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miércoles, 19 de agosto de 2026

Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

 


Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

La vida la hemos convertido en una carrera donde todos queremos llegar los primeros o tener siempre los beneficios de los ganadores; hay que ser competitivos nos dicen porque se quiere desarrollar en nosotros esos deseos de no quedarnos atrás, de ser siempre los ganadores y algunas veces en esa competición parece que fuéramos enemigos los unos de los otros porque queremos arrasar a nuestros contrincantes, queremos avasallar, o queremos valernos de las influencias del poder que hayamos conseguido para anular a los demás.

¿Es eso algo que nos satisface, que nos haga vivir la vida con paz, que lleguemos de verdad a comprender de esa manera el sentido de la vida? Creo que ser competitivo no tiene que significar anular a nadie, sino desarrollar lo mejor de nosotros mismos con la conciencia además de estar contribuyendo a hacer que nuestro mundo sea mejor para todos poniendo cada uno su parte, como solemos decir, su granito de arena.

Pero no siempre lo entendemos así. Ya sabemos de los empujones con que andamos en la vida, de las manipulaciones que intentamos hacer para conseguir nuestros adelantamientos, de lo poco que valoramos lo positivo que también ofrecen los demás, de cómo siempre nos creemos merecedores de los mejores premios sobre todo para deslumbrar a los demás. Después de todo eso ¿no sentiremos un vacío por dentro?

Hoy Jesús nos propone una parábola partiendo de esas cosas normales de la vida y de lo que era la vida de trabajo en un mundo rural, como quizás también podemos ver hoy en parte de nuestra sociedad. El dueño de una viña que necesita jornaleros para trabajar en su campo y sale muy de mañana en búsqueda de esos trabajadores. Hasta aquí todo parece que entra en la normalidad, quedan en lo que van a recibir de salario al final del día y son enviados al campo. Pero no sé si es que las necesidades eran mayores de lo previsto o era el buen corazón de aquel hombre, que sale también a la plaza a diversas horas del día y sigue recolectando trabajadores para su campo; casi al final del día se sigue encontrando gente que no ha sido contratada y él los envía también a su viña.

Quiere aquel amo de la vida que todos puedan tener trabajo, por eso ya no le importa la hora del día pero sigue invitando gente para trabajar en su viña. A la hora de la paga del jornal es cuando sucede algo que parece estar fuera del guión, porque los últimos que han ido a trabajar reciben el mismo salario que los primeros; como siempre suele suceder surge el descontento y las reclamaciones. Habían quedado en un denario y un denario reciben según contrato.

Pero detrás de todo esto quiere dejarnos Jesús un mensaje. Primero podríamos decir su voluntad de que todos puedan trabajar; cada uno ha de aportar según sus propias condiciones en la hora en que ha sido llamado pero todo trabajo ha de tener su valor; no andamos aquí en nuestros parámetros humanos donde, como decíamos al principio, andamos todos a la carrera y al empujón, mirando con malos ojos lo que el otro pueda aportar y dejando aflorar con demasiada facilidad nuestros orgullos y nuestras envidias porque nos hayamos tomado la vida como una competición en la que ganar significa descartar o anular al otros.

Miremos como hacemos todas nuestras competiciones en la vida, incluso en el mundo deportivo, donde siempre vamos descartando gente o equipos y al final los que se sienten perdedores ya sabemos cómo suelen reaccionar, con poca deportividad solemos decir, pero tendríamos que pensar qué es lo que les hemos insuflado en su espíritu para hacer esa competición. ¿Lo importante es la belleza del juego, la humanidad y respeto que nos tenemos incluso en la lucha, o lo que va a predominar es nuestro amor propio o nuestro orgullo herido?

No terminamos de aprender a caminar juntos. Por muchas palabras bonitas que digamos siempre nos quedan heridas que no sabemos curar en el corazón. ¿Cuando nos daremos cuenta que somos una misma humanidad y todos tenemos que contribuir a que sea más humano nuestro mundo?


lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

martes, 14 de abril de 2026

¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

 


¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

Hechos 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 7b-15

Cuando a media mañana cada día salgo a hacer mi paseo, llamémoslo terapéutico, suelo pasar junto a un terreno, una pequeña finca, por la que siento en cierto modo lástima por el estado en que está a lo largo del año; ahora por las recientes lluvias han surgido las hierbas por doquier y todo se ve lleno de colorido, pronto comenzarán a brotar las vides y a florecer los árboles frutales, pero pronto todo se llenará de maleza, las viñas no darán los correspondientes frutos y los árboles parecen enfermos porque de ellos no se puede coger una fruta comestible. Hablaba un día con el que cuida el terreno y me decía que había que hacer una renovación total, nuevas cepas de vid, nuevas y buenas semillas que echar a la tierra, nuevos frutales libres de toda plaga para que al final se puedan recoger unos frutos; en una palabra había que hacer una renovación total de aquella huerta. No es simplemente el arreglo de una pared rota o de una mata de hierba que tengamos que arrancar. Es algo mucho más profundo.

Me van a permitir que recoja esta imagen de renovación para pensar en lo que hoy nos quiere decir el evangelio. Continúa la conversación de Nicodemo con Jesús, como veíamos ayer al que había ido a visitar de noche, y Jesús le está hablando de algo que a Nicodemo le cuesta comprender. Jesús le ha hablado de un nacer de nuevo, y Nicodemo se hace la consideración de cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Pero esa interpretación así tan literal no es lo que Jesús nos quiere decir. Nos está hablando de un hombre viejo que tiene que transformarse en un hombre nuevo y ya hemos considerado las restantes palabras de Jesús de que esto es posible solo por el agua y el Espíritu, y siempre con ello hacemos referencia al Bautismo.

Un renacer, como decíamos antes la renovación total de la antigua finca para que sea una finca nueva y pueda dar buenos frutos, porque todo está renovado.

Es la transformación total que tiene que realizarse en nuestra vida, que no es hacer un arreglito por aquí o un remiendo por allá. Un paño nuevo para un vestido nuevo, un corazón nuevo para una vida nueva. Porque no es seguir con las mismas cosas de antes pero con algún remiendo por aquí o por allá; vida nueva es nueva, no es la antigua remendada. Son valores nuevos aunque signifiquen una revolución, es una nueva forma de vivir con unas actitudes nuevas, con una nueva forma de actuar, porque ahora tenemos una nueva manera de ver las cosas.

Y esto no es fácil. Tomemos, por ejemplo, como referencia lo que nos ha contado hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. Con qué radicalidad se habían tomado el mandamiento del Señor. Si hay amor verdadero, a la manera como nos enseñó Jesús, nadie tendría que pasar necesidad porque nuestro amor no nos lo permitiría. Es lo que estaba haciendo aquella primera comunidad de Jerusalén. No se preocupaban de los buenos y ricos manteles que había que poner en las mesas, sino de lo que en la mesas había de ponerse para que pudieran comer todos. ¿Será algo así lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer?

Si decimos que ya somos un hombre nuevo porque hemos nacido de nuevo esas tendrían que ser las pautas de nuestra vida. Allí lo ponían todo en común, y nos habla del levita Bernabé que vendió su finca y puso el precio a los pies de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Y todavía nosotros cuando nos pasan la bandeja en la misa estábamos buscando la moneda pequeña en nuestro bolso para ponerla en el compartir. ¿Estaremos así imitando de alguna forma lo que hacía aquella primera comunidad de los discípulos de Jesús en Jerusalén?

Por ese camino tendríamos que seguir haciéndonos nuevos planteamientos, muchos interrogantes para nuestra vida y la radicalidad o no con que nos hemos tomado el evangelio de Jesús. ¿Estaremos siendo en verdad los que hemos nacido de nuevo por el agua y el Espíritu?


domingo, 28 de diciembre de 2025

Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

 


Sagrada Familia de Nazaret, buena noticia de evangelio para nuestros hogares, caldo de cultivo de nuestra humanidad con los más hondos valores

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Salmo 127; Colosenses 3, 12-21; Mateo 2, 13-15. 19-23

Hoy, en este domingo más próximo al día de la Natividad del Señor, mientras seguimos celebrando con toda solemnidad la semana de la octava de la Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret. No es para menos; Dios al encarnarse y hacerse hombre por nuestra salvación quiso nacer en el seno de una familia, así en todo quiso ser semejante a nosotros, pero para que también en el seno de un  hogar encontremos y escuchemos la buena noticia de nuestra salvación, haciendo así que aquel hogar de Nazaret, como tienen que serlo también nuestros hogares cristianos, sean evangelio para el mundo.

Son pocos los detalles en el evangelio en el que se plasman las características de aquel  hogar, de aquella familia, pero aun así tenemos que reflexionar y saber ahondar en ese evangelio que, como decíamos, es para nosotros y así aprendamos a ser nosotros también evangelio para el mundo. Detalles que nos descubren la fe, la humanidad y la grandeza de aquel hogar siempre abierto a la revelación de Dios, al misterio de Dios que se les manifiesta y les señala caminos a través de diversos signos pero que saben acoger e interpretar.

Podíamos decir mucho de la actitud de fe de María en disponibilidad siempre para lo que sea la voluntad del Señor; es la acogida al Ángel del Señor que se le manifiesta y ese meditar y rumiar en su corazón con disponibilidad total ese evangelio que se le transmite, esa buena noticia que no lo será solo para ella sino para toda la humanidad. Y María se sentirá llena del Espíritu para hacer que de ella nazca el Hijo de Dios, pero será la que se deja guiar por el Espíritu para aceptar el plan de Dios. Pero junto a ello veremos la grandeza de su humanidad que prontamente se pone en camino para el servicio, para visitar a su prima Isabel ante el próximo nacimiento de Juan.

Pero es la fe y la grandeza humana que también contemplamos en José. ‘Era bueno’,  nos dice el evangelista cuando se ve envueltos en dudas y elucubraciones cuando aun no entiende el misterio que en María se está realizando. Sabrá leer y escuchar los signos que Dios pone por boca del ángel en sueños para también dejarse guiar por Dios. Recibió a María, su mujer, como le había dicho el ángel en su casa.

Pero nuevos caminos se abrían ante José y aquel hogar a los que sabrá responder con su responsabilidad de esposo y padre. Cuando Dios entra en nuestra vida siempre nuevos caminos se abren ante nosotros y es donde vamos a manifestar la grandeza de nuestro espíritu y de nuestra humanidad. Los pocos datos que el evangelio nos da de José son todos como una peregrinación.

Primero Belén para el cumplimiento del edicto de empadronamiento y allí en la pobreza de un establo nacerá Jesús. Tras esos momentos familiares, aunque lejos de su hogar, de la circuncisión y de la presentación en el templo y la visita de los Magos de Oriente, de la que nos hablará el evangelio de san Mateo, su peregrinar será hasta Egipto evitando la matanza del airado Herodes, como más tarde su regreso a Nazaret. Ahí contemplamos la fe, la madurez humana, la responsabilidad que se refleja en la personalidad de José. Siempre en silencio, siempre dispuesto a escuchar a Dios en su corazón, siempre dispuesto a ponerse en camino desde su responsabilidad.

Toda una buena nueva para nosotros, todo un evangelio vivo que tenemos que hacer vida también en nosotros. Tenemos que aprender a centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente fundamental; tenemos que aprender a darle hondura a nuestra vida familiar y de quien mejor podemos aprender que de este hogar y familia de Nazaret.

Dios estaba en el centro de aquel hogar, por supuesto, porque estaba Jesús que era el Hijo de Dios hecho hombre, pero Dios estaba desde siempre en el centro de aquel hogar porque habían centrado su vida en la fe para abrirse a Dios y descubrir el plan de Dios para sus vidas – qué claro lo vemos en María y en José como hemos venido reflexionando – pero eso no les restaba humanidad y responsabilidad ante la vida asumiendo el lugar que les correspondía, caminando juntos en todas las circunstancias, afrontando con un solo corazón desde esa comunión de amor que vivían las dificultades o los imprevistos que iban surgiendo, no perdiendo nunca el buen ánimo para ir dando cada paso que fuera necesario con toda responsabilidad, siempre además disponibles para el servicio aunque eso significaba en ocasiones olvidarse de sí mismo para atender a las necesidades de los demás.

Todo un evangelio para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias; toda una senda y un recorrido que se abre también ante nosotros para el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea. Sepamos centrar nuestra vida en lo que es verdaderamente importante y comprendemos lo que es lo verdadero en el amor que hemos de vivir, y podremos crecer y madurar en humanidad para hacer resplandecer los verdaderos valores que realmente nos hacen grandes.

¿Será algo así lo que vivimos en nuestros hogares? ¿Será ese el caldo de cultivo de los mejores valores que tiene que ser la vida del hogar? ¿Será por ahí por donde ayudaremos a crecer a nuestros hijos y a cada uno de los miembros de nuestro hogar y familia?


jueves, 13 de noviembre de 2025

Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

 


Sembremos el corazón de actitudes nuevas que nos hagan cercanos unos a otros aprendiendo a amarnos más y estaremos dando señales inequívocas del Reino de Dios

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Salmo 118; Lucas 17, 20-25

Somos amigos de cosas espectaculares y grandiosas, donde nos sentimos pequeños y anonadados en medio de esa inmensidad, pero aun así seguimos buscando un efecto más, algo aun más llamativo porque por lo que hayamos pasado ya nos parece pequeño. ¿No nos damos cuenta que en nuestras películas de ficción cada día se buscan efectos más especiales y más espectaculares? Son fantasías o sueños, pero son cosas que buscamos y nos creemos más fácilmente esas cosas grandiosas aunque sean realmente fantasiosas que las cosas pequeñas y sencillas que si fuéramos capaces de detenernos a contemplarlas descubriríamos cosas más maravillosas que esas fantasías en las que de una forma o de otra vamos envolviendo la vida.

Son las carreras locas de un lado para otro también cuando nos dicen que ha sucedido algo extraordinario; todos nos queremos enterar porque parece que solo eso es lo que nos da fe en la vida, pero pronto quizás también nos desinflamos y ya no nos llama la atención. Hablo de muchas cosas en lo humano que hacemos y por las que corremos de un lado para otro muchas veces tan enfervorizados que parece una locura.

¿Nos sucederá así en al ámbito de la religioso y espiritual, en el ámbito de la trascendencia? Sí, andamos pidiendo cosas milagrosas todos los días y decimos que lo necesitamos para creer. Quizás en muchos momentos a lo largo de nuestra vida nos han sorprendido hablándonos de cosas poco menos que milagrosas que hayan podido suceder en nuestro entorno y quizás nos hayamos quedado encandilados por esas cosas y por esos milagros. Pero ¿será así en verdad cómo vamos a encontrar a Dios o cómo Dios quiere manifestársenos? Una buena pregunta que nos tiene que hacer reflexionar.

En las expectativas que vivían en el pueblo de Israel en los tiempos de la presencia de Jesús ante la posible llegada inminente del Mesías que tanto deseaban, contemplando los signos que Jesús va realizando y también desde lo que habían escuchado al Bautista allá en el desierto se preguntan por el tiempo y la forma de la llegada del Reino de Dios que Jesús anunciaba. Unas expectativas que no solo se quedaban en lo religioso sino que abarcaban todos los ámbitos de vida social de aquel pueblo que se veía de alguna manera sometido y sin esperanza. Por eso las preguntas que le hacen a Jesús.

‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’, le preguntan. Recordamos que aun los discípulos más cercanos seguían con esa pregunta en su interior, porque en el camino hacia el monte de los Olivos para la Ascensión, después de la resurrección, aun le preguntan si es en aquel momento cuando se va a restaurar la soberanía de Israel.

Jesús responde claro. No pueden andar a la expectativa de sucesos extraordinarios para que se manifieste el Reino de Dios. Y les dice claramente  ‘el Reino de Dios está en medio de vosotros’. Seguramente la respuesta de Jesús les dejara con más interrogantes en su interior por lo que ellos pensaban que iba a ser ese Reinado de Dios. Les costaba entender a Jesús y darse cuenta de los signos que iba realizando de ese Reino de Dios en medio de ellos. ¿Nos sucederá de alguna manera a nosotros lo mismo?

El Reino de Dios está en nosotros, en esas nuevas actitudes y valores con los que tenemos que ir construyendo nuestra vida, en la medida en que comencemos a aceptarnos todos y a respetarnos, a amarnos mutuamente y a sentir ese interés que nace del amor de los unos por los otros, en la medida en que vamos siendo más auténticos en nuestra vida viviendo en la verdad y en la sinceridad, quitando fastuosidades y desterrando de nuestra vida la vanidad, en la medida en que buscamos el bien, luchamos por la justicia, vivimos con mayor solidaridad haciendo que nuestro corazón se desparrame en la generosidad, en la medida en que aprendemos a colaborar los unos con los otros y a valorar lo que los otros hacen; estaremos sintiendo que todos somos hijos de Dios y como hermanos tenemos que amarnos, estaremos haciendo presente a Dios en nuestra vida como centro de nuestro corazón y de todo nuestro actuar. Ahí estamos manifestando la presencia del Reino de Dios en nosotros y haciéndolo presente para nuestro mundo.

Allí donde vemos que dos personas se aman, digamos que está el Reino de Dios; allí donde hay gente comprometida por la paz y porque nadie sufra, tenemos que decir que se está haciendo presente el Reino de Dios; allí donde vivimos con sencillez y en la humildad sabiendo valorar las cosas pequeñas, estaremos haciendo florecer el Reino de Dios.

¿Lo tendremos de verdad en nuestro corazón porque lo tengamos sembrado con esas actitudes nuevas?

domingo, 19 de octubre de 2025

Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

 


Dios tiene un corazón de padre y un corazón de padre siempre está lleno de amor manifestándonos de mil maneras la ternura de su amor que tenemos que saber descubrir

Éxodo 17, 8-13; Salmo 120; 2Timoteo 3, 14 – 4, 2; Lucas 18, 1-8

El que mantiene la perseverancia está a un paso de la victoria final. La perseverancia, el ser constantes en nuestra búsqueda y escucha, en lo que pedimos, en lo que emprendemos, en lo que hacemos está abriendo caminos que le llevarán al encuentro de lo que desea y busca y al valor de lo que hacemos o queremos hacer.

No es la búsqueda del milagro de la manera como solemos entenderlo, no es la solución inmediata e instantánea de aquello que es una dificultad en la vida, es el camino de ir rumiando en nuestro interior lo que nos sucede, las dificultades que nos parecen insalvables que nos vamos encontrando, es ir encontrando esa rendija de luz en medio de la oscuridad de ese túnel que podamos estar atravesando, es el mantener la esperanza a pesar de los vaivenes que parece que nos van a hacer zozobrar el barco; e iremos sintiendo una inspiración interior, una fuerza dentro de nosotros que nos hará sentirnos salvados porque algo nuevo y distinto aparecerá delante nosotros. Es la fe que ha mantenido nuestra esperanza.

Son actitudes y valores humanos que necesitamos en el día a día de nuestra vida, en nuestras responsabilidades, en la vida familiar, en el trabajo que realizamos o aquello nuevo que emprendemos, en las oportunidades que vamos encontrando y que nos abren a nuevos caminos. Pero sabemos que no todo lo vamos a conseguir en lo inmediato, que necesitamos esos momentos de silencio interior y de reflexión para que pueda haber una auténtica búsqueda y que en esa perseverancia llegaremos a conseguir eso o algo mucho mejor.

Será una forma en que vayamos creciendo y madurando, vayamos sintiendo esa fortaleza interior, nos daremos cuenta de lo que somos capaces y ya con todos esos presentimientos en nosotros nos sentiremos distintos, sentiremos una novedad en nuestra vida que nos hará en verdad grandes. Después de una noche de tormenta en la que hemos aprendido a mantenernos firmes nos daremos cuenta de donde está nuestra grandeza y nos hará sentirnos profundamente renovados. La perseverancia, como decíamos, ha sido camino de victoria.

Nos vale todo esto que venimos reflexionando para ese camino de crecimiento y maduración de nuestra vida, como decíamos en todos los aspectos, pero será también un principio fundamental en todo lo que nos afecta como cristianos en nuestra relación con los demás con todo su compromiso y en nuestra relación con Dios. Al proponernos Jesús la parábola que hemos escuchado y que ha dado pie también a toda esta reflexión en el plano más humano que nos hemos venido haciendo el evangelista nos decía que Jesús lo hacía de cara también a que fuéramos constantes y perseverantes en nuestra oración.

Parece que por ahí van los detalles y matices de la parábola, en el hecho de que esta mujer viuda pedía con insistencia justicia, aunque parecía no ser escuchada. Pero, como nos dice la parábola, aquel juez aunque solo fuera por quitársela de encima para que no lo siguiera molestando atendió a la petición de aquella mujer y le hizo justicia. Pero ya inmediatamente nos dice Jesús, si aun en esta justicia humana con todas sus imperfecciones se le hizo justicia a aquella mujer desamparada, ¿Cómo no lo va a hacer Dios con aquellos que desde nuestra debilidad con confianza y perseverancia le suplicamos?

Y es que Dios tiene un corazón de padre, y un corazón de padre siempre está lleno de amor. No es la fría resolución de lo que es justo, sino que, vamos a decirlo así aunque parezca una incongruencia, es la humanidad con que Dios se manifiesta con el hombre. Es una forma de decirlo para querer expresar toda la ternura de Dios como Padre que nos ama y siempre nos escucha y nos atiende.

Tenemos que saber descubrir esa ternura de Dios que de mil maneras se nos puede manifestar, y es lo que tantas veces nos cuesta. Por eso aquella actitud perseverante de la que antes hablábamos, en esa búsqueda y en ese silencio interior mantenemos siempre la esperanza porque mantenemos la fe en el Dios que sabemos que nos ama. Por eso nuestra súplica y oración tiene que saber convertirse en escucha y en reflexión, en silencio en el corazón pero también en apertura a esa revelación de Dios, a esa inspiración que vamos a sentir en nuestro interior.

Cuántas veces cuando rumiamos lo que nos va sucediendo y tratamos de hacerlo con serenidad y con paz terminamos descubriendo caminos nuevos, van apareciendo en nosotros nuevas actitudes que nos llevan a nuevos valores, y llegaremos a comprender lo que antes nos parecía incomprensible. Nuestra oración no es ya repetir como una cantinela las mismas palabras y las mismas peticiones sino que ahondando en nosotros mismos iremos sintiendo esa inspiración de Dios, esa fuerza espiritual para afrontar esas situaciones y mantener la serenidad de nuestro espíritu.

Seguro que al final terminaremos siempre dando gracias para cantar la gloria de Dios que así se nos manifiesta.