Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta san juan de letrán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta san juan de letrán. Mostrar todas las entradas

sábado, 9 de noviembre de 2024

Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

 


Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos pero nos hemos olvidado los cristianos de cómo hemos de ser signo del Dios con nosotros en medio del mundo

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Salmo 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Por razones pastorales a lo largo de mis años he tenido la oportunidad de palpar en circunstancias distintas según cada comunidad y según los tiempos diversas maneras con que el pueblo cristiano manifiesta lo que significa para ellos tener un templo, tener una iglesia; desde quienes no tenían nada y luchaban y buscaban recursos de la forma que fuera para conseguir tenerla un día, la alegría que sintió aquel pueblo con la bendición de su Iglesia que tristemente con el paso de los años en el reciente volcán desapareció bajo el furor de la lava – fue la primera parroquia que tuve a mi cuidado -, o de quienes buscaban la manera de tenerla muy cuidada, muy adornada, gastando lo que fuera en tenerla dotada de todo, pero también muy hermosa con muchas flores en sus fiestas o celebraciones; muchas más cosas podía recordar pero no quiero extenderme en ello. La gente de nuestros pueblos ama a su Iglesia, y cuando decimos que aman a su Iglesia la referencia son sus templos, que de alguna manera se convierten como en un signo de identidad.

Me vienen a la memoria estos recuerdos por una parte por la celebración que hoy nos ofrece la liturgia y los textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrecen. Litúrgicamente celebramos la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán en Roma, que es la Catedral del Papa, con el hondo significado que tiene para toda la Iglesia, pues se le considera la madre de todas las Iglesias. No nos podemos quedar en su suntuosidad que la tiene, sino en el significado que tiene como ser el templo de la Sede de Pedro, de la Sede o Cátedra del Papa; de ahí el nombre que se le da de Catedral. Ese templo viene a ser como punto de unión y de encuentro de todos los cristianos con el Pastor supremo de la Iglesia.

Pero eso nos tiene que llevar a algo más. Ni nos quedamos en la suntuosidad de ese templo, como nos podemos quedar en el cuidado de nuestros templos simplemente quedándonos en su belleza externa. Tenemos que ir a algo más hondo. El Evangelio y la Palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a ayudarnos. Nos habla el evangelio del templo de Jerusalén que Jesús quiere purificar, porque en lugar de parecer una casa de oración, de encuentro con Dios, poco menos que se había convertido en un mercado.

El gesto de purificación que Jesús realiza, expulsando a los vendedores va a tener sonadas consecuencias que tiene también sus resonancias en nuestra vida. Cuando vienen a pedirle con que autoridad se ha atrevido a realizar esa purificación al expulsar a los vendedores, les quiere hablar de otro templo que sí que hay que cuidar. Habla de si mismo, que aunque quieran destruir su templo con la muerte, en tres días lo reedificará, y está haciendo una referencia a su pascua, a su muerte y resurrección, que los discípulos solo entenderán después de la resurrección de Jesús de entre los muertos.

Pero está haciéndonos pensar a nosotros hoy, ¿quiénes son ese verdadero templo de Dios? De ello nos ha hablado el apóstol cuando nos recuerda que nosotros somos ese templo de Dios. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos dice el apóstol.

Bien lo recordamos como hemos sido ungidos en nuestro bautismo, consagrados con el Cristo Santo para ser una cosa con Cristo, sacerdotes, profetas y reyes, pero para convertirnos en ese templo del Espíritu, morada de Dios en medio de los hombres. Si nosotros confesamos que Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros, cuando por nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos en ese templo del Espíritu, en esa morada de Dios, podemos decir que tenemos que ser signos de ese Emmanuel, ese Dios con nosotros, por la santidad de nuestra vida, por nuestra identificación, configuración con Cristo, en medio del mundo que nos rodea.

Creo que son cosas que nos tienen que hacer pensar. Nos admiramos y llenamos de gozo con la belleza de nuestros templos, queremos lo mejor para nuestra Iglesia y nos gastamos lo que sea necesario para mantenerlas dignas y bellas de manera que incluso puedan ser admiración para quienes las visitan, porque además queremos que sean en verdad ese signo religioso, ese signo de la presencia de Dios en medio de nuestros pueblos.

Y aquí viene la pregunta que tenemos que hacernos. ¿Nos habremos olvidado los cristianos de cómo por la santidad de nuestras vida tenemos que ser ese Emmanuel, ese signo de Dios con nosotros en medio del mundo? ¿Hacemos lo mismo por cuidar nuestra santidad personal que lo que hacemos por mantener bellas nuestras iglesias?  Puede ser un interrogante muy serio e importante que nos hagamos a nosotros mismos.

 

jueves, 9 de noviembre de 2023

Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

 


Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Confieso que cada vez que he ido a Roma he manifestado especial interés y motivación en la Basílica de san Juan de Letrán o del Salvador, puesto que es la sede del Obispo de Roma, la sede del Papa entonces, con ese especial significado que tiene de ser la Catedral de Roma, la madre de todas las Iglesia, como se la ha llamado. Hoy estamos celebrando su Dedicación en esta fiesta litúrgica. Normalmente centramos mucho la visita en la Basílica de San Pedro del Vaticano por ser el lugar donde reside el Papa, y ser el lugar de las principales celebraciones y concentraciones en torno al Papa.

Desde la primera vez que la visité, hace ya bastantes años, uno se siente allí sobrecogido no solo por la grandiosidad del edificio y su belleza, sino porque queremos ir a lo más hondo del significado de la Iglesia. Fruto de su época y de los esplendores artísticos de otros tiempos es lo que con los ojos podemos contemplar, pero tienen que ser los ojos del espíritu, los ojos del corazón los que contemplen su más hondo significado. Si allí artísticamente se quiso recoger lo más hermoso  de aquellos tiempos en que se levantaron aquellos edificios, en ellos tenemos que saber descubrir cual es lo más hermoso de la Iglesia.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos decía el apóstol san Pablo. Esas piedras allí colocadas para levantar ese hermoso edificio nos están hablando de lo que nosotros somos y del edificio que construimos con nuestras vidas. Si hoy tenemos esos templos, testimonio del amor a la Iglesia de nuestros antepasados que pusieron todo lo mejor que supieron hacer para levantar esos magníficos templos, pensemos en el templo de Dios que cada día nosotros tenemos que ir construyendo con nuestras vidas y cómo también hemos de poner lo mejor de nosotros mismos en su construcción.

Tiene que ser amplio también ese templo de Dios que hoy construimos, porque en él tienen que caber todos los hombres. Todos estamos invitamos a participar en él del banquete del Reino, en el que nadie puede ser excluido. Por eso, como tantas veces hemos reflexionado, lo que hacemos y lo que construimos con nuestra vida y desde nuestra fe, tiene que tener esas puertas abiertas para que allí todos quepamos y nadie quede excluido. Es la salvación que Jesús quiere para todos los hombres. Es la tarea en que tenemos que empeñarnos; es el compromiso de nuestra vida de esa construcción de la comunidad cristiana.

No nos preocupamos ya tanto de la belleza de unos templos materiales, sino que hemos de cuidar mucho la belleza de vida que nosotros podemos ofrecer en nombre de Jesús. Es nuestra tarea y es la tarea de todos, en la que todos nos tenemos que sentir implicados. Como tenemos que sentirnos comprometidos por mantener la belleza de ese templo, la belleza de esa iglesia que somos nosotros y sabernos dejar purificar. Hoy el evangelio nos presentaba la imagen de Jesús expulsando a los vendedores del templo que en lugar de una casa de oración la habían convertido poco menos que en una cueva de ladrones.

No era solo el templo de Jerusalén el que había que purificar, somos nosotros los que tenemos que purificarnos de muchas actitudes que permanecen latentes en nosotros y que le quitan belleza a ese templo de Dios que hemos de ser. Permanecen  en nosotros muchas veces solapadas con otras apariencias muchas vanidades y muchas apariencias llenas de superficialidad, muchas actitudes discriminatorias y muchas barreras que seguimos manteniendo que nos distancian o que impiden que muchos puedan acercarse también a los caminos de la salvación, muchas posturas orgullosas e insolidarias que nos impiden que todos nos sintamos bienvenidos porque nos sentimos hermanos, muchas cosas interesadas que le quitan el brillo a la autenticidad y a la congruencia.

Que esta celebración de hoy nos ayude a encontrar ese verdadero sentido de iglesia y de comunidad, a ser ese verdadero templo de Dios, a que seamos ante el mundo esa imagen del verdadero cuerpo de Cristo que todos constituimos y así seamos en verdad polo de atracción para que muchos se encuentren con el Salvador.

miércoles, 9 de noviembre de 2022

No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

 


No solo nuestros templos han de ser verdadero santuario de Dios sino que también nuestras vidas, por nuestra santidad, han de ser signo de la presencia de Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Puede parecer una anécdota lo que nos cuenta hoy el evangelio sin embargo es un hecho bien significativo. Nos habla de las costumbres que se habían creado alrededor del templo de Jerusalén.

Allí cada día se ofrecían sacrificios a Dios, en los cuales además de las ofrendas de las primicias que todo buen judío estaba obligado a realizar – podríamos decir que era como una contribución necesaria para el mantenimiento del culto – muchos eran los animales que eran sacrificados, como un rito ya preestablecido, como signo de la acción de gracias a Dios reconociendo que todo don nos viene de él, o también de purificación de los pecados.

Era en cierto modo normal que en torno al templo se había creado un mercado donde podían adquirirse aquellos animales que habían de ser sacrificados, pero también donde se ofertaba el necesario cambio monetario porque en los cepillos del templo solo se podían utilizar las monedas oficiales del mismo templo.

Nos podemos sentir como escandalizados que así se desvirtuara el verdadero culto que en el templo debía ofrecerse al Señor y de alguna manera toda esa barahúnda mercantil silenciaba, o al menos hacía difícil el que se pudiera escuchar, la Palabra del Señor que allí había de ser proclamada. Era en aquellos pórticos del templo donde los maestros de la ley enseñaban al pueblo y era el lugar propicio para ese encuentro con la Palabra del Señor. ¿No nos habla el evangelio de que Jesús en su primera subida a la Pascua en Jerusalén, tras su pérdida fue encontrado precisamente en el templo escuchando y discutiendo con los doctores de la le? Algo realmente premonitorio.

Desde el hoy de nuestra vida, como decíamos, nos podemos sentir escandalizados por ese desvirtuar el verdadero sentido del templo, pero ¿qué sucede en torno a nuestros templos y santuarios? ¿Qué es lo que nos encontramos? Cuando no es desde el mismo templo, desde la misma organización de la Iglesia, que ofrecemos la oportunidad de llevarnos ‘un recuerdo’ del santuario, será todo un montaje comercial el que se crea en nuestros pueblos o ciudades en torno a nuestros templos y santuarios de especial devoción. ¿Cuál tendría que ser el auténtico ‘recuerdo’ que nos tendríamos que llevar tras nuestra visita al templo del Señor?


Hemos escuchado en el evangelio. ‘Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’.

‘No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’. Causaría gran conmoción este gesto de Jesús. Todo un gesto profético. Algo nuevo tiene que comenzar. Algo que tiene que tener verdadero sentido de vida. Algo nuevo nos está ofreciendo Jesús. Cuando le recriminan con qué autoridad está haciendo aquello pronuncia también unas proféticas palabras, que sin embargo un día van a ser utilizadas en su contra en el juicio ante el Sanedrín. ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Estaba hablándonos de algo distinto, como nos comentará el evangelista, se refería al templo de su cuerpo.

Jesús verdadero templo de Dios en medio de nosotros los hombres. ¿No decimos que es el Emmanuel, Dios con nosotros? en Jesús podemos ofrecer el mejor culto a Dios, por El, con El y en El todo honor y toda gloria como proclamamos en el momento solemne de la ofrenda de la Eucaristía. Anunciaba su muerte y su resurrección, pero nos anunciaba también algo nuevo, en lo que podíamos convertirnos nosotros si en verdad vivimos unidos a El. Vamos a ser nosotros ese templo de Dios. Así nos lo recordaba san Pablo. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ Con Cristo en nuestro bautismo hemos sido convertidos en sacerdotes, profetas y reyes. Así podremos ofrecer el verdadero culto a Dios. Grandeza y santidad de nuestra vida.

Nos estamos haciendo estas consideraciones cuando estamos celebrando la fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, que como todos sabemos es la Catedral del Roma, la sede del Obispo de Roma. En un sentido de comunión eclesial celebramos esta fiesta, que por otra parte desde la Palabra de Dios proclamada tan hermoso mensaje nos ha dejado para nuestra vida.

Cuidamos que no solo nuestros templos sean verdadero santuario de Dios y auténtica casa de oración despojándolos de tantas cosas que hemos montado en su entorno, sino que también nuestras vidas, por la santidad que vivimos, sean ese santuario de Dios y signo de la presencia de Dios para los que nos rodean. Es el testimonio que tenemos que dar.

lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.

sábado, 9 de noviembre de 2019

De la misma manera que valoramos y cuidamos la dignidad y santidad de nuestros templos hemos de cuidar la santidad de quienes somos morada de Dios y templos del Espíritu




De la misma manera que valoramos y cuidamos la dignidad y santidad de nuestros templos hemos de cuidar la santidad de quienes somos morada de Dios y templos del Espíritu

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

¿Cuál seria nuestra reacción si alguien nos avisa de que quiere venir a hospedarse en nuestra casa? Tenemos que reconocer que depende de cuáles serían nuestras actitudes y los valores que tengamos en la vida. Está, por supuesto, la sorpresa de lo inesperado, pero también podamos tener una reacción negativa ante el hecho de que alguien sin saber por qué quiera venir a introducirse en la intimidad de lo nuestro, de nuestro hogar; y surgirán mil disculpas, cuando no queremos ser violentamente negativos, de que ya andamos bien apretados en casa y no tenemos lugar (sobre todo con aquello de que hoy nuestros hogares tienen escasos metros), que si andamos muy ocupados y no podríamos atenderlo debidamente, que tenemos previsto hacer otras cosas y no tenemos ni tiempo ni espacio y así nos buscaríamos muchas disculpas ante el temor, imaginario quizá, de lo que pueda significar la presencia de ese intruso.
Pero puede haber también una apertura de nuestras puertas, sintiéndonos gozosos y honrados con la presencia de esa persona entre nosotros, y aunque nos cueste quizás sacrificio estamos dispuestos a apretarnos un poco si es necesario para rendir la mejor hospitalidad a quien ha querido darnos el honor de venir a estar con nosotros y compartir la interioridad de nuestro hogar. En nuestros buenos deseos hospitalarios revolvemos lo que sea para acoger y hacer agradable la estancia de aquella persona con nosotros.
Me lleva a pensar en estas cosas que pueden rondarnos muchas veces dentro de nosotros la sorpresa inesperada de Zaqueo cuando Jesús se detuvo ante la higuera para decirle que quería hospedarse en su casa. ‘Hoy quiero hospedarme en tu casa’. Muchas consideraciones nos hemos hecho en otras ocasiones de las circunstancias de Zaqueo y lo que significó para El la presencia de Jesús en su hogar con todo el cambio que se realizó en su vida.
En esta ocasión quiero quedarme en esa auto invitación de Jesús. ‘Hoy quiero hospedarme en tu casa’. ¿No podríamos decir que eso es lo que ha significado la Encarnación de Dios en el seno de María para hacerse hombre y ser Dios con nosotros? Creo, sí, que podemos ver en el misterio de la Encarnación esa invitación que Dios nos hace para que abramos las puertas porque El quiere plantar su tienda entre nosotros, como nos dice el inicio del evangelio de Juan. Claro que ahora depende también de nosotros, igual que contó con María para encarnarse en sus entrañas, de las actitudes y valores que nosotros tengamos, como decíamos anteriormente. Porque ya nos dice también el evangelio de Juan que ‘vino a los suyos y los suyos no lo recibieron’.
Me estoy haciendo esta consideración a partir de uno de los evangelios que se nos ofrecen en la fiesta litúrgica que hoy celebramos. Hoy es el día de la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán en Roma, que como bien sabemos es la catedral de Roma, la catedral del Papa. Un momento que nos hace pensar en el valor del templo cristiano como signo de la presencia de Dios, como imagen de la Iglesia que en el templo se congrega para alabar y bendecid al Señor y alimentarnos de su Palabra y de su gracia, pero que tiene que llevarnos aun más allá.
Cuando Jesús quiso purificar el templo de Jerusalén expulsando a los vendedores del templo al pedirle los judíos razones de su actuar les respondió: ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’. Y aunque los judíos entonces no entendieron las palabras de Jesús que adujeron incluso en su testimonio contra El para condenarlo a muerte, el evangelista nos dice que se refería al templo de su cuerpo.
Dios vino a habitar en medio de nosotros y se encarnó en el seno de Maria. Jesús es ese verdadero templo de Dios, que así mismo se convirtió en sacerdote, victima y altar al ofrecerse por nosotros en oblación de sacrificio en la cruz. Pero es que Jesús quizá además habitar en nosotros, convertirnos a nosotros por pura gracia en morada de Dios, en templos del Espíritu.
Y es aquí cuando viene aquella invitación de la que hablábamos al principio. ‘Quiero hospedarme en tu casa’, nos dice a nosotros también. No es a cualquiera a quien tenemos que hospedar en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestro corazón, es a Jesús, es a Dios mismo que quiere habitar en nosotros. ‘Vendremos y haremos morada en él’, nos dice Jesús en otro momento del evangelio. También podríamos pensar que cuando estamos acogiendo al hermano, sea quien sea, es Dios que viene a nuestra vida.
Es la consideración que hemos de hacernos, es el reconocimiento de ‘ese honor’ que Dios nos ha otorgado cuando quiere hospedarse en nuestra casa, en el templo de nuestra vida. Que no seamos de aquellos que no lo recibieron, porque a los que le reciben les da el poder de ser hijos de Dios. Nos preocupamos por la dignidad y santidad de nuestros templos ¿nos preocupamos igualmente por la dignidad y santidad con que hemos de vivir nosotros que hemos sido convertidos en templos del Espíritu?

viernes, 9 de noviembre de 2018

La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor




La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

‘Sois edificio de Dios… mire cada uno como construye… Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo…’ Así nos lo recordaba el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios. Y nos propone la liturgia este texto  en el día en que estamos celebrando la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán que es la Catedral de Roma.
Es importante la celebración de esta fiesta litúrgica. San Juan de Letrán es, como decíamos, la Catedral de Roma, la Sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Aclarar para quien tenga confusión que aunque veamos al Papa en el Vaticano y las grandes celebraciones tengan lugar en la Basílica de san Pedro o en su plaza de todos tan conocida, la catedral, la sede del Papa, del Obispo de Roma esa san Juan de Letrán. También durante siglos el Papa vivió en los palacios lateranenses que están junto a esta basílica-catedral, aunque por razones históricas en las que ahora no vamos a entrar fue el Vaticano la residencia del papa y de toda la organización de la Iglesia Católica.
Un momento esta celebración para vivir en toda profundidad, por la comunión con el Papa, todo el sentido eclesial de nuestra fe. Somos la Iglesia de Cristo y en comunión eclesial hemos de vivir todos los que creemos en Jesús porque así lo quiso Jesús, así nos constituyó en familia y comunidad, y es algo que dimana desde lo más profundo de nuestra fe y del sentido y espíritu del Evangelio.
Pero muchas mas reflexiones podríamos y tendríamos que hacernos hoy al albur de los textos del Evangelio y de toda la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia de este día. Sírvanos de referencia el texto mencionado al comienzo de esta reflexión. ‘Sois edificio de Dios…’ Demasiadas veces cuando hacemos referencia a la Iglesia nos quedamos en los edificios de nuestros templos. Por analogía nos referimos a ellos llamándolos iglesias, por cuanto que en ellos se reúne la Iglesia, la asamblea de los hijos de Dios para las celebraciones de los sacramentos y la escucha de la Palabra.
Pero el verdadero edificio somos nosotros. A ello es lo que se refiere el apóstol. Por eso nos advierte de cómo lo edificamos, igual que cuidaríamos la construcción de un edificio material. No lo hacemos de cualquier manera, no empleamos cualquier elemento para su construcción, no ponemos cualquier cimiento, pues es fundamental para la sustentación del edificio. Y nos recuerda el apóstol que nuestro cimiento es Cristo; no podemos poner otro, porque estaríamos desvirtuando nuestra vida misma. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos dice a continuación.
Hablamos, pues, pues de ese templo de Dios que somos nosotros, hablamos de ese edificio de Dios que constituimos todos los que formamos la Iglesia. Es importante considerar bien esto. Es muy importante tenerlo en cuenta para la manera de vivir nuestra fe. El edificio es uno aunque esta formado por muchos elementos. Ese edificio del pueblo de Dios es uno, aunque seamos muchos los que lo constituyamos. Pero ha de estar bien conjuntado ese edificio; tenemos que estar en verdadera comunión todos los que formamos el edificio que es la Iglesia.
Qué importante la unidad y qué importante la comunión que tiene que haber entre todos nosotros. Es la comunión del amor, ya que éste es el único mandamiento de Jesús y que tiene que convertirse en nuestro distintivo. ¿Será en verdad el distintivo de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras parroquias, de nuestros grupos cristianos la comunión en el amor?
Mucho tendríamos que concluir de esta pregunta y de este planteamiento. Es algo que personalmente tenemos que revisar si nos sentimos en verdadera comunión los unos con los otros los que formamos la misma comunidad que es la Iglesia. Es algo que la Iglesia como comunidad se tiene que estar revisando siempre para que demos en verdad esa imagen, distintivo de nuestro ser, y principal y gran motivo para que el mundo crea en el mensaje que tratamos de trasmitir.
En muchas cosas muy concretas y muy prácticas tendríamos que revisarnos. Cuántas cosas tendríamos que purificar en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, siguiendo la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio cuando trata de purificar aquel templo de Jerusalén que lo habían convertido de una casa de oración en una cueva de ladrones.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Por nuestra unión con Cristo, verdadero Templo de Dios, somos una cosa con El y en Cristo nos convertimos también en templo de Dios

Por nuestra unión con Cristo, verdadero Templo de Dios, somos una cosa con El y en Cristo nos convertimos también en templo de Dios

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9c-11.16-17; Juan 2,13-22
La liturgia de la Iglesia de Roma celebra hoy la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán, que es la catedral del Roma y en consecuencia la sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Es una fiesta litúrgica que está extendida a toda la Iglesia Católica, porque se considera la Iglesia madre de todas las Iglesias. Es importante para todo católico porque así se manifiesta nuestra comunión con el Obispo de Roma, que es el Vicario de Cristo para toda la Iglesia.
La Dedicación significa la consagración, es decir, el hacer que aquel templo se convierta para nosotros en un lugar sagrado que nos hace presente al Señor, porque en él nos reunimos los cristianos para la escucha de la Palabra y la celebración de nuestra fe en todos y cada uno de los sacramentos. Pero la celebración de esta consagración del templo nos quiere recordar mucho más.
El verdadero templo de Dios en medio de nosotros es Cristo. Es el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se hizo hombre para ser nuestro salvador. Cristo es el templo, el altar y el sacrificio, podemos decir, porque por su entrega se ofreció al Padre, en el cumplimiento de su voluntad, para ser la salvación para toda la humanidad. Es en Cristo donde encontramos certeramente a Dios, porque ‘el que me ve a mi ve al Padre, el que me conoce, conoce al Padre’, que diría en la ultima cena a los discípulos; es Cristo el camino que nos lleva al Padre, como El mismo nos dice en el evangelio, porque ‘yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida’.
Pero todo esto nos lleva a dar un paso más en nuestra consideración. Por nuestra unión con Cristo, somos una cosa con El, y en Cristo nos convertimos también nosotros en templo de Dios. ‘El que guarda mis mandamiento el Padre lo ama, y vendremos a El y haremos morada en El’, nos dice en el Evangelio. Por eso recordamos como en nuestra consagración bautismal – volvemos a la imagen del principio de la consagración del templo – hemos sido convertidos en morada de Dios y en templos del Espíritu Santo, como bien se expresa en la celebración del Bautismo.
Somos ese sagrario de Dios, ese templo del Espíritu, porque Dios mora en nosotros por la gracia. Por eso podemos ofrecer nuestros cuerpos y nuestra vida toda como ofrenda espiritual y agradable al Padre cuando hacemos su voluntad. Es por donde tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida. Si fuéramos conscientes de esa presencia de Dios en nosotros seguro que con fuerza nos alejaríamos del pecado venciendo toda tentación. El Espíritu divino está en nosotros para ser nuestra fuerza. No olvidemos esa presencia de Dios que mora en nuestros corazones.
Recuerdo siempre la imagen de la que escuché hablar un día, de un hombre que cada mañana iba junto a la cuna de su hijo recién nacido y que ya había sido bautizado y se ponía de rodillas ante él; decía que estaba a adorando a Dios, porque tenia la certeza de la presencia de Dios en el alma pura de aquel niño recién bautizado en el que no podía haber nada de pecado. Así hemos de mantenernos purificados de todo pecado para sentir y gozar de esa presencia maravillosa de lo infinito, esa presencia de Dios en nuestro corazón.
Cuidamos nuestros templos, queremos tenerlos limpios y adornados, los rodeamos de bellas obras de arte y queremos poner lo mejor en ellos, porque decimos que todo eso es para Dios, cuya presencia recordamos en medio de aquellas paredes. ¿No tendríamos que hacer lo mismo en ese templo de Dios que somos nosotros y adornar y embellecer nuestra vida con nuestra santidad, con nuestras virtudes, con nuestro amor más exquisito?
Pero algo más, pensemos en el templo de Dios que son los hermanos que nos rodean, ¿no nos tendría que hacer pensar en el respeto con que hemos de tratar a toda persona y como todo lo mejor que le hagamos a esa persona es como si se lo estuviéramos haciendo a Dios? Ellos también son templo de Dios.
‘Todo lo que hicisteis con uno de estos hermanos conmigo lo hicisteis’, nos dice Jesús.


miércoles, 9 de noviembre de 2016

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

La Dedicación de la Catedral-Basílica de san Juan de Letrán en Roma nos ayuda a vivir una profunda comunión con el Papa y con toda la Iglesia

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

Si escuchamos la palabra ‘catedral’ todos más o menos tenemos una idea a lo que nos estamos refiriendo aunque muchas veces nos quedemos en la idea de esa iglesia grandiosa, quizá monumental por el arte en que ha sido construida y que existe sobre todo en grandes ciudades; más o menos sabemos que tiene como referencia al Obispo porque viene a ser el centro de ese territorio que es la diócesis en la que está; pero algunas veces existe una confusión entre lo que es una catedral y lo que es un monumento como sucede en algún sitio que llaman catedral a una iglesia simplemente por su carácter monumental sin realmente serlo; nos sucede en alguna ciudad de nuestras islas.
Pero si nos fijamos en el sentido de la palabra y su concomitancia con palabras semejantes, como pueda ser catedrático ya vamos entendiendo su sentido porque la referencia o raíz de la palabra está en la cátedra. La cátedra es el lugar desde donde enseña el profesor, el catedrático; es el lugar del maestro, del que enseña y al que acuden los discípulos, los que le siguen, para aprender de su enseñanza.
La catedral es, pues, la sede de la cátedra de nuestro maestro en la fe que es el Obispo. La catedral hace entonces referencia a la Diócesis, esa porción del pueblo de Dios en un territorio determinado que es presidido y guiado por su Obispo, como verdadero sucesor de los apóstoles, y que con su enseñanza es nuestro maestro en la fe. Ya sea monumento o ya sea un sencillo templo por ser la sede del Obispo la catedral es la cátedra que nos congrega para alimentar nuestra fe bajo la guía del Obispo, como pastor en nombre de Cristo de la Diócesis y para celebrar el culto y la gloria del Señor.
¿Por qué me hago todas estas explicaciones? Es que en este día celebramos la fiesta de una catedral importante para toda la Iglesia. Hoy estamos celebrando la Dedicación de la Catedral y Basílica de san Juan de Letrán en Roma. ¿Por qué tiene importancia? Porque es catedral de Roma, es la sede del Obispo de Roma, en consecuencia del Papa, la catedral del Papa.
Estamos acostumbrados a ver al Papa en el Vaticano, en la Basílica de san Pedro y nos puede parecer que esa es la Catedral de Roma, pero no es así. No siempre el Papa vivió en el Vaticano, pues durante siglos vivió en los palacios de Letrán que están junto a la Catedral Basílica de san Juan de Letrán. Por circunstancias de la historia que no nos vamos ahora a detener a explicar se vino al Vaticano, pero la sede del Obispo de Roma sigue siendo siempre san Juan de Letrán. Es algo que muchas veces los cristianos desconocemos y que necesitamos aclarar porque muchas veces incluso los medios de comunicación nos confunden por ignorancia de los que nos trasmiten las noticias.
Es, pues, esta fiesta que hoy celebra la liturgia de la Iglesia algo importante para todos los cristianos y que hemos de vivir con hondo sentido eclesial sintiéndonos en verdadera comunión de iglesia con el Papa como vicario de Cristo en la tierra y pastor también de toda la Iglesia. Creo que puede ser una buena ocasión para que viviendo esa comunión eclesial también nuestra oración se eleve al Señor por toda la Iglesia, por sus pastores, y en este día de manera especial por el Papa.
Es una ocasión, y esto daría para otras más amplias reflexiones, y pensar cómo nosotros somos ese verdadero templo del Espíritu Santo, morada de Dios, porque en el bautismo así fuimos consagrados, y desde lo más hondo de nuestro corazón saber ofrecer un verdadero culto al Señor desde la santidad de nuestra vida y desde nuestras buenas obras cantar la gloria del Señor.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Seamos como cristianos y como Iglesia ese verdadero y santo templo de Dios donde cantemos para siempre la gloria del Señor

Seamos como cristianos y como Iglesia ese verdadero y santo templo de Dios donde cantemos para siempre la gloria del Señor

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3, 9-11.16-17; Juan 2,13-22

Comencemos diciendo que en este día 9 de noviembre la liturgia de la Iglesia celebra la Dedicación de la Basílica de Letrán en Roma. ¿Por qué es importante esta conmemoración para toda la Iglesia de manera que la liturgia nos la proponga como fiesta especial? La Basílica de san Juan de Letrán es la Catedral de Roma, es en consecuencia la catedral del Papa. Normalmente pensamos que por estar el Papa en san Pedro del Vaticano esa basílica es la catedral del Roma y no es así porque la catedral de Roma es la Basílica de san Juan de Letrán. Es la Iglesia madre de todas las Iglesias como la llamaron los Santos Padres desde antiguo y tiene por eso una especial importancia para toda la cristiandad.
Por otra parte el texto del Evangelio que se nos propone en esta fiesta nos habla de la expulsión por parte de Jesús de los vendedores del templo de Jerusalén.  ‘Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre’, les decía Jesús mientras cogía un azote y expulsaba del templo a vendedores y cambistas. ‘El celo de tu casa me devora’, recordarán los discípulos las palabras de la Escritura.
Y cuando le piden explicaciones de con qué autoridad se atrevía a realizar aquello Jesús les dice ‘Destruid este templo, y en tres días lo levantaré’. Y como no entendieran lo que aquello podía significar recordando cuanto tiempo les había costado la ultima restauración del templo, el evangelista nos comenta que ‘él hablaba del templo de su cuerpo’.
Muchas consideraciones nos podemos hacer en nuestra reflexión. Apuntemos algunas. El respeto y la valoración del templo es quizá lo primero que nos surge. ¿Qué son nuestros templos? ¿Para qué levantamos templos? Es el lugar del culto, donde los creyentes nos reunimos para dar culto al Señor cantando su alabanza, escuchando su Palabra, elevando nuestras oraciones, celebrando los sacramentos. Lugar santo, lugar sagrado que merece todo nuestro respeto y veneración que no solo consiste en la suntuosidad con que lo presentemos en la riqueza del arte o de las joyas con que lo adornemos, sino por el hecho en si de ser un lugar sagrado especial que nos ayuda a sentir y vivir la presencia de Dios.
Es lo que tienen que ser siempre nuestros templos; es lo que tenemos que cuidar; será la forma en que nosotros estemos en ello para ayudarnos mutuamente a vivir esa presencia del Señor. ¿Necesitaran una purificación nuestros templos cuando los hacemos excesivamente suntuosos, cuando los dedicamos a muchas cosas que no son el culto del Señor o cuando no nos portamos con el debido respeto al lugar santo que son?
Pensar en el templo y hacerlo en esta fiesta tan esencialmente eclesial como la que hoy celebramos nos hace pensar en la Iglesia, no ya el templo sino la comunidad cristiana. Una invitación primero que nada a vivir en comunión eclesial con el Papa, principalmente en este día en que estamos celebrando la fiesta de su sede. Pero uniéndolo al texto del evangelio que hemos escuchado podemos pensar en la purificación de la Iglesia. La Iglesia también necesita purificarse de muchas cosas que pudieran alejarla de su sentido original. Nos sentimos unidos al Papa en la tarea renovadora que está queriendo realizar en estos momentos en la Iglesia. Nos daría el tema para más amplias consideraciones.
Finalmente recordamos que el evangelista nos decía que hablaba del templo de su cuerpo. Una referencia clara a su resurrección. ‘En tres días lo reedificaré’, decía refiriéndose a la destrucción y reconstrucción del templo. Al tercer día Jesús salió victorioso del sepulcro, resucitó. Pero nos lleva a pensar que Cristo es el verdadero templo de Dios; en Cristo y a través de Cristo nos encontramos con Dios, con su amor, con su salvación; es con Cristo cómo damos verdadera gloria a Dios. Así lo expresamos en la liturgia en el momento culminante de la Eucaristía, en la doxología final de la plegaria eucarística. ‘Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre Omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por siempre’.
Y pensamos en el templo de nuestro cuerpo. Somos templos del Espíritu Santo, morada de Dios. ‘El Padre y yo vendremos a él y haremos morada en él’, nos decía Jesús en el evangelio. Cómo tiene que resplandecer de santidad de nuestra vida si somos conscientes de esa presencia de Dios en nosotros.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Sintiéndonos Iglesia vivimos la alegría de la gracia de Dios que a través de ella nos llega

Ez.  ; Salmo 45; Jn. 2, 13-22
‘El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios’, es el responsorio que hemos ido repitiendo en el salmo, como un eco del manantial que vimos manar debajo de la puerta del templo llenando de vida allá por donde pasaba, como hemos escuchado en la primera lectura.
Qué hermoso es el sonido del correr del agua por las acequias, como sentimos en nuestros campos; qué alegre melodía no solo para los oídos sino para el alma escuchar el cantarino brotar del agua de un manantial, el que haya disfrutado de esa experiencia puede hablarnos de su belleza; qué insinuante el discurrir del agua de un arroyo en medio de los campos o de los bosques.
Es la imagen que nos motiva para ese responsorio que repetíamos hecho oración y que manifiesta la alegría de nuestro corazón cuando sentimos el fluir de la gracia de Dios sobre nuestra vida y que nos ofrece la liturgia en este día en que celebramos la Dedicación de la Basílica de Letrán, Catedral de Roma y del Papa.
Una celebración la de este día de hondas connotaciones eclesiales que por una parte nos hace vivir en comunión con el Papa, el Obispo de Roma cuando celebramos la Dedicación de su Catedral, pero que nos hace reflexionar sobre el misterio de la Iglesia, del misterio de gracia y de vida divina que a través de ella fluye para enriquecer la vida de los fieles. Celebramos, es cierto, la Dedicación de un templo, pero no es un templo cualquiera, es de una gran resonancia eclesial, porque es la madre de todas las Iglesias cristianas.
Esa imagen que nos ha ofrecido la primera lectura de ese manantial de agua que va purificando y llenando de vida allí por donde pasa nos está hablando de lo que en la Iglesia celebramos y vivimos, de esa gracia del Señor que a través de ella nos llega. Contemplamos ese templo de donde brota ese manantial de agua viva que nos describe en el profeta y pensamos sí en la realidad mística que es la Iglesia, pero pensamos lo que en la Iglesia, en el templo santo del Señor, recibimos con la gracia de los sacramentos y con la Palabra de Dios que se nos proclama.
Es en el templo donde se reúne la Iglesia, la comunidad eclesial para celebrar al Señor, aunque ese templo material es como un signo de ese templo que somos nosotros, bautizados, que somos los que con nuestra vida santa queremos dar culto al Señor, dar gloria al Señor. El templo signo de la Iglesia, signo de lo que nosotros somos, porque hemos sido hechos templos del Espíritu Santo.
Es en ese templo donde celebramos los sacramentos, caudales de gracia y de vida para los creyentes que así veremos fortalecida nuestra fe, pero también llenos de la gracia del Señor cada día queriendo vivir más intensamente una vida santa. En el templo nos congregamos en Iglesia, manifestamos que somos una comunidad, que hay unión y comunión entre nosotros; reunidos en nuestros templos estamos siendo imagen de esa Iglesia, una y universal.
Será en ese templo donde al celebrar los sacramentos nos llenamos de la gracia del Señor que nos fortalece en el camino de la vida para apartarnos del mal y del pecado con la ayuda de la gracia divina y nos impulsa a una vida cada vez más comprometida en el amor. Es la imagen que nos ofrece hoy el profeta.
¡Cómo hemos de acudir a la Iglesia, porque en ella recibimos la gracia del Señor! Así quiso Cristo que fuera la Iglesia para nosotros; así se nos manifiesta como madre que nos alimenta, porque nos hace llegar, en la proclamación de la Palabra y en la celebración de los Sacramentos, la gracia del Señor, la gracia que Cristo nos ganó con su muerte redentora en la Cruz y con su Resurrección.

Que sintamos esos deseos de ser Iglesia, de vivir en comunión de Iglesia, estar siempre vinculados a la Iglesia. Es un hermoso regalo del Señor. ‘El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios’.

viernes, 9 de noviembre de 2012


Comunión entre los que creemos en Jesús para edificar el templo vivo de Dios

Apc. 21, 1-5; Sal. 45; Jn. 2, 13-22
‘Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo’.  Con estas palabras tomadas del libro del Apocalipsis, que luego hemos escuchado también en la proclamación de la Palabra, la liturgia quiere iniciar esta fiesta de la Dedicación de la Iglesia de Letrán. Cuando uno se acerca a esta Basílica de El Salvador, o San Juan de Letrán que de una y otra manera es conocida en Roma, al contemplar la belleza de tan hermoso templo estas imágenes descritas en el Apocalipsis de alguna manera se nos hacen presente en nuestra mente en la, repito, grandiosidad y belleza del lugar.
Alguien quizá podría preguntarse y por esta celebración en el calendario litúrgico de la Iglesia universal si en fin de cuentas es una Iglesia situada en Roma. Hay una razón poderosa, es la catedral del Papa, es la catedral del Roma, sede del Obispo de Roma que al mismo tiempo es Pastor de la Iglesia universal. Se trata, pues, de una reafirmación de nuestra fe apostólica, del sentido eclesial de nuestra fe, y de nuestra comunión con el Papa pero también con toda la Iglesia.
No se trata, pues, de un templo cualquiera, sino que tiene un significado muy especial para toda la Iglesia por los motivos que hemos mencionado. Sin dejar de lado este sentido eclesial de nuestra fe y este sentido apostólico de nuestro Credo, al celebrar la Dedicación de un templo también podríamos hacernos hermosas consideraciones para nosotros que hemos sido también ungidos para ser ese templo del Espíritu y esa morada de Dios que quiere venir a habitar en nosotros, como nos enseña Jesús en el Evangelio.
Por ese camino va, además, el sentido de la liturgia de esta fiesta expresado no solo en la Palabra proclamada sino también en los textos propios de esta fiesta como son las diversas oraciones y también el prefacio. Nos sentimos congregados en el templo construido con piedras, podemos decir, para expresar cómo se ha de manifestar de forma admirable el misterio de la comunión de Dios entre nosotros. Congregados quienes hemos sido convocados en Iglesia nos sentimos unidos, nos sentimos en comunión los que confesamos una misma fe, pero no es una comunión entre nosotros solamente lo que queremos expresar sino también nuestra comunión con Dios.
Por eso cuando aquí nos congregamos vamos haciendo crecer nuestra propia fe y nuestra vida, vamos edificando este templo de Dios que somos nosotros en la medida en que acogemos la Palabra de Dios que aquí se nos proclama y alimentamos nuestra vida cristiana, nuestra fe y nuestro amor, en los sacramentos que aquí en comunión celebramos. ‘En este lugar tú vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así la Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida, como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’, como proclamamos en el prefacio para expresar lo que aquí venimos a celebrar, el sentido de esta fiesta.
Un templo de Dios somos que hemos de cuidar y hacer resplandecer. Así como nuestros templos materiales donde nos reunimos, como hemos expresado más arriba, los queremos tener limpios y adornados, para que por una parte expresen lo que es el culto que queremos tributar a Dios con toda la mayor y profunda dignidad, así nosotros, verdaderos templos de Dios hemos de estar bien adornados por la virtudes y resplandecientes con la santidad de nuestra vida.
Como decía san Cesáreo de Arlés en una homilía en la dedicación de este templo, ‘debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la Iglesia cuando venimos a ella’. Y prosigue ‘¿deseas encontrar limpia la Basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la Basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea en verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta Iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: habitaré y caminaré con ellos’.
Hermosas consideraciones que nos tendrían que hacer reflexionar mucho. Que la celebración de la dedicación de este templo consagrado al Señor sea una llamada que sintamos en el corazón a la más viva comunión entre los que creemos en Jesús, sea una invitación a la vida de la santidad y de la gracia que no desoigamos, sea un punto de apoyo fuerte para nuestra conciencia de Iglesia, de nuestra pertenencia a la Iglesia universal en comunión con el Papa y con todos los Obispos. 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Vas edificando este templo que somos nosotros

1Cor. 3, 0-11.16-17;

Sal. 45;

Jn. 2, 13-22

Celebramos hoy una fiesta litúrgica que tiene especial significado y relevancia para toda la Iglesia, aunque nos pareciera que fuera, por así decirlo, sólo algo local referido a la Iglesia de Roma. Hoy es la Dedicación de la Iglesia de san Juan de Letrán. Asi la conocemos habitualmente como la catedral del Papa, porque es la sede del Obispo de Roma, de ahí su significación y relevancia. Su verdadero título es Archibasílica del Santísimo Redentor y de los santos Juan Bautista y Juan Evangelista, madre y cabeza de todas las Iglesias.

Esta celebración que nos ayuda a vivir en comunión con el Papa, como así tiene que ser para todos los cristianos, nos puede dar ocasión para hacernos hermosas reflexiones que nos ayuden a profundizar en el misterio de Cristo que se hace presente en nuestra Iglesia y en nuestra vida, como verdaderos templos del Espíritu que somos.

Quería fijarme de manera especial en el prefacio de la Misa de la Dedicación de la Iglesia. Así se nos dice, o decimos, como motivación de nuestra acción de gracias al Señor. ‘Porque en esta casa visible que hemos construido donde reúnes y proteges si cesar que hacia ti peregrina, manifiestas y realizas de manera admirable el misterio de tu comunión con nosotros’. Nos reunimos en el templo santo, congregado e invitados por el Señor, y en ese allí reuninos y congregarnos se está manifestando ese misterio de comunión con Dios.

Qué importante esta vivencia de la comunión, entre nosotros y con Dios. No tendría sentido hacerlo de otra manera, que no hubiera esa comunión entre nosotros. Cuántas consencuencias tendríamos que sacar para nuestra vida, para nuestra relación con los hermanos. No vivimos ni celebramos nuestra fe de forma aislada, separados unos de otros. Cómo tenemos en consencuencia que amarnos, sentirnos en unión y comunión, porque así manifestamos nuestra verdadera comunión con Dios.

Pero se dice algo más en el prefacio y también muy importante. ‘En este lugar, Señor, tú vas edificando aquel templo que somos nosotros, y así tu Iglesia, extendida por toda la tierra, crece unida como Cuerpo de Cristo, hasta llegar a ser la nueva Jerusalén, verdadera visión de paz’.

Nos reunimos en este templo material, esta casa visible que llamamos también iglesia, pero somos nosotros ese verdadero templo de Dios. Recordemos cómo hemos sido consagrados en nuestro bautismo. Y así constituimos todos la Iglesia, verdadero Cuerpo de Cristo, que camina hacia la Jerusalen del cielo, donde un día gozaremos de la visión de Dios. Lo que aquí ahora celebramos en la liturgia en este templo visible que es la Iglesia, es un anticipo y preparación para lo que vamos a vivir en la gloria de Dios en el cielo.

Esto tiene también sus exigencias para nosotros. Y la primera exigencia es la santidad de nuestra vida. Cómo tenemos que resplandecer de santidad. Cómo tienen que brillar en nosotros esas perlas preciosas que son nuestras buenas obras. Si nos gusta cuidar nuestros templos, tenerlos limpios, bellamamente adornados e intentamos buscar lo mejor para su ornamentación porque decimos que son templo santo que nos ayudan a sentir y vivir la presencia de Dios, ¿por qué no pensamos en cómo tenemos que brillar nosotros por la santidad de nuestra vida, que somos también ese templo santo de Dios? Adornemos nuestro espiritu y nuestro corazón con las mas bellas virtudes porque en nosotros mora el Espíritu Santo de Dios.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ , nos decía el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios. Y Jesús nos ha hablado en el evangelio del templo que es su cuerpo. ‘Destruid este templo y en tres días lo reedificaré’, les dice cuando ellos pensaban que se estaba refiriendo a aquel templo de Jerusalén. Como dice el Evangelista ‘El hablaba del templo de su Cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos se acordaron de que lo había dicho’.

Cuidemos, pues, la santidad de nuestra vida porque somos ese templo de Dios.

http://www.vatican.va/various/basiliche/san_giovanni/vr_tour/index-it.html para visitar de forma virtual la basilica de san Juan de Letrán