Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta ciego de nacimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciego de nacimiento. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de marzo de 2026

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

 


No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que proclamar, no ocultemos nuestro testimonio, no metamos la luz debajo del celemín

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13; Salmo 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

¿Cuál es la reacción más espontánea que algunas veces nos surge cuando tenemos que enfrentarnos a una enfermedad o a algún tipo de limitación que no esperábamos? ¿Cuál es el juicio que quizás inconscientemente nos hacemos cuando vemos a alguien atormentado por una grave enfermedad cuando antes lo veíamos sano y fuerte? Hay reacciones que nos surgen espontáneas.

¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo? Buscamos culpas que decimos que no tenemos, pero que sin embargo nos rebelamos como si fuera un castigo. De aquel que sin esperarlo lo vemos de pronto en una grave enfermedad quizás sin decirlo pensamos qué mala vida ha tenido que ahora le han venido esas consecuencias, pensando en algún desorden quizás oculto, pero que de alguna manera andamos con culpabilizaciones. Quizás luego nos ponemos a razonar y quitamos esas sospechas de nuestra mente echando quizás la culpa al destino que no podrá quejarse (¡!).

¿Por qué me estoy haciendo esta consideración? Porque dentro de la mentalidad de la época y en aquel ambiente religioso del mundo judío fueron los discípulos cercanos a Jesús los primeros que comenzaron a preguntar algo que no entendían y querían que Jesús les aclarase del por qué aquel hombre que se encontraron en las calles de Jerusalén había nacido ciego, cual era el pecado, de él o de sus padres, para tener tal castigo. Nuestras miradas humanas.

Pero la mirada de Jesús es distinta, no responde directamente a la pregunta, pero sí nos da una respuesta superior. En lugar de plantearse interrogantes Jesús se detiene y se agacha hasta el suelo para coger un poco de tierra y hacer con su saliva un poco de barro que poner en los ojos del ciego. Es el Dios que ha bajado a la tierra, se ha hecho como nosotros porque se ha hecho  hombre, se mezcla con nuestro barro. ¿Querrá decirnos algo este signo de Jesús?

Luego lo mandará a la piscina de Siloé, el enviado, para que allí lave sus ojos. Jesús lo cura pero lo pone en camino. Tenemos que poner nuestra parte, porque no es algo mágico lo que sucede, es la disponibilidad para buscar un camino, para un encuentro con algo distinto, para poder llegar hasta la luz, que la luz ilumine su vida. Aquel hombre no sabe ni quien es el que le ha dicho que fuera a lavarse a Siloé como responde a los que le preguntan cuando se monta el revuelo de su curación y las distintas reacciones que van surgiendo.

Su camino no fue solo ir a Siloé sino que luego tendrá que seguir haciéndolo hasta encontrarse de verdad con quien ha sido su salvación. Es su propia lucha también contra las reacciones que van surgiendo queriendo él también encontrar una respuesta. Solo un hombre de Dios ha podido realizar lo que allí ha sucedido. El se ha encontrado con la luz mientras en su alrededor siguen las tinieblas que incluso quieren envolverle. Le recordarán que empecatado nació y de alguna manera le están culpabilizando de su ceguera, pero en él hay una certeza interior. Llegarán incluso a expulsarle de la sinagoga porque las tinieblas no quieren aceptar a la luz, como ya nos decía el evangelio de Juan desde el principio. ‘La tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.

Pero Jesús le sale al encuentro cuando se entera de que lo han expulsado de la sinagoga. Podría parecer que toda aquella lucha la estaba haciendo aquel hombre en solitario porque todos en su entorno se ponen en contra, que hasta su misma familia de alguna manera quiere ignorarlo por temor a ser ellos expulsados también de la sinagoga. Son nuestros esquinazos, las veces que queremos irnos por otra esquina para evitar complicaciones, las veces en que tratamos de disimular o no damos la cara con valentía. Teniendo la luz también queremos ocultarla, porque sabemos que puede ser rechaza, porque no es lo políticamente correcto en la sociedad en la que vivimos, porque quizás alguien se pueda sentir molesto u ofendido porque nosotros mostramos nuestra fe; son cosas que están sucediendo en nuestro sociedad porque a algunos le molestan los signos cristianos y aunque resalten otros lo cristiano hay que ocultarlo.

No nos acobardemos aunque no seamos comprendidos, no callemos lo que tenemos que decir y proclamar, no ocultemos el testimonio que tenemos que dar, no metamos la luz debajo del celemín sino sigamos poniéndola muy alta para que pueda iluminar a todos. Es un camino que tenemos que hacer con decisión y valentía al que nos ayuda este camino cuaresmal, no olvidemos nunca que somos unos testigos aunque de alguna manera tengamos que ser también mártires, que en fin de cuentas ese es el significado de la palabra.

 

domingo, 19 de marzo de 2023

Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

 


Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª; Sal 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Un camino de liberación como siempre lo es todo encuentro con Jesús. Y es que en la vida andamos con muchas ataduras, muchas cosas de nuestro entorno o que nos creamos nosotros mismos que nos llenan de limitaciones y esclavitudes. Allí está un ciego con su limitación, con su discapacidad, es ciego de nacimiento, no ha sabido nunca lo que es la luz. Pero en torno a él vemos muchas otras limitaciones, manipulaciones que nos hacemos los hombres porque nos encerramos en nuestras dudas o en nuestras interpretaciones de las cosas que también nos impiden ver la luz de la grandeza humana, de lo que Dios nos regala, de esa libertad nueva que podemos encontrar desde lo más hondo de nosotros mismos.

Allí estaba aquella interpretación que aparece ya en los propios discípulos de Jesús, pero que era muy habitual, de considerar que la enfermedad es un castigo, es la consecuencia de un pecado. Jesús quiere abrirnos los ojos, aquel hombre ha nacido ciego para que seamos capaces de ver las obras maravillosas de Dios.

Por eso la presencia de Jesús es liberadora. Nadie le ha pedido que cure de su ceguera a aquel hombre, pero Jesús quiere poner signos de liberación en la vida. Y el hombre se confía, ya es importante ese hecho, se deja hacer por Jesús que le pone barro en los ojos, camina hasta Siloé para lavarse, recobra la luz para sus ojos, pero comienza también su espíritu a ver una nueva luz. Con todo lo que a continuación le va a suceder, entre las preguntas de los dirigentes, las desconfianzas de la gente, los miedos de sus propios padres, él sigue creyendo que quien hizo que recobrara la vista tiene que venir de Dios, y se enfrentará a todos, y hasta sufrirá la expulsión de la sinagoga, ser considerado incluso como un maldito. Pero ha recobrado su dignidad.

Comienzan a aparecer las cegueras alrededor, desde los que niegan que Jesús pudiera realizarlo porque lo ha realizado en sábado y la ley está por encima de toda obra buena que podamos realizar y la ley así mirada se convierte a la larga en una esclavitud, desde los que se llenan de miedos y cobardías y no llegan a dar la cara por aquel hombre. Cuántas veces nos sentimos así coartados, con dudas que no queremos resolver bien, con miedos, con ataduras, con cobardías, no damos la cara, nos echamos para detrás, o no somos capaces de dar el paso adelante para comenzar a confiar, para dar un cambio en nuestra vida y preferimos seguir en lo de siempre.

Y aquel hombre aún no sabía quién lo había curado pero seguía confiando en quien le había abierto los ojos, que no solo fueron los de su rostro, sino una nueva forma de mirar, una libertad interior para expresar lo que sentía; se sentía ya un hombre nuevo y distinto, había comenzado a confiar cuando se dejó hacer por quien no conocía, y ahora seguía confiando en lo que era la obra de Dios. Cuando de nuevo se encuentre con Jesús y ya sus ojos lo puedan contemplar hará una rotunda confesión de fe para no volver atrás.

Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús y confiar. No permitir que se nos metan los miedos y las dudas en el alma. Tenemos que arriesgarnos. Dejar que Jesús toque la fibra de nuestra alma, allí quizá donde más nos duele, allí donde se nos recuerda cuántas han sido las ataduras que hemos vivido en nuestra vida, allí donde se nos recuerdan sufrimientos que no son solo los padecimientos corporales que hayamos sufrido sino otros que llevamos en el fondo del alma y que queremos muchas veces disimular o acallar pero que no nos han dejado ser todo lo que tendríamos que haber sido, que nos han impedido esa plenitud de felicidad a la que realmente estamos llamados; pasiones ocultas que no hemos sabido superar, resentimientos y rencores que no hemos llegado a curar, desconfianzas hacia los que nos rodean que muchas veces nos han aislado, errores que hemos cometido y que en nuestro orgullo no hemos querido reconocer.

Dejemos que Jesús ponga su mano sobre nosotros, nos ponga ese lodo que parece que nos mancha, pero que va a ser camino de ir a Siloé, de ir a lavarnos en el agua que Jesús nos ofrece, en la Sangre del Cordero que hará que al final nuestras vestiduras aparezcan blancas y resplandecientes porque en la misericordia del Señor hemos sido lavados y liberados. También tenemos que hacer el proceso, dar los pasos necesarios, ponernos en camino hacia ese encuentro con Jesús, verdadera liberación de nuestra vida. Encontraremos la verdadera dignidad.

Es el camino hacia la pascua que vamos realizando en esta Cuaresma que al final nos llenará de los resplandores de la resurrección.

domingo, 22 de marzo de 2020

No nos podemos quedar en la distancia del que está en la oscuridad sino que tenemos que acercarnos para caminar con él, tenderle nuestro brazo en el que se apoye



No nos podemos quedar en la distancia del que está en la oscuridad sino que tenemos que acercarnos para caminar con él, tenderle nuestro brazo en el que se apoye

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª; Sal 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38
¿Quién no desea ardientemente la luz? ¿Quién prefiere andar en la oscuridad de una ceguera y desecha alcanzar la luz? Que se lo pregunten a quien ha perdido la luz de sus ojos que se han quedado ciegos y sin poder ver; que se lo pregunten a un ciego de nacimiento que no sabe lo que es la luz y que permanentemente ha caminado toda su vida en tinieblas.
Pero entendemos muy bien que cuando hablamos de luz y de tinieblas, de visión o de ceguera no solo estamos refiriéndonos a la luz que podemos contemplar a través de los ojos físicos de la cara, sino que también hay otras cegueras en la vida cuando no queremos comprender, cuando nuestra mente se encierra, cuando no sabemos aceptar lo que otros desde su conocimiento o su experiencia de la vida pueden ofrecernos y darnos un sentido nuevo a lo que hacemos y a lo que vivimos. Y aquí sí tenemos que decir que nos podemos encontrar con quienes prefieren seguir en sus tinieblas de siempre y en su oscuridad.
Es lo que nos está planteando el evangelio en este tercer domingo de cuaresma en que tradicionalmente leemos este texto de la curación del ciego de nacimiento. Aquel hombre, aunque quizá pareciera resignado a su ceguera y a su pobreza pidiendo en las calles de Jerusalén deseaba la luz para sus ojos, pero no se quedó en el hecho de ir a lavarse a Siloé como le había pedido aquel desconocido para él sino que luego siguió buscando la luz verdadera, a pesar de la oposición de los que le rodeaban hasta que la encontró.
No entramos en la descripción del hecho que bien conocemos y tenemos bellamente descrito en el texto del evangelio. Sí vamos a seguir un camino, un camino lleno de obstáculos, que no eran solo ya los que en su ceguera habían encontrado siempre y había aprendido a sortear, sino en los nuevos obstáculos de los que se negaban a encontrarse con la luz. Porque quizá tendríamos que decir que los verdaderos ciegos en este relato son aquellos escribas, fariseos y sacerdotes de Jerusalén que no querían aceptar la luz que quería iluminarles.
Ya vemos todas las zancadillas que van poniendo al ciego curado al que finalmente hasta lo expulsan de la sinagoga por no querer reconocer la obra de Dios que allí se estaba manifestando. La luz verdadera que había venido a este mundo pero que las tinieblas rechazaban, como se nos expresa ya desde el principio del evangelio de Juan. Es la bella imagen con la que comienza el evangelio pero que se va entrelazando en los distintos momentos hasta que lleguemos en verdad a reconocer que Jesús es la verdadera luz de todos los hombres.  ‘Yo soy la luz del mundo y el que me sigue no camina en tinieblas’, que nos dirá Jesús en un momento determinado.
Muchas consideraciones nos podemos hacer a partir de este bello texto. Para nuestra vida que necesitamos iluminar de verdad, porque bien que hemos de reconocer que aunque nos decimos creyentes y queremos seguir a Jesús y su evangelio hay muchos momentos que en nosotros está esa lucha entre las tinieblas y la luz.
Nos llenamos de dudas en ocasiones y como el ciego que no ve y no sabe donde encontrar la luz nos ponemos a tantear a nuestro alrededor dejándonos encandilar por falsas luces que nos engañan; serán otras veces las pasiones y las tentaciones que nos arrastran y nos hacen tropezar llenándonos del barro de nuestros pecados que todo lo oscurece en nosotros. Cuántas zancadillas que nos engañan y nos hacen tropezar.
Pero algo más tenemos que pensar mirando al mundo que nos rodea. Aquel ciego allí al borde de la calle de Jerusalén que grita quizá en su pobreza pidiendo limosna, o que está esperando una mano amiga que le ayude a caminar sin tropiezos en la venida desde su casa o en su regreso, nos puede estar hablando de ese mundo que nos rodea envuelto en tanta oscuridad y que de alguna manera también nos está tendiendo una mano, solicitando la prestación de un servicio por nuestra parte.
Es cierto que podemos pensar en aquellos que andan ufanos en medios de sus tinieblas o sus luces engañosas y se creen no necesitar de una luz que ilumine con un sentido nuevo sus vidas a los que tampoco podemos dejar a su suerte. Como podemos pensar en los que realmente están ansiosos de una nueva luz que no saben donde encontrar y que de alguna manera están fijándose en nosotros a ver qué es lo que le podemos ofrecer.
Ya nos dice Jesús que tenemos que ser luz en medio del mundo. Es una misión y una tarea de la que no nos podemos inhibir. Tenemos que llevar esa luz aunque la tarea en uno o en otro caso siempre sea difícil y muchas veces podemos encontrar – de hecho encontramos – rechazo. Tenemos que mantener bien encendida esa lámpara en nosotros y mantener siempre el aceite suficiente para que la lámpara esté siempre encendida. Tenemos que cuidar nuestra luz, porque nos dejamos iluminar por Cristo que es la verdadera luz que tenemos que trasmitir.
‘Que vean vuestras buenas obras, nos dice Jesús, para que den gloria al Padre del cielo’. Las obras de la luz que tienen que resplandecer en nosotros en nuestro amor y en nuestra misericordia, en ese llevar a los ojos del ciego el barro amasado con nuestro amor para que lavándose en Siloé al abrir los ojos se encuentre de verdad con Cristo y también se llene de su luz.
No nos podemos quedar en la distancia. Tenemos que acercarnos al que está en la oscuridad para caminar con él, para tenderle nuestro brazo en el que se apoye. Tenemos que ir al encuentro del que está tanteando en su búsqueda para señalarle donde está la verdadera luz. Son los gestos que hoy vemos hacer a Jesús. No pasó de largo cuando lo encontró al borde de la calle, se interesó por él e hizo que los discípulos también se interesaran. Y cuando parecía que las zancadillas no se acababan para impedir que aquel hombre siguiera disfrutando de su nueva luz, Jesús le viene al encuentro para que creciera en verdad su fe. Cuántas cosas podemos hacer, cuántas cosas tenemos que hacer.

domingo, 26 de marzo de 2017

Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea


Tenemos que dejarnos iluminar por la luz de la fe en el encuentro con Jesús para ser luz también que transforme las oscuridades del mundo que nos rodea

1Samuel 16,1b.6-7.10-13ª; Sal 22; Efesios 5,8-14; Juan 9,1.6-9.13-17.34-38
Si caminamos a oscuras, con los ojos vendados, por un lugar totalmente desconocido para nosotros pero teniendo quizás a nuestro lado alguien que pueda percibir el lugar, las cosas con las que nos encontramos y queriendo orientarnos nos va explicando la dimensión de los objetos, el paisaje por el que pasamos, las cosas que van sucediendo en nuestro entorno, podríamos decir que nos vamos haciendo una idea aproximada de donde estamos o el lugar por el que atravesamos, pero realmente no tendríamos una seguridad absoluta de lo que hay o de lo que sucede en nuestro entorno; podríamos decir que vemos, no por nuestros ojos, sino por la apreciación del que nos explica las cosas lo que no nos daría certezas absolutas, aunque sin embargo nos pueden servir de mucha ayuda en esa búsqueda y deseo de la luz. Si en algún momento pudiéramos abrir los ojos para ver por nosotros mismos entonces si nos podríamos hacer una idea clara de lo que hay a nuestro alrededor y necesitamos, es verdad, quien nos ayude a abrir los ojos y comprender toda la riqueza y la belleza de la luz.
¿Iremos así caminando por la vida? Pudiera sucedernos de que a pesar de que llevemos bien abiertos los ojos de nuestros sentidos corporales, haya otra oscuridad que nos nuble en el sentido mas profundo de la vida y en muchas cosas iríamos dando palos de ciego. No son solo los sentidos corporales los que hemos de llevar debidamente abiertos sino que ha de ser nuestro espíritu el que ha de dejarse iluminar para poder descubrir claramente el sentido mas profundo de nuestra vida.
No es fácil en ocasiones por la ceguera espiritual nos puede aturdir de tal manera que ni siquiera desearíamos salir de ella para encontrar esa verdadera luz de nuestra vida. Alguna vez pudiera sucedernos que nosotros mismos no querríamos salir de esa oscuridad y nos negamos a aquello que pueda elevar nuestro espíritu, nos negamos a dejarnos iluminar por la luz de la fe. Sin embargo hemos de decir también que allá en lo mas hondo de nosotros mismos esta latente ese ansia de la luz que nos ilumine y nos eleve, de ese querer creer en quien pueda ayudarnos a encontrar la verdad de nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de un ciego de nacimiento que allá en las calles de Jerusalén pedía limosna a los que pasaban. No sabe quienes son los pasan ante el; algunos compadecidos le dejaran sus limosnas, pero no entiende lo que hablan los que ahora están al paso de la calle ni lo que le han puesto en los ojos. Solo ha entendido que vaya a la piscina de Siloé a lavarse de aquel barro que han puesto en sus ojos. Ciego esta sin entender lo que le sucede, como ciegos están los que ahora no entienden y se preguntan del por que de su ceguera. ¿Será su pecado o el pecado de sus padres?, escucha que se preguntan y atina a escuchar que cuanto le sucede es para que se manifieste la gloria de Dios.
De Siloé vuelve el que ha sido ciego porque ha recobrado la visión de sus ojos, aunque todavía quedan algunas oscuridades en su interior que aparentemente se van a agrandar en la oposición y el rechazo que algunos van a manifestar  de cuanto le ha sucedido. Una y otra vez ira explicando a los fariseos y a los sumos sacerdotes que alguien ha llegado junto a el, ha hecho barro con su saliva, se la puesto en sus ojos y lo ha mandado a la piscina de Siloé a lavarse; de allí ha vuelto con la visión de sus ojos recobrada.
Será un costoso proceso el que se va desarrollando en su espíritu, porque va a reconocer que quien le ha hecho esto – aun no sabe que fue Jesús – será o no un pecador por Dios esta con El porque si no fuera así no se podría haber realizado aquel milagro. Para él tiene que ser un profeta o un hombre de Dios. Su confesión en la que su espíritu se va abriendo a la luz le va a producir dificultades, porque incluso será expulsado de la sinagoga por esa confesión que ya va haciendo de la fe que va naciendo en su alma. Será finalmente Jesús el que se acercara hasta el para dársele a conocer plenamente.
‘¿Crees tú en el Hijo del hombre? Él contestó: ¿Y quién es, Señor, para que crea en él? Jesús le dijo: Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es. Él dijo: Creo, Señor. Y se postró ante él’.
Finalmente se le abrieron en plenitud sus ojos. Pudo hacer una confesión de fe en Jesús. Se dejó conducir y encontró la luz. Ahora todo adquiría un nuevo sentido y un nuevo valor. Sin embargo algunos creían ver y estaban ciegos, porque su espíritu no se abría a la luz de la fe para reconocer a Jesús.
Que no permanezcamos nosotros en esa oscuridad; que lavemos y limpiemos de verdad nuestros ojos no ya en la piscina de Siloé, sino en el que es en verdad el enviado y nuestro salvador. Es el proceso que también queremos ir haciendo ahora de manera mas intensa en este camino cuaresmal que estamos recorriendo. Dejémonos iluminar; que la Palabra de Dios vaya calando hondo en nosotros haciéndonos descubrir nuestra vida y también nuestras oscuridades, esas oscuridades de las que tenemos que salir para vivir con todo sentido la pascua. Muchas serán las cosas de las que tenemos que purificarnos. El Señor nos espera.
Pero no olvidemos que dejándonos iluminar por esa luz de la fe, por esa luz de Jesús nosotros tenemos que convertirnos también en portadores de luz para los que nos rodean. Muchas son las oscuridades de nuestro mundo y de muchas personas en nuestro entorno. Tenemos un compromiso con la luz, ser portadores de esa luz para cuantos nos rodean.

domingo, 30 de marzo de 2014


Como el ciego de nacimiento hemos de encontrarnos con Jesús que es nuestra luz


1Sam.16, 1.6-7.10-13; Sal.  22; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41

El ciego de nacimiento no sabía lo que era la luz, hasta que se encontró un día con el Sol. Empezó a ver y empezó a creer. Es el acontecimiento que nos narra hoy el evangelio con hermoso significado. 

En la ceguera todo es oscuridad. No se conoce la luz, no se sabe lo que es la luz.  Todo permanece en tinieblas. Descubrir la luz tiene que ser algo maravilloso; se distinguen los colores, lo que percibíamos por los otros sentidos ahora se vuelve realidad ante nuestros ojos, podemos contemplar una sonrisa que solo podíamos intuir, descubrir lo que se puede ver tras unos ojos luminosos, las cosas pueden tener otro sentido. Es triste esa oscuridad en la ceguera de los ojos, pero hay otras oscuridades más terribles. Tenemos muchas tinieblas, muchas clases de tinieblas que quieren ahogar la luz.

‘La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron’, había dicho Juan en el principio de su evangelio. Pero la luz un día ha de brillar. ‘Levántate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz’, escuchábamos que citaba san Pablo en la carta a los Efesios. Cristo es nuestra luz; la luz que viene a arrancarnos de las tinieblas. El episodio del Evangelio de hoy viene a hacernos ese anuncio y a traernos la esperanza de la luz que en Cristo vamos a encontrar.

Cristo viene al encuentro del hombre para traernos su luz. El evangelio nos dice que ‘al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento’. El episodio se sitúa en Jerusalén. El paso de Jesús será siempre un paso salvador. El paso de Jesús es pascua de luz para todo hombre. El paso de Jesús nos enseña también a mirar y ver. Es Jesús el que toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro aunque digamos que nosotros lo buscamos y hacemos no sé cuantas cosas.

Allí estaba aquel hombre, ciego de nacimiento, en el que Jesús se quiere fijar de manera especial. Cuántos se tropezarían con él en su deambular por las calles de Jerusalén. Seguramente allí estaba tendiendo su mano pidiendo limosna - era lo habitual - y moviendo a compasión desde su ceguera.

Pero Jesús se detiene. La pregunta surge en los discípulos aflorando lo que quizá era una forma de pensar de muchos - también en nosotros aparece esa forma de pensar - imaginando culpabilidades y castigos por pecados, como se miraba la enfermedad o los males que pudieran suceder a las personas. Afloran cegueras en la manera de pensar que también nos afectan a nosotros porque quizá también cuando nos aparece el sufrimiento en la vida también estamos pensando en qué pecado hemos hecho para merecer tal castigo. Pero Jesús viene a darnos otro sentido. Jesús quiere abrirnos los ojos a través de esos acontecimientos para que aprendamos a descubrir las obras de Dios y las obras de Dios son siempre de amor para traernos paz a los corazones.

Allí está un hombre que sufre, un pobre que pide limosna, que se encuentra envuelto en las tinieblas de la ceguera y de su pobreza. Cuántas veces pasamos al lado de tantos sufrimientos y seguimos nuestro camino sin detenernos y quizá seamos nosotros los ciegos y los pobres; Jesús ahora nos está ayudando a salir de nuestras cegueras y oscuridades para que aprendamos a mirar de manera distinta y para que pongamos nuestra parte en que se descubran las obras de Dios.

Jesús realiza el signo que nos puede parecer incomprensible. Sobre aquellos ojos ciegos Jesús va a poner barro. Parece que en lugar de abrir los ojos lo que hace es mancharlos más con el barro. ¿Será para que sintiera la necesidad de lavarse? ¿Necesitaremos reconocer la oscuridad que hay en nuestros ojos, o mejor, la suciedad que hay en nuestra vida? Jesús le envía a lavarse a la piscina de Siloé.

Tiene su significado, porque el significado de tal nombre es ‘el enviado’. Era la piscina del Mesías. O mejor, la piscina es Cristo; más aún, Cristo es esa agua que no solo calma nuestra sed, como veíamos el domingo pasado en el episodio de la samaritana, sino que además nos purifica, da una nueva luz a nuestra vida. Y el hombre se encontró con la luz, aunque todavía no supiera bien quién era esa luz, como vemos por todo lo que sucederá a continuación.

Aquel hombre está ya lleno de luz, pero seguirán apareciendo oscuridades y cegueras. No todos quieren aceptar que aquel hombre ha recuperado la luz de sus ojos, se ha encontrado con la luz. Comienza, por así decirlo, la lucha entre la luz y las tinieblas, o las tinieblas queriendo rechazar la luz.

Será la gente desconcertada a la que le cuesta reconocer que el ciego de nacimiento ha recobrado la luz de sus ojos; serán los fariseos con su fanatismo que no querrán reconocer la obra de Dios que se ha realizado en aquel hombre; será la cobardía de los padres que temen reconocer el milagro que Jesús ha obrado en su hijo, por temor a ser expulsados de la sinagoga; será la desconfianza y las descalificaciones que se quieren hacer de Jesús para que la gente no crea en El.

Muchas cegueras que nos pueden aparecer también tantas veces en nuestra vida con nuestras dudas, nuestras cobardías, nuestros desconciertos, nuestras desconfianzas y hasta envidias hacia los que hacen cosas buenas; son las sombras de dudas que queremos sembrar en la vida de los demás porque nos cuesta aceptarlos; son las críticas y murmuraciones, juicios inmisericordes y condenas con las que dañamos a los demás y nuestro corazón se llena de negruras. ¿No necesitaremos ir también nosotros a lavarnos a Siloé? Necesitamos, hemos de reconocerlo, ir al encuentro de Jesús para que nos llene de su luz, para que arranque para siempre esas negruras y tinieblas que dejamos meter de muchas maneras en nuestro corazón.

Mientras, hemos seguido contemplando el proceso de aquel ciego de nacimiento que encontró la luz. En principio era ‘ese hombre que se llama Jesús que hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase…’ No sabía más de Jesús. Pero la luz que brillaba en su corazón fue acercándole al misterio de Dios para reconocer que tenía que ser un profeta, que era un hombre de Dios y finalmente llegar a confesar su fe en Jesús.

No le fue fácil el recorrido de la fe. Las tinieblas luchaban contra la luz y tuvo dificultades y hasta al final se vio perseguido por el testimonio que estaba dando. ‘Lo llenaron de improperios…’ a causa de su testimonio. Finalmente ‘lo expulsaron de la sinagoga’, pero  él seguía dando testimonio. Era un testigo; lo que había visto, no lo podía callar; se había encontrado con la luz. ¿No nos hace pensar todo esto en nosotros? ¿Llegamos hasta el final dando testimonio de nuestra fe en Jesús?

‘Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿Y quién es, Señor, para que crea en El?... Lo estas viendo: el que está hablando contigo, ése es… Creo, Señor. Y se postró ante El’. Es la confesión de fe. No sabía qué era la luz, donde estaba la luz, pero se encontró con el Sol y empezó a ver y a creer.

Jesús viene hoy también a nuestro encuentro. Es el paso de Dios por nuestra vida que nos arranca de cegueras y oscuridades. Cuando llegue la noche de Pascua nos veremos envueltos totalmente por su luz. Son los signos que van a resplandecer en esa noche llena de luz. Para ese momento vamos haciendo ahora nuestro camino cuaresmal.

Queremos ver a Jesús; que aprendamos a distinguir su presencia sin confusiones ni dudas. Queremos ver como Jesús para que nuestros ojos se iluminen y nuestra mirada esté siempre llena de bondad y de misericordia como era la mirada de Jesús; ya no ha de ser una mirada a nuestra manera sino a la manera de Dios, a la manera de Jesús. Queremos ver a Jesús para aprender a ser luz como Jesús; El nos ha llamado a ser luz del mundo, y ahora somos luz en el Señor y como hijos de la luz hemos de aprender a caminar, como nos enseñaba san Pablo. Nuestras palabras, nuestras obras, nuestra vida tienen que ser siempre transparencia de Jesús, tienen que estar siempre llenas de luz.




miércoles, 10 de abril de 2013


Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna

Hechos, 5, 17-26; Sal. 33; Jn. 3, 16-21
‘Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por El’. La voluntad de Dios es la salvación del hombre, porque el querer de Dios es el amor. Quien ama no condena; quien ama ofrece siempre caminos de salvación; quien ama nos estará mostrando siempre la ternura de su corazón. El deseo de Dios es la vida y la vida sin fin para nosotros que somos los amados de Dios. Muchas veces nos lo hemos repetido: ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único…’
Casi sería suficiente quedarse rumiando no solo en la cabeza sino en el corazón este pensamiento y no tendría que ser necesario añadir más. Aunque cuando contemplamos toda esa ternura y todo ese amor de Dios nos preguntaríamos, ¿y qué tenemos que hacer? ¿cuál de ser nuestra respuesta?
Ante tanto amor lo que tenemos que hacer es darle nuestro sí, creer. ¿Cómo no vamos a creer en El? A veces queremos buscarnos razonamientos y pruebas para la fe que nos den seguridades para nuestro creer. La razón grande es la del amor porque la prueba grande que nos está ofreciendo es el amor que El nos tiene. Hemos de creer en El, poner toda nuestra fe, abandonándonos a ese querer de Dios porque es donde más seguros nos podemos sentir. Es el riesgo del amor que será el riesgo de la fe, porque es confiarnos, fiarnos, ponernos en sus manos.
‘El que cree en El, no será condenado’, nos sigue diciendo Jesús. Claro el que no cree no podrá alcanzar una salvación que ni cree, ni desea, ni espera. Y es que creyendo en El, ‘en el  nombre del Hijo único de Dios’ tenemos la certeza de la salvación, la garantía de la vida eterna. Para eso ha venido Jesús, para darnos la salvación, para alcanzarnos la vida eterna, porque se entregó ‘para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan la vida eterna’.
Pero seguimos preguntándonos, ¿y qué hemos de hacer? Aceptar su luz, realizar las obras de la luz; rechazar las tinieblas, no dejarnos envolver por las tinieblas de la muerte y del pecado. Y vivir en las obras de la luz significará hacer las obras de Jesús que son y serán siempre las obras del amor.
Pero ya sabemos las tinieblas nos acechan, nos quieren envolver, quieren ahogar la luz. ‘Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz’. Nuestra gran tentación y nuestro gran pecado, dejarnos embaucar por las tinieblas del pecado. ‘El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios’. Queremos acercarnos a la luz, queremos acercarnos a Jesús, queremos dejarnos iluminar por su luz, queremos renacer a esa vida nueva que El  nos ofrece.
La imagen de la luz tan repetida en el evangelio de Juan. Nos hablaba ya en su primera página pero nos lo irá repitiendo para que en verdad escuchemos en lo más hondo de nosotros esa invitación a vivir en la luz que es lo mismo que vivir a Jesús que es la verdadera luz del mundo. Son las palabras que le escuchamos a Jesús, como este texto del evangelio de hoy, pero serán los signos que va realizando como cuando devuelve la vista a los ciegos, o cura a aquel ciego que mandó lavarse a la piscina de Siloé.
Como diría entonces Jesús ‘Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver’. Y cuando le replican los fariseos si cree que ellos acaso están ciegos, les dirá: ‘Si estuvieseis ciegos, no seríais culpables, pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece’.
Ansiemos esa luz de Jesús. Al celebrar la resurrección del Señor ha sido un signo que ha brillado con fuerza, la luz del Cirio Pascual. Que en verdad nos dejemos iluminar por su luz. Que la fe que ponemos en Jesús ilumine plenamente nuestra vida para que, creyendo en El, nos llenemos de su salvación y alcancemos la vida eterna. Caminemos siempre a su luz. Pongamos totalmente nuestra fe en El.

domingo, 3 de abril de 2011

Cristo nos abre los ojos a una nueva luz


1Sam. 16, 1.6-7.10-13;

Sal. 22;

Ef. 5, 8-14;

Jn. 9, 1-41

No todas las oscuridades son iguales ni todas las cegueras significan lo mismo. Hay oscuridades y cegueras que se quedan en lo físico porque estemos en un lugar cerrado por ejemplo donde no entre ningun tipo de luz o porque nuestros ojos estén dañados y no puedan percibir la luz, pero hay otras que son más hondas que nos harán incapaces de otras visiones que nos pueden afectar a lo más profundo de nuestro ser o de nuestra relación con los demás.

El evangelio nos habla de cegueras y nos habla de luz; contemplamos al ciego de nacimiento cuyos ojos estaban cerrados a la luz de este mundo, pero a lo largo del relato podemos contemplar otros ciegos incapaces de ver esas luces más hondas que puedan iluminar totalmente con un sentido nuevo la vida. Al final del relato algunos preguntarán ‘¿también nosotros estamos ciegos?’

Nos encontraremos con ciegos empecinados en no ver la luz; ciegos por cobardía como los padres de nuestro ciego de nacimiento curado que no querían dar la cara; ciegos incapaces de captar las señales de luz que llevarían a un reconocimiento de Jesús; o ciegos encerrados en sí mismos que no eran capaces de encontrar la luz por muy clara que estuviera delante de ellos.

Es hermoso todo el proceso y todo el camino que va recorriendo aquel hombre hasta que se encuentra con Jesús y confiesa su fe en El. Al principio quizá solo le interesaba que sus ojos se abrieran y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para poder ver. Se deja hacer, se deja conducir. Cualquiera no hubiera permitido que llenaran de lodo su cara y que de esa manera le hicieran recorrer las calles de Jerusalén para ir a lavarse a la piscina de Siloé.

‘Me puso barro en los ojos, me lavé y veo’, era lo que en principio contaba. Reconocerá el milagro y reconocerá que alguien que venía de Dios es el que podía hacer lo que con él había hecho al hacerle recobrar la visión de sus ojos. ‘Si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder… jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento…’

Sus ojos se estaban abriendo a una nueva visión. Al principio sólo hablaba de un hombre que le había puesto barro en los ojos y lo había mandado a Siloé, después hablará que tiene que ser un profeta, reconocerá luego que es un hombre que viene de Dios, para terminar confesando su fe en Jesús como el Hijo del Hombre, como el Hijo de Dios cuando ya de nuevo se encuentre con El. ‘¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿y quién es para que crea en El?... lo estás viendo; el que te está hablando ese es... Creo, Señor’. Ya estaba viendo a Jesús, ya se había encontrado con Jesús. Ahora podía proclamar firmemente su fe en Jesús.

No era ya tan importante su ceguera o no ceguera física de sus ojos, sino la luz que esetaba iluminando su interior para llegar a reconocer a Jesús como el Mesías y como el Hijo de Dios. Es significativo que fuera precisamente a la piscina de Siloé a lavar sus ojos para que se abieran a la luz. Siloé significa ‘enviado’, y es yendo al encuentro del enviado del Padre, del Mesías de Dios como verdaderamente va a alcanzar la luz. Otros personajes que aparecen en el evangelio, como hemos dicho, tenían los ojos de la cara bien abiertos, pero era otra la ceguera que les afectaba para por distintas razones, sus razones, no llegar a reconocer a Jesús. Tenían ojos en la cara pero no querían ver.

‘¿También nosotros estamos ciegos?’ tenemos quizá que preguntarnos. ¿Cuáles son las cegueras que a nosotros pueden afectarnos? ¿Qué tinieblas puede haber dentro de nosotros? ¿Cuál es la luz que necesitamos? Este camino que vamos haciendo en nuestra cuaresma hacia la Pascua es un camino hacia la luz. Caminamos al encuentro del Señor que es nuestra luz. Queremos en verdad dejarnos iluminar por Jesús. Cuando llegue la Pascua todo tiene que brillar con la luz nueva de Jesús.

En la noche de la Vigilia Pascual de la resurrección del Señor toda la celebración gira en torno a la luz del Cirio Pascual y del Bautismo. Encenderemos esa luz nueva signo de Cristo resucitado que nos ilumina con su luz. Por eso del Cirio Pascual iremos tomando nuestra luz, dejándonos iluminar por Cristo resucitado. Con esa luz en nuestras manos renovaremos nuestro Bautismo recordando que en ese día también se nos dio una luz, la luz de Cristo, la luz de la fe, la luz de la vida nueva. Por eso a los bautizados se les llamaba los iluminados. Tenemos que ser en verdad los iluminados por Cristo. Y con esa luz lleguemos también a iluminar a los demás.

Precisamente nuestro camino cuaresmal ha de ser ese proceso también de caminar hacia la luz, desterrando de nosotros toda tiniebla. Es un proceso, como el de aquel ciego de nacimiento, de renovación interior, de iluminación interior, de apertura de los ojos del alma para llegar a conocer a Jesús, para llegar a reconocer a Jesús como el verdadero y único Señor y Salvador de nuestra vida.

Las tinieblas también nos pueden cegar de muchas maneras. Nos podemos obstinar en encerrarnos en nosotros mismos con nuestras dudas y con nuestros miedos. También nos puede suceder como aquellos que no querían dar la cara por miedo a lo que les pudiera pasar y nos podemos llenar de cobardías y temores. Nos podemos cegar encandilados por otras luces que nos pueden hacer perder el sentido de Dios, debilitar nuestra fe y arrastrarnos a las tinieblas del pecado.

San Pablo nos ha recordado ‘en otro tiempo érais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas…’ Y nos habla de bondad, justicia y verdad como fruto de la luz. Por eso de cuántas tinieblas tenemos que arrancarnos, o mejor, Cristo viene a arrancarnos: la mentira, la injusticia, el mal, el odio, el desamor… Cristo quiere hacernos un hombre nuevo, iluminado por su luz. Nos invita a despertar, a levantarnos, a no quedarnos enterrados en el reino de la muerte porque ‘Cristo será tu luz’.

Como nos recordaba el Papa en su mensaje de Cuaresma para este año ‘el domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz»’.

Vamos, pues, a seguir haciendo nuestro camino de cuaresma, nuestro camino hacia la luz. Que desaparezcan esas cegueras de nuestro corazón. Como decíamos hay muchas clases de cegueras y algunas nos hacen mucho daño en el corazón. Es de las tinieblas de las que tenemos que arrancarnos. Y lo podemos hacer con la gracia del Señor. Dejémonos iluminar por la luz del Señor que nos haga ver la realidad de nuestra vida para arrancarnos de esas tinieblas de pecado. Es la renovación profunda que vamos queriendo lograr en este camino cuaresmal. Que se despierte nuestra fe, que se abra nuestro corazón a las obras del amor, que se llene nuestro espíritu de esperanza, que pongamos totalmente nuestra confianza en el Señor, que lleguemos a vivir la vida nueva de Jesús.

Que Cristo sea en verdad nuestra luz; que nosotros lleguemos a vivir como verdaderos hijos de la luz.



jueves, 25 de marzo de 2010

Unos ojos que se abren para conocer a Cristo

Unos ojos que se abren para conocer a Cristo
El ciego de nacimiento imagen de nuestras cegueras y nuestro encuentro con la luz (Jn. 9, 1-41)


¿Qué es lo que he hecho para que Dios me trate así? Es una queja recientemente escuchada de un joven que se con muchos problemas en su vida: problemas de índole familiar, social, del propio desarrollo de sus estudios e, incluso, casi de subsistencia. En la negrura y casi desesperación con que ve su vida a causa de los problemas se interroga incluso sobre su fe, preguntándose por qué ese castigo de Dios, qué es lo que hecho para merecerlo.
Digo esta experiencia porque es algo que he escuchado recientemente en un desahogo de esa persona, pero son preguntas que mucha gente se hace, que muchas veces nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas y sufrimientos, una enfermedad que aparece en nuestra vida, la muerte quizá de unos seres queridos o de personas inocentes, problemas que nos surgen y a los que nos parece encontrarle solución y nos preguntamos por el por qué de tanto sufrimiento o dónde está Dios que permite que nos sucedan esas cosas.
Bien sabemos que muchas personas ven la enfermedad y el sufrimiento como un castigo de Dios y es por eso por lo que se preguntan qué es lo que han hecho para merecer tanto sufrimiento o tanto castigo. Claro que planteado desde una auténtica fe no podemos verlo de esa manera.
‘Maestro, ¿por qué nació ciego este hombre? ¿Fue por un pecado suyo o de sus padres?’ Es el planteamiento que le hacen también los discípulos a Jesús. caminaban por las calles de Jerusalén y allí estaba aquel hombre ciego de nacimiento pidiendo limosna a todo el que pasaba. Eran frecuentes esas situaciones en Palestina. Ya el evangelio nos habla de muchos ciegos que acuden a Jesús en búsqueda de luz para sus ojos.
La respuesta de Jesús es tajante y rápida por así decirlo. ‘La causa de su ceguera no ha sido ni un pecado suyo ni de sus padres. Nació así para que el poder de Dios pueda manifestarse…’ Y se va a manifestar la gloria de Dios. Jesús se acercó al ciego y dice el evangelista con todo detalle ‘escupió en el suelo, hizo un poco de lodo con la saliva y lo extendió sobre los ojos de aquel hombre. Luego le dijo: Ahora ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa enviado) El ciego fue, se lavó y, cuando regresó, ya había recobrado la vista’.
Muchas consideraciones nos podemos hacer y es bien hermoso el mensaje. Comencemos apuntando cómo el ciego se dejó hacer. No sabía bien qué es lo que pasaba, por qué le hacían aquello ni tampoco tenía muy claro quien se lo había hecho, sin embargo se dejó hacer. Admirable esa actitud del ciego. Quizá era su confianza, su esperanza y su deseo de recobrar la vista. Pero no siempre nos dejamos hacer así. ¿Para qué me sirve eso? Siempre buscando un utilitarismo en todo lo que hacemos o nos piden hacer. ¿Qué me va a añadir a mi vida? Desconfiamos si aquello me va a servir para algo o va a mejorar mi situación de algunas manera. ¿Qué gano yo con esto? Siempre andamos interesados buscando ganancias o beneficios. ¿No tendríamos que cambiar en esas actitudes de prejuicio con que andamos?
El camino del ciego una vez recuperada la vista no fue tan fácil. Había comenzado a ver la luz y aún no sabía bien de donde venía. Cuando le preguntan quien se lo ha hecho, en principio él no sabe dar razón de quien ha sido. Comenzarán para él muchas pruebas y dificultades, que podríamos decir le van purificando por dentro. Poco a poco sus ojos se irán abriendo a la luz verdadera. Y si en principio no sabía quien había sido, pronto dirá que no puede ser un pecador quien le haya hecho eso porque tiene que ser un hombre de Dios, o tendrá que ser un profeta.
Un camino largo hemos de recorrer también nosotros porque habrá que ir cambiando muchas cosas dentro de nosotros, desmontando muchas ideas como aquello que decíamos antes del castigo de Dios por los sufrimientos o problemas que nos puedan surgir, hasta que lleguemos a conocer a Jesús de verdad y el sentido que en El vamos a encontrar para nuestra vida. Al final de todo el proceso el ciego que ha sido curado llegará a conocer a Jesús de verdad, aunque antes tenga que pasar por muchas pruebas. ‘¿Crees en el Hijo del Hombre?... y ¿quién es para que pueda creer en El?... ya lo has visto, es el que te está hablando…’
Pero la gente que está a su alrededor no le ayudaba porque lo que hacían era presentar oposición, porque no quieren aceptar el milagro, ni tampoco quien aceptar a aquel a través del cual se ha manifestado la gloria de Dios. Incluso sus propios padres, temiendo comprometerse, lo dejarán solo. Al final se verá también excluido de la sinagoga porque tal es la oposición a quien pueda aparecer con fe en Jesús.
¿Se parecerá todo esto a situaciones por las que nosotros pasamos o actitudes que de una forma o de otra podemos tener dentro de nosotros? Cuando se nos manifiestan las maravillas de Dios pueden surgir dudas dentro de nosotros, o también habrá quienes quieran hacernos poner en duda todo eso que nos ha sucedido; se tratará de darnos explicaciones de orden natural o de la razón con tal de que no seamos capaces de ver la acción sobrenatural del Señor que actúa en nosotros manifestándose así la gloria del Señor.
Pero Dios sigue saliéndonos al encuentro. Podrá realizar maravillas con cosas asombrosas, no podemos negar el poder infinito de Dios, pero también se nos manifestará a través de signos sencillos pero que producirán en nosotros frutos maravillosos de gracia. Son los sacramentos.
Los sacramentos, tenemos que decir, signos sencillos pero maravillosos. Sencillos como el agua, el aceite, el pan y el vino, una imposición de manos, una expresión de entrega y de amor… pero a través de esos signos Cristo se nos va a hacer presente en nuestra vida y nos llenará de su gracia, Cristo viene a nuestro encuentro con la fuerza de su Espíritu; Cristo se nos da para hacernos partícipes de su vida llenándonos de la vida de Dios; Cristo nos perdona o nos alimenta, nos fortalece en la debilidad de nuestro cuerpo enfermo o se hace compañero de nuestra vida y nos dará la fuerza más grande y sobrenatural a nuestro amor.
Unos signos sencillos, como decíamos, pero que por la acción del Espíritu Santo son para nosotros sacramento de Dios, signo y señal clara y certera de que Dios está con nosotros, seguridad absoluta de la gracia y de la fuerza del Señor que no nos faltará en nuestra vida. Recordemos lo que decía a Nicodemo, nacer de nuevo, nacer por el agua y el Espíritu y nos está señalando los signos del Bautismo.
Recordáis lo que comentábamos al principio del lodo que Jesús hizo para poner en los ojos del ciego, que algunos se preguntaban y para qué sirve, o qué voy a ganar, qué me va a añadir a mi vida y cosas así. También muchos se lo preguntan acerca de los sacramentos, qué me añade a mi matrimonio si yo ya amo a mi pareja el que me case o no por la iglesia, como dicen algunos. Y así tantas objeciones que nos ponen muchos.
Claro que todo esto solo por la fe lo podemos entender y llegar a vivir. No es simplemente el agua, el aceite o el pan, por decir sólo algunos elementos, sino que es la acción del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, como ya mencionamos recordando las palabras de Jesús a Nicodemo en relación al Bautismo, lo que hace que para mí sea Sacramento y signifique esa presencia de Dios, de Cristo, de su gracia en mi vida.
Por la fuerza del Espíritu será ese nuevo nacimiento, se hará Cristo alimento y presencia en el pan y vino de la Eucaristía, nos da esa gracia y esa fuerza del Señor en cada uno de los sacramentos por ejemplo en la unción, se hace presente todo el don del Espíritu en nosotros para hacer verdaderos testigos y apóstoles, alcanzaremos el perdón de los pecados por el ministerio de la Iglesia, o nuestro amor matrimonial se hará verdadero signo del amor de Cristo por su Iglesia y será fortalecido con la gracia del Señor. Es la fe la que nos hará descubrir, sentir y vivir esa gracia de Dios en nuestra vida, esa presencia de Cristo que viene a nosotros con su salvación. Cada vez que estemos celebrando un sacramento estaremos haciendo presente esa pascua salvadora de Cristo en su muerte y resurrección.
Por eso ahora cuando vamos a vivir estos días de la Semana Santa tenemos que llegar a ese encuentro vivo y profundo con Cristo que me salva y viene a mí en la gracia sacramental. Repito, encuentro vivo y profundo con Cristo. Un encuentro personal con el Señor que viene a nosotros, que viene a mi. Un encuentro que viviremos y celebraremos, por supuesto, con los demás, en comunidad, en sentido verdadero de Iglesia que se siente amada y salvada por el Señor.
Algunos se quedan en asistir, un poco como espectadores, contemplar unas imágenes o ir a unas procesiones. Parece eso un tanto pasivo, como espectador, con falta de hondura y profundidad. No nos podemos quedar en lo externo. No terminamos de llegar a ese encuentro vivo con el Señor. Es en lo que tenemos que estar muy vigilantes.
Esos actos religiosos a los que asistimos, esas imágenes sagradas que contemplamos y que son algo más que unos objetos de arte, esas procesiones en las que vamos contemplamos los distintos momentos del misterio de nuestra redención como fue la pasión y la muerte de Jesús, tienen que ser medios que nos lleven a Cristo, a dejarnos encontrar por El, y a vivirle con toda profundidad llenándonos de su gracia; tienen que llevarnos a la vivencia sacramental de la presencia del Señor que es verdadera presencia en nuestra vida; tienen que llevarnos a vernos inundados por la gracia salvadora del Señor que nos perdona y que nos da vida, que nos salva y que nos pondrá en camino de una más exigente santidad.
Todo ello nos llevará a una transformación de nosotros mismos. Porque Cristo viene a nosotros para que tengamos vida, para arrancarnos de la muerte, para quitar esas cegueras de nuestra vida, como abrió los ojos del ciego de nacimiento como hemos venido reflexionando.
‘¿Acaso nosotros también estamos ciegos?’, se preguntaban los fariseos cuando escucharon a Jesús. No temamos hacernos esa pregunta, porque será la manera de que comencemos a dar pasos hacia la luz, hacia Cristo que nos abrirá los ojos del corazón llenándonos de su luz y de su gracia salvadora. Que como se manifestó la gloria del Señor en la curación del ciego de nacimiento así también se manifieste la gloria de Dios en la transformación de nuestra vida y cuando Cristo se hace presente en mí en la celebración de los Sacramentos.