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viernes, 25 de julio de 2025

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

 


Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

¿Desde donde edificamos nuestra vida? Desde lo que somos, con esa madera que tenemos, la nuestra, no la que otros quizás quieran imaginar o desear o quizás desde la que nosotros quisiéramos tener; es la rudeza y de nuestra vida en su propia realidad, la que somos con nuestras callosidades o nuestros nudos, con su parte de madera más blanca o más dúctil, pero también con nuestra fuerza interior, con nuestras ambiciones y nuestras pasiones, que no podemos dejar de lado porque forman parte de nosotros también; no se trata de descartar o destruir, sino de ser capaz de aprovechar lo que hay en nosotros para en ello tratar de esculpir la mejor figura, la mejor persona, que no se va en apariencias, sino que trata de sentir plenitud en si misma pero también de ser, podíamos decir, útil a los demás; por eso no pensamos solo en nosotros, sino también en ese lugar en el que estamos o donde seremos llamados a realizar nuestra vida, que tiene que ser también para los demás, y con esa barca que hemos hecho de nuestra vida nos conducimos, navegamos hacia el encuentro de los otros para llevar lo mejor que en ella llevamos, que en nosotros llevamos.

Mira tu vida en esta reflexión que te ofrezco y piensa en lo que eres y en lo que te puedes transformar, pero descubre también cuál es tu misión porque en cuanto te sucede también hay una llamada, como la que hizo un día Jesús a aquellos pescadores de Galilea.

Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago y he querido comenzar con esta reflexión, porque al escribirla y hacérmela he estado pensando precisamente también en el apóstol y en su vida. Un pescador y una barca, un oficio con toda su dureza que no era solo para sí mismo en unas ganancias que pudiera obtener, sino que tenía su función para los demás, portador de alimento en aquellos peces para muchos. Un día el lago se quedó corto porque a su lado pasó un profeta que iba reclutando pescadores para otros mares más amplios; no sería ya solo pescador de peces sino de hombres, no sería el lago de Tiberíades sino llegar hasta el fin del mundo conocido, llegó hasta el Finisterre, al fin de la tierra conocida entonces con la misión de pescador que había recibido. No se rehusaba a aquel oficio, muchas veces a lo largo del evangelio lo veremos cruzando una y otra vez aquel lago, sino que se transformaba.

Pero tuvo que hacer un camino, para pulir aquella madera a pesar de las callosidades de sus ambiciones y sus sueños; muchas veces seguían discutiendo entre ellos sobre quien sería el más grande o importante y Jesús seguía señalándoles el camino; su madre intervendría también en aquellos sueños de sus hijos y se convertiría en mediadora – lo que hacen siempre las madres – pero aprenderían de un bautismo y bautismo de sangre por el que habían de pasar, de a pesar de sus impulsos por correr y querer transformarlo todo de una vez, habían de aprender a quedarse los últimos, porque ahí está el mejor servicio que pudieran realizar ayudando a los que menos podían caminar.

Tendría sus momentos de luz, que alimentaban mejor sus impulsos como en el Tabor, estaría también allí donde desde lo que parecía un sueño de muerte renacía la vida como en la casa de Jairo, pero también sabría de lo que era el dolor más intenso que hace sudar sangre en la cercanía de Jesús en Getsemaní. Así se fue tallando aquella madera, así podría ponerse en marcha aquella barca hasta lejanas tierras porque allí también tenían que enseñar todo aquello que habían aprendido de lo que era el amor y el amor hasta el final. Pero estaría también en el momento oportuno, donde se convirtiera en el primer testigo, en el primero de los del grupo de los apóstoles que derramara su sangre, que diera su vida.

Y hoy nosotros contemplamos su figura, esa madera tan variada en su composición que tenía sus nudosidades pero que tenía el mejor material y podemos así celebrar la obra de Dios en él. Nos creemos muchas veces en nuestros orgullos que lo que somos o lo que hemos conseguido solo es fruto de nosotros mismos y de nuestros particulares esfuerzos y nos olvidamos de la obra de Dios en nosotros; es El quien nos ha ido tallando, puliendo, haciendo brillar lo mejor que ha puesto en nosotros, porque esos acontecimientos, muchas veces quizás duros, por los que hemos pasado, esas personas que han estado cerca de nosotros y nos han echado una mano con su palabra y su consejo, con su presencia que nos daba ánimos o nos hacía ver las cosas de otra manera, todo cuando ha ido sucediendo en nuestro derredor tenemos que reconocer que ha sido un don de Dios para nuestra vida, que nos manifestaba su amor, que nos acompañaba en nuestro camino, que nos daba esa fortaleza que necesitábamos, que nos impulsaba a algo nuevo y mejor, que nos hacía mirar a lo alto. Es la obra de Dios en nosotros, misteriosa muchas veces porque nos ha costado leerla, pero grandiosa siempre porque grande es su amor que así ha derrochado su gracia sobre nosotros.

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros. Trajo la fe a nuestras tierras españolas, pero sobre todo nos hizo descubrir, nos sigue haciendo descubrir ese amor de Dios que se derrama abundantemente en nuestra vida. Y todo eso tiene que tener unas consecuencias para nosotros. Tenemos que descubrirlas.

 

martes, 24 de mayo de 2022

Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

 


Nos enviará Jesús el Espíritu que no solo nos liberará de nuestros agobios, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Hay ocasiones en que nos ponemos tristes, nos ponemos tensos y agobiados solamente pensando en el futuro. Hay personas, y nos puede pasar algunas veces a nosotros, que solo pensando en lo que nos pueda suceder mañana, ya nos hace llenarnos de agobios; de alguna manera buscamos seguridades, buscamos seguridad ante el futuro. ¿Qué va a ser de mí? Si me sobreviene una enfermedad, ¿cómo la afrontaré? Y los padres se preguntan por el futuro de los hijos, o pensamos en nosotros mismos que nos podamos quedar solos en la vida. Muchas cosas que nos agobian. ¿Dónde encontrar la confianza que nos dé seguridad en la vida?

Ante los imprevistos que nos pueda presentar la vida hay quien se agobia sin que nada le haya sucedido. Nos tambaleamos muchas veces, nos sentimos inseguros, nos trabajamos unas seguridades en lo social para que tengamos las cosas resueltas y aun así nos agobiamos. ¿Serán las inseguridades que llevamos en nuestro interior? Nos faltan quizá certezas, queremos tener respuestas para todo y en ocasiones nos quedamos sin saber qué responder o cómo afrontar lo que nos puede venir. Y vienen las tristezas, la falta de una verdadera alegría por esa inseguridad en la que vivimos, por esa quizás desorientación que pudiera haber en nuestro interior. ¿Nos faltará valentía en la vida?

Necesitamos una fortaleza interior. Como el edificio que tiene que tener unos sólidos cimientos, pero también una muy elaborada estructura que no solo de forma, sino que dé fortaleza a todo el conjunto del edificio. Serán los valores por los que regimos nuestra vida, los principios que dan fundamento a lo que vamos haciendo en la vida, es esa riqueza interior que nos hemos ido creando para dar respuestas, para encontrar soluciones, para mantener la serenidad del espíritu frente a las tormentas que nos va ofreciendo la vida. Lo podemos llamar espiritualidad, o lo podemos llamar vida interior, es el alimento de nuestro espíritu que no es solo el alimento con que nutrimos nuestro cuerpo. De este alimento nos preocupamos, pero qué poco tenemos en cuenta ese otro alimento que nutra nuestro espíritu.

Hoy Jesús, ante la tristeza que se va apoderando de los discípulos por todo aquello que Jesús les está anunciado, les habla de la presencia del Espíritu que les enviará desde el seno del Padre. Físicamente van a dejar de ver a Jesús pero una nueva presencia van a sentir por la fuerza del Espíritu. No tendrán a Jesús que una y otra vez les corrija y les enseñe, tan duros como son de corazón y de mente, pero el Espíritu se los recordará todo.

‘Os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’, les dice Jesús. El Espíritu que nos hará ver el juicio de Dios, pero el Espíritu que será nuestra luz y nuestra fuerza, que nos liberará de las peores angustias porque hará que se caigan tantas cadenas que nos atan en la vida, el Espíritu que pondrá alegría en el corazón porque nos hará sentir de manera nueva la presencia de Jesús, aunque podamos estar por otra parte pasando por noches oscuras de sufrimientos o de problemas. Es el Espíritu que en verdad nos hará grandes porque no solo nos liberará de apegos o de angustias, sino que nos fortalecerá y nos hará crecer para darnos esa seguridad y riqueza interior.

 

sábado, 11 de septiembre de 2021

No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

 


No dejemos que el edificio de nuestra fe y nuestra vida cristiana se levante de cualquier manera sino que sea sobre los cimientos sólidos del evangelio

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49


En las cercanías de mi casa van a levantar un edificio; llevan ya unos cuantos meses preparando la cimentación; uno que no entiende demasiado de edificaciones al ver todo el tiempo que han invertido en preparar la cimentación se pregunta si era necesario todo lo que han hecho excavando el terreno, quitando la tierra que lo conformaba, comenzando con un nuevo relleno y así no sé cuantas cosas más; ahora parece que ya van a comenzar a levantar el edificio. Pero si preguntamos a un perito o técnico nos dará muchas explicaciones sobre la necesidad de que la cimentación estuviera bien firme para poder dar seguridad a la edificación.

Pienso en la vida, en mi vida y en todo lo que es la formación de la persona a la que se ha de dedicar el tiempo que sea necesario para encontrarnos al final con una persona debidamente formada y preparada en todos los aspectos, una persona madura que pueda afrontar todos los retos de la vida. Quizá cuando estamos en ese periodo de formación, nos preguntamos muchas veces como aquel que veía la preparación de la cimentación del edificio, si todo eso es necesario, que ya la vida misma nos enseñará y cada uno sabrá salir adelante como pueda. Grave error que podemos cometer.

Es el ejemplo y la comparación que nos propone hoy Jesús en el evangelio para lo que ha de ser la verdadera cimentación de nuestra vida cristiana. Muchas veces lo dejamos al azar, a lo que salga, a lo que buenamente podamos ir aprendiendo, pero no nos hemos fundamentado la mayor parte de las veces en lo que en verdad tiene que ser nuestro fundamento. Y así vamos los cristianos con nuestra mediocridades, así vamos con nuestra superficialidad, así vamos con nuestra tibieza y nuestras desganas, con nuestra falta de compromiso y con nuestro testimonio pobre, así vamos con una espiritualidad que no tiene fundamento, así vamos simplemente dejándonos arrastrar por tradiciones pero no convirtiendo nuestra fe en el eje fundamental de nuestra vida.

Nos habla Jesús de la casa cimentada sobre roca o la casa cimentada simplemente sobre arena. Y como nos dice Jesús vendrán los temporales, vendrán las tempestades, vendrán los vientos y las lluvias y la casa no resistirá. Nos está pasando en la dejadez con que vivimos nuestra vida cristiana. Todos quizás muy preocupados de que el niño se bautice lo más pronto posible – cuantas angustias de muchas abuelas que ven que sus nietos no han sido bautizados a los pocos días – pero qué poca preocupación luego por darle a ese niño según vaya creciendo una verdadera formación cristiana que le haga madurar en su fe. Claro que muchas veces en los mayores la fe es poco madura y poco fundamentada. Luego nos parecerá mucho los años de catequesis, y veremos como una carga el pensar que tenemos que seguirnos formando y madurando en nuestra fe.

Cuando llegan los problemas de la vida no sabemos cómo afrontarlos desde un sentido cristiana; cuando vemos los problemas de nuestro mundo pronto queremos encontrar el milagro fácil que nos lo resuelva todo, pero cuando nos preguntan por la razón de nuestra fe nos quedamos callados y no sabemos cómo responder. Han faltado esos cimientos y esas columnas que sostengan de verdad el edificio de nuestra vida cristiana.

Por sus frutos los conoceréis, nos está diciendo Jesús en el evangelio. Y el árbol bueno tiene que dar frutos buenos, pero ¿cuáles son nuestros frutos? De lo que hay en el corazón habla la boca, nos dirá también Jesús, pero ¿qué es lo que hay en nuestro corazón muchas veces sino superficialidad? ¿Qué es lo que en verdad podemos decir de nuestra fe?

Interrogantes y planteamientos que nos tenemos que hacer. Dejemos que en verdad cale en nosotros el evangelio de Jesús. Muchas veces se ha quedado como una llovizna superficial que solo en algunas cosas externas nos ha empapado, pero no ha llegado a calar esa lluvia de la Palabra de Dios hasta la raíz profunda de nuestra vida.

miércoles, 28 de octubre de 2020

A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

 

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A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Todos lo sabemos. Un edificio no se construye solo ni lo construye una sola persona. Un promotor tendrá la idea, aquí quiero construir un edificio, y nos dará algunas características de lo que él sueña para aquel edificio; pero tendrá que acudir al arquitecto que elabore el proyecto y luego a los constructores que lo levanten; ni la elaboración del proyecto será solo obra del arquitecto – como se ve que tengo algún amigo arquitecto, ¡je je je! – sino que serán muchos los que colaborarán en su diseño y el proyecto definitivo, como no será solo un constructor sino que tendrán que intervenir diferentes especialista para llevar la obra hasta el final, según aquel proyecto deseado por el promotor y diseñado por el arquitecto. Cuántas personas han de colaborar en la construcción de aquel edificio.


¿Y a qué viene todo esto? Se podrá estar preguntando alguno. Hoy estamos celebrando la fiesta de dos santos Apóstoles, san Simón y san  Judas Tadeo; por supuesto además del poco conocimiento que tenemos de estos dos apóstoles, tampoco nos vamos a quedar en las leyendas populares que nos hablarán de unos santos muy milagrosos y a los que tenemos que rezarles en determinadas circunstancias, manifestando la pobreza espiritual con que vivimos tantos cristianos.

Quiero centrarme en la Palabra del Señor que se nos ha proclamado y en un texto de la carta de san Pablo a los Efesios que leemos habitualmente en las festividades de los apóstoles y que nos habla de que ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Un edificio, una construcción como seguirá diciéndonos, unos cimientos, una piedra angular que lo ensambla todo. Eso somos como Iglesia y esa es la construcción en la que todos nos tenemos que sentir comprometidos. Como termina diciéndonos el apóstol ‘por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu’.

Pero veamos unas cosas esenciales también de la que nos habla el evangelio. Hoy nos dice que Jesús pasó la noche en oración, y a las primeras luces del alba llamó a los discípulos y de entre ellos escogió a Doce a los que constituyó Apóstoles. Nos da la referencia y el listado. Ellos iban a tener una función especial; san Pablo luego nos hablará del cimiento de los apóstoles sobre el que estamos edificados. Y eso fue haciendo el Señor con aquellos doce, convertirlos en cimiento.

¿Por qué aquellos doce y no otros si algunos les salieron ‘rana’? Pedro lo negó y siguió confiando en él; Tomás lleno de sus dudas que siempre estaba haciendo preguntas, luego no estaría presente en la primera aparición de Jesús resucitado al grupo y pedirá pruebas palpables de que en verdad era Jesús, pero Jesús había seguido contando con él; Santiago y Juan andarían ambiciosos y queriéndose quizá aprovechar del parentesco - ¿o sería la influencia de la madre? – para ocupar primeros puestos en el reino nuevo, pero Jesús siguió contando con ellos; Mateo eran un recaudador de impuestos y no era bien mirado por los principales del pueblo, porque lo consideraban un publicano y un pecador, y sin embargo Jesús lo había llamado; Judas Iscariote le robaba y al final lo entregó por treinta monedas y sin embargo lo mantuvo en el grupo.

Una lección podemos aprender y es que Jesús quiere contar con todos, no importa sus debilidades o sus mayores o menores cualidades. No es la obra de los hombres, es la obra de Dios pero que sin embargo Dios quiere contar con nosotros y también con nuestras debilidades, porque así nos enseña como El está buscando a todos sin distinción, aunque seamos pecadores. Pensemos en tí y en mí, ¿somos realmente tan perfectos? ¿No estaremos llenos de debilidades? Tú y yo sabemos cuales son nuestros pecados, nuestras caídas, nuestras reincidencias, nuestras negaciones y traiciones a lo lago de la vida. Alguien quizá no querría contar con nosotros y quizás nos dejaría a un lado.

Pero Jesús ha querido contar conmigo a pesar de todo, y Jesús ha querido contar contigo y tú sabes bien los secretos que guardas en el corazón. Solo tenemos que hacer una cosa, estar dispuesto a seguirle, a irnos con El, a dejarnos cautivar por su amor, a llorar nuestras debilidades pero a sentir el gozo que El nos permita llevar nuestra mano hasta sus llagas para reconocerle.

Ah, aquí está algo importante, saber ver las llagas de Cristo hoy y reconocerle, en esos hermanos que vemos quizá tirados junto al camino, en esos a los que nadie quiere porque tienen no sé que vicios o porque son injustos y perversos, en esos que caminan en la soledad abandonados de todos y a los que vemos siempre sus defectos… son tantas las llagas de Cristo que tenemos que reconocer.

Dos cosas para terminar, a aquellos que había llamado los envió a curar y a predicar; pensemos pues la tarea que tenemos por delante. Pero otro detalle que quiero resaltar, Jesús bajó de la montaña, llegó a la llanura y se encontró una muchedumbre que le esperaba. ‘Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos’. Venían a verlo, a escucharlo y a que El los escuchara; venían con sus tormentos en el alma y sufrimientos para que Jesús los curara ‘y salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

¿Será eso lo que nosotros estamos haciendo cuando vemos esa multitud a nuestro alrededor? ¿Será eso en verdad lo que hace la Iglesia, o andaremos por otros intereses y preocupaciones que parece que están lejos de lo que el Señor hacía? Recordemos lo que decíamos al principio ese edificio somos todos, lo construimos entre todos, y de todos es la responsabilidad de que cumpla su función.

 

jueves, 11 de junio de 2020

Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio


Busquemos la belleza del edificio de nuestra vida cuando hemos sabido asentarlo en el fundamento de Cristo y nos hemos revestido de los valores del evangelio

Hechos 11, 21b-26; 13, 1-3; Sal 97; Mateo 5, 20-26
Ayer hablábamos de los pequeños o grandes bloques que aunque algunas veces no veamos forman parte de la estructura de un edificio y que tienen su importancia en la construcción del mismo, igual que las paladas de hormigón que enterramos para hacer los cimientos que sustenten luego dicho edificio. Pero hablamos también de la belleza de su conjunto pero de alguna manera hemos de mencionar aquellos aspectos, aquellas siluetas o aquellas formas que van a manifestar también externamente su belleza y su fortaleza.
Hay lugares o aspectos en que el arquitecto y constructor como un artista se esmerará más pues de alguna manera va a dar una imagen de aquello que estamos construyendo pero que además nos manifiesta lo que van a ser características de aquello para lo que fue construido. Es una armonía de líneas en un sentido o en otro pero que nos quieren manifestar la fuerza y la vida propia de aquel edificio.
Seguimos pensando en nuestra vida y en nuestra vida como creyentes y como cristianos que nos asentamos sólidamente en la roca que es Cristo, pero que no está en el fondo de nuestra vida como un adorno o como si de un apellido bonito se tratara. Esa fe que tenemos en Cristo es lo que de verdad nos cohesiona, pero que va a dar también el sentido de lo que hacemos y de lo que vivimos. Y es que si somos cristianos nuestra vida no está al margen del sentido de Cristo – porque además sería un sin sentido – sino que nuestra vida ha de estar impregnada de ese sentido de Cristo, de esos valores que nos enseña a vivir que a la larga no es sino vivir su misma vida.
Todo lo que hacemos y todo lo que es nuestra vida tiene que tener esa impronta de Cristo, ese sentido de Cristo; no lo podremos nunca vivir al margen del sentido de Cristo que descubrimos en su evangelio. Y es que en todo lo que hacemos y vivimos tenemos que reflejar a Cristo, porque vivimos su misma vida, porque vivimos en su mismo amor. Marca nuestra relación con los demás, marca nuestra relación con Dios, marca la dignidad con que vivimos nuestra propia vida.
Será entonces nuestra manera de relacionarnos con los demás, será nuestro trato y la delicadeza que pondremos en todas nuestras relaciones humanas, será la armonía que tratamos de vivir con los demás logrando una feliz convivencia de los unos con los otros, será la manera de resolver nuestras diferencias para lograr que siempre nuestro encuentro con los otros sea un encuentro para la felicidad y para el amor. Nada tendría que romper esa armonía, ninguna actitud nuestra tendría que poner en peligro nuestra convivencia, ningún gesto ni ninguna palabra nuestra tendría que hacer sufrir al otro porque no estuviera expresa con la delicadeza del amor.
Son los aspectos en los que incide de manera especial hoy Jesús en el evangelio que hemos escuchado. Nos habla del respeto a la vida de la otra persona, pero no ya solo en lo físico sino en lo que moralmente podamos darle cuando nuestras palabras o con nuestras actitudes. ‘Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás, y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado’.
Y nos habla de reconciliación y de encuentro de manera que no podemos decir que vamos al encuentro con el Señor si hemos tenido un desencuentro con el hermano. Y nos habla del diálogo en nuestros conflictos, porque siempre pueden surgir desavenencias, pero que hemos de resolverlas siempre buscando la paz, siempre desde el amor que sentimos por el hermano.
Detalles, aspectos enriquecedores de nuestras relaciones; aspectos y detalles que reflejan lo que es la belleza del amor; aspectos y detalles que si sabemos superar nos llenarán de alegría el corazón porque están creando armonía, porque están creando unas relaciones de paz. La belleza del edificio de nuestra vida cuando en verdad la tenemos asentada en Cristo y en sus valores. Esmerémonos de verdad en la construcción de nuestra vida en todos sus detalles sobre el fundamento del amor


miércoles, 10 de junio de 2020

Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor



Insignificantes bloques, ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio, fundamentos de nuestro camino de amor

1Reyes 18, 20-39; Sal 15; Mateo 5, 17-19
Cada bloque, cada palada de hormigón tiene su lugar y su importancia en la construcción de un edificio; no porque aquellos bloques queden a ocultas de la visión de la gente, o porque aquella palada de hormigón quede enterrada bajo tierra en la forja de los cimientos del edificio es menos importante o valioso que el resto de elementos con los que iremos conformando dicho edificio. Quizás nos esmeremos más en la belleza externa que le podamos dar a ciertos elementos porque van a conformar la figura y la imagen del edificio, pero la belleza y la fortaleza está en su conjunto que le daría la forma y la estabilidad que necesita para que cumpla con sus funciones.
Algunas veces hay cosas de las que decimos que son muy importantes y valiosas y no negamos ni su importancia ni su valor, pero hay muchas cosas que pueden pasar imperceptibles para la mayoría pero que serán gestos y valores igual de enriquecedores para aquellos con los que tengamos dichos gestos. Descubrir el valor de cada cosa, pero saber resaltar esas pequeñeces que se convierten en grandes gestos es una sabiduría en la que tenemos que ejercitarnos y que tenemos que aprender.
Así vamos construyendo nuestro camino de fe, el camino de la vida cristiana. Camino decimos, porque es ponernos a seguir a alguien, es dejarnos cautivar de un amor que lo queremos convertir en el amor de nuestra vida. Hemos descubierto un amor y queremos corresponder a ese amor. Porque lo hemos de tener claro, no son solo voluntades, buenas voluntades que nosotros tengamos, sino que nos hemos sentido envueltos en el amor, el amor de Dios que fue primero y queremos caminar en ese amor.
Cuando amamos, porque nos sentimos amados, lo que queremos en todo es corresponder a ese amor, y entonces comenzaremos a hacer de nuestra vida lo más parecido que podamos a lo que es ese amor que sentimos. Y decimos que queremos hacer su voluntad, descubrir lo que a Dios le agrada y fundamentalmente es que vivamos en ese amor y repartamos ese amor en nuestro derredor. Por eso decimos que queremos hacer su voluntad, hacer lo que le agrada al Señor. Lo llamamos mandamientos, porque es la palabra que desde siempre ha querido expresar lo que es la voluntad de Dios, pero cuando nos sentimos envueltos en el amor y nosotros queremos amar de la misma manera no lo hacemos simplemente porque esté mandado, sino porque queremos vivir en ese amor.
Claro que aparecen nuestras flaquezas y nuestras debilidades, y tenemos el peligro de que se nos enfríe ese amor y ya no amemos con la misma intensidad, que nos aparezca nuestro yo egoísta y comencemos más a pensar en nosotros mismos que en ese amor que tenemos que dar. Es la flaqueza de la humanidad de todos los tiempos. Y aparece la pedagogía divina que nos señala unos cauces, normas les decimos también, que nos van marcando ese camino que tenemos que recorrer tanto en nuestra relacion con Dios como con los demás para que no olvidemos el camino, para que no nos salgamos del camino. Y cada una de esas señales que nos trazan el cauce de nuestro camino son importantes; por eso no decimos que estas señales, estos mandamientos nos los podemos saltar, y solo los más importantes son los que tenemos que cumplir. Indicaría eso la pobreza de nuestro amor.
Es lo que nos dice Jesús que no viene a suprimir los mandamientos sino a darles plenitud; es lo que nos señala que no podemos saltarnos ninguno de esos mandamientos porque no los consideremos importantes sino que la grandeza de nuestro amor está en esa fidelidad también a aquello que nos parece pequeño. ‘Quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’. Son esos insignificantes bloques, esas ocultas paladas de hormigón tan necesarias e importantes en la construcción del edificio.

viernes, 16 de agosto de 2019

Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre


Un proyecto de vida en común al que hemos de poner sólidas bases para mantener una fidelidad para siempre

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12
Si queremos construir un sólido y bello edificio que se mantenga firme con el paso de los años y no tengamos que estar pronto reparando grietas o que pronto se ponga en peligro su estructura ya procuraremos unos sólidos cimientos, pero también nos preocuparemos de los mejores materiales, arquitectos y maestros de obra que lo lleven a su culminación. No significa eso que luego no tengamos que cuidar su mantenimiento para que conserve su belleza y lo podamos utilizar en los fines para los que fue construido.
No quiero andar yo ahora de constructor que técnicos hay en la vida que lleven a cabo su obra, pero sí pienso que esta imagen que hemos querido plasmar aunque sea imperfectamente nos puede valer para muchas cosas en la vida. No nos lanzamos a realizar un proyecto en la vida sin haberlo considerado bien previamente viendo las posibilidades pero estudiando cada detalle de los pasos que tendríamos que ir dando para llevarlo a cabo. No nos quedamos solamente en los sueños de un día, o en unos primeros impulsos que nos podrían inspirar grandes ideas o grandes cosas a realizar. Un primer momento, si queremos decirlo así, de inspiración, pero luego un arduo estudio y trabajo para poderlo realizar.
Así es la vida, así son las cosas que vivimos con toda la creatividad que podamos o tengamos que ponerle, pero es necesario un cuidado y un esfuerzo, hay un gran proyecto de vida que no lo construye uno solo sino que es necesario básicamente una pareja aunque luego vendrán apareciendo otros intervinientes que es el matrimonio y la familia. Algo que como hemos venido diciendo necesita unos sólidos cimientos y exige una ardua construcción.
Desde esos impulsos del corazón y también de nuestros deseos carnales, por qué no decirlo también, muchas veces queremos apurar su construcción y damos por sentado con unas mínimas cosas que ya el edificio está construido y queremos ponernos a vivir en él. Esos impulsos y esos deseos pueden ser un buen arranque – son quizá la inspiración de ese proyecto - pero a los que hemos de dar forma con exquisita delicadeza y cuidado, que quizá no siempre tenemos o ponemos lo suficiente.
Unos sólidos fundamentos, es cierto, de amor y de sinceridad, que nos lleve a un profundo conocimiento de la persona para descubrir cuanta riqueza hay en cada uno pero que han de valernos como un enriquecimiento mutuo incluso en la diversidad de cualidades o pareceres que cada uno pudiéramos tener. Y cuando estamos hablando de amor hemos de cuidar que no sea un amor egoísta que solo busque satisfacciones personales o individuales, sino hemos de comprender todo lo que significa de donación de si mismo, puesto que quien ama se da para buscar el bien y la felicidad del otro, que en un amor mutuo y verdadera será siempre un bien común conseguido.
Hoy le plantean a Jesús en el evangelio el tema del divorcio, como seguimos planteándonoslo en nuestro tiempo. Jesús recuerda lo que es la voluntad de Dios, el plan de Dios desde el principio y nos recuerda también la terquedad del corazón del hombre tan lleno de debilidades. Jesús quiere que le pongamos verdadero fundamento y El con su gracia promete estar junto a nosotros en ese camino de la vida. El sacramento, dignidad a la que Jesús ha elevado el matrimonio significa esa presencia de Dios, porque el amor del hombre y la mujer ha de ser signo también de lo que es el amor de Dios y en el amor de Dios ha de tomar el ejemplo y la fuerza para realizarlo.
Somos débiles es cierto y nuestra vida se nos agrieta por muchos lados, pero nos olvidamos de lo que ha de significar la gracia de Dios en nosotros. Porque el sacramento no es solamente aquel primer momento de la vida matrimonial en la celebración, sino que el sacramento ha de ser toda la vida, en toda la vida sentir esa presencia de Dios que no nos falla y nos ayudará a mantener esos sólidos fundamentos de nuestro matrimonio. Pongamos sólidas bases a su construcción.

jueves, 6 de diciembre de 2018

Una vida sin sólido fundamento se hace superficial y está al albor de cualquier viento que nos mueva como una veleta cuando no nos fundamentamos en la Palabra de Dios


Una vida sin sólido fundamento se hace superficial y está al albor de cualquier viento que nos mueva como una veleta cuando  no nos fundamentamos en la Palabra de Dios

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Cómo nos admiramos cuando nos encontramos con un bello y sólido edificio en el que notamos, es cierto, la antigüedad de su construcción, pero que a pesar del paso del tiempo se mantiene firme frente a todos los temporales que habrá sufrido con el paso del tiempo y en el que no solo contemplamos su solidez, sino al mismo tiempo su belleza porque ha sido bien cuidado y conservado.
Una sólida construcción en la que admiramos también su fortaleza que parece que nada ni nadie lo pudiera derribar mientras quizá en sus cercanías pudiéramos contemplar edificaciones mas cercanas en el tiempo pero que sin embargo están deterioradas y a punto de derrumbarse. Diferencia grande en la solidez de su construcción bien cimentada, porque cuando nos falla lo que tenemos bajo los pies, fácilmente todo se nos va abajo en la vida.
Ya estamos queriendo ver el significado que damos a esta imagen. Así es la vida de las personas, nuestra vida; cuando estamos bien cimentados nuestra vida se mantendrá sólida y firme. Son importantes los cimientos de valores que vayamos dándole a nuestra vida en esos momentos de nuestro crecimiento personal con la educación que recibimos para darle solidez a nuestra vida, para que no se nos quede en una superficialidad de apariencias y vanidades.
Pasa con demasiada frecuencia. Nos damos cuenta cuando vemos el actuar de una persona si hay en ella principios, si su vida está edificada en unos sólidos valores. Cuantos vemos a nuestro lado que parece que van volando siempre sobre su superficialidad y cómo admiramos a las personas con sólidos valores.
Hoy Jesús nos está recordando esos fundamentos profundos de nuestra vida sin los cuales nuestra vida se derrumbará. Cuantas veces vamos desorientados por la vida, y lo que es peor zarandeados de una lado para otro porque cuando no estamos bien agarrados a unos cimientos fuertes cualquier viento de nuevas doctrinas, de nuevas corrientes de pensamientos nos llevarán de un lado para otro. Es la triste superficialidad con que vivimos nuestra fe y en consecuencia lo que tiene que ser nuestra vida cristiana.
Nos pone Jesús la imagen del edificio cimentado sobre roca o del edificio cimentado en las arenas movedizas que no tienen verdadero fundamento. Y nos habla de la Palabra de Dios, de la Sabiduría de Dios en la que hemos de fundamentar nuestra vida. Aunque luego tantas veces queremos edificar nuestra vida a nuestra manera, a nuestro capricho y decimos que ni Dios tiene que ser quien nos de el sentido de nuestra vida sino que nosotros nos lo buscamos a nuestra manera. Queremos vivir en la anarquía de nuestros caprichos. Son los tristes derroteros por los que andamos tantas veces.
Busquemos ese cimiento firme de la ley del Señor. Busquemos esa verdadera sabiduría que encontramos en la ley del Señor. Escuchamos su Palabra en lo hondo del corazón para saber descubrir en todo momento lo que es la voluntad de Dios. No queramos ser tan autosuficientes, tan orgullosos que queramos valernos por nosotros mismos. Dejemos que el Espíritu de Sabiduría nos guíe en nuestro interior.

viernes, 9 de noviembre de 2018

La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor




La imagen de la Iglesia ha de ser siempre la de la unidad y la comunión porque nuestro distintivo es el amor

Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Sal 45; 1Corintios 3,9-11.16-17; Juan 2,13-22

‘Sois edificio de Dios… mire cada uno como construye… Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo…’ Así nos lo recordaba el apóstol san Pablo en la carta a los Corintios. Y nos propone la liturgia este texto  en el día en que estamos celebrando la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán que es la Catedral de Roma.
Es importante la celebración de esta fiesta litúrgica. San Juan de Letrán es, como decíamos, la Catedral de Roma, la Sede del Obispo de Roma, es decir, del Papa. Aclarar para quien tenga confusión que aunque veamos al Papa en el Vaticano y las grandes celebraciones tengan lugar en la Basílica de san Pedro o en su plaza de todos tan conocida, la catedral, la sede del Papa, del Obispo de Roma esa san Juan de Letrán. También durante siglos el Papa vivió en los palacios lateranenses que están junto a esta basílica-catedral, aunque por razones históricas en las que ahora no vamos a entrar fue el Vaticano la residencia del papa y de toda la organización de la Iglesia Católica.
Un momento esta celebración para vivir en toda profundidad, por la comunión con el Papa, todo el sentido eclesial de nuestra fe. Somos la Iglesia de Cristo y en comunión eclesial hemos de vivir todos los que creemos en Jesús porque así lo quiso Jesús, así nos constituyó en familia y comunidad, y es algo que dimana desde lo más profundo de nuestra fe y del sentido y espíritu del Evangelio.
Pero muchas mas reflexiones podríamos y tendríamos que hacernos hoy al albur de los textos del Evangelio y de toda la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia de este día. Sírvanos de referencia el texto mencionado al comienzo de esta reflexión. ‘Sois edificio de Dios…’ Demasiadas veces cuando hacemos referencia a la Iglesia nos quedamos en los edificios de nuestros templos. Por analogía nos referimos a ellos llamándolos iglesias, por cuanto que en ellos se reúne la Iglesia, la asamblea de los hijos de Dios para las celebraciones de los sacramentos y la escucha de la Palabra.
Pero el verdadero edificio somos nosotros. A ello es lo que se refiere el apóstol. Por eso nos advierte de cómo lo edificamos, igual que cuidaríamos la construcción de un edificio material. No lo hacemos de cualquier manera, no empleamos cualquier elemento para su construcción, no ponemos cualquier cimiento, pues es fundamental para la sustentación del edificio. Y nos recuerda el apóstol que nuestro cimiento es Cristo; no podemos poner otro, porque estaríamos desvirtuando nuestra vida misma. ‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos dice a continuación.
Hablamos, pues, pues de ese templo de Dios que somos nosotros, hablamos de ese edificio de Dios que constituimos todos los que formamos la Iglesia. Es importante considerar bien esto. Es muy importante tenerlo en cuenta para la manera de vivir nuestra fe. El edificio es uno aunque esta formado por muchos elementos. Ese edificio del pueblo de Dios es uno, aunque seamos muchos los que lo constituyamos. Pero ha de estar bien conjuntado ese edificio; tenemos que estar en verdadera comunión todos los que formamos el edificio que es la Iglesia.
Qué importante la unidad y qué importante la comunión que tiene que haber entre todos nosotros. Es la comunión del amor, ya que éste es el único mandamiento de Jesús y que tiene que convertirse en nuestro distintivo. ¿Será en verdad el distintivo de la Iglesia, de nuestras comunidades, de nuestras parroquias, de nuestros grupos cristianos la comunión en el amor?
Mucho tendríamos que concluir de esta pregunta y de este planteamiento. Es algo que personalmente tenemos que revisar si nos sentimos en verdadera comunión los unos con los otros los que formamos la misma comunidad que es la Iglesia. Es algo que la Iglesia como comunidad se tiene que estar revisando siempre para que demos en verdad esa imagen, distintivo de nuestro ser, y principal y gran motivo para que el mundo crea en el mensaje que tratamos de trasmitir.
En muchas cosas muy concretas y muy prácticas tendríamos que revisarnos. Cuántas cosas tendríamos que purificar en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, siguiendo la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio cuando trata de purificar aquel templo de Jerusalén que lo habían convertido de una casa de oración en una cueva de ladrones.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Ni superficialidades ni vanidades, sino hondura profunda cuando fundamentamos bien nuestra vida en los auténticos valores y en la Palabra de Dios

Ni superficialidades ni vanidades, sino hondura profunda cuando fundamentamos bien nuestra vida en los auténticos valores y en la Palabra de Dios

1Timoteo 1,15-17; Sal 112; Lucas 6, 43-49

¿Cómo podemos pedirle a un árbol que nos dé buenos y abundantes frutos si no lo hemos cuidado debidamente? ¿Cómo podemos tener un edificio de sólida estructura si no le hemos dotado de unos buenos cimientos? ¿Cómo podemos pedir a una persona que llegue a una madurez humana, a un inmejorable desarrollo profesional, a lograr dignidad para su vida que le haga ser valorado y apreciado en la sociedad si antes no ha habido verdadera preocupación en su niñez y en su juventud de dotarle de buenos principios y valores para que tuviera la capacidad de ese desarrollo pleno de su persona?
Nos encontramos sí árboles que nos dan frutos dañados, o edificios que se nos vienen abajo ante la menor contingencia, pero lo peor seria que nos encontremos personas que por su edad han de ser personas adultas pero que en realidad siguen siendo como niños sin valores ni principios.
Así nos encontramos con personas que viven de la vanidad y de la apariencia, pero que en el fondo de su vida carecen de verdaderos valores; quizá tenían muchas posibilidades en su vida por sus cualidades innatas, pero no hubo quien les ayudara a desarrollarlas adecuadamente para ser capaces de hacer florecer en la vida todas esas potencialidades que le ayudarían a si mismos en la consecución de una mayor plenitud y felicidad y que al mismo tiempo tanto podrían hacer por los demás, para mejorar nuestro mundo.
Quienes viven de apariencias y escaparate pronto se les va a descubrir el vacío que llevan interiormente y cuando les fallen esos falsos oropeles van a sentirse hundidos con sus vidas llenas de negrura porque nunca supieron apreciar la luz de los verdaderos valores.
Un edificio por fuera puede aparentar en su fachada muchas cosas bellas, pero si su interior no está debidamente cuidado y ordenado la vida en su interior no será precisamente un camino de felicidad. No vivimos la vida verdadera en la fachada sino allá en lo más hondo de nosotros mismos, por eso es tan necesario cuidar nuestro interior, desarrollar esos valores perennes que nos van a dar una verdadera estabilidad a nuestra vida y que va a ser donde encontremos fuerza para sostenernos cuando nos puedan aparecen los momentos oscuros de las dificultades que nunca falta en la vida.
Hoy Jesús nos habla de árbol bueno que no da fruto dañado y de que cada árbol ha de dar su fruto. Como dice el refrán no le podemos pedir peras al olmo. Pero nos dice lo importante es que estemos sanos por dentro, porque de lo que tenemos en el corazón habla la boca. Es lo que decíamos antes del desarrollo de cada persona desde sus capacidades y posibilidades en la vida, pero como nos dirá en otro momento del evangelio aunque nos parezca que los talentos son pocos no hemos de dejar de desarrollarlos.
No habla también de los verdaderos cimientos de nuestra vida. No podemos edificar sobre arena movediza sino sobre dura roca. Son esos principios, son esos valores, es la hondura de nuestra fe, es la escucha atenta y profunda de la Palabra de Dios en nuestra vida. Será así firme el edificio de nuestra vida, estará bien fundamentado y como decíamos antes bien orientado en nuestro interior para poderle dar esa estabilidad, esa plenitud, esa felicidad a la vida y a los que nos rodean.
Así nuestra relación con el Señor no será superficial; así resplandecerá de verdad el amor en nuestra vida; así podremos vivir ese compromiso serio por hacer que nuestro mundo sea mejor; así trabajaremos siempre para que todos puedan ser más felices y vivir con mayor dignidad.

viernes, 18 de agosto de 2017

Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia


Un bello edificio construido sobre el sólido cimiento del amor que en todo momento hemos de saber cuidar y mantener restaurado para contener la inestimable riqueza de la familia

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

Caminando por nuestros pueblos y ciudades muchas veces se queda uno maravillado al contemplar bellos edificios en los que a pesar quizás del paso del tiempo sin embargo los seguimos contemplando llenos de belleza y esplendor observando la fortaleza de su construcción que no se ha debilitado, como decíamos, por el paso de los años. Fueron construidos sobre sólidos cimientos y se nota el mimo y el cuidado con que fueron levantados y posteriormente conservados para mantener así esa solidez y esa belleza.
Quizá a su lado observamos edificios en estado ruinoso, no porque no fueran levantados en el lugar adecuado y con los correspondientes cimientos, sino porque quizá sus propietarios no los cuidaron con igual mimo y el paso de los años ha ido dejando en ellos huellas de deterioro y quizá casi de ruina. Una cuidada conservación es casi tan importante como la solidez inicial con que fue construido, porque de lo contrario toda aquella belleza un día se nos vendrá abajo y se destruirá.
Esto me hace pensar en ese edificio tan maravilloso que construimos en la vida y que con tanto cuidado hemos de conservar. No es solo nuestra propia vida individual que hemos de saber edificar bien en el fundamente de unos verdaderos valores y que luego hemos de hacer madurar con el paso de los años manteniendo el cultivo de esos valores que enriquecen nuestra persona.
Pero ahora quiero pensar en ese maravilloso edificio que es el matrimonio sobre el cual vamos a asentar nada menos que toda la riqueza de una familia. No podemos ir a lo loco y a ciegas en el inicio de su construcción, porque ya cada uno de los que componen la pareja que constituye ese edificio por si mismo ha de poner esos sólidos fundamentos en su vida. Pero ahí está la importancia del inicio de esa relación que nos lleva a construir y constituir esa vida en común que es la pareja, que es el matrimonio. No nos podemos cegar por apariencias que nos encandilen ni por pasiones que se nos desborden y que nos impidan poner los sólidos fundamentos de ese amor sobre el que hemos de construir nuestra relación.
Amistad que es comunicación y relación, diálogo que es descubrir los valores de cada uno que hemos de desarrollar, paciencia sin límites para saber ir haciendo las correcciones que sean necesarias para que haya esa verdadera comunicación, sinceridad para poder llegar a ese profundo conocimiento…, muchas cosas más, posturas, actitudes, valores que hemos saber ir descubriendo y cultivando con profundidad para que no nos encontremos en el futuro con la sorpresa de no haber puesto ese sólido cimiento.
Pero será construcción que hemos de mantener siempre en activo, pues aunque llegue el momento en que ya podemos habitar ese edificio porque de verdad se quiere ser pareja matrimonial, el cuidado de ese edificio no lo podemos nunca abandonar. Es grande la riqueza que se va a generar en él con la constitución de una familia y eso mismo nos obliga a mantener ese permanente cuidado para saber reparar, restaurar, mantener en su belleza ese maravilloso edificio del matrimonio y la familia. No podemos permitir que haya valores que se desgasten y se pierdan, cada día hemos de saber descubrir nuevas cosas en la vida de sus miembros que nos hagan enamorarnos de nuevo de quienes son ese amor de nuestra vida.
Me hago esta reflexión cuando hoy en el evangelio Jesús quiere recordarnos esa indisolubilidad del matrimonio y los judíos de entonces le planteaban, como se siguen planteando hoy, los problemas de las rupturas y de los divorcios porque parece que el amor se acaba y se rompe la relación entre personas que se amaban. No nos podemos dejar cautivar por la superficialidad con que se afronta muchas veces la vida olvidando los verdaderos valores que la enriquecen.
Además como creyentes y cristianos hemos de saber reconocer la fuerza de gracia que tenemos en el matrimonio que es sacramento del amor que Cristo nos tiene y que así entonces se hace presente en todas las realidades de nuestra vida, también en el matrimonio y la familia para enriquecerlos y fortalecernos con su gracia. Olvidamos muy pronto muchas veces lo que es la gracia del sacramento del matrimonio y cuando hemos de restaurar algo de ese amor que pueda perder su brillo no sabemos contar con la fuerza y la gracia de la presencia del Señor en nuestra vida.
Cuidemos ese hermoso edificio, que resplandezca siempre por su belleza, solidez y esplendor; que podamos cultivar y guardar en él esa riqueza inmensa que es la familia, célula fundamental de una sociedad mejor.

sábado, 8 de octubre de 2016

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Que la Palabra de Dios sea el cimiento sobre el que se edifique nuestra vida, la tierra fecunda donde se hundan nuestra raíces para ser árbol bueno que dé frutos buenos

Gálatas 3,22-29; Sal 104;  Lucas 11,27-28

Las gentes se entusiasmaban con Jesús. Era su Palabra con un mensaje claro y lleno de vida, eran los signos que realizaba, era la vida misma de Jesús, su cercanía, sus gestos los que les hacían proclamar que nadie había hablado como El, con su autoridad, con su firmeza y valentía; la esperanza comenzaba a despertar de nuevo en sus corazones porque vislumbraban ese mundo nuevo que El anunciaba y vivir esa paz y en esa comunión entre todos, donde todos se aceptaran, donde nadie fuera mejor ni más poderoso que el que estaba a su lado era algo que en el fondo todos deseaban y con Jesús parecía que todo aquello era posible.
Por eso lo seguían aunque fuera al desierto y descampado; cuando se retiraba a solas para orar lo esperaban o lo buscaban; cuando marchaba de un lugar a otro lo seguían; así se aglomeraban multitudes en torno a El, no le dejaban ni en la casa porque se agolpaban a la puerta de manera que a veces parecía imposible llegar hasta El con los enfermos o los lisiados que le traían para que El los curara. Y El estaba dispuesto a ir a todas partes, y allí donde supiera que había alguien que sufría El estaba dispuesto a ir a estar a su lado, como al paralítico de la piscina, o a la hija de Jairo que estaba en las últimas.
No es extraño, pues, que pudiera surgir aquella voz anónima en medio de la multitud. Una mujer sencilla del pueblo que se entusiasmaba al escucharle y que se acordó de su madre. Qué dichosa tendría que sentirse la madre de Jesús, pensaba aquella mujer en sus adentros, pero no pudo más hasta que gritó para que todos la escucharan. ¡Dichosa la madre que te crió! ‘Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Es normal cuando contemplamos la belleza del corazón de una persona, porque vemos sus gestos, vislumbramos sus actitudes, somos testigos de las cosas buenas que hace, de su entrega, de su generosidad, de su compromiso, pensamos en la familia donde fue educado, pensamos en la madre que lo crió y le enseñó tales cosas tan buenas.
Jesús no es que rechace esa alabanza que se hace a su madre. El también estaría dispuesto a decir cosas hermosas de María. Pero Jesús quiere señalarnos la fuente. Porque Jesús quiere decirnos donde tenemos que fundamentar bien nuestra vida, lo que han de ser los verdaderos cimientos de nuestra vida para que luego salga el edificio bello, donde asentar nuestras raíces para que el árbol sea frondoso y nos pueda dar buen fruto.
‘Mejor, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Ahí tenemos nuestro cimiento, ahí tenemos nuestra raíz, la Palabra del Señor; pero la Palabra que escuchamos y que plantamos en nuestro corazón; la Palabra que nos llena de vida y nos mueve a la vida; la Palabra que nos transforma, que convierte de verdad nuestro corazón al Señor, la Palabra que nos pone en camino nuevo, en el camino del amor, de la generosidad, de la misericordia, de la compasión y del perdón, de la entrega y del compromiso por los demás, que nos hace tener los ojos abiertos para ver el mundo con ojos nuevos.
Plantemos esa Palabra en nuestro corazón y en nuestra vida. Que como María digamos también que se cumpla, que se realice en nosotros es Palabra de Dios.  

sábado, 10 de septiembre de 2016

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

Por nuestras buenas obras y por las respuestas que damos a los problemas de la vida manifestamos la congruencia de nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

Qué desagradable encontrarnos con gente incongruente, personas en las que vemos una contradicción total entre aquello que dicen, aquello que pretenden enseñar a los demás o incluso corregir a los otros con lo que es la realidad de su misma vida. Pero cuidado no juzguemos porque fácilmente podemos caer nosotros en lo mismo cuando las obras que realizamos no están en verdadera consonancia con aquello que pensamos, o aquello que decimos que son nuestros principios. Y es que en nuestra debilidad, nuestra inconstancia o las cosas que nos distraen en la vida son posturas fáciles en las que podemos caer.
En nuestras obras, en lo que hacemos, en lo que vamos reflejando en la vida es donde en verdad tenemos que manifestarnos. Las palabras algunas veces cansan; todo el mundo habla, todo el mundo opina, todo el mundo dice cómo hay que hacer las cosas para que mejore nuestra sociedad, todos tienen la solución a los problemas, pero las cosas siguen igual porque quizá luego no nos ponemos a hacerlo realidad con las actitudes, las posturas, las acciones que vayamos realizando en la vida. Son las incongruencias de la vida que se manifiestan en tantas cosas.
Todo esto en referencia a lo que es la marcha de nuestra sociedad con los problemas concretos que tienen nuestros pueblos, o que vemos en la globalidad de nuestro mundo, pero todo esto en la vida concreta nuestra de cada día, allí donde estamos y donde vivimos; todo esto, tenemos que decir también, en cómo manifestamos lo que es nuestro ser cristiano, con sus valores, con sus compromisos, con lo que ha de ser la vida de la iglesia, con el testimonio que tenemos que dar en medio de nuestro mundo.
Ahí tenemos el mensaje del evangelio pero ¿qué hemos hecho de él? Lo tenemos muy bien guardado e integro en las páginas de un libro, podríamos decir, en lo que son los santos evangelios o el conjunto todo de la Biblia, pero eso hemos de plantarlo en nuestra vida, eso se ha de reflejar en nuestras actitudes, en nuestros compromisos, en nuestra manera de vivir, en nuestra relación con los demás.
De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio cuando nos habla de los buenos frutos que tendríamos que dar, porque el árbol del evangelio del que nos alimentamos es bueno, y los frutos tendrían que ser buenos. Nos dice que Jesús que de lo que tenemos en el corazón hablarán nuestros labios, o lo que es nuestra vida, pero quizá no habremos plantado bien esos cimientos de nuestra vida, no hemos plantado de verdad el evangelio en nuestro corazón. Las ideas las podemos tener en la cabeza, pero no estar plantadas en nuestra vida.
Por eso nos propone esa pequeña parábola de aquellos que edificaron su casa, uno sin cimientos, simplemente sobre arena, y el otro en verdaderos cimientos sobre roca que darán plena consistencia al edificio. Cuando nos vienen los temporales de la vida, cuando nos aparecen los problemas y las dificultades, cuando nos aparecen los contratiempos, los roces que vayamos teniendo en la vida con los demás, las criticas que podamos ir recibiendo de los otros, los desencantos de la vida porque sufrimos incomprensiones y quizá hasta desprecios, cuando el camino se nos hace duro porque quizá desde dentro de nosotros mismos nos aparecen pasiones que nos desestabilizan y desorientan, es cuando vamos a ver de verdad si tenemos nuestro edificio cimentado sobre roca, sobre la roca del evangelio, sobre la roca de nuestra auténtica fe.
Veremos entonces la congruencia o la incongruencia que haya quizá en nuestra vida y no nos sentiremos desencantados por las incongruencias de los demás sino por nuestras propias incongruencias.

jueves, 3 de diciembre de 2015

El proyecto de la vida cristiana es el proyecto de amor que Dios Padre tiene para nosotros que hemos de saber descubrir y realizar

El proyecto de la vida cristiana es el proyecto de amor que Dios Padre tiene para nosotros que hemos de saber descubrir y realizar

Isaías 26,1-6; Sal 117; Mateo 7,21.24-27

Las imágenes que nos propone Jesús en el evangelio son fáciles de entender porque todos tenemos la experiencia o sabemos que para poder levantar un edificio se han de tener primero unos buenos cimientos. Nos vale en el tema de la construcción pero es imagen para lo que son los proyectos que nos hacemos y queremos realizar en la vida.
Hemos de tener claro qué es lo que queremos conseguir, pero también estudiamos detenidamente cómo vamos a conseguirlo, los medios con los que contamos o los que necesitaríamos para poderlo realizar, los pasos que se han de ir dando poco a poco, pero también si nos sentimos capaces y con medios para poder comenzar a realizarlo. Son los fundamentos necesarios para un buen proyecto que luego no se nos quede truncado por falta de previsiones.
Nos vale, digo, en todos los aspectos de la vida, porque no es cuestión solamente de ser buenos soñadores que nos imaginemos las cosas o que nos quedemos en bonitas palabras que luego no somos capaces de plasmarlas en el día a día de la vida. Necesitamos buenos fundamentos, buenos cimientos siguiendo con la imagen. Nos vale en todo lo que hace referencia a nuestra fe y al seguimiento de Jesús. No nos podemos quedar en entusiasmos de un momento. Esos entusiasmos y fervores nos animan, pero hemos de poner los pies sobre la tierra en el sentido de que hemos de fundamentar bien nuestra fe.
Muchos se quedan en una religiosidad fruto de una emoción o en otras ocasiones que surge desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestras angustias. Acudimos a Dios como un refugio o una solución fácil y pronta para todo, surgen las lágrimas de la emoción o del sufrimiento en el que andemos metidos y nos hacemos mil promesas que, o bien pronto olvidamos cuando pasamos de aquella situación, o bien se queda en la ofrenda de cosas pero que realmente no tocan nuestro corazón y la raíz que dé sentido a nuestra vida.
Nuestra religiosidad, nuestra relación con el Señor tiene que ser algo mucho más hondo en lo que impliquemos toda nuestra vida. Nuestra relación con el Señor no se puede quedar en algo momentáneo movido por esas situaciones quizá imprevistas que se nos presenten y que nos puedan angustiar.
Jesús nos enseña continuamente en el evangelio cómo hemos de saber dirigirnos y encontrarnos con Dios. Es nuestra Roca y la fortaleza de nuestra vida, pero es el Padre bueno que nos ama y con quien hemos de saber mantener una relación de amor, correspondiendo a su amor, filial cuando nos sentimos hijos porque nos gozamos en su amor de Padre. No es un amor solo de palabras sino que tiene que ser un amor que surja desde lo más hondo de nuestra vida; es un amor se que se va a plasmar en hacer aquello que el Señor quiere, lo que es su voluntad que se refleja en sus mandamientos y que no nos están pidiendo otra cosa que una integridad de nuestra vida por una parte y una vida llena de amor para los demás a quienes hemos de considerar siempre como unos hermanos.
Como nos dice hoy en el evangelio no nos basta decir ‘Señor, Señor’ sino en cumplir la voluntad del Padre que está en el cielo. Es el fundamento de nuestra vida, de nuestro amor, de lo que somos y de lo que queremos ser. Es la realización de ese gran proyecto de amor que Dios tiene para cada uno de nosotros.