Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta luz del mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta luz del mundo. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de agosto de 2026

El mundo necesita de esa luz que nosotros podemos ofrecer, no la ocultemos, nuestra fe nos compromete a ser mensajeros de luz en medio del mundo

 


El mundo necesita de esa luz que nosotros podemos ofrecer, no la ocultemos, nuestra fe nos compromete a ser mensajeros de luz en medio del mundo

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Con un poco de imaginación si queréis me estoy viendo a mi mismo caminar en una noche oscura y tenebrosa por caminos o calles de una ciudad que nos parece desconocida y que no están iluminados para poder saber por donde caminas o lo que te puedes encontrar; puede ser un lugar hermoso y bello que incluso podemos intuir en sus sombras pero no lo podemos contemplar, no podemos saborear su belleza porque por las razones que fuera carece de iluminación; andaremos desorientados y perdidos sin saber a donde vamos o lo que podemos encontrar, sin encontrarle sentido al camino que estamos haciendo a pesar de que quizás nos habían hablado de que era un lugar muy hermoso que había que disfrutar.

¿Será así cómo nos estamos haciendo la vida ya para nosotros mismos o para los que caminan a nuestro lado? ¿Nos podremos encontrar así sin luz y desorientados? Nuestro mundo y nuestra sociedad como la vida misma se nos presenta muchas veces compleja planteándonos quizás muchos interrogantes. Llegamos a un mundo de oscuridad en ocasiones a pesar de que son muchas las luces que brillan a nuestro alrededor pero al final nos quedamos sin saber que escoger o qué ofrecer que sea en verdad esa luz que dé sentido a la vida y al mundo en que vivimos.

Si somos creyentes y cristianos no podemos decir que no tenemos esa luz, pero muchas veces nos confundimos con esas luces parpadeantes que brillan a nuestro alrededor queriendo llamar nuestra atención. Y es aquí donde en verdad tenemos que clarificar nuestra vida y saber cual es la luz que verdaderamente nos ilumina y va a dar sentido a nuestra vida. Si decimos que somos cristianos y seguimos a Jesús es porque en El hemos encontrado esa luz porque en El hemos encontrado todo el sentido de nuestra vida.

Y esto es importante que lo tengamos bien claro y no haya en nosotros confusión. La Buena nueva que nos ha anunciado a eso nos conduce, es más, la gran noticia para nosotros es que hemos encontrado esa luz cuando nos hemos encontrado con El. Es evangelio. Jesús, luz del mundo es ese evangelio de nuestra vida, es la gran noticia de la salvación que hemos encontrado y con la que ahora queremos caminar siempre iluminados por su luz.

Pero hay algo que no podemos olvidar y es que Jesús ha puesto esa luz en nuestras manos, esa luz en nuestra vida para que vayamos a iluminar a los demás. Es cierto, nuestro mundo camina a oscuras a pesar de tener tantas luces parpadeantes, pero son luces caducas que un día dejarán de iluminar. Nosotros tenemos la luz que permanece para siempre y con la que tenemos que iluminar nuestro mundo. Hemos de salir, como aquellas doncellas de la parábola, con nuestras lamparas encendidas para iluminar los caminos de nuestro mundo; no se nos pueden apagar esa lámparas, no las podemos poner en lugares ocultos o no den el suficiente resplandor en los caminos que nos rodean. Es de lo que nos está hablando Jesús.

¿Para qué querríamos una luz que no ilumina, que no llevara ese resplandor nuevo a ese mundo que tanto lo necesita? Claro que aquí tenemos que plantearnos seriamente qué estamos haciendo de esa luz, ¿acaso la estaremos ocultando? Nuestros miedos y complejos, nuestros temores o nuestros respetos humanos hacen tantas veces que intentemos disimularla. ¿cómo es entonces que nos digamos cristianos y seguidores de Jesús si hacemos desplante a la luz que Jesús nos ofrece en el evangelio? El mundo necesita de esa luz que nosotros podemos ofrecer. No la ocultemos. ‘Contad las maravillas del Señor a todas las naciones’. Que sintamos el gozo del mensajero del que nos hablaba el profeta: ‘¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz,que anuncia la buena noticia!’

‘No se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa… Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.


jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

domingo, 8 de febrero de 2026

No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

 


No escondamos la luz, hagamos resplandecer la luz de nuestro amor como nueva aurora para nuestro mundo y nuestra oscuridad se volverá mediodía

Isaías 58, 7-10; Salmo 111; 1Corintios 2, 1-5; Mateo 5, 13-16

Muchas veces los problemas del día a día de la vida nos agobian, nos parece sentirnos desorientados y sin saber que hacer; son nuestros problemas personas, los interrogantes que se nos plantean ante lo que sucede o lo que vemos, calamidades de todo tipo en la propia naturaleza, problemas que afectan a las personas de nuestro entorno que también nos producen desgarro en el corazón, situación de la sociedad y del mundo en general que algunas veces no sabemos ni por donde vamos o a donde vamos a llegar… cuando tenemos una cierta sensibilidad en nuestro espíritu todo esto nos hace sufrir, nos preguntamos qué podemos hacer, cuál es el sentido de todo esto que sucede, hasta donde llegaría nuestro compromiso y todo eso nos hace sentirnos como a oscuras porque en cierto modo nos sentimos impotentes.

Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que se nos proclama en este domingo nos habla de luz y de sal; dos imágenes que nos han dado hermosas reflexiones y que cuando con sinceridad las escuchamos y las reflexionamos pueden ser también un interrogante para el compromiso de nuestra vida y de lo que cristianos podemos y tenemos que hacer en este mundo tan complejo en el que vivimos. No nos podemos quedar en bonitas palabras y esa es una tentación frecuente; lo podemos convertir en poesía pero si no lo convertimos en vida de poco nos vale.

Porque lo que Jesús nos está diciendo es que nosotros desde nuestra fe en El y habiendo escuchado su Buena Noticia del Evangelio tenemos que convertirnos en esa luz y en sal para nuestro mundo, para ese mundo concreto en el que vivimos con sus sufrimientos, con sus vaivenes que le hacen ir de un lado para otro parece que sin rumbo, o al menos no es el rumbo que a nosotros nos gustaría que tomara.

Creo que lo que nos está pidiendo hoy el evangelio es que echemos pie a tierra, nos metamos de verdad en medio de esos hombres y mujeres que sufren por tan diversos motivos, no los miremos como espectadores que se ponen en frente, sino como quienes nos mezclamos con esas personas que sufren para hacer nuestros sus sufrimientos, sus carencias, sus angustias. Misericordia de verdad es poner el corazón allí donde está la miseria, allí donde está el sufrimiento, donde está ese mal o esa carencia que hace sufrir a tantos y si ponemos el corazón pronto nos pondremos al unísono, pero es precisamente entonces cuando contagiamos de lo que llevamos en nuestro corazón.

El profeta nos decía que compartiéramos nuestro pan con el indigente; compartir no es dar una migaja de lo que nos sobra sino que eso que tenemos lo partimos y entonces lo compartimos, por eso seguía diciéndonos que al que está sin techo le demos hospedaje, al que ves desnudo le cubres su desnudez, y al que está afligido le ofreces tu consuelo llorando con sus mismas lágrimas. Y continuaba diciéndonos el profeta que entonces es cuando brillará tu luz como una aurora, brillará tu luz en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía.

Fijémonos en una cosa hermosa, seremos nosotros los primeros iluminados, para nosotros ya no habrá oscuridad. Hemos compartido la luz, hemos querido iluminar a los demás, a nuestro mundo, y nosotros somos los primeros iluminados. ¿No decíamos en nuestra reflexión del principio que ante todo ese agobio que nos produce todo eso que contemplamos alrededor a nosotros mismos nos parecía que estábamos a oscuras sin saber que hacer o qué camino tomar?

Nunca podemos tener palabras de desánimo ni de condena ante lo que podamos contemplar. Es una tentación fácil en la que caemos tantas veces, porque de alguna manera queremos quitarnos de encima la culpa de lo que no hayamos hecho bien y lo fácil es culpar al otro. Nuestra palabra siempre tiene que ser una invitación a la vida, un ayudar a encontrar ese camino de luz. Cuando hemos descubierto el camino buscando ser esa sal y esa luz para los demás, somos nosotros los primeros iluminados, ‘tu oscuridad se volverá mediodía’, que decía el profeta.

Por algo nos decía Jesús en el evangelio que brillen nuestras buenas obras ante los hombres para que todos glorifiquen al Padre del cielo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Estaremos como cristianos y miembros de la Iglesia siendo eso para nuestro mundo de hoy? ¿Cómo tenemos que ser luz, como tenemos que ser sal para nuestra tierra?

jueves, 29 de enero de 2026

No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

 


No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos desde autosuficiencia sino con la humildad del que se siente regalado con ellos

2 Samuel 7, 18-19. 24-29; Salmo 131; Marcos 4, 21-25

Solemos decir que aquel que acapara lo que tiene, bien porque lo haya ganado o porque lo haya recibido, solo para si mismo olvidándose y prescindiendo de los que están a su lado es un terrible e insolidario egoísta. Es mío, me lo gané yo, son mis cosas, hago lo que quiero… suele repetir para justificarse.

Pensamos en bienes materiales o riquezas y podemos decir no sé cuantas maravillas de justicia distributiva, de justicia social y de la insolidaridad injusta de quienes se creer ricos y absolutos poseedores de lo que tienen. Pero podemos darle una amplitud mayor, porque no es solo lo material, sino lo que soy, lo que son mis dones o mis cualidades, lo que llamamos nuestra riqueza espiritual que si mal la usamos terminaremos en la peor pobreza del espíritu. La riqueza de la vida, y quiero pensar en lo más profundo de la vida de cada uno, no es para acapararla solo para nosotros mismos.

Podemos decir que son nuestros esfuerzos o nuestras propias cualidades innatas, y es importante que sintamos toda esa riqueza espiritual que tenemos, reconozcamos nuestros valores y nuestras capacidades y nosotros mejoremos también nuestra vida. Pero ¿en qué consiste esa mejora? ¿En encerrarnos en nosotros mismos? ¿En poner una valla a nuestro alrededor para salvar lo que somos? ¿Y de qué te vale lo que eres si con ello no enriqueces también la vida de los demás? ¿No te das cuenta que aunque recibas muchas reverencias y adulaciones al final te vas a sentir muy solo?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio que la luz no es para ocultarla debajo de un cajón sino para ponerla en alto e ilumine a los demás. Esa luz que tú tienes no es solo para ti – es cierto que esa luz te ha ayudado a descubrir tu valor y el sentido de las cosas y de la vida – pero precisamente por eso con esa luz tienes que iluminar a los demás. Esa luz te ha ayudado a crecer por dentro porque te ha dado un sentido a tu ser y a lo que tienes, pero si la llegas a encerrar significa que no has entendido aun el sentido de esa luz.

‘No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz’, nos continúa diciendo hoy Jesús en el evangelio. Unos valores que tú tienes y que has de desarrollar, pero que necesariamente te han de llevar a abrirte a los demás. No podemos cruzarnos de brazos mientras vemos que hay oscuridades que podemos iluminar; no podemos quedarnos insensibles porque ya nosotros tenemos, ya nosotros sabemos, que los otros busquen, que los otros trabajen, como decimos tantas veces. La insensibilidad nos aleja bastante de esa madurez humana que hemos de alcanzar.

Todo esto nos lo está diciendo Jesús para el desarrollo de todos esos valores humanos con los que tenemos que contribuir al bien y la mejora de nuestra sociedad. Son un regalo y una responsabilidad, es un don y es una tarea. No podemos andar con una falsa humildad ocultando nuestros dones ni vamos a compartirlos de nuestra soberbia y autosuficiencia que los anularía, los apagaría y dejaría sin sentido.

Y aquí, claro, tenemos que plantearnos qué estamos haciendo con nuestra fe. Es una luz que ilumina nuestra vida, pero es una luz que la que tenemos que iluminar a nuestro mundo. No podemos ocultar nuestra fe, ni podemos acomodarnos tanto a la sociedad que nos rodea por aquello de que no le dan importancia a la fe, porque entonces les estaríamos haciendo perder todo el sentido a esa fe que tenemos. Si consideramos que es una luz para nuestra vida, esa luz no nos la podemos quedar para nosotros mismos sino que con ella, aunque sea con todo respeto, tenemos que iluminar a los demás. Es el testimonio que en todo momento tenemos que dar.

Como nos dirá Jesús en otro momento ‘alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos’. ¿De verdad estaremos convencidos de estas palabras de Jesús? Entonces, ¿por qué no somos más misioneros en el mundo que nos rodea?

viernes, 8 de agosto de 2025

El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

 


El evangelio siempre es buena noticia que recibimos con alegría y con la misma alegría la trasmitimos

Isaías 52, 7-10; Salmo 95; Mateo 5, 13-19

Los que nos traen buenas noticias son siempre bien recibidos, es más, serán agasajados con mucho entusiasmo y alegría. Hoy tenemos muchos medios de comunicación, de trasmitir noticias que en otros tiempos no teníamos; en mi infancia pasé por esas lagunas difíciles de las consecuencias de la emigración, pues mis hermanos y mi padre se tuvieron que ir a América; recuerdo siempre la alegría y emoción con que mi madre recibía sus cartas, pero más aún cuando alguien regresaba de Venezuela al pueblo acudíamos, como quien espera aguas de Mayo, a visitarle para saber de forma directa las noticias que nos podían traer de nuestra familia; cómo si nos visitaban esas personas para darnos noticia dentro de nuestra pobreza le ofrecíamos lo mejor como reconocimiento de las noticias ‘frescas’ que nos podían traer.

En todos los aspectos de la vida deseamos y necesitamos recibir cosas buenas de los demás, palabras que pongan esperanza y renovada ilusión en nuestras vidas; hay personas que se regodean en traernos noticias de cosas calamitosas, que nos están hablando con un tremendismo que al final lo que hace es poner miedo y temor en el alma, personas que parece que son adictas para hablarnos de cosas que nos quiten el sosiego y la paz, todo lo ven a lo tremendo, todo parece que va a tener un final catastrófico y en lugar de poner luz parece que van llenando el mundo de sombras.

Como decíamos al principio los que nos traen buenas noticias son bien recibidos, estamos deseosos de escuchar palabras de ánimo, que nos llenen de esperanza, que nos abran horizontes, que pongan una nueva luz en nuestra vida y en nuestro mundo. Y esto tiene que ser el evangelio de Jesús para nosotros. Es ‘evangelio’, o sea, buena noticia. Y las buenas noticias ponen gozo en el alma, por una buena noticia somos capaces de caminar lo que sea para ir a su encuentro.

Eso fue la vida de Jesús. Ese ha sido su mandato, esa es la misión que nos ha confiado, llevar una buena noticia a nuestro mundo. Esto tiene que ser siempre el evangelio en nuestra vida. Esa es la esperanza que tiene que suscitar siempre en nuestros corazones. Eso es lo que tiene que ser siempre un impacto para nuestra vida, porque las noticias nos sorprenden, pero si son buenas noticias no solo nos sorprenden sino que nos alegran el alma. Eso es lo que nosotros tenemos que anunciar.

Dicho así parece que resulta todo muy bonito, pero es aquí donde quizás tenemos que preguntarnos muchas cosas sobre el espíritu con que nosotros acogemos esa buena noticia. No podemos decir nunca eso ya me lo sé, eso ya lo he escuchado muchas veces. Para nosotros el evangelio tiene que ser siempre noticia para nosotros, y la noticia no nos cuenta cosas viejas, las noticias queremos que sean siempre nuevas para que realmente sean noticias. Pero ante el evangelio depende de la actitud con que nosotros vayamos a él, con la actitud con que nosotros lo escuchemos.

Es siempre algo nuevo que llega a nuestra vida. Y por muy monótona o de rutina que hayamos hecho nuestra vida, nuestra vida va continuamente cambiando; no vivimos hoy lo mismo que vivimos ayer, cada momento tiene sus circunstancias, cada momento en la vida tiene su novedad, en cada momento podemos descubrir algo nuevo, un nuevo matiz; y el evangelio viene a iluminar nuestra vida hoy, en el aquí y en el ahora, en lo que son ahora mis circunstancias y en lo que hoy estoy realizando. Y ahí tenemos que sentir esa novedad del evangelio, esa luz nueva que nos va ofreciendo el evangelio en todo momento.

Pero eso es lo que tenemos que ser nosotros para los demás. Somos, tenemos que ser portadores del evangelio, evangelizadores, decimos. Y como buena noticia se lo ofrecemos al mundo; de la autenticidad con que nosotros los anunciemos va a depender en cierto modo que como tal lo reciban quienes nos escuchan, como buena noticia para sus vidas. Pero es que tienen que notar que eso ha sido para nosotros y es por eso por lo que se lo trasmitimos. Lo triste sería que nosotros no transmitiéramos buena noticia, porque lo hemos convertido en una rutina en nuestra vida, porque no lo estamos reflejando en nosotros en una vida distinta.

Hoy nos ha dicho Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Que no podemos ocultar la luz, como no se puede ocultar una ciudad edificado en lo alto de un monte, ni podemos hacer que nuestra vida no sea sal, porque hayamos perdido el sabor. La sal que no da sabor ya no sirve para nada. ¿Nos estará pasando a nosotros? ¿Qué sabor desde el evangelio le estamos queriendo trasmitir a nuestro mundo? La tenemos que recibir con alegría y con alegría tenemos que transmitirla.

martes, 10 de junio de 2025

No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

 


No podemos perder los cristianos la luminosidad y el sabor del evangelio con que tenemos que iluminar y contagiar a nuestro mundo

2Corintios 1, 18-22; Salmo 118;  Mateo 5, 13-16

¿Puede la sal dejar de dar sabor? Parece algo imposible, pero si así sucediera se convierte en una arena, por decirlo de alguna manera, inservible. Para que la pisotee la gente, para echarla en nuestras carreteras en las heladas y después ni a la tierra de cultivo podríamos echarla porque llenaría la tierra de una salinidad que la haría improductiva.

De eso nos está hablando Jesús en el evangelio cuando nos dice que quien le sigue, quien ha asumido el evangelio como opción de su vida tiene que ser sal que dé sabor a la vida; es la sabiduría del evangelio del que nos hemos empapado para luego ser sabiduría para los demás. No es una cuestión baladí la que Jesús nos está planteando con estas imágenes que se nos ofrecen en este texto de hoy. Y ya nos tendría que llevar a preguntarnos ¿qué sabor le estamos dando los cristianos a nuestro mundo, a nuestra sociedad?

Hoy el evangelio está lleno de imágenes. Jesús las hablaba a las gentes con imágenes para que captaran el hondo sentido de sus palabras. Porque son cosas que vemos en la vida de cada día; tenemos la sal para nuestras comidas, tenemos la luz para iluminarnos. Por eso hoy está diciendo que no encendemos la luz para ocultarla. Como nos dice, si queremos que ilumine no la podemos esconder debajo de un celemín, sino ponerla en alto. Sabemos que el celemín es como una medida por ejemplo para nuestros cereales, un cajón con un determinado tamaño que nos da una cantidad, el celemín aunque sean medidas que hoy no son usadas habitualmente. Y Jesús nos está diciendo que la luz tenemos que ponerla en alto, en un lugar estratégico para que sus rayos luminosos puedan abarcar el mayor espacio posible y todos nos podamos beneficiar.

La imagen de la luz se nos repite en el evangelio de muchas maneras; desde las que tienen que salir con las lámparas encendidas para iluminar el camino del novio que viene al encuentro con su esposa, como luego colocadas estratégicamente en la sala del banquete para que podemos disfrutar de la comida y de la fiesta. Pero será imagen que se utiliza al principio del evangelio de san Juan para de alguna manera describirnos lo que era la misión de Jesús y lo que tiene que significar nuestra fe. Luz va repartiendo Jesús en todos aquellos a los que saca de su ceguera, que se convierte en imagen de lo que significa encontrarnos con Jesús y su evangelio, porque quien le encuentra no andará en tinieblas. Gritará Jesús en un momento determinado para que vayamos a El y en El encontremos luz.

Pero hoy la imagen de la luz va en el camino de lo que somos nosotros con nuestra fe y lo que tenemos que ser con nuestra vida. Es el testimonio de luz que tenemos que dar. ‘Sois la luz del mundo’, nos dirá y no podemos ocultar esa luz, no podemos ocultar esa fe que ha iluminado nuestra vida. Tenemos que resplandecer quienes estamos llenos de luz. Y nos dice que igual que la luz no se oculta bajo el celemín, nos dice que la ciudad puesta en lo alto de la montaña no se puede ocultar. Y somos nosotros esa ciudad que tenemos que convertirnos en medio del mundo en ese faro que ilumine y que oriente - ¿qué hace el faro en la orilla del mar sino iluminar, orientar, decir lo cerca que estamos de puerto seguro, o prevenirnos de los peligros de las rocas que podamos encontrar en medio del mar? -, es lo que nosotros tenemos que ser.

Terminará diciéndonos Jesús que así ilumine nuestra luz la vida de los hombres para que todos puedan dar gloria a Dios. Todo se convierte en un interrogante, en una pregunta seria que tenemos que hacernos en lo más hondo de nosotros mismos. ¿Seremos esa luz? ¿Seremos esa sal? ¿Habremos ido perdiendo esa luminosidad y ese sabor de evangelio que tiene que desprenderse de nuestras vidas? A pesar de que somos tantos los que nos decimos cristianos, ¿cómo es que aun no hemos contagiado de ese sabor al mundo que nos rodea? ¿Estaremos los cristianos confundiendo a los demás porque no sabemos estar en el sitio y el momento adecuado para dar testimonio de esa luz?

miércoles, 19 de febrero de 2025

¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

 


¿Podrá encontrar nuestro mundo lleno de tantas cegueras y oscuridades ese lazarillo en nosotros que les lleve al encuentro de la luz de Cristo?

Génesis 8,6-13.20-22; Salmo 115; Marcos 8,22-26

¿Cómo podrá encontrar el ciego el camino de la luz si no hay un lazarillo que le ayude a hacer el camino y encontrar la luz para sus ojos?

Sabemos que llamamos lazarillo al que acompaña al ciego en su caminar para ayudarle en la carencia de luz en sus ojos. Obras de nuestra literatura clásica nos han presentado con profusión esa figura y todos entendemos de lo que son sus valiosos servicios; aunque hoy disponemos de mejores medios de ayuda, aun contemplamos en nuestro caminar al ciego que va acompañado de su perro lazarillo, su perro guía que le previene de peligros, le facilita los movimientos y de alguna manera cuida de su amo ciego. Todos nos sentimos reconfortados con esa imagen.

Pero si nos entretenemos en comentar estos detalles es porque esa imagen puede decirnos mucho para la vida y su sentido. Porque además hoy el evangelio que se nos ha presentado en este día nos habla de la curación de un ciego, allá por la región de Betsaida que, como se nos dice en otro lugar del evangelio era la patria o lugar de nacimiento de Simón Pedro y su hermano Andrés.

Hemos escuchado los detalles del relato evangélico, cómo Jesús se lo ha llevado aparte y poniendo algo en sus ojos hará que poco a poco sus ojos vuelvan a la luz. Pero hay un detalle que nos puede pasar desapercibido; nos dice el evangelista que a aquel hombre ciego lo llevaron a Jesús. Recordamos también al ciego Bartimeo en Jericó que pedía limosna en el camino y tras sus gritos pidiendo ayuda al saber que pasaba mucha gente, Jesús les pide que se lo traigan, que lo ayuden a llegar a Jesús. En este caso también alguien ayudó a aquel ciego a llegar a Jesús.

Es importante la imagen. Es la pregunta que nos hacíamos al principio de esta reflexión. ¿Quién será el que ayude al ciego a encontrar el camino de la luz? ¿Llegaremos a ser ese lazarillo para tantos que están a nuestro lado necesitados de luz? ¿seremos los cristianos en verdad lazarillos que ayuden a nuestro mundo envuelto en tantas cegueras y oscuridades a encontrar la luz del Evangelio?

Es nuestra tarea y nuestra misión. Aunque primero seremos nosotros los cristianos los que tengamos que dejarnos envolver por esa luz de Cristo y su evangelio. En nuestras cegueras seguimos tantas veces porque teniendo la luz a nuestra mano no sabemos, no terminamos de dejarnos iluminar por el Evangelio; nos pasa muchas veces como aquellas doncellas del evangelio que no guardamos suficiente aceite para mantener encendidas nuestras lámparas, o dejamos que muchos tropiezos que se convierten en cegueras lleguen a nuestra vida y no terminamos de dejar que Jesús ponga su mano para lavarnos en el Siloé de su gracia. Cuidemos la limpidez de nuestros ojos, cuidemos no nos dejemos embaucar por luces fatuas que nada iluminan sino que más bien con sus guiños nos llevan a la confusión.

Pero importante el mensaje que quiere dejarnos el evangelio de hoy. Tenemos que ayudar a que los demás lleguen a Jesús, se encuentren con Jesús para que la luz vuelva a sus vidas. No siempre sabrán o podrán ir solos y necesitan quien les ayude. Nuestra palabra tiene que ser clara para hablar de Jesús a los demás, de que nosotros hemos encontrado la luz y con Cristo hemos encontrado el camino de la felicidad verdadera; nuestros gestos, nuestros detalles, nuestra manera de vivir tiene que ser un testimonio claro que hable a los demás de Jesús y de la luz que en El encontraremos siempre.

Es hermosa la buena voluntad de aquellos que llevaron aquel día al ciego de Betsaida hasta Jesús para que recobrara la visión de sus ojos. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Seremos capaces de hacerlo con nuestro mundo? ¿Qué testimonio estamos dando como cristianos y como Iglesia ante el mundo que nos rodea que les haga sentirse atraídos por el Evangelio?

martes, 11 de junio de 2024

Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

 


Tenemos que tomarnos en serio lo que nos dice Jesús de ser luz y de ser sal para nuestro mundo, que está necesitando esa luz y ansiando ese nuevo sabor

Hechos de los apóstoles 11, 21-26; 13 1-3; Salmo 97; Mateo 5, 13-16

¿De qué me vale tener una tonelada de sal guardada en la bodega si luego la comida está insípida y sin sabor o se me echan a perder los alimentos por no guardarlos debidamente con la sal que poseo? ¿De qué me vale tener muchas baterías acumuladas de energía pero bien guardada si no las utilizo para alumbrar allí donde estoy y vivo en total oscuridad?

Parecería un absurdo. Pero ¿no será lo absurdo en que de alguna manera vivimos los cristianos que teniendo la riqueza del evangelio no llenan de luz y de sabor nuestro mundo porque no somos capaces de difundir el mensaje del evangelio?

Tenemos una fe, hemos recibido la gracia del bautismo, en nuestras manos está el conocimiento de Jesucristo y el conocimiento de Dios, tenemos con nosotros el evangelio de Jesús ¿y qué es lo que vivimos? ¿Qué es lo que trasmitimos a ese mundo que nos rodea?

Estamos luego muy prontos para hablar y para quejarnos, para denunciar muchas situaciones que no nos gustan y para decir lo mal que andan las cosas y toda la problemática de nuestro mundo tan envuelto en tinieblas de ignorancia, de violencia, de desenfreno en muchas cosas; nos quejamos de la oscuridad pero no somos capaces de encender la luz. Es lo que estamos haciendo los cristianos porque tenemos la semilla en nuestras manos y no somos capaces de sembrarla.

Hoy nos está diciendo Jesús que tenemos que ser luz y que tenemos que ser sal. Y ya no solo es que nosotros nos dejemos iluminar por esa luz del evangelio tratando de vivir lo que nos enseña Jesús como sentido de nuestra vida, sino que además no somos capaces de llevar esa luz a los demás. Tenemos que ser sal nos dice Jesús, repito, no solo porque nosotros hayamos encontrado ese sabor de Cristo para nuestra vida dándole un sentido y un valor a lo que somos, a lo que vivimos, a lo que hacemos, sino que esa sal tenemos que llevarla también nuestro mundo.

Como nos dice Jesús no se puede ocultar una ciudad situada en lo alto de un monte. Y eso tenemos que ser nosotros; es el testimonio que tenemos que dar, es por lo que tienen que reconocernos, son los valores que nosotros hemos de vivir y que han de ser reflejo para el mundo que nos rodea. No nos podemos ocultar. Pero muchas veces nos da miedo dar ese testimonio, dar la cara por aquello que son nuestros principios, los valores por los que nosotros vivimos, y parece que vamos de vergonzosos por la vida, porque nos da miedo dar la cara por la verdad, por la justicia, por el bien, por el amor.

La luz hay que ponerla donde ilumine. Es lo que tenemos que ser nosotros. Y vivimos nuestro compromiso por hacer que nuestro mundo sea mejor, y no nos da miedo decir que lo hacemos desde el compromiso de nuestra fe; y trabajamos para que la gente viva en sana convivencia, en armonía siendo siempre instrumentos de paz, y lo hacemos porque desde Jesús nos sentimos comprometidos. No solo tienen que repicar las campanas de nuestras iglesias para decir que allí hay una comunidad cristiana, sino que tiene que notarse nuestra presencia en el mundo con nuestros valores por los que luchas para hacer que nuestro mundo sea mejor.

Tenemos que ser sal, nos dice Jesús. Y la sal se mezcla con los alimentos porque así es como les da sabor y así es como pueden conservarse sanos. ¿Estaremos en verdad mezclados los cristianos que creemos en Jesús con ese mundo que nos rodea, pero para desde dentro irle dando ese nuevo sabor a nuestro mundo porque trabajamos para hacer que todo tenga un nuevo sentido desde los valores del evangelio? Parece que los cristianos rehuimos estar ahí en medio de todo lo que es el entramado social para ser sal, y al final nos dejamos contagiar y no hacemos valor lo que son nuestros valores y nuestros principios. Una sal que no vale para sazonar aquello con lo que se mezcla no es buena sal, se ha echado a perder, se ha corrompido, ¿será eso lo que nos pasa a los cristianos que no estamos logrando que en nuestra sociedad brillen esos valores que nos trasmite el evangelio y es por eso la pendiente resbaladiza por la que se va deslizando nuestro mundo?

Es serio lo que nos plantea hoy Jesús de ser luz y de ser sal. A ver cuándo nos lo tomamos en serio.

viernes, 26 de abril de 2024

Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida, no ocultemos el evangelio que es una luz que tiene que iluminar

 


Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida, no ocultemos el evangelio que es una luz que tiene que iluminar

1Corintios 2, 1-10; Salmo 118; Mateo 5, 13-16

Se me ocurre pensar que la luz no es para si misma, sino que tiene la función de alumbrar a los demás, o iluminar el entorno que la rodea. La luz en si misma no la podemos guardar, meter en un armario para luego utilizarla cuando queramos; podremos guardar la energía, o aquellas cosas que nos puedan producir luz, pero no la luz en si misma. Allí donde hay luz todo se ilumina, allí donde hay luz nosotros podremos movernos y caminar, como podremos contemplar cuanto nos rodea y en consecuencia la belleza de nuestro entorno. La luz, entonces, nos hace vivir, nos ayuda a vivir.

Se me ocurren estos pensamientos previos ante el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla de la luz y de la luz que tiene que iluminar, de la luz que nosotros hemos de ser con la que tenemos que iluminar. Será una luz que se enciende en nosotros, pero es una luz que nosotros recibimos. En fin de cuentas se nos está hablando del evangelio, de nuestro encuentro con Jesús y de cómo en El nos sentimos iluminados para nosotros transformarnos en luz, convertirnos en luz con la que tenemos que seguir iluminando a los demás.

A lo largo del evangelio es una imagen que se repite. Jesús es esa luz que viene a iluminar el mundo, por eso cuando Jesús comenzó a predicar, anunciando la llegada del Reino de Dios, por Galilea, el evangelista recordará aquel pasaje de los profetas que nos habla de que el pueblo que habitaba en tinieblas y en sombras de muerte se iluminó con una luz nueva. Es lo que significó la presencia de Jesús; es lo que con signos Jesús nos va expresando cuando va devolviendo la vista a los ciegos y despertando a una nueva vida y a una nueva esperanza a aquel pueblo que habitaba en tinieblas. Es lo que significa nuestro encuentro con Jesús; es lo que significa esa fe que ponemos en El.

Con Jesús la vida adquiere un nuevo sentido y valor; es una nueva sabiduría que inunda nuestra vida, es una nueva forma de vivir y de actuar. No nos faltarán los problemas y las dificultades, seguiremos con nuestras dudas y nuestros tropiezos, los problemas del mundo que nos rodea son los mismos, pero tenemos una nueva forma de afrontarlos, una nueva forma de caminar, una fuerza para superar obstáculos y dificultades, para vencer el mal que nos tienta, para caminar en una nueva rectitud, para comenzar a tener una mirada distinta a cuantos nos rodean, para caminar con la fuerza del amor.

Pero, como decíamos, esa luz no es para guardarla para nosotros sino esa luz es para repartirla. Es lo que nos está pidiendo Jesús cuando nos dice que somos luz del mundo y sal de la tierra. Y nos dice que la luz no es para guardarla metida en un cajón, sino para ponerla en alto e ilumine todo alrededor. Nos dice que somos sal, pero la sal es para preservar y para dar sabor; no nos vale tener guardada la sal en el armario si no la utilizamos para darle sabor a la comida o para preservar de la podredumbre lo que queramos guardar.

‘Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente’. Como nos seguirá diciendo también, ‘vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielos’.

Ahí está nuestra tarea y nuestra misión. No podemos ocultar la luz, no podemos dejar que se eche a perder la sal. Tienen que cumplir su función. Tenemos que cumplir nuestra función, de la que no podemos escaquearnos. ‘No podemos ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte’. Y eso tenemos que ser nosotros. Es la acogida, y de ahí la imagen de la ciudad, pero es también la salida de nosotros mismos para ir al encuentro con los demás llevando nuestra luz.

¿Qué estaremos haciendo con nuestra luz? ¿Qué estamos haciendo con esa fe que decimos que tenemos en Jesús? ¿Qué estamos haciendo con el Evangelio, la buena noticia que tenemos que llevar a los demás?  Hacen falta testigos. No nos quejemos de lo mal que anda la vida, de lo mal que anda nuestro mundo. Eso es una cosa fácil de hacer, quejarnos. Pensemos qué luz le estamos llevando nosotros desde nuestra fe al mundo que nos rodea. No nos escondamos. Salgamos a la periferia de nuestro mundo a llevar el evangelio. Es el testimonio de nuestra vida de creyentes que con valentía tenemos que ofrecer a los que nos rodean y que no siempre hacemos. Despertemos para que el mundo tenga luz y tenga vida.

 

 

domingo, 7 de enero de 2024

El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

 


El bautismo de Jesús en el Jordán nos lo señala como el Hijo amado del Padre y nos recuerda nuestra condición y dignidad de ser también hijos amados de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

En la hay momentos, en que por algo que nos sucede, una palabra escuchada, un testimonio recibido, nos marcan de alguna manera la vida, porque comenzamos a ver las cosas de otra manera, descubrimos cual es nuestra propia identidad y lo que algunos llaman su destino, nos hace dar una vuelta a nuestros planteamientos, pone interrogantes en nuestro interior que nos hacen cuestionarnos lo que hacemos o lo que podemos hacer. Son hitos de nuestra vida, momentos cruciales, arranque de nuevos caminos o de nuevas oportunidades, ocasión también de darnos a conocer y lo que podemos realizar. Y esto lo podemos en un amplio campo de nuestra vida, aunque para ello también hemos de tener una capacidad de reflexionar para saber leer esos acontecimientos, o eso que nos haya podido suceder, para descubrir esa luz que dé un nuevo giro en la vida. Una capacidad de reflexión, decimos, pero también un saber estar atentos a esos signos de vida que pueden aparecer en nuestra existencia.

Estamos en un momento de la vida de Jesús que diríamos que es crucial para el conocimiento que podamos tener de El y el plantearnos también por qué queremos seguirle. Aquel niño nacido en Belén, que hemos venido celebrando en este tiempo de Navidad, en un momento determinado se nos dice cómo en Nazaret crecía en estatura, sabiduría y gracia ante de Dios y los hombres. Una vida oculta durante largos años, como tantos momentos también de silencio que todos necesitamos en la vida.

Juan predicaba en la orilla del Jordán anunciando el tiempo inminente de la aparición del Mesías y cómo había que preparar los caminos del Señor, como incluso nosotros hemos contemplado sobre todo en el Adviento. En torno a Juan se reúne la gente para escuchar aquella Palabra nueva que anuncia la venida del Mesías, se hacen bautizar por Juan como un signo de conversión y de preparar sus corazones, hay ya un grupo de discípulos que estarán más cercanos a Juan, y Jesús desde Galilea bajó también a la orilla del Jordán junto a Juan.

Es el momento que hoy contemplamos y que casi parece como si el mismo Juan nos estuviera contando. Ante los interrogantes que le plantean a Juan sobre lo que hacía y si él era el Mesías o un profeta, responde, ‘Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo’. Sigue el anuncio de Juan de aquel que vendrá no para bautizar con agua sino con la fuerza del Espíritu Santo.

Y es ahora cuando el evangelista con toda sencillez nos narra lo acontecido. ‘Y sucedió que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’.

Todos comprendemos que Jesús no necesitaba de aquel bautismo de purificación. Quien había venido a hacer hombre para ser Dios con nosotros y que cargará con nuestro pecado y nuestra muerte para así redimirnos, solidariamente se pone en la fila de los pecadores que se acercan al bautismo de Juan. Y aquí está la Epifanía, la manifestación de quién era Jesús con aquellos signos que acompañan aquel momento. El Espíritu Santo que se manifiesta sobre Jesús con la voz del cielo que lo proclama como el Hijo amado de Dios, en quien Dios se complace.

A los pastores se les había anunciado el nacimiento de un Salvador; los Magos de Oriente contemplan la luz de la estrella que les hace camino para encontrarse con Jesús al que en su ofrenda reconocerán como rey, como hombre y como Dios; el anciano Simeón proclamará que ya puede morir en paz porque sus ojos han visto a quien viene como luz de las naciones  y gloria de su pueblo Israel; Juan nos había anunciado que venía quien nos bautizaría en el Espíritu pero es ahora la voz del cielo quien le señala como el Hijo de Dios a quien hemos de escuchar y a quien hemos de seguir. Más tarde lo veremos en las bodas de Caná dándonos ese vino nuevo, signo de la vida nueva que en El vamos a recibir.

Es el sentido de la fiesta de la Epifanía, manifestación de la gloria de Dios; momento crucial donde ya podemos conocer quién es Jesús a quien hemos de escuchar; momento a partir del cual Jesús comenzará a realizar su misión del anuncio del Nuevo Reino de Dios.

Pero momento importante también para nosotros. Este acontecimiento que estamos contemplando y celebrando como culminación de todas las fiestas de la Navidad no nos puede dejar en la rutina de siempre. Tentación tenemos que pasado el fervor y entusiasmo que hemos vivido en estas fiestas volvamos a la rutina de siempre, volvamos a lo mismo como si nada hubiera significado todo lo que estos días hemos celebrado. Sería algo en vano, entonces.

Tenemos que despertar de esos letargos en los que podemos caer, no podemos decir como era en el principio. Por eso contemplar el Bautismo de Jesús nos hace mirar a nuestro bautismo, en el que también un día vino el don del Espíritu Santo sobre nosotros para marcarnos con una vida nueva, con una dignidad nueva, porque también desde ese día hemos escuchado que somos los hijos amados de Dios. Es reavivar nuestro bautismo, es reavivar esa vida de hijos de Dios, es reavivar esa misión que también nosotros hemos de cumplir. Esta celebración también tiene que ser un momento crucial para nuestra vida, algo que no podemos olvidar, que nos hace ser conscientes de nuestra dignidad y de nuestra misión. Vivamos en consecuencia.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

 


Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Quienes estuvieran contemplando aquella mañana, quizás desde una distancia emocional o quizá por simple curiosidad, lo que estaba sucediendo en aquellos pórticos del templo, no habría notado nada especial, sino unos matrimonios, en general jóvenes, que se acercaban a hacer las ofrendas rituales por el primogénito que les había nacido y a las correspondientes purificaciones de las madres. Era una escena normal como otras que cada día se sucedían en el templo aparentemente sin ninguna connotación especial.

Pero alguien tenía una visión distinta. Era un hombre de Dios que aguardaba impaciente la llegada del Mesías de Dios y que allá en su interior había sentido el Espíritu divino que le aseguraba que no cerraría sus ojos sin contemplar a ese enviado de Dios. Los misterios grandes que se manifiestan en cosas pequeñas e insignificantes solo serán capaces de contemplarlas quienes tienen una sintonía especial de Dios en sus ojos y en su corazón. Es lo que sucedía en aquel anciano, y posteriormente también en la que llamaríamos la profetisa Ana.

Se adelantó aquel anciano hasta aquellos jóvenes esposos que con su niño en brazos se dirigían a realizar la ofrenda prescrita. Y ahora todo serán gritos de alabanza y de bendición al Señor porque le ha permitido que antes de cerrar sus ojos a la luz de este mundo pudiera contemplar la luz de Dios que nos visitaba. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel’.

Todo son bendiciones y alabanzas pero también serán anuncios proféticos. Será grande aquel niño, pero será ‘un signo de contradicción’; y la contradicción comenzará para aquella madre que se une gozosa también a ese cántico de alabanza, como ella había venido haciéndolo desde que el ángel del Señor le anunciara las maravillas que Dios iba a realizar en ella, pero se le anuncia ahora una espada de dolor que atravesará su alma. Podíamos decir que María lo sabía. Conocedora era de las Escrituras santas que tantas veces había rumiado en su corazón, y conocería pues los cánticos del siervo de Yahvé que había proclamado el profeta Isaías y que son toda una descripción de lo que iba a ser la pasión de su Hijo.

Pero era aquel Niño el que estaba puesto también como signo de contradicción para todas las gentes. Más tarde mientras uno lo alaban y bendicen, como bendecirán también los pechos que lo alimentaron y el vientre que lo llevó, porque nadie ha hablado como este hombre y Dios ha visitado a su pueblo, habrá quienes estén sin embargo acechando y buscando como quitarlo de en medio. Y es que ante Jesús hay que decantarse siempre, o se está con El o se estará contra El, y el que no esté con él no siembra sino que desparrama. Será un signo de contradicción ‘para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Bien que lo veremos a lo largo de todo el evangelio. ¿Qué significará para nosotros? ¿No tendremos que decantarnos también ante El?

De una cosa si que tenemos que estar seguros ya desde este primer momento, tenemos que saber sintonizar la sintonía de Dios; hemos de aprender a tener unos ojos límpidos como los de aquel anciano que aparece en aquellos momentos por el templo, para saber reconocer el actuar de Dios, la presencia de Dios. Y será en lo pequeño y en lo que es nada aparatoso, será en los gestos sencillos, será desde un corazón humilde y abierto a Dios, será quien se deje conducir por el espíritu divino el que se encontrará en los caminos de Dios y podrá encontrarse con Dios. ¿Serán esas las actitudes de nuestro corazón?

lunes, 25 de septiembre de 2023

El mundo está necesitando de nuestra luz, que no es nuestra, sino la luz de Cristo de la que nosotros hemos de ser portadores



 El mundo está necesitando de nuestra luz, que no es nuestra, sino la luz de Cristo de la que nosotros hemos de ser portadores

Esdras 1,1-6; Sal 125; Lucas 8,16-18

Es lógico. Si tenemos una luz en la casa hemos de situarla en el lugar más apropiado para que los que entren en la casa no vayan tropezando con todo en la oscuridad y puedan ver. La luz no es un adorno, es una necesidad para poder ver en la oscuridad. Luego las pondremos también como adornos, o buscando que nos den luz indirecta por los efectos que pretendamos conseguir, pueden ser luces que vengan como a acompañar aquella luz principal para hacer llegar su resplandor a lugares donde sea más difícil hacer llegar la luz. Pero lo importante es que podamos ver, que tenga la luminosidad necesaria y el lugar adecuado.

Parece algo muy elemental. Pero es una imagen que nos quiere decir muchas cosas. Las oscuridades que tenemos que iluminar no son solo cuartos ensombrecidos de la casa, o caminos oscuros por los que tenemos que transitar. Cuando Jesus nos está proponiendo esta imagen de la luz querrá hablarnos de un sentido de la vida, de otros horizontes luminosos que pueden abrirse ante nosotros para que lancemos la mirada más allá de lo que tenemos ahí ante nuestras narices.

Ya el evangelista al comenzar a hablarnos del comienzo de la actividad de Jesus en Galilea anunciando el la Buena Noticia del Reino de Dios que llegaba, nos recordaba las palabras del profeta que hablaban de aquella luz que comenzó a brillar en Galilea, país de Zabulón y de Neftalí. La presencia de Jesus anunciando la llegada del Reino de Dios fue ese rayo de luz que llenaba de esperanza los corazones porque algo nuevo se les estaba anunciando. Con los signos que iba realizando, como señales de ese Reino de Dios que llegaba los corazones se iluminaban y estaban sintiendo que Dios había venido a visitar a su pueblo. Por eso terminará Jesús proclamando que Él es la luz del mundo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Y esa luz no se puede ocultar, esa luz tiene que iluminar a todos para que vean y para que crean, para que alcancen la salvación.

Por eso ya desde el principio, allá en el sermón del monte, les dirá a los que creen en Él y quieren seguirle que tienen que ser también luz para los demás. La luz se ha de propagar, la luz ha de llegar a todos. Vean vuestras buenas obras, les dice, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Con nuestras obras, con nuestra vida, con nuestro testimonio tenemos que ser propagadores de esa luz para que llegue a todos.

Por eso será un signo que se repite con frecuencia en la liturgia de la Iglesia. En el centro tenemos la luz del Cirio Pascual encendida en el centro de la Iglesia con la resurrección del Señor, del que todos tomamos la luz y nos la pasamos los unos a los otros. Muy significativo. Y esa luz pascual iremos tomando nuestra luz, comenzando en nuestro bautismo que ya se nos dió ese cirio encendido para recordarnos que somos luz y que con esa luz hemos de ir siempre al encuentro del Señor. Y al final de nuestra vida en nuestras exequias volverá a aparecer encendida la luz del Cirio Pascual, para significar como nos ha acompañado a lo largo del camino de nuestra vida y en ese encuentro pleno y definitivo con el Señor tras la muerte vamos a presentarnos ante el tribunal de Dios con esa lámpara encendida de nuestra vida.

Pero nos recuerdan también las parábolas del evangelio que algunas veces nos puede faltar el aceite para mantener encendida esa luz. Es la triste realidad de nuestra vida; nuestra tibieza espiritual hace que se tintinee esa luz y se nos pueda apagar. Son tantos momentos de debilidad que podemos tener en la vida y dejamos apagar esa luz. ¿Cómo tenemos que cuidarla? ¿Qué estamos haciendo realmente para que se mantenga siempre encendida? ¿Cómo la estamos alimentando?

El mundo está necesitando de nuestra luz, que no es nuestra, sino la luz de Cristo de la que nosotros hemos de ser portadores. No siempre estamos mostrando ese camino de luz. Nos quejamos tantas veces de las oscuridades del mundo que nos rodea, pero no somos capaces de darnos cuenta de nuestra culpa. No les hemos iluminado debidamente, no hemos sido portadores de esa luz con nuestro testimonio, con nuestras palabras, con nuestra vida. Necesitamos reavivar en nosotros esa luz de Cristo para que se manifieste clara y diáfana frente al mundo que nos rodea.