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domingo, 2 de agosto de 2026

La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

 


La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

Isaías 55, 1-3; Salmo 144; Romanos 8, 35. 37-39; Mateo 14, 13-21

La compasión y la misericordia mueven también a compasión; la ternura de un corazón que se derrite de amor nos hace sentir cómo se despierta esa ternura de nuestro corazón. Las lágrimas que se desprenden de un corazón compasivo se convierte en lluvia dorada que transforma nuestra sequedad y aridez en campo florido de amor. Por eso tenemos que estar convencidos que es el amor y solo el amor el que transforma nuestro mundo para bien y para poder alcanzar la mejor armonía de paz.

Con este pensamiento vengo a resumir lo que es el hermoso mensaje que nos transmite hoy la Palabra de Dios. Pudieran parecernos bellas anécdotas o historias ejemplares las que se nos ofrecen pero están manifestándonos toda la hondura del amor de Dios que es el que tiene que envolver nuestra vida y que nosotros hemos de resumar por nuestros poros para transformar nuestra vida pero también para transformar el mundo que nos rodea.

No podemos ir de insensibles por la vida porque nosotros personalmente tengamos más o menos resuelta nuestra situación. La autosuficiencia es muy peligrosa porque produce sequedad e insensibilidad en nuestro corazón. La mirada con que contemplemos el mundo que nos rodea, si es que en verdad somos humanos y además nos llamamos cristianos seguidores de Jesús tiene que ser un reflejo de la mirada de Jesús. Hoy lo contemplamos en el evangelio y vemos que aquella mirada de Jesús. transformó la mirada de los que estaban a su lado despertando en ellos nuevas actitudes aunque no supieran bien cómo resolver el problema.

Nos comienza narrando el evangelista que cuando Jesús se enteró de la muerte de Juan Bautista quiso irse con sus discípulos más cercanos a un lugar tranquilo y apartado. ¿Quitarse del punto de mira de Herodes y de cuantos ya comenzaban a tramar contra El? Entra dentro de toda lógica humana, aunque como veremos en otros momentos también le gusta irse con sus discípulos cercanos a lugares de retiro y de silencio que aprovechaba para instruirlos de manera especial.

La gente se entera de los caminos que está tomando Jesús y a través de cualquier senda llegan al lugar donde iba a ir Jesús. Una multitud agotada por los caminos, haciéndose acompañar también por sus enfermos y cuantos sufrían le sale al encuentro. Y nos dice el evangelista que a Jesús. se le conmovieron las entrañas; normalmente traducimos la palabra utilizada por el evangelista como lástima o compasión, pero en la raíz griega de la palabra empleada viene a significar lo que hemos dicho, se le conmovieron las entrañas. Afloró la misericordia y la compasión, o lo que es lo mismo, poner el corazón al lago de la miseria y del sufrimiento; ¿no tiene que surgir entonces la ternura? Se puso a enseñar y a curar a los enfermos.

Pero aquella ternura del corazón de Cristo estaba también contagiando a los que le rodeaban. Como se hacía tarde vienen a decirle que los despida, que es tarde, que no tienen provisiones, que puedan ir a las aldeas cercanas a buscarse algo que comer. Era una señal en los discípulos de ese contagio de amor aunque no sepan qué más pueden hacer porque solo tienen cinco panes y dos peces. ¿Y qué es esto para tantos?

‘Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. No se tienen que ir abandonados a su suerte. ¿Sentís esa compasión en vuestro corazón? ‘Dadles vosotros de comer’. Nuestra preocupación no es sólo constatar la realidad sino que tiene que llegar a poner remedio, a buscar soluciones. Muchos trabajos de campo nos hacemos para ver la realidad, pero que se quedan ahí en un estudio bonito sin encontrar soluciones, y las soluciones tienen que pasar por nuestro compromiso personal que significa contar con lo que somos o tenemos, pero contar con las personas. Jesús. quiere contar con sus discípulos, entonces y hoy.

Hubo que sentar a las personas - ¿para que encontraran descanso en sus cansancios? - , porque venían exhaustos por el camino; hubo que ir encontrando aquellos cinco panes y dos peces de lo poco que tenían; hubo que comenzar a tener la predisposición de repartir y compartir, allí estaba la mano de Jesús en las manos de los discípulos que comenzaron a repartir el pan y los peces. Floreció el amor. ¿Serán pasos que tenemos que ir dando para que florezca nuestro mundo en una nueva humanidad?

Es el amor y la compasión el mejor caldo de cultivo que tiene que reflejarse en nuestras vidas. Y Jesús. quiere contar con nosotros, contigo y conmigo, aunque digamos que no tenemos sino unos pocos panes que no son suficientes para todos. Si me los guardo solo para mi claro que no alcanzarán, pero cuando llegan a conmoverse las entrañas como una madre que siente en su corazón lo que le pasa a sus hijos, comenzaremos a desprendernos, comenzaremos a olvidarnos de nosotros mismos, comenzaremos a desparramar amor.

Así estaremos creando una nueva humanidad.


viernes, 17 de abril de 2026

Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

 


Como Jesús supo contar con los discípulos y aceptó la pequeñez del pan de los pobres aprendamos a contar con los demás y veremos las maravillas de Dios

Hechos 5, 34-42; Salmo 26;  Juan 6, 1-15

Cuántas veces nos pasa, nos creemos tan autosuficientes y únicos que nos parece que somos los únicos que sabemos y que solo nosotros hacemos las cosas bien, nos cuesta contar con los otros, admitir la capacidad que los otros tienen también, a lo sumo les permitimos que colaboren en algunas cosas pero siendo siempre nosotros los que llevemos la voz cantante. ¿Será orgullo? ¿Será vanidad?, seguro que hay mucho de autosuficiencia.

Hoy Jesús nos da una lección. Bueno siempre es mucho lo que nos enseña el evangelio porque siempre es un mensaje de vida. Jesús había marchado a la otra orilla del lago, aunque Jesús quisiera la soledad con sus discípulos más cercanos las multitudes se agolpan porque quieren escucharle, porque quieren estar con El; se han despertado las esperanzas del pueblo y allí donde se puede encender y mantener viva esa luz de la esperanza acuden en masa.

Ha sentido compasión de ellos porque están como ovejas sin pastor y se ha puesto a enseñarles, pero se acerca la tarde, están lejos de los poblados y a aquella gente se les han acabado las provisiones. Habrá que buscar pan para toda esa gente, pero, ¿dónde encontrarlo? Es lo que le plantea Jesús a sus discípulos más cercanos. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?’, le dice Jesús a Felipe que es el que ahora está más cerca de Él. Jesús quiere contar con los discípulos. Como diría otro evangelista narrándonos este mismo hecho ante la solicitud de los discípulos Jesús les dice ‘dadles vosotros de comer’. Alguno replicará buscando soluciones, ‘doscientos denarios de pan no dará para dar un trozo de pan a cada uno’.

Pero Jesús sigue esperando iniciativas hasta que alguien viene diciendo que hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, ‘pero, ¿qué es esto para tantos?’ Y Jesús cuenta con ello, serán cinco panes de cebada, el pan de los pobres, algo mísero e insignificante, pero grande ha sido la disponibilidad de aquel muchacho que no se los guarda para si sino que los pone a disposición.

Muchos gestos hermosos comienzan a aparecer, como podrían aparecer en la vida si nosotros supiéramos más contar con los demás. Nos quejamos tantas veces que nadie hace nada, pero ¿les habremos dado la oportunidad? Quizás vamos pensando en cosas extraordinarias o maravillosas pero las cuentas de Dios son otras, las medidas de Dios tienen otros valores. ¿No tendríamos que aprender?

Jesús no ha comenzado haciendo el milagro, haciendo cosas extraordinarias, Jesús ha comenzado contando con los discípulos, pero contando también con lo pequeño y que nos pueda parecer insignificante para todo lo que se quiere abarcar; ha contando con aquellos panes de los pobres que un pobre muchacho ha tenido sin embargo la generosidad de no sólo compartir sino de ponerlo todo a disposición de lo que se pueda necesitar. Es compartir, sí, pero aquí hay algo más, alguien se ha desprendido de todo lo que tenía aunque para él no quedara nada.

Y el milagro se realizó, comió la multitud que era mucha gente, pero aún sobró que se recogieron doce canastos para que nada se perdiera. ¿Qué puede valer mi pequeña aportación? Pensamos alguna vez. ¿Qué puede valer lo que yo haga que no va a ser sino un pequeño grano perdido en la inmensidad de la playa?  Pero junto con otros granos formará el montón. ¿De qué sirve lo que ese puede hacer si no sabe hacer nada y es lo más perdido que podamos encontrar? Es la acción de una persona, es una pequeña llama de amor que va contribuir a que se encienda esa hoguera especial que transformará nuestro mundo.

¿Aprenderemos a contar con los demás, incluso de aquel o de aquello que nos pueda parecer pequeño o insignificante?


jueves, 8 de enero de 2026

Dejémonos envolver y empapar por el amor para llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los demás

 


Dejémonos envolver y empapar por el amor  para llegar a conocer que Dios es amor y en ese amor vivamos generosamente para los demás

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

Hay cosas que no seremos capaces de llegar a descubrir y contemplar, situaciones que no podremos comprender o hechos que nos sentiríamos incapaces de realizar si no estamos no solo envueltos sino empapados de amor. Será el que pondrá el necesario filtro en nuestros ojos para apreciar la delicadeza y al mismo tiempo la grandeza de lo que contemplamos, el que nos hará comprender el por qué de tantas cosas que consideraríamos inexplicables porque si no fuera ese filtro del amor serían para nosotros imposibles, y el que hará también que podamos realizar un desprendimiento de nosotros mismos que si no fuera por el amor en el que estamos empapados nunca jamás realizaríamos.

Buscamos en la vida motivaciones para vivir y para actuar de una manera más o menos digna, nos sentimos condicionados por tantas cosas que nos harían perder la sintonía de las cosas grandes, pesa en nosotros como algo que nos arrastra en direcciones opuestas y no nos deja avanzar ese amor propio que se vuelve egoísta y resentido que nos hace resbalar por esas pendientes de nuestros sueños ambiciones de grandezas y dominios y nos cuesta levantar vuelo y aunque a veces deseemos hacer las cosas de manera distinta sin embargo nos sentimos arrastrados por esa rutina que se nos ha metido tantas veces por dentro y que nos hace pensar en nuestras satisfacciones y ganancias personales o en otras tantas vanidades de la vida.

Cuando nos ponemos a pesar en las cosas en ocasiones quisiéramos ser  nosotros los primeros, los que tomemos las iniciativas para ir por delante y aunque sean buenas nuestras intenciones tenemos que andar con cuidado porque pudiera ser el halago de nuestro yo, la vanidad con la que queremos presentarnos como queriendo ganar méritos con lo cual enturbiamos esa obra buena que en ocasiones quisiéramos hacer.

Es necesario afinar bien esas cuerdas del amor para que suenen como lo que realmente tienen que ser, cuerdas de amor para hacer sonar la mejor sinfonía de la vida cuando todos se vean en verdad engrandecidos por la presencia del Señor con nosotros. Bien afinadas las cuerdas de nuestro amor seríamos capaces de hacer maravillas, pero no para nuestra gloria, sino para la gloria del Señor.

Hoy la Palabra de Dios que se nos ha ofrecido y proclamado resuma por todas partes amor. Es la maravilla de la que nos habla san Juan en su carta, diciéndonos que todo viene de Dios, porque es realmente quien toma la iniciativa y es que Dios es amor. Y es ahí  donde tenemos que beber, es ahí de ese amor de Dios el que tenemos que empaparnos. Ya nos dice que no es que nosotros hayamos amado y luego merezcamos, casi como un premio, ese amor de Dios. El amor de Dios es primero porque nos amó cuando incluso no lo conocíamos y ahora por ese amor podemos llegar a conocer a Dios. El amor que pone esa delicadeza y sublimidad en nuestra vida para como poder llegar a sentir y ver a Dios.

Pero es lo que contemplamos en Jesús en esas primeras páginas del evangelio en que le vemos salir caminar por todas partes anunciando con signos y palabras la llegada del Reino de Dios. Multitudes, nos dice el evangelista, se agolpaban en torno a Jesús olvidándose incluso de comer. Es esa muchedumbre con sed de Dios a los que Jesús instruye, alimenta con la Palabra de Dios, pero ahora también hambrienta, para significar la realidad de nuestra sociedad.

Es lo que ahora contemplamos en Jesús. Enseñando y anunciando la llegada del Reino de Dios, pero mostrando los signos de esa llegada, de ese mundo nuevo que se va a construir. Cuando los discípulos preocupados por esa multitud que está lejos de sus casas, y que se han ido despreocupados de provisiones para el camino, acuden a Jesús, éste les dice que le den ellos de comer. Planificar a la perfección las cosas y decir lo que tendríamos que hacer o incluso como tendríamos que realizarlo en cierto modo es fácil, pero llevarlo a cabo no es tan fácil, como les sucede a los discípulos cercanos a Jesús que se quedan desconcertados con lo que Jesús les está diciendo. Aun no han terminado de entrar en la onda del amor que Jesús quiere expandir.

Y Jesús realiza el signo, da muestras de lo que es capaz su corazón compasivo y lleno de amor; como todo se va a mover en una nueva dirección a partir de aquel momento y aquella multitud quedará saciada, aunque quizás luego les cueste recordar el gran signo de Dios que se ha realizado en su presencia. Entremos, pues, en esa sintonía del amor, pongamos ese nuevo colirio en nuestros ojos, dejémonos conducir por el Espíritu divino que insuflará en nosotros lo que es el amor de Dios para que nosotros seamos capaces de vivir en ese amor.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

 


Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida que despierte una nueva esperanza en nuestro mundo tan falto de esperanza

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Cada día nos llegan noticias desgarradoras e imágenes que nos ponen los pelos de punta, como se suele decir, cuando aun nos queda algo de sensibilidad en el corazón, de los inmigrantes que nos llegan a nuestras costas atravesando mares no siempre apacibles y que hagan fácil la navegación. Creo que fue ayer mismo cuando escuchamos que habían encontrado un cayuco a muchos kilómetros de la costa de nuestras islas a los que se le había acabado la gasolina pero también la comida. Nos es difícil imaginar la angustia y sufrimiento de esas personas que lo veían todo perdido mientras en el horizonte se divisaba una costa a la que no podían llegar, como quizás habrá sucedido a tantos. Fueron recogidos y atendidos ofreciéndoles agua y comida y toda la atención que necesitaban.

¿Cuál sería el ansia con que al final pudieron alimentarse al alcanzar finalmente la costa? ¿Qué significaba ese momento para ellos? Muchas consideraciones podemos hacernos porque además podría traer muchas consecuencias para el sentido de nuestras vidas. Una comida y un alimento es cierto, pero que significaría mucho más para sus vidas. Un posible horizonte de esperanza se abría para sus vidas, que no era solamente aquel alimento que en aquellos momentos estaban recibiendo.

¿Qué significa para nosotros una comida a la que hemos sido invitados, por ejemplo, en una fiesta, o en una boda o cualquier otro tipo de celebración? Esa comida es mucho más que unos alimentos que pueden ser exquisitos que nos llevamos a la boca. ¿Vamos a un banquete de ese tipo solamente por las exquisiteces que vamos a comer?

Creo que si nos ponemos a pensar un poco nos daremos cuenta que lo exquisito es el encuentro, con la familia, con los viejos amigos, con personas que podemos conocer y con quien vamos a compartir; es la conversación, son los lazos de amistad, es el disfrutar del encuentro, son los sueños que nos pueden hacer comenzar nuevos caminos y nuevos planes. ¡Cuántos proyectos comienzan a ser realizables después del encuentro de una comida! Como aquellos inmigrantes que mencionábamos que llegan hasta nosotros no solo por un plato de comida sino en la búsqueda de un futuro mejor, de unos nuevos horizontes para su vida.

De eso se nos está hablando en la Palabra de Dios que hoy se nos proclama en este camino de Adviento. Es el festín de manjares suculentos, del que nos habla el profeta, que suscitará una nueva alegría y esperanza para aquel pueblo; es significativo que al describirnos lo que es ese festín nos dirá que ‘arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos’, y seguirá diciéndonos que ‘aniquilará la muerte para siempre, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo…’ Está hablándonos de un mundo nuevo, de una vida nueva, de una nueva esperanza. ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara’, termina diciéndonos el profeta.

¿Y no es eso lo que Jesús nos quiere expresar en el signo que le vemos realizar en el evangelio? También habrá una comida para una multitud hambrienta y que Jesús no quiere dejar ir a sus casas sin haberlos alimentado. Nos hablaba el evangelio de aquella multitud que Jesús se encontró al llegar a aquel lugar, ‘mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies’; allí estaban con sus sufrimientos y con sus ansias de algo nuevo porque la palabra de Jesús suscitaba esperanza en sus corazones. Y Jesús no los podía defraudar.

Está la compasión y la misericordia de Jesús que para todos tenía una palabra y un gesto de vida y salvación, pero está el sentido nuevo y el compromiso que tiene que surgir en los discípulos de Jesús. Pusieron a disposición lo poco que tenía, cinco panes y dos peces y algo nuevo comenzó a suceder, porque todos pudieron comer hasta hartarse. Hablamos del milagro de la multiplicación de los panes, pero tendríamos que hablar del milagro del amor, de los milagros que podemos hacer cuando entramos en la órbita del amor, es el compartir, es el desprendimiento, es el ponernos a servir en disposición de servicio para todos.

Allí ya se diferenciaba nadie unos de otros porque todos compartieron aquel mismo pan; sí, es el pan que tenemos que compartir, que es nuestra vida, que son nuestros gestos, que es nuestra cercanía, que es el encuentro y la armonía que vamos construyendo, es ese pensar que sí podemos hacer algo grande aunque nos parezca que nuestros medios son pocos y son pobres, que es posible que los sueños se hagan realidad. Pero eso cuando sabemos encontrarnos y nos alimentamos no solo de un pan material que llevamos a nuestra boca sino que nos alimentamos de la ilusión y los sueños de aquellos que caminan a nuestro lado y que juntos podemos hacer realizables.

¿Será algo de eso lo que vamos a lograr en la navidad que vamos a celebrar y para la que nos estamos preparando? Pensemos qué es lo exquisito que vamos a poner en la mesa de la vida para sentir que ‘aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara’.

lunes, 4 de agosto de 2025

No nos podemos quedar con los brazos cruzados solo diciendo palabras de compasión o lamentándonos de la pobreza de nuestros cinco panes

 


No nos podemos quedar con los brazos cruzados solo diciendo palabras de compasión o lamentándonos de la pobreza de nuestros cinco panes

Números 11,4b-15; Salmo 80; Mateo 14,13-21

La compasión que se queda solo en palabras podríamos decir que es una compasión a medias. No son sólo sentimientos que se pueden quedar en  pasajeros u ocasionales sino que tiene que traducirse en hechos concretos, para hacer que esos sentimientos se transformen en realidades que curen y que sanen aquello que nos mueve a compasión. Es un dolor que parece intolerable o una situación injusta que contemplamos, una necesidad que conlleva un sufrimiento o una amargura del alma que nos transmite también a nosotros amargura. No podemos quedarnos en decir ‘qué pena’, ‘pobrecitos’, sino que hemos de hacer algo por mitigar ese dolor, solucionar esa situación injusta, remediar esa necesidad, curar la razón de ese sufrimiento, aliviar esa amargura; y eso no lo hacemos solo con palabras o con esa compasión que decimos que compartimos pero en la que no ponemos lo que podamos de nuestra parte para remediarla.

Es lo que nos está enseñando esta página del evangelio. Hay, es cierto, un dolor en el alma de Jesús ante la noticia de la muerte cruenta del Bautista a manos de Herodes; como sucede en estos momentos de dolor buscamos el silencio que nos serene por dentro, que nos haga encontrar luz en esas oscuridades que nos llena el alma cuando nos suceden cosas duras; ¿no habremos dicho alguna vez cuando nos encontramos en situaciones duras que nos aparecen en la vida que no queremos ver a nadie? Jesús al enterarse de lo sucedido se marcha a un lugar solitario con sus discípulos.

Pero, como nos sucede muchas veces, ese remedio que buscamos en esas soledades se transforma en nuestro corazón cuando quizás nos encontramos con otros momentos de dolor. ¿Qué significa mi dolor ante el dolor angustioso de los demás que quizás se mueren de hambre? A pesar de todas nuestras oscuridades tenemos que aprender a seguir mirando en nuestro entorno para captar la realidad que podamos descubrir. Estamos comiendo con la televisión encendida, es la hora de las noticias, nosotros estamos como abstraídos por lo que estamos haciendo o lo que puedan ser los problemas de cada día, pero la televisión nos está dando noticias de muertes y de guerras, de violencias y de un mundo roto; quisiéramos quizás apagar la televisión, pero ¿nos quedaremos insensibles ante todo lo que vemos? ¿Solo va a ser una compasión pasajera que quizás pronto querremos olvidar para que no nos amargue el día?

En aquella ocasión en que Jesús se había ido a un lugar apartado tras las noticias trágicas que le habían llegado, se encuentro con una multitud por un lado con todos sus sufrimientos, con ansias de algo distinto y mejor y por eso querían estar con Jesús y escucharle, pero también con una muchedumbre hambrienta. Y es entonces cuando comienza el actuar de Jesús pero también la invitación a nuestro actuar para no quedarnos en solo compasiones momentáneas.

Jesús se sienta en medio de las gentes y habla con ellos, les enseña y les va curando sus corazones, pero también sus cuerpos doloridos por tantas enfermedades, sufrimientos y carencias. En los discípulos se despierta algo, sienten compasión de aquella gente que no tiene que comer porque han venido de lejos y le piden a Jesús que los despida para que antes de que anochezca puedan llegar a donde puedan encontrar comida. Pero aquí está la palabra comprometedora de Jesús. ‘Dadles vosotros de comer’.

¿Qué pueden hacer? Ya bastante están haciendo con hablar con Jesús para poner remedio y la gente pueda buscar. Además ¿qué pueden hacer ellos con las pocas provisiones que aún les quedan, solo tienen cinco panes y dos peces? Sienten compasión pero se quedan paralizados ante la magnitud de lo que se les presenta por delante.

Jesús tomará la iniciativa, que les traigan aquellos panes aunque sean tan pocos. Jesús como siempre tiene una palabra de bendición, bendición para Dios en primer lugar porque en Él tenemos las fuerzas y tenemos la luz, bendición para Dios que realiza en nosotros aunque seamos pequeños cosas grandes, bendición para Dios porque siempre y por encima de todo el nombre de Dios ha de ser bendito. ¿No será eso lo que nos ha enseñado en el padrenuestro para lo que tiene que ser nuestra oración a Dios? ‘Santificado sea tu nombre, hágase tu voluntad…’

Pero será bendición para quienes han ofrecido aquellos panes, será hacer que aquella gente a pesar de sus calamidades pueda sentirse bendecida por Dios. Algún día dirán que Dios ha visitado a su pueblo. Allí se está haciendo esa visita de Dios, porque allí se está derramando el amor cuando se ha sabido compartir aunque sea solo lo poco que tengamos.

¿Cómo vamos a hacer patente esa visita de Dios a su pueblo hoy, esa bendición de Dios a este nuestro mundo tan roto y con tanto sufrimiento? Es lo que nos está pidiendo Jesús ‘dadles vosotros de comer’. Somos nosotros los que tenemos que hacer palpable con nuestro actuar y con nuestro compromiso esa bendición de Dios trabajando por hacer un mundo distinto y mejor. ¿Nos quedaremos una vez más con los brazos cruzados porque no sabemos qué hacer o porque sentimos la pequeñez de nuestros pobres cinco panes?


domingo, 22 de junio de 2025

Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

 


Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

Génesis, 14, 18-20; Salmo 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

No sé si en alguna ocasión se han visto desbordados por una situación en la que tenían que actuar pero que parecía que superaba todas vuestras posibilidades o capacidades de actuación, pero era algo que se esperaba de ustedes, porque formaba parte de las responsabilidades asumidas, de un cargo o responsabilidad que tenían en la vida, o era una situación familiar en la que se veían involucrados muchos de la familia, pero que podía estar en las manos de ustedes la salida de tal conflicto. ¿Cómo se sentían? ¿Qué tenían que hacer? No sabían por donde empezar y el camino parecía bastante escabroso. ¿Podríamos buscarnos alguna disculpa? Seguro que no podíamos escaquearnos porque todos estaban pendientes de nuestra actuación.

Me planteo esto, porque por un lado vemos lo que dice el evangelio y el compromiso en que Jesús pone a sus discípulos, cuando ante toda aquella multitud que había venido de lejos para ver y escuchar a Jesús, había que darles de comer; pero es que Jesús les dice: no es cuestión de que les digamos que se marchen sino ‘dadles vosotros de comer’.

Pero esto no es ajeno a lo que al mismo tiempo podemos contemplar en el mundo en que vivimos, problemas, necesidades, hambre, guerras, miseria, desplazados o emigrantes que nos llegan continuamente a nuestras tierras, o se desplazan por el mundo buscando algo mejor y sucede en todos los continentes. Nos sentimos impresionados por las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación, las decisiones que toman los poderosos de nuestro mundo, los problemas que se acumulan muchas veces no tan lejos de nosotros. ¿Y nos quedamos con los brazos cruzados? ¿Y echamos balones fuera porque decimos que esas decisiones están en manos de otros? ¿Nos desentendemos y cerramos los ojos? ¿Decimos que eso no está en nuestras manos y que nada podemos hacer? ¿Comenzamos a decir lo que tienen que hacer los otros? Pero Jesús nos está diciendo ‘dadles vosotros de comer’.

Y esta reflexión nos la hacemos en esta fiesta del Corpus. Quizás en muchos de nuestros pueblos se movilice mucha gente para preparar la fiesta del Corpus, con nuestras procesiones, nuestras alfombras, nuestros descansos, nuestra música, nuestros cantos… todo un fervor popular. Un fervor que nació de nuestra fe en la Eucaristía, del misterio de amor y de entrega que celebramos en la Eucaristía. Estamos recordando y celebrando algo muy grande, pero que algunas veces porque lo vemos tan grande y misterioso casi lo hemos ido alejando de lo que tiene que ser la realidad de nuestra vida cristiana. Es Cristo que se entrega para que tengamos vida.

‘Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida…’ ¿Será esto en verdad lo que estamos celebrando? Cuidado que la pantalla de nuestras fervorosas celebraciones oculte lo que en verdad celebramos y lo que tenemos que manifestar en nuestra vida. Cuando Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida nos dice ‘lo mismo que yo he hecho tenéis que hacerlo los unos con los otros’, y ha sido después de lavarles los pies a los discípulos. Pero es que no solo fue lavando los pies a los discípulos en el cenáculo al principio de aquella cena pascual, sino ha sido lo que ha ido haciendo continuamente en su vida.

Nunca se puso Jesús en una posición en que estuviera lejos de la gente; con ellos se mezclaba, en medio de ellos caminaba, se acercaba a la orilla del lago o se sentaba en la barca con los discípulos cuando iban a la pesca, se detenía ante el ciego en las calles de Jerusalén, o con su mano tocaba a los leprosos o ponía sus dedos en lo oídos de los sordomudos, dejaba que le tocaran el manto en medio de los apretujones de la gente, o camina a casa de Jairo o quería ir también a la casa del centurión, llegaba a la casa de Simón para tomar de la mano a la suegra y levantarla o permitía que le rompieran el techo de la casa para bajar por allí al paralítico… muchos más gestos podemos seguir recordando y contemplando. Y Jesús nos dice que hagamos lo mismo que ha hecho El.

Cuando nos habla de su cuerpo entregado y de su sangre derramada al darnos a comer de aquel pan y beber de aquella copa, nos dirá también que hagamos lo mismo en recuerdo y conmemoración suya para siempre. Pero hacerlo no es solo comer de aquel pan y beber de aquella copa, sino hacer la misma entrega hasta derramar la sangre si fuera necesario para poder dar vida a nuestro alrededor. ¿Estaríamos dispuestos a llevar nuestra actitud de servicio hasta ese extremo?

Esto es lo que hoy queremos celebrar, lo que tenemos que celebrar. Y lo celebramos en medio de ese mundo donde tenemos que poner nuestra mano, nuestro actuar, nuestro compromiso, nuestra entrega. No podemos cruzarnos de brazos, decir que eso les toca a otros. Nosotros tenemos que poner nuestro pan aunque sea de cebada, nosotros tenemos que poner nuestro actuar aunque muchas veces no sepamos como, en nosotros tienen que darse esos gestos de amor, de ternura, de cercanía, de amistad con los que vamos encontrando en los camino de la vida.

Y pondremos nuestra mano, y diremos nuestra palabra, y ofreceremos nuestra mirada, y regalaremos nuestra sonrisa, y ponemos nuestra pobreza, porque si todo hiciéramos un poquito de todo esto muchas esperanzas se despertarían, muchos serían los que se levantaran de su postración o de su desánimo, muchos se sentirían movidos a poner también su parte en lugar de esconderse y haríamos en verdad un mundo nuevo. Es el Reino de Dios por el que Jesús se ha entregado, es lo que hoy estaremos celebrando con todo sentido.

viernes, 2 de mayo de 2025

Seamos capaces de ver las semillas que Dios van sembrando en nuestros corazones, germen del Reino de Dios y no excusa para nuestros intereses

 


Seamos capaces de ver las semillas que Dios van sembrando en nuestros corazones, germen del Reino de Dios y no excusa para nuestros intereses

Hechos, 5, 34-42; Sal. 26M Jn. 6, 1-15

Se suele decir que cada cual quiere arrimar el ascua a su sardina; la imagen de los codazos de los que están al lado de la parrilla queriendo que el mejor fuego, el mejor calor le llegue a la porción que cada cual está asando viene a expresar muy bien los codazos que nos damos en la vida para hacer que nuestras ideas prevalezcan, queramos decir que lo nuestro es lo mejor y seamos capaces de llegar a tergiversar lo que dicen o hacen los otros para aprovecharlo a favor nuestro; nos hacemos incluso manipuladores haciendo decir a los otros no lo que realmente piensan sino resaltando lo que puedan coincidir para darnos autoridad a nosotros mismos. Los que con verdadera autoridad moral nos hablan siempre están en peligro de ser mal interpretados, o aprovechar cualquier resquicio para arrimarlos a nuestras ideas.

Hoy vemos en el evangelio que tras aquel episodio que llamamos habitualmente de la multiplicación de los panes, al final la gente entusiasmada quieren hacerlo rey. Había unas ansias y sueños en la gente del pueblo y cierto movimiento generalizado en el deseo de la pronta venida del Mesías para verse liberados de la dominación de los romanos. ¿Ansias de la llegada de un auténtico Mesías? Se confundía lo que estaba anunciado por los profetas y estaba en la base de la fe del pueblo de Israel con esos resabios políticos de liberación de los poderes extranjeros. Son las confusiones que veremos a lo largo del evangelio en mucha gente con lo que piensan o esperan de Jesús. Hasta entre los mismos apóstoles había algunos que procedían de esos grupos llamados los celotes, pero también vemos las ansias de los hermanos Zebedeos por alcanzar los primeros puestos al lado del poder del Mesías.

Hoy la gente quiere hacerlo rey. ¿Han comprendido en verdad el significado de lo que Jesús ha hecho? Leamos con atención el evangelio y vemos que todo parte de ese corazón misericordioso y compasivo de Jesús. Allí estaba aquella multitud que seguía a Jesús por todas partes porque veía lo que hacía con los enfermos, comienza diciéndonos el evangelista. Jesús les habla, les enseña, les anuncia el Reino de Dios y no sabemos cuántas cosas les hablaría Jesús en aquel momento para moverles los corazones a que en verdad vivieran en el sentido del Reino de Dios que Él nos anunciaba.

Y Jesús se mueve a compasión al ver aquella multitud, que hasta se han olvidado de llevar suficientes provisiones a la hora de ponerse a seguir a Jesús. Y surge la cuestión de cómo alimentarlos; vemos el diálogo con los discípulos más cercanos, con los apóstoles. ‘¿Con qué compraremos panes para que coman estos?’

Pero Jesús sabía por qué se hacía esta pregunta. Estaba moviendo de alguna manera a los que le seguían más de cerca para no cruzarse de brazos, a no quedarse en la pasividad de que no hay nada que hacer. Hay que abrir caminos, hay que buscar soluciones, hay que aprovechar hasta lo más pequeño o que nos parezca insignificante porque puede ser principio de algo grande, como así sucedió entonces. Pero es Jesús que está despertando los corazones, queriendo despertar esperanzas pero también movernos al compromiso y a la acción. Son las semillas del Reino de Dios que quiere ir sembrando en nosotros. Fue su compasión y fue la disponibilidad lo que abrió nuevos caminos y toda la multitud pudo alimentarse.

Pero muchos no van a saber discernir esas semillas que Dios quiere sembrar en nuestros corazones, algunos quizás en su entusiasmo querrán aprovechar la oportunidad para sacar esos resabios de mesianismo que llevaban en sus corazones. Querían hacerle rey. ¿Una insurrección contra el poder establecido, un movimiento político arrancando de un Reino de Dios que Jesús anunciaba y que era otra cosa?

Cuidado que también nosotros nos queramos aprovechar de las semillas que Dios va sembrando en nuestro corazón para utilizarlo para nuestros intereses muy partidistas en ocasiones o muy egoístas e interesados otras veces. ¿Qué es lo que en verdad Dios va sembrando en nuestros corazones? ¿Qué es lo que tiene que ser el centro de nuestra vida? ¿Con qué sentido miramos algunas veces el actuar de la Iglesia?


sábado, 15 de febrero de 2025

Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

 


Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

Génesis 3,9-24; Salmo 89; Marcos 8,1-10

En medio de esta algarabía de la vida necesitamos sentarnos. ¿Cómo es que digo que necesitamos sentarnos cuando hay tantas cosas que hacer? Precisamente por eso. Sentarse es comenzar a tomarse las cosas con calma; cuando estamos en nuestras carreras de acá para allá porque hay mucho que hacer al final nos damos cuenta que quizás no estamos haciendo nada sino dando vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Sentarse es detenerse a reflexionar, a pensar con serenidad, a ordenar muchas cosas en nuestra cabeza, dentro de nosotros mismos; el desorden no ayuda a encontrar salidas sino que nos iremos tropezando con una cosa y otra y estaremos en el mismo sitio; hoy como nunca tenemos tanta información accesible, tantas noticias o tantos acontecimientos, tantos pensamientos o ideologías que están al alcance de la mano, que ya no sabemos en qué creer, como reaccionar, qué es lo verdaderamente importante y primordial y nos podemos perder en lo accesorio.

Sentarse es ponerse a contemplar las cosas con cierta distancia, buscando perspectivas nuevas y distintas, porque cuando lo tenemos todo en la punta de la nariz se disturba, se difumina, se llena de confusión, y hemos de tener claridad de visión.

Allí estaba toda aquella multitud y ya eran conscientes de que estaban hambrientos; llevaban quizás varios días con Jesús desde que salieron de sus casas, venían con sus necesidades, con sus ansias de algo nuevo, con sus desesperanzas buscando una nueva esperanza para sus vidas que parecía que la Palabra de Jesús les podía dar, pero podían añadirse problemas nuevos, ahora que además de la pobreza con que vivían habitualmente por llevar varios días siguiendo a Jesús no tenían ya ni provisiones para el camino.

Y Jesús les manda sentarse. Pero quizá ya Jesús lo está haciendo con sus discípulos más cercanos, se forma como un consejo alrededor de Jesús, se están preguntando qué es lo que tenían que hacer, cómo alimentar a aquella multitud; y pueden surgir diferentes soluciones, no tienen donde comprar pan para tanta gente, quizás no cuentan con medios, pero quizás la gente está esperando algo más. ¿Qué esperaríamos nosotros en esa situación?

Y surge por medio la solución del amor. Alguien tiene unos pocos panes, luego aparecerá quien tiene también algo de pescado, y se pone a los pies de Jesús. Nos sentamos para escuchar, para escucharnos a nosotros mismos y ver nuestras posibilidades; nos sentamos para pensar qué es lo que puedo hacer con lo poco que tengo si lo pongo a disposición; nos sentamos para despertar nuevos y buenos sentimientos porque quizás podemos comenzar a ver las cosas de distinta manera.

Necesitamos sentarnos en la vida, pero quizás no solo nosotros solos, que también nos viene bien porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Pero necesitamos sentarnos, en este caso tenemos que decir, con Jesús. Su presencia y su Palabra será luz para nosotros, su presencia y su palabra nos interroga por dentro y nos hace plantearnos las cosas de distinta manera, su presencia y su Palabra nos abre caminos despertando en nosotros una nueva disponibilidad. Sentarnos con Jesús y hacer silencio, no necesitamos decirle muchas cosas, El nos conoce y nos comprende mejor que nadie, pero eso silencio nuestro es entrar en sintonía y nos es difícil conectar con esa sintonía de Dios si estamos con demasiados ruidos dentro de nosotros.

¿Qué podemos encontrar cuando nos sentemos y lo hagamos con Jesús como nos está diciendo hoy el evangelio? Aquel día la multitud comió y hasta sobró comida. ¿Qué nos sucederá a nosotros ahora? ¿Sabremos como Iglesia también sentarnos y hacerlo en silencio para entrar en esa sintonía de Dios? ¿Temeremos quizás ese descampado, ese desierto, al que nos ha llevado Jesús para que nos sentemos en silencio? Cuidado cuales fueran nuestros intereses, incluso como Iglesia, para actuar según la sintonía de Dios porque si nos hemos sabido sentar como nos pide Jesús, podemos seguir con nuestras confusiones que no nos harían en verdad signos de Dios y de su Reino en medio del mundo. ¿Quizá tendremos luego que ir a otra parte como hicieron entonces Jesús y los discípulos?

miércoles, 8 de enero de 2025

La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

 


La abundancia renace en medio de la pobreza llenando los corazones de esperanza cuando hay amor y bendición de Dios

1Juan 4, 7-10; Salmo 71; Marcos 6, 34-44

¿Qué hacemos? Nos planteamos muchas veces cuando contemplamos una necesidad, una persona con problemas, alguien que nos sale al paso pidiéndonos una ayuda en cualquier esquina. Quizás nuestros buenos sentimientos nos lleva de forma espontánea a tratar de ayudar aunque sea con lo poco que llevamos en el bolsillo, pero quizás en otros momentos pensamos en por qué esas personas en lugar de pedir no se ponen a trabajar, y nos hacemos mil razonamientos de lo que podrían o tendrían que hacer. Es cierto que tenemos que incitar a que las personas por si mismas sepan salir de sus malas situaciones y no siempre hay que darle todas las cosas hechas, pero quizá también tendríamos que pensar en lo positivo que nosotros podemos hacer por esas personas para que vivan con dignidad en lo que por otra parte podría resultar al mismo tiempo humillante. Daría para muchas consideraciones lo que nos estamos planteando, no es tema baladí y sin trascendencia.

El evangelio, el mensaje que Jesús quiere trasmitirnos y que contemplamos en los relatos del texto sagrado siempre tiene que ser para nosotros luz. No es que nos dé soluciones técnicas, respuestas sociológicas que podríamos llamar así, pero la presencia y las palabras de Jesús son siempre palabras de vida para nosotros. Con ese sentido de la fe nos tenemos que saber acercar al texto sagrado y escuchar lo que para nosotros se convierte en Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios siempre es una palabra viva, una palabra de vida.

Es la situación que se nos presenta hoy en el texto sagrado. Una multitud que sigue a Jesús y le sigue hasta los descampados; llevan varios días con Jesús e incluso sus posibles provisiones se han ido agotando, ahora están hambrientos y cansados alrededor de Jesús. Claro que en este texto no solo hemos de ver la materialidad de esa multitud hambrienta sino en cuanto tiene de signo para nuestra vida.

Los apóstoles cercanos a Jesús se han dado cuenta de la situación y saben que allí hay pocas soluciones. ¿Dónde encontrar pan para toda esa multitud? Luego nos hablará de cantidades. Y el primer pensamiento que surge es decirles a la gente que se vayan a las aldeas vecinas o regresen a sus casas porque las provisiones se han agotado; con los entusiasmos de seguir a Jesús algunos ni se dan cuenta quizás de su situación, como en ocasiones nos puede suceder a nosotros que no caemos en la cuenta de muchos detalles de cosas ordinarias de la vida. Y es lo que le piden a Jesús que les diga a todas aquellas multitudes.

Pero ese no es el camino de Jesús. Su corazón compasivo y misericordioso que ya le ha movido a acoger a aquella gente, escucharla, atenderla, curarle de sus desesperanzas y de sus enfermedades, no está por aquello de despedir a la gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice con lo que se van sorprendidos. ¿De donde vamos a sacar pan para dar de comer a tanta gente? Se siguen preguntando y planteando.

Había que buscar soluciones y por allí aparece quien tiene unos pocos panes y un poco de pescado. ‘Pero, ¿qué es eso para tantos?’ ¿Habría alguien más que ofreciera las pocas provisiones que aun le quedaban? No nos dice nada el evangelio. Solo nos dice que Jesús les pide que se sienten en el suelo. Las palabras de Jesús son de bendición a Dios por aquellos panes, por aquella generosidad del muchacho, podemos pensar también, por la maravillas que ahora todos van a contemplar. Porque los panes y los peces comienzan a repartirse y todos pueden comer. Sobrará al final una buena cantidad. La abundancia renació en medio de la pobreza cuando hay amor y bendición de Dios.

Cuando nos preguntamos o nos planteamos cosas, tal como comenzamos hoy nuestra reflexión, aquí encontramos un camino que hemos de saber transitar. Es el camino del amor y de la bendición. Del amor porque nunca nos podemos encerrar en nuestro egoísmo e insolidaridad, del amor porque son los caminos de Dios porque Dios es amor, del amor que nos hace entrar en una nueva sintonía, que nos abre horizontes, que abre también los cierra que no solo ponemos en nuestros bolsillos sino también muchas veces en nuestro corazón, que nos hace tener una mirada distinta para ver las cosas de otra manera, para ver los problemas no como caminos oscuros sino siempre con una luz que como meta encontramos al final del camino y nos está ya iluminando nuestro sendero.

Y es el camino de la bendición. Bendición a Dios que siempre estará presente en nuestros caminos aunque sean oscuros, bendición a Dios porque nos vemos regalados por su amor, bendición de Dios en que nosotros hemos de convertirnos para los demás. ¿Qué podemos hacer? Ya sabemos los caminos nuevos que se abren ante nosotros y con los que tanto bien podemos hacer por los demás.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

 


No nos quedemos anclados a nuestras mesas que nos hacen quedarnos en vacío, sino desear de verdad sentarnos a la Mesa de plenitud que el Señor nos ha preparado

Isaías 25, 6-10ª; Salmo 22; Mateo 15, 29-37

Todo encuentro vivido con intensidad termina en una comida, como también podemos decir que toda comida vivida con sentido es motivo y  alimento de encuentro y de comunión. Nos encontramos quizás de muchos años sin vernos y la alegría de ese encuentro nos llevará a que deseemos tomar algo juntos o hacer una comida para celebrar ese encuentro; pero también nos puede suceder que estemos haciendo un camino juntos pero en el que no faltan dificultades, que vivimos con una tensión fuerte en nuestro espíritu porque quizás parece que las esperanzas flaquean y no vemos la manera de salir adelante, que tenemos de alguna manera que empujarnos unos a otros para seguir haciendo el camino porque nos falta ánimo, un momento que nos detengamos a la vera del camino y compartamos ese pan de la amargura nos hace sentirnos fuertes y con renovadas esperanzas para seguir en nuestros intentos, para mantener los ánimos para la lucha y queremos avanzar hacia delante; ese pan compartido quizás con lágrimas sirvió para aunar nuestro espíritu y sentirnos renovados y con nueva fuerza.

¿Será algo así lo que necesitemos en estos momentos de la vida? Me viene a la mente los que últimamente han estado sufriendo las consecuencias de la DANA y ese pan que habrán compartido tantos en medio de su dolor pero que les mantiene el ánimo para seguir adelante; un pan de solidaridad que entre ellos habrán compartido, pero ese pan de la solidaridad de tantos que allí se han acercado para echar una mano o que desde lejos también se sienten solidarios y aportan lo que pueden. Me imagino ver a cuantos allí se han acercado que también han recibido lo que desde los mismos damnificados han recibido y compartido.

Como podemos pensar en los que están sufriendo tantas guerras como siguen retumbando en tantos lugares de nuestro mundo, en aquellos que todo lo han perdido y en las esperanzas que aun les quedan en sus espíritus para encontrar un día ese momento en que puedan compartir ese pan de la paz.

Mientras nosotros aquí, como tantos a lo largo y ancho de nuestro mundo cristiano queremos seguir haciendo nuestro camino de Adviento con esos deseos también de encuentro, con esos deseos de compartir vida, de llegar a encontrarnos con quien viene a ofrecernos el banquete del Reino nuevo de Dios. Es la imagen que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios. Por una parte ese anuncio del profeta de ese festín preparado para nosotros en el monte santo, donde se van a descorrer para siempre esos velos de dolor y de sufrimiento, donde van a ser enjugadas las lágrimas de todos los ojos, donde brillará una nueva alegría porque nos vamos a gozar con la salvación que nos trae nuestro Dios y que vamos a celebrar en la cercana navidad.

Pero el evangelio nos habla también de una comida. Allá hay una muchedumbre inmensa, una muchedumbre inmensa hambrienta – llevan varios días siguiendo los pasos de Jesús y las provisiones se han acabado y como dicen los discípulos dónde van a sacar comida para tantos en aquel despoblado -, pero una muchedumbre son sus dolores y sufrimientos - Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los ponían a sus pies -, una muchedumbre con sus esperanzas que parecían muchas veces frustradas, con sus sueños y con sus inquietudes, con sus deseos de algo nuevo y distinto que no terminaban de ver llegar y a todos Jesús quiere sanarlos, a todos Jesús quiere alimentarlos. El pequeño compartir de un corazón generoso se verá multiplicado por el amor y la misericordia del Señor y todos comerán hasta saciarse.

¿Seremos parte nosotros también de esa muchedumbre? En medio de ellos estamos también; de una forma o de otra nuestros corazones están también recargados de sufrimientos o con ansias de algo nuevo y distinto para nuestras vidas y para nuestro mundo. ¿Nos hemos puesto también en camino para venir al encuentro con el Señor para sentir como todo se renueva en nosotros y todo es posible que se vaya renovando en nuestro mundo? ¿Será esa verdaderamente la esperanza que llevamos en el corazón en este camino de Adviento? En lo que sucede a nuestro alrededor y en nuestro mundo encontraremos también ejemplo y estímulo para la renovación de nuestra vida.

No nos podemos quedar anclados a nuestras mesas que muchas veces lo que hacen es darnos más vacío, tenemos que desear de verdad sentarnos a la Mesa que el Señor ha preparado para nosotros. Busquemos el verdadero sentido de ese sentarnos a la mesa. ¿Será así nuestra navidad para nosotros?

lunes, 5 de agosto de 2024

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

 


‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

Jeremías 28,1-17; Salmo 118; Mateo 14,13-21

Se suele decir que cuidado que el árbol no te impida ver el bosque; claro que no es habitual que peguemos nuestra nariz al tronco o a las ramas del árbol si lo que deseamos es ver el conjunto del bosque en su totalidad. Pero es que algo así nos pasa a veces en la vida, tenemos o nos dan una visión distorsionada de las cosas, de lo que sucede, de manera que no terminamos de ver lo que es la realidad; por mucha objetividad que se busque en fin de cuentas las noticias que nos llegan vienen filtradas por quienes nos las trasmiten, y muchas veces pesa mucho esa manera de pensar, esa ideología incluso, en lo que se nos trasmite. Desde las posturas que tomemos ante lo que sucede, insistiremos o resaltaremos más aquello que nos conviene para nuestra visión, ya sea desde un lado o de otro.

Con la problemática que vivimos en estos momentos de la cantidad de inmigrantes que de forma ilegal llegan a nuestra tierra, a nuestras costas hemos de decir en nuestra tierra canaria, hay el peligro de perder la objetividad. Esto días por las redes sociales me llegaba un video donde se veía lo que parecían ser unos inmigrantes en medio de unas peleas y violencias que todo lo destrozaban; quien me lo enviaba cargaba las tintas en que eso era lo que estaba sucediendo con la invasión, así hablaba, de esos inmigrantes.

Casualmente en estos mismos días en la prensa salía un hermoso artículo que hablaba de los jóvenes inmigrantes a los que se les daba una oportunidad y llegaban incluso a unos estudios superiores, mientras comentaba también un educador lo positivo que había sido la presencia de un grupo de estos muchachos en la clase de un colegio en la que la convivencia entre unos y otros hizo mucho bien y madurar de forma extraordinaria a los que eran de nuestra tierra.

¿Son todos violentos y vienen a quitar oportunidades a los hijos de esta tierra, o es una riqueza cultural y de vida el intercambio que se produce, además del bien que hacemos a quienes les damos esa oportunidad? Cuidado que el árbol no nos deje ver la riqueza completa del bosque.

¿Qué tiene que ver esto con el comentario al evangelio que siempre pretendemos hacer en este blog? Creo que mucho. Hoy volvemos a encontrarnos un episodio con el que repetidas veces nos hemos encontrado en estos días pasados. Jesús ha querido retirarse a un lugar apartado con el grupo de los discípulos, además después de la circunstancias de la muerte de Juan Bautista a manos de Herodes, pero cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud esperando. Ya hemos comentado todo cuanto sucedió en aquellos momentos.

Pero creo que el evangelio nos está enseñando también a tener una mirada nueva, una mirada distinta hacia toda aquella gente que se ha reunido allí en búsqueda de Jesús. Los discípulos ven una multitud cansada y hambrienta que además no dispone en aquellos lugares donde encontrar alimento. Pero ¿estará Jesús viendo algo más? En episodios paralelos de otros evangelistas Jesús hablara de quienes están desorientados y abandonados como ovejas sin pastor. Y ahora cuando los discípulos le dicen a Jesús que los despida para que se busquen por si mismos donde encontrar comida – era solo la visión que ellos tenían – Jesús les dice sin embargo que no los despedirá, sino que sean ellos los que les den de comer. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice.

Aunque pudiera parece que solo esa comida material era lo importante en aquel gesto que va a realizar Jesús algo nuevo tendrá que despertarse en el corazón de todos. Allí solo tenían cinco panes y dos peces, nos dirá el evangelista. Y es lo que Jesús les pide. Quiere contar con esos pocos panes y peces. Unos pocos panes y peces que van a servir para que se alimente toda una multitud; unos pocos panes y peces que seguramente despertaría buenos sentimientos en todos aquellos que se vieron favorecidos por aquella comida. ¿Qué se despierta en nuestro corazón cuando en un momento determinado y cuando menos lo esperábamos nos sentimos ayudados, sentimos que se nos tendía una mano para algo nuevo y distinto?

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús a nosotros también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes, aunque sintamos pesar sobre nosotros la pobreza, aunque muchas veces nos sintamos tan incapaces que no sabemos cómo salir adelante, pero siempre hay algo que podemos hacer, siempre habrá una presencia, una mirada, una sonrisa, una palabra amable, una mano tendida, un oído atento para escuchar, un silencio que llena de calor el momento, una mirada nueva por nuestra parte para ver las cosas de otra manera, para descubrir también muchas cosas positivas.

¿Qué nos está pidiendo realmente el mundo que nos rodea? Es cierto que son necesarias grandes soluciones para los problemas que envuelven hoy nuestro mundo, pero es cierto también que muchas están esperando ese gesto sencillo con el que se van a sentir valorados y se sentirán con fuerza para emprender de nuevo el camino.

‘Dadle vosotros de comer’, nos dice Jesús ¿y qué vamos a hacer?