escucharle y seguirle.

Qué hermoso lo que nos está diciendo Jesús, el Padre nos ama, porque sabe que nosotros amamos a Jesús y queremos ser fieles y leales y con esa misma lealtad Dios nos ama a nosotros y escuchará siempre nuestra oración. ¿No nos sentiremos reconfortados con eso? Eso tiene que hacer crecer nuestro amor y nuestra fidelidad, eso tiene que hacer brillar nuestra lealtad para no fallarle en ese amor, a pesar de tantas debilidades como hay en nuestra vida. Esto nos tiene que hacer tener una nueva y distinta mirada a los demás para que brille también nuestra lealtad en la amistad y nada la pueda perturbar.

No podemos desechar y descartar los caminos recorridos. Podrán haber tenido sus más y sus menos, como solemos decir, momentos buenos en que nos hemos sentido felices con lo que han ido a nuestro lado, y momentos más costosos porque tenemos nuestras reacciones, porque hay momentos en que las cosas se nos ponen difíciles y no sabemos cómo reaccionar, porque surgen caprichos e incomprensiones, porque aparecen heridas que algunas veces se nos hace difícil curarlas, pero ¿vamos a tirar por la borda los buenos pasos recorridos, esos momentos de confianza en que nos hemos desahogado con el amigo y de él hemos recibido consuelo? ¿Vamos a aprovecharnos de lo que en nuestras confidencias sabemos el uno del otro para echárselo en cara y dejarlo plantado en la calle? ¿Hasta dónde llega la lealtad por esa confianza y cercanía que un día existió?

Vemos demasiados lazos rotos tirados al borde del camino por esa falta de lealtad. Como cristianos, ¿nos podemos quedar insensibles ante esas situaciones y decir simplemente que son cosas de la vida? Creo que el amor de Dios tan leal con nosotros nos está diciendo o nos está pidiendo unas nuevas actitudes.


lunes, 11 de mayo de 2026

El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

 


El Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre que dará testimonio de Jesús, y que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús

Hechos 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Es cierto que a veces al tener que enfrentarnos a lo desconocido se nos pueden llenar de temores el corazón porque en nuestras dudas y miedos no sabemos si sabremos afrontar esas nuevas situaciones que se nos presenten y de alguna manera se nos meten muchas cosas en la cabeza, muchas imaginaciones en que podemos barruntar que no va a ser fácil lo que tenemos que hacer.

Nos sucede en el día a día de nuestra vida, nos sucede cuando tenemos entre manos un nuevo proyecto que aunque nos llena de ilusión también nos aparecen esos miedos de si seremos capaces de llevarlo a cabo, nos sucede en la tarea de superación personal que cada uno vivimos donde nos damos cuenta de nuestras posibilidades pero también de nuestras debilidades que nos podrían llevar a muchos tropiezos, y nos sucede en el camino de nuestra fe, de nuestro compromiso cristiano en medio del mundo que nos rodea.

¿De donde sacaremos fuerza?, quizás nos preguntamos muchas veces, o quizás después de realizados esos proyectos también nos preguntamos cómo fuimos capaces de afrontar todo eso y llevarlo adelante, dónde encontramos esa fortaleza para llegar a hacer lo que incluso creíamos que éramos incapaces de realizar.

Jesús nos está hablando hoy del ‘Paráclito que enviará desde el Padre, el Espíritu de la verdad que procede del Padre’. Jesús les había prometido que no los abandonaba, que El estaría con ellos pero les hacia saber que era de una manera nueva. Lo irán luego experimentando después de la resurrección en aquellas manifestaciones de Jesús como hemos venido meditando en esta pascua. Será el Espíritu de la verdad, enviado desde el Padre el que dará testimonio de Jesús, como hoy nos dice. Y el que hará que nosotros también demos testimonio de Jesús. Todo un misterio de Dios, todo un misterio de amor.

Jesús no les oculta que no todo será siempre fácil. Les habla de persecuciones e incluso muerte, y les anuncia todo esto para que cuando lleguen esos momentos difíciles no se vengan abajo, ‘cuando llegue la hora os acordéis de que yo os lo había dicho’. Pero Jesús les estará garantizando que con la fuerza del Espíritu, el Paráclito, podrán dar ese testimonio de Jesús.

No se trata tanto de lo que nosotros por nosotros mismos seamos capaces de hacer, que podemos hacer más de lo que nosotros pensamos, pero es que no vamos por caminos de autosuficiencias ni de orgullos personales, estamos en otra honda, otro el sentido espiritual que debe envolver nuestra vida porque es envolvernos del Espíritu de Dios. El Espíritu que nos ilumina y nos llevar a que podamos comprenderlo todo, el Espíritu que completa en nuestro corazón esa revelación de Dios porque nos recordará todo lo que Jesús nos ha enseñado, el Espíritu que nos da fortaleza para quitar miedos, para abrir puertas, para saltar sobre esos abismos y barreras que tantas veces nos creamos, que le da profundidad a nuestra vida para que no nos quedemos ni en la apariencia ni en lo superficial, el Espíritu que nos hace humildes porque no somos dueños de una verdad sino mensajeros de una buena nueva, el Evangelio de Jesús, el Espíritu que va a animar y dar sentido también a nuestra oración porque solo con la acción del Espíritu podremos decir que Jesús es el Señor y llamar Padre a Dios.

Mucho tendríamos que reflexionar sobre todo esto porque aunque nos decimos cristianos y creyentes que hemos puesto nuestra fe en Jesús sin embargo con demasiada frecuencia nos olvidamos de esta acción del Espíritu Santo en nosotros. Nos sentimos débiles por nosotros mismos y cuando nos envuelven los problemas o se nos hace costoso el testimonio que hemos de dar de nuestra fe parece que nos sentimos sin fuerzas y en nuestros miedos muchas veces reculamos y no somos lo valientes que tendríamos que ser. Muchos miedos y cobardías se nos meten en el alma.

Tendríamos que escuchar con mucha atención estas palabras de Jesús y hacerlas vida de nuestra vida. Muchas veces decimos que el Espíritu Santo es el gran olvidado, pero es que realmente está ahí en el credo de nuestra fe, pero no terminamos de asimilar y sentir su presencia en nosotros y en la vida de la Iglesia.

sábado, 14 de marzo de 2026

No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia



 No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno, pensamos o decimos algunas veces, yo soy muy cumplidor, yo no hago daño a nadie con lo que estoy haciendo, yo no soy como otros. Somos buenos, nos decimos, pero qué pronto aparece la autosuficiencia y comenzamos a compararnos y, como se suele decir, las comparaciones son odiosas, porque cuando hacemos comparación es para buscar diferencias, para sentirme con arrogancia que no soy como los otros, porque tenemos nuestras cualidades, porque nos creemos más listos, porque queremos mantener nuestras distancias; ya aparecen detalles que no son delicados, ya comienza la discriminación, ya comenzamos a subirnos en pedestales para no mezclarnos con cualquiera… y yo soy bueno.

Ha sido el primer pensamiento que me ha surgido, mirándome a mí mismo el primero, al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El evangelista al presentarnos este episodio parece que nos está haciendo una catequesis, porque fijándose en las actitudes que muchas veces mantenemos en la vida recuerda aquella parábola de Jesús, la de los dos hombres que subieron al templo a orar. Subieron, es cierto, a algo bueno, porque subieron para la oración para el encuentro con Dios, pero qué bagajes tan distintos llevaban el uno y el otro. La parábola habla de un fariseo y de un publicano.

Cuando hablamos del bagaje no se trata de lo que llevaban en los bolsillos sino de las actitudes que llevaban en el corazón. ¿El fariseo llevaba los bolsillos llenos? Llevaba el corazón recargado con mucha autosuficiencia; no era como los demás, se decía a sí mismo y con ello pretendía justificarse ante Dios; muchas cosas llevaba anotada en su libreta de cuentas como si fueran avales, era cumplidor, pagaba sus diezmos, hacía sus ayunos y hasta daba sus limosnas que bien se escuchaban sus monedas cuando caían en el arca del templo, no se metía con nadie porque muchas distancias iba poniendo en camino porque había que saber bien con quien se podía encontrar y no se mezclaba con cualquiera, ya se había puesto en el lugar que creía corresponderle allí en templo por delante de todos. Su corazón estaba endiosado, parece que no necesitara a Dios, sino que más bien Dios tenía que estar agradecido por todas las cosas que hacía. ¿Era una oración agradable al Señor?

Sin embargo el publicano se había quedado en un rincón escondido y no se atrevía ni a levantar los ojos. Simplemente reconoce que es un pecador. ¿Podrían acusarle de todo aquello que le atribuían a los publicanos y por lo que los consideraban pecadores en aquella sociedad de puritanos? A él lo que le importaba en aquel momento era cómo se sentía ante Dios y cuál sería la mirada de Dios para él en aquellos momentos que se sentía en su presencia. Solo repetía que era un pecador esperando alcanzar la misericordia del Señor.

Si en otra ocasión Jesús había dicho de la mujer pecadora que se había atrevido a acercarse a sus pies para lavárselos que se le perdonaban sus muchos pecados porque amaba mucho, era ahora la misericordia del Señor la que se derramaba sobre quien se sentía pecador para volver a su casa justificado, pero justificado no por sus obras sino por la misericordia del Señor que se había derramado sobre su corazón. Es lo que viene a expresarnos la parábola de Jesús. No nos justificamos por nosotros mismos, sino que es la misericordia del Señor la que nos justifica, la que derrama su gracia y su perdón, la que nos inunda con el amor de Dios cuando con humildad nos acercamos a El.

En este camino cuaresmal que estamos haciendo tenemos que aprender a buscar esa justificación no por los cuadrantes que llevemos en nuestras manos de todas las cosas buenas que hacemos, sino por la humildad con que nos presentamos a Dios para aprender de su misericordia y de su amor y renovada nuestra vida comencemos a actuar con la misma misericordia y amor compasivo con los demás. 




jueves, 26 de febrero de 2026

Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

 


Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

¿Qué seguridad tenemos de que cuando vamos a pedir algo vamos a conseguir lo que pedimos? Según sea aquel a quien se lo pedimos, pensamos. Podríamos decir que entrarían muchas cosas, empezando quizás cómo hayamos sido nosotros con esa persona, pero también depende de su talante, de su manera de ser, de la generosidad de su corazón y, por supuesto, de la relación de amor y amistad que mantengamos con esa persona; por eso cuando la vemos alejada de nosotros o de difícil condición acudimos a mediadores.

Esto nos sucede habitualmente en nuestras relaciones humanas, pero he querido en mi reflexión partir de esa experiencia humana que todos podamos tener para comentar lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio y también en la primera lectura del libro de Esther. ¿Son lo mismo esas peticiones humanas que nos hacemos los unos a los otros que este modo de oración que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios?

Quisiera comenzar por un comentario que hace Jesús casi como colofón para que tengamos esa seguridad en nuestra oración. ‘Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan… Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!’ Y ¿cuál es en fin de cuentas la razón? El amor de un padre que siempre querrá lo mejor para su hijo y le dará siempre lo más hermoso.

Si somos hijos que nos sentimos amados de Dios con cuánta confianza acudimos a El. Nuestra oración no será otra cosa que saborear el amor que Dios nos tiene y en consecuencia también poner de nuestra parte todo nuestro amor. Es a lo que tenemos que apelar, es la confianza y seguridad que saldrá espontánea de nuestro corazón. Será entonces también la manera de hacer nuestra oración, que no es solo hacer nuestras peticiones. Porque siempre hemos de partir de esa experiencia de amor que nosotros vivimos en nuestra relación con Dios. Es el amor de Dios que está primero, un amor que es tan grande que nos regala el hacernos sus hijos. Es un regalo de amor que nosotros hemos de saber saborear en nuestro encuentro con Dios, cuando nos sentimos en su presencia. Y es quizás en lo menos que nos detenemos cuando hacemos nuestra oración. ¿Es que los enamorados no disfrutan de su amor simplemente diciéndose que se aman?

Es hermosa la oración de la reina Esther que se nos ofrece hoy en la primera lectura. Tiene que hacerle una petición al Rey, su esposo, en la que está en juego incluso la supervivencia de su pueblo, pero ella acude antes a Dios, porque sabe bien que no es regalo de un rey humano lo que va a pedir, sino un regalo del amor de Dios. Por eso se acerca con humildad pero con al mismo tiempo con la confianza de saberse pueblo elegido y amado de Dios. Solo pide que el corazón se mueva a la compasión, que ella también tenga las palabras sabias y oportunas para poder intervenir. ‘Pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ y al mismo tiempo pide hacerse grata a los ojos de Dios.

¿Qué significa? Esa oración la está transformando a ella, no va a ir desde la arrogancia y prepotencia sino con humildad y verdadero amor que las actitudes profundas de su vida van a cambiar. Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra. ‘Cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación’. El dolor por los problemas o dificultades persistirá pero todo va a encontrar un sentido nuevo, un valor nuevo, porque no faltará el gozo del corazón - ¿y cómo va a faltar si nos sentimos amados? – y sentiremos como la salvación llega a nuestra vida.

¿Vivimos con ese sentido nuestra oración o simplemente vamos a despachar con quien nos puede resolver las cosas para que se nos conceda cuanto necesitamos? Otro tiene que ser nuestro sentido.

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.


jueves, 9 de octubre de 2025

Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

 


Abramos puertas y ventanas para llamar y poder salir a buscar, pero también para escuchar a quienes nos llaman y buscan algo en nosotros

Malaquías 3, 13 – 4,2ª; Salmo 1; Lucas 11,5-13

¿A dónde voy a llamar si parece que nadie me va a responder? Quizás en alguna ocasión habrá tenido la experiencia de llamar y al final desistir porque nadie le respondía tan pronto como hacía su llamada. ¿Le faltaría insistencia, quizás?

Alguna vez nos habremos encontrado a alguien que venía buscando una determinada persona, le habían dicho que por aquel lugar vivía, pero ahora no sabía donde ir a llamar porque todas las puertas estaban cerradas y podría parecer que allí no había nadie. Demasiadas puertas y ventanas cerradas nos vamos encontrando hoy a nuestro paso por calles y caminos; quizás los mayores añoramos aquellos tiempos en que las cancelas y las puertas siempre estaban abiertas o podíamos abrirlas sin necesidad de llamar mucho. ¿Nos habrán invadido los miedos y las desconfianzas? Pero quizá aquella persona que buscaba se encontró con alguien que la animó a llamar sin miedo e insistir en la llamada, asegurándole que alguien le iba a responder.

La invitación hoy del evangelio es a que perseveremos en nuestras búsquedas y llamadas, que no temamos pedir aquello que necesitamos porque vamos a tener respuesta, vamos a encontrar lo que buscamos, van a responder a nuestra llamada. Aunque este pasaje del evangelio muchas en nuestros comentarios hagamos alusión a la oración, a nuestra relación con Dios, creo que está queriéndonos decir mucho de esas búsquedas profundas que tenemos que hacernos en la vida, de ese deseos de conocer y de saber, de ese deseo de crecer, de ese deseo de buscar hondamente sentido a la vida o de búsqueda de respuestas a muchos interrogantes que tenemos en nuestro interior.

El que quiere crecer tiene que buscar, tiene que llamar. Muchas veces somos nosotros mismos los que nos estamos cerrando puertas en nuestro conformismo o con nuestros miedos; nos contentamos con lo que somos o con el estado en que estamos y no buscamos algo nuevo, algo mejor, algo que de verdad nos haga crecer. Esas búsquedas muchas veces son costosas y son arriesgadas; si las vamos haciendo con sinceridad abiertos a lo que nos vamos a encontrar, podría ser que se volvieran exigentes con nosotros mismos porque nos obligan a salir de nuestras rutinas, o arrancar las hierbas que nos parezcan externamente bonitas de nuestras malas costumbres que nos encierran en nosotros mismos.

Hay que ser valiente para ponerse en camino de búsqueda, porque el que se pone en camino no se refugia en lo que ya tiene ni se contenta con ello, y para poder ponerse en camino a buscar seguramente tendrá que desprenderse de muchas cosas que podrían ralentizar su avance por el camino nuevo. Se volverá una exigencia para nosotros. Necesitaremos abrir puertas en nosotros mismos.

Apertura de puertas para salir nosotros, pero también para dejar entrar. Alguien a nuestro lado podría estar queriendo llamar, pero, como decíamos antes, le parece que porque las puertas y ventanas están cerradas no hay nadie que les pueda responder. Nos toca, pues, a nosotros abrir puertas para que sepan que pueden contar con nosotros porque estamos dispuestos a responder.

Nos toca quitar miedos y desconfianzas, porque seguimos con muchos miedos y desconfianzas ante quienes nos parecen desconocidos, nos parecen extraños porque no son los que hemos visto siempre, porque somos muy prontos a poner etiquetas y hacer discriminaciones solo dejándonos llevar por apariencias que puedan ser distintas. Pensemos cuál es la acogida que hacemos a quienes emigrantes llegan a nuestras costas o a nuestras tierras. Creo que hay que pensar y decir en este sentido.

Estamos aplicando estas palabras de Jesús a este lado humano de la vida para el cual son también buena noticia de salvación, porque es un invitación a unas actitudes nuevas y a unos valores nuevos en los que tenemos que profundizar, pero no olvidemos cuanto nos quiere decir en lo que es nuestra relación con Dios, esa oración en la que necesitamos ser tan perseverantes, porque aquí no puede haber desconfianzas porque sabemos que estamos queriendo relacionarnos con un Dios que es nuestro padre y nos ama. No olvidemos sin embargo que Jesús nos habla de esa acogida de Dios, en la medida en que nosotros sepamos ser acogedores con nuestros hermanos, sean quienes sean.

jueves, 19 de junio de 2025

Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

 


Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

2Corintios 11,1-11; Salmo 110; Mateo 6,7-15

Te vas a poner enfermo, nos dicen los que parecen más expertos en esto de dolores y enfermedades; y es que sin sentirnos mal, o al menos no reconocemos ningún síntoma concreto, sin embargo sentimos eso que muchas veces describimos como mal cuerpo, no nos duele nada en concreto pero parece que nos duele todo, hay partes de nuestro organismo que parece que no funcionan bien del todo, hay como un malestar general sin saber exactamente qué es; eso es que te vas a poner enfermo, algo se está incubando, decimos o nos dicen.

Pero ya no se trata de enfermedades somáticas, cosas que afecten a órganos concretos, sin embargo no siempre nos sentimos bien; anímicamente parece que estamos decaídos u en otra honda, hay cosas que, sí es verdad, nos duelen por dentro, parece que no nos sentimos en paz y nuestras reacciones son descontroladas con los demás, parece que no encontramos un rumbo para nuestra vida y andamos como desestabilizados espiritualmente; y aquí qué necesitamos una medicina, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos abra a Dios y que nos ayude a entrar en una nueva y mejor relación con los demás. Nuestro espíritu también se nos enferma, necesitamos una sanción espiritual.

Jesús nos la da hoy. Nos enseña a orar. Lo vemos a él continuamente a lo largo de las páginas del evangelio que busca esos momentos de silencio, esos momentos en los que se aparta de todo y en cierto modo de todos, se retira en la noche, o marcha a lugares apartados y tranquilos. Lo vemos iniciar su vida pública retirándose previamente al desierto para pasar allí cuarenta días; en lo que parecen aun los comienzos de su predicación por Galilea, después de un día muy completo, diríamos, que concluye en la tarde con muchas personas que se agolpan a las puertas del lugar donde está con sus enfermos, en la madrugada del día siguiente los primeros discípulos se lo encuentran a las afueras del pueblo que se había retirado a orar; recordamos su subida al Tabor o sus retiros en los aledaños del monte de los Olivos en Jerusalén, por mencionar solo algunos momentos.

Ahora en el llamado sermón del monte, cuando nos ha proclamado las bienaventuranzas, nos va señalando diversos aspectos en los que tienen que ir ahondando sus discípulos para vivir en el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Es entonces cuando también nos habla de un modelo y de un sentido de oración.

Si le habíamos visto sanando a los enfermos de todo tipo de dolencias ahora nos va a ofrecer la mejor medicina para que en verdad nos sanemos interiormente. Será ese momento que tenemos que vivir en paz y serenidad pero que verdaderamente nos va a llenar de paz y pondrá serenidad en nuestro espíritu. Será el momento en que nos sintamos llenos de Dios para encontrar en El todo lo que sana el alma.

Y no hay mejor cosa para comenzar a sentirnos sanados que sentirnos amados. Es lo primero que nos quiere dejar claro porque nos enseña la más dulce palabra con que podemos dirigirnos a Dios, Padre. Llamamos Padre a Aquel de quien nos sentimos amados; si así nos dirigimos a Dios es porque estamos saboreando su amor. Cuando sentimos que nos aman y nos aman con ese amor eterno e infinito todo en nuestra vida queremos que sea para quien nos ama. No solo le regalamos la camisa, por decir algo muy elemental, sino que estamos poniendo toda nuestra vida en sus manos.

¿Qué son realmente esa serie de invocaciones y peticiones que vamos expresando cuando vamos repitiendo las palabras que Jesús nos enseñó? Todo para la gloria de Dios, todo para poder vivir ese sentido nuevo del Reino de Dios que quiere construir en nosotros, todo para hacer su voluntad y para sentirnos en sus manos.

Todos esos malestares que sentimos por dentro se irán apagando con ese regalo de amor; todo eso que nos duele por dentro porque no hemos sabido ser fieles o porque no hemos tratado a los demás con esa dignidad que todos se merecen va a ser curado porque sentimos la misericordia de Dios en nosotros, pero porque nosotros vamos a comenzar a actuar con esa misma misericordia con los demás.

Esas desesperanzas que algunas veces nos agobian se transforman porque en Dios nos sentimos seguros y con Dios nos sentiremos fuertes para no dejar enfermar de nuevo nuestro corazón, nuestro espíritu. Fijémonos bien en el sentido de cada una de las peticiones del padrenuestro.

Igual que a las medicinas tenemos que darle su tiempo, así tenemos que saber darle su tiempo al padrenuestro. No puede ser nunca oración repetida a la carrera donde nos traguemos de cualquier manera sus palabras; tiene que siempre algo a lo que nos acerquemos con calma y buscando de verdad esa paz de nuestro espíritu. Será quien nos sane totalmente nuestro espíritu.

miércoles, 4 de junio de 2025

Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

 


Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

Hechos  20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Quiero hoy arrancar mi reflexión sobre la palabra de Dios a partir de las emociones y sentimientos que se manifiestan en Jesús en los momentos de la última cena, como si de un eco se tratara, de experiencias de nuestra vida cotidiana en resonancia con esos sentimientos de Jesús.

Podemos pensar cuando hemos estado preparando un proyecto, pero al mismo tiempo preparando a aquellos que tendrán que asumirlo para llevarlo adelante, porque ya no está en nuestras manos, por las circunstancias que sean, el continuarlo por nosotros mismos, la preocupación que podemos sentir para tener la certeza de que aquello lo llevarán a cabo; hacemos nuestras recomendaciones, por así decirlo, o buscamos también algún apoyo que puedan recibir tales personas para que no decaigan en la tarea y responsabilidad que ahora se les confía. ¿Un interrogante que se plantea? ¿Unos temores que en el fondo podamos tener? ¿Cómo tener unas garantías de que la tarea seguirá adelante? ¿Desde donde podemos ofrecerles apoyos?

Podemos pensar en la mirada de unos padres que ven salir a sus hijos a la vida, que se independizan, que asumen responsabilidades, que por si mismo tendrán que enfrentarse a la vida con todos sus problemas. Los padres los han preparado, los han formado, les han enseñado, pero no quita para que sigan con sus recomendaciones y consejos, para mostrarse cercanos y abiertos a que acudan a ellos cuando lo necesiten.

¿Será la emoción de estos momentos que está viviendo Jesús? No es solo el hecho de la inminente pasión. Es la misión que han de desarrollar, la tarea del anuncio de la buena noticia de salvación para el mundo, que han de hacerla desde su palabra, su predicación, pero desde el testimonio de sus vidas. Fijaos que Jesús lo que ahora pide fundamentalmente es que ellos sean capaces de permanecer unidos. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’. Van a estar en medio del mundo sin ser del mundo y con un anuncio que el mundo no va a comprender. Pero han de permanecer firmes en la opción que han hecho en sus vidas, firmes en la unidad que han de mantener, firmes en su fidelidad. Y Jesús ruega por ellos, la oración que mantiene en pie a la Iglesia.

Les prometerá también como hemos venido escuchando que no les va a faltar la fuerza de su Espíritu, ‘el Espíritu de la verdad que os lo enseñará todo’, el Espíritu que será su fortaleza, el Espíritu que los van a mantener en la unidad. Van a ser los enviados de Jesús, de la misma manera que El es el enviado del Padre. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’.

No nos deja solos. Nos envía, nos confía la misión del anuncio de la buena noticia, pero El está con nosotros, es nuestra fortaleza, ora al Padre por nosotros. ¿Será en verdad ese el espíritu que nos anima a nosotros en nuestra tarea? Podríamos preguntarnos muchas cosas. ¿Nos mantenemos en la unidad tal como era el deseo de Jesús? Es algo muy importante, de lo que no siempre damos buen testimonio. Muchas actitudes tendríamos que revisar en nuestra pertenencia a la Iglesia y cómo nos manifestamos ante el mundo. No somos todo lo creíbles que tendríamos que ser.

Pero también tendríamos que preguntarnos por nuestra oración. ¿Es como la de Jesús? ¿Es, en verdad, una oración por la Iglesia? ¿Nos sentiremos en verdad fortalecidos en nuestra oración para la tarea que hemos de realizar en medio del mundo?

domingo, 13 de abril de 2025

Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

 


Dejémonos invitar por Jesús para comer esta Pascua con El, estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Lucas 22, 14 – 23, 56

¿Podríamos decir que estamos contemplando un mosaico? Aunque de forma ordinaria y popular llamamos mosaicos a las piezas con que adornamos o alicatamos nuestros pisos y paredes, sabemos bien que un mosaico esta formado por diferentes piezas de variados colores con los que realizamos la composición de una imagen con sus luces y con sus sombras de una forma, diríamos, artística y de gran belleza. Pues bien, así quiero pesar cuando escuchamos este relato que hoy nos ofrece la liturgia en este domingo de Ramos en la pasión, pero un mosaico donde podemos entremezclar, vamos intercalando las piezas de nuestra vida con esos momentos de la pasión que en este texto del evangelio de san Lucas se nos relata.

Hay como una serie de contraposiciones en este texto que bien van reflejando lo que es el camino de nuestra vida en contraste con el evangelio de Jesús. Momentos de tragedia como momentos de entusiasmo y euforia, momentos grandiosos de luz que contrastan con otros momentos de sombra como lo es la vida misma, una solemnidad por el momento trascendental que se vive contrapuesto con esos pasos renqueantes que vamos dando tanta veces cuando nos dejamos adormilar por la vida o cuando no somos valientes para afrontar con decisión el momento en que hemos de dar la cara, testimonio que nos ofrecen los que menos podrían parecer proclives a estar en el lado de Jesús, mientras los que nos decimos que seriamos capaces de dar la vida por Jesús nos escondemos o negamos que estamos del lado de Jesús.

Comienza el relato diciéndonos Jesús cuanto ha deseado llegar a este momento de la Pascua que es como una primera invitación que nos hace para que nos dispongamos en este comienzo de la semana de pasión a desear vivir y celebrar también con intensidad esta Pascua, en concreto la de nuestra vida y en este año. Y es Jesús quien nos deja la forma de vivirla y celebrarla, en su Cuerpo entregado que se hace Pan de vida para nosotros y en su Sangre derramada como signo de esa entrega que nosotros hemos de vivir. Es el estilo del servicio que Jesús nos ofrece como sentido de vida, de la suya y de la nuestra. ‘Porque ¿quién es más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’. Por eso nos dirá que ‘el mayor entre vosotros se ha de hacer como el menor, y el que gobierna, como el que sirve’, como tantas veces nos había enseñado a lo largo del evangelio.

Es fácil en un momento de fervor hacer propósitos y promesas. Tras lo que iban viviendo en aquella cena pascual y los anuncios y las palabras de Jesús estamos prontos para los buenos propósitos. ‘Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte’, son las palabras de Pedro, pero pronto será el primero que se duerme en Getsemaní en los momentos de la oración de Jesús - ¿no le había sucedido algo así también en el Tabor cuando Jesús los llevó para orar en lo alto de la montaña? – y cuando llegue el momento de dar la cara negará incluso el conocer a Jesús. ¿No nos dice nada de nuestros altos y bajos, de los momentos de entusiasmo cuando parece que todas las cosas marchan bien y de los momentos de decaimiento y zozobra cuando aparece la oscuridad del sufrimiento?

Podríamos seguir haciendo así una lectura detallada en confrontación con nuestra vida de cada uno de los momentos de la pasión de Jesús. Nos daría para abundantes y profundas reflexiones. Vamos a fijarnos brevemente en algunos de los momentos de Jesús en la cruz y en sus palabras. Quien cuando había proclamado en las Bienaventuranzas la meta ideal del que es su discípulo y le sigue señalándonos que los misericordiosos alcanzarán misericordia y casi como una primera consecuencia el que tenemos que ser misericordiosos con los demás amando incluso a los enemigos, ahora mientras lo crucifican pide al Padre perdón y misericordia para quienes lo están clavando al madero ‘porque no saben lo que hacen’. Es la piedra preciosa del mosaico que nos manifiesta lo que es el rostro misericordioso de Dios frente a nuestro corazón endurecido que de tantos abismos de rencores y resentimientos vamos llenando la vida.

Otra pieza brillante de ese mosaico aunque nos pueda parecer contradictorio la encontramos en uno de aquellos malhechores que eran crucificados junto a Jesús. Aquel corazón que podríamos contemplar endurecido por la maldad que le había llevado a aquella condena ¿qué pudo contemplar en quien con ellos estaba crucificado incongruentemente como rey de los judíos para pedir estar con El en su Reino? Los caminos de Dios son inescrutables hemos escuchado muchas veces y los caminos de la gracia estaban regando el corazón de aquel malhechor. ¿No había dicho Jesús que el médico no era para los que se creían sanos sino para los que sentían enfermos? ‘Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’, porque así de pronta es la misericordia del Señor. Y nosotros que le damos tantas vueltas al paso de perdonar y de restablecer el amor y la amistad.

‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’, fueron las últimas palabras de Jesús. Un día había dicho que su alimento era hacer la voluntad del Padre. Nos había enseñado para nuestra oración que fuéramos capaces de pedir que se hiciera siempre la voluntad de Dios en la tierra como en el cielo. Aunque había pedido en Getsemaní que pasara de El aquel cáliz había permanecido en su deseo de que por encima de todo estuviera siempre lo que era la voluntad de Dios. Quien se pone en las manos de Dios sabe que nunca se podrá sentir abandonado porque Dios es siempre nuestra fortaleza y nuestro refugio. ¿Qué podía decir Jesús en este momento supremo de su muerte? Encomendarse a las manos del Padre.

El claroscuro de nuestra vida está en nuestras angustias y desesperanzas cuando nos llegan de una manera u otra los momentos oscuros de la vida donde todo lo vemos turbio, donde nos parece que el túnel al final se queda sin luz, donde no somos capaces de ver más allá de ese momento de tormento esa luz que pone paz en el corazón, ser capaces de ver los resplandores de bien y de bondad que podemos encontrar en los que están a nuestro lado. En aquella tarde de tormento el centurión supo descubrir el actuar de Dios porque confesaría ante la muerte de Jesús que era un justo.

Dejémonos invitar, como decíamos antes, por Jesús para comer esta Pascua con El. Ha de ser una Pascua especial, en ese mosaico tenemos que saber descubrir el verdadero colorido de la vida que solo en Jesús podemos encontrar. Estemos dispuestos a ir con Jesús a su pasión para llegar a la Pascua.