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jueves, 9 de abril de 2026

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

 


Acallemos nuestros miedos que nos llenan de confusión y dejémonos envolver por la fe, solo así podremos sentir la presencia del resucitado y podremos llegar a ser sus testigos

Hechos de los apóstoles 3, 11-26; Salmo 8; Lucas 24, 35-48

¿Estaremos viendo fantasmas? ¿Serán solo ilusiones y sueños lo que nos están motivando en la vida? Algunas veces nos puede parecer esto o también nos encontramos que muchos solo quieren manejar su vida desde esos parámetros, o que los sueños que tenemos de aquello que tanto deseamos parece que se nos convirtieran en realidad y al final nos sentimos tan confundidos que realmente no sabemos donde estamos, lo que queremos o lo que es en realidad la vida.

¿Sería así cómo se sentían confundidos los discípulos de Jesús cuando tanto ansiaban estar con El y ahora se habían roto todas las esperanzas porque había muerto? Alguna vez habían tenido esa sensación en algún momento en que se habían sentido solos como cuando atravesaban el lago con el viento en contra sin poder avanzar pero Jesús no estaba con ellos para liberarles de aquella situación como había hecho en la ocasión de aquella tormenta en que casi se hundían; habían visto venir hacia ellos caminando sobre las aguas y habían pensado y gritado de miedo porque pensaban en un fantasma; Jesús les había dicho que era El para quitarles sus miedos y hacer que volvieran a la realidad y encontraran la paz, aunque alguna había querido comprobarlo por sí mismo pero los miedos no le dejaban dejarse conducir por la fe y terminaba hundiéndose por sus dudas; solo la mano de Jesús le había salvado

¿Andaremos nosotros en una misma confusión y todo lo que decimos y predicamos de la resurrección y de la presencia de Cristo resucitado en medio nuestro será algo fantasmagórico también y fruto de nuestra imaginación o nuestros deseos? Muchos también podrían echarnos en cara cosas así pero para entrar en esta órbita de la pascua necesitamos algo más que sueños irreales o buenos deseos, algo más que unas comprobaciones científicas o de lo que de alguna manera llamamos racionales; sólo desde el ámbito de la fe podemos entrar en esa nueva órbita que nos lleva al reconocimiento de Cristo resucitado en medio nuestro. De lo contrario andaremos en un mundo de muchas confusiones.

Ahora mientras andaban los discípulos confundidos en aquel primer día de la semana con noticias que les llegaban que les parecían contradictorias, mientras los discípulos de Emaús les están haciendo también su relato de cómo había caminado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan, Jesús se presenta en medio de ellos que igualmente no saben si quedarse en el temor o hacer que aparezca la alegría porque Jesús está en medio de ellos. Jesús tendrá también que reconfortarles y hacerles ver que no tienen motivos de alarma porque es El en persona. Podrán ver y palpar sus manos y sus pies con el signo de las heridas, comerá un trozo de pez asado que le ofrecen, pero ellos seguían atónitos y sin terminar de creer.

Y Jesús les explica, y les abre el entendimiento para que comprendieran las Escrituras y lo que estaba anunciado por los profetas de lo que había de sufrir el Siervo de Yahvé. Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’.

Ellos tiene que ser testigos, pero solo podemos ser testigos de aquello que vivimos y experimentamos en nosotros; no podemos ser testigos ni de fantasías ni de imaginaciones, tenemos que ser testigos de una vivencia y de una vivencia profunda de fe que nos haga sentir en medio nuestro, en lo más hondo de nuestro corazón, de esa presencia de Jesús. Es lo que nos transformará nuestra vida, es lo que nos puede convertir en testigos, como nos está diciendo Jesús.

Acallemos nuestros miedos que nos llenan de mayor confusión y dejémonos envolver por la fe; solo así podremos sentir la presencia del resucitado y solo así podremos llegar a ser sus testigos.


sábado, 17 de mayo de 2025

Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

 


Vayamos dando pasos, creciendo en nuestra fe, abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús siempre todo el amor de Dios para contemplar la vida y el mundo con ojos nuevos

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Tenemos tantas veces las cosas delante de nosotros y no terminamos de verlas; algunas veces estamos en casa buscando algo que necesitamos, un papel, por ejemplo, que tiene mucha importancia para nosotros y revolvemos todo y no lo encontramos, aunque algunas veces lo tenemos delante pero nos pensamos que era otra cosa; pero no es cuestión solo de cosas sino de algo que nos afecta en lo más profundo de nosotros mismos porque de ahí depende cómo veamos la vida, pero no terminamos de entender; como se trata de personas, con las que queremos encontrarnos, que deseamos un amigo de verdad y no lo acabamos de encontrar, alguien que ocupe un lugar que nos pueda ayudar en una tarea que queremos emprender y no terminamos de ver la persona que sea capaz porque queremos poner tantos filtros, estamos poniendo tantas condiciones que al final todo nos parece confuso.

Los prejuicios que tengamos, las ideas preconcebidas, los filtros a trabes de los cuales veamos las cosas o las personas, las influencias que podamos recibir en muchas ocasiones interesadas, las turbulencias por las que podamos estar pasando por la vida nos llenan de confusión. Bien sabemos que un mar revuelto y agitado no nos deja ver el fondo y nos perdemos la belleza y hasta riqueza que podemos encontrar en los fondos marinos.

Nos pasa con lo que queremos hacer de nuestra sociedad que como suele decirse el árbol que está en primer término no nos deja ver el bosque; juzgamos y prejuzgamos a la sociedad en la que vivimos desde los prejuicios o ideas preconcebidas que tengamos o desde lo que algunos nos quieran presentar como una pantalla a través de la cual contemplemos el resto del cuadro; por la actitud o la postura de uno ya juzgamos el resto y estableces marcos generales en los que queremos meter a todos. Aunque contemplemos muchas cosas negativas en nuestro entorno o en ciertas personas de nuestro entorno ¿por eso vamos a decir que todos son iguales y que todo es negativo? Son los juicios que muchas veces nos hacemos.

Nos pasa en el camino de nuestra fe, el camino que nos lleve al conocimiento de Dios y a descubrir lo que son los valores del evangelio que hemos de vivir. Muchas veces tampoco terminamos de aclararnos. Y vienen explicaciones por acá por allá, unas veces interesadas, otras desde algún momento que hayamos vivido y que no ha tenido suficiente claridad y no terminamos de dar los pasos necesarios para ir al encuentro de Dios, o están también las rutinas en las que hemos envuelto la vida y nuestra experiencia religiosa que se convierten en un filtro que puede distorsionar la realidad del evangelio.

Los discípulos de Jesús andaban confusos. Habían seguido a Jesús, le habían escuchado y contemplado las obras que El  hacía, pero pesaba en su interior las ideas preconcebidas que tenían, la imagen que se habían hecho de la religión que ahora les costaba transformar desde la Buena Nueva que Jesús les proponía, se sentían confusos con Jesús mismo porque no terminaban de comprender todo lo que Jesús les decía y también les costaba llegar a Dios. No es tarea fácil el camino de conversión que Jesús pedía, donde tanto había que transformar para vestir ese vestido del hombre nuevo que Jesús nos proponía.

Por eso aún ahora andan haciéndose preguntas y preguntándole o pidiéndole a Jesús que les aclare algunas cosas. La referencia de Jesús era siempre el Padre, del que se sentía enviado y que hacía las obras del Padre, porque en fin de cuentas Jesús viene a ser ese rostro de la misericordia de Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le piden. Y es la respuesta de Jesús. ‘¿Tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis?’. Quien ha visto a Jesús ha visto al Padre. Pero quitemos esos filtros que tantas veces nos ponemos, aclaremos esas turbulencias que hay en nuestra vida para que podamos ver con claridad, para que entendamos de verdad lo que son las obras de Jesús.

‘Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre…’ Claramente nos lo dice Jesús. Y es tal la maravilla que poniendo toda nuestra fe podemos hacer nosotros también las obras de Dios. ‘Hará las obras que yo hago’.

Vayamos dando pasos, vayamos creciendo en nuestra fe, vayamos abriéndonos al misterio de Dios, en Jesús contemplemos siempre todo el amor de Dios. Contemplaremos la vida y el mundo de forma distinta, veremos con ojos nuevos también a cuantos están a nuestro lado.

 

sábado, 5 de abril de 2025

Del camino cuaresmal que estamos haciendo tendríamos que salir más fortalecidos, demos pues el paso adelante que se nos está pidiendo en el hoy de nuestro mundo

 


Del camino cuaresmal que estamos haciendo tendríamos que salir más fortalecidos, demos pues el paso adelante que se nos está pidiendo en el hoy de nuestro mundo

Jeremías 11, 18-20; Sal. 7; Juan, 7, 40-53

Cuántas veces andamos de confundidos en la vida. Vemos a alguien y aquella cara nos suena, por nuestra mente pasan como en una película una cantidad grande de situaciones donde podíamos localizar a aquella persona; pensamos en un lugar o en otro, en una situación determinada, pero nos parece que allí no fue, hacemos quizás nuestros comentarios entre los más cercanos a nosotros que quizás andan en la misma confusión pero no damos el paso de acércanos a aquella persona para situarlo mejor, para preguntar porque nos da corte que vaya a decirnos como es que no nos acordamos de él y nos quedamos con nuestras incertidumbres por nuestra indecisión, por nuestra cobardía, porque podrían pensar de nosotros alguna cosa, y no llegamos a saber.

Pero no son solo esas situaciones humanas de nuestras relaciones de unos y otros, que también tienen su importancia porque puede significar un respeto que le debamos a esa persona y a la que en nuestras confusiones al final no tratamos bien; es en cosas más hondas donde andamos en esas confusiones; serán los planteamientos hondos del sentido de la vida, donde andamos de acá para allá, será a la hora de tomar decisiones que puedan ser importantes en nuestras relaciones con los demás; será a la hora de nuestra vivencia de Iglesia en lo que andamos perturbados porque hay cosas que no entendemos, hay cosas que nos dicen, hay influencias que recibimos desde muchos medios que querrán hacernos entrar en la duda y confusión como un camino de apartarnos de esos caminos, será en el camino de nuestra fe donde no terminamos de aclararnos, pero tampoco es que busquemos mucho o acudamos donde podemos encontrar la luz.

Hay muchas cosas que tenemos que ordenar en nuestra vida; llegan momentos en que tenemos que tomar decisiones valientes aunque tengamos que ir a la contra de cómo se camina a nuestro alrededor; tenemos que aclararnos y saber donde estamos, cual es el testimonio que tenemos dar, y buscar la manera de fortalecernos interiormente para afrontar los problemas que nos va presentando la vida.

Hoy escuchamos en el evangelio que alrededor de Jesús hay mucha confusión. confusión sobre su origen y lo que es su misión, confusión porque la gente se ve influida por aquellas corrientes de los que quieren quitarse de en medio a Jesús; unos lo escuchan y se quedan admirados porque como dirán ‘nadie ha hablado con El’, los signos y milagros que realiza llaman la atención, aunque no siempre sabrán leer entre esos renglones de la vida lo que es el actuar de Dios; saben que quieren prenderle e incluso mandan guardias con ese cometido que sin embargo no serán capaces de cumplir las ordenes que les dan, algunos salen a favor de Jesús aunque sea solo de una forma tímida pero sin dar el paso al frente; acaso irán a ver a Jesús de noche, cuando los demás no los vean.

¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también en este mundo tan revuelto de ideas y de cosas que también nos llenan de confusión? Creo que tenemos que tomarnos más en serio nuestra fe y nuestra manera de actuar; el mundo necesita testigos de la verdad y no siempre nosotros sabemos dar ese testimonio. Nuestras rodillas están vacilantes y vamos renqueando demasiado por los caminos de la vida. Tratemos de fortalecernos con el Espíritu del Señor. Es el camino cuaresmal que estamos haciendo del que tendríamos que salir más fortalecidos. ¿Cuándo daremos el paso adelante que se nos está pidiendo en la hora de nuestro mundo?

martes, 18 de febrero de 2025

En el silencio del corazón tenemos que seguir meditando y empapándonos del evangelio de Jesús para sentirnos transformados y comenzar a transformar nuestro mundo

 


En el silencio del corazón tenemos que seguir meditando y empapándonos del evangelio de Jesús para sentirnos transformados y comenzar a transformar nuestro mundo

Génesis 6,5-8; 7, 1-5.10; Salmo 28; Marcos 8,14-21

También algunas veces nos quedamos atascados, sobre todo cuando nos hablan en un sentido figurado y nosotros en nuestra superficialidad nos quedamos en el sentido literal de las palabras; bueno, en ocasiones nos quedamos ahí porque quizás sabemos que lo que nos están diciendo viene con segundas, como solemos decir, y no queremos complicarnos, no queremos vernos aludidos; algunas veces quizás no andamos en la onda, que decimos también, porque vamos en la vida a lo nuestro y no queremos pensar, no queremos ahondar, no queremos complicarnos en la vida, que ya tenemos bastante con los nuestro, solemos decir.

¿Andaban despistados los discípulos? Jesús les hablaba siempre claramente y a los que estaban más cercanos a El, como aquel grupo de los doce que se había formado en su entorno, les hacía consideraciones especiales. Es quizás de lo que ahora quiere hablarles, quiere hacerles comprender, para que tampoco se dejen arrastrar, para que no entren en confusiones como tantos cuando veían las enseñanzas de los fariseos y de los maestros de la Ley; quizás por algunas ambiciones que aun llevaban en sus corazones, no terminaban de dejar de pensar en primeros puestos, o en la manera que tenían de entender lo que era el mesianismo, o porque en algunas ocasiones se sintiesen tentados a aquellos rigorismos que les ofrecían los fariseos, ahora no terminan de entender a Jesús.

Nos sucede tantas veces que andamos confundidos, no estamos satisfechos con muchas cosas en nuestra vida social, en nuestras comunidades, en lo que sucede en nuestros pueblos, en lo que contemplamos también muchas veces en la Iglesia y no sabemos a quien escuchar; o queremos andar a lo de ancha es Castilla, para no complicarnos la vida y dejar correr las cosas, o nos sentimos tentados también por muchas de las cosas que oímos; también surgen corrientes en lo social o en nuestra iglesia con caminos de rigorismo que nos hacen pensar que esa sería la solución de muchos problemas.

Ahora que van atravesando en la barca el lago y cuando se dan cuenta que no han recogido las suficientes provisiones para el recorrido que van a hacer, viene Jesús y les habla de que anden con cuidado con la levadura de los fariseos; ya ellos están entendiendo, no lo que realmente les quiere decir Jesús, sino en la preocupación que ahora tienen de que no han previsto suficiente pan para su recorrido, porque se dan cuenta de que solo llevan un pan.

Jesús se da cuenta que no lo han entendido, les recuerda lo que había sucedido en otra ocasión cuando se encontraron en despoblado con mucha gente y pocos panes, y como se habían solucionado todo. Pero Jesús no va por ahí con sus palabras, El quiere hacerlos pensar en algo más, para que no entren en confusiones y se dejen engañar. Hablar de levadura era en lenguaje figurado, porque así como la levadura es la que va hacer fermentar la masa – ya en alguna ocasiones nos dirá que necesitamos ser levadura en medio del mundo porque hemos de dar buen sabor a nuestro mundo – y ahora Jesús se está refiriendo a la levadura de los fariseos que con sus palabras, sus insinuaciones, sus reglamentos, sus rigorismos querían impregnar a aquella sociedad de algo bien distinto de lo que Jesús nos quería trasmitir como evangelio, como buena noticia de salvación para todos.

Es la levadura de Jesús la que va a hacer fermentar nuestra vida, es la que hará surgir ese hombre nuevo de vida y de gracia, es la levadura de Jesús la que se va a convertir en evangelio para toda la humanidad, en buena noticia de salvación. Dejemos que el evangelio se meta en nuestro corazón y allí vaya produciendo sus frutos, vaya haciendo fermentar nuestra vida para que surja esa vida nueva que transforme nuestro mundo. 

Será así como nosotros llegaremos a ser también con el evangelio de Jesús esa buena levadura para nuestro mundo. Dejemos que esa semilla se siga sembrando en nosotros, poco a poco, dejándola germinar en silencio en nuestro corazón. Todo lo que nos pueda ayudar a rumiar ese alimento de vida que es el evangelio tenemos que aprovecharlo. No podemos escuchar ahora el anuncio del evangelio y al rato olvidarlo porque ya estamos interesados en otras cosas. Ahí en el silencio del corazón tenemos que seguirlo meditando para empaparnos de verdad de ese evangelio de Jesús. Nos sentiremos al final transformados nosotros y comenzaremos de verdad a transformar nuestro mundo.

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

 


Es necesario que sepamos interiorizar para encontrar las verdaderas señales del Reino de Dios y podamos luego llevarlas al mundo que tanto lo necesita

Filemón 7-20; Salmo 145; Lucas 17, 20-25

En la vida muchas veces nos vamos creando expectativas que no siempre son reales; son nuestros sueños o nuestra imaginación, muchas veces, cómo nos gustaría que fueran las cosas o lo que tendría que suceder, pero muchas veces no son realistas. Es bueno soñar, es bueno desear cosas mejores que las que tenemos y muchas veces esos sueños nos hacen caminar, nos hacen esforzarnos, nos hacen buscar; no es tan malo soñar, pero sabiendo diferenciar lo que es un sueño de lo que en verdad podemos conseguir, estamos capacitados para conseguir. Así hacemos camino, así avanzamos, así buscamos nuevas metas que queremos cada vez más altas, así en cierto modo nos vamos programando la vida.

Pero bien sabemos que tenemos que cuidar que no nos confundan; puede haber alguien que quiera aprovecharse de nuestra ilusión  y nos traza planes, pero que no son los nuestros, ni están adaptados a nuestras condiciones, que son las metas que de verdad tenemos en la vida, los principios por los que nos guiamos, y que no podemos dejar que se tergiversen, que se aprovechen de nosotros quizás desde otros intereses que no tienen que ver nada con nuestra vida. Por eso hemos de tener cuidado con las invitaciones o llamadas que nos puedan llegar de aquí o de allá y que no sabemos por qué vienen a nosotros. Otra cosa, claro, es que seamos capaces de dejarnos sorprender por Dios. Es aquí donde tenemos que discernir, sopesar las cosas, descubrir de verdad lo que Dios quiere de nosotros.

¿Sabremos nosotros discernir los signos que Dios va poniendo en nuestro camino de su presencia y de su amor y de la respuesta que nosotros hemos de dar? Atentos tenemos que estar; atentos para no dejarnos ni engañar ni confundir. De eso nos quiere hoy prevenir Jesús en el evangelio.

Por allá andan preguntándole sobre la inminencia de la llegada del Reino de Dios. Tenemos, es cierto, que entenderlos. Se habían creado también unas expectativas de lo que iba a ser y a hacer el Mesías. Confiaban en la inminencia de la llegada del Mesías, pero pensaban más en un Mesías caudillo, en un Mesías guerrero. La situación que vivían como pueblo que se pedía sometido a poderes extranjeros, por una parte, la situación de pobreza en que vivía el pueblo y la desorientación de sus vidas, les hacía soñar también.

Y Jesús había anunciado la llegada del Reino de Dios. Se habían hecho una idea, era el tiempo de la liberación de Israel, de unos tiempos nuevos de libertad, y poco menos que se veían como aquellos antepasados suyos que habían atravesado un desierto para llegar a una tierra prometida. ¿Serían ahora los tiempos de una nueva tierra prometida?

Jesús les hablaba y se los decía claramente que el Reino de Dios no era como los reinos de este mundo. Cuando incluso los apóstoles soñaban con poderes en ese Reino de Dios, Jesús les decía que entre ellos no podía ser como en los reyes del mundo. Otro era el sentido, otra era la manera de servir a ese nuevo pueblo de Dios. Pero les costaba entender, incluso a los discípulos más cercanos y que estaban siempre con Jesús, que seguían buscando puestos a la derecha y a la izquierda.

Por eso les dice que tengan cuidado con los tiempos de confusión que pueden venir, de si tienen que buscarlo aquí o allá. Jesús les están diciendo que se miren al interior, que el Reino de Dios tenemos que sentirlo en el interior de nosotros mismos. Había pedido conversión, cambio profundo desde el interior con nuevas actitudes, con nuevas manera de ser y de vivir, con nuevas manera de actuar. Y les costaba entender. Como nos sigue costando a nosotros hoy que también nos hacemos algunas veces una iglesia a la manera de los reinos de este mundo. Y a la gente le cuesta entender.

Es necesario que vayamos a lo más hondo de nosotros, que sepamos interiorizar, que sepamos buscar en el corazón esas señales del Reino de Dios que luego tendremos que manifestar en lo que hacemos, en nuestro trabajo o en el compromiso con los demás. No se trata solamente de hacer cosas como no se trata de contentarnos con celebraciones bonitas.

Tenemos que abrir nuestro interior a Dios y entonces lo encontraremos y lo podremos llevar también a los demás. Seremos en verdad misioneros que llevemos el mensaje del evangelio al mundo que nos rodea cuando en lo más hondo de nosotros mismos nos hayamos encontrado con Dios y desde nuestro interior saboreemos el verdadero sentido del Reino de Dios. Sin esa vivencia interior y profunda nada seremos ni nada podremos ofrecer con sentido al mundo que esta necesitando de esa luz.

lunes, 22 de julio de 2024

En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

 


En medio del torbellino de la vida que nos deja confundidos sepamos escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre y nos envía a dar una buena noticia

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

¿Cómo reaccionamos o cómo actuamos cuando se nos confía que hemos de trasmitir una noticia a alguien? Seguramente intentaremos buscar las mejores palabras para hacer esa comunicación, sobre todo si son noticias graves o desagradables. Nos vemos en una tesitura de la que querríamos liberarnos, repito, si son noticias no buenas, que pueden producir dolor en alguien o un impacto grande en su vida, y es como si quisiéramos retardar el momento de comunicarla, aunque normalmente las noticias vuelan y siempre encontrarán camino. Cuando las noticias son buenas nos sentimos gozosos de poder trasmitirlas, y nos daremos prisa por llegar allí donde hemos de llevar tales noticias. Y sobre todo cuando es después de que hayamos tenido algún tipo de experiencia que también haya producido gran impacto en nosotros.

María Magdalena tenía una buena noticia que comunicar a los discípulos de parte de Jesús. ‘María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’. Ella había vivido una experiencia muy grande. Como fiel discípula había estado al pie de la cruz en el momento de la muerte de Jesús, con María y otras mujeres. Con atención había observado donde habían colocado el cuerpo de Jesús en aquel sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado, sin poder realizar los correspondientes ritos funerarios por el inicio del sábado a la caída del sol del viernes. Pasado el sábado, el primer día de la semana había venido con las otras mujeres al sepulcro, pero se habían encontrado la piedra corrida y allí no estaba el cuerpo de Jesús.

Ciega de amor se había quedado a la entrada del sepulcro preguntándose y preguntando a todos quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde estaba, que ella se encargaría de volverlo a traer. Ciega de amor en su dolor había confundido a quien le hablaba con el jardinero, pero solo cuando oyó su nombre en los labios de Jesús se le abrieron los ojos, como en un nuevo milagro, para reconocer la presencia de Jesús resucitado. Y El le había confiado una misión que había de anunciar a los hermanos. Lo que ahora estaba haciendo. ‘He visto al Señor y ha dicho esto’. Primera que trae la Buena Noticia de Cristo resucitado, primera misionera y evangelizadora.

Mucho hemos meditado estos pasajes del evangelio que hoy de nuevo se nos proponen porque celebramos su fiesta, Santa María Magdalena. Pero la celebración de su fiesta está lanzándonos unos retos. También tenemos que ser misioneros y evangelizadores. Decimos que tenemos una fe porque también nosotros en nuestra vida hemos tenido la experiencia de la presencia de Jesús en nosotros. A nuestro encuentro nos ha salido el Señor también en medio de nuestras dudas y nuestras luchas, en nuestras angustias o en nuestros sufrimientos, en los interrogantes que muchas veces nos plantea la vida y donde también nos encontramos ciegos y desorientados haciéndonos muchas preguntas que parece que no tienen sentido, pero que sin embargo nos duelen por dentro. ¿Nos estaremos quedando también llorosos o angustiados por tantos sin sentidos de la vida a la puerta de un sepulcro vacío?

Cuántas confusiones se nos arman en nuestro espíritu, en nuestro corazón, en las cosas que hacemos, en las cosas que se nos van planteando y nos quedamos como paralizados y ciegos sin saber qué caminos hemos de tomar. ¿No tendríamos que reavivar de nuevo esas bonitas experiencias de fe que en tantos momentos hemos vivido y que quizás hemos dejado en el olvido con el paso del tiempo? No nos podemos quedar a la puerta de un sepulcro vacío buscando todavía signos de muerte cuando han brillado en nuestro camino tantos signos luminosos de vida. Por eso, digo, tenemos que reavivar nuestra fe, tenemos que traer a la memoria esos buenos momentos vividos, esas experiencias profundas del alma para que se revitalice nuestra fe.

En medio de todo ese ruido de la vida que nos confunde tenemos que saber hacer el silencio que nos permita escuchar esa voz de Dios que nos llama por nuestro nombre. Dejemos que se estremezca de nuevo nuestra alma, y seguro que saldremos corriendo para ir a llevar la noticia, la buena noticia a los demás.

martes, 2 de enero de 2024

Despertemos y abramos nuestros ojos para encontrarnos con Jesús en esos misterios de fe, que son los que nos rodean, y en los que El quiere que le encontremos

 


Despertemos y abramos nuestros ojos para encontrarnos con Jesús en esos misterios de fe, que son los que nos rodean, y en los que El quiere que le encontremos

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28

Quizás ha vivido siempre a nuestro lado y nos preguntan por él y no lo conocemos. Hay personas que saben pasar desapercibidas, una vida silenciosa quizás, metida solo en sus asuntos, sus problemas, sus cosas, viven como semiocultas; pero  no siempre es porque la persona viva así o provoque ese desconocimiento, sino que algunas veces no sabemos mirar, no sabemos fijarnos, también vamos a lo nuestro y a nuestros intereses; a nuestro lado está y quizás pueden ir apareciendo algunos de sus valores, pero nosotros ni enterarnos.

Vivimos aislados, ponemos barreras imperceptibles quizás pero barreras al fin y al cabo, con nuestros intereses o nuestras preocupaciones vamos a lo nuestro y no mostramos mayor intereses por los demás. Y luego decimos que no conocemos. Nos falta algo, porque tampoco es cuestión solo de saber el nombre, la familia de donde proviene o algunas cosas que hace esa persona. Y cuando nos la hacen destacar nos sorprendemos, o quizás aun seguimos ignorándola porque nos parece que no es de los nuestros.

Y Jesús era de Galilea, allí había pasado la mayor parte de su vida, ahora comenzaba a dar los primeros pasos y también se había acercado al Jordán con todos aquellos que querían escuchar al profeta surgido allá en el desierto. Pero Jesús pasaba desapercibido y solo venían ahora preguntar a Juan si él era el Mesías, o acaso un profeta; perro él lo niega, en su humildad tampoco busca verse sobresaltado y se consideraba indigno. Pero seguía haciendo el anuncio. En medio de ellos estaba y no lo habían reconocido. La insistencia en la humildad de Juan persistía, la presencia de Jesús podía comenzar a hacerse notar, más tarde en otra ocasión – yo lo escucharemos también – mandaría a preguntar a Jesús si era El o habían de esperar a otro.

Ahora lo que persistían eras las preguntas que hacían aquellos enviados desde Jerusalén. En su humildad Juan dirá que es Grande y que él no se considera digno ni siquiera de desatar su sandalia. Por algo dirá más tarde Jesús que habían salido al desierto a buscar a un profeta y a alguien que era más que un profeta. Pero aquellos que incluso escuchan luego las palabras de Jesús no terminarían de entender la misión de Juan, aunque él lo tenía bien claro. Como nos cuesta a nosotros reconocer tantas veces.

Y nos cuesta reconocer porque muchas veces hemos rodeado la imagen de Jesús de tantas cosas que nos costará reconocerle allí donde El de verdad quiere hacerse presente. Los destellos de los oropeles nos encandilan y nos dejan como ciegos y cuando nos encontramos con Jesús que no tiene esos destellos, porque se nos puede manifestar en los más pobres, se nos manifiesta incluso en aquellos que tienen un corazón rebelde, en aquellos que están alejados y nos pueden parece unos pordosieros por sus apariencias, pero de muchas maneras puede estar llegando a nuestra vida y andamos cegatos.

En medio de nosotros está y no le reconocemos, como les dice Juan a sus contemporáneos que nos dicen también hoy a los hombres y mujeres del siglo XXI. Y no es que nosotros no nos atrevamos a desatar sus sandalias, sino que es que negamos  el admitir esas sandalias. Más tarde nos dirá que Jesús que está en el hambriento y en el sediento, que está en el marginado o en aquellos que hemos puesto detrás de rejas o de barreras, que está en el que vive en la soledad y nadie quiere perder tiempo con él, en el que está a la orilla del camino pero nadie quiere escuchar sus gritos de auxilio o proferimos nosotros mirar para otro lado para no enterarnos, o está en el que viven aun atado a sus muletas o sus camillas pero de quien nadie se preocupa… ¿Seremos capaces de reconocerle?

Con nosotros está y no le reconocemos. ¿Cuándo despertaremos y abriremos nuestros ojos para encontrarnos con El en esos misterios de fe, que son los que nos rodean, y en los que El quiere que le encontremos?

jueves, 16 de noviembre de 2023

Hagamos patente con nuestra vida el ideal del Reino de Dios envolviéndonos del amor y de la paz para sentir que está en medio de nosotros

 




Hagamos patente con nuestra vida el ideal del Reino de Dios envolviéndonos del amor y de la paz para sentir que está en medio de nosotros

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Algunas veces las palabras nos confunden; sobre todo según lo que tengamos en la cabeza, la manera de enfocar las cosas, las interpretaciones que nos hagamos, los conceptos que podamos tener o las ideas preconcebidas. Hay palabras ambiguas, que pueden tener distintos significados según donde las empleemos o con quienes las usemos; la literalidad de una palabra en su interpretación nos puede confundir cuando según la empleemos en un ámbito o en otro.

Esto nos vale también para la interpretación de lo que escuchamos en el evangelio, como les sucedía a los propios judíos al escuchar los anuncios de los profetas, o lo que Jesús ahora les decía. Pensemos, por ejemplo, en la expresión el Reino de Dios. La palabra reino en el concepto normal de la gente habla de una monarquía, de un territorio sometido a esa monarquía o de una forma de gobernar. El pueblo judío en largos periodos de su historia así estaban configurados, habían tenido sus reyes. Ahora Vivian sometidos al imperio romano, y aunque quedaba la figura del rey Herodes, quien en verdad tenían el dominio sobre el territorio eran los romanos.

Escuchar ahora hablar del Reino de Dios, un concepto que los profetas de alguna manera habían unido a la misión del Mesías, para los judíos significaba la restauración de aquel antiguo reino de Israel con la liberación del dominio de los romanos. Pero ¿era eso de lo que Jesús les estaba hablando cuando les anunciaba el Reino de Dios? Ahí estaba por medio la idea preconcebida de lo que era la misión del Mesías y ahora está esta pregunta que le hacen a Jesús. ‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’

La respuesta de Jesús es contundente, aunque no terminan de entenderlo. No penséis, viene a decirle, que el reino de Dios va a venir de una forma aparatosa, algo así como una conquista o una victoria tras una guerra. No van a haber esas guerras ni esas batallas, viene a decirles Jesús. Es otra la forma de vivir el Reino de Dios. Y les dice, ‘mirad, el Reino de Dios no está aquí o está allí, está en medio de vosotros’.

El reino de Dios no es algo exterior, aunque también muchas veces incluso nosotros los cristianos nos hemos envuelto en ostentaciones de poder a la manera de los reinos de este mundo. También nosotros nos hemos confundido muchas veces y hemos querido hacer ver muchas veces la presencia de la Iglesia en medio del mundo como una ostentación de poder. De cuantas cosas tenemos que despojarnos para darle sentido en nuestras vidas al reino de Dios que decimos que queremos vivir. No confundamos las palabras y los conceptos.

El reino de Dios tenemos que sentirlo dentro de nosotros, tenemos que construirlo dentro de nosotros, cuando en verdad lleguemos a reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida, lo único que nos da sentido y valor y quien en verdad nos va a poner en nuevos caminos, en nuevas actitudes, en nueva manera de hacer las cosas.

Es eso que decimos tantas veces que son los valores del Reino; los valores no son signos ni señales de poder ni de ostentación; es ese nuevo sentido que le damos a la vida cuando todo lo envolvemos en el amor, y entonces seremos justos los unos con los otros, entonces no nos dejaremos envolver por la violencia, entonces habrá rectitud en nuestras vida y autenticidad y sinceridad, entonces siempre nos dejaremos guiar por las buenas intenciones y deseos, entonces ya nadie hará daño a nadie porque nos queremos como hermanos y nos queremos, y nos ayudamos, y somos capaces de caminar juntos y de construir juntos poniendo cada uno lo mejor de si mismo sin desconfianzas ni recelos.

Y eso lo tenemos que vivir desde lo más hondo de nosotros mismos; y entonces el Reino no será nunca dominio de unos sobre los otros; y entonces sentiremos la más hermosa paz en nuestros corazones que se manifestará en la armonía y fraternidad que vivamos con los demás. Puede parecer idílico, pero es en verdad el ideal que hemos de poner en nuestras vidas, es la manera como estamos haciendo presente el Reino de Dios.

martes, 5 de abril de 2022

Está ya cercana la Pascua, busquemos de verdad al que va a ser levantado en lo alto donde encontramos la Salvación

 


Está ya cercana la Pascua, busquemos de verdad al que va a ser levantado en lo alto donde encontramos la Salvación

Números 21, 4-9; Sal 101; Juan 8, 21-30

Hay ocasiones en que parece que no terminamos de ponernos de acuerdo entre lo que buscamos y aquello que realmente se nos puede ofrecer; equivocamos el camino, equivocamos la búsqueda, entramos en confusiones desde nuestros particulares intereses, o desde la influencias que recibimos de nuestro entorno, entre lo que son nuestras expectativas desde nuestros particulares intereses o manera de ver las cosas y lo que realmente nos vamos a encontrar.

Así andaban los judíos con Jesús; tenían su particular visión de lo que había de ser el Mesías que tanto ansiaban y esperaban, y lo que realmente estaba anunciado por la Escritura. Lo vemos incluso entre los discípulos más cercanos a Jesús que andan con sus intereses, que se pelean en sus discusiones por quien había de ser el más importante en ese reino nuevo instaurado por el Mesías, que en sus ambiciones se valen de sus propios familiares a ver si pueden conseguir un lugar importante en ese Reino que veían como tan inminente desde las propias palabras de Jesús, que aun andaban cuantificando cuanto habían puesto de su parte y cuál iba a ser la recompensa en ese Reino nuevo. No terminaban de entender lo que era el Reino de Dios anunciado por Jesús, y desde sus expectativas y la imagen que se habían creado en sus cabezas, así andaban ahora con sus ambiciones.

Si así les pasaba a los discípulos más cercanos que escuchaban directamente las enseñanzas de Jesús y sus especiales explicaciones para ellos, qué no iba a suceder en la gran masa de los judíos que además se veía manipulada por sus dirigentes. De ahí, esas discusiones que escuchamos de Jesús con los judíos ahora que ha subido a Jerusalén para la ya cercana pascua.

Jesús les dice claramente que andan en una confusión, que no acaban de entender, ellos se preguntan y le preguntan ‘entonces ¿Quién eres tú?’ Y Jesús ahora, sin que casi se lo pidan aunque ya habría otros momentos en que con insistencia pedían una señal para creer en El, les ofrece una señal, aunque no terminan de entender. ‘Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada’.

Una referencia a lo sucedido en el camino del desierto cuando fueron mordidos por las serpientes y muchos morían. Entonces también las mentes habían estado muy cerradas para no ser capaces de ver la mano de Dios que les iba conduciendo por el desierto. Como una prueba aquella invasión de serpientes en medio del campamento les hizo recapacitar para volverse de nuevo a Dios. Y Moisés les ofrece la señal de la serpiente de bronce levantada en medio del campamento, Les recordaba su pecado pero les había mirar lo que era la misericordia de Dios que les liberaba de tantos males mientras los conducía hacia la tierra prometida aunque la travesía del desierto fuera demasiado dura.

Ahora Jesús les habla del que va a ser levantado en lo alto, como aquella serpiente de bronce un día se levantara en medio del campamento; entonces le reconocerían, entonces podrían comenzar a pensar en Jesús de otra manera. Aunque no todos lo vieran y reconocieran, pero así fue levantado en alto el Hijo del Hombre, que sería la gran señal, la más hermosa prueba de lo que era el amor de Dios por nosotros que no paró hasta entregarnos a su propio Hijo.

Nosotros en estos días que se acercan vamos a levantar muchas veces nuestros ojos al Crucificado; muchas imágenes de Cristo en la cruz van a pasar delante de nuestros ojos y vamos a contemplar. Pero ¿qué es lo que vamos a contemplar? No es una pregunta baladí la que me estoy haciendo. Contemplaremos imágenes que nos moverán a nuestro fervor; contemplaremos imágenes ante las que nos quedaremos impresionados por su realismo o por su belleza; contemplaremos imágenes y nos podemos quedar en bellos crucificados, imágenes artísticas que nos hacen quedarnos en su arte o quizá en sus adornos… ¿Qué es lo que vamos a contemplar? ¿A quien vamos a contemplar?

Necesitamos una seria reflexión en este camino cuaresmal de preparación. Tenemos que aunar de verdad lo que buscamos y queremos contemplar con lo que Dios nos ofrece en el Jesús del evangelio.

lunes, 17 de enero de 2022

No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

 


No sigamos con los remiendos de siempre sino convenzámonos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos para ser en verdad esa Iglesia madre de misericordia

1Samuel 15, 16-23; Salmo 49: Marcos 2, 18-22

Aquí vamos hoy de remiendos y de arreglos. Bueno, a los que ya somos mayores nos suena bien eso, porque en la escasez que vivíamos antes era normal que nuestras madres si había un roto en cualquier prenda de vestir hicieran sus apaños, sus arreglos, sus remiendos, porque por dignidad aunque fuéramos pobres no nos podíamos permitir llevar un roto en un pantalón, por ejemplo: claro que bien distinto a las modas de hoy, de las que no vamos a hablar, donde se compra la ropa hasta con esos rotos, pero por moda. Pero ya procuraban las costureras o nuestras madres que si ponían en el remiendo un trozo de tela que fuera nuevo, previamente se mojaba para evitar los tirones que la pieza luego pudiera dar causando un roto mayor.

Pero hoy nos viene a decir Jesús que de remiendos, nada; que no podemos seguir andando con el traje viejo, porque ahora ya somos hombres nuevos; que no podemos ir por su camino simplemente haciéndonos apaños, sino que tenemos que darnos cuenta que es algo nuevo lo que El nos anuncia y el camino que hemos de recorrer; y nos habla también de los odres que se utilizaban para el vino, no podemos seguir usando los viejos que ya están ajados y fácilmente no podrán soportar la presión de un vino nuevo y el final se va a perder lo viejo y lo nuevo.

Todo arranca del estilo nuevo, el tono nuevo que Jesús le va dando a la vida de sus discípulos. Vienen algunos quejándose que sus discípulos no ayunan como lo hacen los discípulos de los fariseos, o como lo hacían también los discípulos de Juan el Bautista. Había que seguir con las viejas costumbres, pero no unas viejas costumbres que se ciñeran a lo que era en verdad la ley del Señor, sino de todos aquellos añadidos que se habían ido introduciendo que al final casi se convertían en un tormento para quien quisiera ser fiel a todos esos nuevos protocolos que se habían añadido.

Pero por otra parte, viene a decirles Jesús, cómo van a ayunar los amigos del novio si están participando de su banquete de bodas, sería algo inconcebible. Los que querían seguir a Jesús estaban ya participando del banquete de bodas del Reino, no cabía la tristeza ni los agobios, sino que todo había de vivirse en un sentido de paz que venía a inundar los corazones. Había llegado el tiempo de la amnistía, el tiempo de la gracia y del perdón, como seguir viviendo con pesares en el corazón cuando se podía vivir en la alegría de la vida nueva al sentirse ya para siempre perdonados.

Pero cuidado que nos pongamos cómodamente a juzgar y hasta condenar a aquellos de los tiempos de Jesús que venían con esos planteamientos inamovibles y de rigidez, y vayamos nosotros a estar cayendo en semejantes planteamientos. Primero, porque eso de los remiendos seguimos muchas veces planteándonoslo. Pensemos, por ejemplo, cuales son los buenos propósitos que nos hacemos tantas veces cuando hemos descubierto que nuestra vida cristiana tiene que tener otras andaduras; vamos a ver que es lo que corregimos por aquí, vamos a ver qué es lo que podemos mantener, porque tampoco son prácticas tan malas lo que estábamos haciendo, y así nos hacemos nuestros arreglitos, con lo que al final seguimos haciendo lo mismo.

Pensemos cuantos nos cuesta una renovación total de esas estructuras que nos hemos ido creando en nuestra vida eclesial, con lo que muchas veces la gente nos confunde con un partido político más, con una organización no gubernamental, como ahora las llaman, que se dedica a hacer cosas buenas llenas de mucho altruismo y algo de solidaridad.

¿Estaremos dando la verdadera imagen de lo que tenemos que ser los que en verdad queremos seguir el camino del Evangelio? ¿O estaremos prestándonos a una cierta confusión? Algunas veces hasta las normas que nos damos se parecen más a las exigencias que se nos puedan hacer desde los estamentos de la vida social o política, que lo que tendría que ser una Iglesia verdadera madre de misericordia para con todos. No todos sienten y experimentan en si mismos esa Iglesia madre de misericordia, por muchos años y jubileos de misericordia que se quieran proclamar.

Hablamos de renovación, de ser en verdad ese hombre nuevo del evangelio, y seguimos adornándonos con los mismos oropeles de siempre, seguimos en las mismas vanidades porque decimos que son cosas de la tradición de la Iglesia de lo que no nos podemos despojar. De cuantas cosas tendríamos que desprendernos en nuestra vida personal, de cuantas cosas llenas de apariencia y vanidad que siguen apareciendo en la vida de la Iglesia. Y mira que nos pueden llamar hasta herejes cuando nos empeñamos en esa renovación total y profunda que tendríamos que hacer para vivir de verdad el espíritu del Evangelio.

¿Seguiremos con los remiendos de siempre o nos convenceremos de que a vino nuevo necesitamos odres nuevos?

domingo, 24 de octubre de 2021

Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

 


Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Parece una escena muy estática el comienzo de la narración que nos hace hoy el evangelista Marcos. A la salida de la ciudad un ciego al borde del camino pidiendo limosna – era un lugar de paso muy apropiado – y un grupo de peregrinos que se dirige a Jerusalén. Era el camino normal para los peregrinos que venían de Galilea bajando el valle del Jordán para no tener que cruzar por Samaria y desde Jericó iniciaban la subida hasta Jerusalén. Algo que podría pasar sin mayores incidencias.

Pero allí había oídos atentos, aunque hubiera otros que quisieran hacerse sordos. Y aunque no ve, Bartimeo escucha. Qué importante es tener los oídos atentos para escuchar donde podría parecer que todo se confundía. Habría otros quizá que también quisieran hacerse los ciegos y pasar de largo como tantas veces sucede. Aquel grupo no era un grupo cualquiera porque allí iba Jesús con sus discípulos y acompañantes. Y Bartimeo lo escucha y comienza a gritar.

Ya en esa pequeña descripción que estamos haciendo se están manifestando muchos signos. El ciego que está al borde del camino, los oídos atentos para percibir la más mínima señal de lo que quizás otros no son capaces de escuchar, la confusión y la ceguera de los que quieren pasar de largo. Nos daría para muchas consideraciones. Vamos por el camino de la vida muy ensimismados en nuestras cosas o en nuestros intereses y ni vemos ni escuchamos, no somos capaces de percibir algunas veces ni el dolor de los que están a la vera del camino de la vida, a cuantos vamos marginando en nuestro caminar porque no son de los nuestros o porque son incapaces de seguir nuestro ritmo. ¿Qué será realmente lo importante en ese camino que vamos haciendo, simplemente el llegar porque es de nuestro interés o estar atentos para escuchar o para percibir lo que hay o sucede a nuestro lado?

Por eso aquellos que caminaban al lado de Jesús – quizás incluso intentando escuchar las palabras de Jesús – recriminan al ciego para que se calle porque sus gritos son una molestia. ¿No dejan oír o simplemente pueden interpelarles su conciencia? Pero Jesús si ha escuchado – y volvemos con la escucha – los gritos de aquel ciego que está a la orilla del camino. Y lo llama, les pide a los que le acompañan que se lo traigan. Ahora sí que le dicen ‘mira que te llama’ y le abren camino para que llegue hasta Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre el ciego y Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Aquel hombre está pidiendo una limosna al borde del camino porque la vida del ciego era de una pobreza y miseria extrema. Pero ahora no es una limosna lo que pide. ‘Señor, que pueda ver’. Y Jesús le dice ‘anda, tu fe te ha salvado’, y recobró la vista.

Aquel hombre estaba ciego pero su fe no se había apagado. Y fue su salvación. La sensibilidad de su alma se había mantenido firme y eso le hacia tener quizás oídos más atentos para darse cuenta del paso salvador que estaba acaeciendo a su lado.

¿Se nos apagará la fe cuando los problemas nos envuelven, cuando la necesidad nos aprieta, cuando nos vemos quizás tirados al borde del camino? Aunque vayamos aparentemente caminando con normalidad por los caminos de la vida ¿se nos habrá apagado quizás nuestra fe porque ya teníamos nuestras seguridades y nuestros apoyos en nuestras posibilidades o en lo que de normal íbamos haciendo?

Acomodados en nuestra vida y en nuestros caminos que vamos haciendo de un lado para otro ¿se nos habrán ido cerrando los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, para no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que puedan suceder en nuestro entorno o puedan suceder a los demás y ya no queremos ver ni queremos oír?

¿Nos habremos ido cansando de lo dura que es la vida y de forma egoísta nos centramos solo en nuestras cosas queriendo desentendernos de los demás porque ya tenemos bastante con lo nuestro? Nos vamos encerrando de tal manera y perdiendo la sensibilidad que ya no somos capaces de escuchar el paso salvador de Dios a nuestro lado.

Pero fijémonos en un detalle último. Jesús a aquel ciego, al que han tenido que ayudar para que pudiera llegar a los pies de Jesús, ahora lo pone en camino. ‘Anda, le dice, tu fe te ha salvado’. Y el ciego se puso en camino, pero para seguir a Jesús en el camino de subida a Jerusalén que tanto iba a significar. Ahora ya él no era como aquellos que simplemente iban al lado de Jesús, sino que se puso a seguir el camino de Jesús. ‘Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’.

¿Será ésa nuestra reacción tras el encuentro con Jesús que hemos tenido con este evangelio?


viernes, 8 de octubre de 2021

Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

 


Jesús invita a que se mantengan firmes en su fe los que se van viendo liberados de las viejas ataduras porque puede aparecer la nueva cizaña de la confusión y el desaliento

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Parece que ya casi nos hemos acostumbrado. Lo vemos en cualquier trasmisión de noticias, en las discusiones por llamarlas de alguna manera que se montan en las redes sociales, en las luchas en la vida diaria entre unos y otros, cómo en cualquier discusión o intercambio de opiniones sobre las más diversas cosas cuando no tenemos razones o argumentos lo más fácil es entrar en el campo de las descalificaciones queriendo desprestigiar al adversario echando toda clase de porquería sobre ellos; si ante los ojos de la sociedad logramos desprestigiar a alguien aunque sea con falsedades la gente dejará de creer en esa persona y anularemos cualquier tipo de influencia que pudiera tener en la sociedad.

Algunas veces, tanto nos han insensibilizado, que nos parece hasta normal que esas cosas sucedan así y perdemos nuestra capacidad de juicio personal dejándonos llevar simplemente por ‘lo que dicen’ de la otra persona sin ningún tipo de comprobación de su certeza. Echa basura que algo queda, es un dicho que se suele repetir más o menos en ese sentido. ¿Hasta dónde llega la ética de las personas? ¿Qué mundo nos estamos creando cuando vemos tan normal que sucedan cosas así?

Nunca somos capaces de aceptar lo bueno que puedan hacer los demás; todo lo que hagan aquellos que ‘no son de los nuestros’ no puede ser bueno y cuando yo llegue a tener algún tipo de poder lo destruiré aunque no sea capaz de construir algo mejor. Lo estamos viendo en la sociedad todos los días y en todos los ámbitos. Así anda nuestra vida política donde nunca somos capaces de entendernos y tratar de acercar opiniones o planteamientos para hacer algo bueno y duradero, lo vemos en otros ámbitos de la vida social, del mundo de los deportes, o hasta en nuestras asociaciones de vecinos donde pronto aparece el partidismo y más que las ganas de hacer algo positivo, están los deseos de destruir lo que otros han hecho. Algunas veces viendo todo esto se siente uno desalentado.

Me surge toda esta reflexión sobre las andaduras de nuestra vida social actual desde lo que también contemplamos en el evangelio que sucedía en tiempo de Jesús. También el desprestigio era la regla de juego. Había quienes no podían aceptar a Jesús porque la transformación que Jesús quería realizar desde lo más hondo de los corazones de los hombres, quizá pudiera poner en peligro sus posicionamientos y grados en la escala de la vida social de su época. Allá estaban en contra los fariseos y los saduceos, que eran algo así como los dos principales partidos de la sociedad judía; igualmente los sumos sacerdotes y los escribas que pertenecerían a alguno de estos u otros grupos también hacían oposición a Jesús.

Había cosas que estaban muy claras y que eran los signos, los milagros que Jesús realizaba. La gente veía renacer sus esperanzas en las palabras de Jesús pero también con los signos que realizaba que eran señales de esa vida nueva que Jesús nos venía proponiendo al hablarnos del Reino de Dios. No podían negar las evidencias, pero sí podían sembrar dudas en los corazones de la gente sencilla. Por eso, como hoy contemplamos, al final quieren atribuir el poder de Jesús al poder del príncipe de los demonios. Sembraban dudas y sembraban desprestigio para que la gente no siguiera a Jesús.

Jesús invita a los que le siguen y se van viendo liberados de muchas ataduras en la vida nueva que El les ofrecía, para que se mantengan firmes en su fe; para que no se confíen en que ya se sienten liberados y nada les puede pasar. Puede venir de nuevo el enemigo y sembrar la cizaña en medio de la buena semilla para crear confusión, como es lo que están queriendo hacer con las críticas que se hacen a Jesús. La maldad y la malicia del que busca el mal pueden hacer surgir nuevas formas que nos tienten y nos envuelvan con su mal.

Es en lo que nosotros hemos de estar prevenidos y sentirnos fuertes para no volver a caeré en la tentación del maligno que nos acecha para llevarnos por caminos de maldad y de pecado. Es también ese mundo de confusión que nos envuelve, como hemos venido reflexionando, que nos hace perder la fe y la esperanza, que nos desalienta y que nos confunde. El mal está ahí, y puede estar metido también en nuestro mundo, pero no nos podemos dejar confundir, no nos podemos dejar vencer por el desaliento, no podemos sentirnos defraudados por aquello que intencionadamente nos pueden presentar de una forma determinada para desestabilizarnos y hacernos perder la fe.

Es cierto que podemos ver también mucho mal hasta dentro de la Iglesia o cosas que no nos gusten. Pero tenemos la seguridad de quien es el que guía los caminos de la Iglesia, quien la asiste y la hace superar esas fuerzas del mal que atentan y acechan contra ella.  El Espíritu del Señor está con la Iglesia siempre, aunque nos veamos envueltos en sombras. ‘El poder del abismo no la derrotará’, le dijo Jesús a Pedro. Tengamos esa confianza en las palabras de Jesús.

domingo, 12 de septiembre de 2021

No podemos vivir nuestra fe desde unos entusiasmos pasajeros sino decantándonos de verdad por el camino de Jesús que es camino de cruz y de amor

 


No podemos vivir nuestra fe desde unos entusiasmos pasajeros sino decantándonos de verdad por el camino de Jesús que es camino de cruz y de amor

Isaías 50, 5-9ª; Sal. 114; Santiago 2, 14-18; Marcos 8, 27-35

Hay momentos en que hay que hacer paradas en la vida porque son tantos los acontecimientos que nos envuelven, tantas las cosas que nos llaman la atención, que van surgiendo tantos estados de ánimo en nuestro corazón ante todo aquello que vemos, nos llama la atención y nos entusiasma, que crea como ciertas confusiones en nosotros y realmente no sabemos con qué quedarnos. Es necesario detenerse, ver que es lo principal y lo que merece la pena y decantarnos claramente por el camino que queremos seguir.

En torno a Jesús se habían ido creando sentimientos encontrados; estaba la multitud de la gente sencilla que era capaz de irse detrás de Jesús hasta los lugares más apartados, porque le entusiasmaban y daban esperanzas sus palabras al tiempo que eran curadas sus enfermedades y males y todo eran alabanzas y aclamaciones porque veían en Jesús un gran profeta y si acaso no era el Mesías, pero estaban también los que iban a la contra, los que estaban al acecho, los que iban poniendo trabas al camino de Jesús y que finalmente querían quitarlo de en medio.

Pero estaban también aquellos discípulos más cercanos que estaban siempre con Jesús, a los que El los había llamado de manera especial y a los que se revelaba especialmente en aquellas conversaciones que tenía con ellos donde les explicaba más detalladamente las cosas. Pero estos andaban también algunas veces confusos entre lo que decía la gente, lo que Jesús les explicaba y la oposición que descubrían que también había contra Jesús.

Y es Jesús, el que caminando con ellos casi en las fronteras de Palestina, allá por donde nacía el Jordán, les hace hacer ese parón. Y vienen las preguntas y las respuestas, vienen la profesiones de fe entusiastas, pero también los miedos que se les van metiendo en el alma porque lo que Jesús les va a decir ellos creen que no puede suceder.  Primero quiere Jesús que ellos le hagan como un resumen de lo que dice la gente. Que sin un gran profeta, que si alguien como Elías o los antiguos profetas, que si se parece a Juan el Bautista el que todos habían conocido allá en el Jordán, las respuestas son variadas.

Pero viene la pregunta directa. ‘Y vosotros, ¿quién decir que soy yo?’ ¿Qué piensan ustedes de mí? Y como suele suceder con las preguntas muy directas parece que nadie quiere responder; será Pedro el que se adelante a todos. ‘Tú eres el Mesías’. Otro evangelista cuando nos narra este acontecimiento pondrá palabras en labios de Jesús diciendo a Pedro que lo que ha acabado de decir no es algo solo de su propia cosecha, sino que el Padre del cielo se lo ha revelado en su corazón. Este evangelista simplemente dice que eso de esa manera no se lo comenten a nadie.

Hasta aquí estamos contemplando los entusiasmos por Jesús, aunque los discípulos también siguen aun medio confusos. Pero Jesús quiere poner los puntos sobre las ‘íes’ como se suele decir. Les ha dicho que no lo comenten con nadie, porque había un concepto de Mesías entre las gentes de aquel tiempo con una carga muy política. Era un libertador para el pueblo oprimido por los pueblos extranjeros e invasores. Pero el camino de Jesús no va por esas sendas, porque no es por esa senda por donde se ha de constituir el Reino de Dios. Es algo con otro sentido, lejano de los poderes humanos, porque es algo que tiene que sembrarse en el corazón de la persona y transformarla. Y eso sí que va a encontrar gran oposición.

‘Y empezó a instruirlos: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad…’ Pero esto era algo que les costaba entender a los discípulos y apóstoles que están cercanos a Jesús. Eso no le puede pasar. 

Y será Pedro también, el que había hecho la hermosa confesión de fe, el que se lleva aparte a Jesús para quitarle esa idea de la cabeza. ‘Tú piensas como los hombres, no como Dios’, le dirá Jesús quitándolo de su lado. Eres para mí también una tentación, como la del diablo allá en el monte de la cuarentena cuando le ofrece reinos y aclamaciones. Parece que eso es lo que quiere Pedro también. ¿No nos sucederá a nosotros de igual forma cuando nos queremos crear una cristiandad triunfalista y con las señales también de los signos del poder? ¿No serán de alguna manera también nuestros sueños?

Nos cuesta entender también lo de tomar la cruz para seguir a Jesús. Nadie nos obliga, Jesús simplemente nos invita, nosotros somos los que tenemos que dar la respuesta. Pero la respuesta se nos hace amarga en la garganta y en el corazón cuando Jesús nos habla de tomar la cruz, de negarnos a nosotros mismos, de ser capaces de perder la vida, porque es la unida forma de ganarla. Y es que Jesús nos ofrece un camino de amor y de entrega, porque será el único que salvará al mundo.

Y es que Jesús nos habla de un mundo de ternura y de cercanía, de aceptación de los demás y de comprensión incluso con sus debilidades, nos habla de un mundo de misericordia y de perdón que tenemos que saber ofrecer siempre generosamente porque es la base para lograr la paz, nos habla de un mundo del que tenemos que desterrar todo lo que suene a vanidad y a fantochada, un mundo del que desbanquemos los pedestales del orgullo y del poder avasallando a los demás, de un mundo donde vamos a aprender a valorar a los pobres, a los pequeños, a los que parece que nada cuentan porque lo importante siempre será la dignidad de la persona. Eso el mundo no lo entiende ni lo entenderemos nosotros si seguimos pensando como los hombres y no como Dios.

Muchas cosas tienen que cambiar en nuestra mente y en nuestro corazón y eso algunas veces se nos hará duro, por eso nos habla de cruz. Porque lo que hacemos es como Jesús abrazarnos a la cruz, porque nos estamos abrazando al amor y aunque parezca que muramos vamos a alcanzar lo que es la verdadera plenitud de la vida.