Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta hombre nuevo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hombre nuevo. Mostrar todas las entradas

viernes, 4 de septiembre de 2026

Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

 


Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

1Corintios 4, 1-5; Salmo 36; Lucas 5, 33-39

He de confesar que escuchando este texto del evangelio de hoy, que nos habla de remiendos y de rotos, tal como vemos hoy las nuevas modas y costumbres a la hora de vestir parece que se quedaría uno sin palabras ni saber que decir; claro que no podemos olvidar o callar las nuevas costumbres que se nos van imponiendo, que pueden ser también muy significativas de muchas cosas, y podemos pensar en un modo positivo que siempre tenemos que saber hacer aflorar, pero no podemos quitar razón a lo que nos dice Jesús en el evangelio,

Alguna vez nos habrá pasado, teníamos una ropa, un vestido que quizás había significado mucho para nosotros, pero claro con el paso del tiempo las cosas se ponen viejas y aparecen los rotos, nos daba pena desprendernos de dicha pieza y pensamos que quizás poniendo un remiendo allí donde aparecía el roto nos podría seguir valiendo y no tendríamos que tirarla; quizás con el paso de los días nos dimos cuenta que aquello no nos sirvió de nada y al final todo se quedó inservible. ¿Comprendemos entonces el sentido de las palabras de Jesús?

Había venido poco menos que con una queja porque El no enseñaba a sus discípulos a ayunar y hacer penitencias, como juan enseñaba y pedía a sus discípulos o a quienes iban a escucharle a la orilla del Jordán. No dice Jesús que no valgan aquellos ayunos de Juan, lo que nos está pidiendo es que le encontremos un sentido auténtico a aquello que hagamos y que no sea porque haya que repetir literalmente unas viejas costumbres. Ya tenemos la experiencia de como ya nos buscaremos atajos, disculpas y excepciones para no tener que hacer esas penitencias, y si no nos queda más remedio ya procuraremos que sea lo más liviano posible.

Jesús nos está abriendo los ojos a un sentido nuevo y de mayor autenticidad en la vida que es lo que va a significar el Reino de Dios que anuncia. Y ese sentido nuevo nos va a pedir una nueva forma de vivir, una renovación desde lo más profundo para llegar a ser un hombre nuevo. Y ser hombre nuevo no significa buscar disimulos para ocultar roturas; es una vestidura nueva que no es solo algo que nos pongamos por encima si por dentro seguimos igual; la renovación no se queda en remiendos sino en renovación total. ¿No nos pedía conversión? ¿Y qué significa esa palabra? Dar la vuelta totalmente, no es simplemente ponernos de lado para seguir ocultando por detrás las cosas viejas de las que tenemos que desprendernos.

Por eso continuará Jesús hablándonos de odres nuevos; unos odres que han de tener una contextura especial y renovada para poder contener ese vino nuevo del Espíritu con toda su fuerza de vino nuevo? Unos odres viejos que ya están pasados en su contextura no nos servirán porque esa vitalidad nueva los hará estallar. Pero nosotros, sin embargo, queremos seguir siendo odres viejos, porque aquella vieja costumbre no la puedo olvidar, porque de aquellos viejos recuerdos no me puedo olvidar, porque aquello que yo he hecho siempre me puede seguir valiendo, porque contentándonos con cumplir al menos lo más elemental nos parece suficiente, porque hay cosas de las que no me puedo desprender, parece que son camisa que se ha hecho carne con nosotros y ahora nos cuesta arrancarla de nuestra vida y no queremos pasar por esos dolores.

Nos cuesta entender la novedad del evangelio; nos cuesta adentrarnos en lo más hondo de nosotros mismos para llegar a darle autenticidad a nuestra vida; nos resulta fuerte quizás saborear en su más auténtico sabor lo que es el evangelio de Jesús. Por eso hoy Jesús aunque por un lado nos habla de vinos nuevos que necesitan unos odres nuevos, por otro lado nos habla también del vino añejo que tiene el mejor sabor. ¿Hay contradicción en las palabras de Jesús? Tenemos que entender bien lo que es un vino añejo, el que ha conservado su sabor sin adulterarlo de ninguna manera con otras mezclas; ¿no será eso lo que de alguna manera vamos haciendo algunas veces con el paso del tiempo que adulteramos el sabor del evangelio?

Cuántas cosas hemos ido mezclando en nuestra vida cristiana y hasta en la vida de la Iglesia con sabores del mundo que nos rodea con lo que de alguna manera podemos llegar a no reconocer el sabor auténtico del evangelio en lo que hacemos con nuestras tradiciones y rutinas, con nuestros apegos al mundo de los que no nos queremos desprender. Por ahí van las palabras de Jesús.

Cuando ha llegado el momento de una renovación en la Iglesia, como aquel abrir puertas y ventanas que decía san Juan XXIII cuando convocó el concilio para llegar a esa autenticidad, habrá todavía quien sigue añorando aquellas tradiciones y no ha querido entrar en la renovación que el Espíritu Santo ha querido infundir en la Iglesia de hoy. Y cuidado que volvamos a los remiendos o a la autenticidad que nos llena de vanidad.


sábado, 4 de julio de 2026

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

 

Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, es una buena noticia que hace nueva nuestra vida

Amós 9, 11-15; Salmo 84;  Mateo 9, 14-17

Nos gusta recibir buenas noticias. Estamos atentos a los diversos medios de comunicación para saber de qué va el mundo de la misma manera que nos comunicamos con aquellos más cercanos a nosotros que siempre tienen algo que contarnos de cuanto sucede a nuestro alrededor; desgraciadamente la mayoría de las noticias que recibimos tienen los tintes negativos de tantas calamidades que afectan a nuestro mundo y a nuestra sociedad que es algo que por nuestra sensibilidad nos inquieta; pero aun si queremos seguir escuchando noticias esperando siempre algo bueno y algo positivo que de alguna manera nos aliente y sea como luz para nuestro camino. 

Hay noticias que recibimos y que nos impactan y nos inquietan, que nos hacen reaccionar de alguna manera y que también van marcando el ritmo y el rumbo de nuestras vidas; cosas que nos afectan en lo más íntimo de nosotros, cosas que nos hacen pensar y nos hacen ver las cosas de otra manera, cosas, palabras o acontecimientos que nos producen un impacto profundo y o nos pueden desestabilizar en lo que es nuestra rutina de cada día, o nos hacen dar un giro a nuestras vidas.

Cuando Jesús comenzó a predicar en Galilea le decía a la gente que se preparara porque les llegaba una gran y buena noticia; en el ritmo de la predicación que había sido del Bautista la invitación que Jesús hacía era la conversión para poder creer en esa buena noticia del Reino de Dios que llegaba. Era una buena noticia que haría cambiar muchas vidas en quienes la aceptaron, una buena noticia que impacta y nos tendría que llegar de inquietud para buscar esos nuevos valores que nos iba a proponer.

No todos lo van a comprender porque están muy anclados en las costumbres de siempre, en la interpretación que ellos se habían hecho de la ley y los profetas, de las Escrituras santas, y no estaban dispuestos a hacer ese cambio, por eso su reacción será ir a la contra, rechazar, no dejar que llegara esa buena noticia a sus corazones. Es lo que iremos encontrando a lo largo del evangelio.

Hoy vienen algunos a plantearle a Jesús por qué sus discípulos no siguen con los viejos ritos de los ayunos y las penitencias, como los discípulos de Juan o como los discípulos de los fariseos. Jesús tratará una vez más de hacerles comprender la novedad de esa Buena Noticia, de ese Evangelio, que Él está proclamando. Y lo hace siempre, podríamos decir, con su pedagogía de ponernos imágenes como señales que hemos de entender. Por eso habla de rotos y de remiendos, por eso habla de odres viejos y nuevos que habrá que renovar para recibir ese vino nuevo que Él nos ofrece. 

‘Nadie echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado; porque la pieza tira del manto y deja un roto peor’. Es una vestidura nueva la que tenemos que vestir, no nos vale lo viejo remendado, sino que es necesario esa transformación profunda que nos hace un hombre nuevo. 

‘Tampoco se echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres: se derrama el vino y los odres se estropean; el vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’. Es la conversión profunda de nuestro corazón y de nuestra vida. No podemos ser los mismos ante la Buena Noticia del Evangelio de Jesús. 

¿Significa en verdad eso para nosotros? Cuando queremos en verdad confrontar nuestra vida con el evangelio que escuchamos muchas veces nos quedamos pensando en qué cosas tengo que cambiar. ¿Significa eso los remiendos que le he de poner a mi vida para que no desentone mucho con el evangelio que escuchamos? Dejemos que el evangelio impacte de lleno en nuestra vida, no nos importe que muchas cosas salten por los aires, porque seguramente serán las que no están verdaderamente ancladas en Jesús y su evangelio.

jueves, 23 de abril de 2026

Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

 


Creyendo en Jesús, Pan de vida bajado del cielo, nos sentiremos tan intensamente unidos a El que ya nada nos podrá separar del amor de Dios

Hechos 8, 26-40; Salmo 65; Juan 6, 44-51

Cuando en la vida nos encontramos alguien que se acercado a nosotros con la mayor sinceridad y delicadeza, nos hemos sentido comprendidos por esa persona y en quien somos capaces de descargar lo más hondo o lo más pesado que llevamos en el alma, diríamos que se crea un vínculo tan intenso que ya no nos gustaría separarnos de ella, sentimos que es como luz que hemos encontrado en nuestro camino y se convierte para nosotros en un ser maravilloso que siempre admiraremos y hasta trataremos de imitar. Es así como nacen las grandes amistades que van a perdurar en nuestra vida y que no queremos que nada las destruya, sea cuales sean las tentaciones que suframos. Nos sentimos en una comunión maravillosa con esa persona que de alguna manera se convierte en un todo para nosotros.

He estado queriendo referirme a bellas y maravillosas experiencias humanas que enriquecen nuestra vida, pero que se convierten en una imagen de lo que Jesús quiere hoy ofrecernos en el evangelio. Nos está hablando Jesús de comunión que nos lleva a sentirnos muy unidos a El por la fe. Y es que eso es lo que ha tenido que significar en nuestra vida nuestro encuentro con Jesús por la fe. Por algo Jesús nos hablará de camino y de vida, nos hablará de luz y de salvación. Es lo que vemos en el evangelio que Jesús va ofreciendo a cuantos con El se van encontrando; por eso nos hablará por otra parte de la radicalidad con que hemos de seguirle de modo que, como nos dirá san Pablo, nada podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús.

Los signos, que nosotros habitualmente llamamos milagros, que Jesús va realizando nos van manifestando lo que ha de ser esa vida nueva que nace en nosotros tras nuestro encuentro con El. El encuentro con Jesús sana verdaderamente nuestra vida mucho más allá de la curación de una enfermedad o de la liberación de alguna dependencia. Es un nuevo caminar, es un nuevo vivir, es un nuevo sentido para nuestra existencia, es un sentirnos nuevos y distintos porque ya seremos un hombre nuevo. Es lo que nos va repitiendo a lo largo de todas las páginas del evangelio.

¡Qué importante que nos dejemos encontrar con Jesús! Es necesaria una apertura del corazón, es necesario aprender a despojarnos de todo lo viejo que hay en nosotros para que seamos esa criatura nueva. No es algo superficial ni ocasional que cuando pase el tiempo se olvida. Es una transformación profunda la que se realiza en nosotros. Una nueva creación se realiza en nosotros.

Claro que cuando tenemos esta experiencia tan profunda de un encuentro con Cristo que transforma toda nuestra vida, nos sentiremos en esa nueva vinculación con El, como expresábamos de aquellos nuevos vínculos que se crean con una amistad nueva. Nos sentiremos tan unidos a Jesús que ya no es solo copiar alguna de sus cosas en nosotros sino comenzar a vivir una nueva comunión con El. No nos querremos separar ya de Jesús por nada del mundo.

Por eso Jesús se nos está presentando con pan de vida porque comiéndole así a El nos sentiremos llenos de la vida de Dios, llenos de vida eterna. Y nos dirá Jesús, ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’. Porque creemos en El y a El nos queremos sentir verdaderamente unidos, tendremos la vida eterna. Una vida para siempre, una vida de una nueva comunión, una vida en la que nos sentiremos profundamente inmersos en Dios.

martes, 14 de abril de 2026

¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

 


¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

Hechos 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 7b-15

Cuando a media mañana cada día salgo a hacer mi paseo, llamémoslo terapéutico, suelo pasar junto a un terreno, una pequeña finca, por la que siento en cierto modo lástima por el estado en que está a lo largo del año; ahora por las recientes lluvias han surgido las hierbas por doquier y todo se ve lleno de colorido, pronto comenzarán a brotar las vides y a florecer los árboles frutales, pero pronto todo se llenará de maleza, las viñas no darán los correspondientes frutos y los árboles parecen enfermos porque de ellos no se puede coger una fruta comestible. Hablaba un día con el que cuida el terreno y me decía que había que hacer una renovación total, nuevas cepas de vid, nuevas y buenas semillas que echar a la tierra, nuevos frutales libres de toda plaga para que al final se puedan recoger unos frutos; en una palabra había que hacer una renovación total de aquella huerta. No es simplemente el arreglo de una pared rota o de una mata de hierba que tengamos que arrancar. Es algo mucho más profundo.

Me van a permitir que recoja esta imagen de renovación para pensar en lo que hoy nos quiere decir el evangelio. Continúa la conversación de Nicodemo con Jesús, como veíamos ayer al que había ido a visitar de noche, y Jesús le está hablando de algo que a Nicodemo le cuesta comprender. Jesús le ha hablado de un nacer de nuevo, y Nicodemo se hace la consideración de cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Pero esa interpretación así tan literal no es lo que Jesús nos quiere decir. Nos está hablando de un hombre viejo que tiene que transformarse en un hombre nuevo y ya hemos considerado las restantes palabras de Jesús de que esto es posible solo por el agua y el Espíritu, y siempre con ello hacemos referencia al Bautismo.

Un renacer, como decíamos antes la renovación total de la antigua finca para que sea una finca nueva y pueda dar buenos frutos, porque todo está renovado.

Es la transformación total que tiene que realizarse en nuestra vida, que no es hacer un arreglito por aquí o un remiendo por allá. Un paño nuevo para un vestido nuevo, un corazón nuevo para una vida nueva. Porque no es seguir con las mismas cosas de antes pero con algún remiendo por aquí o por allá; vida nueva es nueva, no es la antigua remendada. Son valores nuevos aunque signifiquen una revolución, es una nueva forma de vivir con unas actitudes nuevas, con una nueva forma de actuar, porque ahora tenemos una nueva manera de ver las cosas.

Y esto no es fácil. Tomemos, por ejemplo, como referencia lo que nos ha contado hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. Con qué radicalidad se habían tomado el mandamiento del Señor. Si hay amor verdadero, a la manera como nos enseñó Jesús, nadie tendría que pasar necesidad porque nuestro amor no nos lo permitiría. Es lo que estaba haciendo aquella primera comunidad de Jerusalén. No se preocupaban de los buenos y ricos manteles que había que poner en las mesas, sino de lo que en la mesas había de ponerse para que pudieran comer todos. ¿Será algo así lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer?

Si decimos que ya somos un hombre nuevo porque hemos nacido de nuevo esas tendrían que ser las pautas de nuestra vida. Allí lo ponían todo en común, y nos habla del levita Bernabé que vendió su finca y puso el precio a los pies de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Y todavía nosotros cuando nos pasan la bandeja en la misa estábamos buscando la moneda pequeña en nuestro bolso para ponerla en el compartir. ¿Estaremos así imitando de alguna forma lo que hacía aquella primera comunidad de los discípulos de Jesús en Jerusalén?

Por ese camino tendríamos que seguir haciéndonos nuevos planteamientos, muchos interrogantes para nuestra vida y la radicalidad o no con que nos hemos tomado el evangelio de Jesús. ¿Estaremos siendo en verdad los que hemos nacido de nuevo por el agua y el Espíritu?


sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

domingo, 8 de marzo de 2026

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

 


Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, dejándonos sorprender por la presencia y la palabra de Jesús

Éxodo 17, 3-7; Salmo 94; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

Siempre el evangelio, si lo escuchamos con la curiosidad de la fe dejando a un lado las viejas rutinas de lo que ya damos por sabido, será para nosotros una sorpresa apabullante, que de ninguna manera nos dejará indiferentes. Por eso es evangelio, noticia nueva siempre, noticia buena aunque en ocasiones nos desconcierte, noticia que nos abre horizontes de vida, noticia que nos hace sentir siempre la cercanía y el amor de Dios.

Si nos fijamos bien en este texto que llamamos de la samaritana que hoy se nos ofrece Jesús se nos presenta rompiendo todos nuestros moldes, nuestras rutinas, nuestras viejas costumbres, nuestra manera de actuar de siempre. Repito, por eso es evangelio.

Fijémonos, Jesús al ir de Judea, que parece ser el punto de partida, hasta Galilea hace un camino que no era el habitual, aunque fuera el más cercano, dada la malevolencia que había entre judíos y samaritanos, como se expresa en el mismo texto. Se detiene junto al pozo y estando en un lugar solitario porque los discípulos se  han ido al pueblo a buscar comida, se pone a hablar con una mujer; algo fuera de toda lógica y costumbre entre aquellos pueblos que no podían ponerse a hablar con una mujer en un lugar descampado como aquel; será ya anticipo de lo que vamos a ver continuamente en el evangelio en el que algunas mujeres le siguen de cerca. Pide agua a aquella mujer aunque luego sea El quien se ofrece a dar una mejor agua - y no importa que no tenga con que sacarla del pozo - que la de aquel pozo de Jacob que tanta importancia tenía para judíos y samaritanos. En las disputas entre judíos y samaritano sobre cual era el verdadero templo, Jesús propondrá una nueva forma de adoración a Dios, ‘en espíritu y verdad’. Aunque los discípulos le ofrecen la comida que han ido a buscar la rechaza porque Él hablará de otro alimento que será el que verdaderamente le mantendrá en aquella misión de ser el Mesías.

Es la nueva agua que calmará profundamente nuestra sed, porque eso es lo que Jesús quiere despertar en nosotros. Estamos bebiendo en la vida tantos sucedáneos de agua que al final terminarán dejándonos igual de sedientos porque en nada calman nuestra sed. Pensemos en qué es lo que buscamos en la vida, cuáles son nuestras auténticas prioridades, que cosas buscamos que nos den satisfacción, esa rutina de la vida en que nos cansamos aburridos de hacer lo mismo pero no somos capaces de romper esa espiral para buscar algo nuevo, esa superficialidad de nuestras vanidades que nos endiosan y nos hacen sentirnos por encima de todo y de todos, esa cerrazón de nuestros orgullos que crean abismos impenetrables, esas espinitas de las que nos vamos envolviendo en la vida que tan difícil nos hacen la convivencia con los demás.

¿Y eso es lo que nos hace feliz? ¿Ahí en verdad encontramos el sentido y el valor de la vida? Así caminos desorientados por la vida sin saber ni por donde vamos ni a dónde vamos, dando tumbos de un lado a otro, de una opinión a otra, de lo que nos dicen aquí o nos dicen allí sin saber a qué quedarnos; terminamos sin saber cual es el agua que va a calmar verdaderamente nuestra sed.

Y es que muchas veces no sabemos escuchar porque nos lo damos todo por sabido; nos falta encontrar esa verdadera sintonía  para escuchar aquello que eleve nuestra vida de verdad; por eso andamos ramplones, arrastrándonos en los mismos barros, dejándonos seducir por palabras engañosas, que parece que ya no estamos interesados en encontrar la auténtica verdad de nuestra vida, lo que nos dé auténtico sentido a nuestro vivir y a nuestro caminar, lo que verdaderamente nos eleve para encontrar lo que sería la auténtica grandeza de nuestra vida. No endurezcamos el corazón como si estuviéramos en Meribá o Masá en el desierto. Sintamos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado.

Dejemos que Jesús se siente con nosotros al borde de ese pozo al que estamos rutinariamente acudiendo, pero dejémonos sorprender por la presencia y por la palabra de Jesús. Seamos capaces de abrir nuestro corazón para reconocer nuestra realidad pero sobre todo para abrirnos a Dios, para escuchar a Jesús, para dejarnos sorprender por esa buena noticia que tiene para nosotros. Algo nuevo va suceder en nuestra vida, no lo dejemos pasar, no lo ignoremos, sintonicemos con la gracia de Dios, aprovechemos este camino cuaresmal que estamos haciendo, dejemos que la Palabra de Dios llegue de una forma viva a nosotros. Al final podremos ser con la Pascua ese hombre nuevo que Cristo quiere crear en nosotros.


sábado, 10 de enero de 2026

La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo buena noticia de salvación hoy, no una utopía que nos confunde y adormece sino una nueva realidad para nuestra vida

 


La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo buena noticia de salvación hoy, no una utopía que nos confunde y adormece sino una nueva realidad para nuestra vida

1Juan 4, 19–5, 4; Salmo 71; Lucas 4, 14-22a

Quien va por la vida arrastrando una pesada carga si encuentra en el camino un alma caritativa y generosa que quita de sobre sus hombros tal tormento se sentirá liberado es cierto pero sobre todo va a comenzar a creer en la bondad de los hombres cuando alguien sin pedirle cuentas le ha ayudado a liberarse de su peso.

Este pensamiento de entrada nos puede parecer muy utópico, sobre todo desde esas negruras sin esperanza en las que vivimos muchas veces, pero lo podemos ver palpable en gestos materiales que siempre nos encontramos en aquellos que siempre están dispuestos a ayudar; serán los trabajos que algunas veces se nos convierten en esclavizantes por la manera de plantearlos, la dureza de la vida del campo, el trabajo duro de quien trabaja en una mina, por ejemplo, trabajos que nos roban todo el tiempo o angustias de los que aun con todo el esfuerzo que hacen sienten que no pueden salir de sus amargas situaciones. Encuentran a alguien que les echa una mano y seguro que se lo agradecerán, como solemos decir, eternamente.

Pero son también otros agobios que sufrimos en la vida, problemas que se acumulan, enfermedades que nos destruyen no solo nuestro cuerpo sino también nuestra estabilidad emocional y la de los que conviven con nosotros, esperanzas que se pierden, situaciones de la sociedad que no sabemos qué rumbo toman, materialismo de la vida que contemplamos a nuestro alrededor donde parece que el dinero y la riqueza la solucionan todo, gente que camina sin rumbo ni sentido y solo buscan un placer efímero que quizás les haga olvidar sus otros sufrimientos. ¿Encontraremos una salida válida a todas estas situaciones que vivimos o que nos encontramos a nuestro alrededor?

Nos hace falta una palabra de aliento, un gesto que despierte la esperanza, algo que ponga una ilusión nueva en nuestro espíritu para poder seguir manteniendo la lucha y la búsqueda de caminos. Algo tiene que despertarnos, alguien tendrá que ser quien ponga una nueva luz en nuestra vida. ¿Dónde encontrar esa salvación?

En estos días en que estamos culminando la Navidad la liturgia nos va ofreciendo diversos textos de la Palabra que nos ayudan a descubrir quién es en verdad Jesús para nosotros y la esperanza que pone en nuestra vida. Hoy ya en este penúltimo día del tiempo de la navidad que concluirá mañana con la celebración del Bautismo de Jesús, el evangelio un poco se nos adelante y nos presenta a Jesús predicando por los distintos lugares de Galilea y en esta ocasión visita su pueblo de Nazaret.

Acude el sábado a la sinagoga según costumbre y es Jesús quien hace la proclamación de la lectura de la ley y los profetas. En este caso será un texto de Isaías que habla de quien viene lleno del espíritu de Dios para proclamar el año de gracia del Señor. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, es todo el comentario que hace Jesús. Allí está la buena noticia que va a ser anunciada a pobres y oprimidos, el anuncio de liberación y de salvación. Ese mundo lleno de sombras va a encontrar una luz y esa luz la encontraremos en Jesús. En Él se cumplen esos anuncios de la Escritura, de los profetas.

¿Qué viene a ofrecernos Jesús? Que encontremos esa verdadera liberación de nuestras vidas porque encontremos ese sentido nuevo de vivir; quiere para nosotros la mayor dignidad y grandeza, no podemos seguir dejándonos oprimir, pero no hemos de pensar en la opresión que otros podrán hacer sobre nosotros, sino en esas cosas que llevamos dentro de nosotros con nuestra maldad o con nuestra desorientación que nos hacen sufrir, que nos hacen sentirnos agobiados, que nos hacen caminar sin esperanzas, que nos atan demasiado a estos placeres de aquí abajo que al final nos dejarán vacíos o hastiados.

Jesús quiere ponernos en pie, que dejemos de arrastrarnos de la manera que hacemos detrás de nuestras pasiones, nuestras ambiciones o nuestros materialismos. Nos habla de que los cojos podrán caminar, que los ciegos tendrán luz en sus ojos, que los sordomudos podrán hablar y escuchar. Jesús quiere sanarnos desde lo más hondo de nosotros mismos, porque muchas veces seguimos acumulando resentimientos y heridas mal curadas que a la larga nos hacen sufrir a nosotros mismos. Jesús quiere otra vida para nosotros, otro sentido para nuestro mundo y para nuestra sociedad, otra grandeza y dignidad porque seamos nosotros mismos y nos sintamos engrandecidos desde lo más hondo de nuestro interior.

Es lo que hoy nosotros también necesitamos escuchar. Es lo que nos tiene que hacer despertar de este sonambulismo en que vivimos. La Buena Nueva del Evangelio sigue siendo una buena noticia de salvación para nosotros hoy y para nuestro mundo. Escuchémosla y anunciémosla dando testimonio de que en verdad podemos vivir una vida nueva. El evangelio no es una utopía que nos confunde y nos deja adormecidos, sino una realidad nueva para nuestro vivir.


domingo, 24 de agosto de 2025

Cantidades o calidades, autenticidad o vanidad, remiendos o vestidura nueva, exigencia de radicalidad o quedarnos adormilados, con El o contra El

 


Cantidades o calidades, autenticidad o vanidad, remiendos o vestidura nueva, exigencia de radicalidad o quedarnos adormilados, con El o contra El

Isaías 66, 18-21; Salmo 116; Hebreos 12, 5-7. 11-13; Lucas 13, 22-30

Seguramente que lo hemos escuchado, quizás también empleado, no sé si como una disculpa por no lograr lo que pretendíamos, el escaso eco que pueden tener nuestras palabras, pero fácilmente decimos aquello de que más vale la calidad que la cantidad. ¿Nos escudamos en eso para justificarnos de nuestro poco celo o nuestro deficiente esfuerzo para conseguir unos frutos? Pero es cierto que nos agrada mucho cuando vemos cantidades, nos entusiasmamos ante una multitud que responde a una convocatoria, sea de lo que sea, y nos sentimos frustrados cuando son pocos los que responden. ¿A qué tendríamos que darle verdadera importancia?

No podemos dejar de reconocer que nos gustaría ver las iglesias llenas como en otros tiempos, la multitudinaria asistencia de toda la gente a la convocatoria de nuestros actos religiosos o de piedad popular, nos lamentamos de tantos vacíos y tantas ausencias y nos hacemos preguntas de a donde vamos a llegar. ¿Es malo que tengamos esa preocupación y esa inquietud? ¿Debemos de dejar de hacernos preguntas de a donde vamos a parar por el camino que llevamos? Ahí están también la carencia de vocaciones, los seminarios vacíos, las casas de religiosos o religiosas que se cierran por falta de consagrados. A mi se me plantean tengo que reconocerlo continuamente estos interrogantes.

Pero no estoy tirando piedras sobre mi propio tejado al hacer comparación de todo esto que vengo diciendo con lo que hoy nos plantea el evangelio. Jesús, en su subida a Jerusalén, va pasando por distintos pueblos y como siempre va anunciando la buena nueva; hay gentes que se entusiasman por seguirle, como habrá otros que desde la orilla, por decirlo de alguna manera, lo ven o lo dejan pasar. Pero entre las inquietudes que van apareciendo en muchos corazones está la pregunta eje de este evangelio de hoy, Ante todo lo que va planteando Jesús, ante el anuncio que está haciendo, habrá gente a la que le inquieta la respuesta que han de dar. ¿Serán muchos los que creen y siguen a Jesús?

Pero la pregunta que realmente le plantean va más allá. Al final, ‘¿serán muchos o serán pocos los que se salven?’ En alguna ocasión, en la sinagoga de Cafarnaún algunos dirán que es dura la doctrina que plantea Jesús, y dice el evangelista, que ya no quisieron seguir con Jesús. De ahí la pregunta que Jesús le hacia a los mismos discípulos más cercanos, ‘¿tambien vosotros queréis marcharos?’

Pero Jesús no responde con números. Recordemos como los mismos evangelistas y los autores sagrados se regodean cuando pueden hablar de multitudes que siguen a Jesús, de los cinco mil hombres allá en el descampado cuando la multiplicación de los panes, de las multitudes que se convertían ante la predicación de Pedro y los apóstoles en aquellos primeros momentos del comienzo de la Iglesia. Siempre nos interesan los números, queremos multitudes. Pero Jesús a eso no responde.

Jesús lo que nos pide es autenticidad, que Jesús no quiere que andemos nadando entre dos aguas, que nos contentemos con los remiendos, lo que nos pide es un paño nuevo, unos odres nuevos y auténticos para que no haya rotos, para que no se desperdicie el vino nuevo que se nos ofrece.

Hoy nos hablará de puerta estrecha, pero que no significa que todo sea dificultades para entender o para vivir los valores del Reino de Dios. Lo que Jesús nos está señalando que el camino pasa por El, porque El es la Vida y la Verdad; ya en otro momento nos dirá que es la puerta, porque la única que se puede entrar al redil, por la única que podrán entrar los que son dueños del rebaño, que no es la que buscarán los salteadores, la única por la que las ovejas entrarán en el redil.

No hay otra. Estamos con El o estamos contra El, por lo que será también para nosotros un signo de contradicción, un interrogante para nuestra vida que no nos deja dormidos y apelmazados. Tenemos que estar despiertos, tenemos que mantener nuestra luz encendida y para eso tenemos que cuidar que no nos falte el necesario aceite que alimente esas lámparas. Es el planteamiento serio de autenticidad que nos está haciendo Jesús.

Y bien tendríamos que escucharlo frente a todas las fantochadas en que nos envolvemos en la vida, disfraces o caretas para nuestros disimulos, o vanidades de las que nos revestimos para aparentar lo que no somos. Es serio y radical el planteamiento que nos está haciendo Jesús.

Es lo que tenemos que buscar para nosotros mismos como para nuestra iglesia, es lo que en verdad tiene que resplandecer en la vida de los cristianos porque por ahí anda la verdadera calidad de nuestra vida.

sábado, 5 de julio de 2025

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

 


Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

Génesis 27, 1-5. 15-29; Salmo 134;  Mateo 9, 14-17

¡Cómo han cambiado los tiempos!, decimos muchas veces cuando observamos la evolución que se va produciendo en la vida en todos los aspectos; cosas que hasta no hace muchos años utilizábamos en muchas de nuestras tareas ahora han quedado en el olvido porque se nos ofrecen otros materiales, otros instrumentos con lo que lo hacemos ahora con toda facilidad; es la evolución de la ciencia y de la técnica que facilita tantas cosas, es todo este mundo de la informática, de Internet, de las redes sociales, de los medios de comunicación que a muchos coge a traspiés y si no sabemos irnos actualizando continuamente pronto nos quedaremos bien obsoletos con toda la carga de su significado que tiene la palabra. No digamos de las costumbres, de las leyes que regulan la convivencia y la vida social y también, por qué no hay que decirlo, de valores que quizás se están perdiendo. ¿A dónde vamos? ¿En qué nos quedamos?

Sin embargo a veces surgen resabios de añoranzas en algunos que quisieran volver para detrás, pero aunque busquemos unos valores estables, que siempre hemos de buscar, no significa que nos encerremos en cosas que solamente hacemos como una vieja costumbre, muchas veces como una rutina, y que las hacemos porque sí, pero sin buscarle o darle un verdadero sentido. Quizás en la propia evolución de la vida del hombre, de las costumbres y de la mayor profundización en nosotros mismos, en otras épocas se vivían unas normas o costumbres que respondían a lo que era la vida del hombre en aquellos momentos; muchas veces quizás dejándonos arrastrar por viejas tradiciones que podían tener su sentido entonces, pero que en la medida en que crece la libertad interior de la persona no necesitamos de aquellos corsés para mantener una rectitud de vida.

No podemos perder de vista nunca lo que es la dignidad de la persona, de toda persona, que en nuestra antropología cristiana la describimos desde la dignidad con que Dios nos creo, como nos dice la Biblia, a su imagen y semejanza; a eso tienen que ir unidos unos valores, unos principios de vida, unos fundamentos que van a garantizarnos esa dignidad. Es con lo que Cristo quiero hacer que nos encontremos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios nos está hablando de la grandeza del hombre, de la persona, desde ese Dios a quien llamamos nuestro Señor, pero que es nuestro Padre y Creador, encontramos la dignidad del hombre, su valor y su grandeza. Y de ese camino nada ni nadie nos pueden desviar.

En la rigidez de un pueblo que se veía acosado por todos los pueblos de alrededor, con otros valores u otros principios de vida, Moisés marcó unas pautas muy rígidas para que el pueblo no se desviara de los caminos de Dios. Era toda la ley de Moisés fundamento del camino de todo el Antiguo Testamento. Pero los profetas ya fueron señalando lo que tenía que ser fundamental en esa fe del pueblo creyente y anunciaban unos tiempos nuevos, unos tiempos mesiánicos, en que se haría presente aquel Salvador que Dios había prometido, desde la caída en el pecado en el paraíso terrenal. Llegaban esos tiempos nuevos.

Es lo que significaba la presencia de Jesús, ese tiempo nuevo de una nueva liberación para crear un hombre nuevo y un mundo nuevo. Aquellos tiempos oscuros del pasado tenían que quedar atrás, porque quien viviera esa alegría de la nueva liberación, ya no tendría que vivir con los crespones negros de la tristeza. La Ley de Dios que a través de Moisés había guiado al pueblo en su camino creyente ahora alcanzaba la plenitud. Por eso Jesús no dice que venga a abolir la ley, sino que lo que quiere es darle plenitud. Era una renovación, porque era una nueva vida lo que Jesús nos ofrecía; Jesús nos enseñaba a vivir en una libertad nueva, la libertad de los hijos de Dios, porque la verdad nos hace libres. Y era el encuentro con la verdad, el encuentro con Jesús Camino, Verdad y Vida.

Para eso Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, porque nos está dando un nuevo sentido a la vida y a lo que hacemos. Todo parte del amor, porque es una manifestación de lo que es el amor de Dios, pero que ha de ser también nuestro camino. Y quien ama de verdad vive la mayor y mejor alegría del corazón. Por eso nos dirá que los amigos del novio no pueden estar tristes en la boda del novio. Por eso nos hablará Jesús que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo; por eso nos hablará que el vino nuevo no puede seguir en los odres viejos, sino que necesitarán unos odres nuevos.

Los tiempos nuevos que nosotros hemos de vivir no son simplemente los tiempos de las nuevas tecnologías o de los nuevos medios de comunicación; no pueden consistir en que ahora tengamos unas nuevas formas de vestir tan distintas a las que usábamos en otros tiempos; no es cuestión solamente de que la ciencia haya avanzado y se hagan o se vean las cosas de otra manera.

El tiempo nuevo que hemos de vivir es el que nos traza el evangelio, que no es volver a viejas costumbres o a viejos ritos, sino descubrir lo hondo que nos enseña el evangelio para hacer crecer más y más la dignidad de la persona, y que seamos capaces de entrar en un mundo de una verdadera comunicación, no porque tengamos unas nuevas redes sociales para relacionarnos, sino porque vayamos siempre a lo más hondo de la persona en el respeto y valoración de toda su dignidad, pero haciendo que en verdad hagamos un mundo de una nueva humanidad.

No podemos perder esa humanidad y a pesar de todos los medios que tenemos hoy para relacionarnos y comunicarnos, estamos perdiendo sensibilidad, vivimos demasiado en la indiferencia, y no hay verdadera relaciones humanas entre unos y otros porque muchas veces vamos como desconocidos por el mundo de los que están a nuestro lado.

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad. Es lo que siempre será la novedad del evangelio.

jueves, 1 de mayo de 2025

Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

 


Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Hay cosas en la vida que nos impactan y dejan huella en nosotros, huella que no es solo un recuerdo que no podemos quitar de la cabeza, que eso también sucede, sino que quizás a partir de ese momento vemos las cosas de otra manera, nos impulsa a tomar decisiones importantes para nuestra vida o nos llevan a vivir distinto. Un accidente que presenciamos o en el que nos vimos envueltos y del que salimos ilesos, una palabra de alguien en un momento determinado que se convirtió para nosotros en algo solemne y único, las palabras de un moribundo podríamos pensar, algo que vimos hacer a alguien que nos resultó insólito y sorprendente por el convencimiento con que lo hacía, y así cada uno podemos pensar en ocasiones distintas de la vida que nos hemos sentido impactados de forma extraordinaria.

Podemos pensar en cosas de la vida ordinaria, hechos reales que hemos vivido, o entramos en un ámbito más espiritual y estamos hablando de la fe. Una fe que no se reduce a una tradición, algo que nos han transmitido aunque eso tiene también su importancia y sigue siendo algo fundamental, sino una fe que ha ido creciendo en nuestro interior, pero desde lo que nosotros vivimos, desde las experiencias humanas y religiosas, espirituales que hayamos tenido.

Quizás vivimos tan materializados, tan imbuidos por el ambiente que nos rodea que todo lo reduce a lo material, a lo sensorial que nos produzca placeres, y tenemos el peligro de perder esa sensibilidad espiritual que tiene que formar parte también de nuestra vida. Nos quedamos fácilmente en la corteza, pero no sabemos llegar a lo hondo donde está la verdadera sabia de nuestra vida; quizás en ocasiones pasamos por momentos de experiencia espiritual e incluso religiosa, y lo materializamos tanto que podemos quedar solo disfrutando de la belleza externa que vienen a ser como adornos, que es cierto también nos pueden ayudar, pero no calamos hondamente en esa experiencia espiritual que podamos estar viviendo; cuando nos falta esa hondura salimos, es cierto, encantados por esa belleza externa, pero no espiritualmente impactados.

Lo vivido días pasados con la muerte del Papa Francisco, podría ser una experiencia espiritual intensa, pero puede ser que nos quedemos en la anécdota, la solemnidad del acto, algo así como en el espectáculo, las personas o personajes que han intervenido, pero no hemos sabido descubrir una voz que en lo hondo nos esté hablando desde la figura, la vida y la muerte del Papa Francisco. Es la experiencia de Dios lo que tenemos que saber encontrar, saber vivir en cualquier cosa que vivamos, porque Dios llega a nosotros de mil maneras y en todos los acontecimientos y en todas las partes. ¿Tendremos que aprender a despertar la fe?

Es esa experiencia de la fe que nos transforma, que le da hondura a nuestra vida, que le hace adquirir un nuevo sentido y valor, es lo que nos hace sentirnos con nueva vida. Y esa experiencia de fe es algo más que un impacto que nos hace guardar un recuerdo o dejar una huella, algo que no podemos olvidar; es eso y mucho más, porque eso se va a hacer vida en nosotros, es lo que nos va a hacer vivir de verdad y entonces todo tendrá un nuevo sentido, como decíamos, un nuevo valor.

Hoy el evangelio nos dice que creer en Jesús es algo maravilloso porque nos hace poseer la vida eterna. Y cuando nos habla de vida eterna, no estamos pensando en el más allá después de la muerte, sino que esa vida eterna es lo que ahora estamos viviendo, porque es sentirnos poseídos por Dios y sentirnos llenos de Dios, porque es sentir que Dios es ya posesión nuestra porque así está metido en nuestro corazón, en nuestro espíritu, en todo nuestro ser.

Y eso nos hará vivir, entonces, de manera distinta, de manera nueva; es por eso que decimos que los que creemos en Jesús somos hombres nuevos, algo distinto a cuando vivíamos sin esa fe, sin ese Jesús poseyendo nuestra vida. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Será así como estamos viviendo nuestra fe? ¿Será así como nos sentimos poseedores de esa vida eterna?

lunes, 28 de abril de 2025

 


No es simplemente un espíritu joven lo que nos identifica como cristianos, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¿Siendo viejo se puede a la vez ser joven? Pudiera parecer a primera vista que es algo incongruente si pensamos en la vejez como en un número de años acumulados con sus consecuencias y ser joven es solo la vitalidad que se tiene con un número de años normalmente corto. Sin embargo muchas veces decimos, y es algo que repetimos los que somos mayores que tengamos muchos años sin embargo nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven por nuestras ganas de vivir; y también es un halago que con facilidad recibimos de alguien que cuando nos ve nos dice que aun parecemos jóvenes, halagos que nos agradan aunque reconozcamos nuestras limitaciones por el paso de los años. Parece un galimatías, pero así son también nuestros lenguajes o son las apariencias que queremos mostrar en la vida.

Sin embargo hoy Jesús en el evangelio nos dice algo mucho más atrevido; la ocasión fue la visita que le hace de noche - ¿por qué iría de noche o en qué oscuridades sentía que se encontraba? Podríamos preguntarnos – un magistrado judío, perteneciente al Sanedrín como veremos en otra ocasión, llamado Nicodemo. Algo había encontrado en Jesús que, aun guardando las apariencias, va a ver a Jesús para escuchar directamente sus palabras. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’, es como el saludo o presentación que hace de si mismo y del reconocimiento en Jesús de alguna autoridad.

Y Jesús comienza haciendo una afirmación que resulta fundamental, aunque en principio le cueste interpretar a quien incluso se consideraba maestro en Israel o al menos perteneciente al grupo de los que pretendían ser dirigentes del pueblo, por su condición de magistrado y probablemente maestro de la ley. En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, le dice Jesús.

Habla Jesús de nacer de nuevo. Es lo que le cuesta entender a Nicodemo. ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? No es ya aquello con lo que comenzábamos nuestra reflexión de aunque viejos nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven; Jesús habla de un nuevo nacimiento, de un volver a nacer. Está hablándonos Jesús de una radicalidad esencial para quienes quieren seguirle, para quienes quieren ver, vivir el Reino de Dios. Ya en otros momentos nos dirá que no podemos andar con componendas, con remiendos, sino que hemos de buscar un paño nuevo para un vestido nuevo, unos odres nuevos para un vino nuevo.

En la vida andamos demasiado con arreglitos, corregimos esto por aquí, enderezamos por allá, pero en el fondo seguimos siendo los mismos. Pero Jesús nos habla de un hombre nuevo – será luego san Pablo quien emplee con radicalidad esa expresión – porque es un nuevo nacimiento. Algo que por nosotros mismos no podremos hacer, porque solo sabemos hacer, como decíamos, arreglitos. Algo que solo podremos hacer desde la fuerza del espíritu.

Por eso Jesús nos hablará de un nacer del agua y del espíritu; algo que hemos convertido en una referencia o un anuncio a lo que es significa el bautismo en Jesús. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu’. El Bautismos en Jesús no es solo lavar lo manchado, el bautismo en Jesús es una transformación para comenzar a vivir una nueva vida.

Es lo que ahora estamos renovando en la celebración de la Pascua. Por eso en la noche de la resurrección del Señor, mientras celebrábamos la vigilia pascual nos llenábamos de signos como la luz y como el agua. En esa noche se bendecía el agua bautismal para celebrar los nuevos bautismos, pero era también el agua de la que nos dejábamos bañar para así recordar de nuevo nuestro bautismo, para hacer una renovación de lo que fue nuestro compromiso bautismal.

Porque es algo que tenemos que tener siempre presente; y el signo del agua bautismal nos acompañará en muchas de nuestras celebración con la aspersión del agua como una purificación antes de comenzar nuestras celebraciones, que utilizaremos como un signo de bendición cuando queremos sentir a través de un objeto religioso la presencia de Dios en nuestra vida, que llevaremos con nosotros no como un amuleto que nos libre de peligros o de malos espíritus – nunca la podemos utilizar como una superstición -, y con la que finalmente seremos aspergeados a la hora de nuestra muerte en nuestra sepultura para recordar que un día recibimos esa agua que nos hizo hijos de Dios.

No lo olvidemos, no es simplemente un espíritu joven, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos.

miércoles, 5 de marzo de 2025

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 

Con el miércoles de ceniza emprendemos un camino de silencio y de interiorización que nos conducirá a un verdadero camino pascual en nuestra vida

 Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2 Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

En un mundo de ruidos y superficialidades necesitamos hacer silencio para poder llegar a una profundización de la vida. Todo parece una loca carrera, son los agobios en los deseos de conseguir todo y lo más pronto posible, como es la banalidad con que vivimos la vida que disfrazamos con tantas vanidades. Ensordecidos al final nos encontramos vacíos, aquello por lo que tanto luchábamos porque nos parecía que era lo que nos iba a hacer más feliz, pronto se desvaneció y ni encontramos esa pronta y fácil felicidad ni encontramos un sentido profundo a la vida que parece que se nos diluye y desaparece como agua que se nos escapa de nuestras manos.

Es necesario detenernos, apartarnos de esos ruidos para encontrar un silencio que nos dé paz, un silencio para la reflexión, para encontrar una mirada nueva, para descubrir una luz en el camino, para saber que al final hay una meta por la que merece la pena luchar, superarnos, dejar cosas atrás, despojarnos de vanidades, buscar lo mejor y lo que es primordial. No sabemos como hacerlo, porque esos mismos ruidos que nos envuelven, nos ensordecen para escuchar las llamadas que recibimos seguramente allá en lo más hondo del corazón, pero que nos llegan también por la mediación de la Iglesia y desde la Palabra de Dios.

En ese ruido de la vida, en medio de tanto bullicio de nuestro mundo, con tantos guiños que recibimos de todas partes y que nos distraen pudiera sucedernos que nos pasara desapercibido este miércoles de ceniza que hoy celebramos. Para algunos ha perdido incluso su sentido, a lo más les es un anuncio de que pronto en cuarenta días llegará la semana santa, pero si no captamos todo su sentido se nos puede quedar, como me decía una persona estos días, es que nos ponen una cruz de ceniza en la frente y ya está.

Lo llamamos de ceniza, es cierto, por ese signo que la liturgia emplea en este día, la imposición de la ceniza. Pero eso tiene un sentido. Es la puerta que se nos abre y nos invita a entrar en nuestro interior para hacer ese silencio que tanto necesitamos. Es cierto que tiene ese sentido penitencial que nos recuerda que somos pecadores, que nos recuerda la nada de nuestra vida que se nos puede quedar en polvo de ceniza que pronto el viento se puede llevar, pero esos signos nos están hablando de un camino que hemos de iniciar, un camino de interiorización, un camino de búsqueda y de escucha para lo que necesitamos hacer ese silencio interior.

Acostumbrados como estamos a tanto ruido - ¿no encendemos desde que llegamos a casa la televisión para que haya unos sonidos que nos alejen de nuestra soledad aunque ni prestemos atención a lo que aparece en la pantalla? – algunas veces nos molesta ese silencio; nos cuesta hacer ese silencio porque nos vamos a escuchar a nosotros mismos, va a aflorar nuestra conciencia que quizás nos traerá muchos recuerdos que preferimos olvidar, nos va a hacer pensar en algo distinto, nos va a hacer sentir una voz que nos invita a algo nuevo.

Pero tenemos que aprender a dejarnos envolver por ese silencio porque será la manera que al final escuchemos la voz de Dios que nos susurra en nuestro corazón. La liturgia nos irá ofreciendo cada día en este tiempo que comenzamos que llamamos la cuaresma la riqueza de la Palabra de Dios como un camino a recorrer; un camino que será de encuentro con nosotros mismos y con nuestra cruda realidad, de renovación porque nos irá dando pautas de por donde tiene que ir el recorrido de nuestra vida, de vaciamiento de vanidades y superficialidades para poder encontrar lo que dará verdadera riqueza a nuestra vida; un camino que será de pascua porque aprenderemos a ir muriendo a nosotros mismos y a despojarnos de todas esas banalidades con que disfrazamos con vanidad nuestra vida, para encontrar ese vestido nuevo de nuevos valores que nos hará sentirnos hombres y mujeres nuevos.

Es el camino que vamos a emprender. Dejemos, sí, que el signo de la ceniza caiga sobre nuestra frente que nos recuerde lo que somos o en lo que nos hemos convertido. Al final habrá un agua que nos lave, la fuente bautismal ante la que renovaremos en la noche de pascua todo lo que es el sentido de la vida de quien sigue a Jesús y su evangelio.

Habrá sido un camino de pascua porque habremos aprendido a morir a todo ese viejo que hay en nosotros para resucitar a una vida nueva con Cristo resucitado. Ojalá cuando llegue la noche de Pascua lo podamos celebrar con todo sentido. Emprendamos ese camino de silencio e interiorización.