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martes, 15 de septiembre de 2026

Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

 


Pocos habían quedado al pie de la cruz del dolor, pero con María, a quien nos ha dejado como madre queremos estar también junto al lecho del sufrimiento de cuantos nos rodean

1Corintios 12, 12-14. 27-31a; Salmo 99; Juan 19, 25-27

¡Qué pocos habían quedado al pie de la cruz de Jesús! ¿Huían también del dolor y del sufrimiento? Solo estaba uno de los discípulos, aquel a quien amaba mucho Jesús, una mujer pecadora de la que Jesús había expulsado siete demonios y que desde entonces lo había seguido por todas partes, su madre y la hermana de su madre, una mujer casi anónima de la que solo sabemos que era María la de Cleofás; apenas unas mujeres en el camino habían mostrado su compasión con sus lágrimas, pero Jesús les había dicho que no llorasen por Él sino por ellas mismas y por sus hijos; los que lo habían hecho todo por llevarle a la cruz desde lejos observaban el espectáculo, aquellas muchedumbres que un día le habían seguido ahora andaban por otros caminos porque aquello parecía que acababa mal. Quienes quedaban allí en primera línea parecían el nuevo resto de Israel, pero de dónde iba a hacer un pueblo nuevo.

Es el cuadro que nos toca hoy seguir contemplando desde que ayer contemplábamos a Jesús levantado en lo alto de la cruz para atraer a todos hacia Él, aunque ahora parecían bien pocos los que quedaban. La cruz asusta, el dolor nos hace huir y el temor al sufrimiento nos lleva a escondernos para que quizás no nos toque a nosotros, pero ese ronco reseco y atormentado de nuestra vida tiene que rebrotar para hacer surgir una nueva flor.

Pero la vida nace en medio del dolor y si no que lo diga la madre que da a luz a un hijo; la semilla enterrada aparentemente para hacerla desaparecer engendra una nueva planta que un día florecerá; triturados quizás por el sufrimiento podremos purificarnos de la hojarasca que nos llenaba de maleza y podados esos sarmientos resecos e infructuosos podemos sacar el mejor vino que pone nueva alegría en nuestro corazón o el mejor aceite de nuestra vida para poder iluminar mejor a los que están a nuestro lado; es el amor el que da sentido a la entrega hasta la muerte y será lo que hará aparecer nuevos resplandores de luz.

Es la luz de la esperanza que podemos descubrir en los ojos de María tras el filtro de sus lágrimas de dolor al pie de la cruz de Jesús. Tras la cortina de dolor de la cruz de Cristo en el Calvario nos está naciendo una madre, podríamos decirlo así, cuando Jesús confía su madre al cuidado del discípulo amado y confía a María la misión de madre para aquellos que estamos naciendo desde ese alumbramiento en la propia Cruz de Jesús.

Es un regalo más que Jesús nos está haciendo en este momento supremo. Nos ha regalado su vida y su amor porque eso significa su entrega y su muerte; ese camino nuevo que abría ante nosotros en la medida que anunciaba el Reino de Dios ahora tiene ya su consolidación con su entrega de amor y su muerte en la cruz. Pero nos ha querido dejar también a su madre, nos la ha regalado como madre, nos ha puesto bajo su cuidado; y como madre estará siempre caminando a nuestro lado, haciendo camino con la Iglesia, haciéndonos sentir lo que también vale el sufrimiento y el dolor cuando en verdad tenemos cimentada nuestra vida en el amor.

Hoy la llamamos y la celebramos como Virgen de los Dolores; hoy sentimos más fuerte que nunca que ella es la Madre de amor que siempre está a nuestro lado; Madre del amor tendríamos que llamarla porque es el que va a ser alivio y consuelo en el camino de nuestra vida tan lleno muchas veces de dolores y de sufrimientos.

Con María aprendemos su sentido; sintiendo la presencia de la madre junto a nosotros nos sentimos aliviados y fortalecidos en nuestros dolores y en nuestras angustias y no es que las busquemos pero sí aprendemos que el amor será nuestra mejor medicina que tonifica nuestra vida, pero que con amor tenemos que saber llegar a cuantos se debaten en sus dolores y sufrimientos para con los gestos y compromisos de nuestra vida ser consuelo y remedio y les podamos ayudar a encontrar ese camino que les lleve a Dios y sentirse en El renovados de verdad.

¿Seremos poquitos o serán numerosos los que aun permanecemos al pie de la cruz? Ahí queremos estar con ese amor que sentimos porque somos también los amados del Señor, con la rémora de nuestra antigua vida de pecado porque en esa cruz de Jesús nos sentiremos purificados para llegar a ser ese hombre nuevo de la gracia, en el anonimato quizás de nuestra vida anodina y fría que muchas veces se nos puede quedar vacía y sin sentido, pero sintiendo, sin embargo, la presencia de una madre, a la que invocamos como Virgen de los dolores, que vela siempre junto a nuestro lecho de sufrimiento y dolor en tantas circunstancias de nuestra vida y nos hace encontrar la mejor gracia del Señor que transforme nuestras vidas.

¿Tendríamos que ser nosotros imágenes de esa madre con nuestro amor al lado del sufrimiento de los demás?


miércoles, 22 de julio de 2026

Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

 


Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Cuando nos vemos turbados por los problemas de la vida, algo grave que nos ha sucedido, un accidente o una enfermedad, problemas en la vida familiar o en el ámbito de nuestro trabajo, cosas que nos afectan profundamente, quizás por lo inesperado del acontecimiento o la gravedad de lo que está sucediendo, nos dejan como descolocados, sin saber qué hacer o a quien acudir ni donde buscar nos hace que estemos dándole vueltas y más vueltas a esos oscuros pensamientos que nos oscurecen la mente, nos llevan a un desasosiego interior que nos hace perder la serenidad para ver todos los caminos cerrados y ni siquiera a nosotros mismos nos encontramos, ni somos capaces de escuchar otra voz que no sea nuestro propio tormento.

¿Era lo que le estaba sucediendo a María Magdalena tras la muerte de Jesús? Fue tal el impacto en su vida que hasta olvidaba todo aquello que un día les había anunciado Jesús, y quien se sentaba entonces a sus pies a escucharle, ahora no era capaz de escuchar nada ni de ver algo distinto sino solo su dolor en el que se repetía una y otra vez que habían robado el cuerpo de Jesús. Habían venido al sepulcro aquellas buenas mujeres en aquel primer día de la semana con la buena voluntad de terminar de cumplir con los ritos funerarios que el viernes en la tarde no habían podido realizar debidamente, pero solo buscaban un cuerpo muerto con la sorpresa de que el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena fue la primera que corrió a donde los discípulos para llevarles la noticia que ellos luego comprobaban por sí mismos; pero María Magdalena se quedó con sus lágrimas a la entrada del sepulcro. Una cortina de lágrimas cercaba sus ojos y anulaba su mente. ‘¿Por qué lloras?’ era la pregunta repetida que todos le hacían y repetida era la respuesta, ‘porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Serían los ángeles desde dentro de la sepultura o sería quien consideraba ella que era el encargado del huerto a quien la pedía que le dijera donde lo habían puesto que ella iría a buscarlo. Ni veía ni escuchaba otra cosa que no fuera su dolor y su angustia. ¿No repetiremos nosotros las mismas preguntas en ocasiones oscuras de nuestra vida?

Pero ahora sólo necesitó escuchar una voz y una palabra. Las ovejas conocen mi voz, había dicho Jesús un día. Y fue lo sucedió en ese momento. Es como si María en aquel momento hiciera tabla rasa de todas sus angustias para escuchar porque estaba deseando encontrar una respuesta. No valían solo sus preguntas y sus búsquedas. Alguien venía a su encuentro para dejarse encontrar, pero era necesario estar en disposición, en sintonía para escuchar. ‘¡María!’ le estaba diciendo esa voz. Fue suficiente porque ella levantó el velo de sus lágrimas y se puso en disposición de escuchar. Ya todo fue distinto. ‘¡Maestro!’ fue su grito y su impulso para tirarse a los pies de Jesús. Había escuchado y lo había encontrado. Y a partir de ese momento se convertiría en la primera portadora de evangelio, de la buena noticia de que Jesús había resucitado. Era lo que a partir de ese momento ya comenzó a ser buena noticia corriendo al encuentro con los demás discípulos para transmitirles lo que había oído a Jesús. ‘Vayan a Galilea y allí me veréis’. Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio.

Nos puede llevar a hermosas consideraciones; que en esas oscuridades de la vida no solo busquemos sino escuchemos porque es la forma de escuchar el silbido de la luz y entonces podremos dejarnos iluminar. Interiorizar no es solo ponernos dar vueltas y más vueltas a las amarguras que ya llevamos en el alma, es querer ponernos a sintonizar, a escuchar esa voz que detrás de todo eso nos habla, que traspasará lágrimas y angustias, que descorrerá velos que nos encierran en nosotros mismos, que nos llevará a caminos nuevos y a vida nueva.

Es también el camino de nuestra fe cuando tantas veces nos vemos aturdidos por dudas y por miedos, no es por nosotros mismos cómo vamos a encontrar esa fe o a encontrar esas razones para creer; hemos de sentir y escuchar al que viene a nuestro encuentro, dejar un margen grande de confianza para poder salir de nuestros desencantos, para escuchar esa voz de Dios que nos habla al corazón. María Magdalena supo escuchar su nombre porque reconoció esa voz; Dios también nos llama por nuestro nombre y no podemos confundirnos porque tiene una manera especial de pronunciar nuestro nombre, porque Él bien conoce nuestra vida y donde están nuestros desencantos.


martes, 7 de abril de 2026

La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

 


La experiencia de pascua que estamos viviendo tiene que hacernos también misioneros del evangelio para disipar tantas tinieblas y lágrimas de la vida

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Lloramos también nosotros en medio de la desolación que podamos encontrar alrededor y con las lágrimas nuestros ojos se oscurecen para no ser capaces de encontrar por algún lado algún rayo de sol que nos haga descubrir la luz? Desolación porque parece que la esperanza se nos apaga, desolación porque el dolor y el sufrimiento se nos hace inaguantable en enfermedades en las que parece que nunca encontraremos la salud, por las cosas que no comprendemos, porque nos parece que en lugar de abrirse caminos parece que todo se encierra con los problemas, con los contratiempos que van surgiendo, con las luchas que de una manera o de otra nos vienen de frente y algunas veces de los que menos las esperamos, por las desilusiones y los desencantos cuando no alcanzamos lo que deseamos o nos sentimos frustrados porque lo conseguido no es lo que habíamos soñado.

Muchas sombras y muchas lágrimas que nos confunden y nos hacen desconocer incluso aquello que nosotros más apreciamos. ¿Sería el estado de desánimo y desencanto que estaba sufriendo María de Magdala en aquella mañana que se había vuelto fría para ella? Al llegar al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús terminando de cumplir con los ritos o protocolos para su entierro que no habían podido terminar porque aquel atardecer del viernes llegaba el descanso sabático, ahora se habían encontrado la piedra del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús. ¿Se lo habían robado? ¿Lo habían trasladado de lugar porque aquel sitio había sido provisional por las prisas del sabat?

Ni a las preguntas e indicaciones de los Ángeles podía hacer caso porque lo que ella quería y buscaba no estaba allí. Se le acerca alguien que ella en sus llantos no reconoce y pensaba que era el encargado del huerto con las mismas preguntas a las que ella sabe dar solo una respuesta. ¿Dónde se lo han llevado? Que ella es capaz de ir a buscarlo y traerlo para darle buena sepultura. Se olvidaban incluso las palabras que ella había escuchado tantas veces. Con qué facilidad olvidamos y no somos capaces de ir más allá cuando estamos envueltos en nuestras lágrimas y tristezas. No son solo depresiones pasajeras sino una cerrazón de nuestra mente que nos hace olvidar lo que más apreciamos.

Solo cuando escucha su nombre en labios de quien ella pensaba que era el hortelano despierta de su estado de animo depresivo y reconoce la voz de quien ella sabía que tanto le amaba. Solo una palabra, pero quizás con una cadencia especial; una palabra que en su sonido llevaba toda una canción de amor; una palabra que ya no solo escucha con los oídos sino que la está sintiendo en el corazón. ¿Seremos capaces de ir con una palabra así hasta aquellos que están envueltos en sus penas y sufrimientos a nuestro lado? Son tantos los que necesitan escuchar una palabra así llamándoles por su nombre en medio de este mundo de anónimos; nosotros necesitamos también escuchar nuestro nombre en quien se dirige a nosotros, porque significa que somos reconocidos en medio de tanto anonimato; no somos una grano de arena perdido en medio de esa gran masa que camina por el mundo, por eso nuestro nombre también es tan importante.

‘¡María!’, ‘Rabonni, Maestro’ son las pocas palabras que resuenan en aquellos momentos y todo se transforma, las lágrimas se secan y reaparecen las sonrisas del rostro y las alegrías del alma. No son solo dos palabras, es una experiencia de vida, un encuentro que se convierte en vital, un instante para abrirse caminos donde todo parecía oscuridad. ‘Ve y dile a mis humanos’, es un mandato y una misión. Es el impulso para una nueva carrera en aquella mañana en que ya sí parece que ha salido el sol que calienta el alma.

‘Y María Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Desde esta experiencia de pascua que estamos viviendo ¿seremos capaces de hacer como aquella primera misionera y llevar el anuncio del Evangelio a los que están a nuestro lado? ¿Se difuminarán para siempre tantas oscuridades que pesan sobre nosotros y sobre nuestro mundo?

sábado, 27 de diciembre de 2025

La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

 


La comunión en el amor será nuestro testimonio, los signos y señales por las que los otros podrán encontrar a Jesús y sentir el gozo del Evangelio

1Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

¿Alguna vez habéis llegado a vuestra casa y os encontrasteis las puertas abiertas y al entrar, quizás temerosamente porque no sabéis lo que os podéis encontrar, habéis visto todo revuelto y tirado por todos lados, señal de un allanamiento y de un posible robo? No habréis tenido la experiencia directamente, pero quizás alguien que lo ha pasado os lo habrá contado.

Es lo que en principio nos refleja hoy esta página del evangelio. Primero las mujeres y también María Magdalena habían acudido al sepulcro bien temprano, para culminar los ritos funerarios que en la tarde del viernes no habían podido realizar plenamente por la entrada con el atardecer del descanso sabático, o simplemente para estar allí junto al sepulcro como en tantas visitas que hacemos a nuestros cementerios, pero la piedra estaba corrida, dentro las vendas andaban por un lado y el sudario por otro y el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Es la mañana de las carreras, como suelo decir, porque María Magdalena va a donde están los discípulos para anunciarles lo que habían encontrado, Simón Pedro y Juan corren al sepulcro para ver lo sucedido y así lo encuentran. Juan se queda a la entrada mirando mientras Simón Pedro entra para inspeccionar todo; finalmente entrará Juan y cuando lo contempla todo nos dice el evangelista que ‘vió y creyó’. Lo que encontraron allí no eran señales de robo aunque ya se encargarían  otros de hacer correr ese bulo. Creyó Juan en la palabra que había dicho Jesús, creyó que en verdad Jesús había resucitado.

Por algo nos podrá decir en el comienzo de su primera carta. ‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida… damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó… Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos…’

Precisamente hoy con la liturgia, en medio de lo que es la octava de la Navidad, estamos celebrando a san Juan evangelista, el discípulo que tanto amaba Jesús, el que recostó la cabeza sobre el pecho de Jesús en la noche de la última cena, el que un día había escuchado con su hermano Santiago la invitación de Jesús para ser pescadores de hombres y había dejado las redes, la barca y todo por seguir a Jesús, el que escuchando las indicaciones del Bautista señalando al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo se había ido tras Jesús para saber donde vivía, el que fue testigo de momentos muy especiales de Jesús como la resurrección de la hija de Jairo, la transfiguración en el Tabor o la agonía de Jesús en el huerto de Getsemaní, el que más tarde le reconocería en la penumbra del amanecer a la orillas del Tiberíades.

‘Es el Señor’, que confesaría entonces y que como hoy nos dice en su carta aquello que vio y oyó, aquello de lo que es testigo no lo puede callar, nos lo tiene que comunicar. Y de qué manera sublime nos lo trasmite en su evangelio, aunque como dice no lo puede escribir todo porque los libros no cabrían en el mundo. Tal es la inmensidad del misterio de Dios que se nos revela, tan hermosa es la buena noticia que estamos también nosotros a transmitir.

En nuestros ojos siguen vivas las imágenes del niño recién nacido en Belén ante el cual los ángeles cantan la gloria de Dios. Nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor, se nos anunciaba la noche de la natividad. A los pastores se les dio una señal, un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y los pastores fueron a la ciudad de David y con esas señales lo encontraron. Muchas señales siguen guiándonos a nosotros también hasta Jesús para igualmente hagamos nuestra profesión de fe. ‘La Vida se hizo visible’, que nos decía Juan, ‘vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó’.

Nos queda ahora nuestra confesión de fe que no son solo palabras, sino que tiene que manifestarse en la comunión que vivamos, ‘comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo’. Solo cuando entremos en esa comunión de amor estaremos dando verdadero testimonio, son los signos y las señales por las que los otro podrán encontrar a Jesús, podrán sentir el gozo del anuncio del Evangelio.

martes, 22 de julio de 2025

La experiencia del encuentro pone alas en el corazón y alegría en el alma para hacernos evangelizadores de la Buena Noticia

 


La experiencia del encuentro pone alas en el corazón y alegría en el alma para hacernos evangelizadores de la Buena Noticia

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Qué gozo y alegría sentimos en nosotros y cómo pronto buscamos la manera de contárselo a alguien cuando una persona querida y apreciada, un amigo por la razón que sea no lo hemos podido ver en mucho tiempo, y ya parecía que habíamos perdido todo contacto con él, de pronto nos lo hemos encontrado. El abrazo de amistad no puede faltar y todas las manifestaciones de afecto que nos salen del corazón; pronto comenzaremos a contarnos cosas, las experiencias que hayamos tenido en esa ausencia, buscaremos la forma de no perder contacto, es más, nos prometemos volver a vernos pronto. Y como decíamos, casi de inmediato le llevaremos la noticia a la gente de nuestro entorno, que sabían de nuestro desasosiego por la pérdida o la ausencia ahora recuperada, todos participarán de nuestra alegría.

Aunque habían sido pocas horas María Magdalena estaba viviendo esa angustia desde la pasión de Jesús y su muerte de la que ella había sido testigo pues al pie de la cruz también estaba con aquel pequeño grupo que con María y con Juan habían podido llegar hasta el calvario. Ella fue de las mujeres que estaban atentas en los detalles de la sepultura hecha con prisas en la tarde de las vísperas de la pascua para pasado el descanso sabático suplir los ritos funerarios que no habían podido realizar. Con las otras mujeres había venido aquel primer día de la semana desde el amanecer, pero se habían encontrado la piedra de la entrada del sepulcro corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús.

Yo llamo a ese amanecer la mañana de las carreras en el ir y venid a comunicar en principio la mala noticia de la desaparición del cuerpo de Jesús, la venida de algunos discípulos, Pedro y Juan, para comprobar la veracidad de lo que contaban, mientras algunas de ellas por su parte se habían visto a Jesús que les había salido a su encuentro.

Pero María Magdalena no se lo podía creer. Lloraba y se preguntaba donde estaba el cuerpo de Jesús entrando incluso con aquellos Ángeles que eran los que ahora le daban esperanzadoras noticias.

Una oportunidad es preguntar a cualquiera que aparezca por el lugar y si es el encargado del huerto mejores noticias les puede traer. Es el diálogo de Magdalena con la que ella creía era el hortelano ofreciéndose a si le decían donde estaba ella por si mismo lo traería para darle digna sepultura.

Sus lágrimas cegaban sus ojos, sus lágrimas le hacían perder perspectivas de vida, sus lagrimas la encerraban en si misma para no ver más allá, para no saber encontrar la luz. Cuántas veces nos pasa cuando estamos envueltos por las oscuridades de nuestros problemas; parece que una loza con el peso del mundo entero ha caído sobre nosotros. La vida se nos vuelve un laberinto del que parece que no sabemos salir, caminamos sin rumbo y ciegos y sordos a todas las buenas noticias que nos pudieran traer, la confusión se adueña de nuestra vida, qué difícil es encontrar serenidad y mantener la paz en el corazón.

Allí estaba el Señor, fue necesaria solo una palabra para que ella lo reconociera y se desataran todas las alegrías. Era el Señor. ‘Rabbonni’- Maestro -, es ahora la exclamación de María Magdalena. Vendrían los besos y los abrazos, ella se echa a sus pies para abrazarlos, ¿para que no se escapara? ¿Para que no se volviera a marchar? ¿Para que estuviera siempre con ella?

Pero para ella Jesús tiene una misión. ‘Ve a decir a mis hermanos’. Y las carreras continúan porque es ahora ella la que corre de nuevo al encuentro con los demás discípulos, que aún siguen incrédulos y con sus miedos y dudas, para decirles ‘He visto al Señor, esto me ha dicho el Señor’. Es la alegría compartida, es la Buena Noticia transmitida; a María Magdalena la llamamos por eso la primera misionera, es la que viene a comunicarnos la alegría de la Pascua del Señor.

La experiencia del encuentro con el Señor la transformó; se acabaron los miedos y las dudas, se acabaron las lágrimas y las angustias, se abrió el alma con una nueva alegría, a los pies se les pusieron alas no solo para que corrieran sino para que volaran a llevar la buena noticia. ¿Es la experiencia que nosotros vivimos? ¿Es la carrera evangelizadora que nosotros hacemos?

martes, 22 de abril de 2025

No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

 


No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón, corramos a decirle a los demás ‘hemos visto al Señor’

Hechos, 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

Qué felices y contentos nos ponemos cuando logramos ver o estar con aquella persona, aquel personaje al que tanto admiramos. Hoy vemos correr a la gente de un lado para otro porque llega aquel ídolo de la música o del deporte que tanto se admira y queremos verle pasar, tocarlo si fuera posible u obtener un autógrafo aunque solo sea un garabato. ¡Lo vi! ¡Lo toqué! Paso a mi lado, estaba tan cerca, y la gente se vuelve loca. O es el niño que hace tiempo que no ve a los abuelos y está ansioso por estar con ellos, por recibir su cariño y su afecto, por poderse sentar a su lado o en su regazo. Así podríamos pensar en tantos gestos humanos que luego recordamos, que contamos a todo el mundo, que nos quedan grabados en el alma.

María Magdalena llegó a donde estaba el resto de los discípulos, después de aquella accidentada mañana y viene feliz diciéndoles ‘he visto al Señor y ha dicho esto’. Feliz iba María Magdalena después de tantas lágrimas. No podía callarse lo que había vivido. Había estado al pie de la cruz en el momento supremo de la pasión y de la muerte, formó parte de aquella comitiva que condujeron al cuerpo de Jesús en aquella cercana sepultura, junto con las otras mujeres dejaron bien grabada la imagen en sus mentes de donde y como habían colocado el cuerpo de Jesús con el deseo de volver pasado el sábado para embalsamarlo debidamente, pero la piedra que cerraba la entrada del sepulcros estaba corrida como quien había entrado a robar y el cuerpo de Jesús allí no estaba.

La mañana se la había pasado deshaciéndose en lágrimas, aparte de las carreras por ir a anunciar a los discípulos lo que había sucedido con la venida de Juan y Pedro para comprobarlo, queriendo encontrar como fuera el cuerpo de Jesús. Todos le preguntaban por qué lloraba y no hacía sino repetir lo mismo. Ahora alguien que a ella le parece que es el encargado del huerto le hace la misma pregunta, pero ella casi ni le mira dando la misma respuesta. Fue necesaria solo una palabra, llamarla por su nombre, María, para despertar de su angustia y abrirle los ojos no solo de su rostro sino también de su alma para reconocer que quien estaba allí era Jesús.

De El había recibido el encargo que presurosa había corrido a contar a los discípulos. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Una palabra escuchada en el alma le había devuelto la vida. Había sido de nuevo un encuentro hermoso cuando parecía que todo estaba perdido. Se sentía nueva, porque allí estaba Jesús, allí estaba el Señor resucitado y con El todos resucitados, con El todos volvemos a la vida.

Nosotros también queremos seguir viviendo lo mismo en esta semana de Pascua. Es lo que también nosotros tenemos que seguir repitiendo al mundo que nos rodea, es el testimonio que nosotros también tenemos que dar. ‘Hemos visto al Señor’. Y lo tenemos que afirmar con toda rotundidad aunque haya alrededor nuestro tantos que quieran negarlo. No son ilusiones ni sueños, es una realidad profunda de nuestra vida, es algo que experimentamos dentro de nosotros, algo que sentimos en lo hondo del corazón. Y tenemos que entusiasmarnos, y tenemos que llevar la noticia a los demás, y tenemos que contagiar de nuestra alegría a los que nos rodean.

Desaparezcan las angustias y las desesperanzas, quitemos los agobios del alma, no nos dejemos envolver por esos materialismos de la vida, busquemos con humildad al Señor que viene a nosotros pero abramos las sintonías de nuestro espíritu para escucharle porque El sigue llamándonos por nuestro nombre, El quiere estar a nuestro lado, El es de verdad luz en nuestro camino. Y es lo que tenemos que transmitir a los demás. No perdamos el sentido de la pascua, que no se arruine esa alegría que nos hace cantar el corazón.


lunes, 22 de julio de 2024

En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

 


En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

¿Cómo reaccionamos o cómo actuamos cuando se nos confía que hemos de trasmitir una noticia a alguien? Seguramente intentaremos buscar las mejores palabras para hacer esa comunicación, sobre todo si son noticias graves o desagradables. Nos vemos en una tesitura de la que querríamos liberarnos, repito, si son noticias no buenas, que pueden producir dolor en alguien o un impacto grande en su vida, y es como si quisiéramos retardar el momento de comunicarla, aunque normalmente las noticias vuelan y siempre encontrarán camino. Cuando las noticias son buenas nos sentimos gozosos de poder trasmitirlas, y nos daremos prisa por llegar allí donde hemos de llevar tales noticias. Y sobre todo cuando es después de que hayamos tenido algún tipo de experiencia que también haya producido gran impacto en nosotros.

María Magdalena tenía una buena noticia que comunicar a los discípulos de parte de Jesús. ‘María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Ella había vivido una experiencia muy grande. Como fiel discípula había estado al pie de la cruz en el momento de la muerte de Jesús, con María y otras mujeres. Con atención había observado donde habían colocado el cuerpo de Jesús en aquel sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado, sin poder realizar los correspondientes ritos funerarios por el inicio del sábado a la caída del sol del viernes. Pasado el sábado, el primer día de la semana había venido con las otras mujeres al sepulcro, pero se habían encontrado la piedra corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús.

Ciega de amor se había quedado a la entrada del sepulcro preguntándose y preguntando a todos quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde estaba, que ella se encargaría de volverlo a traer. Ciega de amor en su dolor había confundido a quien le hablaba con el jardinero, pero solo cuando oyó su nombre en los labios de Jesús se le abrieron los ojos, como en un nuevo milagro, para reconocer la presencia de Jesús resucitado. Y El le había confiado una misión que había de anunciar a los hermanos. Lo que ahora estaba haciendo. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Primera que trae la Buena Noticia de Cristo resucitado, primera misionera y evangelizadora.

Mucho hemos meditado estos pasajes del evangelio que hoy de nuevo se nos proponen porque celebramos su fiesta, Santa María Magdalena. Pero la celebración de su fiesta está lanzándonos unos retos. También tenemos que ser misioneros y evangelizadores. Decimos que tenemos una fe porque también nosotros en nuestra vida hemos tenido la experiencia de la presencia de Jesús en nosotros. A nuestro encuentro nos ha salido el Señor también en medio de nuestras dudas y nuestras luchas, en nuestras angustias o en nuestros sufrimientos, en los interrogantes que muchas veces nos plantea la vida y donde también nos encontramos ciegos y desorientados haciéndonos muchas preguntas que parece que no tienen sentido, pero que sin embargo nos duelen por dentro. ¿Nos estaremos quedando también llorosos o angustiados por tantos sin sentidos de la vida a la puerta de un sepulcro vacío?

Cuántas confusiones se nos arman en nuestro espíritu, en nuestro corazón, en las cosas que hacemos, en las cosas que se nos van planteando y nos quedamos como paralizados y ciegos sin saber qué caminos hemos de tomar. ¿No tendríamos que reavivar de nuevo esas bonitas experiencias de fe que en tantos momentos hemos vivido y que quizás hemos dejado en el olvido con el paso del tiempo? No nos podemos quedar a la puerta de un sepulcro vacío buscando todavía signos de muerte cuando han brillado en nuestro camino tantos signos luminosos de vida. Por eso, digo, tenemos que reavivar nuestra fe, tenemos que traer a la memoria esos buenos momentos vividos, esas experiencias profundas del alma para que se revitalice nuestra fe.

En medio de todo ese ruido de la vida que nos confunde tenemos que saber hacer el silencio que nos permita escuchar esa voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Dejemos que se estremezca de nuevo nuestra alma, y seguro que saldremos corriendo para ir a llevar la noticia, la buena noticia a los demás.

martes, 2 de abril de 2024

Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

 


Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Por qué lloras? Es lo que sale espontáneo de nuestros labios cuando vemos correr rostro abajo unas lágrimas. Sale a flote nuestra sensibilidad. Unas lágrimas son siempre un fuerte despertador para nuestra sensibilidad. Ya sea el llanto de un niño, ya sean las lágrimas de una mujer, ya sea el llanto muchas veces disimulado de un hombre que no sé por qué razones parece que estuviera peleado con su masculinidad, pero los hombres también lloran. Y nos preguntamos ¿por qué esas lágrimas?, y no soportamos quizás el sufrimiento que esconden detrás. Y nos dejan quizás mal sabor en nuestro paladar humano porque nos saben quizás a amargura, nos evocan soledades, nos recuerdan sufrimientos que no siempre sabemos curar.

Hoy en el evangelio estamos contemplando de entrada unas lágrimas que nos pueden traer recuerdos de encontradas emociones y recuerdos, pero que son siempre sintonía de un corazón agradecido y lleno de amor que no quiere separarse del amado. María Magdalena tenía mucho que recordar, porque un día Jesús le había arrancado siete demonios de su alma, como nos recuerda san Juan, podía haber sido aquella mujer pecadora pero que sin embargo un día supo volverse hacia el amor y la misericordia y había sido perdonada por sus muchos pecados. Es la mujer que desde entonces siempre había sido fiel y no se había separado de Jesús en sus andanzas a través de toda Palestina desde Galilea a Jerusalén.

Sabemos que estuvo al pie de la cruz hasta el último momento bebiéndose las últimas palabras y los últimos gestos de Jesús para alimentar más y más su amor. Ahora la contemplamos a la entrada del sepulcro vacío, donde en la tarde del sábado ella había contribuido también a depositar allí el cuerpo de Jesús difunto. Entre las primeras mujeres que al alba habían venido al sepulcro en el deseo de embalsamar a Jesús estaba ella también cuando se encontraron el sepulcro vacío.

Ella participó también seguramente en aquellas carreras matinales por las calles de Jerusalén para llevar la noticia que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, y ahora estaba allí llorosa preguntando a todo el mundo quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde lo habían colocado, porque ella iría a buscarlo y traerlo para darle honrosa sepultura. Primero los ángeles que estaban dentro de la sepultura y luego a quien parecía ser el hortelano encargado de aquel huerto.

¿Por qué lloras? Había sido la pregunta repetida. ¿Cómo no iba a llorar el amor cuando sentía que la soledad le amargaba el alma? ¿Cómo no iba a llorar quien se sintiera tan agradecida por los dones de amor que Dios había derrochado sobre ella? Y sus ojos llorosos estaban encandilados y ahora no podían distinguir al que era la luz de su vida que estaba delante de ella. Será el sonido de unas palabras que pronuncian su nombre el que la hará despertar de aquel letargo en que el dolor la había sumido. No fue necesario nada más para que se despertaran todas las sintonías del amor que escuchar su nombre en los labios de Jesús. Todo se hacía música para ella y comenzó de nuevo a cantar su corazón. Había sido la nota palpitante que la había despertado y todo su amor se desbordaba. Seguramente las lágrimas seguían desparramándose de sus ojos, pero ahora eran de alegría en el amor recobrado.

¿Nos embargarán también a nosotros las lágrimas del amor o las lágrimas que nos hacen sensibles al dolor de los demás? ¿Será acaso que ya no sabemos llorar? Despertemos de nuevo la sensibilidad del corazón. Pero quizás también necesitamos oír una voz, una palabra con nuestro nombre en los labios de Jesús. ¿Qué tendríamos que hacer para escucharla? Miremos cómo vamos a afinar las fibras de nuestro espíritu para que podamos entrar de nuevo en esa sintonía de amor. Hay un paso de Dios por nuestra vida que va a ajustar la música de nuestro corazón, dejémonos encontrar por ese paso de Dios que lleva a esa nuestra vida que muchas veces aun permanece junto a la puerta de una tumba. También nosotros tenemos que resucitar.

sábado, 22 de julio de 2023

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

 


En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más honda en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Hoy no hacemos sino hablar de amor, de amor nos habla la literatura y nos habla la música, mensajes de amor estamos trasmitiendo en todas direcciones en todos los rincones del mundo, es la palabra que más fácil y pronto sale de los labios, la gente dice que está muriendo de amor. Suena muy romántico, parece ser que es una cosa sabida, pero también podemos decir que se muere de amor porque quizás no se alcanza el amor; no sabemos llegar al amor y ser felices porque quizás algunas veces creamos confusiones con la palabra y con el concepto y cuando se está hablando decimos de amor, quizás son otras cosas las que están en nuestro deseo interior. Hemos de tener cuidado con no jugar con esa palabra de amor y lo echemos a perder.

Hoy estamos celebrando y contemplando en algunos momentos de su vida en el evangelio a quien vivió una búsqueda intensa de amor. María Magdalena y el evangelio con certeros trazos nos describe su búsqueda del amor. Marcos nos dirá que de ella Jesús arrojó siete espíritus, que pueden reflejar etapas de su vida y de su búsqueda de amor quizás no siempre de forma correcta; pero se encontró con Jesús y se vio liberada del mal y de la muerte, la vemos caminando con Jesús entre aquellas mujeres que le acompañaban y le ayudaban, pero destacan esos momentos en que la vemos en toda la fidelidad de amor junto a la cruz de Jesús. Nos lo describe el evangelista. No era fácil estar al lado de un reo en el momento de su condena, pero allí está María Magdalena; no era fácil en ese momento supremo de la muerte estar a su lado sin poder hacer nada, pero allí estaba María Magdalena. No podría nunca arrancar de su corazón al amor que había encontrado.

Pero su presencia no termina ahí, porque será del grupo de mujeres que en el primer día de la semana al amanecer corren al sepulcro porque había que cumplir con todos los ritos funerarios en la víspera del sábado no pudieron cumplir. ¿Quién moverá la piedra de la entrada del sepulcro?, iban pensando en el camino pero sentían que la fuerza del amor haría lo posible. Pero la piedra estaba corrida y el cuerpo de Jesús no estaba allí. La llamo la mañana de las carreras; había que contarlo a los discípulos que seguían encerrados en el cenáculo, Pedro y Juan vendrían y constatarían lo mismo, y mientras María se quedaba a la entrada del sepulcro entre sus lágrimas y sollozos porque quería saber donde estaba el cuerpo de Jesús que de allí habían sacado.

Sus lágrimas le impiden ver y entender el mensaje de los ángeles, por cuando alguien se acerca pensando que era el encargado del huerto ya está pidiendo, reclamando donde se ha llevado el cuerpo de Jesús, que ella lo recogería. Será la voz de Jesús la que le hará escuchar y comprender, para encontrarse con Jesús mismo que le ha salido al encuentro. ‘¡Maestro!’ exclama y quiere agarrarse a sus pies porque ya nada ni nadie podrán separarla de Jesús, aunque recibirá un encargo y una misión. Hay que llevar la Buena Noticia a los apóstoles, por eso se convertirá en la primera portadora de evangelio para comunicarlo a los demás. ¿Quién mejor podía ser la primera portadora del evangelio que quien tanto había llenado su corazón del amor de Jesús?

El amor la hace buscar y el amor la hace misionera. ¿Por qué lloras? ¿A quien buscas? Habían sido las preguntas que se le habían repetido en aquella mañana. Ahora había encontrado definitivamente el amor y tenía que ser esa mensajera de amor, del amor verdadero, del amor de quien había dado su vida por aquellos que amaba, que es el amor más sublime.

Es nuestra búsqueda y son también nuestras lágrimas, porque muchas veces buscamos pero no encontramos ese amor porque no sabemos bien donde hemos de ponerlo y se crean tantas confusiones en nuestra mente y en nuestro corazón. No era suficiente para María Magdalena buscar en un lugar de muerte, sino que tenía que encontrarse con quien en verdad estaba vivo. Buscamos a veces amores de muerte, que no nos satisfacen, que nos dejan vacíos, que se nos desbordan en nuestras vidas en cosas que no son verdadero amor. Tenemos que aprender de María Magdalena, aunque también tengamos que pasar muchas veces por el dolor del calvario, pero sabemos que es camino a la vida verdadera, al amor verdadero.

En Jesús encontraremos el sentido de nuestro amor, el valor de un amor verdadero, la satisfacción más hondo que podemos sentir en nuestro corazón cuando somos capaces de darnos por amor. Hagamos ese recorrido con arrojo y valentía, porque sabemos además que luego tenemos que seguir caminando porque tenemos que convertirnos en mensajeros del amor verdadero que puede salvar a nuestro mundo. Es el evangelio que tenemos que comunicar.

 

sábado, 15 de abril de 2023

Necesitamos dar un testimonio auténtico de Pascua con el anuncio de la resurrección de Jesús al mundo que nos rodea para ser verdaderos signos de luz y esperanza

 


Necesitamos dar un testimonio auténtico de Pascua con el anuncio de la resurrección de Jesús al mundo que nos rodea para ser verdaderos signos de luz y esperanza

Hechos de los apóstoles 4, 13-21; Sal 117; Marcos 16, 9-15

Completamos casi la semana de la octava de Pascua en que hemos venido proclamando con toda alegría e intensidad la alegría de la pascua, la alegría de nuestra fe, que venimos a concluir mañana, octava de pascua y fiesta de la misericordia, pero la palabra de Dios que ha ido resonando en estos días aun nos hace detenernos para que nos revisemos cual es la intensidad de la fe que estamos viviendo y celebrando.

Y lo hace en este como resumen que nos hace el evangelista Marcos, es el más breve como lo ha sido todo su evangelio, de lo que fueron esos momentos de pascua de los discípulos de Jesús. Ya Juan en especial, aunque también Lucas, nos recordarán como estaban encerrados los discípulos en el cenáculo desde el momento del prendimiento de Jesús en el huerto. En ese momento se nos dice que lo abandonaron y huyeron.

Salvo la aparición esporádica de Pedro en el patio del Sumo Sacerdote, y ya conocemos sus resultados, y de Juan al pie de la cruz como nos narrará el evangelio de Juan, el refugio, por así decirlo, fue el Cenáculo. Había sido el lugar de la despedida con todas las maravillas que aquella noche en el cenáculo se fueron sucediendo. Habían sido momentos también de tensión y de hondas emociones, donde los signos se habían multiplicado. Y allí vinieron a refugiarse, de manera que se va a convertir como en el centro de la Iglesia naciente.

Allí acude en la mañana de aquel primer día, como nos cuenta hoy Marcos, María Magdalena tras sus experiencias en el sepulcro a donde había acudido con las otras mujeres a querer completar el embalsamamiento del cuerpo muerto de Jesús. Pero Jesús no está en la tumba; los otros evangelistas nos hablarán de aparición de ángeles para decirles que no busquen en el lugar de los muertos al que está vivo, y será María Magdalena la última que regrese al cenáculo para anunciar que Jesús había resucitado. Habría ella vivido, como nos narra Juan, la experiencia de su encuentro con Jesús, al que había confundido con el hortelano. Pero ante la noticia los discípulos no la creen.

Otros discípulos se habían querido marchar a su pueblo, Emaús, pero alguien les había salido al encuentro en el camino, y aunque en principio no lo reconocieron a pesar de que les ardía el corazón mientras les hablaba, cuando sentados a la mesa partió el pan para ellos, lo reconocieron y volvieron a Jesús con la noticia. Pero los que estaban reunidos en el cenáculo tampoco los creyeron.

Será Jesús mismo el que haga sentir su presencia en medio de ellos, entre su estupor, su asombro y finalmente su alegría, y les echará en cara la dureza de su corazón porque no habían querido creer a los testigos. Les abrirá ahora el corazón para que entendieran las Escrituras pero al mismo tiempo les encomienda una misión. Han de ir a llevar esa buena noticia por todo el mundo. ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación’, les había dicho. Es la misión que tienen, que tenemos que realizar.

¿Seremos también nosotros duros de corazón para no creer, para no aceptar el testimonio que nos pueden ofrecer otros testigos? ¿Seremos también nosotros duros de corazón, se nos habrá encallecido el corazón, nos habremos acostumbrado tanto a esto de la pascua y de la resurrección que en nosotros no haga mella este anuncio?

Aquí con sinceridad tendríamos que preguntarnos muchas cosas, si, preguntarnos por la intensidad que hemos vivido y seguimos viviendo esta pascua. ¿Esa alegría de la pascua de verdad ha estado presente en nuestra vida en estos días? ¿En qué se ha notado? ¿Hemos sido capaces de anunciarla, de testimoniarla con nuestra vida a ese mundo que nos rodea? 

Tenemos que reconocer que a la mayoría de la gente que nos rodea no les dice nada la pascua, ha sido eso, Semana Santa, una ocasión quizás para unas vacaciones, algo que hacen en la Iglesia, unas procesiones que salen a la calle, pero no se han visto en nada implicados. ¿Habrá faltado un testimonio autentico de quienes nos decimos cristianos, un testimonio más intenso y lleno de vida de la misma Iglesia para ser un signo de luz y de esperanza en medio del mundo?

 

martes, 11 de abril de 2023

También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

 


También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Al final podrá María Magdalena correr hasta donde están los discípulos, aún encerrados después de todo lo sucedido, para anunciarles que ha visto al Señor. Pero le ha costado muchas lágrimas. Había estado al pie de la cruz como de las primeras, muy valiente en aquellos momentos difíciles. Le había visto exhalar el último suspiro y había estado muy atenta del sepulcro donde habían colocado el cuerpo de Jesús. No había podido hacer otra cosa en el día del sábado porque el descanso sabático le impedía realizar el trabajo que tanto estaba deseando.

Ella también quería ser de las primeras que aquel primer día de la semana, pasado ya el sábado y la noche, para venir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero allí no estaba. ¿Se lo habían robado? ¿Quién había tenido tal atrevimiento? Otros evangelistas nos hablaran de las mujeres que habían vuelto y de camino Jesús les había salido al encuentro, o de Magdalena corriendo para anunciar a los discípulos que se habían robado el cuerpo de Jesús – ya lo meditaremos en otro momento – pero Lucas nos habla ahora de María Magdalena, llorosa, a la entrada del sepulcro. Los ángeles que les habían anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús y que no buscasen al que estaba vivo en el reino de la muerte, le preguntan ahora a María Magdalena por qué llora.

No hay otra obsesión en la cabeza de quien tanto había amado a Jesús, porque también tanto se había visto perdonado en su encuentro con Jesús. Repetirá una y otra vez la misma cantinela, ‘porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Ella quería estar con Jesús. Estaría dispuesta incluso a llevarse el cuerpo muerto de Jesús para darle sepultura allí donde ella pudiera estar siempre a su lado, tanto es la fuerza del amor.

Será lo que repite a quien ella cree que es el encargado del huerto. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Está dispuesta a todo. Pero sus lágrimas le han sellado los ojos como para no reconocer con quien está hablando. Cuando nos obsesionamos con nuestras angustias, ciegos y sordos nos volvemos. Hasta lo que era lo más palpable, aquello que siempre habíamos creído y que incluso nos había valido para consolar a otros, ahora de nada nos sirve porque nuestra mente se ha bloqueado.

¿No te he dicho que si crees todo será posible?, le diría un día a Jairo cuando marchaban a su casa y le traían malas nuevas. Es el grano de fe que mueve montañas. Es el grano de fe que nos hará ver las maravillas del Señor. Es lo que le pide a Marta y a María cuando ellas sienten la pena de que Jesús no había estado con ellas en los momentos de la enfermedad y la muerte de su hermano. Te he dicho que si crees vivirá, les dice. Es la fe que va pidiendo a cuantos se acercan a El a lo largo del evangelio. Tú fe te ha salvado. Y no nos podemos dejar envolver por las tinieblas. El centurión romano se siente incluso incapaz de ir por si mismo a pedir a Jesús por su criado, pero cuando se entera que viene Jesús le saldrá al encuentro para reconocer humilde que no es digno de que Jesús vaya a su casa, pero cree en la palabra de Jesús que con solo una palabra puede salvarle.  

Ahora será una palabra la que va a despertar a María Magdalena, le va abrir los ojos porque cesarán ya para siempre sus lágrimas. ‘María’, le dice Jesús. No es necesario más. ‘Maestro’, exclamará la Magdalena y ya la vemos a los pies de Jesús. Se acabaron las tinieblas que velaban sus ojos, se acabaron las angustias que le embargaban el corazón, se acabaron las lágrimas porque ahora todo será alegría y fiesta, ya se podrá quedar aletargado al pie del reino de la muerte sino que correrá a anunciarlo a los hermanos. ‘He visto al Señor, y me ha dicho esto’.

Despertemos nosotros a esa fe, salgamos de nuestro letargo para escuchar también esa Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Nos llama por nuestro nombre y nos envía también al encuentro con los hermanos para hacerles el anuncio de la Palabra de Jesús. Es lo que tenemos que seguir anunciando aunque la gente no nos crea. Quizás muchos nos mirarán con lástima o con desdén cuando nosotros estos días hablamos de la resurrección de Jesús y como nosotros estamos llamados a esa resurrección y a esa vida. Le es más fácil a las gentes del mundo de hoy el creer en reencarnaciones que creer en la resurrección de Jesús y hasta querrán que cambiemos la palabra, porque, nos dicen, tenemos que adaptarnos a los tiempos modernos.

No es cuestión ni de adaptaciones ni modernismos. Nosotros vamos con la experiencia del encuentro vivo con Cristo resucitado como lo hemos vivido en estos días de la semana santa y sobre todo en la noche de la vigilia pascual. Es sentir que Jesús está vivo en esa vida nueva que estamos sintiendo allá en lo más hondo del corazón. Escuchamos también, como Magdalena, esa voz del Señor que nos habla, que nos llama por nuestro nombre, que se convierte en el centro de nuestra vida, de nuestra existencia toda, por lo que nos sentimos impulsados a algo nuevo, por lo que sentimos esa nueva paz interior.

También pasamos por momentos de lágrimas y de angustias, pasamos por momentos de sentirnos unos bellacos a causa de nuestro pecado, de sentirnos rotos por dentro y sin encontrar salidas para nuestras tinieblas, pero con la presencia de Cristo resucitado en nuestras vidas todo es distinto, hay de verdad una luz que nos guía, hay una fuerza interior que nos impulsa, hay una paz que llena e inunda nuestro corazón porque nos sentimos amados, porque nos sentimos perdonados, porque nos sentimos con esa túnica nueva con que el Padre quiere vestirnos.

Y haya sido lo que haya sido nuestra vida, como María Magdalena a la que Dios había perdonado sus muchos pecados, podemos también hacer el anuncio que nadie nos podrá acallar, es verdad, ha resucitado el Señor.

viernes, 22 de julio de 2022

El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

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El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Te encuentras un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras? Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí mismo y te preguntas ¿por qué lloro?

‘¿Por qué lloras?’ Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que resuena a nuestro alrededor.

¿Por qué lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan ganas de llorar...

Aunque decíamos al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas, no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos interpelan.

Me estoy haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas, ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.

Cuando encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus circunstancias.

Desde nuestro yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.

Pero hay algo más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos está llamando por nuestro nombre.

martes, 19 de abril de 2022

No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

 


No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Las lágrimas cuando dejamos que se conviertan en amargura en el corazón fácilmente nos ciegan y no terminamos de ver lo que está palpable ante nosotros. Había allí un corazón ardiente de amor; había amado mucho y se le habían perdonado sus muchos pecados; pero seguía amando, desde aquellos primeros momentos en que se había visto liberada por Jesús de sus siete demonios, no se apartaba del lado de Jesús. Fue de las pocas que fueron capaces de subir al Gólgota para estar a los pies de la cruz de Jesús.

Cuando el corazón se llena de dolor y de tormento todo se nos hace difícil de comprender; aquellas cosas que con más ardor nos habíamos como bebido de la persona amada ahora parece que se olvidan y no somos capaces de aunar unos acontecimientos con unas palabras previamente anunciadas y todo se vuelve noche en nuestro interior. Los interrogantes surgirían en su interior como toda persona que sufre y no podía entender que la vida de Jesús terminara así en un sepulcro. Le queda ahora quedarse junto al sepulcro de su amado, pero no habían podido realizar con su cuerpo lo mínimo para su embalsamamiento y por eso junto a las otras mujeres, siendo aun de noche, habían venido para culminar los ritos funerarios. Pero el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Habían corrido como locas por las callejuelas de Jerusalén para anunciar a los discípulos que no estaba el cuerpo de Jesús y aunque las otras mujeres hablarían de Ángeles aparecidos junto a la tumba y de que les habían dicho que estaba vivo, para ella, María Magdalena, lo que había sucedido era que se habían robado o llevado de allí el cuerpo de Jesús.

Allí está llorosa a la entrada del sepulcro, vigilando sin saber qué, esperando sin saber qué; es la fidelidad incansable aunque todo permanezca oscuro. De nuevo unos ángeles que se le manifiestan ‘¿Por qué lloras?’ No sabe decir otra cosa. ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Es como su cantinela dispuesta a preguntar a todo el mundo dónde se han llevado el cuerpo del Señor Jesús.

Cuando se vuelve porque siente pasos o siente presencia de alguien, sin darse cuenta de con quién está hablando, pensando que era el encargado del huerto que por alguna razón habría quitado el cuerpo de aquel sepulcro nuevo, y ante la misma pregunta ‘¿por qué lloras?’ vuelve con lo mismo. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’.

No sabe con quién habla, las amarguras cuando se apoderan del corazón nos ciegan y nada somos capaces de reconocer. Pero será una voz, será una palabra ‘¡María!’, la que le haría volver en sí. Era la voz que bien conocía, y aunque los ojos no son capaces de ver, el corazón si es capaz de sentir. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’. Y ahora sí se le han abierto los ojos, se le ha abierto la vida.

No podemos perder la sensibilidad del corazón aunque se nos cieguen todos los demás sentidos. Los latidos del amor tienen que seguir estando presentes en nuestra vida por muchas que sean las oscuridades. Cuidado no endurezcamos el corazón de tal manera que ya no seamos capaces de oír, que ya no seamos capaces de sentir los latidos del amor. El corazón de Magdalena quería seguir latiendo al unísono con el corazón de Cristo y por eso pudo verlo de nuevo, pudo sentirlo y escucharlo.

No perdamos esa sensibilidad, no nos acostumbremos a las negruras y a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sensibilidad del amor; aunque pase largo tiempo de sombras y de tinieblas no perdamos la sensibilidad del amor. Aprendamos a mirar a nuestro alrededor, no temamos tener que enfrentarnos a oscuridades y a sufrimientos, por debajo de todo tiene que seguir circulando la sangre del amor; un día nos curaremos, un día volveremos a la luz, un día se despertará de nuevo la esperanza, un día podremos ver que las cosas comienzan a ser distintas, un día vamos a sentir fuerte la presencia del Señor y nos sentiremos transformados.