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domingo, 22 de junio de 2025

Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

 


Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida… es lo que tenemos que celebrar y vivir en esta fiesta del Corpus

Génesis, 14, 18-20; Salmo 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

No sé si en alguna ocasión se han visto desbordados por una situación en la que tenían que actuar pero que parecía que superaba todas vuestras posibilidades o capacidades de actuación, pero era algo que se esperaba de ustedes, porque formaba parte de las responsabilidades asumidas, de un cargo o responsabilidad que tenían en la vida, o era una situación familiar en la que se veían involucrados muchos de la familia, pero que podía estar en las manos de ustedes la salida de tal conflicto. ¿Cómo se sentían? ¿Qué tenían que hacer? No sabían por donde empezar y el camino parecía bastante escabroso. ¿Podríamos buscarnos alguna disculpa? Seguro que no podíamos escaquearnos porque todos estaban pendientes de nuestra actuación.

Me planteo esto, porque por un lado vemos lo que dice el evangelio y el compromiso en que Jesús pone a sus discípulos, cuando ante toda aquella multitud que había venido de lejos para ver y escuchar a Jesús, había que darles de comer; pero es que Jesús les dice: no es cuestión de que les digamos que se marchen sino ‘dadles vosotros de comer’.

Pero esto no es ajeno a lo que al mismo tiempo podemos contemplar en el mundo en que vivimos, problemas, necesidades, hambre, guerras, miseria, desplazados o emigrantes que nos llegan continuamente a nuestras tierras, o se desplazan por el mundo buscando algo mejor y sucede en todos los continentes. Nos sentimos impresionados por las noticias que nos llegan a través de los medios de comunicación, las decisiones que toman los poderosos de nuestro mundo, los problemas que se acumulan muchas veces no tan lejos de nosotros. ¿Y nos quedamos con los brazos cruzados? ¿Y echamos balones fuera porque decimos que esas decisiones están en manos de otros? ¿Nos desentendemos y cerramos los ojos? ¿Decimos que eso no está en nuestras manos y que nada podemos hacer? ¿Comenzamos a decir lo que tienen que hacer los otros? Pero Jesús nos está diciendo ‘dadles vosotros de comer’.

Y esta reflexión nos la hacemos en esta fiesta del Corpus. Quizás en muchos de nuestros pueblos se movilice mucha gente para preparar la fiesta del Corpus, con nuestras procesiones, nuestras alfombras, nuestros descansos, nuestra música, nuestros cantos… todo un fervor popular. Un fervor que nació de nuestra fe en la Eucaristía, del misterio de amor y de entrega que celebramos en la Eucaristía. Estamos recordando y celebrando algo muy grande, pero que algunas veces porque lo vemos tan grande y misterioso casi lo hemos ido alejando de lo que tiene que ser la realidad de nuestra vida cristiana. Es Cristo que se entrega para que tengamos vida.

‘Mi Cuerpo entregado por vosotros… mi Sangre derramada por vosotros y por todos para que tengan vida…’ ¿Será esto en verdad lo que estamos celebrando? Cuidado que la pantalla de nuestras fervorosas celebraciones oculte lo que en verdad celebramos y lo que tenemos que manifestar en nuestra vida. Cuando Cristo se entrega por nosotros para que tengamos vida nos dice ‘lo mismo que yo he hecho tenéis que hacerlo los unos con los otros’, y ha sido después de lavarles los pies a los discípulos. Pero es que no solo fue lavando los pies a los discípulos en el cenáculo al principio de aquella cena pascual, sino ha sido lo que ha ido haciendo continuamente en su vida.

Nunca se puso Jesús en una posición en que estuviera lejos de la gente; con ellos se mezclaba, en medio de ellos caminaba, se acercaba a la orilla del lago o se sentaba en la barca con los discípulos cuando iban a la pesca, se detenía ante el ciego en las calles de Jerusalén, o con su mano tocaba a los leprosos o ponía sus dedos en lo oídos de los sordomudos, dejaba que le tocaran el manto en medio de los apretujones de la gente, o camina a casa de Jairo o quería ir también a la casa del centurión, llegaba a la casa de Simón para tomar de la mano a la suegra y levantarla o permitía que le rompieran el techo de la casa para bajar por allí al paralítico… muchos más gestos podemos seguir recordando y contemplando. Y Jesús nos dice que hagamos lo mismo que ha hecho El.

Cuando nos habla de su cuerpo entregado y de su sangre derramada al darnos a comer de aquel pan y beber de aquella copa, nos dirá también que hagamos lo mismo en recuerdo y conmemoración suya para siempre. Pero hacerlo no es solo comer de aquel pan y beber de aquella copa, sino hacer la misma entrega hasta derramar la sangre si fuera necesario para poder dar vida a nuestro alrededor. ¿Estaríamos dispuestos a llevar nuestra actitud de servicio hasta ese extremo?

Esto es lo que hoy queremos celebrar, lo que tenemos que celebrar. Y lo celebramos en medio de ese mundo donde tenemos que poner nuestra mano, nuestro actuar, nuestro compromiso, nuestra entrega. No podemos cruzarnos de brazos, decir que eso les toca a otros. Nosotros tenemos que poner nuestro pan aunque sea de cebada, nosotros tenemos que poner nuestro actuar aunque muchas veces no sepamos como, en nosotros tienen que darse esos gestos de amor, de ternura, de cercanía, de amistad con los que vamos encontrando en los camino de la vida.

Y pondremos nuestra mano, y diremos nuestra palabra, y ofreceremos nuestra mirada, y regalaremos nuestra sonrisa, y ponemos nuestra pobreza, porque si todo hiciéramos un poquito de todo esto muchas esperanzas se despertarían, muchos serían los que se levantaran de su postración o de su desánimo, muchos se sentirían movidos a poner también su parte en lugar de esconderse y haríamos en verdad un mundo nuevo. Es el Reino de Dios por el que Jesús se ha entregado, es lo que hoy estaremos celebrando con todo sentido.

viernes, 9 de mayo de 2025

Una locura de amor, que podamos comer su carne y beber su sangre, que El habite en nosotros y nosotros habitemos en Dios, es la comunión del amor

 


Una locura de amor, que podamos comer su carne y beber su sangre, que El habite en nosotros y nosotros habitemos en Dios, es la comunión del amor

Hechos  9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

Te llevo en mi corazón, es una expresión que solemos utilizar para manifestar el cariño y el amor que sentimos por alguien al que no podemos olvidar, al que de alguna manera sentimos cerca de nosotros. Nos habla de cercanía y de presencia, nos habla de alguien a quien no podemos olvidar y que tenemos siempre presente en nuestra vida aunque físicamente haya otras distancias, nos habla de sintonía de sentimientos y nos habla de comunión entre personas que se aprecian y se quieren.

Jesús nos lleva en su corazón, pero aún hoy nos dice más, nos está diciendo que Él quiere habitar en nuestro corazón. Ya en otro momento del evangelio nos dirá que si escuchamos su palabra y cumplimos sus mandamientos el Padre nos amará, pero más aun El y el Padre vendrán a habitar en nosotros para que en verdad tengamos la misma vida.

Es lo que nos está diciendo hoy cuando nos habla de comer su carne y beber su sangre para poder tener vida para siempre. Los judíos en Cafarnaún no lo podían entender. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’, se preguntaban. Pero Jesús les dice, nos dice, que si no comemos su carne y no bebemos su sangre no podremos tener vida en nosotros, porque el que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna y El nos resucitará en el último día.

Es entonces cuando nos dice que quien come su carne y bebe su sangre habita en Él y Él habita en nosotros. Sabemos que la sangre es la expresión de la vida. En el Antiguo Testamento se les decía que no podían comer la carne de los animales en su sangre. De ahí las interpretaciones que hoy algunos se siguen haciendo sin entender verdaderamente el sentido de lo que era aquel mandato del antiguo testamento, que tenía también su sentido sanitario e higiénico dadas las condiciones de vida de quienes habitaban como nómadas en unos desiertos, y hoy siguen con la interpretación de no querer dejarse hacer una transfusión de sangre.

Pero fijémonos en lo que nos dice Jesús, llenarnos de su vida cuando comemos su carne y bebemos su sangre es llegar a hacernos una misma vida con Él. Él habita en nosotros y nosotros en El. ¿Puede haber algo más hermoso cuando llegamos a entender todo el misterio de amor de Dios hacia nosotros y de la respuesta de amor de nuestra parte a Dios? Es algo más que llevarnos en el corazón, como decíamos al principio, porque no es como quien pone una cosa en un sitio y ahí está. No es poner una cosa, es habitar en Dios, es hacer que Dios habite en nosotros.

Claro que estas palabras de Jesús llegaremos a entenderlas plenamente cuando en la noche de la última cena nos deja el misterio de la Eucaristía. Haced esto en conmemoración mía nos dice. ¿Qué es lo que ha hecho Jesús? Amarnos hasta el extremo, hacer posible que podamos vivir su vida, más aún, vivir en El. Y tomando el pan, tomando la copa de vino nos dice ‘Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre…’ entregado por nosotros, derramada por nosotros para el perdón, para el regalo de amor, para hacernos vivir su vida.

Ahora sí podemos entender las palabras de Jesús de que tenemos que comer su carne y beber su sangre. No son unas palabras locas, son una locura de amor, el amor que Dios nos tiene, es el amor que nosotros hemos de vivir, es el amor que nos lleva a vivir a Dios, es el amor con que tenemos que amar a los demás, para estar en su corazón, para tenerlos en nuestro corazón, para vivir esa comunión admirable del amor.


domingo, 18 de agosto de 2024

La Eucaristía es la identificación de los cristianos, porque comiendo a Cristo nos estamos haciendo unos con El y viviendo su misma vida en todas sus consecuencias

 


La Eucaristía es la identificación de los cristianos, porque comiendo a Cristo nos estamos haciendo unos con El y viviendo su misma vida en todas sus consecuencias

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58

Algunas veces los cristianos andamos un tanto despistados en algo que es fundamental para nuestro ser cristianos. Nos preocupamos de hacer cosas, nos preocupamos de cumplir, nos preocupamos de hacer formalmente unos ritos, pero nos olvidamos de algo muy importante que es vivir. No se es cristiano simplemente con que cumplamos con un rito cada semana, porque decimos que si no lo hacemos es como que algo nos falta, pero no vamos más allá; no se es cristiano porque simplemente intentemos cumplir con unas normas o preceptos, porque diríamos es como un reglamento - ahora se emplea mucho la palabra protocolo para saber lo que hay que hacer de una forma correcta en cada momento - que tengamos que cumplir para pertenecer a una organización. Todo eso es algo como muy formal, pero hecho así es como si le faltara vida.

Y es que de eso es de lo que se trata. De vivir. Si nos fijamos en el corto texto del evangelio de hoy se repite una y otra vez lo de tener vida en Jesús, lo de tener vida eterna, lo de resucitar, lo de habitar en Jesús y que Jesús habite en nosotros. Y es que de eso se trata, nos llamamos cristianos porque queremos vivir la vida de Jesús, queremos ser como El. Como llegaría a decir san Pablo ‘ya no soy yo, sino que es Cristo que vive en mi’.

A eso es a lo que Jesús nos está invitando a lo largo de todo el evangelio, esa es la buena nueva que El quiere transmitirnos. Una nueva forma de vivir, pero no cualquiera, la que se nos ocurra, sino una vida como la de Jesús. Es ir haciéndonos una cosa con El, es ir identificándonos con El. Vivir su mismo amor, su misma entrega, ser capaces de darnos como El se dio.

Por eso nos dirá que amemos con un amor como el suyo, por eso nos pedirá que seamos siempre capaces de aceptar al otro como Dios nos acoge y acepta a nosotros como el Padre que espera y recibe siempre al hijo pródigo, por eso nos hablará de la misericordia y del perdón, a la manera como es la misericordia de Dios que es compasivo y misericordioso y con un perdón como el que fue El capaz de ofrecer incluso a los que le estaban crucificando. Los que queremos seguirle lo hacemos conscientes de que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza, por eso tendremos la disponibilidad y la generosidad de compartir lo que somos y lo que tenemos con los demás, porque nuestro tesoro lo tenemos que guardar en el cielo no en las arcas humanas.

Esto a quienes les falte la visión de Jesús – la sabiduría de Dios, tendríamos que decir – puede parecer un imposible y una utopía que por nosotros mismos no podremos realizar. Y es aquí donde Jesús nos enseña cómo podemos estar unidos a El para que sea la fuerza de su Espíritu la inspire y haga posible esa nueva vida. De esto nos está hablando hoy en el evangelio.

Han venido a buscarle, allá en la sinagoga de Cafarnaún, porque allá en el descampado se vieron alimentados milagrosamente por Jesús. Y Jesús ahora les dice que busquen y entiendan el verdadero signo. Por eso les habla de un pan de vida bajado del cielo para la vida eterna, por eso les dice que es El mismo ese pan bajado de cielo es El mismo; que han de comer su cuerpo, que han de beber su sangre para tener vida y vida para siempre; que quien le coma El lo resucitará en el último día.

¿Qué les está diciendo Jesús? Que seguirle es comerle a El, seguirle es identificarse con El, hacerse una misma cosa con El, tener su misma vida. Y como el pan nos alimenta nos viene a hablar de ese comerle a El para ser alimentados por El, para poder tener su misma vida. Y nos hacemos uno con El cuando desde lo más hondo de nosotros mismos nos estamos identificando totalmente con El. Comerle no es un rito, comerle es vivirle. ‘El que me coma yo habito en El y él en mí’, no viene a decir Jesús.

Cuando hablamos de la Eucaristía para decir que aquel pan y aquel vino son realmente para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor – y eso forma parte fundamental de nuestra fe – hablamos en términos teológicos del milagro de la transustanciación. Aquel pan ya no es pan para nosotros sino que creemos que es el Cuerpo de Cristo, aquel vino es la Sangre de Cristo. Creemos en su presencia real y verdadera. Pero eso es algo que tiene que realizarse en nosotros, en nuestra propia vida; comiendo el Pan de la Eucaristía, comiendo a Cristo nos sentimos verdaderamente transformados en El. No vivo yo sino que es Cristo que vive en mí; El habita mí y yo en El, que nos dice hoy el evangelio.

La Eucaristía decimos con el Concilio que es el centro de la vida de la Iglesia. La Eucaristía es la identificación de los cristianos, pero no como un algo misterioso y oculto en el misterio, sino porque quienes comemos la Eucaristía estamos comiendo a Cristo, estamos identificándonos totalmente con El, viviendo su misma vida. Y eso con todas las consecuencias de las exigencias del amor.

jueves, 1 de junio de 2023

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva

 


Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva 

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42 

Hay momentos en la vida que nos pueden resultar duros y difíciles cuando tratamos de mantenernos en fidelidad en lo que hacemos, lo que consideramos que es nuestra misión, pero en nuestro entorno quizás encontramos vacío, incomprensión, soledad porque incluso aquellos que pensábamos que se mantendrían a nuestro lado parece que están más pendientes de otras cosas. Sentimos un silencio que pudiera llenarnos de amargura, sentimos el abandono de la soledad, miramos a nuestro alrededor y no encontramos esa mano amiga que buscamos, esa presencia que tanto necesitamos, queremos suplicar desde lo más hondo de nosotros cómo vernos libres de esos momentos, pero al mismo tiempo sentimos que aquella es nuestra misión que no podemos abandonar.  

He querido hacer una descripción de situaciones por las que quizás alguna vez hemos pasado en la vida, pero que de alguna forma es copia de lo que hoy nos habla el evangelio. Es la soledad de Getsemaní. Allí se había retirado Jesús en aquellos momentos, porque el silencio en la noche de aquel huerto bien valía para una reflexión y para una oración. Era un lugar habitual en que Jesús se refugiaba en sus subidas a Jerusalén. Normal que los peregrinos que venían a la ciudad santa, sobre todo con ocasión de la pascua, no siempre pudieran encontrar acogida y alojamiento entre las personas que conocían en la ciudad santa y buscaran lugares propicios para pasar la noche aunque fuera a la sombra de unos olivos. 

Era sabido que Jesús allí se refugiaba para orar, no en vano en esas mismas laderas del monte de los olivos la tradición nos recuerda el lugar donde Jesús enseñó el padrenuestro a sus discípulos. Aquella noche que había tenido un significado muy especial desde la celebración de la cena pascual, con todos los signos, los gestos, los anuncios de traición y negación, las palabras de despedida de Jesús con la promesa del envío de su Espíritu. Ahora Jesús se había adentrado en el huerto, mientras unos buscaban entre los olivos donde encontrar un lugar mas azocado y a tres de ellos se los había llevado consigo con la exhortación a velar y orar porque el espíritu puede estar decidido pero la carne es débil. 

Pero los discípulos se caían de sueño y Jesús se queda solo en su encuentro consigo mismo, con la Pascua inminente que llega a su vida y con sus deseos de la presencia del Padre del cielo que le reconforte. Eran los preparativos para la ofrenda que había de realizarse. No lo entregaban sino que era El quien se entregaba. Había llegado la Hora como ya había predicho al comienzo de la cena Pascual y llegaba la hora de la ofrenda. Ante sí tiene ese camino de ascensión, pero en este caso hasta el Calvario y hasta la Cruz. Obediente al Padre solo quería hacer su voluntad y por amor había emprendido aquel camino. Lo que había descrito el profeta sobre el Siervo de Yahvé se quedaba corto con lo que en aquellos momentos iba a suceder. Y allí está en el silencio y en la soledad de aquella noche, porque incluso los que más habían porfiado que daban su vida por El se habían dormido.  

Y es el grito, que ahora sí se oye fuerte, del cordero que es llevado al matadero. Si es posible que pase de mí este cáliz. Gotas incluso de sangre fluyen con el sudor de su piel en el sufrimiento que se avecina y que ahora la embarga. Pero El es el Sacerdote que tiene que hacer la ofrenda al mismo tiempo que la Victima que se inmola en aquel sacrificio que se va a presentar al Padre. Será el Cuerpo inmolado y la Sangre derramada para enseñarnos del amor, para traernos el perdón, pero inundarnos de la luz y de la paz nueva de la Pascua. Pero es el momento duro del sacrificio y de la ofrenda y el Sacerdote está dispuesto a hacer su subida al altar de la cruz. Si es posible, había dicho, que pase de mí este cáliz, pero continúa adelante con la ofrenda, no se haga mi voluntad sino la tuya,  

Aquí estoy, OH Padre, para hacer tu voluntad, había sido su expresión en la entrada en el mundo. Su alimento era hacer la voluntad de su Padre, había repetido en alguna ocasión. El es el enviado del Padre que viene para hacer su voluntad y así nos lo enseña a rezar nosotros también, y ahora en las manos del Padre va a poner su espíritu, aunque haya sentido la soledad y el abandono. Es el Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva. 

Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No nos queda sino contemplar y agradecer. 

 

jueves, 6 de abril de 2023

Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

 


Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Las comidas familiares, las comidas de amigos, las comidas en las que conmemoramos o celebramos algo, como el recuerdo de un acontecimiento, un cumpleaños, etc. son algo que está presente en nuestra vida y en nuestras conveniencias sociales. ¿A qué vamos a esas comidas? Podríamos decirlo en una palabra, a estar; no importa tanto lo que comamos sino el disfrutar de estar, porque estamos con la familia, con nuestros padres, con nuestros amigos, con aquellas personas que apreciamos y nuestra presencia allí lo quiere decir todo, y no es necesaria otra cosa sino simplemente hacernos presente, estar.

Y claro, surgirán recuerdos, comentaremos una y otra vez el hecho que nos ha reunido, traeremos a colación anécdotas que nos vienen al recuerdo, y es como si estuviéramos reviviendo aquellos momentos pasados, los estamos, vamos a decirlo así, regurgitando y volviendo a saborearlos, rumiándolos decimos tomando la imagen de lo que hacen dichos animales con el alimento. Aquello que vivimos fue el alimento de nuestra vida, lo que nos hizo ser lo que somos, y ahora lo estamos volviendo a vivir. Qué renovamos salimos de esos encuentros cuando los hemos vivido en autentica paz y amor.

¿Qué nos está diciendo hoy Jesús cuando culminan todos los actos y hechos acontecidos en aquella cena pascual? ‘Haced esto en conmemoración mía, en memoria mía’. Es lo que venimos a hacer en este día. Vamos a estar en el Señor, vamos a estar con el Señor, vamos a celebrar la cena pascual, vamos a vivir con toda intensidad todo eso que ha sido nuestra vida, todo el misterio de Cristo.

Podríamos decir que para esto nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma, para vivir y celebrar el triduo pascual, para vivir y celebrar todo el misterio pascual de Cristo. Era importante el camino que hemos venido haciendo, la Palabra de Dios que hemos ido escuchando y meditando, porque abría nuestro corazón, porque nos preparaba cuando dejándonos conducir por la Palabra de Dios íbamos queriendo dar respuesta. Ahora, hoy, no se nos pide que tengamos que hacer nada, porque suponemos que todo esta bien preparado, ahora se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, del misterio pascual de Cristo. Es lo que vamos a vivir, contemplar, celebrar en estos días del triduo pascual.

Y vamos a disfrutar de este encuentro, vamos a gozarnos en el Señor. Claro que recordaremos aquellos momentos y lo hacemos con intensidad, y tienen que aflorar todas las vivencias que llevamos en el alma; vamos a emocionarnos cuando contemplamos tantos gestos de amor de Dios en nuestra vida. No es simplemente como si hubiéramos estado allí, sino que allí y ahora nos vamos a sentir presentes, vamos a ocupar nuestro lugar en esa cena, vamos a revivir en lo más hondo de nosotros mismos ese lavatorio de Jesús; éramos uno y somos uno de los que estaban y ahora estamos sentados a su mesa. Y Jesús viene y se acerca a nosotros para lavarnos los pies. Quizá podamos sentir algún rubor o vergüenza como Pedro que no quería que el Maestro le lavara los pies, pero vamos a sentir que Jesús ahora lo está haciendo con nosotros, aunque no nos sintamos dignos.

Eso tiene que ser nuestra celebración de hoy como tienen que ser todas las celebraciones. No son solo recuerdos, sino algo que vivimos; no es algo que contemplamos como un espectáculo o como una película que pasa delante de nuestros ojos, sino algo en lo que nosotros estamos. Tenemos nuestro lugar, ocupemos nuestro sitio, vivamos así lo que celebramos. Surgirán las emociones y brotarán los compromisos, pero será algo que nunca más vamos a olvidar, así tiene que quedar grabada en el alma. 

Aquí sí es importante, sin embargo, lo que comemos, porque estamos comiendo a Cristo. No es decir, esto nos recuerda lo que Cristo hizo y les dio en la última cena, sino es seguir sintiendo que es Cristo mismo quien nos dice ‘esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por muchos… tomad y comed, tomad y bebed…’ y se nos da para que le comamos, para que tengamos vida, es su cuerpo, es su sangre, es Cristo mismo quien se nos da. Por eso afirmamos con tanto vigor y firmeza la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía. No lo olvidemos, repito, somos los que estamos ahora y aquí alrededor de Jesús en la cena pascual.

Como lo seguiremos viviendo mañana, como seguiremos estando en su pasión y en su muerte en la cruz, y como lo viviremos el primer día de la semana cuando Cristo resucitado también nos salga al encuentro. Es importante. Es necesario que sepamos estar.

Y luego tendrá que venir que esto no lo podemos olvidar y tenemos que seguir haciéndolo; y luego vendrá que aprenderemos en la vida a quitarnos el manto para ceñirnos y ponernos manos a la obra a amar con toda intensidad lavando los pies, abriendo las puertas del corazón, repartiendo amor, sintiendo en todo momento que no podemos hacer otra cosa que amar. Se lo hemos escuchado directamente con nuestros oídos de labios de Jesús, pero es que además es algo que hemos palpado, algo que hemos sentido, algo que hemos vivido cuando Jesús nos ha lavado los pies, cuando nos ha regalado su amor.

Necesariamente tenemos que decir, qué renovamos tenemos que salir hoy, en esta pascua, de haber estado con el Señor. Vivámoslo así.

viernes, 6 de mayo de 2022

Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

 


Dejemos que el Espíritu de Jesús resucitado nos abra el corazón para que entendamos su Palabra y El habite en nosotros y nosotros en El

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

Algunas veces nos cuesta entender. No sabemos interpretar el sentido de las palabras o estamos tan ofuscados con nuestros pensamientos que somos incapaces de abrirnos a algo nuevo que se nos quiere decir. Nos refugiamos quizá en lo que siempre se ha hecho, un recurso fácil en muchas ocasiones para encerrarnos en nuestro inmovilismo o el tener que enfrentarnos a algo nuevo que nos podría comprometer más, o con ideas preconcebidas pretendemos hacer nuestras interpretaciones que conllevan quizá ciertas rebajas a la hora de un compromiso. No sabemos interpretar las imágenes que con un lenguaje más poético quizás se nos ofrecen para que nos trascendamos de esa como rutina en la que vivimos.

Las palabras de Jesús nos ofrecen una realidad nueva, se nos llenan de imágenes como sucede tantas veces en las parábolas para que a través de esas realidades de la vida seamos capaces de ir más allá para entender un mensaje que nos eleva o que nos pone en nuevo camino. No nos quedamos en la parábola del sembrador en una semilla que el sembrador echó a voleo y al que podríamos criticar por no saber bien en qué campos echar la semilla, y todos entendemos de esa Palabra que quiere trasmitirnos Jesús y que tendrá que dar fruto en nuestros corazones.

Así lo que hoy Jesús nos está diciendo. Nos habla de pan de vida, de pan bajado del cielo, nos habla de no morir para siempre y nos habla de comer su carne. Todo un montón de imágenes en las que no nos podemos quedar en la materialidad de las palabras. Si habla de pan bajado del cielo no es para pensar en el maná que comieron sus padres en el peregrinar del desierto, porque ya aquello entonces tenía también su significado en la presencia y en la fuerza de Dios para hacer aquel peregrinaje por el desierto.

Hoy nos habla Jesús de comer su carne y de beber su sangre y ya los judíos de Cafarnaún se estaban viendo como antropófagos que comían y bebían carne y sangre humanas. No podía aceptarlo con interpretaciones así, no podrían aceptarlo si no se abrían a algo nuevo que Jesús les estaba diciendo. ¿Cómo podrían aceptarlo sin hacer una buena interpretación de las palabras de Jesús si ya incluso la Biblia les impedía – quizás por razones incluso higiénicas y de salud – el beber la sangre de los animales o comer lo que con la sangre se pudiera elaborar?

Cuando Jesús les ha venido hablado de ese pan vivo bajado del cielo que había que comer, ya tenían que estar entendiendo cómo había de ser ese alimentarse de lo que Jesús nos estaba ofreciendo. No era simplemente un alimento material que llenara nuestros estómagos, sino que estaba hablándonos de algo que podía darnos vida, que podía darnos un sentido de vida cuando aceptábamos las palabras de Jesús. Por eso nos insiste en el creer en El.

Creemos en Jesús y en su Palabra para dejarnos transformar por El. Hoy emplea la imagen de que quien le come se siente como habitado por Jesús lo que viene a significar toda esa transformación de nuestra vida cuando creemos en Jesús y su Palabra la hacemos vida de nuestra vida. No somos ya nosotros, es Cristo que vive en mi, es que yo desde esa fe tendré que reflejar en mi vida lo que es la vida de Jesús; es algo nuevo que tengo que vivir, algo nuevo que yo tengo que ser; es ese llenarme de Jesús, de su Palabra para ser un hombre nuevo. No nos reflejamos a nosotros mismos sino que tenemos que reflejar a Jesús. El habita en nosotros y nosotros habitaremos en El.

Dejemos que el Espíritu de Jesús nos abra el corazón. Ahora en el tiempo pascual repetidas veces hemos escuchado cómo Jesús abrió el corazón de sus discípulos para que entendieran las Escrituras donde estaba anunciado que El había de resucitar. Es lo que tenemos que hacer para poder escuchar bien y entender su Palabra, vivir su vida nueva, ser esos hombres nuevos porque nos hemos dejado transformar por el Espíritu de Jesús.

 

domingo, 6 de junio de 2021

En procesión no podremos llevar la Eucaristía por nuestras calles, pero sí ha de notarse que llevamos con nosotros a Cristo a quien hemos recibido en la comunión

 


En procesión no podremos llevar la Eucaristía por nuestras calles, pero sí ha de notarse que llevamos con nosotros a Cristo a quien hemos recibido en la comunión

Éxodo 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos 9, 11-15; Marcos 14, 12-16. 22-26

‘¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?’ habían preguntado los discípulos a Jesús cuando se acercaba el día de la cena pascual; les había dado unas indicaciones muy especificas y ‘los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua’.

Pero aquella cena de Pascua iba a ser especial. Los judíos celebraban la pascua cada año recordando su salida de Egipto y la Alianza que con Dios habían hecho en el Sinaí. La sangre de los animales sacrificados se había derramado sobre el altar levantado en el desierto pero también se había derramado sobre el pueblo ratificando así la alianza con el Señor. ‘Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha concertado con vosotros, de acuerdo con todas estas palabras’, había dicho Moisés entonces mientras aspergeaba al pueblo con la sangre de los sacrificios ofrecidos a Dios. Cada año lo recordaban, lo celebraban, comían el cordero pascual como aquella noche lo habían comido en Egipto porque se repetían los gestos y la forma de comerlo.

Pero no era aquel cordero de la Antigua Alianza el que aquella noche de Jueves Santo – como nosotros la llamamos – iba a estar presente en la mesa de la cena pascual. Porque allí estaba el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, el que se entregaría a sí mismo por nosotros, el que derramaría su sangre, que ya desde entonces sería la Sangre de la Alianza nueva y eterna para el perdón de los pecados.

Ya en el día del jueves santo recordamos los distintos signos y gestos que aquella noche se realizaron. Hoy volvemos a tener presente el gran signo de la Alianza. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. En verdad os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios’. Son las palabras que le escuchamos a Jesús y donde se obra el milagro, se realiza y se hace presente el misterio de nuestra Redención que nosotros seguiremos repitiendo ‘en conmemoración suya’ cada vez que celebramos la Eucaristía.

Y esto es lo que hoy de manera especial queremos celebrar en una fiesta que nació del amor y de la devoción del pueblo cristiano. Podríamos decir que nos parece poco la gran celebración del Jueves Santo cuando recordamos y celebramos la Institución de la Eucaristía, que aparte de que cada domingo y cada día celebramos la Eucaristía  así surgió esta gran fiesta de la Eucaristía, la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo de Cristo, en que incluso queremos salirnos a nuestras calles y plazas para hacer patente y proclamar nuestra fe en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía.

En la tradición de nuestros pueblos está el adornar de una manera especial con alfombras, con arcos de triunfo, con flores el paso del Santísimo Sacramento, aunque esa expresión externa debido a la situación sanitaria que vive nuestra humanidad se ha tenido que suprimir. Pero lo que llevamos en el corazón no hay quien nos lo arranque y aunque sea sin esas solemnidades y suntuosidades externas seguimos nosotros celebrando con la mayor intensidad y fervor esta fiesta del Corpus.

Lo que tenemos es que saberle dar su sentido más profundo y quizás la imposibilidad de celebrar esa suntuosidad externa de la que hemos rodeado esta fiesta, nos haga mirar más por dentro de nosotros mismos y por el sentido con que vivimos nuestra celebración. Algunas veces lo externo, que ha nacido de buena voluntad y de deseos de amor, se pueda convertir en una cortina que nos vele lo que es lo verdaderamente esencial.

Y es recuperar todo el valor y sentido de la Eucaristía, recuperar lo que es el sacramento en sí mismo para que no nos distraigamos y lleguemos a proclamar con toda la fuerza de nuestro corazón nuestra fe en que en ese pan Eucarístico está real y verdaderamente presente Dios, está real y verdaderamente presente Jesús. Y ante Dios nos postramos y adoramos desde lo más profundo de nosotros mismos. Ante la presencia real y verdadera de Jesús nos sentimos sobrecogidos por tanto amor que así quiso darse por nosotros, entregarse y darnos su vida, hacerse comida para que nos unamos en la mayor y más profunda comunión con El y si estamos en comunión con El necesariamente tenemos que estar en comunión de amor con los hermanos con todas sus consecuencias.

Amén, decimos cuando vamos a comulgar. Amén que es toda una proclamación de fe, sí, es el Cuerpo de Cristo, es Cristo mismo a quien vamos a comer, es Cristo mismo ante quien nos postramos para adorarle porque es verdadero Dios y verdadero hombre.

No adornamos nuestras calles y plazas para llevar en procesión el Santísimo Sacramento, pero pensemos que la procesión sí la hacemos. Hemos comulgado en la Eucaristía, hemos comido el Cuerpo de Cristo, pues con nosotros va Cristo en nuestro corazón cuando salgamos del templo y vayamos por nuestras calles y nos dirijamos a nuestras casas o al encuentro con los demás. Pensemos que llevamos a Cristo con nosotros, pues que en nosotros se refleje en esas actitudes nuevas de amor que vamos a tener que hemos vivido de verdad esa comunión con Cristo.

¿Tendrán que notar algo distinto en nosotros los que nos ven venir de la Misa?

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

jueves, 22 de abril de 2021

No es solo nuestra fuerza con lo que hacemos el camino, es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida para nuestro caminar, y comiéndole tendremos vida para siempre

 


No es solo nuestra fuerza con lo que hacemos el camino, es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida para nuestro caminar, y comiéndole tendremos vida para siempre

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Sal 65; Juan 6, 44-51

En el camino de la vida que hacemos cada día nos vamos proponiendo metas para ir logrando ese crecimiento personal y para ir logrando la realización de esos sueños que tenemos, es un continuo esfuerzo que vamos realizando tratando también de superar los obstáculos que la vida misma nos va presentando o que encontramos en nosotros mismos en nuestra incapacidad o en nuestra debilidad. A veces nos decimos ¿y de donde saco yo fuerzas? Siempre hay una fuerza interior en nosotros mismos que es como un fuerte estímulo pero aún así sentimos que necesitamos algo más.

Cuando se trata de que esos deseos de superación los queremos ir realizando en lo que llamamos normalmente nuestra vida cristiana que no es otra cosa que el seguimiento de Jesús tratando de conformar nuestra vida a los ideales y a los valores que nos enseña el Evangelio sentimos que por mucha fuerza de voluntad que tengamos solo por nosotros mismos no lograremos ese crecimiento interior, esa crecimiento espiritual, repito, desde esos valores del evangelio.

Estamos viendo cómo Jesús se nos presenta como el Pan de vida, el alimento de nuestra vida, pero en el sentido, hemos dicho, de que en El encontramos ese sentido y ese valor más hondo para nuestra existencia; hemos dicho que El se deja comer por nosotros en el sentido de que seamos uno con El para vivir su misma vida, su mismo sentido de existir. Es un querer identificarnos con Cristo de tal manera que no vivamos nuestra vida sino que lo vivamos a El porque en nosotros queremos plasmar todos sus valores, todo su sentido de existir, toda su vida, todo su amor. Y nos dice que si así lo hacemos nos llenaremos de su vida para siempre. Hoy nos habla también de resurrección.

Pero hoy Jesús da un paso más. No solo es que lo comamos porque en el amor así nos identificamos con El – es una forma de comerle como hemos dicho – sino que ahora viene a decirnos que es el Pan de vida y es su propia carne la que hemos de comer y que da vida al mundo. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’.


Algo maravilloso lo que nos está diciendo Jesús pero al tiempo algo misterioso que va a provocar la crítica de los que le escuchaban y que incluso algunos le abandonen. Ya nos lo irá haciendo entender, pero ahí están claras sus palabras. ‘Es el pan vivo bajado del cielo… y el pan que nos dará es su propia carne por la vida del mundo…’

Jesús nos está hablando de la Institución de la Eucaristía, el sacramento de su cuerpo y de su sangre, que llegaremos a comprender muy bien en la noche del jueves santo en la cena pascual. ‘Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros, nos dirá; Esta es mi Sangre, Sangre de la Alianza nueva y eterna derramada por vosotros’.

Así comprenderemos lo que hoy nos está diciendo. Porque comiéndole a El tendremos vida, comiéndole a El tendremos toda la fuerza de su Espíritu con nosotros. Decíamos antes cuán débiles nos sentimos en ocasiones en ese nuestro camino de la vida, en ese camino de la vida cristiana. Es el sentido de nuestro vivir y es el camino que hemos de hacer, pero no por nosotros mismos. No es solo nuestra fuerza; es Cristo mismo que se hace alimento, fuerza, vida nuestra para nuestro caminar. Y comiéndole a El tendremos vida para siempre, tendremos vida eterna, nos resucitará en el último día.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Las lágrimas de Jesús por su ciudad de Jerusalén trascienden el tiempo y la historia para ser lágrimas por el hoy de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo


Las lágrimas de Jesús por su ciudad de Jerusalén trascienden el tiempo y la historia para ser lágrimas por el hoy de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo

2Macabeos 2, 15.29; Sal 49; Lucas 19, 41-44
Hay momentos y situaciones en las que nos afloran los sentimientos y fácilmente nos brotan las lágrimas de nuestros ojos. Es la emoción ante una alegría grande que nos sobreviene cuando quizá no lo esperábamos, pero será la tristeza que embarga el corazón en momentos difíciles de dolor no solo físico sino muchas veces porque nos duele el alma; puede ser la incomprensión que vemos en los demás por lo que hacemos; aunque no busquemos gratitudes y alabanzas porque en nosotros predomina la gratuidad, sin embargo no apreciamos el fruto de lo que hacemos en la reacción de los otros sino más bien quizá posturas negativas y enfrentamiento.
Es triste la ingratitud y aunque en nuestro corazón haya buenos deseos de perdonar, son cosas sin embargo que nos duelen en el alma. Queramos o no, somos personas sensibles, hay sensibilidad en nuestro espíritu y aunque queramos parecer fríos sin embargo hay sentimientos que afloran sin que lo podamos remediar. De alguna manera en esa lucha interior en que queremos mantener el dominio de nosotros mismos, podemos aparecer también como signos de contradicción.
Jesús era consciente de que era un signo de contradicción. El ofrece su amor e invita a escucharle y a seguirle. No es frío, sin embargo, ante la reacción de ingratitud que pueda encontrar a los demás, aunque sabia muy bien que su camino era un camino de pascua. La gente sencilla se entusiasmaba con El, le escuchaba con agrado y muchos eran los que querían ser sus discípulos. Estaban también los que le rechazaban quizá porque no llegaran a comprender el sentido nuevo de vida que Jesús nos ofrecía, o quizá podían ver en peligro sus situaciones de privilegio.
Ahora caminaba hacia Jerusalén y bien sabía El que caminaba hacia la Pascua y aquella pascua iba a ser bien distinta. No era solo un cordero inmolado como recuerdo de aquella primera pascua de la salida del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, sino que ahora iba a ser la Pascua verdadera, el paso definitivo de Dios que nos ofrecía la salvación eterna, el momento en que el verdadero Cordero Pascual iba a ser inmolado y su sangre seria para nosotros precio de redención eterna. Era la Sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna para nuestra salvación.
Bajando el monte de los Olivos, contemplando enfrente todo el esplendor de la ciudad santa con la suntuosidad del templo en primer término nos dice el evangelista que Jesús lloró. Una pequeña capilla en la bajada del monte hoy sigue recordándonoslo. Llora Jesús ante aquella ciudad donde ha prodigado sus signos, donde ha enseñado con insistencia la llegada del Reino de Dios y como hay que acogerlo desde lo hondo del corazón, pero siente también el rechazo de tantos y Jesús llora.
No es el temor a lo que aquel rechazo pudiera significar para El en su muerte, porque sabía bien que era el Cordero que había de inmolarse. Era el llanto y el sufrimiento al ver cuantos rechazaban la gracia, la vida nueva que El les ofrecía. Aquel llanto de Jesús, en primer lugar por aquella ciudad santa que un día había de destruirse, era algo más porque trascendía los tiempos y la historia para contemplar a cuantos siguen rechazando la gracia, a cuantos dan la espalda y se hacen oídos sordos para no escuchar la invitación a la gracia, la invitación a la vida.
Esas lágrimas de Jesús llegan hasta el hoy de nuestra vida y de nuestra historia. Porque esas lágrimas hemos de reconocer son por ti y por mí con tantas respuestas negativas que seguimos dando en la historia de nuestra vida. Esas lágrimas son también por el hoy de nuestra sociedad, el hoy de nuestra Iglesia, el hoy de nuestro mundo. ¿Seguiremos siendo insensibles nosotros que esas lágrimas de Jesús no lleguen a mover nuestro corazón?


viernes, 1 de noviembre de 2019

Celebramos hoy a todos aquellos que han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardado la fe y han recibido la corona de salvación



Celebramos hoy a todos aquellos que han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardado la fe y han recibido la corona de salvación

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
Comenzamos por aclarar que la fiesta que celebramos hoy, primero de noviembre, día de Todos los Santos, en su auténtico sentido poco o nada tiene que ver con lo que en la tradición o piedad popular hemos convertido este día. Por ser la víspera de la conmemoración de los difuntos, y por aquello del dos de noviembre es un día laborable que hace más difícil la piadosa visita a los cementerios para recordar y orar por nuestros difuntos, se ha convertido casi este primero de noviembre en el Día de difuntos. Ambas celebraciones es cierto las vivimos desde la esperanza cristiana, pero tienen un significado bien distinto.
En el calendario litúrgico a través del año vamos celebrando aquellos a los que la Iglesia ha reconocido su santidad; santos canonizados los llamados, porque están inscritos en el canon o lista, que puede ser su significado, que recoge ese reconocimiento de la Iglesia a través de los siglos. Imposible en los 365 día del año recogerlos todos, porque ni siquiera todos son conocidos por los cristianos de toda la Iglesia.
Así ya casi desde los primeros siglos, sobre todo en Roma después de aquel largo periodo de persecuciones, se quiso celebrar esta solemnidad recogiendo en ella a todos los que ‘han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardo la fe, han recibido la corona de salvación’. El Panteón romano que construido por Herodes estaba dedicado a todos los dioses romanos – eso significa la palabra pan-theon (todos los dioses) – en épocas de cristiandad en el siglo VII fue dedicado como Basílica de Santa María y todos los santos y mártires de manera especial los que habían sufrido aquellas persecuciones de mano del imperio romano.
He querido detenerme un poco en estos datos de la historia como referencia a esta fiesta de Todos los Santos que hoy celebramos. Queremos celebrar y cantar la alabanza del Señor uniéndonos a todos los santos que en el cielo alaban y bendicen a Dios por toda la eternidad. Hoy nos ha hablado el libro del Apocalipsis de una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, ‘los que vienen de la gran tribulación, los marcados en la frente como los siervos del Señor, los que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero’.
Estas palabras no son solo una referencia a los mártires, sino a todos los que en la vida fueron fieles, en medio de las tribulaciones de la vida, en medio de las luchas, derrotas y victorias de las caídas pero también de haberse levantado con la gracia del Señor para seguir esos caminos de fidelidad; los que combatieron el buen combate porque el Reino de Dios fue su meta y su ideal y hoy merecen dichosos en la felicidad eterna; los que aunque en la vida se vieran muchas veces envueltos en oscuridades quisieron seguir caminando apoyados en el bastón de la fe pero hoy pueden contemplar en el cielo cara a cara a quien es la Luz y la Vida, contemplar el rostro de Dios.
Dichosos son porque eligieron un camino y unos pasos que pudieran parecer una paradoja para los ojos de este mundo. Las bienaventuranzas de Jesús, que escuchamos en el evangelio son, es cierto, una paradoja para los ojos de este mundo.
Elegir ser pobre y no rico en este mundo con lo que significaría de poder y de sentirse realizado, como se dice hoy, porque he alcanzado puestos que me hacen estar por encima de los demás; elegir los caminos de la justicia antes que ninguna otra cosa que pudiera engrandecerme a mi, que bien sabemos como no se andan con chiquitas los que tienen esas posibilidades en la vida; elegir caminos de mansedumbre y de humildad, caminos de misericordia y caminos de paz, frente a tantos sufrimientos que atenazan el corazón de los hombres, frente a tantas violencias que nos llevan a enfrentarnos los unos a los otros porque todos queremos ganar y decir que tenemos la razón.
No son caminos fáciles; son paradojas que no todos entenderán, cuando solo buscamos ganancias y reconocimientos en este mundo; caminos incomprendidos para muchos que incluso por eso trataran de desprestigiarnos porque no sabemos aprovecharnos como tantos. ‘Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’ terminará diciéndonos Jesús en el evangelio.
Es la multitud de los santos que nos han precedido y con quienes nos alegramos y por los que nos sentimos estimulados para seguir nosotros también ese camino. Esa gloria de Dios que en ellos contemplamos primero, pero luego ese estímulo y ese ejemplo que para nosotros son en medio de las tribulaciones de la vida. Ellos se sintieron fuertes en la gracia de la Sangre del Cordero en quien se sintieron purificados y fortalecidos. De ellos tenemos la certeza de que gozan ya para siempre de la visión de Dios.
Nosotros hoy, cuando celebramos su fiesta, así nos sentimos también estimulados sabiendo que no nos faltará la fuerza de la gracia del Señor para vivir ese mismo camino y que un día podamos participar de esa gloria del Señor, de esa visión de Dios contemplándole también cara a cara, y con todos los ángeles y con todos los santos cantar para siempre el himno de alabanza.