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viernes, 4 de septiembre de 2026

Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

 


Remiendos y rotos que hemos de sustituir por vestiduras nuevas, odres nuevos para vino nuevo, pero la autenticidad del vino añejo y no adulterado del evangelio, nos pide Jesús

1Corintios 4, 1-5; Salmo 36; Lucas 5, 33-39

He de confesar que escuchando este texto del evangelio de hoy, que nos habla de remiendos y de rotos, tal como vemos hoy las nuevas modas y costumbres a la hora de vestir parece que se quedaría uno sin palabras ni saber que decir; claro que no podemos olvidar o callar las nuevas costumbres que se nos van imponiendo, que pueden ser también muy significativas de muchas cosas, y podemos pensar en un modo positivo que siempre tenemos que saber hacer aflorar, pero no podemos quitar razón a lo que nos dice Jesús en el evangelio,

Alguna vez nos habrá pasado, teníamos una ropa, un vestido que quizás había significado mucho para nosotros, pero claro con el paso del tiempo las cosas se ponen viejas y aparecen los rotos, nos daba pena desprendernos de dicha pieza y pensamos que quizás poniendo un remiendo allí donde aparecía el roto nos podría seguir valiendo y no tendríamos que tirarla; quizás con el paso de los días nos dimos cuenta que aquello no nos sirvió de nada y al final todo se quedó inservible. ¿Comprendemos entonces el sentido de las palabras de Jesús?

Había venido poco menos que con una queja porque El no enseñaba a sus discípulos a ayunar y hacer penitencias, como juan enseñaba y pedía a sus discípulos o a quienes iban a escucharle a la orilla del Jordán. No dice Jesús que no valgan aquellos ayunos de Juan, lo que nos está pidiendo es que le encontremos un sentido auténtico a aquello que hagamos y que no sea porque haya que repetir literalmente unas viejas costumbres. Ya tenemos la experiencia de como ya nos buscaremos atajos, disculpas y excepciones para no tener que hacer esas penitencias, y si no nos queda más remedio ya procuraremos que sea lo más liviano posible.

Jesús nos está abriendo los ojos a un sentido nuevo y de mayor autenticidad en la vida que es lo que va a significar el Reino de Dios que anuncia. Y ese sentido nuevo nos va a pedir una nueva forma de vivir, una renovación desde lo más profundo para llegar a ser un hombre nuevo. Y ser hombre nuevo no significa buscar disimulos para ocultar roturas; es una vestidura nueva que no es solo algo que nos pongamos por encima si por dentro seguimos igual; la renovación no se queda en remiendos sino en renovación total. ¿No nos pedía conversión? ¿Y qué significa esa palabra? Dar la vuelta totalmente, no es simplemente ponernos de lado para seguir ocultando por detrás las cosas viejas de las que tenemos que desprendernos.

Por eso continuará Jesús hablándonos de odres nuevos; unos odres que han de tener una contextura especial y renovada para poder contener ese vino nuevo del Espíritu con toda su fuerza de vino nuevo? Unos odres viejos que ya están pasados en su contextura no nos servirán porque esa vitalidad nueva los hará estallar. Pero nosotros, sin embargo, queremos seguir siendo odres viejos, porque aquella vieja costumbre no la puedo olvidar, porque de aquellos viejos recuerdos no me puedo olvidar, porque aquello que yo he hecho siempre me puede seguir valiendo, porque contentándonos con cumplir al menos lo más elemental nos parece suficiente, porque hay cosas de las que no me puedo desprender, parece que son camisa que se ha hecho carne con nosotros y ahora nos cuesta arrancarla de nuestra vida y no queremos pasar por esos dolores.

Nos cuesta entender la novedad del evangelio; nos cuesta adentrarnos en lo más hondo de nosotros mismos para llegar a darle autenticidad a nuestra vida; nos resulta fuerte quizás saborear en su más auténtico sabor lo que es el evangelio de Jesús. Por eso hoy Jesús aunque por un lado nos habla de vinos nuevos que necesitan unos odres nuevos, por otro lado nos habla también del vino añejo que tiene el mejor sabor. ¿Hay contradicción en las palabras de Jesús? Tenemos que entender bien lo que es un vino añejo, el que ha conservado su sabor sin adulterarlo de ninguna manera con otras mezclas; ¿no será eso lo que de alguna manera vamos haciendo algunas veces con el paso del tiempo que adulteramos el sabor del evangelio?

Cuántas cosas hemos ido mezclando en nuestra vida cristiana y hasta en la vida de la Iglesia con sabores del mundo que nos rodea con lo que de alguna manera podemos llegar a no reconocer el sabor auténtico del evangelio en lo que hacemos con nuestras tradiciones y rutinas, con nuestros apegos al mundo de los que no nos queremos desprender. Por ahí van las palabras de Jesús.

Cuando ha llegado el momento de una renovación en la Iglesia, como aquel abrir puertas y ventanas que decía san Juan XXIII cuando convocó el concilio para llegar a esa autenticidad, habrá todavía quien sigue añorando aquellas tradiciones y no ha querido entrar en la renovación que el Espíritu Santo ha querido infundir en la Iglesia de hoy. Y cuidado que volvamos a los remiendos o a la autenticidad que nos llena de vanidad.


jueves, 9 de abril de 2026

No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

 


No demos el portazo, sepamos escuchar quien nos dice al oído de nuestro corazón que ahí está el Señor para que se renueve nuestra esperanza y se encienda nuestro amor

Hechos de los apóstoles 4, 1-12; Salmo 117; Juan 21, 1-14

‘Me voy’, dijo poco menos que dando un grito, dio un portazo y se marchó. No es que sea una escena habitual pero sucede muchas veces en la vida; lo hacemos o tenemos ganas de hacerlo; nos sentimos incomprendidos quizás, estamos cansados de tantos líos y conflictos, las cosas parece que van de mal en peor y no vemos soluciones por ningún lado, de aquellos que esperábamos alguna ayuda o comprensión su presencia era ausencia… tantas veces que las cosas parece que se nos vuelven todas en contra y nos da gana, como decimos también, de tirar la toalla, de dar el portazo.

Parece como si fuera una cosa así lo que  nos quiere decir el evangelista cuando en un momento dado, ya han vuelto a Galilea otra vez porque el mensaje que Jesús les había enviado a través de aquellas mujeres a las que, decían, se le había aparecido eran que fueran a Galilea y allí lo verían. Pero no habían visto nada, no sabemos cuanto tiempo llevaban ya por Galilea, porque los días pasaban inexorablemente, hay que contar lo que tardaron en regresar desde Jerusalén a Galilea, y allí está aquel grupo de los discípulos esperando y sin saber que hacer. Es a Pedro al que se le ocurre volver de nuevo a lo que eran antes sus tareas; me voy a pescar, dice, y el resto de compañeros dicen que se irán con él. Ya el evangelista nos detalla sus nombres.

Pero hay veces que parece que las noches oscuras se prolongan sin saber por qué. Se habían pasado bregando toda la noche y no han podido coger nada. Ahora desde la orilla cuando comienza a despuntar el sol alguien les pregunta si han cogido algo y al recibir el no por respuesta les indica que lancen la red por el otro lado de la barca. ¿Desde la orilla podía vislumbrar un cardume que ellos no vieran desde la barca? Podría parecer imposible porque ellos apenas distinguen quien es el que les habla desde la orilla.

Pero las noches oscuras pueden terminar en una mañana luminosa y es lo que sucedió entonces. No tenían ni fuerzas para sacar la red del agua, porque eran tantos los peces. Están sobrecogidos, pero alguien de entre ellos ha estado mirando con el corazón y el corazón le descubrió quien estaba en la orilla. Es lo que le dice a Pedro en un aparte. ‘Es el Señor’. No hizo falta más, porque Pedro quizás también estaba intuyendo algo, porque se lanzó al agua tal como estaba medio desnudo en la barca como se ponían en traje de faena.

Quería ser el primero en llegar a los pies de Jesús; los demás llegarán más tarde porque tienen que venir arrastrando la red y Pedro ha nadado bravo para llegar a los pies de Jesús. Ahora sí se estaba cumpliendo el mensaje recibido a través de las mujeres. En Galilea lo verían, y allí estaba Jesús que ya les tiene preparado el pan sobre las brasas y algunos peces, aunque les pide que traigan de los que acaban de coger. Nadie se atreve ahora a hacer preguntas. Atrás quedaron los momentos oscuros y de incertidumbre, era una experiencia nueva la que estaban viviendo. ‘Vamos, almorzad’, les dice Jesús.

Un nuevo encuentro con Cristo resucitado; ahora en torno también a una comida que es Jesús quien la ha preparado para quienes estaban cansados del trabajo de la noche, o cansados de tantas oscuridades. Se ha renovado su fe, vuelve a florecer la esperanza. Continuarán sucediendo cosas maravillosas que ya escucharemos y meditaremos también. Hay de nuevo Pascua, porque allí está el paso del Señor.

¿Necesitaremos también nosotros unas experiencias así? Nuestros cansancios también a veces nos desaniman, volvemos pronto quizás a nuestras rutinas de cada día olvidando las pasadas experiencias que un día nos pusieron en camino, sentimos como el camino de cada día y el camino de la fe a veces se nos oscurece, en nuestros desánimos nos sentimos desorientados y sin saber que hacer, nuestros ojos se nos ciegan y no terminamos de descubrir las maravillas que el Señor sigue realizando en su vida, y Jesús viene a nuestro encuentro, nos abre nuevos horizontes, nos señala donde está la pesca que tenemos que realizar, nos recuerda la mision tan importante que nos ha encomendado.

‘Es el Señor’, escuchamos que se nos dice al oído de nuestro corazón. Sepamos escuchar esa palabra que nos alienta y sepamos descubrir la presencia del Señor que siempre está con nosotros.


sábado, 7 de febrero de 2026

Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

 


Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco, vayamos en la barca con El que no será un tiempo perdido

1 Reyes 3, 4-13; Salmo 118; Marcos 6, 30-34

Siéntate tranquilo ahí un rato y descansa, habremos dicho a alguien o nos han dicho a nosotros mientras andamos agobiados con nuestros trabajo, en un corre y corre sin parar por lo mucho que tenemos que hacer, o por lo que nos exigen quizás las circunstancias de la vida; nos sentimos responsables y no queremos dejar de hacer todo lo que podamos, nos quita el sueño, nos quitan hasta las ganas de comer. Pero quizá llega alguien a nuestro lado y con gran sabiduría nos invita a descansar, a parar en nuestra actividad, como dicen ahora a desconectarse, hoy lo llaman también vacaciones, lo necesitamos, ya llegará el momento de reemprender nuestra tarea.

Y esto tenemos que reflexionarle y aplicárnoslo en todas las tareas de la vida; son nuestras responsabilidades familiares, son las responsabilidades laborales, son los compromisos que quizás hemos adquirido con la sociedad en la que vivimos a la que dedicamos nuestro tiempo, nuestro esfuerzo, será todo lo que hacemos por nuestro crecimiento personal, nuestra formación, nuestros estudios, el tiempo que le dedicamos a una actividad intelectual o a la vida social.

Es necesario encontrar esa serenidad del espíritu, para rumiar aquello que estamos haciendo, para despertar nuevas inquietudes, para tensar nuestro espíritu recargando las baterías; no podemos dar si nos hemos vaciado tanto que ya no nos queda animo en nuestro interior para seguir realizando nuestra labor, hemos de hacer crecer la temperatura de nuestro termómetro espiritual porque con todas esas cosas que nos van agobiando y llenando nuestro tiempo se nos puede enfriar la intensidad de nuestra vida espiritual y caer en una tibieza que pudiera ser muy peligrosa.

Por aquí va el mensaje del evangelio hoy. Jesús había escogido a doce que envió a hacer el anuncio del Reino por distintos lugares; ahora es el momento del regreso y ahí está el entusiasmo de los discípulos por la misión realizada; y Jesús les invita a irse a un sitio donde estén solos, sin el ajetreo de la gente que ni les daba tiempo para comer, para descansar. Allá se van a un lugar apartado para estar con Jesús. ¿Un intercambio de experiencias decimos hoy a nuestras reuniones pastorales? ¿No será algo más? ¿Un ahondar en esa experiencia de estar con Jesús para sentirse renovados y continuar con la intensidad necesaria?

Llamémosle como queramos llamarlo, tenemos muchas posibilidades o tener que saber buscar y encontrar los momentos; todos lo necesitamos. Hemos hablado de esa necesaria espiritualidad que ha de haber en nuestra vida como cimiento de cuanto tenemos que realizar; necesitamos conectar con el Espíritu del Señor, y para eso necesitamos silencios, necesitamos de momentos de tranquilidad y paz para poder escuchar por dentro, para vernos con toda claridad a nosotros mismos y para renovar esas motivaciones que tenemos para nuestra lucha, para nuestro trabajo apostólico, para poder ser en verdad misioneros del mensaje de Jesús en el mundo en que vivimos.

Necesitamos los cristianos que queremos vivir nuestro compromiso de más momentos de silencio para encontrar la serenidad para nuestra vida; necesitamos de momentos de escucha interior porque por fuera ya estamos oyendo continuamente muchas palabras; es algo más que ese torrente de palabras lo que necesitamos escuchar; es necesaria una predisposición por nuestra parte.

Nos está diciendo Jesús: ‘Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco’. ¿Nos iremos en la barca con El?  ¿O comenzaremos a darle largas como tantas veces, porque como decimos no tenemos tiempo? Os aseguro que no será un tiempo perdido.

sábado, 5 de julio de 2025

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

 


Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad que siempre será la novedad del evangelio

Génesis 27, 1-5. 15-29; Salmo 134;  Mateo 9, 14-17

¡Cómo han cambiado los tiempos!, decimos muchas veces cuando observamos la evolución que se va produciendo en la vida en todos los aspectos; cosas que hasta no hace muchos años utilizábamos en muchas de nuestras tareas ahora han quedado en el olvido porque se nos ofrecen otros materiales, otros instrumentos con lo que lo hacemos ahora con toda facilidad; es la evolución de la ciencia y de la técnica que facilita tantas cosas, es todo este mundo de la informática, de Internet, de las redes sociales, de los medios de comunicación que a muchos coge a traspiés y si no sabemos irnos actualizando continuamente pronto nos quedaremos bien obsoletos con toda la carga de su significado que tiene la palabra. No digamos de las costumbres, de las leyes que regulan la convivencia y la vida social y también, por qué no hay que decirlo, de valores que quizás se están perdiendo. ¿A dónde vamos? ¿En qué nos quedamos?

Sin embargo a veces surgen resabios de añoranzas en algunos que quisieran volver para detrás, pero aunque busquemos unos valores estables, que siempre hemos de buscar, no significa que nos encerremos en cosas que solamente hacemos como una vieja costumbre, muchas veces como una rutina, y que las hacemos porque sí, pero sin buscarle o darle un verdadero sentido. Quizás en la propia evolución de la vida del hombre, de las costumbres y de la mayor profundización en nosotros mismos, en otras épocas se vivían unas normas o costumbres que respondían a lo que era la vida del hombre en aquellos momentos; muchas veces quizás dejándonos arrastrar por viejas tradiciones que podían tener su sentido entonces, pero que en la medida en que crece la libertad interior de la persona no necesitamos de aquellos corsés para mantener una rectitud de vida.

No podemos perder de vista nunca lo que es la dignidad de la persona, de toda persona, que en nuestra antropología cristiana la describimos desde la dignidad con que Dios nos creo, como nos dice la Biblia, a su imagen y semejanza; a eso tienen que ir unidos unos valores, unos principios de vida, unos fundamentos que van a garantizarnos esa dignidad. Es con lo que Cristo quiero hacer que nos encontremos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios nos está hablando de la grandeza del hombre, de la persona, desde ese Dios a quien llamamos nuestro Señor, pero que es nuestro Padre y Creador, encontramos la dignidad del hombre, su valor y su grandeza. Y de ese camino nada ni nadie nos pueden desviar.

En la rigidez de un pueblo que se veía acosado por todos los pueblos de alrededor, con otros valores u otros principios de vida, Moisés marcó unas pautas muy rígidas para que el pueblo no se desviara de los caminos de Dios. Era toda la ley de Moisés fundamento del camino de todo el Antiguo Testamento. Pero los profetas ya fueron señalando lo que tenía que ser fundamental en esa fe del pueblo creyente y anunciaban unos tiempos nuevos, unos tiempos mesiánicos, en que se haría presente aquel Salvador que Dios había prometido, desde la caída en el pecado en el paraíso terrenal. Llegaban esos tiempos nuevos.

Es lo que significaba la presencia de Jesús, ese tiempo nuevo de una nueva liberación para crear un hombre nuevo y un mundo nuevo. Aquellos tiempos oscuros del pasado tenían que quedar atrás, porque quien viviera esa alegría de la nueva liberación, ya no tendría que vivir con los crespones negros de la tristeza. La Ley de Dios que a través de Moisés había guiado al pueblo en su camino creyente ahora alcanzaba la plenitud. Por eso Jesús no dice que venga a abolir la ley, sino que lo que quiere es darle plenitud. Era una renovación, porque era una nueva vida lo que Jesús nos ofrecía; Jesús nos enseñaba a vivir en una libertad nueva, la libertad de los hijos de Dios, porque la verdad nos hace libres. Y era el encuentro con la verdad, el encuentro con Jesús Camino, Verdad y Vida.

Para eso Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, porque nos está dando un nuevo sentido a la vida y a lo que hacemos. Todo parte del amor, porque es una manifestación de lo que es el amor de Dios, pero que ha de ser también nuestro camino. Y quien ama de verdad vive la mayor y mejor alegría del corazón. Por eso nos dirá que los amigos del novio no pueden estar tristes en la boda del novio. Por eso nos hablará Jesús que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo; por eso nos hablará que el vino nuevo no puede seguir en los odres viejos, sino que necesitarán unos odres nuevos.

Los tiempos nuevos que nosotros hemos de vivir no son simplemente los tiempos de las nuevas tecnologías o de los nuevos medios de comunicación; no pueden consistir en que ahora tengamos unas nuevas formas de vestir tan distintas a las que usábamos en otros tiempos; no es cuestión solamente de que la ciencia haya avanzado y se hagan o se vean las cosas de otra manera.

El tiempo nuevo que hemos de vivir es el que nos traza el evangelio, que no es volver a viejas costumbres o a viejos ritos, sino descubrir lo hondo que nos enseña el evangelio para hacer crecer más y más la dignidad de la persona, y que seamos capaces de entrar en un mundo de una verdadera comunicación, no porque tengamos unas nuevas redes sociales para relacionarnos, sino porque vayamos siempre a lo más hondo de la persona en el respeto y valoración de toda su dignidad, pero haciendo que en verdad hagamos un mundo de una nueva humanidad.

No podemos perder esa humanidad y a pesar de todos los medios que tenemos hoy para relacionarnos y comunicarnos, estamos perdiendo sensibilidad, vivimos demasiado en la indiferencia, y no hay verdadera relaciones humanas entre unos y otros porque muchas veces vamos como desconocidos por el mundo de los que están a nuestro lado.

Comencemos a vivir un tiempo nuevo de mayor sensibilidad y humanidad. Es lo que siempre será la novedad del evangelio.

martes, 11 de febrero de 2025

No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

 


No gastemos tantos esfuerzos en nuestras comunidades en vanidades que nada tienen que ver con los valores del Evangelio del que tenemos que impregnarnos

Génesis 1,20–2,4ª; Salmo 8; Marcos 7,1-13

Esto siempre se ha hecho así, habremos escuchado en más de una ocasión, o acaso también nosotros lo hemos dicho y argumentado más de una vez; ¿por qué se ha hecho así?, podríamos preguntar, y ¿por qué tenemos que seguirlo haciendo igual si podría haber otra forma mejor? Costumbres arraigadas en la manera de ser y de hacer de la gente, tradiciones que en cierto modo se convierten en leyes, rutinas de hacer las cosas de la misma manera porque nadie les abrió los ojos para ver que se puede hacer de distinta manera y tendrá más efectividad y por eso seguimos haciendo lo mismo.

Nos sucede en muchos ámbitos de la vida, en los trabajos, en las cosas de la casa, en la manera de ver las situaciones, en cerrazones mentales que les impide buscar algo nuevo y mejor; hasta no hace muchos años me encontré personas y con un cierto nivel incluso cultural que no querían la máquina de escribir, y muchos menos podrían pensar en los teclados de un ordenador, porque ellos escribían a mano como lo habían hecho siempre. Cuánto le ha costado a mucha gente, por ejemplo, entrar en el mundo de la informática desde hacer solo lo que desde niños le enseñaron a hacer.

Pero no me estoy planteando esto solamente desde esas cosas podríamos decir materiales en donde podemos contemplar ese avance de la vida, sino quiero referirme mejor a esos planteamientos sobre el sentido de la vida, por ejemplo, y ahí podría entrar toda una forma de pensar y en consecuencia de actuar, que se puede traducir en unos planteamientos o condiciones éticos y morales o que se va a manifestar en la trascendencia que le podemos dar a nuestra vida, con lo que entramos en todo lo que hace referencia a la religión y la forma de expresarla.

Una fe que se nos ha ido trasmitiendo y también descubriendo en lo más hondo de nosotros mismos, una fe que nos ha dado un sentido a nuestra vida cuando vamos descubriendo todo lo es ese plan de Dios para el hombre, para la humanidad, una fe que vamos plasmando en unos principios que rigen nuestra vida y en una forma de relacionarnos con ese Dios a través del culto. Hay cosas que son esenciales en si mismas pero hay formas de expresarnos que con consecuencia de lo que vivimos en unión y comunión con los demás.

El pueblo de Dios tenía lo que era la ley Mosaica, la ley de Moisés, desde aquella manifestación de Dios en el Sinaí y la expresión de lo que era la voluntad de Dios. Era lo que había constituido aquel pueblo unido en una misma fe, pero al mismo tiempo se habían ido forjando unas expresiones propias de un momento o una situación determinada; pero con el paso del tiempo se habían ido como acumulando expresiones o manifestaciones propias de un momento determinado pero que no tenían que ser ley o norma universal para siempre. Era lo que aquellos que se consideraban más fieles a la ley de Moisés querían imponer y conservar; surgieron así aquellos movimientos religiosos sociales de los fariseos, los saduceos y otros grupos que se habían ido constituyendo como dominantes y dirigentes del pueblo de Dios.

Pero la presencia y el mensaje de Jesús significaban un aire renovador, un aire nuevo porque Jesús quería que nos centráramos en lo que era lo fundamental y no nos quedáramos en las vanidades de las apariencias que a nada conducían. Son los enfrentamientos que comienzan a surgir con Jesús. Hoy nos aparecen protestando, por así decirlo, porque los discípulos de Jesús no cumplían con aquellas tradiciones que ellos decían que habían recibido de sus antepasados.

Aparece el tema de la purificación que se había convertido en algo formal y externo, pero que no llegaba profundamente al corazón. Lavarse las manos o comer con manos limpias era lo que mantenía puro el corazón, según ellos, pero Jesús quiere hacernos comprender que la pureza no está en lo exterior sino la tenemos en el interior del corazón. ‘¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?

Era lo que siempre se hacía, pero no llegaban a plantearse donde estaba la verdadera pureza que tendría que haber en la vida. Una norma higiénica para evitar quizás contagios y sobre todo en un pueblo errante por aquellos desiertos se había convertido en ley de purificación; lo que podía ser una imagen que nos hablara de algo profundo, se había quedado en convertir la imagen en ley. Y así Jesús les hace ver que en muchas otras cosas habían introducido sus normas y costumbres anulando la ley del Señor que era muy anterior que todo aquello y más importante y esencial. Pero era algo que les costaba aceptar, por lo que se resistían a la novedad del evangelio de Jesús.

No nos quedemos en pensar y juzgar la actitud de aquellos fariseos o de las gentes en los tiempos de Jesús y pensemos y reflexionemos por donde van realmente nuestros caminos. ¿No nos habremos llenado también de unas tradiciones y costumbres que algunas veces desvirtúan toda la novedad del evangelio de Jesús? ¿Dónde hemos puesto el evangelio? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Nos estaremos dejando impregnar de verdad por los valores del evangelio o aun seguimos con nuestras vanidades y apariencias? Creo que gastamos mucho esfuerzo muchas veces en nuestras comunidades en vanidades que no son lo esencial del evangelio.

lunes, 20 de enero de 2025

No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

 


No echemos a perder el sabor auténtico del evangelio, buena noticia también para el hombre de hoy siendo odres nuevos para vino nuevo

Hebreos 5,1-10; Salmo 109; Marcos 2,18-22

‘Las comparaciones son siempre odiosas’, es un socorrido dicho popular, algo así como una sentencia, de la que echamos manos cuando nos encontramos con gente que siempre está haciendo comparaciones entre unos y otros, pero donde de alguna manera tienen siempre alguna relación con nosotros mismos; si a este le dieron y a mi no, si a aquel lo trataron de una determinada manera mientras a mi no me escucharon, si porque aquel tiene amigos influyentes consigue las cosas, pero de mi nadie se preocupa, y cosas así. Son odiosas solemos decir, porque siempre por medio aparece el amor propio, los orgullos, las desconfianzas que van creando enfrentamientos y barreras que nos distancian o que nos pueden llenar incluso de amarguras. Siempre nos encontramos personas así, siempre podemos caer nosotros por esa misma pendiente resbaladiza.

Jesús ha comenzado a predicar y en torno a El se ha ido formando un grupo de los que quieren seguirle más de cerca; son los llamados discípulos, de entre los que Jesús en un momento determinado escogió a los que serían sus apóstoles, sus enviados. Juan el Bautista también tenía sus seguidores allá en el desierto – algunos de ellos fueron los primeros en seguir a Jesús – y aunque la figura de Juan tras ser encerrado en la cárcel y posteriormente decapitado por Herodes había desaparecido, aquellos que le seguían aun siguen manteniendo el espíritu de Juan y siguen realizando lo que de Juan habían aprendido. Pero también había otros grupos sociales que se habían ido formando en torno a figuras o a influencias como las que los fariseos querían imponer en la sociedad de entonces. Todos tenían sus reglas y costumbres, seguían formalmente con algunas costumbres que se convertían para algunos como unas reglas a seguir.

Y es ahora cuando surge la comparación entre los discípulos de unos y de otros, entre lo que hacían los discípulos de Juan y de los fariseos y lo que Jesús les exigía a sus discípulos. Es lo que ahora en sus tiquismiquis le vienen  a plantear a Jesús, la comparación entre el rigorismo que vivían los discípulos de Juan y los fariseos, por ejemplo, en la cuestión de los ayunos y penitencias, y lo que Jesús planteaba a quienes querían seguirle. El planteamiento de Jesús les resultaba novedoso ante lo que estaban acostumbrados que eran las exigencias de los profetas en algunos momentos. Esto era incomprensible para muchos sobre todo los que vivían aquel antiguo rigorismo.

Pero Jesús siempre nos ha dicho que lo que El nos anuncia es una Buena Noticia y las buenas noticias están llamadas a dar esperanza, a levantar los ánimos, a sembrar una nueva ilusión en los corazones; y Jesús había hablado de liberación y de tiempos nuevos, que por algo proclamaba una amnistía, un año de gracia del Señor, que tenia su base y fundamento en lo que era el año jubilar donde todo había de renovarse, donde se encontraría el perdón de antiguas deudas, donde a partir de ese año de gracia todo habría de tener la novedad de lo nuevo, valga la redundancia que tiene su sentido.

Por eso ante las preguntas que le hacen desde sus comparaciones y desconfianzas Jesús hablará de un hombre nuevo, hablará de odres nuevos para vino nuevo, Jesús hablará de que no hemos de andar con remiendos a paños viejos, sino que ha de ser un vestido nuevo que el que hemos de portar. Pero eso es difícil de entender para los que se quieren mantener en viejas costumbres que de verdad no liberan de nada sino que realmente nos hacen caer en una rutina que siempre será ruinosa. Claramente nos lo está diciendo Jesús. No se trata de simples reformas sino de total renovación. Pero nosotros seguimos simplemente queriendo hacer reformas.

Esto tendría que hacernos pensar para muchas cosas, en nuestra vida personal, en ese crecimiento y renovación que tenemos que hacer de nuestra vida, o sea una vida nueva; es el mensaje que tenemos que sentir hondamente en nuestra Iglesia muchas veces tan dada a conservadurismos y no se deja conducir por la novedad del espíritu, por la verdadera novedad del Evangelio de Jesús.

Cuidado hayamos hecho viejo el evangelio, no le terminemos de encontrar su novedad cada vez que lo escuchamos, y tampoco sepamos ofrecerlo como novedad al mundo de hoy. Para muchos, quizás por nuestra forma de presentarlo, puede parecer algo anquilosado, algo de otro tiempo, y no una buena noticia para el mundo de hoy, para el hoy de la vida del hombre actual. No echemos a perder el sabor autentico del evangelio.

sábado, 6 de julio de 2024

El vino nuevo se echa en un odre nuevo, nos dice Jesús, y así lo dos se conservan, no añoremos el vestido viejo sino vistamos el vestido del hombre nuevo

 


El vino nuevo se echa en un odre nuevo, nos dice Jesús, y así lo dos se conservan, no añoremos el vestido viejo sino vistamos el vestido del hombre nuevo

Amós 9, 11-15; Salmo 84; Mateo 9, 14-17

De una manera o de otra a todos los persiguen las añoranzas, aunque algunas veces digamos que no. Los mayores pensamos en nuestros tiempos y nos decimos que las cosas no eran como ahora y quizá comenzamos a resaltar valores que ahora nos parece que nos faltan, los jóvenes incluso en la alocada carrera en que viven recuerdan sus tiempos de niñez pasados que ahora incluso les parecen lejanos y se preguntan cómo es que vivían o hacían algunas cosas que ahora no entienden, la gente de mediana edad añora quizás sus tiempos jóvenes que consideraban de una libertad más sana porque no falta el que siempre nos estemos haciendo comparaciones.

¿Fueron mejores o peores? ¿Querríamos que volvieran al menos en algunas cosas? Es ahí quizás donde ya no nos ponemos tanto de acuerdo, pero dentro de nosotros queda algo de esa añoranza. ¿Por qué no pensamos que cada momento tuvo su tiempo? Fueron otras las circunstancias de la vida y decimos que todo va cambiando pero tendríamos que decir que para que sea vida en verdad tiene que haber evolución, crecimiento, y también nosotros crecemos con la vida, y ahora se nos pedirá algo que no podíamos pensar que hubiéramos podido realizar en otro momento, pero miremos el tiempo presente que estamos viviendo al que tenemos que dar una respuesta.

Algo de eso podemos estar viendo en el evangelio. Allá vienen los discípulos de Juan preguntando porque los discípulos de jesus no hacen las mismas cosas que ellos hacían como seguidores de Juan el Bautista. Como algunas veces nosotros en la iglesia que miramos para detrás en el tiempo y ahora algunos se preguntan por qué no hacemos cosas que antes se hacían.

¿Respondemos a los tiempos pasados o respondemos a este tiempo en que vivimos? La Buena Nueva de salvación es cierto que es única, pero es Buena Nueva, buena Noticia para el hoy de nuestra vida con el momento que vivimos, con la respuesta que ahora tenemos que dar, con la luz que en este momento tenemos que ser para nuestro mundo. Es cierto que no es fácil, pero tenemos que aprender más a dejarnos guiar por el Espíritu del Señor.  

Y aquello que nos dice Jesús hoy en el evangelio de paño nuevo o de odre nuevo, sigue siendo evangelio para nosotros hoy. Cada día hemos de dar un paso más adelante, cada día tenemos que sentir que es algo nuevo lo que nos está pidiendo Jesús, cada día tenemos que darnos cuenta que no podemos dejar envejecer el vestido de nuestra vida, no podemos dejar envejecer nuestra fe, sino que tiene que ser luminosa y brillante en cada momento para que en este momento también pueda ser buena noticia para el mundo que nos rodea.

Nuestra vida tiene que crecer para que sea vida, cuando dejamos de crecer nos envejecemos y morimos. Por eso el evangelio es siempre joven, y el que quiere vivir el evangelio de Jesús en cada momento tiene que estar lleno de esa vitalidad. Crecer nos cuesta, madurar algunas veces se nos puede hacer duro porque nos hace enfrentarnos a cosas nuevas, vivir la renovación del Espíritu nos cuesta porque en todo lo que significa renovación habrá muchas cosas que dejar aunque nos pareciera que en otro momento fueron útiles, pero que ahora es otro el momento y es ese momento el que tenemos que iluminar.

No es fácil desechar el odre viejo para encontrar el odre nuevo que contenga ese vino nuevo que siempre es el evangelio. No es fácil desechar esa vestidura que se ha vuelto vieja porque en nuestra añoranza seguimos encariñados con ella, pero es necesario el vestido nuevo, es necesaria es renovación que el evangelio de Jesús va produciendo continuamente en nuestra vida. ‘El vino nuevo se echa en odres nuevos y así las dos cosas se conservan’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. ¿Cómo lo vamos a aplicar en el día a día de nuestra vida? ¿Estaremos dispuestos a una renovación?

miércoles, 26 de junio de 2024

Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

 


Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Salmo 118; Mateo 7, 15-20

Cuando salgo en mis paseos cada mañana paso junto a unos terrenos que recuerdo haber visto en otros tiempos con excelente producción; un buen terreno para viñedos, para árboles frutales, y para el cultivo de otros frutos menores propios de nuestra huerta canaria. Sin embargo en los últimos años siento una tremenda lástima, porque la producción no es la que era, las frutas se caen de los árboles sin que se puedan aprovechar, los racimos de uva no llegan a prosperar porque se dañan tempranamente, y no contemplo aquellos otros frutos que allí se producían. En una palabra, que no hay frutos. ¿Por qué se han dañado aquellas viñas y aquellos árboles frutales? ¿Falta de cuidado y atención? La maleza va devorando aquel terreno en otros tiempos productivo.

¿Puede ser una imagen de a donde llegamos con nuestra vida? ¿Por qué derroteros camina hoy nuestra sociedad? ¿Qué le está pasando a nuestras comunidades cristianas? ¿Cuáles son los frutos que ahora realmente estamos produciendo? Quizás también podrá haber habido en nuestra vida un proceso que nos haya llevado a ese vacío que hoy notamos en nuestra sociedad, que podemos notar también en nuestra vida.

Creo que podemos ser conscientes del decaimiento que notamos en nuestra sociedad que muchas veces nos preguntamos por donde va. ¿Desorientación? ¿Pérdida de valores? ¿Decaimiento que nos lleva a una atonía ética donde parece que nos están haciendo perder el sentido de todo? ¿Enfriamiento del espíritu religioso? No son muy brillantes los frutos que percibimos en nuestra sociedad. Y miramos al seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas y aparte de que cada día vemos más vacías nuestras iglesias o nuestros templos, nos encontramos que los que aun quedamos somos cada vez más los que peinamos canas y falta el vigor de la juventud.

Hoy nos dice Jesús que por sus frutos los conoceréis, porque además un árbol viciado no podrá dar frutos buenos. Pero también el evangelio no nos permite caer en el pesimismo para verlo todo negro, porque igual que un árbol que no da fruto se le hace un tratamiento pasando por la poda además de abonarlo debidamente para que de nuevo pueda producirnos buenos frutos, así tenemos que pensar de nuestra vida, de nuestra sociedad y de nuestras comunidades.

Cuando mencionaba la lástima que sentía al contemplar aquel terreno por el que pasaba todos los días que había mermado en su producción me preguntaba por el cultivo, el cuidado que se había tenido o no para llegar a esa situación. ¿No tendríamos que preguntarnos por eso mismo de cara a nuestra vida, a nuestra sociedad, a nuestras comunidades? ¿No hará falta remover y renovar la tierra en la que están asentadas nuestras raíces para recomenzar con una nueva vitalidad y podamos dar los frutos que son necesarios?

Tenemos que pensárnoslo para dentro de nosotros mismos; tienen que pensárselo lo dirigentes de nuestra sociedad para promover todo lo que sea necesario para que haya un resurgimiento de vida en nuestros pueblos haciéndole crecer en los mejores valores; tenemos que pensárnoslo en el seno de nuestras comunidades cristianas que hemos dejado envejecer para hacer reverdecer todo eso hermoso que podemos hacer crecer en medio de nuestra Iglesia.

Necesitamos de un espíritu misionero, de energía, de valentía para afrontar nuevos retos, de buscar la manera de hacer una renovación desde lo más hondo, de hacer que nuestras comunidades, nuestra iglesia resplandezca por ese espíritu joven que siempre tiene que reinar en su seno, no solo por hagamos que de nuevo nuestros jóvenes descubran la riqueza de la fe y de los valores cristianos, sino porque nadie se deje envejecer en rutinas, en enfriamiento espiritual, en desgana, en conformismo.

¿Llegaremos de nuevo a dar esos frutos buenos en nuestra Iglesia y en nuestro mundo? No olvidemos que el espíritu del Señor está con nosotros y está tocando a las puertas de nuestro corazón para esa necesaria renovación.

miércoles, 10 de abril de 2024

Con el amor de Dios a pesar de toda la muerte que hay en nuestra vida siempre nos sentimos resucitados, renacidos a una vida nueva con la Pascua

 


Con el amor de Dios a pesar de toda la muerte que hay en nuestra vida siempre nos sentimos resucitados, renacidos a una vida nueva con la Pascua

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Salmo 33; Juan 3, 16-21

Sentir que alguien sigue pensando en ti, teniéndote en cuenta o queriendo contar contigo cuando tú más perdido estabas o te sentías, pensando que ya nada valías, que nadie se acordaría de ti, es algo que produce un gran consuelo en el alma y le hacen renacer en uno las ganas de vivir y también de hacer muchas cosas buenas. Es la peor de las soledades o abandonos que muchos pueden sentir, el pensar que ya nada valen para nadie, y que quizás por aquellos errores que cometiste nadie va a confiar en ti, nadie te va a ofrecer la mano para que sigas caminando, o para que te levantes si es que te sienten hundido.

Humanamente esto parece un imposible, humanamente no siempre encontramos esos apoyos o valoraciones, sino bien sabemos cómo se quiere hacer cargar con el sambenito de un error ya para toda la vida a quien lo haya cometido. Y eso hasta lo llamamos justicia, y esto lo pueden hasta proclamar los que se presentan como los hombres más rectos del mundo, pero vemos como escasea la verdadera misericordia, y el amor se convierte en muchos una palabra bonita para hacer una poesía o una canción. Tendría que ser otra cosa, pero así andamos en nuestro mundo, ese mundo en el que nos movemos.

Pero escuchar la página del evangelio que hoy se nos propone es de gran consuelo, se convierte en la mejor buena noticia que nosotros podamos recibir, por eso decimos que aquí puede estar el meollo del evangelio.

Se nos está diciendo que Dios nos ama, sea cual sea nuestra condición o nuestro pecado; y es tan grande el amor que Dios nos tiene que nos entrega, sí nos entrega, a su propio Hijo para que nosotros tengamos vida. ¿Somos merecedores de un amor tan grande por parte de Dios para con nosotros? Podíamos decir que somos nosotros los que le hemos dado la espalda a Dios y al final hasta terminamos escondiéndonos.

Adán y Eva le dieron la espalda a Dios, porque casi pareciera que fuera un contrincante contra el que luchar y al que no hacer casa, porque ellos querían ser como dioses. Recordemos la tentación de la serpiente. Es lo que encontramos en la historia de aquel pueblo que Dios había liberado de Egipto, pero que habían seguido prefiriendo la tiniebla a la luz, cuanto añoraban las cebollas de Egipto, cuanto buscaban suplantar a Dios en el sentido de sus vida y para eso si era necesario se creaban sus propios dioses. Es lo que nos encontramos en nuestra propia historia personal tan llena de deslealtad y de infidelidades.

Pero Dios sigue amando a su pueblo, Dios sigue amándonos hasta darnos a su hijo, quien nos dará la prueba más sublime del amor cuando nos amó con un amor tan grande  que dio su vida por nosotros. No hay mayor amor. Dar la vida por aquellos a los que amamos. Es lo que contemplamos en Jesús. Es lo que nos llena de complacencia, y despierta en nosotros el mejor amor, porque sabemos que Dios nos ama como nadie nos ha amado. Y sigue contando con nosotros.

Si en el plano humano cuando encontramos a alguien que nos ama así y cuenta con nosotros sentimos el mayor consuelo, porque además está revalorizando nuestra vida, ¿Qué podemos decir cuando elevamos nuestra mirada y contemplamos el corazón de Dios? Y es que nos dice san Juan que el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero. Cuando incluso nosotros no pensábamos en la posibilidad de un amor así, y casi, como hicieron Adán y Eva en el paraíso también nos escondemos de Dios.

Con el amor de Dios a pesar de toda la muerte que hay en nuestra vida siempre nos sentimos resucitados. Es lo que vivimos en esta Pascua.


martes, 9 de abril de 2024

Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

 


Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 1-15

Hemos de comenzar diciendo en nuestra reflexión de hoy que va siguiendo los textos de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia, se ven como recortados por la falta del texto de ayer, que por celebrar el misterio de la Encarnación se vieron sustituidos. Por eso nos aparece como recortado el pasaje del encuentro con Jesús de Nicodemo, aquel magistrado judío que de noche fue a ver a Jesús.

Recordamos que en el texto que se hubiera leído ayer, el inicio de la conversación de Nicodemo con Jesús, se nos ofrecían aquellas palabras de Jesús que hablaban del nacer de nuevo, que Nicodemo no comprendía, porque cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Es cuando Jesús proclama solemnemente lo de nacer del agua y del Espíritu con esa referencia clara al sentido del bautismo. ‘El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne y lo que nace del Espíritu es espíritu’, nos dice.

Una radicalidad que Jesús constantemente nos va planteando en el evangelio. Conversión había sido su primer anuncio para poder creer y llegar a vivir el Reino de Dios. Es la invitación continua que seguiremos escuchando de una forma o de otra a lo largo del evangelio. Ahora nos habla de un nuevo nacer, porque quien cree en Jesús es un resucitado, también con Jesús ha vivido su pascua para pasar de la muerte a la vida. Como nos hablará en otros momentos de odres nuevos para vino nuevo, o nos hablará de una vestidura nueva porque no nos valen los remiendos de lo viejo. San Pablo nos dirá que somos hombres nuevos en el que la criatura vieja tiene que haber muerto para renacer a la vida. ‘Tenéis que nacer de nuevo’,  nos dice hoy Jesús, porque nos dejamos hacer criaturas nuevas por el Espíritu.

¿No nos había hablado el principio del evangelio de san Juan que quienes creemos y aceptamos la luz que nos ofrece Jesús nacemos como hijos de Dios, no como filiación nacida de la carne o de la sangre, sino por el don de Dios en nosotros? ‘Porque a cuantos le recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre; estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de bacón, sino que han nacido de Dios’.

Es lo que significa la Pascua que hemos vivido y celebrado en estos días. Es lo que tiene que significar nuestra condición de bautizados en la vida. En la noche de Pascua, noche bautismal por excelencia, hemos querido renovar nuestra condición de bautizados. No es un nuevo bautismo porque ya estamos bautizados y el bautismo no se repite, pero se renueva en nuestro corazón. Por eso fuimos aspergeados con el agua bautismal después de hacer la renovación de nuestro compromiso bautismal. Aunque habitualmente empleamos la expresión de renovación de las promesas bautismales, es algo más que una promesa, es un compromiso de vida, que renovamos desde lo hondo del corazón volviendo a prometer nuestra renuncia al hombre viejo, nuestra renuncia al mal y al pecado con todas sus tentaciones, y proclamando solemnemente nuestra fe al pie del Cirio Pascual y junto a la fuente bautismal.

Es el camino que iniciamos el miércoles de ceniza cuando fuimos convocados a la conversión y a la penitencia; es el recorrido que de mano de la Palabra de Dios fuimos haciendo a lo largo de la Cuaresma; ha tenido que ser ese renacer a una vida nueva en la celebración de la Pascua. Lo seguimos recordando, lo seguimos renovando, nos seguimos empapando de ese espíritu nuevo a lo largo del tiempo pascual, lo tenemos que seguir viviendo en el compromiso diario de nuestra vida.

 

domingo, 3 de marzo de 2024

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes


 

A ese templo de religión y cristianismo que nos hemos construido Jesús tendría que venir a derribar muchas cosas y a hacernos cambiar muchas actitudes

 Éxodo 20, 1-17; Salmo 18; 1Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25

Cuidado que el árbol no nos deje ver el bosque; cuidado que la anécdota se convierta en el atractivo y no nos deje profundizar en el mensaje para que nos llegue a nuestra vida en la situación concreta en que vivimos.

Tentados estamos en darle vueltas y más vueltas al episodio que se nos narra hoy en el evangelio, con las explicaciones de por qué aquellos animales para los sacrificios o el motivo de aquellos cambios de monedas en el templo y nos quedemos en lo que pudiera ser anecdótico y solo un signo que nos lleva a algo más profundo.

¿En qué situaciones nos podemos encontrar hoy y que encuentren como un eco en lo que nos narra el evangelio? muchas veces quizás hayamos podido convertir todo lo que atañe a nuestra relación con Dios y en lo que convertimos muchas veces nuestra vida cristiana en unas costumbres – siempre nos lo han enseñado así, nos decimos -, en unos ritos que repetimos – porque eso es la tradición -, en unas cosas que tenemos que cumplir – porque cuando cumplimos ya nos quedamos satisfechos y parece, por ejemplo, que el domingo no es domingo porque no hemos venido a Misa, aunque nos la pasáramos pensando en las musarañas -. Y en eso reducimos muchas veces todo lo que es ser cristiano.

¿Dónde ha estado en nuestras celebraciones un encuentro vivo con Dios sintiendo el gozo de su presencia allá en lo más hondo de nosotros? ¿Qué marca ha dejado en nuestra vida esa Palabra de Dios que se ha proclamado en la celebración? ¿Cuando salimos de la Iglesia ya vamos con el propósito de algo nuevo y distinto que allí en la Palabra de Dios encontramos? ¿Qué recuerdo nos queda el domingo por la tarde de esa Palabra que escuchamos en la Misa de la mañana? Y así podríamos hacernos muchas más preguntas. ¿En qué estábamos, o donde estábamos mientras se iba realizando el rito de la celebración? ¿Nos habremos quedado en un culto vacío?

 Pero bien nos damos cuenta que todo nuestro ser cristiano no se reduce al cumplimiento, y volvemos con la misma palabra, de unos ritos o unas celebraciones. El evangelio de Jesús es una propuesta de vida, es un sentido nuevo para lo que hacemos y para lo que es toda nuestra vida. El evangelio es una buena noticia – porque así mismo lo significa la palabra – de una vida nueva que llamamos el Reino de Dios.  ¿El Reino de Dios se nos queda en que le pongamos una hermosa corona a nuestra imagen preferida de Jesús o de la Virgen o los santos? Entre vosotros no será como en los reinos de este mundo, les dice Jesús en muchas ocasiones a los discípulos. Y nos hablará de unas actitudes nuevas que hemos de tener los unos con los otros.

Es lo que en verdad tenemos que descubrir. Cuando estamos reconociendo que Dios es el único Señor de nuestra vida estamos abriendo los ojos a mirar con una mirada distinta cuanto nos rodea, a mirar con una mirada nueva y distinta las personas que están a nuestro lado o componemos nuestro mundo. Ya nos decía Jesús que no es en la búsqueda de lugares de honor o de primeros puestos cómo vamos a manifestar en verdad que Dios es el único Señor de nuestra vida. Es cuando seamos capaces de ver a Dios en aquellos que están a nuestro lado y amarlos con ese amor de Dios. Por eso nos hablará de hacernos los últimos y los servidores de todos. Como lo hizo Jesús.

Nuestro trabajo, nuestras responsabilidades, lo que vamos haciendo en la vida adquieren un nuevo sentido y un nuevo valor. Ya no podemos ir pensando solo en nosotros mismos y en nuestras ganancias personales; ya tenemos que comenzar a pensar como estaremos contribuyendo con lo que es nuestra vida al bien de ese mundo porque es al bien de cuantos nos rodean. Con qué responsabilidad tenemos que tomarnos la vida y cuanto hacemos; con cuanta responsabilidad nos sentimos de ese mundo que está en nuestras manos. Mucho tendría que cambiar cuando de verdad nos encontramos con el evangelio de Jesús nuestra vida, lo que hacemos y todo lo que son nuestras responsabilidades.

Ya nuestra vida no son simplemente unas costumbres o unas rutinas; ya no nos podemos quedar en hacer unas cosas por cumplimiento o realizar unos ritos para quedarnos como tranquilos en nuestra conciencia porque ya cumplimos. Ya no es solo que en un momento quizá de generosidad hagamos unas ofrendas, llevemos unas flores, ofrezcamos unas cosas, sino que la ofrenda tiene que ser algo más hondo, no de cosas, sino de nosotros mismos desde lo más hondo de nosotros.

Volvemos a lo que podríamos llamar la anécdota del evangelio de hoy, ¿no tendría que venir Jesús a ese templo de religión y de cristianismo a nuestra manera que nos hemos construido a derribar muchas cosas, a echar fuera muchas pobres actitudes porque el culto que le debemos a Dios tiene que ser algo más hondo y profundo que ofrezcamos con toda nuestra vida? ¿Cómo se tendría que renovar ese templo de Dios que somos nosotros y qué nuevas actitudes y valores tendríamos que hacer florecer?

miércoles, 14 de febrero de 2024

Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

 


Comenzamos la Cuaresma, camino hacia la Pascua, el paso del Señor, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús que nos pone en camino de nueva vida

Joel 2, 12-18; Sal 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Alguien me recordaba ayer que hoy comenzaba la cuaresma y entonces me decía que como comienza la cuaresma no se puede comer (carne, se sobreentendía que quería decir aunque no mencionaba la palabra); yo le respondía que sí era cierto que comenzaba la Cuaresma pero que la Cuaresma es algo más. Pienso que a su manera él quería expresarme que como era la cuaresma venían tiempos de austeridad, de penitencias y de ayunos. Pero me atrevo a decir y con todo respeto para las personas que no llegan a más allá porque eso ha sido resumen de muchas maneras de enfocar las cosas, que eso sería comenzar la casa por el tejado.

¿Qué es la cuaresma que comenzamos hoy? Yo diría que es un camino que nos lleva a la celebración de la Pascua. Hemos de tener clara la meta, por así decirlo antes de hacernos programaciones de muchas cosas a las que hay que darle un sentido. No es penitencia por penitencia, ayuno por ayuno, austeridad por austeridad.

Ya se quejaban los fariseos de que los discípulos de Jesús no ayunaban como sus discípulos o los discípulos del Bautista. Y Jesús les decía que si el ‘novio’ estaba con ellos, qué sentido tendría el que tuvieran que estar tristes, si estar con el novio venía a significar estar en la boda y en una boda hay que estar con alegría y con sentido de fiesta. Pero desgraciadamente esto es lo que muchas veces no brilla en los que nos decimos seguidores de Jesús.

Nos preparamos para la Pascua, es decir, para la fiesta. Sí, no lo podemos olvidar ni descartar. Para nosotros es una fiesta y es una fiesta grande el paso salvador de Jesús por nuestra vida. Es la Pascua del Señor, es el paso del Señor. Queremos en su Pascua sentirnos hombres nuevos, vivir la vida nueva que nos regala Jesús, sentir el gozo de que por el amor que Dios nos tiene nos quiere sus hijos. ¿Pueden andar cabizbajos y tristes los hijos cuando están gozando del amor del Padre?

Es un camino el que hacemos para llegar a vivir eso en toda su plenitud, para llegar a vivir esa fiesta de la Pascua del Señor. ¿Y cómo lo vamos a hacer? Dejándonos impregnar por la Palabra de Dios, dejándonos impregnar por el evangelio de Jesús. Y es ahí donde vamos a encontrar esos caminos de renovación, esos caminos que nos llevan a vida nueva, ese reconocimiento que los caminos que vivimos no son siempre rectos, que la vida que vivimos está llena de muchas sombras que tenemos que iluminar, que tenemos que renovar nuestra vida.

Es entonces, no cuando tenemos que cargar de expresiones tristes nuestras expresiones, sino que vamos a sentir el dolor de haber vivido en esas sombras sin haber escuchado allá en el corazón la Palabra de Dios, pero lo hacemos con esperanza. Y por eso hemos ido dando tropiezos, y nos sentimos pecadores, y queremos acercarnos a Jesús para tocar su manto y que nos cure, dejar que Jesús llegue a nuestra vida y nos tienda su mano para levantarnos, ponga su mano sobre nuestros ojos para que recobremos la luz.

Y claro porque nos sentimos pecadores y en sombras, porque sentimos que nuestra vida está muy llena de muletas de las que un día tenemos que desprendernos, le vamos a decir, ‘si quieres, puedes curarme’, porque sentimos el dolor de nuestra enfermedad, de nuestro pecado. Y claro, cuando nos sentimos así y queremos arrancarnos de esa situación nos sentimos mal, pero no tristes sino con esperanza. Y haremos todo lo posible por ir renovando nuestra vida, y tendremos que aprender a decirnos no en muchas cosas y para eso tenemos que entrenarnos, tenemos que aprender a hacerlo, aunque sea doloroso.

Si ayunamos, si renunciamos incluso a cosas buenas como pueden ser nuestros alimentos – y no tiene que ser el ayuno solo de los alimentos sino de otras muchas cosas que nos dan placer en la vida – es porque queremos aprender a decir no a esas sombras que nos envuelven, porque nos sentimos arrepentidos de nuestro pecado.  No es ayunar por ayunar, no es penitencia por penitencia, es un ejercicio de aprendizaje, de superación en pequeñas cosas para ser capaces de superarnos en lo que verdaderamente es importante. Si vamos a desprendernos de cosas es porque queremos compartir con los demás, porque nos sentimos solidarios de sus problemas o de sus necesidades, es porque queremos que brille de verdad el amor en nuestro corazón y en nuestra vida.

Por eso Jesús no nos quiere tristes y nos manda incluso que nos perfumemos cuando ayunamos para que nadie note que lo estamos haciendo, sino el Padre del cielo, pero además nos pide humildad en nuestra generosidad para evitar lo que sea vanidad u ostentación. Es lo que nos está recomendando hoy Jesús en el evangelio. Así abrimos nuestro corazón a Dios en nuestra oración.

Comenzaremos la cuaresma con ese signo de la ceniza – de ahí el nombre que le damos a este miércoles - que dejamos que se nos imponga sobre nuestras cabezas, como un signo de humildad, es cierto, reconociendo que estamos manchados pero buscando el agua que nos lave, el agua que nos dé nueva vida, ese baño de agua viva que vamos a recibir cuando celebremos la Pascua. ‘En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios’, nos decía san Pablo. Démosle hondo sentido y significado a este rito con que comenzamos la Cuaresma.

No lo olvidemos, caminamos hacia la Pascua.

domingo, 22 de octubre de 2023

Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

 


Dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, en ellos estamos viendo la imagen de Dios

Isaías 45, 1. 4-6; Sal 95; 1Tesalonicenses 1, 1-5b; Mateo 22, 15-21

Hay gente que le gusta poner en apuros a los demás; parece que son especialistas en preguntas de doble sentido, muchas veces con aviesas intenciones queriéndonos hacer decir lo que nosotros no queremos decir; luego vendrán las interpretaciones, los juicios, las cosas que confunden. De todas maneras la vida misma nos pone muchas veces en la encrucijada. ¿Qué tenemos que hacer en cada momento? ¿Qué es lo más correcto? Viéndonos envueltos en tantas cosas confusas, ¿cómo tenemos que reaccionar? ¿Cómo tenemos que actuar?

Vivimos en medio de una sociedad, ese mundo en el que vivimos, las tendencias de muchos van por una parte que a nosotros no nos terminan de convencer, pero nos vemos envueltos por mayorías que opinan o piensan de manera distinta a nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos acomodamos? ¿Nos dejamos arrastrar cobardemente por no enfrentarnos?

Hoy escuchamos decir con frecuencia de hacer lo políticamente correcto, para no ponernos en contradicción con nadie; es una tentación cuando nos sentimos débiles e indefensos. Pero, ¿dónde están nuestros principios, nuestros valores? Vendemos lo que sea por un plato de lentejas. Tenemos que buscar seguridades, tenemos que fundamentar bien nuestra vida, ponerle buenos cimientos, para que esos vientos y huracanes no nos arrastren y terminen por arrasarnos. Ya Jesús nos lo repetirá en el evangelio, aunque nosotros en nuestra debilidad y muchas veces también en nuestra cobardía, no sabemos bien ni donde estamos.

Con frecuencia vemos que vienen a Jesús con preguntas capciosas. Hoy nos encontramos en el evangelio una de esas preguntas. En cierto modo es un dilema serio el que le están planteando a Jesús. Y saben entrar con mucha astucia, y podríamos decir también, con mucha diplomacia. ‘Sabemos que eres veraz, que eres sincero’. De alguna manera es un reconocimiento de la personalidad de Jesús, lo que sucede es que la frase está dicha con cierto veneno.

Y con esa veracidad, con esa sinceridad Jesús responde. Ojalá nosotros en la vida siempre fuéramos así de sinceros, de veraces, de íntegros en nuestro actuar y en nuestro decir. Lo que le plantean a Jesús pudiera parecer que tiene cierta connotación política, pero en al ambiente judío tenía también sus resonancias religiosas. Para un buen judío el único impuesto que en su conciencia podía aceptar eran los diezmos y primicias que se ofrecían en el templo. Un pueblo teocrático que todo lo centraba en Dios, era ese el camino de su contribución.

Pero ahora vivían sometidos a la autoridad de Roma, y como todo  pueblo dominado tenían que pagar sus impuestos al pueblo dominador, en este caso a Roma. De mala gana lo aceptaban. Por eso consideraban como unos colaboracionistas a los encargados de cobrar los impuestos, a los que además por la usura con la que actuaban en todo lo referente al dinero porque al mismo tiempo se convertían en prestamistas para los que tuvieran necesidad de dinero, los consideraban unos pecadores, publicanos los llamaban, como tantas veces hemos visto a lo largo del evangelio.

La pregunta que le plantean a Jesús va por ese camino. ¿Es lícito o no pagar los impuestos al Cesar? La pregunta en las dos posibles respuestas que ellos podían esperar tenía su veneno. Siempre podía quedar mal Jesús, si justificaba sin razón los impuestos, o si se oponía a ello con lo que se iba a encontrar las autoridades romanas en su contra. Pero la sabiduría de Jesús es mayor que la que ellos pueden imaginar. Pregunta que le enseñen la moneda de curso legal y pregunta que es lo que se representa en esa moneda, cual es la imagen que aparece. Era normal que si era moneda romana fuera la figura del César y es lo que no les queda más remedio que reconocer. ‘Pues dad al César lo que es del César, pero dar a Dios lo que es de Dios’.

¿Y qué es lo que es de Dios? ¿Dónde encontramos esa imagen de Dios que nos manifiesta su grandeza y su señorío? Es el hombre la verdadera imagen de Dios, hecho a su imagen y semejanza como lo manifiestan ya las primeras páginas de la Biblia y donde encontramos la verdadera antropología con sentido cristiano. Es lo que Jesús nos viene a revelar, pero también a purificar y a engrandecer. Con nuestro pecado hemos mancillado esa imagen de Dios en el hombre y Cristo viene a redimirnos. Hemos arruinado nuestra vida y Cristo viene a hacer una verdadera restauración que además nos engrandece, porque somos de tal manera hechos a imagen de Dios que nos quiere hacer sus hijos. ‘A los que creen en su nombre les da poder ser hijos de Dios’, como se nos dice al principio del Evangelio de san Juan.

Tendremos, es cierto, que dar al César lo que es del César, tendremos que trabajar por ese mundo en el que vivimos porque además sabemos que Dios lo ha puesto en nuestra manos para que continuemos con nuestro desarrollo su obra creadora; pero tenemos que trabajar por la dignidad del hombre, de la persona, porque así es como estaremos dando gloria a Dios.

No podemos permitir que nuestra dignidad sea mancillada, no podemos permitir la destrucción de la persona, pero seguimos en un mundo donde no se termina de respetar la dignidad de toda persona; seguimos con esclavitudes y con discriminaciones, seguimos con violencias y con muerte, seguimos con nuestra injusticia queriendo aprovecharnos de los demás y mancillando su dignidad, seguimos destruyéndonos cuando incluso destruimos el mundo en el que vivimos y no todos pueden alcanzar igual dignidad.

He ahí nuestra tarea, dar a Dios lo que es de Dios, o lo que es lo mismo respetar, valorar, engrandecer la dignidad de la persona, de toda persona, porque en ellos estamos viendo la imagen de Dios, porque en ellos tenemos que ver unos hijos de Dios a los que Dios ama, y por eso tenemos que amarlos nosotros también.