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domingo, 10 de julio de 2022

La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

 


La cuestión final no está en haber visto al prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37

No es lo mismo ver a alguien que encontrarse con una persona. Habrá sucedido más de una vez vamos por la calle y vemos a alguien a lo lejos, pero buscamos la manera de desviarnos para no encontrarnos con ella. La viste, pero no te encontraste. Muchas razones (¿?) porque no nos apetecía, porque te iban a decir si me veían con esa persona, no era de mi agrado, un día me dijeron, es una latosa y no quiero perder el tiempo… mil razones que nos buscamos, mil disculpas, mil disimulos, mil vueltas y más vueltas.

Como cuando hacemos preguntas que ya de antemano sabemos la respuesta, pero a ver qué me dice, o a ver la vuelta que le puedo dar, o no queremos entender y volver con la pregunta es dar más vueltas para olvidarnos de lo que sabemos que es lo principal, o queremos que la respuesta coincida con mis intereses, mis planteamientos y nos volvemos retorcidos en lo que preguntamos porque queremos hacer decir lo que a nosotros nos conviene.

Cosas así estamos viendo en el evangelio de hoy. Aquel letrado se acercó a Jesús con una pregunta que para el letrado ya estaba en sí misma contestada. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ ¿Preguntaba por los mandamientos? La primera respuesta que le da Jesús es hacerle repetir lo que todos sabían bien de memoria, lo que estaba escrito en la ley, lo que todo buen judío repetía casi como una oración cada vez que salía o entraba de casa. Pero buscaba recetas, a ver unas cuantas cosas que no sean muy difíciles que yo haga y repita y con eso ya está todo logrado. Pero el mandamiento del Señor no son recetas, no es una simple lista de cosas que tengamos que hacer y ya nos quedamos tranquilos.

 Cuando es el mismo letrado el que ahora tendrá que responder a la pregunta de Jesús sobre lo que está escrito en la ley, ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo’, Jesús le dirá que lo haga y que tendrá vida. Pero parece que para él no ha habido la respuesta que buscaba. Por eso preguntará ‘y, ¿quién es mi prójimo?’

Pero al final, cuando hayamos terminado de escuchar todo lo que ahora nos dice Jesús con la parábola, quizá más que preguntarse quién es tu prójimo será preguntarse si uno se comporta como prójimo de aquellos con los que nos encontramos por el camino. Porque no podemos ir por la vida no queriendo ver a las personas para no encontrarnos con ellas, como ya decíamos al principio. Es no tener miedo de encontrarte de frente con esa persona que está gimiendo bajo el peso de su dolor, que está ante tí con sus desgarros en el alma, que lo tenemos ante los ojos no ya tanto con una ropa andrajosa sino quizá con diferencias en la vida que nos pudieran repugnar porque nos vamos haciendo tantas distinciones y diferencias que siempre tenemos que ven algún tipo de andrajo en la otra persona para no querer acercarnos a ella.

Y eres tú, y yo soy el que tiene que portarse como prójimo de esa persona, porque nos ponemos en su cercanía, a su lado, porque sentimos el gemido de su dolor o sus lágrimas nos pueden salpicar y tenemos que ser paño de lágrimas para esa persona, porque tendemos nuestra mano sin ningún temor de contagio (ahora nos saludamos chocando los codos) porque queremos curar sus heridas, porque queremos acompañarle en ese camino que está haciendo, porque vamos a llevarla del brazo en ese estado de recuperación de dignidad que quizás pueda necesitar y nosotros le vamos a ofrecer.

No me entretengo en detalles de la parábola que son de muy rico significado porque ya todos los conocemos y lo habremos meditado muchas veces. Queda esa última pregunta que ahora es Jesús el que la hace, nos la hace. ‘¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Porque la cuestión final no está en haber visto a ese prójimo, saber que está ahí y cuál es la situación en la que se encuentra, sino en portarse como prójimo con él. No nos valen disculpas, no nos valen los rodeos, no nos vale el hacernos los ciegos o desentendidos, lo importante es lo que hacemos. ‘Anda y haz tú lo mismo’, nos dice Jesús.

Y cuando estamos haciendo esto estamos mostrando de verdad lo que es el amor que a Dios le tenemos. Por eso, ya en el mismo texto de la Ley junto a lo que ha de ser, cómo ha de ser el amor que le tengamos a Dios, ‘con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente’, inmediatamente se nos dice, ‘y a tu prójimo como a tí mismo’.

Como nos decía el libro del Deuteronomio, ‘este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable. No está en el cielo…,.ni está más allá del mar… El mandamiento está muy cerca de tí: en tu corazón y en tu boca, para que lo cumplas’. Dios no nos obliga a hacer cosas porque sí, lo que quiere el Señor es que vivamos con toda dignidad, pero no solo pensando en nosotros mismos sino pensando en la dignidad y grandeza de los demás que por eso siempre merecerán nuestro amor. Es el amor el que en verdad nos hace grandes porque en verdad nos hace parecernos a Dios, tan bien reflejado en su misericordia en la parábola que Jesús nos ofrece. Es lo que en verdad hemos de preocuparnos de hacer.

sábado, 20 de febrero de 2021

Nos sentimos desarmados cuando contemplamos el amor de Jesús hacia los pecadores y nos bajamos pronto de nuestras posturas discriminatorias hacia los demás

 


Nos sentimos desarmados cuando contemplamos el amor de Jesús hacia los pecadores y nos bajamos pronto de nuestras posturas discriminatorias hacia los demás

Isaías 58, 9-14; Sal 85; Lucas 5, 27-32

Hay una frase que solemos utilizar y que incluso empleamos como recurso educativo que sin embargo escuchando el evangelio de hoy me hace hacer un replanteamiento. Es aquello que decimos ‘dime con quién andas y te diré quien eres’. Según con la gente con la que te juntes, y lo decimos muchas veces a la gente joven que está a nuestro cuidado, vas a aparecer con tal o cual categoría; sobre todo la empleamos en un sentido negativo y peyorativo, pero pensemos si acaso no tiene mucho de discriminatorio en referencia a nuestra manera de ver a las personas, y en consecuencia no queremos que nuestros  hijos, por ejemplo, se mezclen con toda clase de personas.

Pero de alguna manera ¿no era así como estaban viendo los fariseos y los letrados a Jesús porque se juntaba con los pecadores, porque se sentaba a la mesa con los publicanos? Es lo que les están diciendo los fariseos y los escribas a los discípulos en aquella ocasión. ‘¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?’ Y ya vemos la respuesta de Jesús.

Había sucedido en esta ocasión – porque las ocasiones se repiten en el evangelio y Jesús también come con fariseos y gente que se considera como muy principal en sus arrogancias – después que invitara a Leví a seguirle. Leví, o Mateo según sea el evangelista que nos transmita este relato, era un publicano; bueno, Leví era un recaudador de impuestos, pero que por eso mismo los fariseos y los que se creían puros así los trataban, como publicanos, unos pecadores.

Para un judío un recaudador de impuestos era un colaboracionista con el poder extranjero que era el que dominaba entonces en Israel, los romanos; ellos eran los que controlaban la hacienda y ponían los impuestos; los judíos por sí mismos tenían sus impuestos que iban a engrosar las arcas del templo de Jerusalén, pero que en principio era como la Hacienda del pueblo de Israel; pero ahora eran los dominadores extranjeros los que se llevaban esta parte, y los recaudadores era unos colaboracionistas.


Por otra parte tenían fama de usureros porque por un lado inflaban los impuestos a su capricho y beneficio, pero al mismo tiempo como hombres de dinero y de negocios eran unos prestamistas para aquellos que se veían en necesidad; un camino también para el lucro y las ganancias desmedidas por la gravedad de los intereses que imponían. Ejemplo tenemos en otro publicano que también tuvo su encuentro con Jesús, Zaqueo, del estilo de vida llena de injusticia en que vivían. De ahí su fama y la mala consideración que tenían ante el pueblo, eran unos publicanos, es decir, unos pecadores.

Y Jesús había escogido a Leví para seguirle, que prontamente dejó su mesa de cobrador de impuestos para irse con Jesús. Algo que le llenó de alegría y quiso celebrarlo con un banquete para Jesús y los discípulos que ya lo acompañaban, pero al que también invitó a sus amigos y compañeros de profesión; era algo así como una despedida. Y ahora vienen los fariseos criticando porque Jesús está en medio de ellos. ¿Dime con quién andas y te diré quien eres? Se lo estaban aplicando a Jesús.

Pero a Jesús no le importa, porque El es el médico que viene a curar no a los que se creen sanos sino a los enfermos. Y allí en medio de esos enfermos, en medio de los pecadores está Jesús  para sanar, para transformar los corazones. No soporta Jesús la discriminación; en su reino no caben esos estilos, algo nuevo tiene que surgir y algo a lo que están todos llamados, sean santos o sean pecadores, pero lo que Jesús nos trae es la gracia, lo que nos trae es el regalo del perdón, el regalo del amor de Dios.

Ya decíamos al empezar la cuaresma que es el tiempo del regalo, es el tiempo de la gracia que Jesús nos regala que es descubrirnos cuánto es el amor que Dios nos tiene. No importa lo pecadores que seamos, si somos capaces de reconocerlo, pero de reconocer sobre todo lo que es el amor que Dios nos tiene. Claro que eso nos tiene que poner en otra onda, en otra órbita, que es la manera con que nosotros miremos a los demás. Porque aquello de decir que según con quien andes así eres tú, entraña mucha discriminación hacia los que nosotros también como aquellos fariseos tratamos de mirar por encima del hombro.

Analicemos con sinceridad nuestra manera de mirar a los demás y en consecuencias nuestras discriminaciones. Sintámonos desarmados cuando contemplamos lo que es el amor de Jesús por todos. Pongámonos de parte de Jesús y aprenderemos entonces a ir como El siempre como médico para los demás, porque lo que queremos es sanar, porque lo que queremos es rescatar a los que se ven envueltos por el pecado, porque lo que queremos es llevar vida y hacer que vivamos con un nuevo estilo de vida, con el estilo del amor.

 

sábado, 6 de junio de 2020

La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad


La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad

2Timoteo 4, 1-8; Sal 70; Marcos 12, 38-44
La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad. Pero no lo terminamos de aprender. Nos sentimos engolosinados por unas alabanzas y reconocimientos. Decimos que no queremos aparentar, pero buscamos la forma de que las cosas sean reconocidas; nos halaga que digan cosas bonitas de nosotros y de alguna manera parece que queremos hacer saber a los demás lo bueno que somos, aunque mal lo disimulemos.
Primeros puestos o lugares de honor, puestos donde podamos tener nuestras influencias y cargos que eleven nuestro status, alcanzar aquello que signifique poder para que prevalezcan por encima de todo mis ideas, llegar al lugar donde yo pueda hacer y deshacer a mi antojo o en lo que pueda obtener unos beneficios. Lo estamos viendo continuamente en nuestra sociedad; gente que nos viene de redentora protestando o denunciando todo lo que los otros hacen y populismos de los que nos valemos para alcanzar esas cotas de poder y actuar ahora quizás con más despotismo de lo que antes anunciaban.
Lo estamos muchas veces sufriendo. Y sucede en lo que podríamos llamar las clases dirigentes de la sociedad, pero son también las pequeñas batallitas – o no tan pequeñas – que se dan en nuestra cercanía, en nuestros grupos sociales, también – hay que reconocerlo – en nuestras comunidades de orden religioso o cristiano. Muchas veces contemplamos guerras sordas también en esos grupos a los que pertenecemos o que nos rodean también en el ámbito de nuestras parroquias y comunidades cristianas. No siempre los diálogos de tipo pastoral que podamos tener en nuestras comunidades arrancan de ese deseo pastoral, sino pudieran aparecer intereses y hasta deseos de manipulación en ocasiones.
Nos es fácil tirar la piedra pensando en los grandes dirigentes de la sociedad, o quedándonos en retazos de la historia si ahora al leer el evangelio solo pensamos en aquellos letrados y fariseos de la época de Jesús, y no somos de darnos cuenta que eso sucede en nuestro entorno y también en la Iglesia. Tenemos que saber reconocer nuestras debilidades y nuestros fallos. Tenemos que ser claros y humildes.
En el evangelio que hoy escuchamos se contraponen, por así decirlo, las dos posturas. Previene Jesús ante la actitud y la manera de actuar de escribas y fariseos. Allí estaba Jesús frente a la entrada del templo y se podía contemplar la postura y manera de actuar de todos aquellos que iban entrando. ‘Cuidado, les dice, con los escribas. Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones’. No hacen falta más descripciones, no para verlos a ellos, sino para mirarnos a nosotros mismos.
Pero al mismo tiempo Jesús se ha fijado en quien nadie se fija. Una pobre viuda, anciana, con sus pobres ropas que trata de pasar desapercibida. Nadie se habría fijado en ella si no fuera por la indicación de Jesús. ‘Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante’. Así nos lo describe el evangelio. Y ahí está el comentario de Jesús. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Así, sin hacer ruido, sin llamar la atención aquella mujer echó cuanto tenía en el cepillo del templo. Merece la alabanza de Jesús. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos dirá en otro lugar. Pero es la actitud de los que están siempre dispuestos a servir, a hacer el bien, a contribuir a todo lo bueno desde sus valores o sus capacidades, pero también desde su pobreza y lo poco que son. Es la disponibilidad y la generosidad, es el desprenderse de uno mismo y ser capaz de gastarse por los demás. Porque lo importante es el bien, lo bueno que hagamos, aunque no nos llevemos medallas que colgarnos al cuello o diplomas que colgar de nuestras paredes.
Ahí está la verdadera grandeza del ser humano. Ahí se manifiesta la mayor dignidad que no está en unos ropajes o en unos bastones de mando. Mucho tendría que hacernos pensar todo esto. Mucho tenemos que verlo también ad intra de nuestras comunidades.


viernes, 23 de agosto de 2019

Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo


Tendríamos que preguntarnos cuánto es el amor que le tenemos a Dios viendo con qué amor amamos nosotros al prójimo

Rut 1,1.3-6 14b-16.22; Sal 145; Mateo 22,34-40
Me atrevería a decir que es algo que surge como espontáneo, y que me corrijan los sicólogos, pero cuando sentimos un amor grande por alguien, no solo lo valoramos y admiramos en las cualidades y cosas bellas que vemos en ella, sino que de alguna manera queremos como parecernos a esa persona y lo intentamos imitar en sus virtudes. El amor verdadero lleva a esa comunión profunda con el amado que de alguna manera nos quiere hacer uno con el, por eso queremos hacer las cosas como él y amar lo que él ama.
Por eso cuando entramos en la órbita del amor de Dios, consideramos la inmensidad de su amor, al sentirnos así amados por Dios queremos amarle de la misma manera, con ese mismo amor a pesar de nuestra limitación e imperfección. Un amor que nos hace sentir que El es el único Dios y Señor de nuestra vida, el centro y sentido de nuestra existencia, queriendo nosotros amarle como El nos ama y su amor es infinito y queriendo también nosotros amar todo lo que Dios ama.
Ese primero y principal mandamiento surge entonces desde el mismo reconocimiento de quien es Dios para mi vida cuando tanto nos ama y tendría que surgir casi como espontánea esa respuesta de amor por nuestra parte, un amor sobre todas las cosas, un amor con toda el alma y con todo el corazón, un amor con todo mi ser y con toda mi vida.
Moisés nos lo quiso dejar reflejado en un mandato por la dureza de nuestro corazón que hace que pronto olvidemos tantas veces el amor que recibimos. Así somos débiles y duros de corazón; así se nos tiene que recordar que Dios nos ama y con un amor semejante en lo que humanamente seamos capaces ya que no somos infinitos hemos de amar nosotros a Dios. Claro que el amor de Dios es infinito y nosotros somos seres limitados e imperfectos, pero en cuanto somos capaces queremos poner toda nuestra vida en el amor que hemos de tenerle a Dios.
Es lo que  hoy hemos escuchado en el evangelio. Viene un letrado queriendo poner a prueba a Jesús. La malicia que llena el corazón de los hombres y que les hace desconfiado de todo y de todos. Jesús se está manifestando con un Maestro en Israel al que todos escuchan, aunque no saben donde ha aprendido esas cosas, como un día dijeran sus convecinos de Nazaret. Pero ahora es un letrado, que parece como si sintiera que Jesús está ocupando su puesto. Hay que ponerlo a prueba. Y qué mejor que plantearle y preguntarle por lo principal, el primero de los mandamientos.
Pero Jesús responde, podíamos decir que al pie de la letra, con lo que está enseñado en la ley de Moisés y que todo buen judío aprende desde su niñez y repetirá muchas veces cada día. Pero Jesús añadirá algo más, que también está en la ley de Moisés, pero que ahora equipara al primer mandamiento.
‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas’.
 Quien ama a Dios ama también lo que Dios ama. Quien ama a Dios necesariamente tendrá que amar también al prójimo, aunque tantas veces nos cueste descubrir bien quien es nuestro prójimo. Por eso no podremos nunca separar el amor al prójimo del amor a Dios. Como decíamos al principio cuando amamos con un amor verdadero queremos parecernos con aquel a quien amamos y que sabemos cuanto nos ama. En esto tenemos que parecernos a Dios en nuestro amor a los demás, a quienes miraremos siempre como hermanos.
¿Por qué nos costará tanto? ¿Será acaso que no es tan grande el amor que le tenemos a Dios? Es fuerte este planteamiento, pero tenemos que revisarnos bien ese amor que decimos le tenemos a Dios viendo cómo es el amor que le tenemos al hermano.

sábado, 20 de agosto de 2016

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

Ni vanidades de apariencias falsas ni orgullos que nos levanten en pedestales, sino caminos de humildad y de servicio son los que verdaderamente nos hacen grandes

 Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12
Confieso que esto que voy a decir primero me lo aplico a mi mismo, porque me hace pensar mucho en lo que yo hago o he hecho y si acaso estoy en lo mismo. En la vida nos vamos encontrando siempre quien tiene algo que decir, algo que decirnos de cómo hemos de hacer las cosas, de cómo hay que arreglar el mundo y muchas cosas en este sentido.
Y ya no se trata solamente de la corrección fraterna que hemos de hacernos los unos a los otros para ayudarnos a mejorar, o de quien sabe ha de enseñar. Me refiero más bien a esa vanidad de la vida, a ese orgullo con que tenemos el peligro de ir señalando a los demás lo que tienen que hacer, pero por sí mismos, por mejorar su propia vida quizás no mueven un dedo. Fácilmente caemos en esa vanidad y en esos orgullos.
Las vanidades de las apariencias son tentaciones que todos podemos tener, y esto nos puede llevar a ser inmisericordes con los demás y hasta injustos en las apreciaciones que podamos tener de los otros. Yo no soy quien para juzgar al otro ni para condenarlo. Si algo hemos de hacer con humildad es ayudarnos mutuamente y con la delicadeza más exquisita nos decimos las cosas para tratar de mejorar en nuestra vida; pero no nos podemos convertir en maestros de nadie que con orgullo vayamos imponiendo nuestra manera de ver las cosas. 
De esto le hablaba Jesús a la gente, viendo la actitud y las posturas farisaicas de los maestros de la ley que buscaban la vanidad de la apariencia y el orgullo de sentirse o creerse superiores a los demás. Por eso en lo externo querían aparecer como buenos y que eso lo reconociera la gente rindiéndoles honores; buscaban primeros puestos y reverencias de las gentes, que señala Jesús.
En su vanidad llegan a escribir los mandatos de la ley del Señor en el borde de sus mantos, y cuanto más anchas fueran las franjas mejor porque así podría aparecer mejor su prepotencia. Así creían cumplir la ley del Señor que allá en el Deuteronomio les recomendaba tener muy presentes siempre los mandamientos del Señor, como si los llevaran siempre delante de sus ojos. De ahí esas filacterias y esos escritos en el borde de sus mantos, porque así lo llevaban materialmente delante de los ojos, pero ¿los llevarían de igual modo inscritos en su corazón?
No es ese el camino que hemos de seguir; Jesús nos pide humildad y espíritu de servicio para buscar lo bueno, para querer lo mejor para los demás, pero para con sinceridad de corazón también buscar nosotros humildemente los caminos del Señor. Esos caminos de humildad y de espíritu de servicio son los que nos hacen verdaderamente grandes y con los que podemos encontrarnos con el Señor.

domingo, 10 de julio de 2016

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Portémonos como prójimos practicando la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano

Deuteronomio 30, 10-14; Sal 68; Colosenses 1, 15-20; Lucas 10, 25-37
‘Maestro, ¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Es la pregunta con la que aquel letrado se presentó delante de Jesús. Pero tres preguntas se suceden y ya de antemano podríamos decir que tienen la misma respuesta. ‘¿Qué está escrito en la ley?... ¿Quién es mi prójimo?... ¿Quién te parece que se portó como prójimo…?’ Y la respuesta fundamental la tenemos al final. ‘¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ nos preguntamos. Pórtate como prójimo del que está a tu lado, practica la misericordia con él sea quien sea.
Yo me atrevería a decir que no se trata ya solamente de saber quién es mi prójimo sino de aprender a portarse como prójimo del otro. Saber quien es mi prójimo – aunque quizá a veces interesadamente lo olvidamos o no queremos saber quien es – es muy fácil porque la misma palabra lo expresa. Prójimo, el que está próximo, el otro sea quien sea, y dándole hondura la proximidad no significa solo una proximidad física sino que va más allá para abarcar en esa palabra al otro, como decíamos, sea quien sea, esté cercano o esté lejos, pero es aquel que como persona tiene la misma dignidad que yo porque es una persona, aunque no siempre la queramos reconocer.
Prójimo entonces no es solo mi pariente o mi vecino, aunque también algunas veces los olvidamos y no es con esas personas cercanas y a quien más conocemos con quienes nos comportamos como prójimos, no es solo es que es de mi misma raza o condición o del mismo lugar o nación donde yo esté, no es solo el que me cae bien o en algún momento quizá ha sido bueno conmigo, no son solo los amigos de siempre sino también ese desconocido con el que me encuentro en los caminos de la vida. Es el otro y no puede haber ninguna exclusión.
Pero como decíamos no se trata solamente de saber quien es mi prójimo sino cuál ha de ser mi actitud, cómo he yo de comportarme con él. En el diálogo entre aquel letrado y Jesús – que hemos de reconocer que no venía con demasiadas buenas intenciones a hacer la pregunta a Jesús – la pregunta que le hace a Jesús de quien es su prójimo es, como diríamos vulgarmente, una manera de escurrir el bulto.
La primera pregunta que le hace a Jesús es realmente ociosa, pues era un letrado, un maestro de la ley, alguien formado y encargado en medio de la comunidad para enseñar la ley. Por eso la respuesta de Jesús es remitirlo a lo que estaba escrito en la ley. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?’, le pregunta Jesús y será el letrado el que exprese con sus palabras lo que todo buen judío había de saber incluso de memoria. Y es cuando viene su pregunta que podría parecer la principal ‘¿Quién es mi prójimo?’, pero tras escuchar la parábola que propone Jesús vendremos a decir que la pregunta más incisiva será la que Jesús haga finalmente. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’
Para el sacerdote y el levita que pasaron por el camino prójimo era, es cierto, el que estaba allí tirado por los suelos malherido; es más, podríamos decir, que había una cierta cercanía porque era judío probablemente de Judea como ellos, pero no supieron abrir los ojos ni abrir su corazón a la misericordia y a la compasión. Quisieron cerrar los ojos, ‘dieron un rodeo y pasaron de largo’ que dice la parábola.
No tan próximo, sin embargo, era aquel samaritano que hacia el mismo camino, y digo no tan próximo porque era de un pueblo diferente con el que había una enemistad ya de siglos de manera que ni siquiera se hablaban judíos y samaritanos. Sin embargo no solo lo vio como prójimo sino que se comportó como prójimo, tuvo compasión y misericordia conmoviendo su corazón para atenderle, para curarle, para llevarle a una posada y correr con todos los gastos de su recuperación.
Por eso a la pregunta fundamental de Jesús ya conocemos la respuesta. Se comportó como prójimo aquel que tuvo misericordia del que estaba caído a la vera del camino. Y es cuando nos sentencia Jesús: ‘Pues, anda, haz tú lo mismo’.
¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?  Practicar la misericordia con el prójimo que siempre para mí será un hermano. Cuántas oportunidades tenemos cada día. Porque no vamos a estar esperando a que nos encontremos a alguien a quien hayan dejado malherido algunos malhechores. Cercanos o lejanos siempre encontraremos a nuestro lado con quien practicar la misericordia.
Desde esa palabra de aliento que hemos de saber decir al que está decaído a nuestro lado, hasta esos ojos bien abiertos para descubrir cuantos sufrimientos padecen tantos a nuestro alrededor; desde esa mirada nueva y esa sonrisa en mis labios y en mi semblante con el que voy a ir caminando por la calle haciendo agradable el encuentro con los demás, hasta esa mirada nueva a ese que tenemos el peligro de discriminar porque nos parece tan desagradable y que nos está pidiendo a nuestra puerta o en las puertas de la iglesias, porque tiene no sé qué vicios que siempre sabemos ver enseguida, porque no es de nuestra tierra o ha venido de emigrante o refugiado desde lugares lejanos.
Es ese aceite y vino con que hemos de saber vendar tantas heridas y tantos sufrimientos que si abrimos bien los ojos vamos a ir descubriendo a nuestro alrededor. Cuidado con los rodeos que vamos dando en la vida, muchas veces disimulados y muchas veces descaradamente porque se nota que no queremos encontrarnos con ese dolor humano que marca tantas vidas. Es cierto que cuesta, que no es fácil, que hay muchas rémoras en nuestro corazón que nos arrastran hacia abajo, que nos llevan por caminos de egoísmo y de insolidaridad. Pidámosle al Señor que nos transforme el corazón con su gracia, pero nosotros dejémonos transformar.
Portémonos como prójimos porque en verdad practiquemos la misericordia con el prójimo que es siempre nuestro hermano.


viernes, 30 de octubre de 2015

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

La gloria del Señor está en que sepamos hacer más feliz a quien está a nuestro lado borrando de su vida todo lo que le hace sufrir

Romanos 9,1-5; Sal 147; Lucas 14,1-6

Hay momentos en que tenemos la sensación de que estamos siendo observados y lo  normal es que de alguna manera nos sintamos incómodos; no nos agrada, nos parece que nos están desnudando con sus ojos y en su pensamiento, analizando nuestros actos, interpretando lo que hacemos. En esa incomodidad no sabemos qué hacer, o pasamos olímpicamente de ello y nos da igual lo que miren, piensen u opinen, o tenemos la tentación de acomodarnos un poco y tratar de parecer normales, o también podemos reaccionar de mala manera según sea nuestro temperamento. En la madurez de nuestra vida, cuando obramos rectamente no nos importa que nos miren y seguimos actuando con toda rectitud.
A Jesús también lo observaban, algunos miraban con lupa lo que hacia y lo que decía y cuándo actuaba. Pero como alguien le dijo un día ‘sabemos que eres sincero t veraz y no tienes ninguna acepción de personas’. Ahora nos cuenta el evangelio que lo habían invitado a casa de unos de los principales fariseos y allí estaban letrados y fariseos expiando a ver qué es lo que hacía.
Era sábado. Y allí estaba un hombre enfermo de hidropesía. Y Jesús pregunta qué es lo licito de hacer el sábado. Era el día del Señor; todo tenía que estar centrado en el culto a Dios. Pero el culto que había que tributarle a Dios ¿era solamente lo que en el templo o en la sinagoga se pudiera hacer? ¿Solo serían los sacrificios del templo o la lectura de la ley y los profetas de las sinagogas? ¿Y la gloria del Señor no es el buscar el bien del hombre? ‘Y se quedaron sin respuesta’, dice el evangelista ante las preguntas que en este sentido Jesús les hacia.
Allí tenía que manifestarse la gloria del Señor. En la curación de aquel hombre que era mucho más que simplemente curarle de su enfermedad. Era la atención, la cercanía, el contacto humano, el amor en una palabra lo que en verdad iba a curar a aquel hombre, por lo que aquel hombre podría sentirse sano, sentirse feliz. Y esa es la gloria del Señor que hemos de buscar.
Vamos a iniciar el año de la misericordia al que nos ha convocado el Papa. Pero que no se quede en bonitas palabras sino que se manifieste de verdad la misericordia del Señor en su Iglesia. Aun seguimos pendientes más de las normas y de las leyes, de los ritos y de la imagen que podamos dar, que de una autentica misericordia con la que nos acerquemos a todas las personas.
Todavía seguimos condenando con dureza de corazón, sin llenarnos de ternura para ver cual es la situación humana de aquel que quizá haya obrado mal y porque obró quizá en un momento mal ahora excluimos y separamos. No terminamos de mirar cuanto es el sufrimiento que puedan tener en su interior esos a los que condenamos y excluimos. Todavía en nuestra Iglesia tenemos muchas cosas que revisar.
En nuestro corazón, en nuestros gestos y en nuestras actitudes, en nuestra manera de actuar, en nuestras relaciones con los demás mucho tenemos que revisar para en verdad nos manifestemos compasivos y misericordiosos, como nos dice el evangelio, que tenemos que ser pareciéndonos al Padre bueno que siempre es compasivo y misericordioso.

miércoles, 14 de octubre de 2015

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

No seamos fáciles para juzgar a los otros y decirles lo que tienen que hacer, sino sepamos caminar juntos con sentido de fraternidad

Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46

Qué fácil es decirles a los demás lo que tienen que hacer antes que hacerlo uno mismo. Somos muy dados a caer en esa tentación. Vemos lo que hacen los demás y enseguida entramos en el juicio, ya estamos pensando en nuestro interior si eso se puede hacer así o no se puede hacer, pensamos que nosotros los haríamos mejor aunque no hagamos el mínimo esfuerzo por hacerlo, y le estamos diciendo al otro lo que tiene que hacer.
Ahí entran muchas cosas como son nuestros juicios y hasta nuestras fáciles condenas, nuestro orgullo de considerarnos mejores y más perfectos y nuestros deseos de imposición sobre los otros desde nuestro complejo de superioridad. Nos ponemos en un escalón superior y miramos por encima. Nos consideramos tan perfectos que nos cegamos y no nos damos cuenta de los errores en los que nosotros también podemos caer. Enseguida nos consideramos maestros que enseñamos y decimos lo que los otros tienen que hacer.
Cuánta humildad necesitamos en nuestra vida; cuanta capacidad de mirarnos a nosotros mismos y juzgarnos, pero a nosotros, siendo capaces de reconocer nuestros errores, nuestros fallos, nuestros tropiezos. Cuanto espíritu de fraternidad que nos hace sentirnos iguales y cercanos, caminantes que hacemos los caminos juntos y somos capaces de ayudarnos mutuamente, no estando siempre por ayudar a los demás sino también por el dejarnos nosotros ayudar.
Me hago esta reflexión que es también algo así como un auto examen al escuchar las palabras que Jesús dirige a los fariseos y a los letrados. Ciegos guía ciegos, los llama en ocasiones, que tropiezan los dos en la misma piedra y caen ellos y hacen caer también a los otros en el mismo hoyo. Es lo que le venimos escuchando a Jesús estos días en el evangelio.
‘¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!’, les dice hoy Jesús a los letrados que se quejan porque se sienten ofendidos por las palabras de Jesús. Se sienten ofendidos porque se sienten tocados y señalados por la denuncia de Jesús.
‘¡Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle!’ Así les dice a los fariseos tan quisquillosos para fijarse en las cosas más menudas dejando a un lado las que son verdaderamente importantes. Asientos de honor, lugares de importancia, pedestales en los que subirse para estar por encima de los demás como unos intocables. Pero Jesús enseña que otras han de ser las actitudes, otra la manera de actuar donde siempre ha de prevalecer la humildad y la misericordia.
Ojalá aprendamos la lección de Jesús, el que vino no ser servido sino a servir, el que estuvo siempre cercano a nosotros haciendo nuestro mismo camino, el que cargó sobre sus hombros toda nuestra miseria para ayudarnos a llevar nuestra cruz, pero para levantarnos también desde las caídas y honduras de nuestras miserias.  Ojalá sepamos hacerlo nosotros también con nuestros hermanos aprendiendo a caminar juntos siendo en verdad cireneos los unos de los otros, y yo dejando también que otro cireneo se acerque a mí para ayudarme a llevar mi carga.

martes, 25 de agosto de 2015

No podemos quedarnos en religiosidades superficiales y de apariencias sino llenar nuestro corazón de amor y misericordia

No podemos quedarnos en religiosidades superficiales y de apariencias sino llenar nuestro corazón de amor y misericordia

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Mateo 23, 23-26

En el evangelio siempre se nos querrá dejar claro, presentándolo de una forma o de otra, que hemos de ir a lo que es lo fundamental y nunca tendríamos que darle prioridad a lo que es secundario y no constituye el núcleo de su mensaje. Serán las repetidas veces que se nos presentará a alguien preguntándole a Jesús qué es lo importante para alcanzar la vida eterna, ya sea en la pregunta del joven rico como en las preguntas muchas veces capciosas de los maestros de la ley, o será en ocasiones, como la que hoy escuchamos, en que Jesús denuncia la vaciedad de la vida de los fariseos que se quedan hipócritamente en las apariencias.
Es una pregunta que también tenemos que hacernos y un peligro que hemos de evitar. Buscar lo que es lo fundamental, lo esencial de lo que ha de ser nuestra vida cristiana para no andarnos por las ramas, y por otra parte evitar el quedarnos en apariencias, en cumplimientos o en ritualismos. Y es que tenemos ese peligro de ir a cumplir, de buscarnos los mínimos o lo que nos exige el menor esfuerzo, el quedarnos en apariencias de bueno porque nosotros sí somos cumplidores, pero quizá el corazón lo tenemos bien lejos del Señor.
Hoy denuncia la hipocresía del que se cree cumplidor porque anda con minucias; como nos dice en una buena imagen pagando los diezmos y primicias hasta por la hierbabuena y el comino.
Podríamos fijarnos en muchas actitudes nuestras, en que quizá queremos mostrarnos  muy religiosos porque, por ejemplo, somos muy cumplidores de nuestras promesas, de nuestras visitas a santuarios o de llenarnos nuestra casa de imágenes religiosas pero luego en nuestro corazón no tenemos misericordia ni compasión para el hermano que sufre, o mantenemos actitudes orgullosas en nuestro trato con los demás queriendo mostrar una superioridad que humilla al que está a nuestro lado, o mantenemos resentimientos y rencores en nuestro corazón no queriendo perdonar y olvidar aquello con lo que nos hayan molestado u ofendido.
‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el décimo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: el derecho, la compasión y la sinceridad! Esto es lo que habría que practicar…’ Así nos habla hoy Jesús de manera fuerte. No busquemos apariencias, no nos quedemos en religiosidades superficiales, vayamos a lo hondo del evangelio, llenemos de verdad nuestro corazón de amor y de misericordia, actuemos siempre en justicia, seamos capaces de perdonar y de amar por encima de todo lo que nos hayan podido hacer.
Terminará diciéndonos Jesús que lo importante es que tengamos bien limpio el corazón no las apariencias de niño bueno que podamos dar. Y para llenar de paz el corazón hemos de aprender a poner mucho amor en él. Aprendamos de la bondad y de la mansedumbre del Señor para que así nuestro corazón se parezca más y más al suyo.

sábado, 23 de agosto de 2014

Una palabras proféticas de Jesús que siguen resonando hoy para alejarnos de vanidades y obremos con rectitud

Una palabras proféticas de Jesús que siguen resonando hoy para alejarnos de vanidades y obremos con rectitud

Ez. 43, 1-7; Sal. 84; Mt. 23, 1-12
Se me ocurre  pensar que este texto del evangelio, estas palabras de Jesús tienen un profundo sentido profético; es el profeta que denuncia los caminos erróneos señalándonos aquello que hemos de corregir pero al mismo tiempo nos abre a caminos nuevos donde sepamos actuar y vivir con toda rectitud. Las palabras de Jesús que denunciaban claramente las actitudes y las posturas de los maestros de la ley de su tiempo y las de los fariseos, siguen teniendo profunda resonancia en el hoy de nuestra vida porque nos sentimos tentados a actitudes semejantes abandonando fácilmente el camino y el sentido del Evangelio que Jesús ha venido a anunciarnos.
Buen maestro no es solamente el que sabe muchas cosas y de palabra trata de enseñarlas a los que siguen trazándoles normas y pautas de conducta, sino aquel que con su propia vida, con sus propias actitudes está siendo ejemplo y modelo de aquellos principios o lecciones que trata de trasmitirnos. Es lo que Jesús denuncia en los letrados y fariseos de su tiempo por esa actitud hipócrita de enseñar o imponer unas cosas a los demás mientras el camino de su vida iba por otros derroteros.
‘No hagáis lo que ellos hacen, porque no hacen lo que dicen’, les dice Jesús a la gente que lo escucha. Todo se les queda en vanidad y en apariencia. Por eso habla de las largas filacterias y de las anchas franjas de sus mantos. Las filacterias eran unas cintas en las que escribían palabras de la ley con las que adornaban sus vestidos, lo mismo que las franjas de sus mantos que las ensanchaban para dar señales de pomposidad y en las que escribían también textos de la Ley. Buscaban la reverencia, la alabanza, el reconocimiento aunque sus vidas fueran sepulcros blanqueados en el exterior aunque dentro estuvieran llenos de podredumbre, como les dirá Jesús en otra ocasión.
Y les señalaba Jesús a sus discípulos que ese no podía ser el estilo de su vida, ese no podía ser el estilo de los que quisieran vivir el sentido del Reino de Dios. Enseñamos, corregimos, caminamos al lado del que está a nuestro lado en la vida, pero sintiendo que somos unos hermanos que caminos juntos. Será la bueno que haya en nuestra vida lo que tiene que contagiar y estimular al que está a nuestro lado; será la rectitud que vean en nosotros los que les ha de mover a mejorar sus vidas, porque siempre lo que queremos hacer es dejar actuar al Señor, que se vale quizá de nosotros, de nuestro bien hacer, de nuestro ejemplo y entrega y cuando sea necesario también de nuestras palabras.
Serán caminos de sinceridad y de rectitud, caminos de humildad y de sencillez, caminos siempre llenos de amor para darnos y para entregarnos, para ayudar y tender la mano al que camina a nuestro lado para que encuentre también el camino recto. Por eso nos dice Jesús en nosotros nada de alardes ni de vanidades. Emplea las expresiones de decirnos que ni nos llamemos padres ni jefes, ni consejeros ni maestros, porque es el Padre del cielo el que nos conduce con la fuerza de su Espíritu y es la Palabra de Jesús la que nos llenará de vida. Solo al Señor tenemos que escuchar y solo de su Espíritu tenemos que dejarnos conducir.
Decíamos antes que el sentido profético de estas palabras de Jesús no era solamente para la denuncia o la enseñanza que en aquel momento hacia a la gente que le escuchaba y a los discípulos, sino que seguía teniendo resonancia en el hoy de nuestra vida.  Confieso que cuando escucho estas palabras de Jesús trato de examinarme para ver si yo estoy cayendo con mi vida pecadora en esas mismas hipocresías y vanidades. ¿Buscaremos también los reconocimientos y las reverencias? ¿También de alguna manera alargaremos nuestras filacterias o el ancho de las franjas de nuestros mantos? Miremos nuestros ropajes. Es una tentación en la que fácilmente puedo caer, podemos caer quienes tenemos una misión dentro de la Iglesia. Y esta palabra de Jesús es una llamada fuerte a nuestra conciencia para que siempre actuemos conforme al espíritu del Evangelio.

Rezad por vuestros sacerdotes y pastores para que no caigamos en esas tentaciones que hoy Jesús nos denuncia. Es la ayuda grande que podéis prestarnos para que con la gracia del Señor vivamos la vida santa que conviene a nuestra vocación y dignidad. 

lunes, 30 de junio de 2014

Exigencias en el camino de Jesús pero también senda de plenitud



Exigencias en el camino de Jesús pero también senda de plenitud


Amos, 2, 6-10.13-16; Sal. 49; Mt. 8, 18-22
‘Se le acercó un letrado y le dijo: Maestro, te seguiré adonde vayas’. Cuántas veces nos hacemos promesas así. Sentimos un fuerte impulso en nuestro interior, nos entusiasmamos por algo que nos llama la atención y nos gusta, vemos quizá el ejemplo de alguien que está haciendo una cosa buena y pensamos que nosotros también seríamos capaces de hacerlo, y así muchas cosas por el estilo.
Quizá después en el día a día de la vida, en la continuidad en el cumplimiento de aquella promesa nos dimos cuenta que fuimos demasiado impulsivos, que quizá teníamos que habérnoslo pensado mejor, que las cosas había que reflexionarlas despacio antes de tomar decisiones que podrían comprometernos fuertemente, o la rutina y el cansancio nos hacen abandonar pronto los buenos propósitos.
Hoy es un letrado, un maestro de la ley que quizá ha escuchado las palabras de Jesús en el sermón del monte y le parecieron sublimes y de gran enseñanza, es el que acude a Jesús con ese impulso grande en su corazón por seguir a Jesús. También un día Pedro entusiasmado por Jesús, el Pedro que había hecho una hermosa confesión de fe en Jesús, que había sido testigo excepcional de la vida de Jesús, aunque había escuchado de labios de Jesús que habría momentos de pascua, de pasión y de muerte, le había dicho a Jesús que estaba dispuesto a dar la vida por Jesús. Ya sabemos lo que le pasó horas después en el patio de la casa del Pontífice.
Jesús no quiere apagar los entusiasmos de aquel letrado que viene con buena voluntad, pero quiere hacerle reflexionar que no es solo la buena voluntad, que no siempre es fácil seguirle, que ir tras los pasos de Jesús no es un camino de rosas y comodidades, que hace falta entrega y coraje para seguirle hasta el final, que es necesario un desprendimiento grande para poder hacer como Jesús. La cosas hay que pensarlas bien hasta ver si en verdad somos capaces de seguir ese camino del evangelio.
Jesús le dirá ‘las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. La vida de Jesús fue siempre pobre; pobre había nacido en Belén y pobre  se había criado en Nazaret, donde las labores de un artesano como José no servirían para enriquecer a nadie; de pobreza había sido su vida como la de un desterrado que apenas nacer tendrá que huir a Egipto porque su vida corre peligro; ahora le vemos en el evangelio de un lado para otro recalando en la casa de sus amigos, como los de Betania, o en la de sus discípulos como la de Simón Pedro en Cafarnaún. Cuando envíe a sus discípulos a anunciar el Reino los envía sin alforjas y sin dinero en la faja, quedándose en las casas donde los reciban, porque lo único que han de llevar siempre es el mensaje de la paz del Evangelio. ‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. ¿Estará dispuesto el letrado a vivir una vida así?
Hay otro discípulo al que Jesús invita a seguirle. Ya es discípulo, luego es de los que han estado más cerca de Jesús, pero le pide que le deje a ir a enterrar a su padre. La respuesta de Jesús nos puede parecer dura y no es que Jesús no quiere que atendamos a los seres queridos. Pero en el seguimiento de Jesús no podemos ir haciendo concesiones a las cosas que nos puedan llevar a la muerte. Las palabras de Jesús van más allá de si enterrar o no a su padre que ha muerto. Es que todo lo que nos conduzca a la muerte tendría que estar lejos de nosotros porque nosotros estamos con Jesús y con Jesús siempre tenemos vida, estamos llamados a la vida y a compartir vida. ‘Deja que los muertos entierren a sus muertos’.
Tenemos que tener claro lo que significa seguir a Jesús y vivir su vida. No nos podemos tomar las cosas a la ligera ni dejarnos llevar por unos primeros impulsos. Es necesario que conozcamos bien a Jesús y su mensaje. Un cristiano que de verdad quiere vivir su vida cristiana con toda intensidad ha de preocuparse por profundizar mucho en el evangelio, en el mensaje de Jesús para descubrir cuales son todas sus exigencias, pero para darnos cuenta también cuánto de vida podemos alcanzar.
No son solamente las renuncias, que también las habrá en cuanto haya de egoísmo y de muerte en nosotros, sino cuanto de vida alcanzamos cuando estamos con Jesús, cuando vivimos a Jesús. Y todo lo que podamos hacer por seguir a Jesús no lo hacemos con amargura ni tristeza, porque son las cosas que nos hacen las personas más felices del mundo. La Buena Nueva del Evangelio es para nosotros un camino de plenitud, un camino de dicha y felicidad, porque cuando nos damos seremos las personas más felices del mundo.

martes, 18 de marzo de 2014

Nuestra mayor grandeza es el ser el último y el servidor de los demás



Nuestra mayor grandeza es el ser el último y el servidor de los demás

Is. 10, 16-20; Sal. 49; Mt. 23, 1-12
¿Cuál es el título del que más tendría que hacer gala un cristiano, del que tendría que sentirse más orgulloso, que vendróa en cierto modo a definirnos? Creo que nos lo deja muy claro Jesús hoy frente a aquellos que se creen dirigentes, maestros, sabios y entendidos y que quieren apabullar con sus apariencias. El mejor título que tendría que definirnos es el de servidor.
Nuestra grandeza es ser amados de Dios hasta el punto de hacernos sus hijos. Pero cuando en verdad nos sentimos hijos de Dios, amados del Señor, nos daremos cuenta de por donde tienen que ir nuestras posturas o nuestra manera de presentarnos. Y no es otra que hacer lo mismo que hizo Jesús, el Hijo del Hombre que no vino para ser servido, sino para servir. Por eso en el servicio está nuestra grandeza; el hacernos nos últimos nos hace ser los primeros de verdad; nuestro valor está en amar y amar de verdad gastándonos por los demás y haciéndonos servidores de todos.
Jesús previene a sus discípulos, a los que quieren seguirle de vivir una vida de apariencias que se convierten en falsedades. Allí están ‘los letrados y los fariseos que se han sentado en la cátedra de Moisés’; y Jesús les previene: ‘Haced y cumplir lo que os digan - no les quita Jesús la autoridad a los maestros de la ley -; pero no hagáis lo que ellos hacen’, porque no hacen por sí mismos nada de lo que enseñan a los demás.
Confieso que escuchando estas palabras de Jesús me paro a reflexionar en lo que yo pueda estar haciendo; quizá enseñe muchas cosas a los demás, pero quizá no siempre soy lo suficientemente congruente en mi vida, porque luego no doy el ejemplo cumpliéndolo; sí, confieso que antes de anunciar la Palabra del Señor a los demás la leo para mi mismo, y tras ofreceros la reflexión trato de aplicarme de forma muy concreta lo que os digo analizando mi vida y queriendo corregirla siempre con la gracia del Señor.
Critica Jesús las posturas de los fariseos tan llenos de apariencias, anchos mantos, largas filacterias - esas cintas con que adornaban sus cabezas o sus vestidos en las que iban grabadas las palabras de la ley - puestos de honor, reverencias. No es ése el estilo de Jesús ni el estilo que ha de vivir un seguidor de Jesús. Tenemos que bajarnos de esos pedestales, quitar de nuestra vida todo lo que se queda en lo externo y tratar desde lo más intimo de nuestra vida de dar una respuesta al Señor, pero una respuesta que abarque toda nuestra vida, todo lo que hacemos.
‘No os dejéis llamar maestro… no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra… no os dejéis llamar jefes ni consejeros…’ Somos hermanos, Cristo es nuestra verdad y El es el único Señor. Es a Jesús a quien hemos de escuchar y seguir. Hace poco hemos escuchado la voz del cielo que así nos lo señalaba, allá en lo alto de la montaña de la Transfiguración. ‘Este es mi Hijo amado, escuchadle’, recordamos que nos decía. Y Jesús nos habla con toda autoridad, porque El es la Palabra de Dios, la Palabra que Dios quiere decirnos y que es para nosotros Palabra de salvación.
Y escuchar y seguir a Jesús implica entrar en el camino del amor, del servicio. Ahí está nuestra grandeza. El ser servidores de todos, el ser capaz de hacernos el último y el esclavo que siempre está dispuesto a servir es nuestra mayor grandeza y el título, por decirlo así, del que más tenemos que sentirnos orgullosos.
‘El primero entre vosotros será vuestro servidor’, nos dice hoy. Se lo hemos escuchado muchas veces a Jesús, sobre todo cuando han aparecido las ambiciones y deseos de grandeza en sus discípulos. Siempre terminaba Jesús diciéndonos lo mismo, que tenemos que hacernos los esclavos por amor de los demás están siempre disponibles para el servicio.  Eso, sí, que nos hará ser primeros, aunque ese no sea el estilo del mundo que nos rodea. Pero en algo tenemos que diferenciarnos los que de verdad queremos llamarnos discípulos de Jesús. 
Y qué satisfacción más grande se siente en el alma cuando hacemos el bien, cuando nos damos por los demás, aunque haya quien no lo valore ni lo tenga en cuenta. Pero en nosotros está siempre por encima de todos los reconocimientos humanos la recompensa que nos da el Señor, y que es abrirnos las puertas para la vida eterna. Y recordemos las últimas palabras de Jesús: ‘El que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será enaltecido’. 
No hace falta más comentario.

sábado, 8 de marzo de 2014

Allí están los pecadores, a los que jesus viene a curar y a sanar, a los que viene a ofrecerles la salvación



Allí están los pecadores, a los que Jesús viene a curar y a sanar, a los que viene a ofrecerles la salvación.

Is. 58, 9-14; Sal. 85; Lc.5, 27-32
Una llamada y una respuesta y una serie de acontecimientos y de mensajes que se precipitan despertando en nosotros cada vez más deseos de santidad y de gracia.
Una llamada, Leví el publicano, que estaba en su garita de recaudador de impuestos, que tiene una pronta respuesta. Jesús le dijo: ‘Sígueme, y, dejándolo todo, él se levantó y lo siguió’. Pero van a ser muchos los que se van a hacer partícipes de ese acontecimiento. Porque ‘Leví ofreció un banquete en su casa a Jesús y estaban a la mesa con ellos un gran numero de recaudadores y de otros’. La noticia corre y los amigos del publicano, compañeros de profesión, acuden a participar también del banquete con Jesús. Aunque luego veremos que eso provoca muchas reacciones en contra por parte de otros.
Ya esta parte del episodio nos trae un mensaje. Es por un lado la pronta respuesta de Leví que, ‘dejándolo todo, se levantó y siguió a Jesús’. Pero vemos la reacción en cadena y fijémonos en su aspecto positivo. Algunas veces nos puede parece que lo que nosotros hacemos no va a tener repercusión en los demás; pensamos que pueden ser cosas sin importancia y a nadie va a afectar. Sin embargo, estamos viendo que cualquier obra buena que nosotros hagamos siempre puede hacer un bien a los que están a nuestro lado, aunque a nosotros nos pueda parecer lo contrario.
La prontitud del seguimiento de Leví a la llamada de Jesús fue un testimonio que despertó al menos curiosidad en muchos que se acercaron y participaron en la mesa con Jesús. Y eso no es cualquier cosa. Tenemos que aprender a recoger también nosotros el mensaje porque con nuestra respuesta nosotros podemos hacer mucho bien a los demás.
Pero ya vimos que hay otras reacciones no tan positivas. Pero es la reacción de los que se creen hartos y ya no necesitan pedir pan; los que se creen justos y ya piensan que la salvación que Jesús nos ofrece no es para ellos. El camino hacia Jesús es la propia conciencia de pecado. Los que se creen justos, no dejan lugar en sí mismos para Dios. Por eso no entenderán los signos y los gestos de Jesús.
‘¿Cómo es que coméis con publicanos y pecadores?’ Por allí andan los fariseos y los escribas criticando la acción de Jesús. Ellos eran los puros que no se mezclaban con los pecadores, por eso no entendían que Jesús y sus discípulos se sentaran a la mesa con los publicanos y los pecadores. Allí estaban criticando la postura de Jesús.
En la bonita expresión del Papa Francisco Jesús si tenía olor a oveja. El pastor anda en medio del rebaño, de alguna manera revuelto en medio de sus ovejas, porque las llevará a pastar a los mejores pastos, o cargará sobre sus hombros a las heridas o a las que se sienten más débiles para seguir al ritmo de las demás, o irá en busca de las descarriadas allá donde se puedan encontrar perdidas en medio de los barrancos o los zarzales.
Allí está Jesús, Buen Pastor, en medio de su rebaño. Quizá no todos son buenos, pero por todos Jesús ha venido para traernos a todos la salvación. Allí están los pecadores, que lo reconocen, pero a los que Jesús viene a curar y a sanar, a los que Jesús viene a ofrecerles la salvación. ‘No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan’. Por eso aquellos que se creen justos no van a entender ese mensaje.
Nos sentimos pecadores; algunas veces parece que podemos hundirnos bajo el peso de las culpas de nuestros pecados. No olvidemos que Jesús ha venido por nosotros y que la maravilla de su amor es que siendo nosotros pecadores, por amor ha muerto por nosotros. Nos llenamos de esperanza. Nos sentimos movidos y llamados a la conversión, que para eso Jesús ha venido y ese es el camino que ahora vamos haciendo en esta cuaresma.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Ternura y amor de Dios que nos busca y nos enseña a tenerla nosotros también con los demás

Rom. 14, 7-12; Sal. 26; Lc. 15, 1-10
¿Os habéis fijado que a veces hay quien nos compara con una manzana o nosotros comparamos también a los demás con una manzana? ¿Por qué digo esto? Sí, por aquello de que una manzana podrida pudre todo el cesto de manzanas. ¿No es lo que decimos cuando aconsejamos a alguien que no se mezcle con cualquiera porque ‘esa persona’, decimos, no es buena y lo que va a hacer es que nosotros nos hagamos igual? ¡Cuánta desconfianza encerramos a veces en nuestro corazón!
La manzana podrida, es cierto, no se va a volver sana, pero el corazón del hombre, aunque se haya llenado de maldad, sí puede cambiar. Pero nos sucede es que algunas veces no creemos en la posibilidad del cambio del corazón del hombre. Esto tendría que hacernos pensar porque tiene muchas consecuencias tanto para lo que nosotros somos y tendríamos que ser, pero también para las actitudes y posturas, el trato que nosotros tengamos con los demás.
Cuando hoy escuchamos en el evangelio que los fariseos y los letrados murmuraban porque Jesús dejaba que los publicanos y los pecadores se acercasen a El e incluso Jesús como con ellos, nos parece quizá una actitud ruin la de aquellos fariseos y letrados con sus actitudes, murmuraciones y condenas. Pero siguiendo al hilo de lo que decíamos antes de la manzana podrida, mirad si acaso nosotros no estamos teniendo actitudes negativas de la misma manera hacia los que consideramos más pecadores que nosotros o más despreciables.
Jesús nos enseña muchas cosas hoy en este texto del evangelio. Primero nos está mostrando lo que es su corazón, lo que es el corazón de Dios. Bien nos viene considerarlo porque así sentiremos ese amor de Dios que siempre nos busca y nos llama, nos invita a la conversión y espera de nosotros esa respuesta de amor cuando El además nos ofrece su misericordia y su perdón.
Dios ama al pecador. Dios nos ama a cada uno de nosotros con nuestro nombre personal, y cuando decimos nuestro nombre personal queremos significar todo lo que es la realidad de nuestra vida en sus aspectos positivos que también los tendremos pero en sus aspectos negativos con el pecado que tantas veces hemos dejado meter en nuestro corazón. Fijémonos cuanto nos ama el Señor que en las parábolas que hoy nos propone nos está diciendo cómo nos busca allá donde nos hayamos perdido. Como el pastor que busca la oveja perdida, o la mujer que rebusca hasta encontrar la moneda extraviada.
Nos está hablando de la ternura de Dios. Textos que se completarían en los versículos siguientes a estos que hoy hemos escuchado en que nos hablará de la parábola del hijo pródigo que a la vuelta a su casa se va a encontrar un padre misericordioso y lleno de amor que no solo le ofrece su abrazo de perdón sino que lo restituye en la dignidad perdida porque sigue considerándolo y llamándolo hijo.
Es la ternura de Dios; es el amor misericordioso del Padre bueno que nos ama. Pero no solo nos busca como el pastor a la oveja perdida, sino que además ha dado su vida por nosotros. Tanto nos amó que nos envió a su Hijo único, lo entregó para nosotros para que ninguno perezca sino que todos tengan vida eterna.
No somos la manzana podrida que habrá que tirar sino somos el hijo amado de Dios que puede convertir su corazón al Señor cambiando totalmente su vida por una vida de amor y de santidad. No somos el que está perdido para siempre y no tiene remedio, sino que somos el hijo amado de Dios que nos riega con su gracia y nos da el don de su Espíritu para que alcancemos el perdón y rehagamos nuestra vida para vivir en toda la dignidad de hijos de Dios.
Y es la alegría de Dios a nuestra vuelta. El pastor avisa a sus amigos llevando sobre sus hombros la oveja perdida; la mujer llama a sus vecinas para invitarlas a alegrarse con ella porque encontró la moneda extraviada; el padre hace banquete de fiesta en la alegría del hijo muerto y recuperado, vuelto a la vida.
Será también nuestra alegría y la ternura de nuestro corazón, porque serán las actitudes nuevas que nosotros hemos de tener con los demás. También nosotros hemos de saber esperar y saber confiar en el hermano; no somos nadie para condenar. Porque seguimos a Jesús hemos de tener las mismas actitudes de Jesús; porque amamos a Jesús hemos de hacer que nuestro corazón se llene también de ternura y misericordia para parecernos a su corazón.

Lejos de nosotros para siempre las actitudes que se parezcan a las de aquellos fariseos y letrados. Porque hemos de aprender bien las nuevas actitudes que hemos de tener con los demás, para asemejarnos más y más al corazón de Dios que siempre nos ama. ¿Has pensado cuantas veces te ha perdonado el Señor? Ha tenido paciencia con nosotros, ¿no podemos tenerla también nosotros con los demás esperando también de ellos el cambio del corazón?