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viernes, 18 de septiembre de 2026

Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

 


Necesitamos desacomodarnos y desinstalarnos de una vez por todas porque es necesario hoy ponernos en camino de lugar en lugar para llevar la buena noticia de Jesús

1Corintios 15, 12-20; Salmo 16; Lucas 8, 1-3

Caminando de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad; una vida itinerante y es que las buenas noticias no se pueden quedar estancadas. Era la invitación que Jesús continuamente hacía, había que prepararse para poder recibir una buena noticia, pero una buena noticia que no se podía quedar estancada en quienes la recibían, las noticias son para comunicarlas, y para poder comunicarlas hay que ponerse en camino, salir, no quedarse en el sitio, había que desacomodarse porque si nos quedamos cómodos en donde estamos la noticia no podrá correr de boca en boca; por eso pedía Jesús conversión, que era ese desinstalarse de quedarnos plácidamente donde estamos para disponernos a algo nuevo que nos va a traer esa buena noticia. Jesús dirá cuando quieran que El se quede allí más tiempo, que es necesario ir a otros lugares, que otros sitios y otros pueblos están esperando también que les llegue esa buena noticia.

Creo que si pensamos un poquito en todo esto que vamos diciendo muchos nuevos planteamientos tendrían que salir para nuestras vidas, porque nos cuesta desinstalarnos, salir de esa comodidad de quedarnos donde estamos o en lo que hacemos; con qué facilidad nos entra una modorra espiritual, nos quedamos adormilados, nos contentamos con cuidar lo que ya tenemos, y al final terminamos envejeciéndonos. Y digo envejeciéndonos no solo porque cada vez nos vamos poniendo más mayores, sino porque la falta de vitalidad, de compromiso nos envejece en nuestra fe, nos hace perder esa energía espiritual tan necesaria en tantos momentos de la vida.

¿Qué nos está sucediendo en la mayoría de nuestras comunidades cristianas, en la mayoría de nuestras parroquias, y tenemos que reconocerlo en el conjunto de la Iglesia? Nos hemos envejecido. Miremos quienes quedamos en nuestras parroquias, quienes son los que habitualmente participan en la misa dominical que tendría que ser hermosa expresión de la vitalidad de la vida de una parroquia; ¿quienes nos quedan o quedamos? personas mayores, la juventud ausente, la mayoría con un conformismo de cumplir y ya está, poca vitalidad que nos lleve a hacer nuevas cosas, a buscar nuevos caminos, a emprender nuevas iniciativas para hacer llegar el mensaje del evangelio a más gente. ¿No tenemos tiempo y siempre estamos ocupados o nos cuesta salir de la modorra de nuestra rutina para dedicar parte de nuestro tiempo para reunirnos, para tener iniciativas que nos lleven a hacer un anuncio más explícito del evangelio?

Nos dice hoy el evangelio que acompañaban a Jesús en aquel caminar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, aquellos discípulos más cercanos que habían estado desde el principio con Jesús, un día a doce de ellos los va a constituir en grupo especial, en apóstoles, pero también algunas personas entre ellas algunas mujeres que alguna gracia habían recibido de Jesús; allí estaba ‘María Magdalena, de la que había expulsado siete demonios’ como nos comenta el evangelista y que en varios momentos más veremos muy cerca de Jesús, pero también algunas otras mujeres, ‘Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes’. Eran el apoyo de Jesús y el grupo que en torno a Él se había formado, porque incluso nos habla de algunas que ayudaban con sus bienes.

Es bonito este resaltar el evangelista a este grupo que camina con Jesús. Un momento en nuestra reflexión para aprender a valorar esos pequeños grupos, demasiado reducidos en la mayoría de las ocasiones, pero en muchos casos mujeres sencillas pero con una disponibilidad grande para el servicio que realizan muchas tareas en nuestras comunidades y parroquias. Algunas veces, hemos de reconocer, que pareciera que descansa en ellas toda la vida y la actividad de nuestras parroquias.

Tenemos, es cierto, que tenerlas en cuenta y valorarlas, pero no nos podemos quedar ahí, solo en esas personas. La comunidad ha de tener más vida, muchos más tendríamos que despertar de una vez por todas para salir de nuestra modorra y de nuestra comodidad, para saber ponernos en camino, porque muchos son los lugares y son las situaciones donde es necesario hacer ese anuncio del Evangelio, llevar esa buena noticia.


miércoles, 26 de junio de 2024

Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

 


Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Salmo 118; Mateo 7, 15-20

Cuando salgo en mis paseos cada mañana paso junto a unos terrenos que recuerdo haber visto en otros tiempos con excelente producción; un buen terreno para viñedos, para árboles frutales, y para el cultivo de otros frutos menores propios de nuestra huerta canaria. Sin embargo en los últimos años siento una tremenda lástima, porque la producción no es la que era, las frutas se caen de los árboles sin que se puedan aprovechar, los racimos de uva no llegan a prosperar porque se dañan tempranamente, y no contemplo aquellos otros frutos que allí se producían. En una palabra, que no hay frutos. ¿Por qué se han dañado aquellas viñas y aquellos árboles frutales? ¿Falta de cuidado y atención? La maleza va devorando aquel terreno en otros tiempos productivo.

¿Puede ser una imagen de a donde llegamos con nuestra vida? ¿Por qué derroteros camina hoy nuestra sociedad? ¿Qué le está pasando a nuestras comunidades cristianas? ¿Cuáles son los frutos que ahora realmente estamos produciendo? Quizás también podrá haber habido en nuestra vida un proceso que nos haya llevado a ese vacío que hoy notamos en nuestra sociedad, que podemos notar también en nuestra vida.

Creo que podemos ser conscientes del decaimiento que notamos en nuestra sociedad que muchas veces nos preguntamos por donde va. ¿Desorientación? ¿Pérdida de valores? ¿Decaimiento que nos lleva a una atonía ética donde parece que nos están haciendo perder el sentido de todo? ¿Enfriamiento del espíritu religioso? No son muy brillantes los frutos que percibimos en nuestra sociedad. Y miramos al seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas y aparte de que cada día vemos más vacías nuestras iglesias o nuestros templos, nos encontramos que los que aun quedamos somos cada vez más los que peinamos canas y falta el vigor de la juventud.

Hoy nos dice Jesús que por sus frutos los conoceréis, porque además un árbol viciado no podrá dar frutos buenos. Pero también el evangelio no nos permite caer en el pesimismo para verlo todo negro, porque igual que un árbol que no da fruto se le hace un tratamiento pasando por la poda además de abonarlo debidamente para que de nuevo pueda producirnos buenos frutos, así tenemos que pensar de nuestra vida, de nuestra sociedad y de nuestras comunidades.

Cuando mencionaba la lástima que sentía al contemplar aquel terreno por el que pasaba todos los días que había mermado en su producción me preguntaba por el cultivo, el cuidado que se había tenido o no para llegar a esa situación. ¿No tendríamos que preguntarnos por eso mismo de cara a nuestra vida, a nuestra sociedad, a nuestras comunidades? ¿No hará falta remover y renovar la tierra en la que están asentadas nuestras raíces para recomenzar con una nueva vitalidad y podamos dar los frutos que son necesarios?

Tenemos que pensárnoslo para dentro de nosotros mismos; tienen que pensárselo lo dirigentes de nuestra sociedad para promover todo lo que sea necesario para que haya un resurgimiento de vida en nuestros pueblos haciéndole crecer en los mejores valores; tenemos que pensárnoslo en el seno de nuestras comunidades cristianas que hemos dejado envejecer para hacer reverdecer todo eso hermoso que podemos hacer crecer en medio de nuestra Iglesia.

Necesitamos de un espíritu misionero, de energía, de valentía para afrontar nuevos retos, de buscar la manera de hacer una renovación desde lo más hondo, de hacer que nuestras comunidades, nuestra iglesia resplandezca por ese espíritu joven que siempre tiene que reinar en su seno, no solo por hagamos que de nuevo nuestros jóvenes descubran la riqueza de la fe y de los valores cristianos, sino porque nadie se deje envejecer en rutinas, en enfriamiento espiritual, en desgana, en conformismo.

¿Llegaremos de nuevo a dar esos frutos buenos en nuestra Iglesia y en nuestro mundo? No olvidemos que el espíritu del Señor está con nosotros y está tocando a las puertas de nuestro corazón para esa necesaria renovación.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

 


Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Si no estamos enlazados con la fuente de la energía, en perenne comunicación con dicha fuente, no tendremos energía. Al hablar de esto enseguida pensamos, por ejemplo, en la electricidad y cómo vemos nuestros territorios y nuestras calles hasta llegar a nuestros hogares por torres que sostienen unos cables que son conductores de esa energía desde su fuente de generación; claro que hoy pensamos en otras energías, renovables las llamamos, ya puede ser la fuerza motriz del viento o del agua embalsada, ya se la luz y el calor del sol que nos van también a generar ese energía con la que tendremos que estar igualmente conectados.

Claro que en la época de Jesús no se contaba con esos medios de generación energética, pero si sabían que la luz del sol era como un alimento para las plantas que igualmente tendrían que estar bien enraizadas en tierra, y manteniendo la unidad de la planta, se podría llegar a obtener unos frutos.

Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder aprovechar toda la energía y vitalidad de la planta para mejores frutos, pero también como los sarmientos habían de estar bien injertados en la cepa para que la savia alimenticia pudiera fluir por toda la planta y sus ramas.

Ya sea con los ejemplos de energía con que hemos comenzado a reflexionar, ya sea en esta referencia a la vid y los sarmientos, nos viene a decir Jesús que una cosa es importante, la unión de los sarmientos con la cepa, con vid, porque solo así podremos obtener los mejores y los más abundantes frutos. 

Y esto es una imagen y una alegoría para nuestra vida que tenemos que saber discernir bien. Somos los sarmientos que como brazos que se extienden y se prolongan venimos a trasmitir a nuestro mundo todo el mensaje salvador del evangelio. Pero es necesario que nosotros tengamos vida, que haya vitalidad en nosotros, porque de lo contrario ¿qué es lo que vamos a trasmitir? No vamos a decir lo bonito que somos, no vamos a hablar de nosotros mismos o de lo que puedan ser nuestros proyectos por muy bellos y hermosos que sean. Nos seguimos predicando demasiado a nosotros mismos; nos seguimos creyendo el ombligo del mundo como si nosotros fuéramos el centro de todo; nos sobra autosuficiencia, nos sobra orgullo.

Esto es muy serio y es en algo que tenemos que pensar los cristianos que nos sentimos más comprometidos, es algo que tiene que plantearse muy bien la Iglesia en sus pastores y cuantos tienen una misión dentro de la Iglesia. Muchas veces predicamos la Iglesia y no predicamos a Jesús; queremos manifestar la grandeza de la Iglesia y nos llenamos de magnificencias  que terminan siendo simples, pero duras vanidades que se convierten en un velo que impiden que todos nos encontremos con Jesús. Andamos muy preocupados de prestigios y nos sentimos escandalizados cuando alguien o algo pudiera manchar ese brillo que le queremos dar a la Iglesia, pero nos olvidamos quizás de cosas fundamentales que Jesús nos enseña en el evangelio, olvidándonos de la misericordia y de la compasión.

Algo nos puede estar fallando en esos cables de conexión de la energía cuando no estamos dando buena luz. ¿Habrá muchos ramajes que cortar en nosotros, en nuestra Iglesia, en quienes quieren aparecer en primera pantalla, y que se convierte en distracción que impide que el mundo de verdad mire a Jesús y su evangelio de salvación?

Creo que mucho tendría que darnos que pensar toda esta reflexión que nos estamos haciendo. Busquemos la manera de estar de verdad unidos a la cepa para que no seamos sarmientos inútiles, chupones que roban la verdadera energía y vitalidad que tendríamos que tener.

miércoles, 28 de junio de 2023

Cuidemos el árbol si queremos que dé buenos frutos, cuidemos nuestro espíritu y cuidemos nuestra fe haciéndola madura y comprometida

 


Cuidemos el árbol si queremos que dé buenos frutos, cuidemos nuestro espíritu y cuidemos nuestra fe haciéndola madura y comprometida

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20

Tengo un amigo que trabaja en el campo sobre todo en la recolección de fruta y en el cuidado de los árboles frutales; me cuenta de su trabajo, por una parte del cuidado en la recolección de las frutas para que no se dañen y tengan la mejor presentación, pero me cuenta también de las tareas que realiza en gran parte del año en el cuidado de los árboles frutales, el tiempo de la poda para eliminar aquellas ramas que ya están secas y no producen, pero también de muchas ramas que son como chupones que mermarían la fuerza del árbol y la calidad de sus frutos. Hace unos días contemplaba en un documental como el agricultor iba incluso desechando muchos de los brotes de su frutal para que los frutos que diera fueran de verdadera calidad. Un árbol cuidado puede dar buenos frutos.

Una imagen muy hermosa para la vida. ¿Cuáles son nuestros frutos? ¿Cómo son nuestros frutos? Hoy escuchamos precisamente en el evangelio que Jesús nos dice que ‘por sus frutos los conoceréis’, y que aquel árbol que no da buenos frutos no sirve sino para arrancarlo y echarlo al fuego. Pero como estamos viendo en la imagen de la vida sabemos también que tenemos que cuidar el árbol para que dé buenos frutos.

Es la tarea de nuestra vida. En todos los aspectos. Humanamente tenemos que prepararnos, tenemos que crecer, tenemos que madurar. No nos podemos quedar en una etapa infantil en la vida. Quizás al niño, e incluso al joven, le cuesta comprenderlo, tiempo que tiene que dedicar a prepararse, a formarse, para de verdad ir creciendo en la vida; ahí está la labor educadora de la familia, de los padres, pero también de cuantos tienen que ver que la formación humana de las personas, de niños y de juventud.

Pero bien sabemos que ese crecimiento no se acaba porque lleguemos a una determinada edad en que ya nos consideremos adultos. No son solo los nuevos conocimientos que podamos ir adquiriendo, sino que será esa maduración como personas para en verdad poder enfrentarnos con los mejores equipajes a la vida. Bien sabemos que aunque lleguemos a una etapa profesional en nuestro trabajo aun tenemos que seguir preparándonos, la etapa de formación y crecimiento de la persona no se acaba nunca.

Quizás ese aspecto humano de las personas más o menos todos los tenemos claro, pero aun así hay aspectos de la vida que algunas veces descuidamos, y es la atención a nuestro espíritu, es el cuidado de nuestra fe, es la maduración espiritual de la persona, es la espiritualidad en que hemos de fundamentar nuestra vida. Nos decimos muchas veces que somos creyentes de siempre, que somos viejos cristianos, que ya nuestros padres nos enseñaron cuando éramos pequeños que nos llevaron a la catequesis para que recibiéramos los sacramentos, pero quizás todo se detuvo ahí y luego nunca más nos preocupamos de madurar esa fe, de hacer crecer nuestra vida espiritual y nos quedamos en unas oraciones que aprendimos de pequeños pero no hemos dado el paso delante de hacer más personal y más intensa nuestra vida de fe.

Cuando una planta no se cuida debidamente, no se riega ni se abona, se nos quedará raquítica, estará mustia y sin vitalidad para poder florecer y poder darnos unos frutos; si la descuidamos en demasía esa planta no solo no nos dará fruto sino que tendrá el peligro de secarse, de morirse. Así andamos en nuestra vida cristiana, porque no le damos ese necesario crecimiento espiritual, así terminamos muchas veces como ramas y hojas secas que se las lleva el viento y no terminamos de ver esos frutos de vida cristiana que tendríamos que dar.

Nuestras comunidades cristianas se nos mueren, la vida de nuestras parroquias va perdiendo intensidad, no terminamos de ser esos cristianos comprometidos en medio del mundo, nuestra sociedad ha ido perdiendo esos valores espirituales y cristianos, nos damos cuenta de que nuestras iglesias se nos vacían cada vez más y no se renuevan nuestras comunidades con gente joven y entregada, nos contentamos con una vida religiosa ramplona y fría que tampoco atrae a los demás porque además nos falta verdadero espíritu misionero.

‘Por sus frutos los conoceréis’, nos dice hoy Jesús. ¿Nuestro árbol estará dañado que ya no produce frutos? ¿Dónde está nuestra espiritualidad cristiana madura y comprometida? Aunque somos adultos en la vida porque los años han pasado por nosotros, ¿seguiremos teniendo todavía una religiosidad y un sentido cristiano de la vida demasiado infantil? Me preocupa tremendamente qué es lo que estamos haciendo como cristianos y como Iglesia. Habrá mucho que abonar para revitalizar, pero también mucho que podar para quitar todo lo que sigue siendo muerte.

Cuidemos el árbol, si queremos dar frutos.

domingo, 16 de enero de 2022

Si creemos en la Palabra de Jesús esa agua de los valores de los que llenamos las tinajas de nuestra vida se va a convertir en vino nuevo que dé sentido nuevo a lo que hacemos

 


Si creemos en la Palabra de Jesús esa agua de los valores de los que llenamos las tinajas de nuestra vida se va a convertir en vino nuevo que dé sentido nuevo a lo que hacemos

Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esto le falta algo, decimos cuando probamos una comida que no está bien sazonada, a la que le falta sabor, a la que le falta sal; pero lo decimos también muchas veces en la vida en muchas cosas que parece que no terminan de funcionar, que le falta algo, que le falta vida; una organización que languidece, que no avanza, que parece que se muere porque quizás sus dirigentes son indolentes o no tienen ideas nuevas para hacerla resurgir; un proyecto al que no le vemos claramente sus motivaciones y no termina de salir adelante, porque como decimos le falta algo; una fiesta que no termina de animarse y aunque suene la música no hay nadie que arrastre, que le dé entusiasmo, que le dé alegría; una boda a la que le falta el vino y la gente pone cara de poca alegría, de poco sentido de fiesta porque parece que no hay nada que la ponga a tono.

¿Faltan ideas o faltan impulsos que nos lleven a algo nuevo? ¿Falta vitalidad en nuestro interior porque quizá haya vacío y frío espiritual dentro de nosotros? ¿Falta hondura en la vida porque nos quedamos en la comodidad de lo superficial o rehusamos lo que signifique el más mínimo esfuerzo? Cuántos vacíos nos podemos encontrar en la vida, en lo que hacemos, o lo que es la vida de nuestra sociedad, lo que es la vida de nuestras comunidades porque falta ese algo que dé un sentido nuevo, dé una alegría nueva, o abra caminos nuevos delante de nosotros que en verdad nos lleven a alguna parte que merezca la pena.

Y fijándonos en cosas de la vida a las que les falta algo – cuantas cosas más podríamos mencionar entre ellas la vida de nuestras comunidades – hemos llegado al signo que se nos ofrece en el evangelio de hoy. Una boda en Caná de Galilea, un pueblo bastante cercano a Nazaret, en la que Jesús y María están entre sus invitados. Aunque en otro momento del evangelio aparece la rivalidad de pueblos vecinos, normal sería que entre uno y otro pueblo hubiera parientes o amistades familiares. Ahí está la boda que va transcurriendo según los rituales normales de ese tipo de fiestas, pero en un momento determinado es la madre de Jesús la que se da cuenta de que algo falta, no hay vino. Es el comentario que hace a Jesús. ¿Cómo podría continuar la fiesta y cómo iba a quedar de mal el novio por la falta de previsiones?

Ya escuchamos el diálogo entre madre e hijo que con mirada superficial nos podría resultar incomprensible en que Jesús parece desentenderse. Pero los ojos de una mujer, los ojos de una madre no pueden cerrarse ante aquella situación e insiste en buscar solución que ella sabe que solo puede estar en Jesús. Cuántas veces ante los problemas nos quedamos paralizados, sin solución y no sabemos a quién acudir, donde encontrar la respuesta a nuestra inquietud. María nos está dando una lección. Solamente sugerirá a los sirvientes que hagan lo que diga Jesús. ¿No será lo que tantas veces allá en lo hondo del corazón nos está sugiriendo a nosotros, aunque no lo queramos ver?

Muchos vacíos van apareciendo en el relato, como vacíos nos encontramos tantas veces en la vida. Falta agua, falta vino, falta calor interior, faltan espíritus creadores, falta fuerza interior. Hasta las tinajas de agua de las purificaciones están vacías, hay que llenarlas. Y es lo que Jesús les pide – ‘llenad esas tinajas de agua’, les dice -, pero para que luego desde esas tinajas puedan sacar un vino nuevo. Es Jesús el que da el cauce para que esas tinajas se llenen y puedan ofrecer ese vino nuevo. Será en Jesús donde podemos encontrar ese vino nuevo, esa fuerza interior, ese espíritu grande que nos pueda impulsar a cosas grandes.

No serán necesarias grandes cosas porque Jesús lo único que está pidiendo es que se llenen de agua aquellas tinajas. Pero una cosa es necesaria, que creamos en la palabra de Jesús y desde esas pequeñas cosas a las que ahora les vamos a dar una importancia especial podrá surgir un vino nuevo, podrá surgir algo que nos va a dar hondura a la vida, que nos va a llenar de sentido o que va a poner una nueva alegría en el corazón. Será quizá desarrollar esos valores y esas cualidades que cada uno tenemos; será comenzar a creer incluso en nosotros mismos que aunque nos parezca que somos pequeños y hasta en ocasiones nos consideramos inservibles, sin embargo con eso que somos podemos hacer maravillas. Cada uno tenemos unos valores y tenemos una función en la vida, en el lugar que nos corresponda.

Mantengamos ahí nuestra fidelidad, desarrollemos ahí eso que somos capaces de hacer desde esas cualidades que tengamos, aunque nos parezcan insignificantes. Algo tan sencillo como el agua se convirtió en el mejor de los vinos que puso alegría en aquella fiesta de bodas. Con algo tan sencillo como tú eres o como tú tienes podemos poner esa alegría nueva en la fiesta de la vida, podemos hacer que haya un nuevo sabor allí donde estamos, allí con la gente de la que nos rodeamos, allí en la comunidad donde vivimos. Así nuestro mundo podrá tener un nuevo sabor.

Pongamos a Cristo en medio de todo esto – haciendo lo que El nos diga – y podremos darle ese vino nuevo a nuestro mundo, podemos darle ese sabor nuevo a nuestra vida, podremos hacer que nuestra sociedad tenga nueva vida, que nuestras comunidades vivan la intensidad de su comunión.

jueves, 6 de enero de 2022

Dejémonos sorprender por las señales de Dios que nos conducirán al Belén en que hoy nos encontraremos a Jesús pero también lo hagamos presente a nuestro mundo

 


Dejémonos sorprender por las señales de Dios que nos conducirán al Belén en que hoy nos encontraremos a Jesús pero también lo hagamos presente a nuestro mundo

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6;  Mateo 2, 1-12

En esta noche de Reyes, como solemos celebrarla de manera especial en países europeos, hemos podido ver los rostros de los niños embelesados y sorprendidos ante el paso de la cabalgata de los Reyes Magos. Son características de nuestras costumbres y ya fue muy traumático para muchos el pasado año cuando no se pudieron celebrar de ninguna manera esas cabalgatas, aunque este año con muchas limitaciones sin embargo se han podido realizar.

No por repetida ha dejado de tener su encanto, aunque mucho se nos quede esta fiesta en lo anecdótico, lo costumbrista y peor aún en la absorción que el consumismo hace de nuestras vidas. Sin embargo hay algo hermoso en esas caras de sorpresa de nuestros niños, y ojalá ya los mayores también nos dejáramos sorprender por cosas maravillosas que pueden acaecer en nuestras vidas. Necesitamos de alguna manera no acostumbrarnos demasiado a las cosas y sobre todo ser capaces de dejarnos sorprender porque nos puede ayudar a encontrar cosas nuevas y maravillosas.

Me atrevería a decir que el evangelio que en esta fiesta de la Epifanía se nos proclama es el evangelio de las sorpresas. ¿Cuándo no el evangelio no ha de ser siempre una sorpresa de buena noticia para nosotros? Sorprendidos quedaron aquellos Magos de Oriente al ver aparecer una nueva estrella en el cielo y preguntándose por su significado se pusieron en camino. Sorprendidos quedaron los habitantes de Jerusalén ante la caravana que llega a la ciudad con unos seres extraños que preguntan por un recién nacido rey, del que no tenían conocimiento. Sorpresa fue para el rey Herodes que le hablaran de un recién nacido rey de los judíos que podría poner en peligro su trono. Sorprendidos estaban los sacerdotes y maestros de la ley cuando se ven preguntados por lo que podían haber dicho los profetas de un acontecimiento de este calibre. Finalmente de nuevo sorprendidos los magos, porque ante las indicaciones que les daban, vieron de nuevo aparecer la estrella que les condujera hasta Belén y hasta ese niño recién nacido.

¿Qué había detrás de todo este misterio de Dios que a través de estas imágenes trata de describírsenos? ¿Qué hay en todo esto que pudiera significar una sorpresa de fe para nosotros hoy? Hoy parece que quisiéramos tener todo atado y bien atado, porque todo lo tengamos previsto, porque para todo encontremos respuestas o soluciones a interrogantes o planteamientos que se nos pudieran hacer, porque incluso llegamos a acostumbrarnos a los vaivenes de la vida que parece que nada nos sorprende o todo  nos puede parecer tan natural.

Se me ocurre pensar que al final nos hacemos una vida aburrida, una vida que puede ser una rutina donde se van repitiendo las mismas cosas, una vida que nos llena de cansancios porque en lo que parece ser siempre la repetición de lo mismo es como si perdiéramos la ilusión; me atrevo a decir que una vida así parece que le falta vida, sí, una cierta vitalidad. Malo es que entremos en un ritmo de vida así. Nos faltarían alicientes que nos dieran empuje a la vida.

Malo es para nuestro camino de fe el que no seamos capaces de dejarnos sorprender por ese misterio de Dios que llega a nosotros. Y algunas veces podemos entrar en esas rutinas en nuestra vida religiosa y vayamos cayéndonos por esas peligrosas pendientes de cansancios y desganas. Tenemos que despertarnos para saber descubrir signos y señales.

Aquellos magos de los que nos habla el evangelio no se quedaron adormecidos contemplando las estrellas, sino que fueron capaces de descubrir algo nuevo que les hablaba desde los cielos. Y se pusieron en camino. Y ese recorrido que les vemos hacer en el relato del evangelio es para nosotros todo un signo. En la búsqueda de significados no se aburrieron ni cansaron, aunque muchas veces volvieran las oscuridades a vida en las mismas dificultades que encontraban. Encontraron camino y se encontraron finalmente con aquel a quien buscaban.

Busquemos esas estrellas, busquemos esos signos, abramos los ojos para contemplar cuanto sucede a nuestro lado, en cualquiera de esas cosas puede Dios habernos dejado una señal; tenemos que saber leer e interpretar, encontrar un sentido a esas señales y confrontar con todo aquello que esté a nuestro alcance. Las Escrituras antiguas fueron las primeras comprobaciones que hicieron aquellos magos, y serán las Escrituras sagradas de los profetas los que en Jerusalén les trazarán el camino.

Vayamos leyendo el camino de la vida de cada día con la Biblia en nuestra mano, con la Palabra de Dios presente en nuestro corazón; llegaremos en verdad a escuchar la voz de Dios para encontrar esa luz que guíe ciertamente nuestra vida. No temamos emprender nuevos caminos, según las señales que nos vayan apareciendo, porque así descubrimos nuestra vocación, descubrimos la tarea que tendremos que realizar en nuestro mundo. Seguro que superaremos nuestras rutinas y cansancios, seguro que encontraremos nueva vitalidad para nuestra fe, seguro que nos sentiremos impulsados a llenar también de nueva vida el mundo que nos rodea con nuestro compromiso.

La estrella condujo a los Magos hasta Belén para encontrarse con el que era la Luz del mundo; ¿dónde está el Belén hoy que nos haga encontrarnos con Jesús? Seamos capaces de ver los signos y señales que Dios va poniendo a nuestro paso porque cada uno tenemos nuestro camino de Belén, cada uno tenemos un lugar donde hacer presente a Jesús con nuestra vida. Dejémonos sorprender por las señales de Dios.

lunes, 18 de octubre de 2021

Ponernos en camino dispuestos a compartir y ser testigos, siempre hay una palabra que decir, un mensaje que transmitir, un testimonio que dar, un amor que contagiar

 


Ponernos en camino dispuestos a compartir y ser testigos, siempre hay una palabra que decir, un mensaje que transmitir, un testimonio que dar, un amor que contagiar

2Timoteo 4, 10-17b; Sal 144; Lucas 10,1-9

Ponerse en camino, es la situación del hombre, de la persona que vive, que quiere vivir. Cuántas veces decimos cuando nos vemos obligados a quedarnos en casa, a quedarnos en el mismo sitio sin movernos que esto no es vida. Algo así nos sentíamos cuando tuvimos estar con un confinamiento obligatorio por cierto tiempo en la pasada pandemia que nos ha afectado. Necesitamos movernos, estar en camino. Es señal del vivir.

Aunque cuando estamos haciendo referencia a esto de ponernos en camino no es solamente el movimiento físico del trasladarnos de un lugar a otro, sino que es toda esa actividad que mantenemos como persona, que nos comunicamos, que entramos en relación, que transmitimos algo de nuestro yo a los demás. Medios tenemos para poder realizarlo, para poder estar en camino, para darle un sentido y una intensidad a nuestro vivir. No nos quedamos encerrados en un círculo, sino que queremos salir, abrirnos a los demás, entrar en comunicación y en comunión con los otros. Es la riqueza de la vida misma, porque al darnos nos enriquecemos por dentro, pero es que también estamos abiertos a cuanto podamos recibir de los demás.

En camino están los padres que no solo han engendrado a unos hijos, sino que por ellos se dan, para ellos buscan lo mejor, a ellos les están transmitiendo lo más hondo de sus vidas, para que a su vez ellos crezcan y también se pongan en camino en ese darse por los demás. Y es la tarea que realizan los profesores y educadores, es la tarea que realizamos en cualquiera que sea nuestra profesión si en verdad queremos darle intensidad a la vida.

Cuando uno se siente enriquecido así no se encierra de forma egoísta en sí mismo – aunque nos podamos encontrar a muchos que entiendan la vida de ese modo – sino que de ese riqueza que recibe, de la que se llena se desborda para darse a los demás, para hacer llegar esa riqueza de la vida a los otros.

Cuánto no podemos decir en este sentido de la vida de fe. Ese don que recibimos del Señor cuando descubrimos su amor y como se refleja en nuestra vida y como nos inundamos con ese amor se tiene que convertir en ese bien que en sí mismo se difunde, se transmite, se lleva a los demás. Es lo que Jesús les quiere hacer comprender a los discípulos que tanto tiempo llevan con El inundándose de los valores y del amor que Jesús les transmite, que ahora tienen que ponerse en camino, tienen que llevar ese don a los demás, tienen que transmitir esa buena nueva que ellos han encontrado en Jesús y que tendrá que ser buena noticia para todos. Es el envío que hoy vemos que Jesús hace de sus discípulos.

Un mensaje y una buena noticia que no siempre será fácil transmitir, porque no todos están dispuestos a escucharla. Ya les previene Jesús aunque les hace ir con humildad y no queriéndose apoyar en medios humanos sino conscientes de que su fuerza está en el Señor. Es nuestra tarea, la tarea que tenemos ante nuestro mundo, una buena noticia que transmitir, algo que llevamos en nosotros y que tenemos que contagiar.

Tenemos que ponernos en camino, tenemos que ir al encuentro con los demás con esa buena nueva del Evangelio, de que Dios nos ama; tenemos que quitar nuestros miedos y dejar a un lado nuestras cobardías para ponernos en camino, con la confianza puesta en el Señor. Cuántas semillas podemos sembrar ahí en medio de los nuestros, nuestra familia, nuestros amigos, los vecinos con los que convivimos, en nuestro lugar de trabajo, donde estamos haciendo nuestra vida.

Tenemos que estar siempre en camino, dispuestos a compartir, dispuestos a dar testimonio, dispuestos a ser testigos. Siempre hay una palabra que decir, un mensaje que transmitir, un testimonio que dar, un amor que contagiar. Es que ahí donde vamos a manifestar toda la vitalidad de nuestra fe.


domingo, 25 de julio de 2021

La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

 


La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

Hechos 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28

Celebrar la fiesta del Apóstol Santiago es fruto de una hermosa tradición pero que ha de hacernos ahondar en las profundas raíces de nuestra fe para seguir proclamando el testimonio de la misma en el mundo en el que vivimos.

Es una antigua tradición arraigada en nuestros corazones con el paso de los siglos y que sitúa el sepulcro del apóstol en nuestra tierra, en Compostela. Pero una tradición que había situado anteriormente al apóstol predicando el evangelio de Jesús en nuestras tierras españolas con lo cual nuestra fe se hace verdaderamente apostólica en cuanto el mensaje del evangelio lo recibimos en nuestra tierra de la boca y testimonio de uno de los apóstoles.

Cortos fueron los años que trascurrieron desde el mandato de Jesús en su Ascensión al cielo de ir por el mundo anunciando el evangelio y el hecho de la muerte de Santiago, como hoy mismo nos ha relatado el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero fueron suficientes para que el apóstol llegara hasta lo que entonces era el Finisterre, el fin de la tierra conocida. No nos ha de extrañar cuando al apóstol Pablo también en pocos años le vemos recorrer repetidas veces el Mediterráneo de un lado para otro anunciando también el evangelio de Jesús.

Aunque la tradición nos habla de esa predicación y presencia del apóstol en nuestra tierra, nuestra fe es mucho más que una tradición que pretendemos salvaguardar. Justo es sin embargo que recordemos las raíces cristianas que tiene nuestra cultura y que manifiesta una razón y una manera de ser de los hombres y mujeres de nuestra tierra impregnada del sabor del evangelio y del sentido cristiano de nuestra vida.

No se llegaría tampoco a comprender plenamente nuestra historia y todas las manifestaciones de nuestra cultura y el patrimonio cultural de nuestra tierra sin ese sabor y sentido cristiano. Algunos pretenderán destruirlo o cambiarle su sentido, pero es algo que no podemos permitir y esos signos de nuestra fe han de permanecer como testimonio de la fe y de la vida de nuestros antepasados que en el evangelio encontraron el sentido de sus vidas.

Es lo que de nuevo tenemos que hacer reverdecer en nuestras vidas. Muchas veces se ha diluido o apagado el brillo y el color de nuestra fe influenciada por muchas cosas. Pero es algo que tenemos que restaurar con viveza para darle de nuevo a nuestras vidas el brillo de nuestra fe en Jesús. Por eso una celebración como la que en este día hacemos del Apóstol que predicó el evangelio en nuestras tierras tiene que ser un despertar esa fe que muchas veces parece dormida.

Que de nuevo nos impregnemos del brillo del evangelio dejándonos transformar por él. Que de ninguna manera nos acobardemos ante las corrientes adversas que nos podamos encontrar; que no se nos quede en unas bonitas tradiciones que hayan perdido su vitalidad porque además sabemos muy bien que hay muchos que quisieran tergiversar ese espíritu religioso de nuestras vidas y ese sentido cristiano que nos da el evangelio.

Como nos decía el Apóstol en la carta a los Corintios que hemos escuchado, ‘atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo’.

Es como tenemos que sentirnos firmes y valientes en nuestra fe. Nada nos puede acobardar; ni aplastados, ni desesperados, ni abandonados sino siempre gozosos por el gran tesoro que portamos. Es un tesoro que no tiene precio; cuando hemos encontrado la fe en nuestra vida todo se transforma, todo se hace distinto, todo se llena de luz. Sabemos, como nos decía el apóstol, que somos como vasijas de barro, por nuestra debilidad, pero la fortaleza la tenemos en el Señor.

Esa cruz tan presente en los caminos de España, tan presente en ese camino de Santiago que conduce a la tumba del Apóstol, no es un adorno más o menos artístico, sino que nos está recordando donde tenemos la fortaleza de nuestra fe. La cruz no es signo de derrota sino de victoria. Nuestro camino se hace muchas veces calvario, pero nuestro camino es un camino de felicidad porque es un camino de amor.

Es lo que le recordó Jesús a Santiago y Juan cuando le estaban pidiendo primeros puestos en su reino. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Los apóstoles estaban decididos aunque en principio por sus ambiciones no fueran capaces de captar todo su sentido. Pero Jesús les recuerda que su grandeza está en el amor, en el servicio que nunca será una esclavitud, sino que siempre será una ofrenda de amor. Y el amor siempre llena de alegría el corazón; por eso decíamos  que es un camino de felicidad el que nos propone Jesús.

Es el gozo y el orgullo más hermoso con el que hemos de vivir y proclamar nuestra fe. Ahondemos, pues, en las raíces de nuestra fe y que nuestro valiente testimonio esté lleno de alegría.

 

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

lunes, 1 de julio de 2019

En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El aunque seguirle tiene sus exigencias


En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El aunque seguirle tiene sus exigencias

Génesis 18,16-33; Sal 102; Mateo 8,18-22
Signos de vitalidad se dan en una comunidad cuando vemos que la gente anda inquieta, no está siempre satisfecha con lo que tiene o con lo que hace, siempre está en movimiento buscando como hacer mejor las cosas y así surgen iniciativas que se ponen en común y se ofertan para ver qué más o mejor podemos hacer, y así vemos personas que se sienten llamadas de lo más hondo de si mismas y ofrecen sus cosas o se ofrecen ellas mismas, para ver en que se puede participar, como pueden hacer crecer más y mas la comunidad.
Mientras podemos contemplar pueblos amorfos, donde nadie se mueve para tener una iniciativa, todos están como a la expectativa a ver que hacen los otros, pero no surgen esas personas con valores que cuiden de dar vida a esa comunidad; pueblos amorfos, que pareciera que están dormidos o que ya no tuvieran vida porque lo que hacen es como dejarse arrastrar por la monotonía y la rutina. No hay vida, parece que todo está muerto, todos viven en esa dejadez.
Ejemplo palpable de esto lo podemos ver en tantas comunidades, en que nadie se compromete, donde no surgen esos nuevos lideres que conduzcan por nuevos derroteros a la comunidad, donde no vemos florecer esas personas con inquietud que sean capaces de movilizar a los demás. Comunidades muertas, en su desgana, en su rutina, en su conservadurismo, que languidecen poco a poco.
En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El. En el evangelio de hoy tenemos dos ejemplos claros. Uno se ofrece estando dispuesto a todo y el otro escucha la invitación del Maestro. Pero este tiene sus cosas pendientes; le queda mucho de muerte en su alma; hay apegos en su corazón. Lo que se nos dice en el evangelio de que tenia que ir a enterrar a su padre es algo muy sintomático. Apegos del corazón, ataduras de las que no sabemos desandarnos, signos de muerte que muchas veces permanecen entre los pliegues de nuestro corazón, aunque tengamos buena voluntad y buenos deseos. Es como una rémora que nos frena, que nos impide ir más allá, no vemos otros horizontes sino que seguimos siempre en lo mismo. Cuantas cosas nos retrata ese pequeño detalle de tener que ir a enterrar a sus muertos.
El primero en su generosidad explosiva se ofrece para todo. ¿Hasta donde estará dispuesto a llegar? Si yo tuviera tiempo, decimos tantas veces, y hacemos hasta una lista de todas las cosas que haríamos, pero al final nos quedamos en nada, porque en nosotros sigue pesando que no tenemos tiempo.
Digo esto como ejemplo, de otros sueños, otras aspiraciones que podamos tener pero que sea algo fácil, que sea algo que yo pueda hacer, que no me quite mi tiempo de lo que ya son mis ocupaciones, que sea aquí cerca, y no tenga que ir por otros sitios desconocidos, y así pensamos en tantas cosas cuando queremos aparecer como muy generosos y siempre dispuestos, pero que cuando vemos la dificultad ya no nos ofrecemos tan alegremente. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nido…’ bueno que yo tenga unas mínimas cosas para poder realizar mi tarea y quizá lo que estamos es buscando facilidades para que no se nos complique mucho la vida.
‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. ¿No recordamos que allá en Belén no había ni sitio en la posada para tener una cuna para su nacimiento? Cuando nos ponemos a seguir a Jesús no podemos estar pensando en esas cosas técnicas, o en esas cosas que nos faciliten nuestra tarea, para entonces verlo fácil eso de seguir a Jesús.  Muchas veces o miramos para atrás cuando ponemos la mano en el arado o estamos pidiendo que se nos pongan a disposición unos medios para yo poder comprometerme en esa tarea de la evangelización.
Y no es ese el estilo de Jesús. Pensemos en cuantos medios queremos tener a nuestra disposición, porque de lo contrario no sabríamos qué hacer en las tareas pastorales. No digo que no los utilicemos, sino que no los convirtamos poco menos en cosas absolutamente necesarias, absolutos, para poder realizar la tarea de la evangelización.

viernes, 27 de julio de 2018

Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida



Tener la tierra preparada es tener deseos de algo mayor y mejor, de crecer en nuestra fe y de llenar de vitalidad la vida

Jer. 3, 14-17; Sal.: Jer. 31; Mateo, 13, 18-23
En ocasiones los niños nos parecen impertinentes con sus preguntas; una y otra vez nos están preguntando; ¿por qué? ¿por qué? Nos preguntan una y otra vez, todo lo quieren saber, nos preguntan por todo. Un buen padre que quiere ser en verdad educador de sus hijos trata siempre de responder, es más, trata incluso de fomentar ese interés y esa curiosidad, porque es el camino del aprender y del saber.
No solo es la ‘impertinencia’ de los niños, sino que nos encontramos con personas que siempre están indagando, preguntando, queriendo saber razones, no se conforman con el conocimiento que ya tengan de los hechos o de las cosas sino que quieren saber más; seguro estaréis pensando en una curiosidad malsana que puedan tener algunas personas que lo que preguntan y averiguan les da pie a sus cotilleos, comentarios, criticas, juicios… Pero, aparte de esto, creo que sí es necesario que tengamos cierta curiosidad en el alma, porque queremos saber, porque queremos aprender, porque queremos profundizar en las cosas y no nos contentamos con cualquier respuesta.
Es algo innato en nuestro ser y será lo que de verdad nos hará crecer en la vida, trazarnos metas altas en nuestras más nobles aspiraciones, y nos llevará a esa sabiduría de la vida que en verdad no lleva a la madurez y a una mayor plenitud de nuestra existencia. Personas que se contentan con todo, que no sueñan con algo mejor, que no luchan y se esfuerzan por crecer y madurar, que viven de una manera amorfa su vida, son como personas sin vida; les falta ilusión, les faltan deseos en su alma y se vuelven conformistas que es una forma en cierto modo de morir.
Es hermoso encontrarse personas mayores, que ya quizá por sus años no esperamos que quieran embarcarse en nuevas aventuras de la vida, pero que sin embargo son inquietos, quieren aprender de todo y buscar fuentes de conocimiento y de saber donde sea. Pesarán los años, el cuerpo puede ya encontrarse debilitado pero no les falta vitalidad hasta el último minuto y eso es vivir la vida con intensidad. Nos encontramos sin embargo personas que han llegado ya al tiempo de una jubilación de sus trabajos y las vemos envejecer como a la carrera, porque ya no son capaces de querer emprender algo nuevo, de darle vitalidad a su vida, de darle un sentido y un valor a su vida cuando aun pueden hacer mucho por los demás.
Perdónenme mis amigos que me leen que mi reflexión haya ido tomando estos derroteros. La comencé desde la idea que nos ofrece el evangelio hoy en que los discípulos le preguntan a Jesús por el sentido de las parábolas que ha pronunciado y quieren que se las explique. Ese deseo de saber, de entender más y mejor lo que Jesús les va hablando del Reino de Dios, me llevo a está reflexión de las preguntas que nos hacemos o necesitamos hacernos en la vida.
Y ahora me planteo si esa curiosidad, digámoslo así, ese deseo de saber más y entender claramente las cosas lo tenemos en todo lo que afecte a nuestra fe y a nuestra vida cristiana. Quizá en otros aspectos de la vida tenemos esa curiosidad y deseos de aprender de lo que antes hablábamos, pero en cuanto se refiere a nuestra fe o a nuestra vida cristiana quizás seguimos andando con nuestro conformismo y no entran dentro de nuestras preocupaciones y deseos.
Esa buena tierra preparada de la que nos habla hoy la parábola del sembrador y Jesús nos explica pasa precisamente por ese camino de búsqueda, de deseos de algo nuevo y mejor, de ese roturar nuestro corazón arrancando esas hierbas del conformismo para hacer esa semilla nueva que se echa en la tierra de nuestra vida pueda dar fruto. Hemos de tener deseos de saber más, de conocer mejor, de profundizar más hondamente en las cosas que atañen a nuestra fe que son al mismo tiempo en las cosas más profundas de nuestra vida.
Algunas veces parece que estamos más atentos e interesados en ideas o pensamientos de orden religioso o filosófico que nos puedan venir de acá o de allá y enseguida los presentamos como la panacea de todo lo mejor para nuestra vida, sin antes haber preocupado debidamente de conocer en verdad lo que es nuestra fe y el sentido de nuestra vida cristiana, dando por sentado que ya nos lo sabemos sin haber nunca profundizado en ello. Puede haber cosas buenas y bonitas en esas otras ideas que se nos presentan, pero ¿habremos descubierto de verdad lo bueno y bello que está en el fondo de nuestro sentido cristiano de la vida, de lo que el evangelio nos ofrece?

martes, 31 de octubre de 2017

Crecer y multiplicarnos es la señal de la vitalidad que hay en nosotros y esos tienen que ser los signos que den nuestras comunidades cristianas


Crecer y multiplicarnos es la señal de la vitalidad que hay en nosotros y esos tienen que ser los signos que den nuestras comunidades cristianas

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

La vida es un continuo crecimiento y renovación. Las células del organismo se multiplican y se renuevan y eso es señal de que hay vida; cuando las células no se renuevan es señal de que el organismo comienza a morir, se entra en un estado que podríamos llamar de vejez, de agotamiento que hace incapaz esa renovación y la vida va decayendo poco a poco. No sé si me aclaro lo suficiente, pero los biólogos o a quien corresponda esa parte de la ciencia, nos lo pueden explicar mejor pero en mi torpeza para expresarme creo que no estoy lejos de lo que es el vivir y ya no me quedo en lo que sea la vida corporal sino la vida en si misma.
Nos sucede en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, en lo que es el vivir de cada día de nuestro mundo. Vemos una comunidad que se queda estancada, que se queda siempre en lo mismo, en la que no aparece la savia nueva y joven de nuevos componentes, que va perdiendo iniciativas y es incapaz de renovarse, cualquiera puede augurarle que es una comunidad sin vida y que puede tener a desaparecer. Nos sucede en asociaciones, en clubes sociales, en organismos culturales, en equipos que se pueden crear en el mundo deportivo, en distintos ámbitos de la sociedad.
Es importante que sepamos darles vida, que sus miembros tengan nuevas ilusiones que hagan surgir nuevas iniciativas, que se sea capaz de atraer a nuevas personas a formar parte de esa comunidad o sociedad, que se vaya haciendo una renovación constante, que no significa cambiar lo que son las metas o los ideales con los que se formó, pero a lo que hay que dar siempre una nueva vitalidad. Algo tiene que haber en nuestro interior que nos impulse y nos llene de vitalidad, un espíritu renovador tenemos que sentir allá en lo más hondo.
Al hilo de esta reflexión que no venimos haciendo quizá tengamos que preguntarnos que hay o puede haber de todo esto en nuestras comunidades cristianas. Muchas veces los cristianos damos señales de esa falta de vitalidad que hace languidecer a nuestras comunidades cristianas, nuestras parroquias en concreto, nuestra iglesia. Nos avejentamos y no solo porque muchas veces quienes participan en la vida de la comunidad, sobre todo en las celebraciones somos cada vez más mayores, sino porque tenemos el peligro y la tentación de caer en un letargo que no nos motiva a una renovación y a un rejuvenecimiento de las parroquias, por ejemplo.
Jesús en el evangelio para hablarnos del Reino de Dios muchas veces emplea la imagen de la semilla. La semilla siempre será algo pequeño, insignificante en ocasiones, pero de la que al germinar surgirá una planta vigorosa que crece y crece hasta madurar y darnos fruto. Hoy Jesús en el evangelio nos habla de una semilla bien insignificante, la mostaza, pero que sin embargo, como nos dice Jesús, nos dará una planta, un arbusto que puede hacerse frondoso de manera que hasta puedan anidar las aves en él. No podemos menospreciar lo que nos parece pequeño, porque de ahí puede surgir una hermosa planta.
Así nos compara Jesús hoy al Reino de Dios. Seremos pequeños pero no nos podemos anular. Surge como una pequeña semilla pero hemos de saberle dar a la iglesia esa vitalidad de esa planta nueva capaz de acoger a todos, de multiplicarse y de extenderse. Esa planta que crece y llega a producir frutos, hará que de ella surjan nuevas semillas que multipliquen esas plantas que así vayan extendiéndose por doquier. ¿No hemos visto quizá como la semilla de una nueva especie se ha introducido en un lugar en donde no era endémica y pronto vemos como a su alrededor van surgiendo nuevas y nuevas plantas de esa especie que antes quizá era extraña en aquellos sitios?
Es la fuerza misionera que tendría que haber en el corazón de nuestras comunidades. No nos podemos contentar con ya nosotros tenemos esa fe y tratamos de vivirla de una forma o de otra. Si esa fe es vida en nosotros, nos llenará de esa vitalidad para propagarnos, para comunicarnos, para contagiar a los demás, para despertar en tantos otros esa misma fe que nosotros profesamos. ¿Nos multiplicamos y crecemos, ampliamos nuestro campo queriendo llegar a los demás? Es el signo de nuestra vitalidad. Es el signo de que en verdad queremos vivir de manera sincera el Reino de Dios.
Con la imagen de la otra parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, la levadura, pensemos cómo con lo que nosotros vivimos y queremos vivir intensamente queremos contagiar a nuestro mundo, queremos hacer fermentar ese mundo en los valores nuevos del Reino de Dios. No podemos ser comunidades muertas y sin vida.

martes, 4 de agosto de 2015

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Jesús siempre viene a nuestro encuentro, tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36
Jesús siempre viene a nuestro encuentro cualquiera que sea la situación en la que nos encontremos. Creo que es algo que no deberíamos olvidar. Sobre todo cuando nos sentimos solos o en los peores momentos de nuestra vida. Nos parece que no podemos, que no avanzamos, que no alcanzamos las metas propuestas, pues abramos bien los ojos de la fe y descubramos su presencia; no nos engañemos, no pensemos en fantasmas, como tampoco estemos buscando hechos especialmente milagrosos, porque llega el Señor cuando menos lo esperamos y de la manera quizá que menos pensamos.
Cuantos miedos nos atenazan en la vida que nos hacen perder el pie, perder la paz. Todo se nos vuelve oscuro porque los problemas pueden ser muchos y quizá duros, o porque nos habíamos trazados unos planes que quizá no eran verdaderamente los planes de Dios, sus designios divinos. Y se nos hace difícil ver, se nos hace difícil creer. Nos parece que nos hundimos.
Es lo que nos refleja el evangelio de hoy. Jesús los pone en camino; han de atravesar el lago para ir a la otra orilla; el trayecto se les está haciendo muy costoso, porque los vientos los tienen en contra y el mar, el lago parece que se va a embravecer. Van solos; o al menos eso es lo que ellos piensan. Porque cuando mas dura se les está haciendo la travesía, resulta que Jesús va a su lado, pero no lo saben ver.
Les parece que es Jesús pero les parece también un fantasma; quieren pruebas; Pedro quiere caminar también sobre las aguas como Jesús, pero sigue dudando y sigue teniendo miedo; con dudas y con miedos no se puede tener seguridad, y comenzó a hundirse. Pero allí está Jesús que tiene su mano.
Cuando Jesús está a nuestro lado siempre nos está tendiendo la mano para que tengamos seguridad; siempre nos está poniendo el camino porque no nos podemos quedar siempre en la misma orilla; con Jesús aparecerán iniciativas nuevas, nuevos impulsos, nos sentiremos siempre estimulados a lo mejor porque no nos podemos quedar en mediocridades, siempre tenemos que tender a más.
‘No tengáis miedo’, les dice Jesús. Y cuando tienen la seguridad de que Jesús está con ellos vuelve la calma; con la seguridad de que Jesús está con nosotros no nos faltará la paz aunque tengamos los vientos en contra, aunque nos sea dificultoso el camino o algunas veces no tengamos por donde salir.
Es la firmeza de nuestra fe. Es la confianza que el Señor despierta en nosotros. Son los nuevos impulsos que sentimos movidos por su Espíritu. Son las nuevas tareas que somos capaces de emprender. Son esas iniciativas que nos sugiere el Espíritu en la tarea de la nueva evangelización. Con Jesús no nos hundimos. Tenemos seguridad. Abramos bien los ojos de nuestra fe para vivir a Jesús que nos sale al encuentro en todo momento, en toda circunstancia, en toda ocasión. Jesús siempre tiene una palabra de ánimo para nosotros y nos llena de una nueva vitalidad.