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viernes, 27 de marzo de 2026

No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

 


No nos valen acomodos ni complejos por los miedos y temores, no nos valen los conformismos, somos unos testigos que no podemos enmudecer porque es la hora de Dios

Jeremías 20, 10-13; Salmo 17; Juan 10, 31-42

Ser profeta no es una tarea fácil; muchas veces nos hemos hecho una idea, no sé si decir muy idílica, sobre lo que es un profeta y cuál es realmente su misión. Lo vemos fácilmente como el que tiene visiones y desde esa visiones puede anunciarnos lo que va a ser el futuro, y nos agrada cuando nos parece que nos dice que nos sucederán cosas hermosas y gratas, aunque al mismo tiempo sentimos como cierto temor cuando nos parece que nos habla airado anunciándonos calamidades que vemos casi como si fuera el fin del mundo y el castigo de todo.

Pero estoy diciendo que es algo muy idílico que quizás nosotros nos hemos imaginado, también porque quizás no hemos sabido leer lo que son los oráculos de los profetas. Tendríamos que pensar en el profeta como el hombre de Dios que con su palabra, algunas veces quizás llenas de misterio, nos está ayudando a comprender la visión de Dios sobre la vida y el mundo y lo que son sus designios que nosotros podemos aceptar o no; es un testigo de Dios y no solo con su palabra sino con su vida misma, para aceptarnos confrontar nuestra vida con lo que son los designios de Dios. Y como nos hace ver la cruda realidad de nuestra vida no nos agrada quizás su misión profética y tratamos de acallarla de mil maneras o rechazarla porque se está convirtiendo en una exigencia para nosotros.

Bien comprendía el profeta Jeremías cuál era su misión pero cuál era el rechazo que le hacían sus contemporáneos; en una ocasión lo encerraron en una cisterna vacía para dejarlo allí morir de hambre, por citar algunos de esos momentos duros. Pero Él se fiaba del Señor que lo había llamado a pesar de su resistencia porque comprendía que era una misión difícil. ‘Pero el Señor es mi fuerte defensor, le escuchamos hoy, me persiguen pero caen indefensos’. Así hemos dicho nosotros con el salmista ‘yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi libertador’.

He querido reflexionar sobre esto porque nos ayudará a comprender la situación en que se encuentra Jesús cuando también es rechazado por los judíos. Hoy hemos escuchado en el evangelio que cogieron piedras para apedrearlo. ‘¿Por cuál de las obras buenas que hago por encargo del Padre me apedrean?’ Y era eso lo que les dolía, la forma en que Jesús hablaba de Dios a quien llamaba su padre. Lo acusan de blasfemo, ‘porque tú siendo hombre te haces Dios’. No llegaban a contemplar el misterio de Dios que en Jesús se estaba manifestando. En su ceguera, nos dice el evangelio, intentaron detenerlo pero no pudieron. Y Jesús se marchó a la otra orilla del Jordán, allí donde Juan había estadp bautizando, nos detalla el evangelista, porque aún no había llegado su hora.

Pero todo esto me hace pensar en nuestra tarea y en nuestra misión como cristianos en medio del mundo. Recordamos que en nuestro bautismo hemos sido ungidos para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Algunas veces lo olvidamos, no llegamos a vivir en integridad y con toda intensidad esa misión que hemos recibido. Quizá también como el profeta tenemos miedo, como decía Jeremías no soy más que un niño que solo sabe balbucir. Pero Dios le confió esa misión, como nos la confía a nosotros, ser profetas.

No, no vamos a ir por ahí anunciando cosas futuras, tampoco tenemos que ir clamando anuncios de muerte y destrucción para llenar de miedo a la gente. Nuestra tarea tiene que parecerse a la de Jesús para despertar esperanza, para poner ilusión en el corazón por algo nuevo y distinto, por algo mejor para nuestra vida y para nuestro mundo.

Tenemos que dar señales con nuestra manera de actuar, con nuestra manera de vivir de ese mundo nuevo que tenemos que construir. No siempre será fácil, porque también nosotros estamos llenos de debilidades y aparecen nuestros miedos y temores; no siempre es fácil porque tan pronto nos presentemos como testigos de algo nuevo vamos a encontrar el rechazo en tanto conformismo que encontramos alrededor.

No es necesario complicarse la vida tanto, nos dirán, y nos estarán invitando a que también nosotros nos acomodemos, no vayamos con tanta radicalidad, atemperemos nuestro entusiasmo. Pero no nos podemos doblegar, somos testigos y no podemos callar, llevamos una luz que no podemos poner escondida en cualquier rincón, llevamos una verdad que no podemos callar para no molestar a quienes quieren actuar de otra manera.

Es la hora de Dios que tenemos que anunciar y proclamar para nuestro mundo.


martes, 23 de diciembre de 2025

Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

 


Alegría y regocijo en el nacimiento de un niño, sorpresa, admiración e interrogantes que nos plantea Juan con su presencia ante la próxima navidad

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Salmo 24; Lucas 1, 57-66

Alegría y regocijo como siempre es el nacimiento de un niño, sorpresa y admiración, preguntas e interrogantes eran las emociones y sentimientos que corrían en las montañas de Judea ante lo que estaba sucediendo en aquella pequeña aldea. Se gozaban con la madre que daba a luz un niño porque siempre era considerado una bendición de Dios y más aún en las circunstancias donde parecía que no podía ser madre pero ahora había logrado ese don de Dios; esto además les causaba gran sorpresa y conmoción por un hecho tan inusual, lo que le llevaba a interrogantes y preguntarse qué les quería decir Dios con tales hechos; lo acontecido en su circuncisión y la imposición del nombre aun les había dejado más descolocados, por el deseo de Isabel y la corroboración por parte de Zacarías de que su nombre sería Juan. Eran un pueblo creyente que en todo quería leer el actuar de Dios. ‘¿Qué va a ser de este niño?’ se preguntaban.

Hoy nosotros también nos hacemos una lectura creyente y con la tradición de la Iglesia desde siempre encontramos en Juan el cumplimiento de las profecías. Era aquel mensajero de la alianza, que cual otro Elías era como fuego de fundidor o lejía de lavandero que venía a preparar los caminos del Señor, a preparar un pueblo bien dispuesto para la llegada del Mesías.

Son los sentimientos y es la apertura de nuestro corazón con la que escuchamos en la inmediatez ya de la celebración de la Navidad estos textos de la Palabra de Señor. Aunque hoy estamos escuchando el relato de su nacimiento y circuncisión ya hemos venido escuchando a lo largo del Adviento esa predicación de Juan allá en el desierto, junto al río del Jordán que nos ayudaba también a nosotros a preparar los caminos del Señor.

Su voz sigue resonando en nuestro corazón. La figura del Bautista está muy presente en el camino de la Iglesia, no solo por todo lo que lo escuchamos y meditamos en el camino de nuestro Adviento sino porque también a lo largo del año litúrgico nos aparece en ocasiones para que en verdad nos vayamos centrando en el evangelio de Jesús. Son palabras fuertes las que le escuchamos al profeta que tendrían que despertarnos de cierta atonía espiritual que tantas veces nos envuelve. Nos vamos dejando arrastrar por las rutinas y la tibieza espiritual en las que hemos envuelto tantas veces nuestra vida de fe y necesitamos esa voz y ese grito que nos despierte.

Esa tibieza en la que vivimos dejando a un lado tantas veces la radicalidad del evangelio nos lleva por una pendiente peligrosa que se convierte a veces en un sincretismo que nos lleva a no saber dónde estamos o dónde deberíamos estar;  todo nos parece bien, nos conformamos fácilmente con lo que otros hacen o dicen, la altura de nuestras metas cada vez las rebajamos más para entrar en aquello de la ley del mínimo esfuerzo, andamos en ocasiones tan confundidos que no nos damos cuenta que desde fuera nos están imponiendo hasta la manera de celebrar nuestras fiestas cristianas, a las que incluso se les despoja de su verdadero nombre.

Muchas veces vamos a escuchar estos días ‘felices fiestas’, pero no feliz navidad, se le dará más importancia a celebrar el nuevo año y no importa que sea a medianoche, pero a la misa del gallo de medianoche la hemos trasladado por nuestras comunidades hasta convertirla en una simple misa vespertina, la importancia se la damos a los regalos que nos trae papá Noel y a eso llamamos fiestas de navidad.

¿No necesitaremos una voz como la del Bautista que nos despierte? ¿No seguiremos necesitando su figura austera vestida de piel de camello que se contraponga a las vaporosas pieles de nuestras vanidades y lujos para celebrar a un Niño que nace pobre en un portal porque ni siquiera en la posada había sitio para El? ¿Llegaremos a fijarnos a quienes viven en semejantes condiciones a nuestro alrededor en el frío de la noche de Navidad?

¿No serán interrogantes que también tendrían que plantearse en nuestro corazón a la hora de la celebración de la Navidad?


sábado, 12 de abril de 2025

Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

 


Tenemos que vivir la Pascua de una forma honda pasando por una renovación de nuestra vida y dejando que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme

Ezequiel 37, 21-28; Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

También nosotros nos preguntamos muchas veces ¿es que no hay nadie que haga nada? Cuando somos conscientes de la problemática que vive nuestro mundo, cuando nos sentimos confundidos con tantas cosas que vemos que no marchan a nuestro gusto y que mucha gente anda descontenta, nos hacemos la pregunta. Y se trata de lo que es la vida social ordinaria que vivimos en la cercanía a nosotros con tantas violencias, con tanta corrupción, con el desorden moral que estamos contemplando como va en crecida, con la gente desilusionada por tantos problemas a los que no encuentran solución, y contemplamos la vida política, la marcha de nuestros dirigentes con actuaciones que no terminamos de comprender aunque aceptemos la disparidad de criterios que podamos tener, nos preguntamos quien va a salvar a nuestra sociedad, quien va a salvar a nuestro mundo. Pensamos en personajes carismáticos que puedan convencer, pensamos en verdaderos dirigentes de nuestra sociedad que nos saquen del atolladero, ¿Dónde podemos encontrar quien encuentre solución al mundo en que vivimos?

He querido comenzar mi reflexión de hoy en las vísperas del inicio de la semana santa palpando de alguna manera la situación en que vivimos en el hoy de nuestra vida, como también tendríamos que palpar lo que es nuestra vida personal con sus problemas y sus inquietudes, con las incertidumbres que se nos plantean muchas veces y los interrogantes que tenemos dentro de nosotros mismos porque pienso que lo que vamos a celebrar tiene que ser luz para esa situación que vivimos en todos los ámbitos de la vida. Es como haremos verdadera celebración de nuestra fe.

En la Palabra que hoy se nos ha proclamado el profeta describe también una situación difícil que vivió en muchos momentos el pueblo de Dios, divisiones entre ellos, destierros lejos de su patria, momentos en que parecía que habían perdido toda esperanza; tenemos que saber leer el lenguaje profético que se trasluce también en lo que en aquel momento estaban viviendo los judíos. La presencia de Jesús les había llenado de interrogantes y también de dudas por lo que Jesús anunciaba; quienes estaban bien situados se sentían seguros con su manera de vivir y veían quizás un peligro incluso de revolución desde las palabras y anuncios de Jesús; ellos no podían perder su influencia, que aunque estaban bajo el dominio de los romanos los dirigentes del pueblo tenían asegurado su puesto. ¿Qué podía suceder?

No buscaban ellos realmente quien viniera como salvador a dar un nuevo rumbo a las cosas; los pensamientos que tenían de lo que seria el Mesías también estaba confuso en sus mentes. Se atisbaban los peligros; más tarde les sucedería, no muchos años después, que Jerusalén y el templo serían aniquilados. Era lo que en el fondo temían, por eso como se atreve a decir el Sumo Sacerdote ‘es mejor que muera uno solo por todo el pueblo’. No era consciente del sentido profético de sus palabras, que el evangelista nos recordará.

¿Quién va a ser esa luz que nos guíe? ¿Quién va a ser ese salvador que nos libere de todos esos momentos oscuros? ¿Quién será el que pueda dirigir nuestra vida por caminos nuevos donde encontremos la paz y tengamos respuesta a nuestras inquietudes? El evangelista nos está diciendo que las palabras del Sumo Sacerdote tenían valor profético. En Jesús encontrarán cumplimiento.

Y es lo que vamos a celebrar, pero no solo contemplando a Jesús como el Salvador esperado solo en otros tiempos, sino como quien es el verdadero camino de salvación en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Ojalá supiéramos escuchar y supiéramos dejarnos conducir por las palabras de Jesús. Para nuestros miedos, para nuestras dudas e incertidumbres, para esa desorientación que vivimos en nuestra vida, para esos momentos tormentosos que seguimos viviendo donde sigue reinando la violencia y la injusticia, donde sigue imperando la corrupción y la maldad, para esos momentos en que no sabemos dialogar y ponernos de acuerdo Jesús es la luz que nos ilumina.

La pascua que vamos a celebrar tiene que seguir teniendo sentido en nuestras vidas. Pero no la podemos vivir de una forma superficial, no nos podemos quedar en exterioridades llenas de vanidad, no podemos tener una alegría superficial que se desvanece pronto como el humo de nuestros incensarios; tenemos que vivir la Pascua de una forma honda; y eso tiene que pasar por una renovación de nuestra vida, por dejar que Cristo entre en nuestra vida y nos transforme; por dejar que Cristo cargue sobre sí todas esas maldades nuestras, toda esa superficialidad y vanidad y la ponga junto a su cruz, nos ponga a nosotros junto a su cruz, porque será la forma de que todo eso lo transformemos en vida, porque será la forma en que nosotros lleguemos a transformarnos en esos hombres nuevos, será la mejor forma de vivir y celebrar la Pascua.

viernes, 15 de marzo de 2024

No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

 


No seamos tiniebla que rechaza la luz, dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga no rechazándola porque nos duela

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Forma parte de la naturaleza de la vida, podríamos decirlo así, hay personas o hay situaciones con las que o en las que nos sentimos cómodos, porque nos parece que hay una sintonía con nosotros, y otras personas que no nos caen bien, no nos sentimos bien a su lado, o situaciones por las que tenemos que pasar en las que no nos sentimos cómodos.

Y esto en distintos frentes. Porque nos puede ser agradable una persona porque quizás es amable con nosotros, nos entendemos cuando hablamos o compartimos cosas o momentos, pero quizá ha situaciones en las que repelemos a la persona precisamente porque es buena, porque es entregada, y es que está chocando con nuestra manera de ser, o con las posturas que nosotros vamos tomando en la vida. Quizás nos hacen ver los errores que cometemos, el desorden que hay en nuestra vida, o que hay otros valores mejores que los que nosotros vivimos, y esto se convierte en un repelente para nosotros, porque de alguna manera su rectitud está denunciando el mal que hay en nosotros.

Siempre ha sucedido que el que obra con rectitud se convierte en blanco de los demás, y al que siempre se le quiere sacar algo, o acumularle algo en su vida que está bien lejos de su comportamiento. La rectitud de sus vidas se convierte en denuncia de nuestro mal obrar y por eso con tanta maldad quizá se trata de denigrarlo de la forma que sea. ¿No es lo que le pasaba a los profetas?

Es lo que pasaba también con Jesús., Y Jesús lo sabía. El Reino nuevo de Dios que anunciaba se convertía en una denuncia de quienes querían vivir anquilosados en sus rutinas y viejas costumbres, pero que no estaban obrando con la debida rectitud ni con la necesaria apertura del corazón. Como los profetas habían sido rechazados, así ahora es rechazado Jesús. Bien nos lo explica Jesús en la parábola de los viñadores homicidas que no hace mucho hemos meditado, pero que no la podemos leer solamente mirando a lo que era la situación de entonces del pueblo judío y su historia, sino que también hemos de saberla leer en la realidad de nuestra vida.

Cuántas veces nosotros también cuando ha habido quien con visión verdaderamente profética nos ha presentado la Palabra de Dios habremos sentido ese mismo rechazo dentro de nosotros; acaso lo hemos querido disimular, porque miramos a otro lado y siempre queremos aplicar las cosas a los demás y no a nosotros mismos, o tratamos de hacernos nuestras rebajas, porque nos decimos que no hay que mirar las cosas con tanta radicalidad.

Pero, ¿aceptamos o no aceptamos a Jesús y su mensaje evangélico?  Hemos escuchado hoy que en principio Jesús no quiere dejarse ver por Jerusalén, porque aun no ha llegado su hora, donde sabe que va a tener una fuerte oposición. Sin embargo Jesús sube también a la ciudad santa para aquella fiesta, y los mismos judíos se sorprenden de su presencia, pues el pueblo notaba el vacío que las autoridades y gente principal querían hacerle a Jesús. Se preguntan si acaso ya habrán aceptado la misión profética o mesiánica de Jesús.

¿De donde viene Jesús? ¿Cuál es realmente su misión? ¿El hecho de ser galileo la resta posibilidad de que pueda ser el Mesías, como en otro momento le dirán los sumos sacerdotes a Nicodemo, que de Galilea nunca ha surgido un profeta?

Como hoy les dice Jesús ‘a mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado…’ Jesús se siente como el enviado del Padre. Nos recuerda lo que en otro momento del evangelio hemos escuchado. El amor que Dios nos tiene es tan grande que ‘nos ha enviado a su Hijo para que quien cree en El no perezca sino que tenga vida eterna’.

Es la maravilla y la grandeza de nuestra fe en Jesús. Así lo reconocemos. La Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. La Palabra que nos ilumina para arrancarnos de nuestras tinieblas y darnos vida. La Palabra que tenemos que escuchar. Podemos recordar muchos momentos del evangelio. No seamos la tiniebla que rechaza la luz. Dejemos que ilumine los más hondos entresijos de nuestra alma y nos ponga el dedo en la llaga. No la rechacemos porque nos duela. La medicina nos arde en la herida pero nos sana. Veamos en todo siempre y por encima de todo el amor de Dios que  nos salva.

viernes, 29 de diciembre de 2023

Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

 


Los misterios grandes manifestados en lo pequeño e insignificante solo serán capaces de contemplarlos quienes tienen una sintonía especial de Dios en los ojos y el corazón

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

Quienes estuvieran contemplando aquella mañana, quizás desde una distancia emocional o quizá por simple curiosidad, lo que estaba sucediendo en aquellos pórticos del templo, no habría notado nada especial, sino unos matrimonios, en general jóvenes, que se acercaban a hacer las ofrendas rituales por el primogénito que les había nacido y a las correspondientes purificaciones de las madres. Era una escena normal como otras que cada día se sucedían en el templo aparentemente sin ninguna connotación especial.

Pero alguien tenía una visión distinta. Era un hombre de Dios que aguardaba impaciente la llegada del Mesías de Dios y que allá en su interior había sentido el Espíritu divino que le aseguraba que no cerraría sus ojos sin contemplar a ese enviado de Dios. Los misterios grandes que se manifiestan en cosas pequeñas e insignificantes solo serán capaces de contemplarlas quienes tienen una sintonía especial de Dios en sus ojos y en su corazón. Es lo que sucedía en aquel anciano, y posteriormente también en la que llamaríamos la profetisa Ana.

Se adelantó aquel anciano hasta aquellos jóvenes esposos que con su niño en brazos se dirigían a realizar la ofrenda prescrita. Y ahora todo serán gritos de alabanza y de bendición al Señor porque le ha permitido que antes de cerrar sus ojos a la luz de este mundo pudiera contemplar la luz de Dios que nos visitaba. ‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador… luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo Israel’.

Todo son bendiciones y alabanzas pero también serán anuncios proféticos. Será grande aquel niño, pero será ‘un signo de contradicción’; y la contradicción comenzará para aquella madre que se une gozosa también a ese cántico de alabanza, como ella había venido haciéndolo desde que el ángel del Señor le anunciara las maravillas que Dios iba a realizar en ella, pero se le anuncia ahora una espada de dolor que atravesará su alma. Podíamos decir que María lo sabía. Conocedora era de las Escrituras santas que tantas veces había rumiado en su corazón, y conocería pues los cánticos del siervo de Yahvé que había proclamado el profeta Isaías y que son toda una descripción de lo que iba a ser la pasión de su Hijo.

Pero era aquel Niño el que estaba puesto también como signo de contradicción para todas las gentes. Más tarde mientras uno lo alaban y bendicen, como bendecirán también los pechos que lo alimentaron y el vientre que lo llevó, porque nadie ha hablado como este hombre y Dios ha visitado a su pueblo, habrá quienes estén sin embargo acechando y buscando como quitarlo de en medio. Y es que ante Jesús hay que decantarse siempre, o se está con El o se estará contra El, y el que no esté con él no siembra sino que desparrama. Será un signo de contradicción ‘para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Bien que lo veremos a lo largo de todo el evangelio. ¿Qué significará para nosotros? ¿No tendremos que decantarnos también ante El?

De una cosa si que tenemos que estar seguros ya desde este primer momento, tenemos que saber sintonizar la sintonía de Dios; hemos de aprender a tener unos ojos límpidos como los de aquel anciano que aparece en aquellos momentos por el templo, para saber reconocer el actuar de Dios, la presencia de Dios. Y será en lo pequeño y en lo que es nada aparatoso, será en los gestos sencillos, será desde un corazón humilde y abierto a Dios, será quien se deje conducir por el espíritu divino el que se encontrará en los caminos de Dios y podrá encontrarse con Dios. ¿Serán esas las actitudes de nuestro corazón?

sábado, 24 de junio de 2023

Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 


Una alegría y una esperanza porque con el nacimiento de Juan comienzan a abrirse en el horizonte los resplandores de un nuevo amanecer de salvación

 Isaías 49, 1-6; Sal 138; Hechos 13, 22-26; Lucas 1, 57-66. 80

Siempre el nacimiento de un niño es un motivo grande de alegría; hasta en las familias más humildes brilla siempre como una nueva luz de esperanza el nacimiento de un niño. Es una nueva vida que comienza a palpitar y parece que todos en torno a recién nacido nos llenamos de sueños y de esperanzas. Esa semilla que ha germinado hará nacer y crecer una nueva planta, siempre soñamos con sus frutos, aparece la esperanza de algo nuevo en el corazón, se despiertas inquietudes, y parece que resucitan las iniciativas por la vida que estaban como dormidas; es un nuevo despertar de ilusión y de esperanza.

¿Qué va a ser de este niño? era una pregunta que como un eco iba rebotando por las montañas de Judea con el nacimiento de Juan. Si las gentes cuando supieron de la pronta maternidad de Isabel se alegraban porque el Señor había tenido gran misericordia con ella, ahora cuando Juan ya nacido y a causa de todas las extraordinarias que tras su nacimiento se iba sucediendo, surgía de nuevo la alegría y la esperanza en las montañas de Judea, pues en cuanto acontecía veían que la mano de Dios estaba con él.

Una alegría y una esperanza que tenía aires de profecía porque estaba señalando cómo Dios visitaba a su pueblo derramando su bendición y su misericordia, pero que ha seguido teniendo eco a través de todos los tiempos y aun entre nosotros celebramos con gran alegría el nacimiento de Juan, aunque a veces mantengamos ciertas connotaciones paganas en la manera de celebrar su fiesta. Pero esa profecía está queriendo decirnos y señalarnos hoy muchas cosas a quienes tenemos que ser en cierto modos profetas y precursores de la presencia del Mesías en nuestro mundo de hoy.

Juan venía con la misión de reunir a los hijos dispersos de Israel y por eso su presencia y su palabra en las orillas del Jordán y en el albores del desierto se convierte en signo profético en medio de un pueblo que había perdido las esperanzas y como diría Jesús más tarde andaban como ovejas descarriadas a las que les falta el pastor. Su presencia fue luminosa, su palabra era ardiente, su mensaje era riguroso y exigente porque abría a un mundo nuevo con nuevas actitudes y con nuevos fogonazos de luz.

Valiente para proclamar la verdad, valiente para señalar los caminos de rectitud que habríamos de recorrer, valiente porque su palabra no callaba frente a los poderosos y arriesgaba todo lo que fuera necesario, como valiente y arriesgada sería su propia vida, por proclamar la verdad y los caminos de rectitud que habríamos de recorrer.

Podría parecer duro el mensaje y duras las palabras que pronunciaba si no estábamos dispuestos a entrar por caminos de conversión, pero era la exigencia de la necesaria conversión porque muchos caminos habría que enderezar, muchos valles que allanar para preparar debidamente los nuevos caminos del Señor.

Y el mundo sigue necesitando hoy esos precursores y esos profetas que preparen caminos y corazones. El mundo que nos rodea sigue necesitando hoy que seamos esos precursores, esos profetas aunque parezca que el mundo no nos quiere escuchar. Necesita de nuestros gestos proféticos aunque nosotros sigamos pensando que nuestro trabajo sea inútil quizás porque no nos escuchan. El mundo si nos escuchará si ve que nuestra palabra es auténtica, que nuestros gestos son verdaderos signos, que hay valentía en nuestros corazones para seguir proclamando esa buena nueva de salvación. No nos escucha quizás porque nosotros seguimos queriendo nadar y guardar la ropa pero hay que arriesgarse, que la Palabra de la verdad será escuchada y tenida en cuenta.

Aquel niño pequeño que hoy vemos recién nacido en las montañas de Judea nos está señalando también a nosotros, aunque nos consideremos pequeños o tan pecadores como los demás, para que vayamos a dar ese testimonio, para que seamos esos precursores y esos profetas tan necesarios. No tengamos miedo de asumir nuestra misión. Es el mensaje que Juan Bautista hoy deja en nuestra manos, es la semilla de inquietud que siembra en nuestro corazón, es la osadía y valentía que hemos de tener quitando toda clase de miedos y cobardías para hacer ese nuevo anuncio de salvación.

martes, 29 de noviembre de 2022

 


Verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, recostado entre las pajas de un pesebre si con el corazón de los sencillos buscamos a Dios

Isaías 11, 1-10; Sal 71; Lucas 10, 21-24

Todos sabemos que un foco convenientemente colocado y según qué intenciones puede resaltar unos matices que nos interesan para darnos la imagen que quiere darnos, pero también pueden encandilarnos de tal manera que quedemos deslumbrados para no ver la auténtica realidad. Son técnicas de marketing y de publicidad que desde los diferentes ámbitos de la vida se utilizan, como muchos más, de manera que nos conducen a donde quieran ya sea en el consumo como en las orientaciones que queramos dar la sociedad.

Nos sentimos encandilados por los focos que relumbran y que pueden cegarnos, pero bien sabemos que las bonitas palabras se pueden convertir en una charlatanería pero que nos dejamos arrastrar por aquel que quizá más ruido hace o se presenta delante de nosotros con mayor ostentación. Sin embargo quizás no vamos a encontrar ahí las cosas más maravillosas de la vida, ni tienen por qué presentarse con espectacularidad, sino que en lo pequeño y en lo sencillo encontramos la mayor belleza y la mejor sabiduría para la vida. Es el camino de lo pequeño y de lo sencillo que muchas veces tanto nos cuesta escoger.

De eso se nos habla hoy en el evangelio, es lo que nos quiere hacer resaltar Jesús con sus palabras, es lo que tendría que hacernos detener cuando aun estamos comenzando este camino de Adviento para llegar a descubrir como verdaderamente nos vamos a encontrar con Dios en aquel niño pobre, nacido y recostado entre las pajas de un pesebre en Belén.

No fue el camino de Jesús un camino de espectacularidad. Muchas veces, incluso cuando nos acercamos al evangelio, podemos encandilarnos con esas páginas que nos hablan de los milagros de Jesús, pero no lleguemos a captar el verdadero sentido del evangelio incluso en esas páginas que nos pueden parecer más espectaculares. 

Es al Jesús que siempre veremos entre los pobres y los pequeños, que se acerca al que parece estar más abandonado y el que muestra su cercanía a los que son más despreciados de la sociedad. Se acerca al paralítico de la piscina perdido allá en un rincón y a quien nadie ayuda, deja que le toque el manto una mujer que carga con la impureza de sus flujos de sangre y de la que todos se apartarían, permitirá a la mujer pecadora que le lave los pies con sus lágrimas y con sus perfumes, o comerá con los publicanos y de los pecadores aunque fuera motivo de escándalo para los fariseos.

Hoy le vemos dar gracias al Padre que se revela no a los sabios y entendidos sino a los pequeños y a los sencillos. Cuánto nos enseña de la actitud de humildad con que tenemos que acercarnos a Dios; cuanto nos enseña para que descubramos al Dios que El nos revela – ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’ – precisamente en esos pequeños del mundo, de los que peligrosamente tantas veces quizás nosotros también pasamos de largo.

Es el camino que nos llevará a una auténtica navidad, que no se quedará en superficialidades ni apariencias sino que tendrá todo su sentido cuando veamos al Jesús que nace en Belén en esos pobres y en esos últimos de nuestro mundo. Será la auténtica transformación que el Espíritu del Señor realizará en nuestro corazón, un corazón que será siempre ya para la paz y para el amor, como nos refleja tan sabiamente el profeta en esas ricas imágenes que nos ofrece en su profecía. 


Ya no podremos ser fieras los unos para los otros porque reinará el amor, porque ‘habitarán juntos el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos y un muchacho será su pastor’. Imágenes del mundo nuevo que ha de comenzar a construirse.

 

lunes, 21 de marzo de 2022

No envejezcamos la Palabra de Dios, no echemos a perder esa sal del evangelio, sintamos ese vigor de la nuevo que nos llevará a ser esos hombres nuevos del evangelio

 


No envejezcamos la Palabra de Dios, no echemos a perder esa sal del evangelio, sintamos ese vigor de la nuevo que nos llevará a ser esos hombres nuevos del evangelio

2Reyes 5, 1-15ª; Sal 41; Lucas 4, 24-30

Bien sabemos que es bien dificultoso el presentar ideas nuevas, nuevos planteamientos de la cosas, incluso artísticamente cuando surge un verdadero artista que no se contenta lo que habitualmente se hace sino que en su espíritu creador e innovador ideas cosas nuevas, nuevas líneas o conceptos en aquella faceta artística que él desarrolla, no siempre va a encontrar comprensión y aceptación de su obra, porque estamos acostumbrados al estilo de siempre y nos sentimos cómodos en lo que se hace siempre, porque tenemos miedo a la innovación que no siempre terminamos de entender.

Podemos referirnos a muchas facetas de la vida, aunque en el ejemplo propuesto me haya fijado más en esa faceta artística, pero nos sucede en los mismos planteamientos de la vida, en los planteamientos que queramos hacer para nuestra sociedad en la búsqueda de algo mejor, o nos podemos referir al tema de las ideas o de las ideologías, o los planteamientos éticos que se hagan a la sociedad.

Los innovadores siempre van a encontrar rechazo por buena parte de esa sociedad, aunque habrá por una parte quienes están deseosos de algo nuevo, pero también quienes incluso quieran manipularles para llevarles por el camino de sus intereses. No es fácil esa tarea innovadora, no es fácil tener visión de profeta de algo nuevo para nuestro mundo.

Difícil fue siempre la tarea de los profetas, porque desde el espíritu divino que aleteaba en su interior se sentían críticos de los comportamientos humanos y por eso su voz aparece como denuncia, pero que no era solo denuncia sino el ofrecimiento de un camino de mayor fidelidad pero que tenia que renovar la vida de los individuos, y también ser promotores de renovación de la sociedad en la que vivían.

Recordamos aquello que le decían a un profeta en Betel para que se apartara de aquel lugar sagrado y fuera con sus profecías a proclamarlas en otro lugar, molestaban sus palabras a quienes estaban allí acomodados y podían hacerles perder su prestigio o su posición. Pero el profeta no podía callar, sentía en su interior la voz de Dios que tenia que proclamar, aunque fuera rechazado.

Es lo que contemplamos en la vida de Jesús y es lo que contemplamos en concreto hoy en el evangelio. Está en la sinagoga de su pueblo, en Nazaret; primeramente todo eran alabanzas porque de entre ellos había salido y aquello podía darles hasta un cierto prestigio e incluso ganancia. Pero Jesús no va a contentar sus gustos y sus orgullos; no está allí como un prestidigitador o un curandero milagroso que les entretuviera o pudiera resolver algún problema. El está anunciando algo nuevo, es la Buena Noticia del Evangelio del Reino de Dios y eso tenía sus implicaciones y en cierto modo compromisos. Es lo que les cuesta aceptar.

Les cuesta aceptar además lo que les dice y las comparaciones que hace tanto de los tiempos de Elías como de Eliseo. La que recibió los beneficios de la presencia del profeta era una mujer fenicia, por tanto no del pueblo de Israel, y el que se sintió beneficiado por Eliseo fue un sirio, Naamán, mientras habría muchos leprosos en Israel.

Lo que era necesario no era el orgullo de la pertenencia a un pueblo determinado, sino la fe y la humildad que hubiera en sus corazones. Confió la mujer fenicia en la palabra del profeta y aunque era pobre y lo que le quedaba era lo mínimo para su subsistencia fue capaz de desprenderse para compartirlo con el profeta confiando en su palabra. Aunque a Naamán le costó humillarse para lo que le pedía el profeta, confió y se vio liberado de la lepra, por la fe que había puesto en los actos que realizaba.

Es lo que está pidiendo Jesús en la sinagoga de Nazaret. Una fe que les haga desprenderse de sus orgullos para escuchar y aceptar aquella palabra profética que Jesús estaba pronunciando en el anuncio del Reino de Dios. No tenían fe y no pudo hacer allí ningún milagro dirá el evangelista en un momento determinado. Pero es que los primeros entusiasmos se transformaron en odio para rechazar a Jesús y querer incluso despeñarlo por un barranco.

¿Cuál es la reacción que hay en nuestro corazón cuando la Palabra de Dios llega clara y tajante a nuestra vida, como espada de doble filo que diría el profeta y que penetra hasta lo profundo de nuestro ser? ¿Escuchamos? ¿Confiamos? ¿Nos dejamos interpelar por esa Palabra? ¿Abrimos nuestro corazón a la renovación que nos ofrece nueva vida?

La Palabra es profética, no porque, como hemos mal interpretado muchas veces, nos anuncie cosas futuras, sino porque es una Palabra viva que traerá renovación a nuestras vidas. ¿Queremos escuchar y sentir eso nuevo y muy concreto que la Palabra nos trae cada día? No envejezcamos la Palabra de Dios, no echemos a perder esa sal del evangelio, sintamos ese vigor de la nuevo que nos llevará a ser esos hombres nuevos del evangelio.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

 


Los pobres y los humildes de corazón como Simeón y Ana serán los que podrán conocer las maravillas del Señor y como lo hizo María que así es una candela de luz para nosotros

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hace cuarenta días celebramos el Nacimiento de Jesús, la Natividad del Hijo de Dios hecho hombre y nacido del seno de María. Hoy la liturgia de la Iglesia, siguiendo el ritmo de los acontecimientos de la infancia de Jesús y en observancia de lo que estaba prescrito en la ley de Moisés, tanto para el nacimiento del primogénito varón como los ritos de purificación de toda madre después del parto, nos ofrece esta celebración de la Presentación de Jesús en el templo, según lo prescrito por la ley, y la purificación de María. Es a lo que hace referencia el texto del Evangelio, aunque en aquel momento vemos que se siguieron realizando las obras maravillosas del Señor.

El cumplimiento del rito según lo prescrito se desarrollaría con toda normalidad; para los sacerdotes del templo eran un niño primogénito más que era presentado al Señor con la ofrenda, en este caso de los pobres, de un par de tórtolas o dos pichones. Pero la cosa no podía quedarse ahí. Allí estaban quienes inspirados por el Espíritu del Señor reconocerían quién era aquel niño y lo que iba a significar para la historia no solo de Israel sino para toda la humanidad.

Son dos ancianos piadosos que merodean todos los días por el templo confundiéndose entre los creyentes que allí todos los días acudían para la oración y para la escucha de la ley y los profetas. Pero no son dos ancianos cualesquiera. En ellos se había hecho presente el Señor y ahora serían portavoces de las maravillas del Señor para todos los creyentes y para todos los que los quisieran escuchar.

Por eso aquel anciano se acerca a aquella pareja humilde que como una más ha hecho su ofrenda y ha cumplido con todos los ritos. Y es cuando se desborda el corazón de aquel anciano para proclamar cuanto allí está sucediendo. El había sentido en su corazón, por la fuerza del Espíritu del Señor, que sus ojos no se cerrarían sin haber contemplado al que iba a ser luz de las naciones y gloria del pueblo de Israel. Y allí lo tenemos proclamándolo y cantando las glorias del Señor.

De la misma manera aquella pobre anciana viuda – ya aparecerán otras ancianas y viudas en el evangelio ¿por qué será? – comenzará también a todo aquellos que esperaban la futura liberación de Israel con la llegada del Mesías, que la hora de Dios había llegado y hablaba a todos de aquel niño.

¿Por qué será que Jesús nos proponga como modelo de oración perseverante la de aquella pobre viuda que insistía permanentemente ante el juez pidiendo justicia? ¿Será un eco esta pobre anciana y viuda que se había pasado todos los años de su vida sirviendo a Dios en el templo?

¿Por qué será que Jesús se fijará – y nos lo ofrece como ejemplo - allí a las puerta del templo donde está el arca de las ofrendas en los dos cuartos humildes que una anciana pobre entrega al Señor ofreciendo cuanto tenía? Había ofrecido lo que necesitaba incluso para su sustento, y Dios se había fijado en ella. ¿Nos estará hablando de que son los pobres y los humildes de corazón, los que se entregan con corazón desinteresado los que mejor podrán conocer a Dios y la revelación de todos sus misterios?

¿No dará gracias un día al Padre porque ha revelado todos sus misterios a los pequeños y a los humildes mientras lo ha ocultado a los que son soberbios de corazón? El evangelio no es una página o un solo momento determinado que se nos narre, sino que el evangelio, la buena nueva la tenemos que ver en todo el conjunto y como unos y otros hechos se explican y se complementan mutuamente. Son evangelio para nosotros, nos está enseñando como tenemos que ser esos hombres y mujeres sencillos y humildes de corazón para que podamos conocer a Dios, para que podamos en verdad sentir a Dios en nuestros corazones.

Allí a un lado y pareciendo que pasa desapercibida está la madre, la que un día dijera que era la humilde esclava del Señor y ofrecía la disponibilidad de su corazón para que en ella se cumpliera la Palabra del Señor anunciada por el ángel de Nazaret. Una disponibilidad que le iba a hacer seguir el mismo camino de su Hijo.

No es extraño que el anciano profeta le anuncie que una espada la traspasará el alma, porque aquel niño iba a ser signo de contradicción para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones. Es la Madre, la que le dio a luz en la pobreza de Belén, la que le contemplará creciendo en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres en el hogar de Nazaret como unas madres saben contemplar y comprender el crecimiento de los hijos; pero será la madre que dará a luz unos nuevos hijos que le van a ser confiados desde lo alto de la cruz del calvario. Lleva en su alma el dolor de su hijo, porque a El se asociará en la obra de nuestra redención, pero lleva en el alma el dolor y el sufrimiento de todos esos hijos que Jesús le confiará desde lo alto de la cruz.

La llamaremos madre dolorosa y madre de las angustias porque vemos cómo ella carga con los dolores y las angustias y de todos los hombres, como una madre llevará siempre en su corazón el sufrimiento de sus hijos, pero la llamaremos madre de esperanza y madre de la luz porque en ella vemos cómo se levanta nuestra esperanza pero ella nos está ofreciendo también la luz de su hijo.


Por eso hoy los canarios la llamamos María de Candelaria, la que lleva la luz, la portadora de la luz, la que nos trajo la luz porque fue la primera misionera de estas tierras en su imagen bendita aparecida en la playa de Chimisay. Por eso para nosotros los canarios hoy es fiesta especial, es la fiesta de la Virgen de Candelaria y con devoción acudimos a sus pies en su santuario hoy o en cualquier día del año, porque sabemos que allí está la Madre, allí está nuestra madre, las que nos hablará de corazón sencillo y humilde, la que siempre está en disponibilidad total para Dios y para sus hermanos los hombres, la que nos está enseñando a plantar la Palabra de Dios en nuestro corazón.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

 


Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Todos conocemos esas personas que hay en nuestros pueblos, muchas veces alrededor de nuestras iglesias, que pasan desapercibidas, que parece que no hacen nada, pero que están atentas a cualquier problema o necesidad y quizás casi sin que nadie lo note se acercan a quien quizá pudiera ayudar o hacer algo para hacer una sugerencia; son personas también que, como decíamos, podemos ver en el entorno de nuestras iglesias, personas muy piadosas, de práctica religiosa diaria, pero a quienes quizás no somos capaces de valorar, porque incluso en nuestros lenguajes decimos son las beatitas del pueblo que lo que hacen es rezar. Y nos equivocamos de todas todas en esa poca valoración que hacemos de esas personas, porque muchas veces son un pilar muy fuerte – con su beaterio o como lo queramos llamar – de muchas cosas que se realizan y que nadie sabe quien las hizo.

He querido comenzar haciéndome esta consideración – porque además muchas veces somos injustos con esas personas – contemplando lo que nos ofrece hoy el evangelio. Es continuación del que ayer escuchábamos y de alguna manera hicimos en nuestro comentario referencia a esta persona que aparece de manera especial hoy en el evangelio.

Ayer destacábamos la profecía de aquel anciano que es capaz de descubrir en aquel niño presentado en el templo por unos padres pobres al que venía a ser el Salvador esperado. Y hoy nos aparece este otro personaje, una anciana, viuda, con muchos años alrededor del templo desde que quedó viuda y que cuantas cosas en silencio habría realizado en servicio de los peregrinos que subían al templo a la oración y al culto, y que ahora se une al cántico de alabanzas de Simeón porque ella también reconoce en aquel Niño al que venía como luz y como salvación para todo el pueblo. La veremos silenciosamente deslizándose entre la gente para hablarles de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel. Son los ojos de la fe, pero es el corazón siempre dispuesto al servicio lo que contemplamos en aquella anciana; es la esperanza que ya ella ve también cumplida como el anciano Simeón y no se cansará de anunciar a todo quien quiera escucharla.

Es el testimonio de una mujer creyente y entregada; es el testimonio de la persona valiente, aunque poco pudiera ser considerada por quienes la contemplaban todos los días en los alrededores del templo, pero que ahora anuncia sin cesar quien es aquel niño. Aquí es cuando nosotros tendríamos no solo que valorar esas personas que nos parece que pasan desapercibidas, sino aprender también a dar ese testimonio valiente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Profetiza solemos llamar a esta anciana que también parece que pasa desapercibida por el evangelio porque de ella no se volverá a hablar, pero nos recuerda nuestra misión también profética en medio del mundo para el anuncio de Jesús y el anuncio del Evangelio.

Y va concluyendo de alguna manera el evangelio de la infancia de Jesús, porque ahora ya se nos dice que marcharon de nuevo a Galilea y se establecieron en Nazaret. Y Jesús estaba con ellos formando parte de aquella familia de Nazaret. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

Jesús, un niño más entre los niños que habría entonces en aquel pequeño pueblo. Jesús que igualmente pasaría desapercibido como uno más entre los habitantes de Nazaret; de El dirán más tarde que era el hijo del carpintero; todos los conocían como se conocen todos los habitantes de un pequeño pueblo. Pero ‘la gracia de Dios estaba con El’, como nos dice el evangelista. Crecía y maduraba como crecemos todos, puesto que aunque era el Hijo de Dios precisamente se había querido hacer hombre, uno como nosotros para ser en verdad Dios con nosotros, haciendo nuestros mismos caminos, realizando las mismas etapas de la vida que todos tenemos que recorrer.

Algunas veces nos puede parecer incomprensible este tiempo de silencio y a lo largo de la historia y sobre todo en los primeros tiempos por una piedad no siempre bien entendida se ha querido contar o inventar hechos milagrosos realizados por el Jesús niño, como nos quisieron trasmitir aquellos evangelios que nunca fueron aceptados en la fe de la Iglesia y que por eso se les llama apócrifos; algunas veces hoy intentan algunos recuperar esos evangelios apócrifos dándole una autoridad a sus palabras que no tienen pero que entonces no tenemos que sacar a flote para alimentar nuestra imaginación.

El silencio de ese tiempo de Jesús en Nazaret es también muy importante y mucho nos puede ayudar en nuestra vida y en nuestra fe, para que sepamos valorar ese tiempo de crecimiento y de maduración que todos hemos de hacer en la vida. Es todo un grito profético para nuestra vida tan llena de bullicio. De ese tiempo silencioso de la semilla sembrada y oculta en la tierra brotará la nueva planta sino de esa nueva e intensa vida que con madurez hemos de vivir.

domingo, 5 de diciembre de 2021

El creyente cristiano con el testimonio de su vida y de sus obras ha de ser profecía de salvación para nuestro mundo de hoy que ha perdido la esperanza

 


El creyente cristiano con el testimonio de su vida y de sus obras ha de ser profecía de salvación para nuestro mundo de hoy que ha perdido la esperanza

Baruc 5, 1-9; Sal 125; Filipenses 1, 4-6. 8-11; Lucas 3, 1-6

Se nos da un marco histórico muy concreto con datos además totalmente fiables. Es el momento histórico que está viviendo el pueblo judío sometidos al imperio romano, señalándosenos en concreto el nombre del gobernador romano, pero las circunstancias concretas de la administración de toda la región de Palestina y el poder religioso que aun permanecía en Jerusalén.

Tiene su significado. No es una cosa baladí en la que se ha entretenido el evangelista con su erudición histórica, sino que está situándonos el momento concreto en que nos llega la salvación. Fue aquel momento, como nosotros hemos de situarnos en nuestro momento concreto, con las circunstancias concretas, con los hechos de nuestra historia que en el momento presente vivimos cuando nosotros hemos de escuchar esa Palabra de Dios hoy. Si Jesús más tarde en la sinagoga de Nazaret utiliza la Palabra ‘hoy’ para hablarnos del cumplimiento de aquella profecía que acaba de proclamar, es en este hoy del presente donde hemos de ver cumplida también esa Palabra de Dios en nuestra vida.

Momentos de incertidumbre y de interrogantes como siempre hay en nuestro corazón, momentos que nos alertan y nos despiertan ante la Palabra de Dios que llega a nuestra vida, pero siempre para el creyente momentos de esperanza y de una alegría que en cierto modo vamos pregustando en aquel anuncio que se nos hace. 

Es lo que nos anuncia el profeta en la primera lectura: ‘Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción que llevas, y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te concede. Envuélvete en el manto de la justicia de Dios, y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos habitan bajo el cielo…’ Son las vestiduras que solo podrá vestir el que tiene mucha esperanza en su corazón. Es lo que tenemos que despertar en nosotros. Quiere despertar en nosotros la Palabra que se nos anuncia, para que podamos vestir ‘las galas perpetuas de la gloria que Dios nos concede’.

Y es que nosotros estamos viviendo este tiempo de Adviento en este hoy concreto de nuestra vida son sus desolaciones, con sus angustias y sufrimientos, con nuestras preocupaciones del día a día, con las catástrofes naturales que nos asolan y llenan de angustia a tantas personas, con unas pandemias que no terminamos de vencer, con una crisis en la sociedad que no solo es lo económico que no sabemos cómo levantar sino también sobre todo de valores morales, con un mundo que va cayendo en la pendiente de la indiferencia en lo religioso, con multitud de problemas en nuestra Iglesia que nos llenan de estupor y pueden hacer caer en un sin sentido a tantos.

Ahí se levanta delante de nosotros la profecía que nos anuncia una palabra de esperanza, pero que nos pide una renovación profunda en nuestra vida. Surgió allá en el desierto de Judea junto al Jordán la voz de Juan al que pronto llamarían el Bautista. Anunciaba un bautismo de conversión porque los caminos de Dios había que enderezarlos. Recordaba lo que había anunciado el profeta Isaías: ‘Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; los valles serán rellenados, los montes y colinas serán rebajados; lo torcido será enderezado, lo escabroso será camino llano. Y toda carne verá la salvación de Dios’.

¿Qué nos estará anunciando esa voz profética? ¿Qué nos estará pidiendo? ¿Cuál será ese camino de conversión que hemos de recorrer? No perdamos de vista las palabras finales del profeta. ‘Y toda carne verá la salvación de Dios’.

Para aquellas angustias e interrogantes, para esos caminos que vamos haciendo en los que hemos perdido el sentido, para ese mundo que hemos ido destrozando en la medida en que hemos permitido que se vaya alejando más y más de Dios, hay salvación, porque será posible la transformación, porque será posible comenzar algo nuevo, porque podremos liberarnos de tantas cosas que nos han ido enredando en una maraña incomprensible de pensamientos y de cosas, porque podemos purificarnos de todo eso que nos ha envuelto y llenado nuestra vida de maldad y de pecado, porque podremos comenzar a ver de nuevo la luz y las tinieblas no nos vencerán, porque podemos hacer un hombre nuevo, una iglesia nueva, un mundo nuevo y mejor.

El verdadero creyente en Jesús no pierde nunca la esperanza; tenemos que mostrarnos maduros en nuestra fe, sintiéndonos fortalecidos por el Espíritu del Señor que está con nosotros; no nos podemos dejar apabullar por tantas voces de aquí y de allá que nos quieren atraer unos con sus cantos de sirena y otros viéndolo todo tan catastrófico que solo ven la ruina como destino final. Es también el anuncio que tenemos que hacer a nuestro mundo. Con el testimonio de nuestras obras convirtámonos en profetas de salvación para nuestro mundo.

‘Y esta es mi oración, nos decía san Pablo, que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, para gloria y alabanza de Dios’. Hagámosla nuestra dejándonos así transformar por el amor de Dios y con nuestro testimonio poniendo esperanza en nuestro mundo.

martes, 9 de noviembre de 2021

Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

 


Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Nos gusta tener nuestra casa ordenada y limpia. Hay quienes se lo toman como una obsesión y pareciera que vivieran esclavos de la casa, de su limpieza, del orden que habría que tener en ella. Pero nos gusta a todos que sea acogedora, que nos sintamos a gusto, que tengamos lo que necesitamos a mano, que quien llegue a las puertas de nuestra casa se sienta invitado, no solo con nuestras palabras, sino por la suave fragancia que brota de ella con nuestra acogida y con los detalles que les ofrecemos; ahí está otro de los detalles, cuando recibimos a alguien siempre queremos ofrecerle algo, queremos tener un presente para que se sienta bien. 

Ahí está el café que inmediatamente se prepara en las casas de nuestra tierra. Pero será también nuestra presencia la que hará que en verdad quienes nos visitan se sientan en verdad acogidos.

Sin embargo, habremos tenido en alguna ocasión la sensación de desorden y dejadez cuando hemos llegado a algún lugar. No es la pobreza material, sino quizá la pobreza de espíritu de los que allí habitan, que lo hacen de cualquier manera y no se preocupan lo más mínimo por hacer acogedor su hogar. Yo conozco personas que cuando tienen cierta confianza y llegan a un lugar así inmediatamente sin que nadie se lo pide se ponen a ordenar, a colocar las cosas en su sitio, a tratar de limpiar en lo que les dejen. No soportan que los que allí viven lo hagan de esa forma y den esa sensación a quienes llegan. Alguna vez lo habremos sentido así en la casa de un amigo o de un familiar muy querido y hemos tratado de ponernos a hacer algo con la mayor delicadeza del mundo.

Hoy vemos que Jesús llegó al templo de Jerusalén y ya no lo pudo soportar más. Se lió a porrazos con los vendedores que se habían apoderado de los atrios del templo convirtiéndolo en un mercado. Quizá valiéndose de la necesidad de tener a punto los animales para los sacrificios, o los cambios de monedas para las ofrendas que no se podían hacer sino con las monedas propias del templo, se había levantado aquel tremendo tinglado que Jesús no puede soportar. Aquel lugar tenía que ser casa de oración y como les dice Jesús lo han convertido en un mercado y en una cueva de bandidos. Ya le echarán en cara a Jesús con qué autoridad se había atrevido a realizar aquella acción de limpieza del templo.

Pero Jesús todo eso quiere convertirlo para nosotros en una parábola profética. Las parábolas no son solo palabras, sino que pueden ser gestos que se realizan y que tienen ese sentido profético para nuestras vidas. Estamos acostumbrados solo a ver las parábolas que se nos ofrecen en los evangelios pero a lo largo del antiguo testamento sobre todo con los profetas podremos ver muchos gestos que son verdaderas parábolas para el pueblo por los hechos que realizan los profetas.

Hoy cuando le piden explicaciones a Jesús, les dice que destruyan ese templo que El en tres días podrá reedificarlo. No entenderán entonces las palabras de Jesús que servirán incluso para la acusación ante el Sanedrín, pero el evangelista ya con la inspiración del Espíritu podrá decirnos que se refería a su cuerpo y estaba hablando de su muerte y de su resurrección.

Pero, ¿quién es hoy el cuerpo de Cristo al que Jesús para nosotros se estará refiriendo? Ese cuerpo somos nosotros; recordemos que san Pablo nos hablará del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos los que creemos en El. Es una referencia a la comunidad de los creyentes y es una referencia a la Iglesia. Nos estará hablando de esa purificación que tendrá que haber en nuestra vida para que en verdad podamos ser ese templo vivo de Dios, esa morada del Espíritu, pero nos está hablando también de su Cuerpo que es la Iglesia.

La Iglesia que tiene que ser esa casa acogedora para que todos en ella nos sintamos a gusto; la Iglesia que tiene que ser esa casa de puertas abiertas para que todos puedan llegar a su seno y se sientan a gusto en ella porque en verdad nos sintamos esa morada de Dios en medio del mundo. ¿Cuál es el signo que damos los cristianos en medio del mundo que nos rodea? ¿Cuál es el signo que manifiesta la Iglesia?

Es de algo de lo que en verdad tendríamos todos que preocuparnos. Pero algunas veces andamos un poco confundidos. Las mismas expresiones que utilizamos algunas veces se nos vuelven ambiguas sin saber bien a lo que nos estamos refiriendo. Y hablamos de Iglesia y enseguida pensamos en nuestros templos y cada uno sentimos el orgullo del templo de nuestro pueblo, de nuestra comunidad y quizás nos gastamos y desgastamos incluso más de lo que tenemos por tenerlo bello, por tenerlo adornado, por llenarlo de esplendor y algunas veces, tenemos que reconocerlo también, de mucho boato.

Pero ¿cuál es el templo que tenemos que cuidar? ¿Qué es lo que en verdad tendría que preocuparnos? Como nos preguntábamos antes, ¿cuál es la imagen como Iglesia que nosotros damos ante el mundo que nos rodea? Hablábamos al principio de esa casa limpia y acogedora donde queremos sentirnos a gusto, ¿será así cómo nos sentimos en la Iglesia? Y no estoy hablando de cuando estamos reunidos en la iglesia, en el templo, sino, ya sea cuando estamos reunidos como comunidad cristiana, o a través de lo que como cristianos nosotros estamos realizando, ¿qué imagen atrayente damos a los demás para que también los otros quieran ser y participar de la vida de esa comunidad?

Creo que muchas cosas tendríamos que purificar en nuestra mente, en nuestra manera de actuar como cristianos, y en la forma como la Iglesia se presenta ante el mundo. Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos, basílicas o catedrales, sino la imagen de unos cristianos que viven dando la señal de la presencia de Jesús. Eso es en verdad lo que nos tendría que obsesionar de la limpieza y del ordenar nuestra casa que es la Iglesia.