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jueves, 9 de noviembre de 2023

Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

 


Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Confieso que cada vez que he ido a Roma he manifestado especial interés y motivación en la Basílica de san Juan de Letrán o del Salvador, puesto que es la sede del Obispo de Roma, la sede del Papa entonces, con ese especial significado que tiene de ser la Catedral de Roma, la madre de todas las Iglesia, como se la ha llamado. Hoy estamos celebrando su Dedicación en esta fiesta litúrgica. Normalmente centramos mucho la visita en la Basílica de San Pedro del Vaticano por ser el lugar donde reside el Papa, y ser el lugar de las principales celebraciones y concentraciones en torno al Papa.

Desde la primera vez que la visité, hace ya bastantes años, uno se siente allí sobrecogido no solo por la grandiosidad del edificio y su belleza, sino porque queremos ir a lo más hondo del significado de la Iglesia. Fruto de su época y de los esplendores artísticos de otros tiempos es lo que con los ojos podemos contemplar, pero tienen que ser los ojos del espíritu, los ojos del corazón los que contemplen su más hondo significado. Si allí artísticamente se quiso recoger lo más hermoso  de aquellos tiempos en que se levantaron aquellos edificios, en ellos tenemos que saber descubrir cual es lo más hermoso de la Iglesia.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos decía el apóstol san Pablo. Esas piedras allí colocadas para levantar ese hermoso edificio nos están hablando de lo que nosotros somos y del edificio que construimos con nuestras vidas. Si hoy tenemos esos templos, testimonio del amor a la Iglesia de nuestros antepasados que pusieron todo lo mejor que supieron hacer para levantar esos magníficos templos, pensemos en el templo de Dios que cada día nosotros tenemos que ir construyendo con nuestras vidas y cómo también hemos de poner lo mejor de nosotros mismos en su construcción.

Tiene que ser amplio también ese templo de Dios que hoy construimos, porque en él tienen que caber todos los hombres. Todos estamos invitamos a participar en él del banquete del Reino, en el que nadie puede ser excluido. Por eso, como tantas veces hemos reflexionado, lo que hacemos y lo que construimos con nuestra vida y desde nuestra fe, tiene que tener esas puertas abiertas para que allí todos quepamos y nadie quede excluido. Es la salvación que Jesús quiere para todos los hombres. Es la tarea en que tenemos que empeñarnos; es el compromiso de nuestra vida de esa construcción de la comunidad cristiana.

No nos preocupamos ya tanto de la belleza de unos templos materiales, sino que hemos de cuidar mucho la belleza de vida que nosotros podemos ofrecer en nombre de Jesús. Es nuestra tarea y es la tarea de todos, en la que todos nos tenemos que sentir implicados. Como tenemos que sentirnos comprometidos por mantener la belleza de ese templo, la belleza de esa iglesia que somos nosotros y sabernos dejar purificar. Hoy el evangelio nos presentaba la imagen de Jesús expulsando a los vendedores del templo que en lugar de una casa de oración la habían convertido poco menos que en una cueva de ladrones.

No era solo el templo de Jerusalén el que había que purificar, somos nosotros los que tenemos que purificarnos de muchas actitudes que permanecen latentes en nosotros y que le quitan belleza a ese templo de Dios que hemos de ser. Permanecen  en nosotros muchas veces solapadas con otras apariencias muchas vanidades y muchas apariencias llenas de superficialidad, muchas actitudes discriminatorias y muchas barreras que seguimos manteniendo que nos distancian o que impiden que muchos puedan acercarse también a los caminos de la salvación, muchas posturas orgullosas e insolidarias que nos impiden que todos nos sintamos bienvenidos porque nos sentimos hermanos, muchas cosas interesadas que le quitan el brillo a la autenticidad y a la congruencia.

Que esta celebración de hoy nos ayude a encontrar ese verdadero sentido de iglesia y de comunidad, a ser ese verdadero templo de Dios, a que seamos ante el mundo esa imagen del verdadero cuerpo de Cristo que todos constituimos y así seamos en verdad polo de atracción para que muchos se encuentren con el Salvador.

viernes, 5 de agosto de 2022

La presencia de María en la vida de la Iglesia es la presencia de la madre que nos llevará de la mano siempre por el camino que nos conduce a Jesús



La presencia de María en la vida de la Iglesia es la presencia de la madre que nos llevará de la mano siempre por el camino que nos conduce a Jesús 



La presencia de una madre siempre es necesaria en el camino de la vida junto a todo ser humano; no solo porque es en el seno de la madre donde hemos sido engendrado y en su cuerpo hemos germinado a la vida y de su cuerpo recibimos nuestro ser, sino porque la mano de una madre la hemos necesitado en nuestro aprender a caminar, en nuestros primeros pasos, pero siempre ha estado como una sombra benéfica junto a nosotros y aunque en silencio muchas veces mucho de ella hemos aprendido, todo lo hemos aprendido para la vida. Triste aquellos hijos que han crecido sin el calor de una madre a su lado, porque será siempre algo insustituible aunque en nuestro orgullo y autosuficiencia muchas veces lo hayamos querido negar. 

Dios también quiso tener una madre para encarnarse y hacerse Dios con nosotros al hacerse hombre y tomar su carne de esa madre. Pero Jesús no quiso quedársela para si sino que en el momento supremo de la cruz nos la regaló, no tanto aunque así lo pareciera para que cuidáramos de esa madre, sino para que tuviéramos esa madre que nos cuidara y caminara a nuestro lado dándonos su mano maternal en ese camino de Cristo que habíamos de emprender. La madre que siempre estará a nuestro lado atenta a nuestros pasos para recordarnos siempre que hagamos lo que El nos diga, como en las bodas de Caná. 

Siempre ha estado presente María en la vida de la Iglesia, pues allá en su nacimiento en el Cenáculo con la venida del Espíritu Santo, allí también estaría ella junto a los apóstoles y a los primeros discípulos para pedir ese don del Espíritu para la Iglesia del que ella se había dejado inundar y fecundar con su sombra para darnos al Hijo de Dios como nuestro Salvador. La tradición nos habla de que Juan, a quien Jesús se la había confiado en la cruz, la tuvo junto a sí - la llevó a su casa, nos dice el evangelio -, de manera que en Efeso donde se sitúa la presencia del evangelista hasta el fin de sus días se nos muestra como recuerdo la casa de María. 

Por eso cuando la Iglesia crece y va tomando presencia en medio de la sociedad de su tiempo, pronto aparecerán aquellos lugares que nos recordarán la presencia de María. Tras ser reconocido verdaderamente como Madre de Dios en los concilios de los primeros siglos, pronto aquellos lugares que servían para el encuentro y celebración de los cristianos se convertirán en templos también en honor de María. 


Hoy en la liturgia de la Iglesia conmemoramos la dedicación de uno de esos antiguos templos en honor de María en lo que sería la Basílica de Santa María, la Mayor en Roma en el monte Esquilino. Hay tradiciones mezcladas con la historia que nos hablan de las circunstancias de la construcción de ese templo dedicado a María en los sueños de un Papa que le señalaban el lugar que apareciera cubierto de nieve en pleno agosto romano para la dedicación de este templo a María. Es el lugar que ocupa hoy en la ciudad eterna la Basílica de Santa María, la Mayor. Es por lo que esta fecha del cinco de Agosto en muchos lugares celebramos fiestas en honor de la Virgen invocándola como nuestra Señora de las Nieves, o en otros lugares como santa María, la Blanca, con lo que todo nos habla de la pureza y de la santidad de María. 

Haciendo referencia a esta Basílica romana hemos de decir que allí se conserva un Icono de la Virgen, Salus populi romani, de intensa devoción en la ciudad eterna. Sabido es que nuestro Papa Francisco cada vez que tiene que emprender un viaje pastoral por los anchos caminos del mundo, allí a los pies de María lo inicia y lo concluye como señal de que pone en manos de María esa intensa labor pastoral en el ancho mundo. 

Sintamos esa mano de la madre, esa mano de María en el camino de nuestra vida. Junto a nosotros está y es tierna la devoción que sus hijos queremos mostrarle porque siempre sentimos su protección maternal, y sabemos bien que yendo de su mano no erraremos nunca en el seguimiento del camino de Jesús. 


jueves, 5 de agosto de 2021

Dedicación de la Basílica de santa María la Mayor y celebración de la Virgen de las Nieves nos recuerdan la presencia de la Madre que nos protege y camina a nuestro lado

 


Dedicación de la Basílica de santa María la Mayor y celebración de la Virgen de las Nieves nos recuerdan la presencia de la Madre que nos protege y camina a nuestro lado

Seguramente ya nos hemos acostumbrado y casi ya no es noticia que publiquen los informativos a que el Papa Francisco cada vez que va a realizar un viaje apostólico o regresa de él, o cuando va a haber un acontecimiento de especial significado, acuda a la Basílica de Santa María, la Mayor, para postrarse ante un Icono de la Virgen que se venera en dicho lugar con la advocación de Salus populi romani (Salud del pueblo romano).

Hago referencia a ello porque de alguna manera así se ha conocido un poco más esta Basílica Mayor de Roma, que es el gran y primer templo dedicado a María en toda la cristiandad. La tradición y la historia nos hablan del Papa Liberio como promotor de esta basílica cuya situación en el Monte Esquilino (una de las siete colinas de Roma) se debió a unos sueños en los que se le señalaba que el lugar que apareciera cubierto de nieve en la mañana siguiente era el designado para la edificación de este templo en honor de la Virgen. Lo curioso o milagroso, como queramos verlo, es que se trata del cinco de agosto que en Roma habitualmente se sufren fuertes y agobiantes calores, pero que apareció cubierto de nieve como hemos dicho.

Este es el origen de esta basílica que posteriormente ha sido engrandecida y enriquecida con toda la belleza del arte para contemplar hoy toda su grandiosidad. Es una de las cuatro basílicas llamadas mayores o papales como queramos decir junto con la catedral de san Juan de Letrán, san Pablo extramuros y san Pedro del Vaticano. El palacio apostólico edificado junto a la basílica fue incluso en algunos momentos de la historia residencia de los Papas. Hoy precisamente celebramos la Dedicación o consagración de esta basílica romana.

Quizás por ese hecho extraordinario y que pudiera parecer incluso anecdótico de la aparición de la nieve para señalar el emplazamiento de esa futura Basílica  ha surgido la advocación de Nuestra Señora de las Nieves, que se celebra en muchos lugares precisamente en este día 5 de agosto. En nuestras islas son varios los templos dedicados a la Virgen con esta advocación pero es de destacar de manera especial la Isla de la Palma que la tiene como patrona y la celebra con gran devoción.


Allí a pocos kilómetros de la capital de la Isla, camino del monte se levanta este Santuario Insular dedicado a su patrona la Virgen de las Nieves. Ya a los pocos años de la conquista de la Isla el adelantado concedió los terrenos donde había de edificarse este templo en honor de la Virgen de las Nieves, lo que viene a expresar como esta devoción a la Virgen en esta Advocación de las Nieves está presente en nuestras islas, en concreto en la isla de la Palma, desde los albores de la conquista y de la cristianización de las Islas.

He querido dedicar esta página de la semilla de cada día a estos dos aspectos que hemos mencionado, la Basílica de santa María la Mayor de Roma y la Virgen de las Nieves que celebramos en este cinco de agosto queriendo así resaltar ese amor y esa devoción a María que mantenemos desde lo hondo de nuestro corazón.

María siempre presente en el caminar del cristiano; María la madre que nos protege y camina a nuestro lado; María a quien siempre acudimos para sentir ese aliento de la madre en nuestro caminar y en nuestras luchas. Que ese resplandor de la santidad de María, como el brillo y el resplandor de la blancura de la nieve, nos envuelva, nos llene de luz, y haga resaltar así también el amor de nuestros corazones.


lunes, 5 de agosto de 2019

Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios



Nos queremos meter en el molde de Maria para si mejor parecernos a ella, la llena de gracia, para así mejor llenarnos de Dios

Lucas, 11,27-28
Hoy quiero tener un recuerdo especial en esta semilla de cada día para la Virgen María. En nuestra tierra, y en especial en la isla de La Palma, se la celebra en este día con la Advocación de Nuestra Señora de las Nieves, allá en su santuario del monte, a donde acuden hoy todos los moradores de la isla para honrar y venerar a su madre y patrona. En muchas otras localidades de nuestras islas se celebra también con esa misma advocación así como son muchas las mujeres canarias que llevan su nombre de Nieves o María de las Nieves.
El origen de esta hermosa advocación está en Roma en el Monte Esquilino, que en un cinco de agosto apareció cubierto de nieve como una señal del cielo para aquellos sueños del Papa de entonces en los que la Virgen le pedía edificar un templo en su nombre. Uno de los primeros templos de la cristiandad levantados en honor de María, a Madre de Dios, como recientemente entonces había sido proclamada por los concilios.
Hoy aquel templo inicial se ha convertido en la magnifica Basílica de san Maria la Mayor, una de las cuatro basílicas mayores, o basílicas papales que hay en la ciudad de Roma junto a san Juan de Letrán, su Catedral, san Pedro del Vaticano y san Pablo extramuros. Es allí donde acude antes y después de cada viaje pontificio el Papa Francisco para postrarse ante la imagen de Maria, Salus populi romani, que en aquella Basílica se venera. Una Basílica, por demás, que lleva el patronazgo del reino de España desde tiempo inmemorial, de manera que el Jefe del Estado español es canónigo honorario de la misma.
Pero no nos queremos quedar en datos históricos en nuestra mirada a Maria en este día de su fiesta, como decíamos, con la advocación de Virgen de las Nieves. El mismo nombre nos está indicando el camino de pureza y santidad que hemos de seguir para imitar a María. La llena de gracia, como la llamó el ángel de la Anunciación; llena de gracia porque estaba inundada de Dios que la hace resplandecer con las más bellas virtudes. Concebida sin pecado original la proclamamos como Inmaculada Concepción, hablándonos de su alma pura, de su corazón sin pecado, de su vida llena de gracia, del amor de Dios que la envuelve para convertirse en ternura de Dios para nosotros.
Es la madre solicita y atenta que siempre está a nuestro lado para señalarnos y ayudarnos a encontrar el camino que nos lleva a Jesús. Es la madre que ruega por nosotros para que sintamos la gracia y la fortaleza de Dios para que no caigamos en la tentación del mal, del desamor, de la dureza del corazón; sintiendo la ternura de la Madre a nuestro lado nuestros corazones tienen que derretirse de amor, no valen ya las corazas del egoísmo y de la insensibilidad, no tiene lugar de ninguna manera en nuestra vida la maldad que nos haría injustos y violentos, sino que todo tiene que ya ser siempre en nosotros delicadeza, ternura, amor, cercanía con los que están a nuestro lado.
La Biblia nos habla de cómo resplandecía del rostro de Moisés cuando bajaba del monte de la presencia de Dios; miramos a María y cual nieve resplandeciente con el sol la contemplamos a ella en la que brilla toda gracia porque así está llena de Dios. Cuando decimos llena de toda gracia no es como si estuviera llena de alguna cosa hermosa, queremos referirnos a la presencia de Dios en su vida que eso es gracia, porque siempre el amor de Dios en nosotros es un regalo de Dios, es un don gratuito en que Dios mismo se nos da.
En María resplandece de una manera especial; eso de ella tenemos que aprender, copiar en nosotros metiéndonos en el molde de su vida para así mejor parecernos a ella, para así mejor llenarnos de Dios. Ella fue el molde de Jesús que en su vientre se engendró como hombre.

martes, 5 de agosto de 2014

Dios nos dé un corazón humilde y agradecido como el de María

Dios nos dé un corazón humilde y agradecido como el de María

Gál. 4, 4-7; Sal. 112; Lc. 2, 1-7
Popularmente esta fiesta de la Virgen en el cinco de agosto es la fiesta de la Virgen de las Nieves; más en nuestra tierra que no solo la tiene como patrona en la isla de La Palma sino también en otras localidades se venera a la Virgen con esta advocación de las Nieves. Litúrgicamente sabemos que es la fiesta de la Dedicación de una de las Basílicas papales o mayores de Roma que es Santa María, la Mayor, hermosísima Basílica situada en una de las siete colinas de Roma, en el Monte o Colina del Esquilino.
¿Por qué este nombre o esta advocación con la que invocamos a la Madre de Dios como Virgen de las Nieves? Tenemos que hacer referencia precisamente a lo que es el título de la fiesta litúrgica de la Dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor y a los orígenes casi legendarios de la construcción de la primitiva Iglesia, que precisamente hace referencia a la nieve.
Un noble matrimonio romano, en el siglo IV, que era muy generoso con sus limosnas para atender a los necesitados, queriendo dar el mejor uso a sus riquezas recibieron en un sueño el encargo de levantar un templo a la Virgen María en aquel lugar que apareciera a la mañana con un manto de nieve. Era el amanecer de un cinco de agosto en medio del bochornoso verano de Roma cuando apareció precisamente ese manto de nieve en el monte Esquilino. Allí se edificó la primitiva Iglesia, que luego tras el Concilio de Éfeso, ya en el siglo V, en que se proclamó a la maternidad divina de María, el Papa Sixto III dedicaría en ese lugar lo que se considera la primera Iglesia de Occidente dedicada a María, la Madre de Dios, la Basílica de santa María, la Mayor, como hoy se conoce. Ahí tenemos, reseñado brevemente, el origen de la Advocación de la Virgen de las Nieves dedicado a María, la Madre de Dios.
Queremos, pues, nosotros en esta fiesta tan hermosa de la Virgen y que tanta devoción despierta en el pueblo cristiano, cantar las glorias del Señor con María recogiendo el espíritu del cántico de María, con el que ella también quería dar gloria al Señor que había querido fijarse en la humildad de la que se consideraba la esclava del Señor para elegirla como su Madre.
Desborda de gozo el corazón de María, porque aunque se siente pequeña y así pequeña y humilde quiere ella presentarse delante del Señor, sin embargo reconoce las maravillas que el Señor ha hecho en ella. ‘El Poderoso ha hecho en mi cosas grandes’, reconoce María, y por eso bendice el santo nombre de Dios. La humildad de María no la anula y la hace esconderse, sino precisamente en nombre de esa humildad reconoce la grandeza de las obras de Dios en ella.
Se siente instrumento en las manos de Dios que va a derramar su misericordia y su bondad sobre todos los hombres. Ella solamente ha dicho ‘sí’ y se ha puesto en las manos de Dios, pero sabe María cómo Dios quiere contar con ella, y por eso ella abre su corazón a Dios para servir de cauce de esa gracia divina que se va a derramar sobre todos los hombres.
Reconoce María que todos los hombres, de todas las generaciones en ella y con ella se van a alegrar, pero siente que aunque todos la van a llamar bendita, las bendiciones son para Dios, porque Dios es el que obra maravillas y es de Dios de donde proviene toda gracia para hacer presente su misericordia con todos los hombres, que va a hacer posible un mundo nuevo y distinto donde todo se va a transformar y las escalas de valores van a ser distintas, porque no serán los que se creen poderosos y ricos los que van a ser considerados importantes, sino los pequeños y los humildes van a ser ensalzados y los hambrientos van a ver saciados y satisfechos los deseos más profundos del corazón.
Cuando hoy cantamos a Dios con María utilizando su mismo cántico de alabanza y de acción de gracias nosotros estamos queriendo también aprender de María. Es de su humildad generosa y agradecida de la que tenemos que impregnar nuestro corazón y nuestra vida; no para escondernos y anularnos porque nos sentimos pequeños, sino que nos sentimos pequeños porque reconocemos que lo que somos se lo debemos al Señor que así nos ha enriquecido con sus dones y con sus valores.
Nunca la humildad puede anularnos, como tampoco podemos decir que vivimos humildes en la apariencia llenando de orgullo el corazón; la humildad nos hará reconocer precisamente esos dones que nos ha regalado el Señor pero para hacerlos fructificar, porque todo ha de ser siempre para el bien común dando así gloria al Señor. El guardarnos para sí esos dones pudiera convertirse en un orgullo solapado de humildad y con eso no agradaríamos al Señor. La gloria del Señor está en que esas gracias que hemos recibido del Señor las empleemos como hizo María en la preocupación y en el servicio a los demás. ¡Cuánto podemos aprender de María!

Damos gracias a Dios por María, por ese Sí de María que la hizo la Madre del Señor; por ese sí de María expresión de un corazón abierto a Dios, pero abierto también siempre a los demás; ojalá aprendamos de María y así sea nuestro corazón siempre abierto a Dios y con esa humildad generosa y agradecida como ella tuvo, para saber con ella cantar siempre la gloria del Señor.

viernes, 18 de noviembre de 2011

En la barca de la Iglesia nunca vamos solos

Hechos, 28, 11-16.30-31;

Sal. 97;

Mt. 14, 22-33

Los dos textos que nos ofrece la Palabra de Dios nos hacen clara referencia a la celebración de la Dedicación de las Basílicas de san Pedro y San Pablo en Roma. Hace pocos días la liturgia nos ofrecía la celebración de la Dedicación de san Juan de Letrán, Archibasílica de El Salvador, la catedral de Roma y el 5 de agosto celebramos la dedicación de la cuarta Basílica santa María la Mayor.

La primera lectura, final del libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de la llegada de san Pablo a Roma, a donde era conducido preso desde Jerusalén para ser juzgado ante el emperador, y tras las múltiples peripecias de un viaje muy accidentado a través del Mediterráneo. Ahora se establece en Roma, allí predicará, aunque esté preso, porque se lo permiten; allí mas tarde entregará su vida, mártir de Cristo y en la Basílica de San Pablo Extramuros, llamada así por estar fuera de la ciudad en la vía que conducía al puerto romano de Ostia, y la Basílica guarda su tumba.

El Evangelio nos hace referencia a San Pedro, cuyo martirio fue en la colina Vaticano, y sobre cuya tumba se edificó la Basílica cuya dedicación, el 18 de noviembre de 1626, hoy conmemoramos, y junto a la cual está los palacios apóstolicos residencia del Papa y todos los organismos centrales de la Iglesia.

Vamos a fijarnos en este relato evangélico para nuestra reflexión y alimento espiritual. Después de la multiplicación de los panes allá en el descampado ‘Jesús apremió a los discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla mientras él despedía a la gente…’

Ahí contemplamos la bella y significativa imagen de la barca atravesando el lago con el grupo de los discípulos, no sin dificultades porque ‘era sacudida por las olas, y el viento era contrario’. En esta celebración con profundo sentido eclesial que queremos vivir hoy en esta fiesta de la dedicación de las mencionadas basílicas de san Pedro y san Pablo puede servirnos muy bien de imagen de la Iglesia en medio del mundo, conducida por los sucesores de Pedro y de los Apóstoles, no sin dificultades también.

Olas que sacuden y vientos en contra encontramos fácilmente porque ni todos aceptan el mensaje del evangelio que predicamos, ni siempre es bien considerada y comprendida por todos la obra y la misión de la Iglesia. El poder del infierno no la derrotará le prometió Jesús a Pedro cuando le confió la misión de ser piedra sobre la que se fundamentaría la Iglesia, pero como decía Pablo VI el rabillo del diablo se mete por medio enredando y poniéndonos dificultades.

Ahí es la misión de los pastores, del Papa, de los Obispos para conducir la nave de la Iglesia. Nos pudiera parecer que caminamos solos, porque son tentaciones a las que todos estamos sometidos, como los apóstoles que creían ir solos en medio del mar embravecido. Pero Cristo no nos abandona. Es bien significativo que mientras ellos luchaban con la barca en medio de las olas, el estaba en la montaña orando. ‘Después de despedir a la gente subió al monte para orar’, nos dice el evangelista. Y luego aparecerá en medio del mar al lado de ellos, caminando sobre las aguas, aunque se confundieran y pensaran que era un fantasma.

Pedro quiere ir hasta Jesús caminando también sobre el agua, aunque duda y le parece que va a hundirse, por lo que grita al Señor para que lo salve. Pero ahí está la mano y la palabra de Jesús. ‘¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?’ Con Jesús se apaciguan las tormentas, todo vuelve a la calma, nos llenamos de paz. ‘En cuanto subieron a la barca amainó el viento’.

‘Realmente eres Hijo de Dios’, es la proclamación de fe que todos hacen. Es la proclamación de fe que nosotros hemos de hacer también. No podemos dudar, aunque nos llegue el agua al cuelo, porque el Señor está siempre con nosotros y si nos fiamos de El no nos vamos a hundir. Sabemos bien que cuántas veces nos hemos hundido, hemos fracasado, hemos caído, es porque confiamos demasiado en nosotros mismos y pusimos poca confianza en El. Que no nos falta nunca la fe. En la barca de Pedro, en la barca de la Iglesia nunca vamos solos.

jueves, 5 de agosto de 2010

Te saludamos María, Madre de Dios, Madre y Reina de las Nieves


Gál. 4, 4-7;
Sal. 112;
Lc. 2, 1-7

Aunque en la devoción popular hoy celebramos la fiesta de la Virgen de las Nieves, litúrgicamente lo que estamos celebrando es la Dedicación de la Basílica de Santa María, la Mayor, que es una de las cuatro Basílicas Mayores que hay en Roma. Su origen está por una parte en un hecho milagroso acaecido en el siglo cuarto y de ahí la advocación de nuestra Señora de las Nieves que celebramos en este día; una nevada caída en Roma en el monte Esquilino señaló el lugar donde había de edificarse el primer templo de Roma en honor de María, la Madre de Dios.
Por otra parte, posteriormente, a partir de mediados del siglo quinto. con la celebración del Concilio de Éfeso que vino a proclamar a María como Madre de Dios, el papa Gregorio III dedicó solemnemente este templo a la Maternidad divina de María, como había sido proclamado en el Concilio mencionado. Una bellísima Basílica dedicada a la Virgen en el mismo centro de Roma, y en cuyo interior se venera también por los romanos a María, como Salud del pueblo romano.
Es como decíamos el día de la Virgen de las Nieves como se celebra solemnemente en la Isla de La Palma como a su patrona, pero que se celebra igualmente en otros muchos rincones y pueblos de nuestras islas, por hacer mención al lugar donde estamos, pero también en todo el mundo. Santa María de la Blanca, la celebran en Vitoria en el país vasco, nuestra Señora de Africa o nuestra Señora de los Remedios en otros lugares también en este día, por citar algunas advocaciones.
Nosotros queremos celebrar esta fiesta de Maria desde lo más hondo de nosotros mismos con el gran amor que le tenemos a la Virgen. Como siempre con ella nos regocijamos y a Dios damos gracias porque nos ha dado a María, espejo de santidad en el que hemos de mirarnos siempre para así sentirnos estimulados continuamente en ese crecimiento de nuestra fe y nuestro amor, que es el crecimiento de esa santidad que tiene que florecer en nuestra vida.
Dios quiso tenerla junto a sí y la escogió como Madre para encarnarse y hacerse hombre, como nos decía el apóstol Pablo en la carta a los Gálatas ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Por María nos vino Cristo; por María nos vino la gracia y el don de que pudiéramos ser hijos en el Hijo. El Hijo de Dios se hizo hombre, nacido de Maria, para rescatarnos, para liberarnos de los lazos del mal y de la muerte, pero para elevarnos a ser hijos por la fuerza del Espíritu que nos concede. Cómo no darle gracias a Dios por María.
Y saludamos a María, queriendo ofrecerle todo nuestro amor, queriendo cantar los mejores cánticos y alabanzas en su honor, queriendo sentirla siempre a nuestro lado para que nos siga acompañando en nuestro caminar. Es la Madre que está junto a nosotros; es la madre que nos señala siempre el camino para que vayamos a Jesús; es la madre que nos protege y nos alcanza la gracia de Dios para que vivamos en todo momento santamente. Virgen de las Nieves, la invocamos en este día, que así blanca como la nieve resplandezca también nuestra alma, nuestro corazón, nuestro espíritu porque nunca dejemos meter la negrura del pecado en nuestra vida. Que María nos proteja, nos ayude, nos alcanza de Dios la gracia que necesitamos.
Cómo no saludarla y cantarla con las mejores palabras y muestras de nuestro amor. ‘Dichosa eres, santa Virgen María, y muy digna de alabanza: de ti ha salido el sol de justicia, Cristo, nuestro Señor’, le canta la liturgia hoy. Queremos hacerlo tambiérn tomando prestadas algunas palabras de las pronunciadas por San Cirilo de Alejandría en el Concilio de Efeso cuando se proclamó la Maternidad divina de María.


‘Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito el que viene en el nombre del Señor. Te saludamos a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la Santísima Trinidad es adorada y glorificada; a ti por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles… por quien la criatura, caída en pecado, es elevada al cielo… por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión…’


Te saludamos, María, la Madre de Dios, que también eres nuestra madre.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Templo, lugar y signo de la presencia de Dios

Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3. 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22

La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.