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martes, 26 de octubre de 2021

El reino de Dios se ha de notar en nuestra acogida, en nuestra sencillez y en la ternura que llama al corazón de los demás impregnando la vida del sentido nuevo del amor

 


El reino de Dios se ha de notar en nuestra acogida, en nuestra sencillez y en la ternura que llama al corazón de los demás impregnando la vida del sentido nuevo del amor

Romanos 8, 18-25; Sal 125; Lucas 13, 18-21

‘¿A qué se parece el Reino de Dios?’, es la pregunta que Jesús mismo se hace queriendo explicarles a los discípulos el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Quizás una pregunta que nosotros mismos muchas veces nos hacemos porque también a nosotros nos cuesta llegar a entenderlo.

Hablar de Reino pudiera ser una palabra confusa, por las imágenes que nos hemos hecho o que tenemos en la misma sociedad. Por eso algunas veces en nuestra confusión buscamos cosas grandes o espectaculares, dejándonos convencer por el espíritu mundano en medio del cual vivimos también soñemos con grandezas y con poderes y terminamos rodeándonos de esplendores y oropeles que están bien lejos del Reino de Dios que Jesús quiere anunciarnos.

Y sin embargo puede ser algo mucho más sencillo, porque ya Jesús nos dirá en otro momento que el Reino de Dios no lo busquemos fuera sino que está en nosotros, está dentro de nosotros, no lo busquemos en cosas espectaculares sino que seamos capaces de fijarnos en lo pequeño y en el sencillo que ahí se va a manifestar el Reino de Dios.

Y hoy nos habla de una pequeña semilla y nos habla de un puñado de levadura; imagen de la semilla que la veremos repetida muchas veces en la boca de Jesús para hablarnos del Reino de Dios. Pero hoy es una semilla tan pequeña que puede pasar desapercibida pero que sin embargo podrá dar lugar a una planta que se hace grande en medio de las hortalizas del huerto.

Ese Reino de Dios que decíamos está en nosotros y está dentro de nosotros, ese Reino de Dios que tenemos que ser nosotros mismos que ahí en medio de las otras semillas o las otras hortalizas estamos plantados y donde en nuestra sencillez sin embargo tenemos que hacernos notar. De aquella planta nacida de esa pequeña semilla nos dirá que será capaz de acoger a los pajarillos del campo para que en ella incluso puedan hacer su nido.

¿Qué tenemos que ser nosotros en medio del mundo en el que vivimos? También esa planta acogedora y que da sombra, también ese nido que será nuestro corazón en el que tenemos que saber dejar meter el corazón de los demás; ese reino de Dios que se va a notar en nuestra acogida y en nuestra sencillez, en nuestra ternura que llama al corazón de los demás y que se desprende de nosotros para contagiar también de amor y de ternura a los que están a nuestro lado.

Y ¿por qué podremos hacer eso? Porque hemos puesto a Dios en el centro de nuestro corazón haciendo que sea en verdad el único Señor de nuestra vida. Pertenecemos a su Reino, pertenecemos a Dios porque de Dios nos hemos dejado llenar de nueva vida y de amor. Y con esa nueva forma de vivir y con ese amor iremos acogiendo y contagiando a los demás, iremos haciendo entonces un mundo mejor, un mundo de dicha, de paz, de felicidad como puedan reflejarnos esas imágenes de ese huerto de hortalizas del que nos habla Jesús cuando nos habla de la semilla de la mostaza.

Es la otra imagen que nos propone hoy Jesús cuando nos habla de la levadura que se mezcla con la masa para hacerla fermentar. Es ahí en medio de esa masa de nuestro mundo, de esa sociedad en la que nos ha tocado vivir, con esa realidad concreta de ese mundo con sus oscuridades, sufrimientos, agobios, luchas y tantas cosas que a veces nos parece que lo hacen inhóspito, sin embargo tenemos que ser levadura. Es la vida que tenemos que hacer fermentar, es la masa a la que tenemos que dar sabor, es ese mundo que tenemos que saber transformar, es ese amor que tenemos que saber poner para dar un sentido nuevo, para dar un sabor nuevo, para hacer un mundo distinto, para hacer presente a Dios. Así, casi sin notarlo, nosotros iremos contagiando de esos valores del Reino de Dios, nosotros iremos contagiando a nuestro mundo del espíritu de Dios.

¿Daremos nosotros esa imagen del Reino de Dios?

martes, 4 de noviembre de 2014

Tenemos que salir a las plazas y a los caminos para traer a los pobres y a los oprimidos al banquete del Reino de Dios

Tenemos que salir a las plazas y a los caminos para traer a los pobres y a los oprimidos al banquete del Reino de Dios

Filp. 2, 5-11; Sal. 21; Lc. 14, 15-24
‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’ exclamó uno de los comensales que estaba sentado a la mesa con Jesús. Algo así como aquello de Pedro en el Tabor ‘¡Qué bien se está aquí!’ Con corazón humilde estaba abierto a la Palabra de Jesús y ante todo aquello que iba escuchando surgió ese entusiasmo pensando quizá en la plenitud del Reino del que Jesús estaba hablando. Hay momentos que parece que hay como una inspiración especial y vislumbramos la plenitud que se esconde tras un anuncio, o aquello mismo que estamos viviendo nos hace entrever algo superior que podemos vivir.
Sin embargo Jesús le hará comprender que quizá no todos están tan dichosos y tan deseosos de ese Reino de Dios tal como lo anuncia Jesús de manera que incluso lo rechazarán. ¿Estaba queriendo dar a entender que allí mismo entre los comensales que se habían sentado a la misma mesa algunos rechazarían ese Reino que Jesús anunciaba? Las actitudes que mostraban en muchas ocasiones no daban señales de que quisieran vivir el Reino con las características que Jesús lo anunciaba.
Por eso Jesús propone aquella parábola del banquete al que había sido convidada mucha gente, pero al que los invitados no quisieron venir porque preferían otras cosas, había otras cosas a las que le daban más importancia. Los hechos se repiten. También en nuestro mundo quiere resonar el anuncio del Evangelio pero no todos acogen de la misma manera ese anuncio. Todos son invitados a seguir a Jesús y no todos están dispuestos a seguirle.
Pensemos de forma muy concreta en nuestro ambiente, en nuestro entorno, en un mundo o una sociedad que decimos cristiana, donde la inmensa mayoría incluso está bautizada. ¿Calan los valores y principios del evangelio en nuestra sociedad? Cuantos hay a nuestro lado que pasan de religión y de cristianismo, que no quieren oír hablar de evangelio ni de principios o valores cristianos, que prescinden de manera práctica de Dios en sus vidas y de todos los valores espirituales y cristianos.
Tenemos que ser conscientes de esa realidad; no todos son cristianos; no a todos les interesa la Iglesia y la religión; muchos han ido construyendo su vida al margen de la fe y del ser cristiano; muchos incluso los vamos a encontrar que están en contra de todo lo que signifique religión, Iglesia, fe, cristianismo. Tenemos que darnos cuenta que vivimos en un mundo muy diverso y es ahí en medio de todo eso donde tenemos que ser fieles de verdad y manifestar valientemente nuestra condición de creyentes y de cristianos.
 Es lo que nos describe la parábola cuando nos habla de que los invitados se fueron a sus cosas y no quisieran aceptar la invitación al banquete. Muchos siguen siendo los que no aceptan la invitación o quizá ni siquiera quieren escucharla. Pero el banquete del Reino había de celebrarse. ‘Sal corriendo a las plazas y calles de la ciudad y tráete a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos… sal por los caminos y los senderos, insísteles hasta que entren y se me llene la casa’. Es la insistencia del que había preparado el banquete.
Ya lo habían anunciado los profetas y Jesús incluso en la sinagoga de Nazaret lo había anunciado. Incluso recordamos que la gente de Nazaret se lo tomó a mal,  porque Jesús les decía que vendrían gentes como la cananea de Tiro y Sidón o como Naamán el sirio, y serían los que se beneficiarían del banquete de la salvación. Allí con el profeta había anunciado que los pobres son los que serían evangelizados, y los esclavizados y oprimidos los que alcanzarían la liberación en el año de gracia del Señor, y en otros momentos nos dirá que vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur y se sentarán en la mesa del Reino de los cielos, porque aquellos primeros que habían sido invitados no quisieron recibirlo.
¿Nos querrá decir muchas cosas todo esto que estamos reflexionando? ¿A quienes tenemos que ir a anunciar el Evangelio? ‘Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos’, hemos escuchado estos días en la proclamación de las bienaventuranzas. Pero ¿no nos estará diciendo esto también lo que el Papa nos ha dicho que tenemos que salir a las periferias para anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios también a los que están a nuestro alrededor y sin embargo están lejos de la fe y de la Iglesia?
‘¡Dichoso el que coma en el banquete del Reino de Dios!’  Dichosos nosotros si podemos hacer que muchos coman del banquete de la salvación.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Una Palabra que el Señor nos dirige también en la tarde de nuestra vida

Jueces, 9, 6-15; Sal. 20; Mt. 20, 1-16
La Palabra de Dios que escuchamos cada día, si nos acercamos a ella con fe y apertura de corazón, tiene una riqueza muy grande para alimentar nuestra vida en ese nuestro camino diario que queremos vivir en fidelidad y en amor.
Está siempre ese mensaje que se  nos quiere trasmitir y que en una lectura muy textual podemos recoger para nuestra vida fijándonos en las circunstancias concretas en que aquella Palabra fue proclamada, por ejemplo fijándonos en los hechos de la vida de Jesús que nos narran los evangelios y los diferentes mensajes que nos deja en sus parábolas, en sus discursos o simplemente en el diálogo con los discípulos. Es lo que en primer lugar quisieron trasmitirnos los evangelistas, por ejemplo refiriéndonos al evangelio, aquellas situaciones de la comunidad a la que Pablo dirige sus cartas, o aquellos diferentes momentos de la historia del pueblo de Israel que es historia de la salvación para aquel pueblo y para nosotros.
Pero muchas veces nos sucede que tratando de rumiar esos hechos y esas palabras que se nos trasmiten, abriendo en verdad nuestro corazón a Dios, convirtiendo esa Palabra en oración, porque es ese diálogo de amor que Dios tiene con nosotros y que nosotros en nuestra oración queremos tener con Dios, nos encontramos que determinada frase, determinada actitud de algo o alguien que aparece en aquel texto parece que nos dice algo en especial y que podemos en verdad aplicar a nuestra vida y a nuestras circunstancias de vida de hoy.
Es por ejemplo algunas cosas que podemos descubrir en la parábola que hoy desde la Palabra de Dios se nos ha propuesto. El texto es bien conocido y muchas veces lo hemos reflexionado sacando hermosos mensajes para nuestra vida. Un propietario que sale a contratar obreros para su viña y lo hace en diferentes horas del día, porque siempre se encontrará en la plaza quien esté sin trabajo. A todos paga el final un denario, tal como había acordado con los primeros contratados y ante la reacción nos habla de su generosidad y benevolencia para querer pagar también a los últimos del día también un denario. ‘¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?’, les replica a quienes protestan. El premio para nuestra vida cuando respondemos a las invitaciones del Señor será siempre camino de vida eterna, y da igual que sean un denario o sean dos o más.
Al ir meditando en la parábola siempre se admira uno que salga a distintas horas, incluso cuando ya va cayendo la tarde, y se encuentre con obreros a los que envía a trabajar a su viña. Siempre hemos reflexionado que la llamada del Señor a nuestra vida puede venirnos en la primera hora o a la última hora y que siempre hemos de estar atentos a esa llamada del Señor para dar nuestra respuesta. Quizá algunos no se hayan encontrado con el Señor a lo largo de su vida, entretenidos como han estado en sus cosas por decirlo de manera suave, y será en el atardecer de la vida cuando el Señor les llame. No nos hagamos oídos sordos a su llamada y convirtamos nuestro corazón al Señor.
Pero quisiera fijarme - en el fondo es por donde ha ido mi reflexión - en que el propietario va llamando para trabajar en la viña. Esas diferentes horas del día podrían ser muy bien esos diferentes momentos de nuestra vida, unos más niños, otros más jóvenes o mayores, pero algunos en el atardecer de la vida, cuando ya somos muy entrados en años y con muchos achaques en nuestros cuerpos quizá. Llamada del Señor a la conversión, sí, pero llamada del Señor a trabajar en la viña; y trabajar en la viña significará implicarnos en tareas de apostolado, comprometernos en tareas en el seno de la Iglesia o en medio de la sociedad.
Algunas podrían decir, yo a mis años, ¿qué es lo que puedo hacer ya? Soy viejo y mi cuerpo está lleno de dolores y de achaques con muchas discapacidades quizá. Ya no podría hacer nada; ya no podría comprometerme en nada. Y te pregunto ¿estás seguro que ya no puedes hacer nada? ¿O será que no queremos hacer nada, que tenemos miedo al compromiso y por comodidad nos echamos atrás?
Creo que esto tendríamos que pensárnoslo y por ahí puede ir hoy el Señor en esa palabra que dirige a nuestro corazón. También en la tarde de la vida tenemos en nuestras manos un campo para trabajar, una viña del Señor de la que tendríamos que ocuparnos. No podemos pensar que porque seamos mayores ya no tenemos nada que hacer ni nada que aportar a nuestro mundo. En la parábola no solo son válidos los llamados a primera hora o a media mañana, sino también los llamados al atardecer.
En cualquiera de las horas de la vida siempre tenemos algo que ofrecer; y diría más, con la experiencia acumulada en nuestros muchos años, con lo que nos ha tocado luchar, sufrir, amar, gozar de tantas cosas muchos podemos ofertar, con mucho podemos enriquecer a los que vienen detrás, mucho le podemos decir para que no caigan quizá en los mismos errores en que nosotros caímos.

No importa que ahora hagamos más o menos, porque quizá nuestras pocas fuerzas nos impidan hacer grandes cosas, pero aunque nos parezcan pequeñas pueden ser grandes aportaciones que nosotros seguimos haciendo para bien de nuestro mundo, para bien de nuestra Iglesia, para mejora de nuestra humanidad. ¿No nos hace pensar mucho todo esto que estamos diciendo? Parémonos un poquito, porque ahí en lo hondo del corazón el Señor tendrá algo que decirnos.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El Reino de Dios está dentro de vosotros, que se noten esas señales

Flm. 7-20; Sal. 145; Lc. 17, 20-25
‘Unos fariseos le preguntan cuando va a llegar el Reino de Dios’. El primer anuncio que hace Jesús cuando comienza su predicación por Galilea es invitar a la gente a convertirse y creer en la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios. Fue anuncio repetido una y otra vez y la gente estaba expectante. Era de alguna manera la señal de la llegada del Mesías esperado y con Jesús llegaba el Reino de Dios. Había que convertirse, había que creer, había que cambiar el corazón para poder acoger todo eso bueno que con Jesús llegaba.
Luego, si seguimos los pasos del evangelio, Jesús nos va explicando cómo es ese Reino de Dios. En el Sermón del Monte nos da sus fundamentales características porque nos está diciendo cómo ha de ser esa vida nueva que hemos de vivir. En las parábolas con imágenes nos va señalando también cómo va a ser ese Reino de Dios. ‘El Reino de los cielos se parece…’ y nos habla de la semilla sembrada, nos habla del banquete de bodas, nos habla de la viña entregada a los viñadores, y así nos va poniendo en imágenes cómo es y cómo vivirlo.
Sin embargo les costaba entender. A nosotros también, porque muchas veces tratamos de explicar como es ese Reino de Dios y qué es lo que hemos de hacer y también nos llenamos de confusiones. Pero los judíos seguían pensando en un Mesías victorioso y triunfante al frente de unos ejércitos o de toda una revolución que le devolviese la soberanía a Israel. Los apóstoles incluso les veremos momentos antes de la Ascensión seguir preguntando si ese era el momento de la restauración de la soberanía de Israel.
Les costaba entender. No habían realizado, como nos sucede a nosotros también, aquel necesario cambio del corazón para poder acoger ese Reino de Dios anunciado por Jesús. Seguían pensando en cosas espectaculares. A nosotros también nos gustan las cosas espectaculares. Quizá nos cuesta escuchar y atender a la Palabra de Dios que sencilla y humildemente se nos proclama cada día, pero si  nos dicen que aquí o allá se realizó no sé qué milagro, allá vamos corriendo entusiasmados porque queremos verlo o porque quizá centremos toda nuestra religiosidad en esas cosas. Somos muy dados a apariciones y visiones, a cosas espectaculares y somos capaces de recorrer medio mundo por ir a esos sitios, mientras tenemos a diario el milagro de la Eucaristía delante de nuestros ojos y ya casi  ni nos impresionamos.
¿Qué dice Jesús a la pregunta que le hacen los fariseos? ‘El Reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciarán que está aquí o está allí; porque mirad, el Reino de Dios está dentro de vosotros’. Sí, es ahí en nuestro corazón donde tenemos que sentir el Reino de Dios, cuando reconocemos de verdad con todas sus consecuencias que Dios es el único Señor de nuestra vida. Y sentir que Dios es el único Señor de nuestra vida nos exigirá cambiar muchas cosas en nosotros, muchas actitudes y posturas, muchas maneras de ser y de vivir, muchas maneras de actuar.
Muchas veces hemos proclamado, y lo hacemos partiendo de todo lo que nos ha enseñado Jesús en el evangelio, que el Reino de Dios es paz, y es amor, y es justicia, y es verdad. Pues, sí, cuando vayamos poniendo más amor en nuestra vida porque a todos amemos y respetemos, porque todos nos queremos y seamos capaces de comprendernos y de perdonarnos; cuando seamos capaces de buscar el bien por encima de todo y buscar el bien el otro; cuando vayamos siendo sinceros, auténticos en nuestra vida desterrando de nuestro corazón todo lo que sea falsedad y mentira, apariencia o hipocresía, estaremos viviendo el Reino de Dios, estaremos sintiendo que el Reino de Dios está en nosotros y estando en nosotros lo iremos sembrando como buena semilla en nuestro mundo.
Por eso nos dice Jesús que no vayamos de acá para allá cuando nos digan que si está aquí o está allí, porque como el resplandor del relámpago lo ilumina todo con su luz de una vez, así nos sentiremos iluminados por Jesús allá donde estemos y allá donde estemos si vivimos el Reino de Dios estaremos también iluminando con esa luz el mundo que nos rodea. Y eso tenemos que hacerlo aquí donde estamos, con los que convivimos cada día, y con nuestros vecinos, y con nuestra familia, y con toda la sociedad que nos rodea. Demos de verdad esas señales del Reino de Dios por nuestra manera de vivir, por nuestro actuar, por nuestras actitudes, por nuestro compromiso, por nuestro amor. 

jueves, 16 de agosto de 2012


Vivamos con sinceridad el perdón del Señor para saber perdonar a los demás
Ez. 12, 1-12; Sal. 77; Mt. 18, 21-19,1
¿Habremos olvidado que cuando rezamos el padrenuestro decimos ‘perdona nuestras ofensas como nosotros hemos perdonado a los que nos ofenden’? Creo que tendríamos que pensarlo. O que cuando recemos el padrenuestro lo hagamos con total sinceridad sabiendo bien lo que decimos y pedimos.

Cuántas veces cuando tenemos la humildad de reconocernos pecadores venimos a pedirle con insistencia al 
Señor que nos perdone; cuántas consideraciones nos hacemos de la misericordia del Señor y de lo bueno que es que siempre nos perdona, pero nos olvidamos de tener nosotros los mismos sentimientos de compasión y de misericordia con los demás. 

Si con sinceridad hemos experimentado en nuestra vida lo que es la misericordia del Señor que nos perdona, de esas mismas entrañas de misericordia y compasión tendríamos nosotros que llenarnos en nuestra actitud y en nuestra postura a los demás. Algunas veces me pregunto si realmente vivimos con hondura el perdón que el Señor nos regala cuando nos acercamos a El arrepentidos en el Sacramento de la Penitencia o si acaso nos contentamos con hacer un rito al que no le hemos dado toda la profundidad de vida que tendría que tener el sacramento.

Pero por la manera injusta que tenemos de tratar a los demás quizá podría ponerse en tela de juicio el que sinceramente hayamos experimentado lo que es la misericordia del Señor. Es por eso por lo que nos gusta llevar las contabilidades como vemos en la pregunta de Pedro hoy. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?’

Creo que quien haya experimentado de manera viva en su vida lo que es la misericordia y el perdón difícilmente no haría lo mismo también con los demás, Sentirme amado y perdonado es una experiencia muy rica en la vida. Reconocer que he obrado mal y que sería merecedor de un castigo en justicia por lo mal que he hecho, pero al mismo tiempo experimentar cómo se tiene compasión con nosotros y se nos perdona es algo que realmente tendría que transformar nuestro corazón y hacer que a partir de ese momento actuemos de forma distinta con los demás. 

Qué duros somos en ocasiones para juzgar a los demás y para condenarlos, sin quizá haber mirado primero la viga que podamos llevar en nuestro ojo, en nuestra vida. Qué intransigentes nos volvemos contra las faltas de los demás como si nosotros fuéramos tan perfectos que nunca cometiéramos error. En la duraza del corazón nos volvemos vengativos. 

Sin embargo cuando nosotros erramos y hacemos el mal, con qué facilidad nos justificamos y siempre tenemos una explicación que dar para tratar de justificarnos. Nos creemos con derecho a la justificación pero no le damos el derecho al otro a disculparse o pedir perdón.

Todo esto en el trato y relación con los demás. Todo esto en nuestra relación con el Señor. Cómo rezamos cada día el padrenuestro con todas y cada una de sus invocaciones y peticiones, y sin embargo no terminamos de llenar de compasión y misericordia nuestro corazón. 

A la pregunta de Pedro que hemos de reconocer que expresa también lo que muchas veces nosotros llevamos dentro Jesús propone la parábola que escuchamos que es bien gráfica y descriptiva de lo que solemos hacer. Muchas veces tendríamos que leer esta parábola y meditarla, pero viéndonos nosotros reflejados en ella para que aprendamos a perdonar con generosidad, para que seamos sinceros en nuestra oración con el Señor, para que llenemos de ternura divina nuestro corazón. 

miércoles, 1 de agosto de 2012

Unas parábolas que nos hablan de lo que es lo primero en la vida

Unas parábolas que nos hablan de lo que es lo primero en la vida
Jer. 15, 10.16-21; Sal. 58; Mt. 13, 44-46

Ojalá llegáramos a descubrir de verdad que creer en Jesús y seguirle es el más preciado tesoro que nosotros podamos alcanzar. Nos decimos cristianos, que tenemos fe en Jesús pero quizá no siempre en nuestra vida con lo que hacemos, en la manera de comportarnos, expresamos realmente la radicalidad que tendría que significar el seguimiento de Jesús, que en verdad la fe que tenemos en Jesús es el tesoro más grandioso que tenemos. ¿Seremos capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús?

Como nos dicen las parábolas escuchadas en el evangelio el que encuentra un tesoro hará todo lo posible por obtenerlo. Como dice la parábola vende todo lo que tiene para poder comprar aquel tesoro, o aquella perla preciosa que ha encontrado. En las cosas materiales somos interesados y ponemos todos nuestros empeños, pero ¿será así en el seguimiento de Jesús?

Pero es necesario, para comenzar, que estemos convencidos del valor de nuestra fe y de nuestro seguimiento de Jesús? Creer no es un barniz que le damos a nuestra vida como si fuera un adorno, lo hemos reflexionado en muchas ocasiones. Creer en Jesús para seguirle y llegar a llamarnos cristianos de verdad no es simplemente dejarnos llevar por unos sentimientos primarios de religiosidad con los que quisiéramos contentar a Dios para que El nos ayude y nos salgan las cosas bien en nuestra vida.

Es por eso, quizá, por lo que esa fe no está empapando totalmente nuestra vida para que todo nuestro actuar y nuestro vivir sea conforme al evangelio; es por lo que los comportamientos de nuestra vida cristiana los volvemos ocasionales y como decimos muchas veces, primero está la obligación que la devoción, como si la fe fuera solo una cosa de devoción; es por lo que nuestro compromiso es poco firme y nos contentamos simplemente con unas migajas de nuestra vida; es por eso por lo que somos poco generosos en nuestra entrega, en nuestro darnos en nuestra vida cristiana; es por lo que incluso la expresión religiosa de nuestra fe, en nuestros rezos y oraciones y también en nuestras celebraciones y devociones, se vuelve en ocasiones tan superficial sin llegar a lo hondo de nuestra vida.

Las parábolas nos hablan de la radicalidad del seguimiento de Jesús. Jesús y su reino es lo más importante de nuestra vida. Como nos dirá en otra ocasión ‘el que no está conmigo, está contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’. Jesús en verdad tiene que ser el centro de nuestra vida y nuestra razón de ser. Buscar el Reino de Dios y su justicia, nos dirá, ha de ser lo primero, que lo demás se nos dará por añadidura. Por eso siempre hemos de estar buscando lo que es la voluntad de Dios. Descubrir desde Dios el verdadero valor de la vida, de las cosas; descubrir los valores del evangelio para convertirlos en fundamento de nuestro actuar. Buscar en todo momento lo que es la gloria del Señor ha de ser siempre nuestra tarea.

¿De qué me vale ganar el mundo entero si pierdo lo que es más fundamental? Así nos dirá Jesús en otros momentos. Es lo que nos viene a decir en cierto modo con estas parábolas; vendemos todo por alcanzar la perla preciosa, por obtener ese tesoro. Por eso, por seguir a Jesús dejamos todo atrás, nada nos puede restar ni retener en ese camino de su seguimiento. En alguna ocasión nos habla de dejar atrás padre, madre, hermano, mujer, hijos, casa para seguirle, porque el que no es capaz de negarse a si mismo no es digno del Reino de Dios. Para eso Jesús nos ha liberado, para eso nos redimido y salvado, para eso nos da su gracia que nos fortalece en ese camino de fe y de amor que hemos de recorrer.

Que el Señor ponga generosidad y valentía en nuestro corazón.

sábado, 28 de julio de 2012

Un mundo bueno creado por Dios, destrozado por nuestra maldad pero que estamos llamados a reconstruir


Jer. 7, 1-11; Sal. 83; Mt. 13, 24-30

Una parábola que nos propone Jesús como un retrato de lo querido por Dios desde la creación del mundo, pero de lo que hemos hecho nosotros de ese mundo con nuestra maldad y nuestro pecado.

Cuando leemos la primera página de la Biblia que nos habla de la creación hecha por Dios nos suele sorprender algo que se repite casi como una muletilla tras cada uno de los días de la creación. ‘Y vio Dios que era bueno’. Y cuando termina toda la obra de la creación, habiendo creado también al hombre, vuelve a insistir y como remarcándolo ‘y vio Dios que todo era muy bueno’.

La creación, el hombre salido de las manos de Dios era algo bueno. Pero pronto entra la maldad que viene a destruir toda esa obra creada por Dios. Es la imagen del tentador que cautiva a Eva y que terminará cautivando al hombre con el pecado, la desobediencia a Dios. Entra el mal en el corazón del hombre despertando el orgullo y la ambición que le hará luego insolidario culpabilizándose uno al otro y queriendo escabullir toda responsabilidad. Vendrá el sufrimiento y todo lo que sea muerte para el hombre y para toda la creación.

Es, me atrevo a interpretar, lo que nos retrata la parábola. El hombre de la parábola sembró buena semilla en su campo, pero pronto aparecerá la cizaña sembrada por el maligno que pondrá en peligro la cosecha de la buena semilla sembrada. Y en los detalles de la parábola veremos como semilla buena, planta buena y mala semilla, mala cizaña van a crecer juntos hasta el último día.

¿No es esa la realidad de nuestra vida y de nuestro mundo? Ojalá todo fuera bueno, todos fuéramos buenos. Pero se nos mete en el corazón, lo sufrimos en nosotros y lo contemplamos a nuestro alrededor junto a mucho bueno que hay en el hombre, que hay en el mundo también está la maldad con sus injusticias y sus males a su lado. Queremos hacer las cosas bien, pero como nos enseñaba san Pablo no hacemos lo que queremos o hacemos lo que no queríamos hacer; queremos hacer lo bueno, pero la ambición y el orgullo se nos meten también en nuestro corazón como mala cizaña y terminamos haciendo el mal.

Ya quisiéramos arrancar esa mala cizaña de nuestra vida y de nuestro mundo, pero no terminamos de desterrarla de él ni de nuestro corazón. Pero sí hay una cosa que podemos hacer con la gracia del Señor que es mantenernos en fidelidad al Señor luchando contra el mal, tratando de superarnos nosotros para vencer toda tentación de pecado que nos aceche, y tratando también de ir sembrando buenas semillas allá donde podamos a nuestro alrededor. Y podemos hacerlo, porque no nos faltará la gracia del Señor.

Ojalá cuando llegue la hora final podamos presentar al Señor un mundo que hemos intentado hacer un poquito mejor cada día. Ojalá podamos llevar en nuestras manos la ofrenda de muchas cosas buenas, de muchas obras de amor, que el Señor sabrá ver y recompensar también nuestros esfuerzos, nuestra lucha por lo bueno, por el bien, por la justicia y por la verdad.

Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en nuestra vida de cada día. Aquel mundo bueno que salió de las manos de Dios El lo puso en nuestras manos para que lo continuáramos construyendo. Es cierto que se ha metido el maligno destructor por medio, pero nuestra misión y nuestra tarea es la de construir para lo bueno. Y eso podemos y debemos hacerlo cada día y en cada momento allá donde estemos. No podemos permitir que se nos meta el demonio de la insolidaridad, del egoísmo, de la mala ambición, de la envidia, del orgullo y la violencia ni en nosotros ni en quieres nos rodean. Por eso tenemos que seguir sembrando siempre cada día semillas de amor y de bondad.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Busquemos y afanémonos por lo que verdaderamente es importante


Rom. 15, 14-21;

Sal.97;

Lc. 16, 1-8

¿Cuáles son las cosas verdaderamente importantes para nosotros en las que ponemos más empeño, atención y esfuerzo? A veces no tenemos clara la verdadera escala de valores que tendríamos que hacer en nuestra vida para darle mayor importancia a lo que en verdad lo tiene.

Es cierto que vivimos rodeados de cosas materiales que vamos utilizando en el dia a día de nuestra vida, porque son necesidades, o son cosas de las que nos valemos en nuestra relación con los demás o incluso para nuestro propio sustento. Pero bien sabemos que no todo se puede quedar en lo material, o en lo que puedan ser nuestras ganancias sino que tenemos que saber descubrir otros valores que den un sentido hondo a nuestra vida.

No siempre es fácil. Y es ahí donde nos preguntamos cuáles son las cosas realmente importantes para nosotros en la vida. Ojalá supiéramos poner el mayor esfuerzo en lo que realmente vale, sepamos descubrir valores espirituales que enriquecen nuestra vida. Y ojalá supiéramos valorar nuestra fe, nuestra vida espiritual, nuestra vida cristiana y en ello pusieramos mayor empeño.

Creo que en todo esto nos puede hacer pensar la parábola que escuchamos en el evangelio. Realmente nos presenta unas situaciones injustas, porque por una parte aparece la mala administración que había llevado aquel hombre de los bienes que se le habían confiado, y la actuación que hace al final para cubrirse las espaldas no podemos decir que sea un actuar justo y honrado.

La clave nos la dan las palabras finales de la parábola. ‘El amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido…’ Y sentencia Jesús como broche final: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’. Ya lo define como un administrador injusto, luego su forma de proceder no era justa y por supuesto no es un buen ejemplo para nuestro actuar. Pero si lo alaba el amo es por la astucia.

¿Nos afanamos nosotros así por las cosas de Dios? ¿Nos preocupamos de verdad de nuestra fe, de cuidarla y alimentarla para que se mantenga viva cualquiera que sea la situación en la que vivamos? ¿Buscamos con ahinco los verdaderos valores que enriquezcan de verdad nuestra vida?

Frases como que los negocios son los negocios, y entonces podemos hacer lo que sea para salir adelante prescindiendo de toda ética y moralidad, las escuchamos con frecuencia. Otras veces hablamos de que primera está la obligación que la devoción, como para dejar a un segundo término todo lo que se refiera a nuestra relación con Dios, son cosas que escuchamos o decimos con frecuencia. Y así podríamos pensar en muchas cosas en ese sentido, donde hemos perdido la verdadera escala de valores de nuestra vida.

Los que estamos aquí viviendo esta Eucaristía nos decimos creyentes; por fe hemos venido al encuentro con el Señor en nuestra celebración para escuchar su Palabra y alimentarnos con la fuerza de su gracia que nos regala en la Eucaristía. Cuidemos, pues, nuestra fe. Vivámosla con toda intensidad. Tratemos de alimentarla con la gracia del Señor y en la escucha de la Palabra de Dios. Cultivemos de verdad nuestra vida cristiana.

Tenemos una riqueza grande en la posibilidad que se nos ofrece cada día de escuchar la Palabra de Dios y celebrar la Eucaristía. Que en verdad nuestra celebración, nuestra oración, nuestra fe la pongamos como verdedero centro de nuestra vida, como verdadero motor de todo lo que hacemos y vivimos. Y desde la luz de la Palabra de Dios que escuchamos y con la fuerza del Señor que recibimos en la Eucaristía tratemos de empapar toda nuestra vida del sentido de Dios.

domingo, 24 de julio de 2011

Va a vender todo lo que tiene para poder conseguir el tesoro escondido


1Rey. 3, 5.7-12;

Sal. 118;

Rm. 8, 28-30;

Mt. 13, 44-52

Hay cosas y acontecimientos que suceden en la vida y en la historia que dejan una huella, que se convierten en trascendentes incluso para la vida o para la historia de la humanidad. Un hecho especial que nos sucede en la vida, un descubrimiento científico, un hecho que pudiérmos considerar histórico para la humanidad, y así muchas cosas en todos los órdenes que nos producen un impacto grande y que pueden marcar y cambiar la vida. A partir quizá de ese momento, de ese descubrimiento o de ese acontecimiento ya las cosas no son igual.

Hoy Jesús en las parábolas escuchadas nos está diciendo que eso tiene que ser para nosotros el Reino de Dios, el evangelio, la propia presencia de Jesús en medio nuestro. Es el tesoro escondido y encontrado, es la perla más preciosa por lo que hemos de saber dejarlo todo. Parábolas las hoy escuchadas que nos pueden parecer pequeñas y hasta insignificantes pero que tienen, creo, un mensaje muy profundo e importante. Nos está hablando Jesús de la radicalidad con que hemos de hacer opción por El, por el Reino de Dios, por la Buena Noticia que nos anuncia. Tanto, como para venderlo todo para conseguir ese tesoro; tanto, como para darle totalmente la vuelta a la vida para vivir ese Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

Nos sucede sin embargo a los cristianos que tenemos el tesoro y no sabemos valorarlo. Nos hemos acostumbrado – mala costumbre, tendríamos que decir - a eso de que somos cristianos desde siempre porque desde pequeño nos bautizaron y todo esto lo escuchamos una y otra vez que luego ya el evangelio no significa novedad para nosotros; no nos sentimos sorprendidos por el mensaje del Evangelio.

Cuando nos cuentan quizá que una persona que nosotros conocíamos de siempre ha cambiado su vida porque en el evangelio ha encontrado una nueva luz para su existencia y que ahora está queriendo vivir con una mayor intensidad y hasta radicalidad lo que le pide el Señor, quizá nos miramos extrañados preguntándonos qué es lo que le habrá pasado a esa persona para ese cambio. Pues sencillamente eso, que se ha encontrado con la perla preciosa, con el tesoro escondido del Evangelio que ha tenido siempre delante de sus ojos, como lo tenemos nosotros, pero que hasta entonces no le había hecho caso y ahora sí lo ha descubierto.

En otros momentos del evangelio escuchamos mensajes en este sentido a los que muchas veces no le damos toda la importancia y la profundidad que tienen. Por ejemplo, cuando Jesús comienza a hacer el anuncio del evangelio habla de conversión. Nos hemos acostumbrado a esa palabra y quizá la recordamos un poco más en el tiempo de la cuaresma. Pero es que Jesús nos está diciendo que creer en esa Buena Noticia del Reino que nos anuncia, significa darle una vuelta total, radical a nuestra vida. No es decir creo en el Reino de Dios y las cosas siguen igual, mi vida sigue igual.

Cuando vemos, por ejemplo, que a aquel joven que le pregunta qué es lo que tiene que hacer para heredar la vida eterna – una referencia al reino de Dios – Jesús le pide que venda todo lo que tiene para que tenga un tesoro en el cielo y le siga. Es serio lo que Jesús le está planteando. Nos quedamos tan tranquilos pensando, bueno, era rico y no fue capaz de desprenderse de sus riquezas. Pero es que ahí se está manifestando lo que hoy nos enseña la parábola. Aquel agricultor o aquel comerciante lo vendieron todo con tal de adquirir aquel tesoro o aquella perla preciosa y valiosa; tan importante era para ellos el tesoro o la perla encontrada.

Para poseer, para vivir el tesoro del Evangelio, la perla preciosa del Reino de Dios que Jesús nos anuncia, significa dar esa vuelta profunda a nuestra vida. Son nuevos valores, es nueva forma de vivir, son actitudes nuevas, es una nueva forma de pensar y de actuar. Es más, encontrarme con el tesoro del Reino es encontrarme con Jesús. Ese es el verdadero tesoro de nuestra vida. Y ese encuentro sí que es algo trascendental para mi vida y que tiene que transformar toda mi existencia. Mucho más que cualquier acontecimiento histórico o cualquier descubrimiento maravilloso que se haya podido hacer en beneficio de la humanidad.

Encontrarme con Cristo y decir que soy cristiano no es simplemente vivir como siempre he vivido o como vive cualquiera a nuestro alrededor. Es una nueva vida, un nuevo vivir, porque es vivir con la vida de Cristo, en vivir a Cristo. Aquello que dice san Pablo y que hemos escuchado más de una vez, ‘he crucificado mi vida con Cristo de manera que ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’.

¿He pensado alguna vez que si en verdad es Cristo quien vive en mi lo que estoy haciendo lo haría de la misma manera? ¿Sería de la misma forma cómo me relacionaria con Dios? ¿Rezaríamos u oraríamos de la misma manera? ¿Sería el mismo trato el que tengo con los demás? ¿Le daríamos el mismo uso a esas cosas que poseemos y por las que tanto nos afanamos? ¿Tendríamos los mismos afanes y agobios con que vivimos hoy?

Muchas preguntas tendríamos que hacernos porque nuestra relación con la sociedad en la que vivimos y el compromiso con nuestro mundo seguro que sería otro. Ese tesoro del Reino de Dios que encontráramos seguro que nos pondría en un camino de mayor solidaridad, no nos dejaría tan insensibles ante las necesidades o problemas que podamos ver alrededor, nos saldríamos más de nuestras actitudes egoístas donde pensamos más en nosotros mismos que en los otros. Encontrarnos con ese tesoro del Reino de Dios nos va a poner en camino de más amor, de más cercanía a los otros; nos va a impulsar al compartir y al vivir unidos, nos va a motivar para que hagamos un mundo mejor donde todos seamos más felices; nos va a enseñar donde están las cosas verdaderamente importantes.

Las parábolas que hemos venido escuchando en estos domingos anteriores – todas forman parte de este capítulo trece del evangelio de Mateo – creo que nos han venido preparando para que con sinceridad abramos nuestro corazón a la Palabra de Dios, a esa semilla que nos hace encontrarnos de verdad con el Reino de Dios por el que tendríamos que dejarlo todo. Nos han ayudado a preparar la tierra de nuestra vida para hacer que esa semilla dé fruto en nosotros.

En la primera lectura escuchábamos cómo Salomón le pide a Dios no larga vida ni riquezas ni la vida de sus enemigos, sino sabiduría para saber gobernar a aquel pueblo. ¿Qué le pedimos nosotros al Señor? Pidámosle esa Sabiduría del Espíritu que nos ayude a descubrir ese tesoro inmenso que Dios pone en nuestras manos; esa sabiduría y fortaleza para de verdad empeñarnos por el Reino de Dios; esa sabiduría que nos ayude a comprender el misterio de Dios, el misterio de Jesús para convertirlo en el verdadero centro de nuestra vida; sabiduría y fortaleza para dejarlo todo por seguir a Jesús y vivir su evangelio; que nos dé su Espíritu de Sabiduría para saber redescubrir el Evangelio.


jueves, 24 de marzo de 2011

Hundamos las raíces de nuestra vida en la acequia de gracia de la Palabra de Dios


Jer. 17, 5-10;

Sal. 1;

Lc. 16, 19-31

¿En qué o en quien ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza? ¿seremos como árbol plantado al borde de la acequia que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas, o seremos como cardo en la estepa que habita en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita?

¿En quién ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza?, volvemos a preguntarnos. ¿Sólo confiamos en nosotros mismos, en nuestras fuerzas o nuestras capacidades, nuestro saber o nuestro poder humano, nuestras riquezas o nuestras posesiones materiales, o por encima de todo eso ponemos nuestra confianza en el Señor?

Es lo que nos plantea el profeta, con lo que hemos orado en el salmo, y lo que nos quiere hacer reflexionar Jesús en el Evangelio. En el fondo de todo esto está un sentido de la vida y descubrir el valor que han de tener las cosas para nosotros. Es en cierto modo si vivimos solo para nosotros mismos o consideramos que la vida más hermosa es cuando nos abrimos a Dios y nos abrimos a los demás, o sea, entramos en una relación de verdadero amor.

La parábola del evangelio la hemos reflexionado muchas veces. Al escucharla seguramente siempre sentimos repugnancia para la actitud de aquel hombre rico que no pensaba sino en sí mismo y no tenía ojos para ver más allá de lo que fueran sus intereses o deseos de pasarlo bien. ‘Un hombre rico que se vestía de púrpura y banqueteaba espléndidamente cada día’. Tan encerrado en sí mismo estaba que no caía en la cuenta de quien estaba a su puerta en la mayor de las miserias ‘cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’. Era como un hombre invisible que los ojos egoístas no son capaces de ver.

Esto que venimos comentando hasta aquí ya podría darnos para muchas reflexiones y para muchas preguntas en nuestro interior. No vestiremos de púrpura ni banquetearemos cada día, pero podría sucedernos que sin embargo viviéramos tan encerrados en nosotros mismos, en lo bueno o en lo malo que tengamos o nos pueda pasar, que no tengamos ojos para ver lo que hay a nuestro alrededor. No vemos quizá ni las cosas bellas que Dios pone a nuestro lado en corazones buenos que se dan y se desgastan por los demás, o no vemos el sufrimiento, la soledad o las angustias por las que quizá muchos puedan estar pasando y pensamos que nuestro sufrimiento es el peor.

Pero la parábola quiere decirnos muchas cosas más. No podremos en la brevedad de esta reflexión abarcarlas todas. Nos habla de la muerte y de la vida futura; nos habla del premio por lo bueno o por la confianza que hayamos puesto en Dios, o del vernos alejados de Dios para siempre como consecuencia de una vida donde habíamos prescindido de Dios porque quizá nos hicimos dioses de nosotros mismos. Es la suerte del pobre en el seno de Abrahán y del rico en la hondura del abismo en su castigo.

Brevemente destaquemos otras cosas. ‘Te ruego, le dice el rico, que mandes a Lázaro a casa de mi padre porque tengo cinco hermanos, para que con su testimonio evites que vengan a este lugar de tormento’. Y ya escuchamos la respuesta de Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan a Moisés y los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.

Tenemos la Palabra del Señor como una llamada constante a nuestra vida invitándonos a la conversión, como ahora en este tiempo con mayor intensidad estamos escuchando. Sin embargo, parece que los hombres le diéramos más importancia a milagros o cosas extraordinarias – parece que es lo que estamos esperando siempre – que a la Palabra que Dios nos dirige cada día. Escuchemos la Palabra del Señor, y a la luz de esa Palabra del Señor seamos capaces de leer nuestra vida con una nueva visión, para que nos sintamos invitados a la conversión y al amor.

Esa acequia – empleemos la imagen del salmo – de la Palabra de Dios riega continuamente nuestra vida. hundamos nuestras raíces en ella para que en verdad lleguemos a dar frutos de vida eterna.

lunes, 7 de marzo de 2011

A nosotros también nos invita a ver la historia de nuestra vida


Tobías, 1, 1-2; 2, 1-9;

Sal. 111;

Mc. 12, 1-12

‘Jesús se puso a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes, a los letrados y a los senadores…’ dice el evangelista. Y bien comprendieron ellos que la parábola iba por ellos por la reacción que tuvieron al final. ‘Intentaron echarle mano,, porque veían que la parábola iba por ellos; pero temieron a la gente y se marcharon’.

Hermosa parábola que nos propone Jesús. El hombre que preparó con sumo cuidado su viña y la confió a unos labradores para que la trabajaran esperando obtener su fruto. Pero hemos escuchado en el desarrollo de la parábola cómo fueron enviados los criados del amo y rechazados y lo que finalmente hicieron con el hijo que ‘agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña’.

Es la historia del pueblo de Israel, pueblo querido y elegido de Dios en el que se había volcado con su amor a través de la historia haciéndole además depositario de las promesas del Mesías Salvador, pero cuya historia está llena de infidelidades e idolatría, de rechazo de los profetas enviados por Dios y finalmente el rechazo de Jesús, el Hijo de Dios enviado para nuestra salvación. Es la misma historia que en aquellos momentos están viviendo en relación a la presencia de Jesús en medio de ellos.

Pero en la parábola, como en toda la Palabra de Dios, hemos de saber hacer una lectura de nuestra vida, una lectura en la que descubramos lo que a nosotros hoy el Señor quiere decirnos. Si entonces, cuando Jesús pronuncia la parábola, fue dicha haciendo alusión directa de lo que fue la historia del pueblo elegido con sus infidelidades e idolatrías, ahora tenemos que descubrir qué es lo que el Señor a nosotros también nos dice, porque nuestra historia está también llena por una parte del amor de Dios y por otra de infidelidades y pecado. ¿Cuál tendrá que ser nuestra reacción? Es lo que serenamente tenemos que reflexionar, orar ante el Señor.

Primero saber reconocer el amor que el Señor nos tiene y cómo nos ha rodeado de amor a través de toda nuestra vida. Cuántos dones y beneficios hemos recibido del Señor a lo largo de nuestra vida. Lo primero que hemos de hacer es reconocer y alabar al Señor dándole gracias por tanto amor. La viña de nuestra vida, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos ha estado rodeada siempre del amor del Señor. Cada uno tiene su propia historia y cada uno ha de saber hacer ese recuento de esas señales del amor de Dios, en la familia, en los amigos, en los que nos rodean, en cuanto hemos recibido, en la salud de la que hemos disfrutado a lo largo de la vida, en nuestros trabajos y responsabilidades… el listado sería grande.

Cuántas personas ha puesto Dios a nuestro lado y nos han hecho bien. Cuántos consejos y recomendaciones e incluso correcciones que nos han llevado a una vida mejor. Pero también hemos reconocer que no siempre quizá hemos sabido ver esas señales de Dios o hemos rechazado de alguna manera cosas buenas de nuestra vida. Reconocemos también nuestros momentos de debilidad y de infidelidades y pecados, porque así somos pecadores. Pero hemos de reconocer y agradecer cómo Dios ha seguido llamándonos, poniendo señales de su presencia junto a nosotros, hasta estos momentos que ahora vivimos donde también hemos de saber reconocer ese amor del Señor que se manifiesta en los que nos atienden y nos ayudan.

Esta Palabra se convierte, pues, para nosotros en una llamada a la conversión, a un cambiar para mejorar nuestra vida, nuestra relación con Dios y también nuestra relación con los que nos rodean. Siempre la Palabra del Señor que escuchamos es una invitación a más, a mejorar nuestra vida, a mirar a lo alto para seguir poniéndonos metas altas que nos ilusiones y nos empujen en nuestros esfuerzos de superación.

Escuchemos lo que allá en nuestro corazón el Señor quiere decirnos en esta Palabra que hoy nos ha dirigido.

domingo, 24 de octubre de 2010

Una liturgia no para quedarnos extasiados en su belleza sino para orar al Señor


Ecles. 15, 12-18;
Sal. 33;
2Tim. 4, 6-8.16-18;
Lc. 18, 9-14

‘Dos hombres subieron al templo a orar’, comienza la parábola Jesús. Subieron al templo a orar ¿para la oración litúrgica que se oficiaba en el templo cada día junto con los sacrificios? ¿por devoción quizá se acercaron al templo a hacer su propia oración? Nos da pauta para variadas reflexiones ya el comienzo mismo de la parábola.
La parábola tenía su intencionalidad porque Jesús la decía por ‘algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Con la conclusión que Jesús le da a la parábola también quiere decirnos cosas Jesús. ‘Éste – refiriéndose al publicano – bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
El Señor acoge la oración del pobre y del humilde mientras que rechaza al que se vanagloria y desprecia a los demás. ‘Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias porque el Señor está cerca de los atribulados y salva a los abatidos…’ seguimos meditando con el salmista. Dios mira más el corazón que las palabras que podamos pronunciar. Y se complace en el corazón de los humildes.
‘Dos hombres subieron al templo a orar…’ y qué distancias tan grandes había entre uno y otro. Comprendemos que no sólo es la distancia física en el hecho de que uno se pusiera delante de todos mientras el otro se quedó atrás mientras no se atrevía a levantar la cabeza. Es otra más fuerte y dura la distancia. La distancia que los orgullos quieren poner en derredor como temiendo mezclarse con los pobres y los humildes. La distancia que aísla y crea barreras cuando hay menosprecio en el corazón hacia los que están a nuestro lado.
Ya quizá podríamos hacernos preguntas sobre nuestra oración o nuestro estilo de orar. ¿A qué distancia estoy yo de los que me rodean cuando voy a la oración? ¿tendré barreras interpuestas ante los demás? Es cierto que nuestra oración en principio tiene que ser un acto personal que yo he de poner desde lo más hondo de mi corazón. Me estoy encontrando de forma muy personal con ese Dios que me ama y que lo siento vivo y presente allá en lo más hondo de mí mismo. Y esa oración, es cierto, será un tú a tú con el Señor, sin olvidar su inmensidad y su grandeza porque es el Señor, pero sintiéndome en su presencia e inundado de su amor, porque siempre es el Dios que me ama.
Sin embargo en la verdadera oración ni me puedo encerrar en mi mismo ni me puedo aislar con los demás. Es más, quizá tendría que decir que en la medida en que me siento más unido a Dios en mi oración necesariamente más unido me he de sentir con los demás. Y si a mi lado hay alguien que está en oración, aunque en ese momento no compartamos palabras ni intenciones, qué unión más hermosa tendría que haber en cuanto que los dos estamos unidos al mismo Dios y Padre que me ama y nos ama.
Claro que será más hermosa aún mi oración si además yo oro por los demás y oro con los demás. No voy sólo a pedir por mí o a tener mi encuentro de manera individual con el Señor sino que voy a sentir toda la hondura de la comunión que será con el Señor pero que tiene que ser también con los demás.
Pero aquí podríamos entrar en otro aspecto de la oración que es la oración comunitaria y litúrgica. Esa oración de los hermanos, de los miembros de la familia de los hijos de Dios y de los miembros del pueblo de Dios que juntos queremos, que juntos hemos de darle culto al Señor cantando nuestra alabanza y nuestra acción de gracias. Es la oración de la Iglesia que como comunidad hacemos, celebramos y expresamos en la liturgia.
Cuando decimos en la liturgia estamos diciendo cómo a través de unos signos comunes, de unos ritos litúrgicos comunes nos sentimos unidos en esa oración, en esa alabanza al Señor, en esa gloria que queremos cantar a Dios. Es la celebración de la Eucaristía y todos los sacramentos, es la celebración de toda la Iglesia, en la que vamos a sentir de manera especial esa presencia del Señor en medio nuestro. Porque además sabemos que en esos signos sacramentales se hace realmente presente Cristo en medio nuestro.
Acciones sagradas para nosotros que nos hacen sentir la presencia del Señor, signos vivos de la presencia de Dios y de su gracia; acciones con las que queremos dar culto al Señor, alabándole y bendiciéndole con todas las criaturas del cielo y de la tierra. Acciones sagradas que expresamos con unos signos y unos ritos litúrgicos que siempre tienen que ayudarnos a vivir ese encuentro vivo con el Señor en nuestra oración.
Yo me pregunto a mí mismo muchas veces al terminar una celebración litúrgica, ya sea la Eucaristía o cualquier otra celebración de la Iglesia, si en verdad he orado al Señor y si yo sacerdote que en nombre de la Iglesia estoy presidiendo aquella celebración habré ayudado de verdad a orar a los fieles que allí estamos congregados.
No nos podemos quedar extasiados en la belleza de los ritos litúrgicos, que tenemos también que saber admirar y valorar toda la belleza de la liturgia que en cierto modo nos eleva hasta la liturgia celestial; pero, perdónenme que lo diga así, tenemos que hacer que no sólo sea una celebración bonita y llena de belleza, por decirlo de alguna manera en expresiones humanas, sino una celebración viva en la que he orado, he tenido ese encuentro vivo con el Señor para orar, para escucharle y para presentarle también mi súplica, mi alabanza o mi acción de gracias. No hay participación verdadera si no hay auténtica oración. Tenemos que aprender a orar con la liturgia. Y ya no será sólo mi oración personal sino entonces también la oración de la comunidad.
Es la oración con la que con toda humildad me pongo ante el Señor, sintiéndome indigno como Isaías cuando contempló aquellas hermosas teofanías que nos describe en la profecía – ‘¡ay de mí! que soy un hombre de labios impuros’ -, o como aquel publicano que no hacía otra cosa que pedir al Señor que tuviera compasión de él. ‘Oh Dios, ten compasión de este pecador’. Pero será la oración de la que saldré lleno de Dios que es en fin de cuentas lo que nos quiere decir Jesús con las expresiones de la parábola de bajar justificado, lleno de la justicia y de la gracia de Dios.
Que así sea nuestra oración, que así sea la forma intensa viva de nuestras celebraciones sagradas, de toda la liturgia con la que queremos bendecir y alabar en todo momento al Señor.
‘Dos hombres subieron al templo a orar…’ Aquí estamos más de dos, esta pequeña comunidad, que hemos venido a nuestra oración y a nuestra celebración, ¿cómo está siendo hoy nuestra oración? ¿estaremos en verdad orando al Señor?

domingo, 12 de septiembre de 2010

La imagen más hermosa de Dios, la misericordia


Ex. 32, 7-11.13-14;

Sal. 50;

1Tim. 1, 12-17;

Lc. 15, 1-32

¿A dónde nos conducen nuestros caminos cuando nos apartamos del querer de Dios? ¿Qué nos ofrece Dios en cambio a esa actitud nuestra que se quiere en cierto modo endiosar cuando quiere hacer prevalecer su yo, su gusto y apetencia por encima de todo? Creo que la Palabra de Dios de este domingo sobre esto nos puede ayudar a reflexionar.
Recojamos las imágenes que nos ofrecen las parábolas del evangelio. La oveja perdida caminará en medio de peligros lejos del rebaño; para la mujer que había extraviado la moneda muy valiosa todo era angustia y desolación; el hijo que quiso construir su vida al margen y lejos de padre terminará en el peor de los vacíos y a punto de desesperación. Pero con el cambio, la oveja o la moneda encontradas, o el hijo en la vuelta a la casa del padre todo será fiesta y alegría.
Qué bien retrata la parábola nuestra vida y situación. Es un reflejo de los caminos que nosotros queremos tantas veces tomar. Ese becerro de metal que se hicieron los judíos en el desierto del que nos habla la primera lectura es el reflejo de ese yo endiosado que pretende seguir sus caminos a su manera y al margen de lo que pueda ser el plan de Dios para nuestra vida. Querían vivir su libertad al margen del Dios que los había liberado de Egipto.
Nos queremos hacer dioses que nos satisfagan nuestros deseos y caprichos; tenemos sueños de hacernos dioses de nosotros mismos donde el criterio de mi vivir y actuar sean mis apetencias, mis caprichos haciendo de nuestro egoísmo orgulloso la única razón de lo que hacemos o vivimos. ¿Por qué me tengo que negar eso que yo deseo? ¿por qué no puedo hacer lo que me apetezca?, que decimos tantas veces. Y al final terminamos siendo, no dioses, sino esclavos de egoísmos y pasiones y caemos en el vacío y la desolación cuando no alcanzamos todo lo que deseamos, y nos desesperamos, y nos dejamos arrastrar por iras y violencias contra todo y contra todos, o caemos en profunda depresión.
Es el retrato del hijo pródigo, del que se marchó de la casa del padre, o también del que lleno de orgullo no sabe aceptar a su hermano. No es necesario volver a describir los detalles que nos da la parábola, hambre, miseria, abandono, soledad. Es nuestro retrato en tantas ocasiones de nuestra vida. Cuántos caminan por la vida como sin rumbo y sin encontrar un sentido hondo a sus vidas; cuántos dejándose llevar por esa carrera de vértigo del egoísmo y la pasión terminan destrozando sus vidas, sin que les parezca que un día puedan encontrar luz para la oscuridad en la que viven.
Una situación que puede tener distintas reacciones; o puede conducirnos al vacío, al aislamiento y a la desesperación, o nos puede hacer recapacitar para conducirnos a Dios, si dejamos oír su voz en nuestro corazón, para desde su misericordia y amor encontrar la plenitud y la dicha.
Aunque caídos en esos caminos de muerte, de vacío, de desolación, si no dejamos que la luz de la fe se apague en nuestra vida, podemos darnos cuenta de que todo puede recomenzar de nuevo, que Alguien está buscándonos y esperándonos – como aquel pastor que buscaba la oveja perdida, o aquella mujer que barría toda la casa para encontrar la moneda valiosa extraviada, o como aquel padre paciente que siempre esperaba la vuelta del hijo -; desde esa luz de la fe podremos descubrir que el amor no nos va a tener en cuenta lo malo que hayamos hecho sino nuestra vuelta y nuestro encuentro con El; podemos vislumbrar que se nos ofrece la perspectiva de empezar una vida nueva y distinta.
¡Qué distinta es la manera de reaccionar de Dios a cómo nosotros reaccionamos! Muchas veces queremos ser tan justicieros que olvidamos lo que es la misericordia, la compasión y el perdón. Tenemos que aprender del Padre del cielo que es compasivo y misericordioso siempre. Nos vale para nosotros encontrar esperanza desde la negrura de nuestro pecado para levantarnos y nos vale también para la humanidad que hemos de poner en nuestro trato y aceptación de los demás.
Cuando el hijo llega a la presencia del padre queriendo expresarle de mil maneras su arrepentimiento y su petición de perdón, el padre se lo comerá a besos, casi no le dejará hablar para no tener que recordar lo pasado, y encima lo vestirá de fiesta ofreciéndole un banquete de bienvenida. Si nos fijamos en lo que Pablo hoy nos dice, da gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio; eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente…’ Por eso afirmará rotundamente ‘Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero, y por eso se compadeció de mí…’
Rotundamente, sí, tenemos que afirmar que Dios siempre está dispuesto al perdón y a ofrecernos su abrazo de amor. No castigó a su pueblo que se había hecho un becerro de metal que ocupara su lugar, sino que siguió conduciéndolo hasta la tierra prometida. La alegría del cielo, la alegría de los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta, que nos decía Jesús concluyendo las dos primeras parábolas. ‘Este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado’, que dice el padre preparando un banquete de fiesta para el hijo que había vuelto.
Es la esperanza que renace en nuestro corazón porque sabemos que, aunque somos pecadores y tantas veces queremos vivir nuestra vida al margen de Dios, es el Padre bueno que siempre nos busca y nos espera con sus brazos de amor bien abiertos para darnos su abrazo de paz y de perdón.
Pero es también, como decíamos antes, la misericordia de la que hemos de llenar nuestra vida, a imagen del Dios compasivo y misericordioso, para tratar con una humanidad casi divina a los demás; para que siempre confiemos en el otro – cuánto nos cuesta -, para que siempre demos esperanza al hermano, para que sepamos alentar a todo caído que nos encontremos en la vida y le ayudemos a levantarse para vivir con nueva ilusión y entusiasmo reconstruyendo su vida, como nosotros mismos lo intentamos también tantas veces.
Y finalmente decir también es el rostro misericordioso que tiene que ofrecer siempre la Iglesia, porque siempre tiene que manifestarse como imagen y signo de ese Dios del amor y de la misericordia, que sigue creyendo en nosotros a pesar de nuestras debilidades y que sigue contando con nosotros. Es la imagen más hermosa de Dios que la Iglesia puede y debe ofrecer.

jueves, 19 de agosto de 2010

Tengo preparado el banquete… venid a la boda

Ez. 36, 23-28;
Sal. 50;
Mt. 22, 1-14

‘Tengo preparado el banquete… venid a la boda… id a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis invitadlos a la boda…’
En la parábola que nos propone Jesús vemos una clara referencia al rechazo y no aceptación por parte del pueblo judío de la salvación que Dios les ofrecía en Jesucristo. La imagen del banquete preparado al que somos invitados expresa bien lo que es el Reino de Dios que Cristo nos ofrece y que con su vida, sus palabras, los signos que realizaba y finalmente la pascua de su muerte y resurrección viene a instituir entre nosotros.
Los primeros invitados no lo aceptaron y no quieren participar de ese banquete del Reino de los cielos. No llegaban a entender el Reino de Dios que Jesús anunciaba. Esto servirá de ocasión para manifestarnos Jesús que su salvación es para todas las gentes sean del pueblo que sean. ‘El banquete está preparado…’ Cristo nos ha redimido y su sangre se derramó por todos para el perdón de los pecados. Envió el Rey a sus criados a que fueran por todas partes para invitar a todos al banquete de bodas. Todos estamos llamados a participación de esa salvación.
Muchas cosas podemos reflexionar para nuestra propia vida. Somos también los invitados al banquete de bodas del Reino de Dios. ‘Dichosos los invitados a esta cena…’ se nos dice en la Eucaristía. Dos cosas: somos los invitados pero somos también los que hemos de ir a anunciar a los demás en nombre de Jesús que también están invitados a ese banquete de bodas del Reino de Dios
Pero vayamos por partes. Somos los invitados, pero, ¿cómo respondemos? Seamos sinceros con nosotros mismos y ante el Señor. A lo largo de la vida también muchas veces habremos hecho como aquellos que no quisieron escuchar la invitación. Cuántas disculpas nos damos tantas veces para vivir nuestra condición de cristianos de una forma ramplona y fría, sin profundidad espiritual, alejados muchas veces de la iglesia, con una religiosidad muy pobre, contentándonos con pocas cosas; cuántas veces habríamos oído, por ejemplo, la campana de nuestra parroquia que nos llamaba a Misa el domingo, pero siempre teníamos que hacer, siempre lo dejábamos para otro día, siempre nos buscábamos disculpas; cuántas veces escuchamos la llamada de la Palabra y nos hacíamos sordos a lo que el Señor nos decía o nos pedía para no salir de esas situaciones que nosotros sabíamos muy bien que no eran buenas.
Escuchemos esa invitación que el Señor nos hace a través de tantos medios y démosle respuesta. Ahora lo estamos haciendo quizá más por la circunstancia de estar en este centro. Pero no olvidemos una cosa. Para sentarnos a la mesa del Señor hemos de estar vestidos con el traje de fiesta, como vemos en la parábola, con el traje de la gracia del Señor. No podemos acercarnos a la Mesa de la Comunión vestidos con los andrajosos trajes del pecado. Con pecado no podemos comulgar al Señor. Mucho tendríamos que revisarnos.
El profeta nos habla hoy del agua que nos purificará, y del corazón nuevo que hemos de tener. ‘Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras inmundicias y pecados os he de purificar; y os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo’. ¿Cómo es esa agua que nos purifica? Un día recibimos el agua del bautismo para el perdón de nuestros pecados y hacernos nacer a una vida nueva. Pero tantas veces hemos vuelto al pecado. Sólo con el sacramento de la penitencia vamos a recibir ese perdón que necesitamos para nuestros pecados. No lo olvidemos. Necesitamos lavar ese vestido de nuestra vida para vestirnos del traje de fiesta de la gracia.
Y brevemente el otro aspecto al que hacíamos referencia. Somos los invitados pero somos también los enviados para llevar esa invitación del Señor a los demás. Como lo vemos en la parábola que fueron enviados los criados a todas partes. A todos tenemos nosotros que ir también a anunciar esa salvación de Jesús, a invitarlos a que vengan también a ese banquete de bodas del Reino de los cielos.

martes, 27 de julio de 2010

Quien lo encuentra vive para siempre

Jer. 14, 17-22;
Sal. 78;
Mt. 13, 36-43

‘La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo. Quien lo encuentra vive para siempre’. Es la antífona del Aleluya del Evangelio que hemos proclamado.
Estos últimos días hemos venido escuchando las parábolas con que Jesús nos habla del Reino de Dios y que san Mateo reúne en el capítulo trece, aunque en las diferentes fiestas que hemos tenido en ocasiones ha sido otro el evangelio proclamado. Hoy los discípulos cuando llegan a casa le piden que les explique la parábola del trigo y de la cizaña y hemos escuchado la explicación que les de Jesús.
El sembrador es Cristo y El siembra la buena semilla de la Palabra de Dios. Pero el maligno anda por medio y siembra la mala semilla. Es la realidad de nuestro mundo en el que convive el bien y el mal, quienes siembran la buena semilla en su corazón, pero también los que llenos de maldad se dejan seducir por esa mala semilla, por la cizaña del mal.
Quien lo encuentra vive para siempre, decía la antífona antes citada. Es lo que deseamos, lo que buscamos con ansia y no queremos perdernos en esa búsqueda. Recibimos muchas influencias desde el exterior, pero también el mal se nos puede meter en el corazón, porque como nos dice Jesús en otra ocasión es de ahí de donde salen los malos deseos. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes, buscando la verdad de Jesús y su salvación; queriendo sentir en todo momento su fuerza y su vida. Porque queremos vivir para siempre, porque queremos tenerle a El siempre con nosotros.
Cada día, cada mañana o cada tarde, venimos a su encuentro y queremos alimentarnos de El. Queremos escucharle, porque queremos seguirle y vivirle. Queremos ser sus discípulos para seguir su camino aunque nos cueste y veamos muchas sombras alrededor. Pero no queremos apartarnos de su luz. No queremos dejar que nos inunden las tinieblas del mal que siempre están al acecho. Y además queremos ser luz para los demás, porque queremos llevarles a Cristo, porque queremos llevarlos a Cristo.
Cómo tenemos que saber aprovechar esta hermosa oportunidad que tenemos cada día. Con cuánta atención queremos escuchar su palabra. Queremos ser como nos dice Jesús hoy en el evangelio, ‘los justos que brillarán como el sol en el Reino de su Padre’.
Que demos frutos, que demos buenos frutos de esa semilla que ha sido sembrada en nuestro corazón, que resplandezcamos por nuestro amor, que brillen nuestras buenas obras, para que todos puedan dar gloria al Padre del cielo. Nuestros frutos, los frutos de las buenas obras que hagamos tienen que ser luz para los demás para que ellos también vengan a Jesús.
Sin embargo, somos conscientes de que muchas veces nos llenamos de tinieblas porque somos pecadores. Como nos decía el profeta ‘reconocemos nuestra impiedad… porque pecamos contra ti. Pero no nos rechaces, por tu nombre… recuerda tu alianza… líbranos por el honor de tu nombre…’ como decíamos también en el salmo; recuerda, Señor, el amor que nos tienes, hemos de pedirle para que tenga misericordia de nosotros. Con cuánta confianza termina el profeta ‘¿no eres, Señor Dios nuestro, nuestra esperanza porque tú lo hiciste todo?’ En El ponemos toda nuestra esperanza.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Un momento para la bendición y alabanza al Señor en el final del año

No es que queramos dejar de lado el mensaje que nos ofrece la Palabra de Dios hoy proclamada, pero sí podríamos, sin embargo, hacernos unas breves consideraciones en torno al año que termina. Si en el atardecer de la vida seremos examinados de amor, en expresión tan hermosa de san Juan de la Cruz, en el atardecer del año que termina podríamos hacernos un examen de amor. Un examen que siempre tendrá que llevarnos a bendecir al Señor que tanto nos regala con su amor.
Cuando la gente termina etapas de su vida o de la gestión de las responsabilidades que tiene hace balance para ver cuál es su situación. Un año, podemos decir, es una etapa de la vida y el final del año puede ser ocasión para ese balance, mientras otros se lo toman sólo como ocasión de una fiesta por un año que se despide y por otro que se inicia. No juzgamos a nadie, pero sí queremos hoy en nuestra celebración hacer como ese balance porque para nosotros puede ser una buena ocasión para la alabanza al Señor.
Del Señor es el tiempo y la eternidad. Ha transcurrido un año más de nuestra vida. Esa vida que se ha ido desgranando día a día con sus momentos felices y de dicha y también con momentos quizá no tan buenos, pero una vida que reconocemos como un don de Dios. Un don precioso por el que tenemos que bendecir siempre al Señor y darle gracias.
Tenemos más o menos años; gozamos de buena salud o ya quizá nuestro cuerpo no nos va respondiendo como nosotros quisiéramos; podemos valernos por nosotros mismos o quizá tendremos que depender de alguien que nos ayude. Otros podemos realizar nuestras actividades normales y desempeñamos una responsabilidad… Hay vida en nosotros. Vivimos. Podemos estar rodeados de nuestros seres queridos en el lugar donde siempre hemos vivido o estamos aquí en este centro que nos acoge porque por las diferentes circunstancias de la vida ésta es nuestra situación. (Decir para los que leen en internet esta reflexión que ha sido preparada en especial teniendo en cuenta los centros de ancianos donde realizo mi labor, pero a todos nos puede valer)
Siempre, sin embargo, tiene que surgir nuestra acción de gracias al Señor. Por lo que podemos hacer por nosotros mismos o por lo que recibimos de los otros. Nuestros corazones tienen que llenarse de gratitud y tiene que surgir siempre nuestra alabanza al Señor ya que recibimos o tenemos, nos viene de Dios, dador de todo bien.
De El venimos, hacia El vamos y en El vivimos. Es nuestra actitud creyente que tiene que estar presente en nuestra existencia. Podemos decir que esa vida que tenemos son unos talentos que Dios ha puesto en nuestras manos, recordando la parábola del evangelio, y que tenemos, con la ayuda del Señor, hacer fructificar. Sea cual sea nuestra situación a la vida hemos de darle un sentido y un valor que se va a manifestar en cómo vivimos, en lo que hacemos, en las responsabilidades que desempeñamos, en lo bueno que hacemos por los demás, o a favor de nuestra sociedad. El Señor nos puede pedir que le rindamos cuentas, como en la parábola de los talentos, de cómo en el año que termina hemos hecho fructífera nuestra vida, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos.
En esta celebración de hoy, en este final de año, queremos recordar en la presencia del Señor eso bueno que hemos vivido. Tenemos la tentación muchas veces de cargarnos con tintes negros y sólo ver cosas negativas en la vida. Las habrá porque así somos limitados y pecadores pero vamos a recoger en ramillete esas flores de las cosas buenas que hayamos vivido y hemos realizado para presentarle al Señor esta ofrenda de amor de nuestra vida. Cada una mire su vida y lo bueno que hay en ella, recoja esas flores bellas y preséntelas en bello ramo al Señor.
El Señor va a dirigirnos una mirada complaciente y de amor porque El sí sabe valorar siempre hasta lo más pequeño que hayamos hecho. El Señor vuelve su mirada sobre nosotros y nos bendice con su paz como El siempre sabe hacer. Se regocija en nuestras obras, se siente bendecido con nuestro amor.
Es cierto que podríamos haber sido mejores, haber puesto más amor en nuestra vida, haber hecho las cosas mejor, no haber tenido tantas omisiones de cosas buenas y haber evitado lo malo que hayamos podido realizar. Cada uno se examine. Pero sabemos que la mirada del Señor es siempre una mirada de misericordia.
En el sentimos su aliento y su paz, y desde El nos sentimos impulsados para esos buenos propósitos que nos hacemos para el año nuevo. Es momento, pues, también de implicarnos en ese proyecto de amor de nuestra vida para el año que comienza. Que todo lo que hagamos sea siempre una bendición para el Señor, porque reconocemos sus bendiciones y porque todo lo que hagamos sea siempre para la gloria del Señor. A El la bendición, la alabanza y la acción de gracias en todo momento y por toda la eternidad.