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miércoles, 1 de abril de 2026

Una pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena pascual en el hoy de nuestra vida

 


Una pregunta que no es una formalidad es cómo y dónde hemos de preparar la cena pascual en el hoy de nuestra vida

 Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Cuando tenemos la sensación de que se acerca algo importante o cuando se nos anuncia un acontecimiento que de alguna manera puede marcar un antes y un después en nuestra vida, como cuando nos acercarnos a fechas que para nosotros son importantes porque han hecho historia en nuestra vida o en la vida de nuestro pueblo, lo normal es que nos preparemos bien sea para dejarnos sorprender eso que nos llega y no esperábamos, o hagamos las previsiones necesarios para esos acontecimientos que hemos de celebrar. Cuantos momentos de la vida nos pasamos preparando y en cierto modo pregustando ya hechos o fechas que consideramos importantes. Porque de la preparación y predisposición por nuestra parte va a depender lo que luego habremos de vivir.

Estos días que vivimos son días de mucho ajetreo en la preparación de todo lo que consideramos necesario para la Semana Santa en la que ya estamos, pero en donde siempre nos quedan cosas que preparar a última hora. Tremenda movida vemos estos días en nuestros templos y en torno a las imágenes sagradas. Estamos preparando la semana santa, nos decimos, y hay muchas cosas que hacer.

Pero aun así quizás tendríamos que hacernos con sinceridad la pregunta que le hacían a Jesus aquel día, vísperas ya casi de la Pascua, ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de la Pascua?’, aunque no sé si quizás tendríamos que darle una vuelta a esa pregunta en un ¿qué tenemos que preparar para la Pascua o cómo tenemos nosotros que prepararnos para la celebración de la Pascua? Quizás no sean cosas, ni sea un lugar, sino algo más profundo.

También tendríamos que decir que si nos hemos tomado en serio y con toda sinceridad este camino cuaresmal que llevamos haciendo ya cuarenta días ahí hemos tenido que ir encontrando la respuesta a esa pregunta que nos estamos haciendo. Ese es realmente el sentido de la Cuaresma y esa mesa de la Palabra que se ha abierto día a día ante nosotros  habrá tenido que servirnos en esa preparación. Esperemos que el camino no haya sido en vano, aunque muchos cantos de sirena nos ha ofrecido la sociedad en este tiempo que nos habrán podido servir de distracción. Pero el cristiano que quiere vivir su fe con intensidad sabe que siempre se va a encontrar vientos en contra, vientos racheados que nos pueden hacer perder la estabilidad de nuestro camino y nuestro destino.

En el texto del evangelio es cierto que los discípulos andaban preocupados, al estar en Jerusalén y allí no tener hogar propio, por esa preparación de los detalles de la cena. Vemos cómo Jesús les señala dónde y ellos hacen los preparativos. Y el evangelista nos ofrece ya los primeros momentos de esa cena pascual, desde aquello que ellos estaban viviendo y desde lo que podían intuir por las palabras de Jesus. Estos preparativos y este principio de la cena que vienen enmarcados en momentos de sombras, teniendo en cierto modo como casi protagonista a Judas Iscariote. Por una parte se ha puesto en contacto con los sumos sacerdotes para la entrega, y por otra parte Jesús señalará ya desde el comienzo de la cena la traición que se está gestando.

Es el marco que nos ofrece la liturgia de este día en los diferentes textos de la Palabra de Dios y es el marco también que nosotros estamos poniendo con nuestra vida. El profeta nos presenta el tercer cántico del siervo de Yahvé, donde nos hablará de ultrajes y sufrimientos; ‘ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos’, nos dirá el profeta, pero al mismo tiempo por una parte la sensación de no sentirse abandonado ‘el Señor Dios me ayuda… mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mi?’, mientras nos enseña a decir una palabra de aliento y abre mis oídos para escuchar los lamentos.

¿Nos tendrá que hacer pensar todo esto en nuestros propios sufrimientos o en el sufrimiento que envuelve nuestro mundo? Creo que tenemos que tener conciencia de esto  y no lo podemos olvidar. Porque esto formará parte de la Pascua, nuestra pascua que hemos de vivir pero también de lo que ha de ser el anuncio de Pascua que nosotros hagamos a nuestro mundo. El Señor nos ofrece la mesa de la Pascua para que todos podamos sentarnos en su rededor; todos estamos llamados a esta mesa pascual, porque todos tenemos que sentir ese paso salvador de Dios por nuestras vidas como quiere hacerse presente en nuestro mundo, incluso en ese mundo que le da la espalda, porque la salvación es para todos, porque todos hemos de contemplar la gloria de Dios.

¿Cómo nos vamos entonces a preparar? ¿Qué disposiciones tiene que haber en nuestra vida? ¿A qué lugares concretos tendremos que ir para hacer más presente al Señor?

viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

miércoles, 16 de abril de 2025

Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

 


Dispuestos de verdad a vivir la Pascua con Jesús, paso de la muerte a la vida, asumiendo la cruz clavada a nosotros para llegar a la resurrección de una nueva vida

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Hay momentos que son de preparativos; es un acontecimiento que se avecina y al que queremos darle la importancia que juzgamos que ha de tener y allá nos creamos comisiones de trabajo para que todo este a punto, para que lo tengamos todo preparado, nos trazamos planes, vemos las cosas que son necesarias, lo que no nos puede faltar lo buscamos por donde sea, nos hacemos listas de las cosas que necesitamos; pero es la madre que prepara la comida para sus hijos que se reúnen y quiere ofrecerles lo mejor y allá anda afanada con las comidas, con los adornos de la casa, la preparación de la mesa y no sé cuantas cosas más; es un viaje que vamos a emprender y reunimos todo aquello que creemos necesitar aunque no nos quepa en las maletas, hacemos previsiones de todo tipo, pero queremos tenerlo todo preparado y que no nos falle nada.

¿Preparativos de qué? ¿Preparativos de las cosas que creemos necesitar para ese acto? ¿Cuál tendría que ser lo importante que preparemos? Quizás sea bueno hacernos estas preguntas pero no solo para cosas como hemos querido reflejar en unos ejemplos anteriormente sino en este momento presente que vivimos como cristianos. También llega la hora de los preparativos ahora que estamos en semana santa en vísperas ya de celebrar la pascua. En otros tiempos nuestras madres nos preparaban la ropa de la semana santa que además quizás había la costumbre de estrenar algo. ¿En qué andamos afanados? ¿Será lo más importante lo que nos ocupa en la preparación de estos días?

El evangelio hoy nos ayuda. Se acercaba el día de celebrar la cena de pascua, están por Jerusalén lejos de sus viviendas habituales, y es la pregunta que le hacen al Maestro. ‘¿Dónde quieres que te prepararemos la Pascua?’ Jesús les da instrucciones muy concisas de cómo llegar a la persona que les ofrecería el sitio para la cena pascual. Los discípulos encontraron todo como les había dicho Jesús y allí lo prepararon.

Pero el evangelio nos dice algo más de esos preparativos. Ya Judas Iscariote se había dejado ver con los pontífices para ver en lo que quedaban para entregarle; las gestiones estaban hechas. Al comienzo de la cena Jesús manifiesta la congoja que lleva en el alma. ‘Uno de vosotros me va a entregar’. Como hemos comentado en otra ocasión la inquietud queda sembrada en todos los presentes. ‘¿Soy yo acaso, Señor?’ todos se preguntan y le preguntan. ‘El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!’ Pero todos estaban comiendo del mismo plato, porque eran las costumbres y era la forma de comer el cordero pascual. ¿Estaban todos provocando esa entrega? Una buena pregunta para que nos miremos por dentro, como les estaba sucediendo en aquel momento al grupo de los apóstoles sentados a la mesa con Jesús.

Conocemos la conclusión del relato del evangelio, pero nosotros nos tenemos que quedar con esas preguntas que han ido siendo base y carril por donde va discurriendo esta reflexión que nos tenemos que hacer en estos momentos en que también nosotros nos disponemos a celebrar la Pascua.

La pregunta que nos hacemos más que en donde es decirnos como vamos a celebrar la Pascua y también como yo soy actor de esa Pascua. Ni nos podemos quedar fuera contemplando a los otros ni nos podemos quedar en las cosas que hemos de preparar. Demasiado tiempo le dedicamos estos días a las cosas, a los preparativos de las cosas y quizás no estemos pensando en cómo hemos de prepararnos nosotros. Soy yo también actor en esa Pascua, pero no como una representación a la manera de teatro que tengamos que hacer sino en la medida en que con Cristo nosotros también vamos a subir al Calvario, a la cruz, a pasar por la muerte. Si no lo hacemos así no llegaremos a la Pascua, seguiremos siendo unos espectadores o unos tramoyistas que preparan cosas para que otros contemplen o vivan.

¿Estaré dispuesto de verdad a vivir toda la Pascua con Jesús pasando de la muerte a la vida, asumiendo la cruz en todo su sentido clavada a nuestra vida para poder llegar a la resurrección de una nueva vida? Muchas cosas, algunas veces inesperadas o no deseadas van apareciendo en nuestra vida que tienen que convertirse en Pascua en nosotros.

jueves, 23 de enero de 2025

Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

 


Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros

Hebreos 7,25–8,6; Salmo 39; Marcos 3,7-12

Confieso que a mí no me gusta meterme en aglomeraciones de personas donde te sientes estrujado por todas partes, parece que no puedes dar un paso sin tropezarte con alguien que no siempre conoces, donde parece que te asfixias en medio de tanta gente, pero algunas veces no queda más remedio si acaso tenemos que atravesar esa multitud para llegar a nuestro destino y no tenemos otro camino, o bien porque nos sintamos convocados a participar en alguna actividad social o de índole religiosa, sean las actividades de las fiestas populares  desde la expresión de nuestra religiosidad.

Podríamos pensar que nos sentimos anónimos en medio de la multitud, pero en un sentido más positivo que no solo somos número sino que es el apoyo de mi presencia, porque allí estoy con lo que es mi vida, con mis realidades y también carencias o con mis sueños, con mis luchas y con mis esperanzas, que no me puede hacer sentirme de forma anónima.

Hoy nos habla el evangelista de las multitudes que se aglomeraban en torno a Jesús. Incluso pone en labios de Jesús la petición de que tuvieran preparada una barca, no como un camino de huida ante la multitud, sino como un refugio para no sentirse estrujado por tanta gente. Nos detalla el evangelista que no era solo una muchedumbre venida de toda Galilea, sino que también de otras regiones y lugares habían venido hasta Jesús, ‘mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón’.

Venían a escuchar a Jesús, pero venían con lo que eran sus vidas envueltas en la pobreza y los sufrimientos, venían con esas esperanzas que parecían marchitarse pero con la presencia y la palabra de aquel profeta de Galilea renacían esperando la llegada de un Mesías liberador; venían con sus enfermos, con el dolor pero también con el mal que anidaba en sus vidas y del que querían liberarse. ‘Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo’.

Como escucharemos en otros momentos reconocerán que nadie ha hablado como El, que un gran profeta ha aparecido en medio de su pueblo, algunos le llamarán el Hijo de Dios, aunque para Jesús no es el momento de esas manifestaciones y confesiones de fe. Está comenzando a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios y lo que Jesús quiere es que desde lo más hondo los corazones se vayan transformando. Los fogonazos instantáneos de fervor pronto pueden acabarse y quedarse en nada aquella luz. Pero cuando los espíritus inmundos lo reconocían postrándose ante él, ‘Jesús les prohibía severamente que lo diesen a conocer’.

¿Cómo venimos nosotros hasta Jesús? ¿Nos quedaremos en ser parte de una masa anónima o seremos capaces de ponernos ante Jesús como somos y con lo que somos? Es algo que tenemos que cuidar mucho para que nuestros actos no se queden en algo formal y ritual.

Piensa, por ejemplo, cuando vas a la Iglesia casa semana para la celebración dominical de la Eucaristía ¿allí estas poniendo lo que es realmente tu vida, con sus cosas negativas y con sus cosas positivas, con tus sufrimientos y carencias, con tus sueños y tus esperanzas, con lo que son tus relaciones con los demás o con lo que es tu trabajo y tu vida de familia, con tus necesidades de índole material pero también en lo que tiene que ser la vida de tu espíritu? No podemos hacer como dos partes estancas y totalmente separadas lo que es mi vida de cada día y lo que estoy viviendo cuando voy a una celebración.

Es que Jesús quiere llegar ahí, a lo que es tu vida concreta que vives cada día que no siempre es fácil; quiere ser esa luz de esperanza que te haga caminar y te levante los ánimos; quiere ser ese viático para nuestro camino porque es donde nos apoyamos y de donde recibimos la fuerza que necesitamos. Hagamos que nuestros encuentros con Jesús sean vivos porque en verdad partimos de nuestra vida y porque El se hace vida para nosotros.

sábado, 4 de enero de 2025

Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

 


Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

1Juan 3, 7-10; Salmo 97; Juan 1, 35-42

Me gustaría pasar un día contigo… ¿No habremos expresado algo así alguna vez a un amigo o alguien también nos habrá manifestado ese deseo? Dos amigos que poco a poco se van conociendo y que van entrando en estrecha amistad y que desean estar juntos; alguien que quizás recientemente hemos conocido pero nos ha llamado la atención su forma de ser o de pensar, con quien veíamos que podíamos tener buena comunión y que queremos conocer más porque nos sentimos muy a gusto con él…No ya es solo saber cosas de su historia o de su vida, sino que es algo mucho más hondo lo que sentimos y que sabemos que puede anudar una hermosa amistad. Luego vamos a hablar del amigo que encontramos, vamos a resaltar sus valores, nos sentiremos orgullosos y felices de ser su amigo.

Algo si sucedió en aquella tarde cuando aquellos dos discípulos del Bautista se fueron tras aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Muchos se habían congregado en torno al Bautista para escuchar sus anuncios de lo nuevo que estaba por suceder y escuchando las palabras de Juan se sometían a aquel bautismo en las aguas del Jordán. Aquel que ahora era señalado como el Cordero de Dios también se había puesto en las filas de los que recibían el bautismo y ahora Juan decía que cosas maravillosas y extraordinarias habían sucedido porque había visto bajar al Espíritu de Dios en forma de paloma sobre El al salir de las aguas del Jordán.

Ahora ellos se habían ido tras El porque algo más buscaban tras las indicaciones de Juan el Bautista. ‘¿Qué buscáis?’ había sido la pregunta que les había dirigido, ¿por qué me seguís? ¿Qué es lo que buscan o desean? Pero no eran cosas lo que buscaban, tampoco eran solo palabras ni recomendaciones, querían estar con El, querían conocerle, quería saber cómo era su vida. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Y estuvieron con El y le conocieron, estuvieron con El y algo nuevo de verdad encontraron, estuvieron con El y ya comenzaron a hablar a todos de El; Andrés a su hermano Simón al que convencería de que habían encontrado al Mesías, más tarde sería Felipe el que tendría noticia de Jesús, y también éste comenzaría a pasar la noticia, porque con entusiasmo se la comunicaba a Natanael al que convenció para que también viniera a estar con Jesús a pesar de sus reticencias y desconfianzas.

Es muy importante este detalle que en cierto modo nos puede pasar desapercibido del evangelio que hoy escuchamos. Queremos pasar un día con Jesús, como comenzábamos nuestra reflexión. ¿Será realmente lo que queremos y lo que buscamos cuando nos decimos cristianos y seguidores de Jesús y miembros de su Iglesia? Es cierto que necesitamos de la mediación de alguien que nos anuncie, que nos comunique, que nos dé señales del camino; así la mayoría de nosotros hemos bebido nuestra fe en la familia, de nuestros padres o nuestros mayores, o tantas otras mediaciones que a lo lago de la vida hemos tenido, una catequesis en la infancia, unas celebraciones de las que nos hemos hecho participes en tantos momentos de la vida, unas fiestas religiosas en las que habremos participado, una asistencia a unos lugares determinados de especial devoción en nuestros pueblos, pero preguntémonos seriamente, ¿habremos deseado realmente estar un día con Jesús?

Podríamos decir que de mil manera Dios nos ha abierto sus puertas para que vayamos a El y nos encontremos con El, para que escuchemos su Palabra o nos enriquezcamos con la gracia de sus sacramentos, pero ¿le habremos abierto nuestras puertas, las puertas de nuestra vida a Jesús para que venga a estar con nosotros?

Lo de aquellos dos discípulos no solo fue que Jesús les dijera que fueran con El y vieran donde vivía, sino que de alguna manera aquellos dos discípulos ya tenían también una predisposición – quizás con su curiosidad por saber algo más de aquello que les había hablado el Bautista – para dejar que Jesús entrara en sus vidas. Es conocer donde Jesús vive, o es hacer que Jesús venga a vivir en nosotros, o sea, como decíamos, pasar en día con Jesús.

¿Será algo que nos tendría que hacer pensar?

lunes, 3 de julio de 2023

Necesitamos revivir cuantos momentos de luz hemos tenido en nuestro encuentro con Jesús a lo largo de la vida para reavivar nuestra fe con toda intensidad y no quede ni rastro de sombra

 


Necesitamos revivir cuantos momentos de luz hemos tenido en nuestro encuentro con Jesús a lo largo de la vida para reavivar nuestra fe con toda intensidad y no quede ni rastro de sombra

Efesios 2, 19-22; Sal 116; Juan 20, 24-29

No es necesario que nos machaquemos mucho la cabeza para  encontrar en nosotros situaciones que sean eco de lo escuchado en el evangelio o en él tengan eco. Eso de no creernos las cosas por mucho que nos digan que es verdad suele ser bastante habitual. Nos pueden decir que ellos lo vieron, fueron testigos, nosotros queremos palpar, tocar con nuestras manos, hacerlo pasar por nuestra experiencia.

Estamos hoy celebrando la fiesta de Santo Tomás, apóstol. No nos ha de extrañar la situación de Tomás. El como el resto de los discípulos se había quedado impactado por lo sucedido aquellos días; algo que no esperaban y que deja descolocado a cualquiera. Mientras unos se encierran en el cenáculo, por miedo a que a ellos les pudiera pasar algo semejante, pues eran los amigos de Jesús, los que siempre estaban con El, a Tomás se le ocurrió dar una vuelta, como hacemos nosotros tantas veces, para despejar la cabeza, decimos.

Por eso cuando la primera manifestación de Cristo resucitado a los discípulos allí en el Cenáculo, él no estaba con ellos. Nada más entrar por la puerta, como se suele decir, ya estaban contándole lo que había sucedido aquella tarde. ‘Hemos visto al Señor’. Ya no lo podían callar, pero se encontraron con el muro de incredulidad de Tomás. ‘Si no meto mis dedos en las llagas de los clavos, si no meto mi mano en su costado, en la herida de última hora del soldado, no lo creo’. Quería palpar por sí mismo.

Queremos tener nuestras razones, queremos experimentarlo por nosotros mismos. Y no podemos decir que eso sea malo. Está por medio la fe, la confianza, es cierto, pero hemos de hacer vivencia nuestra todo eso. Recogemos el testimonio de quienes han sido testigos, de quienes lo han vivido por sí mismos, pero necesitamos nosotros vivirlo y experimentarlo también. Muchas veces decimos que tenemos fe porque eso es lo que nos enseñaron nuestros padres, porque eso siempre ha sido así, pero quizá en nuestro interior no se ha producido esa experiencia de fe, sentir cómo el Señor a nosotros también se nos manifiesta, sentir esa presencia maravillosa de Dios en nuestra vida, reavivar esas experiencias de fe que hemos tenido a lo largo de la vida, recoger todos esos momentos de luz que muchas veces tan pronto olvidamos, hacer nuestra esa vivencia.

¿No has tenido momentos luminosos, más de uno, en tu vida? Hemos de tenerlo siempre presentes, revivirlos una y otra vez, para volver a sentir lo que en aquel momento sentimos. Habremos tenido momentos en que hemos expresado nuestra fe, aunque no hayan aflorado muchos sentimientos, pero fue algo vivo en nosotros en ese momento, aunque quizás muchas veces se nos queden como en una nebulosa. Hay que reavivarlos de nuevo, para sacarles ahora el jugo que entonces no supimos aprovechar mucho, para que no se queden en un recuerdo lejano, para que formen de verdad parte de la historia de mi vida, a la que de nuevo queremos dar mucha intensidad.

Cuando a los ocho días se presentó Jesús en medio de los discípulos, ahora está ya Tomás entre ellos; al acercarse Jesús a Tomás para mostrarle las manos y el costado con sus llagas y sus heridas para que allí metiera sus dedos, para que allí introdujera su mano, seguro que por la mente de Tomás pasó como una película de su vida reviviendo todas aquellas conversaciones, todos aquellos encuentros, todos aquellos momentos en que había sido testigo de las maravillas del Señor y que ahora parecía querer olvidar. De nuevo se intensificó su fe, surgió el grito de su corazón del que ahora arrancaba todas sus angustias y llenaba de la más inmensa alegría, ‘¡Señor mío y Dios mío!’. No fue necesario más.

¿Será lo que nosotros estamos necesitando?

jueves, 6 de abril de 2023

Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

 


Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Las comidas familiares, las comidas de amigos, las comidas en las que conmemoramos o celebramos algo, como el recuerdo de un acontecimiento, un cumpleaños, etc. son algo que está presente en nuestra vida y en nuestras conveniencias sociales. ¿A qué vamos a esas comidas? Podríamos decirlo en una palabra, a estar; no importa tanto lo que comamos sino el disfrutar de estar, porque estamos con la familia, con nuestros padres, con nuestros amigos, con aquellas personas que apreciamos y nuestra presencia allí lo quiere decir todo, y no es necesaria otra cosa sino simplemente hacernos presente, estar.

Y claro, surgirán recuerdos, comentaremos una y otra vez el hecho que nos ha reunido, traeremos a colación anécdotas que nos vienen al recuerdo, y es como si estuviéramos reviviendo aquellos momentos pasados, los estamos, vamos a decirlo así, regurgitando y volviendo a saborearlos, rumiándolos decimos tomando la imagen de lo que hacen dichos animales con el alimento. Aquello que vivimos fue el alimento de nuestra vida, lo que nos hizo ser lo que somos, y ahora lo estamos volviendo a vivir. Qué renovamos salimos de esos encuentros cuando los hemos vivido en autentica paz y amor.

¿Qué nos está diciendo hoy Jesús cuando culminan todos los actos y hechos acontecidos en aquella cena pascual? ‘Haced esto en conmemoración mía, en memoria mía’. Es lo que venimos a hacer en este día. Vamos a estar en el Señor, vamos a estar con el Señor, vamos a celebrar la cena pascual, vamos a vivir con toda intensidad todo eso que ha sido nuestra vida, todo el misterio de Cristo.

Podríamos decir que para esto nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma, para vivir y celebrar el triduo pascual, para vivir y celebrar todo el misterio pascual de Cristo. Era importante el camino que hemos venido haciendo, la Palabra de Dios que hemos ido escuchando y meditando, porque abría nuestro corazón, porque nos preparaba cuando dejándonos conducir por la Palabra de Dios íbamos queriendo dar respuesta. Ahora, hoy, no se nos pide que tengamos que hacer nada, porque suponemos que todo esta bien preparado, ahora se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, del misterio pascual de Cristo. Es lo que vamos a vivir, contemplar, celebrar en estos días del triduo pascual.

Y vamos a disfrutar de este encuentro, vamos a gozarnos en el Señor. Claro que recordaremos aquellos momentos y lo hacemos con intensidad, y tienen que aflorar todas las vivencias que llevamos en el alma; vamos a emocionarnos cuando contemplamos tantos gestos de amor de Dios en nuestra vida. No es simplemente como si hubiéramos estado allí, sino que allí y ahora nos vamos a sentir presentes, vamos a ocupar nuestro lugar en esa cena, vamos a revivir en lo más hondo de nosotros mismos ese lavatorio de Jesús; éramos uno y somos uno de los que estaban y ahora estamos sentados a su mesa. Y Jesús viene y se acerca a nosotros para lavarnos los pies. Quizá podamos sentir algún rubor o vergüenza como Pedro que no quería que el Maestro le lavara los pies, pero vamos a sentir que Jesús ahora lo está haciendo con nosotros, aunque no nos sintamos dignos.

Eso tiene que ser nuestra celebración de hoy como tienen que ser todas las celebraciones. No son solo recuerdos, sino algo que vivimos; no es algo que contemplamos como un espectáculo o como una película que pasa delante de nuestros ojos, sino algo en lo que nosotros estamos. Tenemos nuestro lugar, ocupemos nuestro sitio, vivamos así lo que celebramos. Surgirán las emociones y brotarán los compromisos, pero será algo que nunca más vamos a olvidar, así tiene que quedar grabada en el alma. 

Aquí sí es importante, sin embargo, lo que comemos, porque estamos comiendo a Cristo. No es decir, esto nos recuerda lo que Cristo hizo y les dio en la última cena, sino es seguir sintiendo que es Cristo mismo quien nos dice ‘esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por muchos… tomad y comed, tomad y bebed…’ y se nos da para que le comamos, para que tengamos vida, es su cuerpo, es su sangre, es Cristo mismo quien se nos da. Por eso afirmamos con tanto vigor y firmeza la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía. No lo olvidemos, repito, somos los que estamos ahora y aquí alrededor de Jesús en la cena pascual.

Como lo seguiremos viviendo mañana, como seguiremos estando en su pasión y en su muerte en la cruz, y como lo viviremos el primer día de la semana cuando Cristo resucitado también nos salga al encuentro. Es importante. Es necesario que sepamos estar.

Y luego tendrá que venir que esto no lo podemos olvidar y tenemos que seguir haciéndolo; y luego vendrá que aprenderemos en la vida a quitarnos el manto para ceñirnos y ponernos manos a la obra a amar con toda intensidad lavando los pies, abriendo las puertas del corazón, repartiendo amor, sintiendo en todo momento que no podemos hacer otra cosa que amar. Se lo hemos escuchado directamente con nuestros oídos de labios de Jesús, pero es que además es algo que hemos palpado, algo que hemos sentido, algo que hemos vivido cuando Jesús nos ha lavado los pies, cuando nos ha regalado su amor.

Necesariamente tenemos que decir, qué renovamos tenemos que salir hoy, en esta pascua, de haber estado con el Señor. Vivámoslo así.

viernes, 31 de marzo de 2023

Abramos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que hay de pasión en nosotros o en nuestro entorno y llegar a convertirlo en Pascua descubriendo el paso de Dios

 


Abramos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que hay de pasión en nosotros o en nuestro entorno y llegar a convertirlo en Pascua descubriendo el paso de Dios

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Tiene que ser duro cuando alguien con buena voluntad trata de convencer de la veracidad y de la autenticidad de su vida a quienes no quieren aceptarlo. Expondrá mil razones y testimonios de que lo que hace es bueno, que no hay doble intención en lo que ofrece porque no quiere engañar a nadie, trata de justificarse por mil medios, pero los que le escuchan no dan el brazo a torcer, lo rechazan y ya en su interior lo tienen condenado. Lágrimas de sangre, podríamos decir que salen del corazón ante la terquedad de los que le escuchan y o se mantendrá firme en sus convicciones y en la misión que cree tener en aquel momento a pesar del rechazo, o terminará marchando por otra parte donde pueda ser mejor escuchado y aceptado.

Jesús era consciente de su misión, se sentía enviado por el Padre y sabía también lo que tendría que sufrir por parte de quienes no le aceptaban y rechazaban. Hoy en el evangelio encontramos uno de esos momentos, en que Jesús apela a las obras que realiza, porque quien hace lo que El no puede ser sino alguien venido de Dios.

Un día Nicodemo lo reconocerá, si no vienes de Dios, si no eres un hombre de Dios, no podrías realizar las obras que tú haces, le dice más o menos con estas palabras aquel magistrado judío. Será quien más tarde en algún momento querrá hacer recapacitar a sus compañeros del Sanedrín que no se puede juzgar a nadie sin haberle escuchado y de alguna forma se pone de parte de Jesús. También va a ser mal considerado Nicodemo por esta defensa que hace de Jesús.

Ahora les dice Jesús que crean en las obras que El realiza. Eran los sencillos y los humildes – a los que se revela el Padre y por eso Jesús en una ocasión da gracias al Padre porque revela estas cosas no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los sencillos – los que aceptaban a Jesús, glorificaban a Dios cuando Jesús realizaba obras maravillosas, como serán los sencillos, más allá del Jordán donde terminará retirándose Jesús, los que van a creer en El en estos momentos. Pero en Jerusalén no quieren aceptarle.

Y a todas estas, ¿nosotros, qué? ¿Aceptamos a Jesús y creemos en El? ¿O también pondremos nuestras pantallas, nuestras condiciones, nuestras reservas? ¿Hasta donde somos capaces de creer en Jesús? ¿Hasta donde seremos capaces de subir también con El a Jerusalén para la fiesta de la Pascua? Tenemos ahora mismo la oportunidad de decantarnos claramente por Jesús.

En las puertas de la semana de pasión estamos, que será la semana donde vamos a celebrar todo el misterio de la pasión y muerte de Jesús. ¿Será una verdadera celebración lo que vamos a vivir, los pasos que vamos a dar para poder llegar a la Pascua? Cuidado no nos pongamos simplemente a la expectativa, como muchos de los que estaban en Jerusalén entonces, de contemplar unos espectáculos, de contentarnos con ver desfilar delante de nuestros ojos todos esos momentos de la pasión de Jesús. ¿No tendríamos que ponernos nosotros a hacer ese mismo camino de pasión de Jesús?

Es cierto que la contemplación es una actitud muy importante pero cuando lo hacemos desde el corazón dejándonos envolver por el misterio. No puede ser algo que veamos desde fuera o que contemplemos fuera de nosotros. Otra tiene que ser la manera, porque tenemos que hacerlo desde la realidad de nuestra vida que también necesita hacerse pascua, o contemplando también todos esos signos de pasión, de dolor, de sufrimiento que hay a nuestro alrededor; no es necesario que pensemos en otros lugares o en grandes cosas, que también están ahí como parte de la pasión de Jesús, sino ser capaces de verlo en pequeñas cosas en las personas que están cerca de nosotros.

Terminaremos reconociendo, si abrimos suficientemente los ojos, que hay más pasión, más dolor del que podemos nosotros imaginar. Y eso, ya sea en nosotros, o lo que estamos también contemplando en nuestro entorno tenemos que convertirlo en Pascua, porque ahí veamos el paso de Dios, y ahí al paso de Jesús nosotros demos ese paso hacia adelante, hacia la Pascua.

sábado, 2 de julio de 2022

Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

 


Nos falta alegría en la Iglesia, a los cristianos, todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio

Amós 9, 11-15; Sal 84; Mateo 9, 14-17

A veces somos más conservadores de lo que queremos reconocer. En los muchos sentidos de la palabra. Queremos mantenernos en lo de siempre, si además siempre nos ha ido bien, para qué vamos a cambiar nos decimos; miramos para detrás en la vida y en la historia y a veces nos parece que fueron tiempos mejores, y ojalá pudiéramos volver a aquellas cosas que eran tan bonitas; aunque nos decimos modernos y queremos ser muy prácticos en lo que tenemos, en nuestra manera de vestir o de plantearnos la imagen de la vida, soñamos con suntuosidades, volvemos a fórmulas de antes porque nos parecen tan solemnes o tan fantasiosas, hasta cuando nos queremos divertir en nuestras fiestas somos capaces de resucitar viejos estilos y prendas que en verdad recuerdan otros tiempos pero que nos parecen tan suntuosas; y estamos hablando de generalidades, de las cosas comunes que tenemos o hacemos en la vida, pero no entremos en nuestros ritos y experiencias de religiosidad donde seguimos tan cargados de tradiciones y de expresiones solemnes que hasta nos hacen derramar alguna lágrima de emoción.

Cuánto nos cuesta una renovación; cuánto nos cuesta llegar a encontrar una autenticidad en aquello que hacemos o que vivimos y no quedarnos en la apariencia de lo suntuoso; cuánto nos cuesta llegar a dar una profunda vitalidad a lo que hacemos dejándonos en verdad conducir por la fuerza e inspiración del Espíritu.

Fue lo que le costó a mucha gente de su tiempo el aceptar el mensaje de Jesús. Pero nos sigue sucediendo hoy como en todos los tiempos. Hoy vemos que van reclamándo a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan o los discípulos de los fariseos. Pero Jesús les responde que cómo van a andar vestidos de luto los amigos del novio cuando están participando en su boda; si están en la fiesta de la boda, todo tendrá que ser alegría, no tienen por qué estar tristes.

¿Qué nos quiere decir Jesús? El nos está enseñando el sentido nuevo que tiene la vida desde la vivencia del Reino de Dios que nos anuncia y que se ha de instaurar; la relación con Dios ha de tener un sentido nuevo; no podemos seguir viviendo bajo los temores que se manifestaban en la religión en el Antiguo Testamento, donde llegar a tener una experiencia de la visión de Dios parecía como que se tenía que morir. No era la relación de los hijos con el padre, sino era la relación desde el temor, por eso siempre había que estar haciendo cosas como para aplacar a Dios.

Pero ha venido quien nos ha redimido, quien ha derramado su sangre entregándose por nosotros para que tengamos vida y salvación. Derramará su sangre Jesús, la Sangre de la nueva Alianza, la Sangre de la Alianza nueva y eterna para que obtengamos el perdón de nuestros pecados. No estaremos ahora haciendo méritos, porque ya ha habido uno que nos ha merecido el perdón y la paz para nuestros corazones. ¿Por qué envolver con colgaduras de tristeza todo lo que significa religión, relación con Dios?

¿No andaremos todavía nosotros en nuestras expresiones religiosas con ese tipo de colgaduras? ¿Vivimos en verdad la alegría de la fiesta en nuestras celebraciones cristianas y en todo lo que es la vida del cristiano? ¿Seguiremos aun con las colgaduras negras de la tristeza y del llanto? Os confieso algo que me llegó a lo hondo del corazón y me llenó de satisfacción grande; fue tras la celebración de unas primeras comuniones cuando un señor, que había sido invitado por una familia a dicha celebración, se me acercó y me dijo para felicitarme, ‘la celebración de la primera comunión de estos niños fue una verdadera fiesta, así lo estaban viviendo los niños y así lo he estado viviendo yo’, me decía.


Tenemos que reavivar nuestra fe y la vivencia de nuestro ser cristiano para vivirla con alegría, para llenarnos de alegría y con ella contagiar a cuantos nos rodean. Tenemos que desterrar esas colgaduras con las que queremos a veces expresar nuestras suntuosidades, para darle auténtico sentido a aquello que vivimos y que celebramos.
 

Nos falta alegría en la Iglesia, nos falta alegría a los cristianos. Todavía andamos con remiendos, o con odres viejos, y tenemos que vestir y vivir el traje nuevo del hombre nuevo del Evangelio, como termina diciéndonos hoy Jesús. ‘A vino nuevo, odres nuevos’. Por algo tenemos el Espíritu de Jesús con nosotros; dejémonos conducir por El.

viernes, 29 de mayo de 2020

Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada


Nos pregunta Jesús si le amamos y algunas veces no sabemos qué responder porque cuando nos quitan los ropajes externos parece que nos quedamos sin nada

Hechos 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19
Cuando entretejemos la vida con los hilos y el tejido del amor será algo que lleguemos a vivir casi espontáneamente y prácticamente no es necesario hacer continuas declaraciones de amor y de amistad, porque será algo que fluye por si mismo. No necesita el amigo estar preguntando siempre al otro si es amigo y si siente aprecio por él porque los gestos, la cercanía y la preocupación que sienten el uno por el otro lo está diciendo todo. No sería necesario que continuamente un hijo le pregunte a su padre o a su madre si lo quiere cuando tantos son los signos del amor de unos padres por sus hijos continuamente a lo largo del día.
Sin embargo y sin querer retractarme de lo dicho hasta ahora en el mantenimiento de ese amor o de esa amistad habrá muchos momentos en que no son suficientes los signos que realicemos sino que también hemos de expresarlo con palabras. ¿Me quieres? Preguntará acaso la madre a su hijo en momentos en que se expresa ese cariño, como el amigo expresará cuanto es el aprecio que siente por su amigo y lo dichoso y feliz que se siente con su amistad. Necesitamos expresar también con palabras nuestro amor y nuestra amistad que pueden sonar a un sello fuerte con el que queremos confirmar lo que sabemos que llevamos por dentro.
¿Conocía Jesús el corazón de Pedro? No solo en su visión divina y sobrenatural podríamos decir, sino humanamente después de aquel camino de años que habían hecho juntos Pedro no podía engañar a Jesús manifestando otra cosa que lo que llevaba en su corazón. Muchas porfías de amor había hecho Pedro por Jesús al que quería seguir hasta dar la vida por El, aunque muchas fueran también sus debilidades como para quedarse dormido en Getsemaní o negar que conociera a Jesús como sucedería en el patio del pontífice. Tres veces le había negado como ya se lo anunciara Jesús.
Ahora se había lanzado al agua cuando Juan le susurrara que el que estaba en la orilla era el Maestro y allí estaba a los pies de Jesús queriendo, por así decirlo, remediar sus errores y debilidades anteriores. Y es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ No había sido una sola vez la que preguntara Jesús sino que se había repetido hasta tres veces el interrogatorio. Ya Pedro no sabia que responder. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.
Pero no nos vamos a quedar en Pedro. ¿Será la pregunta que nos haga Jesús a nosotros también? Estamos finalizando la Pascua y esta pascua que este año ha tenido unas especiales circunstancias. Ha sido básicamente todo el tema de la pandemia con la crisis sanitaria y social que se ha provocado y que a todos nos ha afectado de una forma o de otra.
Pero las circunstancias especiales en que nos hemos visto obligados a vivir con este confinamiento social ha podido tener y ha tenido también sus repercusiones en la expresión religiosa de nuestra vida cristiana cuando nos hemos visto privados de nuestras celebraciones litúrgicas, contentándonos acaso en seguir por radio, televisión u otros medios de las redes sociales dichas celebraciones. Y es cuando nos preguntamos cuál ha sido nuestra reacción y nuestra respuesta, hasta donde ha llegado el nivel de nuestra fe tratando de encontrar otros cauces, otros medios para no perder la intensidad de la vivencia del misterio pascual.
Ha sido quizá como vernos desnudos cuando se ha quitado todo lo externo y esto no ha obligado a ir a lo que tiene que ser siempre el fondo, el meollo de nuestra vida cristiana. Nos podemos vestir de bonitos ropajes externos y con eso pensamos que ya está todo hecho en nuestra vida cristiana, pero cuando nos han quitado esos ropajes, ¿cómo nos hemos quedado? ¿Qué es lo que hemos vivido? ¿Ha sido igual de intensa en nuestro interior la vivencia del misterio pascual que celebramos?
Sí, nos pregunta Jesús, ‘¿me amas?’ El Señor lo sabe, le amamos, sí, pero nuestro amor no siempre es tan intenso; le amamos, pero algunas veces nos quedamos en los ropajes externos y cuando nos los quitan parece que nos quedamos sin nada; le amamos, pero le pedimos que nos haga crecer en el amor. Para eso nos da su Espíritu. Lo vamos a celebrar.

lunes, 14 de octubre de 2019

Nosotros con nuestra vida nueva hemos de ser también el gran signo de la Pascua de Jesús que transforme nuestro mundo



Nosotros con nuestra vida nueva hemos de ser también el gran signo de la Pascua de Jesús que transforme nuestro mundo

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32
Hay personas que cuando nos encontramos con ellas parece que nos dan un toque en el corazón. Simplemente sentir o contemplar su presencia nos transporta a otras alturas, podríamos decir, porque nos transmiten paz con su sencillez y su humildad, sin palabras nos están mostrando la bondad que llevan en su corazón, y su humilde mirada nos eleva por dentro para mirar a otras dimensiones de la vida que nos llenan de trascendencia. Su sola presencia se convierte para nosotros en signos de algo nuevo y distinto de lo que de alguna manera quisiéramos contagiar nuestro espíritu.
Ojalá nos vayamos encontrando así muchas personas en el camino de la vida, pero es que quizá tendríamos que decir que somos nosotros los que tenemos que abrir los ojos, levantar nuestra vida para descubrirlas porque en su silencio pasan a nuestro lado pero nosotros vamos muy interesados en muchas cosas. Como aquel que va caminando absorto en el móvil que lleva en sus manos, no sabe ni por donde camina con el peligro de irse de bruces contra algún peligro, pero tampoco admirando las bellezas que podemos encontrar a nuestro alrededor. Esta imagen que estoy expresando podríamos decir que es un signo de muchas cosas que nos suceden en la vida, de la ceguera con que tantas veces caminamos.
Pero también esto que estamos reflexionando nos podría valer para preguntarnos en qué somos nosotros signos para los demás. Quienes nos ven, escuchan nuestras palabras, contemplan lo que hacemos qué es lo que podrán ver en nosotros que les pueda ayudar; ¿en qué somos nosotros signos para los demás? Creo que es una seria pregunta. No tenemos, es cierto, que ir haciendo alarde por la vida de lo que somos o hacemos, pero sí nuestras vida tendrían que ser signo de algo bueno que pueda estimular a los demás. ¡Cuánto nos ayudaríamos unos a otros y cuanto podríamos hacer así para que nuestro mundo sea mejor!
Como decíamos antes, muchas veces en la vida somos ciegos que no queremos ver. Son otros quizá los intereses que tengamos. Les sucedía a los judíos en tiempos de Jesús. No todos llegaban a descubrir lo que Jesús les quería manifestar, lo que era su vida misma. Por esto continuamente piden signos. Para ellos quizá los signos se quedaban en los milagros que hacia simplemente como un poder taumatúrgico y no llegaban a saber leer lo que Jesús hacía para descubrir hondamente el mensaje de Jesús. Es lo que nos sucede cuando nos quedamos en la materialidad de las cosas, cuando nos falta un verdadero espíritu bien cultivado dentro de nosotros.
Jesús hoy les dice que no les será dado más signo que el signo de Jonás. Aquel profeta enviado de Dios que se resistía a cumplir su misión, que incluso tomó un camino contrario pero con las incidencias de la tormenta en el mar, de ser arrojada por la borda y ser devorado por un cetáceo, aunque pudiera salir vivo de aquella inusitada situación, le hizo volver a la ciudad para predicar la conversión que finalmente el pueblo escuchó para convertirse al Señor.
Es el signo de la muerte y de la vida que va a ser el signo de la pascua, de la muerte y de la resurrección del Señor. Que es el gran signo que nos descubre a Dios y nos llena de su salvación, el gran signo que hemos de ver, contemplar y vivir haciendo nuestra la Pascua de Jesús.
El gran signo pascual que hemos de realizar en nuestra vida sintiendo ese paso de Dios por nosotros que nos hace renacer a una nueva vida. El gran signo que hemos de manifestar cuando convertidos a Dios comenzamos a vivir las señales de una vida nueva. El gran signo que nosotros con esa vida nueva hemos de ser para los demás, que manifestaremos en la bondad de nuestra vida, en nuestro compromiso por el Evangelio y por el Reino, en todo lo bueno que hemos de hacer por los demás y por hacer nuestro mundo mejor.