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miércoles, 22 de julio de 2026

Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

 


Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Cuando nos vemos turbados por los problemas de la vida, algo grave que nos ha sucedido, un accidente o una enfermedad, problemas en la vida familiar o en el ámbito de nuestro trabajo, cosas que nos afectan profundamente, quizás por lo inesperado del acontecimiento o la gravedad de lo que está sucediendo, nos dejan como descolocados, sin saber qué hacer o a quien acudir ni donde buscar nos hace que estemos dándole vueltas y más vueltas a esos oscuros pensamientos que nos oscurecen la mente, nos llevan a un desasosiego interior que nos hace perder la serenidad para ver todos los caminos cerrados y ni siquiera a nosotros mismos nos encontramos, ni somos capaces de escuchar otra voz que no sea nuestro propio tormento.

¿Era lo que le estaba sucediendo a María Magdalena tras la muerte de Jesús? Fue tal el impacto en su vida que hasta olvidaba todo aquello que un día les había anunciado Jesús, y quien se sentaba entonces a sus pies a escucharle, ahora no era capaz de escuchar nada ni de ver algo distinto sino solo su dolor en el que se repetía una y otra vez que habían robado el cuerpo de Jesús. Habían venido al sepulcro aquellas buenas mujeres en aquel primer día de la semana con la buena voluntad de terminar de cumplir con los ritos funerarios que el viernes en la tarde no habían podido realizar debidamente, pero solo buscaban un cuerpo muerto con la sorpresa de que el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena fue la primera que corrió a donde los discípulos para llevarles la noticia que ellos luego comprobaban por sí mismos; pero María Magdalena se quedó con sus lágrimas a la entrada del sepulcro. Una cortina de lágrimas cercaba sus ojos y anulaba su mente. ‘¿Por qué lloras?’ era la pregunta repetida que todos le hacían y repetida era la respuesta, ‘porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Serían los ángeles desde dentro de la sepultura o sería quien consideraba ella que era el encargado del huerto a quien la pedía que le dijera donde lo habían puesto que ella iría a buscarlo. Ni veía ni escuchaba otra cosa que no fuera su dolor y su angustia. ¿No repetiremos nosotros las mismas preguntas en ocasiones oscuras de nuestra vida?

Pero ahora sólo necesitó escuchar una voz y una palabra. Las ovejas conocen mi voz, había dicho Jesús un día. Y fue lo sucedió en ese momento. Es como si María en aquel momento hiciera tabla rasa de todas sus angustias para escuchar porque estaba deseando encontrar una respuesta. No valían solo sus preguntas y sus búsquedas. Alguien venía a su encuentro para dejarse encontrar, pero era necesario estar en disposición, en sintonía para escuchar. ‘¡María!’ le estaba diciendo esa voz. Fue suficiente porque ella levantó el velo de sus lágrimas y se puso en disposición de escuchar. Ya todo fue distinto. ‘¡Maestro!’ fue su grito y su impulso para tirarse a los pies de Jesús. Había escuchado y lo había encontrado. Y a partir de ese momento se convertiría en la primera portadora de evangelio, de la buena noticia de que Jesús había resucitado. Era lo que a partir de ese momento ya comenzó a ser buena noticia corriendo al encuentro con los demás discípulos para transmitirles lo que había oído a Jesús. ‘Vayan a Galilea y allí me veréis’. Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio.

Nos puede llevar a hermosas consideraciones; que en esas oscuridades de la vida no solo busquemos sino escuchemos porque es la forma de escuchar el silbido de la luz y entonces podremos dejarnos iluminar. Interiorizar no es solo ponernos dar vueltas y más vueltas a las amarguras que ya llevamos en el alma, es querer ponernos a sintonizar, a escuchar esa voz que detrás de todo eso nos habla, que traspasará lágrimas y angustias, que descorrerá velos que nos encierran en nosotros mismos, que nos llevará a caminos nuevos y a vida nueva.

Es también el camino de nuestra fe cuando tantas veces nos vemos aturdidos por dudas y por miedos, no es por nosotros mismos cómo vamos a encontrar esa fe o a encontrar esas razones para creer; hemos de sentir y escuchar al que viene a nuestro encuentro, dejar un margen grande de confianza para poder salir de nuestros desencantos, para escuchar esa voz de Dios que nos habla al corazón. María Magdalena supo escuchar su nombre porque reconoció esa voz; Dios también nos llama por nuestro nombre y no podemos confundirnos porque tiene una manera especial de pronunciar nuestro nombre, porque Él bien conoce nuestra vida y donde están nuestros desencantos.


jueves, 19 de noviembre de 2020

Lágrimas ante nuestra insensibilidad, nuestras cegueras y la invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida

 


Lágrimas ante nuestra insensibilidad, nuestras cegueras y la invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44

Qué mal nos sentimos en nuestro interior ante la ingratitud de las personas por las que quizás hemos hecho mucho; interiormente sentimos frustración, parece como si dejáramos de creer en las personas y en su buena voluntad, nos sentimos como impotentes ante posturas y gestos desagradecidos y cómo quisiéramos hacer borrón y cuenta nueva, pero dejar de contar con esas personas que no fueron capaces de reconocer lo que hicimos por ellas. Son nuestras reacciones humanas muchas veces llenas de rabia y de impotencia que quizás hacen aflorar a nuestros ojos unas lágrimas que se convierten en amargura para nosotros aunque quizás desde nuestros respetos humanos nos las tenemos que tragar.

¿Cómo se sentía Jesús ante el rechazo que por parte de algunos recibía? ¿Cuál sería la cruz de amargura que quizá tuviera que llevar cuando quizá veía, sí, personas de buena voluntad que en su sencillez le escuchaban pero que luego unos dirigentes interesados hacían tornar las voluntades de aquellas buenas personas? Llegaba ahora a la ciudad de Jerusalén y aunque sabía que habría un domingo de ramos en que niños y gente sencilla le aclamarían, sabía también que por detrás estaban unos dirigentes que no le aceptaban, que llegarían a manipular aquellos corazones sencillos para volverlos en su contra y en lugar de hosannas más tarde pedirían su muerte.

La presencia de Jesús en la ciudad santa muchas veces se hacía difícil y controvertida. Eran tantos los que estaban al acecho; y no era solo la desconfianza de los que porque vivían en Judea y Jerusalén rechazaban todo lo que pudiera venir de los incultos galileos, sino que era la controversia constante de quienes estaban al acecho del más pequeño movimiento o palabra de Jesús para aparecer en su contra buscando siempre el desprestigio y la destrucción. Conocidas son las diatribas constantes entre Jesús y los dirigentes del pueblo, sacerdotes y ancianos del sanedrín, fariseos o saduceos a los que se unían también los herodianos, los escribas y los maestros de la ley con sus preguntas capciosas, como tantas veces hemos escuchado en la lectura del evangelio.

¿Cuál era la reacción de Jesús? ¿Aparecían también aquellos sentimientos tan humanos a los que antes hacíamos referencia ante las ingratitudes? Dolor había en el corazón de Cristo pero nunca en El podía aparecer la amargura, es cierto. Ese sentimiento de frustración ante lo que parecía inutilidad de todo lo hecho aparecería también en su corazón y grande era el dolor de su espíritu, por aquella negación constante. Son las lágrimas que hoy le vemos derramar cuando contempla la ciudad santa – en espectáculo maravilloso como desde el Monte de los Olivos se vislumbra – desde aquel lugar que para siempre recordaría las lágrimas de Jesús.

Es llanto ante la ingratitud, ante la insensibilidad, ante la cerrazón del corazón que no se abre a la palabra de vida que en Jesús llega a ellos para su salvación. Todo aquel esplendor que desde allí se contempla Jesús proféticamente lo ve arrasado; aquella ciudad y templo una de las maravillas del mundo quedará arrasado y no quedará piedra sobre piedra, y aquellos habitantes tan orgullosos de su ciudad como todo buen judío serán arrasados.

Pocos años más tarde Jerusalén será destruida y los autores antiguos nos narrarán con todo detalle su destrucción. Con lo que amaba Jesús aquella ciudad ¿no iban a brotar lágrimas abundantes de sus ojos y de su corazón? Sus lágrimas son como una última llamada, aunque para Dios no hay nunca una última llamada porque El siempre estará esperándonos.

Porque a eso es a donde tenemos que llegar. El hecho de las lágrimas de Jesús, el esplendor de Jerusalén y la respuesta negativa de sus gentes y su posterior destrucción ahí están, son un hecho incuestionable, pero en eso no podemos quedarnos. Porque somos nosotros los que tenemos que vernos a nosotros mismos y nuestras respuestas.

¿Serán las lágrimas de Jesús por nosotros? ¿Seremos nosotros los que hemos de derramar lágrimas al ver la insensibilidad en que tan fácilmente caemos en nuestra vida, la ceguera de nuestro espíritu o esa invalidez que nos paraliza tantas veces y nos impide dar una respuesta más comprometida?

domingo, 22 de marzo de 2020

No nos podemos quedar en la distancia del que está en la oscuridad sino que tenemos que acercarnos para caminar con él, tenderle nuestro brazo en el que se apoye



No nos podemos quedar en la distancia del que está en la oscuridad sino que tenemos que acercarnos para caminar con él, tenderle nuestro brazo en el que se apoye

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª; Sal 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38
¿Quién no desea ardientemente la luz? ¿Quién prefiere andar en la oscuridad de una ceguera y desecha alcanzar la luz? Que se lo pregunten a quien ha perdido la luz de sus ojos que se han quedado ciegos y sin poder ver; que se lo pregunten a un ciego de nacimiento que no sabe lo que es la luz y que permanentemente ha caminado toda su vida en tinieblas.
Pero entendemos muy bien que cuando hablamos de luz y de tinieblas, de visión o de ceguera no solo estamos refiriéndonos a la luz que podemos contemplar a través de los ojos físicos de la cara, sino que también hay otras cegueras en la vida cuando no queremos comprender, cuando nuestra mente se encierra, cuando no sabemos aceptar lo que otros desde su conocimiento o su experiencia de la vida pueden ofrecernos y darnos un sentido nuevo a lo que hacemos y a lo que vivimos. Y aquí sí tenemos que decir que nos podemos encontrar con quienes prefieren seguir en sus tinieblas de siempre y en su oscuridad.
Es lo que nos está planteando el evangelio en este tercer domingo de cuaresma en que tradicionalmente leemos este texto de la curación del ciego de nacimiento. Aquel hombre, aunque quizá pareciera resignado a su ceguera y a su pobreza pidiendo en las calles de Jerusalén deseaba la luz para sus ojos, pero no se quedó en el hecho de ir a lavarse a Siloé como le había pedido aquel desconocido para él sino que luego siguió buscando la luz verdadera, a pesar de la oposición de los que le rodeaban hasta que la encontró.
No entramos en la descripción del hecho que bien conocemos y tenemos bellamente descrito en el texto del evangelio. Sí vamos a seguir un camino, un camino lleno de obstáculos, que no eran solo ya los que en su ceguera habían encontrado siempre y había aprendido a sortear, sino en los nuevos obstáculos de los que se negaban a encontrarse con la luz. Porque quizá tendríamos que decir que los verdaderos ciegos en este relato son aquellos escribas, fariseos y sacerdotes de Jerusalén que no querían aceptar la luz que quería iluminarles.
Ya vemos todas las zancadillas que van poniendo al ciego curado al que finalmente hasta lo expulsan de la sinagoga por no querer reconocer la obra de Dios que allí se estaba manifestando. La luz verdadera que había venido a este mundo pero que las tinieblas rechazaban, como se nos expresa ya desde el principio del evangelio de Juan. Es la bella imagen con la que comienza el evangelio pero que se va entrelazando en los distintos momentos hasta que lleguemos en verdad a reconocer que Jesús es la verdadera luz de todos los hombres.  ‘Yo soy la luz del mundo y el que me sigue no camina en tinieblas’, que nos dirá Jesús en un momento determinado.
Muchas consideraciones nos podemos hacer a partir de este bello texto. Para nuestra vida que necesitamos iluminar de verdad, porque bien que hemos de reconocer que aunque nos decimos creyentes y queremos seguir a Jesús y su evangelio hay muchos momentos que en nosotros está esa lucha entre las tinieblas y la luz.
Nos llenamos de dudas en ocasiones y como el ciego que no ve y no sabe donde encontrar la luz nos ponemos a tantear a nuestro alrededor dejándonos encandilar por falsas luces que nos engañan; serán otras veces las pasiones y las tentaciones que nos arrastran y nos hacen tropezar llenándonos del barro de nuestros pecados que todo lo oscurece en nosotros. Cuántas zancadillas que nos engañan y nos hacen tropezar.
Pero algo más tenemos que pensar mirando al mundo que nos rodea. Aquel ciego allí al borde de la calle de Jerusalén que grita quizá en su pobreza pidiendo limosna, o que está esperando una mano amiga que le ayude a caminar sin tropiezos en la venida desde su casa o en su regreso, nos puede estar hablando de ese mundo que nos rodea envuelto en tanta oscuridad y que de alguna manera también nos está tendiendo una mano, solicitando la prestación de un servicio por nuestra parte.
Es cierto que podemos pensar en aquellos que andan ufanos en medios de sus tinieblas o sus luces engañosas y se creen no necesitar de una luz que ilumine con un sentido nuevo sus vidas a los que tampoco podemos dejar a su suerte. Como podemos pensar en los que realmente están ansiosos de una nueva luz que no saben donde encontrar y que de alguna manera están fijándose en nosotros a ver qué es lo que le podemos ofrecer.
Ya nos dice Jesús que tenemos que ser luz en medio del mundo. Es una misión y una tarea de la que no nos podemos inhibir. Tenemos que llevar esa luz aunque la tarea en uno o en otro caso siempre sea difícil y muchas veces podemos encontrar – de hecho encontramos – rechazo. Tenemos que mantener bien encendida esa lámpara en nosotros y mantener siempre el aceite suficiente para que la lámpara esté siempre encendida. Tenemos que cuidar nuestra luz, porque nos dejamos iluminar por Cristo que es la verdadera luz que tenemos que trasmitir.
‘Que vean vuestras buenas obras, nos dice Jesús, para que den gloria al Padre del cielo’. Las obras de la luz que tienen que resplandecer en nosotros en nuestro amor y en nuestra misericordia, en ese llevar a los ojos del ciego el barro amasado con nuestro amor para que lavándose en Siloé al abrir los ojos se encuentre de verdad con Cristo y también se llene de su luz.
No nos podemos quedar en la distancia. Tenemos que acercarnos al que está en la oscuridad para caminar con él, para tenderle nuestro brazo en el que se apoye. Tenemos que ir al encuentro del que está tanteando en su búsqueda para señalarle donde está la verdadera luz. Son los gestos que hoy vemos hacer a Jesús. No pasó de largo cuando lo encontró al borde de la calle, se interesó por él e hizo que los discípulos también se interesaran. Y cuando parecía que las zancadillas no se acababan para impedir que aquel hombre siguiera disfrutando de su nueva luz, Jesús le viene al encuentro para que creciera en verdad su fe. Cuántas cosas podemos hacer, cuántas cosas tenemos que hacer.

jueves, 12 de marzo de 2020

Distraídos e insolidarios caminamos cuando no hemos dejado sembrar la semilla de la Palabra en el corazón



Distraídos e insolidarios caminamos cuando no hemos dejado sembrar la semilla de la Palabra en el corazón

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31
Todos hemos visto la imagen, o hasta nos los hemos encontrado por la calle, de aquellos que van distraídos por la vida sin saber ni por donde pisan porque quizás van entretenidos en sus cosas o como ahora esta de moda pendiente de su móvil o de su tablet. No ven por donde caminan, dispuestos a tropezar en cualquier momento, sin atención a lo que sucede a su alrededor donde pueden estar pasando muchas cosas pero nunca se enteran de nada.
Pero más allá de la anécdota del que tropieza con todo por ir solo pendiente de su celular, esto es una imagen de la postura con que muchos van por la vida. A nada atienden que no sean sus intereses, o más aún, de lo único que están pendientes es de pasarlo bien sea como sea sin ser conscientes de verdad de lo que sucede en el mundo de su entorno, porque no hay que ir muy lejos, sino al menos darnos cuenta de lo que nos rodea. Se quieren disculpar, nos queremos disculpar, en que no sabíamos nada, que nadie nos contó, que estamos muy ocupados pero es el desinterés que tenemos por la sociedad en la que vivimos y la insolidaridad que alimenta nuestras vidas encerradas en nosotros mismos.
Es la imagen que nos presenta hoy el evangelio con esta parábola de Jesús. El hombre rico que solo piensa en pasarlo bien pero  no se da cuenta del pobre que tiene en la misma puerta de su casa y que no tiene ni para comer. Un cuadro que podemos trasponer a tantas circunstancias de nuestro entorno o de nuestra propia vida cuando nos encerramos en nuestra insolidaridad.
Como continua la parábola será después de su propia muerte cuando se de cuenta aquel hombre de cómo había vivido, buscando consuelo en donde ya no puede encontrarlo porque él nunca supo dar ese consuelo a los que estaban en su entorno, queriendo incluso ahora que a su familia no le sucede lo que a él. Son las peticiones que ahora hace, pero la respuesta de Abraham es que aquellos que aun caminan por la tierra sean capaces de escuchar a los profetas, porque ni aunque un muerto se les apareciera van a cambiar ni un ápice de sus vidas.
¿Será la ceguera con que nosotros también podemos estar caminando por la vida? Ahí están palpables las necesidades y los problemas de los que están a nuestro lado, pero ya decíamos que no queríamos verlos; es más, en muchas ocasiones lo que hacemos es tratar de culpabilizarlos, pero ¿los habremos escuchado? Por nuestra cabeza quizás han pasado teóricamente muchas soluciones para esas situaciones, pero ¿hemos sido capaces de ir a ofrecerles esa solución y poner el principio de nuestra ayuda para que esas personas caminen de forma distinta?
Pero tendríamos que ser nosotros los primeros que abriéramos nuestra mente, nuestro corazón. A nuestro alcance tenemos también la Palabra que nos ilumina, pero tenemos que dejar que entre la luz para que nos pueda iluminar en nuestro interior. Y abrir la puerta a esa luz es abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios.
La semilla es necesario enterrarla en la tierra para que fructifique debidamente, eche buenas raíces y pueda surgir esa planta nueva llamada a dar bellas flores y hermosas frutas. Dejemos que esa semilla se plante en nuestro corazón; preparemos nuestro corazón para que sea tierra buena, que ya sabemos cuantos pedruscos podemos tener dentro de nosotros o raíces de malas hierbas que tendríamos que arrancar.
No es solamente un oír como quien va de paso y llegan distintos sonidos a sus oídos, sino escuchar que es prestar atención, atender y entender lo que el Señor quiere decirnos con su Palabra. Cuando así lo hacemos pronto van a aparecer esos buenos frutos en nuestra vida. Que se acabe las distracciones interesadas y comience a florecer la solidaridad.

martes, 18 de abril de 2017

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Hechos de los Apóstoles 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘¿Por qué lloras? ¿a quien buscas?’ lloramos por desaliento, lloramos por desconsuelo, cuando buscamos y no encontramos, cuando nos agobian los problemas, cuando sentimos la soledad, cuando nos parece que nadie nos entiende, cuando sentimos deseos de cariño y parece que nadie nos tiene en cuenta, cuando el dolor no solo nos mortifica corporalmente sino sobre todo cuando nos duele en el alma, cuando sentimos que nos hacen daño, cuando nos vemos impotentes en la vida para reaccionar, para responder, para hacer aquello que ansiamos, cuando nuestras metas parece que se oscurecen y se alejan… tantas cosas por las que lloramos y no sabemos donde encontrar consuelo, como encontrar respuesta. ‘¿Por qué lloras? ¿A quien buscas?’ Nos cegamos quizás y no encontramos a quien estamos buscando.
¿Por qué lloramos? ¿Lloraremos acaso por el sufrimiento de los hermanos que nos rodean? Abramos los ojos para ver su sufrimiento; no nos insensibilicemos, es nuestro peligro. Es la madre que no tiene un pan que dar a sus hijos; es el enfermo que se ve atenazado en una enfermedad incurable; es el que sufre la violencia de los demás; son los matrimonios rotos y los hijos que parece ya que no son de nadie; son los que sufren incomprensiones, son juzgados y criticados, los que nadie quiere y se sienten discriminados, los que llevan la condena para siempre en sus vidas porque no alcanzan el perdón de los demás; son los que son victimas inocentes de las guerras y violencias que hacemos desde nuestras ambiciones egoístas y terriblemente injustas; los que se sienten engañados y son manipulados por tantas vanidades de la vida; los que sufren por el odio que llevan en su corazón y no son capaces de perdonar para encontrar la paz. ¿Seremos capaces de llorar por nuestro pecado que así se convierte en un mal para los demás y los hace sufrir?
Maria Magdalena lloraba desconsolada a las puertas del sepulcro. Había venido a buscar el cuerpo de Jesús al que habían crucificado tres días antes y el sepulcro estaba vacío. Por mucho que los Ángeles le anunciaran la resurrección de Jesús ella no encontraba consuelo, porque seguía buscando a Jesús en el lugar de los muertos. Lloraba y sus ojos se cegaban porque ni a Jesús supo reconocer en quien le hablaba y pensado que era el encargado del huerto que se había llevado el cuerpo de Jesús a otro lugar, andaba preguntando donde estaba para ella llevárselo consigo. Sus lágrimas, su dolor, la búsqueda de Jesús donde no podía encontrarlo cegaban sus ojos para no descubrirle presente ante ella ahora mismo.
Es cierto que era grande su amor por Jesús, pero incluso el amor le cegaba y no le dejaba razonar para poder encontrar verdaderamente a Jesús. ¿Nos pasara de manera semejante a nosotros desde tantas cosas que hacen brotar lágrimas en nuestros ojos y en nuestro corazón y al final no sabremos ni buscar ni encontrar a Jesús?
Tenemos que escucharle mas, recordar con todo detalle cuantas cosas nos ha dicho y enseñado de cómo hemos de buscarle para que llegue la luz a nuestros ojos y se ilumine también nuestro corazón. El nos ha señalado bien por donde hemos de encontrarle, en quien hemos de encontrarle, y aunque sean muchas las cosas personales que nos hagan llorar el corazón – no nos quedemos en ellas -, comencemos a ver las lagrimas de los que nos rodean y podremos encontrar a Jesús. Sintamos como nuestro el dolor de los demás, hagamos nuestras sus lágrimas y estaremos sintonizando con Jesús y le podremos encontrar. Es esa la mirada nueva que hemos de aprender a tener contemplando a Cristo resucitado.


domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.


lunes, 7 de septiembre de 2015

Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos

Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos

Colosenses, 1,24-2,3; Sal 61; Lucas 6,6-11

En este texto del evangelio en que vemos cómo Jesús en la sinagoga cura al hombre que tenía el brazo con parálisis a pesar de ser sábado, no termina uno de entender la postura y la actitud de los escribas y fariseos que daba la impresión que no buscaban el bien de aquel hombre. Para ellos primaba más la ley y la norma que la persona, que aunque con aquel precepto se buscaba el que se diera gloria al Señor en el sábado sin embargo olvidaban que damos gloria al Señor más profundamente cuando buscamos el bien del hombre.
Pero, ¿buscaremos siempre nosotros el bien de las personas en el actuar de nuestra vida? Es cierto que vemos despertar en nuestra sociedad unos nuevos aires de solidaridad y nos sentimos afectados por el sufrimiento de nuestro mundo y vemos surgir muchos movimientos con ese sentido de solidaridad. Testigo de esto son también las redes sociales que se llenan de mensajes cuando se ve alguna situación de injusticia o cuando sale a relucir el sufrimiento de tantos inocentes y que de alguna manera nos hacen salir de nuestro letargo. Eso es bueno, lo considero como algo positivo que se ve en el resurgir de nuestra sociedad y hay que saber valorarlo.
En esas situaciones más notorias - estos días estamos viendo esos movimientos de solidaridad ante esa avalancha de emigrantes que huyendo de las guerras tocan a las puertas de Europa o los que cruzan el Mediterráneo que se ha llenado también de cadáveres provenientes de África - parece que hay un nuevo despertar, pero hemos de cuidar el día a día que vivimos con los más cercanos a nosotros y que tenemos el peligro de cerrar los ojos o no quererlos ver.
Pesan aún muchas parálisis en nuestra mente cuando de manera cercana tocan a las puertas de nuestra solidaridad. Si en el evangelio contemplamos aquellas reservas que se hacían los escribas y fariseos ante lo que Jesús pudiera hacer o no aquel sábado en la sinagoga, también en nuestra mente podemos hacernos nuestras reservas cuando se nos acerca alguien por la calle solicitándonos una ayuda o una limosna o los contemplamos a las puertas de nuestras Iglesia, por ejemplo.
Seamos sinceros con nosotros mismos y enfrentémonos con esa parálisis de nuestra mente tan llena de sospechas, de desconfianzas, o con las que quisiéramos dar lecciones de cómo hacer las cosas, pero quizá nosotros no movemos un dedo. Es la realidad que pesa en nuestro interior tan lleno de suspicacias y que tiende a que cerremos los ojos para no ver, que pasemos de largo para que no nos molesten o hieran nuestra sensibilidad, o no nos distraigan de aquellas cosas que decimos que tenemos que hacer porque ahora voy a mi trabajo, porque ahora yo voy a Misa y que no me molesten, porque ahora yo estoy ocupado en mis cosas y así tantas y tantas disculpas que nos buscamos y nos inventamos.
¿Qué es lo que realmente tenemos que hacer? Dejemos que el Señor nos cure de esas cegueras, nos libere de esas parálisis de nuestro espíritu, ponga una mirada nueva en nuestros ojos, transforme nuestro corazón endurecido en el orgullo por un corazón de carne lleno de misericordia. Actuaríamos de una forma distinta, tendríamos otra mirada y nuestra solidaridad sería verdaderamente eficiente.

viernes, 5 de junio de 2015

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Una invitación a la esperanza y a saber leer con ojos de fe los aconteceres de nuestra vida

Tobías 11, 5-17; Sal 145; Marcos 12, 35-37
Durante la semana en la primera lectura hemos venido escuchando la historia de Tobías a través de unas cuantas pinceladas. Aquel hombre y con un corazón compasivo y misericordioso que dejaba la comida en la mesa para ir a enterrar a los muertos en una hermosa obra de misericordia. Pero la desgracia cayó sobre él, como escuchamos estos días, quedándose ciego; la ceguera entrañaba pobreza al no poder realizar ningún trabajo pero no decayó su esperanza y la fe que había puesto en el Señor. Hoy hemos escuchado como recobra la visión al regreso de su hijo de un largo viaje acompañado por el arcángel Rafael, como un signo de la presencia del Señor que nunca les abandonaba.
Puede decirnos muchas cosas. Con ojos de fe también hemos de saber leer el devenir de nuestra vida en la que también muchas veces nos vemos envueltos en muchas oscuridades, como le sucedió a Tobías. No debe decaer nuestra fe y nuestra esperanza.
Muchas veces los errores que cometemos en nuestra vida o el mal por el que nos dejamos arrastrar nos trae consecuencias llenas de problemas y dificultades, pero otras veces, sin buscar ninguna culpa personal, la vida nos trae también esos problemas, esas nubes que nos ensombrecen; pueden ser también las limitaciones que nos aparecen en la vida, las enfermedades que afectan a nuestro cuerpo, o quizá también la convivencia que se nos pueda hacer difícil con los que nos rodean.
¿Nos dejamos hundir en nuestro mal? ¿O sabremos hacer una lectura de lo que nos sucede para descubrir quizá una llamada del Señor que de alguna manera quiere manifestarse en nuestra vida? Detrás de esos acontecimientos de la vida, muchas veces duros que el Señor permite que nos aflijan, hemos de mirar más allá y llenos de esperanza vislumbrar o esperar aquello que el Señor un día querrá darnos.
Tobías no perdió la fe ni la esperanza y un día recobrará de nuevo la visión, la luz volvió a sus ojos. La luz del Señor siempre nos ilumina, aunque algunas veces no sepamos distinguirla. Nos toca mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestra esperanza. El camino puede ser duro y difícil, pero tengamos la certeza de la presencia del Señor a nuestro lado. Vendrá la salud, vendrá la solución de los problemas, vendrán caminos nuevos que se nos abren en la vida donde podamos seguir dando frutos. Mantengamos la esperanza. Siempre pondrá un ángel a nuestro lado, como el arcángel Rafael acompaño al joven Tobías indicándole en cada momento lo que tenía que hacer y aquel joven se dejó conducir.
Qué hermosa lección para nuestra vida que nos hace mantener firme esa confianza en el Señor. Algo quizá esté preparando el Señor para nosotros.

sábado, 30 de mayo de 2015

La autoridad de Jesús no es otra que la manifestación del amor que Dios nos tiene

La autoridad de Jesús no es otra que la manifestación del amor que Dios nos tiene

Eclesiástico 51,17-27; Sal 18; Marcos 11,27-33
‘¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?’ vienen los judíos a reclamarle a Jesús. El día anterior había limpiado Jesús el templo arrojando fuera a los vendedores y cambistas que habían convertido en un mercado el templo del Señor. En lugar de casa de oración, de lugar de encuentro con Dios se había convertido en una cueva de bandidos.
Ya conocemos bien lo que sucede siempre en todas partes. En torno a cualquiera lugar de especial devoción aparece enseguida como un enjambre la multitud de los que quieren aprovecharse de la situación. Sucede así en torno a todos los santuarios religiosos hoy también. Todos queremos llevarnos un recuerdo del lugar o tener quien nos facilite las ofrendas religiosas que queremos hacer y aparecen los comercios, aparece el mercado, aparece la utilización de lo sagrado.
Terrible sería que no solo sucediera en los alrededores sino que sucede también dentro de nuestros lugares sagrados. Creo que a pesar de los siglos y a pesar de muchas cosas buenas que intentamos hacer este evangelio no ha hecho mucha mella en nosotros los cristianos. Cuánta renovación y cuanta purificación también de nuestra Iglesia y nuestras prácticas religiosas tendríamos que hacer.
Pero centrémonos en lo que cuestionan a Jesús. No entendían, o no querían entender lo que Jesús hacia. Además aquello trastocaba sus planes y su manera pensar y de actuar. Cuesta entrar en un camino de renovación. No solo son dudas sino muchas veces reticencias que nos ciegan, nos impiden ver con claridad. Se sentían muy seguros de si mismos y no abrían su corazón a lo que Jesús les ofrecía, a su nueva vida.
Por eso vienen con sus planteamientos y exigencias. ¿Con qué autoridad? ¿Quién te ha dado velas en este asunto?  Pero eso no era lo que pensaban por ejemplo aquellos que acudían a Jesús reconociendo sus propios males, sus sufrimientos físicos o del corazón. Que se lo digan al ciego Bartimeo allá del camino de Jericó; o aquel ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén, o al paralítico de la piscina que llevaba treinta y ocho años enfrente del agua que podría sanarle y había venido Jesús y le había salvado;  que se lo pregunten a los leprosos que se atrevían a acercase a Jesús con la seguridad de que en El iban a encontrar la salud y la salvación; que se lo pregunten a Zaqueo el que bajó de la higuera para recibir a Jesús en su casa o a la mujer pecadora que se lo gastó todo en perfumes para ir a llorar a los pies de Jesús.
Todos ellos se sentían necesitados de salvación y acudían a Jesús porque sabían que en El podían encontrarla. Los que se mantenían a distancia, mirando las cosas desde lejos pero para juzgar y condenar no podrían ver la luz, no podrían encontrarse con la salvación y siempre estarán preguntando lo mismo, ¿con qué autoridad haces esto? ¿quién eres tú para que creamos en ti?
Nosotros, ¿en qué grupo estamos? ¿Nos sentiremos necesitados de la salvación y en el amor de Jesús seremos capaces de descubrir todo el amor que Dios nos tiene?

lunes, 29 de diciembre de 2014

Que el Señor nos llene de su luz y de su amor para que nunca caminemos en tinieblas

Que el Señor nos llene de su luz y de su amor para que nunca caminemos en tinieblas


¿Estamos ciegos? ¿estamos en tinieblas? Algunas veces creemos que estamos en la luz y vemos, pero la realidad es que hemos dejado meter las tinieblas en nuestra vida y nos cegamos tanto que ya ni nos damos cuenta de nuestra ceguera. Vemos turbio, pero creemos que es la realidad de lo que nos circunda cuando realmente el velo oscuro lo tenemos en nuestros ojos.
Como el que va perdiendo la vista paulatinamente, por ejemplo, por unas cataratas; ve turbio pero cree ver, no quiere reconocer las tinieblas de sus ojos que se han ido velando poco a poco; cuando vuelve a recobrar la visión clara, entonces se da cuenta de lo que hermoso y lleno de color que está todo lo que le rodea, y que lo borroso o diluido de los colores estaba en sus ojos.
Así nos sucede cuando se nos va enfriando el amor en nuestra vida. Comenzamos a ver mal, y entonces nos parecerá malo todo lo que vemos en los demás, sin darnos cuenta de que el amor se nos ha enfriado; lo tremendo es cuando se nos muere el amor y lo transformamos en egoísmo, en insolidaridad, en rencor y resentimiento, en envidias. La negrura entenebrece nuestra vida.
Caminemos en la luz, caminemos en el amor; no dejemos nunca muque se nos meta el desamor en nuestra vida; es una pendiente muy terrible porque la piedra de nuestro desamor rodando y rodando pendiente abajo cada vez se hace más grande, cada vez se hace más dañina, cada vez más destruyendo mas vidas, no solo la nuestra sino de todos los que encuentra a su paso.
Recordemos lo que nos ha dicho hoy san Juan en su carta: ‘Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a donde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos’, han cegado su vida.
Que el Señor nos llene de su luz. Que el Señor nos llene de su amor.