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jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


miércoles, 6 de diciembre de 2023

Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

 


Abramos los ojos de la fe porque para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos arrancando el velo que nos cubre y enjugando las lágrimas de nuestros ojos

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Mateo 15, 29-37

Lo habréis escuchado ya, se va a celebrar un gran banquete, una gran comida a la que todos estamos invitados, se está buscando una gran explanada donde poderla celebrar, habrá comida en abundancia, sabrosas viandas y carnes, toda clase de comidas, abundantes vinos y bebidas, habrá música y habrá fiesta, la alegría tiene que rebosar por todas partes. La boca se le está haciendo agua a más de uno.

Es lo que anunciaba el profeta, tal como hemos escuchado, hacia el monte santo confluirán de todos los lugares, gentes venidas de todas partes, tiene un gran sabor y sentido mesiánico el banquete que se nos anuncia. Y luego nos encontraremos con una riada inmensa de cojos y de enfermos, de gente cargando todo tipo de sufrimientos y de angustias, una multitud hambrienta que se reúne en torno a Jesús porque irán hasta la montaña y el desierto para encontrarle si es preciso. Y las provisiones son pocas y ahora no se sabe donde ir a buscar comida porque están en descampado.

Es la imagen que hoy se nos ofrece en la liturgia de estos comienzos del Adviento. Un mundo hambriento y lleno de sufrimientos mientras se habla de celebrar un gran banquete. ¿Será en verdad una imagen de este camino de adviento que este año estamos haciendo?

Miremos nuestro mundo y seamos conscientes de la realidad pero también de las inquietudes que tiene la humanidad en lo más hondo de si misma. Siempre decimos que los tiempos no son fáciles, y eso lo aplicamos en todo momento, porque cada uno y en cada momento de la historia vivimos nuestra propia situación. Ansiamos, es verdad, que todo fuera como ese gran banquete que se nos anuncia, como esa fiesta que en verdad desea toda la humanidad.

Pero algunas veces vamos como cansados por la vida en nuestras luchas y en nuestras frustraciones, en sentir como en cada momento aparecen nuevos problemas o nuevas situaciones que van poniendo en peligro hasta la estabilidad de la propia humanidad. No nos faltan las multitudes hambrientas, como no nos falta dolor y sufrimiento motivado por tantas causas tan diversas. Es una humanidad que se siente rota, que algunas veces se desespera y quizás quiere huir para olvidar o para no aumentar el sufrimiento.

Muchos quizás quieren vivir de espaldas a esos sufrimientos y se entretienen en cosas que les distraigan quizás para no verse involucrados. Son tantos también los que insolidariamente viven encerrados en si mismos, pero también carentes de esperanzas verdaderas en su espíritu, porque solo quieren vivir al día. Aquellas multitudes que seguían a Jesús, unos que le aclamaban, otros que se ponían a distancia simplemente como observadores, muchas que estaban también en una actitud de rechazo.

Somos nosotros los que hoy caminamos en este siglo XXI. Pero no podemos perder la esperanza. Nosotros también escuchamos ese anuncio del profeta, esa invitación a ese nuevo banquete del Reino. Para nosotros Jesús que viene nos prepara y nos ofrece ese banquete de vida. Todo puede cambiar, podemos hacer un mundo nuevo, podemos hacer que la vida sea como ese banquete mesiánico del que nos ha hablado el profeta.

A Jesús lo contemplamos hoy en el evangelio que se deja encontrar por aquella gente que ha acudido de todas partes con sus angustias y sus sufrimientos, con sus sueños y con sus esperanzas, con su hambre que va más allá de ese pan material que también deseaban porque en Jesús están buscando algo nuevo y distinto. Es lo que Jesús nos ofrece. Es lo que vamos a celebrar en la próxima navidad, es lo que cada día hemos de saber vivir porque Dios está llegando a nosotros, a nuestra vida y tenemos que saber abrirle el corazón.

Caminemos con esperanza y con intensidad este camino del Adviento. Seguro que nos encontraremos con Jesús. El viene a nosotros, de muchas maneras se hace presente en nuestra vida y responde a nuestras inquietudes. Abramos los ojos de la fe. Para nosotros preparará ese festín de manjares suculentos, arrancará el velo que cubre todos los pueblos y enjugará las lágrimas de todos los ojos.

domingo, 15 de octubre de 2023

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios


 

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿Habremos tenido alguna vez la experiencia de un desaire ante algo que habíamos preparado con mucho cariño y entusiasmo pero cuando lo ofrecimos a quien tanto apreciábamos – muestra de ello el esfuerzo que habíamos realizado en prepararlo – nos lo rechazaron, no lo quisieran aceptar, nos dejaron plantados, como suele decirse? En momentos así habrá que tener mucha fortaleza interior para no reaccionar de forma desagradable y hasta violenta contra quienes así nos hicieron tal desaire.

Sentimos quizás el impulso de desbaratar todo aquello que habíamos preparado y seguro que nos prometemos que eso no nos volverá a pasar con esas personas. Mucho sería ya que en un momento de lucidez y serenidad decidiéramos compartirlo con otras personas que sí lo merecieran más o acaso volver a intentarlo olvidando lo pasado. Cuidado no seamos nosotros los que en muchos aspectos realicemos esos desaires.

¿Se sentiría así aquel rey de la parábola que con tanto esmero había preparado el banquete de la boda de su hijo y que había llamado a todos sus amigos o personas cercanas para que participaran en la fiesta y al final no quisieron ir? Por ahí andan los tiros de la parábola que además Jesús nos la propone como imagen del banquete del Reino de los cielos al que todos estamos invitados. 

Es lo que había venido haciendo Jesús desde que comenzó haciendo el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Y nos estaba ofreciendo las mejores imágenes para que comprendiéramos el sentido del Reino de Dios, pero parece que no querían entender. El sentido de una fiesta, de un banquete de bodas, como expresión de alegría pero también de una nueva comunión entre todos y hermandad. ¿No es así como se sienten los que participan de una misma fiesta, de un mismo banquete? Es la alegría del encuentro y del compartir, es la armonía de la convivencia y la felicidad de estar todos juntos compartiendo, es el sentirse hermanados porque parece que tenemos un mismo sentir. ¿No es eso a lo que nos invita Jesús?

Y Jesús nos sigue mandando sus enviados para recordarnos una y otra vez que la fiesta está preparada. Que es necesario que nosotros participemos, que entremos en esa nueva honda de la vida, pero seguimos con lo nuestro, tenemos mejores cosas que hacer, o eso pensamos, y seguimos con nuestras cosas, con nuestras rutinas, con nuestros apegos, con nuestros intereses egoístas, con nuestros sueños de fantasía y con nuestras ambiciones con las que quizás pensamos que podemos manipular a los demás.

La parábola nos está hablando del hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho de ese banquete? ¿Qué es lo que estamos haciendo con nuestro mundo que lo seguimos rompiendo con nuestra manera de actuar, violenta, egoísta, donde vamos a la revancha y a la venganza, donde nos quedamos envueltos en tantas vanidades?

Veinte siglos sigue resonando el mensaje de Jesús invitándonos a algo nuevo y nuestro mundo no termina de escuchar y entrar en ese nuevo banquete. Miremos lo que sigue pasando a nuestro alrededor, miserias, hambre, violencias, guerras, no terminamos de encontrar la paz, porque nos falta también en nuestros corazones y no queremos buscarla donde sabemos que la podemos encontrar.

Y Dios nos sigue llamando, a todos, cualquiera que sea la condición, sean buenos o sean malos, porque la sala del banquete de ha de llenarse. Fueron los criados a las encrucijadas de los caminos y los trajeron a todos. En ese todos estoy yo y estamos nosotros, que tampoco es que seamos tan buenos, pero Dios nos sigue amando y nos sigue llamando. Demos alguna muestra de que escuchamos esa llamada del Señor. No desairemos el amor que Dios nos tiene. Solo necesitamos el traje de fiesta; no es un traje de lujo o de ropajes extraordinarios; es un traje que hemos de vestir desde dentro queriendo entrar en esa nueva sintonía que el Señor nos está ofreciendo. Busquemos esas nuevas actitudes, esos nuevos valores de los que tenemos que comenzar a revestirnos.

Leamos y releamos una y otra vez el evangelio para encontrar el sentido de ese traje de fiesta que nos pide el Señor. Mira tu propia vida y mira de qué es lo primero que tendrías que revestirte para estar a tono en ese banquete de vida que nos ofrece el Señor. Seguro que cada uno lo descubrimos en nuestro interior.

jueves, 19 de agosto de 2021

Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 


Cuidado nuestros ojos se vuelvan opacos y no tengamos la sensibilidad de descubrir el valor del banquete del Reino al que Jesús nos invita

 Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14

¿Por qué no habrá venido a la comida? Ni siquiera una disculpa, esperando estábamos pero no se hizo presente. Nos habrá sucedido. Un cumpleaños, una cena especial en un aniversario, algo que casi entraba ya en la rutina de todos los años. Eran unos amigos a los que apreciábamos mucho, y disfrutábamos comiendo juntos, pero esta vez no se hizo presente. Nos sentimos mal, en cierto modo defraudados, pensando si en algún momento habíamos tenido algún desaire con esa persona, que ahora nos pagaba no haciéndose presente en aquella comida que siempre celebrábamos juntos y que con tanta ilusión habíamos preparado. ¿Habrá pasado algo por nuestra parte? Cosas que nos pasan en la vida.

Algo así es la parábola que Jesús hoy nos propone en el evangelio y que en principio estaba dirigida a los sumos sacerdotes y a los ancianos del sanedrín. Hace referencia el evangelista. En este caso se nos habla de una boda y de muchos invitados que pasan, como se suele decir, olímpicamente de aquella invitación que les habían hecho; cada uno se fue a sus cosas. Pero el banquete se celebró de todas formas, porque salieron a las plazas y a los cruces de los caminos y a todos los que encontraron los invitaron para que fueran al banquete. La sala se llenó de comensales.

Una referencia muy clara en la parábola de Jesús a lo que había sido la propia historia de Israel, a quien Dios se había manifestado de manera especial y había caminado con ellos en su historia. Tal es así que la historia del pueblo de Israel la llamamos la historia de la salvación. Es la historia del amor de Dios por su pueblo que manifiesta así el amor que nos tiene a todos. Pero no siempre el pueblo de Israel respondió a las muestras del amor de Dios. Ahora estaba Jesús en medio de ellos y les ofrecía participar de ese banquete de luz y de vida que era el Reino de Dios y era rechazado. Seguían con sus intereses y sus rutinas. Pero en la parábola está incluida esa voluntad salvífica de Dios que ofrece la salvación a todos los pueblos, a todos los hombres.

Pero es aquí donde tenemos que detenernos para no quedarnos en el juicio que podamos hacer de la respuesta o no del pueblo de Israel y en este caso sus dirigentes que rechazaban a Jesús. Estamos escuchando este pasaje del evangelio como palabra de Dios para nosotros hoy. Somos nosotros los que nos tenemos que sentir interpelados por esa invitación del Señor a ese banquete de vida y de luz que es el Reino de Dios que se nos ofrece. Muchas son las señales de esa llamada que el Señor nos va dejando, pero que sin embargo nosotros también muchas veces andamos tan distraídos que no somos capaces de captar esa llamada.

Es la propia proclamación de la Palabra de Dios que se nos ofrece cada día o cada semana en las celebraciones a las que asistimos; pero son también tantos signos y tantas llamadas que Dios nos va poniendo al borde del camino de la vida en aquellas misma cosas que nos suceden y que no siempre sabemos interpretar. Si antes decíamos que la historia del pueblo de Israel la llamamos historia de la salvación porque nos manifiesta cómo Dios se va haciendo presente en esa historia, lo mismo tendríamos que decir ya sea de nuestra propia historia personal o ya sea de la historia de nuestro mundo en aquellos acontecimientos que se van sucediendo.

El creyente de verdad ha de tener ojos de fe para leer esa historia  y leer ese actuar de Dios o esas llamadas que el Señor nos hace. Son los signos de los tiempos que no solo vemos en grandes acontecimientos, sino en el acontecer sencillo de cada día, donde podemos encontrar siempre un signo del amor que Dios nos tiene.

Pero nuestros ojos de fe algunas veces se vuelven opacos y no sabemos ver; nos encandilamos con tantas cosas que ya no sabemos descubrir la luz verdadera; es como si nos faltara el traje de fiesta de aquel que entró al banquete y no lo tenía. ¿Qué buscaba satisfacer aprovechando aquella comida que se le ofrecía? Algunas veces nos sucede a nosotros algo así. Son tantos los intereses y los apegos que envuelven nuestra vida que perdemos la sensibilidad para lo más hermoso. Y hemos perdido la sensibilidad espiritual, o el sentido de trascendencia, o la esperanza de un cielo nuevo que Dios nos ofrece y ya ni siquiera pensamos en la vida eterna. Cuidémonos de cuanto puede volver opaca nuestra vida.

domingo, 11 de octubre de 2020

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 


Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿A quien le amarga un dulce?, se suele decir. ¿Quién rechaza una comida, un banquete de bodas? ¿Quién rehúsa participar en una fiesta que se presenta bastante atrayente? Podríamos decir que en general a todos nos gustan los dulces, nos agrada que nos inviten a una comida o a un banquete, participar en una fiesta. 

Sin embargo sabemos que a veces podemos tener otras preferencias, otras prioridades en la vida; hay personas quizás muy hurañas a las que no les gusta participar en fiestas o en reuniones donde haya mucha gente; también sabemos que a veces ponemos por delante nuestros intereses particulares, nuestro yo antes que encontrarnos con los demás en una comida fraternal; los orgullos nos dominan en ocasiones y nos encerramos en nosotros mismos, sin querer incluso dar explicaciones, pero evitamos aquel encuentro, aquella fiesta, aquella comida que quizá incluso desde el núcleo familiar se había preparado con tanta ilusión de que todos estuviéramos juntos, pero nos negamos a asistir; ya sabemos el llanto de tantas madres que no llegan a ver sentados en una misma mesa a todos sus hijos cuando con tanta ilusión había preparado aquella comida.

Como preámbulo me he hecho estas consideraciones ante la parábola de los invitados a la boda que no quisieron participar que nos propone hoy el evangelio. Cargamos las tintas muchas veces en los que se negaron a participar en el banquete de bodas que el rey había preparado y nos olvidamos que en la vida nosotros también vamos negándonos a muchas invitaciones que se nos pueden hacer desde distintas circunstancias o también en una diversidad grande de sentidos.

Pero aquel rey no se arredró ante la negativa de los invitados sino que la boda y el banquete seguían adelante; por eso envía a sus servidores para que vayan por todas partes, vayan a los cruces de los caminos y traigan a todos los que encuentren para el banquete de bodas de su hijo. La sala del banquete al final se llenó de invitados.

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Ya entendemos fácilmente que todos estamos invitados al banquete de la vida y de la salvación. Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esta invitación al banquete de bodas. Jesús nos está ofreciendo ese banquete de vida porque Jesús se ha ofrecido para la salvación de todos. Y quiere que todos participemos y vivamos esa salvación, esa gracia que El quiere regalarnos.

Y es aquí cuando tenemos que comenzar a preguntarnos por nuestras respuestas. Y no es solo este banquete de vida que es la Eucaristía a la que cada día pero en especial cada domingo somos invitados, somos llamados, sino tenemos que pensar con mayor amplitud y universalidad para escuchar esa invitación al Reino de Dios, para esa respuesta de fe que nosotros tendríamos que dar. ¿Respondemos todos a esa llamada de la fe? ¿Respondemos todos queriendo vivir el Reino de Dios? ¿Respondemos aceptando plenamente el evangelio sin hacernos rebajas y queriendo empaparnos así de sus valores?

Nos damos excusas, por decirlo suavemente. Nos ponemos límites en nuestra respuesta. Miramos primeramente nuestro yo y nuestros intereses y aparecen incompatibilidades en nuestra manera de vivir la vida con lo que nos pide la fe, con lo que nos pide el evangelio ¿y qué preferimos? También nos negamos y queremos hacerlo algunas veces de manera sutil a vivir en plenitud el evangelio, el compromiso de la fe y nos quedamos en cumplimientos superficiales y ocasionales, o vamos abandonando poco a poco el camino de nuestra vida cristiana en la medida en que crece nuestra tibieza que se convierte en frialdad y alejamiento.

Y es aquí donde entra el sentido de la segunda parte de la parábola; algún comentarista nos dice incluso que son como dos parábolas que se han unido en una, por una parte los invitados al banquete de bodas y por otra parte el que no iba vestido dignamente para participar en aquel banquete.

Dice la parábola que aquel rey que había preparado el banquete cuando ya estaba llena la sala de comensales entró a saludar a los ahora invitados pero se encontró a uno que no llevaba el traje de fiesta. En principio es algo que nos desconcierta, porque si eran pobres recogidos por los caminos, cómo iba a tener un traje de fiesta para participar en el banquete. Pero son esas aparentes incongruencias las que nos hacen pensar y nos hacen preguntarnos en que nos puede afectar a nosotros y qué mensaje nos puede ofrecer.

Cuando ya nosotros hemos querido venir y dar respuesta a la invitación del Señor y participar de esa fiesta que es nuestra fe y que ha de ser toda nuestra vida cristiana es cuando ahora tendríamos que preocuparnos de llevar siempre ese traje de fiesta. ¿Qué significa? Esa fe y esa gracia que nos ha convocado no la podemos perder. En la medida en que fuéramos creciendo en nuestra respuesta y en nuestra fe tendría que ir resplandeciendo cada vez más nuestra vida cristiana.

Pero ¿qué nos sucede? Que muchas veces caemos por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad, vamos perdiendo la intensidad de nuestra vida cristiana y nos estamos volviendo atrás porque de nuevo nos dejamos seducir por las tentaciones que nos manchan, que nos llenan de oscuridad de nuevo la vida; nuestro traje de fiesta está perdiendo su esplendor.

Es un toque de atención, es una llamada de nuevo que el Señor nos hace, es un repetirnos de alguna manera la invitación para que despertemos y no nos dejemos arrastrar por esas pendientes que van enfriando nuestra vida cristiana, que ya entonces no sería esa fiesta de nuestra vida. Cuantas veces vamos perdiendo la ilusión y la alegría de la fe cuando volvemos a nuestras rutinas de siempre, cuando se afloja la intensidad de nuestra vida y de nuestro amor.

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor.

domingo, 15 de octubre de 2017

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

La Palabra de Jesús nos interpela y nos compromete a celebrar ese banquete en el que quepamos todos, nos pone en camino, en salida y quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

No nos habrá pasado quizá, pero si nos pasara una cosa así, ¿qué haríamos nosotros? Podría ser que a alguna madre de familia le haya sucedido algo parecido. Había puesto todo su empeño en preparar aquella comida en la que quería que estuvieran todos sus hijos; era la fiesta del pueblo quizá, o algún acontecimiento familiar que ella quería recordar y quería tener a todos sus hijos en torno así, y les dijo que vinieran a comer; no comentó con nadie más nada, pero ella se afanó en preparar la mejor comida, aquella que sabia que le gustaba a sus hijos.
Pero cuando llegó el momento los hijos no aparecieron. No le habían dando importancia, tenían sus compromisos, alguno de camino para casa de su madre se encontró con unos amigos y se fue con ellos, y aquí podemos poner todas las circunstancias, las disculpas, los silencios quizás que tanto dolieron al corazón de la madre que había preparado aquella comida con tanta ilusión. Le dieron ganas de tirarlo todo y quizás encerrarse a llorar. O llamar a los vecinos porque daba pena tirar todo aquello, o ver quizá donde podría enviar aquella comida que fuera útil, pero de sus hijos quizá no quería saber nada.
He querido hacer un supuesto de algo parecido a la parábola del evangelio de hoy que nos puede pasar a nosotros. La parábola que Jesús propone en el evangelio nos habla de la boda del hijo del rey que su padre había preparado también con mucha ilusión. Pero la gente también pasaba de aquel rey, de la boda del hijo del rey y de las comidas o banquetes que pudiera organizar e invitarlos. Ellos también tenían sus cosas que hacer. Pero ¿si era el rey el que invitaba como es que se buscaran disculpas de cualquier clase para no asistir? Para ellos no valían ni siquiera los protocolos.
Aunque vemos la reacción muy humana del rey que quiere destruir a todos aquellos que considera malvados por no comparecer cuando les invitaba, sin embargo no se contenta con eso. ‘La comida está preparada y los invitados no han venido… salid a los cruces de los caminos’, a las plazas, a los pueblos o a las aldeas, traed a todos, no importa que sean pobres, que estén enfermos o tengan mil discapacidades, sean quienes sean, buenos o malos. ‘A todos los que encontréis invitadlos a la boda y traedlos…’ les dice a sus criados. ‘Y la sala del banquete se llenó de comensales’, continua diciendo la parábola.
La imagen de la boda o del banquete nos puede traer a la mente muchas significaciones. El banquete de la vida que no es solo para unos pocos sino al que todos estamos invitados, podemos pensar. Banquete que ya sabemos que no solo es la comida sino es también el encuentro, la alegría y la fiesta como signos de felicidad, la abundancia en la riqueza del mundo en el que vivimos y todas esas cosas que harían posible que fuéramos más felices. El banquete que no es solo para unos pocos y al que quizá los podrían tener mejor conocimiento de la vida sin embargo no saben valorar lo suficiente.
En el caso de la parábola aquellos primeros invitados se comportaron de una forma orgullosa y egoísta, no quisieron participar, querían hacerse su fiesta y su felicidad a su manera o por su cuenta, no apreciaron y valoraron lo que el rey les ofrecía. Rehusaron participar en aquel banquete, rehusaron lo que significa de encuentro y de caminar juntos; quizá no querían mezclarse con todos. Se excluyeron, como quizá tantas veces ellos habían excluido a otros de ese banquete de la vida, porque en su prepotencia y en sus orgullos se lo querían acaparar todo para ellos.
En los cruces de los caminos había muchos que si no esperaban – aunque la esperanza nunca se pierde – al menos no pensaban en aquel momento que fueran a ser invitados. Se habían acostumbrado quizás a su exclusión, a vivir en su aislamiento porque nadie pensaba en ellos. Pero aquel rey tuvo una buena intuición, una buena idea; en los cruces de los caminos y más allá había tantos que necesitaban de aquel banquete, de aquel encuentro. Y esos fueron los llamados.
Miremos nuestra realidad; ahí están los que piensan solo en si mismos, en los suyos, en sus allegados o sus amigos, los que hoy yo te invito a ti para que tu me invites mañana, los que queremos pasarlo bien con nuestras cosas sin querer mirar más allá, se encierran en su propio particular círculo. Aquellos que ni son capaces de ver que haya otras personas en el mismo mundo y que entre todos tenemos que construir; aquellos que no quisieran mezclarse con cualquiera porque se suben en sus pedestales.
Pero miremos también los cruces de los caminos y más allá de los arcenes de los caminos por los que solemos transitar, estarán en las esquinas de nuestras plazas o los habremos desplazado a lugares que queremos considerar más alejados. Pasan desapercibidos o  no los queremos ver, los excluimos quizá hasta sin darnos cuenta, o son otros que llegan desde puntos lejanos y a los que no estamos acostumbrados; o son esos que viven una vida marginal y decimos que no los entendemos y no es cuestión de idiomas porque hablan incluso nuestra misma lengua o siempre hay manera de entenderse cuando buscamos los encuentros de verdad.
Y podemos pensar en muchos más, tantos que viven la soledad de su ancianidad, las limitaciones de sus discapacidades, los abandonos de los que nadie quiere, el silencio callado y doloroso de tantos enfermos, algunos quizás abandonados. La lista se haría larga.
Para esos y para todos es ese banquete de la vida. ‘Salid a los cruces de los caminos…’ decía aquel rey, y si con sinceridad estamos escuchando esta Palabra será a nosotros a quienes se nos está diciendo que salgamos a los cruces de los caminos y más allá. Los que creemos en Jesús, invitados como estamos a ese banquete al mismo tiempo tenemos que ser mensajeros que vayamos a buscar, que vayamos a anunciar, que vayamos a invitar, que vayamos a decirles que el banquete es para todos.
Cuidado que seamos nosotros los que no llevemos adecuadamente el traje de fiesta porque siga habiendo en nosotros desconfianzas o ciertas reticencias, nos falte arrojo y valentía, o sigamos teniendo nuestros miedos en nuestro interior.
La Palabra de Jesús nos interpela. La Palabra de Jesús nos hace ver también a muchos comprometidos a celebrar ese banquete en el que quepamos todos; la Palabra de Jesús nos pone en camino, en salida; la Palabra de Jesús quiere llegar a nuestro corazón y transformarlo. Dejémonos transformar por la fuerza del Espíritu.