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sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

‘Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

viernes, 22 de marzo de 2024

Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

 


Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Estamos ya casi a las puertas de la semana santa y según las expectativas de muchos para estos días, parece como si los textos que se nos están ofreciendo en el evangelio en estos días no terminaran de conectar con lo que esperamos o con lo que pensamos que ha de ser la semana santa.

Y no pienso en las expectativas de los que piensan en este día como unas vacaciones como a fuera de época antes de llegar el verano y como una recuperación de fuerzas para seguir luego en la batalla de siempre. Pienso en los que religiosamente queremos vivir la semana santa un poco también como nos la hemos montado que ahora sí tendríamos que preguntarnos si en verdad es lo que tendría que ser esta semana de pasión y de pascua.

Estos días los textos de la Palabra de Dios y sobre todo del evangelio nos han ido presentando lo que fueron también las vísperas de aquella pascua de Jesús y los discípulos en aquel momento concreto. Y es que, tendríamos que reconocerlo así, se estaba desarrollando un drama muy sangriento y cruel que luego ahora nosotros revestimos de ropajes de ricos tejidos y esplendorosos adornos como si de alguna manera quisiéramos disimular lo que realmente celebramos. También nos hemos hecho, y perdónenme la palabra, unos montajes que no sé, lo digo con miedo pero también con sinceridad, si realmente nos ayudarán a vivir con profundidad el misterio que celebramos.

Creo que la Iglesia, y los cristianos, de una vez por todas tendríamos que hacernos una reflexión seria y profunda de por donde hemos ido llevando nuestras celebraciones y nuestros ritos litúrgicos y si hemos sido capaces de darle toda la profundidad al misterio pascual que celebramos. Demasiada aparatosidad externa, demasiados brillos de oropeles, emociones de movimientos de masas en muchos lugares y ocasiones, pero, ¿dónde están calando los valores del evangelio?, ¿dónde los estamos reflejando? ¿En qué se aprecia que los valores del evangelio son la guía y el sentido de la vida de cada día de esas personas que de esa forma han vivido la semana santa?

Como fruto de la vivencia del misterio pascual tendría que notarse que nos sentimos transformados, que nuestra vida no es la misma, que hay unos compromisos en la vida que tenemos que asumir con radicalidad, que hay un trabajo que tendríamos que hacer los cristianos para que nuestro mundo sea en verdad mejor y reina la justicia, y amemos la verdad, y alejemos de nosotros vanidades y ostentaciones, orgullos y violencias. Pero se mueve la marea religiosa enfervorizada en estos días, pero luego baja la marea y todo sigue igual. ¿Podemos contentarnos con eso?

Hay un tremendo drama de dolor y de sufrimiento en la pasión de Jesús que celebramos y en la que tendríamos que ver todo el drama de dolor y sufrimiento que sigue viviendo hoy la humanidad. Podríamos hacer una larga descripción; pienso en los que llegan en pateras a nuestras cosas y los que se quedan en el camino del mar; pienso en esos largos éxodos de emigrantes que en distintos lugares de América y del mundo huyen de pobrezas y de guerras; como puedo pensar en tantos que son perseguidos o anulados de una forma o de otra por dictaduras de todo tipo que quitan la libertad y la dignidad humana… En muchos más podríamos pensar como la guerra de Ukrania, de Gaza e Israel y tantos otros sitios.

Claro que cuando vemos el drama de la pasión de Jesús estamos viendo en su hondura todo lo que es el fuego del amor divino que así en Cristo se nos manifiesta. Aquel drama tuvo un sentido que fue el amor. El amor de Dios que nos ama tanto que nos entregó a su Hijo que a pesar de su categoría de Dios se rebajó no solo haciéndose hombre sino haciéndose el esclavo de amor de todos para a todos liberarnos y para que entonces comprendiéramos donde está verdaderamente el sentido de nuestra vida.

Despojado y desnudo de todo ropaje le veremos subir a la cruz no para que ahora nosotros vistiéramos su imágenes de terciopelos y de coronas de oro, sino para que viendo la desnudez y el despojo de tantos a nuestro lado desde nuestro amor aprendamos a vestirlos de nueva dignidad como personas y como hijos de Dios que también son. ¿Llegaremos a esas conclusiones en los parámetros en que nos hemos montado nuestras celebraciones de semana santa?  Si nos tomáramos en serio el misterio del amor de Dios que vamos a celebrar muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra vida y muchas cosas comenzaríamos a cambiar también en la manera que hacemos las cosas y muchas cosas cambiarían en nuestro mundo.

Mucho tenemos que plantearnos, mucho tenemos que pensar y reflexionar, muchas nuevas actitudes y posturas tendríamos que tomar. Puede parecer cruda esa reflexión pero es necesario que nos paremos a pensar.

jueves, 16 de noviembre de 2023

Hagamos patente con nuestra vida el ideal del Reino de Dios envolviéndonos del amor y de la paz para sentir que está en medio de nosotros

 




Hagamos patente con nuestra vida el ideal del Reino de Dios envolviéndonos del amor y de la paz para sentir que está en medio de nosotros

Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25

Algunas veces las palabras nos confunden; sobre todo según lo que tengamos en la cabeza, la manera de enfocar las cosas, las interpretaciones que nos hagamos, los conceptos que podamos tener o las ideas preconcebidas. Hay palabras ambiguas, que pueden tener distintos significados según donde las empleemos o con quienes las usemos; la literalidad de una palabra en su interpretación nos puede confundir cuando según la empleemos en un ámbito o en otro.

Esto nos vale también para la interpretación de lo que escuchamos en el evangelio, como les sucedía a los propios judíos al escuchar los anuncios de los profetas, o lo que Jesús ahora les decía. Pensemos, por ejemplo, en la expresión el Reino de Dios. La palabra reino en el concepto normal de la gente habla de una monarquía, de un territorio sometido a esa monarquía o de una forma de gobernar. El pueblo judío en largos periodos de su historia así estaban configurados, habían tenido sus reyes. Ahora Vivian sometidos al imperio romano, y aunque quedaba la figura del rey Herodes, quien en verdad tenían el dominio sobre el territorio eran los romanos.

Escuchar ahora hablar del Reino de Dios, un concepto que los profetas de alguna manera habían unido a la misión del Mesías, para los judíos significaba la restauración de aquel antiguo reino de Israel con la liberación del dominio de los romanos. Pero ¿era eso de lo que Jesús les estaba hablando cuando les anunciaba el Reino de Dios? Ahí estaba por medio la idea preconcebida de lo que era la misión del Mesías y ahora está esta pregunta que le hacen a Jesús. ‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’

La respuesta de Jesús es contundente, aunque no terminan de entenderlo. No penséis, viene a decirle, que el reino de Dios va a venir de una forma aparatosa, algo así como una conquista o una victoria tras una guerra. No van a haber esas guerras ni esas batallas, viene a decirles Jesús. Es otra la forma de vivir el Reino de Dios. Y les dice, ‘mirad, el Reino de Dios no está aquí o está allí, está en medio de vosotros’.

El reino de Dios no es algo exterior, aunque también muchas veces incluso nosotros los cristianos nos hemos envuelto en ostentaciones de poder a la manera de los reinos de este mundo. También nosotros nos hemos confundido muchas veces y hemos querido hacer ver muchas veces la presencia de la Iglesia en medio del mundo como una ostentación de poder. De cuantas cosas tenemos que despojarnos para darle sentido en nuestras vidas al reino de Dios que decimos que queremos vivir. No confundamos las palabras y los conceptos.

El reino de Dios tenemos que sentirlo dentro de nosotros, tenemos que construirlo dentro de nosotros, cuando en verdad lleguemos a reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida, lo único que nos da sentido y valor y quien en verdad nos va a poner en nuevos caminos, en nuevas actitudes, en nueva manera de hacer las cosas.

Es eso que decimos tantas veces que son los valores del Reino; los valores no son signos ni señales de poder ni de ostentación; es ese nuevo sentido que le damos a la vida cuando todo lo envolvemos en el amor, y entonces seremos justos los unos con los otros, entonces no nos dejaremos envolver por la violencia, entonces habrá rectitud en nuestras vida y autenticidad y sinceridad, entonces siempre nos dejaremos guiar por las buenas intenciones y deseos, entonces ya nadie hará daño a nadie porque nos queremos como hermanos y nos queremos, y nos ayudamos, y somos capaces de caminar juntos y de construir juntos poniendo cada uno lo mejor de si mismo sin desconfianzas ni recelos.

Y eso lo tenemos que vivir desde lo más hondo de nosotros mismos; y entonces el Reino no será nunca dominio de unos sobre los otros; y entonces sentiremos la más hermosa paz en nuestros corazones que se manifestará en la armonía y fraternidad que vivamos con los demás. Puede parecer idílico, pero es en verdad el ideal que hemos de poner en nuestras vidas, es la manera como estamos haciendo presente el Reino de Dios.

domingo, 1 de octubre de 2023

Llega la hora del compromiso de verdad, llega la hora de ir a trabajar en la viña del padre, llega la hora de que no se quede en palabras sino que eso sea vida de nuestra vida

 


Llega la hora del compromiso de verdad, llega la hora de ir a trabajar en la viña del padre, llega la hora de que no se quede en palabras sino que eso sea vida de nuestra vida

Ezequiel 18, 25-28; Sal 24;  Filipenses 2, 1-11;

Mucho predicar y poco dar trigo. Es una crítica que con frecuencia escuchamos y nosotros también hacemos frente a tanto bla, bla, bla... tantas palabras bonitas que escuchamos - y aquí englobamos todos los ámbitos de nuestra sociedad - pero que luego se quedan en palabras, promesas olvidadas, buenas intenciones - y no queremos entrar a juzgarlas - pero en la práctica de la vida no se ve nada, no se ve ningún resultado, no se aprecia ningún compromiso serio y eficaz. nos sentimos cansados de tanta palabrería desde todos los ámbitos de la sociedad que los medios de comunicación se encargan de proyectar y ampliar su conocimiento.

Esto que constatamos con toda facilidad viendo el mundo que nos rodea, sin embargo hemos de tener mucho cuidado de pensar que nosotros nos vemos libres de esa tentación. Reconozcamos la incongruencia que tantas veces aparece en nuestra vida, en lo que hacemos y en lo que decimos, porque no estamos lejos de esa debilidad, sabemos que nos cuesta ser fieles a lo que consideramos nuestros principios, que con frecuencia olvidamos aquello que planteamos muy solemnemente y pronto caemos en esa falta de compromiso. Nuestra vida personal está llena de luces y sombras, de altibajos y de inconstancias, de momentos de entusiasmo dispuestos a hacerlo todo y de cansancios y decaimientos que nos llevar a irnos arrastrando como todos.

Es a lo que nos quiere alertar hoy Jesús con esta breve parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar a su viña. Allí estaban escuchándole los sumos sacerdotes y los maestros de la ley y al final Jesús nos sentenció diciéndonos que nos van a preceder en el Reino de los cielos los publicanos y las prostitutas. Es un interrogante muy importante el que Jesús nos plantea. Es una mirada sincera a nuestra vida la que hemos de tener. Es un reconocimiento humilde de nuestra debilidad que tendría que llevarnos a la actitud de aquel hijo que aunque había dicho que no, al final arrepentido fue a trabajar a la viña de su padre. ¿Seremos capaces de un reconocimiento así?

Es muy fácil hablar del amor, de que todos tenemos que querernos, de que tenemos que ayudarnos los unos a los otros, de que siempre tenemos que hacer el bien, de que hemos de ser sinceros en la vida y hablar claramente y sin tapujos sin falsas vanidades. Pero bien sabemos cuánto nos cuesta. Tenemos que aprender a elevar nuestra mirada. Tenemos que sentir la fuerza que nos viene de lo alto y nos impulsa y nos quiere guiar por caminos buenos. Pero hemos de querer tener la voluntad, que tantas veces es débil.

Hoy nos dice algo muy hermoso el apóstol en la carta a los Filipenses. 'Tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús'. Es alta la meta, el ideal que se nos propone. Hemos de levantar nuestra mirada, como decíamos, para contemplar la obra de Dios en Jesús. Por eso san Pablo nos está enseñando a cómo hemos de saber ser humildes pero también respetuosos con los demás, tener esas entrañas compasivas, como nos dice; alejar de nosotros toda ostentación y vanagloria, ser comprensivos con los otros, valorar lo que hacen los demás ante los que nos mostraremos siempre humildes para considerarlos incluso mejores que nosotros. Ya sé que no es fácil, porque el amor propio, el orgullo, la vanagloria nos aparece pronto por dentro.

Por eso, como nos dice el Apóstol, tenemos que fijarnos en Jesús. Ver su trayectoria, ver su camino de humildad y de entrega, 'se anonadó' nos dirá el apóstol, se hizo el último y el servidor de todos. Camino delante de nosotros. Por eso lo pedía con tanta insistencia a sus discípulos cuando los veía discutiendo entre ellos quien iba a ser el primero o el más importante. Siempre nos dirá que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos. Hoy nos dice el apóstol 'considerad por la humildad superiores a los demás', por eso lejos de nosotros la ostentación y el orgullo.

Todo esto lo sabemos muy bien, porque muchas veces lo hemos escuchado en el evangelio y lo hemos meditado. Pero llega la hora del compromiso de verdad, llega la hora de ir a trabajar en la viña del padre, llega la hora de que no se quede en palabras sino que eso sea vida de nuestra vida. Confiamos en la bondad y en la misericordia del Señor para que perdone nuestras debilidades que son muchas, pero para que sintamos la fuerza de su gracia que nos haga actuar en la verdad del amor.


martes, 27 de octubre de 2020

Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

 


Creer en el Reino de Dios y vivirlo no es un simple entretenimiento ni el extraordinario espectáculo que nos va a impresionar de forma asombrosa y momentánea

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Nos gusta lo espectacular. Como ahora cuando vemos una película con efectos extraordinarios y espectaculares como se pueden obtener con los medios digitales y tecnológicos de los que hoy se dispone. Nos llama la atención el espectáculo cuánto más insólito mejor, nos entretiene, nos lleva quizá en nuestra imaginación por caminos insospechados y vamos de asombro en asombro. Pero aunque no siempre se ha tenido esa posibilidad de crear lo espectacular como lo podemos hacer hoy por ejemplo con el cine, cualquier cosa que se saliera de lo normal en todos los tiempos a la gente le apasionaba, aunque hubiera algo de terror y pudiera producir temores y miedos.

En los tiempos de Jesús cuando les hablaba del Reino de Dios que venía a instaurar, de alguna manera la gente que lo escuchaba también estaban esperando cosas espectaculares; quizás las guerras con toda la destrucción que les acarreaban de alguna manera subirán en la mente de los hombres esas ansiedades y deseos que de alguna manera podían estar latiendo en el corazón; y si no, eran los espectáculos que nos podía ofrecer la naturaleza en medio de una tormenta; es por eso que los profetas utilizaron esas imágenes, pero también ahora se emplearían para hablar del sentido o de la forma del final de la historia; recordemos algunas cosas que nos dirá Jesús y que próximamente en el final del año litúrgico vamos a escuchar de nuevo.

¿Sería algo así como se imaginaban que se iba a realizar el Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús y que estaba en la esperanza de la llegada del Mesías? No olvidemos que en el concepto del pueblo venía algo así como un guerrero al frente de un ejército liberador de aquellas esclavitudes que vivían bajo la dominación de pueblos extranjeros. En ese sentido eran los diversos movimientos que había entre en el pueblo dispuestos a esas guerrillas liberadoras.

En algún momento le preguntarán a Jesús si era ya llegado el momento de la liberación del pueblo como signo de la constitución del Reino de Dios del que El les hablaba. Ya andaban los discípulos cercanos a Jesús preparándose para conseguir los primeros puestos de poder, como tantas veces hemos reflexionado. Pero Jesús propone hoy dos parábolas que rompen todos esos parámetros que se habían construido en sus mentes, porque no habrá nada más espectacular como sencillo que la imagen de una insignificante semilla sembrada y que nos podría dar una gran arbusto capaz hasta de acoger a los pajarillos para que en él hicieran sus nidos; o les habla también de ese pequeño puñado de levadura, algo tan fino que parece como polvo, que sin embargo es capaz de transformar la masa para darnos buen pan. Y nos dice Jesús, así es el Reino de Dios.

Nosotros también soñamos con una iglesia de cristiandad, triunfante sobre todo y sobre todos, acompañada de los sones de los himnos que más bien en algunas ocasiones parecen guerreros y donde todo parece que tendría que someterse a nuestros pies. Algo de eso nos queda de espectacularidad con la herencia de signos grandiosos que con el arte a través de los tiempos nos han levantado grandes edificios a los que hoy quizá contemplamos vacíos porque no se encuentran los verdaderos adoradores del Padre en espíritu y verdad de lo que nos habla Jesús en el evangelio.

Nos ponemos tristes muchas veces porque ya no podemos hacer esas espectaculares procesiones que más bien podrían parecer los desfiles victoriosos de los generales cuando venían de la guerra y en cuyo honor se levantaban arcos de triunfo que han quedado para la posteridad. No toda la gente está hoy por esas espectacularidades o cuando hay quien las promueve tenemos el peligro de que se desvíen de su verdadero sentido y no sea una auténtica expresión religiosa lo que allí estemos manifestando, y por otra parte ya son cada vez menos los que participan en esos desfiles procesionales.

Nos olvidamos quizás – y ya son varias las veces que empleo la palabra olvido – de esa pequeña semilla que tenemos que sembrar y que tenemos que cultivar, quizá de forma callada y silenciosa, pero haciendo que cada día más y mejor llegue el mensaje del evangelio al corazón de las personas. Ese tendría que ser nuestro esfuerzo como cristianos, como iglesia, donde en un tú a tú con las personas, en unos encuentros personales pero también en los pequeños grupos que se formen en nuestras comunidades vayamos de verdad difundiendo la buena nueva del evangelio.

Que en verdad seamos como esa levadura que nos transforme a nosotros y que ayude a transformar a los que están a nuestro lado y que ese bien de la buena nueva de Jesús, esa verdad del evangelio se vaya difundiendo por sí misma y extendiéndose cada vez más como una mancha de aceite que vaya contagiando todos los corazones. Eso es lo grande en lo que tenemos que soñar, eso es lo verdaderamente espectacular del Reino de Dios.

Creer en Jesús y en el evangelio no es simplemente un entretenimiento ni el espectáculo de algo extraordinario que nos va a impresionar con mucho asombro de forma momentánea. Será, tiene que ser, algo que de verdad nos transforme desde lo más hondo de nosotros mismos. Mucho tendríamos que cambiar los cristianos en esas cosas que se nos han metido en la cabeza.