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domingo, 19 de julio de 2026

La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

 


La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Vivimos en unos tiempos que aunque llamamos de libertad y nos sentimos tan satisfechos con los logros que decimos que hemos conseguido y se nos llena la boca con la palabra democracia, sin embargo en todos los lados y no podemos pensar solo en un sentido se radicalizan las posturas fundamentalistas que llevan consigo la condena, la estigmatización y los rechazos de quienes no piensen o hagan las cosas como nosotros. Las condenas son inexorables, el querer arrancar de la vida comunitaria por ejemplo a quienes han hecho daño o se han portado injustamente están a la orden del día. Nos volvemos intransigentes con el mal que podamos ver alrededor, y no significa que tengamos que consentir el mal o la injusticia, pero detrás de eso están unas personas que pueden rectificar sus vidas, pero es que nos hacemos muy radicales en posturas y condenas. Entre muchas cosas pienso en lo que está sucediendo en nuestra vida social y política, pero en todas las tendencias o ideología donde prevalece la intransigencia y la condena con tanta facilidad, pero nunca vemos la viga que podamos llevar en nuestro propio ojo.

Mirando lo que contemplamos a nuestro alrededor, pero mirándonos a nosotros mismos que también fácilmente caemos en esas tendencias escuchamos la Palabra de Dios que nos ilumina; no podemos leer o escuchar el evangelio simplemente como si sacáramos una reliquia de otro tiempo sino con una lectura creyente de nuestra vida y de la vida que vivimos. Las parábolas como toda la Palabra de Dios no tienen una fecha de caducidad y de destino, como si fueran para otros tiempos, para otras personas, o para otras situaciones que no tengan que ver con el hoy de nuestra vida. Es Palabra para mi y para ti en el hoy de nuestra vida.

La parábola nos habla de una buena semilla sembrada en un campo, pero también de otra semilla mala que el enemigo ha sembrado para dañar nuestra cosecha. Aparece el trigo pero aparece también la cizaña. Nuestra vida, nuestro mundo, con su trigo y con su cizaña, con la semilla del bien, de lo bueno y de lo justo con lo queremos hacer un mundo mejor; pero al mismo tiempo con la semilla del mal que rebrota y florece por todas partes.

Y es aquí donde nos llega el mensaje de la parábola. Los servidores de aquel dueño de la finca le anuncian lo que está sucediendo y se ofrecen a ir a arrancar aquellos malos brotes. No se puede perder tiempo, piensan ellos. Pero el dueño les dirá que no, que hay que tener paciencia, que ahora no queda más remedio que dejar que crezcan juntos, que ya llegará el tiempo en que se haga justicia y se separen los malos frutos de los buenos. El mal nos rodea, es cierto, y nos gustaría arrancarlo de raíz; y vienen nuestras impaciencias y nuestras radicalismos, vienen nuestras condenas y nuestros descartes. Pero como nos está enseñando la parábola tenemos que aprender a seguir los ritmos de Dios.

Comencemos por pensar en nosotros mismos y aprender de nuestra propia vida; no somos santos porque todos cometemos errores, porque también nosotros nos hemos dejado arrastrar por el mal en tantas ocasiones, recordemos nuestra vida de pecado, recordemos la pobreza de nuestro amor, recordemos nuestros egoísmos insolidarios en tantas ocasiones en que quizás hemos mirado para otro lado para no prestar una ayuda o tener una atención con alguien, y cada uno puede pensar en mil cosas mas en la situación de su propia vida, pero Dios siempre ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces le hemos pedido perdón y confesado nuestro pecado y El nos ha regalado la gracia de su perdón; pero cuantas veces hemos reincidido pero Dios nos ha perdido la paciencia con nosotros.

Es la paciencia de la misericordia de Dios que siempre está esperando la vuelta del hijo pródigo y nos sale al encuentro de tantas maneras para movernos con su gracia a la vuelta a la casa del Padre. Con nosotros y con todos sin diferencia ni distinción. ¿No tendríamos nosotros que aprender para desprendernos de esos radicalismos e intransigencias con que nosotros actuamos tantas veces con los demás?

De eso tenemos que ser signo ante el mundo que nos rodea que precisamente no brilla por esas buenas actitudes. Se nos llena la boca con la palabra justicia para aplicarla de forma irremediable con lo que hacen los demás, pero cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos parece que una niebla nos envuelve para no tener que reconocerlo. Hay algo muy hermoso que nos ha traído hoy el libro de la sabiduría, unas sentencias que tendríamos que aprender a ponerlas como lema y pauta de nuestro actuar. ‘Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores’.

La grandeza de la persona está precisamente en saber ser indulgente con todos porque siempre ha de brillar nuestra humanidad. Las intransigencias no tienen nada de humano porque nos convierten en lobos feroces y ciegos.

martes, 1 de agosto de 2023

Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

 


Siempre hay un momento para comenzar de nuevo, seamos capaces de ofrecer siempre el regalo de la comprensión que la paciencia de Dios es infinita como lo es su misericordia

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43

Un gran dilema que se nos presenta, queremos ser buena semilla, queremos lo bueno y queremos trabajar por lo bueno, pero continuamente nos aparecen las sombras del mal por todas partes de manera que parece que se ahoga el bien que queremos hacer, se ahogan las plantas de buena semilla que queremos plantar.

Yo diría que sentimos rebeldía interior. ¿Por qué nos preguntamos? Y, reconozcámoslo, sentimos muchas tentaciones en nuestro interior; lo que sucede es que si nos dejamos arrastrar por esas tentaciones somos nosotros los que nos convertimos en mala semilla, en cizaña dañina. Cuantas veces en esa rebeldía tenemos el peligro de llenarnos de violencias y de odios, querríamos quitar de en medio a todos aquellos que vemos que son injustos y hacen el mal, o al menos eso es lo que nos parece que hacen porque no nos gusta.

Claro que tenemos que andar con cuidado con nuestras apreciaciones y juicios, porque el hecho de que no nos guste una cosa, o se haga de diferente manera a como nosotros la hagamos no significa que esté llena de perversidad, de maldad; la maldad podría estar entonces en nuestro corazón, en nuestros juicios y prejuicios y en nuestras condenas, en esa violencia que surge en nuestro interior, en esos sentimientos de animadversión que van apareciendo en nuestro interior.

La parábola que hoy Jesús mismo nos comenta en el evangelio ante la pregunta de los discípulos, nos hablaba de la buena semilla plantada en aquel campo, pero en la noche el enemigo vino y plantó cizaña en medio. Al ir brotando aquella nueva cosecha aparecen la cizaña en medio del trigo, con el peligro que se malogre la cosecha. Con buena voluntad, como nosotros tantas veces cuando queremos arrancar de la vida a los que hacen el mal, los jornaleros de aquel buen hombre le piden permiso para ir a arrancar aquella semilla mala que se ha plantado en el campo. Pero el dueño de la mies no lo permite, quiere dejar que crezcan juntas, que solo será a la hora de la cosecha cuando se haga la separación de los frutos. Podrían arrancar lo bueno también con lo malo, porque es difícil distinguir.

Ya hemos escuchado la explicación de la parábola que nos hace Jesús. La parábola es un ejemplo, que no es la realidad misma de lo que son las personas. Y aquí está el designio de Dios, su misericordia. La planta no podrá cambiar pero la persona si puede cambiar. Es la esperanza de Dios, sí, Dios está esperando siempre ese cambio de nuestro corazón, Dios nos está dando siempre una nueva oportunidad; lo que predomina en el corazón de Dios es el amor y es la misericordia. Esperó al hijo que se había marchado de casa y no lo condenó porque había gastado de mala manera toda su fortuna, pero salió a buscar al otro hermano que había llenado de envidia y rencor su corazón y no quería entrar al banquete que el padre había preparado por la vuelta del hijo perdido.

Siempre puede llegar a nuestra vida ese momento de reflexión, ese momento de dar la vuelta para comenzar una vida nueva. Quizás somos inconstantes en nuestros propósitos y caemos una y mil veces, pero una y mil veces tenemos la oportunidad de levantarnos. Todos somos pecadores, pero todos estamos llamados a ser santos; si con nuestro primer pecado hubiéramos recibido el castigo divino, ¿qué sería de nosotros? La paciencia de Dios no se acaba porque su misericordia es eterna.

¿Por qué nosotros tenemos que ser tan intransigentes con el pecado o el error de los demás si nosotros estamos siempre esperando que nos den una nueva oportunidad?  Nuevas actitudes tenemos que comenzar a tener con los demás llenando de comprensión y misericordia nuestro corazón.

domingo, 23 de julio de 2023

Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros porque nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza

 


Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros porque nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza

 Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

También nos volvemos nosotros exigentes y radicales muchas veces en la vida como el que quería arrancar la cizaña. ¿Qué nos sucede cuando nos llevan la contraria? ¿Cuál es la actitud y la postura que muchas veces mantenemos dentro de nosotros cuando vemos a alguien que está haciendo algo que nosotros no nos parece lo correcto y desde nuestra manera de ver las cosas pensamos que está haciendo daño a la sociedad, por ejemplo? ¿Cómo reaccionamos contra los que consideramos injustos, que hacen daño a los demás, que quisiéramos quitarlos de un plumazo de la sociedad en la que estamos? Con nuestras ideas, con nuestro pensamiento de rectitud, al menos creemos que nosotros andamos en lo cierto y en lo justo, queremos arrancar la semilla de la cizaña, queremos quitarlos de en medio.

¿Alguna vez nos miramos a nosotros mismos? Si con sinceridad lo hacemos nos damos cuenta de los errores que cometemos, de las cosas que hacemos mal, y para nosotros pedimos comprensión y paciencia que yo cambiaré, nos decimos, paciencia y comprensión que no tenemos nunca con los demás. Si el actuar de Dios fuera como nosotros pensamos en esta línea que estamos reflexionando, ya nos hubiera quitado a nosotros de un plumazo, pero ¡cuánta paciencia ha tenido Dios con nosotros para esperar, para perdonarnos una y otra vez esperando que demos el cambio! Si hubiera arrancado la mala cizaña, ¿dónde estaríamos nosotros ahora?

Es lo que nos está proponiendo Jesús hoy en el evangelio con la parábola que nos ofrece. Un hombre sembró buena semilla en su campo, pero vino el enemigo que no lo quería y mientras dormía en el mismo campo, en medio de aquella buena semilla, sembró cizaña. Nacerían a un tiempo, el parecido de las plantas en su crecimiento es mucho, aunque se pueden bien distinguir, pero cuando los criados le hablan de arrancar la cizaña, les dice que hay que esperar hasta el tiempo de la ciega; ahora podríamos arrancar las plantas buenas junto con las malas, en la hora de la cosecha ya se podrá diferenciar. La paciencia del buen agricultor.

La paciencia de Dios en nuestra vida que siempre está esperando una buena respuesta de nuestra parte. Nuestra paciencia que algunas veces damos por desaparecida. Será nuestra paciencia, o será el modo de cultivar nuestro campo, el modo de cultivar nuestra vida. Para que no haya confusión. Para que no demos por bueno aquello que no lo es pero que lo aparenta; cuantas veces nos creamos esas confusiones; cuántas veces hacemos tantas mezcolanzas en nuestra vida; cuántas veces nos dejamos confundir por las apariencias, o permitimos que las apariencias en nuestra vida que aparecen con nuestras vanidades pueden confundir a los demás.

No somos iguales, no todos pensamos lo mismo, no todos nos planteamos la vida de la misma manera, no siempre aparece esa rectitud y esa madurez en nuestra vida para discernir, para diferenciar, para no dejarnos contagiar. Es un gran peligro. Pero así es la vida y así es nuestro mundo. Así andamos con nuestras diferencias y hasta con nuestros caminos opuestos. Pero siempre tenemos que saber dar una oportunidad, otra oportunidad.

Tenemos que encender luces que iluminen, no podemos dejarnos llevar por las ilusiones, tenemos que tener claro cuáles son nuestros principios y cuál es la meta que esperamos alcanzar. Siempre tenemos que estar abiertos para que el otro pueda descubrir esa luz, pueda encontrarse con esa luz; es una hermosa tarea.

No somos nadie para destruir, y menos destruir la vida de nadie, pero si tenemos que estar abiertos a la esperanza y con nuestro testimonio hacer que todos un día puedan encontrar esa luz.

No nos sirven los radicalismos. Están apareciendo demasiado en nuestra sociedad en un lado y en otro; queremos imponer y si no nos aceptan apartamos, queremos arrastrar las fichas fuera de la mesa de juego.

No nos sirven las intransigencias, que desgraciadamente están demasiado presentes en nuestra sociedad de hoy, en la vida social, en la vida política, y cuidado que por algunas rendijas se nos vaya metiendo en nuestra vida de fe, como si fueran valores también de nuestra vida cristiana.

Es tan bonito el respeto que debemos tenernos los unos a los otros. Nuestro amor cristiano siempre tiene que ser constructivo, sembrador de vida y de esperanza. Algún día podremos recoger los buenos frutos.

sábado, 24 de julio de 2021

No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

 


No temamos los vientos en contra o la mala semilla sembrada también en nuestro entorno, hagamos que se avive el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros en fidelidad

Éxodo 24,3-8; Sal 49; Mateo 13, 24-30

Cuántas veces no habremos sentido brotar la ira dentro de nosotros ante una injusticia que contemplamos que están haciendo con alguien y en nuestro furor si estuviera de nuestra mano quitaríamos de en medio a esas personas con esos comportamientos. Algunas veces sentimos la tentación de querer erradicar el mal que contemplamos en nuestro entorno, de arreglar lo que vemos mal que sucede en nuestro mundo desde esa violencia que nos brota en nosotros y que hasta en el fondo sentimos que es justa y con lo que aniquilaríamos ese mal de nuestro mundo, pensando que así lo arreglamos. En nuestra ira ciega algunas veces queremos incluso involucrar la justicia divina pidiendo castigos para esos malvados.

Creo que nos damos cuenta que entrando en esa espiral violenta no vamos a dar solución a los problemas, que otros tendrían que ser nuestros métodos, y que el mal que queremos erradicar con violencia engendra más violencia conviviéndose al final en una espiral que no tiene fin. Otros son los caminos de Dios, nos viene a decir el evangelio, y algunas veces por muchas actitudes que mantenemos en ese sentido parece que no llegamos a entenderlo. Hay un fuego que se enciende dentro de nosotros que es difícil de contener y de apagar, pero ojalá ese brío interior fuera para lo bueno y para seguir unos caminos de paz en la vida.

Creo que en este sentido nos habla hoy la parábola que nos propone Jesús. El hombre que siembra buena simiente en su campo, pero que pronto verá cómo surge en medio la mala cizaña que un enemigo suyo también dispersó en su campo. Allá van los obreros que trabajaban para aquel hombre con buena voluntad ofreciéndose para ir arrancando planta a planta aquella mala semilla que ha brotado en su campo. Pero la sabiduría, el buen saber hacer de aquel hombre no lo permite; dejen que crezcan juntas que a la hora de la siega haremos la separación de frutos, les dice. Parece algo impensable, ¿cómo dejar crecer a unos y otros juntos? Qué mala influencia pueden recibir los unos de los otros, pensamos quizá también nosotros.

Siempre recuerdo el comentario de un agricultor en una zona donde a partir de la primavera y principios de verano solían azotar fuertes vientos. Cultivaban maíz en aquellos terrenos y me parecía a mi, ignorante de las cosas como allí sucedían, que eran muy dañino para la cosecha aquellos vientos; pero en aquella sabiduría popular me respondían que el maíz que crecía con viento se hacía fuerte en el tallo desde su nacimiento y mientras crecía; que si un año parecía bueno porque no había aparecido el viento, al final cuando apareciese sería mucho más dañino porque se encontraría una planta débil que sería fácilmente arrasada.

Me hizo recordar el mensaje de esta parábola, de la realidad de nuestro mundo donde crecemos juntos los malos y los buenos; precisamente en esa adversidad de encontrarnos quizás rodeados del mal nos hace que en nuestra búsqueda de fidelidad, en nuestros deseos del bien actuar y con justicia nos fortalecemos frente a ese mal que nos rodea y al final puede resplandecer mejor nuestra fidelidad y nuestra integridad.

Nos costará, pero la adversidad nos hace fuertes; han sido los momentos de la Iglesia en que se ha visto más azotada por un mundo adverso o por persecuciones cuando más fuerte ha aparecido la vitalidad de la Iglesia; siempre hemos escuchado aquello de que la sangre de los mártires es semilla de cristianos.

Pero cuando nos hemos acostumbrado a una cristiandad cómoda que se nos han facilitado mucho las cosas quizás desde los mismos poderes de este mundo, hemos podido caer más fácilmente en la manipulación, pero también decae la vitalidad y la energía de los cristianos. Los tiempos de tibieza son las mejores pendientes para ir resbalando hacia la mediocridad que terminará en un fuerte enfriamiento espiritual. Cuando nos acomodamos caemos en la rutina y podemos hasta perder el verdadero sentido de nuestro ser.

No temamos a la dificultad, a los vientos en contra, a la mala semilla que podamos ver sembrada también en nuestro entorno; que eso nos despierte y avive en nosotros el fuego del Espíritu para mantenernos íntegros y fieles hasta el final. Así resplandecerá el nombre cristiano y así construiremos mejor el Reino de Dios.

domingo, 23 de julio de 2017

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Eso lo arreglo yo; si me dejaran a mí… hemos escuchado más de una vez, o hasta quizá lo hemos pensado. Una situación injusta, una maldad de unas personas que hacen daño, problemas que vemos en nuestra sociedad de corrupción, desordenes, gente que no hace nada frente a todas esas situaciones cuando quizá por su autoridad o por el lugar social que ocupan tendrían que hacer algo por resolver esas cosas, pero como sabemos siempre hay por detrás intereses ocultos… pero a todas estas siempre hay uno que se cree Mesías salvador que lo resolvería todo quizá con unas actuaciones llenas de violencia quitando de en medio a quienes están haciendo ese daño en nuestra sociedad.
¿Podremos resolver de verdad los problemas de esa manera quizá desde unas actitudes y posturas autoritarias y violentas? ¿No caeríamos esa espiral de violencia y hasta de injusticia cuando nos dejamos arrastrar por esas actitudes? ¿No estaríamos dejándonos envolver por esa misma maldad que pretendemos erradicar llenando nuestro corazón de iras y de odios que no harían sino provocar mas odio y más violencia, mas injusticia y más maldad? ¿Nos cruzamos de brazos, entonces?
¡Qué dichosos seriamos si todos fuéramos buenos! ¡Qué mundo de felicidad crearíamos si en verdad nos dejáramos envolver por el bien y por el amor para engendrar bondad en nuestro mundo haciendo surgir una nueva humanidad! Alguno podría pensar que eso son utopías, porque somos conscientes de la maldad que hay en nuestro mundo. Es cierto que la manzana podrida puede echar a perder todo el cesto, pero sí tiene que haber esperanza en nuestro corazón de que no somos cosas ni solamente unos frutos materiales que se contaminan, sino que somos personas que podemos contagiar de nuestra bondad a cuantos nos rodean.
La semilla sembrada en el campo es buena, como nos dice la parábola que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que nos ha creado y dado la vida hizo que cuanto saliera de su mano fuera bueno – como nos dice la Biblia en aquellas primeras paginas del Génesis ‘y vio Dios que todo era bueno’ – pero nos ha dado el don maravilloso de la libertad cuando nos ha creado con toda dignidad – ‘a su imagen y semejanza’ que dice la Biblia – y es desde esa libertad donde el hombre elige y será donde pueda entrar la confusión del mal cuando nos queremos hacer dioses enmendándole la plana a Dios para hacer las cosas solo desde nuestros intereses egoístas y dejando meter el orgullo y la vanidad en el corazón. Es la cizaña, la mala semilla que se va sembrando en nuestro corazón y en nuestro mundo.
¿Qué nos quiere decir, entonces, esta parábola de la buena semilla pero también de la cizaña sembrada ocultamente en el mismo campo? Es un retrato de nuestro mundo, de nuestra propia vida. Fácilmente nos quedamos a la honra de reflexionar sobre la parábola en constatar esa mala semilla que vemos en nuestro mundo, cuando vemos tantas injusticias y tantas maldades. Como decíamos al principio querríamos arrancar de raíz tanto mal.
Pero creo que también hemos de leer la parábola mirando nuestra propia vida. ¿Somos todo buena semilla en nuestra vida? ¿Son todos frutos buenos lo que hacemos y sale de nuestras manos o de nuestro corazón? Semilla buena somos porque Dios nos ha creado buenos, pero bien sabemos como también el mal se mete dentro de nuestro corazón y mirándonos con sinceridad vemos tantos momentos de orgullo o de egoísmo, de insolidaridad o de vanidad que van apareciendo en nuestra vida.
No siempre nuestra respuesta es buena; tantas veces de una manera u otra dejamos meter el pecado en nuestro corazón. Pero ahí está la paciencia de Dios que nos espera, que nos riega una y otra vez con su gracia, que va haciéndonos continuamente llamadas para que convirtamos nuestra vida, para que transformemos todo eso negativo que hay en nosotros en frutos de bondad y de verdad. No nos arranca de raíz de la vida cuando hacemos el mal, como desearíamos algunas veces para los demás, sino que la misericordia de Dios es inmensa y espera siempre una respuesta positiva de amor por nuestra parte.
Dijimos antes que no todo tiene que corromperse en la vida de los hombres por mucho que sea el mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos. Hablábamos de la esperanza de que el bien nos contagie, el bien vaya contagiando a cuantos nos rodean para ir sembrando esas buenas semillas que vayan creando esa nueva humanidad. Es la tarea que desde nuestra fe en Jesús tenemos que realizar, ha de ser el compromiso de nuestra vida para entre todos hacer un mundo mejor. Es el envió que Jesús nos hace para que vayamos a nuestro mundo con el mensaje del Reino de Dios.

sábado, 23 de julio de 2016

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

La paciencia de Dios que nos regala su gracia y espera nuestra respuesta de conversión y buenos frutos

Mt. 13, 14-30
‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?, ¿de dónde sale esa cizaña?’ Una pregunta que de alguna manera nos hacemos cuando nos vemos envueltos por la maldad de tantos, por los problemas que nos agobian, por el daño que nos hacen o vemos que hacen a tantos, por tanta injusticia y tanto mal. No quisiéramos un mundo así y cuando como creyentes leemos en la Biblia que en la creación se nos repite que todo cuanto fue Dios creando era bueno y al crear al hombre se dice que era muy bueno, surge con angustia y con rabia quizá esa pregunta en nuestro corazón.
La parábola que Jesús hoy nos propone nos habla del hombre que plantó buena semilla en su campo, pero mientras dormía vino un enemigo suyo y planto cizaña. Es cuando surge la pregunta de sus servidores. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale esa cizaña?’ Quieren arrancarla, como nosotros que queremos arrancar también el mal de nuestro mundo. Y seguramente habremos oído o hemos pensado si Dios es tan poderoso como es que permite el mal, cómo no es que arranca de la vida a esas personas llenas de maldad para que no sigan haciendo daño a los demás.
El mal se convierte en una prueba para nosotros, una prueba para nuestra fe, pero una prueba de donde tenemos que aprender a salir victoriosos porque no nos hemos de dejar cautivar por ese mal; es la tentación que continuamente nos acecha y nos pone en peligro, pero es donde tenemos que ser fuertes para no dejarnos arrastrar por esa tentación.
Pero también nos está manifestando la espera de Dios; sí, Dios sigue esperando que nuestro corazón se convierta; Dios llama a los pecadores a la conversión, como nos llama a nosotros. Cuánta ha sido la paciencia de Dios con nuestra vida; nos ha regalado su gracia, pero hemos de reconocer que no siempre hemos correspondido a la gracia del Señor; hemos de reconocer que seguimos en nuestro pecado y no terminamos de arrancarnos de él, y Dios sigue dándonos su gracia, Dios sigue llamando a las puertas de nuestro corazón para que nos volvamos a El. Podríamos recordar aquella parábola en la que el padre espera pacientemente la vuelta del hijo que se ha marchado y cómo se llena de alegría a su vuelta y hace fiesta porque el hijo perdido ha sido encontrado.
El mal está ahí envolviéndonos en nuestro mundo, pero hemos de reconocer que ese mal también lo tenemos en nosotros; en pequeñas o en grandes cosas no siempre somos fieles, no siempre somos la buena semilla que da buen fruto, y no por eso Dios nos arranca de la vida, sino que espera nuestra vuelta a El. Es lo que nos está enseñando la parábola que siempre nos viene a manifestar lo que es la misericordia y el amor de Dios.
Con los demás quizá somos exigentes, pero luego no lo somos de la misma manera con nosotros mismos. Confiemos más en la gracia del Señor. Transformemos esa cizaña del mal que hemos dejado meter en nuestra vida y comencemos a dar buenos frutos.

domingo, 20 de julio de 2014

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Sab. 12, 13.16-19; Sal. 85; Rm. 8, 26-27; Mt. 13, 24-43
‘Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, viene a ser la conclusión de estas parábolas que nos propone Jesús y de sus explicaciones. Para mí son palabras de consuelo y de esperanza, porque a pesar de las oscuridades o de las maldades en que nos veamos envueltos en este camino de la vida al final hay una luz, al final podremos brillar con esa luz si hemos sabido mantener la esperanza y hemos tratado de ser fieles.
Muchas veces decimos que estamos aquí en medio de un valle de lágrimas; es lo que expresamos en esa oración a la Virgen en la que la invocamos como madre y reina de misericordia, a quien acudimos para que después de este valle de lágrimas con ella podamos también alcanzar la gloria del cielo. Es cierto que muchas veces la vida se nos hace dura, son muchos los contratiempos o las tentaciones que tenemos que sufrir y aunque quisiéramos que todo fuera bueno sabemos que el mal y el bien se entremezclan en nuestros corazones, pero también es la realidad del mundo en el que vivimos.
Dios creó el mundo bueno; recordemos aquella primera página de la Biblia en que se nos habla de la creación; ‘y vio Dios que todo era bueno’; así salió de las manos del Creador. Como la buena semilla sembrada en el campo de la vida, tal como nos habla hoy la parábola que Jesús nos ha propuesto.
Pero apareció el mal que pervirtió el corazón del hombre, como nos dice la Biblia. En la parábola se nos habla del maligno que sembró la mala semilla, la cizaña donde el propietario había sembrado buena semilla. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿de dónde sale la cizaña?’, se preguntan los criados cuando ven aparecer la cizaña en medio de las buenas espigas. ‘Un enemigo lo ha hecho’, es la respuesta.
La parábola es un buen retrato de nuestra vida y de nuestro mundo. Y digo también un retrato de nuestra vida porque no nos podemos poner como fuera del cuadro, como si fuéramos simplemente espectadores y a nosotros eso no nos tocara porque los malos son los otros. Ese mal se nos mete también en nuestro corazón; y aquí tendríamos que decir aquello de que ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Tenemos, es cierto, buenos sentimientos y buenos deseos; queremos obrar con rectitud y hacer las cosas bien; pero bien sabemos que no siempre es así, que somos débiles y pecadores y muchas veces hemos dejado meter el mal en nuestro corazón y no todo lo que hacemos es bueno.
Con realismo tenemos que saber leer la parábola y nuestra vida, pero también con la esperanza que el Señor quiere ofrecernos. Aquellos criados querían arrancar la mala cizaña, pero el propietario tiene otra forma de entender las cosas. Las deja crecer juntas, la buena y la mala cimiente, espera hasta el final, donde será el juicio definitivo. Mientras, podríamos decirlo así, está la esperanza del Señor sobre nosotros.
Cuando vemos el mal que nos rodea - y en eso nos es más fácil ver el mal que nos rodea que el propio mal que hay en nosotros - sentimos el impulso de pensar que por qué no se arranca de una vez para siempre ese mal del mundo; si Dios es tan poderoso y tan bueno y justo, pensamos, por qué con su poder no castiga ya todo ese mal que existe fulminando con un rayo que los destruya a todos los que obran el mal. Así pensamos. Pero ¿cuál es el pensamiento de Dios?
La parábola nos está dando pistas porque nos está hablando de la paciencia misericordiosa de Dios que siempre espera nuestro cambio y nuestra conversión. Cuánto nos habla Jesús de la misericordia de Dios a lo largo del evangelio; cómo se manifiesta Jesús siempre misericordioso y compasivo buscando el cambio y la conversión del pecador.
De ello nos hablaba ya el sabio del Antiguo Testamento que escuchamos en la primera lectura. ¿En qué se manifiesta el poder del Señor? ‘Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos… juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia… obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento’. ¡Qué bellas y consoladoras palabras! El Señor nos manifiesta su poder y grandeza no en la fuerza, sino en la misericordia y el perdón. Por eso, teníamos que decir con el salmo, ‘Tú, Señor, eres bueno y clemente’.
Dios nos espera. Su misericordia está siempre presente. Y ese amor y esa misericordia del Señor tiene que movernos a la conversión, a que seamos buena semilla, buena planta que demos buenos frutos. Y de la misma manera que sentimos y experimentamos esa misericordia del Señor sobre nuestra vida, así hemos de mostrarnos nosotros con los demás. ¿Quiénes somos nosotros para condenar? ¿Por qué tenemos que estar siempre mirando que el mal está en los otros y no somos capaces de ver lo malo que hay también muchas veces en nuestro corazón? Por eso, como nos decía el sabio del antiguo testamento ‘enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano’. Podríamos recordar otras parábolas del evangelio.
Nos queda pensar, siguiendo con el evangelio que hoy hemos escuchado, que esa buena semilla que hay en nosotros, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, hemos de plantarla también para que se haga planta grande que llene de vida nuestro mundo. Esas pequeñas semillas de nuestro amor y nuestra bondad, esos buenos deseos que tenemos ahí dentro de nuestro corazón en la búsqueda de lo bueno, de la verdad, de lo que es justo, vayamos sembrándolas en nuestro mundo porque así desde esas pequeñas cosas que hacemos podemos irlo en verdad transformando.
Nos habla también Jesús, en la otra parábola, de la levadura que hace fermentar la masa. Esa fe que tenemos en nuestro corazón, esos valores del evangelio de los que nosotros queremos impregnar nuestra vida, ese sentimiento espiritual que nos hace tender hacia arriba y nos hace buscar cosas grandes tienen que ser granos de levadura que nosotros vayamos metiendo en la masa de nuestro mundo, tantas veces tan materialista, tan afanado por el consumismo, tan deseoso de placeres terrenales que le impiden dar trascendencia a la vida.
Vayamos llevando esa levadura que tenemos en nuestra vida a ese mundo que nos rodea, y aunque nos parezca que poco podemos hacer, sabemos que basta un puñado pequeño de levadura para que haga fermentar toda la masa. Es lo que podemos hacer con lo que tenemos de bueno en nosotros, con nuestra fe y con nuestros sentimientos espirituales; es lo que podemos hacer acompañando a nuestro mundo y sus problemas con nuestra oración y la vivencia de esos valores espirituales y así podremos hacer en verdad que nuestro mundo sea mejor.
Comenzábamos recordando las palabras finales de Jesús a los comentarios que hizo sobre la parábola; ‘entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, y decíamos que esas palabras eran de gran consuelo y esperanza. Pero diría más, son palabras también que nos comprometen; hemos de brillar como el sol en el Reino de nuestro Padre; han de brillas nuestras buenas obras, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, para que todos den gloria al Padre del cielo; hemos de resplandecer porque tenemos que ser buena semilla, levadura que transforme nuestro mundo.
Es el compromiso de nuestra fe que tenemos que vivir de forma concreta ahí en ese terreno de nuestra vida de cada día. Cada día tenemos que hacer un poco mejor el ambiente en el que vivimos, la familia, los amigos de los que nos rodeamos, el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra convivencia. Nos quejamos tantas veces que vemos tanto egoísmo, tanto materialismo, tantas maldades. No nos quejemos sino pongamos nosotros bondad, amor, solidaridad, alegría, paz, esperanza, ilusión. Contagiemos, como levadura, de todo eso a los que nos rodean.
Y que nunca, de ninguna manera, nosotros seamos cizaña porque nos domine el egoísmo o la maldad. En eso tenemos que aprender a superarnos cada día. Y lo podemos hacer porque el Espíritu del Señor está en nosotros y El ora en nuestro corazón con gemidos inefables, como nos decía san Pablo, para pedir lo que mas nos conviene; pidamos esa conversión de nuestro corazón para ser siempre buena semilla para los demás, levadura para nuestro mundo.

sábado, 27 de julio de 2013

¿trigo o cizana?

Mateo  13: 24 - 30

Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?" El les contestó: "Algún enemigo ha hecho esto." Dícenle los siervos: "¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?" Díceles: "No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero."»

Nos preguntamos muchas veces ¿por que tanto mal, tanto egoismo, tanta hipocresia, tanta injusticia? Queremos lo bueno, pero vivimos rodeados de tanto mal. Queremos un mundo bueno y sin embargo van floreciendo tantas flores del mal alrededor nuestro, de manera que nos salpica a nosotros tambien. Luchamos por el bien, queremos sembrar buenas semillas en la vida; es, por ejemplo, la tarea de los educadores, la tarea de la familia, la tarea de los que trabajan por los demas, la tarea de toda persona buena que quiere hacer siempre el bien, la tarea que queremos realizar desde la Iglesia sembrando las semillas del Reino de Dios. Tenemos el peligro se sentirnos defraudados porque no vemos frutos o los frutos se malogran; sentimos la desilusion de que alli donde sembramos lo bueno luego vemos surgir el mal y todas sus consecuencias. 
¿Tenemos que perder la esperanza? ¿Vamos a tirar la toalla, como se suele decir? De ninguna manera. Hemos de trabajar siempre con ilusion, con esperanza, con constancia, con amor. Nos fiamos del Señor y en El encontramos toda la fuerza que necesitamos. El Señor esta a nuestro lado y nos da la fuerza de su Espiritu. Lo que nos puede parecer muerte es camino de vida, si comprendemos el sentido de la pascua. Fue el camino de Jesus y es nuestro camino.
Esa esperanza quiere suscitar en nuestro corazon la parabola que hoy nos propone la Palabra de Dios. Juntos aparecen en el campo que vamos sembrando la buena semilla y en medio la cizaña, pero no nos hemos de sentir defraudados sino esperar a la cosecha final. En contra de lo que pueda suceder en la naturaleza el corazon de los hombres puede cambiar. La gracia del Señor los puede transformar. Es nuestra esperanza. Es nuestra lucha por el Reino de Dios.

sábado, 28 de julio de 2012

Un mundo bueno creado por Dios, destrozado por nuestra maldad pero que estamos llamados a reconstruir


Jer. 7, 1-11; Sal. 83; Mt. 13, 24-30

Una parábola que nos propone Jesús como un retrato de lo querido por Dios desde la creación del mundo, pero de lo que hemos hecho nosotros de ese mundo con nuestra maldad y nuestro pecado.

Cuando leemos la primera página de la Biblia que nos habla de la creación hecha por Dios nos suele sorprender algo que se repite casi como una muletilla tras cada uno de los días de la creación. ‘Y vio Dios que era bueno’. Y cuando termina toda la obra de la creación, habiendo creado también al hombre, vuelve a insistir y como remarcándolo ‘y vio Dios que todo era muy bueno’.

La creación, el hombre salido de las manos de Dios era algo bueno. Pero pronto entra la maldad que viene a destruir toda esa obra creada por Dios. Es la imagen del tentador que cautiva a Eva y que terminará cautivando al hombre con el pecado, la desobediencia a Dios. Entra el mal en el corazón del hombre despertando el orgullo y la ambición que le hará luego insolidario culpabilizándose uno al otro y queriendo escabullir toda responsabilidad. Vendrá el sufrimiento y todo lo que sea muerte para el hombre y para toda la creación.

Es, me atrevo a interpretar, lo que nos retrata la parábola. El hombre de la parábola sembró buena semilla en su campo, pero pronto aparecerá la cizaña sembrada por el maligno que pondrá en peligro la cosecha de la buena semilla sembrada. Y en los detalles de la parábola veremos como semilla buena, planta buena y mala semilla, mala cizaña van a crecer juntos hasta el último día.

¿No es esa la realidad de nuestra vida y de nuestro mundo? Ojalá todo fuera bueno, todos fuéramos buenos. Pero se nos mete en el corazón, lo sufrimos en nosotros y lo contemplamos a nuestro alrededor junto a mucho bueno que hay en el hombre, que hay en el mundo también está la maldad con sus injusticias y sus males a su lado. Queremos hacer las cosas bien, pero como nos enseñaba san Pablo no hacemos lo que queremos o hacemos lo que no queríamos hacer; queremos hacer lo bueno, pero la ambición y el orgullo se nos meten también en nuestro corazón como mala cizaña y terminamos haciendo el mal.

Ya quisiéramos arrancar esa mala cizaña de nuestra vida y de nuestro mundo, pero no terminamos de desterrarla de él ni de nuestro corazón. Pero sí hay una cosa que podemos hacer con la gracia del Señor que es mantenernos en fidelidad al Señor luchando contra el mal, tratando de superarnos nosotros para vencer toda tentación de pecado que nos aceche, y tratando también de ir sembrando buenas semillas allá donde podamos a nuestro alrededor. Y podemos hacerlo, porque no nos faltará la gracia del Señor.

Ojalá cuando llegue la hora final podamos presentar al Señor un mundo que hemos intentado hacer un poquito mejor cada día. Ojalá podamos llevar en nuestras manos la ofrenda de muchas cosas buenas, de muchas obras de amor, que el Señor sabrá ver y recompensar también nuestros esfuerzos, nuestra lucha por lo bueno, por el bien, por la justicia y por la verdad.

Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en nuestra vida de cada día. Aquel mundo bueno que salió de las manos de Dios El lo puso en nuestras manos para que lo continuáramos construyendo. Es cierto que se ha metido el maligno destructor por medio, pero nuestra misión y nuestra tarea es la de construir para lo bueno. Y eso podemos y debemos hacerlo cada día y en cada momento allá donde estemos. No podemos permitir que se nos meta el demonio de la insolidaridad, del egoísmo, de la mala ambición, de la envidia, del orgullo y la violencia ni en nosotros ni en quieres nos rodean. Por eso tenemos que seguir sembrando siempre cada día semillas de amor y de bondad.