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viernes, 22 de marzo de 2024

Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

 


Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Estamos ya casi a las puertas de la semana santa y según las expectativas de muchos para estos días, parece como si los textos que se nos están ofreciendo en el evangelio en estos días no terminaran de conectar con lo que esperamos o con lo que pensamos que ha de ser la semana santa.

Y no pienso en las expectativas de los que piensan en este día como unas vacaciones como a fuera de época antes de llegar el verano y como una recuperación de fuerzas para seguir luego en la batalla de siempre. Pienso en los que religiosamente queremos vivir la semana santa un poco también como nos la hemos montado que ahora sí tendríamos que preguntarnos si en verdad es lo que tendría que ser esta semana de pasión y de pascua.

Estos días los textos de la Palabra de Dios y sobre todo del evangelio nos han ido presentando lo que fueron también las vísperas de aquella pascua de Jesús y los discípulos en aquel momento concreto. Y es que, tendríamos que reconocerlo así, se estaba desarrollando un drama muy sangriento y cruel que luego ahora nosotros revestimos de ropajes de ricos tejidos y esplendorosos adornos como si de alguna manera quisiéramos disimular lo que realmente celebramos. También nos hemos hecho, y perdónenme la palabra, unos montajes que no sé, lo digo con miedo pero también con sinceridad, si realmente nos ayudarán a vivir con profundidad el misterio que celebramos.

Creo que la Iglesia, y los cristianos, de una vez por todas tendríamos que hacernos una reflexión seria y profunda de por donde hemos ido llevando nuestras celebraciones y nuestros ritos litúrgicos y si hemos sido capaces de darle toda la profundidad al misterio pascual que celebramos. Demasiada aparatosidad externa, demasiados brillos de oropeles, emociones de movimientos de masas en muchos lugares y ocasiones, pero, ¿dónde están calando los valores del evangelio?, ¿dónde los estamos reflejando? ¿En qué se aprecia que los valores del evangelio son la guía y el sentido de la vida de cada día de esas personas que de esa forma han vivido la semana santa?

Como fruto de la vivencia del misterio pascual tendría que notarse que nos sentimos transformados, que nuestra vida no es la misma, que hay unos compromisos en la vida que tenemos que asumir con radicalidad, que hay un trabajo que tendríamos que hacer los cristianos para que nuestro mundo sea en verdad mejor y reina la justicia, y amemos la verdad, y alejemos de nosotros vanidades y ostentaciones, orgullos y violencias. Pero se mueve la marea religiosa enfervorizada en estos días, pero luego baja la marea y todo sigue igual. ¿Podemos contentarnos con eso?

Hay un tremendo drama de dolor y de sufrimiento en la pasión de Jesús que celebramos y en la que tendríamos que ver todo el drama de dolor y sufrimiento que sigue viviendo hoy la humanidad. Podríamos hacer una larga descripción; pienso en los que llegan en pateras a nuestras cosas y los que se quedan en el camino del mar; pienso en esos largos éxodos de emigrantes que en distintos lugares de América y del mundo huyen de pobrezas y de guerras; como puedo pensar en tantos que son perseguidos o anulados de una forma o de otra por dictaduras de todo tipo que quitan la libertad y la dignidad humana… En muchos más podríamos pensar como la guerra de Ukrania, de Gaza e Israel y tantos otros sitios.

Claro que cuando vemos el drama de la pasión de Jesús estamos viendo en su hondura todo lo que es el fuego del amor divino que así en Cristo se nos manifiesta. Aquel drama tuvo un sentido que fue el amor. El amor de Dios que nos ama tanto que nos entregó a su Hijo que a pesar de su categoría de Dios se rebajó no solo haciéndose hombre sino haciéndose el esclavo de amor de todos para a todos liberarnos y para que entonces comprendiéramos donde está verdaderamente el sentido de nuestra vida.

Despojado y desnudo de todo ropaje le veremos subir a la cruz no para que ahora nosotros vistiéramos su imágenes de terciopelos y de coronas de oro, sino para que viendo la desnudez y el despojo de tantos a nuestro lado desde nuestro amor aprendamos a vestirlos de nueva dignidad como personas y como hijos de Dios que también son. ¿Llegaremos a esas conclusiones en los parámetros en que nos hemos montado nuestras celebraciones de semana santa?  Si nos tomáramos en serio el misterio del amor de Dios que vamos a celebrar muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra vida y muchas cosas comenzaríamos a cambiar también en la manera que hacemos las cosas y muchas cosas cambiarían en nuestro mundo.

Mucho tenemos que plantearnos, mucho tenemos que pensar y reflexionar, muchas nuevas actitudes y posturas tendríamos que tomar. Puede parecer cruda esa reflexión pero es necesario que nos paremos a pensar.

jueves, 11 de febrero de 2021

Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

 


Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar donde han de resplandecer los valores del evangelio y del Reino de Dios

Génesis 2,18-25; Sal 127; Marcos 7,24-30

Con la lectura de este evangelio, con el episodio de la cananea, que tantas veces, al menos en alguna de sus partes, tan difícil se nos ha hecho para interpretar he traído a la memoria una situaciones que ahora estamos viviendo en Europa, ahora mismo en nuestra tierra canaria, y en tantos lugares del mundo y que de alguna manera en este mismo evangelio podemos encontrar luz para hacer una lectura digna.


Algunos con excesivo dramatismo están ya diciendo que estamos viviendo una invasión, en nuestro caso canario, de africanos; en sus pateras o en los pobres medios de los que disponen se lanzan al mar a la aventura de llegar a nuestras tierras con su sueño de ir a Europa. Y ya nos van apareciendo los problemas, porque como dicen algunos se sienten invadidos, realmente la acogida que se les da no termina de ser todo lo humana que tendría que ser, porque algunas veces nos cuesta comprender los dramas que hay detrás en esas familias que han dejado en sus tierras, en la pobreza de sus vidas tan angustiosa que se lanzan al mar buscando una salida y un nuevo sol para sus vidas.

Y el problema lo encontramos en la reacción que por parte de nuestras gentes se tiene ante esta situación, que nos vuelve egoístas e insolidarios, que termina haciendo de nosotros unos racistas, en unas discriminaciones y encerronas nada humanas para estas personas, en los juicios de valor que nos hacemos cuando algunos piensan que les vienen a robar sus trabajos y sus medios de vida, en los casi apartheid en que queremos convertir los campamentos que se han levantado de acogida no siempre en las mejores condiciones.

Yo a mi gente canaria les recordaría que inmigrantes hemos sido nosotros y pocas son las familias canarias que en distintos momentos de nuestra historia algunos de sus miembros tuvieron que emigrar, en nuestro caso canario sobre todo a América, en condiciones muchas veces muy deshumanizante. Se suele decir, en el camino nos encontramos, pero es que tendríamos que decir que  ya hicimos nosotros ese camino, porque emigrantes fuimos o nuestros padres y no lo olvidemos.

 ¿Cómo tendríamos que reaccionar hoy? Nos decimos tan avanzados en muchas cosas pero algunas veces nos faltan grados de humanidad, y todavía seguimos fijándonos en el color de la piel o en el lugar de donde proceden quienes llegan a nuestro lado. ¿No estaremos diciendo de alguna manera y con mucha crueldad que el pan de los hijos no se lo queremos dejar comer a los perritos?

Ya sé que esa es la frase que nos duele en este pasaje del evangelio, pero pensemos si acaso nuestras actitudes insolidarias y hasta racista en ocasiones no son peores que aquella frase que dice Jesús como para poner a prueba la fe de aquella mujer. Aunque pareciera en principio que Jesús la evitara sin embargo estaba hablando con aquella mujer, algo había en su mirada y en las actitudes de su acogida que aquella mujer descubría lo que era en verdad el corazón de Jesús para insistir con toda confianza en que iba a ser escuchada.

Ya sé que muchas veces nos hacemos explicaciones sobre que esa era la manera de tratar los judíos a los que no fueran de su raza, pero Jesús quiere venir cambiando nuestros corazones y cambiando la manera en que hemos de saber acoger siempre a los demás. Nos pide Jesús un corazón nuevo, unas nuevas actitudes, una forma distinta de actuar y pudiera ser hasta escandaloso que en unos lugares donde decimos que somos cristianos y seguidores de Jesús nuestras actitudes con el inmigrante, ya sea africano o latinoamericano, ya sea del este de Europa o ya venga de los más lejanos lugares tendrían que ser totalmente distintas.

¿Dónde está el corazón nuevo del que se dice seguidor de Jesús? ¿Dónde están esos valores del evangelio que en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestra manera de actuar tendrían que resplandecer? Empeñados tendríamos que estar para que entre todos encontremos soluciones a estos problemas en lugar de estar peleándonos desde unos intereses partidistas como tantas veces vemos a nuestros dirigentes. Pero no olvidemos que eso es tarea de todos, de nosotros también.


jueves, 14 de enero de 2021

Nos postramos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde las angustias y preocupaciones del momento que vivimos para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’

 


Nos postramos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde las angustias y preocupaciones del momento que vivimos para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’

Hebreos 3,7-14; Sal 94; Marcos 1,40-45

El evangelio que hoy se nos propone evoca una situación que en estos momentos estamos viviendo. Estos momentos de pandemia que estamos viviendo nos obligan a mantener unos distanciamientos por miedo a los contagios que muchas veces se nos hacen cuesta arriba. No poder mantener ese contacto físico con aquellos que queremos, mantener esa distancia siempre con los miedos a un contagio de un virus que calladamente nos va contagiando y creando al mismo tiempo tantos dramas sociales y familiares como ahora se están provocando por todas partes.

Los seres humanos estamos creados para el encuentro, para la comunicación cercana y ahora se nos hace doloroso lo que se nos impone por miedo a la propagación de esa pandemia. Es cierto que está el peligro del contagio y tenemos que ponerle puertas al campo para que no nos llegue, pero está el peligro y la tentación de que ese distanciamiento no sea solo el físico que se nos impone, sino que vayamos creando otros distanciamientos que pueden aflorar fácilmente desde esos egoísmos e insolidaridades que se nos meten en el alma. Hemos de reconocer que son momentos difíciles, por esa tendencia que tenemos también en nuestro interior de comenzar a preocuparnos solo de nosotros mismos y nos vayamos encerrando en unos círculos que humanamente nos aíslen de los demás.

La situación que estamos pasando si intentamos vivirla con una madurez humana y también cristiana nos tendría que servir para pensar y reflexionar sobre muchas cosas. Por ejemplo para que comprendamos la situación que vivían los leprosos a los que se aislaba y separaba totalmente de la comunidad de manera que ni con su familia podían relacionarse. Lo vemos muchas veces como cosas del pasado que pensábamos que no volverían a repetirse, pero pienso en los dramas de los familiares de los que están muriendo en total soledad en los hospitales sin poder estar en esos momentos en la cercanía de sus seres queridos, que luego se prolongan a la hora del sepelio sin la compañía ni de seres queridos ni de otras personas que nos aprecian.

¿Qué podemos hacer? Reconozco que la respuesta no es fácil, porque tenemos que someternos a unos protocolos que se nos imponen para evitar la propagación del contagio. Las soledades a las que nos vemos obligados tendrían que ayudarnos a madurar como personas pero también a saber discernir de qué otras manera podemos hacer sentir nuestra cercanía y se mantenga viva la apertura de nuestros corazones en disponibilidad siempre para lo mejor.

Toda esta reflexión que nos vamos haciendo ha partido del hecho de que hoy el evangelio nos habla de un leproso que se acerca a Jesús pidiéndole que le cure. En este caso que nos relata el evangelio el leproso se  ha saltado todos los confinamientos a los que se veía sometido, pues ha llegado hasta los pies de Jesús, metiéndose incluso entre la gente. Breve ha sido el diálogo con Jesús con la total confianza de que Jesús podía y quería en verdad curarle. ‘Si quieres, puedes limpiarme’. No es una duda, es una manera de expresar su convicción de que Jesús puede en verdad curarle y lo va a hacer. Y ahí está el gesto de Jesús que tiende su mano, le toca y le cura.

Sí, también nosotros tenemos que querer tender la mano, como Jesús, para curar. Tendemos la mano, primero, desde ese respeto a las normas y protocolos que se nos han impuesto, porque lo primero que tenemos que hacer es que no se siga propagando el virus. Físicamente en estos momentos no lo podemos hacer, pero cuando hemos llenado de amor nuestro corazón sabremos tener la inventiva y la iniciativa para buscar formas de tender la mano, de estar cercanos a los que sufren, en cualquiera que sean las situaciones, porque no se trata solamente en lo que ahora en especial vivimos.

Porque la cercanía que nosotros mostremos desde nuestro corazón, las muestras y gestos de cariño, de cercanía, de amistad, de ternura que podamos tener hacia los demás tendrá siempre forma de manifestarse. Hay una delicadeza que siempre podemos mostrar, hay una sonrisa que podemos enviar incluso por encima de la mascarilla que llevamos puesta, hay una preocupación que podemos manifestar en una bonita palabra de interés y de compañía, una ayuda que prestar o unos momentos de nuestra vida que podemos compartir.

Seguro que el amor y la ternura que llevamos en el corazón nos hará inventar gestos y señales de nuestra cercanía a los demás. Pero no olvidemos una cosa, también nosotros podemos postrarnos ante Jesús en nombre de todos los que sufren y también desde nuestras propias angustias y preocupaciones para decirle ‘si quieres, puedes limpiarnos’, en tus manos, Señor, podemos toda esta situación difícil que estamos viviendo, si quieres, Señor, puedes hacer que todo esto termine.