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jueves, 12 de marzo de 2026

Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

 




Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy. Cuando nos cegamos en nuestras ideas o en nuestra manera de ver las cosas, por eso mismo porque nos cegamos no seremos capaces de ver la luz que hay en los demás. Nos ciegan nuestros fanatismos cuando pensamos que no se pueden hacer las cosas sino como nosotros las hacemos porque nos creemos los únicos buenos y sabios; entonces todo lo que hagan los demás lo vemos desde ese filtro y entonces nada vale de lo que hagan los que no piensan como nosotros. Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social y tenemos que decir también de la vida política.

¿Dónde encontraremos en alguien la sensatez suficiente para reconocer que su adversario hace cosas buenas y cosas que están bien? ¿Dónde están los que siguen construyendo con las mismas piedras buenas de sus adversarios aunque luego las podamos pulir según nuestro gusto? Hay una acritud muy dura en nuestra sociedad, unos orgullos que a nada bueno nos van a conducir.

Es lo que estaba sucediendo en este episodio que hoy se nos ofrece en el evangelio. Jesús curó a un sordomudo. Entendamos bien lo que nos habla el evangelio, porque en aquel momento la enfermedad o todo lo pusiera una limitación a la vida de las personas, ceguera, invalidez, ser sordomudo como en este caso, era considerada como un mal lo que venía a significar una posesión del maligno, por eso los llamaban endemoniados.  Jesús libera de su mal a aquel hombre y comenzó a hablar.

Podríamos pensar en la sorpresa y la admiración que tal hecho podía producir en los que lo contemplaban. Muchas veremos que la gente alaba al Señor que realiza tales maravillas. Pero es donde aparecen los malquerientes, los que no aceptaban a Jesús porque tampoco querían escuchar su mensaje del Reino de Dios. Y cuando estamos enconados con una cosa o con alguien todo lo que haga esa persona nos parece mal; es lo que tratan de decir aquellos opositores a Jesús. No lo está haciendo con el poder de Dios sino con el arte y poder del maligno. Tremenda incongruencia, podríamos decir, que el maligno se expulse a sí mismo de aquellos a los que tiene poseídos. Mira hasta donde somos capaces de llegar cuando estamos enfilados contra alguien.

¿Por qué nos dejamos absorber por tanta maldad? Nos creemos tan seguros que no nos damos cuenta de la debilidad que tenemos debajo de los pies. Nos cegamos, como decíamos antes, y ya no queremos ver los rastros de luz allí donde verdaderamente están. Y lo tremendo es que cuando nos envolvemos de esas malicias y de esos orgullos no nos damos cuenta de que esas actitudes negativas nos están socabando la tierra bajo nuestros pies y un día todo se nos vendrá abajo.

Además con esa negatividad en nuestras vida poco podremos construir que sea de provecho y tenga validez permanente. Es la superficialidad en la que vamos cayendo en la vida. Qué lástima como queremos ser constructores de una nueva sociedad pero lo hacemos desde los rencores y resentimientos, las envidias nos llevaran a querer destruirnos unos a otros, con esas heridas mal curadas en nuestro corazón no podrá aparecer una verdadera alegría y a pesar de las muchas músicas el alma está llena de tristezas, aunque decimos que queremos un mundo mejor no termina de aparecer la paz porque seguimos alimentando esas malquerencias en el corazón.

Jesús nos habla de aquel hombre que se creía fuerte e invencible pero que pronto todo se derrumbará y se le vendrá abajo, porque el maligno seguirá insuflando esos malos sentimientos en su corazón que todo lo destruirá. Qué necesaria esa actitud de vigilancia que hemos de mantener en nuestra vida, esa humildad para reconocer lo débiles que somos, y cómo tenemos que abrir nuestro corazón a la fortaleza del Espíritu para mantener esa rectitud en nuestras vidas, pero también para saber valorar cuanto de bueno hay también en los demás.

Es el sentido que hemos de darle a este camino cuaresmal que estamos haciendo para llegar a la Pascua.


jueves, 27 de marzo de 2025

Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

 


Liberémonos de las malicias que nos dañan, tendamos más puentes que nos acerquen, aprendamos a caminar juntos y colaborar para hacer entre todos nuestro mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

No sé por qué seremos así como nos manifestamos tantas veces, desconfiados, con suspicacias, siempre sospechando, viendo intenciones ocultas cuando no las hay; nuestros orgullos nos hacen desconfiados, nos molesta el bien que puedan hacer o que puedan tener los otros, estamos viendo canales ocultos donde no los hay, nos corroe la envidia y terminamos deseando mal.

Con lo bonito que es caminar en la vida sin malas intenciones, con el corazón en la mano, con ojos limpios y llenos de luminosidad para ver lo bueno, para resaltar el bien que puedan hacer los demás sin que por eso nosotros tengamos que sentirnos mal, sin tener malicia en nuestro corazón que tanto daño nos hace a nosotros mismos porque nos sentimos enfermos por dentro sin querer buscar una sanción, y tanto daño hacemos a los demás sembrando odios y resentimientos.

Es una cruda realidad en la que nos vemos envueltos y por la que nosotros resbalamos tantas veces cayendo en un abismo que no nos permitirá ser felices.

Jesús se encontró también con un mundo así al que quería liberar de su mal, pero que no todos quisieron aceptar esa sanción y esa liberación de Jesús. Hoy nos habla el evangelio cómo Jesús había curado a un hombre liberándolo de un espíritu inmundo, en la forma de hablar del evangelio y de aquellos tiempos. Curó a un endemoniado, como se solía decir.

Hay gente sencilla que se admira, se siente feliz con las obras que Jesús realiza, son capaces de ver la mano de Dios que les visita y les cura y les sana. Pero por allí siempre andan los desconfiados, los que tienen lleno de su corazón de maldad, los que no saben reconocer el bien aunque lo tengan delante de los ojos. Si tenemos los ojos turbios es normal que no veamos claridad, que todo lo veamos turbio. Es lo que le sucedía a algunos en torno a Jesús. En su maldad son capaces de decir que Jesús no actúa con el poder de Dios sino con el poder de Satanás. A tanto llegaba su malicia.

Qué difícil es convencer a personas que tienen esa malicia en el corazón. Lo estamos viendo a nuestro alrededor cada día en el mal entendimiento que reina en todos los sectores de la vida y de la sociedad; nunca los que consideramos adversarios de nuestras ideas podrán hacer algo bueno, porque siempre los contrarios vendrán a destruir; nunca se es capaz de continuar edificando sobre lo que otro haya construido, sino que todo lo destruiremos para comenzar de nuevo y no dejar rastro de lo bueno que hayan hecho los otros. Así nos vamos destruyendo en nuestra sociedad, así no lograremos nunca un avance a mejor porque sepamos aprovechar lo bueno que los otros hayan realizado como base de lo que seguiremos construyendo.

Jesús les decía a las gentes de su tiempo que un reino dividido no puede subsistir porque terminará haciéndose la guerra a si mismo y destruyéndose. Jesús quería hacerles comprender que el dedo de Dios estaba en aquello que estaba realizando; Jesús quería que tuviéramos ojos limpios, como decíamos antes, ojos llenos de luz para poder ver con claridad.

Hoy nosotros al escuchar este evangelio nos sentimos admirados como aquellas gentes de la obra de Dios y damos gracias, pero también recibimos la lección para nuestra mirada, para la limpieza de nuestro corazón, para las malicias de las que tenemos que liberarnos, para aprender a valorarnos más los unos a los otros respetando y exaltando lo bueno que realizan, para que logremos ese mundo del que desterremos la malicia, donde tendamos más puentes que nos acerquen, donde aprendamos a caminar juntos y colaborar entre todos para hacer nuestro mundo mejor.

lunes, 22 de enero de 2024

El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

 


El evangelio es siempre un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo, siempre es buena noticia de salvación que nos tiene que hacer pensar

2Samuel 5, 1-7. 10; Sal 88; Marcos 3, 22-30

Una página dura la que nos presenta hoy el evangelio, pero como siempre el evangelio es un camino de esperanza, un camino que nos abre a algo nuevo; siempre es buena noticia de salvación. A muchas cosas nos puede llevar a reflexionar.

Por una parte ese rechazo blasfemo que hacen de Jesús los escribas y fariseos que han bajado de Jerusalén a Galilea tratando de controlar aquello nuevo que ha surgido y que a ellos les produce tanto escándalo. Rechazan la buena nueva de Jesús, rechazan su obra, no son capaces de descubrir la obra y la mano de Dios en lo que Jesús realiza, por eso llegan a la blasfemia de decir que lo que Jesús realiza es obra del espíritu maligno.

Pero la respuesta de Jesús, las palabras de Jesús tratan de ser conciliadoras; quiere hacerles comprender la incongruencia de sus planteamientos; como nos dice Jesús un reino dividido está abocado a la muerte y a desaparecer; ¿cómo puede el espíritu maligno actuar en contra de si mismo? Lo que Jesús está haciendo es expulsar al maligno de la vida de las personas, para que sea en verdad Dios el que reine en nuestra vida. Pero no llegarán a comprender.

‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa’. Ahí están las palabras de Jesús.  

Por eso, esa parte dura de las palabras de Jesús que les dice que quienes niegan la acción del espíritu Santo no tendrán perdón. Se ha de comprender que para recibir el perdón hay que reconocer el pecado, reconocer el mal que hay en nuestra vida y del que Jesús con el perdón nos quiere liberar; si no hay arrepentimiento, y arrepentimiento es reconocimiento del pecado y querer cambiar nuestra vida para entrar en una órbita nueva, no habría entonces perdón. Si negamos la acción del espíritu del que nos viene el perdón de Dios, tampoco habría perdón. Es necesaria esa conversión de la que Jesús nos está hablando continuamente.

Todo esto de lo que nos está hablando hoy el evangelio no es una cuestión que vemos planteada solo en aquellos momentos. Es algo actual. ¿De alguna manera no estaremos negando en nuestra sociedad actual esa realidad del pecado? Cuánto nos cuesta reconocerlo, nadie tiene pecado, nadie quiere reconocer que es pecador. Y hablaremos de errores o de debilidades, está bien si lo queremos decir así, pero ¿por qué negar la culpabilidad que nosotros podamos tener en nuestro pecado en lo que hemos obrado mal? No nos queremos sentir culpables, todo lo tratamos de disculpar, claro en lo que nos atañe a nosotros, porque bien que nos fijamos en lo que hacen mal los demás y bien que los queremos hundir en su mal. Y por supuesto en la práctica de nuestra vida hasta hemos ido desapareciendo el concepto del demonio o de Satanás del que ya no queremos oír hablar.

Y es que por otra parte olvidamos nuestra relación con Dios, con buscar lo que Dios quiere y hacer su voluntad. Olvidamos o dejamos de lado los sentimientos religiosos más profundos de la persona; es cierto que se mantienen ciertas religiosidades populares que muchas veces las reducimos a unas costumbres, unas tradiciones o un folclorismo.

Veamos y reconozcamos cómo en nuestra sociedad se han ido transformando expresiones religiosas en meras costumbres populares y que cuando incluso las celebramos le hemos mermado las expresiones religiosas más profundas. Las fiestas religiosas que marcaron el calendario de nuestra vida son ahora fiestas populares a las que incluso les hemos cambiado su nombre por fiestas de la primavera o del invierno o de no sé que nombres nos inventamos. ¿En que hemos convertido incluso nuestras celebraciones de Semana Santa? Repasemos todo lo que la rodea con sus publicidades y veamos en qué la hemos convertido.

 

lunes, 23 de enero de 2023

Cuando llevamos malicia en el corazón y nos duele ver descubierta nuestra hipocresía recordemos que solo los limpios de corazón verán a Dios

 


Cuando llevamos malicia en el corazón y nos duele ver descubierta nuestra hipocresía recordemos que solo los limpios de corazón verán a Dios

Hebreos 9,15.24-28; Sal 97; Marcos 3,22-30

Cuando vemos a alguien que hace cosas fuera de lo normal, lo fácil es decir que está loco. Pero si por otra parte observamos que hace cosas extravagantes para el común de la gente, que incluso podemos descubrir malicia en las intenciones de lo que hace porque, por ejemplo, quiere perjudicar o hacer daño a alguien, ya nuestras consideraciones hacia esa persona son más fuertes y ya podemos comenzar a usar calificativos que no solo lo descalifican sino que de alguna manera lo marcan por esa maldad que puede llevar loco; decirle que está loco ya nos parece poco y hastiados en algún momento podemos llegar a decirle que tiene el diablo dentro.

Algo así le estaba pasando a Jesús, hace unos días vimos que la familia trataba de disuadirlo de la tarea que realizaba y hasta pretendían llevárselo a casa porque decían que no andaba en sus cabales; hoy las calificaciones son más fuertes, porque a aquellos que no les gustaba la manera de actuar de Jesús, y viendo que la gente sencilla se iba con Jesús, lo que querían era descalificarlo y por eso decían que Jesús actuaba con el poder de Satanás. Si Jesús era algo así como alguien poseído por el demonio, habría que andar con cuidado con El y era la manera de que la gente sencilla se apartara de Jesús.

Cuando llevamos la malicia en el corazón, cuando nos duele que nos echen en cara nuestra hipocresía, cuando somos nosotros los que podríamos vernos desprestigiados porque podríamos incluso perder el poder las influencias que podamos tener y con el podamos manipular a los demás, es cierto que reaccionamos mal, como estaba sucediendo en aquel momento.

No les valen los razonamientos de Jesús para hacerles ver la incongruencia de sus palabras y de su actuación, porque un reino dividido no puede sostenerse a si mismo, y como Satanás va a luchar contra sus propios intereses cuando Jesús lo que está haciendo es ir liberando del poder de Satanás a quienes se ven atados por el mal. Por eso Jesús terminará con una frase tremendamente dura, diciéndonos que hay un pecado que no puede alcanzar el perdón, y es la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Si no queremos reconocer nuestro mal, si no queremos acudir allí donde podremos obtener el perdón de nuestro pecado, claro que no obtendremos el perdón. Es un regalo del amor de Dios que nos ofrece su perdón, pero hemos de estar nosotros en disposición de aceptar ese regalo, si ponemos nuestra fe en Dios y en la fuerza de su Espíritu por el que recibimos el perdón de los pecados.

No es que Dios se niegue a darnos el perdón, somos nosotros los que nos negamos a ir a recibirlo porque incluso estamos negando la posibilidad de ese perdón. Claro está en el evangelio que Dios es misericordioso hasta lo infinito y siempre está dispuesto como el padre de la parábola a esperar al hijo pródigo a la puerta de la casa o salir al que pareciendo bueno sin embargo no da cabida en su corazón al hermano pecador.

Así tenemos que abrirnos a la misericordia de Dios que siempre está con los brazos abiertos para ofrecernos ese regalo de amor que es el perdón; así ponemos toda nuestra fe en el Espíritu del Señor que inunda nuestra vida del amor de Dios para que seamos capaces de gozarnos en el perdón que Dios nos ofrece; así ponemos también la mejor pureza de intención en nuestro corazón para poder descubrir esas maravillas del amor misericordioso de Dios; ya nos decía Jesús en las bienaventuranzas que los limpios de corazón serán dichosos porque verán a Dios.

domingo, 31 de agosto de 2014

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Jer. 20, 7-9; Sal. 62; Rom. 12, 1-2; Mt. 16, 21-27
Hay un versículo del evangelio del pasado domingo que casi nos pudo haber pasado desapercibido y con el que quiero iniciar esta reflexión. Podíamos decir que aquella recomendación que les había Jesús a los apóstoles después de la confesión de fe de Pedro la podemos entender mejor con lo que hoy hemos escuchado, que por otra parte es continuación lineal del texto del evangelio del pasado domingo.
‘Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que El era el Mesías’. ¿Por qué esa recomendación precisamente después de la confesión de fe de Pedro ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’? Podría parecernos que no tenía sentido esa prohibición, si Jesús venía precisamente como Mesías y era lo que venía a realizar y así había de darse a conocer.
Había que entender bien lo que significaba ser el Mesías y lo entendemos ahora viendo la reacción de Pedro a las palabras que pronuncia Jesús hoy. ‘Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.  Jesús está anunciando su Pascua.
Era ese el sentido de Cristo Mesías que les costaba entender. Pedro, como los otros discípulos, no estaba de acuerdo con Jesús, porque un Mesías no debía sufrir, según lo que siempre se había enseñado en las tradiciones judías; eso desmontaba su visión mesiánica. Para ellos el Mesías era un caudillo triunfador que iba a liberar a Israel del sometimiento a los pueblos extranjeros. Se iba a restaurar el Reino de David, con todos aquellos esplendores, aunque eso significara mil batallas y guerras para expulsar al extranjero invasor y todo eso acaudillado por el Mesías. Era el concepto, la idea que tenían muchos en Israel.
‘No lo permita Dios. Eso no puede pasarte’, y se puso Pedro a increpar a Jesús porque no podía aceptar lo que Jesús les estaba anunciando, porque aquello sonaba a derrota y no a victoria. Pedro pensaba a la manera de los hombres. Ya se lo dirá Jesús. A Pedro le costaba entender los caminos de Dios. Por eso Pedro está comportándose como un tentador para Jesús.
‘Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar’, le dice Jesús a Pedro. Es como en las tentaciones del monte de la cuarentena. También allí el diablo tentaba a Jesús para que hiciera cosas extraordinarias, se presentara apoteósico delante de la gente para que causara admiración y la gente lo siguiera; estaba dispuesto Satanás a darle todos los reinos del mundo, si lo adoraba. Es la tentación repetida que va soportando Jesús como vemos a lo largo del evangelio; tanto que incluso cuando llegue el momento de comenzar la pasión llegará a pedirle al Padre que no suceda todo aquello que estaba anunciado. ‘Que pase de mi este cáliz’, pedirá en Getsemaní.
‘Quítate de mi vista Satanás, que me haces tropezar’, le dice ahora a Pedro porque está siguiendo las pautas del tentador. ‘Adorarás al Señor tu Dios, y a El solo servirás’, había dicho Jesús en el monte de la cuarentena. Por encima estará siempre lo que es la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.
La idea de Pedro es la de un mesianismo fácil, nacionalista, tradicional, religiosamente cómodo. No había aún aprendido a pesar como Dios. Cuando se había dejado conducir por el Espíritu del Padre allá en su corazón había hecho aquella hermosa confesión de fe, como recordamos. Pero ahora aparece el Pedro muy humano que se deja influir por lo que otros dicen, piensan o desean. Será la lucha no solo de Pedro sino de los discípulos siempre que estarán apeteciendo primeros puestos o recompensas. ‘A nosotros que lo hemos dejado todo ¿qué nos va a tocar?’ se preguntarán en más de una ocasión.
Por eso Jesús tendrá que repetirles una y otra vez el estilo y el sentido del verdadero discípulo que sigue a Jesús. Se sigue a Jesús no para imponerle sus caminos a Jesús, sino para seguir el camino de Jesús. También el discípulo tendrá que entender lo del camino de la cruz, el camino de la entrega, el camino de perder para sí mismo para poder ganar la vida que vale para siempre. Tendrá que aprender el discípulo que no valen las ganancias fáciles o que consigan tener todas las cosas si no tienen la más importante.
‘El que quiera venirse conmigo, el que quiera ser mi discípulo, ha de seguir mis mismos pasos, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿o qué podrá dar para recobrarla?’
Cargar con su cruz, la propia, la que cada uno tiene en la vida. No es que busquemos la cruz por la cruz, el dolor por el dolor, o el sufrimiento por el sufrimiento. Jesús nos quiere felices; para nosotros ha trazado el camino de las bienaventuranzas que es querer llamarnos dichosos y felices. Ese camino de las bienaventuranzas que nos hablará de ser pobres y desprendidos, como nos hablará de pureza de corazón; que nos hablará de sentir dolor y sufrimiento con el sufrimiento de los demás en la búsqueda de la justicia y nos hablará de una vida comprometida totalmente en la búsqueda de la paz y del bien; como nos hablará de que no seremos comprendidos o incluso podemos ser vituperados o perseguidos. Pero en todo eso nos vamos a sentir felices y dichosos en la plenitud del Reino de los cielos.
No buscamos amarguras, pues, sino que queremos vivir como Jesús, queremos vivir en el amor. Y el que ama, se da, se entrega hasta el final. Y eso es costoso. No es un camino de rosas porque cuando amamos tenemos que saber negarnos a nosotros mismos para comenzar a pensar más en aquellos que amamos, cuando queremos emprender el camino de las bienaventuranzas ya sabemos a lo que nos comprometemos. Tenemos que aprender a decirnos no para hacer saltar los cercos que nos crean el egoísmo, la ambición, el orgullo y tantas pasiones. Y ahí tenemos la cruz.
Pero lo hacemos por amor. Tomamos la cruz por amor y con total libertad. Como subió Jesús de manera libre hasta Jerusalén aunque sabía que iba a costarle pasión, cruz, muerte, pero sabía que era el camino de la vida. Y no le fue fácil a Jesús porque la tentación estaba siempre presente, el tentador estaba al acecho, como estuvo en el monte de la cuarentena o como se vale ahora de Pedro para ser también una tentación para Jesús.
Es el camino que nosotros emprendemos, que sabemos que no nos será fácil porque también el tentador estará al acecho para hacernos tropezar. Cuántos escollos vamos a encontrar en nuestro propio corazón que tendremos que aprender a superar. Es cargar con la cruz, con mi cruz, pero que será el camino que nos llevará a la vida.
¿Cómo podremos llegar a emprender un camino así que sabemos que nos puede ser costoso y doloroso? Recordemos lo que decía el profeta en la primera lectura. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…’ Es la seducción del amor. ¡Cómo tenemos que caldear nuestro corazón en el amor de Dios! Dejarnos seducir por el amor de Dios para vivir en su mismo amor. El profeta reconoce sin embargo que era el hazmerreír de todos y todos se reían de él. La Palabra del Señor que había recibido algunas veces le quemaba en su interior, pero era más fuerte el amor del Señor del que se sentía totalmente cogido, atrapado.
¿Vivimos nosotros un amor así? ¿Así nos sentimos seducidos por el amor de Dios, como dos enamorados que se sienten seducidos el uno del otro por el amor que se tienen? Cultivemos ese amor de Dios en nuestra vida. Que en verdad tengamos ansias de Dios, sed del Dios vivo, como hemos repetido en el salmo.

lunes, 27 de enero de 2014



No desconfiemos nunca de la acción de Dios en nosotros que nos lleva por caminos de santidad

2Sam. 5, 1-7.10; Sal. 88; Mc. 3, 22-30
‘Un reino en guerra civil, no puede subsistir; una familia dividida, no puede subsistir…’ son los ejemplos que les propone Jesús para rebatir la injuriosa blasfema calumnia que quieren levantar contra él.
Ya habían dicho de Jesús que blasfemaba cuando perdonó los pecados al paralítico que llevaron a su presencia. Pero ahora son ellos los que blasfeman contra el Espíritu de Dios presente en Jesús queriendo atribuirle que si expulsa los demonios lo hace con el poder del jefe de los demonios, lo que se sale de toda congruencia; por eso Jesús les dice lo del reino en guerra civil o la familia dividida que no pueden subsistir. ‘Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’.
El espíritu maligno es el espíritu de la confusión y de la mentira. Es la forma como también nosotros somos tentados tantas veces queriendo crear confusión en nuestro espíritu. A la larga la tentación está en presentarnos lo malo como bueno, en querernos convencer de que aquello en lo que somos tentados no es tan malo, es natural, no tendríamos que verlo como malo.
Fijémonos como nosotros  mismos muchas veces a sabiendas de que lo que hacemos no es bueno, sin embargo queremos buscarnos mil justificaciones para hacer lo que hacemos y nunca nosotros queremos sentirnos culpables y, si acaso llegamos a reconocer que no es tan bueno lo que hemos hecho, trataremos de echarle la culpa a los demás.
Eso nos está enseñando cómo tenemos que tratar de formar nuestra conciencia rectamente, buscando los fundamentos verdaderos de la moralidad de nuestros actos en lo que es la ley del Señor y en su palabra revelada. Como se suele decir queremos arrimar el ascua a nuestra sardina, y de una forma subjetiva queremos ver la cosas  pero no las confrontamos lo  más objetivamente posible con lo que es la ley del Señor y su revelación de la que la Iglesia es la más autentica trasmisora.
La catequesis que hemos recibido a lo largo de la vida no siempre ha sido todo lo profunda que tenía que haber sido,  porque muchas veces se nos ha quedado en los elementales conocimientos que recibimos de niños en consonancia con la edad y madurez que entonces teníamos. Hubiéramos necesitado que en la medida que íbamos madurando como personas hubiéramos ido madurando también esa formación cristiana y moral, de donde surgen tantas lagunas luego en la necesaria madurez de nuestra vida cristiana.
Y es entonces cuando el espíritu maligno se aprovecha de esa debilidad e inmadurez de nuestra formación para crearnos esas confusiones en nuestro espíritu para arrastrarnos con la tentación y al pecado que nos aleje de los caminos de Dios. Tentaciones que nos ayudarían a superar, por una parte esa más profunda formación en nuestra vida cristiana y moral, pero que también con una vida de más intensa relación con Dios en nuestra oración y en la práctica de los sacramentos. Es la gracia del Señor que nos acompañaría en nuestra vida y nos daría fortaleza con la tentación y el mal.
Pidámosle al Señor que nos conceda la fortaleza de su Espíritu para mantenernos firme frente a toda tentación; que nos dé Espíritu de Sabiduría para saber discernir bien todo cuando nos va sucediendo y no se cree en nuestro corazón ese espíritu de confusión que nos lleva por los caminos de la mentira y el mal. Que no desconfiemos nunca de la acción de Dios en nuestra vida; El nos va conduciendo, siendo nuestra fortaleza frente al maligno; sepamos dar gracias a Dios por el Espíritu Santo que llena nuestro corazón y nos enseña a recorrer los caminos de la santidad.

lunes, 28 de enero de 2013


Cristo Mediador de una Alianza Nueva

Hebreos, 9, 15.24-28; Sal. 97; Mc. 3, 22-30
 ‘Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas’, hemos cantado y repetido con el salmo. Sí, un cántico nuevo, cantamos las maravillas del Señor. Cantamos a Cristo Jesús nuestro único Salvador, nuestro único Mediador, que ha derramado su sangre por nosotros, que intercede por nosotros y para eso ofrece su vida hasta derramar su sangre. ¿Queremos más motivos para cantar al Señor? Tiene que surgir ese cántico, esa alabanza, esa acción de gracias al Señor.
Nos ha dicho la carta a los Hebreos: ‘Cristo es el Mediador de una alianza nueva… con su muerte nos ha redimido de los pecados cometidos… ha entrado en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros’. No es el sacrificio de la antigua alianza en la que cada día se ofrecían sacrificios de animales queriendo ser gratos a Dios; es el Sacrificio de la nueva Alianza en su Sangre derramada de una vez para siempre para alcanzarnos el perdón de los pecados. Ya es el único y definitivo sacrificio; ya es la nueva y definitiva, eterna, Alianza. ‘De hecho, El se ha manifestado una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo’.
El autor sagrado en esta como catequesis que es toda la llamada carta a los Hebreos hace una comparación entre los sacrificios de la Antigua Alianza en la que los sacerdotes entraban cada día en el Santuario - como dice construido por hombres - para ofrecer los sacrificios que querían impetrar el perdón y la clemencia de Dios, con el Sacrificio único y definitivo de Cristo. Por eso nos dice que es ‘el Mediador de una Alianza Nueva’. Porque Cristo derramó su sangre de una vez para siempre.
Cuando nosotros celebramos la Eucaristía que estamos celebrando el Sacrificio de Cristo, porque estamos celebrando su pasión, muerte y resurrección, no estamos ofreciendo un nuevo sacrificio; estamos celebrando, haciendo presente, haciendo actual el único sacrificio de Cristo. Sobre el altar no se ofrece un nuevo Sacrificio. Se ofrece el Sacrificio de Cristo, el que El ofreció de una vez para siempre en el altar de la Cruz. Por eso lo llamamos memorial, como decimos en la plegaria eucarística. No es solo  hacer memoria, sino hacer presente aquel sacrificio de Cristo con todo su valor redentor.
Cristo se ofreció por nosotros, intercede por nosotros. Es el único Mediador porque solo de Cristo nos viene la gracia, nos viene la salvación que El ganó para nosotros en el sacrificio de la Cruz. Por eso ahora, como decíamos al principio recordando el salmo, queremos cantar ese cántico nuevo, esa alabanza al Señor, recordando las maravillas de su gracia y de su amor.
Finalmente una palabra del Evangelio. Seguimos contemplando la oposición a la obra y al mensaje de Jesús. Es el maligno que se resiste. Cristo viene a instaurar una vida nueva arrancándonos de las garras del mal, pero el mal sigue acechando y resistiéndose. Aquellos que ya no tienen argumentos para oponerse a la obra de Cristo, cuando además ven que todos vienen a buscar a Jesús, quieren escucharle y seguirle, se valdrán de todas las argucias posibles para hacerle frente; una actitud muy fácil pero también muy cobarde por la falta de argumentos es el querer desprestigiar. Cuántas veces actuamos nosotros así también en nuestra relación con los demás que cuando no tenemos nada bueno que decir, lo que queremos es desprestigiar, destruir corrosivamente al otro con nuestras críticas y nuestros juicios.
Por eso le acusan de que Jesús no está obrando rectamente, que detrás de lo que Jesús está haciendo está el maligno. ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios’, dicen con un argumento que en sí mismo no tiene sentido. ‘¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?’ les replica Jesús. Su pecado es mayor, imperdonable podríamos decir porque no ofrecen capacidad de arrepentimiento con lo que dicen. Y Jesús les explica y les da argumentos que en su ceguera no quieren reconocer.

lunes, 23 de enero de 2012


Necesitamos aprender a no ser intolerantes y saber descubrir lo bueno de los demás

2Samuel, 5, 1-7.10; Sal.88; Mc. 3, 22-30
En los días pasados eran los fariseos, ahora son los escribas o letrados los que se oponen a Jesús. Les costaba aceptar las enseñanzas de Jesús y rechazaban todo lo bueno que hacía; ahora de forma incluso blasfema incluso atribuyen el poder de Jesús y las cosas buenas que hace al poder del maligno.  ‘Tiene dentro a Belcebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios’, le dicen.
Jesús quiere hacerlos recapacitar en lo que se atreven a decir porque en una pura lógica humana es algo que no se puede sostener. ‘Un reino en guerra civil no se puede sostener… Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido’, trata de explicarles Jesús.
Esta actitud tan negativa de aquellos letrados podría ayudarnos a reflexionar también en nuestras actitudes negativas en nuestra relación con los demás. Podría enseñarnos hermosas lecciones. Pero cuando nos ofuscamos en nuestras ideas y pensamientos, sobre todo cuando hacemos daño a los demás, nos resulta casi imposible razonar y ver las cosas de manera buena. Es algo blasfemo querer atribuir a Dios las obras del maligno, como decir que son hechas con el poder del maligno las obras buenas de Dios. Es el mal que se mete dentro de nosotros y nos ciega.
Cuántas veces nos cegamos en nuestro trato y relación con los demás y en el juicio que podemos hacer de las obras de los otros. Cuando se nos mete por dentro la envidia, el orgullo la pasión no somos capaces de ver las cosas buenas de los demás, y todo lo miramos detrás del cristal turbio de nuestros malos pensamientos o de nuestras malas ideas. Nos llenamos de pasión y solo vemos lo malo. Cuando nos dejamos encender por la ira que fácil brota la violencia de nuestro corazón y qué fácil se manifestará en las obras de nuestra vida. Cuando nos subimos al pedestal del orgullo no sabemos ver con buenos ojos a los demás y terminamos humillando y haciendo daño a los otros.
Nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones mutuas y que hará mermar una buena convivencia de los unos con los otros. El fanatismo en la defensa de nuestras ideas o maneras de pensar nos hace intolerantes y nos puede llevar hasta los odios, resentimientos y rencores. Cuántas personas ni se hablan porque les ciega el fanatismo de sus ideas en lo político, en los social o cultural. Y, repito, qué difícil es la convivencia con personas fanáticas de esta manera. Un fanático de esta manera nunca será capaz de ver lo bueno que pueda haber en el otro, aunque sea distinto, y siempre lo verá todo bajo ese prisma de la sospecha para pensar que todo lo que hace, piensa o dice el otro siempre es malo.
Qué importante y necesario es que sepamos respetarnos aunque opinemos distinto. Qué importante es que sepamos actuar con serenidad en la vida para mirar con ojos distintos a los demás y lo que hacen, para saber descubrir lo bueno que hay en los otros y saber aprovechar cada granito de arena bueno que cada uno podamos poner para conjuntamente hacer que nuestro mundo, nuestra sociedad sea mejor.
El amor cristiano que viene a enseñarnos Jesús nos enseñará a suavizar y mejorar esas actitudes negativas que se  nos pueden meter en el corazón. Nos enseña a ser humildes y sencillos, a respetar y valorar a los demás, a alejar de nosotros envidias, resentimientos, malos deseos hacia los demás, no nos permitirá ser orgullosos sino que llenará siempre nuestro corazón de humildad. Nos convendría leer y meditar una y otra vez el himno del amor cristianos que nos ofrece san Pablo en la carta a los Corintios.

lunes, 24 de enero de 2011

La malicia del corazón nos impide el perdón


Hebreos, 9, 15.24-28;

Sal. 97;

Mc. 3, 22-30

Hay que ver cómo nos cegamos cuando dejamos meter la malicia en nuestro corazón. Malicia que es maldad, inclinación a hacer el mal, perversidad, intención malévola e disimulada, propensión a pensar mal. Al contemplar la malicia con que actúan los letrados contra Jesús en el texto que hemos escuchado, se me ocurrió ir al diccionario para buscar más exactamente el significado de esa palabra y esas son algunas de las acepciones que he encontrado. Por eso comenzaba diciendo cómo nos cegamos cuando dejamos llenar de malicia nuestro corazón. Y un corazón ciego y lleno de maldad cuánto daño puede hacer, a sí mismo y a los demás.

Hemos encontrado rechazo de Jesús, no entender las cosas que Jesús hacía e incluso llamarle blasfemo, pero ahora en su malicia vemos algo más. Intención malévola porque llegar a querer señalar que todo aquello bueno que Jesús hacía era obra del maligno. Quien no es capaz de ver la obra salvadora de Dios en Jesús, atribuyéndolo más bien al espíritu del mal, se está cerrando a esa salvación que Jesús nos ofrece, es un pecado muy fuerte contra el Espíritu Santo, como nos dice Jesús que no va a encontrar perdón, porque en esa maldad se está cerrando frente a ese perdón. La malicia en el corazón nos impide el perdón, porque no seremos incluso de ser capaces de reconocer ese mal en nosotros por el que pedir perdón.

Es dura la actitud de aquellos letrados contra Jesús. Por demás incomprensible en un corazón que quiere obrar con rectitud, porque además, como Jesús les hace ver, carecería de toda lógica y sentido. ‘Cómo va a echar Satanás a Satanás?’, se pregunta Jesús. Sería un reino en guerra civil, nos viene a decir Jesús, una familia dividida, es hacerse la guerra a sí mismo.

Pidámosle al Señor que no dejemos meter una maldad así en nuestro corazón. Que llenemos nuestros ojos de luz para saber apreciar y valorar cuanto de bueno hace el Señor con nosotros. Que nuestra fe nos ayude a descubrir las maravillas del Señor. Sepamos apreciar y valorar pero sepamos también darle gracias a Dios en todo momento que está junto a nosotros con ese regalo de su amor, con ese regalo de su salvación.

Pero creo, además, que esto puede enseñarnos mucho para las actitudes que hemos de tener en nuestra vida en relación a los demás. Primero para tener esos ojos luminosos para ver siempre primero lo bueno que hay en los otros. Claro, para no dejar meter esa malicia en nuestro corazón, porque es una tentación a la que nos vemos sometidos con demasiada frecuencia.

Cuando las personas no nos caen bien, o nos sentimos molestos por alguna cosa, que fáciles somos para ver lo negro y negativo, qué propensos a la sospecha y a la desconfianza, qué fácil ver malas intenciones o intenciones ocultas en lo que hacen los demás, qué malévolos nos volvemos, cómo podemos caer fácilmente por la pendiente de la perversidad. Cuánto daño hacemos a los demás, pero cuánto daño, tenemos que reconocer, nos hacemos a nosotros mismos.

No dejemos meter nunca esa malicia en nuestro corazón. Seamos siempre de relaciones limpias y de trato sincero y lleno de amor. No dejemos nunca introducir en nuestra mente la sospecha que nos hace desconfiar. Seamos siempre capaces de disculpar, de disimular, de perdonar, de amar, en una palabra.

Bien podríamos recordar aquí aquello que nos dice san Pablo en la carta a los corintios cuando nos habla de las cualidades del amor. ‘Es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia. No es grosero, ni egoísta, no se irrita y no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Ojalá esas cualidades brillaran siempre en nuestra vida.