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lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

domingo, 23 de noviembre de 2025

No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

 


No es un líder carismático y un dirigente, para nosotros es el Señor, dispuestos a tener parte con El porque nos lavaremos los pies los unos a los otros

2Samuel 5,1-3; Salmo 121; Colosenses 1,12-20;  Lucas 23,35-43

Si nosotros tuviéramos la posibilidad real de elegir – y no es cuestión ya de elecciones que llamamos democráticas que tenemos muy reglamentadas y muy marcadas con muchas connotaciones no siempre tan luminosas – decíamos, de elegir a un dirigente capaz de conducirnos por los mejores caminos no elegiríamos a uno a quien vemos fracasado y poco menos que derrotado en la vida,, sino quien sea capaz de tener un verdadero liderazgo desde su propia rectitud pero manifestado también en un camino recorrido de triunfo y de victorias en cosas conseguidas.

Como respuesta en cierto modo a esto que estamos planteando la primera lectura de este domingo nos habla de cómo los de Israel fueron a buscar a David, rey ya de Judá, para que fuera su rey; es el David que han visto que es un buen estratega y salir victorioso ya en muchas batallas; no es solo un pastor de un rebaño en Belén sino un vencedor en muchas contiendas.

Pero en contraposición a esto que venimos diciendo en el evangelio veremos que aquel ladrón que está también crucificado allí en el Calvario, en postura diferente y contraria a todas las burlas de los que presenciaban la agonía y muerte de Jesús diciéndole que se salve a si mismo, que se baje de la cruz, es precisamente a ese que aparece como un fracasado a quien pide que se acuerde de él cuando llegue a su Reino. Podría parecer algo contradictorio y chocante que ponga la fe en quien a los ojos de todos aparece como un condenado que ha fracasado en lo que proponía como reino de Dios.

‘Mi reino no es de este mundo’, le había respondido Jesús a Pilatos, que no tenía ejércitos que ahora vinieran en su auxilio. Pero Jesús sí había centrado toda su predicación y toda su vida en el anuncio de la llegada del Reino de Dios. No le habían entendido, mientras unos no quitaban de la cabeza la idea de un Mesías guerrero y libertador de Israel, otros no llegaban a entender ese estilo nuevo que Jesús venía ofreciendo para nuestras vidas; no podían entender que el amor tenía que ser el verdadero constructor de un mundo nuevo y no basándonos en otras fuerzas o manifestaciones de poder.

Para muchos escuchando a Jesús, por no entenderlo por tener la mente cerrada con sus ideas preconcebidas, su mundo se les resquebrajaba y se les venía abajo, porque querían construir la vida desde la vanidad o desde un poder que manipula. Es la oposición que va encontrando en aquellos que pensaban que las cosas siempre habían sido así y por qué iban a cambiar, sobre todo cuando su prestigio, su preponderancia, y las apariencias de sus vanidades se venían abajo.

Era algo nuevo lo que Jesús proponía y por eso le decía a sus discípulos que entre ellos no podía ser como entre los poderosos de este mundo; era un camino de sencillez y de humildad, era un camino de mansedumbre y de autenticidad, era un camino de servicio y de desprendimiento de si mismo, era un camino en que todos tendríamos que sentirnos cercanos los unos a los otros porque entre todos había de haber una nueva comunión que tendría que hacer que nos sintiéramos hermanos. Es el camino del Reino de Dios que era comenzar a vivir una vida nueva.

Hoy estamos celebrando ese Reino de Dios y decimos que Jesús es nuestro Rey y Señor. Así comenzaron a verlo con toda claridad sus discípulos a partir de la resurrección. Es cuando comenzaron a comprender muchas cosas que habían visto y escuchado a Jesús en aquellos años de predicación. Ejemplo nos había dado, podemos recorrer todas las páginas del evangelio. Si yo el Maestro y el Señor os he lavado los pies, así tenéis que lavaron los pies los unos a los otros, les diría en la cena pascual después de aquellos momentos de desconcierto que se quitó el manto y se puso a lavarles los pies uno a uno.

‘Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo’, le había dicho al renuente Simón Pedro; y querrá Pedro que le lave no solo los pies, sino las manos y la cabeza y todo. No era una ablución cualquiera, una ablución ritual lo que Jesús estaba realizando. Estaba mostrándonos nuestro camino. A nosotros nos dirá que si no nos lavamos los pies los unos a los otros no tendríamos parte con El. Pero que pronto lo olvidamos.

En la liturgia de este domingo, último del ciclo litúrgico, pues el próximo domingo entraremos en el Adviento, queremos hacer esta proclamación de Jesucristo como Rey. Es el fruto del camino recorrido, es la consecuencia de todo lo que hemos vivimos a lo largo del año litúrgico desde las grandes celebraciones que han centra nuestra vida en este año, pero desde esa celebración de cada semana en el domingo, día del Señor, o lo que hemos vivido cada día.

Ha sido como un camino de ascensión el que hemos recorrido; muchas experiencias intensas en la vida de nuestra fe habremos tenido a través de las celebraciones y de lo que sido el compromiso de nuestra vida cristiana, como quizás también hemos constatado nuestra debilidad, nuestra poca perseverancia y los tropiezos que hayamos podido tener. Pero una cosa hemos de tener como muy cierta y segura, en ese camino hemos querido estar con el Señor, la presencia del Señor en nuestra vida no ha faltado aunque a veces hayamos camino medio ciegos y sordos.

‘¡Es el Señor!’, tenemos que saber reconocer como Juan allá a la orilla del lago de Tiberíades. Mucho más que un líder o un gran dirigente. Es nuestro Rey y Señor. El nos promete que estaremos con El en el paraíso, como le dijo al buen ladrón. ¿Nos lanzaremos al agua como Pedro tal como estamos porque queremos estar cerca del Señor?

 

sábado, 22 de junio de 2024

En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

 


En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa reconocer que Dios es nuestro único Rey y Señor

2ª Crónicas 24, 17-25; Salmo 88; Mateo 6,24-34

Una cosa que todos decimos, pero al final no sabemos ponerle remedio. Decimos con facilidad cuando nos ponemos muy serios a hablar juiciosamente que así no podemos vivir, con estas prisas, con estos agobios, que es un tormento, que habrá que parar de alguna manera, porque si no la vida ya se encargará de pararnos. Ahí tenemos grandes emprendedores, que, como solemos decir, parecía que se iban a comer el mundo, todo eran trabajos, nuevas iniciativas, empresas que comenzaban a funcionar, pero de repente todo se paró, el corazón de aquel hombre tan emprendedor que tantas cosas hacia que no paraba, no tenía ni tiempo para comer, dijo ‘ya no puedo más’, un infarto, una enfermedad irremediable, y ¿en qué se quedaron todas aquellas carreras y todos aquellos agobios? Pero es que no escarmentamos ni en cabeza ajena.

Como ya hemos reflexionado en otra ocasión la vida no se puede quedar reducida a esas carreras y a esos agobios. La persona vale mucho más que todas esas riquezas que podamos conseguir. Y pensamos en su salud, pero no solo lo corporal que también un día nos fallará, sino en el estado anímico de la persona, en su paz interior, en la serenidad y paz para afrontar los problemas; con tantas carreras ni tiempo tenemos para pensar en nosotros mismos, en ese crecimiento interior como persona, en el sentido que hemos de darle a la vida, se nos escurre todo de las manos como el agua que no podemos contener entre nuestros dedos.

Me van a decir, es que es mucho lo que hay que hacer y no hay tiempo para todo. Pero ¿son solo las cosas lo que le dan sentido a la vida del hombre? ¿Cuáles tendrían que ser las mejores metas para la vida del hombre? Son preguntas que no podemos dejar pasar sin intentar darle respuestas. Pero para ello tenemos que detenernos, porque es necesario pensar, reflexionar, ahondar en lo más hondo de nosotros mismos, pero también dejarnos iluminar por tantos faros de luz que Dios va poniendo a nuestro lado en los caminos de la vida, hombres sabios y prudentes como profetas, reflexivos, que mastican mucho las cosas no solo en la mente sino en el corazón antes de dar respuestas. Podemos encontrar maestros, sabios, y tenemos que confrontar también ideas y pensamientos hasta que encontremos la verdad de nuestra vida. No podemos dejarnos llevar por la pendiente de nuestras prisas y carreras.

Nos está invitando Jesús a que sepamos poner nuestra confianza en Dios. El ha venido a revelarnos el mejor rostro de Dios. Y nos está hablando del Dios que hace florecer las flores del campo o que alimenta a los pajarillos del cielo. Y si Dios hace eso con sus criaturas ¿Qué no hará con sus hijos? ¿Por qué entonces nosotros no confiar en la providencia de Dios?

Es el Dios que nos exigirá que negociemos nuestros talentos, porque hay que desarrollar la vida y eso está en nuestras manos, pero es el Dios que nos cuida porque nos ama, porque es nuestro Padre, porque nos ha querido mirar como sus hijos. Los predilectos y amados de Dios. Porque nos mira en Jesús, su Hijo amado al que ha enviado para que nos abra caminos para poder llegar a vivir el Reino de Dios, y porque nosotros nos miramos en Jesús al que siendo Hijo de Dios lo vemos carne de nuestra carne, porque así quiso encarnarse en las entrañas de María para ser para siempre Dios con nosotros, ser Emmanuel.

Por eso terminará diciendo hoy Jesús que busquemos el Reino de Dios y su justicia que lo demás se nos dará por añadidura. Sí, buscar el Reino de Dios; cuando nos enseñó a orar aprendimos a decir ‘venga a nosotros su Reino’. Una petición que tenemos que hacer, que tenemos que aprender a hacer, porque no es pedir que se realice como algo mágico sin que nosotros tengamos que poner nuestra mano en ello. Por eso tenemos que completarlo con lo que hoy nos dice  que busquemos el Reino de Dios.

Es una tarea que tenemos que realizar, es cierto, porque son los pasos que tenemos que ir dando para que en nuestras actitudes, en lo que hagamos, en nuestro compromiso comencemos a manifestar las señales de que está presente el Reino de Dios. Viene Dios a nosotros, lo podemos como centro de nuestra vida y de nuestro corazón – es decir que lo hacemos nuestros Rey y Señor – y ya nuestra vida, lo que hacemos, lo que vivimos tiene que tener otro sentido y otro valor.

Algo nuevo tendrá que reflejarse en nuestra vida. ‘Lo demás se nos dará por añadidura’, nos dice Jesús. En Jesús tendremos el valor y la fuerza para que aparezcan esas actitudes nuevas, esos valores nuevos, todo lo que significa que vivimos reconociendo que Dios es nuestro único Rey y Señor.

Cuánta paz tiene entonces que aparecer en nuestro corazón y en nuestra vida; cómo se van a quedar a un lado esos agobios y esas luchas que nos hacemos y que nos destrozan por dentro. Algo nuevo tiene que comenzar a germinar en nuestro corazón.

martes, 4 de junio de 2024

Sinceridad, lealtad, rectitud de corazón no nos pueden faltar en nuestras relaciones humanas y en lo que contribuimos a hacer un mundo mejor

 


Sinceridad, lealtad, rectitud de corazón no nos pueden faltar en nuestras relaciones humanas y en lo que contribuimos a hacer un mundo mejor

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

Como se suele decir, hay preguntas y preguntas, pero también hay respuestas y respuestas. Porque hay preguntas que ya vienen marcadas, serán los intereses, será la manera de sonsacar lo que queremos según nuestros intereses, será la malicia que hay detrás con lo que pretendemos es ver como cogemos in fraganti a quien le estamos haciendo la pregunta, será que buscamos que nos den la respuesta que nosotros queremos, y así tantas y tantas maneras de hacer preguntas que veremos a ver qué respuestas vamos a encontrar. Nos volvemos manipuladores con nuestras preguntas, nos volvemos interesados, nos volvemos hasta intransigentes.

En fin de cuentas esas cosas nos definen también los planteamientos que nosotros tenemos, la manera de ver las cosas, los intereses que tenemos, la confusión que se crea o nos creamos en nuestras mentes. Algunas veces en el fondo se está denotando nuestra falta de respeto o sacando a flote las malicias que llevamos en el corazón.

Cosas así suceden siempre y suceden en todas partes. Lo que tendría que hacernos pensar para cambiar posturas y actitudes, para actuar con mayor sinceridad y lealtad, no tiene por qué haber esa doblez del corazón. Podemos estar o no estar de acuerdo con alguien, pero siempre nos merecerá el respeto como persona, respetamos su pensamiento como queremos que también respeten el nuestro. Qué bonito es cuando aun nuestras divergencias sabemos dialogar con respeto, sin descalificaciones ni condenas. Qué mal ejemplo nos están dando los que se llaman hoy dirigentes de nuestra sociedad con su acritud, con esa violencia de palabras, con esas descalificaciones, con esa burla incluso que nos hacemos los unos de los otros. Deberíamos tener una sociedad madura a estas alturas, pero todavía andamos con infantilismos.

Es lo que también estamos viendo hoy en el evangelio. Aunque aparentemente vienen con adulaciones a Jesús diciendo que es veraz y que es sincero, detrás viene la pregunta envenenada. Pero Jesús no pierde la calma y la serenidad. Tendríamos que aprender mucho más allá de la cuestión que le plantean a Jesús, a actuar con la sinceridad, el respeto y la delicadeza con que actúa Jesús, que tantas veces nos cuesta.

Unas cuestiones, es cierto, que les tienen inquietos porque se siempre oprimidos por el pueblo que ha invadido su tierra y se han hecho dueños del poder. En el pueblo judío iba todo muy unido al aspecto religioso, porque para ellos era Dios al que querían considerar el único Señor de sus vidas. Así lo manifestaban incluso a la hora de proclamar su fe en sus oraciones. Ante Dios era ante quien únicamente querían postrarse. Los romanos habían venido convirtiéndose en señores de su tierra, reclamaban sus tributos, y hasta algunos signos politeístas habían puesto en el templo de Jerusalén, su lugar sagrado por antonomasia, y en sus pórticos. Ahora estaba la cuestión de los tributos.

Vemos con qué sabiduría responde Jesús a aquellas cuestiones, sin dejar de decir que Dios estaba por encima de todo – el anunciaba el Reino de Dios – pero que en lo humano habíamos de respetar lo que eran las leyes humanas que venían a garantizar la convivencia y la paz. Con su malicia quieren comprometer a Jesús haciendo sus propias interpretaciones de sus palabras, pero Jesús es claro y tajante en lo que tiene que transmitirnos. ‘Dad a Dios lo que es de Dios, dad al César lo que es del Cesar’.

Como seres humanos vivimos en el ámbito de una sociedad, no es ajeno Dios y nuestra fe a lo que humanamente hemos de vivir y de las responsabilidades que tenemos con esa sociedad en la que vivimos y que entre todos tenemos que construir. Como cristianos y como creyentes tendríamos que ser los mejores ciudadanos del mundo. No porque esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en expresión que nos habla de nuestra esperanza de vida eterna y la transcendencia que le damos a nuestra vida, significa que nos desentendamos de las tareas de nuestro mundo, de nuestra sociedad sobre la que vamos caminando y que entre todos tenemos que irla construyendo para hacer un mundo mejor. Y una forma también es la sinceridad y lealtad con que nos mostremos en la vida; ni las falsedades ni las vanidades contribuyen a mejor nuestras relaciones ni a hacer un mundo en el que seamos más felices. Cuidemos la rectitud de corazón con la que siempre hemos de obrar.

viernes, 25 de agosto de 2023

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón


 

Pensemos en la intensidad que ponemos en nuestro amor a Dios comparando con la intensidad que ponemos en otros apegos del corazón 

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40 

¿Qué es lo importante? ¿Qué es lo principal? Son preguntas que con frecuencia nos hacemos en la vida. Queremos resumir un mensaje o una lección que se nos ha ofrecido o que quizás tenemos que transmitir y terminamos resaltando aquello que es lo más importante de dicho mensaje. Vemos unos acontecimientos en nuestro entorno que nos pueden afectar o donde quizás podemos intervenir y naturalmente buscamos aquel que más nos interesa, aquel que consideramos más importante. Tenemos ante nosotros una lista, digámoslo así, de posibilidades en nuestros estudios o en nuestro trabajo y también buscaremos lo que es más fundamental para dedicarnos a ello con mayor ahínco. 

Ahora vienen a plantearle a Jesús también qué es lo más importante. Claro que en la pregunta se ocultan ciertas reticencias y desconfianzas y de alguna manera también están buscando algo en lo que diga Jesús con lo que poder desprestigiarlo, porque realmente la presencia y la enseñanza de Jesús les está molestando. Los saduceos que con sus preguntas capciosas trataban de enrollar de mala manera a Jesús se vieron descubiertos ante la sabiduría de Jesús. Ahora son los fariseos los que vienen a Jesús con una pregunta que parece inocente, pero vienen también con sus aviesas intenciones. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?’ 

En cierto modo para aquel pueblo confundido era necesario quizás hacerse esta misma pregunta, aunque estaba muy claro en la Escritura santa de la Ley y los Profetas. De muchos mandamientos habían ido envolviéndose en sus interpretaciones y en sus exigencias, de manera que la gente sencilla al final les costaba comprender cual era de verdad el meollo de la ley del Señor. Pero la pregunta no pretendía, por otra parte, poner claridad en medio de aquella confusión de tantos preceptos, sino que también venía con la intención de coger a Jesús en sus palabras y tener de qué acusarlo. 

Pero la sabiduría de Dios supera todas esas mezquinas intenciones con que andamos tantas veces los hombres. Y Jesús claramente repetirá lo que estaba en la Escritura Santa, y que además todo buen judío debía incluso saberse de memoria porque era algo que repetían continuamente a la entrada o a la salida de casa, al ponerse en camino cada día o al iniciar cada tarea casi como una oración y como una profesión de fe. ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente’. Pero Jesús no se queda ahí, lo que podría ser el primer mandamiento, sino que añadirá, ‘este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él, amará a tu prójimo como a ti mismo’. 

Es sí, una confesión de fe, nos viene a decir Jesús.  Es el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. Qué importante esto cuando Jesús tanto nos ha hablado del Reino de Dios. El Reino de Dios no son cosas, el Reino de Dios no son solo unas actitudes más o menos buenos que podamos tener hacia los demás, el Reino de Dios no son unos comportamientos humanos que nosotros tengamos con los otros. El Reino de Dios tiene que comenzar por ese reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida. No es nuestro reino, no somos nosotros con las cosas más o menos buenas que podamos realizar. Es reconocer el Reinado de Dios, que es nuestro único Señor; luego vendrán las consecuencias de cómo vamos nosotros a manifestar ese Reino de Dios. Pero el centro de todo lo ponemos en Dios, a quien tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda nuestra mente, con toda nuestra vida. 

Pero claro que nos dirá luego que el segundo es semejante, que al segundo también hemos de darle toda la importancia porque es tan equivalente que no podemos cumplir uno sin el otro. Ni podremos amar a Dios con todo nuestro amor si no amamos al prójimo, ni podremos amar al prójimo con toda la intensidad que le hemos de dar a ese amor si no amamos a Dios. Por eso nos dirá Jesús que es semejante. 

Y nos vendrá a concluir Jesús que ahí está resumido todo. ‘En estos dos mandamientos se sostienen la ley y los profetas’. ¿Cuál es lo primero y lo principal en lo que hemos de centrar nuestra vida cristiana, nuestra vida de seguimiento de Jesús? ¿Será eso lo primero y principal para nuestra vida como cristianos? Aquí tendríamos muchas cosas que revisar, empezando porque veces nos preguntamos cómo es el amor que le tenemos a Dios. Creemos y amamos, vamos a decir que es cierto, pero ¿cuál es la intensidad que ponemos en ese amor? Comparemos un poco con otros amores que tenemos en la vida y que consideramos importantes. 

 


viernes, 9 de junio de 2023

También queremos escuchar con gusto a Jesús, en El ponemos toda nuestra fe y en quien encontramos la verdad de nuestra vida y la vida para nuestra existencia

 


También queremos escuchar con gusto a Jesús, en El ponemos toda nuestra fe y en quien encontramos la verdad de nuestra vida y la vida para nuestra existencia

Tobías 11, 5-18; Sal 145; Marcos 12, 35-37

‘Una muchedumbre numerosa le escuchaba con gusto’, nos dice el evangelista. El episodio se sitúa en Jerusalén. Es allí donde se originan grandes diatribas con Jesús. Los sumos sacerdotes del templo, los dirigentes del pueblo, pertenecientes al Sanedrín o formando parte de aquellos grupos que en cierto modo se disputaban su influencia sobre el pueblo, muchos de los cuales formaban parte también del Sanedrín que era como un Senado en las instituciones judías, les costaba entender las enseñanzas de Jesús, reconocer su figura y de alguna manera querían quitarlo de en medio para que no restara sus influencias sobre el pueblo.

Es lo que motiva, por así decirlo, las enseñanzas de este texto y episodio. Nunca llegaron a comprender lo que en verdad era la misión de Jesús. No aceptaban que pudiera ser el Mesías ni el origen divino de su persona y su mensaje. A esto viene esta interpelación que Jesús les hace recogiendo lo que proféticamente anunciaba el Rey David sobre lo que significaba el Mesías, al que llamaba Señor, una palabra que solo se podía atribuir a Dios.

La gente sencilla sin embargo, como terminará diciendo el evangelista, que no se metía en aquellas disquisiciones de los maestros de la ley, escuchaba con gusto a Jesús.  Esto me está invitando a que nos hagamos algunas reflexiones y preguntas. ¿Escuchamos igualmente con gusto a Jesús?

Queremos escucharle, sí, abrir nuestro corazón a su Palabra. Queremos escucharle porque queremos hacer crecer nuestra fe en El. Difícilmente amamos lo que no conocemos. Difícilmente podemos entrar en esa órbita de la fe y del amor a Jesús si no lo conocemos. Por eso queremos escucharle, queremos conocerle, porque aquí cuando estamos hablando de la fe estamos hablando al mismo tiempo del amor.

No se trata solamente de unos conceptos que tengamos como muy bien guardados en nuestra cabeza. Aunque necesariamente hemos de ahondar en ese conocimiento, para tener las cosas claras, tener bien ordenada nuestra cabeza y los conocimientos que tengamos en referencia, por ejemplo, a Jesús.

Hoy fácilmente en el entorno de la sociedad en la que vivimos podemos encontrarnos que no se tiene una idea clara de Jesús. Lo que significa religión ha pasado a un muy segundo plano en los intereses de la mayoría de la gente, muchos indiferentes ante todo lo que significa el hecho religioso cuando no en clara oposición. Nos encontramos igualmente un rechazo grande a la Iglesia y a todo lo que suene a cristiano; a Jesús a lo más muchos lo ven como un personaje de la historia pero poco más, porque ya comienzan a verle lejano, y le quieren quitar toda la trascendencia para la vida y para la historia que ha significado la presencia, la vida y las enseñanzas de Jesús.

Pero un cristiano no se puede quedar en solo eso, incluso llegando a lo mejor de lo dicho por la trascendencia que ha significado para la historia y para la vida.

Cuando un cristiano se acerca a Jesús se acerca por mucho más que todo eso. En Jesús nosotros reconocemos al Hijo de Dios que se ha hecho Emmanuel, Dios con  nosotros, y para nosotros es nuestra vida y nuestra salvación. Es reconocer que Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida, para todos los que ponemos nuestra fe en El. Ni nos quedamos en un personaje de la historia, pero de otro tiempo, ni pensamos en un visionario o soñador que puso en movimiento todo un nuevo sentido de la vida y de la historia, sino que nosotros hemos de verlo como el Hijo de Dios en quien ponemos toda nuestra fe, y en quien en verdad encontramos esa verdad de nuestra vida y esa vida para nuestra existencia. Jesús lo es todo para nosotros, por eso ponemos en El nuestra fe, por eso entramos en la nueva orbita del amor.

Es el Jesús a quien amamos, porque es quien en verdad nos está descubriendo toda la grandeza del amor de Dios. Por El dispuestos incluso a dar la vida. Por eso necesitamos crecer en nuestra fe, crecer en el conocimiento de Jesús, tener hambre de Dios, empapamos más y más de su evangelio. También nosotros queremos escuchar con gusto a Jesús.

viernes, 14 de abril de 2023

Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

 


Alguien quizá está haciéndonos señales desde la orilla o señalándonos por donde hemos de lanzar la red, estemos atentos a las señales porque Jesús nos sale al encuentro

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Una noche bregando sin obtener ningún resultado, unas manos con las manos vacías sin nada que ofrecer, de una manera o de otra nos habrá pasado alguna vez. Trabajos que no resultan fructuosos, momentos en que nos sentimos vacías y hasta en cierto modo fracasados porque nada hemos conseguido, no hemos podido resolver los problemas, no encontramos el ‘quid’ de la cuestión, trabajos infructuosos que pudieran llenarnos de desaliento, nos van sucediendo unos tras otros tantas veces en la vida.

No tenían claro aun los discípulos lo de la resurrección de Jesús. Para Galilea se habían venido tras el comunicado que les había llevado Maria Magdalena y las otras mujeres que habían ido al sepulcro. Ahora están en Galilea mano sobre mano sin saber qué hacer. Es Pedro el que se adelanta para ir de nuevo a pesar, y algunos de los discípulos que están con él se deciden también a acompañarle. ¿Para qué? La noche había salido infructuosa, habían perdido la buena costumbre y la habilidad para tener una buena pesca, incluso cuando todos sabían lo que tenían que hacer. No dan muchas señales de que lo tuvieran claro. La noche los ha ido envolviendo, pero las noches son preanuncios de un nuevo amanecer.

En el amanecer les preguntan sobre la pesca recogida. Se les cae la cara de vergüenza por no tener nada que ofrecer. Pero desde la orilla les están dando indicaciones de por donde han de echar las redes. Los orgullos son malos para recibir esas indicaciones en momentos malos como los estaban pasando. Pero hacen caso y no se arrepentirán, la redada de peces ha sido muy grande, y seguramente los recuerdos habían vuelto a la mente. Juan sabe interpretar lo sucedido porque es quien reconoce al que está en la orilla. Por lo bajo se lo insinúa a Pedro, no hacía falta más, porque muchas cosas estaban sucediendo como en repetición de lo un día sucedido, pero ahora parecía que tenía otros aires, otro sentido.

No hace falta mucho para que Pedro se tire al agua para llegar a los pies de Jesús. ‘Es el Señor’, le había dicho Juan por lo bajo. El arrastrar la red repleta de tantos peces lo dejó en las manos de los otros, pero él quería estar junto al Maestro. Jesús está allí. No hace falta más para correr al encuentro con Jesús. Más tarde llegarán los otros arrastrando la red que está casi para romperse. ¿No les había dicho Jesús que los haría pescadores de hombres?  Aquí tenemos la señal.

Ahora ya nadie se atreve a preguntar nada. Todos saben que es Jesús. Los desánimos y los cansancios se habían difuminado, como se difuminan las tinieblas de la noche con la luz del sol que amanece en la mañana. Era para todos un nuevo amanecer.

No siempre es fácil dejarse iluminar por la luz de ese nuevo amanecer. Tan ensimismados andamos en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones. Cuando hay parones en la vida podemos ponernos a pensar en muchas cosas, nos ponemos a pensar en nuestro futuro, volvemos a recordar los instrumentos de trabajo que tuvimos en otro tiempo y que habíamos dejado a un lado. Como Pedro y aquellos discípulos que aquella tarde se fueron de nuevo a la pesca. ¿Qué vamos a hacer? ¿En qué vamos a entretener nuestro tiempo? ¿Podríamos seguir con nuestras habilidades de siempre? ¿Aparecerán otros nuevos caminos y cómo voy a tener la certeza de que ese es mi camino?

Alguien quizá está haciéndonos señales allá desde la orilla del lago ¿Las sabremos interpretar? Dios va poniendo señales en nuestro camino de cual ha de ser nuestra certeza. ¿Seguiremos buscando entretenimientos? Estemos atentos, que de una forma u otra el Señor nos saldrá al encuentro para ponernos en camino para algo nuevo, para que miremos por el otro lado, para que sepamos aceptar las voces y señales que nos llegan desde la orilla.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Vivamos con rectitud, vivamos nuestros valores, conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón

 


Vivamos con rectitud, vivamos nuestros valores, conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón

Filipenses 4, 10-19; Sal 111; Lucas 16, 9-15

¿Qué cosas son las que consideramos como un tesoro en la vida? Allí donde hemos depositado esos tesoros, allí estará nuestro corazón. Si es un tesoro, significa que es valioso para nosotros; si lo consideramos valioso ya andaremos preocupados por no perderlo, o porque no nos lo roben; andaremos afanamos en su entorno, lo queremos cuidar, no queremos que nos lo roben, muchas veces en lugar de ser motivo de felicidad será motivo de preocupación, una preocupación que nos impedirá disfrutar de las cosas más sencillas que pueda haber cerca de nosotros; lo convertiremos en centro de nuestra vida, en él sin querer, o queriendo, hemos puesto nuestro corazón. De alguna manera hemos puesto como esclavo de ese tesoro a nuestro propio corazón.

¿Cuáles son las cosas que verdaderamente han de ser tesoros de nuestra vida? volvemos a la pregunta del principio porque en su respuesta encontraremos un camino de sentido, de búsqueda de los verdaderos valores. Esta tendría que ser la verdadera pregunta que tuviéramos que hacernos;  cuando encontremos esos verdaderos valores entonces habremos encontrado el tesoro que merece de verdad la pena. Y ya sabemos cómo andamos en la vida encandilados por tantos oropeles, tantos brillos que nos encandilan y nos distraen del verdadero camino.

Es cierto que tenemos que echar mano de bienes materiales, que necesitamos de cosas materiales que tienen un valor económico y que nos van a valer para ese intercambio, que llamamos comercio, con lo que podremos adquirir unos bienes que contribuyan a una vida mejor y más digna. No podríamos adquirir eso que necesitamos si no contáramos con esos bienes económicos y materiales. Claro que siempre consideraremos que no solo en la posesión, uso y disfrute de esas cosas es donde vamos a encontrar la verdadera felicidad. No podemos perder la perspectiva de su finalidad para que no los convirtamos en tesoros de nuestra vida que al final terminarán esclavizándonos.

Es ahí donde tienen que aparecer los verdaderos valores de nuestra vida y la madurez con que iremos usando esos bienes materiales que tenemos o que necesitamos. Como nos dice hoy Jesús después de la parábola del administrador injusto que escuchábamos ayer, ‘ganaos amigos con el dinero de iniquidad, para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Sepamos administrar esos bienes con toda fidelidad porque ‘el que es fiel en lo poco, también en lo mucho es fiel; el que es injusto en lo poco, también en lo mucho es injusto’. Ahí tenemos que saber ser fieles, ahí tenemos que saber encontrarle su verdadero sentido, ahí se irá mostrando la rectitud de nuestra vida, y así descubriremos lo que son las verdaderas metas de nuestra existencia, ahí sabremos actuar con verdadera libertad para no dejarnos esclavizar, para no convertirnos en dependientes de esos bienes materiales como si fueran lo único importante de la vida y del mundo.

Por eso nos dirá Jesús que no podemos servir a dos señores. ¿Cuál es el verdadero señor de nuestra vida? no dejemos que nada ni nadie se enseñoree de nuestra vida, de nuestra voluntad. Nos dirá Jesús que ‘no podemos servir a Dios y al dinero’. ¿No nos está hablando Jesús continuamente del Reino de Dios? Cuando  hablamos del Reino de Dios es porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida, nada ni nadie puede ser señor de nuestra vida, y desde ahí entonces comenzaremos a actuar con nuevos valores que nos llenen de plenitud.

‘Los fariseos, que eran amigos del dinero, estaban escuchando todo esto y se burlaban de él’, nos dice el evangelista. ¿No nos sucederá de manera parecida cuando hoy queremos hablar de estas cosas y de ese verdadero sentido que tendrían que tener las cosas materiales? No nos importe, vivamos nuestra rectitud, vivamos nuestros valores, no nos vamos a dar de justos, pero sí queremos vivir conforme a un nuevo sentido que nos lleve a una mayor plenitud de nuestra vida, el Señor conoce bien nuestro corazón.

 

miércoles, 6 de julio de 2022

El Reino de Dios no es una procesión muy esplendorosa que podamos hacer, sino hacer que los hombres nos amemos más y reflejemos en nuestra vida los valores del Reino

 


El Reino de Dios no es una procesión muy esplendorosa que podamos hacer, sino hacer que los hombres nos amemos más y reflejemos en nuestra vida los valores del Reino

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Sal 104; Mateo 10, 1-7

En nuestras sistemas de estudio de hoy, sobre todo en determinadas carreras, hay algo por lo que todos tienen que pasar antes de que se les considere unos verdaderos profesionales; son los llamados becarios, los años de prácticas que tiene que pasar quien ha estudiado derecho para poder ser admitido como verdadero abogado y así en muchas profesiones, que como unos auténticos aprendices, a pesar de los estudios realizados tienen que realizar.

Pudiera parecer que es algo así lo que Jesús está haciendo con los discípulos y en especial a aquellos que escoge como apóstoles. El envío que realiza Jesús y que hoy escuchamos, son como unos tiempos de prácticas pensamos. Por supuesto, fueron unos momentos de auténtica maduración de los escogidos por Jesús, pero no era enviarlos como unos alumnos en prácticas, aunque pasado el tiempo volvieran a estar con Jesús, sino un autentico envío ahora solamente dentro de Israel pero premonitorio del envío universal que Jesús hará al final del evangelio.

Era un auténtico envío, porque quien está disfrutando de lo bueno, tiene que hacer partícipe de ello a los demás. Disfrutaban de la presencia y de la enseñanza de Jesús quienes un día le habían seguido y ahora estaban siempre con El. Aquello había de compartirlo con los demás. Jesús escoge a doce entre todos los discípulos que le seguían a los que va a constituir apóstoles, sus enviados.

Serán los que estarán siempre con Jesús siendo testigos de sus enseñanzas y de la construcción del Reino de Dios, como han de ser luego testigos de su Pascua y de su resurrección. Recordemos que cuando hay que sustituir al hijo de la perdición que lo había traicionado, el criterio que van a tener el resto de los apóstoles allá en el Cenáculo antes de Pentecostés, es que sea uno que haya sido testigo desde el principio de la obra y de la vida de Jesús.

Ahora han de salir a hacer el mismo anuncio de Jesús. Desde el comienzo ésa había sido la gran noticia, se hacía presente, estaba cerca el Reino de Dios. Es lo que ellos han de manifestar y no solo con sus palabras sino con los signos que ellos también van a realizar. ‘Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia’. Así ha comenzado diciéndonoslo el texto del Evangelio de hoy antes de darnos los nombres de los Doce. ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos’.

Es el anuncio del Reino de Dios que llega, es la buena noticia del Reino de Dios que se va a proclamar no solo con la palabra de los enviados sino con los signos que van realizando. Sentir que en verdad Dios es el único Señor de nuestra vida, significará la destrucción de todo vestigio del mal. Allí donde está Dios no podemos permitir el mal, allí donde reina el amor no se puede hacer presente el egoísmo y el desamor, allí donde se proclama el Reino de Dios tiene que brillar el amor y la paz.

Tienen autoridad para expulsar espíritus inmundos, nos dice el evangelista; tenemos que hacer que desaparezca de nuestra vida ese espíritu del mal. Las curaciones y milagros van a ser una señal, pero no solo de que se acaba ese sufrimiento físico de la enfermedad, sino que arrancamos el mal y el pecado de lo más hondo de nosotros mismos, de nuestros corazones.

Es la misión que a nosotros se nos ha confiado, es la tarea que nosotros hemos de realizar, son las señales que tenemos que ir mostrando al mundo, es la lucha por la transformación de nuestros corazones, es la obra de ir haciendo que cada día más resplandezca el amor.

¿Estaremos dando señales de todo eso nosotros los cristianos? ¿En nosotros, en nuestra vida de cristianos, en la obra de la Iglesia se manifiesta de verdad que vivimos el Reino de Dios? Y el Reino de Dios no es una procesión muy esplendorosa que podamos hacer, el Reino de Dios es hacer que los hombres nos amemos más y expresemos reflejados en nuestras vida esos valores del Reino de Dios.

No son unas prácticas que realizamos sino una vida que hemos de vivir.

viernes, 9 de abril de 2021

Descubramos los signos y señales que Cristo resucitado pone en nuestro camino para hacernos encontrar esa nueva perspectiva y ese nuevo sentido que en El encontraremos

 


Descubramos los signos y señales que Cristo resucitado pone en nuestro camino para hacernos encontrar esa nueva perspectiva y ese nuevo sentido que en El encontraremos

 Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Sal 117; Juan 21, 1-14

Nos creemos saberlo todo, que ya estamos bien experimentados de la vida que podemos hacer las cosas por nosotros mismos, pero nos llega un momento con que nos topamos la pared enfrente; aquello de lo que nos sentíamos seguros, ahora no nos sale como nosotros queremos, nos ofuscamos en querer seguir haciéndolo de la misma manera porque las cosas siempre han sido así, pero no nos da resultados. Nos hace falta otra perspectiva, otra mirada, alguien que llegue y nos haga ver las cosas de otra forma, nos de una nueva visión, y que nosotros tengamos la humildad de dejarnos conducir. Qué bien nos viene esa nueva perspectiva, esa visión desde otro lugar, desde otros aspectos; qué falta nos hace que nos ayuden a abrir caminos nuevos.

Creo que en esto si sabemos ser humildes nos ayudará mucho la fe; esa fe que nos eleva a un plano distinto, esa fe que nos hace tener otra visión de la vida, esa fe que nos hace entrar en la órbita de lo espiritual, esa fe que no hace sintonizar con Dios. Muchas veces queremos poner trabas o límites; hay a quien le pueda parecer antiguallas; hay quien vive tan materializado en la vida que no es capaz de elevarse, de tener otra perspectiva. Claro que también sucede que hay gente que se dice creyente pero no han sabido elevarse lo suficiente o quizá se han quedado en rutinas o en mediocridades, en conceptos limitados, o no han llegado a descubrir la fe que encontramos en el evangelio de Jesús.

El evangelio que se nos ofrece hoy nos ayuda. Los discípulos aunque ya habían tenido la experiencia del encuentro del resucitado ahora daban la impresión que andaban aburridos. La presencia de Jesús con ellos era distinta y de distinta manera tenían que descubrirle y sentirle a su lado. Han marchado a Galilea según sus indicaciones, podríamos decir que hablando en una lógica humana ya eran muchos días en Jerusalén desde la pascua, pero ahora en Galilea no saben qué hacer. Por eso un día Pedro dice que va a ir de nuevo a pescar. Allí está la barca y las redes que un día habían dejado por seguir al Maestro. Los restantes discípulos que están con él se ofrecen a acompañarle. Pero la noche de pesca ha sido infructuosa. No han cogido nada. ¿Qué ha pasado que parece que hasta las aguas del lago se les han vuelto en contra?

Al amanecer, con la frustración que tienen encima, alguien de la orilla les está gritando que si han cogido algo. Parece que siempre nos aparece alguien que quiere aguar la fiesta, o eso al menos nos parece. Encima de que no han cogido nada, vienen las preguntas que hasta parecen intencionadas; cuántas veces nos pasan cosas así. Entre la distancia y la poca luz de aquel amanecer – tendría que ser muy temprano pues en el lago brilla con fuerza el sol muy de mañana – no saben quien es el que les habla de la orilla. Y ahora les pide que echen la red al otro lado de la barca. ¿Desde la orilla hay otra perspectiva para ver el cardumen de peces que los rodea? La pesca ha sido muy grande, luego dirán que 153 peces grandes. La sorpresa y la admiración les sobrecogen. Pero hay alguien que ha sintonizado.

Aquel a quien amaba Jesús de manera especial le dirá en aparte a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. Son los ojos del amor para mirar y para reconocer. No es que faltara ese amor a Pedro que ahora lo va a demostrar con creces tirándose al agua para llegar primero, pero andaba afanado en otras cosas y no supo ver como fue capaz de ver Juan. Algo tiene que abrirnos el corazón; alguien tiene que abrirnos los ojos; alguien tiene que hacernos tener una mirada distinta.

Con lo que estamos diciendo podemos pensar en lo que Juan en aquel momento significó en esta escena, pero nos damos cuenta que quien en verdad nos hace tener una mirada distinta es Jesús resucitado que viene a nuestro encuentro. También andamos revueltos en la vida, los problemas nos zarandean, los agobios de la vida nos aturden, el mundo complejo en que vivimos muchas veces nos desorienta, muchas penumbras se nos van metiendo en el alma.

Tenemos que dejarnos encontrar por Cristo. No es solo que nosotros lo busquemos, es El quien nos busca y nos llama, pone señales en nuestro camino, nos deja huellas de su paso, pone personas a nuestro lado como ecos de su voz, habrá circunstancias que nos harán tener otra perspectiva, se abrirán caminos nuevos ante nosotros y la luz puede ir apareciendo de nuevo en nuestro corazón en un nuevo amanecer para nuestra vida que ya será distinta.

jueves, 11 de marzo de 2021

Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

 


Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

Jeremías 7,23-28, Sal 94, Lucas 11,14-23

En la vida social y política de un pueblo nos vamos encontrando con diversas manifestaciones u opiniones de cual es el concepto que nosotros tenemos de sociedad y conforme a ello cual sería el sentido que le quisiéramos dar a esa sociedad. Queremos crear una asociación, por ejemplo, y hemos de tener claro que es lo que pretendemos, cuales son sus fines y sus objetivos, que queremos aportar con esa asociación a la sociedad en la que vivimos y nos sentimos integrados; y quienes pertenecen a esa asociación tienen que estar bien imbuidos en esos principios con que la hemos constituido.

Decimos de una asociación, como decimos de la sociedad en su conjunto, y vienen las ideas, las proposiciones cada uno según aquello desde lo que cree que se debe constituir la sociedad; movimientos de opinión, partidos políticos que desde sus principios tienen una idea del estado, opiniones desde la vida cultural, o cada uno según sus propias ideas. Y es bueno que tengamos claras las ideas en este sentido, aunque nos parezca que estamos hablando de política, pero estamos hablando mejor de lo que consideramos lo mejor para nuestra sociedad.

Pero esta previa reflexión que quizá se necesitaría ahondar en muchas cosas muy concretas, sin embargo la expreso ahora casi como un ejemplo para que lleguemos a entender bien lo que ha de significar el evangelio para el cristiano. Hablamos mucho de evangelio, de valores evangélicos, del Reino de Dios y no sé si siempre los cristianos lo tenemos claro. Al hablar del Reino de Dios no sé cual es la idea que podamos tener en la cabeza, porque se nos puede quedar como en una institución o una idea que poco tiene que ver luego con lo que es la vida nuestra de cada día. Y de ello nos está hablando Jesús continuamente en el evangelio.

¿Qué significará decir Reino de Dios? ¿Qué significará nuestra pertenencia al Reino de Dios? ¿Algo así como a una asociación a la que nos apuntamos como podemos apuntarnos a otras cosas? En cuantas cosas nos apuntamos simplemente para figurar en una lista pero sin ninguna repercusión en la vida. Pues hablar del Reino de Dios no lo podemos mirar así, una lista a la que nos apuntamos y que acaso nos obligue a asistir en alguna ocasión a algún acto. De ninguna manera, podemos pensar así.

La palabra misma nos lo dice, Reino de Dios. ¿Qué significa? ¿Tendrá que ser un reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida? aquí hay algo muy importante que tenemos que tener muy claro.

Hoy Jesús en el evangelio curó a un hombre que era mudo, y en la expresión muy propia del evangelio de aquellos tiempos, nos habla de la expulsión de un demonio de un hombre que era mudo. Era como decir que el maligno se había apoderado de aquel hombre y el mal se estaba manifestando en que no podía hablar, en la limitación de no poder hablar, de ser mudo. Y Jesús lo libera de aquel mal.

Ya decimos muchas veces que los milagros de Jesús son signos, signos de la liberación profunda que quiere realizar en nosotros y no es solo el mal de una limitación física o una enfermedad lo que Jesús quiere realizar en nosotros sino una transformación total de nuestra vida viéndonos liberados del mal más profundo que puede afectar a la persona.

Al escuchar el evangelio vemos que se originó una controversia con aquellos que no reconocían el poder de Jesús y que le achacan lo que hace al poder del príncipe de los demonios. No entramos demasiado en ello ahora en estos momentos. Pero Jesús termina aclarándonos que sin con dedo de Dios, el poder de Dios El está liberándonos del maligno, es señal de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

Queremos vivir el Reino de Dios, queremos vernos liberados del mal, queremos que el mal nunca se enseñoree de nuestra vida; de cuantas cosas nos sentimos atados, cuantas cosas nos oprimen y nos quitan la libertad, cuantas cosas dejamos meter en nuestra vida enseñoreándose de nosotros y no dejando que sea Dios en verdad el único Señor de nuestra vida.

Pero cuando decimos que Dios es el Señor de nuestra vida significa que esa vida que vamos construyendo la hacemos desde un sentido, desde unos valores; es lo que decimos que nos trasmite el evangelio, es lo que llamamos el sentido cristiano de nuestra vida, porque es el sentido de Cristo, el sentido de Jesús. Significará entonces cómo tenemos que parecernos a Jesús, hacer las cosas según su sentido y su estilo, dejarnos impregnar de su amor.

Era lo que tanto les costaba a los discípulos cuando seguían obsesionados en los primeros puestos, cuando no habían entendido el sentido del servicio en la vida, cuando les era tan difícil aceptar aquella entrega de amor que Jesús les anunciaba que iba a realizar con su subida a Jerusalén. Si somos seguidores de Jesús no son otros los valores que tengamos que vivir, si nos decimos miembros del Reino de Dios es el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Ojala escuchemos la voz del Señor.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor



Proclamamos que Jesús es nuestro Rey y Señor cuando reconocemos en el que camina a nuestro lado a un hermano y comenzamos a vivir la primacía del amor

Ezequiel 34, 11-12. 15-17; Sal 22; 1Corintios 15, 20-26. 28; Mateo 25, 31-46

Llegamos en este domingo al final del ciclo litúrgico. Ya sabemos que el ritmo de la liturgia de la Iglesia no se rige por el año natural o el año civil, sino que todas nuestras celebraciones como toda la vida del cristiano se centra en la Pascua. Es el momento de la celebración de la Pascua de Resurrección el momento central y culminante del ritmo litúrgico como lo es el centro de la vida del cristiano. Todo es vivir la pascua del Señor.

En torno a ello giran todas las otras celebraciones del misterio de Cristo que así se van distribuyendo a través del año con su preparación previa, como fue la Cuaresma para la celebración de la Pascua y como será al comienzo del ciclo litúrgico el Adviento como preparación del misterio de la Navidad; ambos momentos culminantes tienen su prolongación tanto en todo lo que es el tiempo de Navidad y Epifanía después del Nacimiento de Jesús, como todo el tiempo pascual hasta Pentecostés después de la resurrección del Señor.

Por eso culminamos ahora nuestras celebraciones del ciclo que hemos venido viviendo puesto que ya el próximo domingo iniciamos el Adviento como preparación para la Navidad. Y concluimos el año con una celebración muy especial en que proclamamos a Jesucristo como rey del Universo. Esta es una fiesta que podríamos decir reciente en la liturgia de la Iglesia porque en el primer tercio del siglo XX se instituyó aunque se celebraba el último domingo de octubre, pero tras la reforma litúrgica del Vaticano II pasó a celebrarse en el último domingo del año litúrgico.

Según el año litúrgico y el evangelista correspondiente a ese año serán diversos los textos de la liturgia de este día. Hemos venido escuchando en este ciclo al evangelista san Mateo y de él tomamos el evangelio del llamado juicio final que hoy hemos proclamado y escuchado.

Tres imágenes nos describen la figura de Jesús en los textos de la liturgia de este día: pastor, juez y rey. Todo queriendo ser una resonancia de esa proclamación de Jesús como Rey y Señor del hombre y del universo. Todo como una consecuencia de ese anuncio continúo de Jesús que ha sido constitutivo de su evangelio. La Buena Nueva es el Reino de Dios, en el hemos de creer y a él hemos de convertirnos. Pero no es creer, como podríamos decir, en una entidad, sino que es creer en Jesús y convertirnos a El. En Jesús se encarna el Reino de Dios; es Jesús la Buena Noticia de salvación porque El es nuestro único salvador.

Pero es Jesús el que ha venido como buen pastor, como ese pastor que nos anunciaba el profeta en la primera lectura, que busca, que llama, que acompaña, que alimenta, que da la vida por las ovejas, que nos conduce por caminos de vida y de salvación, que El mismo se hace alimento de vida de sus ovejas para que de El nos alimentemos; nos ofrece su palabra y nos ofrece el camino pero El mismo se hace camino y se hace vida para que caminemos por El y para que de El nos alimentemos. ¿Podemos esperar algo mejor de un pastor?

Y nos dirá el evangelio que se sentará en su trono porque desde allí separará a unos y otros como el pastor separa las ovejas de las cabras, como el juez que nos juzga según nuestras obras y nuestra vida. ‘Venid, benditos de mi Padre…’ dirá a unos. ‘Apartaos de mi, malditos…’ dirá a los otros. Porque tuve hambre, estaba sediento, era peregrino, estaba enfermo… y lo que hicisteis con uno de esos pequeños a mí me lo hicisteis. Es el juicio del amor. No es el juicio terrible en el que parece que todos ya estamos condenados de antemano, sino que donde hay un pequeño resquicio del amor allí aparecerá radiante la misericordia del Señor para llenarnos de bendición.

Será el reconocimiento definitivo del Reinado y Señorío de Dios, porque será el momento en reconoceremos de verdad quien es Jesús; ese Jesús que es nuestra salvación, ese Jesús que ha sido el camino y la verdad y la vida para nosotros; ese Jesús a quien hemos querido escuchar a pesar de tantas distracciones como ha habido en nuestra vida, pero que finalmente hemos vuelto nuestra vida hacia El; ese Jesús que vamos a encontrar cercano a nosotros porque lo vamos a encontrar en el hermano, porque lo vamos a ver en el pequeño y en el humilde, porque le vamos a amar en todo aquel que se cruce en nuestro camino porque siempre lo vamos a ver ya como un hermano.

Le contemplamos como Rey y Señor del hombre y del universo pero no necesitamos sentarlo en un trono de gloria elevado en las alturas y separado de nosotros porque le vamos a reconocer en todo hombre que es nuestro hermano y lo vamos a ver siempre a nuestro lado. Cuanto hagamos a ese hombre o mujer que camina a nuestro lado será ya para siempre un reconocimiento de que Jesús es nuestro Señor. Le contemplamos y celebramos como Rey y Señor del hombre y del universo porque vamos a comenzar a descubrir y vivir la primacía del amor que ya va a ser el sentido de nuestra vida y de nuestro caminar para siempre.