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miércoles, 9 de septiembre de 2026

No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

 


No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios dejando a un lado vanidades y superficialidades, porque ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44;  Lucas 6, 20-26

Claro que todos queremos vivir una vida llena de armonía, donde tengamos una buena convivencia entre unos y otros, que nada nos haga sufrir y que las cosas vayan marchando bien, que podamos ser bien considerados y que también lleguemos a tener una buena sensibilidad como para sentir como nuestros los problemas de los que nos rodean y nos esforcemos por ayudarnos unos a otros a ser más felices encontrando solución a los problemas que vayamos encontrando.

Decía que todos queremos eso, y lo podríamos decir pensando en la buena voluntad de todos porque todos realmente ansiáramos siempre lo más justo. Pero sabemos bien que esa no es la realidad de la vida porque sigue reinando la injusticia y la insolidaridad, no todos tienen esos buenos sentimiento hacia los demás y mucho solo piensan en sí mismos, no siempre hay esa sensibilidad para buscar soluciones a los problemas y sufrimientos de los demás e incluso habrá quien no comprenda que nosotros podamos hacer las cosas desinteresadamente simplemente por el gozo de hacer bien a los demás.

Mientras vamos haciendo el bien y gastándonos los unos por los otros sentiremos un gozo en el alma que nadie nos podrá arrebatar, pero quizás llegará un momento que lo que hagamos moleste a los demás, nos vamos a encontrar quien vaya detrás de nosotros tratando de destruir y derruir aquello que nosotros hemos intentado construir. Son los que se sienten satisfechos en sí mismos, no por el bien que hacen, sino por el egoísmo en que viven que les hace creerse los reyes del mundo, pero que un día se van a encontrar que no hay nadie que seque sus lágrimas o dé consuelo a aquellas situaciones dolorosas con las que sin duda un día se encontrarán.

Es eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en esta página del evangelio. Son las bienaventuranzas tal como nos las relata el evangelista san Lucas, que en cosas fundamentales tienen una coincidencia con las que nos propone el evangelista san Mateo, pero que aquí nos da unos matices porque contrapone a la bienaventuranza lo que podríamos llamar la maldición de los que se han encerrado en sí mismos, rehusando a hacer el bien desinteresadamente y a obrar siempre desde unos intereses egoístas que manifiestan además la superficialidad de sus vidas.

‘Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis… y seréis dichosos cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre… vuestra recompensa será grande en el cielo…’

Por contra nos dirá también ‘¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!’

¿Queremos quizás que hablen bien de nosotros? Decíamos al principio que entre todas aquellas cosas que ansiábamos y deseábamos era el ser bien considerado por los demás. No es mal deseo. Pero, ¿por qué cosas queremos ser bien considerados por los demás? A los ojos del mundo parece que lo importante o lo que nos hace importantes son todas esas vanidades de las que nos rodeamos para aparentar algo que realmente no somos. Buscamos prestigios y buena consideración de aquellos que nos parecen importantes y poderosos, nos arrimamos decimos tantas veces a quienes nos den buena sombra porque se manifiestan muy exultantes en su arrogancia y rodeados de los lujos de la vida, de esos que parece que siempre están saciados en sus fantasías que a la larga nos manifiestan la pobreza de sus vidas aunque sean muchas las riquezas de las que dispongan.

Quienes queremos vivir según los parámetros del Reino de Dios vamos a resultar incómodos porque en la opinión de esos que se creen poderosos nosotros estaríamos fuera de lugar. Pero al final, ¿quién será feliz de verdad? No temamos ponernos en la honda del Reino de Dios, ahí alcanzaremos la verdadera grandeza de nuestra vida.


martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


miércoles, 12 de noviembre de 2025

No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

 


No tengamos miedo a decir gracias, tener una palabra de gratitud o un gesto de humildad y también de humanidad manifestando la grandeza de nuestro corazón

Sabiduría 6, 1-11; Salmo 81; Lucas 17,11-19

Hay gestos en la vida que a pesar de su simplicidad y sencillez sin embargo manifiestan en verdad nuestra grandeza y lo que son nuestros valores humanos. Una simple mirada de gratitud, una sencilla palabra como decir ‘gracias’, una sonrisa en la que hablan nuestros ojos sin necesidad de mediar palabra; un gesto de gratitud que es al mismo tiempo un gesto de humildad, porque cuando decimos gracias es porque sentimos en lo más hondo de nosotros mismos que no merecíamos aquello que con generosidad el otro nos ha ofrecido y de alguna manera nos sentimos en deuda; una palabra de gratitud no paga nada pero muestra nuestra humildad y nuestra humanidad.

Algunas veces nos cuesta decirla cuando nos quedan restos de orgullo y de amor propio, cuando aún mantenemos la autosuficiencia de que nos valemos por nosotros mismos sin necesidad de nadie y queremos seguir manteniendo las distancias porque nos creemos merecedores de todo. Y es algo tan sencillo de decir o de manifestar cuando de verdad somos humildes. Podemos ser muy cumplidores y hacer todas las cosas de la mejor manera que sabemos hacerlo, pero si nos falta esa humildad nos está faltando humanidad. Muchas cosas más podríamos seguir reflexionando hasta convencernos de verdad que tenemos que ser agradecidos y mostrarlo. Aprendamos a bajarnos de nuestros pedestales. A veces vamos tan engreídos que nos olvidamos o nos cuesta pronunciar esa palabra. Algunas veces es una cuenta que tenemos pendiente.

Es lo que hoy nos está enseñando el evangelio. Es el relato que se nos hace; mientras iban de camino en su subida a Jerusalén, en esta ocasión van atravesando Samaria, de lejos un grupo de leprosos que saben del paso de Jesús, sin atreverse a acercarse porque la ley se los impedía, gritan suplicando que Jesús tenga compasión de ellos. ¿Cuál va a ser la respuesta de Jesús? No es insensible Jesús al sufrimiento de los demás y los milagros son un signo de esa liberación que Jesús nos ofrece. Les envía para que se presenten a los sacerdotes que certificando su sanción les permitan volver a sus casas. Así estaba prescrito y es lo que Jesús les pide realizar.

Suponemos la alegría de poder volver a encontrarse con los suyos y la prontitud con que correrían para tener las correspondientes autorizaciones. Mientras van de camino se dan cuenta de que están curados. Están realizando lo prescrito en los protocolos correspondientes. Pero a uno de ellos no le preocupa ahora esos protocolos, se siente curado y sabe que es Jesús el que lo ha curado; para él es más importante en ese momento el volver atrás hasta donde está Jesús para decir gracias. Reconocían en su petición que Jesús podía hacer algo por ellos, reconoce ahora este hombre que verdaderamente Jesús ha hecho algo por ellos porque los ha curado. Viene a postrarse ante Jesús. ¿Y los otros nueve dónde están?

¿Dónde estamos nosotros?, sería la pregunta que tendríamos que hacernos. Sí, es nuestra gratitud a Dios de quien todo lo recibimos; así lo expresamos con nuestra fe, con nuestras súplicas y con nuestra acción de gracias. Esa tendría que ser nuestra auténtica oración, cada día, cada momento. Ese tendría que ser el sentido de nuestras celebraciones donde tendríamos que manifestar y cantar el gozo de la salvación que de Jesús recibimos. Pero ¿realmente son así nuestras celebraciones?

No es muchas veces la alegría lo que mejor expresamos de hecho en nuestras celebraciones que parecen aburridas en la mayoría de los casos y parece que estamos deseando que terminen para salirnos a irnos a nuestras cosas. ¿Acaso estamos realmente compartiendo con los que están con nosotros en la celebración esas cosas concretas por las que en ese momento damos gracias a Dios? Mucho tendríamos que revisar, un nuevo sentido de vida tendríamos que darle.

Pero no nos quedemos en eso, sino vayamos al día a día de nuestra vida, ahí en lo que son nuestras relaciones familiares, lo que es el trato con los amigos, lo que es la relación con los que estamos haciendo el mismo camino de la vida, vecinos, compañeros de trabajo, personas con las que nos cruzamos por la calle o compartimos un mismo transporte, ¿cuántas veces les decimos gracias? Y en cada uno de esos aspectos o situaciones seguro que tenemos muchos motivos para dar gracias, para ser agradecidos, para tener una palabra amable, para regalar el gesto de nuestra sonrisa. No vayamos de engreídos por la vida.


domingo, 28 de septiembre de 2025

Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

 


Siempre el evangelio es camino que nos abre a la sensibilidad y al amor, a nuevas actitudes y a dar nuevo sentido a nuestros encuentros y a una nueva mirada a los que nos rodean

Amós 6, 1a. 4-7; Salmo 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

¿Quiénes son los que tienen nombre en la sociedad donde vivimos? Los pobres y los que nada tienen  no ocupan páginas en los medios de comunicación, no son noticia. Recuerdo aquellos tiempos en que el ‘don’ como tratamiento de respeto a la persona solo se ponía delante del nombre de los personajes importantes por su influencia, su poder económico o su riqueza, su rango en una sociedad muy jerarquizada en razón de sus títulos, o su presencia como hombre fuerte e influyente de la sociedad por sus dominios o posesiones; a un pobre nunca se le llamaba por ejemplo ‘don José’, era simplemente el que vivía en tal sitio, o José o Pepe en el trato con sus iguales.

Pero es curioso que en este texto que nos ofrece hoy el evangelio, en esta parábola de Jesús no sea el rico el que tiene nombre sino el pobre, el pobre Lázaro, un mendigo a la puerta del rico pero que era ignorado por el personaje poderoso. ¿Será un signo del contraste que nos quiere proponer Jesús con la transformación que por el Reino de Dios se ha de realizar en nuestro mundo?

La parábola nos quiere enseñar muchas cosas, quiere reflejar muchas actitudes o posturas en las que nosotros podemos caer en la vida. Es fuerte el contraste entre la vida de aquel rico opulento que se lo pasaba banqueteando cada día, pero que era insensible a lo que pasaba a su puerta con aquel mendigo al que parece que únicamente la presta atención un perrito que le lame sus heridas. No es la condena de la riqueza en sí misma lo que pretende decirnos el evangelio sino las actitudes que tenemos en la vida y en consecuencia el uso que hacemos de aquellos medios que tenemos en nuestras manos.

Aquellos bienes que conseguimos a través de nuestro trabajo honrado no son en sí mismo malos, pues ya Dios puso toda la creación en la manos del hombre para que la trabajase y desarrollase. Pero es el camino que hacemos que lo convertimos en un camino de insensibilidad, como aquel hombre que no se daba por enterado de lo que sucedía a su puerta. Cuántas veces nosotros también cerramos los ojos para no ver o volvemos la mirada para otro lado para no sentirnos heridos en la sensibilidad que nos quede en el corazón; cuantas veces ensimismados en nosotros mismos no nos enteramos de lo que sucede a nuestro lado, no queremos ahondar en esos rostros que se cruzan con nosotros en la vida sino que seguimos caminando con nuestros prejuicios y prevenciones y no somos capaces de vislumbrar lo que hay detrás de esos rostros.

Apagamos la televisión o cambiamos de canal para no ver los desastres que asolan nuestro mundo con tantas violencias y tantas guerras; criticamos y juzgamos a quienes llegan a las puertas de nuestra sociedad calificándonos tantas veces de tan mala manera pero no vemos lo que hay detrás, las familias llenas de dolor y de miseria que quizás quedaron en su tierra para que estos como emigrantes lleguen hasta nosotros buscando una vida mejor, ¿habremos pensado en la tragedia que han vivido cuando han dejado su tierra arriesgándose a cruzar un mar, por ejemplo hablo de los que llegan a las costas de nuestras islas, que no saben si terminarán su travesía con vida mientras allá han quedado unas familias llenas de angustia?

La parábola que escuchamos hoy sigue haciéndonos pensar en muchas cosas. Pensemos en el vacío en que ha caído aquel rico, en esa imagen en que lo contemplamos en el abismo, en el que clama por un dedo mojado en agua que refresque su garganta, o porque vayan a anunciar a sus hermanos lo que a ellos les puede suceder siguiendo el mismo camino. Parece un abismo infranqueable, una situación de la que no se puede salir, unas soluciones que parece que no se encuentran tan fácilmente. Pero el evangelio siempre tiene un faro de esperanza para el hombre, el evangelio siempre es buena nueva, buena noticia de esperanza y salvación.

No es el camino la aparición de los muertos para tratar de convertirnos, como algunas veces nosotros pedimos también, sino que tiene que ser una apertura de la vida, una apertura de los oídos del corazón para escuchar la Palabra de Dios. Como se nos dice en la parábola, tienen a Moisés y los profetas que nosotros tenemos que saber interpretar bien.

Escuchemos el evangelio, dejémonos sorprender por esa buena noticia que nos anuncia esperanza y salvación, dejémonos transformar para que en verdad cambiemos nuestras actitudes y no vivamos ya solo pensando en nosotros mismos que es la tentación fácil que nos aparece, no vivamos encerrados en nuestra insensibilidad y nuestra insolidaridad sino que seamos capaces de darnos cuenta que cuanto tenemos no es solo en beneficio propio sino que tenemos que pensar en el bien de ese mundo y en el bien de cuantos caminan a nuestro lado.

No es un evangelio para sentirnos abrumados porque quizás hayamos tenido momentos en que no hayamos sabido hacer uso de la vida y cuanto somos y tenemos para caer el vacío de un sin sentido, sino para abrir puertas, para abrir nuestros oídos, para abrir nuestra vida a nuevas actitudes, a un verdadero encuentro sin prejuicios a cuantos caminan con nosotros en la vida.


domingo, 7 de septiembre de 2025

Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

 



Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

Sabiduría 9, 13-19; Salmo 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33

Vivir no es ni simplemente dejar pasar las horas y los días, ni solamente ocupar nuestro tiempo haciendo cosas y cosas; algo más hondo tiene que darle intensidad a nuestra vida, unas metas hemos de tener para que aquello que hacemos tenga un sentido y un verdadero valor, sopesamos así lo que somos y lo que valemos, descubrimos nuestras posibilidades y llenamos nuestro caminar de unos valores, le damos riqueza a nuestra vida, y crecemos desde lo más hondo, le damos un contenido de humanidad a lo que hacemos y lo que vivimos y de ninguna manera nos encerramos en nosotros mismos, porque vivimos entre los demás, con los demás y de alguna manera también para los demás, porque de lo contrario todo se convertiría en egoísmo; será el amor el que le dé verdadera hondura a nuestra vida y lo que hará rica nuestra existencia. Pero para llegar a todo eso tenemos que hacer nuestros planteamientos, descubrir, sí, lo que son nuestras posibilidades, pero también sentir esa fuerza interior y al mismo tiempo superior que nos ayuda y fortalece. Es, por así decirlo, encontrar la sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio tratando de que sus discípulos tengan claro lo que significa seguirle, como diríamos hoy nosotros, lo que significa ser cristiano, precisamente nos quiere ayudar a que descubramos lo que es verdaderamente importante, siendo capaz de dejar a un lado, aunque incluso sea bueno, aquello que nos podría desviar de nuestra verdadera meta. En ese camino nos enseña cómo incluso tengamos que decirnos no a algunas cosas para que en verdad seamos sus verdaderos discípulos.

Queremos, por ejemplo, construir un edificio y tratamos de ver todos los materiales que podríamos utilizar y que están a nuestra mano, al tiempo veremos lo que podemos hacer, lo que es la capacidad que tenemos y los medios de los que nos vamos a valer para poder realizarlo. Pero quizás, aunque sean buenos, no todos los materiales los podremos utilizar, tendremos que descartar algunos porque no nos van a servir para lo que pretendemos construir. Ahí está el trabajo, en cierto modo, previo que tenemos que realizar, analizando, escogiendo lo mejor, descartando lo que quizás no nos seria provechoso, buscando los medios y trazándonos los verdaderos planos para lograr ese bello edificio. Sabio el que sabe elegir lo mejor para tener el mejor edificio.

Jesús nos ha hablado con unas pequeñas parábolas por una parte del hombre que quiere construir una torre, o del reino que en una guerra ha de enfrentarse a vecinos enemigos; en uno y otro caso nos dice Jesús que hay que detenerse tanto antes de comenzar a realizar la torre como antes de emprender la batalla, para saber si en verdad podremos conseguir nuestros fines, no sea que se nos derrumbe el edificio o seamos vencidos irremediablemente en la batalla.

Así en la vida, así en el camino de nuestra vida cristiana. Tenemos que clarificar muy bien el camino que nos señala Jesús, el sentido verdadero del Reino de Dios del que nos habla Jesús, no sean que emprendamos sendas erróneas. ¿Dónde vamos a encontrar ese verdadero camino? Vayamos al Evangelio, escuchemos de verdad la Palabra de Dios, plantémosla en lo hondo de nuestro corazón, rumiémosla muy bien en nuestro interior.

Será lo que en verdad va a dar hondura a nuestra vida, lo que dará profundidad a nuestras decisiones, lo que finalmente nos mantendrá firmes con constancia en el camino emprendido. Podríamos decir que no podemos ir a lo loco, no podemos solamente dejarnos llevar por fervores momentáneos, que pronto se pueden apagar; una llamarada muy grande y aparatosa en principio, pronto se quedará en un rescoldo que a lo más mínimo se va apagar y todo se volverá humo. Muchas veces nos encontramos así, o lo contemplamos en tantos a nuestro lado. Les faltó o nos faltó esa verdadera profundidad, esas hondas raíces bien enraizadas en el corazón de Cristo, en el evangelio. Es la sabiduría que nos da el evangelio.

Pueden resultarnos desconcertantes las palabras del evangelio en aquello que nos dice Jesús a lo que hemos de renunciar. No nos dice Jesús que no tengamos que amar a nuestros padres o a nuestros hijos, al hermano o al esposo o la esposa; podría parecer contradictorio con otros pasajes del evangelio en que Jesús nos propone como mandamiento principal precisamente el amor. Lo que nos quiere decir que nada puede ensombrecer el amor que le tengamos a Dios, más aun tenemos que hacer que ese amor de Dios sea la fuente de nuestro amor para el amor que tengamos a cuantos nos rodean. Es encontrar lo que verdaderamente es fundamental y que se va a convertir en fuente de cuanto hagamos o digamos.

En ese sentido va también lo que nos dice del desprendimiento con que hemos de vivir en nuestra relación con lo material. El verdadero tesoro de nuestra vida no está en esos bienes materiales que tengamos; son cosas que necesitamos, es cierto, en nuestras mutuas relaciones o para la adquisición de lo que necesitamos para una vida digna; pero cuando convertimos lo material en lo fundamental de nuestra vida estamos trastocando el sentido de todo, por eso tenemos que liberarnos de esos apegos, no convertirlos en el tesoro de nuestro corazón. Cuando vivimos con esos apegos nos esclavizamos, nos hacemos dependientes de esas cosas, oscurecen nuestra visión porque lo convertimos en un filtro en nuestros ojos que no nos deja ver con claridad.

Y las palabras de Jesús son tajantes, porque quien vive de esa manera, nos dice, ‘no es digno de mí’. Son materiales que nos pueden echar a perder el edificio y no nos valen como piedras fundamentales para la construcción de nuestra vida. Tenemos que saber encontrar esa verdadera sabiduría que enriquezca nuestra vida llenándola de humanidad.

sábado, 6 de septiembre de 2025

Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

 


Jesús desde la buena nueva del evangelio nos abre caminos de verdadera humanidad y que nos harán siempre con ellos buscar la auténtica gloria del Señor

Colosenses 1, 21-23; Salmo 53; Lucas 6, 1-5

Es cierto que en nuestras relaciones humanas, en las relaciones que tenemos los unos con los otros que nos lleva a la convivencia y al encuentro porque además por naturaleza somos seres sociales, llamamos a relacionarnos, pero dada por otra parte la tendencia egoísta que muchas veces surge de nosotros mismos necesitamos como unas pautas que regulen esas relaciones, para que nadie además se sienta mermado en su dignidad y se le resten las posibilidades de desarrollar su vida según su saber o su capacidad; así, podríamos decir de una manera fácil, nacen las leyes, las normas, los preceptos desde nuestro raciocinio, desde la mejor manera que buscamos para facilitarnos esa mutua relación en la vida de cada individuo.

Todo está en función de la persona. Queremos salvaguardar su dignidad. Buscamos la manera de que a nadie se le dañe en su vida. Cuidamos el respeto que mutuamente todos hemos de tenernos. Eso que hemos consensuado y que llamamos leyes o preceptos siempre busca por encima de todo el bien del individuo pero también de esa comunidad que conformamos. Por encima de todo y como centro siempre está la persona, la norma no puede estar por encima de la persona porque perdería humanidad; desde ese sentido de humanidad que expresamos con nuestro amor damos vida y calor, daremos sentido a esa ley. 

No somos unos seres autómatas que mecánicamente actúan desde unos protocolos, sino que es nuestro ser, nuestra humanidad, nuestro amor el que tiene que darle sentido a todo. No amamos porque nos lo mande la ley, sino desde lo que nace de nuestro corazón que será lo que le de calor y color a esa norma de la ley.

Es el mensaje revolucionario, podíamos decir, que Jesús viene a darnos porque lo que Jesús quiere es la grandeza del ser humano. Y esto resultaba chocante en aquel pueblo en que de alguna manera parecía que lo que prevalecía era la norma y la ley. Todo estaba regulado y de allí nadie podía salirse ni desprenderse, porque las normas se multiplicaban hasta lo inimaginable. Y todo quería escudarse en que así era la ley del Señor, parecía que se olvidaba que Dios quiso siempre la libertad del hombre y que en verdad se engrandeciera desde el amor.

¿Qué significó realmente la liberación de Egipto y el cruzar el desierto en búsqueda de una tierra de libertad, sino la grandeza del ser humano, la grandeza de aquellos hombres y mujeres que formaban aquel pueblo? Sin embargo parecía que de nuevo estaban atados por unas cadenas que parecían más fuertes que la esclavitud que vivieron en Egipto. Todo estaba milimétricamente tasado y sancionado y de allí parecía que se podía salir a respirar una nueva libertad.

Son las quejas y cuitas con las que vienen a Jesús alegando que sus discípulos no ayunaban ni respetaban la ley de Moisés, simplemente porque al paso de los caminos en sábado cogían unas espigas para calmar de alguna manera el cansancio y ahora del camino. En otro momento dirá Jesús que El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino a darle plenitud; es encontrar el verdadero espíritu de la ley, es encontrarle su verdadero sentido; es llenar de autentica humanidad nuestras relaciones para que sean verdaderamente humanas; es el actuar desde la libertad del espíritu que nos ayuda a engrandecer al hombre, a la persona; es el encontrar la mejor forma para hacer que lo que hacemos, lo que es nuestra vida sea realmente siempre buscando la gloria del Señor; es el no actuar de una forma ciega, autómata y rutinaria, cumpliendo porque hay que cumplir, sino encontrar e verdadero sentido de lo que hacemos que revertirá siempre en el bien de la persona.

Es el camino de grandeza y dignidad que Jesús abre ante nosotros, que nos hará verdaderamente humanos, que en ello nos hará buscar siempre la gloria del Señor.

sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

‘Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

martes, 12 de agosto de 2025

Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

 


Con mucha atención tendríamos que leer este pasaje en que Jesús nos pone a un niño en medio y nos dice que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños

Deuteronomio 31,1-8; Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Todos, quieras que no, vamos buscando nuestro lugar en la vida, para eso nos esforzamos, nos preparamos, trabajamos para ir logrando ese lugar, ese puesto, ese prestigio; podemos luego darnos importancia, o sentirnos interiormente satisfechos de nuestros logros. No está mal, claro que tendríamos que ver nuestras mañas, nuestras aspiraciones, los empujones quizás que hemos dado para quitar delante de nosotros el que nos estorba, el que nos impide llegar a aquel lugar con el que soñamos; tendríamos, es cierto, que ver por qué lo buscamos o qué pretendemos.

Pero no queremos ser como ‘esos’, y pensamos a los que vemos a nuestro alrededor que nada importan ni significan, que según nosotros simplemente van arrastrándose por la vida sin conseguir nada, sin salir de sus pobrezas o nulidades como a nosotros quizás nos gusta pensar. Y nos hacemos comparaciones y no queremos ‘vernos en su pellejo’, porque nos parece que para nada valen, para nada sirven y no van a llegar a ninguna parte.

Ya nos estamos dando cuenta que en esas nuestras apetencias no todo era tan bonito cuando decíamos que queríamos buscar nuestro lugar en la vida. Cuántas comparaciones hacemos, cuantas descalificaciones, a cuantos arrimamos a un lado porque son tan pequeños, son tan insignificantes en la vida, que nada decimos alcanzarán. ¿Para nosotros los primeros puestos, los lugares de importancia?

Jesús viene a romper nuestros esquemas. De entrada ha tomado un niño y lo ha puesto en medio. ¿Qué hace un niño en una reunión de personas mayores? ¿Qué puede pintar allí? ¿Quizás para que nos haga los mandados? Pero Jesús viene a decirnos otra cosa. ‘¿Quién será el más importante en el Reino de los cielos?’ Una pregunta que parece que no dice nada. ¿A qué viene esa pregunta? Pero es lo que tantas veces han discutido y volverán a discutir entre el grupo de los discípulos más cercanos a Jesús. Y Jesús lo quiere dejar muy claro. ‘Os digo que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los Cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí’.

Por eso ha puesto un niño allí en medio, en el centro. Hacernos como niños, pequeños como este niño; no eran tenidos en cuenta para nada los niños. Se le consideraba algo insignificante. Se acogía a los amigos, se acogía a las personas de bien, se acogía a las personas importantes, se acogía a los poderosos, pero ahora nos dice Jesús que hay que acoger un niño. Sus ángeles están viendo el rostro de Dios, nos dice.

Si el pastor que pierde una oveja en el campo se vuelve loco buscándola hasta que la encuentre, ahora nos dice Jesús que a ese pequeño e insignificante hay que acogerlo, hay que tenerlo en cuenta. Pero es que nos dice más, es que nosotros tenemos que hacernos así pequeños, como los inocentes niños, y entonces entenderemos la verdadera grandeza que hemos de buscar.

Pero nosotros seguimos con nuestras peleas y con nuestras ambiciones, seguimos buscando puestos y queriendo ascender en esa escalera que nos llevaría a los puestos de privilegio. ¿Dónde está nuestro espíritu de servicio? ¿No estaremos viendo esos codazos muchas veces también en nuestra iglesia? Las hermandades que quieren aparecer con toda pomposidad y gran número de afiliados; los puestos especiales en nuestras celebraciones porque nosotros vamos con nuestro bastón de mando o con nuestras medallas y nuestras túnicas y hábitos, los ropajes de colores que buscamos vestir para diferencias las diversas categorías o las carreras que hemos hecho.

¿Nuestra iglesia no tendría que leer con más atención este pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece?

domingo, 1 de junio de 2025

Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

 


Elevados con Cristo en su Ascensión descubrimos la grandeza de gloria de la que nos hace partícipes y de lo que tenemos que ser testigos en medio del mundo

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Lucas 24, 46-53

No tengo palabras para expresarme. No siempre todo lo que nos sucede podemos explicarlo con palabras; cosas que nos sorprenden, cosas ante las que nos quedamos como petrificados por la emoción que estamos sintiendo pero que no sabemos explicar, cosas que podemos sentir en nuestro interior y que se convierten en experiencia impactante de la vida y que no sabemos cómo trasmitir. Balbuceamos algunas explicaciones, y si no llegan a ser explicación al menos tratamos de decir, de contar, de transmitir de alguna manera lo que nos sucede por dentro. Experiencias quizás cotidianas pero que se convierten en experiencias extraordinarias para nosotros, tras lo cual quizás encontremos un sentido, un valor para nuestro existir, para lo que hacemos y para lo que vivimos. La vida no son solo cosas que se suceden, que se repiten, o que nos aparecen como novedad sino que son oportunidades para ver más allá, para tener otros horizontes, para saborear que es el amor que es el único que pueda dar sabor a la misma vida y cuanto nos sucede.

¿Dónde acudir para encontrar la sabiduría que nos haga entender todas esas cosas y que nos dé la capacidad para transmitirlas? Estamos metiéndonos en el misterio de la vida, estamos introduciéndonos en aquello que nos puede dar sentido a nuestro existir, estamos entrando en otra órbita que nos lleva más allá de lo que solo podemos palpar con las manos porque nos hace entrar en una sensibilidad especial, que es encontrar el sentido de Dios en nuestra vida.

¿Tendrá que ser nuestra oración lo que hoy nos dice el Apóstol san Pablo? ‘El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros…’

Espíritu de sabiduría y revelación… ilumine los ojos de nuestro corazón… para que nos podamos llenar de esperanza, para que descubramos la riqueza de gloria que se nos ofrece, la extraordinaria grandeza de nuestra vida. Lo que hoy estamos celebrando es el misterio de Dios que nos engrandece. Estamos contemplando a Jesús y a Jesús en su gloria; permanecen en nuestros ojos y quizás hasta turbando nuestro espíritu las señales de la pasión y de la muerte, pero es el que tiene toda la gloria de Dios. Resucitado de entre los muertos lo venimos celebrando a lo largo de toda la pascua, pero glorificado a la derecha de Dios. Son imágenes, porque tenemos que emplear palabras para poder expresarnos, pero es la realidad de Jesús, es la gloria del Hijo de Dios.

Pero contemplar así la gloria de Dios que se nos manifiesta en Jesús es contemplar la gloria y la misión a la que estamos llamados. Es que contemplar así la gloria de Dios es contemplar todo el amor que Dios nos regala – riqueza de gloria, decíamos con san Pablo, extraordinaria grandeza – de manera que a nosotros también nos está llamando hijos, hijos amados de Dios. Es el regalo que recibimos y porque creemos en Él con Él somos transformados, de Él nos llenamos de vida nueva para hacernos hijos de Dios. Por Jesús nosotros también escuchamos aquella voz que se escuchó desde el cielo en el Tabor, ‘tú eres mi hijo amado’, también somos los predilectos de Dios que en nosotros quiere habitar. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’, que nos decía Jesús.

Con la Ascensión de Jesús nos sentimos también levantados porque nos sentimos llenos de esa gloria de Dios que tenemos que proclamar, que tenemos que transmitir. Todo eso que estamos viviendo, toda esa gloria de Dios que estamos sintiendo en nosotros tenemos que saber anunciar también a los demás. Es la misión que hoy en su Ascensión nos confía. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, nos dice Jesús, que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.

‘En su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén’. Es la misión que nosotros recibimos, es la misión que se nos confía. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué palabras emplear? ¿Cómo transmitir eso que es nuestra gloria y que llevamos en lo más hondo de nosotros mismos? Jesús nos ha prometido la fuerza de su espíritu y con la fuerza de su espíritu seremos testigos.

El testigo no es solo el que habla con palabras, el testigo dice con su vida. ¿Seremos en verdad testigos del perdón y de la misericordia, de la paz y del amor por el testimonio que damos con nuestra vida? Que el Señor nos conceda ese espíritu de sabiduría, iluminando nuestra vida, fortaleciendo nuestra esperanza para poder compartir toda esa riqueza de gloria que en nuestra fe encontramos. 


viernes, 3 de enero de 2025

Juan Bautista supo ocupar su lugar y su misión, dar testimonio y preparar el camino, su humildad nos manifiesta la grandeza de su espíritu

 


Juan Bautista supo ocupar su lugar y su misión, dar testimonio y preparar el camino, su humildad nos manifiesta la grandeza de su espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Salmo 97; Juan 1, 29-34

No siempre es fácil ocupar cada uno su lugar, sobre todo cuando tenemos que dar paso a quien sabemos que es superior a nosotros; no porque hayamos llegado en primer lugar, no porque nosotros tengamos cosas importantes que hacer, misiones importantes que nos han encomendado tenemos que sentirnos superiores cuando precisamente nuestra misión ha consistido en facilitar, por decirlo así, el acceso al otro a ocupar el lugar que le corresponde.

Ya sabemos cómo fácilmente se crean conflictos de intereses entre unos y otros cuando nos falta la humildad suficiente para reconocer nuestro sitio y nuestra función; por esa falta de humildad, que a la larga es falta de grandeza en nuestra vida, no somos capaces tantas veces de reconocer el valor de los otros. En muchas situaciones así nos encontramos muchas veces en la vida que nos lleva a sufrimientos innecesarios. Saber dar paso al otro manifiesta también la grandeza de nuestro espíritu, aunque nos parezca que nuestro lugar es inferior.

Eso lo tenía muy claro Juan Bautista. En otro momento llegaría a decir que lo importante era que ‘El crezca y que yo mengüe’ en su referencia a Jesús. Ahora nos dirá claramente que él ha venido para dar testimonio, su misión solamente era preparar el camino, recordando así lo anunciado por los profetas. El era solo la voz que sonaba en el desierto, pero era la Palabra la que había de resonar de verdad. ‘Yo no lo conocía, nos dirá, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’. Y era la misión que estaba realizando.

Así lo había manifestado a aquella embajada que había llegado de Jerusalén, preguntándole por qué bautizaba, qué hacía realmente allí en la orilla del Jordán, y claramente había dicho que no era el Mesías, pero que en medio de ellos estaba aunque no lo conocieran.

Hoy vemos un testimonio directo y claro al paso de Jesús, a quien señala a sus discípulos que es ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Y lo hace valientemente y con decisión, aunque sus discípulos se marchen detrás de Jesús. Era su misión, señalar el camino.

‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Y da testimonio claramente. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Es la humildad y la grandeza de quien sabe dar paso a quien tiene que ir por delante. ‘Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo’, nos dirá. Por algo Jesús dirá de él que no ha nacido de mujer nadie mayor que él; su humildad está manifestando su grandeza. Su misión señalar el camino y es lo que realiza. Con qué gozo en el corazón tenemos que escucharlo, recibir su testimonio. Por algo la Iglesia desde siempre ha considerado la grandeza de la misión del Bautista.

Creo que son buenas lecciones para nuestra vida, como ya considerábamos al principio de esta reflexión. Aprendamos a saber ocupar nuestro lugar; y ocupar nuestro lugar no es ocultarnos o desaparecer, sino estar ahí en el momento oportuno, ahí con la palabra adecuada, ahí con el testimonio claro pero también con humildad; es saber reconocer lo nuestro en su cruda y grande al mismo tiempo realidad, pero para aprender a aceptar, comprender y valorar a los demás, lo que hacen, lo que es su función en la vida, su responsabilidad. Aunque nos cueste, aunque nos sintamos tentados, como tantas veces sucede, a las zancadillas; no seremos mayores cuando ocupemos un lugar o una función después de una zancadilla, sino cuando tengamos la grandeza de reconocer el valor del otro para que ocupe el lugar que le corresponde.

Qué triste lo que contemplamos tantas veces en nuestro mundo, ese testimonio negativo que tantas veces nos ofrecen incluso nuestros dirigentes en todos los ámbitos; una cosa que tenemos que saber cuidar también en nuestras comunidades, porque a ello también nos sentimos tentados y demasiadas veces aparece la envidia y los celos cuando vemos a otro avanzar en la vida, en responsabilidades o en funciones que quizás nosotros apetezcamos también ocupar.

Sepamos, pues, descubrir nuestro lugar sintiéndonos orgullos de él, aunque nos parezca un lugar pequeño o parezca que pasa desapercibido, pero por algo y para algo está ese engranaje que nosotros podamos ser y con ellos podremos contribuir a cosas grandes, nos hace falta esa humildad de corazón que será lo que verdaderamente nos dará grandeza.

martes, 29 de octubre de 2024

Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

 


Planta de mostaza que nos acoge bajo sus ramas y levadura que se diluye en la masa del mundo para fermentarlo para algo nuevo que es el Reino de Dios

Efesios 5, 21-33; Salmo 127; Lucas 13, 18-21

Cuando soñamos con un proyecto en nuestra imaginación, pero también fruto de nuestros deseos, aspiramos a realizar algo grande e importante; ya nos estamos viendo en medio de la grandiosidad de lo que hemos soñado y cuando pensamos que lo tenemos realizado llenos de orgullo por aquello que hemos logrado y que pudiera ser quizás beneficio para tantos. Pero quizás nos olvidamos de una cosa, de los pasos que hemos de dar para lograrlo, de cómo tienen que ser sus comienzos y nos olvidamos de aquellos primeros granos de arena de aquellos primeros trazos que hicimos y que fue el cimiento de lo conseguido al final. Tenemos que aprender a valorar esas pequeñas cosas que nos podrían parecer insignificantes, pero que nos hicieron soñar cuando humildemente pusimos aquellos sencillos cimientos.

Creo que es pensamiento que nos puede ayudar mucho en la vida, empezando por ser humildes y valorar esas pequeñas cosas que vamos realizando en la vida, o que vemos realizar a los demás. No lo podemos realizar sin esos pequeños granos de arena, que tan insignificantes son que se los puede llevar el viento.

Hoy Jesús se pregunta en su diálogo con la gente con que puede comparar el Reino de Dios que está anunciando y queriendo construir, con qué puede ser semejante. Había salido Jesús por aquellos caminos y aldeas de Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios; en las gentes se despertaba la esperanza, porque además en la idea que tenían del Mesías ese Reino parecía que tenía que ser algo muy material, porque sería reconstruir la soberanía de Israel frente al dominio que estaban sufriendo de pueblos extranjeros, en este caso de Roma. Quizás la gente que en principio parecía tan entusiasmada con el anuncio de Jesús podía desinflarse, porque no veían cumplir sus esperanzas como ellos soñaban. Lo mismo le podía suceder a aquel grupo de discípulos más cercanos que siempre estaban con Jesús y a los que nos faltaban también sus ambiciones, a pesar de todo lo que Jesús les iba enseñando.

Y ahora nos dice que la semejanza está en ese pequeño arbusto que podría pasar desapercibido incluso entre árboles más grandes a su alrededor, la mostaza en la insignificancia de su semilla, y en la humildad de su planta. Pero Jesús les dice que será algo grande, porque los pájaros del cielo vendrán a anidarse en ella. Entre los sueños de grandeza que se habían ido elaborando en sus cabezas, parece que aquella imagen no terminaba de convencerles.

Pero habla también Jesús de la levadura. Un polvillo que podría deslizarse entre los dedos y hasta perderse llevado por el viento. Pero Jesús les habla de lo importante de la levadura; sin ella no puede fermentar la masa, es así cómo podrán elaborar el pan que los alimente, haciéndolo fermentar y crecer para darnos unas hermosas y jugosas hogazas de pan para el alimento de cada día. Pero qué hace la levadura, tiene que mezclarse bien entre la masa, hasta de alguna manera desaparecer o confundirse con la masa; pero tendrá su efectividad.

Y nos está diciendo Jesús cómo tenemos que ser esa planta, que aunque nos parece pequeña tiene que ser acogedora, o ser como esa levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Algo que nos parece humilde, pequeño, incluso insignificante, pero que no es nada insignificante porque nos va a producir unos grandes efectos.

Y es aquí cuando en nuestra reflexión tenemos que preguntarnos, por ejemplo, en qué medida estamos nosotros siendo esa levadura en medio de nuestro mundo. Es el paso importante que tenemos que dar en lo que es nuestra vida cristiana; no somos cristianos para nosotros mismos, como la levadura no es para sí misma. Tenemos que ser cristianos para los demás, tenemos que ser cristianos en medio de los demás, tenemos que ser cristianos que seamos en verdad levadura en medio del mundo.

¿Lo estaremos siendo? ¿Se nota la presencia de los cristianos en medio de la sociedad influyendo desde nuestros valores, desde nuestros principios, o acaso nos hemos diluido tanto que más bien hemos sido absorbidos por la masa de ese mundo? No quiero ser pesimista ni derrotista, pero algunas veces tendríamos que pensar si en nuestra sociedad somos tantos los cristianos ¿cómo es que no influimos en los valores de esa sociedad que por otra parte vemos como se van perdiendo principios y valores cristianos, cada vez es una sociedad más descristianizada, se ha ido perdiendo el sentido de Dios y de lo religioso?

Tenemos que despertar los cristianos. Y no es que tengamos que hacer ostentosas representaciones del hecho religioso, no es que tengamos que presentar a los ojos del mundo unas liturgias muy solemnes y esplendorosas, no es que tengamos que cargar a nuestras imágenes religiosas de tanta ostentación y rodearlas de tantos oropeles, sino que cada uno de los cristianos tiene que ser un testigo en medio del mundo de esos valores que nos enseña Jesús en el Evangelio, de lo que de verdad es el Reino de Dios.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Pensemos en lo que soñamos de cómo nos gustaría la presencia de la Iglesia en medio del mundo, muchas veces más pensando en prestigios y vanidades humanas, y si está en consonancia con lo que Jesús nos enseña en el evangelio.

lunes, 30 de septiembre de 2024

La acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en el Reino de Dios que Jesús nos anuncia

 


La acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en el Reino de Dios que Jesús nos anuncia

Job 1, 6-22; Salmo 16; Lucas 9, 46-50

En la tarde del domingo salí a dar una vuelta, como suele decirse para despejar la cabeza, y me encontré por las carreteras de la isla grupos de muchachos de color que iban o venían del campamento donde los tienen acogidos por ser menores, por cierto bastante lejanos de las poblaciones con el correspondiente aislamiento; me hizo pensar en muchas cosas porque detrás de esos muchachos yo quise ver unas familias con sus dramas de pobreza que fuertes tienen que ser para arriesgarse a meterse en una patera en el mar buscando una tierra donde encontrar algo mejor para sus vidas (noticias bastante dramáticas hemos escuchado esta misma semana); pero pensé en nosotros y en nuestras vidas, es cierto que también con nuestros problemas, pero que bien diferentes también en gravedad de los que hay detrás de esos menores; y me vino a la mente la reacción tan variada que tenemos ante esa situación, que sabemos que nos desborda, pero que ahí está.

¿Cómo los miramos? ¿Somos capaces de subirlos a nuestro coche para transportarlos a algún lugar? Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, y es muy habitual encontrarlos, ¿cuál es nuestra reacción? Y ya sabemos los que fomentan noticias interesadas en referencia a estos muchachos buscando crear alarmas en la población buscando reacciones bien interesadas.

Me ha venido todo este pensamiento sintiéndome interpelado por el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. El evangelista nos habla de cómo los discípulos iban discutiendo entre ellos sobre quien era el mayor o el más importante entre aquel pequeño grupo de los que seguían de cerca de Jesús.  

Como tantas veces sucede en nuestros grupos humanos aparecen por un lado las desconfianzas y hasta los resentimientos por cualquier gesto o palabra, pero también aparecen los orgullos que llevamos en nuestro interior que nos hace buscar lugar donde podamos influir o mandar, manifestar nuestro poder o hacer patentes esos deseos de grandeza que tan fácilmente afloran en nuestros corazones.

Nadie se quiere quedar atrás, nadie quiere que otro pueda interponerse por medio y mermar la influencia que yo pudiera ejercer, y manipulamos para poner las cosas a nuestro favor o creamos grupos de presión, buscamos mermar la influencia que otros pudieran tener para nosotros ocupar el primer lugar y desprestigiamos a quien sea para que en los otros no se tenga confianza, hacemos nuestras interpretaciones de los hechos o de las palabras de los demás porque quizás las envidia corroe nuestros corazones, y así tantas cosas que la lista se haría interminable.


Y Jesús, con pocas palabras, pero con gestos enriquecedores que son verdaderas parábolas para nosotros respondió a aquella situación. ¿Qué hace Jesús? Toma a un pequeño, a un niño, y lo pone allí en medio de todos, en el centro de todos. ‘El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante’, son sus escuetas palabras. No hace falta más.

Acoger a un niño, acoger a un pequeño. Mientras no llegaran a una mayoría de edad – que por cierto era mucho menos que lo que hoy consideramos en nuestros ordenamientos jurídicos mayoría de edad – los niños eran poco considerados y de alguna manera no eran sujetos de derechos. Era sí una persona, pero que no era considerada para nada, no era escuchada ni tenida en cuenta. Y Jesús dice acoger a un niño, tenerlo en cuenta, ponerlo en consideración, ponerlo también en el centro; Jesús viene a decirnos que es algo importante, porque es como acogerlo a El. Y para redondear la importancia, nos dice que acogerlo a El era acoger al que lo ha enviado, y El se siente enviado por el Padre Dios, como tantas veces nos dirá.

Con la imagen del evangelio, por supuesto, que pensamos en el niño al que aun hoy se le tiene en toda la debida consideración, siempre será un menor. Pero en esa imagen del niño, del pequeño que nos presenta Jesús nosotros podemos ver a muchos. Muchos son los poco considerados de la sociedad; cuánta discriminación sigue existiendo a pesar de que hablemos tanto de tolerancia, y de respeto a las personas, y de que todos somos iguales, y buscamos derechos para este o para aquel otro grupo que me interesa y hasta nos hacemos una legislación.

Pero pensemos si en el día a día con todos los que nos vamos encontrando en el camino nosotros tenemos la misma consideración; a cuantos excluimos de la sociedad porque son… y ponemos tantas condiciones para que los consideremos dignos. Y en ese niño o ese pequeño, del que hoy nos habla el evangelio, yo quiero ver también a ese inmigrante que de forma legal o de forma ilegal llega a nuestras tierras, quiere incorporarse a nuestra sociedad, porque a no todo el que nos llega de otra tierra lo acogemos de la misma manera; ¿tratamos igual al turista en sus vacaciones que al que llega a nosotros y no sabemos de donde viene o no puede pagarse un techo para cobijarse?

Jesús nos habla hoy de acogida. Cuánto tendríamos que decir en este aspecto y no solo es ya en estos casos graves que hemos ido mencionando, sino en el día a día con nuestros convecinos, con nuestros compañeros de trabajo, incluso hasta con los mismos familiares que pueden estar pasando por situaciones diferentes y difíciles en la vida y también les ponemos nuestras pegas.

Jesús ha venido a instaurar el Reino de Dios; esa acogida a los demás entra dentro de esos valores fundamentales que hemos de vivir cuando nos sentimos en ese Reino de Dios.