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sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

viernes, 25 de julio de 2025

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

 


Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Salmo 66; 2 Corintios 4, 7-15; Mateo 20, 20-28

¿Desde donde edificamos nuestra vida? Desde lo que somos, con esa madera que tenemos, la nuestra, no la que otros quizás quieran imaginar o desear o quizás desde la que nosotros quisiéramos tener; es la rudeza y de nuestra vida en su propia realidad, la que somos con nuestras callosidades o nuestros nudos, con su parte de madera más blanca o más dúctil, pero también con nuestra fuerza interior, con nuestras ambiciones y nuestras pasiones, que no podemos dejar de lado porque forman parte de nosotros también; no se trata de descartar o destruir, sino de ser capaz de aprovechar lo que hay en nosotros para en ello tratar de esculpir la mejor figura, la mejor persona, que no se va en apariencias, sino que trata de sentir plenitud en si misma pero también de ser, podíamos decir, útil a los demás; por eso no pensamos solo en nosotros, sino también en ese lugar en el que estamos o donde seremos llamados a realizar nuestra vida, que tiene que ser también para los demás, y con esa barca que hemos hecho de nuestra vida nos conducimos, navegamos hacia el encuentro de los otros para llevar lo mejor que en ella llevamos, que en nosotros llevamos.

Mira tu vida en esta reflexión que te ofrezco y piensa en lo que eres y en lo que te puedes transformar, pero descubre también cuál es tu misión porque en cuanto te sucede también hay una llamada, como la que hizo un día Jesús a aquellos pescadores de Galilea.

Hoy estamos celebrando al Apóstol Santiago y he querido comenzar con esta reflexión, porque al escribirla y hacérmela he estado pensando precisamente también en el apóstol y en su vida. Un pescador y una barca, un oficio con toda su dureza que no era solo para sí mismo en unas ganancias que pudiera obtener, sino que tenía su función para los demás, portador de alimento en aquellos peces para muchos. Un día el lago se quedó corto porque a su lado pasó un profeta que iba reclutando pescadores para otros mares más amplios; no sería ya solo pescador de peces sino de hombres, no sería el lago de Tiberíades sino llegar hasta el fin del mundo conocido, llegó hasta el Finisterre, al fin de la tierra conocida entonces con la misión de pescador que había recibido. No se rehusaba a aquel oficio, muchas veces a lo largo del evangelio lo veremos cruzando una y otra vez aquel lago, sino que se transformaba.

Pero tuvo que hacer un camino, para pulir aquella madera a pesar de las callosidades de sus ambiciones y sus sueños; muchas veces seguían discutiendo entre ellos sobre quien sería el más grande o importante y Jesús seguía señalándoles el camino; su madre intervendría también en aquellos sueños de sus hijos y se convertiría en mediadora – lo que hacen siempre las madres – pero aprenderían de un bautismo y bautismo de sangre por el que habían de pasar, de a pesar de sus impulsos por correr y querer transformarlo todo de una vez, habían de aprender a quedarse los últimos, porque ahí está el mejor servicio que pudieran realizar ayudando a los que menos podían caminar.

Tendría sus momentos de luz, que alimentaban mejor sus impulsos como en el Tabor, estaría también allí donde desde lo que parecía un sueño de muerte renacía la vida como en la casa de Jairo, pero también sabría de lo que era el dolor más intenso que hace sudar sangre en la cercanía de Jesús en Getsemaní. Así se fue tallando aquella madera, así podría ponerse en marcha aquella barca hasta lejanas tierras porque allí también tenían que enseñar todo aquello que habían aprendido de lo que era el amor y el amor hasta el final. Pero estaría también en el momento oportuno, donde se convirtiera en el primer testigo, en el primero de los del grupo de los apóstoles que derramara su sangre, que diera su vida.

Y hoy nosotros contemplamos su figura, esa madera tan variada en su composición que tenía sus nudosidades pero que tenía el mejor material y podemos así celebrar la obra de Dios en él. Nos creemos muchas veces en nuestros orgullos que lo que somos o lo que hemos conseguido solo es fruto de nosotros mismos y de nuestros particulares esfuerzos y nos olvidamos de la obra de Dios en nosotros; es El quien nos ha ido tallando, puliendo, haciendo brillar lo mejor que ha puesto en nosotros, porque esos acontecimientos, muchas veces quizás duros, por los que hemos pasado, esas personas que han estado cerca de nosotros y nos han echado una mano con su palabra y su consejo, con su presencia que nos daba ánimos o nos hacía ver las cosas de otra manera, todo cuando ha ido sucediendo en nuestro derredor tenemos que reconocer que ha sido un don de Dios para nuestra vida, que nos manifestaba su amor, que nos acompañaba en nuestro camino, que nos daba esa fortaleza que necesitábamos, que nos impulsaba a algo nuevo y mejor, que nos hacía mirar a lo alto. Es la obra de Dios en nosotros, misteriosa muchas veces porque nos ha costado leerla, pero grandiosa siempre porque grande es su amor que así ha derrochado su gracia sobre nosotros.

Celebramos a Santiago, pero al mismo tiempo miramos nuestra vida y damos gracias, porque a través de él descubrimos también esa acción de Dios en nosotros. Trajo la fe a nuestras tierras españolas, pero sobre todo nos hizo descubrir, nos sigue haciendo descubrir ese amor de Dios que se derrama abundantemente en nuestra vida. Y todo eso tiene que tener unas consecuencias para nosotros. Tenemos que descubrirlas.

 

lunes, 23 de octubre de 2023

Hay cosas en la vida que no nos llenan la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad más deseada, busquémoslas

 


Hay cosas en la vida que no nos llenan la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad más deseada, busquémoslas

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc 1,69-75; Lucas 12,13-21

El cuento de la lechera es algo que se repite más veces de lo que pensamos en nuestra vida. Todos soñamos; y todos soñamos lo que podríamos hacer si tuviéramos esto o aquello; todos soñamos cuando compramos un número de la lotería, ¡cuántas obras maravillosas haríamos! Y seguro que no seríamos egoístas solo pensando en nosotros mismos; bueno, eso es lo que pensamos, pero ahí están nuestros sueños. Sueños que nos delatan de la codicia que hay en nuestro corazón; sueños que nos delaten de donde es en el fondo en lo que estamos poniendo todas nuestras esperanzas, como si fueran las soluciones a todo lo que nos pasa en la vida, como si fuera ese el sentido que le estamos dando a la vida. ¿Y no será así?

Como le pide uno hoy en el evangelio a Jesús que medio en un conflicto que tiene con su hermano a cuenta de una herencia. No es nuevo el tema, quiero decir, que no es cosa solo de hoy, de las peleas familiares a cuenta de las herencias, porque ya vemos que en tiempos de Jesús así andaban también. Pero bueno, lo importante es el mensaje que Jesús nos quiere dejar. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Bueno, nosotros nos buscaremos matizaciones con aquello de que el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla. Tendríamos que interrogarnos con esa forma de pensar.

Y Jesús nos propone una pequeña parábola. La del hombre que tuvo una gran cosecha y pensé que ya lo tenía todo resuelto para su vida. Agrandó sus graneros para tener espacio suficiente donde almacenar todo lo que había cosechado. ¿Pero eso va a aumentar un palmo el tiempo de nuestra vida? Algunas veces, reconozcamos, nos lo pensamos también. Aquel hombre murió aquella noche ¿y de qué le sirvió todo lo que había acumulado?

Como ya había dicho Jesús ‘aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Tenemos que hacer una buena escala de valores en la vida. Tenemos que empezar a valorar lo que verdaderamente es importante en la vida. Y eso nos cuesta. Porque además es lo que hemos estado viendo siempre; y soñamos con tener, con poseer cosas, con llenarnos de cachivaches, y uno tiene que pensar ¿y para qué me sirve todo esto? Y al final terminamos siendo esclavos de las cosas que tenemos, que parece que sean ellas las que nos poseen a nosotros.

Hay otros valores en la vida. Hay otras cosas que nos dan más felicidad. Hay cosas que de verdad nos mantienen el corazón en paz. Hay cosas que de verdad nos hacen sentir libres y más felices. Hay cosas que realmente nos llenan por dentro. Es lo que tenemos que buscar. Son los caminos del amor, del perdón, de la entrega, de la sencillez, de la sinceridad y congruencia en la vida, de la limpieza de corazón, de la amistad con Dios y los hermanos…algo que no llena la cartera de dinero pero sí el corazón de la felicidad deseada.

¿No habremos experimentado más de una vez la satisfacción que sentimos dentro del corazón cuando somos generosos y sin que nos lo pida nadie nos desprendemos de algo para compartirlo de los demás? ¿No nos habremos sentido con gozo en el corazón cuando hemos perdido nuestro tiempo para detenernos a hablar con alguien al que veíamos solo y en la cuneta de la vida y los ojos de aquella persona se iluminaron solo con nuestra presencia a su lado? Así podríamos seguir pensando en esos pequeños detalles que nos han hecho sentir la felicidad de saber que alguien se siente más feliz con ese pequeño detalle que hemos tenido con esa persona. Seguro que todos tenemos una lista interminable de cosas de este tipo.

martes, 25 de julio de 2023

No dejemos de soñar en cómo mejor podemos servir a la tarea de la Evangelización, aunque tengamos que beber el cáliz, tenemos a María como fortaleza de nuestra fe

 


No dejemos de soñar en cómo mejor podemos servir a la tarea de la Evangelización, aunque tengamos que beber el cáliz, tenemos a María como fortaleza de nuestra fe

Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4, 7-15;  Mateo 20, 20-28

También nosotros tenemos nuestros sueños, y solemos decir que soñar es bueno, no sé si para justificarnos; pero, es cierto, soñamos con algo mejor, soñamos que haya cambios en nuestra sociedad, aunque algunas veces nos sintamos un poco frustrados o derrotados cuando no lo logramos como a nosotros nos hubiera gustado – pensemos cómo se sienten muchos en nuestra sociedad en el momento concreto en que vivimos -, soñamos con algo mejor y tenemos el sueño de que seamos nosotros lo que hagamos eso mejor para el mundo y para los demás; soñamos que queremos ser grandes, aunque muchas veces no nos clarificamos bien el como lo vamos a hacer o como lo vamos a lograr. Soñamos porque tenemos ambición en nuestra vida, lo que tendríamos que clarificar bien cuales son esas ambiciones. Y puede ser ahí donde nos podemos comenzar a plantear el sentido o el valor de esos sueños.

Como soñaban los contemporáneos de Jesús en la situación en la que estaban viviendo, con sus pobrezas y sus miserias, con el sentirse oprimidos y sin libertad porque el poder estaba en manos de otros o porque incluso se veían manipulados por los que se consideraban poderosos e influyentes en su sociedad; y la aparición de aquel nuevo profeta de Galilea también les hacia soñar en la pronta llegada de aquel Mesías liberador y en Jesús podían ver su realización. Claro que soñaban los discípulos más cercanos a Jesús, que precisamente por esa cercanía, también quizás por razones de parentesco, con aquel Mesías que se barruntaba ellos podían tener alguna situación mejor, o alguna situación de dominio también sobre los demás. Era bueno el sueño que alimentaba sus esperanzas, pero todo se podía torcer cuando se dejasen envolver por ciertas ambiciones de poder.

Con ese sueño llegaron aquellos dos discípulos hasta Jesús, valiéndose además de la influencia que pudiera tener su madre en razón del parentesco con Jesús. ‘Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda’, es la petición directa y clara que se atreve a hacerle a Jesús. Pero detrás de aquella madre soñadora estaban los hijos con sus ambiciones también en el corazón. Jesús escucha, Jesús comprende, Jesús no recrimina, Jesús quiere hacer pensar, Jesús quiere que se aclaren en su interior cuales son las verdaderas ambiciones que llevan dentro de sí.

‘No sabéis lo que pedís… ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Muy decididos están y parecen tenerlo claro por su pronta respuesta, aunque como les dice Jesús no saben lo que están pidiendo. ‘Podemos’, fue su pronta respuesta. ‘El cáliz lo beberéis…’ y ellos que a pesar de su prontitud pensaban que no habría momentos de pasarlo mal porque todo sería como un discurrir sobre ruedas.

Pero los primeros puestos no son para quienes los piden así con sus corazones llenos de ambiciones. Había que entender el espíritu de servicio que había de envolver sus vidas; tenían que entender que la grandeza no estaba en esos primeros lugares que estaban pidiendo, sino en hacerse los últimos; otros eran los parámetros de Jesús para medir las grandezas, como el mismo Jesús había de vivir, habría de beber también el cáliz, aunque fuera amargo y llegara el momento de pedirle al Padre que le librara de aquel cáliz. Pero ellos no se iban a librar de aquel cáliz tampoco. ‘Lo beberéis…’

Cuando hoy escuchamos este evangelio, precisamente porque celebramos la fiesta del Apóstol Santiago, patrón de España tendríamos que entender nosotros lo que ha de significar en nuestras vidas ese cáliz que quizás habremos de beber. No le fue fácil al apóstol como nos señalan las buenas tradiciones la predicación del evangelio en nuestras tierras. Muestra de ello es lo que la tradición también nos habla de la presencia de María junto al apóstol para ser un pilar en la tarea de la evangelización. Pero también, por otra parte, las Escrituras nos hablan en los Hechos de los Apóstoles, del pronto martirio decapitado en Jerusalén. Bebió el cáliz en la dificultad de la evangelización de nuestras tierras y bebió el cáliz en el pronto martirio sufrido por el nombre de Jesús. Del Apóstol conservamos el recuerdo de lo que nos dice el evangelio que formaba parte de aquellos discípulos especialmente escogidos por Jesús y estaría al lado de Jesús en momentos importantes como sería la Transfiguración del Tabor, la resurrección de la hija de Jairo y la agonía de la oración en el huerto de Getsemaní al comenzar la pasión.

¿Qué nos puede decir todo esto cuando estamos celebrando su fiesta? ¿Seremos capaces de decir también ‘podemos’ como lo hicieron los hijos del Zebedeo ante la invitación de Jesús a seguirle y al sentirnos también enviados al anuncio del Evangelio? Sabemos que no es tarea fácil, sabemos que vivimos en una sociedad de indiferencia ante el hecho religioso cuando no de una sorda oposición al anuncio y a la vivencia de nuestra fe. Esto nos está pidiendo y exigiendo una fortaleza interior, de la que algunas veces carecemos, porque no hemos cuidado lo suficiente la maduración de nuestra fe.

Hay, sin embargo, una esperanza que podemos tener en la presencia de María, como lo fue para el apóstol Santiago, en esa devoción que aun mantienen a la Virgen mucha de la gente que nos rodea y a quienes hemos de llevar ese anuncio del evangelio. El Seños nos la quiso dejar como madre, y fue precisamente Juan, el hermano de Santiago, el que la acogió en su casa. Acojamos a María y sintamos la presencia de María, que sea un pilar seguro en esa misión que también nosotros hemos recibido de hacer el anuncio del Evangelio.

No temamos el cáliz que también tengamos que beber, porque aunque sabemos que es dura la tarea y nos cuesta tanto doblegar nuestra cerviz para aprender humildemente a hacernos los últimos y los servidores de todos, en se cáliz sabemos que estamos bebiendo la Sangre de Cristo – así nos lo dejó al instituir la Eucaristía – que será para nosotros cáliz de fortaleza y bebida de salvación. No dejemos de soñar en cómo mejor nosotros podemos servir a la tarea de la Evangelización.

lunes, 17 de octubre de 2022

Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

 


Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

‘Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia’, se acercó uno a pedir la mediación de Jesús. ¡Qué problema el de las herencias! Entonces y en todos los tiempos. Es el problema de la ambición, son los deseos de decir esto es mío y nadie me lo quita, son los sueños de que por más cosas que tengamos seremos más felices, son las cosas que vamos acumulando, fruto de nuestros trabajos quizás, pero cosas que nos gusta tener y de las que no queremos desprendernos, es la vanagloria de querer presentarnos llenos de cosas, de joyas o de cosas de valor, porque nos parece que eso nos da grandeza, eso nos da poder, eso va a causar la admiración y - ¿por qué no? – la envidia de los demás.

No es el problema de la herencia, sino de lo que llevamos en el corazón; y parece que muchas veces lo hemos llenado de cosas y no de verdaderos valores; cuántas cosas acumulamos que ya no sabemos ni qué hacer ni como tenerlo todo limpio y ordenado. No es el desorden de las cosas que acumulamos en casa, sino es el desorden que hay en nuestro corazón cuando no hemos hecho una verdadera escala de valores. ¿Qué es lo que verdaderamente tiene importancia? Y allí donde tenemos nuestro tesoro, está nuestro corazón, están nuestras ambiciones, están las guerras que continuamente nos hacemos.

¿De que le valió a aquel hombre aquella gran cosecha que le hizo agrandar sus bodegas y sus graneros? Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. Pero la vida no son las cosas que acumulemos. ¿Sabremos en verdad vivir? Porque nos llenamos de muchas cosas y ni vivimos; no las disfrutamos porque estamos recontándolas y recontándolas pero tenemos miedo que se gasten y no nos sirven de provecho. Nos llenamos de cosas pero no de vida.

¿Dónde tiene que estar realmente nuestro vivir? ¿Qué es vivir para nosotros? ¿Solamente trabajar y trabajar para tener más y que nuestra cuenta del banco se engorde más y más? Trabajas para tener cosas y no valoras, por ejemplo, la familia, tus hijos que buscan en ti una palabra liberadora de luz, la esposa que te espera en casa preparándote lo mejor, los amigos con quienes disfrutar de su amistad, la sonrisa de una persona que pasa a tu lado, el buen gesto que en un momento tuvo alguien contigo pero del que ni te diste cuenta tan afanado como estabas, esa palabra ‘gracias’ con la que alguien te obsequió pero que no escuchaste ni valoraste y estas tan engreído pensando que todo te lo merecías que no fuiste capaz de responder con una sonrisa, aquellos colores del sol poniente que no supiste apreciar porque solo estaban pendiente de cómo prolongar la jornada para ganar más y para tener más.

Cuántas cosas vamos perdiendo y que no sabemos disfrutar. Nos falta vivir. Y seguimos preocupándonos por la herencia que se quiere llevar mi hermano y no quiere compartir conmigo. De cuántas cosas innecesarias nos preocupamos en la vida y no le damos verdadera importancia al vivir. Que es algo más que poseer, que acumular, que darse buena vida de esa manera que entiende la mayoría, y al final se sienten hastiados y vacíos porque nada de todo aquello les satisface plenamente y dar verdadera felicidad al corazón.

Cuántas cosas tenemos que pensar y cuantas cosas tenemos que revisar para buscar los verdaderos valores, para que comencemos a pensar menos en nosotros mismos y más en los otros, para que llegamos a la satisfacción del compartir que te dará muchas más felicidad, aunque tengas que desprenderte de algo, a ser feliz de verdad cuando hacemos felices a los demás. No serán necesarias grandes cosas, grandes milagros, sino los gestos sencillos del amor.

sábado, 27 de agosto de 2022

Conformismo, brazos cruzados, miedo a arriesgarnos por algo nuevo y mejor, cosas que tenemos que arrancar de nosotros quienes queremos ser los hombres nuevos del evangelio

 


Conformismo, brazos cruzados, miedo a arriesgarnos por algo nuevo y mejor, cosas que tenemos que arrancar de nosotros quienes queremos ser los hombres nuevos del evangelio

1Corintios 1,26-31; Sal 32; Mateo 25,14-30

Yo con eso me las arreglo, no necesito más, para que me voy a estar agobiando ahora con nuevas cosas, con nuevos trabajos, además a mi edad ya no necesito tanto. Una postura conformista, pero al mismo tiempo una postura cómoda, ¿Para qué esforzarnos más? O son los criterios de aquellas personas que se planteaban para que dar unos estudios a sus hijos, sus padres no sabían leer ni sabían de cuentas y sacaron a la familia adelante, o como le decía aquella mujer a una madre que quería que su hijo estudiase y se estaba sacrificando para ello, tú pon a tu hijo a estudiar y que haga carrera y el día de mañana se va a avergonzar de ti.

Y con ese conformismo enterramos tantos valores y tantos talentos, con ese conformismo no veríamos nunca avanzar el mundo y la vida, con ese conformismo no nos superamos por no esforzarnos, con ese conformismo dejamos el tesoro enterrado por no esforzarse a cavar para desenterrarlo y con esto creo que estamos entiendo muchas situaciones, muchas posturas, muchas comodidades con que vivimos la vida, con ese conformismo no queremos arriesgar y queremos sentirnos seguros con lo que ya tenemos aunque sea poco, con ese conformismo decimos yo no sé pero no queremos aprender y nos consideramos o nos hacemos inútiles a nosotros mismos.

Una postura pobre, una postura que manifiesta nuestra pobreza, no porque nada tengamos, sino porque ni siquiera tenemos sueños de poder conseguir algo mejor; la pobreza muchas veces está no en que no tengamos cosas, sino las actitudes pasivas y negativas con que andamos por la vida. Nos conformamos y ya está, no ganaremos, pero no corremos el riesgo de poder perder, pero quien no se arriesga nunca llegará a ninguna parte, nunca tendrá la posibilidad de ganar.

Y no es que vayamos actuando en la vida solo por ambición y nuestros sueños sean puro materialismo, sino por el deseo de crecimiento personal que significa también un desarrollo de cuanto somos y que muchas veces está escondido dentro de nosotros, pero que hemos de saber sacar a flote. Es el valor del saber arriesgarse, es el valor que me hace crecer, es el valor que voy poniendo en la vida para alcanzar una mayor plenitud y dignidad. Pero será una riqueza que alcanzamos no solo para nosotros mismos, sino que es una riqueza que estoy ofreciendo a los que están a mi lado, que estoy ofreciendo a la comunidad en la que vivo, a mi sociedad que así la quiero hacer mejor.

De esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio con la parábola que nos propone. Aquellos talentos repartidos entre sus servidores cuando marchó de viaje; unos talentos que unos supieron desarrollar, mientras unos talentos que el que no quería arriesgar para no perderlos los enterró. Pero no era esa la misión que le habían confiado; pero eso su amo le recriminará a la vuelta porque no supo negociarlos para tener mucho más.

Es la vida que Dios ha puesto en nuestra manos; es ese mundo que nos ha confiado; son esas cualidades y valores que todos tenemos; son los hijos o la familia que están a nuestro cuidado; con los amigos con los que comparto tantas cosas en la vida; es todo cuanto tenemos que cuidar y valorar, es eso por lo que hemos de trabajar para que nuestro mundo sea mejor, para que los que nos rodean se sientan también estimulados, es esa riqueza de la fe que llevamos en el corazón pero que no hemos de dejar encerrada dentro de nosotros sino que tenemos que trasmitirla, con la que hemos de iluminar a los demás, desde la que nos tenemos que sentir comprometidos por hacer un mundo mejor que vive en los parámetros del Reino de Dios.

Tenemos quizá que preguntarnos si acaso no andamos demasiado con los brazos cruzados y no estamos poniendo mano para hacer algo nuevo y distinto.

lunes, 4 de julio de 2022

Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

 


Dejémonos tomar de la mano de Jesús para levantarnos de nuestras posturas de muerte y aprender a ofrecer nuestra mano generosa en abrazo de amistad para todos

Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22; Sal 144; Mateo 9, 18-26

Una mano tendida puede tener diversos significados; puede ser la mano que con violencia viene en mi contra para hacerme daño, o puede ser la mano pacífica que viene en sones de paz con su saludo; puede ser la mano desconfiada y que está a la defensiva, ocultando negruras interiores, o puede ser la mano dadivosa en el compartir y en el dar generosamente.

A manera de anécdota puedo decir que mi perrito es muy sensible ante la mano que se le acerca; si viene de un desconocido desconfía y se pone en guardia para la defensa o para el ataque, pero si es una mano que se deja caer pacíficamente la lame como señal de amistad dándole permiso, por decirlo así, para que le acaricie. ¿Desconfiamos nosotros también y nos ponemos a la defensiva ante una mano que se nos acerca? ¿Ofrecemos generosamente nuestra mano como signo de amistad y de paz y como señal de la vida que queremos también compartir?

En el evangelio de hoy aparece repetidamente la señal de la mano. ‘Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá’, le suplica aquel jefe de los judíos que acude a Jesús desde la desesperación y la angustia de su niña que está en las ultimas. Al final, cuando llegue Jesús a la casa de Jairo, mientras aparta a las plañideras y todos lo que hacían llanto diciendo que la niña no está muerta sino dormida, la tomará de la mano y se la dará a sus padres llena de vida.

Pero en medio aparece otro personaje mientras van de camino. Será una mujer la que tenderá su mano para tocar al menos la orla del manto de Jesús también desde la angustia de su enfermedad que la volvía impura y que con su gesto podía hacer incluso impuro a Jesús, por dejarse tocar por una mujer que sufre de fuertes hemorragias.

Es la mano de la súplica llena de esperanza que se salta todas las barreras porque quiere llegar hasta donde está la vida, donde pueda encontrar la salud y la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús cuando rebuscando entre la multitud que lo apretujaba quien lo había tocado aquella mujer se atreverá a decir que ha sido ella quien ha tocado el borde de su manto para encontrar la salvación.

Ahí está la mano tendida de Jesús que nos trae vida y salvación, que nos libera de todas las impurezas y ataduras, que nos resucita y nos levanta de todos nuestros sueños oscuros para que podamos tener nueva vida, nos pone en camino de vida y de salvación.

Mucho tendríamos que aprender de este evangelio para el signo de nuestras manos, para el actuar de nuestras manos como señal de lo que hacemos y somos con nuestra vida. muchas veces nuestras manos han marchado ensombrecidas por sueños de muerte y de violencia; muchas veces nuestras manos han sido puños cerrados que no quieren dejar escapar nada de lo que pueden contener; muchas veces nuestras manos se han convertido en barreras que separan y apartan, que aíslan, que ponen a un lado, que discriminan porque no se quien juntar con las de otro color o las de otra raza; muchas veces nuestras manos se ocultan porque encierran negruras impuras de los malos deseos y son muestras de la ambición que todo lo quiere acaparar, llevan escondidas los cuchillos de la traición y de la violencia, no quieren ofrecerse limpias como signos de paz.

Que nuestras manos sean siempre de bendición y de vida, de consuelo para los que sufren y paño que limpie las lágrimas de los que lloran, muestren la cercanía de nuestro corazón y el valor que le damos a todo el que está a nuestro lado o se acerca a nosotros, están siempre abiertas y limpias de toda malicia, y sean cauces generosos de nuestro compartir, se cogerse de la manos de los demás para sentir y expresar la comunión que entre todos queremos construir, y se extiendan ampliamente para acoger a todos en un abrazo de paz.

lunes, 21 de octubre de 2019

Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices


Nunca el valor del dinero esté por encima de aquellos valores que facilitan la armonía de las relaciones humanas y nos hacen verdaderamente felices

Romanos 4,20-25; Sal.: Lc. 1,69-75; Lucas 12,13-21
‘Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia…’ La historia es antigua y es actual. Era habitual que los que andaban en litigios acudieran a los rabinos para encontrar solución a sus problemas o hicieran de intermediarios y ahora viene uno hasta Jesús con un problema de herencias con un familiar.
Pero siguen sucediendo casos así en todos los tiempos y en nuestra época. ¿Quién no conoce algún caso, o quizás muchos, de discordias familiares a causa de las herencias dejadas por sus padres? Había armonía en la familia hasta que se metió por medio el tema del dinero, de las propiedades o de las herencias. ¿Es posible que estos asuntos tan materiales estén por encima de una armonía familiar hasta el punto que surjan rupturas y desavenencias que llegan en ocasiones hasta el odio entre antes se amaban?
Son las ambiciones que aparecen en el corazón humano por el deseo propiedades o riquezas, la ambición del dinero por decirlo de una manera fácil. Tenemos esa apetencia de la propiedad, esto es mío, esto es para mí, esto no me lo quita nadie, mío, mío, mío… Aunque en nuestra razón a la hora de principios tengamos más o menos claro que no podemos ser ambiciosos ni egoístas sin embargo aparecen en cualquier rincón del corazón esas apetencias y ambiciones que terminan por encerrarnos en nosotros mismos y romper incluso las buenas relaciones que tengamos con los demás.
A la petición que le hace aquel hombre a Jesús éste le responde: ‘Guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. ¿De qué depende nuestra vida? ¿Dónde ponemos su fundamento? La gente suele decir que el dinero no da felicidad pero ayuda a conseguirla. ¿Podemos contentarnos con una cosa así? ¿Dónde están las verdaderas relaciones humanas? Si ponemos como una condición que para poder ser felices necesitamos de la ayuda del dinero o de la riqueza, en algo muy pobre estamos poniendo la felicidad y esa felicidad pronto nos daremos cuenta que es caduca y fatua.
Tenemos que buscar unos valores que no tengan el brillo del oropel, que siempre será un brillo externo y superficial. Hemos de buscar valores que le den hondura a nuestra vida y que buscando unas relaciones de verdadera armonía porque seamos incluso capaces de perder para ver felices a los que están a nuestro lado será como sentiremos la hondura de la verdadera felicidad. Pongamos humanidad en nuestra vida, busquemos lo que sea verdaderamente el bien de la persona, sabremos ir viviendo en la armonía del compartir generoso, daremos importancia entonces a lo que es la verdad de la persona y estaremos obteniendo la mayor de las riquezas.
Si la posesión de unos bienes – volviendo de nuevo a lo que le planteaban a Jesús con el tema de las herencias – nos lleva a romper relaciones de amor y de amistad, a vivir con el corazón lleno de amargura y desconfianza y a hacérselo vivir también al otro, ¿merecerá la pena la posesión de esas riquezas? Vivir así rompiendo con todo el mundo, llenos de amarguras y resentimientos, ¿nos dará verdadera felicidad?
Termina Jesús recordándonos de qué nos vale la posesión de todas esas cosas que decimos que nos van a quitar toda preocupación cuando sabemos que un día moriremos y todo se quedará atrás, muchas veces quizá sin haberlas de verdad disfrutado.  ‘Dios le dijo: Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios’.

jueves, 25 de julio de 2019

Nos gozamos en la fiesta del Apóstol Santiago por tantos santos que siguiendo el camino del Apóstol se han desparramado por el mundo como misioneros del evangelio



Nos gozamos en la fiesta del Apóstol Santiago por tantos santos que siguiendo el camino del Apóstol se han desparramado por el mundo como misioneros del evangelio

 Hechos 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15;  Mateo 20, 20-28
En alguna ocasión lo hemos reflexionado. Si tuviéramos que guardar un tesoro o llevarlo de un lugar para otro seguramente que buscaremos medios en consonancia con el valor del tesoro que en él vamos a depositar. Primero la seguridad del cofre o la vasija donde lo llevemos, no utilizaríamos una cosa frágil que pudiera romperse fácilmente y desparramarse o perderse aquello que queremos conservar; y si es algo de mucho valor, un objeto artístico, o algo que apreciamos mucho ya buscaríamos además de la seguridad de no perderle algo en consonancia con su valor, su arte o el aprecio que le tengamos. Un cuadro valioso le damos un marco en consonancia que haga resaltar su belleza, una perla preciosa la engarzaríamos en un valioso y bello collar donde se destaque la calidad y el valor de dicha perla, y así en cualquier cosa valiosa.
Pues de algo así nos habla el apóstol en su carta que hoy en esta fiesta del apóstol santiago se nos propone. Pero nos dice que ese tesoro hermoso del que somos portadores lo llevamos en vasijas de barro, frágiles y todo como son. Y es que el valor de lo que portamos no está en el contenedor, sino en el contenido. Nos quiere hablar del tesoro del ministerio que ejercemos, como en el fondo nos está hablando del tesoro de nuestra fe, el tesoro del mensaje cristiano, del anuncio del Reino de Dios que tenemos que hacer. Y de ese mensaje somos portavoces nosotros con nuestras debilidades y también con nuestros pecados, con la pobreza de nuestra vida y con esa realidad frágil de lo que somos.
Es cierto que tenemos que hacernos dignos de ser portadores y portavoces de ese mensaje del evangelio que hemos de llevar a nuestro mundo; la dignidad con que vivamos y lo anunciemos es cierto que puede ayudar a hacer más creíble el mensaje porque es el testimonio que nosotros damos. Pero el valor y la grandeza, el tesoro está en el mensaje en sí mismo porque es la Palabra de Dios lo que queremos y tenemos que anunciar y transmitir.
Este texto de la Palabra de Dios se nos está ofreciendo cuando celebramos la fiesta del Apóstol Santiago en su martirio que también para nosotros los españoles, por cierto, tiene gran significado. Y aquí podríamos decir que Jesús ha querido confiar el ministerio, la misión del anuncio del mensaje del evangelio a unos hombres, los apóstoles, llenos de dudas, negaciones, ambiciones y debilidades.
Hoy el evangelio nos presenta lo que eran las ambiciones de aquellos dos hermanos y que era también la ambición de una madre que quería lo mejor para sus hijos. A pesar de cuanto Jesús les había querido enseñar una y otra vez que seguirle a El para ser luego sus testigos había de pasar por el camino del servicio y del amor, aquí se presentan osados buscando grandezas y poderes, avalando también la madre esos deseos. Querían los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Cómo somos los hombres para despertar ambiciones de grandezas y poder en nuestro corazón y luchar por ello. Sigue siendo la tónica de todos los tiempos. Cómo lo camuflamos diciendo aquello de que reinar es servir y todas esas frases que se convierten en rimbombantes, que si queremos el bien del pueblo, que si alcanzamos aquella cota de poder es para servir a los que menos tienen, pero que pronto nos vemos inflados por ese poder, buscando ganancias e intereses, queriendo estar por encima de los demás y convertirnos en manipuladores de lo que pueden ser los buenos deseos de los más sencillos.
En el evangelio vemos como Jesús les explica una vez más que ser grande e importante entre ellos no es ocupar primeros puestos de poder, sino ser capaces de hacerse los últimos y los servidores de todos. No será entre vosotros como entre los grandes de este mundo, les viene a decir Jesús.
Pero lo que ahora queremos destacar es cómo en aquellos hombres débiles, con sus ambiciones y con sus dudas como los veremos en otros momentos, Jesús sigue confiando a ellos les confía el tesoro del anuncio del evangelio. Pedro un día negaría conocer a Jesús pero Jesús sigue confiando en él. Tesoros llevados en vasijas de barro, como lo somos nosotros también hoy y tenemos en nosotros ese tesoro de la fe, ese tesoro de la misión que a nosotros también nos confía el anuncio del Evangelio.
Tesoros en vasijas de barro como lo es también la Iglesia con la misión que Jesús le confía en medio del mundo. Algunas veces nos podemos sentir escandalizados con las cosas que vemos en la Iglesia y que no nos gustan; no olvidemos que la Iglesia está formada por humanos, también con sus debilidades, también con las ambiciones que aparecen también muchas veces en sus miembros incluso los más destacados, con sus tropiezos y pecados que parece que tantas veces la ensombrecen, pero el que sigue a Jesús sabe bien quién es el que guía a la Iglesia a través de esas vasijas de barro que somos los hombres.
Es el Espíritu del Señor quien nos guía, quien cuenta con nosotros y nos da su fortaleza. No es nuestra sabiduría ni nuestra fuerza, sino que es la obra de Dios que se manifiesta grande también a través de nuestras debilidades. Por eso creemos en la Iglesia, porque creemos en el Espíritu del Señor que está en ella a pesar de que somos esas vasijas de barro. No es el marco valioso lo que nosotros hemos de admirar sino el tesoro maravilloso de nuestra fe que nos ha transmitido Jesús y que vivimos en el seno de la Iglesia.
Hoy la Iglesia de España se goza en esta fiesta del Apóstol Santiago que estamos celebrando, dando gloria al Señor y alabándole y dándole gracias porque a pesar de todas las sombras y debilidades que hayamos podido quizá acumular a lo largo de la historia  nos gozamos en la gloria de tantos santos como han florecido en la Iglesia de España a lo largo de los siglos y tantos hijos de nuestra Iglesia que se han desparramado por el mundo llevando ese tesoro de nuestra fe y el evangelio de Jesús.

miércoles, 20 de marzo de 2019

Estamos en camino de subida y sabemos que nos vamos a encontrar la pasión y la Pascua pero con Jesús no nos faltará la paz



Estamos en camino de subida y sabemos que nos vamos a encontrar la pasión y la Pascua pero con Jesús no nos faltará la paz

Jeremías 18,18-20; Sal 30; Mateo 20,17-28
Estamos en camino. La vida es un estar en camino, no podemos detener. Un camino de ascensión, un camino hacia lo alto, un camino hacia una meta que nos trasciende. Son los caminos de cada día donde vamos a alguna parte, pero son los caminos de cada día que son caminos de búsqueda, de crecimiento, de superación personal, de sueños de algo grande, de ambiciones que nos hacen crecer pero que en ocasiones nos entorpecen. Unos caminos que nos llevan al encuentro, que nos arrancan de soledades, que nos hacen saltar por encima de dificultades y contratiempos.
Es la lucha de cada día, es el trabajo, es la vida de familia, es la convivencia con los demás, es el cruzarnos con otros que también van haciendo camino o con los que queremos caminar juntos. Mucho podríamos decir de esos caminos, de cómo hacerlos, de lo que nos vamos encontrando o con lo que vamos tropezando; una veces con ilusión, en ocasiones medio derrotados, en momentos de zozobra y angustia, en tantas ocasiones con alegría y esperanza en el alma.
Estamos ahora en el camino de la cuaresma que nos conduce a la Pascua. También con Jesús nosotros hemos de caminar, subir al Tabor y a Jerusalén. Hoy en el evangelio se nos habla de esa subida. Primero hace anuncio Jesús de cuánto va a suceder en Jerusalén, aunque será algo difícil de comprender para los discípulos. Les gustaría que todo fuera un camino fácil. Como nos sucede a nosotros en la vida; nos gustaría caminar sin problemas, donde todo fuera grato, lejos de nosotros preocupaciones y con nuestros sueños intactos. Por eso cuando atisbamos algo que nos parece una contradicción o cerramos los ojos para no ver, o perdemos la paz y la tranquilidad del espíritu.  Pero la realidad ahí y está y tenemos que asumirla y tenemos que recorrerla de manos de Jesús, que El siempre nos llenará de paz el corazón. Cuánto lo deseamos.
Pero como decíamos a los discípulos se les hacia cuesta arriba aquel camino, no solo por lo geográfico de la subida a Jerusalén, sino porque en su corazón estaban latentes sus ambiciones y no terminaban de entender. Es lo que le paso a los hermanos Zebedeos y la desazón que luego se les metió en el corazón a los demás.
Allí están Santiago y Juan pidiendo primeros puestos en su Reino. El diálogo con Jesús es significativo de cómo se nos cierran los ojos y no terminamos de ver. Jesús les habla de cáliz que han de beber y ellos están muy dispuestos, pero siguen con sus deseos y ambiciones. Y ante la reacción que se está produciendo en los demás por las ambiciones de estos dos hermanos, Jesús viene a aclararles una vez más cual ha de ser el verdadero sentido de sus vidas.
No valen los codazos entre sus discípulos para ver quien llega primero o quien alcanza el puesto de honor y de poder. Eso lo deja Jesús para los que viven en el espíritu del mundo. Ellos han de aprender que la grandeza está en el servir, en el hacerse el último de todos, en el asumir también ese momento de cruz que puede aparecer en la vida, pero dispuestos siempre a seguir el paso de Jesús. El es el que ha venido no para ser servido sino para servir. Y ese es el camino que ahora está haciendo Jesús en su subida a Jerusalén. Han de entenderlo pero ha de ser también algo que ellos vivan, algo que nosotros también tenemos que entender y vivir.
‘El hijo del Hombre ha venido para que le sirvan sino para servir y dar su vida en rescate por muchos’. ¿Qué de todo esto tenemos nosotros que asumir en nuestra vida ahora en este camino que vivimos en este momento? Que no nos falte la paz en el corazón.

jueves, 7 de marzo de 2019

Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama


Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama

Deuteronomio 30,15-20; Sal 1; Lucas 9,22-25

Nos queremos comer el mundo, es un sentimiento y un deseo que aparece de una manera u otra dentro de nosotros. Luchamos y nos afanamos cada día con nuestros trabajos, con nuestros sueños y nuestras ilusiones, tenemos siempre esperanza de lograr metas aunque muchas veces las pongamos en unas ganancias materiales, en unos lugares de prestigio, en unos puestos donde podamos ejercer nuestro poder. Y cuando vamos logrando esas metas nos sentimos satisfechos y quizá nace en nosotros un deseo de más cosas.
Hay muchas veces en todo eso buenos deseos y buena voluntad, aunque fácilmente se nos pueden enturbiar esos deseos con ambiciones un tanto egoístas, buscando más nuestro propio bien o nuestro propio prestigio que el bien que podamos lograr por nuestro mundo.
Y hoy  nos viene a decir Jesús que de qué nos vale ganar el mundo entero si perdemos nuestra alma. Parece como un jarro de agua fría. Lo que quiere Jesús es hacernos pensar para que nos hagamos una buena escala de valores. No siempre todo vale, muchas veces incluso algo que en principio nos parece bueno se nos puede enturbiar con ambiciones egoístas. Tenemos que saber buscar lo que verdaderamente es importante. Y algunas veces parece que andamos confusos, porque recibimos tantas influencias de todas partes que no sabemos a qué quedarnos.
Estamos ahora comenzando un camino, el camino cuaresmal. Un tiempo para detenernos, para la reflexión, para pensarnos las cosas, para tratar de buscar lo que verdaderamente es importante, para escuchar al Espíritu del Señor en nuestro corazón y dejarnos guiar por su palabra.
Como nos decía la lectura del Deuteronomio se nos abren delante de nosotros dos caminos, estamos como en la encrucijada y hemos de saber elegir. Caminos que parece que son fáciles y nos llevan a vida, quizá al final nos están conduciendo a la muerte; caminos que nos parecen tortuosos y difíciles, que nos exigen sacrificio y hasta renuncia a muchas cosas, nos conducirán a la vida.
Porque además no es cuestión de dejarse arrastrar por lo fácil o por lo que hace todo el mundo aunque nos parezcan todos tan felices. ¿Tendrán la verdadera felicidad? Quizá detrás de muchas risas hay muchas lágrimas camufladas, muchos sufrimientos ocultos, muchas dudas en el interior, muchos interrogantes sin responder, y tratamos de distraernos de lo que nos parece difícil y compensarlo de la manera que sea.
Por eso, ese planteamiento que nos hace Jesús tiene que hacernos pensar. Ya desde el primer paso de nuestra cuaresma Jesús  nos anuncia la Pascua, y en la parte que tiene de pasión, pero que es la parte más hermosa del amor aunque a veces no lo comprendamos.
Jesús nos está hablando de su entrega y de su muerte, Jesús nos está hablando de ese amor el más grande porque es el que es capaz de dar la vida por los que ama. Pero para emprender el camino de esa Pascua hará falta hacernos planteamientos serios, tendremos que descubrir a qué tenemos que negarnos, cual es la cruz que tenemos que tomar y seguir entonces el camino de Jesús. El camino de dar la vida, que parece que es perderla, pero que realmente es ganarla. Es lo que hizo Jesús y lo que nos está pidiendo que hagamos nosotros. Queremos comernos el mundo, pero escuchemos lo que Jesús nos dice que es lo más importante.

martes, 5 de marzo de 2019

Siguen rondando en el corazón de los cristianos y la iglesia las ambiciones con que se vive en el mundo pero tenemos que aprender a hacernos de verdad los últimos


Siguen rondando en el corazón de los cristianos y la iglesia las ambiciones con que se vive en el mundo pero tenemos que aprender a hacernos de verdad los últimos

Eclesiástico 35,1-15; Sal 49; Marcos 10,28-31

Somos interesados; parece que no podemos hacer nada sin que obtengamos algún beneficio. Es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos el sustento y podemos al fin tener aquello que ansiamos y que nos puede facilitar la vida, teniendo lo que necesitamos y aquello que nos pueda ir mejorando la vida. Pero la riqueza de la vida no está solo en unas ganancias materiales que obtengamos por lo que hacemos, sino que también otras cosas que no son las materiales enriquecen nuestra vida en lo que es más importante.
Es por ello que no podemos estar cuantificando la vida, lo que hacemos siempre desde la óptica de unas ganancias, aunque sean unas apetencias naturales que podamos tener o sea en lo que se nos haya educado. También tiene que haber otro altruismo, otra generosidad porque en fin de cuentas somos deudores del mundo en el que vivimos y nuestra presencia y nuestra vida tendría que hacer que mejorara nuestro mundo, mejoraran nuestras relaciones, pudiéramos convivir más felizmente y ya no tendríamos que actuar siempre desde unos intereses egoístas. La belleza de la vida tiene que ir más allá de esos intereses y hemos de saberle dar una plenitud a nuestra vida desde nuestra generosidad y desde el amor que sentimos por la misma vida pero también por la vida de los demás.
Hoy en el evangelio vemos a Pedro que es humano como todos y también esos intereses y ambiciones rondan en su corazón. Le lanza la pregunta directamente a Jesús. ‘Y nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿qué beneficio vamos a obtener?’ Es cierto, un día habían abandonado las redes y la barca allá junto al lago por seguir a Jesús; cada día se habían ido sintiendo más entusiasmados por Jesús y con El iban por todas partes. Recorrían caminos y aldeas de Galilea, se habían ido un día más allá hasta los territorios de Fenicia, o se habían ido al otro lado del lago a regiones de paganos y gentiles, con Jesús habían atravesado Samaria o habían bajado por el valle del Jordán para acompañar a Jesús hasta Jerusalén en las fiestas de la pascua, y todo eso ¿no iba a tener alguna recompensa?
Como ya en sus mentes rondaba la idea de que Jesús era el Mesías, y conforme a la idea que tenían de lo que había de ser el Mesías, ya habían estado pensando en mas de una ocasión que lugares ocuparían en ese Reino que Jesús anunciaba, que no terminaban de entender. Por eso la pregunta a bocajarro a Jesús.
Y Jesús, con su paciencia tan característica, en principio les había dado la razón. ¿Lo habéis abandonado todo por seguirme? Pues quien ha dejado casa, padre o madre, hermano o hermana, por seguirme tendrá cien veces más, pero os digo también que no os van a faltar dificultades, incomprensiones e incluso hasta persecuciones; pero en el futuro tendrán la vida eterna. Claro que no todos comprenderían totalmente estas palabras de Jesús, y a algunos hasta podría asustarles.
Pero ahora les dejaría como una sentencia, lo que tantas otras veces les dirá. Los primeros, los principales, no son los que ocupan los primeros puestos, los que parecen que mandan y dominan sobre los demás; eso es la manera de actuar del mundo, de los poderosos. Vuestro estilo tiene que ser distinto. ‘Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros’. Ese es el camino de nuestras grandezas, saber hacernos los últimos, los servidores de todos.
No siempre lo entendemos; nos cuesta comprenderlo y asumirlo. Porque ahí en el fondo de nosotros seguimos teniendo nuestras apetencias y ambiciones. Y han pasado veinte siglos y seguimos como en el primer día, porque seguimos creándonos unas estructuras de poder, de dominio, de lugares de honor, de ropajes pomposos que nos llenan de vanidad.
Sigue habiéndolo en nuestro corazón, y siguen estando esas ambiciones en el corazón de la Iglesia, seguimos contemplando luchas de poder, sitiales elevados y ropajes ostentosos. Y sigue rondándonos ese mundo de manipulaciones, y seguimos con un corazón inmisericorde, y seguimos con nuestras condenas, y seguimos con nuestras distancias que nos alejan los unos de los otros. Y no son tantas las cosas que hemos dejado atrás por seguir a Jesús porque sutilmente hemos sabido sustituirlas por otras que nos llevan a un mundo de poder y de grandezas. Copiamos demasiado en nosotros el estilo del mundo y de los poderosos.
Tenemos de una vez por todas que dejarnos transformar por el evangelio para saber ser los últimos, los servidores, los hombres y mujeres del perdón, de la comprensión, de la misericordia. Queremos una Iglesia cercana y tenemos que aprender a ser cercanos los unos a los otros, si en verdad nos llamamos discípulos de Jesús


viernes, 28 de diciembre de 2018

En los santos inocentes martirizados en Belén y en la huida de Jesús a Egipto tenemos que ver cuantas situaciones de sufrimientos inocentes vemos en el mundo de hoy


En los santos inocentes martirizados en Belén y en la huida de Jesús a Egipto tenemos que ver cuantas situaciones de sufrimientos inocentes vemos en el mundo de hoy

1Juan 1,5-2,2; Sal 123; Mateo 2,13-18

Mira que algunas veces nos volvemos crueles. Un hecho que en si mismo es sangriento lo convertimos en un día de bromas, ‘inocentadas’ decimos, que de alguna manera lo hacemos risa y diversión. Costumbres, tradiciones que se nos han metido en alma del pueblo y en este día de los Santos Inocentes, no lo dejamos pasar sin que le gastemos alguna inocentada a un amigo, familiar o compañero.
Pero como decíamos el hecho del evangelio que hoy recordamos tiene mucho de cuento y sangriento cuanto significa la muerte de tantos niños en los alrededores de Belén desde la ambición, el orgullo y la crueldad del rey Herodes que podía ver en peligro su reinado tras el anuncio por parte de aquellos magos venidos de Oriente del nacimiento de un niño que iba a ser rey.
A verse burlado por los Magos que desde Belén no volvieron para indicarle el lugar exacto donde habían encontrado al Niño que venían buscando se desata la ira del rey mandando matar a todos aquellos niños inocentes, de dos años para abajo, que no sabían ni por qué ni por quien morían. Fue el nacimiento de Jesús la causa de la muerte de aquellos niños y es por lo que los llamamos santos, porque los consideramos mártires, primeros testigos en dar la vida por el nombre de Jesús.
Este texto del evangelio es un cruel retrato de las maldades que se nos meten en el corazón de los hombres cuando nos dejamos arrastrar por la ambición del poder, sea cual sea el poder que ansiemos, pero también reflejo de sufrimientos y situaciones duras que podemos contemplar como se siguen sucediendo hoy.
Ya mencionamos esa ambición del corazón de los hombres que son capaces de hacer lo que sea cuando ven en peligro su poder o sus influencias. Cuantas cosas en este sentido siguen sucediendo hoy en las trampas que nos ponemos los unos a los otros, en nuestras luchas porque menos que tribales por mantenernos en el lugar de nuestros sueños, y por no permitir que nos abajen de esos pedestales de poder, prestigio, vanidad en una palabra, en donde nos hemos subido en nuestros afanes de dominio.
Es también la muerte cruel de tantos inocentes desde nuestras violencias humanas, desde nuestras guerras en las que la mayoría de las veces los que mueren son ciudadanos inocentes – y no digamos cuantos niños – que se ven bajo la sombras de esas batallas muchas veces interesadas y planeadas desde lugares de poder.
Son también los niños de la guerra, inocentes convertidos en soldados o en armas de matar de mil maneras, pero son los que sufren los horrores y las violencias de tantas clases nacidas de la pasión de los mayores. Son los inocentes que mueren de inanición porque los que pudiéramos hacer algo por remediar el hambre del mundo, los vemos tan lejos que hemos perdido incluso la sensibilidad.
Como consecuencia de la ambición y crueldad de Herodes la sagrada familia de Jesús, María y José se ven abocados a una situación que nos recuerda también tantas situaciones de las que somos testigos, lo noticieros nos están dando referencias continuamente y vemos que se repite a nuestro alrededor; es el mundo de los emigrantes. Un ángel del Señor avisa en sueños a José y ha de salvar al niño por lo que huyen a Egipto donde se verán salvos. Cruzar aquellos desiertos que separan Egipto de Israel, que un día hicieran en sentido contrario los israelitas buscando la tierra prometida, y con lo medios precarios de la pobreza en que se encontraban para vivir en un país desconocido como era Egipto no seria plato de buen gusto.
Es la imagen que vemos en los que llegan a nuestras costas en pateras o por el medio que sea, atravesando continentes y mares, huyendo de la situación de pobreza o de guerra de sus países de origen, para venir a un lugar que no conocen, donde muchas veces no son socorridos ni atendidos, con dificultades de lenguaje, costumbres e idiomas que está sucediendo hoy a nuestro lado, repito, Pensemos en cuanto sufrimiento se genera con estas situaciones, mucho tendríamos que decir. Es la imagen que vemos en la huida a Egipto de María y José por salvar al Niño.
Claro que todas estas cosas no las queremos pensar. La respuesta que damos muchas veces a todas esas situaciones no suele ser la más apropiada, por decirlo de una manera suave, cuando no somos nosotros los que de alguna manera nos portamos de una forma cruel con tantos inocentes – y pongamos aquí el rostro que queramos -.
No es ya que convirtamos la fiesta de los Santos Inocentes en motivo para nuestras bromas y causa de diversión; eso seria lo de menos, porque nos metemos en el rió de costumbres que no sabemos ni su sentido y su origen y por ahí andamos en la vida.
Es esa otra crueldad de la vida en la que no veamos envueltos, esas ambiciones que nos envenenan el alma de lo que tenemos que ser conscientes y si en esa huida de Jesús a Egipto hemos querido ver a todos esos inocentes maltratados, en ellos veamos la imagen de Jesús en todos ellos y recordemos lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. ‘Lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis...’ ¿Qué le estamos haciendo a Jesús?