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sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


domingo, 24 de mayo de 2026

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

 


Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida y también a la renovación de la vida de nuestra Iglesia

Hechos, 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3-7. 12-13; Juan 20, 19-23

‘Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino es por el Espíritu Santo’. Comienzo mi reflexión hoy con estas palabras del Apóstol que vienen a ser toda una confesión de fe en el Espíritu Santo, y que nos llevan a la más profunda confesión de fe en Jesús. Cuando Jesús preguntaba a los apóstoles sobre lo que pensaba la gente o pensaban ellos mismos del Hijo del Hombre, tras la respuesta que dio Pedro con sus Palabras, Jesús le dice que no lo ha expresado por si mismo sino por la revelación del Padre en su corazón. ¿Seremos en verdad conscientes de ello?

Es la reflexión que tenemos que hacernos en este día de Pentecostés. Fue el cumplimiento de la promesa de Jesús; por eso desde el primer momento de la resurrección vemos cómo se manifiesta esta acción del Espíritu sobre los Apóstoles. Jesús en esa primera aparición como resucitado – vamos a emplear este lenguaje – les saluda con la paz. Dos veces repite ese saludo, pero al mismo tiempo les revela la manifestación del Espíritu para el perdón de los pecados. ¿Es que podría haber esa paz sin esa capacidad del perdón? Es el Espíritu el que va a crear esos lazos de comunión, esos lazos de amor que nos hacen posible que nos comprendamos y nos perdonemos; es el Espíritu el que acerca los corazones para el amor, porque el Espíritu nos llena de Dios; no es una cosa podríamos decir aislada que se va a poner en nuestro corazón sino que es Dios mismo quien nos envuelve e inunda nuestra vida, y Dios es amor.

Cuánto necesitamos, entonces, dejarnos envolver y conducir por el Espíritu en este nuestro tan dividido y enfrentado, donde florecen demasiado la rencillas y los resentimientos, donde somos capaces de mantener el corazón envenenado porque no tenemos la humildad y la valentía de abrirnos al perdón, este mundo tan lleno de violencias y enfrentamientos que hace que por cualquier palabra o cualquier gesto florezcan los espinos del orgullo creando surcos y abismos de distanciamientos o parapetándonos tras los muros del rencor. Qué difícil traspasar esas fronteras que así nos hemos ido creando si no somos capaces de dejar que el Espíritu siembre en nosotros las semillas del amor.

En el mundo de hoy algunas veces nos reconforta el ver aparecer en la sociedad que hay deseos de paz, y se forman movimientos en contra de la guerra y la destrucción que siguen haciendo de las suyas de manos de los poderosos ambiciosos; nunca será la guerra un camino para lograr la paz, porque la violencia nunca engendrará amor; pero también hemos de ser conscientes, y eso nos defrauda enormemente, que en el fondo de quienes reclaman la paz en esas situaciones tan dolorosas que vivimos en el mundo de hoy sin embargo en sus corazones no brilla siempre la paz y muchas veces resplandece más la revancha y la venganza; quien no ha sabido encontrar paz en su corazón difícilmente podrá ser instrumento de paz porque sus corazones van envenenados por el odio. Desgraciadamente lo vemos en tantas manifestaciones que deseamos pacíficas pero que terminan en violencia.

Ojalá esta fiesta de Pentecostés que estamos celebrando, esta fiesta del Espíritu Santo, despierte en nosotros los cristianos esos verdaderos deseos de paz, porque comenzamos a construirla dentro de nosotros mismos. Recibamos el don del Espíritu prometido por Jesús y sintamos cómo se llena de gozo nuestro corazón porque comenzamos a entrever esos nuevos valores y esas nuevas actitudes que nos hacen crecer dentro de nosotros mismos.

Que sintamos la alegría del Espíritu porque comenzamos a amarnos más; que sintamos la alegría del Espíritu que nos hace descubrir esas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros; que sintamos la alegría del Espíritu porque nos sentimos más hermanos y somos capaces de entendernos porque esos lenguajes que nos distancian o muchas veces también nos enfrentan los arrancamos de nuestras vidas; que sintamos la alegría del Espíritu porque se crea entre nosotros una nueva comunión en que las distancias geográficas ya no son un obstáculo o un impedimento para amarnos; que sintamos la alegría del Espíritu que nos impulsa a salirnos de nosotros mismos para llevar con arrojo y valentía el anuncio del Evangelio a todo ese mundo que nos rodea y que nos signos de nuestro amor sean capaces de llegar a los más desheredados de nuestra sociedad, pobres y emigrantes, gente que vive en la soledad o bajo el peso de la cruz del sufrimiento.

Que esta fiesta del Espíritu sea en verdad una renovación de nuestra vida que contribuya también a la renovación de nuestra Iglesia.


domingo, 22 de febrero de 2026

Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

 


Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

¿Será posible que después de lo que sabemos o de lo que hemos vivido, de la experiencia de la misma realidad sigamos dejándonos convencer por la misma mentira?

Es múltiple la experiencia en este sentido que vamos teniendo de la vida misma, de lo que somos y de lo que hacemos, de las cosas que cada día nos suceden que tantas veces nos han hecho tropezar y a pesar de tantas promesas nos han llevado a tantos vacíos, de lo que palpamos en la misma sociedad en la que vivimos tan llena de mentiras y de engaños que al final terminan engatusándonos y seguimos confundiéndonos en las opciones que tendríamos que hacer para que las cosas sean mejor, o lo que es en la interioridad de nosotros mismos con nuestras ansiedades y con nuestras ambiciones, con nuestros sueños de grandeza o de poder, con lo que es la verdad de nosotros mismos y el sentido que le hemos de dar a nuestra vida en el que al final lo que queremos es endiosarnos. Y volvemos a reincidir una y otra vez, parece que nos hemos cegado. Es la realidad que estamos viviendo con sus amagos y sus tentaciones.

Necesitamos sabernos detener, necesitamos hacer desierto en nuestra vida para despojarnos de esas vanidades en las que nos dejamos envolver y paso a paso nos vayamos haciendo planteamientos serios de nuestra vida. Es lo que la Iglesia nos está ofreciendo en este tiempo de Cuaresma. Decimos que la cuaresma es prepararnos para la semana santa y la pascua, pero cuidado nos dejemos arrastrar por un ambiente no siempre muy evangélico y nos estamos preocupando de preparar muchas cosas materiales. ¿Solo toca preparar tronos procesionales o celebraciones muy solemnes, o toda la suntuosidad material, digámoslo así, con muchas profusión de objetos valiosos y suntuosidades? Lo que podría ser una ayuda si lo hacemos bien al final nos damos cuenta de que nos ha desenfocado de lo que realmente es importante; llegará la Pascua, porque será el tiempo pascual, pero no ha habido verdadera pascua en nosotros.

En este primer domingo toda la liturgia de la Palabra nos está hablando de tentaciones, nos recuerda la primera lectura la tentación de Adán y Eva en el paraíso y nos recordará el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero no las miremos como quien contempla un cuadro muy hermoso que nos describe algo pasado en el tiempo. Nosotros tenemos que meternos en ese cuadro; ya lo estamos haciendo con lo que previamente hemos reflexionado en lo que hemos convertido nuestra preparación y nuestro camino cuaresmal.

¿En qué ponemos el valor de la vida, de lo que tenemos que ser y de lo que tenemos que hacer? Lo material nos absorbe, las cosas que tenemos que hacer nos absorben y nos olvidamos de donde está su sentido; y de ahí nos surge un activismo del hacer por hacer, claro que detrás está todo aquello que queremos obtener para lograr una vida mejor, como solemos decir; pero ¿de qué estamos disfrutando de la vida? No sabemos saborearla de verdad porque vivimos nuestros agobios por nuestras ganancias, decimos porque necesitamos un pan para comer.

Pero ¿el disfrute de la vida está solamente en que llenemos nuestro estómago? ¿No habrá algo más que hemos de buscar en ese vivir que nos lleve a una plenitud de nuestro ser? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Qué es lo que nos ciega?

Por ese camino tendríamos que seguir preguntándonos por muchas cosas. Cuidado que nos queramos convertir en el centro de todo. Nos desconsuela estar encima del pedestal para ser reconocidos. No es que se nos tengan en cuenta nos valores o nuestras capacidades para contribuir con los demás a la mejora de ese mundo en el que vivimos.

No es el espíritu de servicio al que queremos darle importancia. Para nosotros muchas veces el que nos valoren es que nos pongan por encima de todo y los únicos, queremos sobresalir y queremos imponernos porque ya al final nos parece que lo único válido es lo nuestro, queremos ser admirados porque poco menos que nos hemos convertido en los salvadores de la humanidad, que nuestro poder y prestigio nos ponga por encima de todos. Nos endiosamos haciéndonos al mismo tiempo esclavos y adoradores de tantas vanidades de la vida.

¿Dónde hemos puesto a Dios en todos estos planteamientos de la vida? Jesús tuvo su momento, por así decirlo crítico, en el comienzo de la realización de su misión. Es este momento del que nos habla el evangelio de que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El relato de los evangelistas nos lo sitúan en este comienzo de su actividad apostólica aunque si nos fijamos bien en el evangelio aparecen otros momentos de tentación para Jesús. Hoy nos centramos en este momento de desierto y veremos al Jesús que conducido por el Espíritu va respondiendo a esa triple tentación.

¿Es solo de pan de lo que vive el hombre?, también nos preguntábamos nosotros. Y tenemos que dejarnos envolver por el Espíritu nosotros también para sentir cómo Dios es el que guía nuestra vida, cómo solo en El vamos a encontrar el valor y el sentido no solo de lo que hacemos sino de nuestro ser. No nos dejaremos, pues, seducir por ninguna propuesta que nos parezca que nos da la mejor solución. Descubramos el engaño, la mentira, la vanidad, el orgullo que nos quiere envolver, tras lo cual nos vamos a sentir vacíos. Dios nos llevará sobre las palmas de sus manos para que no caigamos en la tentación y la mentira del orgullo, Dios es el único Señor de nuestra vida que nos da el verdadero sentido de nuestro ser y a quien hemos de adorar.

domingo, 18 de enero de 2026

Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

 


Cristo, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, no solo palabras rituales de una profesión de fe, sino algo por lo que orgullosos y con alegría damos gracias a Dios

Isaías 49, 3. 5-6; Salmo 39; 1Corintios 1, 1-3; Juan 1, 29-34

Cada uno en la vida ha de ocupar el lugar que le corresponde; no puede asumir el rol de otra persona, aunque quizás se nos hayan confiado misiones que tengan relación con ella, ya por los servicios que le podamos prestar, ya incluso por la dependencia de nuestra misión con lo que esa persona representa. Será señal incluso de nuestra propia madurez para respetar la individualidad de toda persona ayudando incluso a que esa persona desempeñe dignamente su rol, pero nunca intentando sustituir. Es un asunto delicado, es algo que algunas veces nos cuesta y a lo que nos sentimos quizás tentados, pero tenemos que saber estar en nuestro lugar.

Me hago esta introducción, que además nos puede ayudar en muchos aspectos de nuestra vida, ya sea en nuestra vida familiar y en la educación de nuestros hijos, como también en nuestros trabajos o el compromiso social que hayamos asumido, pero me la hago, estoy queriendo decir, por lo escuchado hoy en el evangelio y con la figura de Juan Bautista.

Se define él bien a si mismo; así lo había manifestado también con aquella embajada que le habían enviado desde Jerusalén, no quiere ocupar un rol que no le corresponde, sabe cual es su lugar y ahora no le importa menguar, cuando ya ha cumplido su misión. No es el Mesías, solo es el profeta, la voz que clama en el desierto; tiene una misión, preparar los caminos del Señor, por eso bautiza con agua como un signo de purificación, de penitencia y de conversión. Pero ya nos lo dice vendrá, y como nos dirá en otra ocasión entre vosotros está y no lo conocéis, el que viene a bautizar con Espíritu Santo. El sí es el que teníamos que esperar, el Mesías, el Salvador.

Y da testimonio, de lo que él había sentido en su interior como voz de Dios que le hablaba, y de lo que ha visto con sus propios ojos como cumplimiento de lo que se le había anunciado en su corazón. Había visto venir el Espíritu sobre El allí en las aguas del Jordán y había escuchado la voz que hablaba desde el cielo. El era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor, pero había escuchado la voz que venía desde el cielo y que lo señalaba como el que está lleno del Espíritu del Señor, el Hijo amado del Padre a quien teníamos que escuchar. Y de eso da testimonio Juan, asumiendo su rol y su misión, como dirá en otro momento con gran humildad lo que quiere es que Cristo crezca aunque él tenga que menguar.

Por eso ahora con entusiasmo y con una gran certeza señala a sus discípulos cuando ve venir a Jesús que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y dejará que sus discípulos se vayan con Jesús; él ha cumplido su misión, ha puesto en camino a sus discípulos para que vayan hasta Jesús.

En este domingo ya del tiempo ordinario cuando concluimos la semana pasada el tiempo de Navidad venimos a encontrar de nuevo con Jesús al que señala el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Una imagen que nos traslada ya a lo que es el meollo de nuestra fe y de nuestras celebraciones cristianas; una referencia al cordero pascual que cada pascua se sacrificaba y se comía en la cena pascual como recuerdo del paso de Dios junto a su pueblo que los había liberado de la esclavitud de Egipto. Algo que estaba en el meollo de la fe judía y así cada año lo celebraban.

Pero nosotros nos transportamos desde aquella pascua recuerdo de una liberación antigua a la nueva Pascua donde el Cordero sacrificado es el mismo Cristo que por nosotros se entregó para que tuviéramos vida, para liberarnos de la peor de las esclavitudes, para quitar el pecado del mundo. Es a quien nosotros ahora tenemos que mirar, a quien tenemos que contemplar, a quien tenemos que seguir. Es el camino que emprendemos, que cada día queremos hacer vida de nuestra vida, en que en cada día vamos realizando en nosotros esa liberación. Es nuestra lucha y nuestro compromiso, es nuestro gozo y nuestra gloria. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Que no sean solo palabras rituales que decimos en una profesión de fe, es de lo que nos sentimos orgullosos y con alegría damos gracias a Dios.

En el Bautismo del Espíritu hemos sido nosotros bautizados para tener una vida nueva que ya nos ha transformado para hacernos hijos de Dios; como tal tendríamos que vivir, ése sí que es nuestro rol, nuestra identidad, de lo que tenemos que dar testimonio, que tenemos que reflejar en nuestro vivir. Nos cuesta vivir esa santidad de los hijos de Dios porque seguimos siendo tentados por el pecado, pero tienen que ser en verdad nuestras aspiraciones y nuestra lucha. Con nosotros está la fuerza y la gracia del Espíritu de Dios que habita en nosotros.

domingo, 27 de julio de 2025

Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

 


Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

Génesis 18, 20-32. Salmo 137. Colosenses 2, 12-14.  Lucas 11, 1-13

Cuando nos dirigimos a alguien porque tenemos que tratar algún asunto con esa persona, seguramente hacia ella según nosotros la veamos, o según el concepto que nosotros tengamos de esa persona. Me explico, aunque digamos que todos nos tratamos igual, sin embargo no es lo mismo si nos dirigimos a una persona que nosotros consideramos muy importante, sea por su situación social, la representatividad política o de autoridad que ejerza, no es lo mismo que si nos dirigimos al vecino de la casa de al lado, al amigo con el que siempre hemos convivido, o a un familiar; en unos y en otros tenemos en cuenta quizás también su forma de ser o de relacionarse con los demás; todo eso son condicionantes, y en el caso familiar no es lo mismo quizás a un hermano que a nuestro padre o nuestra madre. Seguro que con estos nos sentimos más a gusto por esa relación de amor que existe entre un padre y sus hijos.

Yo diría que es lo que nos quiere hoy decir Jesús cuando nos enseña a hablar con Dios nuestro Padre. Los discípulos que ven continuamente como Jesús siempre está encontrando momentos para su oración con el Padre, como El llama a Dios le piden que les enseñe a orar. Ellos habían visto cómo Juan el Bautista allá en el desierto – algunos de ellos también habían sido discípulos de Juan – enseñaba a sus discípulos a orar; los fariseos en su manera de entender a Dios y la religión también enseñaban a sus discípulos a orar; podríamos decir que de alguna manera estas maneras de orar que unos y otros enseñaban viene a ser como una señal de su identidad como creyentes.

Jesús anuncia del Reino de Dios, es el eje de su predicación, sus discípulos le siguen porque en ese Reino de Dios anunciado por Jesús se están despertando sus esperanzas y están encontrando un sentido para sus vidas. Ellos quieren, podíamos decir, tener también su oración, su manera de orar como distintivo; es la forma de orar que les enseña Jesús. Más que formulas a repetir Jesús enseña un sentido nuevo de oración.

Pero la primera palabra con la que Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios tiene su gran importancia, porque es lo que va a dar un sentido distinto a nuestra oración, a nuestro encuentro con Dios. Recordemos lo que decíamos antes.

No le da nombres a Dios, como un día Moisés había pedido en el Horeb. ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién les voy a decir a los israelitas que me manda a ellos para liberarlos de la esclavitud de Egipto? Jesús nos dice algo mucho más tierno, no recuerda aquella palabra que muchas veces se queda casi en unas mínimas letras que musitamos como los niños llaman a su papá, ‘paaa’, ‘papaito’, porque simplemente es la ternura de un niño con su padre, pero es la ternura de un padre con su niño. Y así nos dice que nosotros le digamos a Dios, es la actitud con la que nosotros vamos a la oración.

En nuestro encuentro con Dios vayamos siempre con esa ternura del niño que se encuentra con su padre; y esa ternura da confianza, y esa ternura nos llena de amor y queremos manifestar ese amor de mil maneras, y esa ternura va a mover nuestro corazón, y esa ternura buscara siempre la manera de hacernos agradables para nuestro Dios, y en esa ternura nos sentimos seguros y fuertes frente a las cosas adversas con las que nos podemos encontrar, esa ternura nos hará buscar siempre  por encima de todo lo bueno, el bien, lo que es justo.

Que es realmente lo que Jesús nos enseña a decir en el Padrenuestro. Ese tiene que ser en verdad el sentido de nuestra oración. Una oración que aprenderemos a decir porque hemos aprendido a escuchar a Jesús y nos hemos impregnado del Espíritu de Jesús. Como nos ha dicho alguien  sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús. Y sólo sabrá rezarlo quien sepa escuchar primeramente la predicación de Jesús.

Será en verdad una oración que nos llena interiormente porque nos hace sentirnos llenos de Dios, una oración de la que saldremos siempre rebosantes de paz, una oración que siempre pone esperanza en el corazón, una oración que no nos deja adormecidos en la rutina, una oración que nos pone siempre en camino de vida, una oración en la que sintiendo como Pedro en el Tabor que bien se esta aquí sabemos que tenemos que salir, que bajar de la montana a la llanura para ponernos en camino, una oración con la que sintiendo a Dios en el centro de nuestro corazón nos hará comprender de verdad lo que es vivir ese Reino de Dios.

Y todo porque hemos comenzado sintiendo que a quien vamos a dirigirnos es a un Dios que nos ama y que es nuestro padre, al que podemos llamar papaíto.

domingo, 8 de junio de 2025

Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 


Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo y fermentar la levadura del evangelio

 Hechos 2, 1-11; Salmo 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13;  Juan 20, 19-23

Hay experiencias por las que pasamos en la vida que nos marcan profundamente y nos harán sentir que a partir de ello ya todo no es igual para nosotros, nos pueden abrir a un nuevo sentido de vida, a comprender de una forma distinta aquellas cosas que nos van sucediendo y reviviéndolas nos sentimos como distintos, de alguna manera transformados y con una fuerza interior que nos lleva a ese nuevo actuar. Son experiencias que no solo recordamos sino que revivimos dentro de nosotros, porque cuando las recordamos es como si estuviéramos viviéndolas de nuevo y brota de nosotros como una nueva energía que nos hace distintos en cada momento.

Los discípulos de Jesús habían  pasado también por una tremenda experiencia; la entrega de Jesús, su pasión y su muerte fue algo que les hizo experimentar dentro de ellos mismos algo grande; la experiencia podría parecer que estaba llena de sombras porque todo aquello podía sonarles a fracaso; pero cuando al tercer día se encontraron con El vivo y resucitado todo cambio en su interior.

El evangelio, por expresarlo de alguna manera nos habla de sorpresa y de alegría, pero tuvo que ser algo más porque comenzaron a descubrir el sentido de todo; revivían no solo su muerte sino todo lo que había sido su vida con Jesús y sus hechos y palabras se hacían vida dentro de ellos; las palabras de Jesús se cumplían y lo estaban viendo en aquella experiencia pascual que estaban viviendo; era en verdad pascua para ellos todo aquello porque era un paso grande – pascua significa paso – el que estaban viviendo y los estaba transformando.

Sentían que Jesús estaba ya siempre con ellos; aquello que Jesús les había prometido del Paráclito o Defensor que estaría con ellos y les haría comprender todas las cosas lo estaban experimentando en sus vidas; era el Espíritu divino, el Espíritu Santo prometido que estaba con ellos.

Los textos de la Palabra de Dios nos hablan de dos momentos principales donde van a sentir esa fuerza del Espíritu; la forma de narrarnos las cosas de los evangelistas que tienen que emplear lenguajes humanos nos hablarán de dos tiempos distintos. Es el evangelio de Juan el que nos habla como en aquel primer encuentro con Cristo resucitado se sintieron llenos del Espíritu cuando Jesús les decía que habían de ir por el mundo anunciando el perdón, anunciando una nueva paz. ‘Recibir el Espíritu Santo… a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…’

Es anuncio y cumplimiento de aquella amnistía, aquel año de gracia del que hablaban los profetas y Jesús anuncia en la sinagoga de Nazaret. Una experiencia que ellos estaban viviendo y que ahora habían de transmitir. El Espíritu que impulsó a Jesús a anunciar aquella Buena Nueva es el que ahora ellos van a sentir en su interior para hacer ese anuncio hasta los confines del mundo.

San Lucas, por su parte, nos dará por así decirlo un plazo de cuarenta días en que con la presencia de Cristo resucitado que ellos estaban continuamente reviviendo fueron como redescubriendo todo el sentido del misterio de Jesús. Experimentarán así esa presencia del Espíritu en su corazones que Lucas nos va a situar en el día del Pentecostés judío – una fiesta que se celebraba a los cincuenta días de la pascua, de ahí su nombre – el momento en que van a sentir esa experiencia del Espíritu, esa fuerza del Espíritu que hará abrirse puertas y ventanas en su vida para salir a anunciar el nombre de Jesús. Es lo que nos describe san Lucas en los Hechos de los Apóstoles y hoy escuchamos.

Es lo que hoy nosotros estamos celebrando. Para nosotros no puede ser solo un recuerdo o una conmemoración; para nosotros tiene que ser el revivir esa experiencia del Espíritu en nosotros que lo hemos recibido desde nuestro Bautismo que nos hizo templos del Espíritu y de forma espacial como un don en nuestra confirmación. No puede ser algo que se quede en el recuerdo de un sacramento que un día recibimos, tiene que ser algo mucho mas hondo en nosotros mismos. Tenemos que abrirnos a la acción del Espíritu, tenemos que dejarnos conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu Santo. Tenemos que hacerlo en verdad vida en nosotros.

Muchas veces los cristianos vamos de cansinos por la vida, parece que fuéramos arrastrándonos y haciendo las cosas solo por cumplimiento u obligación. Nos hace falta revigorizar en nosotros la alegría del Espíritu, reavivar esa experiencia en nosotros, que nos despierte a algo nuevo y vivo, que ponga alas en nuestros pies para ir a llevar esa buena noticia de salvación a los demás.

Qué lástima que los cristianos nos manifestemos tan aburridos, con falta de ese vigor y ese empuje que tienen que tener los que están llenos del Espíritu de Dios. Qué lástima que los encuentros de los cristianos sean tan monótonos y aburridos, pareciera que andamos adormilados, nos falta entusiasmo por aquello según decimos en lo que creemos porque no somos capaces de contagiar, de entusiasmar a los que están a nuestro lado.

Pidamos que se derrame abundante el Espíritu en nosotros, en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que en verdad podamos hacer en nuestro mundo esa revolución del Evangelio. Si somos tantos cristianos en el mundo – cómo nos llenamos la boca con las cifras - ¿cómo es que en nuestro mundo no haya hecho efecto la levadura del evangelio? Y es que no vivimos esa vida nueva y renovadora del Evangelio; quizás habremos dejado sin efecto la fuerza de esa levadura porque la hemos hecho levadura vieja.

martes, 23 de abril de 2024

Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

 


Vaciemos nuestra mente de ideas preconcebidas y tengamos un corazón disponible para seguir la senda que el Espíritu nos traza para nosotros hoy

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Salmo 86;  Juan 10, 22-30

¿Creemos o no creemos? A veces también nos llenamos de dudas. ¿Será cierto todo lo que nos dicen? ¿Estaré equivocado en esto de llamarme cristiano, de ser seguidor y discípulo de Jesús? ¿Por qué tengo que creer en la Iglesia? Y así van surgiendo una lista grande de preguntas, de interrogantes que nos hacemos por dentro, aunque no siempre manifestemos esas inquietudes que llevamos dentro, aunque en ocasiones tratemos de adormecer esas inquietudes y preguntas, para no complicarnos la vida, porque nos contentamos con lo que siempre ha sido así. Porque no queremos dudar, porque entonces a donde vamos a ir.

No nos asustemos. Algunas veces no nos gusta pensar en estas cosas, entrar en esos planteamientos, preferimos dejarnos arrastrar por algo que al final se nos ha convertido poco menos que en una rutina de la vida; pero es que ponernos a pensar es un quebradero de cabeza, ponernos a pensar quizás nos despierte algo en nuestro interior y nos damos cuenta de que hay cosas que cambiar, ponernos a pensar a lo mejor nos va a llevar a otros compromisos que no siempre estamos dispuestos a asumir.  Y de todos esos interrogantes o inquietudes, quizás alguna vez sacamos a nivel de la luz algunas cosas, pero un poco nos quedamos ahí, podíamos decir, detrás y ya iremos dando los pasos que nos arrastren los que están a nuestro lado o cerca de nosotros, pero por nosotros mismos hacemos poco por salir de esa modorra. Pero sabemos que las cosas hay que plantearlas y plantearlas crudamente para  poder encontrarnos con la luz.

Hoy el evangelio nos habla de la inquietud de algunos que se reúnen en torno a El en Jerusalén. Han subido, viniendo de todas partes, para celebrar alguna de aquellas fiestas que van celebrando a través del año además de la Pascua. Algunos conocerán a Jesús, sobre todo si son de Galilea, porque es allí donde Jesús ha realizado mayor actividad recorriendo pueblos y ciudades; si son del entorno de Jerusalén y de la región de Judea lo conocerán menos, aunque de oídas las noticias han corrido y habrán tenido algún conocimiento de Jesús. ¿Será este el Mesías? Se preguntan cuando oyen hablar de sus enseñanzas con autoridad, cuando escuchan de los milagros y de los signos que hacía. Y la pregunta se la trasmiten a Jesús. No nos tengan aquí en dudas para siempre, dínoslo claramente, ‘tú, ¿quién eres? ¿Eres el Mesías?’

Me conocéis y no me conocéis, viene a decirles Jesús. Sabéis cosas de mí, pero aun no habéis captado cual es mi verdadera misión. Fijaos en los signos que realizo, fijaos en las obras que hago; el árbol se conoce por sus frutos. El Mesías de Dios lo reconoceréis si os dejáis conducir por el Padre, si abrís vuestro corazón a Dios, para descubrir la obra de Dios en lo que realizo. Tenéis que ser ovejas de mi rebaño, porque son las que saben lo que yo hago por ellas.

¿Nos dejaremos nosotros conducir por el Espíritu de Dios? Es quien nos habla en los corazones, quien nos descubre y revela las obras de Dios y lo que es su voluntad. Vemos también tantas cosas a nuestro alrededor y no sabemos discernir las obras de Dios. Quizás nos hemos hecho una idea, tenemos una manera de pensar, queremos quizás que sea Dios el que se acomode a lo que nosotros queremos, pero no dejamos que su sabiduría se derrame sobre nosotros.

Ha sido quizás algo que hemos ido construyendo en nuestra vida con el paso de los años, con el paso de los siglos quizás en referencia lo que en si misma es la Iglesia. Y tenemos el peligro y la tentación de hacernos un evangelio a nuestra manera, conforme a lo que son nuestras exigencias o lo que imaginamos que tendría que ser nuestro mundo; pero hemos ido por una pendiente resbaladiza y en algunas cosas podemos estar bien lejos del verdadero evangelio de Jesús.

Tenemos que sabernos detener, vaciar nuestra mente de ideas preconcebidas, para que nuestro corazón se siempre liberado de tantas predisposiciones que nos hemos ido creando y ahora solo haya disponibilidad para Dios. Nos cuesta arrancarnos. Nos cuesta ese camino de conversión que cada día hemos de ir realizando. Cerremos los ojos para no seguir contemplando esos caminos erróneos que podemos tomar y que sea el Espíritu del Señor el que nos trace esas nuevas sendas. Cuando nos encontramos con Jesús de forma auténtica algo nuevo tiene que brotar en nuestro corazón. ¿Estaremos dispuestos?

miércoles, 3 de enero de 2024

El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y nos inunda con su Espíritu

 


El Niño al que llamamos Jesús y que contemplamos y celebramos nacido en Belén es el Hijo de Dios, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y  nos inunda con su Espíritu

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

‘Yo lo he visto, y he dado testimonio, soy testigo, lo que he visto y casi he palpado no lo puedo callar, diré siempre la verdad…’ Pueden parecer las palabras de cualquiera de nuestro entorno, que es recto y empieza por ser leal consigo mismo, que ha contemplado cualquier hecho o cualquier acontecimiento, un suceso que ha acaecido y que ha podido implicar a tantos, pero del que quizás muchos dan testimonios no tan convergentes, pero que quiere proclamar la verdad, dar testimonio de la verdad, de lo que él ha visto.

Lo que estamos diciendo nos sugiere multitud de acontecimientos, de hechos, de testimonios, que escuchamos todos los días, que damos nosotros mismos cuando en verdad queremos actuar con rectitud. Pero en lo dicho anteriormente solamente estoy refiriéndome a lo que es el evangelio en el que creemos, del que incluso estamos tomando palabras textuales, de lo que nos está hablando el evangelio de hoy.

Es el testimonio de Juan Bautista, pero es el testimonio que nos ofrece con lo escrito Juan el evangelista, aquel que estuvo tan cerca de Jesús, que se sentía amado de manera especial por Jesús, al que el resto de los discípulos llamará incluso el discípulo amado.

Por eso esa afirmación final que no parece como salida de los labios de Juan Bautista y que parecen ser mejor lo que Juan el Evangelista nos quiere reflejar con su evangelio. Si hoy casi al final de su primer capítulo nos hace esta afirmación ‘y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’ parece que en labios del Bautista, es lo que nos dirá al final de su evangelio que se ha escrito para que todos crean que Jesús es el Hijo de Dios.

Esta es la afirmación rotunda que se convierte en evangelio para nosotros, que es buena noticia para nosotros. Pero esta breve página del evangelio contiene otras afirmaciones rotundamente hermosas. Comienza señalando Juan el Bautista a Jesús como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. La imagen de san Juan bautista ya normalmente se nos representará con el Cordero de Dios en su mano o a sus pies, como recordarnos esta afirmación tan importante. Es el Cordero inmolado, que nos habían anunciado los profetas que sería llevado al matadero sin proferir balido alguno. Son las palabras que recoge repetidamente la liturgia para que así invoquemos a Jesús y que tenga piedad de nosotros. ‘Tú que quitas el pecado del mundo… tú que estás sentado a la derecha del Padre… ten piedad de nosotros… danos la paz…’

Pero también recordando estas palabras del Bautista así se nos presenta a Jesús a quien tenemos la dicha de comer para que tengamos vida eterna. Se hace comida y alimento por nosotros y nos invita a que con alegría participes de su banquete que es como antesala del cielo. ‘Dichosos los invitados a esta cena’. ¿O acaso seremos como aquellos invitados que rehusaron ir al banquete de bodas al que habían sido invitados? Nos lo tenemos que pensar, cual es la actitud con que nosotros venimos a la Eucaristía.

Pero todavía quiere decirnos algo más de Jesús. ‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él’. Reconoce que no lo conocía. ¿Se habrían encontrado, a pesar de ser primos, alguna vez que cuando ambos estaban en el seno de sus respectivas madres, y Juan saltó de alegría con la presencia de Jesús en el seno de María? Ahora lo señala como aquel sobre el que ha visto posarse sobre El al Espíritu Santo. Está haciéndonos referencia a la teofanía del momento del Bautismo de Jesús. Ahora nos anuncia Juan un nuevo bautismo; él ha bautizado con agua ‘para que sea manifestado a Israel’ Era el preparar los caminos del Señor, que era la misión del Bautista, el Precursor de los caminos del Señor. Pero ahora habrá un nuevo Bautismo, en el Espíritu. ‘Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Es lo que nos está señalando Juan acerca de Jesús.

Una página del evangelio de profundo sentido teológico; una página que nos ayuda a conocer a Jesús; una página que nos está señalando que aquel Niño que hemos visto nacer en Belén, como en estos días celebramos, es mucho más, es el Hijo de Dios, es el Cordero de Dios que nos quita el pecado – para eso se ha inmolado como Cordero en la Cruz, y es el que nos va a llenar del Espíritu Santo para inundarnos de una vida nueva. Hoy es el día del santo Nombre de Jesús, por quien invocándolo obtenemos la salvación.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

 


Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Quienes estuvieran contemplando aquella mañana, quizás desde una distancia emocional o quizá por simple curiosidad, lo que estaba sucediendo en aquellos pórticos del templo, no habría notado nada especial, sino unos matrimonios, en general jóvenes, que se acercaban a hacer las ofrendas rituales por el primogénito que les había nacido y a las correspondientes purificaciones de las madres. Era una escena normal como otras que cada día se sucedían en el templo aparentemente sin ninguna connotación especial.

Pero alguien tenía una visión distinta. Era un hombre de Dios que aguardaba impaciente la llegada del Mesías de Dios y que allá en su interior había sentido el Espíritu divino que le aseguraba que no cerraría sus ojos sin contemplar a ese enviado de Dios. Los misterios grandes que se manifiestan en cosas pequeñas e insignificantes solo serán capaces de contemplarlas quienes tienen una sintonía especial de Dios en sus ojos y en su corazón. Es lo que sucedía en aquel anciano, y posteriormente también en la que llamaríamos la profetisa Ana.

Se adelantó aquel anciano hasta aquellos jóvenes esposos que con su niño en brazos se dirigían a realizar la ofrenda prescrita. Y ahora todo serán gritos de alabanza y de bendición al Señor porque le ha permitido que antes de cerrar sus ojos a la luz de este mundo pudiera contemplar la luz de Dios que nos visitaba. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel’.

Todo son bendiciones y alabanzas pero también serán anuncios proféticos. Será grande aquel niño, pero será ‘un signo de contradicción’; y la contradicción comenzará para aquella madre que se une gozosa también a ese cántico de alabanza, como ella había venido haciéndolo desde que el ángel del Señor le anunciara las maravillas que Dios iba a realizar en ella, pero se le anuncia ahora una espada de dolor que atravesará su alma. Podíamos decir que María lo sabía. Conocedora era de las Escrituras santas que tantas veces había rumiado en su corazón, y conocería pues los cánticos del siervo de Yahvé que había proclamado el profeta Isaías y que son toda una descripción de lo que iba a ser la pasión de su Hijo.

Pero era aquel Niño el que estaba puesto también como signo de contradicción para todas las gentes. Más tarde mientras uno lo alaban y bendicen, como bendecirán también los pechos que lo alimentaron y el vientre que lo llevó, porque nadie ha hablado como este hombre y Dios ha visitado a su pueblo, habrá quienes estén sin embargo acechando y buscando como quitarlo de en medio. Y es que ante Jesús hay que decantarse siempre, o se está con El o se estará contra El, y el que no esté con él no siembra sino que desparrama. Será un signo de contradicción ‘para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Bien que lo veremos a lo largo de todo el evangelio. ¿Qué significará para nosotros? ¿No tendremos que decantarnos también ante El?

De una cosa si que tenemos que estar seguros ya desde este primer momento, tenemos que saber sintonizar la sintonía de Dios; hemos de aprender a tener unos ojos límpidos como los de aquel anciano que aparece en aquellos momentos por el templo, para saber reconocer el actuar de Dios, la presencia de Dios. Y será en lo pequeño y en lo que es nada aparatoso, será en los gestos sencillos, será desde un corazón humilde y abierto a Dios, será quien se deje conducir por el espíritu divino el que se encontrará en los caminos de Dios y podrá encontrarse con Dios. ¿Serán esas las actitudes de nuestro corazón?

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Necesitamos la fortaleza y sabiduría del Espíritu para poder dar testimonio de la luz que llevamos en nosotros con nuestra fe y con nuestro ser cristiano

 


Necesitamos la fortaleza y sabiduría del Espíritu para poder dar testimonio de la luz que llevamos en nosotros con nuestra fe y con nuestro ser cristiano

Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Sal.: Dn. 3,62-67; Lucas 21,12-19

Todos nos hemos visto seguramente que en más de una ocasión sin saber que decir, sin saber qué responder. Una conversación de amigos con intercambio de ideas y de pensamientos en que aparecen opiniones divergentes y en las que se entabla un diálogo que de alguna manera lleva a la discusión. Mantenemos nuestra postura que creemos cierta, pero nuestros oponentes nos argumentan, y aunque bien convencidos de lo que decimos nos encontramos sin palabras, parece que se nos agotan los razonamientos y terminamos por callarnos.

Aunque también algunas veces hemos de reconocer que nos quedamos callados por miedo o cobardía para expresar con claridad nuestra opinión porque sabemos que los demás no están de acuerdo con nosotros y rehuimos toda discusión y preferimos quedarnos en silencio porque además nos podríamos sentir como catalogados sin con libertad y valentía expresamos nuestra opinión aunque sea diferente. Unas veces nos sabemos, nos faltan las palabras o los argumentos porque nuestra mente no está lo suficientemente ágil, o nos callamos refugiándonos en silencios que pudieran ser cobardías.

El mundo es muy variado, nos podemos decir, hay opiniones para todos los gustos, tenemos que reconocer también la validez de los que piensan distinto a nosotros, hemos de saber entablar un diálogo que nos lleve a encontrarnos a pesar de las diferencias con respeto mutuo, pero lo que no podemos hacer es callarnos. Aunque sea difícil. Y mira que se nos está poniendo difícil a los cristianos en el mundo y en la sociedad en la que vivimos. No tan diferente a otros tiempos, pero que también tiene hoy sus características muy especiales.

Y quiero referirme al ámbito de nuestra fe y de nuestros sentimientos y valores cristianos que tanto nos cuesta manifestar hoy en la sociedad en la que vivimos. Será la indiferencia de tantos a nuestro alrededor que va creando un mundo y una sociedad insensible a lo verdaderamente religioso y espiritual y también a todo lo que suene a cristiano. No es fácil el testimonio que tenemos que ofrecer y algunas veces parece que nos quedamos sin palabras.

Es aquí donde tenemos que recordar las palabras de Jesús en el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos habla de persecuciones de todo tipo y somos conscientes de ello, porque ahí está la historia de todos los tiempos, ahí está la historia reciente incluso de nuestra tierra, ahí está no ya esa indiferencia sino ese desdén que vamos a encontrar en muchos de la sociedad que nos rodea.

¿Ha perdido influencia la Iglesia en nuestra sociedad? Algunos lo pueden pensar así como algunos lucharán contra esa influencia que pueda tener la Iglesia y los cristianos en el mundo de hoy. Quizás nos hemos acobardado, quizás no hemos sabido estar a la altura, quizás vivimos un cristianismo muy ramplón con el que no tenemos raíces suficientes para enfrentarnos a esas situaciones con las que nos podemos encontrar.

Necesitamos una fortaleza y una sabiduría especial para poder dar testimonio de esa luz que llevamos en nosotros con nuestra fe y con nuestro ser cristianos. Hoy Jesús nos dice que no nos faltarán palabras porque la sabiduría del Espíritu está con nosotros. Quizás nos acobardamos porque hemos perdido la fe en esa presencia del Espíritu, o porque con nuestra autosuficiencia creíamos que por nosotros solos íbamos a ser capaces.

Sin mí, nos decía Jesús, que no podéis hacer nada; sin la fuerza y presencia del Espíritu tampoco podremos tener esa sabiduría para hacer esa proclamación del mensaje de Jesús. Los tiempos nos pueden parecer apocalípticos en esa versión un tanto errada que tenemos de esa palabra. Los tiempos pueden ser difíciles, pero en la Apocalipsis encontramos nuestra esperanza, el cumplimiento de esa promesa de Jesús, la presencia del Espíritu que nos hará sortear todos esos peligros que podamos encontrar. Es lo que hoy Jesús nos promete.

miércoles, 24 de mayo de 2023

Porque nos sentimos amados y estrechamos cada vez más nuestros lazos de amor con Jesús podremos llegar a ser signos y testigos creíbles del evangelio en el mundo

 


Porque nos sentimos amados y estrechamos cada vez más nuestros lazos de amor con Jesús podremos llegar a ser signos y testigos creíbles del evangelio en el mundo

Hechos 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

¿Quién no desea para sus amigos lo mejor y que ningún peligro pueda afectarles o hacerles daño? En la medida en que anudan los lazos de la amistad estaremos sintiendo como algo propio lo que le pueda suceder al amigo, nos alegramos con sus alegrías, soñamos con sus esperanzas, sufrimos con lo que les pueda afectar y buscaremos en todo momento lo mejor. Es la señal y la muestra del amor y de la amistad. Si en un momento tenemos que separarnos de ellos, la despedida se convierte en recomendaciones y en buenos deseos, y ya pondremos de nuestra parte lo que sea para que nada les falta, nada les afecte; además nos daremos cuenta que por esos lazos de amistad que hemos creado, los demás verán en ellos como una imagen nuestra, de manera que si alguno nos repudia, hay la posibilidad de que a ellos también los repudien.

Es lo que está expresando Jesús en aquellos momentos de la cena pascual, cuya sobremesa ha sido momentos de confidencias y recomendaciones, y que ha terminado convirtiéndose en oracion, en estos momentos por los discípulos que quedan en el mundo. ¿Qué pide Jesús? que su ausencia no les pueda afectar tanto como que se pudieran ir a la desbandada, pero también pide para ellos que manifiesten de verdad el signo de la unidad entre ellos; si hasta ahora se han sentido como una piña en torno a Jesús, que ahora se mantenga esa unidad, porque además va a ser señal para que el mundo crea. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’. Volverá Jesús más adelante a insistir en lo mismo.

Pero los anuncia Jesús también que igual que el mundo le rechazó a El, a ellos también los van a rechazar. ‘Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo’.

Pero en medio del mundo los deja porque a él han de ir con una misión. Son los continuadores de la obra de Jesús, los enviados de Jesús. ¿No los había elegido para que fueran apóstoles? Los había elegido para que estuvieran con El; a ellos de manera especial había ido instruyéndolos para la misión que han de realizar. Ahora han de sentirse los enviados de Jesús.

‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Pero no solo van con la misión de Jesús sino con la fuerza de su Jesús; les ha prometido su Espíritu. Llevan la garantía de su amor. Y los que se sienten amados van siempre con la alegría de ese amor a comunicar a los demás su experiencia, el amor que han vivido y les ha engrandecido. Cuando lo reciban en Pentecostés han de repartirse por el mundo con la misma misión de Jesús, con la misma obra de Jesús.

¿Sentiremos en verdad nosotros esos lazos de amor para vivir esa necesaria unión profunda con Jesús, pero también para sentirnos enviados con su misma misión? Es algo en lo que tenemos que ahondar en nuestra vida. Algo quizás nos está fallando en el recorrido de nuestra vida cristiana. Muchas veces la hemos reducido demasiado a unos cumplimientos, a hacer cosas, pero no hemos profundizado lo necesario en esa experiencia de sentirnos amados. De ahí vienen los cansancios y los abandonos, de ahí viene ese poco entusiasmo con que vivimos nuestra fe, de ahí surgen esos miedos y cobardías para dar la cara por el evangelio, fruto de ello es esa tibieza espiritual con que vivimos contentándonos muchas veces con los mínimos, pero con esa falta de coraje para dar testimonio, para ser en verdad signos y testigos creíbles en medio del mundo.

Cultivemos nuestra espiritualidad que es saborear ese amor que Dios nos tiene. Sentiremos entonces empuje en nuestro corazón, mayor compromiso en nuestra vida, daremos testimonio de un amor autentico, haremos un verdadero anuncio del evangelio.

sábado, 6 de mayo de 2023

Tenemos que detenernos de nuestras carreras porque a la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón

 


Tenemos que detenernos de nuestras carreras porque a la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón

Hechos 13, 44-52; Sal 97; Juan 14, 7-14

¿Conoceremos de verdad a una persona después de mucho tiempo que estemos conviviendo, por ejemplo, con ella? Normalmente nos decimos que conocemos a las personas después de que llevemos un tiempo tratando con ellas, y normalmente muy ufanos solemos presumir del conocimiento que tenemos de los demás. Pero no es tarea fácil, solamente desde lo que vemos externamente no podemos llegar a ese conocimiento hondo, pues dentro de cada cual hay como un misterio de la propia personalidad que intentamos no dejar entrever, que mantenemos en nuestro yo, y solo a quien con confianza tratemos iremos desvelando es yo secreto que todos mantenemos. Claro que nos daremos a conocer en la medida en que vaya creciendo la amistad y la confianza, y en consecuencia vayamos abriendo totalmente el corazón.

Los discípulos que con más cercanía estaban con Jesús, aquel grupo que El había escogido de manera especial, ¿llegarían en verdad a conocer a Jesús? A ellos se les revelaba de manera especial, testigos fueron de muchas cosas de la vida de Jesús que los demás no llegaban a conocer, vemos que en ocasiones se los llevaba a lugares apartados donde estar a solas con ellos, y en los caminos muchas veces a ellos les hablaba con una mayor cercanía. Pero vemos hoy en el evangelio que todavía hacen preguntas que manifiestan que no conocen a Jesús. Por eso les dirá. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conocéis?

Será después de la resurrección cuando nos dirá el evangelista que les dio el don del Espíritu y les abrió la inteligencia para que entendieran las escrituras. Los pasajes que estos días estamos escuchando forman parte de aquella larga e intima conversación de despedida después de la cena pascual, donde Jesús va desnudando más y más su corazón para que realmente le conozcan.

Algunas veces nos atrevemos a pensar qué lentos y cortos de inteligencia eran para no comprender lo que Jesús les iba revelando. Dejemos que la Escritura en algún momento hable así de lo que les costaba entender las palabras de Jesús, no entremos en juicio, porque el primero tendríamos que hacérnoslo a nosotros mismos. ¿En verdad conocemos a Jesús? ¿No tendrá que decirnos Jesús que tanto tiempo con nosotros y aun no le conocemos?

No es cuestión de tirarnos piedras los unos a los otros con nuestras acusaciones si nosotros somos o no más torpes que los discípulos que allí estaban al lado de Jesús y tanto les costaba entenderle, escucharle profundamente, empañarse de lo que era Jesús, porque es cosa que a nosotros nos sigue sucediendo. Necesitamos escuchar de verdad a Jesús, abrir nuestro corazón, dejarnos conducir por su Espíritu.

Y es que muchas veces podemos oír muchas cosas, pero escuchar lo hacemos menos. Tenemos que abrir las sintonías del alma, tenemos que aislarnos de muchos estridencias que nos aturden y nos distraen. Tenemos que saber hacer ese silencio interior cuando vamos a escuchar la Palabra de Dios. Llevamos tantas cosas en la cabeza, tenemos el corazón llenos de tantos ruidos y turbulencias que no dejamos sitio a la Palabra de Dios.

Tenemos que detenernos de nuestras carreras. A la carrera no escuchamos, podrán sonar las palabras en nuestros oídos, pero no las dejamos llegar al corazón. No tengamos prisa cuando estamos escuchando la Palabra, no pasemos inmediatamente a otra cosa, detente, haz silencio, escucha, quédate rumiando aquella Palabra que escuchaste, repásala una y otra vez no solo por tu mente sino por tu corazón, paladéala con amor, no le temas, déjate sorprender, siémbrala en lo más hondo de tu corazón. Conocerás a Jesús, conocerás a Dios y aprenderás también a conocerte a ti mismo.

 

sábado, 11 de febrero de 2023

Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

 


Allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, ahí está Jesús que camina a nuestro lado y nos regala su amor y su vida

Génesis 3,9-24; Sal 89; Marcos 8,1-10

‘Siento compasión de esta gente porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino…’

El camino se hace largo, han venido de lejos. El camino se nos hace largo tantas veces que lo emprendemos con mucha ilusión. Pero desfallecemos, nos cansamos, perdemos la orientación del camino de la vida y nos encontramos sin saber qué hacer, por donde caminar, buscamos y buscamos y parece que las respuestas se alejan. Cuántas veces en la vida desfallecemos y hasta tenemos la tentación de tirar la toalla,  de no seguir adelante. En ocasiones nos parece sentirnos fracasados por los tropiezos que vamos teniendo en el camino, porque hay cosas que no nos satisfacen, porque nos sentimos tentados por todas partes, tantos cantos de sirena de cosas que la vida nos ofrece para que vayamos por otros caminos. Necesitamos algo nuevo, algo que nos renueve, algo que nos haga entrar de nuevo en ilusión.

Es cierto que aquella multitud que seguía a Jesús habían salido de sus casas e incluso habían dejado de lado sus cosas, porque estamos ilusionados y llenos de esperanza con las palabras de Jesús y con lo que le veían realizar. Muchos habían acudido con sus enfermos y Jesús los había curado; muchos, por qué no pensarlo, cuando se acercaban a Jesús iban con sus penas en el corazón y se sentían como nuevos al lado de Jesús, escuchando a Jesús. Pero a todos nos pueden entrar los cansancios, nos podemos sentir tentados por la desilusión, se les podían morir las ganas de vivir mientras iban por el camino.

Pero allí está Jesús que siente compasión, allí está Jesús que va caminando con ellos, allí está Jesús el que se pusiera en camino con Jairo para ir a su casa a curar a la niña que estaba en las últimas cuando les avisan que no hay nada que hacer y Jesús solo pide fe a Jairo para seguir caminando; allí está Jesús el que llamará al ciego del camino o el que se acercará hasta la piscina donde hay alguien a quien nadie ayuda. Y está la compasión de Jesús, y está el amor de Jesús, y está la vida que Jesús quiere regalarnos.

Hoy le vemos que siente compasión por aquella gente, porque está sintiendo, es cierto, los sufrimientos y las angustias de aquellas personas como algo que le afectan a El también; pero la compasión de Jesús no se queda en lamentos, en bonitos sentimientos que se pudieran quedar en una lágrima y todo sigue igual; allí está el Jesús que pregunta por los panes que tienen, el Jesús que se pone mano a la obra y bendice los panes y los peces y pone en camino a los discípulos para que se los repartan. Es la compasión de Jesús que está a nuestro lado y nos tiende la mano, y nos levanta, y pone luz en los ojos, y despierta el amor en el corazón, y nos hace sentir nueva vida.

En medio de nuestros desalientos y cansancios, en medio de esos desiertos que nos llevan o nos tienen lejos, tenemos que darnos cuenta de que con nosotros está Jesús y está su amor, está su compasión y está la vida nueva que nos regala, está Jesús que nos pone en camino pero camina a nuestro lado, está Jesús que nos sana desde lo más profundo para que seamos ya nosotros los que carguemos con nuestras camillas, está Jesús el que nos regala el perdón y nos regala la vida.

Aquel día se repartieron los panes y todos comieron hasta saciarse de manera que incluso sobraron panes. Con Jesús ahora con nosotros también comemos de ese pan que El nos da que es El mismo, porque es el pan bajado del cielo para que tengamos vida y vida en abundancia. Con Jesús ahora a nuestro lado no podemos desfallecer, podremos y tenemos que seguir el camino, y superaremos los cansancios y con su fuerza, la fuerza de su Espíritu comenzaremos a hacer un mundo nuevo.

viernes, 5 de agosto de 2022

La presencia de María en la vida de la Iglesia es la presencia de la madre que nos llevará de la mano siempre por el camino que nos conduce a Jesús



La presencia de María en la vida de la Iglesia es la presencia de la madre que nos llevará de la mano siempre por el camino que nos conduce a Jesús 



La presencia de una madre siempre es necesaria en el camino de la vida junto a todo ser humano; no solo porque es en el seno de la madre donde hemos sido engendrado y en su cuerpo hemos germinado a la vida y de su cuerpo recibimos nuestro ser, sino porque la mano de una madre la hemos necesitado en nuestro aprender a caminar, en nuestros primeros pasos, pero siempre ha estado como una sombra benéfica junto a nosotros y aunque en silencio muchas veces mucho de ella hemos aprendido, todo lo hemos aprendido para la vida. Triste aquellos hijos que han crecido sin el calor de una madre a su lado, porque será siempre algo insustituible aunque en nuestro orgullo y autosuficiencia muchas veces lo hayamos querido negar. 

Dios también quiso tener una madre para encarnarse y hacerse Dios con nosotros al hacerse hombre y tomar su carne de esa madre. Pero Jesús no quiso quedársela para si sino que en el momento supremo de la cruz nos la regaló, no tanto aunque así lo pareciera para que cuidáramos de esa madre, sino para que tuviéramos esa madre que nos cuidara y caminara a nuestro lado dándonos su mano maternal en ese camino de Cristo que habíamos de emprender. La madre que siempre estará a nuestro lado atenta a nuestros pasos para recordarnos siempre que hagamos lo que El nos diga, como en las bodas de Caná. 

Siempre ha estado presente María en la vida de la Iglesia, pues allá en su nacimiento en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo, allí también estaría ella junto a los apóstoles y a los primeros discípulos para pedir ese don del Espíritu para la Iglesia del que ella se había dejado inundar y fecundar con su sombra para darnos al Hijo de Dios como nuestro Salvador. La tradición nos habla de que Juan, a quien Jesús se la había confiado en la cruz, la tuvo junto a sí - la llevó a su casa, nos dice el evangelio -, de manera que en Efeso donde se sitúa la presencia del evangelista hasta el fin de sus días se nos muestra como recuerdo la casa de María. 

Por eso cuando la Iglesia crece y va tomando presencia en medio de la sociedad de su tiempo, pronto aparecerán aquellos lugares que nos recordarán la presencia de María. Tras ser reconocido verdaderamente como Madre de Dios en los concilios de los primeros siglos, pronto aquellos lugares que servían para el encuentro y celebración de los cristianos se convertirán en templos también en honor de María. 


Hoy en la liturgia de la Iglesia conmemoramos la dedicación de uno de esos antiguos templos en honor de María en lo que sería la Basílica de Santa María, la Mayor en Roma en el monte Esquilino. Hay tradiciones mezcladas con la historia que nos hablan de las circunstancias de la construcción de ese templo dedicado a María en los sueños de un Papa que le señalaban el lugar que apareciera cubierto de nieve en pleno agosto romano para la dedicación de este templo a María. Es el lugar que ocupa hoy en la ciudad eterna la Basílica de Santa María, la Mayor. Es por lo que esta fecha del cinco de Agosto en muchos lugares celebramos fiestas en honor de la Virgen invocándola como nuestra Señora de las Nieves, o en otros lugares como santa María, la Blanca, con lo que todo nos habla de la pureza y de la santidad de María. 

Haciendo referencia a esta Basílica romana hemos de decir que allí se conserva un Icono de la Virgen, Salus populi romani, de intensa devoción en la ciudad eterna. Sabido es que nuestro Papa Francisco cada vez que tiene que emprender un viaje pastoral por los anchos caminos del mundo, allí a los pies de María lo inicia y lo concluye como señal de que pone en manos de María esa intensa labor pastoral en el ancho mundo. 

Sintamos esa mano de la madre, esa mano de María en el camino de nuestra vida. Junto a nosotros está y es tierna la devoción que sus hijos queremos mostrarle porque siempre sentimos su protección maternal, y sabemos bien que yendo de su mano no erraremos nunca en el seguimiento del camino de Jesús.