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domingo, 7 de diciembre de 2025

Desde nuestra fe no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida, por eso escuchamos a los profetas

 


Desde nuestra fe no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida, por eso escuchamos a los profetas

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Romanos 15, 4-9; Mateo 3, 1-12

¿Estaremos ya también nosotros de vuelta cansados de profetismos y de promesas? Parece que ya no nos queremos creer nada. En la situación en que vivimos hoy en nuestro mundo con tantas calamidades, sufrimientos, miserias, violencias, guerras ya no nos creemos cuando nos anuncian una cercana paz, un término pronto de las guerras, nos hablan de diálogos y conferencias para encontrar soluciones, y ya algunas veces parece que nos quieren dar fechas de la terminación de esos conflictos. Pero no lo vemos porque los tambores de guerra siguen sonando, la gente continúa sufriendo y muriendo y por muchos movimientos de reivindicaciones que hagamos pareciera que todo se queda en espectáculo, pero no vemos ese final feliz.

Tenemos la tentación y el peligro de vivir en la desesperanza. Los nubarrones negros siguen envolviéndonos. ¿Habrá alguna manera de despertar esa esperanza? Los cristianos, seguidores de Jesús podemos dejándonos envolver por ese desencanto. Lo que celebramos y queremos vivir – porque también hay el peligro de hacer celebraciones pero que eso no se convierta en vida – tiene que despertar en nosotros unas nuevas esperanzas. ¿Terminaremos por fiarnos de la Palabra de Dios?

Estamos haciendo este camino de Adviento, aunque desgraciadamente todos no le dan la misma hondura a lo que significa este camino y se quedan en demasiadas superficialidades, este camino, digo, precisamente es una invitación a despertar esa esperanza. Por aquello que nos preparamos para celebrar el nacimiento de Cristo en la próxima navidad queremos empaparnos de aquel espíritu que nos trasmiten los profetas en la preparación de la venida del Mesías para nosotros hacer y sentir que la celebración de la navidad que vamos a tener nos lleva a trabajar y crear ese mundo nuevo que tanto necesitamos.

Una auténtica celebración de lo que queremos vivir en estos días tendría que realizar una transformación profunda de nuestras vidas que tendría que notarse en algo nuevo en nuestras comunidades y en consecuencia en nuestra sociedad. No es solo un recuerdo que ponga aires de fiesta en nuestro ambiente pero que luego pronto se apaga. Nosotros decimos que nuestras celebración no son sólo memoria sino memorial, porque significa hacer vida en el hoy de nuestra vida aquello que estamos celebrando, es sentir que en verdad Jesús viene y está en nosotros y con nosotros para realizar ese mundo nuevo que se nos anuncia.

Si cuando pase la navidad no queda nada de eso nuevo reconozcamos que fue pobre aquella celebración, que en ella no pusimos toda nuestra vida. Y tendrá que notarse en nuestras actitudes y comportamientos, en la manera nueva de afrontar la vida y los problemas que en ella nos van surgiendo, en la manera cómo superamos tristezas y sufrimientos con un nuevo rostro de una alegría esperanzada, en esos gestos nuevos con los que vamos manifestando que estamos queriendo vivir algo nuevo y distinto, en ese ambiente distinto que vamos a tener en nuestras familias y en nuestras comunidades, en ese despertar de nuestra generosidad y nuestro compromiso para salirnos de nuestras rutinas y de esa vida en que parece que vamos arrastrándonos.

Las palabras que escuchamos en la Palabra de Dios, de los profetas o del evangelio no son palabras huecas y vacías, son palabras que nos tienen que impulsar a comenzar a hacer ese camino nuevo. Eso que nos anunciaban los profetas o esas palabras que le escuchamos a Juan Bautista cuando ya inmediatamente está preparando los caminos del Señor tenemos que tomárnoslo muy en serio. No temamos esa hacha que viene para destruir sino para podar y quitar tantas ramas secas de nuestra vida, no temamos ese fuego renovador y purificador del espíritu que nos hace quemar todo eso viejo que aún permanece en nosotros y que es como un renuente que nos impide avanzar, no temamos ese bieldo que levanta el trigo en la era para que el viento se lleve la paja y la parva y quede limpio el grano como fruto que sea verdadero alimento para nuestra vida. Cuántas cosas que podar y quemar, cuantas cosas que tenemos que dejar que se las lleve el viento.

La figura del profeta con su austeridad en el desierto nos hará relativizar muchas cosas que nos parecían primordiales e importantes pero que no lo son tanto; su figura y sus palabras nos invitan a la conversión, a esa transformación de nuestra vida desde esa nueva esperanza que tiene que reinar en nuestros corazones.

Si cada uno de nosotros ponemos nuestro paso en ese camino de renovación al final tendrá que notarse algo nuevo que mejora nuestro mundo y vuelve a despertar la esperanza. Recojamos también el buen sentir de tantos, aunque no siempre sean motivados por la fe, que trabajan comprometidos en sus movilizaciones por ese mundo nuevo y mejor; también a través de ellos nos puede llegar la voz de Dios a nuestros corazones, porque sabemos que en eso bueno que queremos emprender está Dios.

Nosotros, desde nuestra fe, no podemos estar de vuelta porque confiamos en la Palabra de Dios y la esperanza envuelve siempre nuestra vida. Por eso escuchamos con atención la palabra profética que llega a nuestra vida.


miércoles, 27 de marzo de 2024

Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

 


Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Las cosas hay que prepararlas bien. Sobre todo si son conmemoraciones de algo que ha sido importante para nuestra vida, que son parte de nuestra historia, que marcaron de alguna manera nuestra existencia. No puede caer en el olvido. Hay que recordarlo y celebrarlo. De la mejor manera. Con la mayor participación y con las mejores cosas.

Eran los días previos a la celebración de la Pascua. No era algo baladí en la historia del pueblo judío. Hacía siglos que la celebraban y para eso tenían unos ritos propios y seguirían celebrándolo. Estaba todo además muy predeterminado y preestablecido. Así lo había prescrito Moisés y se mantenía fijo el ritual en las Escrituras Santas. Era la comida de un cordero en familia, que era memorial y era anticipo de futuro, aunque no lo tenían muy claro. Pero estuvieran donde estuvieran había que celebrar aquella cena pascual, que así la llamaban. Y había que hacer todos los preparativos. Y en la buena hospitalidad judía se ofrecían las casas de las familias de Jerusalén para los que habían subido de todas partes a la pascua.

Y ahí está la pregunta de los discípulos. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Y Jesús da instrucciones muy precisas, porque señala circunstancias muy concretas para que encuentren la casa y vayan a decirle de su parte ‘El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Probablemente algún pariente que tenían en la ciudad; aquel lugar va luego a convertirse en lugar importante, no solo en aquella cena, sino en los momentos siguientes en refugio, pero también más tarde como punto de encuentro para los primeros discípulos y la iglesia naciente.

Preguntan los discípulos pero termina Jesús haciéndonos también una pregunta. Nosotros también estamos en el momento previo para algo muy importante. También nosotros nos hemos de disponer para celebrar la Pascua. Y tenemos los motivos más grandes del mundo para prepararla bien y para celebrarla con hondura. Ya nos hemos preguntado hace unos días si en verdad Jesús va a venir a nuestra fiesta de pascua y aquello nos hacía pensar. Pero cuidado que ese interrogante siga pesando en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestros ajetreos y no sea una pregunta en balde que a poco que nos olvidemos de ella.

Es cierto realmente que muchos son los preparativos que se tienen en estos días en nuestros templos y en nuestras comunidades. Como Marta, allá en Betania, también andamos ajetreados de acá para allá con muchos preparativos y parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y esos interrogantes tienen que seguir pesando en nuestro interior para que no nos durmamos o no nos entretengamos en lo que no es tan importante.

Sí, Jesús quiere venir a nuestra casa para celebrar la cena de pascua. Y no va a venir solo, viene con sus discípulos. Es algo muy significativo. Me preparo yo, preparo mi casa, pero tengo que tener las puertas abiertas, tengo que despejar la casa de muchas cosas que puedan ser obstáculo para que venga Jesús y para que vengan con sus discípulos, aquellos a los que ama, aquellos que son sus preferidos. ¿Quiénes son hoy esos preferidos del Señor? ¿Quiénes son hoy esos amados de manera especial por el Señor?

Tenemos que mirar nuestra casa, nuestro corazón, ese mundo que nos rodea, con sus problemas, con sus necesidades, con sus pobrezas, con sus guerras, con la gente que nos parece que anda desorientada de acá para allá, con esa gente que quizás no nos gusta tanto, con esos que quizás nosotros quitaríamos de en medio. ¿A quienes quiere Jesús que miremos? ¿A quienes quiere Jesús hoy, en esa vida concreta que vivo, que yo acepte y reciba también en mi casa para juntos celebrar la Pascua?


domingo, 24 de marzo de 2024

Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

 


Crucemos el pórtico de esta semana y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz, para vivir la Pascua del Señor en nuestra vida

Marcos, 11, 1-10; Isaías 50, 4-7; Sal. 21;  Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1-15, 47

El pórtico de esta semana de Pasión viene enmarcado por los hosannas y los ramos de olivo de la entrada de Jesús en Jerusalén y por otra parte la contemplación en la misma celebración de la muerte de Jesús en la Cruz en el relato del evangelista Marcos. No podemos olvidar que es como el sprint final para llegar a la celebración de la Pascua.

Ya es Pascua lo que estamos contemplando y celebrando, porque todo es el paso de Dios que ha de ser también nuestro paso, nuestra Pascua. Si así no lo contemplamos y así no lo vivimos todo podía quedarse en un espectáculo bien dramático que aun nos llenaría de más dolor, angustia y amargura. No en vano estas palabras son de las más repetidas en estos días y que incluso llegan a dar nombre a distintos momentos o a distintas imágenes que vamos a contemplar. Pero nosotros no nos podemos quedar en el dolor, la angustia y la amargura porque nos llena una esperanza y para nosotros estará ya siempre presente la luz final que vamos a contemplar en la resurrección que es la culminación de esta Pascua, de este paso de Dios. Es el sentido hondo que tenemos que darle a estos momentos y a estas celebraciones.

Es cierto que ante nuestros ojos van a ir proyectándose todos esos momentos de la Pasión, que como un adelanto ya en este domingo de Ramos en la Pasión del Señor – que así es su nombre – en la lectura del evangelio de san Marcos, pero no nos quedamos en una proyección visual, aunque también nos ayude para la meditación, sino que ha de ser algo que hemos de ir proyectando en lo hondo del corazón para poder hacerlo vida en nosotros. Es importante abrir los ojos y los oídos viendo y escuchando todo lo que se nos proyecta y se nos proclama, pero es muy importante que sepamos abrir el corazón para que haya en verdad ese paso de Dios en nosotros, en nuestra vida.

Siempre la Iglesia nos ha invitado a un recogimiento especial en estos días, aunque no lo hemos sabido muchas veces interpretar bien, porque los hemos convertido en días de demasiada tristeza, sino que ese recogimiento significa crear el ambiente adecuado para que esa Palabra cale en nosotros, la podamos rumiar debidamente en nuestro interior, y podemos llegar a saborear toda esa maravilla del amor de Dios que se nos manifiesta. Cuando el rumiante pasa una y otra vez aquello que ha comido para mejor digerirlo, es para sacar el mejor jugo, vamos a decirlo así, de aquello de lo que se ha alimentado.

No son días de sentirnos agobiados por la tristeza, sino momentos en que tenemos que saborear a fondo toda esa vida que se nos regala, y es un hermoso regalo de amor el que nos hace Dios cuando nos entrega a su Hijo como vamos a contemplar.. Es lo que queremos vivir en estos días. Es lo que verdaderamente nos conducirá a la Pascua. No vamos a vivir con angustias y amarguras estos momentos, aunque mucho sea el dolor que sintamos al vernos tan pecadores, sino que vamos a hacerlo llenos de esperanza, porque sabemos que ese paso de Dios es para la vida y la salvación.

No voy a detenerme al ofreceros esta reflexión en volver a la descripción de estos momentos de la Pasión de Jesús. Sobran las muchas palabras y necesitamos momentos de silencio y reflexión, como hemos venido diciendo. Aclamemos, sí, con mucho entusiasmo y alegría esta entrada de Jesús en Jerusalén,  que hoy de manera especial conmemoramos, porque en nuestra fe sabemos bien quien es el que como Rey y Señor va montado en un humilde borriquito para su entrada en la ciudad Santa. Sí, ¡bendito el que viene en el nombre del Señor!

En verdad hoy estamos celebrando la fiesta de Cristo Rey, porque así lo vamos a ver coronado en lo alto de la cruz en estos días. Lo contemplamos humilde, como lo había anunciado el profeta; lo contemplamos el último y el servidor de todos, como El nos había enseñado que teníamos que ser nosotros también. Es el que como el Señor lo veremos con la toalla ceñida a su cintura y la jofaina de agua en sus manos para lavar los pies de los discípulos. Es el que nos ha dicho que nuestra grandeza está en amar hasta las últimas consecuencias, porque el mayor amor es el de quien es capaz de dar la vida por los demás. Será un gentil, el centurión romano, el que al final de todo lo que parecía una terrible tragedia vendrá a proclamarlo como verdadero hijo de Dios.

Es lo que nos da hondo sentido a este momento de la entrada de Jesús en Jerusalén entre las aclamaciones de los niños porque con El queremos entrar también para llegar a la Pascua. Ya sé que nos cuesta, como le costaba entender a Pedro cuando Jesús lo anunciaba en la subida a Jerusalén. A última hora podemos seguir teniendo la tentación de la duda o el miedo que nos hace echarnos atrás, como le sucedió a los discípulos, o que se durmieron en el huerto, o cuando llegaron los momentos difíciles abandonaron y huyeron para esconderse en el Cenáculo, o llegar a la negación como le sucedió al envalentonado Pedro que sin embargo sucumbió ante una pregunta.

Pero podemos levantarnos, despertar, quitar nuestros miedos y cobardías, sentirnos con la fortaleza de la esperanza, porque tenemos la certeza de la luz pascual que iluminará nuestra vida. Crucemos este pórtico y caminemos al paso del Señor, aunque nos cueste estar al lado de la cruz. Haremos así en verdad la Pascua del Señor en nuestra vida.

sábado, 23 de marzo de 2024

Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

 


Pensemos en el lugar que va a ocupar Jesús en esta semana santa que vamos a iniciar, no sea que no le abramos las puertas para celebrar la pascua en nuestra vida

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer. 31, 10-13; Juan 11, 45-57

‘¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?’, se preguntaban los judíos en la cercanía de la fiesta de la Pascua, ya que Jesús aun no había llegado a la ciudad santa y además se rumoreaba que se había retirado más allá del Jordán, ‘a una ciudad vecina al desierto, llamada Efraín’, como incluso nos narra el evangelista.

Hemos escuchado el relato previo, las inquietudes que se habían suscitado entre el grupo de los dirigentes de Jerusalén después de la resurrección de Lázaro y cómo las gentes se iban con Jesús; había provocado una reunión incluso en el Sanedrín donde habían llegado a la conclusión, por moción del Sumo Sacerdote, de que era preferible que uno muriera por todo el pueblo, pues podría surgir una represalia por parte de la autoridades romanas. ‘Aquel día decidieron darle muerte’. Luego vendrían los chantajes y las traiciones, pero mientras Jesús se había retirado al desierto.

Esta pregunta que se hace la gente sencilla me da pie en esta reflexión para que nosotros nos hagamos una pregunta semejante en esta víspera ya del comienzo de la Semana Santa. ‘¿Vendrá Jesús a la fiesta?’ ¿Vendrá Jesús a esta fiesta de la Pascua que vamos a celebrar? ¿Vendrá Jesús a mi vida para yo con El hacer y celebrar también esta fiesta de la Pascua?

Podrá parecer algo muy atrevido lo que estoy planteando, pero creo que no es tanto. Tenemos que ser sinceros con nosotros mismos. Me van a decir qué cómo se me ocurre pensar o plantear este interrogante, si nuestra semana va a estar llena de celebraciones y procesiones, de actos religiosos populares y de mucha gente que o visita nuestros templos y monumentos, o se pone en la calle al paso de las procesiones haciendo salta incluso alguna lágrima de emoción.

Podemos hacer todo eso, pero ¿qué lugar ocupa Jesús en todo eso? ¿No podríamos quedarnos en unos ritos tradicionales muy bien preparados y que queremos hacer con el mayor lucimiento? Puede parecer duro lo que estoy diciendo, pero es que tenemos que ponernos a pensar bien en serio.

Nuestros pasos procesionales, reconociendo incluso toda la magnificencia del arte que nos representa, es cierto, los diferentes momentos de la pasión ¿qué parecido tienen con lo que allí en Jerusalén sucedió aquellos días? ¿Estaremos quedándonos en ver cosas bonitas y emotivas? ¿Pero dónde ponemos a Jesús en todo eso y como lo traducimos a lo que Jesús quiere realmente para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo cuando se entregó a la muerte en la Cruz? Cuántos visitan los monumentos del jueves santo para admirar tanto arte, tanta riqueza, o tanta belleza, pero se olvidan de quien realmente está allí en el Sagrario dejando bien cerradas las puertas de nuestro corazón y sin dejar entrar a Jesús.

Es que a mí me preocupa si yo realmente voy a dejar a Jesús que entre en mi vida para realizar y hacer esa Pascua en mí. Podemos pasar por todas estas cosas que vamos a hacer estos días, pero no dejamos pasar a Jesús por mi vida en estos días. ¿Tendré miedo a implicarme en lo que es la salvación que Jesús nos ofrece con su muerte en la cruz donde yo tengo que morir también para poder encontrar la salvación? ¿Tendré yo miedo a que esa cruz de Jesús llegue a mi vida para que haya verdaderamente pascua, o sea paso de la muerte a la vida en esta celebración pascual que vamos a celebrar?

 

viernes, 22 de marzo de 2024

Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

 


Un momento para hacernos una reflexión seria de lo que tendría que significar la celebración del Misterio Pascual de la Semana Santa y el compromiso que tendría que surgir

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Estamos ya casi a las puertas de la semana santa y según las expectativas de muchos para estos días, parece como si los textos que se nos están ofreciendo en el evangelio en estos días no terminaran de conectar con lo que esperamos o con lo que pensamos que ha de ser la semana santa.

Y no pienso en las expectativas de los que piensan en este día como unas vacaciones como a fuera de época antes de llegar el verano y como una recuperación de fuerzas para seguir luego en la batalla de siempre. Pienso en los que religiosamente queremos vivir la semana santa un poco también como nos la hemos montado que ahora sí tendríamos que preguntarnos si en verdad es lo que tendría que ser esta semana de pasión y de pascua.

Estos días los textos de la Palabra de Dios y sobre todo del evangelio nos han ido presentando lo que fueron también las vísperas de aquella pascua de Jesús y los discípulos en aquel momento concreto. Y es que, tendríamos que reconocerlo así, se estaba desarrollando un drama muy sangriento y cruel que luego ahora nosotros revestimos de ropajes de ricos tejidos y esplendorosos adornos como si de alguna manera quisiéramos disimular lo que realmente celebramos. También nos hemos hecho, y perdónenme la palabra, unos montajes que no sé, lo digo con miedo pero también con sinceridad, si realmente nos ayudarán a vivir con profundidad el misterio que celebramos.

Creo que la Iglesia, y los cristianos, de una vez por todas tendríamos que hacernos una reflexión seria y profunda de por donde hemos ido llevando nuestras celebraciones y nuestros ritos litúrgicos y si hemos sido capaces de darle toda la profundidad al misterio pascual que celebramos. Demasiada aparatosidad externa, demasiados brillos de oropeles, emociones de movimientos de masas en muchos lugares y ocasiones, pero, ¿dónde están calando los valores del evangelio?, ¿dónde los estamos reflejando? ¿En qué se aprecia que los valores del evangelio son la guía y el sentido de la vida de cada día de esas personas que de esa forma han vivido la semana santa?

Como fruto de la vivencia del misterio pascual tendría que notarse que nos sentimos transformados, que nuestra vida no es la misma, que hay unos compromisos en la vida que tenemos que asumir con radicalidad, que hay un trabajo que tendríamos que hacer los cristianos para que nuestro mundo sea en verdad mejor y reina la justicia, y amemos la verdad, y alejemos de nosotros vanidades y ostentaciones, orgullos y violencias. Pero se mueve la marea religiosa enfervorizada en estos días, pero luego baja la marea y todo sigue igual. ¿Podemos contentarnos con eso?

Hay un tremendo drama de dolor y de sufrimiento en la pasión de Jesús que celebramos y en la que tendríamos que ver todo el drama de dolor y sufrimiento que sigue viviendo hoy la humanidad. Podríamos hacer una larga descripción; pienso en los que llegan en pateras a nuestras cosas y los que se quedan en el camino del mar; pienso en esos largos éxodos de emigrantes que en distintos lugares de América y del mundo huyen de pobrezas y de guerras; como puedo pensar en tantos que son perseguidos o anulados de una forma o de otra por dictaduras de todo tipo que quitan la libertad y la dignidad humana… En muchos más podríamos pensar como la guerra de Ukrania, de Gaza e Israel y tantos otros sitios.

Claro que cuando vemos el drama de la pasión de Jesús estamos viendo en su hondura todo lo que es el fuego del amor divino que así en Cristo se nos manifiesta. Aquel drama tuvo un sentido que fue el amor. El amor de Dios que nos ama tanto que nos entregó a su Hijo que a pesar de su categoría de Dios se rebajó no solo haciéndose hombre sino haciéndose el esclavo de amor de todos para a todos liberarnos y para que entonces comprendiéramos donde está verdaderamente el sentido de nuestra vida.

Despojado y desnudo de todo ropaje le veremos subir a la cruz no para que ahora nosotros vistiéramos su imágenes de terciopelos y de coronas de oro, sino para que viendo la desnudez y el despojo de tantos a nuestro lado desde nuestro amor aprendamos a vestirlos de nueva dignidad como personas y como hijos de Dios que también son. ¿Llegaremos a esas conclusiones en los parámetros en que nos hemos montado nuestras celebraciones de semana santa?  Si nos tomáramos en serio el misterio del amor de Dios que vamos a celebrar muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra vida y muchas cosas comenzaríamos a cambiar también en la manera que hacemos las cosas y muchas cosas cambiarían en nuestro mundo.

Mucho tenemos que plantearnos, mucho tenemos que pensar y reflexionar, muchas nuevas actitudes y posturas tendríamos que tomar. Puede parecer cruda esa reflexión pero es necesario que nos paremos a pensar.

martes, 6 de febrero de 2024

Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

 


Tenemos que pensar por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones y si las hacemos atractiva para quienes nos observan

1Reyes 8, 22-23. 27-30; Sal 83; Marcos 7, 1-13

Nos puede suceder a cualquiera; estamos haciendo un trabajo que consista, por ejemplo, en repetir mecánicamente lo mismo una y otra vez, y es tal el ritmo en el que entramos en la repetición de las mismas cosas que lo estamos haciendo y en nuestra cabeza no sabemos donde andamos; con nuestra imaginación podemos dejar volar la mente, mientras mecánicamente hacemos una y otra vez las mismas cosas y hasta lo podemos hacer con una cierta perfección. Quizás en un momento tropezamos o hacemos algo que no sale dentro de la normalidad de lo que estábamos haciendo y nos preguntamos que dónde teníamos la cabeza, porque seguramente estaría en otra parte. Entramos como en una rutina repetitoria y realmente no sabemos ya al final ni lo que estábamos haciendo.

Pero esto nos puede suceder en muchas cosas. Es el trabajo en serie o en cadena que podemos realizar en muchos momentos, como son las cosas que hacemos en casa cada día, por ejemplo, limpieza, comida, atención de las cosas de la casa, etc.… que si no le ponemos intensidad a la vida, terminamos en un hastío hacia lo que hacemos, nos aburrimos con lo que hacemos y al final los resultados no son nada buenos porque no hacemos bien lo que tendríamos que hacer poniendo amor. Y cuidado que esto nos puede suceder en nuestras relaciones de los unos con los otros, en las relaciones de amistad o en las relaciones de pareja, como se dice ahora.

 Esto, hemos de reconocer también, que es un peligro que nos puede suceder en las expresiones religiosas que utilizamos en la vida, como en nuestras celebraciones que podemos convertir en unos ritos repetitivos sin saber realmente lo que estamos haciendo. Hay gente que reza para dejarse dormir; pero lo malo es que nos durmamos mientras estamos rezando, porque significa que nuestra mente, mientras repetimos aquellas palabras de las oraciones, la tenemos en otro lado. Es un peligro, repito, muy común.

¿Hay autenticidad en lo que hacemos? Podríamos decir quizás que hay buena voluntad, pero eso solo no basta. Es por lo que terminamos convirtiendo la religión, los actos religiosos, en unos ritos a los que nos contentamos con asistir, pero sin llegar meternos hondamente en la celebración. Terminamos, como solemos decir, en unos cumplimientos rituales pero con poco contenido de vida.

Es una pendiente muy peligrosa porque así vayamos cayendo por la pendiente de la tibieza que puede terminar en la indiferencia, porque con esa frialdad con la que nos vamos arrastrando las cosas van perdiendo hondura y van perdiendo sentido y terminamos por abandonar. Es un camino peligroso por el que podemos resbalarnos como vemos que tantos antes que nosotros han resbalado y sabemos cuál es el final de todas las cosas.

De esto nos está previniendo el evangelio de hoy. Acuden a Jesús los fariseos y algunos escribas que han bajado de Jerusalén precisamente para eso con una cuestión que puede parecer baladí, pero que para ellos parecía ser de vital importancia. Los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos. Claro esto era muy importante para aquellos rigoristas de la religión, no se podía comer sin lavarse bien antes porque aquello podía convertirse en una impureza. ‘Los discípulos no siguen la tradición de los mayores y comen con manos impuras’. ¡Vete a saber qué es lo que han tocado antes esas manos! Porque si tocaron algo que era impuro, impuros quedaban ellos también. Y eran tantas las cosas que consideraban impuras que había que andarse con cuidado. Lo de menos era la higiene, aunque ahí tuviera su origen.

Jesús no se ríe, aunque a nosotros nos den ganas de reírnos; Jesús lamenta la superficialidad con que se toman la vida. Y les recuerda lo que habían dicho ya los profetas sobre ser muy cumplidores, pero tener el corazón lejos de Dios. Y eso, les dice Jesús, es lo que les está sucediendo a ellos. ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.

Ante lo que escuchamos en el evangelio podemos quedarnos en juzgar la superficialidad con que vivían aquellos fariseos su vida religiosa y de relación con Dios, o podemos mejor comenzar a pensar en nosotros cuál es la intensidad, cuál es la profundidad que le damos a lo que hacemos, y podemos pensar de forma muy concreta en todos nuestros actos de religiosidad. Lo que decíamos antes, ¿por donde anda nuestra cabeza cuando rezamos, cuando estamos en nuestras celebraciones? ¿También nuestro corazon estará lejos de Dios, como denunciaba Jesús?

Creo que tenemos que tener una mirada muy sincera a lo que hacemos, porque estamos cayendo, por ejemplo, en que nuestras celebraciones son cada vez más frías, más rutinarias, poco participativas, con poca intensidad espiritual. Parece que vamos solamente a cumplir y a ver cuanto más pronto terminamos para irnos a hacer otra cosa, porque tenemos tantas cosas que hacer.  Creo que tenemos muchas cosas que revisar en nosotros mismos, en lo que hacemos y en lo que tendríamos que vivir con mayor intensidad.

¿Nuestra manera de celebrar la fe es atractiva para aquellos que nos ven, para aquellos que vienen quizás de forma ocasional? ¿Se quedarán con ganas de volver o no volverán más? Es duro y es triste.

jueves, 6 de abril de 2023

Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

 


Hoy se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, disfrutar de ese encuentro con El, gozarnos en el Señor, tenemos nuestro lugar en la cena pascual, ocupemos nuestro sitio

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15

Las comidas familiares, las comidas de amigos, las comidas en las que conmemoramos o celebramos algo, como el recuerdo de un acontecimiento, un cumpleaños, etc. son algo que está presente en nuestra vida y en nuestras conveniencias sociales. ¿A qué vamos a esas comidas? Podríamos decirlo en una palabra, a estar; no importa tanto lo que comamos sino el disfrutar de estar, porque estamos con la familia, con nuestros padres, con nuestros amigos, con aquellas personas que apreciamos y nuestra presencia allí lo quiere decir todo, y no es necesaria otra cosa sino simplemente hacernos presente, estar.

Y claro, surgirán recuerdos, comentaremos una y otra vez el hecho que nos ha reunido, traeremos a colación anécdotas que nos vienen al recuerdo, y es como si estuviéramos reviviendo aquellos momentos pasados, los estamos, vamos a decirlo así, regurgitando y volviendo a saborearlos, rumiándolos decimos tomando la imagen de lo que hacen dichos animales con el alimento. Aquello que vivimos fue el alimento de nuestra vida, lo que nos hizo ser lo que somos, y ahora lo estamos volviendo a vivir. Qué renovamos salimos de esos encuentros cuando los hemos vivido en autentica paz y amor.

¿Qué nos está diciendo hoy Jesús cuando culminan todos los actos y hechos acontecidos en aquella cena pascual? ‘Haced esto en conmemoración mía, en memoria mía’. Es lo que venimos a hacer en este día. Vamos a estar en el Señor, vamos a estar con el Señor, vamos a celebrar la cena pascual, vamos a vivir con toda intensidad todo eso que ha sido nuestra vida, todo el misterio de Cristo.

Podríamos decir que para esto nos hemos venido preparando durante toda la cuaresma, para vivir y celebrar el triduo pascual, para vivir y celebrar todo el misterio pascual de Cristo. Era importante el camino que hemos venido haciendo, la Palabra de Dios que hemos ido escuchando y meditando, porque abría nuestro corazón, porque nos preparaba cuando dejándonos conducir por la Palabra de Dios íbamos queriendo dar respuesta. Ahora, hoy, no se nos pide que tengamos que hacer nada, porque suponemos que todo esta bien preparado, ahora se nos pide estar, hacer memoria de Jesús, del misterio pascual de Cristo. Es lo que vamos a vivir, contemplar, celebrar en estos días del triduo pascual.

Y vamos a disfrutar de este encuentro, vamos a gozarnos en el Señor. Claro que recordaremos aquellos momentos y lo hacemos con intensidad, y tienen que aflorar todas las vivencias que llevamos en el alma; vamos a emocionarnos cuando contemplamos tantos gestos de amor de Dios en nuestra vida. No es simplemente como si hubiéramos estado allí, sino que allí y ahora nos vamos a sentir presentes, vamos a ocupar nuestro lugar en esa cena, vamos a revivir en lo más hondo de nosotros mismos ese lavatorio de Jesús; éramos uno y somos uno de los que estaban y ahora estamos sentados a su mesa. Y Jesús viene y se acerca a nosotros para lavarnos los pies. Quizá podamos sentir algún rubor o vergüenza como Pedro que no quería que el Maestro le lavara los pies, pero vamos a sentir que Jesús ahora lo está haciendo con nosotros, aunque no nos sintamos dignos.

Eso tiene que ser nuestra celebración de hoy como tienen que ser todas las celebraciones. No son solo recuerdos, sino algo que vivimos; no es algo que contemplamos como un espectáculo o como una película que pasa delante de nuestros ojos, sino algo en lo que nosotros estamos. Tenemos nuestro lugar, ocupemos nuestro sitio, vivamos así lo que celebramos. Surgirán las emociones y brotarán los compromisos, pero será algo que nunca más vamos a olvidar, así tiene que quedar grabada en el alma. 

Aquí sí es importante, sin embargo, lo que comemos, porque estamos comiendo a Cristo. No es decir, esto nos recuerda lo que Cristo hizo y les dio en la última cena, sino es seguir sintiendo que es Cristo mismo quien nos dice ‘esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… es mi sangre derramada por muchos… tomad y comed, tomad y bebed…’ y se nos da para que le comamos, para que tengamos vida, es su cuerpo, es su sangre, es Cristo mismo quien se nos da. Por eso afirmamos con tanto vigor y firmeza la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía. No lo olvidemos, repito, somos los que estamos ahora y aquí alrededor de Jesús en la cena pascual.

Como lo seguiremos viviendo mañana, como seguiremos estando en su pasión y en su muerte en la cruz, y como lo viviremos el primer día de la semana cuando Cristo resucitado también nos salga al encuentro. Es importante. Es necesario que sepamos estar.

Y luego tendrá que venir que esto no lo podemos olvidar y tenemos que seguir haciéndolo; y luego vendrá que aprenderemos en la vida a quitarnos el manto para ceñirnos y ponernos manos a la obra a amar con toda intensidad lavando los pies, abriendo las puertas del corazón, repartiendo amor, sintiendo en todo momento que no podemos hacer otra cosa que amar. Se lo hemos escuchado directamente con nuestros oídos de labios de Jesús, pero es que además es algo que hemos palpado, algo que hemos sentido, algo que hemos vivido cuando Jesús nos ha lavado los pies, cuando nos ha regalado su amor.

Necesariamente tenemos que decir, qué renovamos tenemos que salir hoy, en esta pascua, de haber estado con el Señor. Vivámoslo así.

sábado, 1 de abril de 2023

Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios, pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades para que haya auténtica Pascua

 


Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios, pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades para que haya auténtica Pascua

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

Estamos en las puertas de la semana santa y seguramente cada uno se la ha programado según su manera de entender o según las prioridades de la vida. No hemos de escandalizarnos por la deriva que toman muchos en estos días, pues refleja por una parte la pluralidad de nuestra sociedad, los agobios muchas veces en que vivimos donde tan pronto tenemos la oportunidad de escapar de ellos hacemos la carrera, por así decirlo, claro que también a los cristianos que somos más conscientes de nuestra fe y de nuestro compromiso cristiano nos tiene que hacer pensar hasta donde llega el evangelio a nuestra sociedad.

Quizás tendríamos que preguntarnos si la Iglesia, si nosotros los que nos sentimos más cristianos, estaremos realmente siendo evangelio para nuestra sociedad de hoy. Quizás, aunque nos quejemos con mucha facilidad de la falta de evangelización, tendríamos que preguntarnos en qué medida somos evangelio para el mundo que nos rodea, hay una buena noticia en nuestras vidas, en la forma incluso que vivimos nuestros actos religiosos que llame la atención al mundo de hoy. Quizá tendríamos que revisar muchas cosas empezando por la forma en que hacemos las cosas.

¿Estaremos siendo en verdad un interrogante para el mundo que nos rodea por lo que descubre en nosotros? ¿No nos puede estar sucediendo que tampoco nosotros hemos terminado de entender lo que ha de significar Cristo en el mundo? Algo muy cruento es lo que vamos a contemplar y celebrar en estos días, pero lo terrible es que lo hayamos convertido en un espectáculo donde luchamos los unos contra los otros por ver con cuanto más esplendor lo vamos a presentar. ¿Habremos convertido la sangre preciosa de Cristo derramada por nosotros en un oropel más que es como un adorno en este mundo de vanidades en que vivimos? ¿Nos hemos fijado en cual es la carrera que hacemos en estos días en nuestras iglesias, en nuestras procesiones, en nuestros monumentos? ¿Huele a evangelio o solamente se queda en el perfume del incienso que derrochamos en estos días? ¿No podría haber ahí algo, o mucho, de contradictorio?

El evangelio de esta mañana de sábado en las vísperas de la entrada de Jesús en Jerusalén nos habla de aquellos preparativos de la pasión. Sí, fueron auténticos preparativos. Habían llegado noticias de lo sucedido días atrás en Betania con la muerte y la resurrección de Lázaro; cómo las gentes estaban entusiasmadas con aquellos signos de Jesús y los principales dirigentes de Jerusalén andan con el miedo en el cuerpo. Podría haber revueltas, podían actuar los romanos con mano dura, y aquello podía ser anuncio de destrucción. Algo tenían que hacer. En ello estaban deliberando.

Fue el sumo sacerdote el que dio la clave. Claro que hablaba según sus intereses, pero no sabía El que con ello se estaba cumpliendo el plan de Dios. ‘Uno tiene que morir por todo el pueblo’, anuncia el sumo sacerdote. Y ya el evangelista nos dirá que con ello se estaba anunciando la muerte de Jesús que iba a ser para nuestra redención, nuestra salvación. Moriría Jesús no solo por el pueblo de Israel, en habitación de males mayores con la intervención de los romanos, sino que moriría por todos nosotros.

Es lo que desemboca en los acontecimientos que se suceden, como iremos contemplando en estos días. Es el anuncio, sin saberlo ni comprenderlo el sumo sacerdote, de una nueva pascua, de un paso de Dios en la muerte de Jesús. Y es lo que nosotros vamos a celebrar, es lo que nosotros tenemos que llegar a vivir. Hemos de sentir en nosotros ese paso de Dios. Pero no es algo que se pueda quedar en la superficie, en la superficialidad de nuestras vanidades. Es algo que en verdad tenemos que interiorizar para que en verdad desde unas actitudes nuevas, desde algo nuevo y distinto que estamos llamados a hacer, podamos convertirnos en evangelio para el mundo. Es un nuevo anuncio que tenemos que hacer, pero no será con palabras y gestos rebuscados sino desde el mundo en que nosotros nos sintamos transformados por ese paso de Dios por nuestra vida, desde esa Pascua que tenemos que vivir con toda autenticidad.

¿Qué tendremos que quitar, corregir, cambiar para no quedarnos en la banalidad de lo superficial, de lo suntuoso, de lo que está tan lejos del evangelio del Reino de Dios? Con sinceridad ante Dios preguntémonoslo y demos pasos de mayor autenticidad en nuestra vida.

viernes, 31 de marzo de 2023

Abramos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que hay de pasión en nosotros o en nuestro entorno y llegar a convertirlo en Pascua descubriendo el paso de Dios

 


Abramos los ojos lo suficiente para darnos cuenta de lo que hay de pasión en nosotros o en nuestro entorno y llegar a convertirlo en Pascua descubriendo el paso de Dios

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Tiene que ser duro cuando alguien con buena voluntad trata de convencer de la veracidad y de la autenticidad de su vida a quienes no quieren aceptarlo. Expondrá mil razones y testimonios de que lo que hace es bueno, que no hay doble intención en lo que ofrece porque no quiere engañar a nadie, trata de justificarse por mil medios, pero los que le escuchan no dan el brazo a torcer, lo rechazan y ya en su interior lo tienen condenado. Lágrimas de sangre, podríamos decir que salen del corazón ante la terquedad de los que le escuchan y o se mantendrá firme en sus convicciones y en la misión que cree tener en aquel momento a pesar del rechazo, o terminará marchando por otra parte donde pueda ser mejor escuchado y aceptado.

Jesús era consciente de su misión, se sentía enviado por el Padre y sabía también lo que tendría que sufrir por parte de quienes no le aceptaban y rechazaban. Hoy en el evangelio encontramos uno de esos momentos, en que Jesús apela a las obras que realiza, porque quien hace lo que El no puede ser sino alguien venido de Dios.

Un día Nicodemo lo reconocerá, si no vienes de Dios, si no eres un hombre de Dios, no podrías realizar las obras que tú haces, le dice más o menos con estas palabras aquel magistrado judío. Será quien más tarde en algún momento querrá hacer recapacitar a sus compañeros del Sanedrín que no se puede juzgar a nadie sin haberle escuchado y de alguna forma se pone de parte de Jesús. También va a ser mal considerado Nicodemo por esta defensa que hace de Jesús.

Ahora les dice Jesús que crean en las obras que El realiza. Eran los sencillos y los humildes – a los que se revela el Padre y por eso Jesús en una ocasión da gracias al Padre porque revela estas cosas no a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los sencillos – los que aceptaban a Jesús, glorificaban a Dios cuando Jesús realizaba obras maravillosas, como serán los sencillos, más allá del Jordán donde terminará retirándose Jesús, los que van a creer en El en estos momentos. Pero en Jerusalén no quieren aceptarle.

Y a todas estas, ¿nosotros, qué? ¿Aceptamos a Jesús y creemos en El? ¿O también pondremos nuestras pantallas, nuestras condiciones, nuestras reservas? ¿Hasta donde somos capaces de creer en Jesús? ¿Hasta donde seremos capaces de subir también con El a Jerusalén para la fiesta de la Pascua? Tenemos ahora mismo la oportunidad de decantarnos claramente por Jesús.

En las puertas de la semana de pasión estamos, que será la semana donde vamos a celebrar todo el misterio de la pasión y muerte de Jesús. ¿Será una verdadera celebración lo que vamos a vivir, los pasos que vamos a dar para poder llegar a la Pascua? Cuidado no nos pongamos simplemente a la expectativa, como muchos de los que estaban en Jerusalén entonces, de contemplar unos espectáculos, de contentarnos con ver desfilar delante de nuestros ojos todos esos momentos de la pasión de Jesús. ¿No tendríamos que ponernos nosotros a hacer ese mismo camino de pasión de Jesús?

Es cierto que la contemplación es una actitud muy importante pero cuando lo hacemos desde el corazón dejándonos envolver por el misterio. No puede ser algo que veamos desde fuera o que contemplemos fuera de nosotros. Otra tiene que ser la manera, porque tenemos que hacerlo desde la realidad de nuestra vida que también necesita hacerse pascua, o contemplando también todos esos signos de pasión, de dolor, de sufrimiento que hay a nuestro alrededor; no es necesario que pensemos en otros lugares o en grandes cosas, que también están ahí como parte de la pasión de Jesús, sino ser capaces de verlo en pequeñas cosas en las personas que están cerca de nosotros.

Terminaremos reconociendo, si abrimos suficientemente los ojos, que hay más pasión, más dolor del que podemos nosotros imaginar. Y eso, ya sea en nosotros, o lo que estamos también contemplando en nuestro entorno tenemos que convertirlo en Pascua, porque ahí veamos el paso de Dios, y ahí al paso de Jesús nosotros demos ese paso hacia adelante, hacia la Pascua.

viernes, 8 de abril de 2022

Cuando estamos a punto de comenzar las celebraciones de la pasión tendríamos que plantearnos cómo darles autenticidad en medio de la realidad actual que vivimos

 


Cuando estamos a punto de comenzar las celebraciones de la pasión tendríamos que plantearnos cómo darles autenticidad en medio de la realidad actual que vivimos

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

¿Por qué una misma cosa, en sí misma buena, puede tener diferentes reacciones por parte de quienes tengan que vivir esa realidad? ¿Por qué la luz mientras nos beneficia dando luminosidad al lugar en el que estamos, a otros les molesta porque por ejemplo se sienten deslumbrados? Podríamos pensar en muchas situaciones en este estilo, en las que unos se sienten gratamente, mientras otros están incómodos. O podemos pensar en las personas, que no provocan la misma reacción en quienes tienen contacto entre unos y otros, para unos puede ser motivo de rechazo, mientras otros las aceptan y se sienten complacidos, por ejemplo, de su presencia.

Es lo que provocaba la presencia de Jesús. Ya lo anunció proféticamente el anciano Simeón, que sería signo de contradicción, para que unos u otros caigan o se levanten. Ya Jesús nos pedirá decantarnos, o conmigo o contra mí. Y será la decisión que hemos de ir tomando a cada paso en nuestro seguimiento de Jesús. Incluso los más cercanos a Jesús en ocasiones se sentirán también confusos, porque no terminan de entender las exigencias de Jesús.


Es lo que contemplamos en esta página del evangelio que hoy nos ofrece la liturgia de este día; Algunos habían cogido piedras para apedrear a Jesús. Y al final nos dirá el texto que cuando Jesús se marcha más allá del Jordán donde Juan había estado bautizando, algunos se preguntan sobre Jesús y nos dice el evangelista que allí muchos creyeron en El.

¿Pudiera ser la inquietud y la zozobra que muchas veces se produce dentro de nosotros en nuestros deseos y en nuestros intentos de ser verdaderos discípulos de Jesús? Ahora mismo que nos estamos acercando a los días en que celebraremos la pasión y la muerte de Jesús, pudiera sucedernos como a Pedro, que no lo entendemos, que como Pedro quisiéramos quitar de la cabeza eso del sufrimiento y de la muerte; que mirando la pasión de sufrimiento que hemos estado padeciendo  y que ahora de manera tan intensa se está viviendo en estos tiempos de guerra, nos duele, nos rebelamos, nos hacemos preguntas, hay cosas que no terminamos de entender de esta vida tan llena de odios, ambiciones y sufrimientos.

¿Y cómo encajamos todo esto que estamos viviendo en este mundo con lo que vamos a celebrar? ¿Intentaremos separar y que cada cosa vaya por su lado como si no hubiera relación entre una y otra? ¿Será que no queremos complicarnos la vida? ¿Preferimos quizá ensimismarnos en angélicas celebraciones sin querer sentir el ruido no de los tambores de una procesión sino de los tambores de la guerra? ¿Nos contentaremos con adornar de forma muy bonita y muy artística las imágenes de la pasión de Jesús mientras no queremos ver las imágenes de la pasión de Jesús en aquellos que están sufriendo los horrores de la guerra?

Muchas preguntas, muchos interrogantes pueden surgir dentro de nosotros, pero quizá huimos de ellos. Si alguien se atreviera a hablarnos de esas cosas horribles mientras hacemos nuestras bonitas celebraciones, quizá también saldríamos con piedras en las manos para que no nos digan cosas que molesten nuestros oídos o nuestra sensibilidad.

Podemos tener diversas formas de enfrentarnos a la celebración de la pasión de Jesús que tendremos intensamente en estos días. ¿Cómo tendríamos que vivir con auténtico sentido estas celebraciones en medio de la realidad del mundo que estamos viviendo? Es algo serio que tenemos que plantearnos.

miércoles, 2 de marzo de 2022

Escuchemos el pregón que hoy la Iglesia nos proclama, comienza el camino hacia la Pascua, es el tiempo favorable, llega el día de la salvación

 


Escuchemos el pregón que hoy la Iglesia nos proclama, comienza el camino hacia la Pascua, es el tiempo favorable, llega el día de la salvación

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Hoy es el día del pregón. Sí, pregón. No sé a qué os sonará esto que digo. La palabra hoy quizás pudiera decirnos poca cosa, o enseguida la desviamos a las fiestas de nuestros pueblos. Hay costumbre en algunos lugares que en días anteriores al comienzo de las fiestas se haga la lectura del pregón, una llamada festiva a participar en las fiestas del pueblo que van a comenzar. Quizás, por otra parte, en nuestros ámbitos religiosos se ha introducido la costumbre de en los días anteriores a la Semana Santa se encargue a alguien que haga un pregón, que nos anuncie las celebraciones que se van a tener y se le de relevancia especial a nuestras tradiciones y cosas así.

Pero insisto en que hoy es el día del pregón. Fijémonos en el sentido que tienen las lecturas de la Palabra de Dios de este día; es el comienzo de un camino que nos lleva a la Pascua, a la celebración de la Pasión, muerte y resurrección del Señor y hoy la Palabra de Dios que se nos proclama es una invitación a hacer ese camino que culmina en la Pascua.

Literalmente los textos, en especial del profeta Joel que escuchamos en la primera lectura tiene este sentido. Invita a que suenen las trompetas llamando a la gente, convocando a la asamblea, a niños y ancianos, a jóvenes y adultos, a hombres y mujeres, a sacerdotes y a todos los que sirven al altar, todos son llamados e invitados.

‘Tocad la trompeta en Sión, proclamad un ayuno santo, convocad a la asamblea, reunid a la gente, santificad a la comunidad… Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: Ten compasión de tu pueblo, Señor…’

Ese es el sentido también de la segunda lectura de la carta a los Corintios: ‘Os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé. Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación… En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’.


El rito y el gesto que nos ofrece hoy la liturgia del miércoles de ceniza tienen este sentido y este valor. Una llamada a la que hoy damos una primera respuesta dejando que caiga la ceniza de la penitencia sobre nosotros, pero es un comienzo de respuesta en ese camino que vamos a hacer. Vamos a celebrar la Pascua. En unos días que cronológicamente nos recuerdan incluso también los momentos de la Pasión y Muerte del Señor nosotros vamos a celebrar también la Pascua. Son momentos importantes, son momentos que nos invitan a hacer Pascua en nosotros para lograr esa renovación de nuestra vida. Y ahora se nos anuncia y se nos convoca para que nos preparemos para darles la vivencia total.

Un camino que hemos de vivir con una intensidad especial dada la importancia de lo que vamos a celebrar. Por eso será la Palabra de Dios que cada día se nos proclame la que va a ser nuestro vademécum de camino. Una Palabra que nos ayude a interiorizar, a escuchar a Dios en nuestro corazón, a mirarnos y a confrontar nuestra vida con el Evangelio, a renovarnos desde lo más hondo, a poner en nosotros actitudes y posturas de la más profunda generosidad para el compartir, a abrir nuestro corazón a Dios para escucharle y para pedirle misericordia.

Hoy en el evangelio se nos invita a retirarnos a nuestro cuarto interior, para allí en el silencio poder escuchar a Dios; no es solamente que busquemos esa habitación apartada sino que sepamos alejarnos de todos esos ruidos que nos aturden y llegan a ensordecernos, porque solo así podremos escuchar a Dios; que sepamos encontrar esos momentos de silencio, de dejar a un lado por unos momentos, o quizás por unos días tantas rutinas de nuestra vida que nos distraen con tantas cosas.

Cuando se nos pide ayuno y abstinencia no es simplemente el que prescindamos de unos alimentos y los sustituyamos quizás por otros, sino que hay muchos apetitos en nuestra vida, muchas cosas que nos atraen, nos llaman la atención, nos entretienen, nos hacen perder el tiempo de las cosas importantes, que son de lo que tendríamos que hacer ayuno y abstinencia. ¿De qué nos vale que nos abstengamos de carne en unos días, si no somos capaces de abstenernos de esas cosas que quizás nos entretienen y nos hacen perder el tiempo?

También a través de este medio de ‘la semilla de cada día’ os iremos ofreciendo pensamientos y reflexiones que nos ayuden a interiorizar en esa Palabra de Dios y a realizar ese camino de renovación que nos lleve de verdad a la Pascua.

El pregón queda hecho. Despertemos, levantémonos, escuchemos la llamada del Señor. Es tiempo favorable, llega el día de la salvación. La noche de pascua escucharemos el pregón pascual, que en ese momento podamos sentir el gozo de que con Cristo nosotros también hayamos resucitado.

viernes, 26 de marzo de 2021

Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

 


Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Cuando éramos chiquillos en nuestros juegos nos tirábamos piedras; en la violencia de nuestros enfados, como arma fácil al alcance de la mano para defendernos era un medio que terminábamos haciendo; en nuestra edad no era habitual que los mayores se tiraran piedras unos a otros salvo cuando la maldad se metía demasiado en el corazón en nuestras rencillas vecinales, no tanto quizá por herir y hacer daño sino más bien como un acoso o una amenaza.

Pero por lo que vemos en el evangelio era más normal en aquellos tiempos antiguos el utilizar las piedras como arma para hacer daño a los otros; además en las normas de convivencia del pueblo judío se utilizaba el apedreamiento como forma de castigo ante cosas que se consideraban especialmente graves como era la blasfemia o el adulterio. En el evangelio recordamos que trajeron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús, en este caso para poner a prueba a Jesús, diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. No era el camino de la violencia hasta la muerte el que pudiera llevar al pecador a la reconciliación con Dios por su pecado. Otro caso era la blasfemia como es la referencia que hoy se hace, pero que en el Hechos de los Apóstoles aplican a Esteban porque lo consideran un blasfemo.

Como deducimos del evangelio de hoy en versículos anteriores pretendieron apedrear a Jesús y es la pregunta que Jesús les hace ¿por cuál obra buena le van a apedrear? Y aquí está la presentación que Jesús está haciendo de sí mismo. Lo ha repetido muchas veces que El no hace otra cosa que las obras del Padre del que es el enviado. Esas obras que tendrían que corroborar que Jesús es el enviado de Dios, pero no soportan que El le llame Padre, que se presente como el Hijo del Padre, como el Hijo de Dios.

En su obcecación no fueron capaces de descubrir las obras de Dios en Jesús. Ya vemos que en otra ocasión llegan a atribuirle el poder de expulsar demonios al actuar en el nombre y con el poder del príncipe de los demonios, lo cual en sí mismo es más sacrílego aún. Ya les dice Jesús que si piensan así que se den cuenta que todo reino dividido por sí mismo se viene abajo y como va Satanás a luchar contra sus intereses siendo el factor de la expulsión de los demonios.

Creo que este pasaje del evangelio, que escuchamos precisamente en esta última semana de cuaresma cuando nos predisponemos ya a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de la pasión, muerte y de la resurrección de Jesús, nos tiene que llevar a que crezcamos en el conocimiento de Jesús, que alejemos de nuestra mente y de nuestro corazón todo atisbo de duda y mal entendimiento, que nos predispongamos de verdad a las celebraciones de la pasión y muerte del Señor que vamos a vivir en estos días. Que nos centremos de verdad en la Palabra del Señor que cada día vamos escuchando y así vaya creciendo nuestra fe y nuestro amor.

Así tenemos que caldear nuestro corazón, predisponer nuestro espíritu para que aún con la especial austeridad con que una vez más este año lo vamos a celebrar dadas las circunstancias que estamos viviendo, sin embargo le demos intensidad de vida a lo que celebramos. No es una imagen más o menos bellamente adornada lo que tiene que movernos a vivir el misterio pascual de Cristo; es algo mucho más hondo lo que tenemos que vivir.

Contemplemos leyendo con la sencillez y a la vez el dramatismo que se nos ofrece en el texto sagrado todo el misterio pascual de Cristo y siendo capaz de ir poniendo como en transparencia todo lo que es ese dolor, ese sufrimiento, esas angustias que viven los hombres de nuestro tiempo. En esa transparencia de Cristo serán muchos los cristos que podemos contemplar en los hermanos que sufren y pensemos cómo podemos y tenemos que ser cireneos para esos hermanos para ayudarles a la llevar la cruz igual que lo hubiéramos hecho quizás si hubiésemos estado en la calle de la amargura en la mañana de aquel primer viernes santo de la historia.

Siendo capaces de llevar también sobre nuestros hombros la cruz del sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado será como podremos vivir con toda intensidad el misterio pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar.