Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta reavivar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reavivar. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de julio de 2026

Nuevas han de ser nuestras actitudes en la construcción de un mundo nuevo según los valores del Reino de Dios no apagando la mecha humeante de lo bueno de cada persona

 


Nuevas han de ser nuestras actitudes en la construcción de un mundo nuevo según los valores del Reino de Dios no apagando la mecha humeante de lo bueno de cada persona

Miqueas 2, 1-5; Salmo 9; Mateo 12, 14-21

Cuando en la vida encontramos dificultades, parece que todo son problemas, quizás nos sentimos acosados por nuestro entorno o no somos considerados como nosotros desearíamos, todo son trabas a aquello que queremos realizar, variadas son las reacciones que pueden surgir en nuestro interior, o nos enfrentamos y hacemos la guerra a todos los que se ponen en contra nuestra, o tenemos la tentación de tirar la toalla y abandonar porque no merece la pena una vida así llena de luchas o de gente en contra, o aunque nos sintamos débiles y zarandeados continuar con fidelidad nuestro camino silenciosamente quizás para no hacernos notar mucho pero pensando que no nos podemos quebrar o dejar vencer porque a otros no les guste lo que hacemos. Son momentos difíciles, de mucha fortaleza interior, de un convencimiento pleno de la verdad de lo que decimos o de lo bueno que queremos realizar. No es cabezonería sino fidelidad a nosotros mismos.

Hemos venido escuchando en el evangelio cómo ciertos grupos de influencia entre los judíos, como eran los fariseos o los maestros de la ley, aunque en ocasiones veremos en este mismo actuar a los saduceos o incluso a los herodianos, rechazan la misión de Jesús. Hemos escuchado preguntas y repreguntas intentando cogerlo en sus palabras para tener de qué denunciarlo, hemos visto como tratan de desprestigiar la acción de Jesús diciendo a la gente que lo que Jesús hace es por obra de Satanás, ya están tramando incluso darle muerte o quitarlo de en medio. Y nos dice que cuando Jesús se entera de todo eso se fue a otra parte. No entró al juego de lo que ellos pretendían, ni usó de su poder para destruirlos – cuántas veces nosotros pensamos cuando alguien nos hace la guerra o nos lleva la contraria que ojalá viniera un rayo del cielo y los partiera por medio, tendríamos que compararnos con el actuar de Jesús. – sino que se fue a otra parte pero allí no dejó de seguir cumpliendo con su misión. Nos dice el evangelista que las multitudes le seguían, El curaba a muchos, pero no quería que le dieran publicidad para no soliviantar más a sus enemigos. Aun no había llegado su hora, como en otro momento diría.

El evangelista como comentario a este actuar de Jesús. recuerda lo dicho por el profeta. ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no lo apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones’.

No se puede quebrar la caña cascada, no se puede apagar la mecha vacilante. Puede parecer que la luz no termina de iluminar, mantengamos la encendida y ayudemos a que se reavive; esa caña que parece cascada todavía nos puede servir como soporte. Es nuestra debilidad que tenemos que fortalecer, es eso poquito que ahora se nos permite realizar. No importa porque siempre será semilla de algo bueno que puede resurgir.

No es valorado por todos de la misma manera o en todo no quiere ser asumido por los demás, eso poquito bueno que aun puede quedar ahí no lo podemos eliminar, sino que tenemos que quizás partir de eso pequeño para seguir construyendo algo más grande y mejor. Siempre podemos encontrar incluso en aquellos que pueden parecer nuestros enemigos o nuestros adversarios algo bueno y positivo que nos sirva de enlace, que sea punto de apoyo, que podemos transformar para que se convierta también en semilla y signo del Reino de Dios.

En este mundo de descartes, en que nunca parece que sabemos reconocer algo bueno en lo que hacen nuestros adversarios y cuando tenemos la oportunidad vamos destruyendo y haciendo tabla rasa de lo que anteriormente se haya hecho – muchos ejemplos tenemos en la vida social y política que nos rodea -, nosotros no podemos actuar de esa manera, porque Dios en cada corazón siempre siembra algo bueno y tenemos que saber descubrirlo como semilla del Reino de Dios.

¿Serán otras las actitudes que nosotros tengamos en la construcción de este mundo nuevo según los valores del Reino de Dios?

lunes, 22 de julio de 2024

En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

 


En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

¿Cómo reaccionamos o cómo actuamos cuando se nos confía que hemos de trasmitir una noticia a alguien? Seguramente intentaremos buscar las mejores palabras para hacer esa comunicación, sobre todo si son noticias graves o desagradables. Nos vemos en una tesitura de la que querríamos liberarnos, repito, si son noticias no buenas, que pueden producir dolor en alguien o un impacto grande en su vida, y es como si quisiéramos retardar el momento de comunicarla, aunque normalmente las noticias vuelan y siempre encontrarán camino. Cuando las noticias son buenas nos sentimos gozosos de poder trasmitirlas, y nos daremos prisa por llegar allí donde hemos de llevar tales noticias. Y sobre todo cuando es después de que hayamos tenido algún tipo de experiencia que también haya producido gran impacto en nosotros.

María Magdalena tenía una buena noticia que comunicar a los discípulos de parte de Jesús. ‘María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Ella había vivido una experiencia muy grande. Como fiel discípula había estado al pie de la cruz en el momento de la muerte de Jesús, con María y otras mujeres. Con atención había observado donde habían colocado el cuerpo de Jesús en aquel sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado, sin poder realizar los correspondientes ritos funerarios por el inicio del sábado a la caída del sol del viernes. Pasado el sábado, el primer día de la semana había venido con las otras mujeres al sepulcro, pero se habían encontrado la piedra corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús.

Ciega de amor se había quedado a la entrada del sepulcro preguntándose y preguntando a todos quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde estaba, que ella se encargaría de volverlo a traer. Ciega de amor en su dolor había confundido a quien le hablaba con el jardinero, pero solo cuando oyó su nombre en los labios de Jesús se le abrieron los ojos, como en un nuevo milagro, para reconocer la presencia de Jesús resucitado. Y El le había confiado una misión que había de anunciar a los hermanos. Lo que ahora estaba haciendo. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Primera que trae la Buena Noticia de Cristo resucitado, primera misionera y evangelizadora.

Mucho hemos meditado estos pasajes del evangelio que hoy de nuevo se nos proponen porque celebramos su fiesta, Santa María Magdalena. Pero la celebración de su fiesta está lanzándonos unos retos. También tenemos que ser misioneros y evangelizadores. Decimos que tenemos una fe porque también nosotros en nuestra vida hemos tenido la experiencia de la presencia de Jesús en nosotros. A nuestro encuentro nos ha salido el Señor también en medio de nuestras dudas y nuestras luchas, en nuestras angustias o en nuestros sufrimientos, en los interrogantes que muchas veces nos plantea la vida y donde también nos encontramos ciegos y desorientados haciéndonos muchas preguntas que parece que no tienen sentido, pero que sin embargo nos duelen por dentro. ¿Nos estaremos quedando también llorosos o angustiados por tantos sin sentidos de la vida a la puerta de un sepulcro vacío?

Cuántas confusiones se nos arman en nuestro espíritu, en nuestro corazón, en las cosas que hacemos, en las cosas que se nos van planteando y nos quedamos como paralizados y ciegos sin saber qué caminos hemos de tomar. ¿No tendríamos que reavivar de nuevo esas bonitas experiencias de fe que en tantos momentos hemos vivido y que quizás hemos dejado en el olvido con el paso del tiempo? No nos podemos quedar a la puerta de un sepulcro vacío buscando todavía signos de muerte cuando han brillado en nuestro camino tantos signos luminosos de vida. Por eso, digo, tenemos que reavivar nuestra fe, tenemos que traer a la memoria esos buenos momentos vividos, esas experiencias profundas del alma para que se revitalice nuestra fe.

En medio de todo ese ruido de la vida que nos confunde tenemos que saber hacer el silencio que nos permita escuchar esa voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Dejemos que se estremezca de nuevo nuestra alma, y seguro que saldremos corriendo para ir a llevar la noticia, la buena noticia a los demás.

lunes, 3 de julio de 2023

Necesitamos revivir cuantos momentos de luz hemos tenido en nuestro encuentro con Jesús a lo largo de la vida para reavivar nuestra fe con toda intensidad y no quede ni rastro de sombra

 


Necesitamos revivir cuantos momentos de luz hemos tenido en nuestro encuentro con Jesús a lo largo de la vida para reavivar nuestra fe con toda intensidad y no quede ni rastro de sombra

Efesios 2, 19-22; Sal 116; Juan 20, 24-29

No es necesario que nos machaquemos mucho la cabeza para  encontrar en nosotros situaciones que sean eco de lo escuchado en el evangelio o en él tengan eco. Eso de no creernos las cosas por mucho que nos digan que es verdad suele ser bastante habitual. Nos pueden decir que ellos lo vieron, fueron testigos, nosotros queremos palpar, tocar con nuestras manos, hacerlo pasar por nuestra experiencia.

Estamos hoy celebrando la fiesta de Santo Tomás, apóstol. No nos ha de extrañar la situación de Tomás. El como el resto de los discípulos se había quedado impactado por lo sucedido aquellos días; algo que no esperaban y que deja descolocado a cualquiera. Mientras unos se encierran en el cenáculo, por miedo a que a ellos les pudiera pasar algo semejante, pues eran los amigos de Jesús, los que siempre estaban con El, a Tomás se le ocurrió dar una vuelta, como hacemos nosotros tantas veces, para despejar la cabeza, decimos.

Por eso cuando la primera manifestación de Cristo resucitado a los discípulos allí en el Cenáculo, él no estaba con ellos. Nada más entrar por la puerta, como se suele decir, ya estaban contándole lo que había sucedido aquella tarde. ‘Hemos visto al Señor’. Ya no lo podían callar, pero se encontraron con el muro de incredulidad de Tomás. ‘Si no meto mis dedos en las llagas de los clavos, si no meto mi mano en su costado, en la herida de última hora del soldado, no lo creo’. Quería palpar por sí mismo.

Queremos tener nuestras razones, queremos experimentarlo por nosotros mismos. Y no podemos decir que eso sea malo. Está por medio la fe, la confianza, es cierto, pero hemos de hacer vivencia nuestra todo eso. Recogemos el testimonio de quienes han sido testigos, de quienes lo han vivido por sí mismos, pero necesitamos nosotros vivirlo y experimentarlo también. Muchas veces decimos que tenemos fe porque eso es lo que nos enseñaron nuestros padres, porque eso siempre ha sido así, pero quizá en nuestro interior no se ha producido esa experiencia de fe, sentir cómo el Señor a nosotros también se nos manifiesta, sentir esa presencia maravillosa de Dios en nuestra vida, reavivar esas experiencias de fe que hemos tenido a lo largo de la vida, recoger todos esos momentos de luz que muchas veces tan pronto olvidamos, hacer nuestra esa vivencia.

¿No has tenido momentos luminosos, más de uno, en tu vida? Hemos de tenerlo siempre presentes, revivirlos una y otra vez, para volver a sentir lo que en aquel momento sentimos. Habremos tenido momentos en que hemos expresado nuestra fe, aunque no hayan aflorado muchos sentimientos, pero fue algo vivo en nosotros en ese momento, aunque quizás muchas veces se nos queden como en una nebulosa. Hay que reavivarlos de nuevo, para sacarles ahora el jugo que entonces no supimos aprovechar mucho, para que no se queden en un recuerdo lejano, para que formen de verdad parte de la historia de mi vida, a la que de nuevo queremos dar mucha intensidad.

Cuando a los ocho días se presentó Jesús en medio de los discípulos, ahora está ya Tomás entre ellos; al acercarse Jesús a Tomás para mostrarle las manos y el costado con sus llagas y sus heridas para que allí metiera sus dedos, para que allí introdujera su mano, seguro que por la mente de Tomás pasó como una película de su vida reviviendo todas aquellas conversaciones, todos aquellos encuentros, todos aquellos momentos en que había sido testigo de las maravillas del Señor y que ahora parecía querer olvidar. De nuevo se intensificó su fe, surgió el grito de su corazón del que ahora arrancaba todas sus angustias y llenaba de la más inmensa alegría, ‘¡Señor mío y Dios mío!’. No fue necesario más.

¿Será lo que nosotros estamos necesitando?

sábado, 30 de noviembre de 2019

A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?


A partir de un encuentro en Andrés nació la fe para seguir a Jesús y convertirse en su mensajero ¿habremos tenido nosotros un encuentro así con Jesús en nuestra vida?

Romanos 10, 9-18; Sal 18; Mateo 4, 18-22
Hay encuentros que son poco más que tropezarnos con alguien y hay encuentros que dejan huella. Vivimos en mundo de comunicaciones y estamos en contacto quizá con las personas que están al otro lado del mundo porque hoy los medios nos lo permiten, pero no somos capaces de detenernos a hablar en un tú a tú con el que está a nuestro lado, o con quienes tengamos la oportunidad de vernos cara a cara.
Decimos que conocemos mucha gente y tenemos muchos amigos, pero en verdad ¿ese conocimiento nos lleva a algo hondo, a una comunicación más profunda de nuestro yo, a un encuentro vivo con la persona? Enseguida quizá corremos porque queremos irnos a otro lado o no queremos permitir que se nos metan en el yo más profundo que nos guardamos. Y eso nos hace superficiales, nos impide incluso encontrarnos con nosotros mismos, porque ocultando tanto quizá hasta queremos ocultarnos a nosotros mismos.
Cuando hay un encuentro verdadero quedará siempre una huella en nosotros, será algo que ni podremos olvidar ni permitirá quizá que nuestra vida sea igual. Pero de esos no-encuentros tenemos muchos en la vida y seguimos en nuestra loca carrera.
Hoy estamos celebrando a alguien que encontró la importancia de su vida en un encuentro. Había inquietud en su corazón, es cierto, y allá había acudido al Bautista junto al Jordán porque todos hablaban de aquel profeta que predicaba en el desierto, en la orilla del Jordán. Quizá ya las palabras de Juan comenzarán a hacer mella en él y a preparar su corazón, porque eso cuando Juan les señala al que iba pasando ante ellos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, o lo que es lo mismo, señalándolo como el Mesías esperado, Andrés y otro amigo procedente también del mar de Galilea se fueron detrás de aquel a quien Juan había señalado.
‘¿Qué buscáis?’ les había preguntado. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ había sido la respuesta como si hubieran estado más interesados en el lugar de residencia que en la persona. ‘Venid y lo veréis’ Había sido la respuesta y con El se fueron. El compañero anotaría más tarde incluso la hora que era en aquel momento. ‘Eran las cuatro de la tarde’, comentaría. Y se les pasaron las horas, la tarde y la noche, el tiempo con El.
¿Qué sucedería en esos momentos? Solamente podemos decir que se habían encontrado con El, porque a la mañana siguiente – o no importa el tiempo que habría pasado aunque pareciera que fue a la mañana siguiente – cuando Andrés se encontró con su hermano Simón y le anuncia que habían ‘encontrado’ al Mesías. Un encuentro, que no había sido cualquier cosa. Un encuentro en que no importa el tiempo que había pasado en él. Un encuentro que le hace descubrir muchas cosas. Un encuentro por el que se siente cogido. Un encuentro que no podrá callar y por eso con el primero que se da de bruces ya le está contando lo que le ha sucedido. Fue el encuentro con Jesús que marcó sus vidas.
Los otros evangelistas nos contarán que allá en la orilla del lago estaban repasando las redes después de la pesca, o que habían salido a pescar y habían cogido una redada grande donde en la noche anterior no habían cogido nada, pero siempre está ese encuentro. Jesús que pasa junto a ellos y les invita a seguirle; Jesús que les dice que hay que echar de nuevo las redes al agua para pescar y que les dirá luego que van a ser pescadores de hombres.
A partir de entonces ya va a estar siempre con Jesús. Nada lo va a detener; será del grupo de los doce, será de los más cercanos a Jesús, con El subirá también a Jerusalén para la fiesta de la Pascua, en el Cenáculo estará en la noche memorable de la cena pascual, y en el cenáculo se van a encontrar definitivamente con Cristo resucitado. De labios de Jesús antes de la Ascensión escuchará su mandato de ir por el mundo anunciando el Evangelio, la buena nueva que él un día había escuchado y ahora como hizo primero con su hermano, ahora tendrá que hacerlo con todos los hombres anunciando que Jesús es el Señor.
Y todo a partir de un encuentro. ¡Qué importante! Nos decimos nosotros también discípulos de Jesús y en El decimos que tenemos puesta nuestra fe. De una forma o de otra habremos tenido también, con mayor o menos intensidad a lo largo de nuestra vida, un encuentro con Jesús, del que ha brotado nuestra fe en El. Es necesario que revivamos ese encuentro de fe que un día vivimos, es necesario que lo reavivemos para mantener viva esa experiencia y ese recuerdo que hay el peligro que se nos haya quedado un tanto diluido.
Esa frialdad que se nos mete en el espíritu tantas veces puede significar que esa señal está llegando débil a nuestro corazón – como nos sucede con la señal de las redes sociales que nos llega débil y nos debilita la comunicación – y se nos puede estar enfriando nuestra fe y nuestro entusiasmo por Jesús. Tenemos que buscar manera de reavivar nuestra fe, nuestra vivencia de Jesús, ese encuentro profundo con El que cada día hemos de mantener.
¿Necesitaremos una oración más intensa de encuentro vivo con el Señor? ¿Necesitaremos escuchar con una mayor intensidad en nuestro corazón la Palabra de Dios? ¿Necesitaremos encender el fuego de una espiritualidad profunda porque en verdad nos dejemos llenar por el Espíritu?
Esta fiesta del apóstol san Andrés que hoy estamos celebrando puede ser una llamada y una gracia para nosotros. No la echemos en saco roto.

lunes, 26 de enero de 2015

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida

2Timoteo 1, 1-8; Sal 109,1.2.3.4; Marcos 3,22-30
‘Te recuerdo que reavives el don de Dios, que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio…’ Es la recomendación que le hace Pablo a su discípulo Timoteo.
Aunque estas palabras de san Pablo hacen claramente alusión a la imposición de las manos por lo que le confirió a Timoteo a quien hoy estamos celebrando el ministerio de presbítero y pastor de aquella comunidad de Éfeso que le había confiado, sin embargo como cristianos podemos ver también para cada uno de nosotros una alusión a nuestra consagración bautismal. También se nos impusieron las manos en el sacramento de la Confirmación para concedernos el don del Espíritu que consagraba nuestra vida para ser testigos y apóstoles.
Es algo que no podemos olvidar fácilmente. Es más, hemos de saber reavivar ese don del Espíritu Santo en nuestra vida, que nos recuerde y nos impulse a ese testimonio cristiano que estamos llamados a dar. Hay una tentación fácil que podemos sufrir y es el enfriarnos. Ya el Espíritu del Señor nos invita en el Apocalipsis a reavivar aquel amor primero. Ese amor y ese entusiasmo que muchas veces con el paso del tiempo se nos puede enfriar; caemos en la rutina, nos vamos acostumbrando a las cosas, se nos enfría la intensidad de nuestra fe. No lo podemos permitir.
En ese ritmo trepidante de la vida que vivimos nos preocupamos más de lo inmediato, de eso que creemos que tenemos que hacer en este momento y entramos en ese ritmo frenético de la vida y nos llegan los agobios y, es cierto, motivados también por la responsabilidad de lo que tenemos que hacer vamos queriendo resolver las cosas que en cada momento se nos van presentando. Pero es necesario detenerse un poco, para reflexionar, para revisar, para ver cuales eran aquellas motivaciones primeras que teníamos en nuestra vida, y entonces buscar lo que es lo más importante.
Y esto nos sucede en la materialidad de todas las cosas que hacemos, pero nos sucede en nuestra vida espiritual que puede ir entrando en una rutina y puede enfriarse, y podemos olvidar lo que en el fondo tiene que ser el sentido ultimo de todo lo que hacemos. Por eso hemos de saber caldear nuestra fe; tenemos que saber encontrar esos momentos para la reflexión, para la oración, para ese encuentro tranquilo y en paz con el Señor en tú a tú de una oración intensa donde en verdad nos encontremos con Dios y nos llenemos de Dios.
Sí, es lo que tenemos que hacer: Reavivar el don de Dios en nuestra vida para no olvidar nunca lo que es el sentido de nuestra vida