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jueves, 24 de septiembre de 2026

Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

 


Que no sea solo una curiosidad morbosa por la que buscamos a Jesús sino dejémonos sorprender por lo que El quiere ofrecernos aunque rompa nuestros planes

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

La curiosidad es parte del contexto humano en el que vivimos; queremos conocer, queremos saber, estamos al tanto de lo que sucede, prestamos mucha atención a las novedades que nos van apareciendo en la vida, queremos estar a la última en las noticias. Sentimos curiosidad no solo por las cosas o los acontecimientos sino también por las personas de nuestro entorno, y si alguien distinto aparece pronto queremos saber de él e indagamos, o estamos atentos a lo que hace o a lo que dice para hacernos nuestras apreciaciones y juicios.

¿Es buena la curiosidad? Bien entendida y mientras no haya como una morbosidad en esos deseos nos abre a nuevos conocimientos o a nuevos encuentros, nos hace encontrar nuevas riquezas humanas y de alguna manera también es como una invitación a superarnos o a ser mejores; lo malo es cuando se mezclan las desconfianzas y nacen los recelos, las malas interpretaciones o los intentos de manipulación.

A lo largo del evangelio detectamos a muchos que sienten curiosidad por Jesús. ¿Qué les podía aportar aquel que aparecía como un profeta en medio del pueblo? Llamaban la atención los signos que realizaba, pero más aún para muchos sus palabras, sus enseñanzas, los nuevos planteamientos que hacía, la novedad que encontraban en aquella nueva manera de presentarse ante el pueblo. Las gentes vienen de todos los lugares o le salen al paso en los caminos porque quieren conocer a Jesús, en otros quizás su curiosidad sea interesada porque buscan el milagro o la solución fácil a sus problemas, muchos se sienten inquietos con aquella nueva manera de proceder.

Le busca el centurión porque tiene un criado enfermo, la mujer de las hemorragias se cuela entre la gente para poder llegar siquiera a tocar la orla de su manto, Zaqueo se sube a la higuera porque no quiere dar la cara pero siente curiosidad por conocer a Jesús, le busca Nicodemo en la noche porque muchas cosas oscuras tiene dentro de sí y solo en Jesús encontrará claridad, le buscan los enfermos o los que desde su pobreza no saben a quien acudir, le buscan las madres para que bendiga a sus hijos, le buscan los dirigentes del pueblo y de la religión de su tiempo a ver en que puede fallar para tener de qué acusarle y poderlo quitar de en medio porque ya se está convirtiendo en un estorbo para sus intereses y sus manipulaciones, le busca Herodes porque quizás siente remordimiento por lo que ha hecho al eliminar al Bautista o porque quiere poco menos que un circo que los entretenga entre sus juegos palaciegos.

Y nosotros, ¿buscamos a Jesús? ¿Cuáles pueden ser nuestros intereses o nuestras intenciones? ¿Habrán algunas sombras que necesitan alguna luz, algún peso en el corazón del que necesitamos ser liberados? ¿Estaremos ciertamente buscando un camino y nos encontramos desorientados en la vida? ¿buscamos una tranquilidad, que no una paz del corazón, que nos haga sentirnos bien porque ya estamos cumpliendo con lo que nos parece que es lo que tendríamos que hacer?

Pueden parecer preguntas un tanto descabelladas pero es lo que nos interroga por dentro cuando hoy hemos visto en el evangelio que Herodes también tenía curiosidad por conocer a Jesús. En algún momento alguien vendrá a decirle a Jesús que Herodes lo anda buscando, hoy le vemos quizás revolverse por los pasillos de su palacio cuando ha oído hablar de lo que hace y dice Jesús y recuerda lo que en su cobardía había hecho con Juan el Bautista.

No puede ser, desde luego, una curiosidad como quien busca un espectáculo para entretenernos aunque algunas veces hayamos convertido nuestra religiosidad en algo así; no puede ser una calma y una tranquilidad que surja solamente desde unos cumplimientos; no podemos buscar a Jesús como al taumaturgo que de manera milagrosa nos saque de nuestros apuros y nos dé solucionadas las cosas; no puede ser un arrorró o canción de cuna que nos adormece y nos evita complicaciones y compromisos; no puede ser el buscarle porque ahora está como de moda y todo el mundo habla de él como nos sucede tantas veces en la manera de escuchar a nuestros pastores e incluso al Papa.

¿Por qué y cómo buscamos a Jesús? Es una pregunta seria que hemos de hacernos para ver realmente cuales son nuestras motivaciones, porque algunas veces buscamos solamente satisfacer unos intereses. No es solamente lo que yo quiera encontrar en Jesús sino la apertura de nuestro corazón para dejarnos sorprender por lo que Jesús quiere ofrecernos.


jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

martes, 14 de diciembre de 2021

Promesas, bonitas palabras, buenos propósitos… no pueden quedarse en la rutina de siempre sino que hay que despertar

 


Promesas, bonitas palabras, buenos propósitos… no pueden quedarse en la rutina de siempre sino que hay que despertar

Sofonías 3,1-2.9-13; Sal 33; Mateo 21,28-32

Todos conocemos al clásico charlatán, hablador hasta por los codos, que siempre quiere quedar bien con todo el mundo y a todos dice que les va a facilitar las cosas, que les va a ayudar en esto, en aquello y lo de más allá, pero que sabemos que son solo palabras, fantochadas, apariencia porque pronto todas sus promesas se van a quedar en nada.

Exagero quizá un poco en la descripción, pero es para que caigamos en la cuenta que de alguna manera todos hacemos un poco de la misma manera. Cuántas promesas nos hacemos, y por empezar, tenemos que decir que a nosotros mismos, diciendo que vamos a hacer esto o aquello, que nuestra vida va a cambiar, que de ahora en adelante todo no va a ser igual porque nosotros hemos tomado una determinación muy en serio. Pero ¿qué nos suele pasar? Agua de borrajas, todo se nos queda en bonitas palabras y en bonitos deseos, en promesas y en propósitos, pero no terminamos de comenzar a dar lo pasos necesarios para que nuestra vida sea distinta. ¿Qué nos pasa? ¿Falta de voluntad? ¿Ilusión de un día? ¿Sueños maravillosos?

Tenemos la experiencia de lo que nos ha pasado tantas veces; tras unos días de reflexión – quizás unos ejercicios espirituales -, tras un momento de especial fervor en nuestra vida como una semana santa que hemos querido vivir con fervor, tras un parón que nos hecho dar en la vida algo que escuchamos como un sermón o la palabra de Dios que un día nos caló cuando la escuchamos el domingo en Misa, quizás un mal momento por el que hemos pasado con duras experiencias, sufrimientos, agobios o angustias, nos dijimos que íbamos a cambiar, que todo iba a ser diferente, pero pronto volvimos a la rutina de siempre y no terminamos de responder a esa llamada de gracia que un día sentimos.

Promesas y promesas, palabras y palabras, propósitos y propósitos, pero rutina al canto del día que nos hace quedarnos en lo que estábamos. Lo de siempre.

Quizá miramos a nuestro alrededor y vemos que una persona que antes nos parecía despreocupada de todo, ahora lo vemos comprometido, lo vemos participando en diferentes acciones, lo vemos implicado en actividades de la Iglesia, y dentro de nosotros en lugar de sentir alegría porque una persona haya encontrado su rumbo en la vida, nos surge en nuestro interior la duda y la desconfianza, estamos viendo dobles intereses en lo que hacen los demás, y nuestro corazón lleno de envidia siempre querrá destruir es buen paso que ha dado alguien en la vida.

Cuánto nos falta del sentido de Cristo en nuestro actuar y en nuestro pensar, en la pureza que tendría que haber en nuestro corazón, o en los deseos de estimulo que tendríamos que tener con esas personas. Que duros de corazón nos volvemos.


Es en lo que quiere hacernos reflexionar hoy el evangelio. Nos dice el evangelista que Jesús estaba mirándoles a los ojos a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Y les habla con esa parábola de los dos hijos a los que el padre envió a su viña. Mientras uno buenas promesas se presenta como cumplidor pronto deja de hacer lo que le pide su padre, mientras que el rebelde que de entrada había dicho no, pronto se arrepiente y va a hacer lo que el padre le ha pedido.

Pero termina Jesús con palabras fuertes para aquellos que le escuchan y que siempre andan con sus apariencias y vanidades presentándose como cumplidores pero con el corazón bien lejos del mandamiento del Señor. Y les dirá: ‘En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

Los que consideraban pecadores y eran objeto de todo desprecio y discriminación se van a adelantar en el Reino de Dios. ¿Quiénes escucharon a Juan en el desierto? Lo hemos escuchado estos días que son los publicanos y los que se consideraban pecadores los que iban a escucharle. ¿Qué es lo que vemos en el resto del evangelio en relacion a Jesús? Estará siempre rodeado de gente pecadora que busca encontrar la vida y la salvación escuchando las palabras de Jesús. Le echarán en cara precisamente a Jesús que come con publicanos y pecadores.

¿Qué nos estará pidiendo el Señor en este camino de Adviento que estamos haciendo? ¿Nos quedaremos en una respuesta superficial?

 

viernes, 19 de noviembre de 2021

Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

 


Tendremos que quitar de nosotros esos obstáculos tan arraigados no solo en nuestros oídos sino en nuestro corazón que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal.: 1Cro 29; Lucas 19,45-48

Los contrastes de luz pudieran hacernos conocer mejor la belleza de un cuadro, porque nos haría fijarnos en todos sus matices, pero también nos sucede que si pasamos de un lugar luminoso a un lugar oscuro el contraste producido de alguna manera nos puede dificultar la visión del interior de aquel lugar oscuro, como también de lo contrario si pasamos de un lugar oscuro a un sitio muy luminoso en principio nos cegaríamos con ese contraste de luz en un primer instante sin dejarnos percibir la riqueza de la luminosidad.

La vida también está llena de contrastes que algunas veces no sabemos percibir o también nos cegamos en ocasiones y no somos capaces de ver toda la realidad de la vida; quienes viven en la abundancia no son capaces de percibir las sombras de la pobreza que quizá están muy cercanas; o las opiniones contrastadas de maneras de pensar o de ideologías nos pueden encerrar en alguno de sus aspectos, pero nos ciegan para ver las cosas buenas que también pudieran haber en el otro lado del pensamiento o del actuar de las personas.

Creo que nos hace falta una luminosidad interior para ver crudamente la realidad, pero también para percibir toda la belleza que tiene la vida incluso con esos contrastes y diferencias de matices. Vamos muchas veces demasiado cegados con nuestros pareceres, nuestras opiniones, nuestras particulares visiones que pudieran ser nacidas de algunas circunstancias concretas y no terminar de ver la riqueza que tiene la vida en esa variedad de colores y de luces.

Es difícil muchas veces salirnos de nuestra manera de pensar para apreciar lo bueno que también hay en el pensamiento del otro, y es por eso por lo que tantas veces vamos enfrentados por la vida y no llegamos a aquello de que la unión hace la fuerza, porque cada uno estamos tirando para nuestro lado. Estos pensamientos que estoy ofreciendo quizá necesitaríamos rumiarlos un poquito más en nuestro corazón para abrir más la mente.

En el evangelio y en la vida de Jesús nos aparecen también esos como claroscuros que nos pueden parecer contrastes que nos pueda costar interpretar. Esta página que hoy se nos ofrece está llena de contrastes. Primero la actitud valiente y profética de Jesús que quiere que el templo sea en verdad una casa de oración y no que parezca como un mercado. Pero a partir de este hecho de Jesús aparecen dos luminosidades distintas. Por una parte la reacción de los sacerdotes templo, pero también de aquellos que se consideraban principales en la escala social, fariseos, levitas, maestros de la ley que no entienden la acción de Jesús y quieren quitarlo de en medio, pero al mismo tiempo la gente sencilla – aquellos para los que se revela de manera especial el Reino de Dios como en otras partes aparece – escuchan con paz y esperanza las palabras de Jesús.

Había unas costumbres, unas rutinas en el funcionamiento del templo; por aquello de los sacrificios de animales y ofrendas que allí habían de ofrecerse como culto a Dios, aparecen pronto los comerciantes alrededor del templo de manera que se habían incluso adueñado de los atrios del templo; aquellos lugares propicios para la oración y la escucha de la palabra pronto se hicieron inservibles para la función que habían de desempeñar. Pero era algo establecido – algo que siempre se ha hecho así, como tantas veces decimos para muchas costumbres y rutinas que se nos meten también en nuestra iglesia – y así surge la reacción contra Jesús.

Pero había quien deseaba en verdad el encuentro con el Señor, escuchar con paz y tranquilidad la Palabra, la lectura de la ley y los profetas, incluso a los maestros de la ley que allí las enseñaran, por eso ahora escuchan con gusto a Jesús; lo escuchan llenos de esperanza porque en los gestos de Jesús como en sus palabras algo nuevo se les enseñaba, era la Buena Nueva, la Buena Noticia, el Evangelio que llegaba a aquellos corazones.

Y nosotros ¿qué?, tenemos que preguntarnos. ¿En verdad queremos quitar de nosotros esos obstáculos que no solo en nuestros oídos, sino en nuestro corazón tenemos tan arraigados que no nos dejan escuchar la novedad del Evangelio? ¿Nos cegaremos acaso con los contrastes o tendremos luminosidad suficiente en un corazón limpio como para poder saborear toda la riqueza de la Palabra de Dios que se nos proclama? Mucho más, como decíamos antes, tenemos que rumiar este mensaje de luz y salvación que se nos ofrece.

viernes, 8 de octubre de 2021

Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

 


Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Parece que ya casi nos hemos acostumbrado. Lo vemos en cualquier trasmisión de noticias, en las discusiones por llamarlas de alguna manera que se montan en las redes sociales, en las luchas en la vida diaria entre unos y otros, cómo en cualquier discusión o intercambio de opiniones sobre las más diversas cosas cuando no tenemos razones o argumentos lo más fácil es entrar en el campo de las descalificaciones queriendo desprestigiar al adversario echando toda clase de porquería sobre ellos; si ante los ojos de la sociedad logramos desprestigiar a alguien aunque sea con falsedades la gente dejará de creer en esa persona y anularemos cualquier tipo de influencia que pudiera tener en la sociedad.

Algunas veces, tanto nos han insensibilizado, que nos parece hasta normal que esas cosas sucedan así y perdemos nuestra capacidad de juicio personal dejándonos llevar simplemente por ‘lo que dicen’ de la otra persona sin ningún tipo de comprobación de su certeza. Echa basura que algo queda, es un dicho que se suele repetir más o menos en ese sentido. ¿Hasta dónde llega la ética de las personas? ¿Qué mundo nos estamos creando cuando vemos tan normal que sucedan cosas así?

Nunca somos capaces de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás; todo lo que hagan aquellos que ‘no son de los nuestros’ no puede ser bueno y cuando yo llegue a tener algún tipo de poder lo destruiré aunque no sea capaz de construir algo mejor. Lo estamos viendo en la sociedad todos los días y en todos los ámbitos. Así anda nuestra vida política donde nunca somos capaces de entendernos y tratar de acercar opiniones o planteamientos para hacer algo bueno y duradero, lo vemos en otros ámbitos de la vida social, del mundo de los deportes, o hasta en nuestras asociaciones de vecinos donde pronto aparece el partidismo y más que las ganas de hacer algo positivo, están los deseos de destruir lo que otros han hecho. Algunas veces viendo todo esto se siente uno desalentado.

Me surge toda esta reflexión sobre las andaduras de nuestra vida social actual desde lo que también contemplamos en el evangelio que sucedía en tiempo de Jesús. También el desprestigio era la regla de juego. Había quienes no podían aceptar a Jesús porque la transformación que Jesús quería realizar desde lo más hondo de los corazones de los hombres, quizá pudiera poner en peligro sus posicionamientos y grados en la escala de la vida social de su época. Allá estaban en contra los fariseos y los saduceos, que eran algo así como los dos principales partidos de la sociedad judía; igualmente los sumos sacerdotes y los escribas que pertenecerían a alguno de estos u otros grupos también hacían oposición a Jesús.

Había cosas que estaban muy claras y que eran los signos, los milagros que Jesús realizaba. La gente veía renacer sus esperanzas en las palabras de Jesús pero también con los signos que realizaba que eran señales de esa vida nueva que Jesús nos venía proponiendo al hablarnos del Reino de Dios. No podían negar las evidencias, pero sí podían sembrar dudas en los corazones de la gente sencilla. Por eso, como hoy contemplamos, al final quieren atribuir el poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios. Sembraban dudas y sembraban desprestigio para que la gente no siguiera a Jesús.

Jesús invita a los que le siguen y se van viendo liberados de muchas ataduras en la vida nueva que El les ofrecía, para que se mantengan firmes en su fe; para que no se confíen en que ya se sienten liberados y nada les puede pasar. Puede venir de nuevo el enemigo y sembrar la cizaña en medio de la buena semilla para crear confusión, como es lo que están queriendo hacer con las críticas que se hacen a Jesús. La maldad y la malicia del que busca el mal pueden hacer surgir nuevas formas que nos tienten y nos envuelvan con su mal.

Es en lo que nosotros hemos de estar prevenidos y sentirnos fuertes para no volver a caeré en la tentación del maligno que nos acecha para llevarnos por caminos de maldad y de pecado. Es también ese mundo de confusión que nos envuelve, como hemos venido reflexionando, que nos hace perder la fe y la esperanza, que nos desalienta y que nos confunde. El mal está ahí, y puede estar metido también en nuestro mundo, pero no nos podemos dejar confundir, no nos podemos dejar vencer por el desaliento, no podemos sentirnos defraudados por aquello que intencionadamente nos pueden presentar de una forma determinada para desestabilizarnos y hacernos perder la fe.

Es cierto que podemos ver también mucho mal hasta dentro de la Iglesia o cosas que no nos gusten. Pero tenemos la seguridad de quien es el que guía los caminos de la Iglesia, quien la asiste y la hace superar esas fuerzas del mal que atentan y acechan contra ella.  El Espíritu del Señor está con la Iglesia siempre, aunque nos veamos envueltos en sombras. ‘El poder del abismo no la derrotará’, le dijo Jesús a Pedro. Tengamos esa confianza en las palabras de Jesús.

jueves, 19 de agosto de 2021

Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 


Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14

¿Por qué no habrá venido a la comida? Ni siquiera una disculpa, esperando estábamos pero no se hizo presente. Nos habrá sucedido. Un cumpleaños, una cena especial en un aniversario, algo que casi entraba ya en la rutina de todos los años. Eran unos amigos a los que apreciábamos mucho, y disfrutábamos comiendo juntos, pero esta vez no se hizo presente. Nos sentimos mal, en cierto modo defraudados, pensando si en algún momento habíamos tenido algún desaire con esa persona, que ahora nos pagaba no haciéndose presente en aquella comida que siempre celebrábamos juntos y que con tanta ilusión habíamos preparado. ¿Habrá pasado algo por nuestra parte? Cosas que nos pasan en la vida.

Algo así es la parábola que Jesús hoy nos propone en el evangelio y que en principio estaba dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del sanedrín. Hace referencia el evangelista. En este caso se nos habla de una boda y de muchos invitados que pasan, como se suele decir, olímpicamente de aquella invitación que les habían hecho; cada uno se fue a sus cosas. Pero el banquete se celebró de todas formas, porque salieron a las plazas y a los cruces de los caminos y a todos los que encontraron los invitaron para que fueran al banquete. La sala se llenó de comensales.

Una referencia muy clara en la parábola de Jesús a lo que había sido la propia historia de Israel, a quien Dios se había manifestado de manera especial y había caminado con ellos en su historia. Tal es así que la historia del pueblo de Israel la llamamos la historia de la salvación. Es la historia del amor de Dios por su pueblo que manifiesta así el amor que nos tiene a todos. Pero no siempre el pueblo de Israel respondió a las muestras del amor de Dios. Ahora estaba Jesús en medio de ellos y les ofrecía participar de ese banquete de luz y de vida que era el Reino de Dios y era rechazado. Seguían con sus intereses y sus rutinas. Pero en la parábola está incluida esa voluntad salvífica de Dios que ofrece la salvación a todos los pueblos, a todos los hombres.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos para no quedarnos en el juicio que podamos hacer de la respuesta o no del pueblo de Israel y en este caso sus dirigentes que rechazaban a Jesús. Estamos escuchando este pasaje del evangelio como palabra de Dios para nosotros hoy. Somos nosotros los que nos tenemos que sentir interpelados por esa invitación del Señor a ese banquete de vida y de luz que es el Reino de Dios que se nos ofrece. Muchas son las señales de esa llamada que el Señor nos va dejando, pero que sin embargo nosotros también muchas veces andamos tan distraídos que no somos capaces de captar esa llamada.

Es la propia proclamación de la Palabra de Dios que se nos ofrece cada día o cada semana en las celebraciones a las que asistimos; pero son también tantos signos y tantas llamadas que Dios nos va poniendo al borde del camino de la vida en aquellas misma cosas que nos suceden y que no siempre sabemos interpretar. Si antes decíamos que la historia del pueblo de Israel la llamamos historia de la salvación porque nos manifiesta cómo Dios se va haciendo presente en esa historia, lo mismo tendríamos que decir ya sea de nuestra propia historia personal o ya sea de la historia de nuestro mundo en aquellos acontecimientos que se van sucediendo.

El creyente de verdad ha de tener ojos de fe para leer esa historia  y leer ese actuar de Dios o esas llamadas que el Señor nos hace. Son los signos de los tiempos que no solo vemos en grandes acontecimientos, sino en el acontecer sencillo de cada día, donde podemos encontrar siempre un signo del amor que Dios nos tiene.

Pero nuestros ojos de fe algunas veces se vuelven opacos y no sabemos ver; nos encandilamos con tantas cosas que ya no sabemos descubrir la luz verdadera; es como si nos faltara el traje de fiesta de aquel que entró al banquete y no lo tenía. ¿Qué buscaba satisfacer aprovechando aquella comida que se le ofrecía? Algunas veces nos sucede a nosotros algo así. Son tantos los intereses y los apegos que envuelven nuestra vida que perdemos la sensibilidad para lo más hermoso. Y hemos perdido la sensibilidad espiritual, o el sentido de trascendencia, o la esperanza de un cielo nuevo que Dios nos ofrece y ya ni siquiera pensamos en la vida eterna. Cuidémonos de cuanto puede volver opaca nuestra vida.

sábado, 27 de marzo de 2021

¿Qué hacemos? ¿Nos dispondremos a vivir con toda intensidad esta fiesta de la Pascua? Que no se nos vaya de las manos

 


¿Qué hacemos? ¿Nos dispondremos a vivir con toda intensidad esta fiesta de la Pascua? Que no se nos vaya de las manos

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

¿Qué hacemos? el asunto se nos está yendo de las manos… no hay mucha diferencia en la conversación que aquel día se tuvo entre los dirigentes judíos de Jerusalén, fariseos, sacerdotes, ancianos del sanedrín…sobre lo que les estaba sucediendo que cualquiera conversación entre nosotros cuando estamos en una situación delicada, no sabemos bien como afrontar los problemas y parece también que el asunto se nos va de las manos.

La conversación de entonces sirvió de base para una reunión urgente del Sanedrín, porque el asunto tenía que quedar resuelto pronto. Veían cómo la gente entusiasmada seguía a Jesús, el milagro de Betania había despertado aun más los fervores y podría fácilmente formar algún tumulto; ellos no veían con buenos ojos el actuar de Jesús y no terminaban de reconocer que Jesús fuera el Mesías porque no entraba en los esquemas que ellos se habían elaborado de lo que tenía que ser el Mesías o ser un profeta; pero los profetas siempre habían sido denostados y rechazados, podríamos recordar a Jeremías, y si los romanos entraban en el asunto estando como estaban por otra parte los grupos de los zelotas podría haber un aplastamiento militar que podría poner en peligro muchas vidas.

En todas estas consideraciones andaban cuando interviene el Sumo Sacerdote que era además el que presidía el Sanedrín. Sus palabras son tajantes y aquello había que cortarlo de raíz y el que tenía que desaparecer de la forma que fuese era Jesús que los provocaba. Ya el evangelista nos detalla sus razonamientos y decisiones. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’.

La decisión estaba tomada porque todos asintieron a la propuesta del Pontífice. Y el evangelista que ya nos va haciendo una lectura creyente de los acontecimientos y de estas palabras nos dirá que ‘esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Y aquel día decidieron darle muerte’.

Que uno muera por el pueblo, no solo por la nación sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos. Aquella muerte de Jesús nos iba a dar todo el sentido del amor. No son solo palabras o gestos ocasionales, es un acto supremo de amor que se hace entrega y entrega hasta el final. No hay amor más grande, es el amor del que se entrega y se entrega a la muerte para que tengamos vida.

Muchas veces en nuestras reflexiones nos detenemos demasiado en hacernos consideraciones de por qué los judíos actuaban de esta manera. Pero es que en lo que tenemos que detenernos en el significado de la muerte de Jesús, de entrega por nuestra salvación. Y es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Entramos mañana en la semana grande, en la semana que decimos que es la más santa porque vamos a celebrar la Pascua de Jesús y nuestra Pascua. Y será la semana más santo dependiendo también de cómo nosotros la vivamos, de cómo nosotros sigamos en camino de pascua. Ese camino que iniciamos hace cuarenta días y que entonces ya decíamos que era el regalo de Dios. No olvidemos que así tenemos que recibirlo.

Como Jesús tras estas decisiones del Sanedrín se había marchado más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando en espera de que llegara la hora, al no verle algunos se preguntaban si Jesús subiría a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Echan de menos la presencia de Jesús, lo esperan.

Nos viene bien este pensamiento para la celebración de la Pascua de este año. ¿Vendrá Jesús a la fiesta de la Pascua? Algunos andan muy preocupados porque a la semana santa se le ha quitado todo su esplendor exterior por las razones que todos conocemos. ¿Porque no haya esos esplendores exteriores de nuestras procesiones y suntuosas celebraciones va a estar ausente Jesús de nuestra pascua de este año? Jesús no será el gran ausente, cuidado no seamos nosotros los ausentes porque nos falta intensidad en su vivencia.

 

viernes, 3 de abril de 2020

Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador


Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42
‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús’. Son momentos tensos los que se viven. Y ya sabemos cuando hay tensión y no tenemos argumentos para mantener nuestras posturas o cuando no sabemos como rebatir al oponente, tiramos piedras, aparece la violencia. Hoy quizá no tiramos piedras en el sentido físico del término, pero hay muchas maneras de tirar piedras incluso sutilmente; desprestigiamos, empleamos los medios que estén a nuestro alcance o que nos inventemos para acallar al oponente, hacemos boicot a lo que hace nuestro contrincante y buscamos la manera de que no pueda triunfar en la vida, destruimos, en una palabra.
Hoy se es muy sibilino en estas cosas, porque al final queremos quedar como los buenos, los que no hemos hecho nada, como se dice, no hemos roto un plato. Pero destruido está nuestro oponente. Demasiado lo vemos en la vida social, en la carrera política incluso en los que son de una misma ideología, porque no se permite que nadie le haga sombra, y los mandamos al gallinero, sea una expresión que también empleamos.
A los dirigentes del pueblo, a los dirigentes de Jerusalén en el entorno del templo y de los puntos de poder que aun les quedaban a los judíos se les iba de las manos el caso de Jesús. El pueblo andaba entusiasmado por Jesús, pero ya buscarían la forma de manipularlo como así hicieron para que aquellos que ahora eran favorables a Jesús terminaran pidiendo su muerte en el patio del pretorio. No les quedaba más remedio que reconocer que lo que Jesús hacía era obra de Dios, pero cómo iban ellos a perder sus influencias y su poder. Habían intentado prenderle en más de una ocasión y se les había escapado de las manos o los que habían enviado con esa orden no se habían sentido capaces, como no hace mucho escuchamos.
A Jesús le vemos hoy apelando a sus obras, que son obras de Dios, que es lo que el Padre del cielo le ha mandado hacer. Pero cuando nos cegamos no somos capaces de ver lo bueno. ¿Qué hacía Jesús sino amar? ¿Qué hacía Jesús sino liberar del mal a todos los que sufrían? ¿Qué hacía y enseñaba Jesús sino hacer que cada uno descubriera su dignidad y grandeza y actuara en consecuencia con la libertad de los hijos de Dios, como recientemente hemos escuchado?
Acusan a Jesús de blasfemo. En la ley judía la blasfemia se castiga apedreando al blasfemo y es lo que quieren hacer ahora con Jesús.  ‘¿Decís vosotros: ¡Blasfemas! porque he dicho: Soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’.
Aunque también el mundo que nos rodea no sea capaz de reconocerlo, confesamos nuestra fe en Jesús reconociéndolo como Hijo de Dios. No es simplemente un hombre bueno. En Jesús se manifiesta Dios, Jesús es el rostro del amor de Dios, Jesús es el Hijo de Dios. Tenemos que reafirmar bien nuestra fe, no podemos decaer, no podemos dejar arrastrar por lo que oigamos por acá o por allá. También el mundo que nos rodea quiere socavar bajo nuestros pues para hacernos dudar. Y es que cuando lleguemos a dudar de quién es en verdad Jesús, todo se nos vendrá abajo. Y el enemigo lo sabe y en el materialismo, la indiferencia religiosa, el ateismo que envuelve nuestro mundo serán muchas las cosas con las que querrán arrancar la fe nuestro corazón. 
Cuidemos nuestra fe, expresémosla sin miedo ni cobardía, seamos valientes en nuestro testimonio. En medio de las crisis en que se ve envuelto nuestro mundo se necesita que brille con fuerte resplandor nuestra fe. Y la vamos a expresar con actitudes buenas y positivas con las que queremos construir las mejores relaciones entre nosotros y en el mundo.

sábado, 28 de marzo de 2020

Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús


Necesitamos suficiente apertura del corazón y aprender de la sabiduría de los humildes y sencillos para dejarnos impregnar por el evangelio de Jesús

Jeremías 11, 18-20; Sal 7; Juan 7, 40-53
Algunas veces somos demasiado sofisticados, nos complicamos la vida cuando con sencillez podríamos enfrentarnos a lo que nos sucede, lo que vemos alrededor o el juicio que nos podamos hacer de los demás. Buscamos razonamientos por todas partes, le damos vueltas y vueltas en la cabeza a las cosas que están claramente delante de nosotros, buscamos motivaciones raras en lo que la gente hace, nos hacemos interpretaciones complicadas de los acontecimientos de la vida. Nos complica nuestras relaciones con los demás, se nos hace dificultoso nuestro caminar cuando andamos con tanta desconfianza también en los que nos rodean.
No es que no tengamos que buscar razonamientos, que hagamos las cosas sin pensarlo, que le demos superficialidad a la vida, eso de ninguna manera. Pero no nos compliquemos con las que cosas que son tan fáciles. Claro que muchas veces nos complicamos la vida porque somos retorcidos, porque nos llenamos de desconfianzas, porque nos cuesta aceptar a los demás, porque quizá tengamos algunos pensamientos turbios en nosotros que tratamos de ocultar pero que ahí están, y como somos nosotros pensamos que son los demás. Aquello de que vemos según el color del cristal con que miramos, y si hay algo turbio dentro de nosotros veremos turbio cuanto haya a nuestro alrededor, si somos complicados veremos complicado todo cuanto suceda en nuestro entorno.
Había muchos intereses encontrados en torno a Jesús sobre todo en los dirigentes religiosos y sociales que quizá podían ver en peligro su situación y su influencia con el mensaje nuevo que Jesús estaba proponiendo. Por eso serán los que tienen un corazón sencillo a los que más fácil les es entender a Jesús y llenarse de esperanza con su mensaje. Lo vemos  hoy claramente en el evangelio.
La gente sencilla que escuchaba a Jesús suspiraba ya con esperanza porque en Jesús intuían al menos que podía ser el Mesías; incluso veremos que aquellos a los que encargan que sigan de cerca de Jesús y acechen sus palabras y tienen incluso en sus manos el prendimiento de Jesús, cuando llega el momento no pueden hacer nada. Les echaran en cara luego los dirigentes si es que se han dejado embaucar por las palabras de Jesús pero ellos dirán que nadie ha hablado como lo hace Jesús.
Aquel que había ido una noche a hablar con Jesús y que entonces había sido capaz de reconocer que Jesús no podía hacer las cosas que hacia si Dios nos estaba con El, porque había comprendido lo de nacer de nuevo, de cómo el corazón del hombre tiene que cambiar dejando atrás sus orgullos y su autosuficiencia para abrirse a lo nuevo de Dios, ahora venía también a intentar cambiar las posturas de los dirigentes judíos para que actuasen desde la rectitud y la sinceridad probando que escuchasen a Jesús para que pudieran entender mejor su mensaje. Sin embargo nada pudo hacer ante unos corazones cerrados en su ceguera y fanatismo para no querer ver.
El recelo de perder su poder de influencia, el rechazo al mensaje de Jesús que les pedía más autenticidad y menos vanidad en la vida, los intereses que pudieran tener en su vanidad y autosuficiencia les cerraban el corazón y siempre encontrarían desde los pedestales en que se habían subido los medios de manipulación de la gente sencilla a la que en el fondo despreciaban. No sabían interpretar el sentido de la fe que había en el corazón de la gente sencilla y eso les llevaba a rechazar a Jesús. Por algo Jesús clamaría un día dando gracias al Padre que había querido revelar su misterio a los humildes y los sencillos y no a los que se creían sabios y entendidos.
Pero cuando escuchamos este evangelio y tratamos de reflexionar no solo venimos a constatar lo que le sucedía a los judíos en los tiempos de Jesús, sino que vamos a mirarnos nosotros para ver con sinceridad cuales son nuestras actitudes y nuestras posturas cuando nos acercamos al Evangelio. Pidámosle al Señor que nos de esa apertura del corazón, esa sabiduría de los humildes y de los sencillos para conocer el misterio de Dios y para dejarnos conducir por la fuerza del Espíritu de Jesús.


viernes, 27 de marzo de 2020

Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua


Reconozcamos en verdad que Jesús es el Mesías que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30
En los días que nos restan de la cuaresma el evangelio que vamos a ir escuchando nos irá presentando aquella situación de tensión que sobre todo en Jerusalén se vivía en torno a Jesús. Los evangelistas sinópticos nos han ido presentando repetidamente los anuncios que Jesús hacía de cuanto le iba a suceder en su subida a Jerusalén, cosa que tanto los costaba comprender y aceptar por parte de los discípulos sobre del grupo más cercano a Jesús.
El evangelio de Juan, que es el que ahora principalmente iremos siguiendo nos presenta esa tensión entre los judíos – y con esa expresión quiere referirse sobre todo a los dirigentes de Jerusalén, sanedrín, sacerdotes, escribas, fariseos… - y Jesús. Ya repetidamente había ido apareciendo ese descontento de los dirigentes del pueblo contra Jesús y como lo acechaban para ver si podían cogerle en algo o cómo examinaban con lupa – es un decir – cuánto Jesús hacía para encontrar de qué acusarlo. Ahora ya serán diatribas y enfrentamientos directos, pero serán también las palabras firmes y con autoridad de Jesús que nos presenta su misión como enviado del Padre.
Hoy nos dice el evangelista que Jesús se había quedado en Galilea y no había subido con todos a Jerusalén para la fiesta de las Tiendas. Ya nos apunta que en Judea los judíos trataban de matarlo. Pero luego sube a Jerusalén sin dejarse ver mucho en principio por la gente. Pero siempre hay alguien que aun en el barullo de la fiesta reconoce a Jesús. Y ya algunos comienzan a hacer sus comentarios. ‘¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?’
Grande era la confusión entre la gente sencilla que reconocía en Jesús el poder de Dios. ‘Nadie hace las cosas que El hace si Dios no está con él’ se decían unos otros; ‘nadie ha hablado con la autoridad con El habla’, comentaba la gente sencilla; ‘un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su pueblo’, reconocían cuando veían sus signos y milagros. Y no les cabía en la cabeza que los sumos sacerdotes y los principales del pueblo no lo reconocieran. Ahora se preguntan que si está en Jerusalén y está hablando públicamente, cuando incluso ya habían dejado correr la noticia de que lo prenderían, ahora no hicieran nada. ‘¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías?
Imagen de las confusiones que nosotros también en muchos momentos podemos sentir. Quizá muchas veces nuestra religiosidad ha estado marcada excesivamente por un tradicionalismo de aquello de decir ‘es que esto se ha hecho siempre así’, y cuando la Iglesia quiere hacernos salir de nuestras rutinas para darle una mayor autenticidad a lo que hacemos, o mejor, a lo que tenemos que vivir, quizá dentro de nosotros también se nos crea como una confusión.
Muchas veces esa confusión nacida de una comodidad con que nos tomamos la vida, donde no queremos esforzarnos, donde nos cuesta aceptar una renovación que nos hace pensar y que nos hace cuestionarnos cosas, donde hablamos fácilmente de unas tradiciones que se pueden quedar en costumbres y rutinas que quizá hemos rodeado de cosas superfluas y que cuando se nos dice que hemos de buscar más autenticidad y una mayor vivencia un poco nos rebelamos por dentro como si nos estuvieran cambiando la religión. Cuántas cosas en este sentido escuchamos en muchos sectores, cuánto quizá nosotros lo pensamos por dentro aunque no nos atrevamos a decirlo, pero en que tampoco damos ningún paso por cambiar y mejorar.
Pensemos, por ejemplo, en este sentido de cuanto boato hemos rodeado la semana santa que fácilmente se nos puede quedar en cosas externas, pero que interiormente no terminamos de vivir el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. Por aquello que decimos que lo mejor es para el Señor, pensamos quizá que lo mejor es la ostentación de ricos ropajes y joyas, el adorno de unas flores o el boato de unas procesiones, olvidando que lo mejor es lo que en verdad tiene que salir de un corazón convertido al Señor.
Nos inquietan quizá estos pensamientos y reflexiones, pero con sinceridad tratemos de ver cómo ese evangelio que nos narra la pasión y muerte de Jesús lo trasladamos a nuestra vida para poder llevar de verdad a la renovación pascual de nuestras vidas en la celebración de la resurrección. ¿Llegaremos en verdad a reconocer que Jesús es el Mesías de Dios y nuestro Salvador que viene a renovar profundamente nuestra vida en el misterio de su Pascua?


lunes, 17 de febrero de 2020

Cuidado no nos dejemos seducir solo por cosas atractivas o según sea la simpatía de quien nos ofrece el mensaje



Cuidado no nos dejemos seducir solo por cosas atractivas o según sea la simpatía de quien nos ofrece el mensaje

Santiago 1, 1-11; Sal 118; Marcos 8, 11-13
No hay peor ciego que el que no quiere ver. Siempre se ha dicho eso y es cierto. Cuántas veces contemplamos una diatriba o una discusión y hasta nos parece que están diciendo las mismas cosas una y otra parte. No se escuchan, no quiere ninguna parte entrar en razones, nadie quiere entender lo que el otro dice, sino que nos ofuscamos en nuestra idea y no sabemos ver las razones de la otra parte.
Pero no solo es en una discusión o como mejor tendríamos que decir en un diálogo, pero que no termina de ser diálogo, sino que es en la comprensión que vamos teniendo en la vida de los hechos que suceden, de lo que vemos en el actuar de los demás, de los planteamientos que se nos pueden hacer en que no somos capaces de ver lo que se nos dice, lo que sucede o de lo que se nos trata de plantear. Y pedimos más razones, y pedimos más pruebas, cuando las cosas están claras o ya se nos han ofrecido suficientes pruebas. Pero nos encerramos en nosotros mismos, en nuestros prejuicios, en la manera en que nosotros vemos las cosas que no somos capaces de abrirnos a un nuevo planteamiento, a una nueva idea, a una nueva razón para vivir.
Jesús en el evangelio hay ocasiones en que les echa en cara a los fariseos, a los maestros de la ley, o a aquellos que no querían entender el mensaje nuevo del evangelio que son ciegos que no quieren ver, y que además son ciegos que pretenden conducir a otros ciegos, y al final los dos caerán en el hoyo.
Es lo que vemos que sucede hoy en el pasaje que nos ofrece el evangelio, una vez más vienen a pedirle a Jesús pruebas, signos, cosas extraordinarias para ellos poder aceptarle y creer. No les bastan los signos que Jesús cada día realiza cuando cura a los enfermos, cuando resucita a los muertos, cuando les ha dado de comer milagrosamente allá en el desierto. Podríamos decir que aun les parecen pocas pruebas. Y en este pasaje que nos narra san Marcos, Jesús termina pasando de ellos, empleando nosotros un lenguaje de los que se usan hoy día.
En otra ocasión les dirá que se les ofrecerá el signo de Jonás, al que incluso le costaba anunciar la Palabra de Dios, pero sin embargo el pueblo creyó, o Jonás el que fue engullido por el cetáceo y vuelto con vida a los tres días al ser vomitado por aquel cetáceo, signo de la muerte y de la resurrección de Jesús. Hoy Jesús no les responde nada para que simplemente piensen en lo que están viendo cada día y los signos que Jesús continuamente realiza con sus milagros.
Pero tenemos que preguntarnos, ¿Nosotros vemos o no vemos? ¿Nos cerraremos los ojos y la mente también para no descubrir las obras maravillosas de Dios? ¿Andaremos también pidiendo o buscando pruebas, signos milagrosos para nosotros también creer? Ya bien sabemos cómo somos muy dados a las cosas espectaculares y allá donde nos dicen que ha sucedido algo extraordinario vamos corriendo para querer apuntalar nuestra fe.
Nos dejamos seducir muchas veces por cosas atractivas y parece que nos cuesta menos creer según sea la simpatía, por ejemplo, del sacerdote que conozcamos o de las cosas extrañas que pudiera hacer. ¿Buscamos la simpatía que nos atraiga o buscamos la verdad de la Palabra de Dios? algunas veces también los tienen la misión de guiar al pueblo de Dios se dejan arrastrar por esas cosas y pretenden presentarse como muy simpáticos para así, dicen, agradar a la gente y hacer más atractiva la Palabra de Dios.
Seguramente en las redes sociales les habrá llegado más de un video de si un cura en la boda de unos amigos cantó no sé qué canción que le gustaba mucho a la novia, o si en la misa se daba sus pasos de baile con vestiduras litúrgicas incluidas mientras se cantaban los cantos de la celebración, o si contaba no sé qué cosas llamativas cuando trataba de explicar la palabra de Dios. Me pregunta si es necesario que lleguemos a eso y por ese camino a quien estamos anunciando, ¿a Jesús y el mensaje del evangelio o al propio sacerdote que quiere ganarse unos enteros de simpatía con su gente?
Le pedían un signo a Jesús y Jesús no quiso darles ningún signo de lo que ellos le pedían.

sábado, 13 de abril de 2019

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

¿Qué hacemos? se preguntaban en el Sanedrín, pero tenemos que preguntarnos nosotros también ¿en qué se quedará la semana Santa para nosotros?

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jr. 31; Juan 11,45-57
‘¿Qué hacemos?’, se preguntaban los principales entre los judíos de Jerusalén viendo cómo se iba desarrollando la actividad de Jesús y cómo era mucha la gente que le seguía. Han llegado noticias de lo sucedido en Betania con la resurrección de Lázaro y eran muchos los que seguían a Jesús.
Siempre desde sus particulares intereses de los posicionamientos y lugares de privilegio que tenían, con una visión interesada, partidista y en cierto modo político veían peligrar  su status. Reunidos en el Sanedrín andan discutiendo lo que tienen que hacer y es cuando el Sumo Sacerdote pronuncia aquella frase que se convierte en profética. ‘Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Y toman la decisión de eliminar a Jesús de la manera que sea. Nada se va a interponer a su decisión.
Como se acercaba la Pascua y ya iban subiendo muchos judíos venidos de todas partes, que adelantaban su llegada para realizar las necesarias purificaciones para poder participar en la cena pascual, se preguntaban si Jesús subiría o no a la fiesta de la Pascua. Jesús se había retirado más allá del Jordán, en las cercanías del desierto, esperando la ocasión de subir también El a Jerusalén.
Esa era la situación en aquellos momentos y que el evangelio en la liturgia de este sábado víspera del domingo de ramos nos presenta. Pero creo que ambas cosas pueden y deben darnos pie para una reflexión necesaria e importante que nos hagamos nosotros también en estas vísperas de la semana santa.
¿Qué vamos a hacer?, nos preguntamos nosotros también. Claro que esa pregunta tenemos que hacérnosla muy dentro de nosotros mismos. En nuestro entorno hay mucha gente que se la hace pero desde otros parámetros, porque quizá en estos días solo ven una ocasión de unas vacaciones o de un descanso. Se mantiene la expresión de semana santa, pero quizá en lo menos que se piensa es en el hecho religioso. Las procesiones se hacen kilométricas pero en nuestras carreteras o medios de transporte y comunicación para acercarnos a aquellos lugares de descanso y vacaciones a los que dedican estos días.
Por supuesto no está reñido el necesario descanso de nuestras actividades con una vivencia religiosa y cristiana, y es cierto que muchos se acercan, al menos en ocasiones como espectadores, al hecho religioso que vivimos en estos días. Va desde la presencia en las procesiones y manifestaciones externas de nuestra fe para los creyentes, o también nos encontraremos con personas que aunque no sea en su lugar habitual de residencia se acercan a los templos para participar y vivir las celebraciones de estos días.
Pero la pregunta sigue ahí latente, ‘¿qué vamos a hacer?’, porque para un cristiano comprometido con su fe y su seguimiento de Jesús estos momentos son muy importantes porque centralizan todo el misterio de Cristo. Es la Pascua del Señor lo que vamos a celebrar y a lo que tenemos que disponernos. No es una cosa trivial y que podamos vivir superficialmente, sino que estamos centrándonos en lo que es el meollo de nuestra fe, la pasión, muerte y resurrección del Señor.
No podemos perderlo de vista. Es Cristo Jesús que murió para nuestra salvación, uno tiene que morir por todo el pueblo, que había dicho el sumo sacerdote. Celebramos el misterio central de nuestra fe, la muerte y la resurrección del Señor. Aquel día de gracia anunciado por el profeta y que Jesús recordaba en la sinagoga de Nazaret ha llegado a su culminación y es lo que celebramos y tenemos que vivir. Y es a eso a donde vamos, a vivir no simplemente a asistir.
¿Estaremos dispuestos a vivir? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos. Por eso recordamos aquella imagen que también el evangelio de hoy nos ofrece de los que subían a la ciudad santa para purificarse para la pascua. ¿Qué purificación estamos dispuestos nosotros a realizar? Tenemos que pensar en la gracia de los sacramentos.

Por eso una última pregunta ¿en qué se quedará la semana santa para nosotros?