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jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


martes, 10 de marzo de 2026

Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

 


Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

En nuestras relaciones sociales y en nuestras relaciones personales entre unos y otros hay algo que normalmente tenemos muy en cuenta es que si alguien ha actuado con generosidad con nosotros, porque nos ha liberado de algo, alguna deuda por ejemplo, o nos sacó en un apuro luego haya algo de lealtad en nuestra vida hacia esas personas y de alguna forma correspondamos; al menos evitaremos algo que les pudiera molestar o causar algún perjuicio porque de alguna forma les estamos agradecidos y no queremos olvidarlo.

Pero ¿sabremos valorar de igual manera la gracia y los beneficios que en la vida misma estamos recibiendo de Dios? Hay algo que tenemos que aprender a saborear, la misericordia que Dios tiene con nosotros cuando nos está ofreciendo continuamente su perdón. Pero algunas veces en nuestra manera de actuar es como si no lo hubiéramos saboreado debidamente. Es la ligereza con que vivimos nuestra vida y también nuestras relaciones con Dios.

Quizás nos damos cuenta de nuestros errores, porque ya incluso evitamos la palabra pecado, quizás los reconocemos y de alguna forma le pedimos perdón a Dios, pero ¿nos daremos cuenta lo que tiene que ver con todo esto el amor? No pensamos que nuestro pecado en fin de cuentas es una herida de amor, una herida al amor; nos ha faltado ese amor en nuestra vida y entra el pecado en nosotros, porque o hay un olvido de Dios, o perdemos la consideración que hemos de tener con los demás, y aparece el egoísmo, y el orgullo, y la falta de sinceridad, el mal que le hacemos a los demás, el trato injusto. Una herida al amor, como decíamos, y eso significa una ruptura con Dios y con lo que es hacer su voluntad. Y tenemos que llamarlo pecado.

Será desde ese amor cuando acudimos a Dios porque solo en el amor de Dios es donde podemos sanar esa herida de muerte en nosotros que es el pecado. Y como decíamos antes tenemos que aprender a saborear ese amor y esa misericordia de Dios que se nos manifiestan en su perdón.

Y esto es importante, porque eso tendrá también relación con los demás. Porque tenemos que entrar de nuevo en esa órbita del amor para una nueva relación con los demás, pero entrar en la órbita del amor significa entrar en una misma dinámica de misericordia como Dios ha tenido con nosotros. Y es de ese amor donde tiene que aparecer en nosotros esa capacidad de perdonar. Decimos que es difícil, pero ¿no será que no hemos terminado de entrar en esa dinámica de la misericordia? Desde esa ligereza con que andamos en la vida nos aparecerán todos esos límites que queremos poner para el perdón. Por eso las preguntas que nos hacemos tantas veces al estilo de la pregunta de Pedro  hoy en el evangelio.

Pero no solo tenemos el ejemplo de Jesús y podíamos pensar en muchos momentos, pero recordemos cómo desde la cruz está pidiendo perdón al Padre por aquellos que lo están crucificando; muchas veces al considerar esto quizás nos quedamos pensando en aquellos soldados que estaban cumpliendo unas órdenes que tenían que acatar. Pero, ¿quiénes eran realmente los que estaban crucificando a Jesús? Quienes lo habían entregado en manos de los gentiles, pensamos, y ya es admirable, pero y nosotros con nuestro pecado, ¿dónde nos quedamos?

Jesús  nos enseñó que en nuestra oración eso era algo que teníamos que tener también en cuenta. ¿Una petición nada más o una afirmación que hacemos de ese perdón que damos a los demás? ‘Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, nos enseñó y decimos. Puede sonar a chantaje a la hora de pedir perdón a Dios, pero  ¿no tendría que ser compromiso por nuestra parte?

Ese tendría que ser un compromiso concreto de nuestra cuaresma, porque aún muchas heridas llevamos en el alma que tenemos que sanar.


viernes, 16 de enero de 2026

¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

 


¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Salmo  88; Marcos 2, 1-12

¿Cómo reaccionamos cuando encontramos un tropiezo o una dificultad en el camino? Algunas veces somos impacientes porque queremos el camino llano y limpio de obstáculos; ya sabemos cómo nos ponemos tantas veces de críticos hacia aquellos que pensamos que tienen la obligación de mantener el camino limpio  y libre de obstáculos, pero quizás no somos capaces de detenernos para hacer algo por nuestra parte para quitar aquel impedimento, para poner una señalización para evitar el peligro para otros que transitan por esa misma vía, o para buscar la ayuda necesaria para poder entre todos eliminar ese impedimento. Hablo en este caso en mi ejemplo de vías y caminos porque en tiempos atmosféricos adversos son problemas habituales que nos encontramos.

Pero entendemos que con este ejemplo podemos poner muchas otras experiencias que de una forma o de otra vamos teniendo en la vida; son los problemas que nos encontramos en nuestras relaciones con los demás, en la familia, en nuestros trabajos, con la gente con la que convivimos; problemas derivados de muchos factores partiendo de nuestra manera de ser o de nuestras ambiciones, de momentos malos por los que pasamos en la vida y con los que nos vemos atorados sin saber muchas veces cómo salir adelante. ¿Echamos la culpa a los demás? Es una cosa que nos sale fácilmente muchas veces. ¿Nos rendimos y damos por imposible esa superación que necesitamos en la vida? Nos acomodamos, nos aguantamos, nos resignamos y seguimos arrastrándonos atados quizás a nuestros propios miedos. Con buena voluntad queremos avanzar por la vida, pero pronto nos desanimamos y vamos arrastrándonos como podamos con nuestros miedos y cobardías. ¿Dónde está nuestra madurez humana? ¿Dónde se quedan esos buenos valores que tendrían que ser fuerza y fundamento para nuestro caminar y para nuestra superación?

Me ha surgido todo este pensamiento y reflexión contemplando un detalle que nos puede pasar desapercibido en el texto del evangelio de hoy. Son muchos los aspectos sobre los que tendríamos que reflexionar, pero quiero fijarme en el detalle de valentía y de creatividad e iniciativa de aquellos hombres que con buena voluntad traían a un enfermo, en este caso un paralítico, para que Jesús lo curase. Se había extendido la fama por toda Galilea y de todas partes les traían a sus enfermos para que los curase.

Pero al llegar a la puerta con el paralítico en su camilla no pueden entrar. Tanto es el gentío que se agolpa a la puerta para escuchar a Jesús que se les hace imposible el llevar hasta el lugar donde esta Jesús. ¿Se sienten frustrados en su esfuerzo y en su buena voluntad y se resignan ante lo que parece imposible? Ya el evangelista nos detalla la iniciativa de estos hombres de abrir un boquete en el tejado sobre donde está Jesús para por allí descolgar la camilla y hacer que aquel hombre llegue a los pies de Jesús.

Jesús nos dice el evangelista se admiró de la fe de aquellos hombres. No se rindieron, no se dieron por vencidos, buscaron la forma y lograron lo que deseaban. Qué relación más bonita con lo que veníamos reflexionando como introducción. Pero Jesús ofrece mucho más de lo que aquellos hombres en principio pedían; solo deseaban que aquel paralítico se viera libre de su dependencia para poder caminar. Y claro que Jesús quiere que nos veamos libres de nuestras dependencias, no quiere que nos sintamos ligados por ningún tipo de ataduras, nos quiere libres, lejos de cualquier esclavitud.

Pero sus palabras van a extrañar a muchos, llegarán incluso a pensar que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. Pero, ¿para qué ha venido Jesús? Como anunciaba en la sinagoga de Nazaret para liberar a los oprimidos, para establecer un tiempo de gracia. Es el regalo que nos ofrece Jesús. Hacer que nos sintamos libres desde lo más hondo de nosotros mismos de toda atadura y esclavitud. Las curaciones de los enfermos que realiza no son sino un signo de esa otra libertad que quiere darnos. Por eso sus palabras son de perdón.  O como dirá en algunas ocasiones a aquellos que ha curado, ‘vete y no peques más’, no vuelvas a caer en esa esclavitud. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice al paralítico.

Y porque produce esa transformación dentro de nosotros con su gracia y su perdón nos sentiremos fortalecidos para no dejarnos vencer, para estar siempre en camino de superación, para llegar a lo más alto y más sublime de nuestra vida, aunque muchas cosas quizás tengamos que romper dentro de nosotros; somos nosotros mismos con nuestro egoísmo y con nuestras ambiciones los vamos poniendo trabas en los caminos de la vida. Pero con Jesús todo tiene que ser distinto. Dejemos que estas palabras del evangelio calen hondamente dentro de nosotros.

jueves, 14 de agosto de 2025

Sintámonos en verdad liberados de los rescoldos interiores que reavivan el fuego cuando ofrecemos nuestro generoso perdón a la manera de la misericordia de Dios

 


Sintámonos en verdad liberados de los rescoldos interiores que reavivan el fuego cuando ofrecemos nuestro generoso perdón a la manera de la misericordia de Dios

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Salmo 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuando hay un incendio, ya sea en nuestros bosques o montes o incluso en cualquier edificación no solo tenemos que apagar esas llamas que vemos que todo lo arrasan, sino que tenemos que tratar de apagar lo que ha sido el origen de ese fuego, pero también vemos luego a los bomberos por detrás, donde parece que no hay ya fuego, que van enfriando el terreno, pero teniendo mucho cuidado en apagar esos rescoldos, muchas veces enterrados, que durante mucho tiempo pueden mantener vivo ese incendio.

¿Has pensado alguna vez que cuando desde el resentimiento que llevas en ti no quieres perdonar al otro es principalmente a ti mismo al que te estás castigando? Quien no ha sabido perdonar de verdad sigue manteniendo el desamor en si mismo, que no solo puede ser destructivo para los demás sino que es destructivo para ti mismo porque seguirás manteniendo esa cadena sobre tu espíritu. Perdonamos buscando la paz, buscando el origen de la ofensa o del conflicto, pero tenemos que apagar también esos rescoldos que nos quedan encerrados quizás en lo secreto del corazón y que no dejarán que quede apagado por completo el conflicto, que vuelva la paz a todos los corazones.

Perdonar no es solo liberar al otro de su culpa, sino es liberarte a ti mismo de esa cadena, de ese rescoldo que sigues manteniendo dentro y que sigue quitándote la serenidad y la paz de tu vida. Si no te liberas de ese resentimiento que te lleva al desamor o al odio nunca vas a tener paz en ti mismo, y entonces estarás haciendo que se reaviven esas heridas que un día recibiste y no habrá manera de encontrar la curación de tu espíritu.

Quien no ha perdonado de verdad no llegará a saborear lo que es el autentico amor, porque siempre mantendrá ese rescoldo, siempre le faltará la paz verdadera en su corazón. Cuando perdonas la primera liberación es para ti mismo; como solemos decir muchas veces tenemos que perdonarnos a nosotros mismos para que vuelvan a florecer las bellas flores de la amistad, del amor verdadero. Apaguemos esos rescoldos y al sentirnos en verdad liberados, encontraremos la verdadera paz para nuestro corazón.

Esto es algo que tenemos que rumiar bien dentro de nosotros, porque no es fácil muchas veces apagar esos rescoldos enterrados. Es necesario que aprendamos a saborear el perdón para que nosotros podamos luego ofrecerlo con generosidad. Es nuestra piedra de tropezar, algo en lo que siempre nos cuesta dar el paso hacia delante. Queremos seguir manteniendo aquellas medidas, que se ofrecían como generosas, que Pedro está expresando en su petición a Jesús.

¿Cuántas veces tenemos que perdonar? Siguen apareciendo las contabilidades, pero si estamos haciendo esas contabilidades significa que algo aun no anda bien dentro de nosotros. Porque quien perdona de verdad lo olvida para siempre, no vuelve a recordar, no se pone a contabilizar. Es lo que nos está enseñando Jesús. ‘¿Siete veces?... hasta setenta veces siete’, responde Jesús para que entremos no en los cálculos de los números, sino en las actitudes de perdón que hemos de mantener siempre en el corazón.

La parábola que propone Jesús está clara. Aquel siervo que fue perdonado por su amo no supo saborear aquel perdón que le habían ofrecido generosamente; por eso no supo luego perdonar a su compañero que era muy ínfimo lo que le debía en comparación con sus antiguas deudas con su amor. Jesús con su parábola además está haciendo que elevemos nuestra mirada, para que seamos capaces de reconocer lo que significa el amor y la misericordia del Señor en nuestra vida y aprendamos esas mismas actitudes para tener nosotros con los demás.

La incapacidad de perdonar, le hacia mantener el odio en su corazón y hacía imposible la verdadera paz, la serenidad del espíritu para ver con mejor claridad el amor que tenemos siempre que repartir. ¿No nos había enseñado Jesús que nos acogiéramos  a la misericordia de Dios porque nosotros somos también misericordiosos y compasivos con nuestros hermanos?

jueves, 12 de septiembre de 2024

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

 


La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138; Lucas 6, 27-38

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor. Sin el amor no lo entenderíamos, porque aflorarían otras tensiones y pasiones que nos obnubilarían de tal manera que no lo llegaríamos a entender ni poder vivir.

Claro que cuando comenzamos hablando del perdón enseguida nos vienen a la mente experiencias dolorosas que hayamos tenido alguna vez en la vida y en lo primero que pensamos es el perdón que tendríamos que otorgar a los demás; y claro, eso se nos atraganta y no siempre es fácil de asumir, tenemos que reconocer.

Pero cuando ahora estamos hablando de perdón ¿por qué no empezamos por otro camino? ¿Por qué no pensamos en la experiencia que hayamos tenido nosotros de ser perdonados? Porque todos alguna vez en la vida hemos necesitado de ser perdonados, porque sabemos que cometemos errores, hacemos algo que puede molestar o dañar a los demás, podemos ofender aunque tengamos las mejores intenciones del mundo en lo que hacemos. 

Alguna vez nos hemos visto apesadumbrados por algo que hemos hecho, y casi nos sentimos incapaces de acercarnos a aquel a quien hemos molestado con algo; y quizás cuando por fin nos hemos acercado nos encontramos que aquella persona llena de generosidad nos dice que todo eso para ella está cancelado, en una palabra que nos ha perdonado y quizás sin exigirnos nada. ¿Cómo nos hemos sentido? Seguro que habremos sentido una liberación interior difícil de explicar.

En mi reflexión he querido ir dando estos pasos, pero creo que el paso primero que hemos de dar es en nuestra relación con Dios; y experimentar en nosotros todo lo que es el amor de Dios que se derrama en nuestra vida y que también se hace perdón para nosotros. Nos sentimos amados, y porque nos sentimos amados sabemos que somos perdonados, y somos perdonados con la generosidad del  amor de Dios que siempre va a superar la mejor generosidad que nosotros podamos ofrecer.

Es desde esa experiencia de la que tenemos que partir y obrar en consecuencia. Si Dios así me ama y me perdona, ¿Quién soy yo para negar ese amor y ese perdón a quien me haya ofendido? ¿No es precisamente el mandamiento del amor lo que se nos ha puesto como distintivo a los que seguimos a Jesús, a los que nos llamamos cristianos? Y nos dice que nos amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. ¿Y si nos amamos no queremos que sean también buenos con nosotros, que sean misericordiosos con nosotros? De la misma manera tenemos que ser misericordiosos con los demás. Es que estamos entrando en la dinámica del amor. Y ese perdonar, porque también nosotros nos sentimos perdonados, como decíamos, es una experiencia insuperable, es una experiencia de amor.

Hoy nos habla Jesús del amor a los enemigos, del amor también a los que no nos aman, porque nuestro amor tiene que ser siempre generoso y universal. ¿En que nos vamos a distinguir si somos seguidores de Jesús? ¿En hacer lo que hace todo el mundo? Como nos dice Jesús saludar a los que nos saludan eso lo hacen también los que no creen en Jesús, como ayudar solo a los que los ayudan. Entonces no habría nada diferente en nuestra vida desde esa fe que tenemos en Jesús y desde esa experiencia del amor de Dios que experimentamos en nuestra vida.

Es el camino que nos distingue a los seguidores de Jesús.

jueves, 11 de agosto de 2022

Disfrutemos del perdón que es también liberación para nuestro corazón y encuentro de la paz interior

 


Disfrutemos del perdón que es también liberación para nuestro corazón y encuentro de la paz interior

Ezequiel 12, 1-12; Sal 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

En el Reino nuevo que Jesús nos anuncia hay preguntas que ni siquiera tendría uno que planteárselas ni hacerlas. ¿Por qué digo esto? Decir que aceptamos el Reino de Dios es reconocer que es el único Señor de nuestra vida porque en verdad hemos experimentado en nosotros su amor y su misericordia. Una experiencia que transforma, una experiencia que nos da un nuevo sentido de vivir, una experiencia que nos hace mirar a los demás con ojos distintos, una experiencia que nos hace entrar en la órbita del amor. Quienes viven esta experiencia ¿cómo se van a preguntar hasta cuántas veces tenemos que perdonarnos? El que ama, ama para siempre, nunca podrá ver mermado su amor, hagan lo que le hagan.

Podríamos decir que ahí está la clave, aunque luego bien sabemos cuanto nos cuesta ponerla en práctica. No siempre saboreamos el amor de Dios como tendríamos que saborearlo. No siempre somos capaces de disfrutar de la experiencia del perdón. Y cuando digo disfrutar de la experiencia del perdón no me refiero al perdón que nosotros podemos o tenemos que ofrecer, sino a la experiencia del perdón recibido. Porque de ahí tenemos que partir.

Los discípulos iban captando poco a poco los planteamientos nuevos que Jesús les iba haciendo, aunque les costara asumirlos totalmente. Ya habían escuchado repetidas veces cómo Jesús hablaba del perdón, y así nos había incluso enseñado a rezar, a pedirle perdón a Dios, pero con la conciencia de que hemos sido perdonados y así generosamente ofrecemos el perdón a los demás. Nos había hablado en el sermón del monte incluso del amor a los enemigos y nos planteaba lo diferente que hemos de hacer nosotros, porque no vamos a hacer simplemente lo que hace toda la gente; algo nuevo tiene que diferenciarnos. Los gentiles también prestan a los que le prestan, como saludan a los que los saludan, pero al seguidor de Jesús se le pide un paso más adelante, también rezamos y perdonamos a los que nos hacen daño.

De ahí la pregunta de Pedro. ‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?’ Y está clara la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’, o sea siempre, porque en este caso no caben las contabilidades. Pero ante la cara de estupor que pondría Pedro y que pondrían los que le estaban escuchando, les propone una parábola, los dos deudores con las diferentes actitudes.

¿De qué nos estará hablando Jesús con el ejemplo de la parábola? Que nos fijemos en lo inmenso que es el amor de Dios que nos perdona por mucha que sea la deuda, frente a la mezquindad con que andamos nosotros preguntándonos cuántas veces tenemos que perdonar. Aquel criado de la parábola que no supo luego perdonar su compañero después de todo lo que le había perdonado a él, no había sabido saborear el perdón que le habían regalado.

Es la clave para el perdón. Ese perdón que nos ha dignificado cuando lo hemos recibido, luego nos engrandece también cuando somos capaces de ofrecerlo generosamente. Ese perdón que es liberación para nosotros mismos, no solo porque cuando Dios nos perdona ha roto las cadenas de muerte que oprimían nuestra vida, sino que cuando somos capaces de perdonar estamos también liberándonos a nosotros mismos de esas cadenas del resentimiento y de la venganza que buscar resarcir lo que nos hayan hecho. Quien perdona de verdad se siente profundamente liberado dentro de sí mismo.

Ya sabemos bien, aunque le demos la vuelta para no quererlo reconocer, que cuando con nuestro resentimiento no queremos perdonar y lo hacemos como queriendo hacerle daño a quien nos ha ofendido, realmente a quien nos estamos haciendo daño es a nosotros mismos, porque ese resentimiento es dolor que estamos guardando dentro de nosotros sin necesidad.

Aprendamos a disfrutar de la generosidad del perdón, no porque nos sintamos como en un estadio superior sobre aquel que nos ha ofendido, sino porque nos estamos liberando interiormente a nosotros mismos. El perdón no será solamente darle una nueva oportunidad a aquel que hemos perdonado para recomenzar su vida, sino que es a nosotros mismos a quienes nos estamos dando la oportunidad de recomenzar nuestra vida sintiendo verdadera paz en el corazón.

Por eso como comenzábamos diciendo ni siquiera tenemos que preguntarnos cuántas veces tengo que perdonar, porque siempre nosotros queremos también alcanzar esa paz interior.

martes, 22 de marzo de 2022

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

 


Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Solo una medicina puede curarnos de verdad, el amor. Es la venda que envuelve nuestra alma herida y la puede curar de todos sus males. Cuántas medicinas vamos buscando por la vida. No son remedios ni son remiendos los que nos curan. Cuando estamos enfermos algunas veces no queremos ir al medico para que nos recete la medicina que pueda curarnos; nos queremos valer muchas veces de nuestros remedios, porque nos dijeron que si haciendo eso se nos quita la tos, que si con aquella otra infusión se nos pueden calmar algunos dolores, pero la enfermedad sigue ahí, no hemos ido a lo más profundo que nos cure de verdad. Pero nos quedamos solo en eso, en remedios, pero no medicinas que nos curan la enfermedad desde lo más hondo, desde su raíz.

Hoy Pedro le plantea a Jesús una cuestión que es muy fácil que se nos dé en nuestras relaciones humanas, nos ofendemos, nos hacemos daño, o sentimos el daño por dentro cuando conservamos en nosotros el resentimiento, el recuerdo de aquello que nos hicieron, nos sentimos ofendidos y no sabemos cómo curarnos. Pedro que ha escuchado a Jesús hablar muchas veces de la misericordia y del perdón, que le oyó decir allá en el sermón del monte que había que perdonar, que había que ser compasivo y misericordia, que incluso tendríamos que rezar por aquellos que nos han ofendido, sin embargo se está planteando cómo puede arrancar ese daño de su corazón, si hay que perdonar al hermano, cuantas veces tengo que perdonarlo. Y se pregunta y pregunta a Jesús ‘¿Hasta siete veces?’

Porque el tema está ahí también, cuando nos sentimos ofendidos y mantenemos el resentimiento dentro de nosotros, es que estamos manteniendo ese mal dentro de nosotros, estamos manteniendo esa alma herida que no sabemos cómo curar. Porque además cuesta entender aquello que Jesús había dicho en el sermón del monte, de que tenemos que saludar también al que no nos saluda y amar al que no nos ama. Cuesta poner amor en nuestro corazón. Y resulta que ese amor que seamos capaces de poner en nuestro corazón es el que nos salva, el que nos cura de verdad.

Pero eso Jesús le responde a Pedro que no solo siete veces, sino setenta veces siete, para hablarnos de esa universalidad del perdón. ¿Cómo será eso posible? Nos lo explica con la parábola. Cuando en verdad nosotros nos dejemos envolver por el amor de Dios. Porque acercarnos a Dios para pedirle perdón es algo más que reconocer que hemos hecho mal, que tenemos una deuda. Esa deuda por nosotros mismos no la podremos nunca saldar. Jesús ha venido para saldarla, Jesús ha venido para traernos aquello que nos dará la verdadera paz, que nos sanará profundamente, después de la herida de ese pecado. Es el amor de Jesús que es capaz de dar la vida por nosotros el que nos salva.

Es en ese amor en el que tenemos que envolver nuestra vida. Y hay que decir una cosa, no siempre que vamos a pedirle perdón a Dios nos dejamos envolver por ese amor. Vamos, podríamos decir que ritualmente; vamos y nos confesamos porque decimos que somos pecadores y es en ese medio donde vamos a recibir el perdón, pero no nos dejamos envolver por ese amor de Dios; no terminamos de gozarnos en ese amor de Dios que nos perdona; no llegamos a experimentar dentro de nosotros ese gozo y esa paz de ese amor que Dios nos regala.

Por eso nos sucede tantas veces como en la parábola; salimos del confesionario, salimos del sacramento de la Penitencia y cuando nos encontramos con el hermano que nos haya podido hacer algo, seguimos manteniendo nuestras diferencias, seguimos manteniendo nuestras distancias, seguimos con esa herida en el corazón sin haberla curado de verdad y le negamos la palabra, no volvemos a él rehaciendo nuestra amistad, llegamos a decir eso tan incongruente que perdonamos pero no olvidamos y cosas así.

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad. Dejémonos envolver por el amor de Dios para que se impregne nuestra vida de ese amor y comencemos a amar con un amor semejante. Así en verdad llegaremos a ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo.

jueves, 12 de agosto de 2021

Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

 


Aprendamos a ser felices rompiendo barreras y tendiendo puentes de generosidad en la comprensión de nuestras debilidades con un corazón siempre dispuesto a perdonar

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18, 21-19, 1

Cuántos dolores y sufrimientos que se acumulan, cuántas heridas que llevamos en el corazón que parece que no tienen cura sino que cada vez se agrandan más produciendo mayor desasosiego y sufrimiento, cuántas barreras que interponemos o zanjas que cada vez se ahondan más para que sea imposible el paso… tantos resentimientos, tanta malquerencia y tantos deseos de mal y de venganza contra los otros, tanta gente que no se dirige la palabra, tan vecinos mal llevados que por cualquier causa y en cualquier momento hacen surgir de nuevo el conflicto, tantas familias rotas por viejos resentimientos que no se olvidan, cuantos orgullos guardados en el corazón que nos endurecen y al final nos amargan.

Todo por no saber perdonar. Y nos hacemos de la vida un infierno. Porque aunque decimos que se fastidie pero yo eso no lo voy a olvidar nunca ni lo voy a perdonar, al final los fastidiados somos nosotros, porque aunque lo ocultemos o lo disimulemos los que lo estamos pasando mal somos nosotros porque no nos faltará esa amargura y ese resquemor en el corazón que tanto daño nos hace. Quizás a lo más decimos yo ya te lo perdoné una vez, pero volviste a fastidiarme, a hacerme daño, y yo no voy a estar para aguantar. Y esta es nuestra historia, es la historia de la humanidad, la historia de cosas pequeñas que surgen entre los más cercanos, pero que son también los orgullos que nos llevan a enfrentamientos mayores y hasta guerras.

Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús. El estaba entendiendo lo que Jesús les estaba enseñando de ese nuevo sentido y estilo de vivir del Reino de Dios donde el amor tenia que estar en el centro de todo y eso en verdad nos iba a hacer más humanos. Estaba entiendo, quizás, pero había cosas en su corazón o conocía bien lo que sucedía en su entorno, todas esas situaciones de resentimientos y de malquerencias porque eso de perdonar costaba mucho. Por eso la pregunta a Jesús ‘¿cuántas veces tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’


Y ya sabemos nosotros también la respuesta de Jesús que no solo nos la deja como una sentencia, sino que además nos pone un ejemplo muy claro de lo que sucede y de lo que no tendría que suceder. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Pero luego le habla de aquel rey que quiso ajustar las cuentas con sus seguidores y con sus deudores. Allí había alguien que le debía mucho y al que le exige el pago de su deuda, pero aquel hombre no puede atender a la petición de su señor. Pero aquel rey de corazón generoso le perdona toda su deuda.

Hasta aquí parece todo normal, lo que viene a continuación entra en una gran contradicción. Aquel que había sido perdonado de su gran deuda, se encuentro con un compañero que le debe una pequeña cantidad, pero en lugar de ser generoso como habían sido generosos con él, le exige hasta meterlo en la cárcel hasta que le pague todo lo que le debe. Tanta es la consternación que produce este hecho que sus propios compañeros le contarán al rey lo que ha sucedido. ‘Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?’

Está claro el mensaje de Jesús pero cuánto nos cuesta no solo entenderlo sino llegar a vivirlo. Ahí está esa experiencia de la vida como reflexionábamos al principio. ¿No será que no hemos sido capaces de saborear de verdad el perdón que recibimos? Quizás nos creemos merecedores de todo y por eso damos por supuesto que tienen que perdonarnos, pero luego nosotros no actuamos de la misma manera con los demás.

Tenemos que aprender a ser agradecidos porque constatamos cuanto recibimos sin nosotros merecerlo; y eso nos hará humildes, y eso pondrá generosidad en nuestro corazón, eso nos hará tener una mirada distinta, eso nos hará romper todas esas barreras que nos interponemos, y en lugar de barreras aprenderemos a tender puentes.

Qué felices podemos sentirnos cuando aprendemos a aceptarnos, a comprender nuestras debilidades porque todos tenemos debilidades, y cuando somos capaces de poner generosidad en nuestro corazón.

domingo, 13 de septiembre de 2020

Perdonemos con la sublimidad divina del amor curándonos a nosotros mismos de resentimientos y dureza del corazón para sentir la verdadera paz

 


Perdonemos con la sublimidad divina del amor curándonos a nosotros mismos de resentimientos y dureza del corazón para sentir la verdadera paz

Eclesiástico 27, 33 – 28, 9; Sal 102; Romanos 14, 7-9; Mateo 18, 21-35

Predicamos la tolerancia y luego en el día a día somos terriblemente intolerantes sobre todo con aquellos que no nos caen bien, o a los que sentimos como adversarios nuestros en la manera de plantearse las cosas porque quizás tienen otra visión de la vida y de las cosas, o con aquellos con los que nos sentimos molestos por algo que hicieron que no nos gustó y a los que ahora no le pasamos nada.

Digo predicamos, pero lo digo en el sentido de que en nuestra conversación con los demás nos encontramos con personas que nos pintan maravillas y nos dicen que no seamos intolerantes porque respetemos las decisiones o las ideas de los demás. Como hemos comentado en alguna ocasión, cuando hablamos podemos decir cosas maravillosas pero luego no somos congruentes con esas ideas que hemos expresado anteriormente.

Y aquí nos encontramos con el tema que nos presenta el evangelio de hoy y los planteamientos que hace para nuestra vida. Y es que con nosotros mismos somos una maravilla de tolerantes, porque todo nos lo perdonamos o pretendemos que los demás comprendan lo que hacemos aunque hayamos obrado mal y sean misericordiosos con nosotros; siempre queremos tener la comprensión y el perdón para lo que hacemos mal, buscándonos mil disculpas y justificaciones, pero no obramos con la misma medida para con los demás.

Y es cuando queremos poner limitaciones a la comprensión que podamos sentir hacia los demás, porque, como decimos, todo tiene un límite. Pero el planteamiento de amor que nos hace Jesús para nuestras mutuas relaciones no tiene límites. No podemos decir nunca que somos generosos hasta cierto punto, porque eso no seria generosidad. No podemos andarnos con generosidades egoístas, donde estemos planteando unas exigencias para los demás que entrañan al mismo tiempo un límite a nuestro amor.

Comienza el evangelio de hoy con la pregunta de Pedro que refleja muy bien esos planteamientos que nosotros nos hacemos. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?’ y ya con ese número se las está dando de generoso. Bien conocemos la respuesta de Jesús porque muchas veces hasta se convierte en una cantinela de nuestra vida. Jesús nos viene a decir que el que es generoso no está contando lo bueno que hace, el que es generoso para perdonar no está contando cuantas veces ha perdonado ya.

Por eso Jesús a continuación nos propone la parábola. No pretende la parábola resaltar la mezquindad de aquel siervo que fue perdonado de una fuerte deuda pero no fue capaz de perdonar la pequeñez que le debía el compañero. Eso no hace falta resaltarlo porque bien lo tenemos en nuestras obras de cada día. Lo que el evangelio nos quiere resaltar es la generosidad de aquel rey que está dispuesto a perdonar con generosidad sin límites.

Frente a la mezquindad de nuestras relaciones intolerantes, que se llenan de rivalidades, reticencias y desconfianzas, deseos de venganza y resentimientos que endurecen el corazón aparece lo divino del amor que se hace perdón.

Ya Jesús en otro momento del evangelio nos dirá que seamos compasivos y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo. Con el perdón nos parecemos a Dios, manifestamos lo que es el amor de Dios. Y Jesús es la manifestación de ese rostro misericordioso de Dios, no solo porque decimos que ha venido a ofrecer su vida por nuestra salvación, para obtenernos el perdón de Dios que necesitamos, sino que contemplemos cada paso, cada cercanía de Jesús a los enfermos y a los pecadores y estaremos contemplando ese rostro misericordioso de Dios. No en vano cuando cura al paralítico que han hecho llegar a sus pies la primera sanación que Jesús le regala es el perdón de los pecados. Pero aun más lo veremos en la cruz no solo perdonando a quienes lo están crucificando sino convirtiéndose en abogado defensor ante el Padre ante el cual tendrá hasta una palabra de disculpa para quienes le crucifican. ‘¡Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen!’

Pero ese perdón que Dios nos ofrece tiene que ser acogido y aceptado por nuestra parte. Acogerlo y aceptarlo significa que nosotros reconozcamos nuestro pecado, nuestra debilidad; pero acogerlo y aceptarlo es que nosotros nos convirtamos en perdón para los demás, que es lo que no supo hacer aquel siervo tan ingrato. Por eso Jesús en su oración nos enseña a que le pidamos perdón a Dios por nuestras ofensas, como también nosotros estamos dispuestos a perdonar a los demás.

       Pero hay que decir también que cuando nosotros en esa sublimidad divina de nuestro amor estamos ofreciendo el regalo del perdón a los demás, es a nosotros mismos a quienes nos estamos haciendo un regalo, el regalo de la paz. Nos desprendemos de esas sombras de resentimientos y de dolores que podamos sentir en el corazón, nos curamos de nuestras intolerancias y de la dureza del corazón para sentir la verdadera paz del perdón también en nuestras vidas. Si no has llegado a terminar de sentir esa paz es que todavía no solo no has perdonado del todo al otro, sino que no te has perdonado a tí mismo, nos has terminado de curar y llenar de nuevo de luz tu corazón.

martes, 17 de marzo de 2020

Seamos capaces de disfrutar del gozo de sentirnos amados y perdonados y entonces comenzaremos nosotros a ofrecer también ese amor y ese generoso perdón



Seamos capaces de disfrutar del gozo de sentirnos amados y perdonados y entonces comenzaremos nosotros a ofrecer también ese amor y ese generoso perdón

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35
‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?’ La pregunta de Pedro no es tan diferente de la que seguimos haciéndonos hoy. Y es que eso del perdón sigue atragantándosenos en nuestras vidas de cada día. Nos cuesta perdonar. Eso yo no se lo perdonaré jamás, escuchamos o decimos tantas veces.
Y es que miramos nuestra herida y nos parece que eso nunca tendrá curación. Nos sentimos frustrados porque quizá aquel gesto que nos ofendió, aquella palabra o aquello que alguien hizo nos vino de alguien a quien apreciábamos, de quien nos considerábamos amigos, que decíamos que lo llevábamos en el corazón, de quien menos lo esperábamos. Y no lo podemos olvidar porque nos sentimos heridos y tocó esas fibras íntimas de nuestro ser que nos recuerdan lo que nosotros hicimos por aquella persona, la confianza que le habíamos manifestado o tantas cosas que habíamos compartido. Y así  nos sentimos pagados. El dolor permanece dentro de nosotros, la herida y la cicatriz están ahí y nos estarán apareciendo continuamente en nuestra mente.
Y ¿es que había amor verdadero en aquella relación? Algo quizá en sus cimientos lo estaba socavando. ¿No hubo la suficiente confianza y sinceridad quizá? Por una parte o por la otra. ¿Había intereses en aquella relación que no terminábamos de manifestar claramente? Quizás se había endurecido el corazón, no habíamos hecho todo lo posible por hacer crecer la amistad en auténtica sinceridad, dábamos por hecho las cosas pero se había enfriado la amistad y habrían comenzado los distanciamientos. ¿Qué más podríamos haber hecho y no hicimos? Aparecen culpabilidades quizá y pudiera ser que no nos estuviéramos perdonando a nosotros mismos y ahora lo expresamos con esa reticencia que sentimos ante el desaire o la ofensa del otro. Porque algunas veces no perdonamos porque no nos perdonamos a nosotros mismos, porque no hemos terminado de saborear en el alma el gozo del perdón y de sentirse perdonado.
Será desde cosas así que nos han sucedido, o será en otras ocasiones la violencia que nos rodea que nos hirió de mil maneras. Pero cuesta rehacerse, cuesta volver a tener paz como si nada hubiera pasado, pesan tanto las cosas que no podemos o no queremos olvidar que son una loza encima nuestro que se hace insoportable y así reaccionamos; con nuestro negarnos al perdón pensamos que los castigamos por lo que nos han hecho, pero acaso tendríamos que pensar que al no perdonar los castigados somos nosotros mismos porque no buscamos curarnos esas heridas, porque una y otra vez nos las estamos repitiendo y se nos hace insoportable. Y como si fuera una defensa que más bien es un ataque que nos hacemos a nosotros mismos, nos negamos a buscar la paz para unos y otros y no dejamos entrar el perdón.
¿Dónde podemos encontrar la curación para todos esos tormentos? Porque al no perdonar el tormento lo tenemos también en nosotros mismos; siempre estaremos recordando lo que fue, lo que pudo haber sido, lo que ahora en nuestra rabia quizás de forma vengativa queremos para el que nos hizo un día daño. Es un torbellino de cosas que llevamos dentro y nos cuesta levantarnos. Cuántas veces tengo que perdonar, nos seguimos preguntando.
Pues, mira, tienes que ser capaz de ver cómo a ti te han perdonado; tienes que ser capaz de levantar los ojos para ver y para experimentar en tu corazón lo que ha sido la misericordia que han tenido contigo; tienes que ser capaz de mirar frente a frente a quien es infinito en su misericordia contigo; tienes que ser capaz de mirar frente a frente la cruz de Jesús y escuchar sus palabras, y comprender todo lo que es su amor, que si está colgado de ese madero es para enseñarte y decirte cuánto te ama, cuanto te ama Dios que nos entregó a su Hijo único hasta la muerte en cruz.
Miramos la cruz y comenzamos a comprender lo que es la misericordia; miramos la cruz y comenzamos a sanarnos por dentro y a sentir una nueva paz en la vida de la que ya no te querrías desprender. Y nos sentimos perdonados, porque allí está Jesús pidiendo el perdón para nosotros siendo capaces incluso de disculparnos; quizá podemos comenzar a descubrir lo que los otros sienten por dentro, lo que incluso aquel que se ofendió siente por dentro y tú sentirás deseos de ofrecerle la paz.
Aprenderemos a ser generosos en nuestro amor y tendremos una mirada nueva llena de comprensión y de misericordia para los demás. Sentiremos el gozo de sentirnos amados y perdonados y comenzaremos nosotros a ofrecer también ese amor y ese generoso perdón. Es que nos sentimos contagiados del amor y de la misericordia de Dios y queremos amar con su mismo amor y con su misma misericordia. Ya no necesitaremos preguntar hasta cuántas veces tengo que perdonar.

jueves, 11 de agosto de 2016

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1
¿Cómo es posible que no seamos capaces de ser misericordiosos con los demás con tantos signos de misericordia que hemos recibido en nuestra vida? Pareciera que olvidamos nuestras debilidades, nuestros fallos y cuantas muestras de comprensión, de paciencia, de misericordia han tenido con nosotros tantas veces.
Nos volvemos en ocasiones insensibles y duros, exigentes más con los otros que con nosotros mismos; olvidamos nuestras limitaciones y los errores que tantas veces hemos cometido en la vida; nos creemos merecedores de todo y nos creemos quizá con derecho a que tengan paciencia con nosotros que erramos una y otra vez y que no siempre mostramos suficientes señales de arrepentimiento y de que seriamente queremos corregirnos.
Desde esas posturas, desde esas actitudes surge el que tanto nos cueste perdonar, el que nos hagamos esa consabida pregunta de si tenemos que estar perdonándole a los demás una y otra vez las cosas con las que nos hayan podido ofender. Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos habla del sentido del verdadero amor y cómo hemos de amar a todos incluso a nuestros enemigos. Recordamos que nos decía que en algo teníamos que diferenciarnos los que pretendíamos seguirle, ser sus discípulos y pertenecer al Reino que El nos anunciaba. Es más nos decía también cómo nuestro amor a los enemigos debería llevarnos también a rezar por ellos.
Entendían fácilmente que teníamos que amarnos como hermanos, que no podíamos dejar de amar a los que nos amaban y nos hacían bien porque era además una forma de ser agradecidos, eso de amar a todos era una forma genérica de hablar, pero cuando llegaban a lo concreto de tener que amar a los que nos habían ofendido eso era cuestión de otro cantar. Les costaba a ellos entenderlo como nos cuesta a nosotros también, hemos de reconocerlo.
‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro que refleja también la pregunta que rebrota dentro de nosotros tantas veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Está diciéndonos Jesús cómo tenemos que perdonar siempre. Y para ello nos propone una parábola.
Parábola que nos refleja toda la misericordia que Dios tiene con nosotros, imagen de la misericordia con que nosotros hemos de actuar con los demás. ¿Pero no decimos ‘perdónanos nuestros ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’? Así nos enseño Jesús a orar. Y creo que si rezáramos el padrenuestro con una mínima atención y dijéramos esas palabras con total sinceridad otra forma tendríamos de mirar al hermano que nos haya ofendido. Da la impresión que decimos tan deprisa el padrenuestro que pasamos por alto esa parte del perdón y casi no la decimos para no vernos nosotros comprometidos a perdonar también.
Seamos compasivos y misericordiosos como sabemos bien que Dios es infinitamente compasivo y misericordioso con nosotros que somos tan pecadores. 

lunes, 21 de marzo de 2016

Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido al dejarnos impregnar al mismo tiempo por su amor y su misericordia

Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido al dejarnos impregnar al mismo tiempo por su amor y su misericordia

Isaías 42, 1-7; Sal 26; Juan 12,1-11

Por allí anda Judas preocupado por lo que considera un gasto superfluo en aquel perfume tan caro cuyo importe se podría haber empleado en otras cosas – aunque el evangelista nos previene de las negruras que se han metido en su corazón -; por otro lado está la curiosidad de tantos judíos que habían venido porque a Jesús se le ofrecía una cena en Betania aunque vinieran mas por la curiosidad de ver a Lázaro a quien Jesús había resucitado; está también aquella querida familia de Betania que ofrece aquel banquete en reconocimiento quizá por las maravillas que Dios había obrado en ellos a través de Jesús; y tomando un protagonismo especial María que ofrece a Jesús en aquel gesto de hospitalidad tan habitual de ofrecer agua y perfume al huésped que llegaba hasta un hogar pero con ese perfume de nardo, auténtico y costoso, con el que le unge los pies a Jesús enjugándoselos con su cabellera.
Un paralelismo encontramos con aquel hecho que nos narra otro evangelista de la mujer pecadora que en casa del fariseo se introduce también hasta los pies para lavárselos con sus lagrimas, perfumarlos también con un caro ungüento y enjugárselos igualmente con sus cabellos como señal del profundo amor que cubriría sus muchos pecados para merecer el perdón de Jesús.
Es el amor el que ahora lleva a Maria a derramar el caro perfume también en los pies de Jesús, anuncio del ungüento para su sepultura que más tarde no podrían realizar debidamente. Es lo que Jesús nos hace descubrir en el gesto de María de Betania y es lo que ahora nosotros nos puede ayudar en este momento de nuestra vida espiritual en medio de las celebraciones que nos ayudan a celebrar y vivir la Pascua del Señor.
¿Qué buscamos o con qué espíritu nos disponemos a vivir estos días de celebración especial? ¿Cuál va a ser el perfume del que vamos a impregnarnos en la celebración de los Misterios pascuales que vivimos?
De nosotros hemos desterrar, por supuesto, intereses torcidos, pues con corazón limpio tenemos que acercarnos al Señor en la celebración de sus misterios. No es la simple curiosidad o simplemente dejarnos enternecer por la emoción que puede provocar en nosotros la contemplación de las imágenes de la pasión. Muchos colocados como espectadores que contemplaran un desfile es todo lo más que hacen ante la pasión de Jesús en lo cruento y duro de las imágenes que nos reflejan el dolor de un hombre que sufre tan crueles tormentos. Es algo más que una emoción pasajera que se evapora como una lágrima al sol lo que se tiene que provocar en nosotros y mover nuestro corazón.
Tenemos que contemplar lo que es la raíz más honda, el motivo más profundo de lo que fue la pasión de Jesús. Es el amor que lleva hasta la más profunda entrega, hasta la entrega total de la vida y de la forma más ignominiosa, pero que es la señal del más grande amor. Y ese amor lo vemos derramado sobre nosotros para ungir nuestra vida con el más precioso perfume  que es el de la gracia que va a limpiar nuestro corazón pecador, pero que aun así quiere poner amor. Como aquella otra mujer que lavó los pies de Jesús limpiando sus muchos pecados al dejarse inundar por tan grande amor.
Derramemos a los pies de Jesús el perfume de nuestro amor que se verá enriquecido y engrandecido cuando al mismo tiempo nos dejemos impregnar por su amor y su misericordia en el sacramento del perdón.

sábado, 18 de enero de 2014

No  nos creamos justos incapacitándonos para la misericordia y el amor

1Sam. 9, 1-4.17-19; 10, 1; Sal. 20; Mc. 2, 13-17
Ante Jesús siempre tenemos que decantarnos, tomar una decisión; no podemos andar a medias tintas, sino que nuestra opción hay que tomarla con decisión y radicalidad. Pero además la presencia de Jesús provocará que quienes estén a su lado hayan de tomar una decisión clara también, aunque muchas veces veamos que haya muchos que se pongan en contra, o queriendo pasar indiferentes ante El, al final tengan que aclarar cual es la postura que toman. Bien constatamos que aquellos que se dicen indiferentes ante la persona y la presencia de Jesús al final lo que hagan es una guerra sorda, por decirlo de una forma suave, en la que quieran eliminar todo vestigio de su presencia o de su mensaje.
¿Por qué tiene que molestarte, si dices que no eres cristiano ni creyente y entonces para ti no signifique nada un signo religioso como pueda ser la cruz, la presencia de la cruz o de otros signos religiosos en lugares públicos? Hemos escuchado hace unos días la noticia de que en una exposición que se hacía en un lugar público de la figura de la madre Teresa de Calcuta, alguien pretendía y exigía que se quitase de allí todo lo que pudiera tener una connotación religiosa. ¿Es que la madre Teresa de Calcuta sería lo que realmente es si no fuera su fe en Jesús de la que arrancaba todo su dinamismo, toda su obra y toda su vida?
En el evangelio de hoy por una parte vemos la vocación de Mateo. ‘Al pasar vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y la dijo: Sígueme. Se levantó y lo siguió’, nos dice el Evangelio. Ante la Palabra y la invitación de Jesús su decisión fue rápida. ‘Se levantó y lo siguió’. Admirable su fe y su disponibilidad; se dejó conducir por el Señor ante su llamada. Admirable testimonio que nos tendría que hacer pensar en la forma cómo nosotros respondemos a la llamada del Señor. ¿Será así nuestra disponibilidad?
Pero el episodio del evangelio tiene una segunda parte. ‘Estando a la mesa de Leví, de entre los muchos que lo seguían un grupo de recaudadores (publicanos, como los llamaban) y otra gente de mala fama se sentaron con Jesús y sus discípulos’. Aquí surge la controversia, porque aquellos que se consideraban justos y puros no podían ver con buenos ojos que Jesús se sentara a la mesa con toda aquella gente y allí estaban trasladándoles sus murmuraciones a los discípulos. Ya conocemos al final la sentencia de Jesús. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores’.
Los que se consideraban justos no serán capaces nunca de reconocer que necesitan salvación.  Pero es que además los que se consideran justos nunca serán capaces de poner misericordia en su corazón, casi podríamos decir que están incapacitados para amar de verdad. Lo que saben hacer siempre es  juzgar y condenar. No podrán entender entonces el mensaje del evangelio porque parece que están incapacitados para la ternura.
Por eso no entienden la postura de Jesús, su amor y su misericordia. Parece que les molesta que Jesús sea misericordioso, nos muestre el rostro misericordioso de Dios que es clemente y misericordioso, como tantas veces repetimos en nuestros salmos. Jesús viene para traernos la salvación y esa salvación es para todos porque todos estamos marcados por el pecado. No nos podemos considerar justos y puros, para que en consecuencia seamos capaces también de tener amor, compasión y misericordia con los demás.

Cuando nos sentimos amados y perdonados, como hemos reflexionado recientemente, nos sentimos impulsados a mostrar ese amor y esa misericordia también con los demás. Por eso con humildad nos ponemos ante Jesús - así lo hacemos por ejemplo siempre en el comienzo de nuestras celebraciones - sintiendo que somos enfermos, que somos pecadores, que estamos necesitados de la misericordia del Señor. Todo esto tendría que hacernos pensar mucho para analizar nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestros juicios y condenas que tan pronto y fácilmente nos salen cuando vemos algo que no nos gusta en los demás. Llenemos nuestro corazón de amor y de misericordia y así podremos repartir amor y misericordia con todos los que están a nuestro lado.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Una experiencia nueva de perdón que nos llena de salud y vida

Una experiencia nueva de perdón que nos llena de salud y vida

Is. 35, 1-10; Sal. 84; Lc. 5, 17-26
La liturgia nos va ofreciendo cada día los textos de la Palabra del Señor que más nos ayuden y nos iluminen este camino de preparación para la celebración de la Navidad que es el tiempo del Adviento; por una parte con los profetas, pero también con los diversos textos del Evangelio.
Esperamos la venida del Señor, porque esa ha de ser siempre una actitud de esperanza que hemos de vivir en nuestra vida en la perspectiva, por una parte de su venida al final de los tiempos, pero celebrando, haciendo memorial de su venida en la carne, el nacimiento del Jesús sentimos como el Señor se va haciendo presente en el día a día de nuestra vida con sus luchas y con sus problemas, con sus momentos de dicha como también en los momentos dolorosos que vamos viviendo.
Hoy hemos escuchado en el evangelio que ‘enseñando rodeado de fariseos y maestros de la ley venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén, y el poder del Espíritu le impulsaba a curar’. Es cuando se acercan unos hombres que traen en camilla a un paralítico para que lo cure. Ya hemos escuchado las circunstancias por las que al final terminando bajándolo desde el techo,  donde han abierto un boquete, para hacerlo llegar a los pies de Jesús.
Vienen con un hombre con su problema, su discapacidad, su enfermedad. Lo que quieren es que Jesús lo cure. Vayamos viéndonos nosotros reflejado en este hecho. Venimos a Jesús, con nuestros problemas y nuestras necesidades; serán nuestros dolores y sufrimientos de tipo corporal, serán otros problemas que nos agobian en la vida, como tantos que viven situaciones difíciles y penosas como sucede en nuestro entorno. Nos acercamos a Jesús y ¿qué le pedimos? Lo más natural, que nos ayude en esa situación, en esos problemas, en esas necesidades, en esos sufrimientos.
Cuando llega a los pies de Jesús aquel paralítico ‘viendo la fe que tenían, le dice: hombre, tus pecados están perdonados’. Venían con fe, lo manifiesta el hecho de traerlo, las peripecias y ardides que tuvieron que emplear para hacerlo llegar hasta Jesús, dada la cantidad de gente que se agolpaba. Pero lo que deseaban era la salud para aquel hombre, la recuperación del movimiento de sus miembros. Y Jesús no le cura de esa enfermedad, más bien, lo único que le dice es que sus pecados están perdonados.
Surge la sorpresa y el murmullo. Jesús está haciendo algo distinto a lo que pedían. Pero ¿quién era Jesús para atreverse a decir que sus pecados estaban perdonados? Murmuraban por allí los religiosos de siempre que se las saben todas. Además ¿qué podía afectar eso al problema que para ellos era más real que traía aquel hombre que era su invalidez?
Pero Jesús está señalando que el mal que El quiere curar en el hombre y en el mundo es algo mucho más hondo, y que ese sí que anquilosa nuestra vida, nos inutiliza para una vida digna y para un mundo mejor. Jesús sí puede hacer que las cosas cambien más profundamente y el perdón que El ofrece es precisamente signo de ello.
Quien recibe el perdón, quien se siente perdonado sentirá que su vida es nueva, que tendrá otra forma nueva de actuar y de vivir, que las relaciones entre unos y otros tienen otra perspectiva y otro sentido, que podemos hacer en verdad que el mundo se transforme y sea nuevo haciendo desaparecer muchos sufrimientos. El perdón no es una cosa mágica que hagan sobre nosotros pero si tiene un sentido sobrenatural que va a transformar nuestro corazón y darnos una nueva felicidad.
Quien se siente perdonado tiene un nuevo brillo en sus ojos y la alegría llena su alma de manera que mirará las cosas y las personas de una forma distinta y esa alegría querrá contagiarla a los demás. Creo que tendríamos que reflexionar mucho sobre la hondura de un perdón verdadero para que cuando vayamos al encuentro del Señor que viene a perdonarnos lo vivamos con un nuevo sentido y con menos rutina.
Porque no calamos lo suficiente lo que significa perdonar y ser perdonado es por lo que tantas veces salimos del sacramento del perdón tan fríos como antes y sin sentir que nuestra vida se transforma. Es una experiencia sobrenatural y gloriosa la que tendríamos que vivir cada vez que somos perdonados, como cuando somos valientes y generosos para ofrecer también el perdón a los demás. Dios nos perdona porque sigue creyendo en nosotros y esperando que en verdad lo que le prometemos de una vida nueva y mejor será en verdad una realidad en nuestra vida.
Aquel hombre se levantará de su camilla en la presencia de Jesús porque se sentirá profundamente curado y todos saldrán al final dando gracias y dando gloria a Dios. ¿No tendríamos que salir así dando saltos de alegría de la presencia del Señor cuando nos acercamos a El en el Sacramento de la Penitencia y recibimos su perdón?