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domingo, 7 de septiembre de 2025

Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

 



Sepamos encontrar lo que realmente es fundamental y se convierte en riqueza y sabiduría de nuestra vida y nos llena de grandeza y dignidad

Sabiduría 9, 13-19; Salmo 89; Filemón 9b-10. 12-17; Lucas 14, 25-33

Vivir no es ni simplemente dejar pasar las horas y los días, ni solamente ocupar nuestro tiempo haciendo cosas y cosas; algo más hondo tiene que darle intensidad a nuestra vida, unas metas hemos de tener para que aquello que hacemos tenga un sentido y un verdadero valor, sopesamos así lo que somos y lo que valemos, descubrimos nuestras posibilidades y llenamos nuestro caminar de unos valores, le damos riqueza a nuestra vida, y crecemos desde lo más hondo, le damos un contenido de humanidad a lo que hacemos y lo que vivimos y de ninguna manera nos encerramos en nosotros mismos, porque vivimos entre los demás, con los demás y de alguna manera también para los demás, porque de lo contrario todo se convertiría en egoísmo; será el amor el que le dé verdadera hondura a nuestra vida y lo que hará rica nuestra existencia. Pero para llegar a todo eso tenemos que hacer nuestros planteamientos, descubrir, sí, lo que son nuestras posibilidades, pero también sentir esa fuerza interior y al mismo tiempo superior que nos ayuda y fortalece. Es, por así decirlo, encontrar la sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio tratando de que sus discípulos tengan claro lo que significa seguirle, como diríamos hoy nosotros, lo que significa ser cristiano, precisamente nos quiere ayudar a que descubramos lo que es verdaderamente importante, siendo capaz de dejar a un lado, aunque incluso sea bueno, aquello que nos podría desviar de nuestra verdadera meta. En ese camino nos enseña cómo incluso tengamos que decirnos no a algunas cosas para que en verdad seamos sus verdaderos discípulos.

Queremos, por ejemplo, construir un edificio y tratamos de ver todos los materiales que podríamos utilizar y que están a nuestra mano, al tiempo veremos lo que podemos hacer, lo que es la capacidad que tenemos y los medios de los que nos vamos a valer para poder realizarlo. Pero quizás, aunque sean buenos, no todos los materiales los podremos utilizar, tendremos que descartar algunos porque no nos van a servir para lo que pretendemos construir. Ahí está el trabajo, en cierto modo, previo que tenemos que realizar, analizando, escogiendo lo mejor, descartando lo que quizás no nos seria provechoso, buscando los medios y trazándonos los verdaderos planos para lograr ese bello edificio. Sabio el que sabe elegir lo mejor para tener el mejor edificio.

Jesús nos ha hablado con unas pequeñas parábolas por una parte del hombre que quiere construir una torre, o del reino que en una guerra ha de enfrentarse a vecinos enemigos; en uno y otro caso nos dice Jesús que hay que detenerse tanto antes de comenzar a realizar la torre como antes de emprender la batalla, para saber si en verdad podremos conseguir nuestros fines, no sea que se nos derrumbe el edificio o seamos vencidos irremediablemente en la batalla.

Así en la vida, así en el camino de nuestra vida cristiana. Tenemos que clarificar muy bien el camino que nos señala Jesús, el sentido verdadero del Reino de Dios del que nos habla Jesús, no sean que emprendamos sendas erróneas. ¿Dónde vamos a encontrar ese verdadero camino? Vayamos al Evangelio, escuchemos de verdad la Palabra de Dios, plantémosla en lo hondo de nuestro corazón, rumiémosla muy bien en nuestro interior.

Será lo que en verdad va a dar hondura a nuestra vida, lo que dará profundidad a nuestras decisiones, lo que finalmente nos mantendrá firmes con constancia en el camino emprendido. Podríamos decir que no podemos ir a lo loco, no podemos solamente dejarnos llevar por fervores momentáneos, que pronto se pueden apagar; una llamarada muy grande y aparatosa en principio, pronto se quedará en un rescoldo que a lo más mínimo se va apagar y todo se volverá humo. Muchas veces nos encontramos así, o lo contemplamos en tantos a nuestro lado. Les faltó o nos faltó esa verdadera profundidad, esas hondas raíces bien enraizadas en el corazón de Cristo, en el evangelio. Es la sabiduría que nos da el evangelio.

Pueden resultarnos desconcertantes las palabras del evangelio en aquello que nos dice Jesús a lo que hemos de renunciar. No nos dice Jesús que no tengamos que amar a nuestros padres o a nuestros hijos, al hermano o al esposo o la esposa; podría parecer contradictorio con otros pasajes del evangelio en que Jesús nos propone como mandamiento principal precisamente el amor. Lo que nos quiere decir que nada puede ensombrecer el amor que le tengamos a Dios, más aun tenemos que hacer que ese amor de Dios sea la fuente de nuestro amor para el amor que tengamos a cuantos nos rodean. Es encontrar lo que verdaderamente es fundamental y que se va a convertir en fuente de cuanto hagamos o digamos.

En ese sentido va también lo que nos dice del desprendimiento con que hemos de vivir en nuestra relación con lo material. El verdadero tesoro de nuestra vida no está en esos bienes materiales que tengamos; son cosas que necesitamos, es cierto, en nuestras mutuas relaciones o para la adquisición de lo que necesitamos para una vida digna; pero cuando convertimos lo material en lo fundamental de nuestra vida estamos trastocando el sentido de todo, por eso tenemos que liberarnos de esos apegos, no convertirlos en el tesoro de nuestro corazón. Cuando vivimos con esos apegos nos esclavizamos, nos hacemos dependientes de esas cosas, oscurecen nuestra visión porque lo convertimos en un filtro en nuestros ojos que no nos deja ver con claridad.

Y las palabras de Jesús son tajantes, porque quien vive de esa manera, nos dice, ‘no es digno de mí’. Son materiales que nos pueden echar a perder el edificio y no nos valen como piedras fundamentales para la construcción de nuestra vida. Tenemos que saber encontrar esa verdadera sabiduría que enriquezca nuestra vida llenándola de humanidad.

viernes, 25 de agosto de 2023

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón


 

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón 

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40 

¿Qué es lo importante? ¿Qué es lo principal? Son preguntas que con frecuencia nos hacemos en la vida. Queremos resumir un mensaje o una lección que se nos ha ofrecido o que quizás tenemos que transmitir y terminamos resaltando aquello que es lo más importante de dicho mensaje. Vemos unos acontecimientos en nuestro entorno que nos pueden afectar o donde quizás podemos intervenir y naturalmente buscamos aquel que más nos interesa, aquel que consideramos más importante. Tenemos ante nosotros una lista, digámoslo así, de posibilidades en nuestros estudios o en nuestro trabajo y también buscaremos lo que es más fundamental para dedicarnos a ello con mayor ahínco. 

Ahora vienen a plantearle a Jesús también qué es lo más importante. Claro que en la pregunta se ocultan ciertas reticencias y desconfianzas y de alguna manera también están buscando algo en lo que diga Jesús con lo que poder desprestigiarlo, porque realmente la presencia y la enseñanza de Jesús les está molestando. Los saduceos que con sus preguntas capciosas trataban de enrollar de mala manera a Jesús se vieron descubiertos ante la sabiduría de Jesús. Ahora son los fariseos los que vienen a Jesús con una pregunta que parece inocente, pero vienen también con sus aviesas intenciones. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?’ 

En cierto modo para aquel pueblo confundido era necesario quizás hacerse esta misma pregunta, aunque estaba muy claro en la Escritura santa de la Ley y los Profetas. De muchos mandamientos habían ido envolviéndose en sus interpretaciones y en sus exigencias, de manera que la gente sencilla al final les costaba comprender cual era de verdad el meollo de la ley del Señor. Pero la pregunta no pretendía, por otra parte, poner claridad en medio de aquella confusión de tantos preceptos, sino que también venía con la intención de coger a Jesús en sus palabras y tener de qué acusarlo. 

Pero la sabiduría de Dios supera todas esas mezquinas intenciones con que andamos tantas veces los hombres. Y Jesús claramente repetirá lo que estaba en la Escritura Santa, y que además todo buen judío debía incluso saberse de memoria porque era algo que repetían continuamente a la entrada o a la salida de casa, al ponerse en camino cada día o al iniciar cada tarea casi como una oración y como una profesión de fe. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús no se queda ahí, lo que podría ser el primer mandamiento, sino que añadirá, ‘este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él, amará a tu prójimo como a ti mismo’. 

Es sí, una confesión de fe, nos viene a decir Jesús.  Es el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Qué importante esto cuando Jesús tanto nos ha hablado del Reino de Dios. El Reino de Dios no son cosas, el Reino de Dios no son solo unas actitudes más o menos buenos que podamos tener hacia los demás, el Reino de Dios no son unos comportamientos humanos que nosotros tengamos con los otros. El Reino de Dios tiene que comenzar por ese reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. No es nuestro reino, no somos nosotros con las cosas más o menos buenas que podamos realizar. Es reconocer el Reinado de Dios, que es nuestro único Señor; luego vendrán las consecuencias de cómo vamos nosotros a manifestar ese Reino de Dios. Pero el centro de todo lo ponemos en Dios, a quien tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente, con toda nuestra vida. 

Pero claro que nos dirá luego que el segundo es semejante, que al segundo también hemos de darle toda la importancia porque es tan equivalente que no podemos cumplir uno sin el otro. Ni podremos amar a Dios con todo nuestro amor si no amamos al prójimo, ni podremos amar al prójimo con toda la intensidad que le hemos de dar a ese amor si no amamos a Dios. Por eso nos dirá Jesús que es semejante. 

Y nos vendrá a concluir Jesús que ahí está resumido todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. ¿Cuál es lo primero y lo principal en lo que hemos de centrar nuestra vida cristiana, nuestra vida de seguimiento de Jesús? ¿Será eso lo primero y principal para nuestra vida como cristianos? Aquí tendríamos muchas cosas que revisar, empezando porque veces nos preguntamos cómo es el amor que le tenemos a Dios. Creemos y amamos, vamos a decir que es cierto, pero ¿cuál es la intensidad que ponemos en ese amor? Comparemos un poco con otros amores que tenemos en la vida y que consideramos importantes. 

 


lunes, 27 de junio de 2022

Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todos los innecesarios apegos del corazón y sabremos lo que es la verdadera felicidad

 


Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todos los innecesarios apegos del corazón y sabremos lo que es la verdadera felicidad

Amós 2,6-10.13-16; Sal. 49; Mateo 8, 18-22

Siempre andamos buscando seguridades, garantías; no nos gusta arriesgarnos; si tenemos que hacerlo que haya algunas garantías de que las cosas no me van a salir mal, que no voy a salir perjudicado; todo muy seguro, todo atado y bien atado. Será lo que intentamos en nuestros juegos, pero también en las cosas más serias como nuestros negocios; pero cuando la vida va con cierta normalidad y tenemos garantizadas nuestras seguridades, si algo nuevo se nos ofrece, tenemos que saber bien lo que vamos a hacer y las garantías que nos puedan dar.

Y andamos haciéndonos nuestras reservas y nuestras previsiones, previsión de futuro decimos en tantas cosas; y no es simplemente la previsión de la seguridad social o el futuro de unas pensiones sino que en aquello bueno que hacemos o intentamos hacer también queremos esas garantías. ¿Será la búsqueda de una recompensa por lo que hacemos? pero es que hasta en la hora de la generosidad siempre estamos pensando hasta dónde podemos llegar, porque no nos vamos a quedar sin nada. Qué complicado es todo esto.

Se nos complica, por decirlo así, cuando viene Jesús y nos invita a seguirle, o nosotros en un momento de fervor decimos que queremos seguirle, y nos dice que no tendremos donde reclinar la cabeza. Y se nos pone de modelo El. ‘Las raposas tienen sus madrigueras, y los pájaros tienen sus nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. ¿Es que eso es lo que vamos a obtener si respondemos a su llamada y optamos por seguirle?

Y a otro que anda preocupado de cómo andan las cosas por su casa o por su familia, que si tiene que ir a enterrar a su padre que ha muerto, le dice tajantemente que los muertos se encarguen de los muertos. ¿Podría parecer inhumano? Ya algunos dirán que dura es su doctrina; algunos cuando Jesús les pide que sean capaces de vender lo que tienen para repartir su dinero entre los pobres, dan la media vuelta y se marchan, a pesar de que hasta entonces habían manifestado una grandeza de corazón intentando ser fieles y cumplidores, pero a eso no están dispuestos, como le sucedió a aquel joven rico.

¿Es así de radical el Reino de Dios? ¿Es así de radical el seguimiento de Jesús? Nos asusta. Pero Jesús a nosotros también nos dice: ‘Tú, sígueme’. Optar por el Reino de Dios no es cualquier cosa. Mucha tiene que ser la transformación que se haga de la vida para hacer que en verdad sea Dios el centro de nuestra vida. ¿No decimos que es nuestro rey? ¿No decimos que es el Señor? Nos dirá que no podemos servir a dos señores.

Es poner las cosas en su sitio. Es buscar en verdad lo que es lo primero y lo importante y convertirlo en nuestro centro. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento. No es abandonar así porque sí, es buscar lo primordial. Porque no quiere que andemos con amarguras, nos quiere felices, pero cuando vivimos con ataduras no podremos ser felices porque nuestro corazón estará apegado a aquellas cosas de manera que si le faltan parecería que le habían arrancado un trozo del corazón.

Es lo que pasa cuando nos estamos haciendo reservas, parecería que esas reservas son lo importante. ¿Dónde está la disponibilidad y la generosidad? Qué libertad de espíritu sentimos en nuestro interior cuando nos despojamos de todo lo innecesario y nos arrancamos esos apegos en el corazón. Sabremos entonces lo que es la verdadera felicidad.

martes, 25 de febrero de 2020

Que no nos suceda que no entendemos ni queremos entender pero tampoco nos atrevemos a preguntar en lo que nos plantea Jesús


Que no nos suceda que no entendemos ni queremos entender pero tampoco nos atrevemos a preguntar en lo que nos plantea Jesús

Santiago 4, 1-10; Sal 54; Marcos 9, 30-37
‘No entienden y les da miedo preguntar’, nos comenta el evangelista sobre las palabras que Jesús está pronunciando y la reacción de los discípulos.
Cosa que nos pasa en ocasiones; algo que ha sucedido, algo que nos cuentan, algo que nos hace nuevos planteamientos que nos impactan, no entendemos. No entendemos de qué va a aquello o por qué han sucedido esas cosas, por qué nos las cuentan a nosotros, o a qué vienen esos planteamientos que de alguna manera trastocan nuestras ideas, lo que nosotros pensábamos que tenia que ser, nuestros planes… pero también nos quedamos callados, no preguntamos, quizá quisiéramos saber pero no nos atrevemos a preguntar, nos dan miedo a donde nos llevarán esos planteamientos, cómo se puede complicar nuestra vida. Cosas que nos vienen de repente, o que ya intuyamos pero no nos lo terminábamos de creer.
Pero es necesario que nos quitemos la venda de los ojos, que afrontemos la realidad del momento o que afrontemos también valientemente el futuro que se puede abrir ante nosotros. Bien porque quizá tenemos que reconocer hechos pasados que de alguna manera afectan a nuestra vida, bien porque en lo que se nos está planteando hay una llamada, o hay un camino nuevo que se puede abrir ante nosotros.
Es lo que puede sentir el que afronta las respuestas a los interrogantes que quizá lleven tiempo en su corazón. Puede ser una vocación, puede ser una responsabilidad a asumir, puede ser un compromiso que nos obligue a cambiar cosas de nuestra vida. Alguien que nos está pidiendo algo, un encargo y responsabilidad que quieren confiarnos. Nos cuesta sincerarnos quizá con nosotros mismos, reconocer nuestros miedos, pero también reconocer las posibilidades que hay en nosotros. Quizá preferimos seguir dándole y dándole vueltas a esos asuntos en nuestro interior, o quizá quedarnos en actitudes cómodas, y huimos de exigencias, de las exigencias que pudieran surgir de las nuevas responsabilidades que tenemos que asumir. Nos pondremos quizás a pensar en esos primeros puestos de importancia, como se ponían a discutir los discípulos por el camino.
Es complejo lo que hoy puede plantearnos el evangelio. Está el anuncio que Jesús hace de todo lo que le va a suceder, pero que ellos, como siempre, se quedarán sin entender, o sin querer entender porque ya tenían sus ideas. ‘El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’, les dice a bocajarro Jesús. Pero es ya algo repetido. Y como siempre no entienden y les da miedo preguntarle.
Mira lo importante y serio que les ha anunciado Jesús, pero mientras van de camina van discutiendo entre ellos sobre quién va a ser el primero y principal en el Reino que Jesús tanto les está anunciando. Y ahora viene la sentencia de Jesús. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Parece un jarro de agua fría. Hacernos los últimos, hacernos los servidores y esclavos de todos. Y quizá de soslayo se están mirando los unos a los otros a ver cómo reacciona cada cual, o pensando quizá como yo voy a ser servidor del otro, si quizá el otro nunca me ha hecho un favor. Es lo que fácilmente pensamos.
Pero Jesús concluye la lección con una hermosa imagen, un niño. ‘Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’. Esto ya lo supera todo. Sobre todo para aquellos rudos hombres de una vida dura de trabajos y sacrificios que no son fáciles a delicadezas. ¿Así que un niño se nos va a convertir ahora en el principal? En la mentalidad de los judíos y de los antiguos el niño valía bien poca cosa. Pero hay que acogerlo como si acogiéramos a Jesús, como si acogiéramos y recibiéramos a Dios en nuestro corazón.
¿Nos sucederá a nosotros también que no entendemos o no queremos entender y tampoco nos atrevemos a preguntar?

martes, 13 de agosto de 2019

Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante



Necesitamos los ojos claros y limpios de un niño para ver lo bello de la vida y siempre llevaríamos la sonrisa de la alegría en nuestro semblante

Deuteronomio 31,1-8; Sal. Dt 32; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14
No hace muchos días en las rede sociales aparecía una foto de un amigo, no ya tan joven, que aparecía jugando como si de un chiquillo se tratara en esos parques de juegos que ahora fácilmente nos encontramos para entretenimientos de pequeños y de grandes; allí estaba disfrutando como un niño tirándose de unas sogas colgantes, realmente no sé el nombre del juego acaso porque ya me voy poniendo mayor. Yo le comentaba que le estaba saliendo al flote el alma de niño que todavía llevaba dentro.
Me vino a la memoria esta breve anécdota al escuchar lo que nos pide hoy Jesús en el evangelio, que nos hagamos como niños. Hay a quien no le gusta que lo traten de manera infantil, pero realmente llevamos un alma de niño dentro de nosotros que sin embargo por la seriedad con que nos tomamos la vida queremos ocultar como si nos pareciera que eso nos iba a empequeñecer. Pero ojalá nos quedara aquella inocencia y aquellos ojos limpios sin malicia, que desgraciadamente la vida se ha encargado de hacer turbios; aquellos ojos de curiosidad que siempre buscan y preguntan porque quieren saber, porque quieren creer, porque quieren crecer; lo malo es que cuando vamos creciendo dejamos crecer también la mala hierba de la malicia en nuestro corazón que ya nos impedirá tener aquella mira clara y limpia del niño para descubrir lo bello de la vida.
Le había preguntado a Jesús quién es el más importante en el reino de los cielos. Siempre los hombres nos estamos preguntando cómo podemos ser importantes, aparecen esos deseos de grandeza y de orgullo con tanta facilidad en nuestros deseos y aspiraciones. Pero Jesús, por así decirlo, les rompe los moldes porque les pone un niño en medio de ellos. En aquella época el niño era poco considerado, mientras no llegara a una cierta mayoría de edad no eran tenidos en cuenta. También nosotros decimos de las cosas de los niños ‘eso son chiquilladas’ y no le damos importancia tantas veces.
Conocemos bien la respuesta de Jesús. ‘Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial’.
Ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de los cielos es de los pobres, y que serán los pequeños y los sencillos los que más están abiertos a Dios, que se revela a los humildes. Hoy nos dice que si no somos como niños no entraremos en el Reino de los cielos. Ya le diría a Nicodemo que había que nacer de nuevo, aunque aquel hombre se preguntara cómo siendo uno mayor puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Hoy nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños. Y esos serán los más grandes.
¿Nos hemos fijado en la sonrisa alegre de un niño no solo en medio de sus juegos sino también cuando se siente a gusto con los que le rodean? Una alegría que nace de ese corazón sin malicia, de ese corazón inquieto que busca, de esa generosidad espontánea que lleva al encuentro con los demás, de esas cosas hechas con inocencia donde no aparecen ni las malas intenciones ni la doblez y el engaño. Son las cosas que tendríamos que aprender a vivir para que sigamos manteniendo esa sonrisa alegre en nuestra cara.
Aprenderíamos así a convivir y a aceptarnos, aprenderíamos a caminar juntos siendo capaces de darnos la mano porque confiamos siempre en el que va a nuestro lado. Haríamos la vida bella siempre porque estaríamos dispuestos a evitar las espinas que pudieran dañar. Seríamos capaces de seguir jugando como niños con la alegría sana que brota de corazones sanos. ¿No serían estas señales de que estamos viviendo en los parámetros del Reino de Dios?

domingo, 4 de noviembre de 2018

No es un amor cualquiera el que Jesús nos pide sino que hemos de entrar en una nueva dimensión divina del amor para no estar lejos del Reino de Dios



No es un amor cualquiera el que Jesús nos pide sino que hemos de entrar en una nueva dimensión divina del amor para no estar lejos del Reino de Dios

Deuteronomio 6, 2-6; Sal. 17; Hebreos 7, 23-28; Marcos 12, 28b-34

Qué hermoso y reconfortante es encontrarnos con un grupo de amigos que se quieren de verdad, que son muy amigos, que se buscan porque desean estar juntos, que comparten cosas, que viven con alegría su amistad y son capaces de hacer cualquier cosa por su amigo. Lo mismo podemos decir que nos gozamos cuando vemos familias unidas, que se quieren y se sienten comprometidos los unos con los otros, padres que se sacrifican por la familia, hijos que contribuyen cada uno desde sus valores al bien común de la familia, que se desviven los unos por los otros y siempre encuentran ocasión de hacer por sus familiares. Es hermoso y nos sentimos crecer por dentro cuando somos de ese grupo de amigos o pertenecemos a ese clan familiar.
Pero podríamos preguntarnos quizás ¿es suficiente con eso? ¿No nos quedaremos cortos, aun con lo bueno que es, cuando solo somos amigos de nuestros amigos y solo por los amigos nos desvivimos así los unos por los otros? Es maravilloso que tengamos familias así como lo que muy escuetamente hemos tratado de describir, pero luego fuera de ese ámbito familiar quizás somos unos lobos los unos contra los otros. ¿Es suficiente esto y podemos pensar que ya con solo hacer esto estamos viviendo el reino de dios que Jesús nos propone?
Cuando alguien le pregunta a Jesús qué es lo principal que tiene que hacer, cuál es el mandamiento primero y principal, resumiéndolo muy rápidamente, podríamos decir que Jesús lo que está pidiendo es amor, que sepamos amar. Repite Jesús, extendiéndose quizá un poco, con aquellas palabras de Deuteronomio – la Shemá por su primera palabra en hebreo ‘escucha’ – que incluso todo buen judío sabia de memoria y hasta repetía muchas veces al día, porque eran palabras que había que tener muy presente y muy gravadas en el corazón.
‘Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria; se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales’. Amor a Dios en una palabra con todas sus fuerzas y sobre todas las cosas.
Vemos que Jesús añade algo más, que ya venía señalado en el libro del Levítico. ‘El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos’. Y Jesús los está poniendo en pie de igualdad porque no hay nada mayor que esto. En una palabra amor.
Alguna podría decirme, pues lo que hablábamos al principio. Ahí está el amor de los amigos que tanto bien hace a los propios amigos y que puede ser un primer principio de ese amor que nos pide el Señor. Y lo mismo podríamos decir del amor familiar; ya estaremos cumpliendo lo que nos dice Jesús. ¿No será suficiente?
Si nos fijamos bien en el sentido de las palabras de Jesús y lo que a lo largo nos va diciendo en el evangelio, podríamos decir que con aquel amor de amistad,  con aquel amor familiar no estamos quedando cortos. No nos pide Jesús solo un amor de amigos. No nos pide Jesús que encerremos nuestro amor en el círculo familia y de ahí a fuera no queremos saber nada porque ya nos amamos en familia. Es algo más que ese amor de amistad en que solo amamos a los amigos es algo más que el amor familiar que se queda encerrado en el círculo de nuestros seres queridos, como los solemos llamar. ¿Y los demás? ¿Se quedarán fuera de esa órbita de amor?
El amor que nos pide Jesús es un amor universal en que nadie pueda quedar excluido, abarcará a amigos y a enemigos, abarcará a los que nos hacen bien pero también a los que pasan indiferentes ante nosotros, o aquellos que nos hayan hecho daño y nos hayan hecho mal, abarcará también al desconocido o aquel que no nos cae simpático, a aquel que es justo y es bueno pero también al que pueda quizá llevar la maldad en su corazón, a aquel que no facilita las cosas y también al que pueda ser un estorbo para nosotros en la vida porque nos haga perder el tiempo o quizá pueda trastocar todos nuestros planes, a aquel que nos quiere y a aquel que nos odia.
Esto es otra altitud, otra forma nueva de mirar y de medir, esto  nos da una nueva amplitud a nuestra vida y nos dará también un nuevo sentido a nuestro amor. Esto será algo que no podemos hacer solo con nuestras fuerzas ni podemos encontrar ningún modelo humano para ese estilo y sentido del amor.
Ya nos dirá Jesús que amemos como El nos ha amado; ya nos dirá Jesús que recemos por aquellos a los que nos cuesta amar, ya nos dirá Jesús que el modelo de ese amor es el amor de Dios que siempre es compasivo y misericordioso con todos.  No caben distinciones, no caben separaciones ni discriminaciones, no nos valen excusas ni disculpas, no nos vale que ese amor lo acomodemos a nuestros amores humanos.
Es que estamos entrando en una dimensión divina del amor. Será entonces cuando comencemos a estar cerca del Reino de Dios. ¿Será así nuestro amor? ¿Estaremos entendiendo bien esa nueva dimensión del amor o todavía estaremos queriendo hacernos rebajas?