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viernes, 11 de abril de 2025

La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

 


La congruencia entre nuestra fe y nuestra vida nos pide que allí donde estemos los cristianos tenemos que ser fermento desde esa fe que profesamos de una sociedad nueva

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

A fuer de sinceros muchas veces nos encontramos con muchas incongruencias en la vida, porque da la impresión que no están muy acordes las cosas que pensamos o que decimos con lo que luego realmente hacemos. Somos buenos para establecer principios y reglas pero a la hora de la verdad cuando llega el momento de ver lo que vivimos parece que hay mucha distancia entre eso que establecemos y lo que luego haremos. Nos escudamos quizás en nuestras propias debilidades, nos decimos que tampoco que tenemos que ir a rajatabla con lo que tenemos que hacer ni tenemos que ser tan radicales, nos procuramos algunas rebajas de manera que descafeinamos tanto el café que al final no será café, descafeinamos tanto nuestra vida religiosa y cristiana que al final se parece poco al evangelio. Aparecen las incongruencias, como decíamos.

En la hora en que Jesús les repartió pan para que pudieran comer todos en abundancia allá en el descampado cuando se habían acabado las provisiones, todos estaban entusiasmados queriendo proclamarlo rey; cuando daba la vista a los ciegos o curaba a los leprosos decían que Dios había visitado a su pueblo; cuando curaba a los que llamaban endemoniados o hacia caminar a los tullidos el poder de Dios estaba con El y todos se entusiasmaban porque era para ellos una señal de la venida del Mesías; pero cuando Jesús les decía que eran otras cosas las que tenían que pedir o buscar, que no todo estaba en el milagro fácil sino que había que comenzar a actuar de una manera nueva en las mutuas relaciones o en su relación con Dios, ya eso costaba entenderlo porque aquel estilo nuevo de vivir podía echar abajo muchas cosas que había que transformar, signo de ello fue la expulsión de los vendedores del templo.

Cuando Jesús en sus palabras y en su actuar estaba manifestando claramente el rostro de Dios que era algo muy distinto de lo que habían imaginado, como Jesús se presentaba como el enviado del Padre, se atrevía a llamar Padre a Dios además de enseñarnos que esa era la nueva relación que con Dios habíamos de tener porque El era el Hijo de Dios y porque a nosotros nos quería hacer también hijos de Dios, entonces ya Jesús eran un blasfemo al que había que apedrear.

Es lo que se nos presenta hoy en el evangelio. ‘Os he hecho ver muchas obras buenas por encargo de mi Padre: ¿por cuál de ellas me apedreáis?’ les pregunta Jesús. ‘No te apedreamos por una obra buena, sino por una blasfemia: porque tú, siendo un hombre, te haces Dios’, le dicen. No había terminado de conocer a Jesús, no habían querido entender sus palabras. ‘Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’, les vuelve a insistir Jesús. Palabras solemnes de Jesús que nos vienen a manifestar claramente que es el Hijo de Dios. Como dirá en otro momento ‘el Padre y yo somos uno’.

Se escabulló de sus manos, porque aun seguían queriendo detenerlo y se fue a la otra orilla del Jordán, allá donde Juan había estado bautizando.  ‘Y muchos creyeron en El allí’, nos dice el evangelista.

Estamos ya a las puertas de la semana de Pasión que culminará con la celebración de la Pascua para lo que hemos venido preparándonos durante todo el camino cuaresmal. Momento ha sido todo este recorrido para repasar muchas cosas de nuestra vida, de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús, de la autenticidad que tiene que haber en nuestra vida y de la necesaria renovación que hemos de hacer. Hoy se nos está preguntando por la congruencia de nuestra fe y nuestra vida.

¿Creemos para una procesión o para hacer grandes manifestaciones religiosas cargadas de mucha pomposidad o creemos como verdadero alimento de nuestra vida, como motor de una transformación de nuestras costumbres, como fermento de un nuevo sentido de iglesia que hemos de vivir, como un compromiso que tenemos también con la vida y con la sociedad que estamos construyendo?

¿Se notará allí donde estamos, donde desarrollamos nuestra vida diaria que en nosotros hay una fe y hay unos valores distintos aunque tengamos que ir a contracorriente del mundo y la sociedad en la que vivimos? ¿En qué se nota que hay unos cristianos que son fermento de una sociedad nueva?

viernes, 17 de enero de 2025

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

 


Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad

Hebreos 4,1-5.11; Salmo 77; Marcos 2,1-12

Con que facilidad nos cegamos y no somos capaces de ver lo que con claridad tenemos ante nuestros ojos; cuántas discusiones y enfrentamientos sostenemos, ya sea de una forma dialéctica, pero que en ocasiones caemos en posturas violentas por no ser capaces de ceder para comprender el razonamiento que se nos ofrece; es esa postura que mantenemos, muchas veces excesivamente marcada por nuestro amor propio que nos impide dar el brazo a torcer, como se suele decir, para entender algo nuevo que se nos presenta, un nuevo plan sobre lo que estemos proyectando, una nueva vía que se puede abrir en la vida para la solución de muchas cosas. Andamos con prevención ante lo que se nos pueda ofrecer porque tenemos nuestras ideas muy cerradas, pensando que nuestra postura es la única buena y ya no seremos capaces de ver algo distinto. Son también los prejuicios que nos hacemos o que tenemos ante las otras personas que nos llevan como por sistema a rechazar todo lo que resulte novedoso. Tendría que hacernos pensar y reflexionar.

Sucedía con Jesús. Había algunos que andaban prevenidos contra aquel profeta – la gente sencilla así lo consideraba ya – que había surgido en las tierras de Galilea. Pronto incluso bajarán escribas o personajes de ciertas tendencias desde Jerusalén para observar lo que está sucediendo porque la fama de Jesús está llegando a todas partes. Había sucedido también con Juan Bautista allá en el Jordán en el desierto a donde también habían enviado una embajada para indagar qué sentido tenía aquella predicación y aquellos signos que realizaba el Bautista.

De alguna manera es lo que hoy contemplamos también en este momento en el evangelio con Jesús. Su fama se había ido extendiendo que cuando regresa de nuevo a Cafarnaún la gente se agolpa a la puerta de la casa donde Jesús está enseñando. Por allá se habían logrado introducir también los de esa embajada, llamémosla así, para observar lo que hacía Jesús.

Y llegan unos hombres de buena voluntad que traen un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure; es imposible atravesar la puerta a causa de la gente aglomerada y deciden descolgarlo desde el techo. Quieren la salud para aquel hombre y hacen de su mano todo lo posible. Es la fe, de la que Jesús incluso se maravilla y Jesús que ofrece la salud a aquel hombre, pero no ha dicho que se levante de la camilla, sino que sus pecados están perdonados. Estupor, sorpresa en los presentes ante las palabras de Jesús, que pasa a ser juicio condenatorio en el interior de aquellos que estaban allí con sus prevenciones para juzgar. ‘Este hombre blasfema’, es todo lo que se les ocurre decir. ¿No habían traído a este paralítico para que lo curara? Sus prejuicios iban por delante de todo razonamiento.

Vemos cómo Jesús pacientemente les hace ver de verdad quién es el que puede decir esas palabras. ¿No tendríamos que recordar aquel texto del profeta que escuchamos en la sinagoga de Nazaret que habla del que venía lleno del Espíritu para proclamar el año de gracia del Señor?

Los ciegos que recobran la vista, los leprosos que son curados, los sordomudos que recuperan el habla y el oído, los paralíticos que comienzan a caminar, los muertos que son devueltos a la vida son signos y señales de que el Reino de Dios ha llegado, y con el Reino de Dios llega la gracia y el perdón, con el Reino de Dios llega de nuevo el amor y la paz, con el Reino de Dios llega el que los hombres de verdad nos podamos amar los unos a los otros, con el Reino de Dios llegan nuestras actitudes y posturas, nuevos valores que enriquecen de verdad al hombre por dentro. Es lo que Jesús anuncia y proclama, es el Evangelio, la buena noticia que viene a anunciarnos.

Más importante es la paz que sintamos en el corazón porque nos veamos liberados desde lo más hondo de las peores esclavitudes que el hecho de recobrar la vista o el movimiento de nuestros miembros. Importante es esa transformación que sentimos por dentro cuando comenzamos a ver de forma distinta al que camina a nuestro lado; importantes son esos nuevos pasos que podamos dar para construir la paz buscando la reconciliación entre todos; importante es esa mano tendida para ayudar y para compartir porque nuestro corazón está lleno de amor y de generosidad. Son muchas las camillas de las que tenemos que desprendernos, esas actitudes negativas que tantas veces nos paralizan, nos enfrentan, nos hacen dejarnos arrastrar por las pasiones.

Jesús a nosotros también nos dice ‘levántate y anda’, aunque no estemos cojos físicamente, porque son muchas las camillas que nos impiden caminar de verdad.  Y aquí tendríamos que pensar también en todos esos prejuicios que nos ciegan y esas prevenciones que nos llevan a juicios condenatorios, a resentimientos, a orgullos que nos hacen creernos superiores o mejores.

 

lunes, 23 de enero de 2023

Cuando llevamos malicia en el corazón y nos duele ver descubierta nuestra hipocresía recordemos que solo los limpios de corazón verán a Dios

 


Cuando llevamos malicia en el corazón y nos duele ver descubierta nuestra hipocresía recordemos que solo los limpios de corazón verán a Dios

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30

Cuando vemos a alguien que hace cosas fuera de lo normal, lo fácil es decir que está loco. Pero si por otra parte observamos que hace cosas extravagantes para el común de la gente, que incluso podemos descubrir malicia en las intenciones de lo que hace porque, por ejemplo, quiere perjudicar o hacer daño a alguien, ya nuestras consideraciones hacia esa persona son más fuertes y ya podemos comenzar a usar calificativos que no solo lo descalifican sino que de alguna manera lo marcan por esa maldad que puede llevar loco; decirle que está loco ya nos parece poco y hastiados en algún momento podemos llegar a decirle que tiene el diablo dentro.

Algo así le estaba pasando a Jesús, hace unos días vimos que la familia trataba de disuadirlo de la tarea que realizaba y hasta pretendían llevárselo a casa porque decían que no andaba en sus cabales; hoy las calificaciones son más fuertes, porque a aquellos que no les gustaba la manera de actuar de Jesús, y viendo que la gente sencilla se iba con Jesús, lo que querían era descalificarlo y por eso decían que Jesús actuaba con el poder de Satanás. Si Jesús era algo así como alguien poseído por el demonio, habría que andar con cuidado con El y era la manera de que la gente sencilla se apartara de Jesús.

Cuando llevamos la malicia en el corazón, cuando nos duele que nos echen en cara nuestra hipocresía, cuando somos nosotros los que podríamos vernos desprestigiados porque podríamos incluso perder el poder las influencias que podamos tener y con el podamos manipular a los demás, es cierto que reaccionamos mal, como estaba sucediendo en aquel momento.

No les valen los razonamientos de Jesús para hacerles ver la incongruencia de sus palabras y de su actuación, porque un reino dividido no puede sostenerse a si mismo, y como Satanás va a luchar contra sus propios intereses cuando Jesús lo que está haciendo es ir liberando del poder de Satanás a quienes se ven atados por el mal. Por eso Jesús terminará con una frase tremendamente dura, diciéndonos que hay un pecado que no puede alcanzar el perdón, y es la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Si no queremos reconocer nuestro mal, si no queremos acudir allí donde podremos obtener el perdón de nuestro pecado, claro que no obtendremos el perdón. Es un regalo del amor de Dios que nos ofrece su perdón, pero hemos de estar nosotros en disposición de aceptar ese regalo, si ponemos nuestra fe en Dios y en la fuerza de su Espíritu por el que recibimos el perdón de los pecados.

No es que Dios se niegue a darnos el perdón, somos nosotros los que nos negamos a ir a recibirlo porque incluso estamos negando la posibilidad de ese perdón. Claro está en el evangelio que Dios es misericordioso hasta lo infinito y siempre está dispuesto como el padre de la parábola a esperar al hijo pródigo a la puerta de la casa o salir al que pareciendo bueno sin embargo no da cabida en su corazón al hermano pecador.

Así tenemos que abrirnos a la misericordia de Dios que siempre está con los brazos abiertos para ofrecernos ese regalo de amor que es el perdón; así ponemos toda nuestra fe en el Espíritu del Señor que inunda nuestra vida del amor de Dios para que seamos capaces de gozarnos en el perdón que Dios nos ofrece; así ponemos también la mejor pureza de intención en nuestro corazón para poder descubrir esas maravillas del amor misericordioso de Dios; ya nos decía Jesús en las bienaventuranzas que los limpios de corazón serán dichosos porque verán a Dios.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

 


Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos,  con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

El amor siempre sorprende. Por amor seremos capaces de hacer aun aquello que no haríamos por todo el oro del mundo. Siempre seremos capaces de tener un nuevo gesto amor. Nos hace creativos. Nos hace que cuando por cualquier otro motivo no nos ofreceríamos para ser los primeros, por amor siempre estaremos dispuestos. Y el amor nos sorprende, lo que no imaginamos allí lo vamos a encontrar. Nos deja descolocados, porque aquello que no esperábamos lo vamos a encontrar.

Por eso siempre nos sorprende Dios, por eso Jesús continuamente nos estará sorprendiendo con nuevos gestos, con nueva cercanía, ofreciéndonos lo que nadie podría ofrecernos. Continuamente nos está dando muestras de lo que es su amor, de lo que es el amor de Dios, del que es la mejor imagen. 

Igual le vemos con la gente más sencilla rodeado de pescadores, o no le importa sentarse a la mesa tanto del fariseo que lo invita como del publicano que ofrecerá un banquete porque se ve honrado con la amistad de Jesús que lo admite a formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, igual lo veremos que la mujer pública se acerca para lavarle los pies con sus lágrimas y ofrecerle el ungüento que no recibirá en su sepultura como se deja tocar el manto por aquella mujer impura por sus hemorragias.

Pero  hoy la sorpresa será mayor. Cuando está rodeado de tanta gente que ya ni por la puerta pueden entrar, se van a descorrer las tejas de la azotea para bajar hasta él a un paralítico para que lo cure. Pero la sorpresa va más allá de la audacia de aquellos hombres que no temen romper el tejado para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús, sino que sus primeras palabras no serán para curar lo que tanto ansían, la invalidez de aquellas piernas, sino para ofrecerle el perdón de sus pecados.

El estupor y la sorpresa fueron grandes, sobre todo para aquellos que estaban allí para acechar sus gestos y sus palabras, porque ya comenzaban a desconfiar del mensaje nuevo que Jesús está propagando. Por allá estaban sentado unos escribas y unos fariseos, no porque tuvieran interés de escuchar a Jesús en provecho de sus vidas, sino para acecharlo en aquello que pudiera parecer un desliz y tener con qué acusarlo. Ahora tienen motivos porque aquellas palabras de Jesús parecen blasfemas porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. No han terminado de entender quien realmente es Jesús.

Este hombre blasfema. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’, fue la reacción de los que estaban allí al acecho. Parecía que no tenían capacidad en su corazón para ver más allá de este gesto y estas palabras de Jesús que les sorprenden por lo que parece un atrevimiento de Jesús.

Solo Dios puede perdonar pecados, pero solo Dios es el que da la vida y nos puede liberar de la enfermedad, solo en Dios podemos alcanzar la salvación, les viene a decir Jesús. ‘¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?’. Y tomó de la mano al paralítico, ‘levántate y anda’. Podía hacerlo Jesús. Podía perdonarnos Jesús. Es que en Jesús estaba la salvación. Y el paralítico ‘tomó su camilla donde había estado tendido y marchó a su casa dando gloria a Dios’. Todos quedaron admirados y sorprendidos. ‘Hoy hemos visto maravillas’, no les quedó más remedio que reconocer a todos los allí presentes.  Allí se había manifestado el amor de Dios que nos sana y nos da vida porque nos da su perdón, que nos levanta de nuestras camillas pero llena de gracia nuestro corazón.

¿Nos dejaremos sorprender nosotros igualmente por el amor de Dios? ¿Qué necesitamos nosotros más? ¿Seremos el paralítico tendido en la camilla o seremos aquellos que aunque sorprendidos seguimos desconfiados de la salvación de Dios? 

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, allí con nuestras parálisis que son algo más que unos miembros que no se pueden mover, o unos corazones endurecidos que muchas veces no sabemos sintonizar con el amor.

jueves, 30 de junio de 2022

No todos entienden que los milagros son signos de lo nuevo que Jesús nos ofrece, esa transformación de nuestra vida, el perdón como auténtica liberación interior

 


No todos entienden que los milagros son signos de lo nuevo que Jesús nos ofrece, esa transformación de nuestra vida, el perdón como auténtica liberación interior

Amós 7, 10-17; Sal 18; Mateo 9, 1-8

¿Por qué siempre tenemos que estar con la mosca detrás de la oreja, llenos de desconfianza y de sospechas ante lo que hacen los demás? Siembra desconfianza y harás que todo se vea con ojos torcidos, con ojos turbios. Ya puede ser la cosa más buena del mundo lo que hace el otro, que siempre estarás viendo una segunda intención, tu mirada estará llena de malicia, y no serás capaz de admirar lo bueno y lo bello que puedan hacer los demás.

Así andaban algunos con Jesús. Algunos no lo veían con buenos ojos. La gente sencilla habitualmente se admiraba de las cosas que Jesús hacía y sabía descubrir las maravillas de Dios, aunque también podían ser manipulables y un día a los que ahora todo eran alabanzas podían volverlos en contra. Así andaban los principales del pueblo en contra de Jesús; ¿podían ver en peligro los privilegios que se habían arrogado para su dominio y manipulación de los demás? ¿Estaban anquilosados en sus viejas rutinas y tradiciones y no eran capaces de descubrir la novedad que Jesús les presentaba del sentido del Reino de Dios? Por eso, mientras unos alaban y bendicen a Dios porque están contemplando su gloria en las obras de Jesús, otros lo tienen por blasfemo y podríamos decir que iban acumulando cosas para el día en que presentaran acusaciones contra El, porque había que quitarlo de en medio.

Es lo que sucede en este episodio que nos narra hoy el evangelio. Se están manifestando los signos de que el Reino de Dios ha llegado y viene a hacerlo todo nuevo, pero la postura de aquellos fariseos y letrados es ponerse como enfrente para observar, para juzgar, para condenar. ¿Será lo que algunas veces nosotros podemos hacer cuando estamos siempre en actitud crítica y no somos capaces de reconocer lo bueno?

Unos hombres vienen portando en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure. El relato de los otros evangelistas nos hablará de las dificultades para llegar a los pies de Jesús y las iniciativas que toman. Mateo simplemente nos dice que lo pusieron a los pies de Jesús. Y Jesús vio la fe de aquellos hombres. Descubrir la fe de los sencillos, como tenemos que saber hacerlo sin prejuicios ni suposiciones. No era fanatismo, era la fe de aquellos hombres lo que Jesús valora. Y allí se va a manifestar que llega el Reino de Dios. Jesús cura, pero cura desde lo más hondo. Por eso sus palabras primeras son ‘tus pecados quedan perdonados’.

Cuando reconocemos en verdad que Jesús es el Señor estamos expresando nuestra fe en el Reino de Dios; cuando reconocemos que Jesús es el Señor nuestras vida se transforma, se liberan de todo el mal más hondo que pueda haber en ella. No importa ya si nuestros miembros se ven liberados de sus limitaciones, si nuestras piernas comienzan a caminar o caen las escamas de la ceguera de nuestros ojos. Lo importante es esa liberación interior que nos trae la paz, ese perdón de Dios que nos llena de nueva vida. Es la forma de decir que el Reino de Dios está cerca. Esos signos externos manifestarán lo más hondo que se produce en nosotros, ese perdón, esa liberación, esa vida nueva que comenzamos a vivir.

No todos lo entienden. No todos entienden que los milagros son signos de lo nuevo que Jesús nos ofrece, esa transformación de nuestra vida; no todos entienden este tema del perdón como auténtica liberación interior, y nos podemos quedar en un mero rito, como se podían quedar aquellos hombres solo con lo externo de la curación. Pero Jesús nos está manifestando esa auténtica liberación de nuestra vida con su poder. No todos lo entienden, por allí andan los que dirán que está blasfemando porque el perdón es solo cosa de Dios. Pero Jesús nos esta diciendo que también el perdón es cosa nuestra, que podemos y tenemos que ofrecer perdón para que los corazones se llenen de paz. Cuánto nos cuesta entenderlo también.

Ante los pensamientos perversos de los que estaban allí acechando Jesús manifiesta que sí tiene ese poder del perdón. ¿Quién puede dar la vida sino Dios? Y es lo que Jesús nos ofrece, ha dado su vida para que nosotros tengamos vida. ‘¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa. Y aquel hombre cargó con su camilla y fue a su casa.

¿Qué hacemos o qué decimos nosotros? ¿Buscamos también esa liberación, ese perdón y esa paz que Jesús nos puede ofrecer? ¿Andaremos también con nuestras desconfianzas y nuestra falta de fe?

lunes, 6 de diciembre de 2021

Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios

 


Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Dios se mete en medio de nosotros aunque a veces no sepamos descubrir su presencia o lo que quiere decirnos a través de lo que nos sucede. Sí, Dios está caminando en medio de nosotros y tendríamos que tener una buena sintonía de Dios, una mirada verdaderamente creyente para cuanto nos sucede. No para que estemos viendo siempre castigos, porque cuando suceden desgracias tenemos esa tentación fácil. Aquello que inocentemente decíamos de niños, ‘Dios castiga sin piedra ni palo’, cuando nos sucedía algo que no entendíamos después de quizás haber metido la mata en alguna cosa. Yo hoy no lo diría así, sino que el amor de Dios se hace presente no para castigarnos, sino para llamarnos y no son piedras ni palos sino muchos gestos bonitos que podemos ver en los demás y que son señales de ese amor de Dios.

Hoy contemplamos en el evangelio un pasaje que en su mismo desarrollo fue desconcertante para algunos, sin embargo al final nos dirá el evangelista que la gente daba gloria a Dios porque había visto maravillas. Unos hombres – bien anónimos porque poco se dice de quienes eran pero que son muy importantes en este relato – vienen trayendo en una camilla a un paralítico que quieren hacer llegar hasta los pies de Jesús. Ante las dificultades por la afluencia de gente a la entrada de la puerta se las ingenias para descubrir el tejado y por allí bajar al hombre en su camilla hasta los pies de Jesús.

¿Sorpresa por la osadía de aquellos hombres? El dueño de la casa ya estaría pensando quien iba a arreglar todo aquel destrozo. Pero la sorpresa fue mayor en la reacción de Jesús. ‘Viendo la fe que tenían le dice: Hombre, tus pecados están perdonados’. ¿No venían para que Jesús curase a aquel hombre? pero esa quizá fue la reacción menor, porque por allí andaban unos fariseos y maestros de la ley que comienzan a hablar de blasfemia. Y eso era muy grave, pues aplicando al pie de la letra la ley de Moisés al blasfema habría que apedrearle. A tanto quizá no llegan, pero su reacción es notable de manera que encontrará respuesta en Jesús.

‘¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Y aquel  hombre quedo curado, tomó su camilla y fue a su casa.

Dios estaba allí presente y lo que se estaba manifestando era la misericordia infinita de Dios. Aquellos fariseos y maestros de la ley no la supieron ver; la gente sencilla – es a los pequeños y a los sencillos a los que se manifiesta mejor el rostro de Dios – supieron reconocerlo y daban gloria a Dios. ‘Hoy hemos visto maravillas’, exclaman todos.

Es en cada uno de los pequeños detalles donde se está manifestando la gloria de Dios. Nos han pasado desapercibidos aunque somos conscientes de su fe y su valentía para llegar a descolgar por el techo al paralítico. ¿Pero no tendríamos que ver ahí también los caminos de Dios?

Eran unos voluntarios, como ahora los llamaríamos, pero estaban haciendo la obra de Dios. Eran unos voluntarios que estaban caminando, quizá sin saberlo o ser conscientes del todo, los caminos de Dios. Los caminos de Dios que también se están abriendo para nosotros. Grande es el campo donde podemos recorrerlo, porque muchas cosas semejantes podemos ir haciendo en la vida. Ayudaron al paralítico a llegar hasta Jesús, ayudar…

Cuántas manos podemos tender, cuántos brazos podemos ofrecer para que sirvan de apoyo, cuantos hombros podemos poner junto al abatido para que descanse allí su pena y su dolor, cuántos oídos tenemos que abrir para escuchar aunque nos lo repitan cansinamente una y otra vez las penas y las angustias de tantos que sufren, cuánto tenemos que abrir nuestros ojos para ver, para darnos cuenta, para captar la necesidad o ver esa mirada suplicante… cuántas camillas podemos nosotros portar de tantos a los que les cuesta caminar por la vida.

Los caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer; los caminos de Dios que en nosotros han de ser signos para los demás. Que todos puedan ver las maravillas de Dios.

viernes, 26 de marzo de 2021

Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

 


Si llegamos a ser capaces de llevar sobre nuestros hombros el sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado viviremos intensamente el misterio pascual de Cristo

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42

Cuando éramos chiquillos en nuestros juegos nos tirábamos piedras; en la violencia de nuestros enfados, como arma fácil al alcance de la mano para defendernos era un medio que terminábamos haciendo; en nuestra edad no era habitual que los mayores se tiraran piedras unos a otros salvo cuando la maldad se metía demasiado en el corazón en nuestras rencillas vecinales, no tanto quizá por herir y hacer daño sino más bien como un acoso o una amenaza.

Pero por lo que vemos en el evangelio era más normal en aquellos tiempos antiguos el utilizar las piedras como arma para hacer daño a los otros; además en las normas de convivencia del pueblo judío se utilizaba el apedreamiento como forma de castigo ante cosas que se consideraban especialmente graves como era la blasfemia o el adulterio. En el evangelio recordamos que trajeron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús, en este caso para poner a prueba a Jesús, diciendo que la ley de Moisés mandaba apedrear a las adúlteras. No era el camino de la violencia hasta la muerte el que pudiera llevar al pecador a la reconciliación con Dios por su pecado. Otro caso era la blasfemia como es la referencia que hoy se hace, pero que en el Hechos de los Apóstoles aplican a Esteban porque lo consideran un blasfemo.

Como deducimos del evangelio de hoy en versículos anteriores pretendieron apedrear a Jesús y es la pregunta que Jesús les hace ¿por cuál obra buena le van a apedrear? Y aquí está la presentación que Jesús está haciendo de sí mismo. Lo ha repetido muchas veces que El no hace otra cosa que las obras del Padre del que es el enviado. Esas obras que tendrían que corroborar que Jesús es el enviado de Dios, pero no soportan que El le llame Padre, que se presente como el Hijo del Padre, como el Hijo de Dios.

En su obcecación no fueron capaces de descubrir las obras de Dios en Jesús. Ya vemos que en otra ocasión llegan a atribuirle el poder de expulsar demonios al actuar en el nombre y con el poder del príncipe de los demonios, lo cual en sí mismo es más sacrílego aún. Ya les dice Jesús que si piensan así que se den cuenta que todo reino dividido por sí mismo se viene abajo y como va Satanás a luchar contra sus intereses siendo el factor de la expulsión de los demonios.

Creo que este pasaje del evangelio, que escuchamos precisamente en esta última semana de cuaresma cuando nos predisponemos ya a celebrar la Semana Santa y el Triduo Pascual de la pasión, muerte y de la resurrección de Jesús, nos tiene que llevar a que crezcamos en el conocimiento de Jesús, que alejemos de nuestra mente y de nuestro corazón todo atisbo de duda y mal entendimiento, que nos predispongamos de verdad a las celebraciones de la pasión y muerte del Señor que vamos a vivir en estos días. Que nos centremos de verdad en la Palabra del Señor que cada día vamos escuchando y así vaya creciendo nuestra fe y nuestro amor.

Así tenemos que caldear nuestro corazón, predisponer nuestro espíritu para que aún con la especial austeridad con que una vez más este año lo vamos a celebrar dadas las circunstancias que estamos viviendo, sin embargo le demos intensidad de vida a lo que celebramos. No es una imagen más o menos bellamente adornada lo que tiene que movernos a vivir el misterio pascual de Cristo; es algo mucho más hondo lo que tenemos que vivir.

Contemplemos leyendo con la sencillez y a la vez el dramatismo que se nos ofrece en el texto sagrado todo el misterio pascual de Cristo y siendo capaz de ir poniendo como en transparencia todo lo que es ese dolor, ese sufrimiento, esas angustias que viven los hombres de nuestro tiempo. En esa transparencia de Cristo serán muchos los cristos que podemos contemplar en los hermanos que sufren y pensemos cómo podemos y tenemos que ser cireneos para esos hermanos para ayudarles a la llevar la cruz igual que lo hubiéramos hecho quizás si hubiésemos estado en la calle de la amargura en la mañana de aquel primer viernes santo de la historia.

Siendo capaces de llevar también sobre nuestros hombros la cruz del sufrimiento del hermano que camina a nuestro lado será como podremos vivir con toda intensidad el misterio pascual de Cristo que nos disponemos a celebrar.

viernes, 3 de abril de 2020

Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador


Aunque los que nos rodean quieran socavar los cimientos de nuestra fe con valentía la expresamos y proclamamos que Jesús es el Hijo de Dios, nuestro único salvador

Jeremías 20, 10-13; Sal 17; Juan 10, 31-42
‘Los judíos cogieron piedras para apedrear a Jesús’. Son momentos tensos los que se viven. Y ya sabemos cuando hay tensión y no tenemos argumentos para mantener nuestras posturas o cuando no sabemos como rebatir al oponente, tiramos piedras, aparece la violencia. Hoy quizá no tiramos piedras en el sentido físico del término, pero hay muchas maneras de tirar piedras incluso sutilmente; desprestigiamos, empleamos los medios que estén a nuestro alcance o que nos inventemos para acallar al oponente, hacemos boicot a lo que hace nuestro contrincante y buscamos la manera de que no pueda triunfar en la vida, destruimos, en una palabra.
Hoy se es muy sibilino en estas cosas, porque al final queremos quedar como los buenos, los que no hemos hecho nada, como se dice, no hemos roto un plato. Pero destruido está nuestro oponente. Demasiado lo vemos en la vida social, en la carrera política incluso en los que son de una misma ideología, porque no se permite que nadie le haga sombra, y los mandamos al gallinero, sea una expresión que también empleamos.
A los dirigentes del pueblo, a los dirigentes de Jerusalén en el entorno del templo y de los puntos de poder que aun les quedaban a los judíos se les iba de las manos el caso de Jesús. El pueblo andaba entusiasmado por Jesús, pero ya buscarían la forma de manipularlo como así hicieron para que aquellos que ahora eran favorables a Jesús terminaran pidiendo su muerte en el patio del pretorio. No les quedaba más remedio que reconocer que lo que Jesús hacía era obra de Dios, pero cómo iban ellos a perder sus influencias y su poder. Habían intentado prenderle en más de una ocasión y se les había escapado de las manos o los que habían enviado con esa orden no se habían sentido capaces, como no hace mucho escuchamos.
A Jesús le vemos hoy apelando a sus obras, que son obras de Dios, que es lo que el Padre del cielo le ha mandado hacer. Pero cuando nos cegamos no somos capaces de ver lo bueno. ¿Qué hacía Jesús sino amar? ¿Qué hacía Jesús sino liberar del mal a todos los que sufrían? ¿Qué hacía y enseñaba Jesús sino hacer que cada uno descubriera su dignidad y grandeza y actuara en consecuencia con la libertad de los hijos de Dios, como recientemente hemos escuchado?
Acusan a Jesús de blasfemo. En la ley judía la blasfemia se castiga apedreando al blasfemo y es lo que quieren hacer ahora con Jesús.  ‘¿Decís vosotros: ¡Blasfemas! porque he dicho: Soy Hijo de Dios? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre’.
Aunque también el mundo que nos rodea no sea capaz de reconocerlo, confesamos nuestra fe en Jesús reconociéndolo como Hijo de Dios. No es simplemente un hombre bueno. En Jesús se manifiesta Dios, Jesús es el rostro del amor de Dios, Jesús es el Hijo de Dios. Tenemos que reafirmar bien nuestra fe, no podemos decaer, no podemos dejar arrastrar por lo que oigamos por acá o por allá. También el mundo que nos rodea quiere socavar bajo nuestros pues para hacernos dudar. Y es que cuando lleguemos a dudar de quién es en verdad Jesús, todo se nos vendrá abajo. Y el enemigo lo sabe y en el materialismo, la indiferencia religiosa, el ateismo que envuelve nuestro mundo serán muchas las cosas con las que querrán arrancar la fe nuestro corazón. 
Cuidemos nuestra fe, expresémosla sin miedo ni cobardía, seamos valientes en nuestro testimonio. En medio de las crisis en que se ve envuelto nuestro mundo se necesita que brille con fuerte resplandor nuestra fe. Y la vamos a expresar con actitudes buenas y positivas con las que queremos construir las mejores relaciones entre nosotros y en el mundo.

domingo, 10 de junio de 2018

El mensaje del Evangelio que siempre nos inquieta, no nos deja adormilados, nos interroga por dentro, nos compromete y nos pone en camino de una vida nueva


El mensaje del Evangelio que siempre nos inquieta, no nos deja adormilados, nos interroga por dentro, nos compromete y nos pone en camino de una vida nueva

Génesis 3, 9-15; Sal. 129; 2Corintios 4, 13–5, 1; Marcos 3, 20-35

El mensaje de Jesús no es como para dejarnos como adormilados y relajados en nuestras rutinas y en la insensibilidad de una vida cómoda. La presencia de la figura de su Jesús y su mensaje siembra inquietud en los que lo contemplan y lo escuchan cuando hay un mínimo de sensibilidad y de sinceridad en la escucha.
Algunas veces una lectura en cierto modo superficial del evangelio nos puede hacer pensar que en torno a Jesús todos lo tenían claro y siempre todo eran aclamaciones de gentes entusiasmadas que lo escuchaban y seguían. Pero si hacemos una lectura atenta nos iremos dando cuenta que aquello que había anunciado el anciano Simeón cuando la presentación de Jesús niño en el templo se hacia realidad continuamente. Era en verdad un signo de contradicción.
Por eso tenemos que acercarnos siempre al Evangelio sin ideas preconcebidas en un sentido o en otro sino con una sinceridad de conciencia para ponernos frente a frente con Jesús y su evangelio, con sus enseñanzas y sus signos aunque pudieran dejarnos intranquilos porque se produzca una inquietud en nuestro corazón. Inquietud que no significa pérdida de paz, sino interrogantes, deseos de búsqueda, descubrimiento de las contradicciones que tantas veces pueden aparecer en nuestra vida.
Ejemplo lo tenemos en la página del evangelio de hoy. Nos habla de que acudía tanta gente que no le dejaban tiempo ni para comer, pero inmediatamente vienen algunos familiares y tratan de llevárselo porque no estaba en sus cabales. La preocupación de los familiares porque veían que no podía seguir con una vida así y aquello podía acabar mal.
Pero al mismo tiempo por allá andan diciendo los que siempre estaban en contra que lo que Jesús hacia lo hacia con el poder del demonio. Realmente es que les desconcertaba lo que Jesús hacia y decía, no podían entenderlo, rompía sus esquemas, y para ellos eso era como echar abajo aquella religión en la que siempre habían creído. Cuanto de eso puede seguir sucediendo cuando ella alguien que con sus palabras o con sus gestos nos provoca inquietudes que nunca habíamos sentido y que nos hace tener unos planteamientos serios sobre lo que hemos venido haciendo siempre. Cuando nos tratan de arrancar de nuestras rutinas y comodidades ya no nos gusta y nuestra reacción puede ser el desprestigiar a aquel que nos hace pensar, que nos hace reflexionar para entrar en revisión de nuestras posturas.
Ya nos responde Jesús haciéndonos ver la contradicción que realmente donde está es en nosotros por nuestra frialdad, por nuestros legalismos, por los ritualismos en que convertimos todo el hecho religioso y cristiano. Ya tendríamos que pararnos a pensar y a reflexionar más a fondo en lo que hacemos y como y por qué lo hacemos. Ya tendríamos que revisarnos de esa tibieza espiritual en la que hemos metido nuestra vida donde de verdad no terminamos de definirnos si estamos o no estamos por el evangelio. Ya tendríamos que revisarnos y plantearnos seriamente nuestra falta de compromiso, y hasta de la incongruencia en que podemos estar viviendo nuestra vida cristiana, porque no terminamos de entregarnos como tendríamos que hacerlo.
Y habla Jesús de ese pecado terrible de la blasfemia contra el Espíritu Santo. Atribuir al espíritu maligno la acción del Espíritu de Dios. Es ese hacernos oídos sordos a la inspiración del Espíritu en nosotros. ¿Cómo podemos avanzar en el camino de nuestra vida, de nuestra fe, de la respuesta que como cristianos tenemos que dar si no  nos dejamos conducir por el Espíritu Santo? Es el pecado que nos hace caer por la pendiente del mal; es el meternos en ese torbellino de las obras malas que comienzan por nuestra tibieza y superficialidad del que luego nos será difícil arrancarnos y en el que nos iremos hundiendo más y más.
Y finalmente nos ofrece otro detalle que a primera vista nos puede parecer desconcertante. Parece que Jesús no hace caso cuando le dicen que allí están su madre y sus hermanos, su familia. ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’ se pregunta Jesús ante el anuncio que le hacen. Parece que se desentendiera, pero sin embargo nos deja un hermoso mensaje. Podemos entrar en la órbita de su familia si hacemos como María, como el proclamara en otro momento. Ahora nos dice que serán su madre y sus hermanos los que cumplen la voluntad de Dios, los que de verdad plantan en su corazón la Palabra de Dios y la ponen en práctica.
Un evangelio que nos puede hacer reflexionar sobre muchas cosas. Un evangelio, como lo es siempre como Buena Nueva que es, que nos inquieta, nos hace preguntar, no nos deja adormilados, nos pone en camino de vida nueva, nos hace renovarnos de verdad. Porque quien escucha y la escucha de verdad, con total sinceridad, la Buena Nueva de Jesús ya su vida no puede seguir siendo igual. Dejémonos interpelar por el Evangelio de Jesús.

lunes, 22 de enero de 2018

Una mirada turbia se convierte en destructiva de todo lo bueno que hay a nuestro alrededor corroyendo el bien y la bondad de los demás cuando sembramos desconfianza


Una mirada turbia se convierte en destructiva de todo lo bueno que hay a nuestro alrededor corroyendo el bien y la bondad de los demás cuando sembramos desconfianza

2Samuel 5,1-7.10; Sal 88; Marcos 3,22-30

Tenemos tristemente que reconocer que hay gente que por donde quiera que vaya es generadora de desconfianza y sembradora de discordias.  Nunca miran con ojos limpios, siempre quieren ver detrás de lo bueno que ve todo el mundo alguna malévola intención, porque quizá sus ojos son malévolos y su corazón es retorcido en la maldad. No solo lo piensan o lo sienten por dentro sino que sabrán tener la palabrita oportuna que genere esa desconfianza en los demás para hacer que todos duden, para quitar prestigio a quien hace el bien, para hacer prevalecer lo que llevan en sus mentes retorcidas.
Es una triste realidad. Siembra desconfianza y hará corroer los cimientos del buen pensamiento que los demás puedan tener y destruirán amistades, romperán la armonía de los hogares, Irán descomponiendo ese mundo bueno que con buena voluntad y hasta con sacrificio queremos otros construir. Y una vez que con nuestras palabras corrosivas hayamos maleado la visión de los demás que difícil será recomponer la buena fama de aquellos que hemos querido desprestigiar.
Cuánto cuidado hemos de tener con esas cosas. Cómo hemos de cuidar nuestras palabras para que en referencia a los demás nunca creen desconfianzas. Qué colirio de pureza hemos de poner en nuestros ojos para que siempre tengamos una mirada clara y limpia y así podamos apreciar lo bueno de los demás.
Cómo tenemos que desterrar de nosotros esas envidias que nos hacen mirar torcidamente a los otros para solo ver malas intenciones en lo bueno que hacen y cómo hemos de curarnos de esa lepra de nuestros orgullos, amor propio o ambiciones que tanto daño nos hacen desde lo hondo de nosotros mismos. Somos como esa fruta maleada que aparentemente puede parecer de agradable presencia, bonito color y aromático olor, pero que en su interior ya lleva la podredumbre con la que contagiará las buenas frutas que pueda haber a su lado.
Me vengo haciendo esta reflexión tratando de leer en nuestra vida lo que hoy nos narra el evangelio. Habían bajado de Jerusalén unos escribas que comenzaron a hablar más de Jesús y de los signos que realizaba. Venían a desprestigiar y a crear desconfianza en Jesús para que las gentes no le siguieran. Lo mejor era atribuir todos aquellos signos que Jesús realizaba al poder del maligno. Reino dividido, como les echará en cara Jesús. Es lo que tratan de hacer.
Era toda una blasfemia contra la gloria de Dios, un horrible pecado. Y cuando no queremos reconocer por un lado nuestro mal, pero tal mismo tampoco queremos reconocer el poder y la fuerza de la gracia del Señor no podremos hacernos beneficiarios de la salvación que Jesús nos ofrece. Por eso les dice Jesús que su pecado no tiene perdón. El Señor sí quiere perdonarnos, somos nosotros los que con nuestra cerrazón los que no queremos recibir ese perdón de Dios.
Aprendamos la lección. No vayamos por la vida sembrando desconfianzas, con mirada turbia para solo ver el mal. Que cambien nuestras actitudes hacia los demás, que se abra nuestro corazón a la gracia de Dios.