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jueves, 9 de noviembre de 2023

Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

 


Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Confieso que cada vez que he ido a Roma he manifestado especial interés y motivación en la Basílica de san Juan de Letrán o del Salvador, puesto que es la sede del Obispo de Roma, la sede del Papa entonces, con ese especial significado que tiene de ser la Catedral de Roma, la madre de todas las Iglesia, como se la ha llamado. Hoy estamos celebrando su Dedicación en esta fiesta litúrgica. Normalmente centramos mucho la visita en la Basílica de San Pedro del Vaticano por ser el lugar donde reside el Papa, y ser el lugar de las principales celebraciones y concentraciones en torno al Papa.

Desde la primera vez que la visité, hace ya bastantes años, uno se siente allí sobrecogido no solo por la grandiosidad del edificio y su belleza, sino porque queremos ir a lo más hondo del significado de la Iglesia. Fruto de su época y de los esplendores artísticos de otros tiempos es lo que con los ojos podemos contemplar, pero tienen que ser los ojos del espíritu, los ojos del corazón los que contemplen su más hondo significado. Si allí artísticamente se quiso recoger lo más hermoso  de aquellos tiempos en que se levantaron aquellos edificios, en ellos tenemos que saber descubrir cual es lo más hermoso de la Iglesia.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos decía el apóstol san Pablo. Esas piedras allí colocadas para levantar ese hermoso edificio nos están hablando de lo que nosotros somos y del edificio que construimos con nuestras vidas. Si hoy tenemos esos templos, testimonio del amor a la Iglesia de nuestros antepasados que pusieron todo lo mejor que supieron hacer para levantar esos magníficos templos, pensemos en el templo de Dios que cada día nosotros tenemos que ir construyendo con nuestras vidas y cómo también hemos de poner lo mejor de nosotros mismos en su construcción.

Tiene que ser amplio también ese templo de Dios que hoy construimos, porque en él tienen que caber todos los hombres. Todos estamos invitamos a participar en él del banquete del Reino, en el que nadie puede ser excluido. Por eso, como tantas veces hemos reflexionado, lo que hacemos y lo que construimos con nuestra vida y desde nuestra fe, tiene que tener esas puertas abiertas para que allí todos quepamos y nadie quede excluido. Es la salvación que Jesús quiere para todos los hombres. Es la tarea en que tenemos que empeñarnos; es el compromiso de nuestra vida de esa construcción de la comunidad cristiana.

No nos preocupamos ya tanto de la belleza de unos templos materiales, sino que hemos de cuidar mucho la belleza de vida que nosotros podemos ofrecer en nombre de Jesús. Es nuestra tarea y es la tarea de todos, en la que todos nos tenemos que sentir implicados. Como tenemos que sentirnos comprometidos por mantener la belleza de ese templo, la belleza de esa iglesia que somos nosotros y sabernos dejar purificar. Hoy el evangelio nos presentaba la imagen de Jesús expulsando a los vendedores del templo que en lugar de una casa de oración la habían convertido poco menos que en una cueva de ladrones.

No era solo el templo de Jerusalén el que había que purificar, somos nosotros los que tenemos que purificarnos de muchas actitudes que permanecen latentes en nosotros y que le quitan belleza a ese templo de Dios que hemos de ser. Permanecen  en nosotros muchas veces solapadas con otras apariencias muchas vanidades y muchas apariencias llenas de superficialidad, muchas actitudes discriminatorias y muchas barreras que seguimos manteniendo que nos distancian o que impiden que muchos puedan acercarse también a los caminos de la salvación, muchas posturas orgullosas e insolidarias que nos impiden que todos nos sintamos bienvenidos porque nos sentimos hermanos, muchas cosas interesadas que le quitan el brillo a la autenticidad y a la congruencia.

Que esta celebración de hoy nos ayude a encontrar ese verdadero sentido de iglesia y de comunidad, a ser ese verdadero templo de Dios, a que seamos ante el mundo esa imagen del verdadero cuerpo de Cristo que todos constituimos y así seamos en verdad polo de atracción para que muchos se encuentren con el Salvador.

lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

Si escuchamos la palabra ‘catedral’ todos más o menos tenemos una idea a lo que nos estamos refiriendo aunque muchas veces nos quedemos en la idea de esa iglesia grandiosa, quizá monumental por el arte en que ha sido construida y que existe sobre todo en grandes ciudades; más o menos sabemos que tiene como referencia al Obispo porque viene a ser el centro de ese territorio que es la diócesis en la que está; pero algunas veces existe una confusión entre lo que es una catedral y lo que es un monumento como sucede en algún sitio que llaman catedral a una iglesia simplemente por su carácter monumental sin realmente serlo; nos sucede en alguna ciudad de nuestras islas.
Pero si nos fijamos en el sentido de la palabra y su concomitancia con palabras semejantes, como pueda ser catedrático ya vamos entendiendo su sentido porque la referencia o raíz de la palabra está en la cátedra. La cátedra es el lugar desde donde enseña el profesor, el catedrático; es el lugar del maestro, del que enseña y al que acuden los discípulos, los que le siguen, para aprender de su enseñanza.
La catedral es, pues, la sede de la cátedra de nuestro maestro en la fe que es el Obispo. La catedral hace entonces referencia a la Diócesis, esa porción del pueblo de Dios en un territorio determinado que es presidido y guiado por su Obispo, como verdadero sucesor de los apóstoles, y que con su enseñanza es nuestro maestro en la fe. Ya sea monumento o ya sea un sencillo templo por ser la sede del Obispo la catedral es la cátedra que nos congrega para alimentar nuestra fe bajo la guía del Obispo, como pastor en nombre de Cristo de la Diócesis y para celebrar el culto y la gloria del Señor.
¿Por qué me hago todas estas explicaciones? Es que en este día celebramos la fiesta de una catedral importante para toda la Iglesia. Hoy estamos celebrando la Dedicación de la Catedral y Basílica de san Juan de Letrán en Roma. ¿Por qué tiene importancia? Porque es catedral de Roma, es la sede del Obispo de Roma, en consecuencia del Papa, la catedral del Papa.
Estamos acostumbrados a ver al Papa en el Vaticano, en la Basílica de san Pedro y nos puede parecer que esa es la Catedral de Roma, pero no es así. No siempre el Papa vivió en el Vaticano, pues durante siglos vivió en los palacios de Letrán que están junto a la Catedral Basílica de san Juan de Letrán. Por circunstancias de la historia que no nos vamos ahora a detener a explicar se vino al Vaticano, pero la sede del Obispo de Roma sigue siendo siempre san Juan de Letrán. Es algo que muchas veces los cristianos desconocemos y que necesitamos aclarar porque muchas veces incluso los medios de comunicación nos confunden por ignorancia de los que nos trasmiten las noticias.
Es, pues, esta fiesta que hoy celebra la liturgia de la Iglesia algo importante para todos los cristianos y que hemos de vivir con hondo sentido eclesial sintiéndonos en verdadera comunión de iglesia con el Papa como vicario de Cristo en la tierra y pastor también de toda la Iglesia. Creo que puede ser una buena ocasión para que viviendo esa comunión eclesial también nuestra oración se eleve al Señor por toda la Iglesia, por sus pastores, y en este día de manera especial por el Papa.
Es una ocasión, y esto daría para otras más amplias reflexiones, y pensar cómo nosotros somos ese verdadero templo del Espíritu Santo, morada de Dios, porque en el bautismo así fuimos consagrados, y desde lo más hondo de nuestro corazón saber ofrecer un verdadero culto al Señor desde la santidad de nuestra vida y desde nuestras buenas obras cantar la gloria del Señor.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El templo Catedral nos simboliza cómo somos edificio de Dios, templo de Dios y signo de la presencia de Dios en medio del mundo


El templo Catedral nos simboliza cómo somos edificio de Dios, templo de Dios y signo de la presencia de Dios en medio del mundo

1Pd. 2, 4-9; Sal. 121; Lc. 19, 1-10
En nuestra Iglesia Diocesana, en esta fecha del 6 de septiembre,  tenemos una conmoración muy especial y significativa, es el aniversario de la consagración de la Catedral; en este caso 101 años de su consagración por lo que se está celebrando en nuestra diócesis un especial año jubilar. Podría ser una fecha que pasara desapercibida como nos sucede en la mayoría de las ocasiones, pero si consideramos la importancia y el significado que la Iglesia Catedral tiene en la Diócesis por ser la sede del Obispo que nos preside en la fe, como sucesor de los Apóstoles no tendríamos que dejarla pasar por alto.
En el prefacio de Misa de la Dedicación o Consagración de un templo se nos dice algo que viene a ser como un hermoso resumen del significado del templo. “Porque en la casa visible que nos has concedido construir, en este lugar donde proteges sin cesar a la familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros. Porque aquí te vas edificando aquel templo que somos nosotros y haces crecer la Iglesia, extendida por toda la tierra, unida como Cuerpo del Señor, hasta que la lleves a su plenitud, en la Jerusalén del cielo,  visión de paz” .
Un lugar santo y consagrado donde sentimos de manera especial la presencia del Señor que nos protege con su gracia - ‘lugar donde proteges sin cesar a la familia que hacia ti peregrina’, que decimos - y que por ser ese lugar donde la Iglesia se reúne congregada por el Señor estamos manifestando ‘de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Un lugar, pues, que se convierte en signo de comunión.
Si esto lo podemos decir de todo templo, con cuanta mayor razón lo podemos decir de la Catedral; manifiesta el signo de unidad y comunión de toda la comunidad diocesana, precisamente en torno al templo que es la sede del Pastor que nos congrega y reúne en el nombre del Señor. ‘Es signo de unidad de la Iglesia particular, lugar donde acontece el momento más alto de la vida de la diócesis y se cumple también el acto más excelso y sagrado del oficio santificador (munus sanctificandi) del Obispo, que implica juntamente, como la misma liturgia que él preside, la santificación de las personas y el culto y la gloria de Dios’.
El templo material nos recuerda del templo de Dios que somos nosotros consagrados desde el Bautismo; y es en ese templo, en este caso la catedral, es donde al celebrar la liturgia nos santificamos en la escucha de la Palabra de Dios y en la celebración de los sacramentos. Pero en ese templo, sede y cátedra del Obispo, escuchamos su magisterio y enseñanza.
El Obispo es el Pastor, es el Maestro en la fe, como sucesor de los apóstoles, para toda la Iglesia Diocesana que ejerce su ministerio desde la Cátedra donde nos alimenta en la fe, desde donde cuida de toda la Iglesia Diocesana para que caminemos en la verdad, para que caminemos en fidelidad por los caminos del Evangelio desde el magisterio de la Iglesia.
Como  nos decía el Sr. Obispo en la carta pastoral con motivo de la reapertura de la Catedral después de su restauración el pasado enero, ‘podemos afirmar que a partir de la Catedral se va construyendo la historia de fe y salvación de nuestra diócesis. De ella, como si de una fuente se tratara, fluyen los medios de salvación por los que Dios enseña, santifica, guía a los fieles y así, en las distintas comunidades, parroquiales o de otro tipo, se va edificando la Iglesia, como pueblo de Dios, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu Santo. Todo ello queda especialmente reflejado en las celebraciones que tienen lugar en la Catedral, como la Misa Crismal y la ordenación de los sacerdotes y diáconos que luego han de servir a las parroquias’. 
Por eso la importancia de esta conmemoración que hoy hacemos en este aniversario de la consagración de la Catedral. Nos viene bien recordar todo esto porque eso nos recuerda también cómo formamos parte de la comunidad diocesana. No somos unos cristianos o unas comunidades que vamos por libre, sino que hemos de sentirnos en profunda comunión de Iglesia en nuestro ser comunidad diocesana, pero también necesariamente en comunión con toda la Iglesia universal.
No nos quedamos, por supuesto, en el templo material ni en considerar su belleza o valor arquitectónica. ‘Vemos la figura y contemplamos la realidad: vemos el templo y contemplamos a la Iglesia. Miramos el edificio y penetramos en el misterio. Porque este edificio nos revela, con la belleza de sus símbolos, el misterio de Cristo y de su Iglesia’, como explicaba san Juan Pablo II cuando consagró la catedral de Madrid. Se convierte, pues, en un signo también de la presencia de Dios en medio del mundo.
El templo visible nos tiene que llevar a lo invisible; la comunión que allí vivimos y que allí alimentamos en la sagrada liturgia que celebramos nos ha de hacer profundizar en esa comunión de Iglesia, comunión en la fe y en el amor, que entre todos los creyentes en Jesús hemos de tener, y que de una manera intensa hemos de vivir en lo que es la Iglesia o comunidad diocesana; y la valoración del templo material nos ha de hacer considerar también cómo nosotros somos esos templos del Espíritu Santo velando y procurando esa santidad personal que ha de resplandecer en nuestra vida.

Y termino con palabras del San Juan Pablo II en la misma ocasión: ‘Y mirándonos a nosotros mismos, podremos decir con san Pablo: “Sois edificio de Dios... El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros” (1Co 3, 9.17). Éste es el misterio que simboliza el templo catedral». Esto es lo que hoy nosotros también de manera especial queremos celebrar.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Demos gracias a Dios por esa Iglesia Diocesana a la que pertenecemos

Demos gracias a Dios por esa Iglesia Diocesana a la que pertenecemos

Apoc. 21, 1-5; Sal. 121; Jn. 10, 22-30
Hoy para nuestra diócesis de Tenerife es una fecha muy especial por cuanto celebramos el aniversario de la consagración de nuestra Catedral, pero además cumpliéndose además su primer centenario; aunque no lo podamos celebrar en el propio templo catedralicio por encontrarse en las obras de restauración de todos conocidas, no deja de tener por eso para los cristianos que formamos parte de esta Iglesia Diocesana una especial relevancia.
Cuando estamos celebrando una fiesta como ésta de la dedicación de la Catedral no lo hacemos solamente desde el orgullo humano que podamos sentir por un templo que pueda ser una expresión de un patrimonio cultural de una comunidad o como un edificio que sea un símbolo importante para la ciudad y como una expresión artística que enriquezca y dé categoría a un lugar determinado, que también, por supuesto, lo puede ser. Pero es algo más lo que los cristianos queremos celebrar.
La catedral no es un templo más; es, podríamos decir, nuestro templo madre porque es la sede del Obispo que como sucesor de los Apóstoles nos preside en la fe y en la caridad y desde él extiende por todos los rincones de nuestra Iglesia su magisterio anunciándonos la Palabra del Señor, el Evangelio de Jesús. De ahí el nombre de catedral que viene de cátedra y cátedra es el lugar desde donde se nos proclama una enseñanza; por eso la catedral es la sede del Obispo, el templo que viene a ser signo muy importante de la unidad de toda la Iglesia en torno a Cristo y a quien lo representa como su Vicario en la Diócesis como verdadero y autentico sucesor de los Apóstoles.
Ya venimos diciendo cosas importantes que nos explican y dan sentido a nuestra celebración y que nos ayudan a vivir con verdadero sentido eclesial nuestra fe en Jesús. Contemplamos esta casa visible, este templo construido, donde nos reunimos y celebramos nuestra fe; luego este templo material, la catedral, viene a ser signo de unión y de comunión, porque no solo ahí somos congregados para celebrar y alimentar nuestra fe, sino que desde esa unión y comunión vamos a manifestarnos como signo de esa Iglesia de Jesús frente al mundo que nos rodea.
Por eso decimos en unos de los prefacios propios de esta fiesta que ‘en esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Allí nos sentimos congregados, allí nos alimentamos de la Palabra que se nos proclama y de los Sacramentos que celebramos, allí unidos y congregados manifestamos esa comunión que con Dios hemos de vivir, pero también de esa comunión de hermanos formamos los que somos una sola familia. Verdadero signo de comunión es para nosotros la catedral que se convierte en una exigencia para ser capaces de llegar a vivir entre nosotros dicha comunión.
Hablamos de ese templo material donde nos reunimos para rendir nuestro culto a Dios pero del que tenemos que trascender para pensar en ese verdadero templo de Dios que nosotros hemos de ser como cristianos y lo que en verdad la Iglesia en si misma lo es en medio del mundo. No nos quedamos en el templo material, necesariamente hemos de pensar en ese templo espiritual que somos nosotros desde nuestra consagración bautismal. En ese templo material con el culto que allí le damos a Dios, con la proclamación de la Palabra y la celebración de los sacramentos vamos edificando ese verdadero templo de Dios que somos nosotros haciendo que resplandezca, entonces, nuestra vida de gloria y de santidad.
Templo aquí en la tierra e Iglesia peregrina en este mundo que viene a ser un signo temporal de la Jerusalén del cielo. Por la santidad con que hemos de manifestarnos los que aun peregrinamos en este mundo, sintiendo de verdad cómo Dios quiere habitar en medio nuestro, queremos ser un signo y un anticipo de esa Jerusalén del cielo que, como nos decía el Apocalipsis, contemplamos como ‘la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’. Somos el nuevo pueblo de Dios en el que El quiere habitar, estar para siempre con nosotros; que resplandezcamos, entonces, por la santidad de nuestra vida, para que podamos ser para cuantos nos rodean signos de esa presencia y de ese amor de Dios.
Damos gracias por ser Iglesia; damos gracias por esa Iglesia a la que pertenecemos; nos sentimos en verdadera comunión de iglesia con todos nuestros hermanos que peregrinamos juntos en nuestra tierra; queremos sentirnos reunidos y congregados en esa comunión de Iglesia y pedimos al Señor que pronto de nuevo podamos congregarnos en nuestra Iglesia catedral.

Que de la misma manera que estamos renovando, reedificando ese templo material, así todos nos sintamos renovados en nuestra fe y en nuestra comunión en torno a Jesús y a su Vicario - así lo llama el concilio en la constitución sobre la Iglesia - el Obispo que nos preside en la fe y en el amor, y en comunión con toda la Iglesia universal y al Papa. 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Vas edificando este templo que somos nosotros

1Cor. 3, 0-11.16-17;

Sal. 45;

Jn. 2, 13-22

Celebramos hoy una fiesta litúrgica que tiene especial significado y relevancia para toda la Iglesia, aunque nos pareciera que fuera, por así decirlo, sólo algo local referido a la Iglesia de Roma. Hoy es la Dedicación de la Iglesia de san Juan de Letrán. Asi la conocemos habitualmente como la catedral del Papa, porque es la sede del Obispo de Roma, de ahí su significación y relevancia. Su verdadero título es Archibasílica del Santísimo Redentor y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista, madre y cabeza de todas las Iglesias.

Esta celebración que nos ayuda a vivir en comunión con el Papa, como así tiene que ser para todos los cristianos, nos puede dar ocasión para hacernos hermosas reflexiones que nos ayuden a profundizar en el misterio de Cristo que se hace presente en nuestra Iglesia y en nuestra vida, como verdaderos templos del Espíritu que somos.

Quería fijarme de manera especial en el prefacio de la Misa de la Dedicación de la Iglesia. Así se nos dice, o decimos, como motivación de nuestra acción de gracias al Señor. ‘Porque en esta casa visible que hemos construido donde reúnes y proteges si cesar que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Nos reunimos en el templo santo, congregado e invitados por el Señor, y en ese allí reuninos y congregarnos se está manifestando ese misterio de comunión con Dios.

Qué importante esta vivencia de la comunión, entre nosotros y con Dios. No tendría sentido hacerlo de otra manera, que no hubiera esa comunión entre nosotros. Cuántas consencuencias tendríamos que sacar para nuestra vida, para nuestra relación con los hermanos. No vivimos ni celebramos nuestra fe de forma aislada, separados unos de otros. Cómo tenemos en consencuencia que amarnos, sentirnos en unión y comunión, porque así manifestamos nuestra verdadera comunión con Dios.

Pero se dice algo más en el prefacio y también muy importante. ‘En este lugar, Señor, tú vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así tu Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’.

Nos reunimos en este templo material, esta casa visible que llamamos también iglesia, pero somos nosotros ese verdadero templo de Dios. Recordemos cómo hemos sido consagrados en nuestro bautismo. Y así constituimos todos la Iglesia, verdadero Cuerpo de Cristo, que camina hacia la Jerusalen del cielo, donde un día gozaremos de la visión de Dios. Lo que aquí ahora celebramos en la liturgia en este templo visible que es la Iglesia, es un anticipo y preparación para lo que vamos a vivir en la gloria de Dios en el cielo.

Esto tiene también sus exigencias para nosotros. Y la primera exigencia es la santidad de nuestra vida. Cómo tenemos que resplandecer de santidad. Cómo tienen que brillar en nosotros esas perlas preciosas que son nuestras buenas obras. Si nos gusta cuidar nuestros templos, tenerlos limpios, bellamamente adornados e intentamos buscar lo mejor para su ornamentación porque decimos que son templo santo que nos ayudan a sentir y vivir la presencia de Dios, ¿por qué no pensamos en cómo tenemos que brillar nosotros por la santidad de nuestra vida, que somos también ese templo santo de Dios? Adornemos nuestro espiritu y nuestro corazón con las mas bellas virtudes porque en nosotros mora el Espíritu Santo de Dios.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ , nos decía el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios. Y Jesús nos ha hablado en el evangelio del templo que es su cuerpo. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les dice cuando ellos pensaban que se estaba refiriendo a aquel templo de Jerusalén. Como dice el Evangelista ‘El hablaba del templo de su Cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos se acordaron de que lo había dicho’.

Cuidemos, pues, la santidad de nuestra vida porque somos ese templo de Dios.

http://www.vatican.va/various/basiliche/san_giovanni/vr_tour/index-it.html para visitar de forma virtual la basilica de san Juan de Letrán

martes, 22 de febrero de 2011

La cátedra de Pedro garantía para la Iglesia de la fidelidad y autenticidad del mensaje



1Ped. 5, 1-4;

Sal. 22;

Mt. 16, 13-19

Celebramos en este día 22 de febrero la ‘fiesta de la cátedra de san Pedro en Roma’. ¿Qué significa y qué sentido tiene esta celebración?

En primer lugar decir que cátedra dice el diccionario es el lugar donde el maestro enseñaba a los almunos o discípulos. Hablamos del catedrádico que es el profesor con mayor rango en la universidad, por ejemplo, y que es el que enseña desde su cátedra.

Pues bien, esto lo trasladamos a nuestro sentido o estilo eclesial y hablamos de catedral, por ejemplo, que es la sede del obispo, allí donde tiene su cátedra para ejercer su oficio de enseñar, para ejercer su oficio de magisterio con los fieles.

Hablar, entonces, de la cátedra de san Pedro en Roma es señalar que allí tuvo su sede, desde donde ejerció su oficio de Pastor y Maestro de toda la comunidad cristiana. Fue la misión que Jesús le confió. Cristo es nuestro único Maestro como es nuestro único Pastor. Pero esa misión la confió a la Iglesia y en la Iglesia a aquellos que iban a ser los pastores del pueblo de Dios. Eligió a los doce apóstoles para enviarlos a predicar, a anunciar el Reino y a curar enfermos y expulsar demonios; lo hemos reflexionado muchas veces. Pero como hemos escuchado hoy en el evangelio de entre los Doce escogió a Pedro para que fuera el primero y el servidor de todos, para que fuera la piedra sobre la que se fundamentara la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, le dijo. También en otro momento le dijo, ‘mantente firme y cuando te recobres confirma en la fe a los hermanos’.

A Pedro le vemos en los Hechos de los Apóstoles primeramente ejerciendo su ministerio en Jerusalén. Más tarde sabemos que fue a Antioquía de Siria, por eso se habla también de la catedra de san Pedro en Antioquía. Pero finalmente se estableció en Roma donde recibiría el martirio y fuera enterrado precisamente en la colina Vaticana. Es lo que hoy celebramos. Por eso, además, los sucesores de Pedro en la Iglesia de Roma recibirán también la misión de pastores de la Iglesia universal, lo que llamamos el Romano Pontífice o Papa o Pastor de la Iglesia universal.

Celebramos, pues, esta cátedra de Pedro que se estableció en Roma. Y ese es el por qué de esta fiesta y de ahí arranca su sentido para toda la Iglesia universal por su misión. Por eso hemos pedido en la oración litúrgica que ‘no permitas vernos perturbados por ningun peligro tú que nos has afianzado sobre la roca de la fe apostólica’. Pediremos también que ‘la Iglesia, bajo el pastoreo y la doctrina de san Pedro, podamos guardar la integridad de la fe y llegar de este modo a la vida eterna’.

¡Cómo tenemos, pues, que acoger y escuchar el magisterio de la Iglesia manifestado de manera especial en el magisterio del Papa! Es su misión ayudarnos a mantener esa integridad de la fe. Por eso ha de estar vigilante para que nada nos perturbe ni nos aparte de la verdadera fe. Es su misión de pastor y de maestro. Por eso escuchamos sus mensajes, sus enseñanzas, su magisterio en sus exhortaciones apostólicas o encíclicas. Es garante de nuestra fe con su magisterio ejercido de manera extraordinaria cuando nos habla ‘ex cáthedra’ (desde la cátedra) para definirnos nuestra fe con la asistencia del Espíritu Santo.

Como diremos en el prefacio ‘no abandonas nunca a tu rebaño, sino que por medio de tus santos apóstoles, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el evangelio’.

Sintamos siempre esa segura protección del Espíritu del Señor para nuestra fe alimentada en el magisterio de la Iglesia. Es la maestra que nos guía y que nos enseña. Y en el Papa, sucesor de Pedro, tenemos el Maestro y el Pastor a quien tenemos que escuchar.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Dedicación de la catedral, valoración de nuestra Iglesia diocesana e invitación a una santidad de vida


1Ped. 2, 4-9;
Sal. 121;
Jn. 2, 13-22

Celebramos hoy en nuestra diócesis el día de la Dedicación de la Santa Iglesia Catedral. No es un aniversario cualquiera, puesto que para los que pertenecemos a la Iglesia que peregrina aquí en nuestras islas tiene un especial significado. No es una Iglesia cualquiera de la que celebramos su Dedicación puesto que es la Catedral de nuestra Diócesis.
Tendríamos quizá que recordar qué es, que significado tiene la Catedral. De entrada decir que es la sede del Obispo Diocesano y podríamos decir que es allí donde está la Cátedra del Pastor, del Obispo que con su oficio de Maestro anuncia el mensaje del evangelio para todos sus diocesanos; es así como la cabeza o la Iglesia madre de todas las Iglesias de la comunidad diocesana reunidas en torno a su pastor y a su Obispo.
Si importante es en cada comunidad cristiana el lugar sagrado donde damos culto al Señor, escuchamos su Palabra y celebramos los sacramentos en la reunión de la asamblea de la comunidad cristiana, cuánto más lo ha de ser para toda la Diócesis la catedral.
Así el templo catedral, en este caso, como lugar sagrado, dedicado, consagrado al Señor se convierte para los cristianos en un especial signo visible de la presencia del Señor en medio de nosotros. De ello tiene que hablarnos toda Iglesia o todo templo sagrado dedicado y consagrado al Señor. Pero por esas especiales características que hemos expresado la catedral tiene un significado grande para la vida de la Iglesia Diocesana. Por eso la liturgia en el aniversario de su Dedicación nos invita a celebrar esta fiesta especial. Por eso decíamos no es un aniversario cualquiera porque tampoco es un templo cualquiera para todos y cada uno de los diocesanos.
Pero cuando hablamos de ese templo visible y material, al que llamamos también Iglesia, no nos quedamos en la materialidad del mismo templo, sino que tenemos que ir mucho más allá. Reconocemos que el verdadero templo de Dios para nosotros es el Señor. El Hijo de Dios se encarnó y se hizo hombre tomando un cuerpo humano como el nuestro porque es verdadero hombre al mismo tiempo que verdadero Dios. Pero por eso mismo se convierte para nosotros en ese primer templo de Dios en medio nuestro, la primera señal, el más importante signo visible de Dios en medio de nosotros. Es el Emmanuel, Dios con nosotros y por El llega a nosotros toda la gracia de Dios, todo el amor de Dios que nos salva y nos redime y nos llena de la santidad de Dios.
Hoy nos ha hablado san Pedro de que Cristo es la piedra angular, escogida y preciosa. Pero al mismo tiempo nos dice que nosotros también somos piedras vivas que entramos en la construcción de ese templo del Espíritu. Por eso decimos también que nosotros somos también por la acción del Espíritu que nos consagra en verdaderos templos de Dios. Para eso fuimos ungidos en nuestro Bautismo.
Es por eso lo que decimos en el prefacio de esta fiesta. ‘Te has dignado habitar en toda casa consagrada a la oración, para hacer de nosotros, con la ayuda constante de tu gracia, templos del Espíritu, resplandecientes por la santidad de vida. Con tu acción constante santifica, Señor, a la Iglesia, esposa de Cristo, simbolizada en edificios visibles, para que así, como madre gozosa por la multitud de sus hijos, pueda ser presentada en la gloria de tu reino’.
Esta celebración, pues, además de una invitación a considerar y valorar todo el hondo significado que tiene la Iglesia catedral para sus diocesanos, es también para nosotros un estímulo y una exigencia, podríamos decir también, para nuestra santidad personal. Si somos templos de Dios con cuánta santidad hemos de vivir nuestra vida. Santidad que no hemos de profanar nunca con el pecado, santidad que hemos de hacer brillas con el resplandor de nuestras virtudes. Santidad que es exigencia también porque por nuestra vida hemos de convertirnos también en signos visibles de esa presencia de Dios en medio del mundo.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Templo, lugar y signo de la presencia de Dios

Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3. 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22

La celebración de este domingo tiene un significado especial. En este día conmemoramos la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que realmente es la catedral de Roma, la Sede, entonces, del Papa. ‘Madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe (la ciudad, Roma) y del Orbe (toda la Iglesia)’, reza en el frontispicio de la catedral; viene a ser la celebración de este día signo de la comunión de toda la Iglesia con el Papa, sucesor de Pedro y Vicario de Cristo para toda la tierra.
Es una ocasión propicia para hacernos una reflexión, ayudados e iluminados por la Palabra de Dios proclamada, sobre el sentido del templo y de la Iglesia.
Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén y trata de purificarlo de aquel mercadeo que allí se realiza, al preguntarle los judíos con qué autoridad lo hacía, les responde: ‘Destruid este templo y en tres días lo levantaré’. No entienden los judíos, pero el evangelista nos aclara - ellos lo entenderían después de su resurrección de entre los muertos - que realmente ‘él les hablaba del templo de su cuerpo’.
¿Qué es un templo? Por decirlo sencillamente, podríamos decir que es un lugar sagrado que se convierte para nosotros en signo de la presencia de Dios en medio de nosotros y lugar donde de manera especial vamos a realizar, celebrar y vivir ese encuentro con Dios.
Pero en sentido cristiano, y dejándonos iluminar por lo que el mismo Jesús nos dice, para nosotros ese templo de Dios es Cristo mismo. ‘El les hablaba de su cuerpo’, hemos escuchado que decía Jesús en el Evangelio. Por eso mismo, más que quedarnos en un lugar o edificio material, nosotros pensamos en la persona de Jesucristo, verdadero lugar de encuentro del hombre con Dios, cuando El ha venido hasta nosotros ofreciéndonos el amor del Padre y en El quiere llevarnos también hasta Dios. Dios habita en El porque es el mismo Dios hecho hombre y se convierte para nosotros en camino que nos lleva hasta Dios. Podemos recordar varios textos del evangelio. ‘Nadie puede hacer las obras que tú haces si Dios no está con El’, le decía Nicodemo. ‘El que me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí... yo soy el camino, y la verdad y la vida...’ que tantas veces hemos escuchado.
Es la primera consideración que tenemos que hacernos. Es con Cristo, en Cristo y por Cristo cómo queremos dar gloria a Dios. Así lo expresamos en el momento cumbre de la Eucaristía en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
Pero siguiendo con nuestra reflexión a la luz de la Palabra de Dios proclamada tenemos lo que nos dice el apóstol Pablo en su carta a los Corintios. Nos dice dos cosas. Por una parte nos pregunta: ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?... ese templo sois vosotros’ termina diciéndonos. Por nuestra unión con Cristo, por la participación en su vida divina que El nos regala, por nuestra unción bautismal nos hemos configurado con Cristo para ser también ese templo de Dios y esa morada del Espíritu. Un aspecto importante que no podemos olvidar. De ahí la santidad que hemos de vivir. Muchas consecuencias podríamos sacar de aquí, porque tenemos que ser también por la santidad de nuestra vida signos de la presencia de Dios en medio de los hombres; y consecuencias también para el respeto que hemos de tener a los demás que igualmente son templo de Dios.
Pero también san Pablo nos propone algo más. Usa la metáfora del templo para referirse a la comunidad cristiana. ‘Sois edificio de Dios. Conforme al don que Dios me ha dado, yo como hábil arquitecto coloqué el cimiento, otro levanta el edificio. Mire cada uno cómo construye’. Pablo inició con su predicación la construcción de ese edificio de la comunidad cristiana, dándoles los fundamentos de la fe en Jesús. Luego con la colaboración de todos ese edificio se ha ido levantando con el crecimiento de la comunidad cristiana. No olvidemos que el verdadero cimiento es Cristo mismo y la fe que en El tenemos. Pero así la comunidad cristiana, la Iglesia, se convierte en ese edificio de Dios, en ese templo de Dios donde El quiere habitar de manera especial y donde damos culto a Dios con la ofrenda de nuestras vidas unidos a Cristo. La comunidad, pues, lugar de la presencia de Dios y el Espíritu Santo habita en ella. Todos unidos formamos ese edificio, ese templo del Señor. Pablo previene para que lo ayudemos a crecer y no la destruyamos con nuestras divisiones.
Finalmente fijémonos en esa bella imagen que hemos contemplado en el profeta Ezequiel; el manantial de agua que mana del templo hasta desembocar en el mar de las aguas salobres llenando de vida y haciendo fructificar todo a su paso, nos está hablando también de la Iglesia. Ese templo de Dios donde mora de manera especial el Espíritu del Señor y a través de la cual nos llega a nosotros esa gracia que nos salva, nos purifica y nos llena de vida. Ahí en la Iglesia se hace presente el Señor y en la Iglesia escuchamos su Palabra, por medio de la Iglesia nos llega la gracia de los sacramentos y se nos hace palpable y visible esa salvación de Dios. Porque así lo ha querido el Señor.
Y nos queda considerar lo que son esos templos materiales, lugares sagrados que son signo también de la presencia del Señor en medio de nosotros. ¡Cómo nos habla el templo, lugar de encuentro de la comunidad cristiana y de la celebración de la fe, de esa presencia de Dios! ¡Cómo se convierte el templo en medio de nuestro mundo en ese signo religioso que nos está hablando también de esa presencia de Dios y cómo hasta El tenemos que ir siempre para que sea en verdad el centro de nuestra vida! No nos quedamos en lo material, pero lo material es signo visible de esa realidad espiritual, de esa realidad sobrenatural que nos hace llegar la gracia del Señor. De ahí el respeto y la veneración que hemos de sentir por nuestros templos, porque su presencia visible nos está hablando de esa presencia, invisible a los ojos pero real en nuestro corazón y nuestra vida, de la presencia de Dios y su gracia.
Son nuestros lugares de encuentro y de celebración; encuentro de los hermanos, de la asamblea santa que se reúne, pero encuentro vivo también con el Señor en la oración y en la escucha de su Palabra. ‘En esta casa visible que hemos construido, donde reúnes y proteges sin cesar a esta familia que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’, decimos en el prefacio. Pero pedimos algo más. ‘En este lugar, Señor, tu vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’. Pedimos también que, ‘por la participación en este sacramento – la eucaristía que aquí celebramos – seamos transformados en templos del Espíritu y podamos entrar en el reino de tu gloria’.
Nos quedaría sacar muchas consecuencias para nuestra vida de lo aquí reflexionado. Santidad, unidad y comunión, sentido de Iglesia y comunidad, conciencia de nuestra dignidad y de la dignidad de todo cristiano, de todo hermano nuestro, y ser en verdad en medio de los hermanos, como templos que somos de Dios, signos también de esa presencia de Dios en medio de nuestro mundo.