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domingo, 20 de septiembre de 2026

Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

 


Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña

Isaías 55, 6-9; Salmo 144; Filipenses 1, 20c-24. 27A; Mateo 20, 1-16

¿Por qué siempre hemos de estar comparándonos los unos a los otros, sacando a relucir méritos o merecimientos, lo mejor que nosotros lo hacemos y siempre la inferioridad de los otros? Hemos convertido la vida en un tira y afloja, en una lucha competitiva para ver quién acaba primero la carrera y a la larga en buscar por los medios que sea el descalificar al otro porque al final ni lo consideramos digno de estar en esa competición.

No tendría que ser la vida una competición, porque aunque mucho hablamos de deportividad no es esa la manera habitual que empleamos para desarrollar lo mejor de nosotros mismos. Competencia en el sentido de que saquemos lo mejor de nosotros mismos para desarrollar la función que tengamos en la vida o ser nosotros mismos es una cosa, pero convertir la vida en una competición es bien distinto. Por eso andamos siempre con el reloj en la mano, no tanto para aprovechar nosotros el tiempo que no se nos pierde en superficialidades, sino para tener en cuenta y medir lo que hacen los otros, que siempre nos parecerá que no vale tanto como lo que nosotros hacemos.

Son los primeros pensamientos que me surgen al escuchar la Palabra de Dios que en este domingo se nos ofrece. Muchas veces habremos reflexionado sobre esta parábola de los obreros llamados a la viña en distintas horas del día. Una parábola que rompe esquemas sobre la forma cómo nosotros nos organizamos y medimos lo que hacemos. Una parábola que nos enseña cómo valorar el trabajo pequeño o grande que realizan los demás. Una parábola que nos está recordando que la voz de Dios puede resonar en nuestro corazón en la hora que menos pensemos pidiendo que entremos a trabajar en su viña. Una parábola que nos hace mirar con ojos distintos a los que llegan a nuestro mundo y a nuestra vida en la hora del hoy manteniendo siempre por encima de todo su dignidad de personas y valorando que en esta hora que nos parece intempestiva sin embargo pueden hacer por nuestro mundo y por nosotros. Una parábola que nos está enseñando lo maravilloso que es el amor que nos tiene que hacer comprensivos y generosos abriendo siempre nuestros brazos con un sentido amplio y universal.

Los obreros de la primera hora quizás miraban mal a aquellos que se incorporan en horas distintas, al final protestarán porque a los últimos se les ha pagado igual que a los primeros que parecieran que se llevaron todo el calor y el bochorno del día. ¿No habrán también en nosotros esos sentimientos encontrados en relación a lo que hacen los demás porque nos parece que lo que hacemos nosotros sí vale y tendría que tener el reconocimiento de lo que hemos hecho?

Afloran a veces sentimientos negativos en nosotros cuando vemos tanta gente distinta a nuestro alrededor y nos aparecen incluso algunos resabios racistas en relación a los que vienen de otros países. Nos van a quitar el pan de nuestros hijos, dicen a veces algunos, como si el mundo fuera solo nuestro. ¿No tendría que decirnos a nosotros, como aquellos obreros de última hora de la parábola, que están ociosos porque nadie los ha contratado? Tanto que hablamos de la globalidad de nuestro mundo, tanto que hablamos de la dignidad de las personas y ¿por qué hacemos tantas distinciones que se convierten en discriminaciones?

Por eso decía que esta parábola nos va a enseñar a tener una mirada distinta y a provocar en nosotros unas nuevas actitudes para hacer que la vida sea más que una competición una colaboración entre todos, cada uno desde su tiempo y su lugar, para hacer que tengamos un mundo más humano, nuestras mutuas relaciones tengan más humanidad, y ciertamente aprendamos a ser verdaderamente solidarios los unos con los otros. Es el camino del amor que tendría que imperar en nuestra vida.

Ya nos recordaba el profeta que los planes de Dios son distintos y superiores a la mezquindad con que nosotros vamos caminando por la vida. Es la novedad que nos ofrece el evangelio que nos pedirá una vestidura nueva, unos odres nuevos para el vino nuevo, un hombre nuevo que se haya despojado de esas vestiduras viejas del egoísmo y la insolidaridad para vestir el traje de fiesta que siempre resplandece con las múltiples joyas del amor vivido en los mil detalles con que expresamos el amor a cuantos nos rodean, sean quienes sean, hagan lo que hagan. ¿Vestiremos ese traje del hombre nuevo de la gracia?


miércoles, 19 de agosto de 2026

Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

 


Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

La vida la hemos convertido en una carrera donde todos queremos llegar los primeros o tener siempre los beneficios de los ganadores; hay que ser competitivos nos dicen porque se quiere desarrollar en nosotros esos deseos de no quedarnos atrás, de ser siempre los ganadores y algunas veces en esa competición parece que fuéramos enemigos los unos de los otros porque queremos arrasar a nuestros contrincantes, queremos avasallar, o queremos valernos de las influencias del poder que hayamos conseguido para anular a los demás.

¿Es eso algo que nos satisface, que nos haga vivir la vida con paz, que lleguemos de verdad a comprender de esa manera el sentido de la vida? Creo que ser competitivo no tiene que significar anular a nadie, sino desarrollar lo mejor de nosotros mismos con la conciencia además de estar contribuyendo a hacer que nuestro mundo sea mejor para todos poniendo cada uno su parte, como solemos decir, su granito de arena.

Pero no siempre lo entendemos así. Ya sabemos de los empujones con que andamos en la vida, de las manipulaciones que intentamos hacer para conseguir nuestros adelantamientos, de lo poco que valoramos lo positivo que también ofrecen los demás, de cómo siempre nos creemos merecedores de los mejores premios sobre todo para deslumbrar a los demás. Después de todo eso ¿no sentiremos un vacío por dentro?

Hoy Jesús nos propone una parábola partiendo de esas cosas normales de la vida y de lo que era la vida de trabajo en un mundo rural, como quizás también podemos ver hoy en parte de nuestra sociedad. El dueño de una viña que necesita jornaleros para trabajar en su campo y sale muy de mañana en búsqueda de esos trabajadores. Hasta aquí todo parece que entra en la normalidad, quedan en lo que van a recibir de salario al final del día y son enviados al campo. Pero no sé si es que las necesidades eran mayores de lo previsto o era el buen corazón de aquel hombre, que sale también a la plaza a diversas horas del día y sigue recolectando trabajadores para su campo; casi al final del día se sigue encontrando gente que no ha sido contratada y él los envía también a su viña.

Quiere aquel amo de la vida que todos puedan tener trabajo, por eso ya no le importa la hora del día pero sigue invitando gente para trabajar en su viña. A la hora de la paga del jornal es cuando sucede algo que parece estar fuera del guión, porque los últimos que han ido a trabajar reciben el mismo salario que los primeros; como siempre suele suceder surge el descontento y las reclamaciones. Habían quedado en un denario y un denario reciben según contrato.

Pero detrás de todo esto quiere dejarnos Jesús un mensaje. Primero podríamos decir su voluntad de que todos puedan trabajar; cada uno ha de aportar según sus propias condiciones en la hora en que ha sido llamado pero todo trabajo ha de tener su valor; no andamos aquí en nuestros parámetros humanos donde, como decíamos al principio, andamos todos a la carrera y al empujón, mirando con malos ojos lo que el otro pueda aportar y dejando aflorar con demasiada facilidad nuestros orgullos y nuestras envidias porque nos hayamos tomado la vida como una competición en la que ganar significa descartar o anular al otros.

Miremos como hacemos todas nuestras competiciones en la vida, incluso en el mundo deportivo, donde siempre vamos descartando gente o equipos y al final los que se sienten perdedores ya sabemos cómo suelen reaccionar, con poca deportividad solemos decir, pero tendríamos que pensar qué es lo que les hemos insuflado en su espíritu para hacer esa competición. ¿Lo importante es la belleza del juego, la humanidad y respeto que nos tenemos incluso en la lucha, o lo que va a predominar es nuestro amor propio o nuestro orgullo herido?

No terminamos de aprender a caminar juntos. Por muchas palabras bonitas que digamos siempre nos quedan heridas que no sabemos curar en el corazón. ¿Cuando nos daremos cuenta que somos una misma humanidad y todos tenemos que contribuir a que sea más humano nuestro mundo?


martes, 22 de agosto de 2023

Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

 


Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30

En la sociedad en la que vivimos, quizás por aquello de las leyes del comercio y de la economía, estamos acostumbrados a que necesitamos tener mucho para alcanzar aquello que deseamos. Se nos impone la ley del tener de alguna manera. Cuanto más tengamos, más podemos conseguir. Por eso, como consecuencia, terminaremos porque todo aquello que hacemos ha de tener una compensación, de alguna manera tiene un precio que ha de significar una ganancia para nosotros. ¿Cuánto gano yo por esto que voy a hacer? Nos olvidamos así de la gratuidad y nos olvidamos también de los valores que no podemos cuantificar en algo material y económico.

¿En que convertimos, en consecuencia, la vida? Viene la competición, viene la lucha, viene la rivalidad que fácilmente puede derivar incluso en violencias. Todo son carreras locas por ver cuanto vamos a obtener y cuanto más podemos conseguir. Regateamos incluso hasta en las cosas buenas que podamos hacer; terminamos regateando hasta con Dios a ver cual es el premio o recompensa que vamos a obtener por lo bueno que vayamos haciendo en la vida.

Nos ganamos la salvación, nos decimos, por las misas a las que vamos, por nuestros rezos de cada día, por las limosnas que hacemos, porque estamos cumpliendo con los mandamientos, al menos yo no mato ni robo ni hablo mal de nadie, que nos decimos tantas veces para justificarnos, o para buscar esa justificación y esa salvación.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos comentar a Jesús, después de aquel episodio del joven rico que no fue capaz de seguir a Jesús desprendiéndose todo, lo difícil que será a los ricos entrar en el reino de los cielos, por los apegos que tienen en el corazón, vemos que a los discípulos cercanos a Jesús les entran unas dudas si en verdad ha merecido la pena haber seguido a Jesús dejándolo todo.

Y nosotros, ¿qué?, se preguntan y le preguntan a Jesús. Un día dejaron las redes y la barca, un día abandonaron la garita de cobrador en la que trabajaba, un día dejaron sus casas y sus tareas por seguir a Jesús por estar a Jesús, ¿y eso no va a tener ninguna recompensa?

Pensamos así también en la lista que mentalmente nosotros también nos hacemos de lo que hemos hecho, de aquellas cosas a las que hemos renunciado, de lo que de nuestro bolsillo nosotros hemos gastado porque hemos querido contribuir a las obras de la Iglesia, y así seguimos haciéndonos una lista donde además sabremos también con gran sentido económico ir abultando bien lo que hemos hecho o de lo que hemos renunciado.

O sea, tendríamos que son sinceridad preguntarnos, ¿nosotros hacemos las cosas porque también en esto de las cosas de Dios también queremos obtener unos beneficios? ¿Nos mueve nuestro interés, camuflándolo quizás en eso de ganarnos la salvación, o realmente buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos enseña Jesús en el Evangelio?

Seamos generosos que Dios no se deja ganar en generosidad. Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día un poquito más, disfrutemos con la dicha y la satisfacción de que estamos contribuyendo a hacer que nuestro mundo mejor, a que la gente se ame más, a que haya menos violencias en nuestro entorno, a que con lo que hacemos logramos que alguien pueda ser un poquito más feliz. Nos sentiremos pagamos en ese amor.

Y para hacer eso no necesitamos cosas, necesitamos solo el amor que llevamos en el corazón. No convirtamos en pura economía cuanto hacemos por un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el reino de Dios.

martes, 11 de agosto de 2020

Tenemos que aprender a abajarnos en la vida para ponernos realmente a la altura del otro y poder mirarle directamente a los ojos desde la sinceridad del corazón

 
Tenemos que aprender a abajarnos en la vida para ponernos realmente a la altura del otro y poder mirarle directamente a los ojos desde la sinceridad del corazón

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Sal 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Vivimos en una cultura de competitividad. Una palabra que refleja un estilo de vida lleno de luchas, que no nos importan que sean desleales, porque lo importante es ganar, quedar por encima del otro, arrebatar como sea ese primer puesto o ese poder porque queremos hacer relucir nuestro ego, nuestro orgullo. No es competencia en el sentido de hacer valer aquello en lo que somos competentes, en lo que tenemos unos valores o unas cualidades o unas capacidades que con el aprendizaje hemos desarrollado. Es el competir en un sentido de lucha que nos lleva a enfrentamientos, que nos hace ser dominantes, en que nos creemos poderosos buscando muchas veces solo nuestro beneficio personal. Todo vale entonces para lograr ese poder, todo vale en esa lucha y en la deslealtad a la que llegamos no importa la traición con tal de yo quedar vencedor.

Siempre estamos pensando en quién es más grande o más importante, quién puede más o en no dejar de ninguna manera que nadie esté por encima. Y eso nos ciega para ver los valores de los demás, para descubrir lo bueno que hay en el otro, para buscar un camino de colaboración para entre todos, cada uno según sus capacidades, sus competencias, cooperar para lo que sea lo mejor para todos. Hasta en lo que tendría que ser un juego en la vida que nos proporcionara diversión y entretenimiento ponemos por medio esa competitividad de lucha, de enfrentamiento y de pasión convirtiéndonos en rivales los unos de otros que casi en enemigos;  pensemos en lo que hemos hecho incluso de nuestros deportes.

Es una tentación que ha estado siempre en el hombre, en la humanidad. A todos nos pueden tentar esos brillos del poder, esa vanidad de la vida, esos orgullos que nos endiosan y cuando nos subimos a esos pedestales cómo nos cuesta bajarnos para caminar el camino llano donde todos nos sintamos hermanos. Vemos hoy en el evangelio que también los discípulos de Jesús sentían esa tentación. Desde el orgullo patrio en que vivían y en el que se sentían humillados bajo el poder de pueblos y poderes extranjeros, con la esperanza de un Mesías que les daría la gloria y la libertad, el estar cerca de aquel en el que pensaban que podía ser el Mesías, les hacía soñar también en esos brillos de poder. ¿Quién sería el más importante? Ya conocemos el momento en que dos de los discípulos, porque se sentían de la familia de Jesús, aspiraban a estar uno a la derecha y otro a la izquierda.

Jesús a estos sueños y aspiraciones que les aparecen hoy les ofrece la imagen de un niño y les dice que tienen que ser como niños. El niño que no ha entrado en ese juego de la competitividad de los mayores, el niño que es humilde y sencillo y en su ternura es amigo de todos, el niño que juega con los otros niños solamente por divertirse y pasarlo bien, el niño de esa sonrisa abierta y de esos ojos brillantes en los que aún no han aparecido las sombras de la ambición y de los orgullos que tan pronto aprenderán de los mayores, el niño que siempre es dado y servicial, que solo busca cariño y que siempre nos ofrecerá la ternura de su corazón en ese beso inocente que con tanta facilidad nos regala.

Así nos dice Jesús que tenemos que ser. Así tiene que ser la humildad y la ternura que se han de destilar siempre de nuestro corazón; así con esa generosidad de poner lo que somos y lo que llevamos de bueno en el corazón para que todos seamos felices, para que haya esa sonrisa franca y esa risa llena de alegría y alejada de amarguras; así con esa generosidad que le hace espontáneamente solidario y que sabe llorar con el que llora, pero que también está pronto para reír y cantar con el que expresa alegría en la vida.

‘En verdad os digo, nos dice, que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

¿Aprenderemos de verdad que el Reino de Dios lo vamos a vivir desde cosas pequeñas? ¿Aprenderemos que no necesitamos hacer grandes cosas para vivir el Reino de Dios sino que esas cosas pequeñas de cada día las podemos hacer extraordinarias cuando llenamos la vida de humildad, sencillez, ternura, lealtad, amor y amistad verdadera? ¿Aprenderemos de una vez por todas a estar siempre a la altura del otro aunque pare ello tengamos que abajarnos, agacharnos para poder mirarle directamente a los ojos?

 

viernes, 17 de febrero de 2017

Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio la salvará

Frente a un mundo de ganancias, de competencias y de luchas ofrecemos una nueva escala de valores en la que pondré todo lo que soy para hacer que todos seamos mas felices

Génesis 11,1-9; Sal 32; Marcos 8,34-39
A nadie le gusta perder; todos queremos ganar. Son deseos que todos llevamos en el  corazón y nos sentimos emulados constantemente a crecer, a superarnos, y en el fondo queremos y deseamos estar en lo mas alto, tener mas, ser los mejores, no sentirnos relegados a un segundo término.
Además vivimos en un mundo de mucha competencia, pero en el sentido que le damos a la palabra de lucha, muchas veces de ir contra los demás; porque competencia puede significar que yo sea competente, que yo sea capaz, que yo desarrolle mis capacidades, mis posibilidades, pero enseguida lo volcamos en competencia como lucha y luchar luchamos demasiadas veces con los otros y somos capaces de emplear todas nuestras artimañas y estratagemas para conseguir ganar o estar en lo mas alto. Pero quizás tendríamos que preguntarnos si con este plan y sentido hacemos que nuestro mundo sea mejor y todos seamos más felices.
Pero mira por donde hoy el evangelio nos desconcierta porque nos dice que tenemos que perder la vida para ganarla. ¿Cómo entenderlo? ¿Es una simple estrategia? ¿O será acaso un descubrir una nueva escala de valores?
Estas palabras de Jesús van en consonancia con lo que ayer escuchábamos en el evangelio. Ante la pregunta de Jesús Pedro había hecho una hermosa confesión de fe, pero Jesús les quiere hacer descubrir el verdadero sentido de su vida. Es el Mesías de Dios, es el Hijo de Dios, pero El ha venido a descubrirnos el verdadero sentido del amor. Un amor que le llevará a la entrega, a la muerte incluso, porque no le aceptarán, porque le perseguirán, porque lo entregarán en manos de los gentiles, porque al final dará su vida por nosotros. Es  la prueba del amor; es la manifestación mas sublime del amor; es la grandeza y la maravilla de un Dios que nos ama y de que manera.
Pues es lo que hoy nos esta diciendo Jesús, donde hemos de encontrar el sentido de nuestra vida, cual es la verdadera escala de valores por la que hemos de regir nuestra vida. Y el que ama se entrega hasta el final; el que ama de verdad no teme perder su vida, siente por encima de todo la felicidad de amar. El que ama de verdad encontrara la plenitud de su vida precisamente entregando su amor, entregando su vida. No la pierde, la gana. No es una pura estrategia, es una nueva escala de valores, un nuevo sentido a la vida.
No son renuncias porque si, sino buscar lo mejor, y buscar lo mejor no es solo buscarlo para mi, sino buscarlo para el otro; eso me obligara quizás a olvidarme de mi mismo, pero esto ganando en plenitud, en la satisfacción del amor, en el gozo de sentir que el otro es mas feliz.
Entonces mi verdadera competencia no es luchar por defenestrar al otro, como podríamos decir y como vemos tantas veces en la vida, sino ser yo competente de la mejor manera para hacer que mis valores, mis cualidades hagan bien. Nos sentimos obligados a contribuir con lo que somos, con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo en el que vivimos, en hacer que los otros sean más felices; puede parecer que yo pierdo porque no me busco a mi mismo el primero, pero realmente estoy alcanzando la mayor plenitud para mi vida.
Cuánto más felices seriamos todos si llegáramos a entender esta escala de valores que nos propone Jesús en el evangelio. Qué distinta seria nuestra humanidad, realmente seriamos humanidad verdadera. 

domingo, 29 de agosto de 2010

Humildad y gratuidad, valores importantes


Ecl. 3, 17-18.20.28-29;
Sal. 67;
Heb. 12, 18-19.22-24;
Lcv. 14, 1.7-14

Tengo que comenzar confesando que este evangelio me interpela mucho. Es una tarea pendiente porque no he logrado llevarlo a la práctica de mi vida en esa humildad y gratuidad que hoy nos enseña Jesús.
Cuántos codazos nos vamos dando esa loca carrera de la vida por primeros puestos, por honores y reconocimientos, por rodearnos de gente importante o que nosotros creemos importantes e influyentes, y cómo rehuimos, permítanme la expresión, a aquellos que nos huelen mal. Es que yo soy amigo de… decimos tantas veces; es que conozco a éste o aquel… hay que tener amigos hasta en… - no voy a emplear la expresión que solemos usar, pero me entendéis -.
Como hemos escuchado en el evangelio le da ocasión a Jesús para dejarnos el mensaje ‘cuando entró en casa de uno de los principales para comer, le estaban espiando, pero el notó que los convidados escogían los primeros puestos…’ Y nos enseña Jesús algo que es mucho más que unas normas de urbanidad. ‘Cuando te conviden no te sientes en el puesto principal… vete a sentarte en el último puesto…’
¡Qué hermoso lo que ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento, el libro del Eclesiástico! ‘Hijo mío en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas y alcanzarás el favor de Dios… que revela sus secretos a los humildes’.
Lo aprendemos en Jesús, de humilde corazón y que siendo Dios se hizo hombre, tomando la condición de esclavo, siendo el último de todos. Y recordemos cómo Jesús da gracias al Padre del cielo porque revela los misterios de Dios a los humildes y sencillos y las oculta a los que se creen sabios y entendidos. Por otra parte, ¿de quienes estaba rodeado Jesús siempre? De la gente sencilla, de los pobres, de los enfermos y de los que sufrían. Para ellos es su bienaventuranza.
Nos dirá Jesús: ‘Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Es lo que nos va repitiendo continuamente en el evangelio. Nada de luchas por primeros puestos, lugares de honor o rodearme de gentes importantes e influyentes que es nuestra tentación fácil. Le sucedía entonces a los discípulos como nos sigue sucediendo a nosotros hoy. Desterremos de nosotros esos orgullos, porque el orgullo siempre humilla al hombre, humilla al que está a nuestro lado.
De ahí la conclusión que Jesús mismo saca hoy en el evangelio. ‘Cuando des una comida o una cena…’ ¿a quién invitamos? ¿a los que a su vez puedan invitarnos también a nosotros? ‘No invites a tus amigos, a tus hermanos… a los que corresponderán invitándote… invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
Hay un valor o una virtud que a veces nos cuesta tener en cuenta o valorar, la gratuidad. ¿Qué voy a ganar yo con eso? ¿en qué me voy a beneficiar? Lo habremos escuchado muchas veces. Con qué facilidad actuamos por el interés. La vida esta rodeada o demasiado construida por gestos que manifiestan lo interesado que somos. Que me quieran, que me correspondan a lo que hago, que me tengan en cuenta, que valoren mis cosas… de alguna manera como un deseo siempre de sentirme pagado por lo que hago. No está reñida la autoestima con la humildad, pero autoestima no significa estar buscando recompensas siempre por lo que hago.
Nos falta gratuidad. En lo que damos y también en la actitud que tenemos ante lo que recibimos que tendría que llevarnos al fin a la gratitud. No estamos acostumbrados a lo gratuito, a que nos den también de una forma gratuita y algunas veces como que nos extraña y nos cuesta entenderlo. Recuerdo hace años de capellán en una clínica repartía unas tarjetas de felicitación a los enfermos felicitándoles la navidad, y alguien no me la quería aceptar porque no tenía dinero que darme; no comprendía que era una felicitación, y por tanto gratuita, lo que yo le estaba ofreciendo.
Andamos en la vida, por otra parte, demasiado a la competición en lo que hacemos y en consecuencia nos falta esa generosidad para hacer y hacer lo mejor no para recibir nada a cambio. Y cuando andamos con competiciones creamos rivalidades y enemistades, surgen rupturas y resentimientos, porque podemos sentirnos humillados y heridos. No vamos a hacer el bien para quedar mejor que los otros; vamos a ser generosos porque sí, porque queremos a la persona, la valoramos, la aceptamos, nos respetamos y queremos siempre lo bueno.
Gratuidad frente a la competitividad del que más puede, más sabe o quiere ser siempre el primero y principal; gratuidad frente a esas acciones interesadas donde siempre buscamos una ganancia ya sea en lo material o ya sea en otro tipo de satisfacciones o reconocimientos. Gratuidad porque queremos ser generosos porque amamos y aprendemos de la generosidad del Señor que nos ama siempre aunque no nosotros no le correspondamos.
Y gratuidad también en lo que le ofrecemos a Dios que algunas veces en nuestra relación con Dios andamos también medio interesados. Demasiados mercantilistas somos a veces con Dios, porque andamos con El como a la compra-venta con nuestras ofrendas, nuestras promesas y no sé cuantas cosas. Amemos a Dios es Amor y porque de Dios recibimos tanto amor que no nos cabe en ninguna medida humana. Lo de aquella oración ‘aunque no hubiera cielo yo te amara…’
Que así con ese corazón humilde y generoso aprendamos a ir por la vida en nuestro trato y relación con los demás y así nos presentemos también ante Dios.